Ir al inicio de BibliotecasVirtuales.com

Capítulo XII

XII

DOLOR DE CORAZÓN

Cualquiera que haya sido su motivo para ello, lo cierto es que Laurie estudió aquel año con resultado, pues se graduó con honores, y según afirmaron sus amigos recitó la oración final con la gracia y elocuencia de un Demóstenes. Todos estuvieron presentes: su abuelo -¡orgullosísimo!-, el señor y la señora March, Juan y Meg, Jo y Beth, y regocijándose de su triunfo.

-Tengo que quedarme aquí para esta maldita cena de despedida, pero estaré en casa mañana temprano. Saldrán a esperarme como de costumbre, ¿verdad, chicas? -les dijo Laurie al acompañarlas hasta el coche cuando hubieron terminado los agasajos del día. Decía "chicas", pero significaba "Jo", puesto que ella era la única disponible en un día como aquél; la muchacha no tuvo alma de negarle nada a tan espléndido triunfador, y respondió con calor:

-Allí estaré, Teddy, llueva o truene, y marcharé escoltándote con un birimbao para tocarte "¡Aquí viene el héroe conquistador!".

Laurie le agradeció con una mirada que le hizo pensar con pánico súbito:

-Oh, Dios mío, ahora si que me va a decir algo... y yo, ¿qué voy a hacer?

La meditación nocturna y las tareas matinales lograron calmar algo sus temores, decidiendo que no tendría la vanidad de creer que le iba a proponer matrimonio cuando le había dado todos los motivos posibles para saber cuál había de ser la respuesta. Así, pues, llegado el momento, salió al encuentro del muchacho, deseando que él no le diese ocasión de lastimar sus sentimientos. Pero en cuanto vio la fornida figura a la distancia no pudo menos que sentir un vivo deseo de volverse y echar a correr.

-¿Dónde está el birimbao, Jo? -le gritó Laurie, en cuanto estuvo a tiro.

-Me lo olvidé -dijo Jo reanimándose, pues aquel saludo no podía llamarse precisamente el de un enamorado.       

En estas ocasiones había solido Jo tomarse del brazo con el muchacho, pero hoy no lo hizo, y él no protestó sino que se puso a hablar muy ligero sobre un montón de temas impertinentes, hasta que hubieron vuelto el camino para entrar en el sendero que llevaba a casa pasando por el soto. Ahí aminoró Laurie el paso, perdió de repente su verba de hacía un momento y ocurrieron de cuando en cuando horribles pausas. Para salvar la conversación de aquellos pozos de silencio en que estaba cayendo, Jo dijo precipitadamente:

-Ahora tienes que tomarte unas buenas vacaciones.

-Ésa es mi intención.

Hubo algo en su tono decidido que hizo levantar a Jo la vista rápidamente. Lo encontró mirándola con una expresión que no dejó lugar a dudas de que hubiese llegado el momento temido. Extendiendo la mano, imploró:

-¡No, Teddy, por favor, no! ...

-Sí, sí, tienes que escucharme, Jo. No vale de nada evadirlo, tenemos que ventilar este asunto, y cuanto antes mejor para los dos -respondió el muchacho enrojeciendo de emoción.

-Di lo que quieras entonces y te escucharé -continuó Jo con paciencia desesperada.

Laurie no era más que un joven enamorado, pero lo estaba de veras, y tenía el firme propósito de "ventilar aquello" aunque le fuese mal en la prueba, de modo que se precipitó en aquel tema con la impetuosidad que lo caracterizaba, diciendo con una voz que persistía en quebrarse:

-Te he querido desde que te conozco, Jo; ¡has sido tan buena conmigo! He tratado de demostrártelo y nunca me lo permitiste; pero lo que es ahora, me vas a tener que oír y darme una respuesta, porque no puedo más seguir así.

-Yo quería ahorrarte este momento... Creí que comprenderías... -comenzó Jo, encontrando el trance aún más arduo de lo que lo había imaginado.

-Ya sé... me daba cuenta, pero las chicas son tan raras que uno nunca sabe realmente qué es lo que quieren. ¡Cuántas veces dicen "No", cuando en realidad significan "Sí", y son capaces de sacar a un hombre de quicio únicamente por divertirse -replicó Laurie, atrincherándose detrás de un hecho a todas luces innegable.

-Yo no. Nunca quise que me quisieras de esta manera, y si me marché a Nueva York fue sólo para evitártelo si en mi mano estaba.

-Ya me pareció que era así... Era exactamente "tuyo" ese proceder, pero de nada te valió, porque te quise más que nunca, y si trabajé tanto fue sólo por complacerte. Renuncié al billar y a todo lo que a ti no te gustaba, y te aguardé sin quejarme, porque esperaba que llegases a quererme, aunque sé muy bien que no te merezco -aquí se le quebró la voz sin que pudiese evitarlo, de modo, que se calló la boca y se puso a cortar margaritas del campo mientras se componía la "maldita garganta".

-Eso no, Laurie, no lo digas. ¡Ya lo creo que me mereces! Eres demasiado para mí, y te estoy agradecida por quererme y orgullosa de ti, ¡y te quiero muchísimo! ... No puedo explicarme por qué no me es posible amarte del modo a que tú aspiras. Dios sabe que lo he intentado, pero es inútil, no puedo cambiar mis sentimientos, y sería una mentira que te dijera sí.

-¿De verdad, de verdad, Jo?

Laurie se detuvo y le tomó las dos manos al hacerle aquella pregunta con una mirada que la muchacha no iba a olvidar por mucho tiempo.

-De veras, de veras, querido.

Estaban ahora en el bosquecillo, cerca de la verja, y cuando Jo dijo aquellas palabras como a pesar suyo, Laurie bajó los brazos y se volvió para marcharse.

-¡Oh, Teddy, que pena! No sabes lo desesperada que estoy de darte este disgusto. Créeme que hasta me mataría si eso remediase algo. ¡Por favor, querido, no te pongas así! Yo no puedo evitarlo... Ya sabes que es imposible obligarse a querer a otro -vociferaba Jo llena de compasión, palmeándole el hombro y recordando las veces que él la había consolado a ella.

-A veces se consigue -contestó una voz ahogada.

-No creo que se logre el cariño verdadero en esa forma forzada -fue la respuesta decidida de Jo.

Hubo entonces una larga pausa. Un mirlo cantó alegre en el sauce junto al río y los juncos susurraban al viento. Al rato, sentándose en el escalón de la verja, le dijo muy seria:

-Te quiero decir algo, Laurie.

El muchacho se sobresaltó como si le hubiesen pegado un tiro, levantó la cabeza y gritó feroz:

-No me lo digas, Jo. No me cuentes eso ahora; no podría soportarlo.

-¿Decirte qué? -preguntó ella anonadada ante su violencia.

-Que quieres a ese viejo.

-¿Qué viejo? -demandó Jo, creyendo que Laurie se refería a su abuelo.

-Ese profesor del diablo del que te pasabas la vida escribiendo. Si me dices que lo quieres a él, sé que voy a hacer algo desesperado... -Y tenía todo el aire de cumplir su palabra, cerrando los puños con una chispa de rabia en los ojos.

Jo tuvo ganas de reírse, pero se contuvo y dijo muy acalorada, pues ella también se estaba enojando con todo aquello:

-No jures, Teddy, y no maldigas... El señor Bhaer no es viejo ni malo, sino bueno y amable y el mejor amigo que tengo después de ti. Por favor, querido, no te agarres una rabieta. Quiero ser buena contigo, pero sé que me voy a enojar si insultas a mi profesor. Ni siquiera se me ha ocurrido amarlo a él ni a ningún otro...

-Pero ya verás cómo te pasa eso de aquí a un tiempo, y entonces ¿qué voy a hacer yo?

-También querrás a alguna otra, como chico razonable que eres... Y te olvidarás de todo esto.

-Yo no puedo querer a nadie más. Nunca te olvidaré, Jo, nunca, nunca... -dijo entonces dando una patada en el suelo para dar énfasis a sus palabras apasionadas.

"¿Qué voy a hacer con él?", suspiró Jo, encontrando que las emociones eran más difíciles de manejar que lo que ella esperaba. Luego continuó:

-Todavía no has oído lo que quería decirte. Siéntate y escucha, porque es bien cierto que yo quiero portarme bien contigo y hacerte feliz -dijo entonces.

Viendo un rayo de esperanza en la última frase de Jo, Laurie se echó a los pies de la chica, mirándola con rostro esperanzado. Semejante actitud no era favorable para la conversación serena ni el claro pensamiento; ¿cómo podía decir a su muchacho cosas duras mientras veía esos ojos llenos de amor y ansiedad y en las pestañas aún quedaban rastros de las gotas amargas que le había arrancado la dureza de su corazón? Así es que Jo volvió la cabeza y habló mientras acariciaba el pelo ondeado que él se había dejado crecer por ella.

-Yo estoy de acuerdo con mamá en que tú y yo no cuadramos el uno para el otro, pues nuestros genios vivos y voluntades firmes nos harían probablemente sentir muy desdichados si fuésemos tan necios como para cas... -Jo se detuvo ante esta palabra, pero Laurie la pronunció con expresión embelesada:

-¿Casarnos? ¡Qué va! No podríamos ser desgraciados si tú me quisieras, Jo. Y yo me convertiría en un santo perfecto porque tú haces de mí lo que quieres.

-¡Qué esperanza! Ya lo he probado, y no voy a arriesgar nuestra felicidad con un experimento tan serio como ése. No estamos de acuerdo y nunca lo estaremos, de modo que seamos amigos toda la vida pero no hagamos nada precipitado ni imprudente.

-Ya lo creo que lo haremos si tenemos la oportunidad -farfulló Laurie, con tono de rebeldía.

-Sé razonable, querido, y toma un punto de vista sensato de la cosa -imploró Jo, probando que no sabía nada de asuntos de amor.

-No quiero ser razonable y no voy a tomar lo que tú llamas un "punto de vista sensato", pues a mí nada me resolvería y a ti sólo consigue ponerte más dura. No creo que tengas corazón.

-¡Ojalá fuera así!...

Había un pequeño temblor en la voz de Jo y tomándolo como un buen augurio, Laurie se dio vuelta, utilizando al máximo su poder de persuasión al decirle con el tono más embaucador que pudo y que nunca lo fue tanto como en ese momento:

-¡No nos defraudes, querida! Todo el mundo lo esperaba... Abuelo ha cifrado en este casamiento todas sus esperanzas... Tu familia también... y en cuanto a mí... yo no puedo vivir sin ti. Di que sí y seamos felices.

Hasta varios meses después Jo no comprendió cómo había tenido la fuerza de voluntad para mantener su resolución. Fue muy difícil, pero pudo hacerlo sabiendo que toda demora sería inútil, además de cruel.

-No puedo decirte con verdad que sí, de modo que no lo diré en manera alguna. Más adelante te convencerás de que tengo razón y me lo vas a agradecer -continuó Jo con aire solemne.

-¡Que me cuelguen si hago tal cosa!... -Y Laurie se levantó de un salto, ardiendo de indignación a la sola idea.

-Sí, Laurie, lo harás -insistió Jo-. Ya se te pasará después de un tiempo y vas a encontrar a alguna chica bonita y llena de méritos que te adorará y será digna dueña de tu hermosa casa. Yo no lo sería nunca: no soy linda, ni graciosa, ¡soy un viejo mamarracho!... Te avergonzarías de mí y nos iríamos a pelear siempre. A mí no me iba a gustar nada la sociedad elegante y a ti sí, y tú ibas a detestar que yo escribiese, y yo no me podría pasar sin hacerlo, y seríamos desgraciados, deseando no haber hecho lo que ahora pides con tanto fervor.

-¿Algo más? -preguntó Laurie, encontrando difícil escuchar con paciencia toda aquella predicción nefasta.

-Nada más que una cosa: creo que no me voy a casar nunca. Soy feliz como estoy ahora y amo demasiado mi libertad para apresurarme a renunciar a ella por ningún mortal.

-Yo sé muy bien que no -interrumpió Laurie-. Ahora piensas así, pero día llegará en que querrás a un hombre con toda tu alma, de un modo tremendo, y vivirás por él y morirás por él. Sé que será así porque te conozco y sé de cuánto amor eres capaz... ¡Y yo tendré que contemplar eso!

-Sí, viviré y moriré por él, si alguna vez llega y me hace quererlo a pesar mío, y tú debes arreglártelas lo mejor que puedas -gritó Jo, perdiendo la paciencia con el pobre Teddy-. He hecho todo lo que he podido, pero tú no quieres ser razonable, y es egoísta de tu parte seguir atormentándome por algo que no puedo darte. Siempre te voy a querer mucho, muchísimo, como amigo, pero no me casaré contigo nunca, y cuanto antes te convenzas, mejor será para los dos.

Aquel discursito fue como acercar el fuego a la pólvora. Laurie se dio vuelta de pronto, diciendo en tono desesperado:

-Un día te arrepentirás de esto, Jo.

-¿A dónde te vas? -dijo Jo casi llorando porque le asustó la cara del muchacho.

-¡Al diablo! -fue la consoladora respuesta.

Por un minuto pareció detenerse el corazón de Jo al ver que Laurie se dirigía violento a la costa del río. Pero hace falta mucha locura, angustia o culpa para impulsar a un joven a una muerte violenta, y Laurie no pertenecía a esa clase de seres débiles que se dejan vencer por un solo fracaso. Últimamente salió remando como un loco, marcando mejor tiempo río arriba que el que había logrado en muchas carreras. Jo exhaló un suspiro prolongado y aflojó las manos crispadas.

-Eso le va a hacer bien y volverá a casa en tal estado de ternura y arrepentimiento que no me voy a animar ni a mirarlo. -Y mientras entraba en su casa muy lentamente, sonriendo como si hubiese asesinado a un inocente, añadió:

-Ahora debo ir a preparar al señor Laurence para que sea benévolo y cariñoso con "mi pobrecito muchacho". ¡Ojalá hubiese podido enamorarse de Beth!... Quizá suceda eso con el tiempo, aunque comienzo a creer que me había equivocado respecto de ella, ¡Pensar que pueda haber chicas que gocen con tener enamorados y rechazarlos... ! ¡A mí me parece espantoso!...

Segura de que nadie podía hacer aquello tan bien como ella misma, Jo se fue directamente a ver al señor Laurence y le contó aquella difícil historia del principio al fin, y cuando hubo terminado perdió completamente la presencia de ánimo y se puso a llorar de manera tan lúgubre por su propia insensibilidad que el bondadoso anciano, aunque había sufrido un gran desencanto con la noticia, no pronunció una palabra de reproche. Le resultaba difícil comprender que ninguna chica pudiese escapar al encanto de Laurie y no enamorarse de él, y tenía esperanzas de que Jo cambiase de idea, pero sabía aún mejor que Jo que el amor no puede forzárselo. Así que no hizo otra cosa que resolver alejar al muchacho del peligro, pues las palabras finales que el impetuoso muchacho había dicho a Jo al marcharse inquietaban al señor más de lo que quiso confesar.

Cuando Laurie regresó, muerto de cansancio, pero por fin sereno, su abuelo salió a encontrarlo como si nada hubiese pasado y mantuvo el engaño muy bien durante un par de horas. Pero al llegar el crepúsculo se hizo difícil al joven seguir escuchando elogios por su éxito de ese año, que ahora le parecía "Trabajo de amor perdido". Aguantó mientras pudo, luego se dirigió al piano y comenzó a tocar la "Sonata patética", de Beethoven, con un sentimiento como nunca se le había oído antes.

-Eso está muy bien, muchacho, pero es demasiado triste... ¡Toca algo alegre, vamos! -le pidió el señor Laurence, lleno de compasión sin saber demostrarlo.

Laurie comenzó una animada melodía, y la hubiese terminado si en ese preciso instante no se hubiese oído la voz de la señora de March:

-Jo, querida, ven, que te necesito...

Justamente lo que Laurie ansiaba decir en otro sentido... El músico perdió el compás y la pieza terminó con un acorde interrumpido...

-No aguanto más esto -murmuró el anciano levantándose, llegándose a tientas hasta el piano y poniendo una mano sobre el hombro del muchacho al decirle con la suavidad que hubiese podido tener una mujer.

-Sé lo que te pasa, hijo...

-¿Cómo lo sabes?

-Jo misma me lo contó.

-¡Entonces no hay nada que hacer!... -exclamó apartando la mano que el abuelo le había puesto en el hombro, pues aunque agradecía el cariño, su orgullo viril no le permitía aceptar la compasión de otro hombre.

—Sí, todavía hay algo... Lo diré y luego sí que habremos terminado con este asunto -respondió el señor Laurence con mansedumbre desusada en él-. ¡Me imagino que no querrás quedarte aquí después de esto!...

-No pienso huir de una muchacha. Jo no puede impedirme que la vea y me quedaré a seguir mirándola todo el tiempo que quiera... -interrumpió Laurie con tono desafiante.

-No lo harás si eres el caballero que yo te creo... Yo estoy muy apenado también, pero Jo, muchacho, no puede evitar su conducta y no podemos obligarla a hacer otra cosa. Lo único que cuadra es marcharse por un tiempo... ¿Adónde quieres ir?

-A cualquier parte. No me importa lo que me pase - dijo Laurie levantándose, con una risa que raspó los oídos de su abuelo.

-Toma las cosas como hombre, hijo mío, y ¡no hagas nada imprudente!... ¿Por qué no ir a Europa como habías proyectado?

-No puedo.

-Pero si estabas loco por irte y te prometí el viaje para cuando te recibieras...

-¡Ah! ... ¡pero no tenía la menor intención de irme solo!... -Y Laurie se puso a pasear por el cuarto con expresión tal que era una suerte que su abuelo no la viese.

-No te digo que vayas solo; hay alguien que está dispuesto a ir contigo a cualquier parte del mundo.

¿Quién es? -respondió el chico. -Pues yo, hijo.

Laurie se volvió de pronto diciendo con voz bronca:

-Gracias, abuelo, soy un bruto y un egoísta... Pero, tú sabes, yo...

-¡Naturalmente que lo sé! ... Como que he pasado por todo eso en mis años mozos y después, de nuevo, con tu padre... Siéntate tranquilo, muchacho, y escucha mi proyecto -continuó el señor Laurence tomando al joven por el brazo como si temiera que se le fuese a escapar, igual que su padre.

-¿De qué se trata, abuelo? -dijo Laurie, sin el menor asomo de interés en el rostro ni en la voz.

-Hay un asunto mío en Londres que necesita atención inmediata. Tenía interés de que lo atendieses tú, pero es mejor que lo haga yo, y aquí las cosas van a andar muy bien con Brooke al frente.

-Pero tú odias viajar, abuelo. No puedo pedirte que hagas ese sacrificio a tu edad -objetó Laurie, que aunque agradecido por la generosidad del anciano prefería infinitamente ir solo, si por fin se iba.

El señor sabía aquello muy bien, y era precisamente lo que quería evitar, pues en el estado anímico en que estaba su nieto no convenía ni era prudente dejarlo librado a sus propios medios. Así, pues, ahogando un suspiro de pesar al pensar en las comodidades de su casa, que forzosamente debía abandonar, dijo con resolución:

-¡Bendito Dios! Todavía no estoy imposibilitado. muchacho; me gusta la idea de viajar contigo. Me va a hacer bien porque hoy día viajar es tan fácil como sentarse en un sillón.

Un movimiento inquieto de Laurie sugirió al anciano que el muchacho no encontraba nada cómodo su sillón, o simplemente que no le gustaba el proyecto. Eso le impulsó a agregar:

-No creas que voy a ser para ti ningún aguafiestas ni ninguna carga. Voy únicamente porque creo que vas a estar más tranquilo que si me quedara solo aquí, pero no creas que pienso andar callejeando contigo por ahí, sino que te dejaré en completa libertad para que vayas donde gustes, mientras yo me divierto a mi manera. Tengo amigos en Londres y en París. Entretanto, puedes irte a Italia, a Alemania y a Suiza, donde te plazca, y disfrutarás de los paisajes, las pinturas, la música y toda clase de aventuras que se te presenten.

En este momento Laurie sentía el corazón roto y pensaba que el mundo no era más que un desierto poblado de aullidos... Pero al oír ciertas palabras que el anciano había dejado deslizar astutamente en su última frase, el corazón destrozado dio de pronto un salto y en el desierto aullante aparecieron de pronto unos oasis verdes...

Con un suspiro, y un tono apático, respondió:

-Como tú quieras, abuelo. Por mí, me da lo mismo.

-Pero a mí sí me importa, hijo mío, recuerda eso. Te voy a dar completa libertad, pero confío en que harás buen uso de ella. Prométeme eso, Laurie.

-Lo que tú quieras, abuelo.

"Muy bien -pensó el anciano-. Ahora no le das importancia, pero un día esta promesa que ahora me haces con tanta apatía te va a preservar de todo daño, o mucho me equivoco."

Como era un individuo enérgico, el señor Laurence machacó sobre hierro caliente, y antes de que el espíritu ahora agotado recuperase bríos suficientes como para rebelarse, ya se había marchado. Durante el tiempo que duraron los preparativos, Laurie se comportó como es habitual en los jóvenes que se encuentran en su caso. Se mostró caviloso, irritable y melancólico por turno, perdió el apetito, descuidó la indumentaria y dedicaba mucho tiempo a tocar el piano de manera tempestuosa. A Jo la evitaba, consolándose con quedarse mirándola desde su ventana, con una cara trágica que luego atormentaba a la pobre Jo en sueños y la oprimía durante el día con gran sentido de culpabilidad. A diferencia de otros mártires parecidos, Laurie nunca hablaba de su pasión no correspondida y no permitía que nadie -ni siquiera la señora March- tratase de consolarlo ni le ofreciese compasión. Todo el mundo se alegró muchísimo de "que el pobre y querido muchacho se marchase a olvidar su aflicción y regresase feliz". Naturalmente que él sonrió sombríamente ante tal error, pero lo dejó pasar, con la triste superioridad de quien sabe que su fidelidad, igual que su amor, son inalterables.

Cuando llegó el momento de la despedida, el muchacho afectó estar alegre para ocultar ciertas emociones Sumamente inconvenientes que parecían querer imponerse. Aquella falsa alegría no engañó a nadie, pero todos trataron de fingir que la creían por cariño al muchacho. Jo lo siguió hasta la calle, para agitar la mano como despedida final en caso de que Laurie se diese vuelta. Y por cierto que el muchacho se volvió, y al verla regresó junto a ella, la rodeó con los brazos y con una expresión que hizo su breve súplica tan elocuente como patética:

-¡Oh, Jo!, ¿no podrías? ...

-Teddy, querido, ¡ojalá me fuese posible!...

Eso fue todo. Una breve pausa y Laurie se enderezó diciendo.

-Muy bien. No te preocupes más... -y se marchó sin pronunciar otra palabra.

Pero nada estaba bien y Jo se preocupó horriblemente, pues, mientras la hermosa cabeza estuvo apoyada un minuto en su brazo, después de su dura respuesta, la muchacha se sintió como si hubiese apuñalado a su amigo más querido, y cuando él la dejó al fin, sin mirar de nuevo para atrás, Jo supo que aquel muchacho que había sido Laurie no volvería nunca más.

Capítulo I | Capítulo II | Capítulo III | Capítulo IV | Capítulo V | Capítulo VI | Capítulo VII | Capítulo VIII | Capítulo IX | Capítulo X | Capítulo XI | Capítulo XII | Capítulo XIII | Capítulo XIV | Capítulo XV | Capítulo XVI | Capítulo XVII | Capítulo XVIII | Capítulo XIX | Capítulo XX | Capítulo XXI | Capítulo XXII | Capítulo XXIII | Capítulo XXIV


 


 Los textos acá colocados son en su gran mayoría de dominio público y/o sus autores han autorizado su colocación. Algunos fragmentos de obras comerciales pueden estar presentes con fines educativos. El respeto al derecho de autor es una parte central de la actividad literaria. Si alguien considera que se vulneran sus derechos o que se hace uso inadecuado de algún contenido o material, favor contáctarnos para retirarlo de inmediato.  
Ciudades Virtuales Latinas - CIVILA.com y Educar.org (c) 1996 - 2006