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Capítulo XIII

XIII

EL SECRETO DE BETH

Al regresar a su casa aquella primavera Jo había sufrido un choque al ver el cambio operado en Beth. Nadie habló de ello ni pareció haberlo notado, porque había sido demasiado gradual para alarmar a quienes la veían todos los días. Pero para los ojos agudizados por la ausencia, aquel cambio era muy claro. El rostro no estaba más pálido y sí más delgado que en el otoño; pero tenía esa piel una transparencia que no parecía sino que lo mortal estaba desapareciendo para dejar que lo inmortal brillase a través de la frágil carne, con una belleza indescriptiblemente patética. Jo la vio pero nada dijo.

Mas cuando Laurie se hubo marchado y tornó a reinar la paz, la ansiedad volvió a perseguirla sin descanso. Cuando el viaje a la montaña, Beth le agradeció de corazón pero le rogó que no se la llevase tan lejos. Le convendría más una corta temporada en la playa, y como a la abuelita no pudieron persuadirla de dejar a los nietos, Jo se llevó a Beth a una playa tranquila donde pasaba mucho tiempo al aire libre, dejando que la brisa fresca devolviera un poco de color a sus mejillas exangües.

No era en manera alguna un lugar de moda, pero aun entre la gente agradable que allí había las chicas hicieron pocos amigos, prefiriendo estar juntas todo el tiempo y viviendo la una para la otra. Jo estaba demasiado absorbida por su cuidado para importarle nadie más; y ni se preocupaban del interés que despertaban en quienes las rodeaban, observando con ojos compasivos a la hermana fuerte y a la débil, siempre juntas como si, instintivamente, sintieran la larga separación, que no estaba muy lejos de llegar.

Y era verdad que así ocurría, sin que hablaran, sin embargo, de ello; Jo tenía la sensación de que había caído un velo entre su corazón y el de Beth, y cuando alzaba la mano para levantarlo parecía haber algo sagrado en aquel silencio y prefería esperar a que fuese Beth quien hablase. Le resultaba un enigma saber si su hermana se daba realmente cuenta de la triste verdad y qué pensamientos cruzaban por su mente en las largas horas que pasaba acostada en las rocas calientes de sol, coro la cabeza apoyada en las faldas de Jo mientras el viento soplaba y el mar hacía música a sus pies.

Un día la propia Beth se lo dijo. Jo creyó que estaba dormida, pues se quedaba acostada muy quietecita. La hermana mayor dejó el libro que leía y se puso a mirarla con ojos ávidos, buscando signos de esperanza en el leve color de las mejillas de Beth. Pero nada encontró para satisfacerse, pues aquellas mejillas estaban flaquísimas y las manos parecían demasiado débiles aún para sostener las conchillas rosadas que había estado juntando. Con mayor amargura que nunca, se convenció que Beth se le alejaba, día por día, y sus brazos se estrecharon instintivamente con más fuerza al tesoro más preciado que poseía. Por un minuto sus ojos se velaron, y cuando se despejaron Beth la estaba mirando con ternura tal que apenas si hubo necesidad de que dijese:

-Jo, querida, me alegro que sepas lo que me pasa. He tratado de decírtelo antes y nunca podía...

No hubo respuesta, más que la mejilla de la hermana fuerte contra la suya; ni siquiera lágrimas, pues Jo nunca podía llorar cuando estaba más profundamente emocionada.

-Hace un tiempo que lo sé, querida -dijo Beth-. Ahora ya estoy acostumbrada a la idea. No creas que me sea difícil pensar en lo que me espera ni tampoco soportarlo. Trata de verlo así y no te aflijas por mí, porque es mejor así, créemelo.

-¿Acaso era esto que te ponía tan triste en el otoño?

-Sí, fue entonces cuando dejé de tener esperanzas de mejorarme, aunque me negaba a admitirlo. Prefería pensar que era una fantasía de enferma y no quise afligir a nadie. Pero cuando los veía a todos tan bien y tan fuertes y llenos de proyectos felices era duro pensar que yo no podría nunca ser como tú, Jo.

-¡Oh, Beth! ¡Y no me dijiste nada! ¡No me dejaste que te consolara y te ayudara!...

La voz de Jo estaba llena de tierno reproche y le dolía el corazón al pensar en la lucha solitaria que debió sufrir su hermana cuando se convenció de que debía despedirse de la salud, del amor y de la vida y alzar a cuestas su cruz. ¡Y qué animosa que se había mostrado la pobrecita en aquel trance! ...

-Quizá estuve mal, pero al fin de cuentas no estaba segura de mis temores, y como nadie decía nada llegué hasta esperar que me equivocaba. Hubiese sido un egoísmo de mi parte asustarlos a todos cuando mamá estaba tan inquieta por Meg y con Amy tan lejos y tú tan feliz con Laurie...

-¡Y yo que creí que lo querías tú!... ¿Sabes que me marché a Nueva York precisamente porque me era imposible enamorarme de él? -dijo Jo, contenta de que todo se aclarase por fin entre las dos.

Beth se quedó tan pasmada con aquella idea fantástica de Jo que ésta sonrió a pesar de su dolor por Beth.

-¿Así que no lo querías, eh? -agregó Jo con suavidad.

-Pero, Jo, ¿cómo podía enamorarse de Laurie cuando sabía lo que te quería él a ti? -preguntó Beth, con la inocencia de un niño-. Lo quiero, naturalmente, y mucho; ¿cómo podría ser de otro modo con lo bonísimo que es siempre conmigo? Pero nunca podría ser para mí otra cosa que un hermano, y espero que en realidad lo será algún día.

-No por parte mía, con toda seguridad -dijo Jo con tono decidido-. Le queda Amy, y son a propósito el uno para el otro, pero ahora no tengo espíritu para esas cosas. No me importa lo que le pase a nadie más que a ti, Beth, querida, ¡te tienes que mejorar!...

-Bien que lo deseo, Jo, ¡no sabes cómo! Trato de hacerlo, pero cada día parece que pierdo algo y me siento más segura de que nunca lo voy a recuperar. Es como la marea, Jo; cuando empieza a retirarse lo hace lentamente, pero es imposible detenerla.

-Pues la detendremos. Tu marea no puede retirarse tan pronto. Tienes diecinueve años, Beth querida, y no puedo dejarte marchar tan pronto... ¡Voy a empeñarme y a rezar tanto! Lucharé hasta que logre retenerte; verás como lo consigo. Tiene que haber algún medio... No puede ser demasiado tarde... -dijo la pobre Jo llorando con rebeldía, pues su espíritu no tenía ni la mitad de la sumisión piadosa que adornaba a Beth.

La pobrecita Beth no sabía razonar ni explicar aquella fe que le daba paciencia y coraje para renunciar a la vida y esperar animosamente la muerte. Como una criaturita llena de confianza, no hacía ninguna pregunta y dejaba todo en manos de Dios, y de la naturaleza. Ese día se guardó muy bien de censurar a Jo y hasta amó más aún que antes a su hermana por su devoción apasionada y se aferró más aún a aquel amor humano. Con todo, a Beth no le fue posible decir: "Me alegro de marcharme", pues la vida le era muy dulce; sólo podía expresar: "Trato de estar dispuesta", abrazándose estrechamente a Jo en ese primer momento en la primera ola de aquel gran dolor.

Al rato dijo Beth, ya recobrada la serenidad.:

-¿Se lo vas a decir a todos cuando volvamos a casa?

-Creo que lo van a ver sin que se lo diga -suspiró Jo, que veía que Beth empeoraba todos los días.

-Si papá y mamá no se dan cuenta, ¿verdad que se lo dirás por mí? Entre nosotras me parece mejor prepararlos. Meg tiene a Juan y los chicos para consolarse, pero tú eres quien ahora tiene que sostener a nuestros padres, ¿verdad, Jo?

-Ya lo creo, querida.

-Pero lo que me cuesta ahora realmente es dejarlos a todos ustedes. No es que tenga miedo, sino que me parece como si fuera a extrañarlos aun en el cielo...

Jo no podía hablar y durante unos minutos no se oyó otra cosa que el suspiro del viento o el lamido de la marea contra la playa... En eso voló cerca una gaviota de alas blancas y un destello de sol brilló en su pechuga plateada. Beth la observó con ojos llenos de tristeza; después se acercó mucho a ella una pequeña avecilla de plumaje gris, que dando saltitos por la arena piaba bajito como para sí, gozando del sol y del mar. Beth sonrío y se sintió consolada, pues aquel ser minúsculo parecía ofrecerle su pequeña amistad y recordarle que todavía existía un mundo agradable, del cual gozar.

-¡Qué pajarito tan mono!... ¡Mira qué mansito es, Jo!... Me gustan más que las gaviotas, aunque no son de belleza tan salvaje como éstas, pero parecen felices y contentos. ¿Te acuerdas que los llamaba "mis pajaritos" el verano pasado y que mamá decía que le hacían acordar a mí? Nunca se alejan de la costa y siempre gorjean su cancioncita alegre. Tú, en cambio, eres la gaviota, salvajemente fuerte, amante de la tormenta y del viento, volando mar adentro y feliz, aun sola. Meg es como la torcaz y Amy la alondra, de las que nos escribe, tratando de volar hasta las nubes y siempre volviendo a caer en su propio nido. ¡Pobre querida!... ¡Tan ambiciosa!... Tengo esperanzas de volverla a ver, pero... ¡está tan lejos!...

-Llegará esta primavera, y me propongo que para entonces tú estés mejor, y te prepares a recibirla y disfrutar con ella de su relato. ¡Verás cómo habrás recuperado los colores para entonces!... -respondió Jo, pensando que de todos los cambios que observaba en Beth últimamente el más notable era el de la conversación, pues la chica parecía ahora hablar sin mayor esfuerzo y hasta pensaba en voz alta, lo cual era completamente desusado en ella, siempre tan tímida.

-Querida Jo, no debes esperar ya nada porque no te ha de servir.

Jo se inclinó a besar la carita serena, y con ese beso tranquilo selló su dedicación a Beth en cuerpo y alma.

Jo tuvo razón. No hubo necesidad de palabras cuando regresaron a casa, pues papá y mamá vieron con toda claridad aquello que habían rezado tanto por no ver. Cansada del corto viaje, Beth fue directamente a la cama, alegrándose, según dijo, de estar en casa,, y cuando Jo bajó a reunirse con sus padres vio que le sería ahorrada la tarea de decirles cuál era el secreto de Beth: el padre apoyaba la cabeza en la chimenea y no se dio vuelta al entrar Jo, pero la madre extendió los brazos como pidiendo ayuda a su hija, que fue inmediatamente a consolarla sin palabras.

 

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