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XIV IMPRESIONES NUEVAS A las tres de la tarde todo el mundo elegante de Niza se da cita en la famosa Promenad des Anglais, paseo encantador, con su arichísima vereda bordeada de palmeras, flores y arbustos tropicales, con el mar por un lado y calzada por medio los hoteles y residencias particulares más suntuosos. Y al fondo, huertos de naranjos y verdes colinas. Muchas naciones están allí representadas, se oye hablar muchos idiomas, se ven muchos trajes típicos y en un día de sol el espectáculo de todo eso resulta tan alegre y colorido como un carnaval. Altivos ingleses, franceses vivarachos, alemanes muy seriotes, hermosos españoles, feísimos rusos, humildes judíos y desenfadados americanos pasean por allí en coche, se sientan o caminan sin prisa, charlando, comentando las noticias, criticando a la última celebridad llegada, que tanto puede ser Dickens como Víctor Manuel, la reina de las Islas Sandwich o el Agha Khan. Los coches son tan variados como la concurrencia y atraen la atención tanto como aquélla, especialmente las "canastitas" que manejan muchas señoras con un tiro de briosos "ponies". En este paseo, el día de Navidad, caminaba despacio un joven alto, con las manos atrás y una expresión algo ausente en el rostro. Su físico era el de un italiano, su traje el de un inglés y su aire independiente completamente americano, combinación que hizo dar vuelta a varios pares de ojos femeninos con miradas de aprobación, mientras que varios "dandies" se encogían de hombros fingiendo indiferencia cuando en realidad lo estaban envidiando. Había abundancia de caras bonitas que admirar, pero nuestro hombre no las tenía en cuenta más que para echar una mirada de cuando en cuando a una chica rubia o vestida de celeste. Al poco rato se salió del Paseo y se detuvo un momento en el cruce, como vacilando entre ir a escuchar la banda en el Jardín Publique o vagar un poco más. De pronto, el trote rápido de unos ponies le hizo levantar la vista, pues bajaba por la calle uno de aquellos cochecitos-canasta con una sola dama, que era joven, rubia y vestida de celeste. El muchacho miró un momento y pareció despertar de repente. Agitando el sombrero como un chico corrió al encuentro de la damita rubia. -¡Oh, Laurie!, ¿de veras eres tú? ¡Creí que nunca llegarías!... -gritó Amy, dejando caer las riendas y extendiendo ambas manos para saludarlo. -Me demoré en el camino, pero te había prometido que pasaría la Navidad contigo y aquí estoy. -¿Cómo está tu abuelo? ¿Cuándo llegaste? ¿Dónde paras? -Muy bien, anoche, en el Negresco. Llamé a tu hotel pero me dijeron que habían salido todos. -Tengo tantas cosas que decirte que no sé por dónde empezar. Sube y podremos conversar tranquilos, porque no iba más que a pasear, y estaba ansiando compañía, pues Flo se quedó reservándose para la noche. -¿Qué pasa esta noche, un baile? -Sí, una fiesta de Navidad en nuestro hotel. Hay muchos americanos y ellos lo ofrecen en celebración de la Navidad. ¿Vendrás con nosotros, verdad? Tía va a estar encantada. -Gracias. ¿Adónde vamos ahora? -preguntó Laurie. -Primero tengo que ir al banco a buscar las cartas y luego iremos a la Colina del Castillo. La vista es magnífica y me gusta dar de comer a los pavos reales. ¿Has estado ahí alguna vez? -A menudo, hace años, pero no tengo inconveniente en ver todo eso de nuevo. -Ahora dame tus noticias. Las últimas fueron que tu abuelo te esperaba de vuelta de Berlín. -Sí, pasé un mes en Berlín y luego me le reuní en París, en donde él se ha quedado a pasar el invierno. Tiene amigos ahí y muchas cosas con qué divertirse; de modo que yo voy y vuelvo y lo pasamos magníficamente. -Me parece un arreglo muy bueno y bien pensado -opinó Amy, echando algo de menos en el modo de Laurie, sin saber exactamente qué. -¡Qué agujero más sucio!, ¿no es cierto? -dijo él con una mirada de disgusto cuando pasaron junto a la Plaza Napoleón, en la ciudad vieja. -Yo encuentro pintoresca toda esa suciedad y no me incomoda. El río y las coimas son deliciosos. Ahora tenemos que esperar que pase esa procesión, que va a la iglesia de San Juan. Mientras Laurie miraba lánguido la procesión, Amy lo observaba, y a medida que lo hacía se fue sintiendo invadida por una especie de timidez, porque había cambiado y Amy no encontraba más a aquel muchacho de cara alegre que dejara en este otro joven caviloso que ahora tenía a su lado. Estaba más buen mozo que nunca, eso sí, y había mejorado mucho, le pareció, en su indumentaria. Pero pasada la euforia del primer encuentro, Amy le notó un aspecto cansado y desanimado, no enfermo ni triste exactamente, ni que parecía de más edad sino más serio de lo que hubiese podido estar después de un año de vida próspera. Amy no comprendía el porqué de ese cambio y no se animaba a hacer preguntas. -¿Que pensez vouz? -dijo por fin ventilando su francés, que había mejorado mucho en cantidad, si no tal vez en calidad. -Que "mademoiselle" ha aprovechado muy bien el tiempo y que el resultado es encantador -replicó Laurie, saludando con la mano en el corazón y una mirada de admiración. La muchacha se puso roja de placer ante el elogio, pero, sin saber por qué, no la satisfizo como las francas y un tanto bruscas ponderaciones que antes solía hacerle cuando en ocasiones especiales se paseaba a su alrededor diciéndole que "estaba estupenda" con una sonrisa sincera y un golpecito de aprobación en la cabeza. El nuevo Laurie no le gustó, pues aunque no se podía llamar precisamente hastiado, su elogio sonaba falso. "Si es que va a hacerse hombre así, prefiero que se quede muchacho", pensó la chica con una sensación curiosa de desencanto e incomodidad, mientras trataba de aparecer alegre y despreocupada. En el banco encontró las preciosas cartas de los suyos y pasando a Laurie las riendas se puso a leerlas con avidez, mientras seguían los meandros del camino sombreado por los verdes setos donde florecían las rosas té, tan frescas como en pleno junio. -Beth está bastante mal, la pobrecita, dice mamá. A menudo pienso que debía volverme, pero todos me dicen siempre que me quede y me voy quedando, pues nunca volveré a tener una oportunidad como ésta -dijo Amy interrumpiendo la lectura y muy triste con una de las páginas de la carta. -Creo que haces bien en quedarte, ya que nada podrías hacer allá, y para ellos es un gran consuelo saber que estás bien, contenta y disfrutando tanto, querida. La frase y el fraternal "querida" la tranquilizaron un poco, indicándole que si algo pasaba no se encontraría sola en un país extranjero. Siguió la lectura, y en eso soltó la risa mostrando a Laurie un dibujito que había hecho Jo de sí misma con el "traje de escribir", el moño de la cofia parado y saliendo de su boca las palabras: "Arde el genio". Laurie sonrió, tomó el papel y se lo guardó disimuladamente en el bolsillo del chaleco y luego escuchó, muy interesado, la animada carta que ella leyó. Cuando terminó a lectura, Amy le dijo: -Ésta sí que va a ser para mí una verdadera Navidad: regalos por la mañana, tú y las cartas por la tarde y una fiesta por la noche. Luego ambos se apearon entre las ruinas del viejo fuerte, rodeándolos inmediatamente una bandada de pavos reales espléndidos y mansísimos, esperando a que les diesen de comer. Mientras Amy les arrojaba miguitas, Laurie observaba, a su vez, a la chica, con curiosidad natural por ver qué cambios había operado en ella el tiempo. No encontró el muchacho nada que lo confundiese o defraudase y en cambio sí mucho que admirar y aprobar, pues aparte de algunas afectaciones en los modales y el hablar, Amy seguía siendo tan agraciada y viva como siempre, con el agregado de ese indescriptible "no sé qué" del vestir y del porte que se llama comúnmente elegancia. Había ganado cierto aplomo en su andar y en su conversación que la hacían aparecer más mujer de mundo de lo que en realidad era, aunque a veces asomaba todavía su vieja quisquillosidad. Laurie vio lo suficiente como para satisfacerlo e interesarlo, quedándole la bonita imagen de una muchacha de cara alegre y al sol. Cuando llegaron a la meseta de piedra que corona la colina, Amy dijo señalando cosas distintas: -¿Te acuerdas de la Catedral y del Corso, de los pescadores que arrastran las redes en la bahía y del precioso camino a Villafranca, de la Torre de Schubert, un poco más abajo, y lo mejor de todo, la mancha allí, mar adentro, que según dicen es Córcega? -Sí, me acuerdo... No ha cambiado gran cosa -respondió el muchacho sin entusiasmo. -¡Qué no daría Jo por ver esa famosa mancha!... -agregó Amy. -Sí -fue todo lo que dijo Laurie. Pero se volvió y forzando la vista quiso ver aquella isla que una muchacha aún más usurpadora que Napoleón hacía ahora interesante a sus ojos. -Ven aquí y, dime qué ha sido de tu vida todo este tiempo -le dijo entonces Amy preparándose para tener con él una sabrosa conversación. Pero no fue así, pues aunque se le reunió como le pedía y contestó sin reserva todas las preguntas de la chica, lo único de que ésta pudo enterarse fue que el muchacho había vagado por todo el continente. De modo que después de pasear durante una hora se volvieron al hotel donde paraba Amy, y Laurie se despidió prometiendo volver esa noche. No podemos dejar de consignar el hecho de que, a toda conciencia, Amy se acicaló para "presumir" aquella noche. El tiempo y la ausencia habían actuado en los dos jóvenes: ella veía ahora a su antiguo amigo en un aspecto nuevo, no ya como "nuestro muchacho", sino como un hombre, buen mozo y agradable, y era muy natural que la chica tuviese el deseo de agradarle. Como conocía sus puntos fuertes, los aprovechaba al máximo gracias a la habilidad y el buen gusto, que son una fortuna para las chicas bonitas y pobres. El tul era barato en Niza, así que en estas ocasiones Amy se envolvía en él. Se fabricó esa noche una "toilette" encantadora con flores frescas, unas pocas chucherías y toda clase de truquitos delicados, baratos y de buen efecto. "Quiero que Laurie piense que estoy muy bien y que lo diga en casa -se dijo Amy al ponerse el viejo vestido de baile de Flo, que era de seda blanca, y cubrirlo con una nube de tul de ilusión, del cual emergían muy blancos los hombros y la cabeza rubia, con un efecto realmente artístico. Esta vez tuvo el tino de dejar en paz el pelo después de haberlo recogido simplemente, Como no tenía adornos finos para esta ocasión importante, Amy le hizo a su vaporosa falda unos frunces con ramitos rosados de azalea. Recordando los zapatos pintados de otrora, contemplaba ahora con satisfacción profunda de muchacha los que tenía, de raso blanco. "El abanico nuevo hace juego con las flores del vestido y los guantes me ajustan a la perfección. En cuanto a la puntilla hecha a mano del mouchoir de tía, le da mucho cachet a toda mi toilette. ¡Si mi nariz y mi boca fuesen clásicas!... ¡Entonces sí que estaría feliz!", se dijo mirándose para inspeccionar su atuendo con ojo crítico. Mientras esperaba a Laurie caminó por el salón en todas direcciones y una vez se situó deliberadamente bajo la araña, que daba reflejos especiales a su cabello; luego lo pensó mejor y se fue al otro extremo del salón, como avergonzada de aquel impulso inicial de provocar una primera impresión favorable. Y resultó que no podía haber hecho mejor cosa, porque al entrar Laurie vio la fina figura blanca contra el fondo de cortinas rojas, y eso le hizo tan buen efecto como una estatua bien colocada. -¡Buenas noches, Diana!... -le dijo Laurie con aquella mirada de satisfacción que a ella le gustaba tanto ver en sus ojos cuando se posaban en ella. -¡Buenas noches, Apolo! ... -le respondió devolviéndole la sonrisa, porque él también estaba mejor parecido aún que de costumbre. La idea de entrar en el salón de baile del brazo de un joven tan guapo hizo que Amy compadeciera a las cuatro feas señoritas de Davis desde el fondo de su corazón. -Aquí tienes tus flores, Amy. Las arreglé yo -le dijo Laurie, dándole un delicado ramillete en un "brazalete porta-flores" que ella había codiciado al pasar por la joyería y verlo en la vidriera. -¡Qué bueno eres conmigo, Laurie! -exclamó Amy agradecida-. De haber sabido que venías hoy, hubiese preparado un regalito, aunque me temo no tan fino como éste. -Gracias igual; esto no es todo lo que tú mereces, pero tú lo has mejorado -agregó él cerrándole el broche de la pulsera en la muñeca. -No me digas esas cosas... -Creía que te gustaba ese tipo de cumplidos. -No dichos por ti no parecen naturales como cuando tú lo dices, pero prefiero tu franqueza de antes. -Me alegro -contestó Laurie con una mirada de alivio; luego abotonó los guantes de Amy y le preguntó si tenía derecho el moño de la corbata, igual que antes cuando iban a fiestas juntos. La concurrencia reunida en el gran salón aquella noche era tal como no puede darse sino en Europa. Los hospitalarios americanos habían invitado a cuanto conocido tenían en Niza y se habían conseguido varios títulos nobiliarios para dar lustre a su baile de Navidad. Un príncipe ruso había consentido en sentarse en un rincón durante una hora y conversar con una voluminosa señora vestida como la madre de Hamlet, de terciopelo negro con una brida de perlas por debajo del mentón. Un condecito polaco, de dieciocho años, se dedicaba a las damas, que lo proclamaron "un amor", y una Serenísima Alteza alemana, habiendo asistido únicamente por la comida, vagaba sin rumbo buscando qué devorar. El secretario privado del barón Rothschild, un hombre alto, sonreía afablemente a todo el mundo, exactamente como si el nombre de su patrón lo coronase a él de una aureola de oro; un francés gordo, que conocía al emperador, había venido a satisfacer su manía por el baile, y lady Jones, una matrona inglesa, adornaba los salones con su familia de ocho vástagos. Naturalmente que había buen número de chicas americanas de voces chillonas, de inglesas bonitas y desanimadas y unas pocas señoritas francesas, feúchas pero graciosas. Cualquier chica joven se podrá imaginar el estado de ánimo de Amy cuando "entró en escena" del brazo de Laurie. Sabía que estaba bien, le encantaba bailar, se sentía muy cómoda en un salón y gozaba con el delicioso poderío que siente una muchacha cuando descubre el nuevo y precioso reino que está llamada a gobernar por virtud de la belleza, de la juventud o simplemente por el hecho de ser mujer. Compadeció de nuevo a las chicas de Davis, que eran torpes, feas y que por todo compañero tenían un padre adusto y tres tías solteronas más adustas aún; así que, al pasar, las saludó con su sonrisa más cordial, ¡y qué curiosidad tuvieron por saber quién sería aquel amigo de aspecto tan distinguido! Cuando la banda rompió a tocar se acentuaron los colores del rostro de Amy, le brillaron los ojos y los pies marcaron el paso sobre el piso, pues bailaba bien y quería que Laurie lo supiese; sintió por lo tanto un "shock" cuando él le dijo con mucha pachorra: -¿Quieres bailar? -Es lo que generalmente se hace en un baile. -Quería decir la primera pieza. ¿Puedo tener el honor? ... -Puedo concedértela si dejo plantado al conde. Baila divinamente, pero me va a disculpar, tratándose de un viejo amigo como tú -respondió Amy, esperando que el título surtiese buen efecto y demostrase a Laurie que no se podía jugar con ella. -Una monada de muchacho, pero un palo un poco corto para sostener a Una hija de los dioses -fue sin embargo toda la satisfacción que pudo sacarle. El grupo en que se encontraban era inglés en su mayoría y Amy se vio obligada a caminar con sumo decoro en un cotillón tan animado que la hacía sentirse con ganas de bailar con entusiasmo la tarantela. Laurie se la cedió a la "monada de muchacho" y fue a cumplir con su deber para con Florencia, sin cuidarse de asegurarse a Amy por las piezas siguientes, reprensible falta de precaución que fue debidamente castigada, pues ella comprometió inmediatamente todas las piezas hasta la cena, con intención de ablandarse si para entonces el muchacho daba alguna señal de arrepentimiento. Cuando con toda calma vino a reclamarla para la próxima, una gloriosa polca, Amy tuvo la modesta satisfacción de mostrarle su repleto carné de baile; pero las corteses lamentaciones de Laurie no la convencieron en lo más mínimo, y cuando se fue bailando un galop húngaro con el condecito vio que Laurie se sentaba junto a tía Carrol con -créase o no- ¡un suspiro de alivio! Eso fue imperdonable y Amy se guardó muy bien de prestarle la más mínima atención durante un largo rato, a no ser por una que otra palabra cuando se acercaba entre pieza y pieza a su chaperone en busca de un alfiler o algún otro elemento necesario, o para gozar de un minuto de respiro. Su fastidio surtió efecto, sin embargo, pues ella lo disimuló con cara sonriente y aparentó estar inusitadamente alegre y dicharachera. Laurie la miraba actuar con placer, pues la chica bailaba bien, sin saltar alocadamente ni con demasiada calma, sino con animación y gracia, haciendo del delicioso pasatiempo lo que siempre debería ser. Fue muy natural que Laurie se pusiese a estudiar a Amy desde este nuevo punto de vista y, antes de promediar la velada, aquel juez improvisado había decidido que "la pequeña Amy llegaría a ser una mujer encantadora". La escena se puso muy animada porque pronto se posesionó de todos el espíritu sociable de la fecha y la alegría típica de la Navidad hizo brillar todos los rostros, alegró todos los corazones y aligeró todos los pies. Los músicos frotaban las cuerdas, soplaban o percutían sus instrumentos como si se divirtiesen con ello; bailaba todo el que sabía y los que no sabían admiraban a sus vecinos con inusitado calor. El aureolado secretario se lanzaba de salón en salón como un meteoro, con una elegante francesa. El Serenísimo Teutón encontró la mesa del "buffet" y se comió pacientemente todo el menú, causando asombro entre los mozos por los estragos que hacía. Pero el que se cubrió de gloria fue el amigo del emperador, porque bailaba de todo, lo supiese o no, improvisando piruetas cuando no conocía las figuras. El entusiasmo infantil de ese hombre grueso era encantador, pues bailaba como una pelota de goma: corría, volaba, hacía cabriolas, la cara le irradiaba alegría, la calva le brillaba, las colas de su frac se agitaban, sus zapatos de charol centelleaban. Y cuando paraba la música, el hombre se secaba la frente sudorosa y empezaba a repartir sonrisas como un Pickwick francés sin anteojos. Amy y su polaco se lucieron con igual entusiasmo pero mayor habilidad y gracia, Laurie se encontró de pronto marcando involuntariamente el compás con el rítmico ascenso y descenso de los escarpines de raso blanco que pasaban volando por su lado tan incansablemente como si hubiesen tenido alas. Cuando el pequeño Vladimir la dejó por fin en libertad con seguridades de que "estaba desolado de marcharse tan temprano", Amy estaba dispuesta a descargar y ver cómo soportaba el castigo su caballero remiso. Podemos asegurar que la penitencia había tenido éxito, pues a los veintitrés años los afectos no correspondidos encuentran bálsamo en la sociedad de amigos y se estremecen los nervios jóvenes, baila la sangre y se levantan los espíritus deprimidos cuando se los somete al encanto de la belleza, la luz, la música y el movimiento. Al incorporarse para darle el asiento Laurie estaba bien despabilado, y cuando se fue al "buffet", a buscarle algo de comer, la muchacha se dijo con sonrisa satisfecha: -¡Ya me parecía que mi castigo le haría bien! -Pareces la "Mujer pintada por ella misma", de Balzac -le dijo abanicándola con una mano y sosteniendo la taza de café en la otra. -¿Cómo se llama esto? -le preguntó después tocando un pliegue de su vestido que se había corrido sobre la rodilla de él. -Ilusión. -Es un buen nombre para un material tan bonito. Es algo nuevo, ¿no? -Viejo como las montañas, lo has visto llevar a montones de chicas y sólo ahora te fijas que es bonito, ¡tonto! -Es que nunca lo había visto llevado por ti, lo que explica la distracción... -Nada de esas cosas están prohibidas. En este momento prefiero tomar café que oír cumplidos, y hazme el favor de no repatingarte de ese modo porque me pones nerviosa. Laurie se incorporó de golpe y muy humildecito le tomó a Amy el plato vacío, sintiendo una especie de placer raro en que "la pequeña" le diese órdenes, pues ahora ella había perdido toda timidez y sentía un deseo irresistible de "pisotearlo", como las chicas saben hacer deliciosamente con todo masculino que les muestre el más mínimo signo de sujeción. -¿Dónde has aprendido todas estas cosas? -preguntó Laurie al fin con una mirada crítico-inquisitiva. -Como "todas estas cosas" es una expresión algo vaga, ¿quieres hacer el favor de explicarte? -replicó Amy, sabiendo perfectamente lo que él quería decir pero dejándolo, con toda picardía, que describiese lo indescriptible. -Bueno... quiero decir el aire... el estilo, la seguridad de sí mismo... ¿qué sé yo? ... la ilusión... tú lo sabes mejor que yo -dijo Laurie rompiendo a reír y ayudándose a salir del paso con aquella palabra nueva. Amy se puso alegre con la contestación, pero naturalmente que no se lo hizo saber al muchacho y respondió muy modosita: -La vida en el extranjero la pule a una a pesar de sí misma. No te olvides que, además de divertirme, estudio... Y en cuanto a esto -e indicó con un gesto el vestido-, el tul es barato, las flores se consiguen por cualquier parte por nada y estoy muy acostumbrada a sacar partido de mis pobres cositas. Amy se arrepintió un poco de esta última frase, por temor de que no fuese del mejor gusto, pero a Laurie no le disgustó; al contrario, admiró y respetó a la muchacha por la paciencia y coraje que le permitía aprovechar al máximo sus oportunidades y su espíritu animoso, que sabía cubrir con flores la pobreza. Amy no supo por qué la miraba tan cariñosamente ni tampoco cuál fue el motivo que lo impulsó a llenarle el carné de baile con su nombre, dedicándose a ella por el resto de la noche de la manera más simpática; pero el impulso que obró en él este cambio agradable fue el resultado de las impresiones que los dos estaban dando y recibiendo al mismo tiempo.
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