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XVI LAURENCE, EL HOLGAZÁN Laurie había ido a Niza pensando quedarse una semana y se quedó un mes. Cansado ya de vagabundear solo por Europa la presencia familiar de Amy parecía dar un encanto de hogar al escenario extranjero del cual en este momento formaba parte. Había extrañado los mimos a que "las chicas de enfrente" lo tenían acostumbrado y ahora disfrutaba de nuevo de su gustito, pues no había atenciones de extraños, por halagadoras que fuesen, que le resultaran ni la mitad de agradables que la fraternal adoración de aquellas chicas. Amy nunca lo había mimado como las otras, pero ahora, como estaba tan contenta de verlo, se le pegó muchísimo, sintiendo como si él representase a la familia querida que la muchacha extrañaba mucho más de lo que confesaba. Fue muy natural que ambos jóvenes se consolaran mutuamente con la compañía recíproca y estaban mucho juntos, ya cabalgando, ya caminando, ya bailando, ya perdiendo tranquilamente el tiempo, pues nadie puede ser demasiado activo en Niza durante la season. Aunque aparentemente no hacían más que divertirse de la manera más despreocupada, semiinconscientemente iban haciendo descubrimientos y formando opiniones el uno sobre el otro. Todos los días Amy se iba elevando en la estimación de su amigo, mientras él descendía en la de ella, y los dos se dieron cuenta de ello sin decir una sola palabra. Amy trataba de serle agradable al muchacho, y lo lograba porque estaba realmente agradecida por los muchos gustos que él le proporcionaba, retribuyéndoselos ella con muchos pequeños favores, a los que las mujeres verdaderamente femeninas saben prestar encanto indescriptible. Por lo que concierne a Laurie, no hacía esfuerzo alguno y se dejaba llevar cómodamente por los acontecimientos, tratando de olvidar su pena de amor, convencido de que todas las mujeres le debían algo por la sencilla razón de que una muchacha había sido indiferente para con él. En cuanto a ser generoso, no le significaba ningún esfuerzo ni sacrificio y le hubiese regalado a Amy todas las chucherías que se podían comprar en Niza si ella se las hubiese aceptado. Pero no por eso podía cambiar la opinión que la chica se estaba formando de él. Tanto que el muchacho casi temía ya la mirada de los penetrantes ojos azules que parecían observarlo con sorpresa, en la que se mezclaban la pena y la burla. -Todos se han ido a pasar el día a Mónaco, pero yo preferí quedarme a escribir cartas. Ahora he terminado y me voy a Valrosa a hacer bosquejos; ¿quieres venir? - le dijo Amy un hermoso día al saludar a Laurie, que, como de costumbre, había llegado cachazudamente alrededor de mediodía. -¡Bueno, vamos! ... Pero, ¿no hace mucho calor hoy para semejante caminata? -respondió el muchacho con pereza, pues el salón del hotel, en penumbra, resultaba atrayente, comparado con el resplandor de afuera. -Pienso ir en el cochecito y Bautista manejará, de modo que no tendrás nada que hacer más que cuidar que no se te ensucien los guantes -replicó Amy con una mirada sarcástica a la inmaculada cabritilla de lo que para Laurie era una debilidad. -Si es así, iré con gusto -y alargó la mano para tomarle a Amy su cuaderno de bosquejos. Pero la muchacha se lo puso bajo el brazo diciéndole bastante seca: -No te molestes... a mí no me cuesta nada llevarlo y tú parece que no tuvieses fuerza ni para eso... Laurie levantó las cejas algo sorprendido, pero la siguió sin apresurarse mientras ella bajaba casi corriendo, aunque al subir al coche él tomó las riendas para manejar, dejando que Bautista se cruzase de brazos y durmiese en su asiento. Estos dos chicos nunca se peleaban, pues Amy era demasiado bien educada, y Laurie, en esta época de su vida, tenía demasiada pereza, de modo que al poco rato de andar el muchacho comenzó a espiar por debajo del ala del sombrero de Amy con aire inquisitivo: ella respondió con una sonrisa, y después de eso el paseo siguió de la manera más amigable. Y era por cierto un bonito paseo, por largos caminos serpenteantes, ricos en escenas pintorescas como para deleitar los ojos amantes de lo bello. Primero fue un antiguo monasterio. Luego, un pastor de desnudas piernas, calzado con zuecos y gruesa chaqueta colgando de un hombro, que tocaba el caramillo sentado en una piedra mientras las cabras saltaban entre las rocas o se echaban a sus pies. Pasaban a cada rato burritos cargados de cestas de hierba recién cortada, con una bonita muchacha de gran capelina sentada entre los dos verdes montones. Otras veces, chiquillos de suaves ojos pardos salían corriendo de las pintorescas chozas de piedra a ofrecerles ramilletes de flores o racimos de naranjas en sus ramas. Las colinas estaban cubiertas de retorcidos olivos de oscuro follaje, la fruta colgaba dorada en los huertos y grandes anémonas rojas bordeaban el camino, mientras las verdes laderas y escarpadas crestas de los Alpes Marítimos se levantaban, bien destacadas en el azul del cielo italiano. Valrosa merecía muy bien su nombre, pues en aquel clima de verano perpetuo las rosas florecían por todas partes: cubrían los arcos de la pérgola de entrada, se introducían por entre los barrotes de la verja dando una dulce bienvenida a los turistas y se alineaban en las avenidas, enredándose por entre los limoneros y las plumosas palmeras. En cada rinconcito de sombra donde hubiese asientos que invitasen a descansar, había también la correspondiente masa de color; las frescas grutas tenían su ninfa de mármol sonriendo bajo un manto de flores y las fuentes reflejaban rosas rojas, blancas o rosadas que se inclinaban sobre el agua para sonreír ante su propia belleza. También las paredes de la casa, las cornisas y los pilares estaban invadidos por las rosas que las cubrían, adornaban o trepaban inundando la balaustrada de la amplia terraza, desde donde se contemplaba el asoleado Mediterráneo. -Este es un paraíso para pasar una luna de miel, ¿no te parece? ¿Has visto alguna vez rosas semejantes? - preguntó Amy. --No... nunca... ni tampoco me pincharon nunca semejantes espinas -respondió Laurie chupándose el pulgar, después de un vano intento por alcanzar una magnífica flor escarlata que había abierto en un sitio donde le fue imposible alcanzarla. -Prueba más abajo y corta éstas si tienen espinas - contestó Amy tomando tres rositas rosadas que adornaban la pared detrás de ella. Como ofrenda de paz, se las puso a Laurie en el ojal y él se quedó mirándolas un momento con una expresión curiosa porque había un toque de superstición en el muchacho que le venia de su descendencia italiana, y en ese momento se encontraba en un estado de ánimo mitad dulzura, mitad melancolía amarga en que cualquier detalle puede adquirir significado para los jóvenes de imaginación viva y todo y cualquier cosa puede alimentar un romance. Fue pensando en Jo que había tratado de alcanzar la espinuda rosa roja, pues a ella le sentaban las flores de color vivo y a menudo las cortaba del invernadero de casa de Laurie para ponérselas. En cambio las rosas pálidas que le diera Amy eran como las que los italianos ponen en manos de los muertos, nunca en las coronas nupciales, y Laurie se preguntó por un minuto si el presagio sería para Jo o para él..., pero al minuto siguiente su sentido común americano venció al sentimentalismo y el muchacho se echó a reír con más ganas que lo que lo había hecho en mucho tiempo desde que estaba en Niza. -Es un buen consejo. Yo que tú lo seguiría y me cuidaría los dedos -dijo Amy creyendo que le divertía lo que ella había dicho. -Gracias, así lo haré -contestó entonces en broma el muchacho, sin pensar que a los pocos meses diría aquello mismo en serio. -¿Cuándo te reunirás con tu abuelo? -le preguntó al rato Amy sentándose en un banco rústico para pintar. -Muy pronto. -Hace tres semanas que vienes diciendo la misma cosa. -No me extraña. Las respuestas cortas ahorran trabajo... -Te espera ansioso y deberías ir. -Ya lo sé... ¡El pobre es tan hospitalario!... -Y entonces, ¿por qué no vas? -Mi perversidad natural, me imagino. -Indolencia natural, querrás decir. ¡Es realmente terrible, Laurie!... Y Amy puso cara severa, -No tanto como parece, Amy, pues sólo conseguiría molestarlo si me fuese allí, de modo que da igual que me quede aquí y te moleste a ti un poco más de tiempo... tú lo toleras mejor... en realidad, me parece que te sienta muy bien que yo te fastidie...-dijo Laurie acomodándose para haraganear un buen rato en el borde de la balaustrada. Amy volvió a desaprobar con un gesto y abrió su cuaderno de bosquejos con aire resignado, pero había tomado la decisión de sermonear a "ese muchacho", y al minuto ya puso manos a la obra: -¿Qué es lo que estás haciendo en este momento, Laurie? -Mirando lagartijas. -No, no quiero decir qué intentas hacer... después. -Fumar un cigarrillo, si me lo permites. -Eres insoportable... Ya sabes que no apruebo los cigarrillos y sólo lo consentiré con la condición de que me dejes ponerte en mi bosquejo; necesito una figura... -Con todo el gusto posible de este mundo... ¿Cómo quieres que me ponga? ¿De cuerpo entero, tres cuartos, o de cabeza?... Respetuosamente, me permito sugerirte una postura reclinante y tú titularlo "Dolce far niente". -Quédate como estás y duerme si quieres... Por mi parte... tengo la intención de trabajar mucho -contestó Amy con su tono más enérgico. -¡Qué delicioso entusiasmo! -dijo el muchacho, muy contento de poder recostarse cómodo contra un gran jarrón. -¿Qué diría Jo si te viese en este momento? -preguntó entonces Amy, ya impaciente y esperando sacarlo de su apatía con el nombre de la hermana, mucho más enérgica aún que ella. -Diría lo de siempre: "¡Mándate mudar, Teddy, que estoy ocupada!..." Se rió al decir aquello, pero a su risa le faltó naturalidad y le pasó una sombra por la cara a la sola mención del nombre querido, que tocó una herida aún no cicatrizada. Tanto el tono de voz como aquella sombra impresionaron a Amy, pues ya los había observado anteriormente y ahora, al levantar la vista, vio otra expresión en la cara de Laurie: una mirada dura y amarga, llena de dolor, insatisfacción y pena. La expresión desapareció antes de que Amy pudiese estudiarla y de nuevo encontró la mirada usual de indiferencia. Con verdadero placer artístico observó al muchacho un rato, pensando que su aspecto era muy italiano, asoleándose allí sin sombrero y con los ojos llenos de ensoñaciones meridionales, pues parecía haber caído en una especie de arrobamiento. -Pareces la efigie de un joven caballero dormido en su tumba -dijo la chica mientras dibujaba el bien cortado perfil que se destacaba contra la piedra oscura. -¡Ojalá lo fuese!... -He ahí un deseo tonto... a menos que hayas echado a perder tu vida... Estás tan cambiado que a veces píenso... -ahí se interrumpió Amy con una mirada entre tímida y melancólica, más significativa que su frase inconclusa. Laurie vio todo eso y comprendió la afectuosa inquietud que la muchacha vacilaba en expresar, y mirándola directamente a los ojos le dijo, como antes solía decir a su madre: -¡Todo bien, señora!... Eso fue bastante para Amy, calmándose las dudas que habían comenzado a preocuparle últimamente. También se conmovió con aquella declaración, y para demostrárselo habló en seguida con un torio sumamente cordial: -¡Me alegro, Laurie! ... No es que creyese que hubieses hecho nada realmente malo, sino que temí que hubieses malgastado mucho dinero en ese disipado BadenBaden, perdiendo la cabeza por alguna encantadora francesa con marido o que te hubieses metido en uno de esos líos que los muchachos parecen considerar parte indispensable de un viaje por Europa. No te quedes ahí al sol, ven y siéntate aquí en la hierba. Laurie, obediente, se echó cuan largo era en el césped y empezó a entretenerse poniendo margaritas en las cintas del sombrero de Amy. -Estoy preparado para los secretos que me vas a contar -dijo con expresión de interés en los ojos. -Yo no tengo ninguno que contar... Empieza tú... -Tampoco tengo ni uno, ¡pobre de mí! Creí tal vez que tú hubieses recibido noticias de allá... -Te he contado todo lo que he recibido últimamente. Y tú, ¿no recibes noticias seguido? Creí que Jo te iba a escribir larguísimo... -Está muy ocupada y yo viajo tanto que es imposible escribir con regularidad. ¿Cuándo vas a empezar la gran obra de arte, Rafaela? -preguntó entonces el muchacho, cambiando abruptamente de tema y preguntándose si Amy conocía su secreto y quería hablarle de él. -Nunca -respondió ella con aire de desaliento pero muy decidida-. Roma me sacó toda la vanidad que tenía, pues luego de ver aquellas maravillas me sentí demasiado insignificante y renuncié desesperada a todas mis necias aspiraciones... -¿Por qué, si tienes tanta energía y entusiasmo? -Precisamente... porque talento no es genio y no hay energía que pueda convertir uno en el otro. Yo quería ser grande... o nada. No quiero saber nada de convertirme en una pintamonas de tres por cuatro, de modo que ni volveré a intentar el gran arte. -¿Y qué es lo que piensas hacer de tu vida, entonces? -Perfeccionar mis habilidades y llegar a ser, si puedo, una adorno para la sociedad. La frase parecía audaz y era bien típica de Amy, pero la audacia queda bien en los jóvenes, y la ambición de Amy tenía buen fundamento. Laurie sonrió, pero le gustó el espíritu con que ella abrazaba este nuevo propósito no bien muerto el otro tanto tiempo acariciado, en lugar de malgastar el tiempo en lamentos. -¡Magnífico!. .. ¿Y aquí es donde entra a tallar Fred Vaughn, me imagino? ... Amy guardó un silencio discreto, pero había una expresión algo preocupada en su cara, la cual hizo incorporar a Laurie y decirle muy serio: -Ahora voy a jugar el hermano mayor y hacerte preguntas, si es que das tu venia... -No te prometo contestar. -Lo hará la cara si no lo quiere hacer la lengua, querida. Todavía no eres tan mujer de mundo como para ocultar lo que sientes. El año pasado oí rumores uniendo tu nombre al de Fred, y mi opinión particular es que si él se hubiese podido quedar algo hubiese resultado de todo eso, ¿no? -A mí no me corresponde decirlo -fue la cumplida respuesta de Amy; pero los labios se empeñaban en sonreír y había en los ojos un traidor destello que revelaba que la chica conocía su poder y gozaba conociéndolo. -No estarás comprometida, ¿verdad? -y Laurie se puso de repente muy en "hermano mayor" y muy grave. -No. -Pero lo estarás, si vuelve Fred y se pone de rodillas como se debe, ¿no? -Muy probablemente. -¿Entonces lo quieres al viejo Fred? -Podría quererlo si me lo propusiese. -Pero no tienes intención de ensayarlo hasta el momento oportuno, ¿eh? ¡Bendito sea Dios! ¡Qué prudencia más extraordinaria! ... Fred es un buen muchacho, sin duda, Amy, pero no del tipo que yo creí que te iba a gustar a ti... -Es rico, es un caballero y tiene modales exquisitos... -comenzó a defenderse Amy, tratando de parecer muy serena y llena de dignidad, pero sintiéndose algo avergonzada a pesar de la sinceridad de sus intenciones. -Comprendo, comprendo... Las reinas de la sociedad no pueden pasarse sin dinero y tú tienes intención de hacer un buen casamiento. Me parece muy bien, dado lo que es el mundo, pero no deja de ser extraño, saliendo de los labios de una de las hijas de tu madre. -Es la verdad, sin embargo... Frase breve, por cierto, pero la tranquila decisión con que fue pronunciada ofreció un curioso contraste con la joven que hablaba. Laurie lo notó instintivamente y se volvió a echar en el suelo, sintiéndose algo defraudado. Su silencio, unido a cierto reproche tácito que intuía, irritaron a Amy, que en ese momento se decidió a pronunciar su sermón sin más demora. -Quisiera pedirte, como un favor especial, que te despabiles un poco -le dijo, severa. -Hazlo tú por mí, ¿eh?, sé buena... -Podría muy bien hacerlo, si lo intentara -dijo con todo el aire de quien quisiera "despabilarlo" en la forma más sumaria posible. -Prueba, pues, te doy permiso -respondió Laurie, que después de una larga abstinencia de su pasatiempo favorito se divertía mucho al tener de nuevo a quien fastidiar. -Te ibas a enojar... -Nunca me enojo contigo. -Eres tan fría y suave como la propia nieve. -No sabes bien de lo que soy capaz. La nieve produce calor y comezón si se la aplica correctamente. Tu indiferencia es, a medias, afectación, y una buena sacudida lo probaría. -Bueno, sacude, sacude... A mí no me va a hacer daño y puede que a ti te divierta, como decía aquel hombretón cuando su mujer diminuta le pegaba. Como Amy estaba decididamente irritada, deseaba verlo sacudir aquella apatía que tanto lo cambiaba. Así, pues, afilando a un tiempo su lápiz y su lengua, le dijo: -Florencia y yo te hemos puesto un nombre nuevo: Laurence, el holgazán..., ¿te gusta? Amy creyó que el chico se encocoraría, pero lo único que hizo fue cruzar los brazos con un imperturbable: -No está mal, gracias, señoritas... -¿Quieres, en realidad, saber lo que pienso de ti? -Me muero por saberlo. -Bueno... te desprecio. Si le hubiese dicho coqueto o impertinente, que lo odiaba, Laurie se hubiese reído y más bien le hubiese gustado; pero el acento grave, casi triste de la voz de la muchacha, le hizo abrir rápido los ojos y preguntar: -¿Por qué, si se puede saber? -Porque con todas las oportunidades para ser bueno, útil y feliz, tienes defectos, estás siempre ocioso y eres desgraciado. -¡Palabras fuertes, "mademoiselle"! -Si quieres, voy a seguir... -Por favor, continúa, es sumamente interesante... -Me parecía que te iba a gustar. Los egoístas siempre estarían hablando de sí mismos. -¿Yo egoísta? -La pregunta se le escapó involuntariamente, pues si había una virtud de la que Laurie se preciaba era la generosidad. -Sí, muy egoísta -continuó Amy, con voz serena y en completa calma, doblemente efectiva, en ese momento, que el enojo-. Te voy a decir por qué, pues te he estado estudiando mientras nos divertíamos y no estoy, en manera alguna, satisfecha de ti: has estado en el extranjero ya seis meses y no has hecho otra cosa que perder el tiempo, malgastar el dinero y defraudar a tus amigos. -¿Acaso un individuo no tiene derecho a divertirse un poco después de cuatro años de trabajos forzados? -No parece que te hayas divertido mucho, a juzgar por lo que se ve. Cuando recién viniste te dije que habías mejorado. Ahora me desdigo, porque me parece que no estás ni la mitad de simpático que cuando te dejé allá en casa. Te has puesto perezoso, te gustan los chismes, y te contentas con ser mimado y admirado por gente tonta, en lugar de tratar de ser amado y respetado por la que vale. Con dinero, talento, posición, salud y belleza; ¡ah, eso te gusta... ¿eh? ¡Vanidad andante! Pero es verdad: con todas esas cosas espléndidas a tu disposición no encuentras nada que hacer más que haraganear, y en lugar de ser el hombre que podías y debías ser, sólo eres... -aquí se detuvo Amy, con una mirada indefinida. -San Lorenzo en la parrilla -añadió Laurie, terminando tranquilamente la frase. Con todo, el sermón comenzaba a surtir efecto porque había ahora en los ojos del muchacho una chispa que indicaba que no sólo se había "despabilado" sino que estaba bien despierto, además de haber sustituido la anterior expresión de indiferencia aburrida por otra, entre el enojo y el agravio. -Me imaginaba que lo ibas a tomar así... Los hombres nos dicen siempre que somos unos ángeles y que podemos hacer de ellos lo que queremos, pero si llegamos a intentar corregirlos se ríen y no quieren escuchar... Eso prueba lo que vale vuestra adulación... -Amy hablaba con bastante amargura y acabó por volver la espalda a aquel exasperante pichón de mártir. Al minuto una mano se posó sobre la hoja para impedirle que siguiera dibujando y se oyó la voz de Laurie que decía, con una fiel y cómica imitación de un nene arrepentido. -¡Te prometo que ahora me voy a portar bien!... Pero Amy no se rió porque se había tomado muy en serio su papel de Mentor y se limitó a golpear con el lápiz la mano extendida sobre el papel, diciéndole muy seria: -¿No te da vergüenza tener una mano como ésta? ¡Blanca y suave como la de una mujer!... Parece exactamente lo que es: que no hace nunca otra cosa que usar los mejores guantes de Jouvain y juntar flores para las damas... ¡Por suerte no eres ningún "dandy" y me alegro de que no uses anillos!.... sólo el viejo anillito que te regaló Jo hace años... ¡Querida muchacha! ... ¡Cómo me gustaría que estuviese aquí para ayudarme a! ... -¡También a mí! ... La mano fue retirada con tanta rapidez como había aparecido sobre el papel y hubo, en aquel eco del deseo de la muchacha, energía suficiente como para complacer aun a la exigente Amy. Esta lo miró con una nueva idea en la cabeza... pero el muchacho estaba recostado con el sombrero tapándole media cara, como para protegerse del sol; así que Amy sólo vio que el pecho se alzaba y bajaba como inspirando, mientras la mano que llevaba aquel anillito se escondía entre el pasto como ocultando algo demasiado sagrado o tierno para servir de comentario. En un minuto tomaron forma y significado a los ojos de Amy mil insinuaciones e insignificancias que le dijeron lo que su hermana jamás le había confiado. Recordó, por ejemplo, que Laurie no hablaba nunca voluntariamente de Jo, también la sombra que había caído sobre su rostro nacía un momento, así cono el cambio general de, su carácter... y ahora, ver que seguía usando aquel anillito que por cierto no constituía ningún adorno para una mano elegante... Ya antes había pensado Amy muchas veces que alguna pena de amor estaba en el fondo de todo aquel cambio operado en Laurie, y ahora estaba segura. A la sensible muchacha se le arrasaron los ojos de lágrimas y cuando al fin pudo hablar de nuevo lo hizo con aquella voz que podía ser bellamente suave y cariñosa cuando ella quería: -Sé que no tengo derecho a hablarte así, Laurie, y si no fuese que tienes el carácter mejor del mundo, te enojarías conmigo. Pero todos te queremos tanto y estamos tan orgullosos de ti que no pude soportar la idea de que se sintiesen defraudados por ti allá en casa, como lo estaba yo aquí, aunque quizá ellos comprenderían mejor ese cambio de lo que lo comprendo yo. -Creo que sí -fue lo que se oyó decir por debajo del sombrero, sombría y severamente tan conmovedor como hubiese sido en tono dolorido. -Debieron advertírmelo y no dejar que te hiriera regañándote, cuando debí ser más cariñosa y paciente que nunca... ¡Jamás me gustó esa señorita Randall y ahora la detesto!... -agregó la astuta Amy, deseando de una vez por todas verificar la verdad de los hechos. -¡Al diablo con la señorita Randall! ... -¡Perdón, yo creí!... -dijo Amy, deteniéndose allí con diplomacia. -No, Amy, sabías perfectamente que nunca quise a nadie más que a Jo -dijo entonces Laurie, con su tono impetuoso de antes y volviendo la cara al decirlo. -Sí, claro que lo creía... Pero como nunca nadie dijo nada y te viniste a Europa pensé que me había equivocado... Y ¿qué pasó, en realidad? Jo te quería tanto... -Fue muy buena conmigo... y me quiere, pero no del modo que la quiero yo, y, por un lado, tuvo suerte de no amarme como yo a ella, si es que soy el tipo inútil que tú me crees. Pero es por culpa de ella que estoy así, y se lo puedes decir... Al hablar así volvió a vérsele la mirada dura y amarga y Amy se afligió mucho porque no sabía qué bálsamo aplicar a esa clase de herida. -Estuve mal, pero no puedo evitarlo y sigo creyendo que debías sobrellevarlo mejor, Teddy querido. -¡No digas eso; ese es el nombre que ella me da! -y Laurie tapó la boca de Amy para impedir que siguiese hablando en el tono mezclado de bondad y de reproche que era tan característico de Jo-. Y en cuanto á sobrellevarlo mejor... espera que te pase algo así... -agregó en voz baja, arrancando la hierba a puñados. -Yo que tú lo tomaría en forma bien varonil y ganaría su respeto, ya que no pudiste ganar su amor... -pronunció Amy, con decisión. Laurie se preciaba de haber sobrellevado las cosas realmente bien, no lamentándose ni solicitando compasión alguna y marchándose con su pena para sobreponerse solo a ella. El sermón de Amy puso las cosas en otro plano y por primera vez le pareció una debilidad y un egoísmo desanimarse así al primer fracaso y encerrarse en aquel estado taciturno. Se sintió como si de pronto lo hubiesen despertado, y ya le fue imposible volver a dormirse. Al rato se incorporó preguntando: -¿Te parece que Jo me iba a despreciar igual que tú? -Sí, si te viera ahora sí. Sabes que odia a la gente haragana. ¿Por qué no haces algo espléndido y la obligas así a que te ame? -Hice lo que pude y fue inútil. -¿Recibiéndote con honores, quieres decir? Eso no fue nada más que lo que te debías a ti mismo y a tu abuelo. Hubiese sido una vergüenza fracasar después de gastar tanto tiempo y dinero. -Fracasé, digas lo que digas... puesto que Jo no quiso amarme -comenzó Laurie, con gesto de abatimiento. -Nada de eso, y al final me darás la razón: recibirte de ese modo te hizo muchísimo bien, probándote a ti mismo que podías hacer algo cuando te lo proponías. Quiero decir que si ahora pudieses ponerte con alma y vida a realizar algo... pronto volverías a ser aquel muchacho entusiasta y feliz que eras antes y así olvidarías tu tribulación. -Eso es imposible. -Prueba, por lo menos... No tienes por qué encogerte de hombros como diciendo que yo no sé nada de esas cosas. No pretendo saber mucho de la vida, pero soy observadora y veo mucho más de lo que tú te imaginas: ama a Jo todos los días de tu vida si así lo quieres, pero no dejes que eso arruine tu vida, pues es una picardía echar a rodar tantas dotes como tú posees únicamente porque no puedes obtener una sola cosa que se te niega... ¡Ea, vamos... no te sermoneo más!... Durante varios minutos ninguno habló: Laurie hacía girar en el dedo el anillito de marras y Amy daba los últimos toques a su bosquejo. A poco, se lo puso en la rodilla diciéndole: -¿A ver si te gusta? El muchacho sonrió, pues el bosquejo estaba magníficamente hecho: la larga y perezosa figura tendida en el césped, la cara melancólica, los ojos cerrados a medias y una mano sosteniendo un cigarrillo de donde salía la espiral de humo que envolvía en un círculo la cabeza del soñador. -¡Qué bien dibujas, Amy!... -dijo Laurie con auténtica sorpresa y placer al comprobar la habilidad de la muchacha, agregando: -Sí, es verdad, ¡ése soy yo! ... -Como eres ahora: aquí estás como eras antes -y Amy colocó otro bosquejo al lado del primero. No estaba, ni con mucho, tan bien ejecutado como el otro pero había en él mucha vida y espíritu, que compensaban muchos defectos. Y recordaba el pasado de modo tan vívido que no bien lo miró el rostro del joven sufrió un cambio. Se trataba sólo de un rudo bosquejo de Laurie, sin saco ni sombrero, domando un caballo, y cada línea de la altiva figura, desde la expresión resuelta hasta la actitud dominante, acusaba plena energía y significado. El hermoso animal, recién sometido, arqueaba el pescuezo bajo la rienda tirante, uno de los cascos pateando el suelo con impaciencia y las orejas paradas. Había sugestión de movimiento recién interrumpido en la crin encrespada al animal y en la actitud erguida y el pelo al viento del jinete, así como de fuerza, coraje y animación juvenil, todo lo cual contrastaba vivamente con la gracia indolente del bosquejo Dolce far niente. Laurie nada dijo, pero al pasear la mirada de un dibujo al otro Amy vio cómo la cara se le encendía y se le apretaban los labios como quien interpreta y acepta la lección que le dan: -¿Te acuerdas cuando corriste con Puck y todas fuimos a verte? Meg y Beth se asustaron mucho, pero Jo aplaudió con entusiasmo, y yo me senté en la valla y me puse a dibujarte. -Muchas gracias, Amy. Has adelantado mucho en dibujo desde entonces y te felicito. ¿Me puedo atrever a recordarte en este paraíso de enamorados que las siete es la hora de la comida en tu hotel? Al hablar Laurie se levantó y devolvió a Amy los dibujos. Trató después de recobrar su aire desenfadado e indiferente, pero ahora sí que le resultó una afectación, pues el "despabilamiento- había sido más real que lo que hubiese confesado. Amy se dio cuenta de la frialdad en su modo y se dijo: "Está ofendido... Bueno, creo que le hará bien mi sermón, y si me odia, ¡paciencia!... Yo no podía decirle otra cosa que lo que le dije". Charlaron en grande en el camino de vuelta y se rieron tanto que Bautista pensó que el señor y la señorita estaban de un humor encantador. Pero ambos se sentían incómodos, se había turbado entre ellos la amistad franca de antes. -¿Te veremos esta noche, mon frére? -preguntó Amy cuando se separaron a la puerta de la casa de tía Carrol. Por desgracia, tengo un compromiso; au revoir, mademoisselle -respondió Laurie, inclinándose como para besar la mano, a la moda extranjera, pero algo en su expresión hizo exclamar rápidamente a Amy con mucho calor: -No, Laurie, sé conmigo el de siempre y despidámonos como antes. Prefiero un buen apretón de manos a la inglesa que todos los sentimentales saludos a la francesa... -¡Adiós, querida! -Y después de estas palabras, dichas en el tono que a ella le gustaba, Laurie se alejó con un apretón de manos tan fuerte que resultó casi doloroso. A la mañana siguiente, en lugar de la visita habitual, Amy recibió una notita que le hizo sonreír al principio y suspirar al final. Decía: Mi querido Mentor: Te ruego me despidas de tu tía y te regocijes en tu fuero interno porque Laurence, el Holgazán, se va a ver a su abuelo, como el mejor de los tipos. Te deseo un invierno muy agradable y que los dioses te concedan una feliz luna de miel en Valrosa. Creo que a Fred también le vendría muy bien una "despabilada". Díselo, con mis felicitaciones. Tu agradecido Telémaco -¡Qué buen muchacho es Lauree!... Me alegro que se haya marchado -exclamó Amy con una sonrisa de aprobación, pero casi en seguida añadió con un suspiro involuntario: -Me alegro que se haya ido, pero ¡cómo lo voy a extrañar!...
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