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Capítulo XVII

XVII

EL VALLE DE LA SOMBRA

Cuando la primera amargura hubo amainado la familia aceptó lo inevitable e intentó sobrellevarlo con buen ánimo. Todos trataron de rechazar la propia pena por los demás y cada uno hizo lo que correspondía para hacer feliz aquel último año de Beth.

En primer lugar se le asignó el cuarto más agradable de la casa y allí se reunieron todas las cosas que le eran más caras a la enfermita... flores, cuadros, su precioso piano, la mesita costurero y los adorados gatitos. Los libros mejores de papá se encontraron allí como por casualidad, así como el sillón de mamá, el escritorio de Jo y los más bonitos bosquejos de Amy. En cuanto a Meg, le traía los nenes todos los días en una peregrinación de cariño, para llevarle alegría a tiíta Beth. Juan fue poniendo aparte una sumita para poder darse el lujo de proveer a la inválida de la fruta que tanto le gustaba. La vieja Ana no se cansaba nunca de inventar platos delicados para tentar aquel apetito cada vez más caprichoso, sin poder contener las lágrimas mientras los preparaba, entretanto de ultramar llegaban continuamente regalitos y alegres cartas que parecían traerle hálitos de calor y fragancia desde tierras que no conocen el invierno.

Así, pues adorada como una santa doméstica en su altar, Beth lo pasaba en el Alón tranquila y ocupada como siempre. Los débiles deditos no estaban nunca ociosos y uno de sus grandes placeres era hacerles monadas a los escolares que asaban todos los días por delante de sus ojos, tirándole por la ventana, ya fuese un par de guantes tejidos cunas manitas violetas de frío, un alfiletero para alguna madrecita de muchas muñecas, limpiaplumas para jóvenes calígrafos, libros de recortes para ojitos amantes del arte y toda clase de finos artículos que sembraban de flores el arduo camino de la instrucción. Ellos miraban a la gentil donante como una hada madrina que desde arriba los colmaba de regalos milagrosamente apropiados a sus diversos gustos y necesidades. Y premiaban a Beth con caritas siempre vueltas hacia su ventana, can sonrisas y saludos, así como cómicas cartitas llenas de borrones y gratitud.

Los primeros meses fueron muy felices y Beth solía mirar a su alrededor diciendo: "¡Qué hermoso es esto!...", cuando todos se sentaban rodeándola en el cuarto asoleado, los bebés gafando y haciendo gorgoritos en el suelo, la madre y las hermanas trabajando bien cerca y el padre leyendo en voz alta aquellos libros sabios que parecían tan ricos el Palabras buenas y consoladoras. Todo hacía de aquel cuarto una capillita presidida por el sacerdote paternal que enseñaba a su rebaño que la esperanza consuela y la fe hace posible la resignación.

A todos convino que les fuesen dados estos tranquilos días en preparación de las tristes horas que les esperaban, pues pronto empezó Bet a encontrar "muy pesada" la aguja, abandonando la costura para siempre, luego le cansaba hablar y las caras la perturbaban, el dolor la reclamaba para sí y el espíritu, tranquilo se veía conturbado por los males que aquejan la débil carne. ¡Ay! ... ¡qué tristes fueron entonces los días!... ¡Qué largas las noches!... ¡Qué corazones tan doloridos!... ¡Cuántas oraciones suplicantes! ... ¡Triste eclipse de aquella alma serena! ¡Ardua lucha de la joven vida con la muerte!... Misericordiosamente, esas fueron breves y con la destrucción del frágil cuerpo, el alma de Beth se fortaleció, y los que la rodeaban se percataron de que la niña estaba preparada para el gran paso, y vieron también que el primero de los peregrinos en ser llamado era también el más apto, resolviendo sencillamente esperar con ella en la playa y tratar de ver "los Espíritus Brillantes" que vendrían a recibirle cuando llegase el momento de cruzar el río.

Desde que Beth le dijo que se sentía más fuerte cuando ella estaba a su lado, Jo no había vuelto a dejar a Beth por más de una hora. Dormía en un diván en el cuarto de la enferma, despertándose a menudo para reavivar el fuego o para dar alimento, cambiar de postura o servir de algún modo a la paciente criatura que rara vez pedía nada. Todo el día rondaba Jo aquel cuarto, celosa de cualquier otro enfermero y más orgullosa de ser la elegida para aquella misión que lo estuvo nunca de otros honores que le confirió la vida. Fueron éstos para Jo momentos preciosos y fructíferos, pues su corazón recibió ahora la enseñanza que necesitaba: lecciones de paciencia, de esa caridad que a todos compromete, de lealtad para con el deber que hace fácil lo más arduo, de fe sincera que nada teme, sino que confía sin abrigar una sola duda.

Cuando despertaba en la noche, Jo a menudo encontraba a Beth leyendo su librito y la oía cantar bajito para entretener la noche de insomnio. Y Jo la observaba con pensamientos demasiado profundos para el llanto, segura de que Beth, a su manera, sencilla y abnegada, trataba de acostumbrarse a la idea de abandonar la antigua vida y adaptarse a la nueva mediante palabras sagradas de consuelo, silenciosas plegarias y la música que tanto amaba.

Ver todas esas cosas a diario hizo mayor bien a Jo que los más sabios sermones, los himnos más santos y las oraciones más fervientes que pudiese pronunciar labio alguno, pues la hermana mayor reconoció la belleza de la vida de Beth -sin mayores acontecimientos ni ambiciones pero llena de virtudes auténticas-, como el olvido de sí, que hace que los más humildes de este mundo sean los primeros recordados en el cielo.

Una noche, buscando Beth algo entre los libros de su mesa para distraer el cansancio mortal que sentía, casi tan difícil de sobrellevar como el dolor, comenzó a volver las páginas de su viejo libro favorito, "El Progreso del Peregrino", y dentro del libro se encontró un papel garabateado con la letra de Jo. Al leer su nombre y ver la tinta borroneada Beth se dio cuenta de que Jo había llorado sobre aquellos versos. "¡Pobre Jo! ... está profundamente dormida, así que no la voy a despertar para pedirle permiso.. . siempre me muestra todo cuanto escribe y no creo que le importe que lea esto", dijo Beth mirando a su hermana, echada sobre la alfombra con el atizador al lado, lista para despertarse no bien se desintegrase el leño que ardía en el hogar.

MI BETH

Sentada en la sombra, serena y tranquila,
Esa santa presencia esperaba
Llegase la hora de la luz bendita
Santificando la casa afligida...

Hermanita que te marchas
Dejando humanas luchas y tristezas,
Goces y alegrías de este mundo...
¡Déjame a mí de regalo

Las sublimes virtudes que embellecen tu vida!
¡Légame, querida, esa paciencia
Cuyo poder sostiene sin queja al espíritu
En su prisión de dolor!...

¡Légame el coraje dulce y sabio
Que hizo florecer bajo tu pie
El difícil camino del deber! 

¡Dame esa naturaleza generosa
Que con caridad divina
Sabe perdonar por puro amor! 

Nuestro adiós pierde así a diario
Algo de su amarga pena,
Porque esta dura lección
Hará ganancia mi pérdida. 

El dolor suavizará
Mi indómita naturaleza,
Me dará aspiraciones más serenas,
Mayor fe en aquello que no veo... 

Desde hoy veré en la costa opuesta
Del río sagrado de Dios
Un amado espíritu aguardando
A conducirme de la mano. 

Esperanza y fe, del dolor nacidas,
Serán mis ángeles guardianes,
Con la hermana que antes parte.
Cuando llegue la hora de mi muerte. 

Emborronados y tachados, defectuosos y débiles como eran aquellos versos, produjeron en Beth un indecible consuelo, pues su única pena, lo único que lamentaba de su vida era haber realizado -según creía- tan poco. Y este poemita humilde de Jo parecía atestiguar que su vida no había sido inútil y que su muerte no iba a traer únicamente la desesperación, según ella había temido. Mientras sentada en la cama sostenía en las manos el papel doblado, se partió el leño y Jo se incorporó de repente, reavivó la llama y luego se deslizó hasta el lado de la cama con la esperanza de que Beth durmiese.

No estoy dormida, querida, pero sí muy contenta... ¿Ves? Me encontré este poema tuyo y lo leí, sabiendo que no tendrías inconveniente... ¿Es cierto que he sido todo eso para ti, Jo? -preguntó la niña con melancolía y humildad.

-¡Oh, sí, Beth!... ¡Tanto, tanto que no te imaginas!... -y la cabeza de Jo cayó sobre la almohada, junto a la de su hermana.

-Entonces no tengo la sensación de haber desperdiciado mi vida. No es que sea yo tan buena como tú me crees, pero he tratado de proceder bien, y ahora, cuando ya es demasiado tarde para intentar nada, es un gran consuelo para mí que alguien me quiera tanto como para creer que he sido un ejemplo.

-Más que nadie en el mundo, Beth querida... Tanto que me parecía que nunca podría dejarte marchar, pero ahora estoy aprendiendo a creer que no te pierdo, que seguirás siendo para mí aún más que antes, y que la muerte no nos separará en realidad aunque aparentemente lo haga.

-Ya lo sé yo que no puede separarnos, y por mi parte ya no le temo, pues sé que seguiré siendo tu Beth, para amarte y ayudarte más que nunca. Además, querida Jo, debes tomar mi lugar y ser toda para papá y mamá cuando yo no esté. A ti es a quien ellos se han de volver para consuelo, y no puedes fallarles. Si te resulta difícil luchar sola, recuerda que yo no te olvide y que encontrarás mayor felicidad haciendo esa obra que escribiendo grandes libros o viajando por todo el mundo.

-Trataré, Beth, trataré... -y en ese mismo momento Jo renunció a su vieja ambición de escribir para comprometerse en su nueva misión de amor.

Así llegaron los días de primavera, se despejó el cielo, reverdeció el suelo, abrieron las flores y regresaron las aves a tiempo para despedir a Beth, quien, como un niño cansado y lleno de confianza, se aferró a las manos que la habían guiado toda su vida y ahora la condujeron a través del Valle de la Sombra y la pusieron en manos de Dios.

Quienes hayan visto partir a muchas almas saben que el final llega con la misma naturalidad y sencillez que el sueño. Como Beth lo había esperado, "la marea se retiró con facilidad"; en aquel seno donde había exhalado su primer aliento exhaló ahora el último, sin otra despedida que una mirada y un suspiro breve.

Con lágrimas, plegarias y manos tiernas, la madre y las hermanas la prepararon para aquel largo sueño que ya nunca empañaría el dolor.

Cuando llegó la mañana, por primera vez en muchos meses se había apagado el fuego, el sitio de Jo estaba vacante y el cuartito muy silencioso. Pero muy cerca un pajarito cantó alegre sobre una rama, las campanillas abrieron frescas en la ventana y el sol de primavera entró a raudales como una bendición sobre la plácida carita apoyada en la almohada, tan llena de paz y sin rastros de dolor que aquellos que más la querían sonrieron entre las lágrimas y agradecieron a Dios porque Beth, por fin, estaba bien.

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