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Capítulo XX

XX

SORPRESAS

Estaba Jo un día sola en el viejo sofá, a la luz del crepúsculo. Miraba el fuego y pensaba. Ese era su modo favorito de pasar la hora del anochecer: nadie la incomodaba, y la chica se echaba sobre el almohadoncito rojo de Beth, proyectando sus cuentos, alimentando sueños o tiernos pensamientos de su hermana, que nunca parecía estar muy lejos. Su rostro aparecía cansado, serio y aun algo triste, porque al día siguiente era su cumpleaños y Jo pensaba en lo rápido que pasan los años, qué vieja se iba poniendo y qué poco era lo que había logrado en la vida. ¡Casi veinticinco-años y nada. que ofrecer como obra suya! En eso se equivocaba. Jo, pues había mucho que mostrar.

"Una vieja solterona, eso es lo que soy... una solterona "literaria", con la pluma por esposo y una familia de cuentos a guisa de hijos... y de acá a veinte años quizá alcance un retazo de fama cuando sea ya demasiado vieja para disfrutarla, demasiado sola y no renga con quién compartirla y demasiado independiente para necesitarla ya. ¡Bueno, no tengo por qué ponerme así!... No me extrañaría que las solteronas lo pasen muy cómodamente una vez que se acostumbran, pero...", y aquí suspiró Jo como si esa visión no la tentase en absoluto.

Rara vez sucede que semejante perspectiva atraiga a nadie. Los treinta años parecen a la muchacha de veinticinco el final de todo lo agradable del mundo, aunque no es, ni con mucho, tan calamitoso como parece. A los veinticinco años las muchachas comienzan a hablar de quedarse solteras, aunque secretamente resuelven que eso no sucederá; a los treinta ya no hablan del asunto, sino que aceptan el hecho con toda tranquilidad, y si son sensatas se consuelan pensando que todavía les quedan veinte años más en que pueden ser útiles y aun felices si saben aprender a envejecer con gracia y decoro. No os riáis nunca de las solteronas, chicas queridas, pues a menudo hay romances muy tiernos -o trágicos- escondidos en aquellos corazones. Aun las pobres solteronas tristes y agriadas deben ser tratadas con bondad, precisamente porque a ellas les faltó la parte más dulce de la vida de una mujer.

Muchachos, sed corteses con las solteronas, por pobres, feas y estiradas que parezcan, pues la única caballerosidad que vale la pena de poseer es la que está dispuesta a tener deferencia con los viejos, proteger a los débiles y servir a todo el sexo femenino, sin consideraciones de edad, rango y color. Recordad a aquellas buenas tías que no sólo sermonearon e hicieron alharacas, sino que también mimaron y cuidaron... con frecuencia sin una palabra de agradecimiento... Recordad los "líos" de que os sacaron, las ayuditas secretas, las puntaditas cosidas por los viejos dedos pacientes... los pasos caminados por los cansado pies... La chicas os querrán aún mucho más por ellas. Y si la muerte, casi la única potencia que puede separar a madre e hijo. os despojase de la vuestra, podéis estar seguros de que vais a encontrar tierna bienvenida y mimos maternales en alguna marchita "tía Susana o Luisa" que habrá guardado un cálido rinconcito de su corazón para "el mejor sobrino del mundo".

Jo debe de haberse quedado dormida (me parece que lo propio habrá hecho mi lector con esta pequeña homilía), pues, de pronto, el fantasma de Laurie pareció alzarse ante ella -un fantasma muy sólido y humanizado-, inclinándose sobre ella. Jo miraba aquella aparición en sobresaltado silencio, hasta que el muchacho se agachó a besarla. Recién se convenció la chica de que aquél era el verdadero Laurie y levantándose de un salto gritó regocijada:

-¡Teddy de mi alma! .. ¡Oh, Teddy! ...

-¡Querida Jo! ... ¿Es verdad que te alegras de verme?

-¿Que si me alegro? ¡Bendito muchacho, no hay palabras para expresar mi alegría! ... ¿Dónde esta Amy?

-Ahí la retuvo tu madre en casa de Meg. Nos detuvimos allí de paso y ya no hubo cómo arrancar a mi mujer de entre sus garras...

-¿Tu qué? -vociferó Jo, pues Laurie había pronunciado esas dos palabritas reveladoras con inconsciente orgullo y satisfacción.

-¡Oh! ... ¡córcholis! ¡Ahora sí que la hice buena!... Laurie parecía tan culpable que Jo cayó sobre él como un relámpago.

-¡No me digas que se han casado!...

-Sí, señora, así es... pero le prometo que no lo haré más... -y se arrodilló juntando las manos tan penitente y un rostro rebosándole tal travesura, alegría y triunfo, que era cómico verlo.

-¿Casados de veras, de veras?

-Completamente casados, muchas gracias...

-¡Dios nos ampare!... ¿Qué nueva cosa terrible se te va a ocurrir hacer ahora? -dijo Jo desplomándose en la silla y abriendo la boca.

-Felicitación muy típica de la autora, pero no precisamente lisonjera, ¿eh? -respondió Laurie manteniendo en broma su postura humillante.

-¡Qué otra cosa puedes esperar cuando le quitas a uno la respiración deslizándote en el cuarto como un ladrón y con semejante notición! ¡Levántate de ahí, payaso, y cuéntame todo!

-Ni una sola palabra, a menos que me dejes ocupar mi antiguo lugar y me prometas no parapetarte.

Jo se rió como hacía muchos meses que no se reía y alisó el asiento con gesto de invitación, diciendo muy cordialmente:

-El viejo almohadón está en el altillo ahora, y ya no lo necesitamos, así que ven a confesarte, Teddy.

-¡Qué bien suena ese Teddy en tus labios! ¿Sabes que nadie más que tú me llama así? -dijo Laurie sentándose con aire de gran satisfacción.

-Y Amy ¿cómo te llama?

-Mi señor.

-Eso es muy de ella... Bueno, hay que decir que eso es lo que pareces...

Había desaparecido el almohadoncito pinchudo, pero con todo había una barrera entre los dos: la valla natural levantada por el tiempo, la ausencia y el cambio de sentimientos. En seguida, casi había desaparecido, y Laurie decía con una tentativa de parecer altivo y digno:

-¿Verdad que tengo todo el aspecto de un hombre casado y jefe de familia?

-Ni un poquito... y nunca lo parecerás... Te has puesto más alto y más buen mozo, pero fuera de eso eres el bribón de siempre...

-¡Vamos, Jo! ... me parece que merezco que me trates con más respeto -empezó Laurie como si fuese a quejarse pero divirtiéndose con todo aquello una enormidad.

-¿Cómo puedo tratarte con respeto si la sola idea de que te hayas casado y sentado cabeza resulta tan irresistiblemente cómica que no puedo quedarme seria -contestó con sonrisa tan contagiosa que volvieron a reírse los dos a carcajadas, acomodándose luego para sostener una charla kilométrica, a la antigua manera.

-No vale la pena que salgas al frío a buscar a Amy, pues todos vendrán luego aquí... Pero yo no podía esperar tanto..., tenía que venir en seguida a darte la sorpresa.

-¡Cuándo no!... Y, naturalmente, tenías que estropear todo el cuento empezando por el final... Ahora empieza de nuevo y cuéntame todo lo que pasó... Me muero por saber...

-Bueno, lo hice por complacer a Amy -comenzó Laurie con una guiñada que hizo exclamar a Jo:

-Mentirilla número uno, Amy lo hizo por complacerte a ti. Sigue y, si es posible, di la verdad...

-Esta chica lo echa todo a perder -dijo Laurie como si hablase al fuego-. ¡Y qué bueno es oírla! ... ¡Lo mismo da, sabes, puesto que los dos somos uno. Habíamos proyectado regresar con los Carrol hace un mes o algo más, pero de pronto ellos cambiaron de idea y decidieron pasar otro invierno en París. Abuelo quería regresar y sólo había ido allá por complacerme, y como no la podía dejar a Amy ni tampoco dejar que abuelo regresase solo, a la señora Carrol no le parecía bien que Amy volviera con nosotros y yo zanjé la dificultad proponiendo esta solución: Entonces, casémonos y así podremos hacer lo que nos plazca.

-No me extraña... Siempre te sales con la tuya...

-No siempre -y algo que vio en los ojos de Laurie hizo que Jo dijese con mucha prisa:

-¿Y cómo consiguieron que tía Carrol consintiese?

-Nos costó buen trabajo, pero entre los dos y después de mucho argumentar la ganamos para nuestra causa, ya que sólo era cuestión de adelantarse a los acontecimientos, como decía mi mujer cuando era chica...

-¡Qué orgullosos estamos de esas dos palabritas y cómo nos gusta decirlas!, ¿eh? -interrumpió Jo, hablando a su vez con el fuego y observando encantada iluminarse la cara del muchacho tan trágica y sombría la última vez que estuvo con él.

-Una vanidad, si quieres, pero es una mujercita tan cautivadora que es perdonable que esté orgulloso de ella. Bueno, pues, para seguir el cuento, los tíos, empeñados en guardar las apariencias, nosotros dos tan absortos uno en el otro que no servíamos para absolutamente nada si nos separaban y esta solución encantadora de todos los problemas... Así que ¡nos casamos!

-¿Cuándo, dónde, cómo? -preguntaba Jo en un verdadero frenesí de curiosidad femenina, pues todavía no se convencía de lo sucedido.

-Hace seis semanas, en el consulado norteamericano en París. Naturalmente que todo fue muy íntimo, pues no podíamos olvidarnos de Beth.

Al decir esto Laurie tomó la mano de Jo y alisó el almohadoncito rojo que recodaba tan bien.

-Y ¿por qué no nos dijeron nada después? -preguntó Jo en voz más faja, luego de quedarse un minuto en completo silencio.

-Queríamos darles la sorpresa, ya que en un principio pensábamos viajar inmediatamente, pero abuelo, no bien nos hubimos casado, nos despachó a pasar la luna de miel donde quisiéramos. Recordando lo de Valrosa allí nos marchamos y fuimos tan felices como nadie puede serlo más que una vez en la vida...

Por un minuto Laurie pareció olvidarse de Jo y ésta se alegró de que así fuera, pues el solo hecho de que le hablase de aquellas cosas tan libremente y con tanta naturalidad la aseguró que el muchacho había perdonado y olvidado. Probó de desligar su mano que él todavía sostenía entre las suyas, pero él, leyendo el pensamiento detrás de aquel impulso casi involuntario, se la retuvo con fuerza diciéndole con gravedad varonil:

-Quiero decirte una sola cosa, Jo, y después dejaremos este asunto para siempre. Como te lo decía en mi carta, cuando te escribí desde Vevay: ¡nunca dejaré de quererte!, pero ese cariño ha cambiado y la experiencia me ha enseñado que es mejor así. Amy y tú cambian sus lugares en mi corazón, eso es todo. Creo que así quiso Dios que ocurriesen las cosas, y así se hubiesen arreglado si yo hubiera esperado, como tú me aconsejaste, pero sabes que nunca tuve paciencia y por eso hube de sufrir tanto. Entonces era yo un chico testarudo y violento y necesité aquella dura lección para mostrarme mi error. Porque lo era, Jo, tal como tú afirmabas, y sólo me convencí después de haberme portado como un necio. ¡Por todos los demonios, Jo!, en un momento estuve tan confundido que no podía saber si quería a Amy o te quería a ti, y traté de amarlas a las dos igual. Pero no pudo ser, y cuando volví a verla en Suiza, después de la muerte de Beth, todo pareció aclararse de pronto convenciéndome que había acabado definitivamente con el antiguo amor antes de embarcarme en el nuevo, que muy bien podía compartir mi corazón entre la hermana Jo y la esposa Amy y quererlas a las dos entrañablemente. ¿Me crees?

-Sí, Teddy, con toda mi alma, pero no pienses que podamos ya ser de nuevo los muchachos alocados de antes. Aquellos días no pueden volver ya. Ahora somos hombre y mujer, con trabajos serios que realizar, y pasado el momento de los juegos. De modo que ¡no más travesuras!... No te niego que voy a extrañar a mi muchacho, pero querré igualmente al hombre, admirándolo además, porque veo que tiene intención de ser todo lo que siempre esperé de él. No podemos ya ser compañeros de juego pero seremos verdaderos hermanos, ¿no es cierto, Laurie?

Él no dijo una palabra, pero tomó la mano que Jo le ofrecía y apoyó en ella la cara por un momento, con la clara sensación de que naciendo del comienzo de una pasión juvenil se elevaba ahora una hermosa y fuerte amistad que sería para ambos una bendición. Casi enseguida, dijo Jo:

-No me puedo convencer que ustedes se hayan casado en realidad, chicos, y que se vayan a instalar en el nuevo hogar y a sentar cabeza. ¡Si parece ayer que abotonaba el delantal de Amy y te tiraba a ti del pelo cuando me fastidiabas! ¡Cómo vuela el tiempo, Dios mío!

-Como uno de los "chicos" es mayor que tú, no veo por qué tienes que hablar como si fueses una abuelita. Me congratulo de ser un "caballero crecido", y cuando la veas a Amy encontrarás que, como infanta, es bastante precoz -dijo Laurie divertido con los aires maternales de Jo.

-¡Podrás ser algo mayor en años, Teddy, pero en lo interior yo soy tanto mayor! ... ¡Siempre lo son las mujeres, y este año ha sido tan difícil, querido, que me siento de cuarenta!...

-¡Pobre Jo! ... Te dejamos que soportases todo sola mientras nosotros nos divertíamos. Tienes los ojos tristes, a menos que sonrías. Además, al tocar el almohadón hace un momento encontré en él una lágrima. Sufriste mucho, Jo querida, y tuviste que sufrirlo sola. ¡Qué bruto y qué egoísta he sido, Dios! ...

Jo no hizo más que dar vuelta el almohadoncito traidor y responder con un tono que trató de ser alegre:

-No tanto, porque tenía a papá y a mamá para ayudarme a pasar el trance y a los chiquitos amorosos para consolarme. Además el pensamiento de que tú y Amy estaban felices pudo hacernos más llevaderas las penas de aquí. Es cierto que me siento sola a veces, pero no me sorprendería si eso me hiciese más bien que mal.

-Pues ya nunca estarás sola -interrumpió Laurie rodeándole la cintura con el brazo como para alejar todos los posibles males humanos-. Amy y yo no podemos pasarnos sin ti, así es que tienes que venir todos los días y enseñarnos a manejar la casa. Iremos a medias en todo, como siempre, y tú nos dejarás que te mimemos. Seremos felices como unos bienaventurados.

-Si no incomodase, eso sería muy agradable, pues tu sola presencia me ha hecho sentir más joven. Siempre fuiste para mí un consuelo, Teddy -y Jo apoyó la cabeza en el hombro del muchacho exactamente como hacía años, cuando Beth enfermó y Laurie le decía que se agarrase de él...

Laurie bajó la vista para mirarla, preguntándose si Jo recordaría aquellos tiempos y la encontró sonriendo, como para sí, y no parecía sino que todas sus penas se hubiesen esfumado con su venida.

-Siempre eres la misma Jo. derramando lágrimas un minuto y riéndote al siguiente. En este momento tienes un aspecto de traviesa imponente. ¿Qué es lo que pasa, se puede saber, abuelita?

-Me gustaría saber cómo se llevan tú y Amy. -¡Como ángeles! ...

-Sí, claro, al principio, pero ¿quién de los dos manda?

-No me importa decírtelo: por ahora, ella... por lo menos la dejo creer que domina, y eso le gusta, ¿sabes? pero más adelante nos turnaremos, porque, según dicen, el matrimonio corta por la mitad nuestros derechos y duplica nuestras obligaciones.

-Mi pronóstico es que van a seguir exactamente como empezaron y Amy te va a mandar todos los días de tu vida.

-Bueno... lo hace tan imperceptiblemente que no creo que me importe mucho. Amy es de esas mujeres que saben gobernar... y a mí más bien me gusta que me maneje, pues lo envuelve a uno en sus deditos tan suave y bonitamente como si uno fuese una madeja de seda y todavía me hace sentir como si fuese ella la que me hace el favor.

-¡Me había de llegar el día de verte convertido en marido dominado! -gritaba Jo divertidísima.

-¡Nada de eso! Amy es demasiado bien educada...

A Jo le gustó mucho esa respuesta y le pareció muy sentadora la dignidad nueva en Laurie, pero no dejó de apenarla algo que el muchacho se estuviera transformando en hombre con semejante rapidez...

-Estoy segura de que es así... Recuerdo que tú y Amy nunca se peleaban como nosotros dos.

-¡Amy es muy capaz de "vapulear" al marido! -dijo Laurie riendo-. ¡Si vieras el sermón que me endilgó en Niza!. .. Te doy mi palabra que fue mucho peor que cualquiera de tus regaños... algún día te contaré, porque lo que es por Amy no lo vas a saber nunca. ¡Después de decirme que me despreciaba por inútil... va y se enamora del despreciable sujeto y se casa con el inútil aquel!

-¡Qué bajeza!... Si alguna vez te maltrata, ven a mí y yo te defenderé...

-Pero ¿dónde está Jo? ¿Dónde está esa querida pícara? -se oyó en eso la voz de Amy.

Y entró en tropel toda la familia y volvieron a abrazarse y besarse todos una vez más y consiguieron por fin sentar a los tres viajeros para contemplarlos y regocijarse con su presencia. El señor Laurence con su espléndida salud de siempre había mejorado tanto con aquel viaje como los otros dos, pues casi había desaparecido la aspereza de antes y en cambio se habla refinado y pulido su antigua cortesanía y elegancia. Deleitaba verlo irradiar felicidad al mirar a "sus chicos", como llamaba a la joven pareja, y mejor aún ver a Amy prestarle la atención filial y el cariño que ganaban el corazón del anciano, aunque lo mejor de todo era ver a Laurie dar vueltas alrededor de los dos como si nunca se cansase de disfrutar del cuadro hermoso que formaban.

Al minuto de haber posado los ojos sobre Amy, Meg se convenció de que a su atavío le faltaba aire parisiense, de que la señora de Moffat iba a ser completamente eclipsada por la joven señora de Laurence y que "Su Señoría" estaba hecha una mujer elegantísima y agraciada.

-¡Qué buena pareja hacen! ¡Y qué razón tuve!... Laurie ha encontrado por fin la muchacha bella y llena de prendas que adornará su hogar mucho mejor que lo que nunca hubiese podido hacer la vieja y torpe Jo. Ella sí que será su orgullo y no su tormento como hubiese sido yo-. En cuanto a los padres, sonreían y asentían con la cabeza, radiantes las caras al ver que su hija menor se había casado muy bien, no sólo en lo material sino en aquella riqueza mayor aún que traen el amor, la confianza y la felicidad.

Daba gusto ver que en Amy todo aquello no se malograba con las afectaciones que muchas mujeres adquieren en el extranjero, sino que su manera cordial y dulce al mismo tiempo era aún más encantadora que antes, marcándola inmediatamente con el sello inconfundible de la mujer verdaderamente distinguida que Amy siempre aspiró a ser.

-El amor ha hecho mucho por nuestra chiquita -dijo su madre con gran dulzura.

-Ha tenido delante de sus ojos un buen ejemplo toda su vida, querida mía -le dijo el señor March en un murmullo y una mirada amorosa a la cara marchita y la cabeza blanca que tenia a su lado.

Daisy no podía sacar los ojitos de encima a la "tiíta linda" y se pegó como un falderillo a los talones de la maravillosa muchacha, llena de atrayentes encantos. En cuando a Demi, se detuvo a considerar aquel nuevo parentesco antes de comprometerse a aceptar impulsivamente un soborno que tomaba la forma tentadora de una familia de osos de madera traídos de Berna. Un movimiento de flanco, sin embargo, produjo un rendimiento incondicional, pues Laurie sabia muy bien cuáles eran los puntos vulnerables de la defensa:

-Jovencito -le dijo-, cuando tuve el honor de conocerlo, usted me pegó en la cara con el puño, de modo que ahora exijo una satisfacción de caballero.

Después de semejante discurso, el altísimo tío procedió a echar al aire al sobrinito de un modo que, causando deterioro en su dignidad filosófica, deleitaron su alma de chico juguetón.

-¡Dios me bendiga! ... ¡Si está vestida de seda de pies a cabeza! ... ¿No es una delicia verla ahí sentada tan lujosa y oír llamar señora Laurence a nuestra pequeña Amy? -mascullaba la vieja Ana, que no podía resistir la tentación de "espiar" mientras tendía la mesa.

¡Y cómo charlaron! ... primero uno, después otro y más tarde todos a la vez, tratando de hacer en media hora la historia de tres años. Fue una bendición que se sirviera el té para ofrecer una pausa y como un modo de recobrar las fuerzas, pues de seguir así hubiesen acabado todos afónicos y exhaustos. Y fue muy feliz el cortejo que entró en el comedorcito: el señor March, orgullosamente acompañando a la "señora de Laurence", y la señora de March, no menos orgullosa de apoyarse enel brazo de "mi hijo" mientras el anciano señor Laurence iba con Jo, murmurándole al oído: "Ahora tienes tú que ser mi chiquita", con una mirada significativa al rincón vacío junto al fuego que hizo exclamar a Jo con labios temblorosos:

-Trataré de llenar el lugar de ella, señor.

Los mellizos fueron un espectáculo aparte. Ellos cerraban la marcha y de veras creyeron que había llegado el milenio, pues ocupados con los viajeros nadie les hizo mayor caso y los muy bandidos pudieron divertirse a gusto de sus pequeños y traviesísimos corazones, ¡y cómo se aprovecharon de la situación, robándose té, atracándose de torta ad libitum, consiguiéndose un bollo caliente cada uno! Y como coronación de esta serie de actos ilegales, se metieron en el bolsillo una tentadora tartita que inmediatamente se pegoteó y desmoronó en su encierro. Agobiados con la conciencia intranquila por las tartitas secuestradas y temiendo que los agudos ojos de Dodo descubriesen su botín, los muy pícaros se pegaron a "drampa", que no tenía puestos los anteojos. De vuelta a la sala, Jo se detuvo a contestar la ansiosa pregunta de Ana:

-¿Acaso la señora Amy va a andar en el cupé y a usar todas las hermosas bandejas de plata que tienen allí?

-No me sorprendería que anduviese en coche de seis caballos blancos, comiera en vajilla de oro y usara encaje y brillantes todos los días. A Teddy nada le parece demasiado para ella -respondió Jo con satisfacción infinita.

-¡Más no se puede pedir! ¿Quiere picadillo o croquetas de pescado mañana para el almuerzo? -preguntó luego Ana, que, sabiamente, mezclaba la poesía con la prosa.

-No importa... cualquier cosa... -y Jo se quedó un momento mirando el grupo que desaparecía hacia el piso alto, y cuando las piernecitas de Demi subían trabajosamente el último escalón la invadió una repentina sensación de soledad, pues aun Laurie la había abandonado en ese momento. Si Jo hubiese sospechado qué regalo de cumpleaños se le estaba preparando y acercándose a ella minuto a minuto, no hubiese dicho para sí:

"Ya me voy a pegar mi llantito cuando me acueste esta noche, pero ahora no hay que ponerse lúgubre", y consiguió esbozar una sonrisa cuando oyó golpear la puerta.

Con prisa muy hospitalaria, abrió Jo para encontrarse con ¡el segundo fantasma que venía ese día a sorprenderla! Allí estaba un caballero alto, de barba, irradiando sonrisas desde la oscuridad como un sol de medianoche.

-¡Oh, señor Bhaer, qué alegría de verlo! -exclamó Jo tomándolo del brazo como si temiera que la noche volviera a tragárselo.

-¡Y yo de verla a usted, señorita Marsch!... Pero usted tiene fiesta y yo... -dijo el profesor deteniéndose al oír el ruido de voces y pies bailarines que llegaban desde arriba.

-No; ¡nada de eso!... es sólo la familia. Mi hermana y sus amigos acaban de regresar de Europa y estamos todos muy contentos. Entre usted y será uno de nosotros.

Pese a que el señor Bhaer era hombre muy sociable creo que se hubiese retirado discretamente y vuelto otro día si Jo no hubiese cerrado la puerta tras él despojándolo de su sombrero. Quizá la expresión de Jo tuvo que ver con que el señor se quedase, pues la muchacha se olvidó de disimular su júbilo al verlo y lo demostró con tal franqueza que resultó irresistible para aquel solitario, cuya bienvenida a aquella casa superó todas sus esperanzas más audaces.

-Si no voy a estar de más tendré muchísimo gusto en verlos... ¿Ha estado usted enferma, amiga mía?

La pregunta fue repentina, pues al colgar el sobretodo del señor Bhaer la luz le dio en la cara a Jo y él percibió el cambio operado en la muchacha.

-No precisamente enferma, pero sí muy cansada y muy triste... Tuvimos una desgracia en la familia...

-Sí, lo sé. El corazón me dolió por usted cuando me enteré -dijo él estrechándole la mano con una expresión tal de simpatía que Jo tuvo la seguridad dé que ningún consuelo podía igualar a aquella manaza estrechándose a la suya.

-¡Papá, mamá, éste es mi amigo, el profesor Bhaer! -les dijo con expresión y tono de irrefrenable orgullo y placer.

Si el desconocido había abrigado algunas dudas sobre la recepción que le darían en aquella casa, pronto se le disiparon, pues recibió de todos una cordial bienvenida. Y no podía ser de otro modo, puesto que ese hombre llevaba el talismán que abre todos los corazones y esta gente sencilla pronto se entusiasmó con él. Sentado entre ellos, el señor Bhaer los miraba con el aire de un viajero que llama a una puerta extraña... y cuando la abre se encuentra en su casa. Los chicos se le acercaron como las abejas a un tarro de miel y procedieron a cautivarlo saqueándole primero los bolsillos, tirándole la barba y estudiando su reloj con audacia infantil. Las mujeres se telegrafiaban con los ojos su aprobación y el señor March, con la sensación de que había encontrado un espíritu afín, abrió sus depósitos más seleccionados de sabiduría en beneficio de la visita, mientras Jo, en silencio por única vez, escuchaba sin decir una palabra.

De no haber estado Jo ocupada en otra cosa le hubiese divertido el comportamiento de Laurie en aquella ocasión, pues una punzada, no de celos sino de algo parecido a la desconfianza, hizo que este caballero se mantuviese al principio a la distancia observando al recién venido con circunspección fraternal. Aquello no duró mucho sin embargo. A pesar suyo comenzó a interesarse en lo que decía el "intruso", y antes de darse cuenta fue atraído al círculo que rodeaba al profesor. Éste hablaba bien en aquel ambiente amable, y realmente hizo muy buen papel. Rara vez se dirigió a Laurie, pero lo observaba a menudo con una sombra en el rostro como si lamentase su propia juventud perdida. Luego sus ojos se volvían hacia Jo con tal ansiedad que ella hubiese respondido con seguridad, de haber notado la muda pregunta. Pero Jo estaba demasiado ocupada con vigilar sus propios ojos que podían traicionarla en cualquier momento, de modo que optó por mantenerlos prudentemente fijos en la mediecita que estaba tejiendo.

Una mirada furtiva de cuando en cuando reconfortaron a Jo, pues le proporcionaron varios augurios propicios. En primer lugar, la cara del señor Bhaer había perdido la expresión distraída y aparecía en este momento llena de vida e interés. "Es realmente joven y bien parecido". pensaba Jo olvidando esta vez compararla con la de Laurie, como casi siempre hacía con cuanto joven conocía, con gran detrimento de ellos. Luego parecía completamente inspirado, a pesar de que las costumbres antiguas de enterramiento no eran precisamente un tema regocijante... Jo resplandeció de triunfo cuando Laurie fue abatido en una discusión, y al observar la cara absorta de su padre pensó para sí: "¡Cómo disfrutaría papá si pudiese tener un hombre como mi profesor para conversar con él todos los días!" Y por último, ¡la vestimenta! El señor Bhaer llevaba un traje oscuro flamante; se había hecho cortar las espesas melenas e iba peinado impecablemente cuando llegó, aunque eso no duró mucho, pues en los momentos de excitación se le alborotó de nuevo el pelo del modo cómico que solía pasarle. Pero a Jo le gustaba así, pues opinaba que de esa forma tenía más parecido con Júpiter, en vista de su hermosa frente. ¡Pobre Jo! ... ¡qué modo de glorificar a aquel hombre sencillo y humilde mientras seguía tejiendo quietecita sin que nada se le escapase, ni aun el hecho de que el señor Bhaer llevara botones dorados en sus limpísimos puños! ...

"¡Qué monada!... No se podía haber vestido y acicalado con más cuidado si hubiese salido con el propósito de cortejar a alguien.. .", se dijo Jo. Y naciendo de esas palabras un pensamiento repentino la hizo ruborizarse tanto que tuvo que dejar caer su ovillo para esconder la cara con el pretexto de buscarlo.

La maniobra no tuvo éxito, pues, a punto de meter fuego a una pira funeraria, el profesor depuso su antorcha -hablando metafóricamente- para agacharse a buscar el ovillo. Naturalmente que sus cabezas tenían que chocar y volvieron ambos a sus asientos riendo, colorados, y sin el ovillo de marras.

Nadie supo cómo se fue la noche, porque pese a que Ana se llevó a los chicos a dormir temprano, cabeceando como dos amapolas, y el señor Laurence se fue a su casa a descansar, los demás siguieron alrededor del fuego, conversando a más y mejor, sin la menor noción del paso del tiempo, hasta que Meg, cuyo instinto maternal le anunciaba que Daisy se habría caído de la cama y que Demi habría prendido fuego a su camisón tratando de estudiar la estructura de los fósforos, tomó la iniciativa de marcharse.

-Tenemos que cantar, como hacíamos antes, ya que estamos juntos otra vez -propuso Jo, pensando que una buena cantata era un excelente medio de dar rienda suelta a las jubilosas emociones de ese día.

Es cierto que no todos estaban presentes, pero nadie tomó aquellas palabras como irreflexivas, porque Beth aún parecía estar entre ellos como una presencia invisible y pacífica, más querida que nunca. Su sillita estaba en su lugar de costumbre, el prolijo canasto de costura con el trabajito que dejó sin terminar seguía en su sitio de siempre en el estante, el precioso piano, rara vez tocado ahora, no había sido cambiado de lugar, y la carita de Beth, serena y sonriente como cuando era niña, parecía mirarlos aún, como diciéndoles:

"Sed felices, que yo estoy aquí..."

-Toca algo, Amy. Hazles oír cómo has progresado -dijo Laurie, con orgullo perdonable en su discípula.

Pero Amy, con ojos arrasados de lágrimas, le dijo al hacer girar el banquito del piano:

-Hoy no, querido, hoy no podría alardear...

Les mostró, sí, algo mejor que la brillantez o la habilidad, pues cantó las canciones que Beth cantaba con música de ternura que no podría haberle enseñado el mejor de los maestros. Su clara voz falló de repente con el último verso del himno que Beth prefería:

La tierra no tiene tristeza que el cielo no pueda curar...

Y Amy se recostó en su marido, segura de que su bienvenida a casa no podía ser perfecta sin el beso de Beth.

-Ahora terminemos con la canción de Mignon, porque el señor Bhaer la sabe cantar -dijo Jo antes de que aquella pausa se hiciese penosa. Y el señor Bhaer se aclaró la voz yendo a colocarse detrás de Jo para decir:

-¡Cantará conmigo, verdad? ¡Cantamos muy bien los dos juntos...!

Agradable invención -dicho sea de paso-, ya que Jo no tenía de la música más idea que una langosta, lo cual no quita que aceptase la propuesta del profesor y que la hubiese aceptado si él le pidiese cantar una ópera entera, y se puso a gorgojear felicísima, sin cuidarse de guardar el compás y el tono. No importó mucho, pues el señor Bhaer cantaba como todos los alemanes, bien y con toda el alma, y Jo optó por bajar la voz por completo para escuchar aquella otra, tierna, que parecía cantar para ella sola.

"¿Conoces la tierra donde florece el limonero?", solía ser el verso preferido del profesor, para quien "aquella tierra" significaba Alemania, pero ahora parecía detenerse con especial calor y cuidado en otra melodía:

Allí, oh, allí quisiese contigo estar mi amor...

y uno de los oyentes se emocionó tanto con aquella invitación tierna que anhelaba responderle que sí, que conocía aquella tierra y que allá iría con gusto en cuanto él quisiese.

La canción fue considerada un gran éxito y el cantor se retiró a su asiento cubierto de laureles. Pocos minutos después, sin embargo, se olvidó completamente de la etiqueta y se quedó mirando a Amy con la boca abierta mientras ella se ponía el sombrero, pues se la habían presentado antes simplemente como "mi hermana" y nadie la había nombrado por su nuevo nombre después de llegado él. Y luego aún más cuando Laurie al despedirse le dijo con su modo más afable:

-Mi mujer y yo nos alegramos mucho de conocerlo, señor. Recuerde que siempre será usted bien venido allá enfrente, en casa, cuando quiera ir.

A esto respondió el profesor agradeciendo con tanto calor y entusiasmo que Laurie lo consideró el viejo más expresivo que había conocido en su vida.

-Yo también me voy, señora, pero tendré mucho gusto en visitarlos otra vez si usted me da licencia, pues asuntos que tengo en la ciudad me retendrán aquí varios días.

Se dirigió a la señora de March, pero miraba a Jo y la voz de la madre le dio el mismo consentimiento cordial que los ojos de la hija, pues la señora March no era ciega respecto a los intereses de sus hijas.

-Me parece que ese hombre es prudente y sensato… -observó el señor March con plácida satisfacción cuando volvió a su sitio junto al fuego al marcharse la última visita.

-Y yo estoy segura de que es un hombre bueno añadió la señora con decidida aprobación mientras daba cuerda al reloj.

-Ya me parecía que les iba a gustar -fue todo cuanto dijo Jo mientras subía a acostarse.

Se preguntaba Jo qué asunto sería el que traía al señor Bhaer a la ciudad y supuso ligeramente que había sido llamado para conferirle algún gran honor, como ser un nombramiento para algún puesto importante, pero que por modestia no lo había querido mencionar. Si le hubiese visto la cara cuando, ya seguro en su cuarto, el profesor se puso a contemplar el retrato de una señorita con mucho pelo, de aire severo y rígido, podía haberse iluminado algo, especialmente cuando al apagar la luz el grave profesor en plena oscuridad estampó un beso al retrato.

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