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XXII DAISY Y DEMI No cumpliría con mi deber de humilde historiadora de la familia March sin dedicar al menos un capítulo a dos de los miembros más importantes y preciados de ese cónclave. Daisy y Demi han llegado ya a los años llamados de la discreción. Si alguna vez hubo unos mellizos en peor peligro de ser echados a perder a fuerza de adoración fue sin duda este par de Brookes parlanchines. Naturalmente que "eran los chicos más notables que se habían visto. nunca", lo cual era probado cuando se sepa que caminaron a los ocho meses, hablaban de corrido a los doce, y a los dos años se sentaban a la mesa y se portaban con una compostura que encantaba a todos cuantos los miraban. A los tres años Daisy pidió una "acoja" y confeccionó una bolsita con cuatro puntadas... también jugaba "a las casitas" en el aparador y manejaba una cocinita microscópica con una habilidad que hizo asomar lágrimas de orgullo a los ojos de Ana, mientras Demi aprendía las letras con su abuelo, quien inventó un nuevo sistema de enseñar el alfabeto, formándolas con brazos y piernas y combinando así el ejercicio intelectual con la gimnasia para cabeza y talones. Al chiquillo se le desarrolló muy temprano el talento mecánico, lo cual encantaba a su padre y desesperaba a su madre, pues el chico trataba de imitar cuanta máquina vela, manteniendo la "nursery" en estado caótico con su "mánicaser", curiosa estructura de piolines, sillas, broches de ropa y carretes a guisa de ruedas para "vodar y vodar". Aunque notablemente diferentes en carácter, los mellizos se llevaban magníficamente y rara vez se peleaban más de tres veces por día. Como era muy natural, Demi tiranizaba a Daisy, convirtiéndose sin embargo en su galante defensor contra todo otro agresor que no fuese él mientras que Daisy era una verdadera esclava de su hermano y lo adoraba como si fuera el único ser perfecto del mundo. Rosada, regordeta y alegre, Daisy encontraba fácilmente el camino que va al corazón de las gentes: una de esas chiquitas amorosas que parecen nacidas para ser besadas, abrazadas y adoradas como pequeñas diosas. Sus pequeñas virtudes eran tan dulces que hubiese sido un verdadero ángel si unas cuantas picardías no la hubiesen mantenido dentro de lo deliciosamente humano. En su mundo siempre había buen tiempo y todas las mañanas se trepaba a la ventana en camisoncito y decía, lloviese o tronase: "¡Nino día, nino día!" Todo el mundo era su amigo y ofrecía besos al extraño con tan absoluta confianza que claudicaba ante ella el más inveterado de los solteros. En cuanto a los que amaban a los chicos, se convertían inmediatamente en fieles adoradores. -¡Mí quele toro el mundo!... -dijo una vez abriendo los bracitos con una cuchara en una mano y un jarrito en la otra, como si quisiera abrazar y dar de comer a toda la gente. Como verdadero yanqui, Demi era de mentalidad curiosa y quería saberlo todo, mortificándole sobremanera que los grandes no supieran, a veces, darle respuesta satisfactoria a su perpetuo: "¿Para qué?" Tenía también inclinación filosófica, para deleite de su abuelo, quien solía sostener con él conversaciones socráticas, durante las cuales el precoz discípulo ocasionalmente posaba como su maestro, con no disimulada satisfacción de las damas. -¿Qué es lo que hace andar mis piernas, abelo? - preguntaba el joven filósofo, examinando esas activas partes de su anatomía con aire meditativo una noche mientras descansaba de una jugarreta "de las de antes de irse a la canta". -Es tu mentecita, Demi -replicaba el sabio acariciando respetuosamente la cabeza rubia. -Y ¿qué es la metecita? -Es algo que hace que tu cuerpo se mueva igual que los resortes hacen andar las rueditas de mi reloj. ¿Te acuerdas cuando te lo mostré? -Abeme, abelo, quedo ver cómo doy veltas. No puedo hacer eso, igual que tú no pudiste abrir mi reloj. Es Dios quien te da cuerda y sigues andando hasta que El te pare... -¿De velas? -preguntó Demi con los ojos pardos muy abiertos mientras digería aquel nuevo pensamiento¿Me dan cueda como al deló? Siguió una cuidadosa explicación que Demi escuchó con atención tal que la abuela, inquieta, dijo: -¿Te parece prudente, querido, hablar de esas cosas a este chiquito? ¡Está aprendiendo a hacer preguntas inverosímiles! ... -Si tiene edad suficiente como para hacer la pregunta, también la tiene para recibir respuestas exactas. Yo no le estoy metiendo ideas en la cabeza, sino ayudándole a desenredar aquellas que ya están allí. Estos chicos son más sabios que nosotros, y no me cabe la menor duda de que ha entendido cada palabra de lo que le he explicado. Vamos a ver, Demi, ¿adónde está tu mente? Si el chiquillo hubiese respondido como Alcibiades: "Por los dioses, Sócrates, que no lo sé", su abuelo no se hubiera sorprendido, pero, cuando después de meditar un momento parado en una pierna como una joven cigüeña Demi contestó con tono de serena convicción: "En la bariga", el abuelo no pudo menos de unirse a la risa de la abuela y cerrar aquella clase de metafísica. Podría haber habido motivo de inquietud si Demi no hubiera dado continuas y convincentes pruebas de ser un verdadero chico además de un filósofo en cierne, pues a menudo, luego de una discusión que hacía profetizar a Ana con gestos siniestros: "Este chico no será mucho tiempo de este mundo", el predestinado se daba vuelta y disipaba los temores de la buena mujer con alguna travesura de marca mayor. Meg formuló muchos reglamentos y trató de que se cumplieran, pero ¿qué madre ha podido nunca resistir los engatusadores ardides, las ingeniosas evasiones o la tranquila audacia de esos hombres y mujeres minúsculos que con tanta precocidad demuestran ser astutos y tramposos". -Basta de pasas, Demi, te vas a enfermar. -Mí gusta estar enfermo. -Pero a mí no, así que sal de aquí y ve a ayudar a Daisy a hacer pastelitos -le dice la mamá al jovencito que viene a ofrecer sus servicios indefectiblemente el día de hacer "plum-pudding". El chico se va de mala gana, pero sus agravios le pesan en el espíritu, y más tarde, cuando se presenta la oportunidad de resarcirse, le gana la partida a la madre con un astuto pacto. -Como se han portado bien, ahora voy a jugar a lo que quieran -les dice Meg llevándose a sus dos ayudantes de cocina arriba cuando el "pudding" ya está seguro en el horno. -¿De veras, mamá? -pregunta Demi con una idea brillante. -Sí, de veras, cualquier cosa que me propongan -replica la miope de la madre, preparándose a cantar "Los tres gatitos" media docena de veces o a llevar a su progenie a comprar un bollo de un centavo, sin hacer caso del viento o el cansancio. Pero Demi la arrincona con la siguiente respuesta serena: -¡Marros a comenos todas las pasas! La tía Dodo (Jo) era la principal confidente y compañera de juegos de los dos chicos, y aquel trío ponía la casa patas arriba con suma frecuencia. La tía Amy no era por ahora más que un nombre para ellos, y tía Beth pronto se convirtió en un vago recuerdo, pero tía Dodo era una realidad viviente y los chicos le sacaban todo el partido posible, considerando ella esa preferencia como un cumplido muy halagador. Pero cuando Bhaer apareció en escena, Jo descuidó bastante a sus compañeritos de juego y las pobres almitas se vieron tristes y desoladas. Daisy, que era aficionada a andar por ahí repartiendo besos, perdió a su mejor cliente y cayó en bancarrota. Demi, por su parte, pronto se dio cuenta con su infantil penetración que a tía Dodo le gustaba más jugar con el hombre-oso que con él, y aunque muy resentido, ocultó su agravio porque no tuvo alma de insultar a un rival que tenía una mina de pastillas de chocolate en el bolsillo y un reloj que podía ser sacado y sacudido a gusto por admiradores fervientes. No faltará quien considere como sobornos estas agradables libertades, pero Demi no lo veía así y siguió tratando al hombre-oso con afabilidad reflexiva mientras que Daisy le otorgaba sus afectos sin reticencias. Suele pasar que los caballeros tengan un repentino ataque de admiración por los pequeños parientes de las damas de sus pensamientos, pero esta falsa filoprogenitividad les queda generalmente muy mal y no convence a nadie. En cambio, la devoción del señor Bhaer era sincera, pues el señor Bhaer era de aquellos hombres que realmente se sienten cómodos con los niños. Sus asuntos, fuesen los que fueren, lo ocupaban durante todo el día, pero por la noche rara vez fallaba en aparecer por la casa de los March para ver... ¡Bueno!... siempre preguntaba por el señor March... él debía ser la atracción principal. El excelente padre, evidentemente, lo creía también, pues lo acaparaba escandalosamente, deleitándose con sabrosas discusiones con aquella alma gemela. Hasta que una observación' casual de su nieto lo iluminó de repente: Sucedió que el señor Bhaer llegó una noche hasta el umbral del escritorio y quedó atónito ante el espectáculo que vieron sus ojos: postrado en el suelo, estaba el señor March, con las venerables piernas al aire y, a su lado, también postrado, estaba Demi, tratando de imitar su postura con sus cortas patitas; los dos ocasionales rastreadores estaban tan absortos que ni se percataron de que tenían espectadores, hasta que el señor Bhaer soltó su risa sonora y Jo exclamó con expresión escandalizada: -Padre, padre... está el profesor... -¡Buenas noches, señor Bhaer!... Discúlpeme usted un momento, que ya terminamos nuestra clase... Vamos, Demi, haz la letra y di su nombre. -Lo conozco a ése... -Y después de convulsivos esfuerzos las piernecitas rojas tomaron la forma de un compás y el inteligente alumno gritó triunfante-. Es la we, abeto es la we. -Es un Sam Weller nato -dijo Jo riendo mientras su progenitor se incorporaba y su sobrino trataba de sostenerse de cabeza como único modo de expresar su satisfacción de que se hubiese acabado la clase. -¿Qué has estado haciendo hoy, bübchen ("nene")? -preguntó el señor Bhaer, alzando al gimnasta. -Mi fue a ver a Mariquita... -¿Y qué hiciste una vez allí? -La besé -respondió Demi con franqueza absolutamente exenta de malicia. -Prut!... ¡Comienzas pronto!... ¿Y qué dijo Mariquita a eso? -preguntó Bhaer continuando la confesión del pequeño pecador, quien procedía a explorarle el bolsillo del chaleco. -Oh, le gustó mucho, y me besó, y a mí me gustó también. ¿No es cierto que a los chicos les gustan las chicas? -agregó Demi con la boca llena y un aire de dulce satisfacción. -¡Pues sí que eres un pollito precoz!... ¿quién te puso tal cosa en la cabeza? -preguntó Jo, tan divertida con las revelaciones inocentes del mocoso como lo estaba el profesor. -No está en la cabeza, está en la boca -respondió literalmente Demi, sacando la lengua y mostrando una pastilla de chocolate a medio comer, creyendo seguramente que la tía se refería a caramelos y no a ideas. -Deberías guardar algunas pastillas para la amiguita... Y el señor Bhaer ofreció pastillas a Jo con una mirada que hizo pensar a la muchacha si el chocolate sería el néctar bebido por los dioses. También Demi vio aquella sonrisa, e impresionado preguntó ingeniosamente: -¿A los muchachos grandes también les gustan las chicas grandes, profesor? Bhaer no sabía mentir, de modo que se contentó con dar la vaga respuesta de que creía que sí... a veces, en un tono que el señor March, preocupado, echó una mirada al rostro de Jo, que más bien lo esquivaba, y se hundió luego en un sillón como si aquel "pollito precoz" le hubiese puesto en la cabeza una idea que era a la vez dulce y amarga. Y media hora después, Dodo, encontrando a Demi en la despensa, en lugar de sacudirlo en castigo por estar allí casi lo ahoga de un abrazo ternísimo, y después lo premió con un inesperado regalo de pan con jalea, problema que intrigó al chico, sin que nunca le encontrase solución.
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