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XXIV TIEMPO DE COSECHA Durante un año Jo y su profesor trabajaron y aguardaron, alimentaron sus esperanzas y se amaron, viéndose apenas de cuando en cuando y escribiéndose cartas tan voluminosas que se les atribuyó el alza del precio del papel, según decía el siempre travieso de Laurie. El segundo año comenzó más sombríamente porque sus proyectos no se materializaban y luego tía March murió repentinamente. Cuando pasó lo más agudo de la pena -porque habían querido sinceramente a la anciana a pesar de su lengua cortante- descubrieron que en realidad tenían motivo para alegrarse, pues le había dejado a Jo la casa de campo de Plumfield, lo cual posibilitaba toda clase de cosas agradables. -Es una hermosa propiedad y dejará una buena suma... pues me imagino que pensarán venderla, ¿eh? -dijo Laurie cuando se sentaron a hablar de aquel asunto algunas semanas después. -Pues no, no pienso venderla -fue la respuesta decidida de Jo mientras acariciaba al gordo perro de lana que acababa de adoptar por respeto a su antigua dueña. -No tendrás intención de vivir ahí... -Sí, precisamente, es lo que pienso hacer. -Pero, querida muchacha, es una propiedad enorme y se necesitará mucho dinero para mantenerla en condiciones. El jardín y la huerta, por lo pronto, requieren tres peones, y creo que la agricultura no es el fuerte de Bhaer, ¿eh, Jo? -Creo que querrá ensayar cómo le va si yo se lo propongo. -¿Y esperas vivir con el producto de la finca? Eso suena a paradisíaco, pero os vais a encontrar con que exigirá un trabajo de titanes. -La cosecha que vamos a cultivar es de las que dejan beneficio -dijo entonces Jo, muerta de risa. -¿Y de qué va a consistir esa cosecha, si puedo tomarme la libertad de preguntarle, señora? -De muchachitos. Quiero abrir en Plumfield una escuela de varones, una buena escuela, que sea también un hogar, conmigo para cuidarlos y Fritz para enseñar. -¡He ahí un proyecto bien digno de Jo! ¿No les parece exactamente lo que se le podía ocurrir únicamente a ella? -gritaba Laurie apelando a la familia, que parecía tan sorprendida como él. -Me gusta el proyecto -dijo la señora de March con tono decidido. -A mí también -agregó su marido, que se entusiasmaba con la idea de ensayar el método socrático para la educación de la juventud moderna. -Va a ser enorme la tarea para Jo de cuidar a tanto niño -opinó Meg, acariciando la cabeza de su único y absorbente retoño. -Jo es muy capaz de eso y será feliz con ese tipo de trabajo. Es una idea espléndida. Cuéntanos más sobre el proyecto, Jo -dijo el señor Laurence, quien estaba deseando dar una mano a los novios pero sabiendo que rechazarían su ayuda. -Ya sabía yo que usted estaría de mi lado, señor. Por los ojos de Amy veo que ella también lo está, aunque, prudentemente, espera para pensarlo bien antes de pronunciarse. Quiero que comprendan que no se trata de ninguna nueva idea mía, sino de un proyecto largamente acariciado. Antes de conocer a Fritz solía pensar que cuando hubiese hecho dinero, y nadie me necesitase más en casa, alquilaría una gran finca, y recogería a muchachitos abandonados, pobres, o que no tuvieran madre y los tomaría a mi cargo, cuidándolos y haciéndoles la vida alegre y feliz antes de que fuese demasiado tarde. ¡Veo a tanto chico que arruina su vida por falta de ayuda en el momento oportuno...! Además, parece que yo supiese instintivamente sus necesidades y que los comprendiese en sus tribulaciones. ¡Estoy loca por ser una madre para todos ellos! La señora de March extendió la mano a Jo, quien la tomó sonriendo y luego siguió hablando: -Le conté a Fritz mi proyecto y contestó que es precisamente lo que le gustaría a él y estuvo de acuerdo en ensayarlo cuando fuésemos ricos. Pues ahora, merced a mi tía vieja, que me quería más de lo que yo nunca merecí, soy realmente rica, o por lo menos me siento como si lo fuera, y podemos vivir en Plumfield perfectamente bien si tenemos una escuela próspera. Es un lugar que ni mandado hacer para muchachos, pues la casa es grande y los muebles sencillos y fuertes. Adentro hay espacio de sobra para docenas de chicos y los terrenos que la rodean son espléndidos. Los chicos pueden ayudar en el jardín y en la huerta; ¿verdad, papá, que ése es un trabajo muy saludable? Fritz podrá dedicarse a gusto a la enseñanza y preparación de los chicos y papá puede ayudarle en eso. Por mi parte, los alimentaré bien, los cuidaré cuando estén enfermos y los mimaré y regañaré cuando estén sanos. Y en eso mamá será mi gran auxiliar. Siempre me gustó estar rodeada de muchachos y nunca encontraba que eran bastantes para mí. ¡Piensen qué lujo!... Plumfield mío y montones de chicos para disfrutarlo conmigo. La familia en pleno prorrumpió en carcajadas y el señor Laurence se rió tanto que temieron le diese un ataque de apoplejía. -No veo que tenga nada de gracioso -les dijo Jo cuando pudo ser oída-. Nada es más natural ni apropiado para mi profesor que abrir una escuela ni para mí que querer vivir en mi propiedad. -Ya empieza a darse tono -le dijo Laurie, zumbón ¿Puedo preguntar de qué modo piensas mantener el establecimiento? Si todos los alumnos van a ser pequeños galopines de la calle, mucho me temo que tu cosecha no resulte productiva en el sentido práctico de la palabra, señora de Bhaer. -Teddy, no seas aguafiestas. Naturalmente que tendré también alumnos ricos; quizá comience exclusivamente con ellos... luego, cuando progresemos, puedo tomar uno que otro atorrantito... Pero los hijos de los ricos también necesitan cuidados y cariño, igual o más que los de los pobres. ¡He visto a tantos pobrecitos abandonados en manos de sirvientes o a chicos atrasados a quienes nadie hace caso...! Algunos resultan malos a causa del abandono o de la mala dirección que reciben, y otros pierden a sus madres. Además, aun los mejores chicos tienen que pasar por la adolescencia, y es ésa la época en que más necesitan de paciencia y de bondad. La gente se burla de ellos y de sacarlos de en medio pretendiendo verlos convertirse de la noche a la mañana de chiquitos preciosos en hermosos jóvenes. Valientemente los cuitados no se quejan, pero bien que lo sienten. Yo misma he pasado por algo de eso y sé lo que es. ¿Y qué me dicen de mi propia experiencia? ¿Acaso no he educado a un muchacho hasta convertirlo en el orgullo y el honor de la familia? -Puedo dar testimonio de que al menos lo intentaste -respondió Laurie con una mirada de agradecimiento. -Y mi éxito supera a todas mis esperanzas. ¡Hete aquí convertido en un juicioso y sensato hombre de negocios, haciendo montones de bien con su fortuna y acumulando bendiciones de los pobres en vez de más dinero. Pero eres mucho más; adoras las cosas buenas y hermosas, las disfrutas tú y dejas que los demás las compartan, "yendo a medias", como decías cuando éramos chicos. Estoy orgullosa de ti, Teddy, porque mejoras cada año. Cuando tenga "Mi rebaño de muchachitos" te señalaré con el dedo y les diré: "¡Ahí tenéis vuestro modelo, muchachos!" El pobre Laurie no sabía para dónde mirar. -Bueno, Jo, me parece que exageras -comenzó a decir-. Todos han hecho mucho por mí y no puedo agradecerles más que empeñándome al máximo en no defraudarlos. Últimamente tú me has abandonado bastante, pero de todos modos he tenido excelente ayuda, de modo que si algo he logrado, puedes agradecérselo a estos dos -y puso una mano sobre la cabeza blanca del abuelo y otra sobre la rubia de Amy, pues los tres no se separaban nunca mucho. -Estoy convencida de que las familias son las cosas más bellas del mundo -estalló Jo-. Cuando tenga la mía propia espero que ella sea tan feliz como las tres que conozco y que más quiero. Si Juan y mi Fritz estuviesen aquí esto sería el cielo en la tierra -añadió. Y esa noche cuando se retiró a su cuarto después de una noche felicísima de conciliábulos familiares, de esperanzas y proyectos, su corazón estaba colmado de ventura. Fue un año asombroso, pues los acontecimientos se sucedieron de modo rapidísimo. Antes de que pudiera darse cuenta, Jo se encontró casada e instalada en Plumfield. Casi en seguida adquirió un familia de seis o siete muchachos que surgieron como hongos, de la noche a la mañana, y prosperaron sorpresivamente, tanto ricos como pobres, pues el señor Laurence siempre encontraba un caso más de indigencia conmovedora y rogaba a los Bhaer que se compadeciesen del chico y él se haría cargo gustoso del pago de su mantenimiento. De esta manera, el astuto anciano vencía el orgullo de Jo y le proporcionaba el tipo de muchacho que a ella le encantaba tener en Plumfield. Naturalmente que el principio fue arduo y que Jo tenía que cometer estrafalarios errores, pero el sabio profesor la guiaba con mano segura y el más exuberante galopín era por fin conquistado. ¡Cómo se divertía Jo con sus "rebaños de muchachos"! ¡Y cómo se habría lamentado tía March si hubiese visto los sagrados recintos del prolijísimo y correcto Plumfield invadidos por Tomasitos, Enriques y Diegos! Había en ello una especie de justicia poética, pues la anciana había sido el terror de los muchachos de varias millas a la redonda y ahora los proscriptos se regalaban con ciruelas prohibidas, hollaban botas profanas los senderos enarenados y jugaban al cricquet en el potrero donde pastaba la vaca. Plumfield se convirtió en algo así como un paraíso de muchachos y Laurie sugirió que los llamasen "Bhaer-garten" en honor de su dueño y como apropiado a sus habitantes. No fue nunca una escuela de moda y el profesor no hizo nunca fortuna con ella, pero fue exactamente lo que Jo había querido que fuese: "un lugar feliz y hogareño para muchachos que necesitasen enseñanza, cuidados y bondad". Pronto se llenaron todos los cuartos de la gran casa y cada parcela del jardín tuvo su dueño. Tres veces al día Jo sonreía a su Fritz desde la cabecera de una larga mesa flanqueada por ambos lados por hileras de jóvenes caras felices llenas de amor por "mamá Bhaer". Ahora sí tenía suficientes muchachos, y no se cansaba de ellos, aunque estaban muy lejos de ser unos ángeles y les causaban infinitas tribulaciones e inquietudes al profesor y a la "profesorina". Pero la fe que tenían en el "rinconcito bueno" que existe en el más pícaro, más descarado y más atormentador de los galopines les daba paciencia, habilidad y, con el tiempo, éxito, pues no había chico de naturaleza humana que no cejase ante papá Bhaer corriéndole como un sol benévolo, y mamá Bhaer perdonándolo setenta veces siete. Había chicos lerdos y chicos tímidos, chicos delicados y chicos exuberantes, chicos que ceceaban o tartamudeaban, uno o dos renguitos, y hasta un alegre negrito que no era admitido en ninguna otra escuela pero que fue bien venido al "Bhaer-garten", aunque no faltó quien pronosticase que esa admisión sería la ruina de la escuela. Sí, Jo era muy feliz en Plumfield, pese al abundante trabajo, la mucha inquietud y la perpetua barahúnda. Al pasar los años, dos chiquitos propios vinieron a aumentar su felicidad: Rob, nombrado así por su abuelito, y Teddy, un bebé despreocupado y alegre como pocos que parecía haber heredado el carácter benditísimo de su padre además del vivaz espíritu de su madre. Cómo crecieron sanos y salvos entre aquel torbellino de muchachos constituyó siempre un misterio para sus abuelos y sus tíos, pero lo cierto es que prosperaron como las margaritas en primavera y sus toscos niñeros los querían y servían magníficamente bien. Había muchos días de fiesta en Plumfield, pero uno de los más deliciosos era la anual recolección de manzanas, pues en esas ocasiones, los March, los Brooke, los Laurence y los Bhaer salían en pleno y por todo el día. Cinco años después del casamiento de Jo ocurrió uno de esos festivales un suave día de octubre. La vieja huerta estaba vestida de fiesta, el botón de oro y el áster bordeaban las paredes musgosas, como flautistas encantados, las ardillas se ocupaban de su propia cosecha y los pájaros gorjeaban sus adioses desde los alisos mientras que cada manzano parecía preparado para enviar hacia abajo, al primer sacudón, su chaparrón de frutos rojos o amarillos. Todo el mundo estaba allí, todo el mundo reía y cantaba, todos aseguraron que nunca había hecho un día tan perfecto para la fiesta ni se habían divertido tanto; y todo el mundo se entregó a los sencillos placeres del momento. El señor March se paseaba plácidamente conversando con el señor Laurence, el profesor andaba por los verdes senderos como un bravo caballero teutón, con un palo a guisa de lanza y a la cabeza de los muchachos, que realizaban maravillas de saltos en alto. Laurie se dedicó a los pequeños: hizo cabalgar a su hijita metida en una cesta, alzó a Daisy para que viese los nidos de los pájaros e impidió varias veces que Rob se rompiese la cabeza. La señora March y Meg se sentaron entre las pilas de manzanas clasificando y separando los aportes de los cosechadores a medida que llegaban, mientras Amy, con bellísima expresión maternal en el rostro, dibujaba los diferentes grupos y cuidaba a un muchachito pálido, con su muleta a un lado. En cuanto a Jo, estaba en su elemento aquel día y se precipitaba de un lado a otro recogido el vestido, torcido el sombrero y su chiquito bajo el brazo, lista para cualquier aventura divertida que se presentase. El pequeño Teddy tenía -como se dice- un dios aparte: jamás le pasaba nada y Jo nunca sentía la menor inquietud cuando los muchachos lo trepaban a un árbol o lo llevaban a galope sobre la espalda, alimentado con "deliciosas" verdes por su indulgente papá, que como buen alemán creía -el iluso- que los bebés digieren cualquier cosa, empezando por el repollo en vinagre hasta los botones, los clavos y sus propios zapatitos. Jo sabía que Teddy aparecería tarde o temprano sano, salvo y rosado, muy sucio pero tranquilo y sereno, seguro de la calurosa bienvenida que le daría su mamá, que amaba entrañablemente a sus bebés. A las cuatro de la tarde se produjo una calma y las cestas permanecieron vacías mientras los recolectores descansaban, comparando los ingresos y las contusiones recibidas durante el día. En ese ínterín, Jo y Meg con un destacamento de los chicos más grandes dispusieron la comida en la hierba, pues ésa era la coronación clásica de aquella fiesta. Por la tierra fluían literalmente la leche y la miel, pues no se exigía a los chicos que se sentasen a la mesa, sino que podían servirse como quisiesen. Aprovechaban al máximo su libertad, pues algunos ensayaban el agradable experimento de tomar leche parados de cabeza y otras extrañezas por el estilo. Las dos nenas tuvieron su té particular y Ted vagaba por entre los comestibles según le dictaba su dulcísima voluntad. Cuando nadie podía ya comer más nada, el profesor propuso el primer brindis, que siempre era bebido en aquellas ocasiones: ¡Tía March, que Dios la bendiga!, pues el bueno del señor Bhaer nunca olvidaba lo mucho que le debía y a los chicos se enseñaba a mantener vivo su recuerdo. -Ahora, ¡por el sexagésimo cumpleaños de abuelita! Ese brindis sí que era bebido con entusiasmo, y una vez empezados los vivas no había cómo pararlos. Se brindó por la salud de todo el mundo, sin olvidar la del señor Laurence, a quien consideraban su especial patrono. Demi, como el mayor de los nietos, obsequió a continuación a la reina del día con varios presentes, tan numerosos que tuvieron que ser transportados allí en carretilla. Regalos muy estrambólicos, algunos de ellos, pero valiosos a los ojos de las abuelas, pues eran todos hechos por los propios chicos. Cada puntada cosida por los pacientes deditos de Daisy en los pañuelos por ella dobladillados valía para la abuela como ricos bordados y ninguna página del costoso libro que le regaló la hijita de Amy podía ser tan hermosa a sus ojos como aquella en que aparecían, en torcidas mayúsculas, las palabras: "A la querida abuelita, de su pequeña Bess". Durante esta ceremonia los muchachos habían desaparecido misteriosamente y cuando trató de agradecer a sus nietos, quebrada la voz por la emoción, mientras Teddy le secaba los ojos con su delantalito, el profesor rompió de pronto a cantar. Desde arriba, una voz tras otra iba recogiendo las palabras de árbol en árbol y formando un coro invisible con la pequeña canción escrita por Jo, puesta en música por Laurie y preparada por el profesor que había entrenado a los chicos para que la cantasen con el mejor efecto. Esto fue algo completamente nuevo, y resultó un gran éxito, pues la señora no podía recobrarse de su sorpresa e insistía en estrechar la mano de cada uno de aquellos pájaros sin plumas, desde Franz y Emilio hasta el negrito, que era quien tenía voz más dulce de todos. Después los chicos se dispersaron para una última parranda, dejando a la señora de March y a sus hijas bajo el árbol principal de la fiesta. -Creo que nunca más debo llamarme a mí misma "Jo, la Sin Suerte", cuando tan bellamente se ha cumplido mi deseo más grande -dijo entonces la señora de Bhaer, sacando el puñito de Teddy de la jarra de la leche en la cual el chiquito se había quedado arrobado revolviendo con entusiasmo. -Y sin embargo tu vida es muy distinta de lo que proyectabas hace mucho tiempo. ¿Te acuerdas de nuestros castillos en el aire? -preguntó Amy. -Pero la vida que yo anhelaba entonces me parece ahora egoísta, fría y solitaria. Todavía no he renunciado a la esperanza de que algún día escriba un buen libro, pero estoy dispuesta a esperar y segura de que voy a salir ganando con experiencias y ejemplos como éstos -dijo Jo. -Mi castillo ha sido el más cumplido de todos, pues yo pedía muchas cosas espléndidas, pero en el fondo del corazón sabía que estaría satisfecha con un hogar pequeño y con tener a Juan y a algunos pequeñitos como éstos. Todo lo tengo, gracias a Dios, y soy la mujer más feliz del mundo -dijo Meg con la mano sobre la cabeza de su alto muchachito con expresión de pleno y ferviente contento. -Mi castillo es muy diferente del que había proyectado, pero no lo cambiaría por nada, aunque, igual que Jo, no abandono mis esperanzas artísticas ni me conformo con ayudar a otros a cumplir sus sueños. He comenzado a modelar una cabeza de la nena, y dice Laurie que es lo mejor que he hecho. Yo también lo creo y pienso vaciarla en mármol, de modo que, pase lo que pasare, pueda al menos conservar la imagen de mi ángel. Mientras Amy hablaba, una lágrima cayó sobre el pelo dorado de la niña que dormía en sus brazos, pues su única y adorada hijita era una criaturita frágil y el temor de perderla era la sombra que oscurecía el sol de la vida de Amy. Esta cruz estaba haciendo mucho por ambos. Amy se hacía más dulce, más profunda y más tierna; Laurie, por su parte, se volvía más serio, fuerte y firme. -Está mejor, estoy segura, querida, no te desalientes, sino que espera y manténte feliz -le dijo la señora de March, mirando la tierna carita rosada de Daisy junto a la pálida de su prima. -Sé que no debo desalentarme cuando te tengo a ti para animarme, mamita, y a Laurie para tomar la mitad de la carga que nos toca llevar -respondió Amy con calor-. Nunca me deja ver su inquietud, y ¡es tan dulce conmigo y tan amoroso con Bess!, que todo lo que lo ame es poco. -No es preciso que lo digas: ¡Ved la felicidad que nos rodea! -Sí, Jo, creo que tu cosecha es muy buena -le dijo la señora de March espantando un enorme grillo negro que estaba asustando a Teddy y cambiándole la expresión. -Ni con mucho tan buena como la tuya, madre. Aquí está, a la vista, y nunca te agradeceremos bastante la paciente siembra y cosecha que has realizado -le dijo Jo con la amorosa impetuosidad que nunca llegó a curarle el tiempo. -Un haz enorme, mamita, pero sé que en tu corazón hay lugar para él -le dijo Meg, con voz tierna. Conmovida profundamente, la señora de March sólo pudo extender los brazos como para abarcar a todos, hijos y nietos, en un mismo abrazo, diciendo con voz llena de maternal gratitud y humildad: -¡Oh, hijas mías, por más largo tiempo que vivan, no podré desearles mayor felicidad que la del presente día!
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