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Ocho Primos

Louisa M. Alcott
Ocho Primos

A los muchos chicos y chicas cuyas cartas ha sido imposible contestar dedica este libro como ofrenda de paz
su amiga L. M. Alcott.


 

CAPÍTULO PRIMERO

DOS NIÑAS

Completamente sola, Rosa estaba sentada en una de las salas más grandes y bonitas de su casa, con el pañuelo en la mano, listo para recoger su primera lágrima, pues cavilaba en sus tribulaciones y el llanto era inevitable. Se había encerrado en este cuarto por considerarlo sitio adecuado para sentirse miserable; pues era oscuro y silencioso, estaba lleno de muebles antiguos y cortinados sombríos y de sus paredes pendían retratos de venerables caballeros de peluca, damas de austeras narices, tocadas con gorros pesadotes y niños que llevaban chaquetas colimochas y vestiditos cortos de talle. Era un lugar excelente para sentir dolor; y la lluvia primaveral intermitente que golpeaba los cristales de las ventanas parecía decir entre sollozos: "¡Llora, llora ! Estoy contigo".

Rosa tenía su buen motivo para sentirse triste, pues era huérfana de madre, y últimamente había perdido al padre también, con lo cual no le quedó más hogar que éste de sus tías abuelas. Hacía sólo una semana que estaba con ellas, y aunque las viejecitas queridas se esforzaron todo lo posible por hacer que viviese contenta, no lograron mucho éxito que digamos, ya que era muy distinta a cuantos niños conocían, y experimentaron casi la misma sensación que si estuviesen al cuidado de una mariposa abatida.

Le dieron amplia libertad dentro de la casa, y durante un día o dos pudo entretenerse recorriéndola completamente, pues era una mansión soberbia, llena de toda clase de recovecos, cuartos encantadores y corredores misteriosos. En los sitios más inesperados aparecían ventanas; había balcones que daban al jardín muy románticamente y en el piso alto tenían un salón en que se veían bastantes curiosidades de todas partes del mundo, dado que durante generaciones los Campbell fueron capitanes de mar.

La tía Abundancia permitió a Rosa revolver en su alacena de porcelana, un sabroso refugio, que encerraba muchas de esas chucherías que a los chicos encantan; mas pareció que a Rosa tenían sin cuidado las apetitosas tentaciones, y cuando falló la esperanza, la tía Abundancia se dio por vencida desesperadamente.

La bondadosa tía Paz puso en juego toda suerte de hermosas labores de aguja y proyectó un roperito de muñecas que habría hecho agua la boca de una niña algo mayor. Pero Rosa demostró poco interés en sombreritos de satén rosado y medias miniatura, aunque cosió cumplidamente, hasta que la tía la sorprendió enjugándose lágrimas con la cola de un vestidito de novia, y ese descubrimiento puso punto final a las sesiones de costura.

Luego ambas damas aunaron ideas y seleccionaron juntas la niña modelo de la vecindad, para que viniese a jugar con su sobrinita. Pero Annabel Bliss constituyó un fracaso mayor que los otros, pues a Rosa no le cayó en gracia, y declaró que le resultaba tan parecida a una muñeca de cera, que hasta llegó a sentir deseos de pellizcarla para ver si gritaba. La relamida Annabel fue devuelta a su casa, y durante uno o dos días las impotentes tías dejaron a Rosa librada a sus propios arbitrios.

El mal tiempo y un constipado la retuvieron dentro y pasó la mayoría del tiempo en la biblioteca donde se conservaban los libros de su padre. Allí leyó muchísimo, lloró un poco y acarició algunos de esos sueños inocentes y seductores en que los chicos imaginativos encuentran tanto solaz y deleite. Esto pareció mucho más agradable que ninguna otra cosa, pero no dio el resultado apetecido y la niña fue volviéndose pálida, ojerosa y desatenta, aunque la tía Abundancia le dio más cuerda de la que se necesita para hacer un ovillo y la tía Paz la acariciaba como si fuese un cachorrito.

Viendo esto las pobres tías se estrujaban los cerebros buscando nuevas distracciones, y determinaron recurrir a un expediente audaz, aunque no muy esperanzadas en el éxito. Nada dijeron a Rosa acerca de su plan para ese sábado por la tarde, pero la dejaron tranquila hasta el momento de la gran sorpresa, sin imaginarse ni remotamente que la extraña criatura encontraría por sí misma una distracción en el sitio menos indicado.

Antes de que la primera lágrima tuviese tiempo de abrirse paso, el silencio fue interrumpido por un sonido que la hizo aguzar los oídos. Eran tan solo el gorjeo suave de un pájaro, pero le pareció que sería un pájaro singularmente dotado, pues mientras escuchaba el gorjeo se trocó en animoso silbido, luego en un trino, luego un arrullo y después un pío-pío, hasta rematar en una mezcla musical de todas las notas, como si el ave hubiese prorrumpido en carcajadas. Rosa rió también, olvidó su pesar, y poniéndose en pie de un salto, dijo ansiosamente

-¡Es un sonsonete! ¿Donde está?

Corrió todo lo largo del salón y miró a hurtadillas por ambas puertas, pero lo único que vio con plumas fue un pollo de cola sucia bajo una hoja de bardana. Escuchó nuevamente y creyó notar que el sonido provenía de la casa misma. Se puso en marcha, encantada con la persecución, y el sonido cambiante la condujo a la puerta de la alacena de la porcelana.

-¿Aquí dentro? ¡Qué raro! -dijo. Pero cuando entró, no vio por allí más ave que las golondrinas de porcelana, trenzadas en su beso interminable, que se destacaban en un estante. Repentinamente, se le iluminó el rostro y, abriendo la portezuela deslizante, miró en la cocina. Pero la música había cesado, y lo único que vio fue una chica de delantal azul que fregaba la hornalla. Rosa dirigió su mirada en torno durante un minuto y preguntó bruscamente:

-¿Has oído el sonsonete?

-Yo más bien lo llamaría Febe -contestó la niña, levantando sus ojos negros, en los cuales brillaba una chispita.

-¿Y por dónde se ha ido?

-Sigue estando aquí.

-¿Dónde?

-En mi garganta. ¿Quieres oírlo? -¡Oh, sí! Voy a entrar.

Rosa trepó por la portezuela hasta el ancho estante del otro lado, por cuanto tenía demasiada prisa y demasiada curiosidad para dar toda la vuelta.

La niña se secó las manos, cruzó los pies sobre la pequeña isla de esterilla perdida en un mar de jabón y, con el imaginable asombro de parte de Rosa, de su garganta salió el gorjeo de una golondrina, el silbido de un petirrojo, el llamado de un azulejo, el canto de un zorzal, el arrullo de una paloma torcaz y muchas otras notas familiares, rematadas como antes en el éxtasis musical de uno de esos pajaritos que cantan y revolotean por encima de los arrozales.

De tal modo se maravilló Rosa que estuvo a punto de caerse del estante y cuando concluyó el pequeño concierto aplaudió con entusiasmo.

-¡Es sorprendente! ¿Quién te ha enseñado?

-Los pájaros -contestó la chica, sonriendo, y volvió a su tarea.

-¡Es admirable! Yo sé cantar, pero nada que pueda compararse. ¿Cómo te llamas? -Febe Moore.

-He oído hablar de los pájaros febe; pero no creí que una Febe de veras lo pudiese hacer -rió Rosa, añadiendo, mientras observaba con interés las jabonaduras dispersas en los ladrillos:

-¿Puedo entrar a verte trabajar? Allí fuera estoy muy sola.

-Claro... Si es tu gusto -contestó Febe, retorciendo el trapo con un aire profesional que impresionó mucho a Rosa.

-Debe ser divertido chapotear en el agua y pescar el jabón en el fondo -dijo Rosa, completamente cautivada con la nueva actividad-. Me encantaría hacerlo, sólo que mi tía no me lo permitiría, creo.

-Te cansarías pronto; lo mejor es que te quedes tranquila mirando.

-Por lo visto, ayudas mucho a tu mamá.

-No tengo familia.

-¿Y dónde vives, entonces?

-Confío que voy a vivir aquí. Debby quiere que alguien ayude en la casa, y estoy en prueba por una semana.

-¡Ojalá te quedes, porque esto es muy triste! -dijo Rosa, que ya le había tomado cariño a aquella chica que sabía cantar como los pájaros y trabajar como una mujer.

-Así lo espero, pues he cumplido los quince y estoy en edad de ganarme la vida. Has venido para quedarte un poco, ¿verdad? -preguntó Febe, mirando a su huésped y preguntándose cómo podía ser triste la vida para una niña que llevaba vestido de seda, un delantal de fruncidos primorosos, un dije precioso y el cabello recogido con una cinta de terciopelo.

-Sí, me quedaré hasta que venga mi tío. Ahora es mi tutor y no sé qué piensa hacer conmigo. ¿Tienes tutor?

-¡Oh, no! Me abandonaron en los escalones del hospicio cuando era muy pequeña y como la señorita Rogeris me tomó afición, allí he vivido desde entonces. Murió, ¿sabes?, y ahora tengo que bastarme sola.

-¡Qué interesante! -exclamó Rosa, y como era muy afecta a los cuentos de huérfanos, de los cuales había leído muchos, prosiguió: -Es igualito que Arabella Montgomery en "La gitana". ¿Lo has leído alguna vez?

-No tengo libros que leer, y todo el tiempo que me queda libre lo paso correteando por el bosque; eso me proporciona más descanso que las historias -contestó Febe, mientras terminaba una parte de su trabajo e iniciaba otra.

Rosa la miró mientras contemplaba una sartén llena de habichuelas, y se preguntó qué tal sería eso de tener mucho trabajo y que no quede tiempo para jugar. Al instante pareció que Febe pensó que le tocaba a ella hacer preguntas y dijo:

-¿Has estudiado mucho, verdad?

-Sí, sí. He estado pupila casi un año, y he tenido lecciones para dar y regalar. Cuantas más estudiaba, más me daba la señorita Power y no sé cómo no se me secaron los ojos de tanto llorar. Papá nunca me mandaba hacer nada que fuese pesado, y cuando me enseñaba algo lo hacía tan bien, que me encantaba estudiar. ¡Fuimos tan dichosos y nos quisimos tanto! Pero ha muerto y he quedado sola.

La lágrima que no quiso brotar cuando Rosa la esperaba escapó ahora de sus ojos sin ayuda, no una sino dos ; y ambas resbalaron por sus mejillas, subrayando su amor y su dolor mucho mejor que hubiesen podido hacerlo las palabras.

Durante un minuto no se oyó en la cocina más ruido que los sollozos de la niña y el repiqueteo acompasado de la lluvia. Febe dejó de pasar las habichuelas de una sartén a la otra, y sus ojos reflejaron conmiseración al posar la vista en la cabeza rizada que Rosa agachaba sobre sus rodillas, pues pensó que el corazón, debajo de aquel dije hermoso, sentía el dolor de la pérdida, y el coqueto delantal estaba acostumbrado a enjugar lágrimas más tristes que todas las derramadas por ella en su vida.

Como quiera que fuese, se sintió más satisfecha con su vestidito de percal marrón y su delantal a cuadros azules. La envidia cedió el puesto a la compasión, y si hubiese tenido más valor se habría levantado para acercarse a su afligida huésped y apretujarla contra su cuerpo.

Pensando que tal vez eso estaría feo, dijo en un tono alentador:

-Estoy segura que no debes estar tan sola, teniendo toda esa gente alrededor tuyo, todos tan ricos y tan inteligentes. Te van a deshacer de tanto acariciarte, dice Debby, porque eres la única chica de la familia.

Las últimas palabras de Febe hicieron sonreír a Rosa a pesar de sus lágrimas, y por entre los pliegues del delantal asomó su carita, diciendo en un tono de cómica amargura

-¡Ese es uno de mis pesares! Tengo seis tías, y todas me quieren con ellas, pero no conozco a ninguna bastante bien. Papá bautizó esta casa con el nombre de "el hormiguero de las tías ", y ahora veo por qué.

Febe rió con ella, al decir:

-Todos la llaman así, y el nombre está muy bien puesto, pues todas las señoras Campbell viven por aquí cerca y vienen continuamente a ver a las ancianas.

-Podría soportar a las tías, pero hay docenas de primos, chicos horribles todos ellos, y detesto los chicos. Algunos vinieron a verme el miércoles pasado, pero yo estaba acostada, y cuando vino a llamarme la tía me metí bajo las cobijas y fingí estar dormida. Alguna vez tendré que verlos, pero les temo muchísimo.

Un estremecimiento recorrió el cuerpo de Rosa, pues, habiendo vivido sola con su padre inválido, no sabía nada de niños y los consideraba algo así como bestezuelas salvajes.

-¡Oh! Creo que a mí me gustan. Los he visto corriendo por ahí cuando vienen de la Punta, unas veces en los botes y otras a caballo. Si te gustan los botes y los caballos, vas a divertirte en grande.

-No, no me gustan. Los caballos me dan miedo y los botes me enferman, y además aborrezco los chicos.

La pobre Rosa se retorció las manos, pensando en el cuadro que se ofrecía ante su vista. Uno solo de aquellos horrores hubiera podido soportarlo; pero todos juntos eran mucho para ella, y se puso a pensar en el tiempo que le faltaría para volver a la escuela detestada.

Febe rió de sus temores, y tal fue su risa que las habichuelas bailaron en la sartén; pero trató de consolarla sugiriéndole medios y recursos.

-Es posible que tu tío te lleve donde no hayan chicos. Debby dice que es un hombre realmente muy bueno y que siempre que viene trae montones de cosas hermosas.

-Sí, pero ahí tienes otra molestia, pues no conozco en absoluto al tío Alec. Casi no ha venido a vernos, aunque a menudo me mandaba regalitos. Ahora dependo de él y tendré que cuidarlo hasta que cumpla dieciocho años. Puede que no me guste, y todo el tiempo no hago otra cosa que temblar.

-Bueno, yo no buscaría quebraderos de cabeza y procuraría pasarla bien. Es seguro que creería vivir en Jauja si tuviera familia y dinero, sin otra ocupación que divertirme -empezó a decir Febe, pero no continuó, pues el bullicio que llegó a sus oídos desde fuera las hizo dar un salto.

-¡Eso es un trueno! -exclamó Febe.

-¡Es un circo! -gritó Rosa, la cual desde su pértiga elevada había divisado una especie de carro gris y varios caballitos de melenas y colas sacudidas por el viento.

El ruido fue apagándose, y las chicas estaban por reanudar sus confidencias cuando apareció la vieja Debby, al parecer enojada y somnolienta después de su siesta.

-Te buscan en la sala, Rosa.

-¿Ha venido alguien?

-Las niñas no deben hacer preguntas, sino obedecer cuando se les manda algo -fue cuanto se dignó responder Debby.

-¡Ojalá que no sea la tía Myra! -exclamó Rosa, preparándose a retirarse por el mismo camino por el cual había ido, pues la abertura de la puerta corrediza, que tenía por objeto dar entrada a pavos gordos y apetitosos pasteles de Navidad, era bastante grande para una chica delgada como ella-. Mi tía Myra me asusta a más no poder preguntándome cómo sigo de la tos, y refunfuñando como si yo estuviese por morir.

-En cuanto veas quién es, te va a pesar que no sea tu tía Myra -gruñó Debby, convencida de que su obligación era tratar con aspereza a los chicos-. Que no vuelva a verte entrando en mi cocina por ahí, porque si te encuentro voy a dejarte encerrada.

CAPÍTULO 2

EL CLAN

Rosa se introdujo en la alacena de la porcelana con toda la rapidez que pudo y allí se consoló haciéndole muecas a Debby, mientras se arreglaba un poco y se armaba de coraje nuevamente. Luego descendió al salón y miro en dirección a la sala. No se veía a nadie, y el silencio le dio a entender que todos estarían en la parte alta. Se deslizó audazmente por las puertas plegadizas, que estaban entreabiertas, y allí se ofreció a su  vista un espectáculo que la dejó sin aliento.

Había siete chicos en fila, de todas las edades, todos los tamaños y todos con cabellos rubios y ojos azules; además, todos llevaban trajes escoceses, y todos a un mismo tiempo sonrieron, agacharon las cabezas y dijeron:

-¿Como estás primita?

Rosa quedó boquiabierta, indecisa y miró en torno como si estuviese por echar a volar, pues el miedo agrandó su visión y vio el cuarto lleno de chicos. No pudo huir sin embargo, porque el más alto de todos salió de la línea, diciendo en un tono agradable:

-No tengas miedo. Es el clan que ha venido a darte la bienvenida; y yo soy el jefe, Archie, a tus órdenes.

Alargó una mano mientras hablaba, y Rosa tendió tímidamente su mano, y la zarpa morena del cacique se cerró sobre la presa blanca, reteniéndola en tanto que seguía con las presentaciones.

-Hemos venido con todos los aprestos, pues siempre nos vestimos de gala para las grandes ocasiones. Confiamos que te guste. Y ahora te iré diciendo quiénes son todos, para entrar en relación. Este más grande es el Príncipe Carlos, hijo de la tía Clara. Este más viejo es Mac, el comelibros, al que en virtud de sus aficiones llamamos Gusano. Esta dulce criatura es Esteban el Dandy. Mírale los guantes y el moño, por favor. Ahí están también los retoños de la tía Juana, y mejor par no existe en el mundo. Estos son los mocosuelos, mis hermanos, Geordie, Will y Jamie, el bebe. Ahora, muchachos, un paso al frente y a demostrar educación.

A esta orden, con gran desconcierto de Rosa, aparecieron seis manos más, y era evidente que no tenía más remedio que estrecharlas todas. Fue un momento crucial para la niña vergonzosa; pero recordando que eran sus parientes en plan de visita, se esforzó por corresponder al saludo cordialmente.

Concluída esta impresionante ceremonia, el clan rompió filas, y al instante estuvieron invadidos por chicos ambos cuartos. Rosa se refugió presurosa al abrigo de un sillón y allí permaneció sentada, mirando a los invasores y preguntándose si su tía iría a rescatarla.

Como si sobre ellos pesase la obligación de cumplir un deber, aunque algo oprimidos por esa misma razón, cada uno de los chicos se detuvo junto a su sillón al pasar corriendo, formuló una observación breve seguida por una respuesta más breve aún, y se alejo con expresión de alivio.

El primero fue Archie, que se apoyó en el respaldo del sillón y dijo en tono paternal:

-Me alegra que hayas venido, prima, y confío que te resultará muy alegre el hormiguero de las tías.

-Creo que sí.

Mac sacudió la cabeza para quitarse el cabello de los ojos, tropezó en un taburete y preguntó bruscamente:

-¿Has traído libros?

-Cuatro cajones llenos. Están en la biblioteca.

Mac desapareció del cuarto y Esteban, adoptando una postura que ponía bien de relieve su vestimenta, dijo con una sonrisa afable:

-Nos apenó no verte el miércoles pasado. Confío que habrás mejorado del resfrío.

-Sí, gracias -y una sonrisa empezó a dibujarse en las mejillas de Rosa al recordar el rato en que estuvo escondida debajo de las cobijas.

Convencido de haber sido recibido con señaladas muestras de atención, Steve se alejó con su nudo más alto que antes, y apareció el príncipe Carlos, que dijo con displicencia y desenfado:

-Mamá te manda cariños y confía que estés bien y puedas venir a pasar un día en casa la semana próxima. Esto debe ser horriblemente triste para una criatura como tú.

-Tengo trece años y medio, aunque parezca pequeña- exclamó Rosa, olvidando su timidez ante la indignación que en ella causaba ese insulto a sus trece cumplidos poco antes.

-Perdón, señorita; no lo hubiese adivinado.

Y el príncipe Carlos se marchó riendo, contento de haber causado impresión en su humilde prima.

Geordie y Will se acercaron juntos, dos hombrecitos robustos de once y doce años, mientras cada uno le formulaba una pregunta, con el mismo ensañamiento que si estuviesen tirando al blanco y el blanco fuese ella.

-¿Has traído el mono?

-No. Se murió.

-¿Piensas tener un bote?

-Espero que no.

Y en aquel instante ambos, muy acompasados y ceremoniosos, se fueron marchando militarmente, al tiempo en que el pequeño Jamie inquiría con infantil soltura:

-¿Me has traído algo lindo?         

-Sí, mucho dulce- contestó. Rosa, oído lo cual Jamie se le trepó en las rodillas, estampándole en las mejillas un beso sonoro y anunciando a voz en cuello que la quería muchísimo.

Este procedimiento sorprendió un tanto a Rosa, pues los otros chicos miraban y reían, y en su turbación dijo apresuradamente al pequeño usurpador:

-¿Has visto el circo?

-¿Dónde? ¿Cuándo? -preguntaron todos a uno, rebosantes de entusiasmo.

-Pasó justo antes de que ustedes llegaran. Por lo menos, pensé que sería un circo, pues vi un carro negro y rojo y un montón de caballitos, y…

No siguió, pues la gritería general le forzó a detenerse, y Archie explicó en mitad de sus risas:

-Era nuestro nuevo cochecito y las jacas de Shetland. Vas a tener que ver más veces ese circo, mi estimada prima.

-Pero habían muchos, corrían velozmente, y el carro era muy rojo -balbuceó Rosa, procurando enderezar su error.

-Ven a verlos -dijo el príncipe. Y antes de que se diese cuenta de nada, se vio conducida al granero y presentada tumultuosamente a tres ponies de hirsuto pelo y el nuevo carrito.

Nunca había visitado esas regiones y tuvo ciertas dudas acerca de si estaría correcto que descendiese a tanto; mas cuando insinuó que a la tía podría no gustarle, la gritería general dijo:

-Nos indicó que te divirtiésemos, y aquí nos será mucho más fácil que metidos en la casa.

-Temo que pueda resfriarme sin mi saco -dijo Rosa, que tenía deseos de quedarse, pero se sentía un poco como un pez fuera del agua.

-No, no tengas miedo, Nosotros te cuidaremos -gritaron los niños, mientras uno le plantaba su gorra en la cabeza, otro le ataba una chaqueta rústica al cuello por las mangas, un tercero la ahogaba, o poco menos, en una manta del coche, y el tercero abría de par en par la puerta del viejo birlocho que allí estaba, diciendo con un floreo:

-Penetrad, condesa, y poneos cómoda, mientras nosotros te enseñamos lo que es divertirse.

Rosa se sentó señorialmente, muy regocijada, pues los chicos se pusieron a danzar un baile escocés con tal humor y tanta habilidad que tuvo que aplaudirlos y reírse como no se había reído en varias semanas.

-¿Que tal, pequeña? -preguntó el príncipe, acercándose muy arrebolado y sin resuello, después que el ballet tocó a su fin.

-¡Espléndido! -dijo Rosa, sonriendo a sus parientes como una reina a sus vasallos-. No he ido al teatro más que una vez, y aquel baile no tuvo ni punto de comparación con éste. ¡ Qué inteligentes deben ser ustedes !

-Formamos un conjunto ideal, y eso que estamos en el comienzo de la parranda. No tenemos las gaitas, pues de tenerlas:

Regalaríamos tus oídos,
princesa mía con una dulce melodía. 

Esto lo dijo Carlos, muy orgulloso por el elogio.

-Ignoraba que fuésemos escoceses -dijo Rosa, empezando a sentirse como si hubiese dejado América detrás suyo-; papá no me dijo nada de eso, con la única excepción de hacerme cantar viejas baladas.

-Hasta hace poco no lo supimos nosotros tampoco. Estuvimos leyendo novelas de Scott, y de pronto recordamos que nuestro abuelo fue escocés. Entonces nos dedicamos a pescar viejas historias, conseguimos una gaita, nos pusimos faldas de tartán y nos dedicamos, con alma y vida, a dejar bien parado el prestigio de nuestro clan. Hace un tiempo que estamos en eso y nos divertimos en grande. A nuestras familias les gusta y creo que somos un grupo muy garboso.

Archie dijo esto desde el otro estribo del coche, en el cual se había encaramado, mientras que los demás trepaban delante y detrás para intervenir en la conversación.

-Yo soy Fitzjames y éste es Roderick Dhu, y uno de estos días nos verás combatiendo con los montantes. Será extraordinario, no lo dudes -añadió el Príncipe.

-Sí, y tendrías que oír a Esteban tocando la gaita. Es un instrumento que no tiene secretos para él -añadió por su parte Will, desde el pescante, anhelando ensalzar las excelencias de su raza.

-Mac es el que busca las historias viejas y nos dice cómo tenemos que vestirnos, además de traernos fragmentos de conversación y canto -intervino Geordie, aprovechando la ocasión de elogiar al ausente Gusano.

-¿Y que hacéis tú y Will? -preguntó Rosa a Jamie, que estaba sentado al lado suyo como si tratase de no perderla de vista hasta que le fuese entregado el obsequio prometido.

-Yo soy un pajecillo y hago mandados; Will y Geordie son la tropa cuando marchamos, los ciervos cuando vamos de caza y los traidores cuando tenemos ganas de cortar cabezas.

-Son muy obsequiosos, sin duda -dijo Rosa, y al oír este piropo los comodines sonrieron con modesto orgullo y resolvieron hacer de Wallace y Montrose apenas pudieran, en honor de su prima.

-Vamos a jugar a la mancha -gritó el príncipe, balanceándose en una de las varas, y aplicándole a Esteban una palmada resonante en la espalda.

Sin cuidarse de sus guantes, Dandy lo imitó y los demás se lanzaron en todas direcciones, como si se tratase de romperse los pescuezos y dislocarse las rodillas cuanto antes.

Fue un espectáculo nuevo y sorprendente para Rosa, acabada de salir de una escuela de internos, y contempló a los chicos inquietos con suspenso interés, pensando que sus locuras eran muy superiores a las de Mops, el pobrecito mono muerto.

Will acababa de cubrirse de gloria, a raíz de haberse deslizado desde un pajar con la cabeza abajo y sin hacerse daño, cuando Febe apareció con capa, caperuza y zapatos de goma, trayendo de parte de la tía Abundancia un mensaje según el cual Rosa tenía que presentarse en seguida.

-Muy bien; nosotros la llevaremos -dijo Archie, emitiendo cierta orden misteriosa, obedecida con tanta presteza que, antes de que Rosa pudiera salir del coche, los chicos se habían apoderado de la vara y la sacaron con gran estruendo del granero, y describiendo un rodeo hasta conducirla a la puerta delantera, con tanta algazara que dos bonetes asomaron a una ventana superior y Debby exclamó en voz alta desde el porche:

-Esos chicos atolondrados van a matar a esa pobre criatura delicada.

Pero la pobre criatura delicada parecía divertidísima con su viaje, y corrió escaleras arriba rosada y despeinada, siendo recibida con lamentaciones por la tía Abundancia, que le ordenó acostarse inmediatamente.

-¡Por favor, no haga eso! -clamaron los niños-. Hemos venido a tomar el té con nuestra primita y si nos deja estar aquí prometemos portarnos como santitos.

-Bueno, queridos, está bien; pero no hagan ruido. Dejen que Rosa vaya a tomar el tónico y arreglarse un poco, y luego veremos si encontramos algo qué comer -dijo la anciana, mientras se alejaba al pasito, seguida por una andanada de pedidos motivados por el festín inminente.

-Mermelada para mí, tía.

-Mucha torta, por favor.

-Dígale a Debby que saque las manzanas asadas.

-Yo quiero pastel de limón.

-Para mí frituras; a Rosa le van a parecer excelentes.

-No olvide que lo que más me gusta son las torrejas.

Cuando bajó Rosa quince minutos más tarde, con el cabello bien peinado y un delantalcito muy festoneado, encontró a los niños en el salón grande, y se detuvo en mitad de la escalera para verlos bien, pues hasta ese momento no había examinado a sus nuevos parientes.

Todos acusaban un fuerte parecido de familia, aunque algunas cabezas rubias eran más oscuras que otras, algunas mejillas morenas en vez de rosadas y las edades variaban desde los dieciséis de Archie a los seis de Jamie. Ninguno de ellos era especialmente bonito, salvo el Príncipe, pero a todos se los veía sanos y contentos, y Rosa llegó a la conclusión de que, después de todo, los chicos no eran tan temibles como supuso.

Todos ellos estaban ocupados en algo tan característico, que no pudo menos de sonreír. Archie y Charlie, evidentemente grandes compinches, caminaban de un extremo a otro, hombro contra hombro, silbando "Bonnie Dundee"; Mac leía en un rincón, con el libro muy cerca de los ojos, pues era corto de vista; Dandy se arreglaba el cabello frente al espejo ovalado del perchero; Geordie y Will investigaban los secretos internos del reloj de pie; y Jamie estaba tirado en el suelo, al pie de la escalera, golpeando los talones en el felpudo y decidido a exigir sus dulces apenas reapareciese Rosa.

La chica adivinó su intención, y le tapó la boca dejándole caer un puñado de ciruelas azucaradas.

Al oír su grito de gozo, los demás chicos levantaron las miradas y sonrieron involuntariamente, pues la pequeña pariente estaba allí erguida como una visión, con sus ojos dulces y tímidos, su cabello reluciente y su cara sonrosada. El vestido negro les recordó su duelo, y los corazones de los chicos se sintieron invadidos por el unánime anhelo de "ser buenitos" con la prima que no tenía más hogar que ése.

-Ahí la tenéis, tan hermosa como la que más -dijo Esteban, enviándole un beso con la mano.

-Vamos, señorita; el té está listo -dijo el Príncipe.

-Yo la llevaré -y Archie le ofreció el brazo con gran dignidad, honor ante el cual Rosa se puso más roja que un tomate y pensó en correr escaleras arriba.

Fue una merienda alegre, y los dos mayores acrecentaron el regocijo mediante veladas alusiones con que atormentaban a los otros, acerca de cierto acontecimiento que estaba por producirse. Declararon que sería una cosa extraordinariamente bella, pero siguieron rodeándola de misterio.

-¿Es algo que yo he visto? -preguntó Jamie.

-No como para que puedas recordarlo; pero Mac y Esteban sí, y les gustó enormemente.

Esto fue dicho por Archie, dando motivo a que los dos mencionados se despreocupasen momentáneamente de las deliciosas frituras de Debby, mientras se estrujaban los meollos.

-¿Quien lo tendrá primero? -preguntó Will con la boca llena de mermelada.

-Creo que la tía Abundancia.

-¿Cuándo? -inquirió Geordie, revolviéndose en su asiento con impaciencia.

-El lunes.

-¡Criaturas! ¿De qué está hablando ese chico? -gritó la anciana desde detrás de un alto jarrón que no dejaba ver más que el moño de su gorrito.

-¿No lo sabe la tía? -preguntó un coro de voces.

-No; y lo más gracioso es que a ella la vuelve loca.

-¿De qué color? -inquirió Rosa, interviniendo -Azul y castaño

-¿Es bueno para comer? -dijo Jamie.

-Algunos piensan que sí, pero a mí no me gustaría probarlo -contestó Charles, riendo tanto que derramó el té.

-¿A quién pertenece? -quiso saber Esteban.

Archie y el Príncipe se miraron algo indecisos un minuto, y luego Archie contestó con un guiño que hizo a Charles explotar de nuevo:

-¡Al abuelo Campbell!

Aquello era una adivinanza y se dieron por vencidos, aunque Jamie confesó a Rosa que no podría vivir hasta el lunes sin saber qué era aquello tan notable.

Poco después de tomar sus tes partió el clan, cantando a voz en cuello: "Todos los bonetes azules están en la frontera".

-Bueno, querida, ¿te gustan tus primos? -preguntó la tía Abundancia, en el momento en que el último pony dobló la esquina y el estruendo empezó a perderse.

-Bastante, tía; pero Febe me gusta más.

Esta respuesta hizo que la tía Abundancia levantara en alto los brazos y se alejase al pasito, para decir a su hermana Paz que nunca lograría entender a aquella niña, y que era una suerte que Alec viniese pronto a quitarles de encima aquella responsabilidad.

Fatigada por los esfuerzos imprevistos de la tarde, Rosa se acurrucó en un rincón del sofá para descansar y pensar en el gran misterio, sin imaginarse ni remotamente que a ella le tocaría conocerlo antes que a nadie.

En mitad de sus meditaciones se quedó dormida, y soñó que estaba nuevamente en casa, en su camita. Le pareció que se despertaba y que su padre estaba inclinado sobre ella, diciéndole tiernamente : "¡Mi pequeña Rosa!", y que ella respondía: "Sí, papá", después de lo cual el hombre la tomaba en brazos y la besaba tiernamente. Tan dulce y real el sueño, que se puso en pie con un grito de gozo al verse en brazos de un hombre moreno, de barba, que la apretaba contra sí y le murmuraba en una voz tan igual a la del padre, mientras ella lo abrazaba: "Ésta es mi niñita, y yo soy el tío Alec".

CAPÍTULO 3

TÍOS

Cuando Rosa se despertó a la mañana siguiente, no estaba segura si lo de la noche anterior era sueño o realidad. Se puso en pie y se vistió, aun cuando era una hora más temprano que la acostumbrada, pues ya no podía conciliar el sueño, poseída como estaba por un intenso deseo de bajar y ver si en el vestíbulo se hallaban el portamanteo y las maletas. Tuvo la sensación de que tropezó con aquellos objetos al irse a dormir, pues las tías la habían mandado acostarse muy puntualmente, porque no querían compartir con nadie los agasajos a su sobrino predilecto.

Brillaba el sol, y Rosa abrió la ventana para que entrase a raudales el aire fresco de mayo que venía del mar. Cuando se asomó al balconcito, para ver a los pájaros picoteando gusanos, y mientras al mismo tiempo se preguntaba si le gustaría el tío Alec, vio que un hombre saltaba la tapia del jardín y se aproximaba silbando por la vereda. Al principio pensó que sería un intruso, pero mirando mejor adivinó que era su tío, que volvía de remojarse en el mar. Apenas si se había atrevido a observarlo la noche anterior, porque cada vez que lo intentó se encontró con un par de ojos azules que la contemplaban con fijeza. Ahora pudo estudiarlo a sus anchas, mientras el hombre seguía su marcha, prestando atención a todos los detalles, como denotándose contento de volver a ver la vieja casa.

Un hombre moreno, vivaz, de chaqueta azul y sin sombrero en la cabeza de cabello rizado, que sacudía de vez en cuando como un perro de aguas; de hombros anchos, movimiento inquieto y un aire general de fuerza y estabilidad que plugo a Rosa, aunque no pudo explicarse la sensación de sosiego que le impartía. Acababa de decirse: "Creo que me va a gustar, aunque parece ser de esos que imponen respeto", cuando el hombre levantó la mirada para fijarse en el algarrobo en flor, y advirtió que una carita anhelante lo observaba. Le hizo seña con la mano, movió la cabeza y le gritó con voz jovial y firme

-¡Hola, nietita! Pronto has salido a cubierta.

-Vine a cerciorarme de que usted estaba aquí realmente, tío.

-¿De veras? Bueno, baja y así te cercioras del todo.

-No me permiten salir antes del desayuno.

-¡Oh, es verdad! -dijo frunciendo el entrecejo-. Entonces subiré a bordo para saludarte.

El tío Alec trepó por una de las columnas, pasó por el techo, y fue a parar a la ancha balaustrada.

-¿Tienes dudas aún?

Rosa quedó tan atónita, que de momento no pudo hacer otra cosa que sonreír.

-¿Que tal se siente mi niña esta mañana? -preguntó, tomando la manecilla fría que ella le alargaba y estrechándola entre sus dos manazas.

-Bastante bien, señor, gracias.

-Tiene que ser muy bien. ¿Por qué no es así?

-Siempre me levanto con dolor de cabeza y cansada.

-¿No duermes bien?

-Estoy despierta mucho tiempo, y luego sueño; y parece que no venzo la fatiga del todo.

-¿Que haces en todo el día?

-Leo, coso un poco, duermo la siesta, y acompaño a la tía.

-¿No corres por afuera, ni practicas quehaceres domésticos, ni andas a caballo?

-La tía Abundancia dice que no soy bastante fuerte para hacer mucho ejercicio. A veces salgo en coche con ella, pero no me gusta mucho.

-No me extraña -dijo el tío Alec, a medias consigo mismo, y añadió, con aquella su manera rápida de hablar-: ¿Quién has tenido para jugar contigo?

-Nada más que Annabel Bliss, y era tan tonta que no pude aguantarla. Ayer vinieron los chicos, y me parecieron muy simpáticos ; pero, por supuesto, no pude jugar con ellos.

-¿Por que?

-Tengo demasiada edad para jugar con chicos.

-Nada de eso. Eso es precisamente lo que necesitas, pues te han mimado demasiado. Son buenos chicos y tendrás que tenerlos más o menos cerca durante algunos años, así que más vale que se hagan amigos y compañeros cuanto antes. Te buscaré chicas también, si puedo encontrar alguna que no esté echada a perder por razón de una educación tonta.

-Febe es bastante buena, sin duda, y me gusta, aunque apenas si la conocí ayer -dijo Rosa, despertándose del todo.

-¿Y quién es Febe?

Rosa le dijo con entusiasmo todo cuanto sabía, y el tío Alec escuchó, con una sonrisa que se dibujaba en sus labios, aunque sus ojos estaban fijos mientras observaban a la niña que tenía delante suyo.

-Me alegra ver que no eres aristocrática en tus gustos, pero no llego a entender del todo que encuentras en esa chica del asilo.

-Ríase de mí si quiere, pero me encanta. No puedo explicarle la razón, salvo que parece tan contenta y está tan ocupada, y canta tan maravillosamente; y además es fuerte, friega, barre y no sufre incomodidades que la atosiguen -dijo Rosa, enredando y mezclando sus razones en el esfuerzo por resultar clara.

-¿De dónde sabes todo eso?

-Porque le conté mis penas, y al preguntarle si ella tenía, me dijo: "No, salvo el no haber ido a la escuela; pero confío en que algún día iré".

-¿ No le parece que el abandono, la pobreza y el trabajo intenso, son penas? Es una chica valiente, y me encantará conocerla.

El tío Alec confirmó su aserto con una inclinación de cabeza y Rosa lamentó no ser ella quien motivase aquella aprobación.

-Pero, ¿cuáles son tus pesares, criatura? -preguntó, después de una pausa breve.

-Por favor, tío, no me lo pregunte.

-¿No puedes contarme a mí lo que le dijiste a Febe?

En su tono hubo algo que convenció a Rosa de que mejor sería hablar sin rodeos y concluir aquello, visto lo cual contestó, con ojos inquietos y mejillas repentinamente coloreadas

-El mayor de todos fue perder a papá.

Cuando dijo eso, el brazo del tío Alec la estrechó con dulzura, apretándola contra sí, mientras decía con una voz que era muy parecida a la del padre:

-Ése es un dolor, querida mía, que no podré curarte, aunque me esforzaré por procurar que lo sientas menos. ¿Qué más?

-Me siento muy cansada siempre, a causa de no poder hacer nunca lo que quiero, y eso me hace enojar -dijo Rosa, frotándose la cabeza dolorida como un chico asustado-. La tía Myra dice que tengo una constitución pobre y nunca seré fuerte -continuó Rosa cavilosamente, como si esa clase de defectos fuera algo agradable.

-La tía Myra es ... una mujer excelente, pero se desvive por creer que todo el mundo anda caminando al borde de la fosa, y da la impresión de que se ofende cuando la gente no cae dentro. Ya le enseñaremos a fabricar constituciones fuertes y a convertir en chicas sonrosadas y sanas los espectros paliduchos. Esa es mi misión, ¿sabes? -añadió más sereno, pues su primera repentina explosión había desconcertado un poco a Rosa.

-Olvidaba que usted es médico. Me alegro, porque quiero estar bien, aunque confío en que usted no me mande muchas medicinas, porque ya he tomado varios frascos y no me hacen nada.

Al hablar, Rosa señaló una mesita que se hallaba delante de la ventana, y en la cual se veía un regimiento de botellas.

-¡Ah, ja! Ahora averiguaremos qué proyectos siniestros han tenido estas mujeres.

Alargando el brazo, el doctor Alec fue alineando las botellas en el marco de la ventana, delante suyo, y las examinó con atención una por una, sonriendo en algunos casos y frunciendo el ceño en otros, hasta decir, cuando volvió a dejar la última -Ahora te enseñare cuál es la mejor manera de tomar estos potingues.

Con la rapidez del rayo, las tiró todas al jardín.
-La tía Abundancia se va a enojar y la tía Myra también, pues la mayoría fueron enviadas por ella - gritó Rosa, muerta de miedo, aun cuando al mismo tiempo se alegraba de que el tío fuese tan expeditivo.

-Tú eres ahora mi paciente y el responsable soy yo. Mi manera de administrar remedios es evidentemente la mejor, pues ya te veo de mejor aspecto -dijo, riendo con una risa tan contagiosa, que Rosa no pudo contenerse.

-Si sus medicinas no me gustan más de lo que me gustaron esas, las tiraré al jardín; y en ese caso, ¿qué hará usted?

-Cuando yo recete esas porquerías, te autorizo a que las eches donde quieras y en cuanto quieras. ¿Qué más te sientes?

-Confié que se olvidaría de preguntarme.

-¿Qué ayuda quieres que te preste, si tú no me cuentas? Vamos : dolor número tres...

-Debe estar mal, por supuesto, pero a veces desearía no tener tantas tías. Son todas muy buenas conmigo, y deseo complacerlas ; pero son tan distintas, que creo que me despedazo al intentarlo.

Rosa quería decir que se sentía como un pollito, en cuyo torno cacarean seis gallinas al mismo tiempo.

El tío Alec echó atrás la cabeza y rió como un chiquillo, pues entendía perfectamente cómo las buenas señoras metían cada una su remo respectivo,, deseosa de conducirla por su camino, sin lograr otra cosa que agitar las aguas y anonadar a la pobre Rosa.

-Tengo el propósito de ofrecerte ahora un plato de tío para ver si con ello se mejora tu constitución. Seré el único que se preocupe de tu salud y no habrá consejos de nadie a menos que yo los pida. Es la única manera de que a bordo impere el orden, y de este bajel he de ser el capitán, cuando menos por ahora. ¿Qué más?

Pero Rosa quedó pensativa y enrojeció tanto que su tío adivinó lo que estaba pensando.

-Esto otro no creo que puedo contárselo. Sería falta de educación, y tengo la certeza de que no será un pesar de ahora en adelante.

Dijo estas últimas palabras titubeando y tartamudeando, y el doctor Alec dirigió la mirada al mar lejano, mientras decía con tanta ternura y tanta seriedad que la niña grabó en su cerebro todas las palabras y las recordó durante largo tiempo

-Sobrina mía, no he creído que me querrías ni confiarías en mí de buenas a primeras, pero créeme si te digo que pondré mi corazón todo entero en esta nueva misión; y si cometo errores, cosa que sin duda ocurrirá, ninguno sufrirá más que yo. Es culpa mía si soy extraño para ti, cuando en realidad deseo ser tu mejor amigo. Éste es uno de mis errores, del cual nunca me arrepentí tanto como ahora me arrepiento. Tu padre y yo tuvimos un encuentro cierta vez, y como creí que no lo perdonaría nunca, me mantuve alejado varios años. Gracias a Dios, aclaramos las cosas por completo la última vez que nos vimos, y me dijo entonces que si se separaba de su querida hijita, la confiaba a mis manos como prueba de su amor. No puedo llenar el vacío, pero procuraré ser un padre para ella; y si la niña aprende a quererme la mitad de lo que quiso a aquel hombre bueno que perdió, me sentiré orgulloso y muy feliz. ¿Creerá esto y hará la prueba?

Algo hubo en la cara del tío Alec que llegó al corazón de Rosa, y cuando alargó una mano con aquella expresión turbada y anhelante en sus ojos, ella impulsivamente elevó sus labios inocentes y selló el contrato con un beso de esperanza. El brazo recio la retuvo un breve instante, y Rosa advirtió que el pecho fuerte se hinchaba como en un gran suspiro de alivio; pero ninguno de los dos pronunció una sola palabra, hasta que oyeron llamar a la puerta.

Rosa metió la cabeza por la ventana para decir "Entre", mientras el doctor Alec se pasaba la manga de la chaqueta por los ojos y volvía a silbar.

Era Febe, trayendo una taza de café.

-Debby me dijo que te trajera esto y te hiciese levantar -dijo, abriendo mucho sus ojos negros, como preguntándose qué demonios hacía allí aquel "marinero ".

-Estoy vestida, así que no necesito ayuda -dijo Rosa, mirando ansiosa la taza humeante-. Confío que esté bueno y fuerte.

Pero no llegó a tomarla, pues una mano morena y fuerte la asió, y al mismo tiempo dijo la voz de su tío:

-Espera, criatura, y deja que tire esa poción antes que te arrepientas. ¡Es posible que ingieras ese café fuerte todas las mañanas, Rosal

-Sí, señor, y me gusta. La tía dice que me entona y siempre me siento mejor después de tomarlo.

-Esto explica las noches de insomnio, las trepidaciones de tu corazón apenas te sobresaltas y ese color amarillo pálido de tus mejillas, que deberían ser rosadas. Basta de café para ti; querida, y con el tiempo me darás tú misma la razón. ¿Hay leche fresca abajo, Febe?

-Sí, señor, mucha; traída ahora mismo.

-Ésa es la bebida que necesita mi paciente. Ve a traerle un jarro, y otra taza. Quiero un poco yo también. Este café no les hará mal a las madreselvas, porque no tienen nervios dignos de tal nombre.

Y, con gran desconsuelo de Rosa, el café siguió el camino de las medicinas.

El doctor Alec observó la expresión de Rosa, pero no le prestó atención ninguna, y al instante la combatió diciendo:

-Tengo una taza muy buena entre mis bártulos, y voy a dártela para que en ella bebas la leche, pues está hecha de madera y se asegura que mejora cuanto se le vierte, algo así como una taza de cuasia. Ahora que me acuerdo, uno de los cajones que Febe quiso subir al depósito anoche es para ti. Sabiendo que al venir aquí me encontraría con una hija ya crecida, elegí toda clase de chucherías y curiosidades en el camino, confiando que entre esos objetos encontraría alguno que le gustase. Mañana temprano revolveremos en grande. ¡Aquí está la leche que hemos pedido! Brindo a la salud de la señorita Rosa Campbell, y brindo de todo corazón.

Rosa no hubiera podido enfurruñarse mientras ante su imaginación danzaba un cajón lleno de obsequios, y a pesar de sí misma, sonrió al beber a su propia salud, descubriendo que la leche fresca no es tan mala de tomar.

-Ahora tengo que marcharme, antes que me sorprendan de nuevo así tan desarrapado -dijo el doctor Alec, preparándose a descender como había subido.

-¿Siempre entra y sale como los gatos, tío? -preguntó Rosa, a quien divertían mucho sus rarezas.

-De niño me acostumbré a saltar de mi ventana sin que nadie lo advirtiera, con el fin de no molestar a las tías; y ahora me gusta, por cuanto es el camino más corto y esto de saltar sin ayuda de aparejos me mantiene más ágil.     

Descendió por la cañería del agua al suelo y desapareció entre las madreselvas.  

-¿Verdad que es un tutor muy extraño? -comentó Febe al retirarse con las tazas.

-Me ha parecido muy bondadoso -contestó Rosa, siguiéndola para mirar los bultos y tratar de adivinar cuál sería el suyo.

Cuando el tío apareció, la encontró mirando con ansia un plato que humeaba sobre la mesa.

-¿Alguna nueva preocupación, Rosa? -le preguntó, acariciándole la cabeza.

-Tío, ¿está por hacerme comer avena? -preguntó Rosa con expresión trágica.

-¿ No te gusta ?

-¡La detesto! -contestó Rosa, con todo el énfasis que una nariz arrugada, un encogimiento de hombros y un gruñidito podían dar a sus palabras.

-No eres verdadera escocesa si no te gusta el parritch. Es una lástima, porque lo hice yo mismo y pensé que te encantaría con toda esa crema que flota en el plato. Bueno, está bien.

Y al sentarse denotó su desilusión. Rosa había decidido ponerse terca, porque aquello era cosa que detestaba cordialmente; pero como el tío Alec no intentó en absoluto convencerla, de pronto cambió de idea y llegó a la conclusión de que haría la prueba.

-Haré la prueba de comerlo por complacerlo a usted, tío; pero todo el mundo no hace más que decir que es muy sano, y por eso he llegado a odiarlo así -dijo la niña, bastante avergonzada de su excusa banal.

-Deseo que te agrade, porque espero que mi niña sea tan fuerte como los chicos de Jessie, que fueron criados con este sistema excelente, aunque antiguo. Para ellos no hay pan caliente ni cosas fritas, y ya ves lo grandes y forzudos que son. Buenos días, tía, y que Dios la bendiga.

Rosa se dio vuelta para saludar a la anciana y, decidida a comer o morir, se sentó.

A los cinco minutos se había olvidado qué era lo que comía, interesada como se sintió de pronto en la conversación promovida. Le hizo gracia escuchar cómo la tía Abundancia llamaba "mi querido chico" al hombretón de cuarenta años ; y tan animada era la charla del tío Alec, sobre todos los temas posibles en la creación, y en particular acerca del hormiguero de las tías, que el aborrecido potaje fue ingerido sin un murmullo de protesta.

-Confío, Alec, que vendrás a la iglesia con nosotras, si no estás muy cansado -dijo la anciana, una vez que concluyó el desayuno.

-Justo para eso he venido especialmente de Calcuta. Sólo que tengo que mandar a las hermanas noticia de mi llegada, pues hasta mañana no me esperan, y habrá escándalo en la iglesia si los muchachos me ven sin aviso previo.

-Mandaré a Ben a la montaña, y a casa de Myra puedes ir tú mismo; se alegrará mucho, y tendrás tiempo suficiente.

El doctor Alec salió en un santiamén y no volvieron a verlo hasta que el viejo birlocho estuvo en la puerta, y la tía Abundancia bajaba las escaleras, con mucho crujir de faldas almidonadas, vestida con sus ropas dominicales y seguida de Rosa como una sombra.         

Emprendieron la marcha muy ceremoniosamente, con gran alegría del tío Alec, que durante el camino recibió el saludo cordial de todos cuantos se cruzaban con ellos.

Era evidente que estuvo bien mandar aviso, pues a pesar del tiempo y el lugar, los chicos denotaron tal ebullición que los mayores llegaron a pensar asustados en la inminencia de un desaguisado; aquellos catorce ojos no se apartaron del tío Alec, y las cosas que los chicos hicieron durante el sermón son como para no creerlas.

Rosa no se atrevió a levantar la mirada por un rato, pues aquellos chicos de tal modo exteriorizaron las emociones causadas por su presencia que no tuvo más remedio que reír y llorar entre divertida y asustada. Charlie le guiñaba los ojos con gran entusiasmo por detrás del abanico de la madre; Mac le señaló sin disimulo la figura larguirucha que tenía detrás ; Jamie miró fijamente por detrás de su banquillo, hasta que los ojos se le iban a saltar de las órbitas; Geordie tropezó con un taburete y se le cayeron tres libros en el aturullamiento; Will dibujó marineros y chinos en sus puños limpios y se los enseñó a Rosa, con gran tribulación de parte de esta; Esteban casi trastorna la reunión al quemarse la nariz con sales, fingiendo sentirse transportado de gozo; y hasta el pomposo Archie cometió una de las suyas, escribiendo en su libro de himnos "¿Verdad que es azul y castaño?" y pasándolo ceremoniosamente a Rosa.

La única manera de salvarse fue fijar su atención en el tío Mac, un caballero sereno y majestuoso, que parecía por completo inconsciente de las iniquidades del clan y dormitaba plácidamente en un rincón. Éste era el único tío que había conocido Rosa durante muchos años, pues los tíos Jem y Steve, maridos de tías Jessie y Clara, estaban navegando y tía Myra era viuda. El tío Mac era comerciante muy próspero y rico y en casa tan callado como un ratón, pues se hallaba en inferioridad de situación frente a las mujeres y no osaba abrir la boca, dejando que su mujer lo gobernara todo sin inmiscuencias.

A Rosa le agradaba el hombre grandote, silencioso y bueno que vino a verla en cuanto falleció el padre, constantemente le mandaba espléndidas cajas de golosinas y otras cosas a la escuela, y a menudo la invitaba a sus grandes depósitos, llenos de tes y especias, vinos y toda suerte de frutas extranjeras, donde podía comer y escoger cuanto quisiera para llevarse. Lamentó en secreto de que no fuera su tutor; pero desde que vio al tío Alec cambió un poco de idea, pues en el fondo no sentía admiración ninguna por la tía Juana.

Concluído el servicio religioso, el doctor Alec llegó al pórtico lo más pronto que pudo, y allí los oseznos se abrazaron y gritaron, mientras las hermanas se daban las manos, saludándose con rostros alegres y corazones animosos. Rosa estuvo a punto de ser aplastada detrás de una puerta en el peligroso pasadizo desde el banquillo al pórtico, pero el tío Alec la salvó a tiempo y la puso a buen seguro en el coche.

-Ahora, chicas -dijo-, quiero que todas vengan a comer con Alec, y Mac también, por supuesto. Pero no puedo invitar a los chicos, pues no esperábamos a este buen hombre hasta mañana, como ustedes saben, y no he hecho preparativos. Manden los muchachos a casa, y que esperen hasta el lunes, porque debo confesar que me ha dejado sorprendida su comportamiento en la iglesia -dijo la tía Abundancia, que subió al carruaje detrás de Rosa.

En cualquier otro lugar los chicos habrían expresado su decepción mediante aullidos ; pero se contentaron con gruñir y protestar por lo bajo, hasta que el doctor Alec dio el asunto por concluído, diciendo:

-No se aflijan, muchachos; mañana me pondré al día con ustedes, y ahora se van sin hacer escándalo; de lo contrario, de mis bultos no saldrá ni un solo regalo para ustedes.

CAPÍTULO 4

TÍAS

Durante toda la comida Rosa tuvo la sensación de que pensaban hablar de ella, y esta sospecha se convirtió en certeza cuando la tía Abundancia le dijo por lo bajo, mientras se dirigían a la sala:

-Sube, querida, y acompaña un rato a la tía Paz. Quiere que le leas mientras descansa, y aquí vamos a estar ocupados.

Rosa obedeció, y tal era la quietud de los cuartos del piso alto que al poco serenó sus sentimientos por completo y fue, sin darse cuenta de ello, algo así como un pequeño ministro de la dicha para la dulce anciana, que desde muchos años atrás pasaba las horas sentada en su dormitorio, esperando que el dolor la dejase libre alguna vez.

Rosa conocía el romance triste de su vida, el cual impartía un cierto encanto singular a esta tía suya, a quien ya amaba. Cuando Paz tenía veinte años de edad, estuvo por casarse; se hicieron todos los preparativos y el vestido de novia estuvo confeccionado; las flores esperaban que la novia se las pusiese y poco faltaba para la hora venturosa, cuando se recibió noticia de que el novio acababa de morir. Llegaron a temer que la buena de Paz muriera también; pero ella soportó su aflicción con entereza, guardó las galas de novia, reinició la vida como si hubiese vuelto a nacer, y siguió viviendo, hasta convertirse en aquella mujer humilde, de cabello tan blanco como la nieve y mejillas que jamás tenían color. No vestía de negro, sino colores suaves y pálidos, cual si estuviese esperando siempre el casamiento que no llegaría.

Treinta años siguió viviendo, marchitándose lentamente, pero animosa, ocupada, e interesándose mucho en todo cuanto pasaba en la casa; y en especial los gozos y pesares de las chicas que crecían en torno suyo, siendo para ellas confidente, consejera y amiga en todos sus momentos de penuria y de alegría. Una solterona realmente bella, con su cabello plateado, su rostro sereno, y aquella atmósfera de reposo que embalsamaba a cuantos se le acercaban.

La tía Abundancia era muy distinta; mujer corpulenta, inquieta, de vista penetrante, lengua incansable y cara como una manzana de invierno, jamás descansaba, siempre corriendo de un lado a otro, charlando y removiéndolo todo. Era una Marta verdadera, abrumada con los cuidados mundanos y dichosa entre ellos.

Rosa se sintió a gusto, y mientras leía salmos a la tía Paz las otras damas charlaban de ella con la mayor franqueza del mundo.

-Bueno, Alec, ¿qué nos cuentas de tu pupila? -preguntó la tía Juana, cuando se sentaron y el tío Mac buscaba un rinconcito en qué dormir a gusto.

-Me gustaría más si hubiese podido comenzar en el comienzo y partir de una base firme. La vida del pobre Jorge fue tan solitaria que la chica ha sufrido de muchas maneras y desde su muerte ha ido de mal en peor, a juzgar por el estado en que la encuentro.

-Mi querido pariente, hicimos lo que nos pareció mejor mientras esperábamos que concluyeras tus asuntos y volvieses aquí. Siempre le dije a Jorge que hacía mal en criarla como lo estaba haciendo, y ahora nos vemos con esta pobre criatura en nuestras manos. Por mi parte, confieso que lo que debo hacer con ella lo sé exactamente igual que si se tratase de uno de esos pájaros forasteros y desconocidos que traías a casa cuando venías de otras tierras.

Y al decir esto, la tía Abundancia sacudió la cabeza, denotando su perplejidad y enmarañando los lazos tiesos que sobresalían de su gorro como capullos de quitameriendas.

-Si hubieran seguido mi consejo, habría seguido en la excelente escuela donde la puse. Pero nuestra tía creyó mejor sacarla porque ella se quejaba, y desde entonces no ha hecho otra cosa que revolotear en torno de la chica el día entero, perdiendo el tiempo lastimosamente. Un estado de cosas en extremo ruinoso para una chica mimada y caprichosa como Rosa -dijo con severidad la señora Juana.

-Jamás había perdonado a las viejecitas por ceder al patético pedido de Rosa, cuando imploró que la dejasen esperar la llegada de su tutor antes de empezar otro año en la escuela, la cual no era más que un semillero de vicios, ya que de ella habían salido muchas chicas malísimamente educadas.

-Yo nunca consideré que fuese lugar indicado para una niña de buena posición, heredera de una fortuna, como es Rosa en realidad. Está muy bien para las muchachas que tienen que ganarse la vida enseñando, y en otros casos parecidos; pero todo lo que necesita es uno o dos años de escuela de educación social, para que a los dieciocho pueda desenvolverse entre la gente -opinó la tía Clara, que en su juventud había sido una belleza y aún seguía siendo hermosa.

-¡Cielos! ¡Cielos! ¡Qué ciegas están todas, discutiendo planes para el futuro, cuando esa chica está predestinada fatalmente a la tumba! -exclamó suspirando la tía Myra, con un mohín lúgubre, sacudiendo su bonete funerario, que se negó a quitarse en virtud de estar atacada de catarro crónico.

-Pues bien, mi opinión es que lo único que necesita esta chica es libertad -dijo la tía Jessie, a cuyos ojos asomaban las lágrimas al pensar que sus niños pudieran quedar librados a cuidado ajeno, como en el caso de Rosa-. Necesita también descanso y atenciones. Tiene algo en la mirada que me parte el corazón, pues demuestra que siente la necesidad de una cosa que ninguno de nosotros podemos proporcionarle... necesita una madre.

El tío Alec, que estaba escuchando en silencio, se volvió hacia la última hermana y dijo, corroborando sus palabras con una decidida inclinación de cabeza:

-Tú has dado en el clavo, Jessie; y si me ayudas, tengo esperanza de que la chica olvidará que es huérfana de padre y madre.

-Haré todo lo posible, Alec; y creo que vas a necesitarme, pues por mucho que seas inteligente, no puedes entender el fondo de una criatura tierna y tímida como puede entenderlo una mujer.

La sonrisa que Jessie dedicó a Alec encerraba mucho de dulzura maternal.

-No puedo menos de pensar que yo, que he tenido una hija, sea la más capacitada para educar a una chica, y me sorprende mucho que Jorge no la haya dejado a mi cargo -dijo la tía Myra con aire de melancólica importancia, pues era la única que había dado una hija a la familia, y estaba convencida de que se había distinguido mucho, aunque la gente mal hablada solía asegurar que con tanto cuidarla la había matado.

-No pienso tan mal de él, cuando recuerdo los experimentos peligrosos a que sometiste a la pobre Carrie -empezó a decir la señora Juana con áspera voz.

-Juana Campbell, no estoy dispuesta a escucharte una sola palabra. Mi santa Carolina es tema sagrado - gritó la tía Myra, haciendo ademán de dejarlas allí plantadas.

El doctor Alec la detuvo, convencido como estaba de que tenía que afirmar su posición y mantenerla virilmente, si quería lograr éxito en su nueva empresa.

-Bueno, estimadas hermanas, no riñamos ni convirtamos a Rosa en el eje de nuestras disputas; aunque está tan esmirriada que no veo en ella mucho más que un eje. La habéis tenido con vosotras un año, y habéis hecho cuanto os ha venido en gana. No sabría decir que vuestro éxito haya sido grande, pero eso se ha debido a que fueron muchas manos en un plato. Tengo ahora intenciones de poner en práctica mi sistema por un año, y si al final de ese término no está mejor que ahora, me daré por vencido y la pasare a cualquier otro. Creo que es lo más justo.

-Dentro de un año no estará aquí la pobrecita, de modo que ninguno de nosotros debe arredrarse por responsabilidades futuras -dijo la tía Myra, doblando sus guantes negros como si ya los preparase para el entierro.

-¡ Dios mío, Myra, tú eres capaz de agotar la paciencia de un santo ! -exclamó el doctor Alec con ojos que lanzaban chispas-. Con tus cacareos vas a asustar a esa chica, porque es una criatura impresionable y su imaginación le pintará horrores inenarrables. Ya le has metido en la cabeza que su constitución es débil y parece haberse aficionado a la idea. Si no hubiera sido bastante fuerte, habría bordeado la tumba a estas horas, con todo lo que tú le has machacado los sentidos. No acepto intromisiones ; quiero que lo entiendas bien. De modo que te desentiendes de ella y me dejas que siga hasta que necesite ayuda, que ya entonces te llamaré.

-¡Óiganlo, óiganlo! -dijo desde su rincón el tío Mac, al parecer dormido por completo.

-Te han designado tutor, de modo que no podemos decir nada -expresó a su vez Juana con huraño gesto-; pero estoy por asegurarte que vas a echar a perder a la chica por completo.

-Gracias, hermana; pero sospecho que si una mujer puede criar dos hijos con tanta perfección como tú has criado a los tuyos, un hombre, dedicándose de lleno, puede hacer otro tanto con una chica -replicó el doctor Alec, cuyas miradas burlonas estuvieron por hacer reír a los demás, pues era bien sabido en la familia que los hijos de Juana tenían más mimos que todos los otros juntos.

-Estoy muy tranquila -dijo la tía Clara-, pues tengo la certeza de que Alec mejorará la salud de la niña; y cuando haya concluído su año de cuidados, estará a tiempo de ir a la escuela de Madame Roccabella y completar su educación -y mientras pronunció las últimas palabras, la anciana se arregló los rizos y pensó, con lánguida satisfacción, en la alegría de ver a su sobrina convertida en toda una señorita.

-Presumo que te quedarás aquí, a menos que se te dé por casarte, y por cierto que sería hora -opinó la tía Juana, muy ofendida por la última pulla de su hermano.

-No, gracias. Vamos a fumar un cigarro, Mac -dijo el doctor Alec con brusquedad.

-No te cases; tenemos bastantes mujeres en la familia -musitó el tío Mac, y los dos hombres desaparecieron prestamente.

-La tía Paz quisiera verlas a todas -dijo de pronto Rosa, portadora de este mensaje, sin darles tiempo a reanudar la conversación.

-¡Oh! ¡ Oh! ¡ Válgame el cielo! -murmuró la tía Myra, y la sombra siniestra de su gorro cayó sobre Rosa, al tiempo que las puntas de un guante negro le rozaron las mejillas, encendidas de color ante el asedio de tantas miradas.

-Me alegra que estos rizos sean naturales -dijo la tía Clara, inclinando la cabeza para ver mejor-. Con el tiempo tendrán un valor incalculable.

-Ahora que el tío ha venido, no te pido que repases las lecciones del año pasado. Sospecho que tendrás que dedicar todo el tiempo a frívolos deportes -añadió la tía Juana, saliendo del cuarto con aire de mártir.

La tía Jessie no dijo ni una palabra, concretándose a besar a su sobrinita con expresión de tierna simpatía que dio motivo a que Rosa se aferrase a ella durante un minuto, y la siguiera con ojos que expresaban gratitud cuando cerró la puerta tras de sí.

Una vez que todos desaparecieron, el doctor Alec recorrió a grandes pasos el vestíbulo durante una hora, a la luz vacilante del crepúsculo, tan concentrado en sus pensamientos que a veces fruncía el ceño y más de una vez penetró en el estudio oscuro y permaneció inmóvil. De pronto dijo en voz alta, como si acabara de tomar una determinación

-Lo mejor será empezar en seguida y dar a la chica algo nuevo en que pensar, pues los recelos de Myra y las conferencias de Juana la van a dejar más mustia que una pasa.

Revolviendo en uno de los baúles del rincón, extrajo un almohadón de seda con preciosos bordados y una hermosa taza de madera oscura tallada.

-Por ahora esto vendrá bien -dijo, mientras sacudía el almohadón y limpiaba el polvo de la taza.

No es buena idea de empezar demasiado enérgicamente, porque Rosa puede asustarse. Tengo que ir engatusándola con suavidad y halagos, hasta que haya ganado su confianza, y entonces estará lista para todo.

En aquel preciso instante Febe salió del comedor con una fuente de pan negro, pues no permitían a Rosa comer bizcochos calientes con el té.

-Te libraré de una parte -dijo el doctor Alec, sirviéndose una buena ración y se encaminó al estudio, dejando a Febe sorprendida de su apetito.

Más se habría sorprendido si lo hubiese visto haciendo con aquel pan pequeñas píldoras que guardo en una atrayente cajita de marfil, de la cual extrajo trocitos de apio silvestre.

-Bueno, si insisten en que mande medicinas, recetaré esto, y así no causare daño ninguno. Haré mi deseo, pero cuidando que haya paz, si es posible, y una vez que el experimento haya dado resultado, confesaré la broma.

Diciendo estas palabras, salió con el aire de un chico que piensa travesuras, llevando consigo sus inocentes remedios.

Rosa tocaba suavemente el armonium del piso alto, para que la tía Paz se deleitase; y mientras tanto las ancianas hablaban, el tío Alec escuchaba la música caprichosa de la niña y recordaba a otra Rosa que también solía tocarla.

Al dar las ocho, dijo:

-Ya es hora de que mi pupila se acueste, pues de lo contrario no podrá levantarse temprano y tengo muchos proyectos para mañana. Para empezar, vamos a ver lo que te he encontrado.

Rosa entró corriendo y escuchó atenta, con el rostro iluminado, mientras el doctor Alec decía:

-En mis andanzas por el mundo he dado con algunos remedios excelentes y como algunos son agradables, creo que tú y yo podemos probarlos. Esta es una almohada de hierbas, que me dio en la India una mujer que había estado enferma. Está llena de azafrán, amapolas y otras plantas sedantes, de modo que descansa en ella tu cabecita esta noche y duerme plácidamente, sin sueños de ninguna clase y así mañana te despertarás sin dolores.

-¿De veras? ¡Qué bien huele! -y Rosa recibió de muy buen grado el hermoso almohadón, aspirando con deleite su aroma dulce y suave mientras se enteraba del siguiente remedio de su médico.

-Esta es la taza que te prometí. Según dicen, su virtud depende de que la llene la misma persona que ha de usarla, lo cual quiere decir que tendrás que aprender a ordeñar. Yo te enseñaré.

-Creo que nunca podré aprender -dijo Rosa, mientras contemplaba embelesada la taza en cuya asa danzaba un duendecillo, que parecía estar por zambullirse al mar blanco y profundo.

-¿No crees que necesitaría algo que la fortifique más que la leche, Alec? -inquirió la tía Abundancia, mirando con suspicacia los nuevos remedios y convencida de que serían más eficaces sus dosis a la antigua que todas las almohadas y tazas del Oriente-. Me voy a preocupar mucho si no toma algún tónico.

-Bueno, estoy conforme en darle una píldora, si creen que será mejor. Es muy sencilla y se puede tomar en grandes cantidades sin que cause daño alguno. ¿Sabes que el haschic es el extracto del cáñamo? Pues bien, esta es una preparación de trigo y centeno, que se uso mucho en otras épocas y creo que no dejará de surtir efecto.

-¡Dios mío! ¡Qué cosa singular! . -exclamo la tía Abundancia, calándose los anteojos para inspeccionar de cerca las píldoras, con tal expresión de respetuoso interés, que la gravedad del doctor Alec estuvo por quebrantarse.

-Toma una de mañana, y buenas noches, querida -dijo el hombre, despidiendo a su paciente con un beso.

Luego, cuando la chica desapareció, se llevó ambas manos al cabello, exclamando, con una cómica mezcla de ansiedad y risa:

-Cuando pienso en la responsabilidad que he aceptado, te aseguro, mi querida hermana, que siento impulsos de echar a correr y no volver hasta que Rosa tenga dieciocho años.

CAPÍTULO 5

UN CINTURÓN Y UN CAJÓN

Cuando Rosa salió de su dormitorio la mañana siguiente, con la taza en la mano, la primera persona con quien tropezó fue el tío Alec, de pie en el umbral del cuarto de enfrente, que parecía examinar con mucha atención. Al oír pasos, se dio vuelta y se puso a cantar:

-"¿Dónde va mi preciosa doncella?".

-"Quiero ir a ordeñar la vaquita" -le contestó Rosa, moviendo la taza en la mano; y juntos concluyeron el canto.

Antes de que hablase ninguno de ambos, apareció por el extremo del corredor una cabeza tocada con cofia tan grande y con tantos moños que parecía un repollo, y una voz exclamó asombrada:

-¿Que andáis haciendo tan temprano?

-Preparándonos para el día -contestó Alec, haciendo un saludo de marinero-. ¿Puedo posesionarme de este cuarto?

-De todos los que quieras, excepto el de mi hermana,

-Gracias. ¿Y me permiten que trastee en las bohardillas y los cuartuchos que vea por ahí, para arreglarlos como quiera?

-Puedes dar vuelta la casa entera, con tal que no salgas de ella.

-El ofrecimiento es bueno, señora. Me quedo, y este es mi anclote, lo cual quiere decir que van a tener que soportarme más de lo que deseaban.

-Eso es imposible. Ponte la chaqueta, Rosa. No la canses con tus rarezas, Alec. Ya voy, hermana -y el repollo desapareció de repente.

La primera lección de "ordeñamiento" fue bastante chusca, pero después de unos cuantos arañazos y muchos intentos frustrados, Rosa pudo por fin llenar su taza, mientras que Ben sostenía el rabo de Trébol para que no lo sacudiera y el doctor Alec hacía de forma que no se volviera a mirar a la nueva ordeñadora.

-Tienes un poco de frío -dijo el doctor en el momento en que salían del galpón-. Corre un rato por el jardín, así entrarás en calor.

-Tengo mucha edad para andar corriendo, tío; la señorita Power dice que las niñas como yo no deben correr.

-Voy a tomarme la libertad de contrariar a la señorita Power y en mi condición de medico tuyo, te ordeno que corras. ¡Vamos! -dijo el tío Alec, acompañando sus palabras con una mirada y un ademán que hizo a Rosa salir todo lo aprisa que sus piernas podían llevarla.

Ansiosa por complacerlo, corrió en torno a los canteros y volvió al porche donde el tío estaba de pie, echándose sobre los escalones jadeante, con las mejillas tan sonrosadas como la caperuza que le caía sobre los hombros.

-Muy bien hecho, hija mía ; veo que no has perdido la facultad de usar las piernas. Ese cinturón está muy apretado; aflójalo, y después podrás respirar hondo sin jadear de ese modo.

-No está apretado, tío, y respiro bien -empezó a decir Rosa, tratando de serenarse.

Por toda contestación, el tío Alec la puso de pie y le desabrochó el cinturón de que tan orgullosa estaba la niña. Apenas abierto el broche, la correa se corrió varias pulgadas, pues no hubo manera de reprimir el involuntario suspiro de alivio que contradecía rotundamente sus palabras.

-¡Hola! ¡Ignoraba que estuviese apretado ! No lo sentía en absoluto. Claro que tenía que ceder respirando de este modo, pero casi nunca corro.

-Lo que pasa es que no llenas los pulmones más que a medias, y de ese modo puedes llevar este cinto absurdo sin sentirlo. ¿A quién se le ocurre estrujar una cintura tierna como la tuya con esta tira dura de cuero, precisamente cuando debes estar creciendo? -dijo el doctor Alec, examinando el cinturón con muestras de desaprobación intensa y corriendo la hebilla varios agujeros más, con gran desazón de Rosa, que tenía a mucho orgullo su figurita esbelta y todos los días se regocijaba íntimamente de no ser tan robusta como Luly Miller, una compañera de clase, que en vano procuraba reprimir su gordura.

-Se va a caer si lo dejo así de suelto -dijo con ansiedad mientras contemplaba la operación que su tío estaba llevando a cabo.

-No se caerá si respiras hondo. Y eso es lo que quiero que hagas. Cuando hayas logrado llenarlo, seguiremos agrandándolo hasta que tu cintura se parezca mucho a la de Hebe, la diosa de la salud y no recuerde tanto los figurines de modas, que son lo más abominable que se puede imaginar.

-¡Qué cosa extraña! -exclamó Rosa mirando el cinturón que le rodeaba el cuerpo sin sujetarlo-. Se va a perder, y voy a sentirme afligidísima, porque costó mucho y es acero verdadero y cuero de Rusia legítimo. Fíjese, tío, que bien huele.

-Si lo pierdes, te daré uno mejor; una faja de seda suave es mucho más adecuada para una niña bonita que todo lo que parezca arnés; y no te figuras la cantidad de cosas italianas y turcas que tengo guardadas. ¡Ah! Ahora te sientes mejor, ¿verdad? -y le pellizcó la mejilla, al tiempo que la boca de Rosa esbozaba una sonrisa.

-Soy una tonta, pero ¿qué voy a hacer si me gusta oír -y aquí se detuvo y se sonrojó, bajando la vista, pues la avergonzaba lo que iba a agregar- que usted me considere bonita.

Brillaban los ojos del doctor Alec, pero se limitó a decir:

-Rosa, ¿eres presumida?

-Temo que sí -contestó débilmente, con la cabeza oculta por el velo de cabello que cubría su turbación.

-Es un defecto desagradable -y suspiró como si la confesión lo apenase.

-Sé que es un defecto, y procuro sobreponerme; pero todos me alaban, y no puedo evitar que me guste, pues tampoco estoy convencida de ser repulsiva.

Estas últimas palabras y el tono en que las dijo colmaron la medida y el doctor Alec no pudo menos de echar a reír con ganas, lo cual tranquilizó a la niña.

-Estoy de acuerdo contigo, y para que puedas ser menos repulsiva todavía, quiero que te críes tan bien como Febe.

-¡Febe! -exclamó sorprendida y temerosa de que su tío desvariase.

-Sí, Febe, pues esa chica tiene lo que a ti te hace falta : salud. Si las chicas de tu edad aprendiesen lo que es realmente la belleza, y no pusieran tanto empeño en palidecer y matarse de hambre, ahorrarían un montón de tiempo, dinero y preocupaciones. Mente sana en cuerpo sano es la belleza mejor que puede concebirse en el hombre y la mujer. ¿Entiendes?

-Sí -contestó Rosa, muy sorprendida por la comparación con la niña del asilo. Esto ocasionó de su parte alguna tristeza, y la demostró diciendo al instante:

-Supongo que no pretenderá que friegue y barra pisos y lleve ropas de color castaño, con los brazos arremangados, como Febe.

-Me gustaría inmensamente verte así, si fueses capaz de trabajar como Febe y enseñar un par de brazos tan fuertes como los suyos. Hace mucho que no veo un cuadro tan hermoso como el de esa niña esta mañana, metida hasta los codos en el agua de jabón y cantando como un mirlo mientras lavaba los escalones de la puerta trasera.

-Saco la conclusión de que usted es el hombre más raro que ha existido en el mundo -dijo Rosa, pues no se le ocurrió otra cosa más apropiada con que replicar a tamaño despliegue de mal gusto.

-Todavía no has empezado a conocer mis rarezas, de modo que procura prepararte a sorpresas mayores aún -dijo el hombre, y tan extraña fue su mirada, que para Rosa fue un consuelo que sonase la campana, ya que de ese modo se libraba de demostrar hasta qué punto sentía herida su pequeña vanidad.

-Encontrarás tu cajón abierto en el salón de la tía, y allí puedes entretenerte revolviendo todo lo que quieras; voy a estar ocupado toda la mañana, poniendo mi cuarto en orden -dijo el doctor Alec, mientras ambos se levantaban para ir a tomar su desayuno.

-¿No puedo ayudarlo, tío? -preguntó Rosa, impaciente por ser útil.

-No, gracias. Pediré que me presten a Febe un rato, si es que la tía Abundancia puede prescindir de ella.

-Lo que quieras y quien quieras, Alec –intervino de pronto la anciana-. Se que vas a necesitarme a mí también, de modo que daré las órdenes para la comida y así estaré en libertad de darte una mano.

-No tardará el tío en convencerse de que sé hacer muchas cosas que Febe no sabe -pensó para sus adentros Rosa y, moviendo hacia los lados la cabeza, corrió en dirección a la tía Abundancia y el cajón codiciado.

Cualquier niña puede imaginarse su emoción incontenible mientras revolvía aquel mar de tesoros y sacaba a relucir un objeto precioso tras de otro, hasta que el aire se impregnó de los aromas mezclados del almizcle y el sándalo. No tardó Rosa, embelesada como estaba, en perdonar a su tío Alec la dieta de avena cuando vio un hermoso neceser de marfil, se resignó al tamaño de su cinturón al descubrir un montón de fajas de seda de los más bellos colores, y al tropezar con unas arrobadoras botellas de loción de rosas, tuvo la sensación de que casi no le faltaba nada para perdonarle que hubiese preferido Febe a ella.

El doctor Alec, entretanto, había aprovechado bien la autorización conferida por la tía Abundancia revolviendo la casa de arriba abajo. Era evidente que en el cuarto en que estaba encerrado tenía lugar una verdadera revolución, pues las cortinas de damasco oscuro eran transportadas en fardos por Febe y-el imponente cabezal de la cama era conducido al desván en pedazos, con la colaboración de tres personas. La tía Abundancia iba de un lado a otro por los cuartos de depósito, revolviendo muebles y dando la impresión de que el nuevo orden la divertía y la intrigaba a un mismo tiempo.

La mitad de las cosas raras que hacía el doctor Alec no pueden revelarse; pero cuando Rosa levantó la mirada desde el cajón, lo vio recorriendo la habitación a largos pasos, con una caja de bambú y una o dos alfombrillas en la mano y luego transportando sobre la cabeza una bañera.

-¡Qué extraño va a resultar ese cuarto! -se dijo, al sentarse a descansar un rato, con unos cuantos "Bocados de Ambrosía", traídos de El Cairo.

-Presumo que te va a gustar, querida -le dijo la tía Paz, que estaba atareada con unas cositas de seda azul y muselina blanca.

Rosa no sonrió, pues en aquel preciso instante se detuvo el tío en la puerta; la niña se puso en pie delante suyo con toda la alegría infantil de que era capaz reflejada en el rostro.

-Míreme, míreme -dijo-. Estoy tan espléndida que ni me reconozco, Sé que no me he puesto bien estas cosas, pero me gustan muchísimo.

-Te veo tan alegre como unas pascuas con ese fez y esa cabaja, y me alegra el alma observar que la sombrita oscura se ha transformado en un arco-iris.

Mientras decía esto, el tío Alec la miraba con muestras de regocijada aprobación.

No lo dijo, pero pensó que formaba una figura mucho más hermosa que la de Febe en la cuba de lavar, pues se había puesto un fez purpúreo en su cabeza rubia, se había atado unos cuantos chales de brillantes colores en la cintura y llevaba una chaquetilla de hermoso tono escarlata con un sol bordado en la espalda y una luna plateada en el frente y las mangas llenas de estrellas. Adornaban sus pies un par de babuchas turcas y se había puesto en el cuello varios collares de ámbar, coral y filigrana, mientras que en una mano llevaba una botella de sales y en la otra la caja de golosinas orientales.

-Se me ocurre que soy talmente una heroína de "Las mil y una noches", a la espera de una alfombra mágica o un admirable talismán. Solo que no sé cómo podré agradecerle nunca todas estas cosas encantadoras -dijo, dejando de hacer monadas, como si de pronto la oprimiese tanta gratitud.

-Yo te lo diré. Quitándote las ropas negras, que una chica como tú no debió llevar tanto tiempo, y adoptando esas más alegres que yo te he traído. Además de alegrarte, con eso pondrás una nota brillante en esta casa vieja y sombría. ¿No es verdad, Paz?

-Tienes razón, Alec, y es una suerte que no hayamos empezado a prepararle aún las ropas de primavera, pues Myra pensaba que no debería llevar más que violeta y es demasiado pálida para ese color.

-Basta con que ustedes me dejen indicar a la señorita Hemming cómo debe hacer algunas de estas cosas. Se sorprenderán cuando vean todo lo que entiendo de ribetes, dobladillos, mangas y otras cosas.

La tía Paz y Rosa rieron al pensar que esa jactancia encubriría sin duda su ignorancia en asuntos de costura; pero se contuvieron al oírle decir:

-Rían lo que quieran, pero sé que mi arte será necesario para que el cinturón no le baile en el cuerpo; y me voy a seguir el trabajo, porque de lo contrario llevo miras de no concluir nunca.

-Nos reíamos porque oírlo hablar de esas cosas nos resultaba raro -explicó Rosa, volviéndose hacia su cajón-. Pero en realidad, tía -continuó ya sin reír-, estoy por pensar que tengo demasiados regalos. ¿Qué le parece si le diese algo a Febe? Tal vez al tío no le guste.

-No te dirá nada; pero esas cosas son inadecuadas para Febe. Mejor le vendrían algunos vestidos que no uses, si es que pueden arreglársele al cuerpo -opino la tía Paz en el tono moderado y prudente que pone tan a prueba nuestros sentimientos cuando nos damos a los arrebatos de altruismo.

-Preferiría darle vestidos nuevos, pues me parece que es un poco orgullosa y es posible que las cosas viejas no le gusten. Si fuera mi hermana lo haría, porque las hermanas no se fijan en esas cosas; pero no es nada mío y el asunto es más difícil. Ya sé cómo puede solucionarse... ¡La adopto!

La expresión de Rosa, encantada con su nueva idea, fue radiante en extremo.

-Sospecho que no puedes hacer tal cosa legalmente hasta que seas mayor, pero podrías averiguar si le agrada el proyecto ; y de todos modos, puedes ser bondadosa con ella, pues en cierta forma somos todas hermanas y debemos ayudarnos mutuamente.

La cara de la anciana la contempló con expresión tan beatífica, que Rosa sintió impulsos de arreglar el asunto, en el acto, y se encaminó corriendo a la cocina, tal como estaba vestida. Febe se hallaba lustrando las viejas parrillas con tal actividad que dio un salto al oír una voz que decía : "Huele, prueba, mira ... "

Febe aspiró el olor de las rosas, mordisqueó el "Bocado de Ambrosía" que fue introducido en su boca y miro con ojos muy abiertos a la criatura que daba saltitos retozones.

-¡Madre mía! ¡qué hermosa estás! -fue todo cuanto Febe pudo decir, levantando en alto las manos sucias de tierra.

-Tengo arriba montones de cosas preciosas, y quiero enseñártelas todas. Podemos repartir, solo que mi tía cree que no te servirán de nada, así que no tendré más remedio, que hacerte otro regalo. Si no te parece mal, quisiera adoptarte, como en el cuento adoptaron a Arabella. ¿No sería buena idea?

-¡Oh, niña Rosa! ¿Se ha vuelto loca?

Nada tenía de extraño que Febe hiciera esa pregunta, pues Rosa hablaba muy de prisa, estaba rarísima con aquellas ropas y su misma ansiedad no le permitía detenerse a explicar su idea. Advirtiendo el asombro de Febe se serenó y dijo, muy seriamente:

-No es justo que yo tenga tanto y tú tan poco, y quiero ser tan buena contigo como si fueras mi hermana, pues dice mi tía Paz que en realidad somos hermanas. Pensé que si te adoptara sería mejor. ¿No me dejarías?

Con gran sorpresa de Rosa, Febe se sentó en el piso y durante un instante, sin hablar una sola palabra, se tapó la cara con el delantal.

-¡Oh, Dios mío! Ahora se ha ofendido y no sé qué hacer -meditó Rosa, muy desalentada por el recibimiento que acababa de tener su proposición.

-Por favor, perdóname; no quise herir tu susceptibilidad y espero que no pienses... -y se detuvo, pues adivinó que su voz balbuciente no desharía el entuerto.

Pero Febe le deparó otra sorpresa, al dejar caer el delantal y enseñar una cara que era toda sonrisa, a pesar de las lágrimas que asomaban a sus ojos. Luego echó ambos brazos en torno al cuello de Rosa y dijo, entre risa y sollozos:

-Lo que pienso es que eres la niña más adorable de este mundo, y que te permitiré hacer conmigo todo lo que quieras.

-¿Luego te gusta el plan? ¿No lloraste porque me viste demasiado paternal tal vez? No fue esa mi intención, te aseguro -exclamó Rosa, bajo la impresión de su enorme gozo.

-Creo que me gusta -contestó Febe en un arrebato de gratitud irreprimible, pues aquello de que eran hermanas le había llegado al corazón, conmoviendo su ser todo entero-. Lloré porque nadie hasta ahora ha sido tan buena conmigo y no pude evitarlo. En cuanto a que seas conmigo paternal o eso que dices, ya declaré que puedes hacer de mí cuanto se te antoje.

-Pues bien, entonces podemos hacer de cuenta que soy un espíritu bueno salido del cajón, o un hada que acaba de bajar por la chimenea y tú, como eres Cenicienta, debes decir qué es lo que quieres -dijo Rosa, esforzándose por formular la pregunta con delicadeza.

Febe entendió bien, pues poseía mucho refinamiento natural aunque provenía del asilo.

-Tengo la sensación de que ahora no deseo nada, niña Rosa, pero haré lo posible para demostrarte que le estoy agradecida por todo -y se limpió una lágrima que le resbalaba por la nariz, muy antirrománticamente.

-No he hecho nada más que darte un pedazo de dulce. Toma, toma más, y cómelo mientras trabajas, así piensas al mismo tiempo qué es lo que yo puedo hacer. Tengo que ir a arreglarme un poco, de modo que adiós; y no olvides que te he adoptado.

-Me ha dado cosas más dulces que esos caramelos, y le aseguro que no lo voy a olvidar -dijo Febe limpiando cuidadosamente el polvo de ladrillos, para estrechar una mano de Rosa entre las suyas; y luego los ojos negros siguieron a la visitante con una expresión de gratitud que les impartía un brillo y una dulzura extrañas.

CAPÍTULO 6

EL CUARTO DEL TÍO ALEC

Poco después de comer y antes de que hubiera conocido del todo la mitad de sus pertenencias, el doctor Alec le propuso un paseo para llevar la primera partida de obsequios a las tías y los primos. Rosa estuvo conforme en ir, más que nada por su ansiedad en probarse un cierto albornoz extraído del cajón, el cual no sólo tenía una caperuza preciosa, sino que estaba lleno de borlitas que pendían en todas direcciones.

El coche se hallaba atestado de paquetes y aun el asiento de Ben estaba ocupado totalmente de mazas indias, un barrillete chino de tamaño colosal y un par de cuernos bruñidos, provenientes de África. El tío Alec, muy azul en las ropas y muy moreno en la cara, sentábase muy enhiesto, contemplando con interés los lugares conocidos, mientras Rosa, que se notaba extraordinariamente elegante y cómoda, se reclinaba en el asiento, envuelta en su capa suave e imaginando ser una princesa del Oriente que realizaba un viaje real entre sus súbditos.

En tres de los sitios sus visitas fueron breves, pues la tía Myra estaba peor que nunca del catarro, la tía Clara tenía muchas visitas y la tía Juana denotó marcada tendencia a hablar de población, producciones y política de Europa, Asia y África, lo cual causó desazón al propio doctor Alec, motivando el que sintiese deseo de salir de allí cuanto antes.

-Ahora dispondremos de tiempo -dijo Rosa, emitiendo un suspiro de satisfacción al tiempo que subían la colina por la cual se iba a casa de la tía Jessie-. Confío que los chicos estén en casa.

-He dejado esto para nuestra última visita, con la expresa intención de que pudieras encontrar a los muchachos de vuelta de la escuela. Sí, allí está Jamie en la puerta mirándonos y no tardaremos en divisar todo el clan. Siempre andan juntos.

Apenas Jamie vio quiénes llegaban, silbo con toda la fuerza de sus pulmones y el eco le devolvió su silbido desde el prado, la casa, el granero, al tiempo que los primos salían de todas partes, gritando

-¡Viva el tío Alec!

Corrieron en dirección al carruaje como bandoleros de caminos, y lo despojaron de todos los paquetes, tomando prisioneros a los ocupantes y marchando con ellos a la casa en medio de un enorme alborozo.

-¡Mamá! ¡Mamá! Aquí vienen cargados de regalos. Baja a ver esto en seguida. ¡Pronto! -vociferaron Will y Geordie, cuyos gritos se mezclaban con los ruidos del papel al rasgarse y las cuerdas que los chicos cortaban sin cuidado ninguno, todo lo cual no tardó en crear un caos en el cuarto.

Descendió la tía Jessie con su hermoso gorrito puesto en la cabeza de cualquier manera y una cara tan sonriente que el tocado de la cabeza, en vez de quedarle mal le sentaba admirablemente bien. Apenas tuvo tiempo de saludar a Rosa y al doctor antes de que los chicos estuviesen en torno suyo, exigiéndole todos a un tiempo que mirase esto o aquello y pidiéndole que se alegrara, pues ella iría a medias en todo. Los grandes cuernos fueron blandidos en torno suyo como si se tratase de lanzarla al techo de una cornada, las mazas volaron cerca de su cabeza con aparente riesgo de hacer un desaguisado y un extraño conjunto de cosas provenientes de los cuatro puntos cardinales llenó su regazo, mientras siete diablillos transportados de alegría hablaban todos a un tiempo.

Pero le gustaba, claro que sí. Allí se quedó sonriendo, admirándolo todo y pidiendo explicaciones, sin que el bullicio la aturdiera, un bullicio era tal que Rosa tuvo que taparse los oídos y el doctor Alec amenazó con marcharse si la barahúnda no cesaba. La amenaza surtió efecto, y mientras el tío recibía las gracias en un rincón, la tía escuchó una cierta confidencia en otro tono.

-Bueno, querida, ¿qué tal pintan las cosas? Presumo que mejor, mucho mejor que hace una semana.

-¡Oh, tía Jessie! Creo que voy a ser muy dichosa ahora que el tío ha venido. Hace las cosas más raras del mundo, pero es tan bueno que no puedo menos de quererlo -dijo, acercándose más a Jessie; y Rosa siguió hablándole casi al oído y contándole todo lo sucedido, hasta rematar con el detalle emocionante del cajón.

-Me alegro muchísimo, Rosa; pero debo prevenirte una cosa: no dejes que el tío te mime demasiado.

-Es que a mí me gusta que me mimen, tía.

-No lo dudo; pero si no estás mucho mejor cuando finalice el año, le echarán la culpa al tío y su experimento habrá fracasado. Sería una lástima, ¿no es verdad?; sobre todo, que quiere hacer tanto por ti, y no podrá hacerlo si su buen corazón le anubla el juicio sereno.

-No se me había ocurrido, y procuraré no dar lugar a quejas. Pero ¿qué debo hacer yo para eso? -preguntó Rosa con ansiedad.

-No protestando cuando intente hacerte hacer algo bueno; obedeciéndolo con voluntad y buen ánimo, y hasta haciendo algún pequeño sacrificio por su bien.

--Lo haré, claro que sí. En el caso de que me encuentre en alguna dificultad, ¿puedo recurrir a usted? El tío me dijo que lo hiciese, y creo que no debo tener miedo.

-No te preocupes, querida; este es el sitio en que mejor pueden curarse las pequeñas molestias y creo que para eso estamos las madres en el mundo -dijo la tía Jessie, llevándole a sus hombros la cabecita rizada y mirándola con una expresión de ternura que demostraba cuánto sabía de esos remedios que los niños necesitan más.

Tan dulce y sedante fue la sensación, que Rosa quedó embelesada y ensimismada, hasta que la vocecita dijo:

-Mamá, ¿crees que a Pokey le gustarán algunas de mis conchillas? Rosa le ha dado a Febe varias de las cosas lindas que tiene y creo que ha hecho muy bien. ¿Puedo hacerlo?

-¿Quien es Pokey? -preguntó Rosa, levantando la cabeza y denotando la curiosidad causada por el extraño nombre.

-Mi muñeca; ¿quieres verla? -preguntó Jamie, la cual estaba muy impresionada por todo aquello que había escuchado acerca de la adopción.

-Sí; me encantan las muñecas; pero no se lo digan a los chicos, porque se burlarán.

-De mí no se ríen y con mi muñeca juegan siempre; pero a quien ella quiere más es a mí -dijo Jamie, a tiempo que corría en busca del objeto preciado.

-Traje mi muñeca vieja, pero la tengo escondida porque tengo demasiada edad para jugar con esas cosas; pero estoy tan encariñada con ella que no sería capaz de tirarla -dijo Rosa, continuando sus confidencias en voz que parecía un suspiro.

-Puedes venir a jugar con la de Jamie siempre que quieras -dijo la tía Jessie, sonriendo consigo misma.

En aquel momento volvió Jamie, y Rosa interpretó el sentido de la sonrisa, pues su muñeca vino a ser una niña gordinflona de cuatro años, que correteaba velozmente y se encaminó con resolución hacia las conchillas, de las cuales tomó un puñado muy grande, a tiempo que decía, riendo y enseñando sus dientes blancos:

-¡Todas para Dimmy y para mí, para Dimmy y para mí!

-Ésa es mi muñeca, ¿verdad que es bonita? -preguntó Jamie observando con orgullo a la niña con las manos cruzadas en la espalda y las piernas muy abiertas, actitud varonil que había copiado de sus hermanos.

-Es una muñeca encantadora. ¿Por que la llamas Pokey? -preguntó Rosa.

-Porque es tan curiosa que siempre está metiendo la naricita en todo; y como Paul Pry no resultaba adecuado, a los chicos se les ocurrió llamarla Pokey. No es un nombre bonito, pero es en cambio muy expresivo.

Y estaba en realidad bien aplicado, pues después de haber examinado las conchillas, se dedicó activamente a hurguetearlo todo y prosiguió sus investigaciones hasta que Archie la sorprendió chupando sus piezas de ajedrez para ver si eran de azúcar. También encontraron dibujos en papel de arroz arrugados en sus bolsillos y poco faltó para que reventase el huevo de avestruz de Will cuando quiso sentarse encima.

-Oye, Jim, llévatela ; es más mala que el cuco, y no es posible que la tengamos aquí -ordenó el hermano mayor, tomándola y pasándola al pequeño, quien la recibió con brazos abiertos y dijo:

-Tengan cuidado en lo que hacen, porque estoy pensando adoptar a Pokey como Rosa adoptó a Febe, y entonces ustedes, los grandotes, tendrán que portarse muy bien con ella.

-Adóptala, sí, y te daremos una jaula para que la metas dentro, o de lo contrario no vas a tenerla contigo mucho, porque cada día está peor -y Archie se volvió junto a sus camaradas, mientras la tía Jessie, anticipándose un trastorno, propuso que Jamie devolviese su muñequito a su casa, pues de allí la había traído y era hora que la visita tocase a su término.

-Mi muñeca es mejor que la tuya, ¿no es verdad?, porque sabe andar, charlar, cantar y bailar y la tuya no.

Esto lo dijo Jamie con orgullo, contemplando a su Pokey, que en aquel momento ejecutaba unos pasitos de baile y tarareaba un couplet muy conocido.

Después de esta pomposa exhibición, la nena se retiró, acompañada por Jamie. Los dos hacían un ruido ensordecedor soplando en las conchillas.

-Tenemos que irnos, Rosa, porque deseo que estés en casa antes de la caída del sol -dijo el doctor Alec cuando la música se perdió en la distancia-. ¿Vienes a dar un paseo, Jessie?

-No, gracias; pero como adivino que los chicos quieren distraerse un poco, propongo que ellos te acompañen y se vuelvan desde la puerta. Esto último no se permite más que los días de fiesta.

-¡Alertas, chicos! -exclamó Archie, no bien tía Jessie hubo pronunciado las palabras anteriores-. Botas y monturas, y listos todos...

-¡Muy bien! -y al instante no quedó más rastro de ellos que el desorden y la suciedad en el piso.

La cabalgata descendió la montaña con tal paso que Rosa tuvo que asirse con fuerza del brazo de su tío, pues los caballos viejos y gordos se espantaron de las monerías de los ponies que no hacían otra cosa que saltar en torno de ellos; y así siguieron, a la máxima velocidad que les fue posible. El pequeño cochecito de los chicos iba delante, pues Archie y Charlie despreciaban a los ponies desde que tuvieron a su disposición el coche mayor. Ben se divirtió mucho, y todos hicieron locuras, dando motivo a que Rosa declarase que el nombre de circo les estaba muy bien aplicado.

Al llegar a la casa descendieron y se pararon, tres a cada lado de la escalera, en actitud marcial, mientras su señoría era acompañada con gran elegancia por el tío Alec. Luego el clan saludó y volvió a montar a la orden de mando, hecho lo cual, con un restallido de la fusta el coche inició el regreso por el camino en lo que ellos consideraban un perfecto estilo árabe.

-Ha sido esplendido, tío; pero se lo digo ahora que ya ha terminado sin contratiempos -expresó Rosa, subiendo los escalones a saltos inclinando la cabeza para ver mejor cómo se movían las borlitas.

-Te conseguiré un pony en cuanto estés algo más fuerte -dijo el tío Alec sin dejar de mirarla sonriente.

-Oh, no ... Sería incapaz de cabalgar en uno de esos espantosos caballitos. Revuelven los ojos y se mueven de un modo, que me moriría de espanto -gritó Rosa, entrelazando las manos trágicamente.

-¿Eres cobarde?

-Tratándose de caballos, sí.

-No lo pienses más, entonces; ven a ver mi nuevo cuarto -y la guió escaleras arriba sin volver a hablar.

Mientras lo seguía, Rosa recordó la promesa hecha a la tía Jessie, y se arrepintió de haber rechazado la propuesta del tío. Mucho más se afligió cinco minutos después, y con sobrado motivo.

-Fíjate bien en todo ahora y dime que te parece -dijo el doctor Alec, abriendo la puerta y dejándola entrar delante suyo, al tiempo en que Febe descendía por la escalera cargada con un tacho de basura.

Rosa llego hasta el medio del cuarto, permaneció quieta y miró en torno con ojos qué revelaban su sorpresa. Todo estaba cambiado.

Aquella habitación había sido construída encima de la biblioteca para satisfacción de un capricho, pero durante muchos años estuvo sin utilizarse, salvo por Navidad, cuando la casa se llenaba de gente. Tenía tres ventanas, una que daba al este, en dirección a la bahía; una al sur, donde los algarrobos balanceaban sus copas, y otra al oeste, hacia las colinas y el sol de la tarde. A la luz rojiza del crepúsculo, el cuarto tenía un brillo de encantamiento; se escuchaba el dulce murmullo de las aguas lejanas y un petirrojo gorjeaba "buenas noches" entre los árboles en flor.

Rosa vio y oyó primero estas cosas, embriagándose en su belleza con el instinto rápido de los niños; luego atrajo su vista el aspecto alterado del cuarto, que antes estaba tan lleno de cosas, tan silencioso y abandonado, y ahora aparecía iluminado de luz y acogedor en su lujo sencillo.

Cubrían el piso alfombras de la India y se veían algunas esterillas alegres; los morrillos antiguos brillaban en el hogar, donde un fuego alegre ahuyentaba la humedad de la habitación cerrada tanto tiempo. Por todas partes había sillones y sillas de bambú y en coquetos rincones se veían mesitas muy raras; en una de ellas había un canastillo precioso, otra hacía de escritorio y sobre otra se encontraban varios libros. En una entrante estaba la cama limpia y estrecha y sobre ella una virgen encantadora. El biombo japones, plegado parcialmente, permitía ver un juego de toilette de colores azul y blanco puesto sobre una tapa de mármol allí cerca estaba la bañera, con sus toallas turcas y una esponja tan grande como la cabeza de Rosa.

-Al tío debe gustarle el agua fría tanto como a los patos -pensó Rosa, y se estremeció al solo pensarlo.

Luego su mirada se posó en el alto gabinete, donde la puerta entreabierta dejaba ver una tentadora serie de cajones, estantes y rinconcitos que  tanto apasionan a los chicos.

-¡Qué lugar admirable para mis cosas nuevas! - pensó Rosa, preguntándose qué guardaría su tío en aquellos escondrijos.

-¡Oh, qué hermosa mesa de toilette! -fue su nueva exclamación mental, en tanto que se acercaba al sitio misterioso.

Encima colgaba un espejo antiguo y redondo, con un águila dorada en la parte superior, la cual sostenía en su pico el nudo de la cinta azul unida a la cortina de muselina que pendía a ambos lados de la mesa, sobre la cual había pequeños cepillos de mangos de marfil, dos delgados candelabros de plata, una caja de cerillas hecha de porcelana, varias bandejitas para objetos diversos, y, lo más interesante de todo, un almohadón azul de seda, bellamente adornado con encaje y pequeñas rosas en los ángulos.

El almohadón sorprendió un tanto a Rosa; en realidad, toda la mesa le causó asombro y sonriendo con astucia pensaba:

-El tío es un hombre elegante, pero yo no lo hubiese adivinado jamás.

Mientras tanto, el tío Alec abrió la puerta de un armario grande, y moviendo la mano al desgaire dijo:

-A los hombres nos gusta tener mucho lugar para nuestras chucherías; ¿te parece que debo estar satisfecho?

Rosa miro el interior y dio un salto, aunque todo cuanto allí había era lo que corresponde esperarse en sitio tal: ropas, zapatos, cajas y valijas. Sí, pero es que las ropas eran saquitos negros y blancos, la hilera de zapatos y botas que se veía debajo no contenía ninguno de los que alguna vez calzaron los pies del tío Alec, la caja grande de cartón tenía un velo gris que salía de ella y la valija que se hallaba colgada en la puerta era la suya propia, con su agujerito en un ángulo. Entonces paseó con atención la mirada por el cuarto y comprendió por qué le había parecido demasiado coqueto para un hombre, porque sobre la mesita de luz estaban su "Testamento" y su libro de oraciones y que significaban las rositas en los ángulos del almohadón. Durante un instante de embeleso lo entendió todo y se dio cuenta de que aquel pequeño paraíso estaba destinado a ella; y entonces, no sabiendo en qué otra manera expresar su gratitud, se arrojo al cuello del doctor Alec y dijo impulsivamente:

-¡Tío! Usted es demasiado bueno para mí. Haré cualquier cosa que me pida; montaré caballos salvajes, tomaré baños fríos, comeré platos de gusto apestoso y dejaré que las ropas me cuelguen en el cuerpo, para demostrarle cuánto le agradezco este precioso cuarto, tan hermoso, tan encantador...

-¿Te gusta entonces? ¿Pero has pensado por ventura que es tuyo? -preguntó el doctor Alec, al sentarse visiblemente emocionado y sentar a su sobrina en las rodillas.

-No lo he pensado, lo sé con certeza; lo leo en su cara, pero tengo la impresión de que estoy lejos de merecerlo. La tía Jessie me dijo que usted me mimaría y que no debo permitírselo. Se me ocurre que tuvo razón y tal vez..., ¡oh, válgame el cielo!, tal vez no debería aceptar este cuarto tan bello -y Rosa hizo un esfuerzo por denotarse lo bastante heroica como para rechazar todo aquello.

Dicho eso -manifestó el doctor Alec, queriendo fruncir el entrecejo, aunque en el fondo de su alma sabía que todo estaba bien. Luego sonrió cordialmente, y su sonrisa fue como resplandor de sol en su rostro moreno; y dijo:

-Esto es parte de la cura, Rosa, y te ubico aquí para que de ese modo tomes tres grandes remedios en el estilo mejor y más fácil. Mucho sol, aire fresco y agua fría; esto aparte de ambiente agradable y algo de trabajo, pues Febe tiene la obligación de enseñarte a cuidar tu propio cuarto y será tu pequeña doncella a la par que tu amiga y maestra. ¿Te resulta desagradable la idea, querida?

-No, señor; muy, pero muy agradable, y haré lo más que pueda para ser una buena paciente. Pero en realidad no creo que nadie sea capaz de sentirse enferma en este cuarto encantador -dijo ella, emitiendo un prolongado suspiro de satisfacción, mientras paseaba la mirada por todos aquellos objetos tan interesantes.

-¿Entonces te gustan mis medicinas más que las de la tía Myra, y no estás dispuesta a tirarlas por la ventana?

CAPÍTULO 7

UN VIAJE A LA CHINA

-Ven, querida; aquí tenemos otra receta para ti - dijo el doctor Alec, después de una semana continua de grandes sorpresas-. Sospecho que no la aceptarás de tan buen grado como la anterior, pero dentro de poco concluirá por gustarte.

Rosa estaba sentada en su cuartito, donde habría pasado todo el tiempo si la dejasen; pero levantó la mirada sonriente, pues no le inspiraban tanto pavor los remedios de su tío y estaba siempre dispuesta aceptar los nuevos. El último había sido una serie de herramientas de jardinero, con las cuales le ayudó a poner en orden los canteros, aprendiendo toda clase de cosas nuevas y agradables en torno a las plantas mientras trabajaba, pues aunque había estudiado botánica en la escuela, todo aquello parecía muy aburrido si se lo comparaba con las lecciones prácticas del tío Alec.

-¿De qué se trata ahora? -preguntó cerrando su neceser sin murmullo alguno.

-Agua salada.

-¿Y cómo debo tomarla?

-Ponte el nuevo traje que la señorita Hemming mandó ayer, y baja a la playa; allí te enseñaré.

-Muy bien -dijo la niña muy obediente, agregando para sus adentros, mientras temblaba al solo pensar en esto-: Es muy temprano para bañarse, pero algo tendrá que ver con esto aquel bote tan temible.

Mientras se ponía el nuevo traje de franela azul con ribetes blancos y el sombrerito de marinero con cintas largas dejó de pensar en la prueba a que pronto se vería sometida, hasta que un silbato estridente la recordó que su tío estaba esperándola. Atravesó el jardín corriendo y descendió por el camino que llevaba a la parte de playa comprendida en la propiedad, y allí encontró al doctor Alec ocupado con un botecito blanco y rojo que se balanceaba en la marea creciente.

-Este bote es hermosísimo, y "Bonnie Belle" me gusta mucho como nombre -dijo la niña, procurando no demostrar lo nerviosa que se sentía.    

-Es para ti, de modo que siéntate en la proa y aprende a guiarlo, hasta que estés en condiciones de aprender a remar.

-¿Todos los botes se sacuden de ese modo? -preguntó ella, deteniéndose para atarse mejor el sombrerito.        

-Sí, se mueven como cáscaras de nuez cuando el mar está embravecido -contestó su tío, que estaba muy lejos de adivinar los temores de la chica.

-¿Está embravecido hoy?

-No mucho; parece un poquito picado por el este, pero estamos seguros hasta que cambie el viento.

-¿Usted sabe nadar, tío? -preguntó Rosa, aferrándose de su brazo cuando él le tocó la mano.

-Igual que un pez. Vamos.

-Oh, téngame firme, por favor, hasta que haya entrado. ¿Por qué ponen la popa tan lejos? -y, ahogando varios gritos de alarma, Rosa se corrió hasta el asiento distante y se asió con ambas manos, como si creyese que cada simple ola era precursora de un naufragio.

El tío Alec no prestó mayor atención a su miedo, pero la instruyó pacientemente en el arte de manejar el timón, hasta que ella se encontró tan absorbida en fijar en su mente las ideas de babor y estribor que se olvidó de decir "¡Oh!" cuando las olas grandes golpeaban contra el bote.

-¿Y adónde vamos ahora? -preguntó; un vientecillo fresco le daba en pleno rostro y con unos pocos golpes de remo se encontraron en mitad de la bahía.

-¿Qué te parece si vamos a la China?

-¿No será muy largo el viaje?

-En la forma en que pienso hacerlo, no. Haz que doblemos la proa y entremos a puerto, y allí tendrás un vistazo de la China dentro de veinte minutos mas o menos.

-¡No está mal pensado! -y Rosa quedó pensativa, preguntándose qué querría decir, mientras disfrutaba en grande ante la vista de aquellos nuevos espectáculos.

Detrás de ellos, el verde hormiguero de las tías se erguía en una elevación, y a lo largo de la orilla se veían casas familiares, señoriales, bonitas o pintorescas. Cuando doblaron la Punta, la gran bahía se abrió ante su vista llena de embarcaciones y a lo lejos divisábase la ciudad, cuyas torres sobresalían por entre masa de mástiles con alegres gallardetes.

-¿Vamos hacia allí? -preguntó la niña embelesada con el aspecto de aquella ciudad opulenta y activa que jamás había visto.

-Sí. El tío Mac tiene un barco que acaba de venid de Hong-Kong, y se me ocurrió que te gustaría verlo.

-Claro que sí. Me encanta curiosear en los almacenes con el tío Mac, porque todo en ellos es tan interesante y nuevo para mí. La China me apasiona singularmente porque es un país donde usted ha estado.

-Te enseñaré dos chinos legítimos que acaban de llegar. Vas a encantarte dando la bienvenida a Whang Lo y Fun See.

-No me pida que les hable, tío ; lo más seguro es que me ría de sus nombres raros, sus coletas y sus ojos rasgados. Usted déjeme correr alrededor suyo, que será lo mejor.

-Muy bien. Pongamos proa hacia el muelle donde se encuentra el barco de bandera curiosa. Se llama Rajah. Si se puede, subiremos.

Se metieron por entre los barcos, junto a los muelles donde el agua es verde y está quieta y donde crecían barnaclas en montones de materias resbaladizas. Extraños olores saludaron su olfato y su vista contempló aspectos raros, pero todo esto gustó a Rosa, que se imaginó estar desembarcando en Hong-Kong mientras subían la escala a la sombra del Rajah. De las bodegas salían cajones y fardos, que eran transportados a los almacenes por robustos mozos de cordel, los voceaban llevando de un lado a otro los pesados bultos, empujando pequeñas vagonetas o haciendo funcionar grúas de garras de acero, que los elevaban para depositarlos en los sitios donde se abrían puertas como boas, dispuestas a tragarlos.

El doctor Alec la subió al buque y ella tuvo la satisfacción de curiosear todos los rincones accesibles, con riesgo de ser aplastada, perderse o ahogarse.

-Bueno, criatura, ¿qué dirías si hiciésemos un viaje alrededor del mundo en un barco viejo como éste? -preguntó el tío, mientras se disponían a descansar unos minutos en la cabina del capitán.

-Me gustaría ver el mundo, pero no en un aparato tan pequeño, sucio y maloliente como éste. Deberíamos ir en un yate cómodo y limpio ; Charlie dice que ésa es la verdadera manera de viajar -contestó Rosa, inspeccionando con mucha atención el camarote.

-No haces honor a tu apellido si no te gusta el olor de la brea y del agua salada, y Charlie tampoco, con su yate lujoso. Vamos a la orilla y tendremos un rato de chin-chin con los del Oriente.

Después de atravesar encantada los grandes almacenes, mirándolo todo, encontraron al tío Mac y el caballero de raza amarilla en su cuarto privado, donde se veían muestras, regalos, curiosidades y tesoros acabados de llegar, todos apilados en agradable profusión y confusión.

En cuanto pudo Rosa se retiró a un rincón, con un dios de porcelana a un lado y un dragón verde al otro; pero lo más inquietante de todo era que Fun See estaba sentado en un cajón de té, delante suyo, y tanto la miró que ella no supo hacia dónde llevar su mirada.

El señor Whang Lo era un caballero anciano vestido a la americana, con una coleta muy bien arrollada en la cabeza. Hablaba inglés y lo hacía animadamente y con toda naturalidad durante su conversación con el tío Mac, y Rosa consideró que como chino era una pifia. Pero Fun See era chino desde la punta de sus zapatos en forma de junco a su sombrero en forma de pagoda, pues se había vestido de gala completa, con todo un almohadón de blusas de seda y sus pantalones anchos.

Era bajo y gordo y se balanceaba cómicamente; sus ojos eran muy rasgados, como observó Rosa; llevaba largas la coleta y las uñas, tenía cara gordinflona y brillante y era, en general, lo que se llama un chino de verdad.

El tío Alec le contó que Fun See había ido a completar su educación y que apenas hablaba un poquito de inglés, de modo que tendría que ser buena con el chico, el cual era en realidad un muchacho, aunque pareciese tan viejo como Whang Lo. Rosa dijo que sería buena con él, pero no se imaginaba cuáles pudieran ser las atenciones que debiese dispensar a su extraño huésped, el cual parecía escapado de los paisajes de papel de arroz pegados en la pared y la miraba moviendo la cabeza como un mandarín de juguete. Le costó trabajo mantenerse seria.

En mitad de su cortés turbación, el tío Mac advirtió que los dos jóvenes se contemplaban fijamente y al parecer se divertía viendo esta manera de trabar amistades bajo una barrera de dificultades. Tomó una caja de su mesa y la dio a Fun See con una indicación que pareció complacerlo mucho.

Bajó el chino de su pértiga y se puso a desenvolver el paquete con gran celeridad y eficiencia, mientras Rosa lo contemplaba preguntándose que pasaría. Al instante, de uno de los envoltorios salió una tetera y sin poderse contener palmeó las manos muy divertida, pues el objeto tenía la forma de un chinito rollizo. Su sombrero era la tapa, su coleta el asa y su nariz el pico. Estaba paradito con sus zapatos levantados en la punta y la sonrisa en su cara soñolienta y gordinflona, tan igual a la sonrisa de Fun cuando enseñó la tetera, que Rosa no pudo menos de echar a reír y esto lo alegró muchísimo.

Dos hermosas tazas con tapas y una preciosa bandeja escarlata completaban el juego, inspirando el deseo de tomar un té aunque fuese a la usanza china, sin azúcar ni crema.

Una vez que el chino colocó estos objetos en orden sobre la mesa, delante de Rosa, le indicó por señas que eran suyos, obsequio de su tío. La niña le devolvió las gracias en igual forma, hecho lo cual el chino se volvió a su cajón de té y, no disponiendo de otros medios de comunicación, se sentaron sonriendo y dedicándose inclinaciones de cabeza en forma absurda, hasta que por último pareció que a Fun se le ocurrió una idea. Descendiendo de su asiento, salió de allí todo lo de prisa que permitían sus faldillas, y Rosa se quedó confiando que no hubiese ido a buscar una rata asada, un perrito en guiso o cualquier otra comida extranjera que se viese obligada a ingerir por razones de urbanidad.

Mientras aguardaba el retorno de su nuevo amigo, su mente atesoró conocimientos que, de saberlo, habrían hecho las delicias de la tía Juana. Los caballeros hablaban de toda clase de cosas y ella escuchaba con atención, almacenando cuanto oía, pues poseía buena memoria y anhelaba distinguirse mediante la mención de datos útiles cuando la reprochasen ignorancia.

Estaba precisamente procurando meterse bien en el cerebro que Amoy se hallaba a doscientas ochenta millas de Hong-Kong, cuando Fun regresó presuroso, trayendo lo que ella creyó que sería una espadita, pero que resulto ser un abanico inmenso, el cual le fue regalado con una retahíla de cumplimientos chinos, cuyo significado la hubiese divertido mucho más que el sonido si hubiese podido entenderlos.

Nunca había visto abanico tan sorprendente y en el acto quedó ensimismada en su contemplación. Por supuesto, no tenía perspectiva ninguna la pintura, lo cual fue motivo de mayor interés por parte de Rosa. En uno de los lados se veía una dama con agujas de tejer azules en el cabello, sentada directamente encima de la aguja de una pagoda impresionante. En otra parte un arroyo parecía entrar directamente por la puerta principal en la casa de un señor gordo y salir por la chimenea. Había también una pared en zigzag que llegaba hasta el cielo como un rayo de luz, y un ave de dos colas empollaba al parecer sus polluelos en la cabeza de un pescador cuyo barco estaba por encallar en la luna.

Todo aquello tenía mucho de fascinante, y habría sido capaz de pasar la tarde entera abanicándose, con gran satisfacción de Fu, si el doctor Alec, atraída su atención por un mechón de cabello que se le movía con el aire, no le hubiese hecho notar que era hora de irse. Volvieron a guardar la hermosa porcelana, Rosa plegó su abanico y con varios paquetes de exquisito té para las señoras, que el doctor Alec metió en sus bolsillos, se despidieron de los chinos, no sin que antes Fu les dedicase "tres inclinaciones del cuerpo y nueve golpecitos", como en su patria suele saludarse al Emperador o Hijo del Cielo.

-Tengo la misma sensación que si hubiese estado en China, y creo que se me conoce -dijo Rosa cuando abandonaron el Rajah.

Parecía realmente que así debía ser, pues el señor Whang Lo habíale regalado una sombrilla china, el tío Alec tenía algunos farolitos para encenderlos en su balcón y el abanico inmenso estaba en el regazo de la niña, a cuyos pies se hallaba el juego de té.

-No es malo estudiar así la geografía, ¿verdad? -preguntó el tío, a quien no pasó inadvertida la atención que la chica prestó a las conversaciones.

-Es muy agradable, y pienso en realidad que hoy he aprendido más cosas acerca de la China que en todas las lecciones de clase, aunque siempre contesté con rapidez las preguntas que me hacían. Nadie nos explicó nada, de modo que lo único que recuerdo es que de allí vienen el té y la seda y que las mujeres tienen pies pequeños. Noté que Fun me miraba los míos; deben haberle parecido enormes.

Diciendo esto, Rosa se miró sus zapatos repentinamente alarmada.

-Sacaremos los mapas y el globo, y te explicaré algunos de mis viajes, contándote cosas interesantes mientras recorremos tierras. Fuera de un viaje verdadero, eso es lo mejor que se me ocurre.

-Le gusta muchísimo viajar, y se me ocurre que ha de parecerle aburrido estar aquí, tío. ¿Sabe que la tía Abundancia dice que dentro de un año o dos habrá vuelto a marcharse?

-Es muy probable.

-¡Oh! ¿Y qué será de mí entonces? -pregunto Rosa, suspirando, en un tono de desesperación que hizo al tío sonreír placenteramente mientras decía:

-La próxima vez te llevaré de anclote conmigo. ¿Qué te parece?

-¿De veras, tío?

-De veras, sobrina.

Rosa dio un saltito de alegría y el bote escoró peligrosamente, dando motivo a que la chica se serenase en el acto. Luego se quedó sentada muy quieta, tratando de decidir cuál, entre cien que se le estaban ocurriendo, sería la pregunta que primero hiciese. De pronto el tío Alec, señalando un bote que se acercaba muy veloz detrás de ellos, dijo:

-¡Qué bien rema esa gente! Míralos, y haz observaciones que te serán útiles muy pronto.

El "Petrel tormentoso" era tripulado por doce marineros de arrogante aspecto, que exhibían ostentosamente sus camisas azules y sombreros relucientes, en los cuales se veían estrellas y anclas en todas direcciones.

-¡Qué bien avanzan y eso que son muchachos! Pero si ahora que me fijo, parecen los nuestros. Sí, veo a Charlie riéndose a más no poder. Reme, tío, reme... ¡Sí, que nos alcanzan ya! -gritó Rosa, tan emocionada que estuvo por caérsele al agua su nueva sombrilla.

-Está bien; vamos -y el impulso de los remos, accionados rítmicamente, hizo que el '"Bonnie Belle" cortara las olas como una exhalación.

Los chicos se aplicaron de firme a sus remos, pero el doctor Alec habría llegado a la Punta antes que ellos, si Rosa, en su arrebato, no lo hubiera retardado a causa de los tirones que dio a los cabos del timón y justo en el momento en que enderezaba de nuevo la embarcación no se le hubiese volado el sombrero. Con esto tocó a su término la regata, y mientras perdieron tiempo recogiendo el sombrero, el otro bote se aproximó a su borda, con los remos en alto y los jóvenes remeros dispuestos a armar una barahúnda.

-¿Pescó un cangrejo, tío?

-No, una merluza -contesto él, en el momento en que el sombrero, empapado de agua, era subido a bordo y puesto a secar en un asiento.

-¿Qué han estado haciendo?

-Visitando a Fu.

-¡ Oh, qué bueno, Rosa! Nos imaginamos lo que te habrás divertido, Rosa. Nosotros tenemos pensado llevarlo a casa, para que nos enseñe a remontar esa cometa grande, pues no logramos tomarle la mano. ¿Verdad que es un gran tipo?

-No, es muy pequeño.

-Vamos, no haga bromas y enséñenos lo que se han traído.

-Ese abanico puede hacer de vela.

-Préstale a Dandy tu sombrilla; con tanto sol le arde la nariz.

-Tío, ¿piensa hacer una fiesta con farolitos? -No, voy a preparar un festín de pan y manteca, pues es la hora del té. Si esa nube negra no miente, vamos a tener visita dentro de poco; conviene que te vayas a casa cuanto antes, pues de lo contrario tu madre va a estar preocupada, Archie.

-¡Atención, timonel! Adiós, Rosa; ven a menudo y te enseñaremos todo lo que puede aprenderse acerca de remo -fue la modesta invitación de Charlie.

Entonces los botes se separaron, y por encima del agua, desde el "Petrel tormentoso ", llegó hasta los oídos de Rosa una poesía, de esas que se llaman "sin ton ni son", que los chicos cantaban gozosos.

¡Oh, Timbalú, dichosos somos!
Vivir es fácil, sabiendo cómo.
La noche es larga, la tarde vuela;
Avanza el barco a toda vela.
Cantemos alegres la dulce canción,
Chiripi ripí, chiripi ripón.
Mañana es domingo, es día de fiesta;
Si aquél tiene sueño, que duerma la siesta.
Boguemos, boguemos, que llegan las aves
y vienen de lejos siguiendo las naves.

CAPÍTULO 8

QUÉ VINO A RESULTAR

-Tío, ¿puede prestarme nueve peniques?. Se los devolveré en cuanto tenga dinero mío -dijo, Rosa, entrando de prisa en la biblioteca aquella tarde.

-Creo que puedo, y no te cobraré interés; de modo que no es necesario que te des prisa por pagarme. Ven aquí atrás y ayúdame a arreglar estos libros, siempre que no tengas algo más agradable que hacer -le contestó el doctor Alec, entregando el dinero con esa presteza que tanto deleita cuando los préstamos son pequeños.

-Vengo dentro de un minuto; he estado deseando arreglar mis libros, pero no me atreví a tocarlos, porque usted siempre pone mala cara cuando leo.

-Pondré mala cara cuando escribas, si no procuras hacerlo mejor de lo que has hecho este catálogo.

-Sé que está mal, pero estaba apurada cuando lo hice, y ahora también- y dicho esto, Rosa salió presurosa, feliz por haberse librado de un sermón.

Pero el sermón la esperaba a su regreso, pues el tío Alec seguía mirando la lista de libros con las cejas fruncidas y preguntó con mal gesto, señalando un título que parecía estar por salirse de la página:

-¡Que dice aquí? ¿"Perdices Servidas"?

-No, tío; dice "Paraíso Perdido".

-Bueno, me encanta saberlo, porque estaba pensando si te habría dado por instalar un restaurante o cosa parecida. ¿Y qué es esto, por favor? ¿"Pedazos de Tacos"? Eso es lo que yo leo.

-No, son los "Ensayos de Bacon" -dijo Rosa, con aire de inteligente, después de mirar un instante los garabatos.

-Al parecer, la señorita Power no enseñaba escritura, tal vez porque pensaba que era cosa antigua. Mira esta notita que me dio la tía  Abundancia, y fíjate qué hermosa caligrafía. Fue a una escuela de niñas y aprendió bien un sinfín de cosas útiles; y me tomo la libertad de opinar que eso es mucho mejor que media docena de las llamadas disciplinas superiores.

-Bueno, puedo asegurarle que fui una chica despierta en mi clase, y todo lo que me enseñaron lo aprendí perfectamente. Luly y yo éramos las primeras del aula y nos elogiaban mucho por nuestros conocimientos de francés, música y otras cosas -replicó Rosa, un poco ofendida por la crítica del tío.

-Sin duda; pero si de gramática francesa no estabas mejor que de la inglesa, me atrevo a decir, querida, que los elogios no eran merecidos.

-No, tío; nosotras estudiábamos gramática inglesa, y analizaba oraciones sin equivocarme. La señorita Power solía tenernos como niñas modelo cuando venían gentes. Sé que hablo tan correctamente como la mayoría de las chicas.

-Sí, si... ; pero somos demasiado descuidados en nuestro propio idioma. Ahora mismo acabas de emplear algunas expresiones que no están bien: "niñas modelo", "correctamente", "gentes".

Rosa se mordió los labios y no tuvo más remedio que admitir que su tío tenía razón.

-Vamos a tener que modificar algo tu manera de hablar. Una cosa, Rosa; no pretendo que me tomes por modelo en nada, y puedes corregirme en gramática, urbanidad y moral siempre que compruebes que estoy equivocado, y por cierto que he de agradecértelo. De tanto andar por el mundo me he vuelto descuidado; pero deseo que mi niña tenga una educación esmerada, aunque durante todo un año no estudie más que las cosas muy elementales. Piano piano si va lontano.

Hablaba tan en serio y parecía tan afligido por haberla humillado, que Rosa se sentó en el brazo de su sillón y le dijo con aire de penitente:

-Lamento haberme enojado, tío, cuando debí darle las gracias por tomarse tanto interés por mi. Creo que tiene razón en eso de ir lentamente al principio, pues solía entender las cosas mucho mejor cuando papá me daba lecciones que después, cuando la señorita Power me hacía pasar sin detenerme por tantos asuntos distintos. Debo confesar que en la cabeza se me creaba tal confusión de francés, alemán, historia, aritmética, gramática y música, que a veces creí que no daba más. No me sorprende que me haya dolido.

Pensando en aquella confusión, llegó a sospechar que en ese momento le daba vueltas la cabeza.

-Sin embargo, esa escuela es tenida por muy buena, y a mi juicio lo habría sido si la docta maestra no hubiese creído necesario atiborrar a sus alumnas, rellenándolas como pavos de Navidad, con tanta sabiduría dispersa, en vez de darles lo que puede ser una nutrición espiritual sana y lógica. Es lo malo que tienen la mayoría de las escuelas de nuestro país, y las cabecitas infantiles seguirán doliendo, doliendo hasta que el sistema de estudio sea mejor.

Esto de dar sermones era una de las aficiones mayores del tío Alec, y Rosa temió que entrase en una disquisición interminable; pero el hombre se contuvo e imprimió a sus ideas un giro nuevo, diciendo de pronto, al tiempo que extraía del bolsillo una cartera abultada:

-El tío Mac ha puesto sus asuntos en mis manos, y aquí tienes tu dinero del mes. Supongo que llevas tus propias cuentas, ¿verdad?

-Gracias. Sí, el tío Mac me dio un libro de cuentas cuando yo iba a la escuela y anotaba mis gastos, pero no pude entenderme bien, porque los números son una de las cosas para las cuales soy muy torpe -dijo Rosa, buscando en su escritorio un libro manoseado, que sintió vergüenza de enseñar después que lo encontró.

-Pues bien, como los números tienen gran importancia para la mayoría de nosotros, y es posible que un día tengas que llevar muchas cuentas, ¿no te parece que lo más acertado sería empezar ahora mismo y así aprendes a manejar los peniques antes de que las libras lleguen a darte mucho trabajo?

-Creí que usted cargaría con todo ese enredo y cuidaría de las libras, como suelen decir generalmente. ¿Hace falta que me ocupe de eso? ¡Aborrezco tanto las sumas!

-Me encargaré de las cosas hasta que tú seas mayor de edad, pero he querido decir que debes saber cómo son administrados tus bienes, y hacer cuanto puedas desde el comienzo mismo; de ese modo, no tendrás que depender de la honestidad ajena.

-¡Dios mío! ¡Cualquiera diría que no fuese capaz de confiarle ciegamente millones de millones, si los tuviese! -exclamó Rosa, escandalizada al sólo pensar en esto.

-Muy bien, yo podría sentir una tentación en cualquier momento. A los tutores les ocurre a veces. De modo que lo mejor es que no me quites la vista de encima, y para que puedas hacerlo es indispensable que aprendas estas cuestiones -contestó el doctor Alec, mientras hacía un asiento en su libro muy bien cuidado.

Rosa miró por encima de su hombro, y revolvió en su cerebro el enigma aritmético que se le presentaba a la vista.

-Tío, cuando suma los gastos, ¿descubre siempre que tiene más dinero del que tenía al principio?

-No, por lo común descubro que tengo mucho menos que al comienzo. ¿Te preocupa eso que acabas de decir?

-Sí, es curiosísimo, pero es que nunca logré entenderme con las cuentas.

-Tal vez pueda ayudarte -dijo el tío Alec en tono respetuoso.

-Desearía que lo hiciese, pues si tengo que llevar cuentas alguna vez, casi conviene más que empiece ahora como es debido. Pero no se ría, por favor. Sé que soy muy torpe, y mi libro está a la miseria, porque siempre me enredo en estas cosas.

Con mucha vacilación, Rosa exhibió su libro de cuentitas.

Era sin duda bondadoso el tío Alec, pues no se rió; y Rosa se sintió muy agradecida al oírle decir, como una sugerencia suave -Veo que están un poco mezclados los peniques y los chelines; tal vez, si los enderezo un poco, empezaremos a encontrar cositas.

-Hágalo, por favor, y luego, enséñeme en una hoja limpia la manera de anotar las cifras, para que las mías queden tan limpias y ordenadas como las suyas.

Mientras observaba Rosa la facilidad con que el hombre enderezaba aquel enredo, resolvió íntimamente buscar su viejo libro de aritmética y perfeccionarse en las cuatro reglas, con un buen repaso de fracciones, antes de leer nuevos cuentos de hadas.

-¿Soy rica, tío? -preguntó de pronto, al tiempo en que el hombre copiaba una columna de cifras.

-Más bien pobre, a mi juicio, ya que has tenido que pedir prestados nueve peniques.

-La culpa es suya, porque se olvidó de mi cuota para pequeños gastos; pero ¿le parece que ahora seré rica?

-Temo que sí.

-¿Teme?

-En efecto; porque mucho dinero es mala cosa. -Puedo regalarlo, ¿sabe?; esa es precisamente la mayor ventaja de tener dinero.

-Me encanta que lo pienses, pues puedes hacer mucho bien con tu fortuna si sabes emplearla debidamente.

-Usted me enseñará, y cuando sea mujer pondré una escuela en que no se enseñe más que leer, escribir y cuentas, donde todos los chicos se alimenten de avena y las chicas tengan cinturas de un metro de ancho - dijo Rosa, cuyas mejillas se ahuecaban en una repentina sonrisa burlona.

-Eres una impertinente, por venirme con esas pullas en mitad de mi primer intento de enseñanza. Pero no importa, ya te buscaré una dosis más amarga la próxima vez.

-Adiviné que usted quería reír un poco, y por eso lo hice. Pero me portaré bien, maestro, y haré mis ejercicios muy bien hechos.

El doctor Alec se distrajo, como al parecer deseaba, y Rosa se sentó a escuchar una lección de cuentas que no había de olvidar jamás.

-Ven aquí y léeme en voz alta; tengo la vista cansada, y es agradable sentarse junto al fuego mientras afuera cae la lluvia y la tía Juana sermonea arriba -dijo el tío Alec después de haber puesto en orden las cifras del mes anterior y empezar la nueva página.

A Rosa le agradaba leer en voz alta, y con gran alegría le hizo escuchar el capítulo de "Nicolás Nickleby" en que las señoritas Kengwigs toman su lección de francés; realizó el mayor esfuerzo posible, consciente de que el tío le buscaría fallas y deseosa de causar buena impresión en esto como en todo lo demás.

-¿Sigo, señor? -preguntó mansamente después que concluyó el capítulo.

-Si no estás cansada, sí; es un placer escucharte, porque lees admirablemente bien -fue la respuesta, de la cual no pudo menos de sentirse orgullosa y halagada.

-¿Lo cree de veras, tío? ¡Qué contenta estoy! Papá me enseñó, y solía leerle horas enteras; pero pensé que tal vez a él le gustaba porque me quería mucho.

-También yo te quiero; pero lees extraordinariamente bien, y me satisface mucho que así sea, pues es condición muy rara y que aprecio en cuanto vale. Ven aquí a esta sillita baja; hay mejor luz, y puedo darte unos tironcitos de cabellos cuando corras demasiado. Ya veo que tu tío encontrará en ti un gran consuelo y un motivo de orgullo cuando sea muy viejo.

El doctor Alec la acercó hacia sí y su mirada y el tono de su voz fueron tan paternales que tuvo la sensación de que sería facilísimo amarlo y obedecerlo, ya que con tanta habilidad mezclaba reproches y alabanzas.

Cuando llegó a su fin otro capítulo, el ruido producido por las ruedas de un carruaje les anunció que la tía Juana estaba por salir. Sin embargo, antes que pudieran ir a su encuentro, apareció ella en la puerta, envuelta en un impermeable que le daba un extraño aspecto de momia alargada y con anteojos que brillaban como ojos de gato desde las profundidades de su capucha.

-¡Lo que imaginé ! Acariciándola para que se eche a perder, y obligándola a quedarse leyendo estupideces hasta muy tarde. Confío, Alec, que no dejarás de reconocer la responsabilidad que has aceptado -le dijo, sin disimular su satisfacción de ver que las cosas iban mal.

-Hermana Juana, tengo el convencimiento de que no pierdo de vista mi situación -le contestó el doctor Alec, elevando cómicamente los hombros y mirando de reojo la carita brillante de Rosa.

-Es una pena hacer que una chica como Rosa pierda de ese modo horas que no vuelven. Mis hijos, por ejemplo, han estudiado todo el día y Mac está dedicado aún a sus libros, mientras que estoy segura de que tú no has estudiado nada desde que viniste.

-Hoy he aprendido una lección estupenda, tía -fue la inesperada respuesta de Rosa.

-Me alegra oírlo. ¿Y de qué ha sido esa lección, si puede saberse?

Rosa puso gesto muy serio al contestar -Navegación, geografía, gramática, aritmética y manera de dominar el genio.

-Curiosas lecciones, sin duda. ¿Y qué es lo que has sacado en limpio de esa extraña mezcolanza?

La malicia asomó a los ojos de Rosa en forma de chispas. Mirando significativamente a su tío, dijo:

-Todo no puedo contárselo, tía; pero he reunido algunos detalles útiles acerca de la China, donde hay cosas que le gustarían, especialmente los tés. De éstos, los mejores son Lapsing Souchong, Assam Pekoe, Ankoe raro, Pekoe florido, mezcla Howqua, Caper aromático, Padarl, Congou negro y Twankey verde. Shanghai está en el río Woosung, Hong-Kong significa "isla de aguas dulces" y Singapur es "ciudad del león". "Chops" son los botes grandes en que la gente vive dentro y el té lo beben en platitos. Los productos principales son porcelana, té, canela, chales, estaño, tamarindos y opio. Tienen templos hermosos y dioses muy extraños; y en Cantón está la Morada de los Cerdos Sagrados, catorce en total, muy grandes y todos ciegos.

Fue enorme el efecto de esta notable explosión, en especial el del último hecho consignado. La tía Juana se achicó por completo, pues aquello era tan inesperado y repentino que no acertó a decir una sola palabra. Los anteojos siguieron fijos en Rosa durante un momento, y luego, después de musitar una exclamación, la buena señora se dirigió a su coche y se alejó algo atónita y muy conturbada.

Es posible que su emoción hubiera sufrido un vuelco si hubiese visto a su alocado cuñado bailando una polea con Rosa en el vestíbulo, pues tal es la forma en que conmemoraron el haber conseguido silenciar las baterías enemigas.

CAPÍTULO 9

EL SECRETO DE FEBE

¿Por qué no haces más que sonreír sola, Febe? -preguntó Rosa una mañana en que ambas trabajaban juntas, pues el doctor Alec consideraba que los quehaceres domésticos son la mejor gimnasia y Rosa tomaba lecciones de Febe en lo tocante a barrer pisos, sacudir el polvo y hacer las camas.

-Estaba acordándome de un secretito que conozco y me sonreí sin querer.

-¿Lo conoceré alguna vez?

-Supongo que sí.

-¿Y me gustará?

-¡Oh! ¡Cómo no ha de gustarle!

-¿Sucederá pronto?

-Esta misma semana.

-¡Ya sé lo que es! Los chicos piensan quemar fuegos artificiales el cuatro de julio y me deparan una sorpresa. ¿Es eso?

-Así dicen.

-Bueno, puedo esperar. Dime sólo una cosa. ¿Está el tío en ello?

-Claro que sí. No estando él, no hay nada divertido.

-Entonces está bien, y tengo la certeza de que será lindo.

Rosa salió al balcón para sacudir las alfombras, y después de aporrearlas bien, las colgó en la baranda para que se aireasen. Mientras tanto, se entretuvo en mirar sus plantas. Había varios jarrones y macetas altas, y el sol y la lluvia de junio habían obrado maravillas con las raíces y retoños plantados. Dondiegos de día y nasturcias corrían por los hierros, con prisa por florecer. Madreselvas y enredaderas de varias clases trepaban desde el piso bajo en busca de sus hermosas vecinas, y dondequiera que tenían sitio para asirse alargaban sus brotes, que pendían como festones verdes.

Las aguas de la bahía danzaban bajo la caricia solar, un viento fresco mecía los castaños arrancándoles un ruido grato, y el jardín de la planta baja estaba lleno de rosas, mariposas y abejas. Los pájaros en su gloria gorjeaban y piaban, realizando gozosos la tarea de constructores y a lo lejos gaviotas de blancas alas descendían y rozaban el agua como barcos entrecruzándose con otras aves mayores.

-¡Oh, Febe, tenemos un día encantador! Me gustaría que tu hermoso secreto se materializase en un día así. Siento deseos de disfrutar, ¿y tú? -preguntó Rosa, que movía los brazos como si estuviese por echar a volar.

-Esa sensación la experimento muy a menudo, pero no tengo más remedio que esperar el momento adecuado, y por mucho que desee diversión, no dejo de trabajar. Bueno, deja pasar un momento para que el polvo caiga, y pueda concluir. Voy a meterle mano a la escalera.

Dicho esto, Febe se alejó con la escoba, cantando al salir. Rosa se apoyó como pudo y se puso a pensar en lo mucho que había disfrutado últimamente, pues la jardinería prosperaba a las mil maravillas, aprendía a nadar y a remar, y continuamente tenía paseos a pie y en coche, horas de quietud dedicadas a la lectura o a la charla con el tío Alec y, por sobre todo eso, el dolor la molestaba muy rara vez. Disponía del día entero para trabajar y jugar y de noche dormía como un lirón, gozando la vida con el espíritu de una niña sana y dichosa. Distaba mucho de ser fuerte como Febe y tener su misma salud, pero iba tirando; las mejillas que fueron pálidas se habían teñido de color, las manos eran morenas y rollizas y el cinturón ya no estaba tan suelto. Nadie le hablaba de su salud y ya no recordaba que su constitución era endeble. No tomaba más que los tres grandes remedios del tío Alec, y parecía que le hacían mucho bien. La tía Abundancia dijo que eran las píldoras; pero como la nueva dosis no fue seguida por otra, cabe suponer que la anciana se equivocaba.

Rosa hacía juego con su nombre, y en esto pensó sonriéndose al reflexionar en un secreto más venturoso que todos los que Febe pudiera tener, un secreto del cual no tuvo conocimiento hasta poco antes, el secreto de la buena salud.

-Mírale el vestido de satén
-dijo el duendecito-
pañuelo que le cubre hasta la sien
sus zapatitos,

dijo en la parte baja una voz, al tiempo en que una rosa enorme subía volando y le rozaba las mejillas.

-¿Qué sueña la princesa ahí arriba en su jardín colgante? -dijo el tío Alec, apartando al mismo tiempo un dondiego.

-Estaba pensando que me gustaría hacer algo agradable, ya que el día es tan hermoso; algo muy interesante y nuevo, pues el viento me da bríos y alegría.

-¿Qué te parece si vamos a remar un poco hasta la isla? Pensé dejarlo para la tarde, pero si prefieres ahora, podemos salir en seguida.

-Es muy buena idea. Vendré dentro de quince minutos, tío. Primero estoy obligada a poner rápidamente en orden las cosas de mi cuarto, porque Febe tiene mucho que hacer.

Rosa recogió las alfombras y desapareció, y el doctor Alec se dijo, entre sonrisas de indulgencia

-Es posible que algo se desarregle un poco, pero los chicos disfrutan mucho más si se les permite hacer las cosas cuando quieren.

Nunca un plumero se movió con más fuerza que el que aquella vez sacudía Rosa y jamás un cuarto fue puesto en orden en menos tiempo. Las mesas y sillas volaban a sus sitios como si estuviesen animadas de vida; las cortinas se sacudían igual que si las agitaran ráfagas de viento; las piezas de porcelana chocaban entre sí y los artículos pequeños se daban vuelta como si fuesen meros juguetes de un intenso terremoto. El traje de remo estuvo puesto en un santiamén, y Rosa salió dando saltos, sin soñar ni remotamente cuántas horas pasarían hasta que volviese a ver su cuartito.

El tío Alec estaba colocando una cesta grande en el bote cuando la niña llegó, y antes de que emprendiesen la travesía apareció Febe corriendo, con un bulto extraño y anudado, envuelto en tela impermeable.

-No vamos a poder comer la mitad de esas cosas, y me parece que no hace falta recargar el barco de ese modo -dijo Rosa, a quien el agua seguía imponiendo un cierto respeto todavía.

-¿No has podido hacer un paquete más pequeño, Febe? -preguntó el tío Alec, mirando el fardo con suspicacia.

-No, señor; con la prisa no me ha sido posible -dijo Febe riendo, al tiempo que arrojaba dentro del bote una bola gruesa.

-Eso estará bien para lastre. No olvides mandar la nota que te deje para la señora Jessie.

-No, señor; la mandaré en seguida -y Febe subió corriendo la cuesta de la orilla como si sus pies tuviesen alas.

-Primero echaremos un vistazo al faro, pues nunca has estado allí y vale la pena verlo. Cuando hayamos liquidado esa parte apretará el calor, y tendremos que comer bajo los árboles de la isla.

Rosa estaba dispuesta a todo y se encantó con la visita al faro de la Punta; lo que más le gustó fue subir las estrechas escaleras y entrar en la lámpara enorme. Se quedaron mucho rato, pues parecía que el doctor Alec no tenía prisa por marcharse y pasaba el tiempo mirando con su largavista, como si desease descubrir en mar o tierra alguna cosa notable. Eran más de las doce cuando llegaron a la isla, y desde mucho antes Rosa empezó a sentir apetito.

-¡Esto sí que es hermoso! -dijo, echada plácidamente en el suelo y comiendo sándwiches bajo un viejo manzano-. ¡Cómo me gustaría que los chicos estuviesen aquí! ¿No será espléndido tenerlos con nosotros durante todas sus vacaciones? Pero, ahora que pienso, las vacaciones empiezan hoy, ¿no es verdad? ¡Ah! Si lo hubiese recordado antes, los habríamos invitado.

-Sí, pudimos hacerlo. La próxima vez no tendremos anta prisa. Lo malo es que querrán decapitarnos cuando se enteren -dijo el doctor Alec, mientras sorbía una taza de té frío.

-Tío, fíjese ese olor. ¿No parece que estuviesen friendo algo? -dijo Rosa una media hora más tarde, mientras guardaba los sobrantes del almuerzo.

-Tienes razón. Diría que fríen pescado.

Durante un instante los dos olisquearon el aire, como dos perros en acecho; luego el doctor Alec se puso en pie de un salto y dijo con energía

-Eso es inadmisible. Nadie puede meterse en esta isla sin permiso. Necesito ver quién tiene la osadía de freír pescados en mi propiedad.

Tomando el cesto con una mano y el fardo con la otra, se alejó a largos trancos en la dirección indicada por el olor traicionero, con una expresión de enorme fiereza y seguido por Rosa, que se cubría del sol con la sombrilla.

-Somos Robinsón Crusoe y su indispensable ayudante, y vamos a ver si ya han llegado los salvajes -dijo ella al instante, pues a su fantasía acudían con presteza todas esas viejas historias que tanto deleitan a los niños.

-¡Ahí los tenemos! Dos tiendas de campaña y dos botes. Los bribones han venido a divertirse; no cabe duda.

-Han dejado huellas -dijo el doctor Alec, señalando las cabezas y colas de pescado tiradas entre la hierba.

-Allí hay más -agregó Rosa, riendo y señalando un rojizo montón de algo que bien podía ser langostas.

-Es probable que los salvajes estén devorando sus víctimas en las tiendas. ¿No oyes como raspan los cuchillos?

-Deberíamos arrastrarnos por el suelo y mirar cautelosamente. Robinsón tenía siempre gran cuidado, y el criado le daba unos sustos atroces -dijo Rosa, para quien todavía el asunto era broma.

-Este Robinsón se va a tirar sobre ellos sin atender a las consecuencias. Si muero y me comen, tomas la cesta y echas a correr al bote. En ella tienes provisiones para todo el viaje de regreso.

Dicho esto, el tío Alec se dirigió a la entrada de la tienda y arrojando el fardo como si fuera una granada, dijo con voz de trueno:

-¡Rendíos, piratas!

Se oyó el estrépito del fardo al caer, un ruido de cuerpos que se movían y los gritos de los salvajes, que le hacían frente valerosamente, blandiendo cuchillos, tenedores, huesos de pollo y jarritos de hojalata.

-¡Ha venido demasiado pronto! Todavía no estamos listos. Nos ha estropeado la combinación. ¿Dónde está Rosa?

-Aquí estoy -contestó la niña con voz semiahogada, y la vieron sentada en el montón de trajes de baño de franela roja, que había tomado equivocadamente por langostas y donde vino a caer en medio de la risa provocada por el descubrimiento de que los piratas no eran otros que sus divertidos primos.

-¡Son incorregibles! ¿Qué es eso de aparecérseme de pronto en forma tan ridícula, sabiendo que siempre me lo creo todo porque no estoy acostumbrada a esta clase de travesuras? El tío es igual de perverso que ustedes -añadió Rosa mientras la rodeaban los chicos, y su tono era a medias burla y a medias reprimenda, pues no dejó de hacerle gracia la doble sorpresa.

-Creí que no vendrías hasta la tarde, y mamá ya habría llegado para darte la bienvenida. Ahora todo está enredado, excepto la tienda, pues lo primero que hicimos fue ordenar las cosas bien, para que tengas sitio y ocasión de vernos trabajando -dijo Archie, que como de costumbre hacía los honores.

-A Rosa se le metió en el cerebro, como dice Debby, que algo nos traíamos entre manos, y quiso salir en seguida. Por eso la dejé venir, pero la hubiese retenido una hora más si el olor del pescado no los hubiesen delatado -explicó el tío Alec, pasando del Crusoe enfurecido al hombre afable que de ordinario era.

-Como este asiento está un poco húmedo, creo que voy a levantarme -dijo Rosa, cuando la emoción cedió un poco.

Varias manos se alargaron para ayudarla, y Charlie dijo, al tiempo que con un remo extendía las prendas escarlata sobre el musgo.

-Hemos nadado mucho antes de comer, y dije a los mocosuelos que extendiesen estas cosas bien para que se secaran. Confío que habrás traído tus ropas, Rosa, pues ahora perteneces a la tribu de las Langostas, ¿sabes? , y no sueñas lo que vas a divertirte cuando te enseñemos a sumergirte, flotar y dominar el agua.

-No, yo no he... -empezó a decir Rosa, pero la interrumpieron los mocosuelos (o sea Will y Geordie), que aparecieron trayendo el bulto enorme, tan desecho a causa del golpe, que se veía un traje rojo saliéndose por uno de los lados y una blusita azul por el otro, mientras que la bola pesada resultó ser un estuche de toilette, zapatos de goma y un jarro de plata.

-¡Esa pícara de Febe! De modo que éste era su secreto, y todas estas cosas las envolvió después que baje al bote -dijo Rosa, con ojos chispeantes.

-Se me ocurre que algo se ha roto dentro, pues saltó un pedazo de vidrio -explicó Will, al dejar el fardo a sus pies.

-Si saben de una chica que salga de paseo sin llevar un espejo, me avisan -dijo Mac, con masculino desprecio-. Entre todos nosotros no tenemos ni uno solo.

-Dandy tiene uno -lo interrumpió Geordie, moviendo un dedito acusador en dirección a Esteban, el cual no tardó en hacerlo callar con un golpe que le dio en la cabeza con el palo de su tambor, pero no sin que antes agregase: -Lo vi retocándose la cabellera detrás de un árbol después del baño.

-Vengan, holgazanes; vamos a trabajar, porque de lo contrario no tendremos las cosas preparadas cuando llegue mamá. Lleva las cosas de Rosa a su tienda y explícale los detalles, Príncipe. Mac y Esteban, vayan a buscar el resto de la paja. Y ustedes, los pequeños, limpien la mesa, si han concluído de tragar. Tío, por favor, quisiera que me aconsejara acerca del terreno que podemos tomarnos cada uno y el sitio en que debemos instalar la cocina.

Todos obedecieron al Jefe, y Rosa fue acompañada a su tienda por Charlie, el cual quedó destinado a su servicio. Le encantó su sitio, y mucho más se alegró al conocer el programa, que le fueron revelando mientras trabajaban.

-Siempre hacemos camping en un sitio u otro durante las vacaciones, y este año hemos pensado probar la isla. Está a mano, y desde aquí nuestros fuegos artificiales se verán mucho mejor.

-¿Vamos a quedarnos hasta el cuatro de julio? ¡Tres días enteros l ¡Oh, oh! ¡Qué parranda!

-Pues debes saber que a menudo estamos fuera durante una semana, nosotros los grandes; pero este año han querido acompañarnos los pequeños y se lo hemos permitido. Nos divertimos mucho, como pronto verás, pues hacemos una cueva y jugamos a Capitán Kid, con naufragios, carreras y toda clase de distracciones. Archie y yo somos un poquitito crecidos para esas cosas -siguió diciendo Charles, recordando de pronto sus dieciséis años-; pero lo hacemos por los nenes.

-Nunca pensé que los muchachos se divirtieran tanto. Hasta ahora no me pareció que sus juegos tuviesen interés. Aunque tal vez eso se deba a que en realidad no trabé amistad con muchachos, o que ustedes son excepcionales -dijo Rosa, insinuando levemente un elogio que surtió mucho efecto.

-Sin duda formamos un conjunto de chicos bastante despiertos; pero además disfrutamos de. ventajas apreciables. En primer lugar, constituímos una tribu entera; por otra parte, nuestra familia hace años y años que vive aquí, y -tenemos mucha "pasta", lo cual nos permite mantener un tren de vida envidiable respecto de tantos otros y hacer lo que se nos antoja. Allí, señora, puede colgar su espejo roto en aquel clavo y peinarse todo lo coquetamente que se le antoje. Puedes elegir entre una frazada azul o roja y una almohada de paja o un cojín de aire para tu cabeza, lo que prefieras. Adórnate cuanto gustes y haz de cuenta que eres una india en su wigwam, pues este rincón ha sido destinado especialmente para ustedes las mujeres y nunca cruzamos la línea que está trazando el tío sin obtener permiso antes. ¿Puedo hacer por ti algo más, primita?

-No, gracias. Me parece que para lo demás puedo esperar a que venga la tía, y mientras tanto los ayudaré, si me lo permiten.

-Muy bien. Ven a ocuparte de la cocina. ¿Sabes hacer comidas? -preguntó Charlie, conduciéndola al hueco entre rocas donde Archie estaba levantando un toldo con tela de velas.

-Sé hacer té y tostadas.

-Bueno, entonces te enseñaré a freír pescado y preparar chowder. Ordena bien esas sartenes y cazuelas y arréglalo todo un poco, porque la tía Jessie quiere a toda costa hacer algo, y deseo que todo esté impecable cuando llegue.

A eso de las cuatro el campamento estaba ordenado y los trabajadores fatigados se sentaron en la Roca Mirador para ver si se divisaban Jessie y Jamie, que nunca se soltaba del delantal de la mamá. Parecían una bandada de azulejos, todos vestidos de marino, y con tanta cinta azul volante en cada uno de los sombreros como para poner una mercería. Eran azulejos muy musicales, pues todos cantaban y el eco de sus voces alegres llegó a los oídos de la señora Jessie mucho antes de que pudiese verlos.

Justo en el instante en que el bote apareció a la vista, izaron la bandera de la isla y los marineros vivaron entusiastamente, como hacían en todo momento propicio, cumpliendo con su tradición de buenos patriotas. Esta salutación fue contestada por una mano que agitaba en alto un pañuelo y la voz que decía "¡Ra! ¡ Ra! ¡ Ra! ", voz perteneciente a un marinerito que estaba erguido en la popa, agitando el sombrero, mientras una mano maternal lo tenía bien sujeto por la espalda.

El desembarco de Cleopatra, al descender de su galera de oro, no fue nada en comparación con las aclamaciones de entusiasmo con que la "mamita" fue llevada a la tienda por aquellos chicuelos, por amor a los cuales se resignó sonriente a sufrir incomodidades durante tres días. Jamie se unió en el acto a Rosa, asegurándole que podía contar con su protección contra los infinitos peligros que pudieran presentársele.

Sabedora, a través de su larga experiencia, que los chicos tienen siempre hambre, la tía Jessie no tardó en proponer que cenasen, y se dedicó a preparar la comida, envolviéndose en un delantal enorme y poniéndose en la cabeza un viejo sombrero de Archie. Rosa ayudó y trató de ser tan lista como Febe, aunque el estilo peculiar de mesa dificultó la tarea. Por último quedó todo en orden, y un conjunto animoso se sentó bajo los árboles a comer y beber, sin cuidarse de respetar los platos y tazas ajenos y sin que les causara desazón la aparición frecuente de hormigas y arañas en los lugares que menos se prestan para ser adornados por esta clase de insectos.

-Nunca hubiese creído que lavar la vajilla habría de gustarme tanto como me gusta, pero así ocurre - dijo Rosa, al sentarse en un bote después de la cena, para enjuagar por la borda los platos, voluptuosamente mecida por las olas.

-Mamá tiene cosas muy raras -dijo Geordie, que estaba sentado en un bote vecino-. Nosotros solamente los fregamos con arena y luego los repasamos con un pedazo de papel; y creo que es el mejor sistema.

-i Cómo le gustaría esto a Febe! ¿Por qué no la habrá invitado el tío?

-Creo que hizo la prueba, pero Debby estaba enojadísima y dijo que no podía prescindir de ella. Lo siento, porque a todos nos agrada Febe y aquí estaría a sus anchas, ¿no es verdad?

-Tiene derecho a una vacación, como todos nosotros. Es una pena no haberla traído.

Esto último fue idea de Rosa, y varias veces la revolvió en su cerebro aquella noche, pues Febe habría contribuído eficazmente al concierto que realizaron a la luz de la luna, habría disfrutado con los cuentos que relataron y tomado parte en las adivinanzas, y se habría reído muchísimo. Lo más hermoso de todo habría sido al acostarse, pues a Rosa le hubiese encantado tener alguien con quien acurrucarse bajo la frazada azul, para reírse y decir secretos en voz baja, lo cual divierte tanto a las chicas.

Cuando los demás hacía un rato que se habían dormido, Rosa seguía despierta, emocionada por la novedad que aquello le ofrecía, y de pronto se le ocurrió una idea. A lo lejos oyó que un reloj daba las doce; una estrella grande, como un ojo avizor, parecía espiar por la abertura de la tienda, y el murmullo de las aguas al chocar contra la orilla de la isla era como una invitación. La tía Jessie dormía a pierna suelta, con su pequeño Jamie enrollado a los pies, y ninguno de los dos hizo el menor movimiento mientras Rosa, después de ponerse una ropita de abrigo, salió a ver que tal aspecto tenía el mundo a esa hora.

Le pareció excelente, y se sentó en una barriquita de galletas, para gozar del espectáculo a sus anchas, henchido el corazón del inocente sentimiento propio de sus pocos años. Por fortuna, el doctor Alec la vio antes que tuviese tiempo de pescar un constipado, pues al salir en busca de más aire por la parte trasera de su tienda llamó su atención la pequeña figura y la sombra que la luna proyectaba en el suelo. Como no tenía miedo a los espectros, se aproximó silenciosamente, y al advertir quién era, le posó una mano en sus cabellos brillosos y dijo:

-¿Que hace aquí mi niña?

-Disfrutando del espectáculo -dijo Rosa, sin denotar sobresalto alguno.

_¿Qué estará pensando mi sobrinita con ese semblante tan serio?

-En lo que usted me contó de aquel marinero valiente que cedió su sitio en la balsa a las mujeres y la última gota de agua al pobre nenito. Los que hacen sacrificios son muy queridos y admirados, ¿verdad, tío?

-Si el sacrificio es real, sí. Pero muchos de los más valientes no son conocidos nunca y nadie ensalza sus actos. Esto no amengua la belleza del gesto, aunque tal vez lo hace más duro, pues a todos nos placen las alabanzas -y al pronunciar estas últimas palabras, el doctor Alec lanzó un suspiro que parecía expresar resignación.

-Supongo que usted habrá hecho muchos. ¿Por qué no me cuenta algunos? -preguntó Rosa, a quien el suspiro no pasó inadvertido.

-El último fue dejar de fumar -dijo el doctor Alec, desviando en forma poco romántica la conversación.

-¿Y por qué lo hizo?

-Es un mal ejemplo para los chicos.

-Su decisión merece los mayores elogios. ¿Le costó trabajo?

-Me avergüenzo de confesarlo, pero así fue. Sin embargo, como cierta vez dijo un sabio: "Es necesario cumplir con el deber; no hace falta sentirse feliz".

La forma en que Rosa meditó en aquel dicho denotaba que le había gustado.

-Prescindir de las cosas que se desean ardientemente es un gran sacrificio, ¿verdad, tío?

-Sí.

-¿Y hacer el sacrificio en secreto porque una quiere mucho a otra persona y desea que sea feliz?

-También es gran cosa.

-¿Hacerlo con voluntad, alegrándose sin detenerse a pensar si no llega el reconocimiento?

-Sí, querida, ese es el verdadero espíritu del sacrificio y de la abnegación, y al parecer lo entiendes. Diría que en la vida no pueden faltarte ocasiones de practicarlo. Confío que no te cuesten gran trabajo.

-Creo que no será tan fácil -dijo Rosa, y se contuvo bruscamente.

-Si así es, hagamos uno ahora. Vete a dormir, porque podrías amanecer enferma, y las tías dirán que el camping es una locura.

-Muy bien, tío; buenas noches -y echándole un beso con las manos, el pequeño espectro desapareció.

CAPITULO 10

EL SACRIFICIO DE ROSA

Ciertamente hubieron regocijos en la Isla de los Campbell al día siguiente, tal como predijo Charlie, y Rosa participó de todos ellos con la firme determinación de aprovechar al máximo los minutos disponibles. Disfrutaron de un desayuno alegre, una expedición de pesca que tuvo gran éxito y luego las langostas salieron a relucir en todo su esplendor, a tal punto que hasta la tía Jessie apareció vestida de franela roja. No hubo nada que el tío Alec no se sintiese deseoso de hacer en el agua, y los chicos procuraron imitarlo con todas sus fuerzas y toda su habilidad, de modo que hubieron zambullidas y proezas notables, y todos trataron de destacarse en una u otra forma.

Rosa nadó hasta internarse mucho más allá de la profundidad que le estaba permitida, vigilada por el tío Alec que la sacaba a flote si era necesario; la tía Jessie chapoteó a su gusto en los charcos poco hondos y Jamie imitaba los movimientos de una ballena a su lado; y todos los demás chicos nadaban juntos, como una bandada de flamencos aturdidos, al parecer imitando la famosa danza de "Alicia en el País de las Maravillas".

Lo único que pudo inducirlos a interrumpir sus jugueteos en el líquido elemento fue el chowder; ese famoso plato, que ostenta orgulloso el polvo de su antigua tradición y requiere muchas manos, por lo cual fue necesario que los duendecillos del agua saltasen a tierra y se sintiesen dispuestos a trastear en la cocina.

No hace falta decir que, una vez terminado, fue uno de los chowders más excelentes de que hay memoria, y la cantidad que devoraron hubiera sorprendido al mundo si el secreto hubiese traspuesto los confines de la isla. Despues de tamaño esfuerzo, lo más apropiado era una siesta, y unos se echaron a dormir en las tiendas y otros al aire libre, cada uno a su gusto y deseo, como guerreros que se caen rendidos dondequiera los sorprende la noche.

Los mayores acababan de disponerse a descansar un ratito cuando los pequeños se levantaron, reconfortados y dispuestos a seguir con sus diabluras. Una simple insinuación los mandó todos a la cueva, y allí descubrieron arcos y flechas, mazas de combate, espadas viejas y varias otras reliquias de gran interés. Encaramada en una roca que dominaba el paisaje y en compañía de Jamie, que le explicaba las cosas, Rosa contempló una serie de escenas emocionantes ejecutadas con gran vigor y exactitud histórica por sus hábiles parientes.

El Capitán Cook fue asesinado por los indígenas en un episodio en extremo impresionante. El Capitán Kid escondió tesoros sin cuento en la cazuela del chowder al caer la noche y mató a los dos fieles villanos que compartieron con el pirata el secreto de su escondrijo. Simbad bajó a tierra y tuvo múltiples encuentros; y un sinfín de naufragios se produjeron en aquellas arenas.

Rosa pensó que jamás había presenciado dramas de mayor emoción, y cuando todo aquello remató en una gran danza al estilo de las Islas Fiji, con gritos salvajes que asustaron a las gaviotas, la niña no hubiera tenido palabras con que expresar su reconocimiento.
Nuevamente nadaron a la hora del crepúsculo, y de nuevo en la noche les sirvió de agradable distracción mirar las luces de los barcos que surcaban el mar y los botes de placer que volvían al puerto, con lo cual finalizó el segundo día de camping y todos se acostaron temprano, a objeto de estar prontos para las festividades del día siguiente.

-Archie, ¿lo he soñado o hace un rato oí que el tío te mandó ir remando hasta casa mañana para buscar leche fresca y otras cosas?

-Sí, ¿por qué?

-¿Puedo ir yo también? Quiero arreglar un asunto de mucha importancia -dijo Rosa como una confidencia y en voz baja, mientras se despedía de sus primos-. Ya sabes que me trajeron apresuradamente.

-Yo estoy conforme. Supongo que Charlie no tendrá inconveniente.

-Gracias. No dejes de ayudarme cuando pida permiso de mañana, y hasta entonces no digas nada, salvo a Charlie. Prométemelo -y tan vehemente fue el tono en que Rosa dijo esto, que Archie creyó necesario adoptar una pose dramática y gritar con fuerza:

-¡ Por esa luna lo juro!

-¡Calla! Muy bien, acuéstate -y Rosa se alejó muy satisfecha.

-Es una diablilla muy simpática, ¿verdad, Príncipe?

-Claro que sí. Puedo asegurarte que le he tomado gran cariño.

Rosa oyó ambas cosas, y al retirarse a su tienda, se decía con somnolienta dignidad

-¡Diablilla simpática! Esos muchachos hablan como si yo fuese una criatura. Espero que pase el día de mañana y no tendrán más remedio que tratarme con mayor respeto.

Archie estuvo de su lado al día siguiente, y su ruego fue atendido prestamente, pues prometieron volver en seguida. Salieron, y Rosa saludó con la mano a los isleños, pero en su actitud pensativa algo tenía que ver una heroica determinación que acariciaba interiormente y el espíritu de abnegación que estaba por ilustrar en forma nueva y conmovedora.

Mientras los muchachos conseguían la leche, Rosa fue corriendo a ver a Febe y le ordenó que dejara los platos, se pusiera el sombrero y llevase de vuelta una nota al tío Alec, en la cual le explicaba su actitud un tanto misteriosa. Febe obedeció, y cuando fue al bote la acompañó Rosa, para decir a los chicos que aun no podía volverse, pero que alguno de ellos podría ir a buscarla cuando desde el balcón les hiciese señas con un trapo blanco.

-¿Y por qué no vienes ahora? ¿Qué enredo te traes? Al tío no va a gustarle -dijo Charlie, protestando muy extrañado.

-Haz lo que te digo, criatura; el tío lo entenderá todo y aceptará. Obedece, como me ha obedecido Febe y no hagas preguntas. Puedo tener mis secretos igual que cualquiera -dijo Rosa, alejándose altanera y con tal aire de orgullosa independencia que sus amigos se impresionaron muchísimo.

-Hay algún complot entre el tío y ella -se dijeron los muchachos, alejándose sin más insistencia-; lo mejor es que no nos entrometamos, ¿no es verdad, Febe?

Pero en la isla fueron recibidos con muestras de gran extrañeza. Esto es lo que la nota decía:

Querido tío:

Hoy ocuparé el lugar de Febe, para que ella se divierta en la isla. Por favor, no tome en cuenta lo que diga, y reténgala, diciéndoles a los chicos que sean buenos con ella como si fuese yo. No crea que me ha sido fácil esto; es muy difícil renunciar a un día tan bello, pero me parece egoísmo acaparar todo el placer, mientras que Febe no disfruta de ninguno, y por eso he decidido hacer este sacrificio. Hágame caso y no se burle; no deseo elogios, y en realidad es mi deseo. Cariños para todos de ROSA.

-¡Bendita sea, que corazón más generoso tiene! -dijo el doctor Alec, una vez que pasó la primera impresión de sorpresa-. ¿Vamos a buscarla, Jessie, o la dejamos que haga su capricho ?

-Déjala en paz, y no le estropees ese pequeño sacrificio. Se ha tomado en serio su papel, y lo mejor que podemos hacer, en respeto a su esfuerzo, es procurar que Febe pase con nosotros un día agradable. Estoy bien segura de que lo merece.

La señora Jessie, mediante una seña, indicó a los chicos que dominaran la desilusión sufrida y pusieran de su parte los mayores empeños para distraer gratamente a la invitada de Rosa.

-No aguantará el día entero, y antes del mediodía la veremos remando de vuelta -dijo Charlie-. Apuesto cualquier cosa a que así ocurre.

Los demás se manifestaron tan decididamente de acuerdo con él que se resignaron a prescindir de la pequeña reina de sus travesuras, convencidos de que aquello sería muy transitorio.

Pero fueron pasando las horas y no apareció ninguna señal en el balcón hacia el cual Febe no hacía otra cosa que mirar desesperadamente. Ningún bote de los que por allí pasaban trajo a la fugitiva de vuelta, y fue una decepción para todos aquellos ojos que buscaban el cabello brillante bajo un sombrero redondo, hasta que por último llegó el crepúsculo, con sus colores de costumbre, pero sin que viesen a Rosa por ningún sitio.

-No la hubiese creído capaz de hacer esto. La supuse un poco sentimental, pero veo que lo ha pensado en serio y ha decidido realizar un sacrificio verdadero.

¡ Pobrecita! Le compensaré todo esto mil veces, y le pediré perdón por haber creído que buscaba un mero efecto -dijo arrepentido el doctor Alec, mientras esforzaba su vista en la oscuridad creciente, creyendo que en el jardín veía una figurita sentada, tal como la noche antes vio a Rosa en el barrilito, cuando unía las hebras del generoso ardid que vino a resultar más grave de lo que él mismo presintió.

-Bueno, no podrá menos de ver los fuegos artificiales, a menos que sea tan obstinada como para encerrarse en un cuarto con tal de no mirarlos -dijo Archie, un tanto disgustado por la aparente ingratitud de su prima.

-Verá muy bien los nuestros, pero se perderá los otros más grandes de la montaña -dijo Esteban, interrumpiendo bruscamente la arenga que Mac empezaba a endilgarles sobre los festivales antiguos.

-Puedo asegurarles -dijo Febe, mientras meditaba en las posibilidades de fuga en uno de los botes -que verla venir de pronto sería para mí un espectáculo mucho más grato que todos los fuegos artificiales del mundo.

-Confiemos en que las cosas surtan efecto; si resiste la luminosa invitación de nuestra pirotecnia, querrá decir que es una heroína -agregó el tío Alec, confiado interiormente en que no fuese tan heroica.

Rosa, mientras tanto, había pasado el día activa y tranquila, ayudando a Debby, atendiendo a la tía Paz y resistiendo con firmeza los intentos que hizo la tía Abundancia, en su afán por mandarla de vuelta a la isla. De mañana le resultó duro aquello de venir de un mundo exterior brillante, en medio de banderas, cañonazos, cohetes y tanta gente dedicada al regocijo general, y ponerse a lavar tazas, mientras que Debby refunfuñaba y las tías lamentaban lo hecho. Duro fue también ver el día que tocaba a su término, sabiendo que del otro lado del agua las horas serían venturosas y que le habría bastado con una palabra para lograr el anhelo que, pese a todo, alentaba con fuerza en su corazón. Pero lo peor fue cuando llegó la noche. La tía Paz estaba dormida, la tía Abundancia hablaba con una vecina en la sala, Debby se había instalado en un lugar del porche desde el cual podía ver la exhibición y a la chica no le quedaba nada que hacer más que ponerse sola en el balcón a mirar cómo los cohetes ascendían dando vueltas por el aire en la isla, la montaña y la ciudad, mientras que a lo lejos sonarían bandas de música y el agua sería surcada por botes cargados de gente alegre.

Debemos confesar que una o dos lágrimas oscurecieron el azul de sus ojos y una de las veces, cuando los fuegos artificiales iluminaron intensamente la isla durante un instante y creyó divisar las tiendas, la cabeza de cabello rizado se agachó, apoyándose en la baranda, y una nasturcia que también estaba despierta la oyó murmurar:

-¡Ojalá que allí me extrañe alguien!

Las lágrimas, sin embargo, se secaron, y los ruidos extraños de la noche, que tanto solían llamar la atención de Jamie, parecían haber entablado una conversación entre montaña e isla. Sonriendo pensaba en la actividad que deberían desplegar los chicos para quemar tantos hermosos fuegos sin que la exhibición decayese en ningún momento, cuando de pronto se le acercó el tío Mac, diciendo apresuradamente:

-Vamos, niña; ponte en seguida la esclavina, pelliza, o como la llames, y vente conmigo. Vine a buscar a Febe, pero la tía me dice que se fue, de modo que vendrás tú conmigo. Fun está en el bote, y quiero que tú también vengas a ver mis fuegos artificiales. Los he preparado en tu honor, de modo que tienes que acompañarme, si no quieres causarme una decepción muy grande.

-Pero, tío... -empezó a decir Rosa, pensando que debía renunciar a todo lo que fuese diversión-; es posible que...

-Lo sé, lo sé, querida; la tía me lo ha contado todo. Pero nadie te necesita ahora tanto como yo, así que insisto en que vengas -dijo el tío Mac, que siempre parecía tener mucha prisa y estar enojado, pero que con eso y todo era inusitadamente bondadoso.

Rosa fue con él y encontró al chinito, que tenía un farolito en la mano. Fu trató de ayudarla a subir, y la niña rió a mandíbula batiente de sus extraños esfuerzos por expresarse en inglés. Los relojes de la ciudad daban las nueve en el momento en que se internaban en la bahía. Parecía talmente que los fuegos artificiales de la isla habían cesado, pues al apagarse la última vela en el hormiguero de las tías dejaron de verse fuegos en la distancia.

-Por lo visto, los maestros han concluído ya, pero siguen quemando cohetes de todas clases en la ciudad y son hermosísimos -dijo Rosa, cubriéndose las rodillas con la manta y contemplando atentamente la escena.

-Confío que los muchachos no hayan sufrido ningún inconveniente allá -musito el tío Mac, añadiendo, con una sonrisa de satisfacción, al tiempo en que brotaba la primera chispa-. ¡Ahí va esa! Mira, Rosa, fíjate qué espléndida es. La mandé hacer especialmente en honor a tu venida.

Rosa contempló embobada como la chispa remontaba el espacio y se ensanchaba, convirtiéndose en un jarrón de oro del cual salían hojas verdes y luego, en el centro, una flor carmín que puso resplandores de ensueño en la oscuridad ambiente.

-¿Es una rosa, tío? -pregunto la niña, aplaudiendo entusiasmada el maravilloso espectáculo.

-Por supuesto. Mira ahora, y a ver si adivinas que son esos -le dijo el tío, contento igual que un niño.

Debajo del jarrón apareció lo que al principio pareció ser retamas purpúreas, pero Rosa adivino que representaba realmente y miró embelesada, apoyándose en el hombro de su tío y exclamando:

-¡Son cardos, tío! ¡Cardos escoceses! Siete, uno para cada chico ... ¡Que ocurrencia genial!

Su risa incontenible la forzó a sentarse en el fondo del bote, y desde allí miró el resto del luminoso espectáculo.

-Ha sido estupendo y estoy satisfechísimo de haberlo ideado -dijo el tío Mac, transportado de gozo por su propio éxito-. Ahora, ¿quieres que te deje en la isla o que te lleve de vuelta a la casa? -añadió, levantándola con expresión tan cariñosa que la niña le dio un beso.

-Quiero volver a casa, tío; y le agradezco mucho por este rato inolvidable que me ha permitido pasar. Sé que voy a soñar con las cosas que he visto -contestó Rosa con decisión, aunque a intervalos miraba de reojo la isla, tan cerca en aquel momento que creía oler la pólvora y ver las figuras sombreadas que correteaban por allí.

Fueron a casa, y Rosa se durmió diciéndose:

-Fue más difícil de lo que supuse, pero estoy contenta de haberlo hecho, y no necesito más pago que la satisfacción de Febe.

CAPÍTULO 11

POBRE MAC

En cierto sentido fue un fracaso el sacrificio de Rosa, pues aunque los mayores la reverenciaron más después de aquello, y así lo demostraron, en los muchachos no provocó el respeto repentino que ella creía. Más aún, tuvo que ofenderse un poco al escuchar que Archie decía que no le veía punta al asunto, y el Príncipe acrecentó su desazón al manifestar que era una perfecta tontería.

Se comprende que experimentase toda esa desazón, pues aunque una no espere que suenen trompetas, siempre es grato que las virtudes propias sean reconocidas y es forzoso sentirse desengañada cuando tal cosa no tiene lugar.

Pronto llegó un momento, no obstante, en que Rosa, sin habérselo propuesto, se captó no sólo el aprecio de sus primos, sino su gratitud y afecto también.

Poco después del episodio de la isla, Mac sufrió un ataque de insolación y durante un tiempo estuvo muy mal. Fue tan repentino que a todos los tomó de sorpresa, y durante algunos días la salud del niño peligró mucho. Se curó poco a poco, sin embargo; y entonces, precisamente cuando en la familia reinaba de nuevo la alegría, una sombra siniestra se cernió sobre ellas.

Mac empezó a quejarse mucho de la vista, cosa comprensible, pues la había esforzado mucho, y como nunca fue muy fuerte, el sufrimiento era doblemente lógico.

Ninguno se atrevió a comunicarle el pronóstico alarmante del médico oculista que fue a verlo, y el niño trató de tener paciencia, pensando que con unas semanas de descanso repararía el destrozo de muchos años.

Le prohibieron mirar siquiera un libro, y como eso era lo que más lo apasionaba, el Gusano se sintió terriblemente afligido. Todos deseaban leerle en voz alta, y al principio los chicos pujaron por la distinción y el honor. Pero a medida que transcurrían las semanas y Mac seguía confinado a la quietud y la oscuridad, el celo disminuyó. No era cosa fácil para chicos tan movedizos, precisamente en mitad de sus vacaciones; y nadie los culpó si ahora pujaban por hacer encargos, visitarlo brevemente, y traerle tan sólo cálidas expresiones de simpatía.

Los mayores hicieron cuanto les fue posible, pero el tío Mac era hombre muy ocupado, las lecturas de tía Juana sonaban a entierro y no había quién pudiese aguantarlas mucho rato, y las otras tías estaban absorbidas por sus respectivas preocupaciones, aunque no dejaban de tener con el chico todas las atenciones imaginables.

El tío Alec era ideal, pero no podía dedicar el día entero al enfermito, y si no hubiese sido por Rosa, el pobre Gusano la habría pasado muy mal. Su voz agradable fue un regalo para los oídos del niño, su paciencia no tuvo límites y al parecer el tiempo carecía de valor para ella, todo lo cual significa que el consuelo fue inmenso.

La niña denotó un gran poder de abnegación, y permaneció fielmente en su puesto mientras los demás huían. Hora tras hora se la vio sentada en el cuarto en penumbra, donde el único rayo de luz era el que iluminaba el libro, leyéndole al chico, que con los ojos cubiertos disfrutaba de aquel único placer que iluminó sus días de dolor. A veces se ponía exigente y, era difícil complacerlo, a veces refunfuñaba porque la lectora no sacaba partido de los libros áridos que él prefería, y otras se mostraba tan abatido que ella sentía impulsos de llorar. Pero a través de estos sufrimientos Rosa se mantuvo incólume, y apeló a todos los recursos posibles para aliviar su situación. Cuando se quejaba fue paciente; cuando refunfuñaba, proseguía valerosa la marcha a través de las páginas abstrusas, que nada tenían de sequedad, pues sus lágrimas caían en silencio sobre ellas de cuando en cuando. Y las veces en que Mac se denotaba deprimido, lo alentaba con todas las palabras de esperanza que acudían a su imaginación.

Dijo poco, pero ella adivinó que le estaba agradecido, pues lo sobrellevaba mejor que ningún otro. Si llegaba tarde, él no protestaba; cuando tenía que marcharse, el niño parecía quedarse triste; y cuando el corazón dolorido parecía sentir con más fuerza el peso de su infortunio, ella tenía siempre una forma u otra de calmarlo y hacerlo dormir, tarareando las viejas canciones aprendidas de su padre.

-No sé que haría sin esa niña -decía a menudo la tía Juana.

-Vale tanto como todos esos demonios juntos -agregaba Mac, preguntando anhelante si la silla estaba colocada en su sitio para cuando Rosa llegase.

Esa era la recompensa que a Rosa halagaba, el agradecimiento que le daba aliento; y cuando sentía cansancio, miraba la pantalla verde y la cabeza rizosa que se removía en la almohada, y las pobres manos temblorosas, al tocarla, parecían acariciarle el corazón, infundiéndole renovado ánimo.

Estaba lejos de suponer todo cuanto aprendía en aquellos momentos, tanto a través de los libros que leía como en los sacrificios que hacía días tras día. Cuentos y poesía eran su deleite, pero a Mac no le interesaban; y como sus griegos y romanos predilectos estaban prohibidos, se avino a relatos de viajes, biografías y las historias de las grandes invenciones y descubrimientos. Rosa despreció éstas cosas al principio, pero no tardó en apasionarse por las aventuras de Livingstone, la vida emocionante de Hobson en la India y las tribulaciones y triunfos de Watt, Arkwright, Fulton y "Palissy the Potter". Los libros de esta clase templaron el espíritu de la niña soñadora, cuya devoción y cuya paciencia sin límites conmovieron al chico, y más tarde ambos conocieron la utilidad que esas horas al parecer pesadas tendrían en sus vidas.

Una mañana brillante, mientras Rosa se disponía a empezar un grueso volumen titulado "Historia de la Revolución Francesa", temerosa de sufrir mucho con la retahíla de nombres largos, Mac, que se movía lentamente por el cuarto como un oso ciego, la detuvo preguntándole bruscamente:

-¿Que día es hoy?

-Siete de agosto, según creo.

-¡Ha pasado casi la mitad de mis vacaciones -exclamó Mac, con sordo encono- y no he disfrutado de ellas más que una semana.

-Así es; pero queda mucho aún, y es posible que aun goces del resto.

-¿Cómo es posible? ¡Es seguro! ¿Supone ese viejo mentecato que voy a seguir apolillándome aquí dentro mucho tiempo más?

-Por lo visto, sí; a menos de que tus ojos mejoren con mucha mayor rapidez que hasta ahora.

-¿Ha dicho algo nuevo últimamente?

-Yo no lo he visto. ¿Empezamos? Esto parece muy bonito.

-Lee; todo me es igual.

Y Mac se tiró en el viejo canapé, donde su cabeza descansaba más. Rosa empezó su lectura con gran entusiasmo, arremetiendo valerosamente contra los nombres difíciles de pronunciar y sacándolos a flote bastante bien; o por lo menos eso parecía, en virtud de que su oyente no le corrigió una sola vez y se lo veía tan quieto que la niña lo supuso interesadísimo. Mas de pronto el niño la detuvo en mitad de un párrafo hermoso, pegó un golpe con los pies al bajarlos al suelo y se irguió de un salto, diciendo con nerviosa entonación

-¡Basta! No quiero oír una palabra más y es mejor que reserves tus energías para contestarme unas preguntas.

-¿De qué se trata? -inquirió Rosa, mirándolo preocupada, pues algo estaba cavilando y temió que el niño hubiera adivinado sus pensamientos. El resto de la conversación le demostró que así era.

-Mira, quiero saber una cosa y tienes que decírmela.

-No, por favor... -empezó Rosa, implorante.

-Tienes que hacerlo, o de lo contrario me arranco esta visera y me pongo a mirar el sol con todas mis ganas. Vamos...

Casi pareció que quería poner en ejecución su amenaza. Rosa, muy alarmada, gritó:

-Sí, bueno; pregunta y te diré lo que quieras. Pero no seas imprudente y deja de pensar en tonterías.

-Muy bien. Entonces, escucha, y no esquives la pregunta, como hacen todos. ¿Qué conclusión sacó el doctor la última vez que vino? ¿No dijo que sigo peor de la vista? Mamá no me lo cuenta, pero tú lo harás.

-Creo que sí -contestó Rosa, muy desfalleciente.

-Me lo imaginaba. ¿Y dijo que podría volver a la escuela cuando empezaran las clases?

-No -replicó Rosa en voz muy baja.

-¡Ah!

Fue eso todo, pero Rosa notó que su primo apretaba los labios y respiraba muy hondo, como si le hubieran aplicado un golpe tremendo. El chico sobrellevó la desilusión con entereza, sin embargo, y al cabo de un minuto preguntó muy calmo:

-¿Cuándo cree que puedo volver a estudiar? ¡Qué difícil era contestar aquello! Rosa comprendió, sin embargo, que debía hacerlo, pues la tía Juana había declarado que ella no se atrevía y el tío Mac le suplicó que hiciese conocer la verdad al chico poco a poco.

-Durante unos cuantos meses, no.

-¿Cuántos meses? -preguntó el niño con patética rebeldía.

-Tal vez un año.

-¡Un año entero! ¡Yo que esperaba volver a clase pronto! -y entonces, levantando la cortina de un tirón, Mac la miró con ojos de asombro, y muy pronto un rayo de luz le dio de lleno en la vista y el chico no pudo soportar la intensidad luminosa.

-Ya tendrás tiempo para todo, Mac; debes ser paciente y cuidar la vista mucho, porque de lo contrario la expondrás a esfuerzos innecesarios, que hagan más difícil la curación -dijo ella, llorando.

-¡No quiero ! Voy a estudiar de nuevo y me curaré a mi modo. Eso de andar con tantos remilgos durante un tiempo tan largo es una estupidez. Los médicos procuran siempre tener enfermo para rato. Yo no aguanto ... ¡no! -y golpeo con el puño la almohada, como si estuviese dando de puñetazos al médico cruel.

-Oye, Mac -dijo Rosa muy seria, disimulando el temblor de la voz y las trepidaciones de su corazón-. Sabes de sobra que te has perjudicado la vista leyendo con luz artificial y en sitios oscuros y acostándote muy tarde. Ahora sufres las consecuencias. Eso es lo que dijo el médico. Es necesario que te cuides, tal como te ha dicho el médico, porque de lo contrario te quedarás ... ciego.

-¡No!

-Sí, es verdad; y pidió que te dijésemos que sólo el descanso absoluto puede curarte. Sé que es muy doloroso, pero todos haremos lo que nos sea posible; te leeré días enteros, te conduciré de un sitio a otro y te atenderé en todo momento, tratando de que te resulte más llevadero...

Se detuvo. Era evidente que el chico no la escuchaba. Al parecer, la palabra "ciego" lo había impresionado vivamente, pues enterró la cara en la almohada y así permaneció tan inmóvil que Rosa de pronto sintió miedo. Se mantuvo quieta unos minutos, deseosa de consolarlo, pero sin saber cómo y preguntándose por que no vendría el tío Mac, ya que el había prometido revelar al niño la terrible verdad.

Al poco rato, desde la almohada llegó a sus oídos un ruido como de sollozos ahogados que la inquieto muchísimo, los sollozos más patéticos de que tenía memoria. Aun cuando era ese el medio más natural de alivio, estaba indicado que se evitase al niño esta clase de disgustos por razón de sus ojos enfermos. El libro de la Revolución Francesa se le cayó al suelo y Rosa corrió al sofá, arrodillándose a sus pies y diciendo con esa especie de ternura maternal que es tan propia de las niñas frente al dolor:

-¡Mac, querido Mac, no llores! Te perjudica más los ojos. Quita la cabeza del calor de la almohada y dejame refrescártela. Entiendo que estés muy afligido, pero no llores así. Yo lloraré por ti, si quieres; a mí no me afectará del mismo modo.

Mientras hablaba, retiró la almohada suavemente y vio la visera completamente arrugada y manchada de lágrimas, las lágrimas del amargo desaliento que Mac acababa de sufrir. Mac presintió su compasión, pero era chico y no le dio las gracias; tan sólo se incorporó en el asiento bruscamente y dijo, mientras procuraba enjugar las lágrimas delatoras con la manga de su chaqueta:

-No te preocupes. Los ojos enfermos siempre lloran. Estoy bien.

Rosa se le abalanzó y exclamó:

-¿No los roces con ese género áspero de lana!

Acuéstate y deja que te aplique un baño ocular. Con eso volverás a sentirte perfectamente.

-Me arden espantosamente. Por favor, Rosa, ¿no les dirás a los otros muchachos que me he portado como un chiquillo? -añadió, sometiéndose a las órdenes de la enfermera en medio de un suspiro más prolongado.

Rosa, entretanto buscaba el baño de los ojos y un pañuelo fino de hilo.

-Claro que no les diré nada; pero cualquiera de ellos se sublevaría de igual modo ante un... un contratiempo como éste. Estoy segura de que te vas a portar admirablemente, y sabes de sobra que estas cosas no son tan terribles cuando uno se habitúa un poco. Además, es por un tiempo solamente, y si bien no puedes estudiar, son muchas las cosas gratas que puedes hacer. Tendrás que llevar antiparras azules tal vez; ¿no te parece divertido?

Y mientras pronunciaba todas estas palabras de consuelo, Rosa le lavaba suavemente los ojos y humedecía la frente caliente con agua de lavanda. El paciente, inmóvil, la contemplaba con expresión que aumentaba el dolor de la niña.

-Homero fue ciego y Milton también y a pesar de su ceguera pudieron realizar una obra inolvidable -dijo Mac como hablando consigo mismo, en tono solemne, pues ni siquiera los anteojos azules provocaron una sonrisa.

-Papá tenía un cuadro que representaba a Milton en compañía de sus hijas, las cuales escribían lo que el les dictaba -dijo Rosa con voz grave, tratando de salir directamente al encuentro del niño-. Siempre me pareció un cuadro esplendido.

-Tal vez yo podría estudiar si alguien me leyese, supliendo la vista que no puedo usar. ¿Podrías tú? - preguntó el niño, asiéndose esperanzado a este rayo.

-Claro que si, siempre que tu cerebro soporte el esfuerzo. Lo que te ha hecho daño es el golpe de sol, y tu cabeza necesita descanso, según dice el médico.

-La próxima vez que venga le haré unas cuantas preguntas y averiguaré qué cosas puedo hacer; entonces sabré cuáles son mis limitaciones. ¡Qué estúpido fui aquel día, asándome los sesos al sol y leyendo hasta que las letras empezaron a bailar una danza infernal! Ahora veo toda una serie de cosas raras cuando cierro los ojos bolitas negras que parecen remontarse por el aire, estrellas y toda suerte de objetos extraños. ¿Les pasará lo mismo a todos los ciegos?

-No te ocupes de los ciegos ; yo seguiré leyendo, ¿te parece bien? Pronto llegamos al pasaje emocionante, y entonces te olvidarás de todo esto.

-No, no lo olvidaré nunca. ¡Deja la Revolución tranquila! No quiero seguirla escuchando. Me duele la cabeza y siento un calor enorme. ¡ Cómo me gustaría remar un rato en el "Petrel tormentoso"! -y el pobre Mac se removía como no sabiendo qué hacer consigo mismo.

-Si te cantase un poco, tal vez te dormirías y así el día te parecerá más corto.

-Tal vez. Anoche no dormí mucho, y además soñé como un condenado. Oye, lo que puedes hacer es decir a todos que ya estoy enterado, y que está bien; pero no quiero que hagan un escándalo, ni vengan a poner cara de asustados a mi lado. Nada más, y ahora vete, para que yo procure dormir. ¡Ojalá pudiese dormirme un año entero y despertarme curado!

-¡Cómo lo desearía yo también!

Rosa dijo esto con vehemencia tal, que Mac se sintió conmovido y a tientas le buscó el delantal, tomándolo de una punta, como si hallase consuelo en tenerlo cerca de si. Pero todo lo que dijo, fue:

-Eres un tesoro, Rosa. Cántame "Los abedules", que es somnolienta y siempre me adormece ...

Muy contenta con el resultado de sus pacientes súplicas, Rosa empezó a cantar, con voz monótona, la bella balada escocesa cuyo estribillo repite

Bella niña, ¿vas a ir, vas a ir a los abedules de Aberfeldie?

No podríamos decir si la bella niña fue o no, pero nuestro amiguito tardó menos de diez minutos en transportarse a reinos de Morfeo, exhausto por efecto de las malas noticias y el esfuerzo realizado para aceptarlas varonilmente.

CAPÍTULO 12

LOS OTROS CHICOS 

Rosa contó a "la gente" lo que había ocurrido, y ninguno de ellos "hizo escándalo" ni dijo palabra que pudiese inquietar a Mac. Este charló con el médico y no fue mucho el consuelo que sacó, pues descubrió que lo que "podía hacer" era justamente no hacer nada; pero la perspectiva de poder estudiar algo más adelante, si todo andaba bien, lo animó a sobrellevar mejor los horrores del presente. Determinado en este sentido, se comportó tan admirablemente que todos se maravillaron, pues jamás supusieron que el tranquilo Gusano fuese capaz de tanta hombría.

Los niños se impresionaron mucho, tanto por la magnitud de su aflicción como por la forma en que la soportaba. Fueron muy buenos con él, pero no especialmente sagaces en sus esfuerzos por alegrarlo y darle ánimo; y con frecuencia Rosa lo encontró abatido después de una visita de condolencia del clan. Siguió la niña manteniendo su puesto de enfermera y lectora, aun cuando los niños hicieron lo que podían, pero en forma irregular. A veces se sorprendieron de que los servicios de Rosa fuesen preferidos a los suyos, y en secreto se confiaron mutuamente que "Mac se estaba aficionando mucho a los mimitos ". Pero esto no impidió que reconociesen lo servicial que ella era, ni dejasen de admitir que era la única que se había mantenido fiel, constatación que motivó cierta compunción en alguno de ellos.

Rosa tuvo la sensación de que ella mandaba en aquel cuarto, ya que no en otros sitios, pues la tía Juana dejó en sus manos muchas cosas, una vez comprobado que la práctica adquirida en el cuidado del padre enfermo la había capacitado como enfermera y que su juventud, en casos de esta índole, era más ventaja que inconveniente. Rosa se encariñó rápidamente con el paciente, aunque al principio lo consideró el menos atrayente de sus siete primos. El chico no era cortés y sensato como Archie, sumiso y atento como Esteban, alegre y hermoso como el Príncipe Charlie, divertido como los mocosuelos, ni confidente y efusivo como el pequeño Jamie. Se lo notó rudo, distraído, descuidado y torpe, más bien cazurro y nada agradable con una chica amorosa y dulce como Rosa.

Pero cuando empezó el malestar, la niña descubrió muchas buenas condiciones en su primito y no sólo aprendió a compadecerlo, sino a respetar y amar al pobre Gusano, que se esforzaba por ser paciente, valeroso y alegre y esto le resultó más difícil de lo que suponían todos, con la única excepción de su pequeña enfermera, que lo veía en sus momentos más tristes. Pronto llegó al convencimiento de que los otros no apreciaban debidamente a Mac, y en cierta ocasión hizo algo que causó una impresión profunda en los muchachos.

Faltaba poco para que concluyesen las vacaciones y se acercaba el momento en que Mac se encontraría fuera del mundo escolar que tanto lo deleitaba. Esto lo entristeció mucho, y los primeros se esforzaron en todo sentido por animarlo, en especial cierta tarde en que todos parecieron movidos por un rapto unánime de compasión. Jamie descendió trabajosamente la montaña con una cesta de zarzamoras que había recogido "él solito", cosa que bien demostraban sus dedos rasguñados y sus labios sucios. Will y Geordie le llevaron sus cachorritos para que hiciesen más llevaderas sus horas de dolor, y los tres mayores intentaron entretenerlo con una charla sobre béisbol, críquet y temas similares, pintiparados para recordar al inválido sus privaciones.

Rosa había salido en coche con el doctor Alec, el cual declaró poco antes que la veía más pálida que un brote de patata confinado a sitios oscuros. Pero todo el tiempo la niña no hizo otra cosa que pensar en el primo y apenas retornó fue corriendo a su habitación, donde encontró la confusión más espantosa.

Con las mejores intenciones del mundo, los chicos habían hecho más mal que bien y el espectáculo que se ofreció a la vista de la enfermera Rosa fue poco edificante. Los perritos estaban regañando, los chicos retozaban, y los mayores hablaban todos a un mismo tiempo ; las cortinas estaban levantadas, el cuarto cerrado y las zarzamoras esparcidas por todas partes. Mac, con la visera bastante corrida, las mejillas arreboladas y el ánimo soliviantado, discutía acaloradamente con Esteban acerca del préstamo de ciertos libros que apreciaba mucho pero no podía usar.

Rosa, como hemos dicho, consideraba que aquél era su dominio absoluto, y recriminó a los invasores con una energía que los dejó atónitos, y en el acto los redujo al silencio. Jamás la habían visto indignada, y el efecto fue enorme, además de cómico, pues los hizo salir como quien arrea un rebaño o como una gallina enfurecida que defiende a su polluelo. Todos se marcharon humildes como corderos y los pequeños huyeron de la casa a toda carrera; pero los tres mayores se retiraron tan sólo al cuarto contiguo, y allí aguardaron la ocasión de explicar las cosas y pedir disculpas, con el fin de serenar a la niña enojada, que de pronto había invertido los papeles, armándoles un escándalo de padre y muy señor mío.

Mientras esperaban, a través de la puerta entreabierta vieron lo que sucedía y comentaron los hechos en forma breve y expresiva, muy arrepentidos y avergonzados por el daño que sin querer habían hecho.

-Ha ordenado el cuarto en un abrir y cerrar de ojos -dijo Esteban, después de mirar un rato-. Nosotros hemos hecho muy mal en meter los perritos y armar toda esa barahúnda.

-El pobre Gusano se queja como si ella estuviese pisándolo, en vez de cuidarlo igual que a un gatito enfermo -dijo Charlie, que acababa de oír a Mac quejándose de que tenía "la cabeza hecha un bombo"-. ¡Qué enojado está!

-Rosa lo serenará. Lo cierto es que la culpa es nuestra por el enredo que hemos hecho, y por habernos salido, dejándole a ella la tarea de tranquilizarlo. Yo iría para ayudar, pero ¿qué puedo hacer? -preguntaba Archie, muy deprimido, pues era un chico consciente y se indignaba por no haber sido más previsor.

-Lo mismo me ocurre a mí -expresó Charlie, revolviendo en su cerebro una idea que de continuo lo atormentaba-. ¡Qué curiosa habilidad tienen las mujeres para atender enfermos!       

-Con Mac ha sido buenísima -opinó Esteban un poco en tono de reproche.

-Mejor que su propio hermano, ¿verdad? -lo interrumpió Archie, que halló consuelo en el reconocimiento de culpas ajenas.

-Bueno, no hace falta que te sientas predicador - protestó Esteban, defendiéndose-. Ninguno de ustedes ha hecho nada, y bien pudieron, pues Mac les tiene más afición que a mí. Dice que yo siempre lo pongo nervioso, y la culpa de lo que me pasa es mía sólo.

-Todos hemos sido egoístas y lo hemos descuidado, de modo que no discutamos más y procuremos portarnos mejor -manifestó Archie, aceptando generosamente más que su parte de culpa, pues había sido menos desatento que cualquiera de los otros.

-Rosa lo ha acompañado con toda abnegación, y no debe extrañarnos que la prefiera a su lado. Yo, en su lugar, pensaría lo mismo -interpuso Charlie, convencido de que había sido injusto con la chica.

-¿Saben una cosa, muchachos? Nos hemos comportado mal con Rosa, y tenemos que ponernos al día, sea como sea -opinó Archie, amparado en su sentido del honor y de la obligación de pagar las deudas que se contraen, así sea con una niña.

-Estoy arrepentidísimo de haberme burlado de su muñeca cuando Jamie la zarandeó, y de haberme enojado cuando lloró por habérsele muerto el gatito -dijo ahora Esteban, confesando valientemente sus delitos y denotándose dispuesto a reparar el daño, con sólo que supiese cómo-. Claro, las chicas a veces son muy bobas.

-Lo que yo pienso hacer -dijo el Príncipe, mirando desde su metro y sesenta y pico, como si allí tuviese a Rosa, que a su lado no pasaba de ser una pigmea -es arrodillarme y pedirle perdón por haberla tratado como una criatura. ¿Se acuerdan cómo se puso? Pensándolo bien, apenas si tiene dos años menos que yo, y eso no es mucho.

-Lo que tiene es un corazón más grande que una casa y una cabeza extraordinaria. Mac dice que entiende muchas cosas antes que él, y mamá la considera extraordinariamente simpática, aunque mamá no conoce todas las chicas del mundo. No hace falta que te pongas tan orgulloso, Charlie, a pesar de tu estatura, pues Rosa prefiere a Archie y asegura que la trata más respetuosamente.

-Esteban se ha puesto más arrebatado que un gallo de riña. No te alarmes, criatura, que de nada puede servirte. Claro que todos prefieren al Jefe; tiene que ser así, y al que esté en contra le estropeo la cabeza. Vamos, Dandy, cálmate y serena el espíritu, no sea que te tropieces con un espíritu ajeno.

Esto dijo el Príncipe con mucha dignidad y sin alterarse, mientras Archie denotaba la satisfacción causada por el buen concepto de su pariente y Esteban se tranquilizaba, convencido de que había cumplido su deber como primo y como hermano. Siguió una pausa, durante la cual la tía Juana apareció en el otro cuarto, trayendo una bandeja suntuosamente preparada para la cena del enfermo, pues era ésta una tarea en la cual no permitía intromisiones.

-Si tienes un minuto antes de marcharte, hija mía -dijo la señora Juana, mientras untaba un panecillo con manteca, adoptando para ello una pose señorial y al tiempo en que Mac derramaba té sin que nadie le dijese una palabra-,trata de hacerle otra visera, ya que ésta se ha manchado de zarzamora y es necesario esté bien limpio, pues mañana va a poder salir si el día es nublado.

-Bueno, tía -contestó Rosa con tanta humildad que a los chicos costó trabajo admitir que aquélla era la misma voz enojada de pocos minutos antes, cuando les ordenó enérgicamente que se marchasen de allí.

No tuvieron tiempo de salir de donde estaban sin que ella se encontrase ya en la sala, sentada ante una mesita y cosiendo un pedazo de seda verde. Todos quisieron decirle algo que reflejase su arrepentimiento, pero ninguno supo cómo empezar, y era evidente, dada la expresión de Rosa, que la niña había decidido mantener su dignidad incólume hasta que se hubieran rebajado debidamente. El silencio se tornaba embarazoso, cuando Charlie, que poseía todas las artes de persuasión de los bribones, se arrodilló lentamente delante de Rosa y le dijo golpeándose el pecho:

-Perdóname esta vez y no lo haré más.

No era fácil mantener la actitud, pero Rosa logró sobreponerse a sus emociones con esfuerzo y contestó:

-Es el perdón de Mac, y no el mío, el que debes pedir, pues a mí no me has causado daño; y no me sorprendería que en realidad lo hayáis empeorado con tanta luz y tanto estruendo, y sobre todo por haberle hablado de cosas que sólo podían preocuparlo.

-¿Crees realmente, primita, que le hemos causado mucho daño? -preguntó Archie, cuya mirada denotaba su inquietud, mientras Charlie, acurrucado entre las patas de la mesa, era la imagen viva del arrepentimiento.

-Sí, lo creo, porque la cabeza le duele mucho y tiene los ojos tan rojos como... como esta bolsa -contestó Rosa, clavando su aguja, mientras cavilaba, en un abultado alfiletero de franela.

Esteban se tiró de los cabellos, metafóricamente hablando, pues se revolvió el copete, de que tan orgulloso solía estar, y lo dejó enmarañado, cual si aquello fuese una expiación. Charlie se abandonó a su suerte impía, también metafóricamente hablando; faltaba tan sólo que alguien lo tomase y lo condujese al patíbulo. Pero Archie, que era el que más abatido se sentía, no dijo nada como no fuera expresar su propósito firme de leerle a Mac hasta que tuviera los ojos tan encarnados como doce alfileteros todos juntos.

Viendo el efecto logrado con sus recriminaciones, Rosa creyó que no estaría mal aplacarse un poco y ofrecerles un rayo de esperanza. Era imposible no humillar un poco al Príncipe, por lo menos de palabra, pues la había ofendido demasiado, y es así como le dio un golpecito con el dedal en la coronilla, diciendo, con aire de superioridad infinita:

-No seas tonto y levántate. Te diré algo mejor que eso de arrastrarte por el suelo y estropear la ropa.

Muy obediente, Charlie se sentó en una banqueta a los pies de Rosa; los otros pecadores se aproximaron para escuchar las palabras que la sabiduría vertería por sus labios, y Rosa, suavizada por obra y gracia de toda esta humildad tan grata, se dirigió a ellos maternalmente.

-Vean, muchachos, si lo que quieren es ser buenos con Mac, ésta es la forma en que pueden hacerlo. No sigan hablando de cosas que él no puede hacer; ni vayan a contarle cómo se han divertido jugando a la pelota. Busquen un buen libro y léanle un rato; anímenlo para que no sienta la pena de no ir a la escuela, y ofrézcanle ayuda para el estudio; eso pueden hacerlo mejor que yo, porque soy mujer, y no aprendo griego, latín ni esas cosas eruditas.

-Sí, pero tú puedes hacer un sinfín de cosas mucho mejor que nosotros y ya lo has demostrado -dijo Archie, cuya mirada de aprobación halagó mucho a Rosa. Sin embargo, la niña no pudo menos de dirigir a Charlie una nueva pulla y levantando un poco la cabeza, al tiempo que retorcía el labio para disimular el esfuerzo por contener una sonrisa, dijo:

-Has dicho de mí cosas que no me han gustado.

Esta observación dio motivo a que el Príncipe se tapase la cara con las manos, y Esteban levantó la cabeza, orgulloso al ver que el ataque no iba dirigido contra él. Archie rió, y Rosa, viendo un humilde ojo azul que se guiñaba en dirección hacia ella detrás de dos manos morenas, le pegó un tironcito a Charlie en la oreja y alargó la rama de olivo de la paz.

-A ser buenos todos, y a pensar cosas en bien de Mac -y tan plácidamente sonrió, que los chicos creyeron que el sol brillaba y penetraba de pronto a raudales, abriéndose paso detrás de una nube oscura.

La tormenta aclaró el aire y siguió una calma placentera, durante la cual se formularon proyectos de las clases más variadas y sorprendentes, pues todos ardían en deseos de ofrecer sacrificios en el altar del pobre Mac", y Rosa era la estrella que los guiaba y a la cual obedecían ellos con rendida humildad. Por supuesto, tan elevado estado de cosas no podía durar mucho, pero mientras duró fue agradabilísimo, y dejó huellas excelentes en los espíritus de todos una vez que pasó el ardor primero.

-Bueno, ya está esto listo para mañana, y confío que amanezca nublado -dijo Rosa, cuando concluyó la nueva visera, cuyo progreso observaron los niños con interés.

-Yo había pedido un día de sol extraordinario, pero voy a decirle al encargado del tiempo que cambie mi ruego-dijo Charlie, que había vuelto a su gallardía habitual-. Es un empleado muy voluntarioso, y me atenderá. No te inquietes.

-Para ti es muy fácil hacer bromas, pero ¿te gustaría llevar en los ojos una visera como ésta durante semanas y semanas? -le preguntó Rosa, poniéndole al mismo tiempo la visera en los ojos.

-¡Es espantoso! Quítamela, quítamela. No me sorprende que el pobre chico, condenado a llevar esto siempre, ande de tan mal humor -y Charlie, sin moverse del sitio en que estaba sentado, miraba lo que a su juicio era un verdadero instrumento de tortura, con la cara tan contrita que Rosa se la quitó suavemente y entró a dar las buenas noches a Mac.

-Yo la acompañaré a casa -dijo Archie, olvidando que poco antes había sido objeto de burlas-, porque es un poco tímida y está oscuro.

-Me corresponde a mí, ya que está cuidando a mi hermano -lo interrumpió Esteban, tratando de afirmar sus fueros.

-Vamos todos y así la distraeremos más -propuso Charlie en un arrebato de galantería que emocionó a todos.

-¡Muy bien pensado! -dijeron al unísono, y así, hicieron, con gran sorpresa y secreta alegría de Rosa, si bien Archie fue el que más la cuidó, pues los otros dos pasaron todo el camino saltando cercos, corriendo carreras y haciendo ejercicios de riña.

Al llegar a la puerta se arreglaron las ropas, le dieron las manos cordialmente y la saludaron con reverencias, retirándose con suma elegancia y dignidad y separándose de Rosa, la cual quedó meditando.

-Sí, está bien. Así es como me gusta que me traten.

CAPÍTULO 13

RINCONCITO AGRADABLE

Finalizadas las vacaciones, los chicos fueron enviados de nuevo a la escuela y el pobre Mac quedó a solas con sus lamentaciones. Ya podía salir del cuarto en sombras, y un adelanto señalaba el hecho de que pudiera usar las antiparras azules, aunque a través de ellas las cosas adquirirían un tinte desagradable, como es bien de suponer. Lo único que se le permitía era andar de un lado a otro y procurar divertirse sin emplear
los ojos para nada. El que haya estado condenado a esta clase de ociosidad puede entender perfectamente cuál sería el estado de ánimo del niño y justificar que cierta vez dijese a Rosa visiblemente afligido:

-Mira, si no me inventas alguna nueva distracción u ocupación, voy a concluir por golpearme la cabeza con un hierro.

Rosa fue corriendo a ver al tío Alec, en busca de consejo, y éste ordenó que el paciente y la enfermera se trasladasen a las montañas durante un mes, acompañados por la tía Jessie y Jamie. Pokey y la madre de éste formaron también parte de la comitiva, y una alegre mañana de septiembre seis entusiastas viajeros subieron al expreso de Portland; o sea, dos mamás sonrientes, cargadas con fardos y cestos de comida; una linda joven, que llevaba en el brazo una bolsa de libros; un chico alto y delgado con el sombrero calado hasta los ojos; y dos niños muy pequeños, que estiraban las piernas y sonreían con sus caritas gordinflonas, encantados de saber que por fin "viajaban de veras".

Un crepúsculo singularmente hermoso señaló, al final de la venturosa jornada, su arribo a un portal ancho y verde, donde retozaban a sus anchas un potro blanco, una vaca bermeja, dos gatos, cuatro gatitos y unas doce personas, entre viejos y jóvenes. Todos estos saludaron y sonrieron cordialmente, y una chica pizpireta besó a los recién llegados, uno por uno y les dijo:

-Bueno... Me alegro infinitamente de verlos. Pasen, pasen y pónganse cómodos, y en menos que canta un gallo les haré servir el té, pues supongo que vienen cansados. Lizzie, enseña a estos señores los cuartos del piso alto; Kitty, corre y ayúdale a papá con los equipajes; y tú, Jenny, ven conmigo a preparar la mesa para cuando bajen.

Las chicas se dieron mucha maña y mucha prisa, y poco tardaron los huéspedes en sentirse como en sus propias casas, tanta fue la hospitalidad. La tía Jessie se encantó con las alfombras y almohadones hechos en casa y los muebles de aspecto raro; Rosa no pudo apartarse de las ventanas, pues cada una de ellas hacía de marco a un paisaje soberbio, y los niños se hicieron amigos de los otros chicos en el acto y muy pronto tuvieron los brazos llenos de pollitos y gatitos, pareciéndoles mentira que no hubiesen ido antes allí.

El sonido de un cuerno los llamó a la mesa y un conjunto bullicioso, del cual formaban parte seis chicos además de los pequeños Campbell, se reunió en el largo comedor, todos ellos bien munidos de apetitos montañeses y con el mejor humor del mundo. No había forma de ser tímidos o guardar discreción, pues los raptos de alegría eran como para desalmidonar a los más tiesos y dar placer a los más tristes. Mamá Atkinson, como todos llamaban a la dueña de casa, era la más alegre y más activa, pues volaba de un sitio a otro para servir a los chicos, trayendo nuevos platos, y ahuyentando los animales, cuya sociabilidad era tanta que el potro se metió dentro en busca de azúcar, los gatos se sentaban en los regazos de la gente, mirando significativamente la comida y las gallinas limpiaron de migas el piso de la cocina, sin que entre ellas decayese la cacareante conversación un solo momento.

Todos salieron después del té, para ver la caída del sol, que contemplaron hasta que desapareció por completo el rojo crepuscular y los mosquitos tocaron a retreta con sus zumbidos. La música de un armonio sorprendió a los excursionistas, y en el salón descubrieron a papá Atkinson arrancando sentidas notas de un instrumento que él mismo había fabricado. Rodeáronlo todos los chicos, y conducidos por las hermanas, cantaron alegremente hasta que Pokey cayó dormido detrás de la puerta y Jamie se puso a boquear ostensiblemente en mitad de su canción favorita.

"Cu-cú", decían las palomitas, "cu,-cú" en lo alto del pino más elevado.

Los viajeros más viejos, como estaban cansados, fueron retirándose lentamente y no tardaron en caer profundamente dormidos, acariciados por el contacto de sábanas de confección casera y colchones toscos hechos por mamá Atkinson, la cual se diría que en ellos puso algunos polvos narcóticos, pues tan profundo y placentero fue el sueño.

Al día siguiente dieron comienzo a la vida al aire libre, que tan grandes milagros obra en las mentes cansadas y los cuerpos débiles. El tiempo era perfecto, y el aire de la montaña vigorizó a los niños como jóvenes corderos; mientras que los mayores se sonreían unos a otros, diciéndose:

-¿No es espléndido todo esto?

Hasta el mismo Mac, que tan quieto andaba todo aquel tiempo, fue sorprendido en momento en que intentaba saltar un alambrado, y cuando Rosa llegó a su lado en veloz carrera, le propuso que fuesen al bosque a cazar un gato montés.

Jamie y Pokey fueron alistados inmediatamente en la Infantería Ligera del Rinconcito Agradable, compañía realmente soberbia, compuesta únicamente de oficiales que llevaban, todos ellos, sombreros de tres picos echados, banderas, espadas en alto o tambores. Era un espectáculo como para conmover al más inconmovible el de ver a aquella patrulla marcial marchando en perfecta formación por el patio y salir de él comandados por el Capitán Dove, un chicuelo pomposo, de cabeza grande, que tenía once años de edad, que impartía con la gravedad de un general verdadero todas aquellas órdenes, obedecidas por su fantástico ejército con más sumisión que pericia. Los pequeños Snow se portaron muy bien, y el teniente Jack Dove era digno de verse, no menos que el tambor Frank, mandadero de la casa mientras rataplaneaba con toda la fuerza de su corazón y sus palillos. Jamie había hecho instrucción con anterioridad, y fue ascendido a coronel en el acto; pero Pokey fue la mejor de todos y provocó una ovación entusiasta y espontánea de los espectadores cuando apareció en la retaguardia con el sombrero de tres picos caído sobre un ojo, la bandera apoyada en un hombro y su espada de madera bien levantada. Tenía la cara sonriente y los rizos se le balanceaban gozosos al tiempo en que sus piernas se movían con esfuerzo, en el vano intento de marcar el paso varonilmente.

Mac y Rosa estaban recogiendo zarzamoras junto al camino cuando acertaron a pasar los soldados sin verlos, ofreciéndoles un espectáculo a la vez cómico y bonito. Un poco más lejos estaba uno de los camposantos familiares tan comunes por aquellos sitios, y al llegar allí el Capitán Fred Dove ordenó que su compañía hiciese alto, explicando la razón con estas palabras

-Eso es un cementerio, y corresponde acallar los tambores y bajar las banderas al pasar, aunque tal vez sea necesario también que nos quitemos los sombreros; me parece más respetable.

-¿No son encantadores los chicos? -dijo Rosa en voz baja, mientras la pequeña tropa reanudaba su marcha con lento redoblar de los tambores ensordecidos, las banderas y espadas bajas y todas las cabezas descubiertas. Todos los rostros estaban serios y las sombras de los árboles jugueteaban en ellos.

-Vamos a seguirlos, a ver qué se proponen -dijo Mac, a quien eso de estar sentado en un muro comiendo zarzamoras, por mucho que fuese un lujo, estaba resultando aburrido.

Siguieron y oyeron la música de nuevo con fuerza, vieron las banderas en alto otra vez, flameando al viento una vez que hubieron pasado el cementerio y vieron cómo la compañía penetraba en una iglesia en ruinas que se hallaba en la unión de tres caminos. Al instante oyeron canto y apresuraron el paso, acercándose sin hacer ruido y mirando por una de las ventanas rotas.

El Capitán Dove se había encaramado en el carcomido púlpito de madera y contemplaba solemnemente sus soldados, los cuales, después de haber dejado las armas en el pórtico, ocuparon lugares en los banquillos y entonaban los himnos dominicales con gran vigor y deleite.

-Oremos -dijo el Capitán Dove con toda la reverencia de un capellán del ejército; y juntó las manos, repitiendo una oración que suponía sabrían todos, una oración excelente, pero no adecuada para la mañana, pues era

“Permite que ahora me acueste a dormir.” 

Todos la dijeron con amor y emocionaba ver a las criaturas agachando las cabezas rizadas y musitando las palabras que tan familiares eran a todos ellos. Acudieron lágrimas a los ojos de Rosa mientras miraba y Mac se quitó el sombrero sin darse cuenta, pero al instante volvió a encasquetárselo, como si se avergonzara de demostrar sentimiento.

-Pronunciaré ahora un sermón corto, y mi texto ha de ser "Niños, amaos los unos a los otros." Pedí a mamá que me lo indicara, y creyó que éste serviría; de modo que a quedarse quietos todos, que ya empiezo. No hables, Marion; tienes que escucharme. Esto significa que debemos ser buenos los unos con los otros, ser justos y no reñir como hicimos hoy mismo con motivo del cochecito. No es posible que Jack viaje siempre dentro y no hay razón para que se enfurezca porque quiero ir con Frank. Annette debe hacer de caballo algunas veces y no siempre de cochero; Willie ha de comprender que Marion tiene derecho a construirse la casa al lado de la suya, pues lo hará, y no es necesario armar un escándalo por eso. Jamie parece ser un buen chico, pero tendré que sermonearlo si así no resulta. No, Pokey, en la iglesia no se está con el sombrero puesto ni se besa a nadie. Ahora, recuerden todos lo que acabo de decirles, porque soy el capitán y tienen que hacerme caso.

En este momento el Teniente Jack se hizo oír en una expresión de rebeldía:

-Me tiene sin cuidado que seas el capitán ; vale más que te cuides y nos digas cómo hiciste para llevarte mi correa, cómo te quedaste con el buñuelo más grande y por qué no fuiste justo cuando teníamos el camión.

-Sí, y tú le pegaste a Frank, que yo lo vi -vociferó Willi Snow, moviéndose en su banco.

-Y tú me quitaste el libro y lo escondiste porque no quise acompañarte a la hamaca -añadió Annette, la mayor del trío Snow.

-No pienso hacer mi casa al lado de Willie como no lo vea conforme, de modo que... -intervino la pequeña Marion.

-Voy a seguir besando a Jimmy, y si me he quitado el sombrero es porque un pincho me hacía mal -gritó Pokey, sin prestar atención a los esfuerzos de Jamie por mantenerla callada.

Esta insubordinación de las filas dejó atónito al Capitán Dove; pero como era personaje digno y tranquilo, acalló la rebelión con gran tacto y mucha inteligencia, diciendo rápidamente:

-Cantaremos ahora el último himno, "Dulce, dulce adiós", que todos lo conocen y pueden cantarlo muy bien, y luego nos iremos a comer algo.

La paz quedó restablecida sin más ni más y las voces unidas en el esfuerzo melódico acallaron las risas de Rosa y de Mac, que no pudo mantenerse serio durante la última parte de tan extraño servicio religioso. Quince minutos de reposo fueron pocos para que la compañía marchase a la vuelta con igual marcialidad que a la ida. Lo peor del caso (y me apena confesarlo) es que toda la tropa echó a correr en desorden, cada uno como mejor podía, y pronto estaban sentados en torno a su merienda, olvidados por completo de lo que Jamie (impresionado con aquellas palabras del sermón) calificaba de "maravillosa conferencia del capitán".

Fue sorprendente todo lo que encontraron como distracción en el Rinconcito Agradable; y Mac, en vez de estar acostado en una hamaca escuchando lectura, como se había figurado, fue el más ocupado de todos. Lo invitaron a hacer el trazado de Skeeterville, una ciudad que los niños fundaron en un campo de gayubas; y fue para él un juego entretenido proyectar los pequeños caminos, determinar los lotes de las casas, dirigir las obras de salubridad y consultar acerca de los mejores sitios para edificios públicos, pues Mac era un chico todavía, a pesar de sus quince años y su gran amor por libros.

Luego fue a pescar con un cierto caballero jovial Oeste; y aunque rara vez pescaban otra cosa que resfriados, se divirtieron mucho y les resultó un sano ejercicio perseguir imaginarias truchas que se les metía en la cabeza atrapar a toda costa. Mac le tomó gran afición a la geología, y anduvo haciendo investigaciones en rocas y piedras, pronunciando sesudos discursos sobre "estratos, períodos y restos fósiles", mientras Rosa juntaba hojas y líquenes y le daba lecciones  de Botánica, a cambio de las suyas de Geología.

La vida fue alegre; pues las chicas de los Atkinson no dejaban de organizar picnics constantemente y lo hacían con gran entusiasmo, sin cansarse jamás. Los visitantes pasaron los días muy a gusto, y antes de que transcurriese el mes, fue claro y evidente para todos que el doctor Alec había acertado con la medicina prescripta para sus pacientes.

CAPÍTULO 14

FELIZ CUMPLEAÑOS

El doce de octubre era el cumpleaños de Rosa, pero por lo visto no había nadie que recordara ese detalle interesante y a ella le pareció feo mencionarlo, de modo que la noche anterior se durmió pensando si tendría regalos. La respuesta llegó por sí sola a la mañana siguiente, y abriendo los ojos contempló una figura blanca y negra sentada en su almohada, que la miraba con un par de ojos redondos como moras, mientras una patita velluda le rozaba la nariz, llamando su atención. Era Kitty Comet, el más hermoso de todos los mininos del mundo, y por lo visto cumplía una misión, pues adornaba su cuello un moño rosado y en un papelito clavado con un alfiler se leían las palabras : "Para la señorita Rosa, de Frank ".

Esto la alegró inmensamente, pero no era más que el comienzo, pues en forma encantadora siguieron llegándole sorpresas y regalos durante el día entero, demostrándose con muchos de ellos cuán bromistas eran las chicas de los Atkinson y qué gran afecto sentían por Rosa. El mejor de todos ellos fue recibido en el camino a la montaña de los vientos, Mount Windy-top, donde habían decidido realizar un picnic, para conmemorar la magna fecha. Tres alegres partidas se pusieron en marcha poco después del desayuno, pues fueron todos, decididos a disfrutar de un día excelente, en especial mamá Atkinson, que llevaba un sombrero de ala tan ancha como una sombrilla y no se había olvidado el cuerno con que solía llamar a las comidas, para que no se alejase mucho el rebaño.

-Yo conduciré a la tía y unos cuantos chicos -dijo Mac en un aparte confidencial durante el revuelo que precedió a la partida-, de modo que tú vas en el pony. Por favor, retrásate bastante cuando lleguemos a la estación, pues vamos a recibir un paquete que no debes ver hasta la hora de comer. Supongo que no tendrás inconveniente.

-De ningún modo -contestó Rosa-. Me ofendería si fuese en cualquier otro momento, pero en los cumpleaños y la Navidad la diversión es mayor si una se hace la tonta y la ciega, y se resigna a quedar arrumbada en los rincones. Cuenta conmigo, Ojos de Vidrio.

-Detente debajo del arce grande hasta que te llame, y así no podrás ver nada -agrego Mac, mientras la ayudaba a montar el pony que su padre había mandado para él. "Barkis" era tan educadito y dócil, que Rosa sintió vergüenza de cabalgar en aquel caballito, pues había aprendido a andar a caballo con el secreto propósito de sorprender al doctor Alec cuando estuviesen de vuelta.

Emprendieron la marcha y al llegar al arce rojo, Rosa se detuvo obediente; pero no pudo menos de lanzar miraditas en la dirección prohibida mientras aguardaba la llamada. Sí, había un cesto grande debajo del asiento, y luego vio a un hombre alto a quien Mac parecía introducir presurosamente en el coche. Le bastó con mirar una vez y, lanzando un grito de gozo, Rosa partió camino abajo con toda la velocidad de que "Barkis" era capaz.

-Ahora voy a sorprender yo al tío -se dijo-. Me le apareceré de pronto en gran estilo, y le demostraré que, después de todo, no soy tan cobarde como me supone.

Alentada por esta ambición, guió a "Barkis" por un atajo, y para hacer mayor la sorpresa lo dejó librado a su propio arbitrio en el descenso por un camino de piedra cuya curva era muy pronunciada. La cosa habría salido a pedir de boca, de no ser que dos o tres gallinas aturrulladas aparecieron en el camino inesperadamente, cacareando a más no poder y dando motivo con ello a que se detuviese "Barkis ". Tan brusco fue esto que la jinete cayó al suelo en forma harto deslucida, delante mismo del hocico de Sorrel.

Rosa se puso en pie de nuevo antes de que el doctor Alec saliese del faetón, y se le echó al cuello con sus dos brazos sucios de tierra, diciendo:

-¡Cómo me alegra verlo, tío! Esto es mejor que un carro lleno de golosinas y juguetes, y no se imagina lo contenta que estoy.

-¿No te has lastimado, criatura? La caída ha sido seria, y temo que te hayas hecho daño -dijo el doctor con mucha ansiedad, mientras la contemplaba orgulloso.

-Si acaso debo tener herido el amor propio, pero no los huesos. ¡Qué lástima! Yo que pensaba hacer las cosas tan bien, y estas estúpidas gallinas lo han echado a perder todo.

-No quise dar crédito a mis ojos cuando pregunté por ti y Mac me señalo una valiente amazona que bajaba la cuesta a velocidad vertiginosa. Nada hubieses podido hacer que me causara más alegría, y estoy encantado de ver lo bien que andas a caballo. Ahora, ¿quieres montar de nuevo, o le cedemos el sitio a Mac? -preguntó el tío Alec, pues Jessie propuso que se pusiesen en marcha y los otros les hacían seña para que siguiesen.

-El orgullo está por encima de las caídas, pero es mejor no hacer pruebas de nuevo -dijo Mac, que habría debido no ser mortal para no sentir la tentación de gastar una bromita ahora que la ocasión se presentaba tan propicia.

-Prefiero seguir a caballo. Vamos, a ver quién los alcanza antes.

Al instante estuvo en el lomo del animal y en marcha de nuevo, haciendo todo lo posible por borrar el recuerdo de su caída y a este objeto procuró mantenerse muy erguida, con la cabeza levantada y el cuerpo recto, acompañando rítmicamente los movimientos del caballito, que se balanceaba como una hamaca.

-Tendría que verla saltando empalizadas y corriendo cuando salimos a ejercitarnos juntos. Y se lanza en carrera desenfrenada, esquivando piedras y otros obstáculos con igual pericia que yo -explico Mac, como una especie de complemento a las alabanzas que el doctor había expresado acerca de su alumna.

-Me temo, Alec -intervino la señora Jessie, que en sus tiempos dio que hablar también-, que va a parecerte una especie de pequeño marimacho, pero lo interesante del caso es que disfruta mucho con estas cosas y me ha faltado ánimo para prohibírselo. Su habilidad me tomó de sorpresa y realiza las proezas más extraordinarias. Dice que su naturaleza vigorosa le pide esas expansiones y no tiene otro remedio que correr o gritar, esté bien o no.

-¡Bueno, bueno! -exclamo el doctor Alec, frotándose las manos satisfecho- No podrían darme una noticia mejor. Que corra y grite todo lo que quiera; es signo de buena salud y tan natural en una chica alegre como retozar en un animal lleno de vida. De los pequeños marimachos salen las niñas robustas y prefiero ver a Rosa jugando al fútbol con Mac antes que encontrarla luciendo labores de mostacilla como esa Annabel Bliss, que parece una enanita enferma.

-Está bien, pero tampoco es posible que siga jugando al fútbol mucho tiempo, pues debe pensar que en la vida tendrá que realizar muchas tareas propias de mujer -empezó la señora Jessie.

-Tampoco Mac seguirá jugando al fútbol mucho tiempo, pero teniendo buena salud estará mejor capacitado para los negocios. El lustre se añade fácil, si el cimiento es fuerte; pero en madera floja no hay dorados que valgan. Estoy convencido de que tengo razón, Jessie; y si el resultado que obtenga con la niña en los próximos seis meses es tan bueno como el de los anteriores, entonces mi experimento habrá triunfado.

-No hay duda; pues cuando comparo esa cara sonrosada y alegre con la otra, pálida y contrita, que tanta aflicción me causaba hace poco, estoy en condiciones de creer en cualquier milagro -dijo la señora Jessie, mientras Rosa giraba la cabeza para señalar un espectáculo encantador y sus mejillas parecían las manzanas rojizas del huerto cercano, sus ojos tenían la claridad del cielo de otoño que los cubría y toda ella denotaba energía y vigor.

Un rato de juego entre las rocas, del cual participaron todos, fue seguido por una comida de verdadero estilo gitano, que los chicos hallaron deleite en preparar. Mamá Atkinson se puso el delantal, se arremangó los brazos y se dedicó al trabajo con igual entusiasmo que si estuviera en su propia cocina, haciendo hervir la marmita sostenida en tres palos sobre un fuego de ramas, mientras las chicas ponían la mesa en la tierra cubierta de musgo, llenándola de apetecibles productos del campo, y los pequeños tropezaban entre sí y con todos los demás hasta que el sonido del cuerno los llamó a ocupar sus sitios.

Después de la alegre comida y el intervalo de descanso que la siguió, por elección unánime se jugó a charadas en acción. Un lugar liso y verde entre dos pinos fue elegido como escenario; colgaron echarpes, reunieron objetos de utilería, se separaron actores y público y fueron eligiendo palabras.

Al representarse la primera escena descubrieron a Mac en actitud de abatimiento y muy desaliñado, preocupado visiblemente. Entró en dirección a Mac una figura muy rara, que llevaba en la cabeza una bolsa de papel madera. Por un agujero practicado en el medio salía la naricita rosada; por otro se le veían los dientes relucientes y más arriba los ojos, que parecían despedir chispas. A cada lado de la boca había matas de hierba, cuyo objeto era simular bigotes y los ángulos superiores de la bolsa estaban retorcidos como orejas. Nadie pudo dudar un solo instante que el echarpe negro que llevaba clavado detrás representaba un rabo.

Este animal extraño, mediante pantomima, parecía consolar a su amo y ofrecerle consejo, el cual fue seguido instantáneamente, pues Mac se quitó las botas y le ayudó a ponérselas; luego, besando esperanzado su patita, le ordeno retirarse y el otro ronroneó tan a lo vivo, que por todas partes se oyeron gritos de "Gato, minino, botas! ".

-Gato es la respuesta -contestó una voz, y cayó el telón.

La siguiente escena fue más difícil, pues entró un nuevo animal, en cuatro patas esta vez, con una cola distinta y orejas largas. Un gran echarpe le ocultaba la cara, pero un rayo de luz juguetón delataba el brillo de algo que bien podían ser antiparras debajo del fleco. En el lomo cabalgaba un caballerito vestido a la oriental, al cual parecía que no era del todo fácil mantenerse en su sitio cuando la bestiezuela se movía mucho. De pronto entró una aparición, toda vestida de blanco, con alas de papel de diario en la espalda y rizos dorados en torno a la cara. Lo curioso, fue que la bestia la vio y retrocedió en el acto, mientras que el jinete, al parecer, no veía nada y siguió castigando al animal despiadadamente, pero sin lograr resultado alguno, pues el espíritu quedó inmóvil en mitad del camino y el animalito no avanzaba ni un paso. Siguió una escaramuza, consecuencia de la cual fue que el caballero del traje oriental fue derribado sobre un helecho, mientras que su cabalgadura, poseedora de mejor educación, se postró de hinojos ante la visión misteriosa.

Los chicos seguían a oscuras; pero mamá Atkinson dijo repentinamente:

-Si eso no es Balaam y el asno, me gustaría saber qué representa. Rosa es un ángel precioso, ¿verdad?

"Asno" era la solución, y el ángel se retiró, esbozando en sus labios una sonrisa de satisfacción mundana motivada por el elogio que acababa de escuchar.

Siguió luego una hermosa escenita del cuento inmortal "Niños en el bosque". Jamie y Pokey entraron al trotecito, tomados de las manos, y como habían ensayado esta parte muchas veces, se desenvolvieron con gran soltura, haciéndose mutuamente indicaciones que llegaron hasta el auditorio. Recogieron las bayas, se perdieron, derramaron lágrimas, hallaron consuelo, y luego las dos criaturas se echaron en el suelo y murieron con los ojos muy abiertos y las puntas de los zapatos apuntando a las margaritas en forma patética.

-Ahora deben llegar los pechirrojos -oyeron que decía uno de los difuntos-. Tú sigues muerto y yo me fijaré si vienen.

-Date prisa -contestó el otro en voz baja-, porque estoy acostado sobre una piedra y las hormigas empiezan a picarme las piernas.

Los pechirrojos hicieron su entrada, moviendo las alas y con echarpes rojos en el pecho y hojas en las bocas, que pusieron delicadamente sobre los nenes, cuidando mucho que se viesen bien. Una hoja de zarza puesta directamente en la nariz de Pokey le hizo cosquillas y con tanta violencia estornudó, que tuvo que mover las piernas en el aire. Jamie, sorprendido, exclamó "i Oh!" y los pajaritos huyeron sonriendo.

Después de los preparativos y discusiones del caso, apareció en escena Annette Snow, acostada, al parecer muy enferma; la niña Jenny era su anhelante mamá y la alegre conversación entretuvo al auditorio hasta que llegó Mac en su papel de médico e hizo un sinfín de cosas raras con su enorme reloj, sus aires de gran sabio y sus preguntas absurdas. Recetó una píldora de nombre imposible de pronunciar y se marchó, después de haber exigido veinte dólares por su breve visita.

La píldora fue administrada al enfermo, pero sucedieron tales agonías de dolor que la mamá afligida pidió a un vecino bueno que fuese a traer a la Señora Sábelotodo. Corrió el vecino y al instante vino una viejecita con gorro y anteojos, la cual traía bajo el brazo un fardo de hierbas, que en el acto aplicó en gran número de maneras raras, explicando sus virtudes mientras plantaba un emplasto aquí y una cataplasma allá o ataba un par de hojas de candelaria al cuello del paciente. Siguió un alivio instantáneo y el chico moribundo se incorporó y exigió que sirviesen un buen plato de habas asadas, visto lo cual los padres ofrecieron a la vieja cincuenta dólares ; pero mamá Sabelotodo los rechazó indignada y se fue muy contenta, declarando que entre vecinas debe hacerse cuanto es posible y que los honorarios de los médicos son un cuento.

El público acompañó la representación con sonoras carcajadas, pues Rosa imitó admirablemente a la señora Atkinson y la curación mediante hierbas era una alusión a las constantes afirmaciones de esta señora, quien aseguraba que las "yerbas" serían la salvación de la humanidad, con sólo que se supiese aplicarlas. Nadie disfrutó más que ella, y todos aguardaron con enorme interés el gran final.

Esta última escena fue breve pero eficaz, representándose dos trenes que venían en sentido contrario, chocaban con terrible estrépito y el estropicio completaba la palabra "catástrofe".

-Ahora vamos a poner en acción un proverbio; tengo uno preparado -dijo Rosa, que se perecía por lucirse delante del tío Alec.

Todos, excepto Mac, el alegre chico del oeste y Rosa, ocuparon sus puestos en los asientos de roca y comentaron la parte de espectáculo ya vista, pero no se entendían, porque Pokey aseguraba, contra viento y marea, que su parte había sido la "más mejor de todas".

A los cinco minutos se levantó el telón. No se veía más que una hoja grande de papel clavada en un árbol, sobre la cual había dibujada una esfera de reloj, cuya aguja señalaba las cuatro. Debajo, mediante una nota, se informaba al público que eran las cuatro de la mañana. Apenas tuvo tiempo el auditorio de llevarse al meollo este detalle importante, cuando una larga serpiente formada con un impermeable, se desenrolló detrás de un tronco partido. Tal vez era un gusano, pues a esta clase de bicho respondía más su forma. De pronto avanzó una ave inquieta y retozona, que rascaba el suelo con vigor. Unas hojas de árbol simulaban la  cresta y otras la cola, y mediante un chal de colores se daba la impresión de alas. Era en realidad un gallo imponente; de paso firme, ojos que brillaban avizores y voz que por lo visto infundía horror en el espíritu de la pobre oruga, si es que era una oruga. El gusano se acurrucó, saltó y se arrastró todo lo de prisa que pudo, tratando de huir; pero fue en vano. El ave la descubrió y después de emitir una especie de canto tembloroso se abalanzó sobre ella y se alejó triunfante.

-Ese pájaro tempranero ha atrapado un gusano tan grande que no sé cómo se hubiese arreglado para transportarlo -dijo riendo la tía Jessie, mientras los chicos reían pensando en el sobrenombre de Mac. Se trataba de un proverbio según el cual el ave que está despierta más temprano pesca el mejor gusano, y equivalente de "al que madruga Dios lo ayuda".

-Es uno de los proverbios favoritos del tío, por eso lo preparé en honor suyo -comentó Rosa, apareciendo con el gusano a la rastra.

-Muy bonito -dijo el tío, en momento en que la niña se sentaba a su lado-. ¿Qué sigue ahora?

-Los chicos Dove van a representar "Un incidente en la vida de Napoleón", como ellos lo titulan; creen que es espléndido y debo declarar que lo hacen bastante bien -manifestó Mac, con muestras de gran condescendencia.

Apareció una tienda de campaña, y delante de ella, andando a grandes trancos, había un pequeño centinela, el cual, mediante un breve monólogo, informó a los espectadores que los elementos estaban en un terrible estado de confusión, que había andado unas cien millas ese día, y que se moría de sueño. Luego se detuvo, se apoyó en su fusil y empezó a adormecerse, hasta que poco a poco, vencido por el sueño, fue cayendo al suelo. Entró Napoleón con su tricornio, su chaqueta gris, botas altas, manos cruzadas y sonrisa en la boca, avanzando con pasos de melodramático efecto. Freddy Dover siempre se cubría de gloria en este papel, y se llevó las palmas en una actitud napoleónica que provocó estruendosos aplausos; pues el chico de la cabeza grande, los ojos morenos y la frente cuadrada era "el vivo retrato de ese bribón de. Bonaparte ", según declaró mamá Atkinson.

Planes de largo aliento bullían sin duda en su cerebro poderoso, un cruce de los Alpes, una fogata en Moscú o una pequeña escaramuza en Waterloo, pues marchaba en silencio, majestuoso hasta que, de pronto, un ronquido interrumpió su imperial cavilación. Descubrió al soldado dormido y lo miró iracundo, diciendo:

-¡Ah, ja! ¡Dormido en la guardia ! Sufrirá la pena de muerte.

Tomó el mosquete y estaba ya por ejecutar sumaria justicia, como es costumbre de todos los emperadores, cuando notó algo en la cara del centinela que pareció impresionarlo. Se entiende que esto ocurriera, pues Jack era un soldadito precioso, con su chacó mal puesto, un bigote negro sobre la boca rosada y aquel aspecto extraño de la cara, que tanto trabajo le costaba mantener seria. Ningún Napoleón del mundo hubiese resistido, y el pequeño corso, por lo visto, no era más que un hombre, pues se aplacó y dijo, con altivo gesto de perdón:

-¡Este valiente ha caído rendido por la fatiga ! Lo dejaré dormir y montaré guardia en su lugar.

Dicho esto, se cargó el fusil al hombro el noble guerrero, y anduvo de un lado a otro con majestuoso paso y una dignidad tan grande que los espectadores se sintieron conmovidos. El centinela se despertó al cabo de un rato y, al hacerse cargo de lo sucedido, consideró en el acto que no tenía salvación ninguna. Pero el Emperador le devolvió el arma y, con una sonrisa que traspasó todos los corazones, señalando hacia una roca en la cual acababa de posarse un gallo, dijo:

-Sé valiente, sé alerta, y recuerda que desde aquella pirámide nos miran las generaciones del pasado.

Pronunciadas estas memorables palabras, el guerrero se marchó, dejando al agradecido soldado emocionado, con una mano en la sien y su devoción a toda prueba reflejada en el rostro juvenil.

El aplauso que marcó el fin de esta exhibición soberbia no había cesado aún cuando se oyeron un chapoteo en el agua y una serie de gritos, con lo cual todos se precipitaron nerviosos a la cascada formada por un arroyuelo que corría rumoroso entre las peñas. Pokey había querido jugar allí, cayéndose en un charco plago, del cual Jamie intentó sacarla, pero los dos se esforzaban por nadar para salir del agua, sin saber si reír o asustarse.

Este contratiempo hizo necesario llevar a casa cuanto antes los dos chicos empapados, de modo que se cargaron los coches y emprendieron la marcha, tan alegres como si el aire de la montaña hubiera sido el bálsamo de que tanto hablaba el doctor Alec y hubiesen bebido champagne en vez del vino de grosellas que acompañó al pastel con rosas de azúcar en forma de guirnalda que apareció entre las cosas guardadas por tía Paciencia en un cesto de golosinas.

Rosa participó del regocijo, procurando que sus palabras o sus gestos no delataran el dolor que sentía en un tobillo. Se excusó de intervenir en los juegos por la tarde, y se quedó sentada junto al tío Alec, el cual experimentó gran satisfacción al tenerla así de compañera. Ella le hizo algunas confidencias, declarando que había jugado con los niños, andando a caballo, haciendo instrucción con la infantería ligera, trepando árboles e incurriendo en otros extremos espantosos que habrían dado motivo para que las tías, de saberlo, hubiesen puesto el grito en el cielo.

-Me tiene completamente sin cuidado lo que puedan decir, tío, siempre que usted no se enoje -le dijo, al tiempo en que trataba de imaginarse el asombro de las tías.

-Está muy bien eso que dices, pero te estás volviendo muy rebelde, y temo que el día menos pensado me desafíes a mí también, y ¿qué será de nosotros entonces?

-No, eso no; ni atreverme siquiera; porque usted es mi tutor, y puede ponerme un chaleco de fuerza si lo desea -contestó Rosa, riéndose a más no poder y acurrucándose coquetamente contra él.

-Te aseguro, Rosa, que empiezo a sentirme como el hombre que compró un elefante y no supo que hacer con él. Creí que durante muchos años tendría a mi lado una criatura a la cual manejar y con quien distraerme jugando; pero estás creciendo como una jirafa y en cuanto quiera darme cuenta voy a comprender que entre manos tengo una mujer hecha y derecha. ¡Gran aprieto para un tío, que además de tío es un hombre consciente!

La aflicción del doctor Alec tenía algo de cómica, y la conversación llegaba a un punto muerto. Por suerte, su atención fue atraída hacia el pradito, en el cual los niños, como número sensacional para una fiesta de despedida, bailaban una danza de gnomos. En las cabezas se habían puesto faroles de calabaza y saltaban tanto que parecían realmente fuegos artificiales.

Cuando fue a acostarse, Rosa descubrió que su tío no la había olvidado, pues sobre su mesa había una especie de caballete pequeño con dos miniaturas montadas en terciopelo. Reconoció en el acto los retratos; y los contempló emocionada, hasta que de sus ojos brotaron lágrimas que eran a un tiempo dulces y tristes. Los bustos de su padre y su madre habían sido maravillosamente reproducidos de dos retratos descoloridos.

Se arrodilló y rodeó con sus brazos el minúsculo templo, besándolos uno tras de otro y diciendo con voz compungida:

-He de hacer todo lo posible para que se alegren el día que les toque verme de nuevo.

Tal fue la oración de Rosa el día en que cumplió catorce años.

Dos días después, los Campbell se, volvieron en número mayor que a la ida, pues lo acompañaba el doctor Alec y Kitty Comet era conducido señorialmente en un canasto, con una botella de leche, algunos sandwiches muy pequeños y un platito en qué beber, así como un trozo de alfombra para que tuviera dónde acostarse en su palacio ambulante, por cuyos bordes asomaba la cabeza con gracia suma.

Hubieron muchos besos y abrazos, saludos con pañuelos y las manos, y últimos adioses, y emprendieron la marcha; pero no habían hecho más que arrancar cuando mamá Atkinson llegó corriendo y amontonó como pudo algunas tortas, acabadas de salir del horno, pues sin duda los pobrecitos se cansarían del pan y manteca en un viaje que debía durar un día entero".

Arrancaron y de nuevo se detuvieron; esta vez eran los chicos de los Snow, exigiendo a gritos los tres gatitos que Pokey se llevaba envueltos en una manta de viaje. Los animalitos fueron rescatados y estaban casi asfixiados los pobres, volviendo a poder de sus dueños legítimos, en medio de las lamentaciones de la secuestradora, quien declaraba que si se los llevaba era porque ellos mismos decidieron no separarse de su hermana Comet.

Partida número tres y detención número tres, a los gritos de Frank, que llegó corriendo con el cesto de la merienda, del cual se habían olvidado, no obstante que todos acababan de asegurar que lo llevaban consigo.

De aquí en adelante todo anduvo bien, y en el largo viaje se distrajeron mucho con Pokey y la gatita, que jugaban, y por su forma de divertir a los demás cualquiera las hubiese considerado benefactoras públicas.

-Rosa no quiere volver a casa, porque sabe que las tías no la dejarán correr y hacer tantas locuras como ha hecho en Rinconcito Agradable -comentó Mac cuando les faltaba poco para llegar.

-No voy a poder hacer locuras aunque quiera, por lo menos durante un tiempo -contestó Rosa, frunciendo las cejas-; y te diré por qué. Me recalqué un tobillo cuando ""Barkis" me echó al suelo y cada vez me siento peor, aunque he hecho todo lo posible por curarme y hacer de forma que nadie se entere, pues temí causar trastornos sin necesidad.

En aquel momento estaba por saltar del carro, y el dolor era tan intenso, que lamentó no fuese a ella a quien el tío transportaba en brazos, en lugar de los paquetes.

Sin embargo, antes de que pudiera darse cuenta de lo que ocurría, descubrió que Mac la conducía en alto, y la depositaba delicadamente en el sofá de la sala, sin que hubiese rozado el suelo para nada.

-Ahí estás... No bajes el pie derecho, y una cosa: si llegas a sentirte mal del tobillo y no puedes moverte, yo estaré a tu servicio incondicional. De todos modos, es lo menos que puedo hacer, después de lo bien que te portaste conmigo.

En el acto Mac fue a llamar a Febe, y en su espíritu la gratitud y decisión fueron tales que hasta las antiparras brillaron.

CAPÍTULO 15

PENDIENTES

EL accidente de Rosa resultó ser grave, en virtud de haberlo descuidado al principio, y el doctor Alec le ordenó estar acostada en el sofá durante una quincena por lo menos; ella refunfuñó por lo bajo, pero no se atrevió a quejarse abiertamente, por miedo a que los chicos la abrumaran con sermones para incitarla a tener paciencia, como los que ella les endilgó antes.

Tocó ahora el turno a Mac, y el chico cumplió honrosamente su deber de gratitud; pues, como no podía concurrir aún a la escuela, disponía de mucho tiempo y casi todo lo dedicó a Rosa. Hizo muchas cosas por ella, y hasta le permitió que le enseñase a tejer, después de asegurarse que muchos valientes escoceses fueron hábiles en el manejo de las agujas largas. Antes de consentir, sin embargo, Rosa debió jurar que a nadie revelaría el secreto, pues el chico pensaba con espanto en la posibilidad de que los otros le pusiesen el apodo de "Abuelita", o cosa parecida, y la proximidad de los representantes del clan hacía que los trastos de la labor desaparecieran como por encanto, con el consiguiente detrimento de la banda que estaba tejiendo en el nuevo cubrecama de Rosa.

Hallábase la niña distraída en su pequeño quehacer una mañana de octubre, muy cómoda en su sofá en el salón del piso alto, y Jamie y Pokey, que fueron conducidos allí con el fin de que la distrajeran, jugaban a las casitas en un rincón, haciendo de hijos Cometa y la muñeca vieja de Rosa.

De pronto apareció Febe con una tarjeta. Rosa la leyó, hizo una mueca de disgusto y dijo, riendo:

-Atenderé a la señorita Bliss -y en el acto cambió de cara, adoptando una expresión social mientras estiraba el dije para que viese bien y se arreglaba los rizos del cabello.

-¡Oh, querida mía! ¿Cómo estás? He querido pasar a verte desde que volviste, pero tengo tantos compromisos que hasta ahora no he podido. Me alegra encontrarte sola, pues mamá me dijo que podía quedarme aquí un rato y he traído mi labor de encaje para enseñártela, segura de que ha de parecerte preciosa -exclamó la señorita Bliss, saludando a Rosa con un beso que no fue devuelto muy efusivamente, aunque Rosa le dio las gracias cortésmente por haberla visitado y pidió a Febe que preparase un silloncito.

-¡Qué gran cosa es tener una criada! -dijo Annabel, mientras se arrellanaba en el sillón-. Sin embargo, querida, supongo que te sientes muy sola y has de echar de menos la presencia de un pecho amigo.

-Tengo a mis primos -dijo Rosa con mucha dignidad, pues la actitud protectora de su visitante la indignaba un poco.

-¡Oh, hija mía ! Supongo que no serás amiga de esos niños traviesos. Mamá dice que no está bien que te des tanto con ellos.

-Son como hermanos y a mis tías les parece muy bien -replicó Rosa, con cierta aspereza, pues no entendía que Annabel tuviera que meterse en esas cosas.

-He pensado que me gustaría tenerte de amiga, porque Hatty Mason y yo hemos reñido y no nos hablamos. Es demasiado mala y he desistido de tratarla. Imagínate que no me devolvió nunca un caramelo que le di, y no tuvo la delicadeza de invitarme a su fiesta. Lo del caramelo no tiene mayor importancia, pero que me deje de lado en esa forma desconsiderada es cosa que no estoy dispuesta a tolerar, y le dije que mientras viva no vuelva a mirarme a la cara.

-Eres muy buena, pero no necesito ninguna amiguita íntima. Por supuesto, te agradezco la intención -dijo Rosa, mientras Annabel movía la cabeza, como recriminando a la incorregible Hatty Mason.

Ahora bien, Annabel Bliss estaba convencida de que Rosa era una "gatita orgullosa", pero muchas otras chicas querían ser amigas suyas y no tenían manera de conseguirlo, la vieja casa era un sitio agradable de ver, los muchachos gozaban fama de excelentes, y los Campbell, como decía la mamá de Annabel, "constituían una de las mejores familias del lugar". Annabel disimuló su humillación ante la frialdad con que la trataba Rosa, y cambió de tema en cuanto pudo hacerlo.

-Veo que estás estudiando francés. ¿Quién es tu maestro? -le preguntó, repasando las hojas del ejemplar de Pablo y Virginia que estaba en la mesa.

-No estudio francés, por cuanto lo veo igual que si fuese inglés, y mi tío y yo hablamos en ese idioma horas seguidas. Lo habla como si hubiese nacido en Francia y dice que tengo muy buena pronunciación.        

Rosa no pudo evitar esta pequeña demostración de superioridad, pues el francés era uno de sus puntos fuertes y se sentía halagada, aunque a menudo ocultaba esta debilidad. Tuvo la sensación de que Annabel se serenaría un poco después de aquel exabrupto, y no pudo resistir la tentación de empequeñecerla un poco.

-¿De veras? -dijo la señorita Bliss, un poco atontada, pues el francés no era ni remotamente uno de sus fuertes.

-Dentro de un año o dos voy a viajar con mi tío, y él sabe qué importante es entender idiomas extranjeros. La mitad de las chicas que salen de las escuelas son incapaces de hablar el francés decentemente y cuando van a Francia se encuentran perdidas. Estaría conforme en ayudarte, si lo deseases, pues se de sobra que tú no tienes nadie con quien hablar.

Annabel, aun cuando parecía una muñeca de cera, tenía sentimientos en vez de aserrín, y estos sentimientos sufrieron a raíz del tono altanero con que Rosa dijo esas palabras. La consideró más orgullosa que nunca, pero no se le ocurría ninguna forma de humillarla, aunque lo deseaba con toda su alma, pues experimentaba la misma sensación que si le hubiesen abofeteado la cara e involuntariamente se llevó una mano a la oreja. El contacto de su pendiente le sugirió una idea, y comprendió que había una manera de devolver la pulla.

-Gracias, querida; no necesito ayuda ninguna, porque nuestro maestro es de París, y por supuesto, habla el francés mejor que tu tío. -Después de esto añadió, con un gesto que hizo tintinear las campanitas que pendían de sus orejas-. ¿Que tal te parecen mis nuevos pendientes? Papá me los regaló la semana pasada, y todos dicen que son muy bonitos.

Rosa "bajó del caballo" con una rapidez que tenía mucho de cómico, pues ahora Annabel había tomado la delantera. Adoraba Rosa los adornos bonitos y se perecía por llevarlos; el mayor anhelo de su espíritu infantil fue que le taladrasen las orejas, pero el tío Alec aseguraba que era una tontería y nunca logró satisfacer su deseo. Con gusto habría cambiado todo el francés que era capaz de hablar por un par de campanitas doradas, con badajos rematados en perlas, como esas que lucía Annabel; y, juntando las manos, le contestó en una voz que se coló de rondón en el corazón de su interlocutora

-¡Son realmente divinos! Si mi tío me lo permitiese, me gustaría muchísimo llevar pendientes.

-Yo no haría caso de lo que dice el tío. Al principio, mi papá se echó a reír, pero ahora le gustan y dice que cuando cumpla los dieciocho usaré solitarios de brillantes.

-Tengo un par que fueron de mamá, y otro muy bonito de perlas y turquesas, que me muero por usar -confesó Rosa suspirando.

-Entonces, no temas nada. Yo te agujerearé las orejas; pero debes ponerte un pedazo de seda hasta que se curen. Con los rizos, quedarán tapadas, y así un día, cuando te pongas los más pequeños, ya me dirás si a tu tío le gustan o no.

-Le preguntó si no me haría bien a los ojos, cuando los tuve irritados, pero se rió de mí. Sin embargo, la gente se cura los ojos de ese modo, ¿no es verdad?

-Claro que sí. Y ahora mismo tienes la vista un poco irritada. A ver, a ver. Sí, sería necesario que te dieses prisa, antes que te sientas peor -dijo Annabel, mirando atentamente el ojo grande y claro que Rosa le ofrecía a su inspección.

-¿Duele mucho? -preguntó Rosa, indecisa.

-¡No, querida! ¿Qué ha de doler? Es un pinchazo y un tironcito, y ya está. Yo he agujereado muchas orejas y sé cómo se hace. Vamos, recoge el cabello y tráeme una aguja.

-No me gusta hacer estas cosas sin permiso de mi tío -dijo desfalleciente Rosa; pero todo estaba listo para la operación.

-¿Te lo ha prohibido? -inquirió Annabel, inclinada sobre su presa igual que un vampiro.

-No, jamás.

-En ese caso, no te preocupes de nada.

Estas últimas palabras fueron acompañadas por el final de los preparativos; Rosa cerró los ojos y dijo "¡ Pincha! " con el mismo tono de quien dice "¡Fuego! ".

Annabel pinchó y la víctima soportó el dolor con heroico silencio, aunque se puso pálida y los ojos se le llenaron de lágrimas.

-¡Muy bien! Ahora no dejes de estirar los trocitos de seda con frecuencia, y pon coldcream en las orejas cada noche, así no tardarás en poder colocarte los pendientes -dijo Annabel, muy complacida de su trabajo, pues la chica que hablaba francés con buena pronunciación estaba tirada en el sofá, tan exhausta como si le hubiesen arrancado ambas orejas.

-Duele espantosamente y sé que a mi tío no le va a gustar -suspiró Rosa, que empezaba a sentir remordimientos-. Prométeme no decir nada, porque de lo contrario todo el mundo se reirá de mí y voy a sentir mucha vergüenza.

Diciendo esto, Rosa se había olvidado por completo de los dos cantaritos con ojos, que desde un rincón estaban observando toda aquella operación.

-Nunca. ¡Dios mío ! ¿Qué es eso ? -preguntó Annabel, sobresaltada por el ruido repentino de pasos y de voces que llegaba de la planta baja.

-Son los chicos. Esconde la aguja. ¿Se me ve? No digas una sola palabra -murmuró Rosa, apresurándose por ocultar todas las trazas de la iniquidad cometida.

Entraron los componentes del clan en perfecto orden, cargados con el producto de una expedición de saqueo, pues nunca se olvidaban de informar a Rosa de sus andanzas y ofrecerle el tributo debido a una reina con toda la magnificencia del mundo.

-¡Qué hermosas castañas y cuántas han traído! ¡Qué banquete vamos a hacernos después del té, verdad! -dijo Rosa, metiendo las dos manos en el abultado paquete, mientras el clan formaba ceremoniosamente y saludaba a Annabel con inclinaciones de cabeza.

-Eso lo hemos buscado especialmente para ti, Rosita -dijo Mac, entregándole casi un quintal-. Las junté yo mismo, y son de las mejores.

-Lo hubieras visto cuando las arrancaba. Se subió a todos los árboles, y se hubiese roto el cuello de no haberlo salvado Archie -agregó Esteban, arrellanándose cómodamente en el asiento de la ventana.

-Haces mal en hablar, Dandy, porque tú no distingues un nogal de una haya, y a estas horas estarías perdiendo el tiempo todavía si yo no te hubiese dicho que dejaras -replicó Mac, sentado en el respaldo de un sofá, en una actitud muy digna de su condición de niño privilegiado.

-No me hagas enojar, Gusano, que ya sabes lo que te pasa -dijo Esteban, sin denotar el menor respeto hacia su hermano mayor.

-Está oscureciendo y tengo que irme, porque mamá puede asustarse -expresó Annabel, levantándose con prisa repentina, aunque acariciaba secretas esperanzas de que la invitasen al banquete.

No la invitó nadie, y mientras guardaba sus cosas y charlaba con Rosa, los chicos se comunicaban por señas la infausta nueva de que alguno de ellos tendría que acompañarla a su casa. Ninguno se sintió tan heroico como para ofrecerse espontáneamente; y hasta el cortés Archie esquivó la responsabilidad, diciendo por lo bajo a Charlie:

-No hay razón para que tenga que hacer todo ese trayecto. Que la lleve Esteban, así tiene oportunidad de lucir sus buenos modales.

-Prefiero que me ahorquen -exclamó el Príncipe, el cual detestaba mucho a Annabel, porque siempre se hacía la coqueta cuando se encontraba con él.

-Entonces iré yo -dijo inesperadamente una voz. y los chicos se sorprendieron al ver cómo el doctor Alec salía del cuarto, dispuesto a ofrecer su compañía a la chica despreciada.

Llegó tarde, sin embargo, porque Mac, obedeciendo a una seña de Rosa, ya había dispuesto ser la víctima, y salía dócilmente, pensando si algún día no tendría el placer de saber que Annabel estaba en el fondo del Mar Rojo.

-Entonces conduciré a esta dama abajo, para que tome el té, ya que la otra tiene un galante caballero que la acompaña a su casa. Veo que las luces están encendidas en el otro piso, y el olor que llega hasta mí es indicación de que la tía ha preparado algo rico.

Mientras hablaba, el doctor Alec se preparó para transportar a Rosa hasta la planta baja, como de costumbre; pero Archie y el Príncipe se acercaron presurosos, impacientes por tener el honor de conducirla en un sillón. Rosa consintió por miedo a que la vista sagaz de su tío descubriera los trocitos de seda fatal; y los chicos cruzaron sus manos, bajándola como en un trono, mientras los otros la seguían haciendo de barandas pasamanos.

El té fue servido más temprano que de costumbre, con lo cual Jamie y su compañerita pudieron divertirse más que otras veces, ya que se les permitió estar de pie hasta las siete y les fueron concedidas doce castañas asadas a cada uno, con la condición de no comerlas hasta el día siguiente.

Se despachó el té con toda rapidez, y al instante se reunieron todos en torno al brasero del comedor, donde las castañas danzaban alegremente al asarse en las palas y saltaban fuera del fuego, haciendo las delicias de los pequeños, que más de una vez se asustaron.

-Vamos, Rosa, cuéntanos un cuento mientras trabajamos -propuso Mac, que estaba sentado pelando castañas y sabía por experiencia que su prima era una excelente Scheherazada-. Ya que no  puedes ayudarnos, tienes que contribuir de algún modo.

-Sí, está feo que nosotros hagamos de monos y nos quememos las patas sin alguna recompensa. Vamos, vamos -dijo ahora Charlie, mientras le tiraba en la falda unas cuantas castañas calientes, después de lo cual se sopló los dedos y los sacudió.

-Bien, da la casualidad de que recuerdo un cuentito con moraleja, y voy a contarlo -contesto Rosa, encantada como siempre de poder relatar cosas instructivas.

-¡Adelante! -gritó Geordie, mientras la chica se disponía a obedecer, sin imaginarse ni remotamente todo lo desastroso que resultaría el cuento, para ella misma.

-Pues bien, érase una vez una niñita que fue a ver a una señora que la quería mucho. La señora era coja, y todos los días tenían que vendarle un pie, de modo que tenía un cesto lleno de vendas, todas enrolladas y listas para el uso. A la niñita le gustaba jugar con este cesto y un día, creyendo que nadie la veía, tomó uno de los rollos sin pedir permiso y se lo guardó en un bolsillo.

En este momento, Pokey, que estaba mirando amorosamente las cinco castañas calientes que tenía escondidas en el fondo de su bolsillito, levantó de pronto la mirada y dijo "¡Oh!" con cierto dejo de asombro, como si repentinamente le hubiese parecido interesante el cuento.

Rosa lo oyó y adivino en el acto la picardía de la pequeña pecadora, y mientras los niños, divertidos con la broma, se tocaban y guiñaban los ojos entre sí, siguió con mucha pomposidad.

-Pero un ojo misterioso vio a la niña mala, ¿y de quién era ese ojo?

-El ojo de Dios -murmuro la atormentada Pokey, tapándose la cara con dos manecillas regordetas, cuyo tamaño no permitía ocultarla del todo.

Rosa quedó un tanto sorprendida por esta respuesta, pero, segura del efecto que estaba logrando, prosiguió muy seria:

-Sí, Dios la vio, y la vio también la señora, pero no dijo nada; esperó a ver qué hacía la nena. La nena había estado muy contenta hasta que se apoderó de la venda, pero desde el momento en que la tuvo en su bolsillo empezaron sus sufrimientos, y no tardó en dejar de jugar y pasar todo el tiempo sentada en un rincón, con cara muy triste. Pensó un poco, y fue lentamente a poner la venda en su sitio, después de lo cual volvió a ser la niña dichosa de siempre. La señora se alegró mucho de ver esto, y se preguntó quién había inducido a la nena a hacer eso.

-La conciencia -murmuró una voz contrita, detrás de las manos que ocultaban a medias la carita de Pokey.

-¿Y por qué se imaginan ustedes que tomó la venda? -preguntó Rosa remedando el énfasis de una maestra de escuela, convencida de que sus oyentes estaban muy interesados en el cuento y en sus derivaciones inesperadas.

-Porque era tan linda y estaba tan bien envuelta, que le gustó mucho -contestó la vocecita.

-Muy bien; es hermoso tener una conciencia tan despierta. La moraleja es que los que se apropian de lo que no les pertenece no son dichosos hasta que lo reponen en su lugar. ¿Y por qué esconde la cara la niñita?

-Porque está avergonzada -dijo entre sollozos la pequeña culpable, presa de enorme remordimiento y confusión al verse descubierta de ese modo.

-Vamos, Rosa, está mal delatar a los chicos delante de todo el mundo y corregirlos de ese modo; a ti misma no te gustaría -empezó a decir el doctor Alec, poniéndose a la nena en las rodillas y consolándola mediante besos y castañas.

Antes de que Rosa pudiera expresar su pesar, Jamie, que se estuvo poniendo muy rojo y arrebatado como un pavo durante varios minutos, se volvió indignado, decidido a vengar el agravio inferido a su compañerita.

-Yo sé una cosa que tú has hecho, y voy a contarla ahora mismo. Te crees que no te veíamos, pero estás equivocada, y dijiste que al tío no le gustaría y que los chicos se iban a reír. Por eso le hiciste jurar a Annabel que no diría una palabra cuando te hizo agujeros en las orejas para ponerte los pendientes. Eso es mucho más grave que tomar un pedazo de trapo, y no deberías haber hecho que Pokey llorase.

La explosión un tanto incoherente de Jamie produjo tal efecto que inmediatamente quedó olvidado el pequeño pecado de Pokey y Rosa comprendió que le tocaba el turno.

-¡Qué! ¡qué! ¡qué! -exclamaron los niños a coro, dejando las palas y cuchillos para reunirse en torno de Rosa, la cual se delató al llevarse rápidamente las manos a las orejas y decir en voz casi imperceptible : "Me indujo Annabel", escondiendo la cabeza en las almohadas como una pequeña avestruz absurda.

-Ahora se colgará de las orejas, jaulas, canastos, carros y cerdos, como todas las chicas, y entonces sí que dará gusto verla -dijo uno de sus atormentadores, retorciendo uno de los rizos que salía de las almohadas.

-Yo no creí que sería tan tonta -opinó Mac, con tono tal de desaprobación, que Rosa pensó horrorizada en lo poco que ahora representaba para su sabio primo.

-Esa muchacha de los Bliss es una calamidad, y deberían prohibirle que entrase en esta casa a traer sus ideas tontas -opinó el Príncipe, deseoso de poder echar a la muchacha antipática como se echa a un perro de los sitios en que hay gatitos.

-¡Qué le parece, tío? -preguntó Archie, convencido, como mayor que era, de que convenía mantener la disciplina a toda costa.

-Estoy muy extrañado; pero debemos entender que después de todo es mujer y tiene sus pequeñas vanidades, como cualquiera -manifestó el doctor Alec suspirando, pues en el fondo le dolía que Rosa no fuese una especie de ángel ajena a todas las tentaciones terrenales.

-¿Y qué debemos hacer? -inquirió Geordie, preguntándose qué castigo podía aplicarse a una culpable del sexo contrario.

-Como es tan amiga de adornos, tal vez sería buena idea ponerle una anilla en las narices también. Recuerdo que en las Islas Fiji vi una belleza femenina que llevaba una cosa así. Voy a buscar algo -y dejando Pokey al cuidado de Jamie, el doctor Alec se levantó como si estuviese por llevar a cabo en serio lo que acababa de insinuar.

-¡Bueno, bueno! Hagámoslo ahora mismo. Aquí tenemos una barrena, de modo que ustedes me ayudan y la sostienen, yo le prepararé la nariz -gritó Charlie, separando las almohadas, mientras los ochos chicos daban vuelta alrededor del sofá en todo el verdadero estilo de las Islas Fiji.

Fue un momento de angustia, pues Rosa no tenía modo de huir, y lo único que hizo fue apretarse la nariz con una mano y alargar la otra, gritando afligida:

-¡Tío! ¡Sálveme, por favor!

De sobra está dicho que el tío la salvó; y cuando se sintió protegida por su fuerte brazo, confesó su locura con tanta humildad que los muchachos, después de haberse reído un rato, decidieron perdonarla y declarar que la culpa era íntegramente de Annabel, la tentadora. Hasta el propio doctor Alec se aplacó al extremo de proponer dos pendientes de oro para las orejas en vez de una anilla de cobre en la nariz; temperamento que vino a demostrar cómo, si bien Rosa tenía todas las debilidades naturales de su sexo en lo tocante a joyas, él tenía la inconsistencia del suyo en cuanto a conceder a una hermosa penitente lo mismo que la penitente deseaba, pese a que su buen juicio le decía lo contrario.

CAPÍTULO 16

PAN Y OJALES

-¿Qué puede estar pensando mi niña ahí sola con esa carucha? -preguntó el doctor Alec avanzando por el estudio un día de noviembre al ver que Rosa se hallaba sentada con las manos cruzadas y muy pensativa.

-Tío, quiero que hablemos en serio un ratito, si es que tiene tiempo -dijo la niña, saliendo del cuarto y haciendo como si no hubiese oído la pregunta.

-Estoy enteramente a tus órdenes, y muy dispuesto a escucharte -le respondió cortésmente, pues cuando Rosa denotaba empaque femenino la trataba siempre con una especie de respeto juguetón que la complacía inmensamente.

Una vez que el hombre se sentó a su lado, dijo Rosa: -He estado pensando qué oficio debería aprender, y deseo que me aconseje.

-¿Oficio, querida? -y el doctor Aleo la miró extrañado, tan extrañado que la niña creyó necesario ampliar sus explicaciones.

-No recordaba que usted no nos oyó hablar en Rinconcito Agradable. Solíamos sentarnos a coser debajo de los pinos y charlábamos mucho -las mujeres, por supuesto-; y a mí me gustaba sobremanera. Mamá Atkinson era de opinión que todas debemos tener oficio, o alguna manera de ganarnos la vida, porque los ricos pueden empobrecerse y los pobres no tienen más remedio que trabajar. Sus hijas eran muy mañosas y sabían hacer de todo; y la tía Jessie decía que la señora tenía razón. De modo que cuando vi todo lo dichosas e independientes que eran aquellas chicas, sentí deseos de tener un oficio; claro que el dinero no es lo importante, aunque me gusta mucho tener el que necesito.

El doctor Alec escuchó esta explicación con una curiosa mezcla de sorpresa, placer y esparcimiento reflejada en su rostro, y miró a la niña, pensando que de pronto se hubiese transformado en toda una señorita. Había crecido mucho esos últimos seis meses y aquella cabecita había pensado tantas cosas que cualquiera, al conocer el detalle, no hubiera podido menos de extrañarse, pues Rosa era de esas chicas que miran y meditan y de cuando en cuando dejan atónitos a sus mayores con una observación sagaz o curiosa.

-Estoy enteramente de acuerdo con las señoras y me satisfará mucho ayudarte a tomar una determinación, si es que puedo -dijo el doctor muy serio-. ¿Hacia qué te inclinas? Una aptitud o un talento natural es de gran valor al decidirse.

-No tengo talento especial ninguno, ni una predilección que se destaque netamente y por eso no he pensado nada, tío. Me parece que lo mejor sería elegir una ocupación muy útil y aprenderla, porque esto no lo hago por placer, ¿sabe?, sino como parte de mi educación y a fin de estar preparada por si algún día fuese pobre -contestó Rosa, poniendo la misma carita que si realmente ansiase un poco de pobreza, para que su cualidad útil tuviese ocasión de ser puesta en ejercicio.

-Muy bien, hay una condición femenina, necesaria y excelente de la cual no debe carecer ninguna mujer, porque es útil tanto a pobres como a ricos y sirve de auxilio a las familias que dependen de ella. Esta rara habilidad anda muy descuidada hoy en día y se la considera anticuada, lo cual es gran error, y ese error no quiero que se repita en la educación de mi sobrina. Debe ser parte de la cultura de todas las chicas, y sé de una gran señora que no tendrá inconveniente en enseñártelo en la forma mejor y más agradable.

-¿De qué se trata? -inquirió Rosa con gran vehemencia, encantada con la perspectiva de que resultara tan fácil y grato adquirir la habilidad en cuestión.

-Se trata de los quehaceres domésticos -contestó el doctor Alec.

-¿Y eso es una cualidad importante? -inquirió Rosa, sintiendo un gran desánimo, pues había empezado a soñar vagamente en toda suerte de cosas raras.

-Sí; es una de las artes más bellas y más útiles que las mujeres pueden aprender. No es tan romántica quizá como el canto, la pintura, la escritura y aun la misma enseñanza; pero hace del hogar el sitio más interesante, dichoso y placentero del mundo. Sí, está bien que abras mucho los ojos; pero es el hecho que antes prefiero verte convertida en una buena ama de casa que en la atracción más vistosa de toda la ciudad. Esto no tiene por que entorpecer ninguna otra cualidad que tú poseas; pero es una parte necesaria de tu instrucción, y confío que pondrás manos a la obra sin tardanza, ahora que ya estás bien y eres fuerte.

-¿Y quién es la señora de que habló? -preguntó Rosa, bastante impresionada por el discurso de su tío.

-La tía Abundancia.

-¿Es maestra en esa rama? -iba a decir Rosa un tanto sorprendida, pues era precisamente ésa, entre todas sus tías, la que menos preparada le pareció siempre; pero de pronto se contuvo.

-En el buen estilo antiguo tiene una excelente preparación -dijo el tío, como si hubiese oído lo que Rosa pensaba-, y desde que tengo uso de razón recuerdo que gracias a ella esta casa ha sido un hogar dichoso para todos nosotros. No es elegante, pero sí buena de veras, y tan amada y respetada que cuando su lugar quede vacío habrá duelo universal. Nadie podrá ocupar ese sitio, pues las virtudes sólidas y domésticas de la buena tía habrán pasado de moda, como digo, y lo nuevo no puede ser la mitad de satisfactorio, por lo menos para mí.

-Me gustaría que la gente pensase lo mismo de mí. ¿Podrá enseñarme a hacer todo lo que hace ella y a ser igual de necesaria? -preguntó Rosa, un poco arrepentida de haber pensado que la tía Abundancia pudiese ser una mujer vulgar.

-Sí, siempre que no sientas desprecio por una enseñanza tan sencilla como la que ella puede impartir. Sé que para ella no habría en el mundo una alegría mayor ni un placer más subido que el ver que alguien se interesa por aprender de ella, pues piensa que sus días han pasado ya. Que te enseñe a ser lo que ella ha sido, una mujer de su casa, hábil, alegre y frugal, constructora y cuidadora de un hogar venturoso, y algún día reconocerás cuán útiles son esas lecciones.

-Lo haré, tío. ¿Cuándo empiezo?

-Le hablaré primero y le permitiremos ponerse de acuerdo con Debby, pues debes saber que la cocina es una de las cosas principales.

-En efecto. No tengo inconveniente ninguno; me gusta ocuparme de comidas, y en casa hice la prueba, sólo que no tuve quien me indicase nada y lo único que hice fue estropear los delantales. Las tortas divierten mucho, pero Debby se enoja tanto, que sospecho que nunca me permitirá hacer nada en la cocina.           

-Si así es cocinaremos en la sala. Sospecho que la tía Abundancia le - arrancará el consentimiento, no te preocupes. Pero una cosa quiero anticiparte, y es que prefiero verte haciendo buen pan que las mejores tortas al horno que puedan imaginarse. Cuando me traigas un pan sano. y bien cocido, que hayas hecho tú sola, estaré más satisfecho que si me ofrecieses un par de zapatillas bordadas en el estilo más moderno. No quiero sobornarte, pero te daré mi beso más cordial y prometo comer hasta la última miga.

-¡Trato hecho! Vamos a contarle a la tía, porque estoy impaciente por empezar -exclamó Rosa, bailando delante del tío mientras lo conducía hacia la sala, en la cual la tía Abundancia estaba sentada sola y tejiendo muy satisfecha, pero alerta a cualquier llamada de auxilio que pudiese llegarle de un sitio u otro.

Es innecesario decir cuánta fue su sorpresa y satisfacción al recibir la invitación de enseñar a la niña las artes domesticas que eran su única, perfección, ni relatar con cuánta energía se dedicó a su agradable tarea. Debby no se atrevió a gruñir, pues la tía Abundancia era la única persona a quien obedecía sin protestas, y Febe se sintió encantada, por cuanto aquellas lecciones traían a Rosa más cerca suyo y glorificaban la cocina a los ojos de la niña.

Si hemos de ser veraces, en algunas ocasiones las tías pensaron que estaba demasiado apartada de ellas la sobrina que desde tiempo atrás les había ganado el corazón y era el sol de la casa. A veces hablaron de esto, pero siempre concluyeron por decir que como Alec había cargado con toda la responsabilidad, era lógico que tuviese más tiempo a la niña consigo y dispusiese de una parte mayor de su cariño, debiendo ellas contentarse con las migajas que pudieran obtener.

El doctor Alec había descubierto este pequeño secreto y después de reprocharse su ceguera y su egoísmo, procuró dar con alguna manera de reparar el daño, cuando la consulta de Rosa vino a darle un método eficaz. No supo cuánto se había encariñado con ella hasta que la cedió a la nueva instructora, y a menudo no resistió la tentación de espiar por la puerta para ver que tal seguía, o fijarse disimuladamente en los momentos en que ella estaba enfrascada en la masa o atendía una conferencia de la tía Abundancia. De cuando en cuando lo sorprendieron y le dieron orden de retirarse de allí, y cuando era forzoso recurrir a expedientes más suaves, lo inducían a irse con el ofrecimiento de un poco de pan de jengibre, uno o dos pickles o una torta que no había salido tan simétrica como para merecer la aprobación de sus ojos críticos.

Por supuesto, exigió a todo trance participar abundantemente de los regalos sabrosos que aparecían ahora en la mesa, pues ambas cocineras se esforzaban por hacer demostración de gran pericia y no le dieron motivo a quejarse. Pero lo más interesante era cuando alababa especialmente un plato excelente, y en respuesta a su elogio Rosa se ponía colorada y decía modestamente:

-Lo hice yo, tío ; y me halaga que le haya gustado.

Pasó tiempo antes de que apareciese el pan perfecto, pues hacer pan no es cosa que se aprende así como así, y la tía Abundancia era maestra muy minuciosa; de modo que Rosa primero estudió levaduras y a través de diversas etapas en fabricación de tortas y bizcochos llegó por fin a la perfección expresada. Fue a la hora del té y apareció en un plato de plata, conducido orgullosamente por Febe, quien no pudo resistir la tentación de decir en voz baja, al ponerlo delante del doctor Alec.

-¿Verdad que es excelente, señor?

-Es un pan espléndido. ¿Lo hizo mi sobrina sola? -preguntó el buen hombre, inspeccionando el objeto bien formado y oloroso con mucho interés y gran deleite.

-Todo ella sola, sin recurrir a la ayuda o consejo de nadie -contestó la tía Abundancia, cruzando las manos en actitud de satisfacción no mitigada, pues su alumna le hacía amplio honor.

-He fracasado y he sufrido contratiempos tantas veces, que llegué a creer en la imposibilidad de hacerlo sola. Debby dejó que una hornada se quemase por completo porque yo me había olvidado de sacarla. Estaba allí y se enteró por el olor, pero no hizo nada, pues dijo que para hacer bien el pan es forzoso estar pendiente de los detalles. ¿No es cierto que fue una crueldad? Por lo menos, debió llamarme -explicó Rosa, revolviendo entre sus suspiros el recuerdo angustioso de aquellos momentos.

-Su intención fue que aprendieses por tu propia experiencia, como Rosamunda en aquello del jarro de púrpura, que debes recordar.

-A mí siempre me pareció que la mamá de Rosamunda fue muy injusta, pues cuando la niña le pidió una vasija en que poner la sustancia purpúrea, hizo mal en contestarle: "No estoy conforme en prestarte ninguna vasija, pero lo haré". He sentido odio hacia esa mujer aborrecible, aunque reconozco que fue una madre buena.

-No te preocupes de ella ahora, y sígueme contando lo del pan -dijo el doctor Alec, a quien divirtió aquella repentina indignación de Rosa.

-No hay nada más que decir; tío, salvo que puse mi mayor empeño, me ocupé con toda atención, y no le quité la vista de encima mientras estaba en el horno. Esta vez todo salió bien, y ha resultado un pan de buen aspecto, como puede apreciar. Pruébelo, y dígame si tiene tan buen gusto como cara.

-¿Es necesario que lo corte? ¿No podría ponerlo bajo vidrio y guardarlo en la sala, como se guardan las flores de cera?

-¡Yaya una ocurrencia! Se fermentaría y echaría a perder. Además, todos se reirían de nosotros y tomarían a broma mis esfuerzos. Me ha prometido comerlo y tiene que cumplir ; no todo en el acto, sino a medida que pueda. Ya le haré más.

El doctor Alec cortó solemnemente una tajada de corteza, que era lo que más le gustaba, y la comió con igual solemnidad. Luego se limpió los labios, y echando hacia atrás los cabellos de Rosa, la besó solemnemente en la frente, diciendo al mismo tiempo

-Querida, este pan es perfecto y tu maestra puede estar bien orgullosa. Cuando tengamos nuestra escuela modelo, ofreceré un premio al mejor pan, y de seguro tú lo ganarás.

-Ya lo he ganado, y estoy bastante satisfecha - contestó la niña, deslizándose de su asiento y procurando ocultar una quemadura que tenía en la mano derecha.

Pero el doctor Alec la vio, adivinó el origen, y después del té insistió en calmarle el dolor que la niña no quería confesar.

-Dice la tía Clara que estoy echándome a perder las manos, pero no me importa, pues he disfrutado mucho con las lecciones de la tía Abundancia y creo que a ella le ocurre lo mismo. Sólo una cosa me preocupa, tío, y quiero consultarlo -dijo Rosa, mientras paseaban por el vestíbulo a la luz del crepúsculo, la mano vendada apoyada cuidadosamente en un brazo del doctor Alec.

-¿Más confidencias? Me gustan muchísimo, de modo que habla sin reservas.

-Pues bien, tengo la sensación de que la tía Paz quisiera hacer algo por mí, y creo haber descubierto qué puede hacer. Como usted sabe, no puede andar de un lado a otro igual que la tía Abundancia, y estamos tan ocupados que, naturalmente, se siente sola. De modo que he pensado que me dé lecciones de costura. Trabaja muy bien, y es cosa muy útil; puedo ser tan hábil en cuestiones de aguja como en el cuidado general de una casa, ¿no le parece?

-¡Bendito sea tu corazoncito ! Eso es precisamente lo que estuve pensando el otro día cuando la tía Paz dijo que te veía muy poco porque estabas tan atareada. Quise hablar de este asunto, pero se me ocurrió que ya tenías bastante ocupación. Tengo la convicción de que la buena señora estaría encantada si pudiese enseñarte labores primorosas, en especial ojales, que es asunto en el cual fallan la mayoría de las señoritas; por lo menos, he oído decir que así es. De modo que prepárate a tomar en serio los ojales; lléname de ojales la ropa, si te parece. Aguanto cualquier cantidad.

Este curioso ofrecimiento hizo reír a Rosa, pero prometió prestar la debida atención a rama de tanta importancia, aunque confesó que el zurcido era su punto débil. Después de lo cual el tío Alec se preocupó de proporcionarle medias en los más variados estados de uso y rotura, y buscar en el acto un par nuevo, para que le reforzase el talón, tanto como para empezar como para empezar por algo.

Luego fueron a presentar su proposición debidamente, con gran satisfacción de la dulce tía Paz, que se emocionó pensando en todo lo que se divertiría, y mientras tanto empezó a buscar hilos y agujas para su sobrina y a prepararle un canastito con las cosas necesarias.

Los días de Rosa fueron muy activos y alegres, pues de mañana ayudaba a la tía Abundancia y se ocupaba de ordenar los armarios y alacenas, de hacer pickles y conservas en la cocina, de ver que todo en la casa estuviese bien y de aprender, en el buen estilo antiguo, todo lo atinente a quehaceres domésticos.

Por las tardes, después de un paseo a pie o a caballo, se sentaba a hacer labores con la tía Paz, mientras la tía Abundancia, que empezaba a tener la vista débil, tejía y charlaba alegremente, contando agradables historias de los tiempos viejos, hasta que las tres lloraban o reían juntas, pues las agujas inquietas entrelazaban y unían sus vidas en toda suerte de caprichosos diseños, aun cuando aparentemente no hiciesen otra cosa que dar puntadas o zurcir remiendos.

Era un espectáculo hermoso el de la niña de carrillos rosados en medio de las dos ancianas, escuchando con atención sus indicaciones, y animando las lecciones con su charla vivaz y su risa gozosa. Si la cocina resultó interesante al doctor Alec cuando Rosa trabajaba en ella, el cuarto de costura no fue menos irresistible y se esforzó por hacerse grato, a tal punto que ninguna de las tres fue capaz de echarlo, en especial cuando les leía en voz alta o les contaba chascarrillos.

-¡Muy bien! Acabo de hacer un juego nuevo de gorritos de noche, muy abrigados, con cuatro ojales en cada uno -dijo Rosa un día, varias semanas después de iniciar las lecciones-. A ver si están bien.

-Todo excelente; y veo que los ojales están reforzados y no se estropearán cuando desabroche los botones. Es un trabajo superior, y quedo reconocidísimo; tanto es así, que pienso coserme los botones yo mismo, para que esos deditos cansados no se vean expuestos a más pinchazos.

-¿Coserlos usted? -preguntó Rosa, abriendo los ojos muy extrañada.

-Espera que tenga listos mis avíos de costura, y entonces me dirás si no sé hacerlo,

-¿Sabe de veras? -preguntó Rosa a la tía Paz, mientras el tío Alec se alejaba con un cómico aire de importancia.

-Claro que sí. Le enseñé hace muchos años, antes que se embarcara; y supongo que ha tenido que hacerse muchas cositas desde entonces, y no ha dejado de practicar.

Era evidente que así sucedía, pues tardó muy poco en volver con una curiosa bolsita, de la cual sacó un dedal y después de enhebrar su aguja, se puso a coser los botones con tanta maña, que Rosa se impresionó y divirtió mucho.

-¡Habrá en el mundo alguna cosa que usted no sepa hacer? -le dijo, en un tono que denotaba respetuosa admiración.

-Hay una o dos en las cuales no soy bastante experto todavía -contestó el hombre, moviendo los ojos y riendo mientras se floreaba atravesando el paño con la aguja.

-Me gustaría saber cuáles son. -El pan y los ojales.

CAPÍTULO 17

BUENOS TRATOS

Era una tarde lluviosa de domingo y cuatro de los muchachos trataban de pasarla tranquilamente en la "biblioteca", como Jamie llamaba el cuarto dedicado a los chicos y a los libros, en la casa de la tía Jessie. Will y Geordie estaban tendidos en el sofá,  enfrascados en las aventuras de bribones y pelafustanes que tan de moda están hoy en día, Archie se había arrellanado en un canapé, rodeado de diarios; Charlie estaba de pie sobre la alfombra, en una actividad muy inglesa, y (lo confieso con pesar) ambos fumaban.

-Estoy por pensar que el día de hoy no concluye nunca -expresó el Príncipe en medio de un bostezo que casi lo parte en dos.

-Lee y mejora tu espíritu -le dijo Archie, asomando la cabeza solemnemente por encima del diario que había estado leyendo.

-No prediques; ponte las botas y vamos a dar una vuelta, en vez de estarnos aquí acurrucados junto al fuego como viejecitas.

-No, gracias; no creo que pasear al aire libre en medio de una de estas tormentas sea lo más acertado -y en este momento Archie se detuvo y levantó en alto una mano, pues desde fuera llegó a sus oídos una voz agradable que dijo:

-¿Están los chicos en la biblioteca, tía?

-Sí, querida; desesperados por la falta de sol. Corre y llévales el sol que no tienen -contestó la tía Jessie.

-Es Rosa -comentó Archie, tirando su cigarro al fuego.

-¿Por qué haces eso? -preguntó Charlie.

-No es de caballeros fumar delante de las damas.

-Sí; pero no voy a desperdiciar el cigarro -y el Príncipe metió el suyo en el tintero vacío que les servía de cenicero.

Llamaron suavemente a la puerta y a coro contestaron:

-Entra.

Apareció Rosa, más sonriente y fresca que un aire matinal.

-Si los molesto, díganmelo y me iré -empezó a decir, deteniéndose en el umbral indecisa y modesta; había notado algo en las caras de los chicos que le llamó la atención.

-Nunca nos molestas, prima -dijeron los fumadores, al tiempo en que los lectores apartáronse de sus héroes de calle y taberna lo bastante como para saludar a su visitante con sendas inclinaciones de cabeza.

Como Rosa se agachó para calentarse las manos, advirtió que de las cenizas salía una punta del cigarro de Archie, echando humo y apestando horriblemente.

-¡Qué malos son! ¿Cómo han podido hacer eso, hoy tan luego? -dijo en tono de reproche.

-¿Qué hay de malo? -preguntó Archie.

-Lo sabes tanto como yo; a tu madre no le gusta, y es un hábito malo, porque se desperdicia dinero y no hace bien ninguno.

-¡Cuentos! Todos los hombres fuman, hasta el tío Alec, a quien crees tan perfecto -protestó Charlie en su estilo burlón.

-No, no fuma. Ha dejado el vicio y yo sé por qué -gritó Rosa ansiosamente.

-Ahora que pienso, desde que volvió no lo he visto fumar. ¿Lo dejó por nosotros?

-Sí -dijo Rosa, y les repitió lo sabido en la orilla del mar durante el camping.

Archie pareció impresionadísimo y dijo con mucho brío:

-En lo que a mí concierne, no será vano su sacrificio. Me tiene sin cuidado el tabaco, de modo que puedo dejarlo con toda facilidad y lo prometo firmemente. Si fumo de cuando en cuando, lo hago sólo como distracción.

-¿Y tú? -preguntó Rosa contemplando al Príncipe, que nunca fue menos principesco que en aquel momento, pues se puso a fumar sólo por molestarla.

La verdad, sin embargo, es que el tabaco lo tenía tan sin cuidado como a Archie, pero no estaba dispuesto a dejarse convencer tan pronto; movió, pues la cabeza, aspiró una bocanada grande y dijo altanero:

-Ustedes, las mujeres, no hacen más que pedirnos que dejemos estos pasatiempos inofensivos, sólo porque a ustedes no les gustan. ¿Qué les parecería si hiciésemos lo mismo con ustedes?

-Si hiciese algo nocivo o tonto, daría las gracias a quien me hablase en contra, y trataría de corregirme -contestó Rosa.

-Bueno, veremos ahora si es verdad lo que dices. Estoy de acuerdo en dejar de fumar, para complacerte, con tal de que tú abandones algo también por complacerme a mí -dijo el Príncipe, viendo una excelente oportunidad de hacer de gran señor con poco sacrificio.

-Conforme, siempre que sea cosa tan tonta como el fumar.

-Es mucho más tonto aún.

-Entonces, lo prometo; ¿de qué se trata? -y Rosa tembló de ansiedad mientras aguardaba saber de cuál de sus pequeños hábitos u objetos de menor cuantía debería despojarse.

-Los pendientes -dijo Carlos, riendo maliciosamente, seguro de que ella no aceptaría jamás esa condición.

-¡Oh, Charlie! ¿No sería lo mismo cualquier otra? He sufrido tantas burlas y molestias, que quisiera lucir mis pequeños pendientes, ya que ahora puedo ponérmelos.

-Ponte todos los que quieras, y yo seguiré fumando muy tranquilo -replicó el niño malo.

-¿No podríamos buscar otra solución? -preguntó implorante.

-No -contestó él muy grave.

Rosa permaneció silenciosa un momento, pensando en algo que una vez le dijo la tía Jessie : "Tienes sobre los chicos mucha más influencia de lo que tú supones; empléala en su bien, y te lo agradeceré toda mi vida". Se le presentaba una ocasión de hacer bien con sólo sacrificar una pequeña vanidad suya. Comprendió que estaba justificado, aun cuando le doliese mucho, y preguntó con vehemencia

-¿Has querido decir que no los use nunca, Charles?

-Nunca, a menos que desees que vuelva a fumar.

-No.

-Entonces, hagamos trato.

No suponía que ella estaría conforme, y su sorpresa fue grande cuando la vio quitarse los pendientes de las orejas, con un gesto rápido, y alargárselos, diciendo, con expresión tal de decisión y dulzura que las mejillas de Charlie se cubrieron de color.

-Me interesan más mis primos que mis pendientes, de modo que prometo cumplir y mantener mi palabra.

-¡Qué vergüenza, Príncipe! Déjala usar esas chucherías si así lo desea, y no la comprometas a nada por hacer lo que sabes de sobra que está bien hecho -gritó Archie, saliendo de su montaña de diarios y poniéndose de pie indignado.

Pero Rosa estaba decidida a demostrar a su tía que era capaz de usar en bien la influencia que podía ejercer sobre los chicos, y dijo con firmeza:

-Es justo y quiero que así lo entiendas; de ese modo comprenderán que hablo en serio. Tomen, para que les sirvan de recuerdo, pueden usar uno cada uno en la cadena del reloj.

Diciendo esto, ofreció un pendiente a cada primo, y los chicos, dándose cuenta de su sinceridad, la obedecieron. Una vez guardadas las prendas, Rosa extendió una mano a cada uno, que los chicos estrecharon efusivamente, no sabiendo si avergonzarse o alegrarse del trato hecho.

En aquel momento entraron el doctor Alec y la tía Jessie.

-¿Qué es esto? -dijo el doctor contemplándolos sorprendido-. ¿Prácticas de baile en domingo?

-No, señor, es la Liga Antitabacal -dijo Charlie, mientras Rosa se juntaba con la tía y Archie escondía las dos colillas detrás del leño más grande de la estufa.

Una vez explicado el misterio, los mayores se denotaron muy satisfechos, y Rosa recibió expresiones de gratitud sincera, que le dieron la sensación de haber hecho un favor a la Patria; y esto era en realidad, pues cada niño que crece libre de hábitos perniciosos es la esperanza de que el día de mañana haya un ciudadano útil más.

-Ojalá que Rosa hiciese un trato con Will y Geordie también, pues creo que esos libros son tan perjudiciales para los pequeños como los cigarros para los muchachos -dijo la tía Jessie, sentándose en el sofá entre los lectores, que doblaron las piernas cortésmente para hacerle sitio.

-Yo creía que estaban de gran moda -dijo el doctor Alec, sentándose con Rosa en un sillón.

-Lo mismo que el tabaco, pero hace daño. No dudo un solo momento que los autores de esas novelas intentan hacer bien, pero me parece que no logran su objeto, porque su lema es "Sé aprovechado y serás rico", en vez de decir: "Sé honesto y serás feliz". No juzgo a la ligera, Alec, porque he leído una docena de esas historias por lo menos, y entre mucho que es atrayente para los chicos he encontrado gran cantidad de cosas condenables y cuando he preguntado, otros padres me han contestado lo mismo.

-No, mamá, no son malos. A mí me gustan un horror. Éste es bestial -exclamó Will.

-Son libros de rompe y raja y el que quiera decir que hacen daño que se me ponga delante -espetó Geordie.

-Acaban de demostrar uno de los males peores que causan, y es la forma de hablar -dijo la madre rápidamente.

-Tiene que ser así, mamá. Si estos tipos hablaran bien, ¿dónde estaría la gracia?

-Un lustrador de calzado no precisa gramática, no precisa; y un diariero debe decir malas palabras, si no ¿adónde vamos a parar? -explicó Geordie, y ambos a un tiempo se denotaron muy dispuestos a defender a sus héroes.

-Mis hijos no son lustradores de calzado ni diarieros y me opongo a que hablen como acaban de hacerlo. Mas aún, no veo qué utilidad pueden prestar esos libros si no se escriben de otro modo muy distinto. Se me ocurre que no han de servir para pulir a los bribonzuelos que los lean, y tenga la convicción de que no pueden hacer bien ninguno a los chicos más educados, los cuales a través de estos libros van conociendo comisarías de policía, antros de falsificadores, garitos, tabernas y todas las manifestaciones del hampa.

-Algunos son muy derechos, mamá; se embarcan y estudian la vida, y mientras navegan por el mundo pasan grandes peripecias.

-He leído varios de ésos, Geordie, y aunque son mejores que los otros, tampoco estoy satisfecha con esas desilusiones ópticas, como yo las llamo. Y, si no, díganme una cosa. ¿Es natural que chicos de quince a dieciocho años comanden buques, derroten piratas, burlen contrabandistas, cubriéndose de gloria en forma tal que el Almirante Farragut los invite a comer y les diga:

"¡Valiente muchacho, eres el orgullo de tu patria!". O, si el héroe está en el ejército, que se salve de la muerte por un pelo y pase por aventuras tan espeluznantes como para que se les pongan blancos los cabellos en la extensión de un pequeño volumen y al final vaya a Washington por manifiesta voluntad del Presidente o el Comandante en Jefe, que desea darle un ascenso con toda una ristra de condecoraciones. Y en el caso de que el tal héroe no sea más que un simple chico honesto que procura ganarse la vida, no se le permite hacerlo en forma natural, mediante el trabajo intenso y años de esfuerzo paciente, sino que de pronto lo adopta un millonario cuya cartera ha devuelto, se le aparece un tío rico salido del fondo del mar en un abrir y cerrar de ojos o el chico notable gana unos cuantos dólares, especula en cacahuetes o corbatas y se enriquece tan rápidamente que a su lado Simbad en el valle de los diamantes es un simple pordiosero. ¿No es así, chicos?

-Bueno, es que los tipos de estos libros son muy afortunados y muy vivos -contestó Will, mirando un grabado en una página que tenía abierta delante suyo, en el cual un niño muy pequeño, pero muy virtuoso, derribaba un gigante enorme en un salón de bebidas y había un epígrafe elegantísimo : "Dick el Intrépido aporrea la cabeza de Sam el Borracho".

-Esto les da a los chicos ideas tan equivocadas de la vida y el trabajo, les enseña tantas cosas vulgares y dañinas que para ellos son innecesarias y convierten en desideratum del éxito conseguir una fortuna, la hija de un gran señor o cualquier honor mundano que no vale el esfuerzo exigido. Se me ocurre que alguien debería escribir relatos que sean plenos de vida, naturales y útiles, cuentos en que el inglés sea gramatical, la moral pura, y los caracteres tales como nosotros podemos amar, a pesar de los defectos que todos deben tener. Yo no puedo ver en las bibliotecas esas muchedumbres de niños que leen ávidamente esas porquerías; libros débiles, cuando no perversos, e incapaces de fortalecer las mentes hambrientas que se tiran sobre ellos como lobos, sólo porque no tienen nada mejor. En fin... he concluído mi sermón; ahora me gustaría conocer la opinión de los caballeros -concluyó diciendo la tía Jessie, un poco arrebatada por un entusiasmo que tenía mucho de maternal ansiedad.

-Tom Brown está muy bien para mamá, y para mí también; yo quisiera que el señor Hughes escribiese otra historia como ésa -dijo Archie.

-No encuentras cosas como éstas en Tom Brown, pero estos libros están en todas las bibliotecas dominicales -y la señora Jessie leyó el párrafo siguiente, del libro que acababa de tomar de la mano de Will:

"En este lugar vimos un diente de San Juan Bautista. Ben dijo que tenía pegados unos trocitos de algarrobo y un poco de miel. Yo no lo vi. Tal vez Juan usó un pedazo de la cruz como escarbadientes".

-Bueno, mamá, el que dice eso es un chico muy bromista. Nosotros saltamos las cosas que ven en los distintos países -explicó Will.

-Pues esas descripciones, casi todas tomadas de guías de viajero, son las únicas partes que valen algo. Las andanzas de los chicos malos forman el resto de la historia, según creo -expresó la madre, echando hacia atrás el cabello de la carita honesta que miraba tan ridículamente vergonzosa al escuchar sus manifestaciones.

-De todos modos, mamá, la parte del barco es útil, pues aprendemos navegación y a su tiempo estará bien si llegamos a embarcarnos -intervino Geordie.

-Muy bien; me gustaría que me explicases esta maniobra -y la señora Jessie leyó en otra página la siguiente descripción náutica:

"Sopla viento sud-sud-oeste, y podemos enderezar el barco cuatro puntos más al viento y con ello seguirá en bolina de seis puntos. Mientras orza podremos ocuparnos del trinquete y la mayor, ceñir un poco menos y accionar las escotas de barlovento".

-Sí, yo sería capaz, si no fuese que le tengo miedo al tío, porque sabe mucho más que yo y se burlará - dijo Geordie, evidentemente intrigado.

-Bah... Sabes de sobra que no podrías. ¿A qué fingir? -exclamó Will, pasándose de pronto al bando enemigo, con gran disgusto de Geordie-. No entendemos la mitad de la jerga marítima y yo creo que todo eso está muy mal.

-Me gustaría que los chicos no me hablasen como si fuese un barco -dijo entonces Rosa, exponiendo su pequeña queja-. Viniendo de la iglesia, esta mañana, me daba el viento de frente, y Will se puso a gritar, en mitad de la calle, diciendo : "Si rizas la trinquetilla y envergas el foque balón podrás capear mejor la tormenta ".

Hubo protestas, y a unos indignó el tono de reproche y burla con que Rosa dijo estas palabras, mientras otros quisieron aclarar el sentido, pero sin llegar a nada muy práctico.

-Para ser sincera, si es forzoso que los chicos hablen en argot, prefiero la jerga marítima, como la llama Will. Me desagrada menos oírlos hablar de "rizar la trinquetilla", que de "romperse el cogote", "darse de patadas" o "diñarla", por ejemplo. Una vez impuse que en casa no quiero argot de ninguna clase. Desisto ahora, ya que mi orden no se respeta; pero no permito libros nocivos o insulsos, de modo que Archie puede hacer con estos dos lo mismo que con los cigarros.

La señora Jessie sostenía firmemente a los dos niños con una mano en cada cuello, y en esta posición, apenas si pudieron moverse un poco.

-Sí, ahí detrás del leño más grande -continuó con energía-. Bueno, pirulis (ya que quieren argot, les voy a dar un poco), prométanme que durante un mes no leerán esas cosas y yo los proveeré de material conveniente.

-¡Oh, mamá! ¿Ni uno solo? -gritó Will.

-¿No podemos concluir éstos? -preguntó Geordie plañideramente.

-Los muchachos han tirado cigarros a medio fumar; vuestros libros tienen que seguir el mismo camino. No querrán que los mayores demuestren más carácter, ni ser menos obedientes con mamá de lo que ellos han sido con Rosa.

-¡Claro que no! Vamos, Geordie -y Will se despidió de su héroe. Su hermano suspiró, y obedeció también, pero en su fuero interno se prometió terminar el libro en cuanto se cumpliese el mes.

-Te has echado sobre los hombros una tarea pesada, Jessie -dijo el doctor Alec, a quien divertía mucho lo que acababa de ver-, la de procurarles material de lectura adecuado, sobre todo por tratarse de chicos que se han criado con libros sensacionalistas. Será como volver de las tortas de fresa al pan y manteca, pero es probable que con eso les evites una fiebre dañina.

-Recuerdo haberle oído al abuelo que el amor por los buenos libros es una de las mejores defensas que un hombre puede tener -empezó a decir Archie, mirando pensativo los estantes de la biblioteca.

-Sí, pero ahora no hay tiempo para leer; el que quiere salir adelante -replicó Charlie- tiene que rebuscárselas en procura de dinero, o de lo contrario nunca será algo.

-Ese amor al dinero es la maldición de nuestro país -manifestó con tristeza la señora Jessie-, y por el dinero los hombres venden el honor y la decencia a tal punto que ya no sabemos a quién tener confianza, y sólo genios como Agassiz se atreven a decir: "No puedo perder el tiempo en enriquecerme".

-¿Quieres que seamos pobres, mamá ? -preguntó Archie, preocupado.

-No, querido, no hace falta que lo seas mientras a esta sed de riquezas y a las tentaciones que trae consigo. ¡Oh, hijos míos! Tiemblo pensando en que un día no estaré con ustedes, porque me partiría el corazón verlos fracasar como fracasan tantos. Antes preferiría verlos muertos, con tal que de ustedes pudiese decirse, como de Sumner: "Ninguno se atrevió jamás a intentar sobornarlo".

La señora Jessie hablaba tan serio, en su maternal vehemencia, que le falló la voz en las últimas palabras, y abrazó con fuerza las cabezas rubias como si temiese verlos abandonar aquel puerto de seguro refugio, rumbo al mar inmenso en que tantos barquichuelos naufragan. Los jóvenes se apretaron contra ella, y Archie dijo resueltamente

-No puedo prometerte, mamá, que seré un Agassig o un Sumner; pero te prometo ser un hombre honesto, Dios mediante.

-Con eso me basta -y tomando la mano que su hijo le alargaba, selló la promesa con un beso pleno de fe y esperanza maternal.

-No entiendo que puedan ser malos nunca, siendo así que la tía los quiere tanto y está tan orgullosa de ellos -murmuró Rosa, emocionada por la pequeña escena.

-Debes ayudarla a hacer de ellos lo que deben ser -dijo a su vez el doctor Alec, mirándola extasiado-. Ya has empezado, y viendo el sitio en que se encuentran los pendientes, debo declarar que mi sobrina está mil veces más hermosa que si en sus orejas brillaran diamantes.

-Me alegra mucho que me crea capaz de hacer tanto, pues me perezco por ser útil, ya que todos son tan buenos conmigo, y en especial la tía Jessie.

-Te veo en buen camino y tengo confianza en que pagarás tu deuda, Rosa, pues cuando las niñas dejan sus pequeñas vanidades, y los niños sus pequeños vicios, y procuran fortalecerse mutuamente en el bien, las cosas salen como deben salir. Trabaja, querida, y ayuda a la madre a lograr que sus hijos sean buenos amigos de una criatura noble como tú; se harán mucho más hombres.

CAPÍTULO 18

MODA Y FISIOLOGÍA

Por favor, señor, me parece que le conviene darse prisa, si no quiere llegar tarde ; pues oí a la niña Rosa diciendo que estaba segura de que a usted no le haría gracia y por nada del mundo quisiera que usted la viese.

Esto lo dijo Febe asomando la cabeza por la puerta del estudio, donde el doctor Alec se encontraba leyendo un libro.

-¿Andan en eso? -preguntó el hombre, levantándose rápidamente y sacudiéndose, como si estuviera preparándose para una batalla.

-Sí, señor, con toda su alma, y la niña Rosa, al parecer, no sabe qué hacer, pues el estilo es precioso y está divina con esas ropas; aunque a mí me parece que las anteriores le quedaban mejor.

-Tienes mucho sentido. Yo arreglaré ese asunto, pero me vendrá bien un poco de ayuda tuya. ¿Está todo listo en su cuarto y sabes bien cómo van las cosas?

-Oh, sí, señor; pero ¡es tan raro eso! La niña Rosa va a decir que es una broma -y Febe se rió, como si ya sintiese un cosquilleo.

-No te preocupes de lo que pueda decir o pensar, con tal de que obedezca. Dile que lo haga por mí, y no habrá broma que se le pueda comparar. Creo que me va a costar trabajo, pero tengo esperanza de salir vencedor -añadió el doctor Alec, mientras subía por la escalera con el libro en la mano y una sonrisa en los labios.

Tanta era la charla en el cuarto de costura, que nadie lo oyó cuando llamó a la puerta, y tuvo que abrirla, lo cual le dio tiempo de fijarse bien. Las tías Abundancia, Clara y Jessie estaban absortas en la contemplación de Rosa, que giraba lentamente entre ellas y un espejo grande, muy orgullosa con su vestido de invierno a la última moda.

-¡Bendito sea el Señor! Esto es peor de lo que creí -pensó el doctor, refunfuñando interiormente, pues a su manera de ver las cosas la chica parecía una gallina apuntalada y el vestido nuevo y costoso no tenía gracia ni belleza y no le sentaba bien.

El vestido era de dos matices distintos de azul, de tal forma dispuestos que parches claros y oscuros distraían alternativamente la mirada. La parte superior de la falda estaba tan apretada detrás que no había forma de dar un paso largo, y la parte inferior tan recargada de fruncidos que "se tambaleaba" (no podía expresarse en otra forma) con muy escasa gracia, tanto en la proa como en la popa. Justo debajo de la cintura, por detrás, había un montón de pliegues apretados y encima un moño a todo trapo. Una pequeña casaca del mismo material estaba adornada con una gorguera detrás y muy abierta delante, como para poder lucir el encaje y un dije. Flecos, moños, golillas, fruncidos y revers terminaban el vestido y la cabeza dolía de sólo pensar en la cantidad de trabajo que se había desperdiciado, pues no atraía la vista una sola línea que tuviese gracia y la belleza del material se perdía en la profusión de los adornos.

Un sombrero alto de terciopelo, audazmente vuelto hacia arriba en el frente, con un ramo de rosas rosadas y una pluma que ondeaba al viento, estaba inclinado sobre una oreja, con los rizos unidos en rodete en la nuca; de este modo, la cabeza de Rosa parecía más la de un intrépido caballero de capa y espada que la de una niña sencilla. Botas de tacón alto muy tiradas hacia adelante, un pequeño manguito que le trababa ambos brazos y un velo moteado tan preto que las pestañas tropezaban en los hilos agregaban a su aspecto la nota final del absurdo.

-Ahora se parece a todas las demás chicas, y me gusta verla así -dijo la señora Clara visiblemente satisfecha.

-De este modo es una señorita más elegante, pero echo de menos a mi pequeña Rosa, tal vez porque en mis tiempos las niñas se vestían como niñas -contestó la tía Abundancia, mirando a través de los anteojos con expresión conturbada, pues no podía creer que aquella persona que tenía delante suyo se hubiera sentado alguna vez en su regazo o hubiese alegrado la casa con su presencia.

-Las cosas han cambiado desde tu época, tía -dijo la señora Clara, decidida a toda costa a ensalzar su obra-; y nadie se acostumbra a lo nuevo, de golpe y porrazo. Pero a ti, Jessie, es seguro que te gusta este traje más que esas cosas zafias que Rosa ha llevado este verano.

-Bueno, querida, si he de ser sincera, me parece espantoso -contestó la señora Jessie con una candidez que dio motivo a que Rosa se volviese asustada.

Rosa se sonrojó hasta el ala del sombrero y tuvo la sensación de que estaba haciendo un papel muy deslucido; mientras tanto la señora Clara se apresuraba a explicar.

-Por supuesto, Alec, no espero que te agrade, pero tampoco te considero buen juez en cuestión de ropas de mujer. Por esa misma razón me he tomado la libertad de buscar algo elegante para Rosa. No es necesario que se lo ponga, si tú te opones, pues no olvido que según nuestro pacto durante un año puedes hacer de ella todo cuanto se te antoje.

-Es un vestido de calle, ¿verdad? -preguntó suavemente el doctor-. ¿Sabes una cosa? En la vida se me hubiese ocurrido que esté ideado para tiempo de invierno y movimientos rápidos. Date vuelta, Rosa; quiero admirar todas sus bellezas y ventajas.

Rosa intentó caminar con su paso desenvuelto de costumbre, pero la falda baja se le enredó, la alta la apretaba demasiado y no le permitía separar bien las piernas y las botas le impedían mantenerse erguida.

-No me he acostumbrado aún -dijo con petulancia, dándole un puntapié al ruedo para darse vuelta.

-Oye, Coronel -dijo el doctor, con un guiño malicioso en los ojos, cuya mirada estaba clavada en el sombrero-. Si un perro rabioso o un caballo desbocado se te apareciese de pronto, ¿cómo te las arreglarías para quitarte del medio sin hacer un estropicio?

-No se cómo haría, pero procuraría salvarme -dijo Rosa, echando a correr en dirección al dormitorio. Los tacones de las botas se le enredaron en la alfombra, algunas cintas se rompieron, el sombrero se le cayó sobre los ojos, y terminó por tirarse exhausta en una silla, donde se puso a reír. Tan contagiosa fue su risa que todas la imitaron, salvo Clara.

-Diría -expresó el doctor Alec, mientras ayudaba a Rosa a desmarañar el velo- que un vestido de calle que no permite andar, y un vestido de invierno que expone al descubierto la garganta, y los pies al frío y la humedad, es cosa de pensar dos veces, Clara; en especial, dado que no hay en él bellezas que compensen lo mal que cae. Para recrear la vista no está mal, pero se me ocurre que mirándolo puesto no hay más remedio que ver manchas y a la larga será cuestión de llamar a un oculista.

-¡Que no tiene belleza ! -exclamó la señora Clara indignadísima-. Claro, debemos admitir que los hombres son ciegos. Esta es la mejor seda, y el mejor pelo de camello, y plumas de avestruz legítimas, además del manguito de armiño, que es muy fino. ¿Qué puede haber de más gusto o más adecuado para una niña?

-Te lo demostraré, si Rosa quiere hacer el favor de ir a su dormitorio y tiene la bondad de ponerse las cosas que en él encontrará -contestó el doctor con inesperada presteza.

-Alec, si es un Bloomer, protesto. Esperaba que me salieses con una cosa así, pero no sería capaz de ver a esa chica sacrificada a tus ideas acerca de la salud. Asegúrame que no es un Bloomer -y diciendo esto, la señora Clara cruzó las manos implorante.

-Te lo aseguro.

-¡Gracias al Cielo ! -y se resignó, emitiendo un suspiro de alivio, al tiempo que añadía plañidera -Confié que aceptarías mi vestido, pues la pobre Rosa hace mucho tiempo que viene sufriendo esas ropas inadecuadas que lleva siempre, y eso es como para estragar el gusto de cualquiera.

-Tú dices que la sacrifico, y luego la conviertes en un monigote como éste -contestó el doctor, señalando el figurín de modas que Clara trató de ocultar lo más pronto posible.

Cerró la puerta, frunciéndose de hombros, pero antes de que alguien dijese algo, su vista rápida fue atraída por un objeto que le hizo poner muy mala cara y exclamar indignado:

-Después de todo lo que estoy diciendo, ¿cómo te atreves a tentar a mi sobrina con esas cosas abominables?

-Pensé que lo guardaríamos en algún sitio cuando no lo llevara puesto -murmuró la señora Clara, tratando de esconder un corsé-. Lo traje solo para probárselo, pues Rosa está engordando y no tendrá buena figura si no nos preocupamos de estos detalles -añadió, con tal aire de convicción profunda, que el doctor se indignó más aún, pues para él no cabía nada más abominable.

-¡Está engordando! Sí, gracias al Señor, está engordando, y seguirá engordando más, pues la Naturaleza sabe modelar los cuerpos de mujer mucho mejor que los corseteros y no permitiré que nadie entorpezca su labor. Mi querida Clara, estás mal de la cabeza, si por un momento puedes pensar en ponerle semejante instrumento de tortura a una niña que está en el crecimiento -y sin darle tiempo a reaccionar, se apoderó del corsé, que estaba debajo de un almohadón de sofá y lo alargó a la vista de todos, con la misma expresión que si en las manos tuviese las empulqueras o el potro de los tiempos antiguos.

-No seas absurdo, Alec. Esto no es ningún tormento, pues los modelos muy apretados han pasado de moda y los que ahora usamos son naturales y lógicos. Los llevan todas, y hasta los chicos necesitan sujetarse las cinturas para mantener altas las espaldas -empezó a decir la señora Clara, defendiendo desesperadamente la pequeña ilusión de casi todas las mujeres.

-Lo sé, y también sé que las espaldas se crían débiles, como fueron también las de las madres. Es inútil que discutamos el asunto, y no lo intentaré, pero quiero manifestar una vez por todas que si alguna vez llego a ver un corsé cerca de Rosa, lo tiraré al fuego, y si quieres me mandas la cuenta.

Mientras hablaba, el corsé iba camino de su destrucción, pero la tía Jessie le retuvo el brazo, exclamando alegremente:

-No lo quemes, Alec, por amor de Dios; tiene muchas ballenas y el olor será espantoso. Dámelo. Yo me ocuparé de que no cause daño alguno.

-¡Ballenas! Sí, una batería completa, con portones de metal en la parte delantera. Como si con nuestros huesos no tuviéramos bastante, sólo con que les permitamos cumplir su misión -gruñó el doctor, y estaba por decir algo más, pero se contuvo. Llevándose un dedo a la boca, y señalando con la cabeza el dormitorio, agregó-: Oigan cómo ríen esas chicas, y díganme si con pulmones prensados podrían producir música igual.

Las carcajadas que salían del cuarto de Rosa dibujaron sonrisas en los labios de todos los que escuchaban desde fuera.

-Alguna nueva travesura tuya, ¿verdad, Alec? - preguntó la tía Abundancia muy indulgente, pues había concluído por habituarse a muchas de las ideas raras de su sobrino, en virtud de lo bien que resultaban en la práctica.

-Sí, señora, pero será la última, y confío que le gustará. Descubrí las intenciones de Clara y quise rivalizar con ropas ideadas por mí. No sacrificaré a Rosa; lo que quiero es que la dejemos elegir, pues o me equivoco mucho o va a preferir el vestido que le propongo. Mientras esperamos, explicaré de qué se trata, así podrán apreciar mejor el efecto general. Conseguí este librito, y me llamó la atención el buen sentido y el buen gusto, pues sugiere una forma de vestir mujeres que es a un tiempo sana y hermosa, lo cual ya es mucho decir. Comienza por el fundamento, como pueden ver si se toman la molestia de mirar estos grabados; y a mí me parece qué las mujeres deben alegrarse de que les aligeremos la carga.

Mientras hablaba, el doctor puso el libro delante de la tía Abundancia, la cual se caló los anteojos para mirar las ilustraciones, y después de haberse fijado detenidamente, exclamó con gesto que la denotaba escandalizada:

-¡Líbrenos el Señor! Esas son las ropas de dormir que le ponemos a Jamie. No pretenderás que Rosa salga de casa vestida de este modo. No está bien, y yo me opongo.

-No pretendo tal cosa, y estoy seguro que mi tía no tendrá inconveniente en consentir, cuando entienda que esto... en fin la llamaré por su nombre indio, este pijama es para uso interior, y Rosa puede ponerse encima todo lo que desee. Estos dos trajes de franela, enterizos de la cabeza, a los pies, con una faldita o cosa parecida que cuelga de la cintura, la cual queda floja, sirven para que la niña esté abrigada sin recargarla de cinturones, ligas, hebillas y sin almohadillarle la cintura, y dan a los músculos el sitio y la libertad que necesitan para sus movimientos. Si puedo evitarlo, nunca se quejará de dolores a la espalda, ni sufrirá ninguno de los viales que tanto afligen a las mujeres.

-A mí no me parece recatado, y estoy segura que Rosa se escandalizará -empezó a decir Clara, pero se detuvo de pronto, pues Rosa apareció en la puerta y nadie hubiese dicho que estuviera escandalizada.

-Ven aquí, mi modelo de vestido higiénico; deja que te veamos -dijo el tío, sonriendo satisfecho; y la gracia con que Rosa avanzaba permitía suponer que le gustaba causar una extraña impresión.

-No veo nada notable. Es un traje sencillo y sin adorno; el material es bueno y no le sienta mal, si es que te gusta verla con aspecto de niña de escuela; pero no tiene nada de buen gusto y nadie lo miraría dos veces -dijo la señora Clara, convencida de que esto último era la condena definitiva.

-Es exactamente lo que deseo -contestó el doctor, frotándose las manos y denotándose satisfecho-. Rosa parece lo que es, una niña modesta, que no quiere que la miren dos veces. Sin embargo, supongo que quien la vea no tendrá nada que objetar, sobre todo si son personas que están por la sencillez y por lo sensato, en vez de los recargos de adornos y las plumas. Vuélvete, Rosa, y deja que recree mi vista en la contemplación.

No había mucho que ver, sin embargo; era un vestido sencillo, en un delicado y suave matiz de color castaño, que llegaba hasta casi rozar las botas de tacones bajos. Un saco de piel de foca, sombrerito y manguitos del mismo material y un toque de rojo en el cuello, y puños muy bonitos hechos con terciopelo de este color, completaban el adorno externo, dándole un delicioso aspecto de petirrojo... invernal, pero abrigado.

-¿Qué te parece, Rosa? -preguntó el doctor, para quien la opinión de la niña era más importante a los fines de su triunfo que la de todas las tías del hormiguero.

-Me siento rara, pero suelta, y calentita como una tostada acabada de sacar del fuego; no parece que esto me trabe ningún movimiento -expresó Rosa, y al dar un saltito se le vieron unas ligas muy bonitas en piernas que gozaban de la misma libertad y actividad que las de un chico.

-Ahora puedes huir de perros rabiosos corriendo todo lo que quieras, y caminar con paso ligero sin darte de bruces contra el suelo, ¿verdad?

-Sí, tío, y si el perro viniese en este momento, saltaría una pared, así... y los días de frío andaría de este modo...

Identificada por completo con su nueva ropa, Rosa hizo piruetas en el respaldo de un sillón con la misma soltura que cualquiera de sus primos, y recorrió el corredor con igual rapidez que si sus botas fueran parientes de ésas de siete leguas de que habla el cuento.

-Sí, eso es lo que van a lograr. Póngale esas ropas masculinas y andará retozando como un muchacho. Yo detesto todas esas invenciones de mujeres que creen demostrar carácter fuerte -exclamó la señora Clara, mientras Rosa volvía corriendo.

-Sí, pues algunas de estas invenciones sensatas han salido del cerebro de una modista muy apreciada, que puede vestirte divinamente, o, ya que tanta importancia le das al detalle, muy a la moda. La señora Van Tassel fue a la casa de Madame Stone y ahora lleva un traje completo igual que éste. Me lo dijo Van mismo, cuando le pregunté cómo era que su esposa no estaba ya sentada el día entero en el sofá, y daba vueltas por todas partes, lo cual no pudo menos de sorprenderme, teniendo en cuenta su salud delicada.

-¡ No digas ! A ver, a ver, dé