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Ocho Primos

Louisa M. Alcott
Ocho Primos

A los muchos chicos y chicas cuyas cartas ha sido imposible contestar dedica este libro como ofrenda de paz
su amiga L. M. Alcott.


 

CAPÍTULO PRIMERO

DOS NIÑAS

Completamente sola, Rosa estaba sentada en una de las salas más grandes y bonitas de su casa, con el pañuelo en la mano, listo para recoger su primera lágrima, pues cavilaba en sus tribulaciones y el llanto era inevitable. Se había encerrado en este cuarto por considerarlo sitio adecuado para sentirse miserable; pues era oscuro y silencioso, estaba lleno de muebles antiguos y cortinados sombríos y de sus paredes pendían retratos de venerables caballeros de peluca, damas de austeras narices, tocadas con gorros pesadotes y niños que llevaban chaquetas colimochas y vestiditos cortos de talle. Era un lugar excelente para sentir dolor; y la lluvia primaveral intermitente que golpeaba los cristales de las ventanas parecía decir entre sollozos: "¡Llora, llora ! Estoy contigo".

Rosa tenía su buen motivo para sentirse triste, pues era huérfana de madre, y últimamente había perdido al padre también, con lo cual no le quedó más hogar que éste de sus tías abuelas. Hacía sólo una semana que estaba con ellas, y aunque las viejecitas queridas se esforzaron todo lo posible por hacer que viviese contenta, no lograron mucho éxito que digamos, ya que era muy distinta a cuantos niños conocían, y experimentaron casi la misma sensación que si estuviesen al cuidado de una mariposa abatida.

Le dieron amplia libertad dentro de la casa, y durante un día o dos pudo entretenerse recorriéndola completamente, pues era una mansión soberbia, llena de toda clase de recovecos, cuartos encantadores y corredores misteriosos. En los sitios más inesperados aparecían ventanas; había balcones que daban al jardín muy románticamente y en el piso alto tenían un salón en que se veían bastantes curiosidades de todas partes del mundo, dado que durante generaciones los Campbell fueron capitanes de mar.

La tía Abundancia permitió a Rosa revolver en su alacena de porcelana, un sabroso refugio, que encerraba muchas de esas chucherías que a los chicos encantan; mas pareció que a Rosa tenían sin cuidado las apetitosas tentaciones, y cuando falló la esperanza, la tía Abundancia se dio por vencida desesperadamente.

La bondadosa tía Paz puso en juego toda suerte de hermosas labores de aguja y proyectó un roperito de muñecas que habría hecho agua la boca de una niña algo mayor. Pero Rosa demostró poco interés en sombreritos de satén rosado y medias miniatura, aunque cosió cumplidamente, hasta que la tía la sorprendió enjugándose lágrimas con la cola de un vestidito de novia, y ese descubrimiento puso punto final a las sesiones de costura.

Luego ambas damas aunaron ideas y seleccionaron juntas la niña modelo de la vecindad, para que viniese a jugar con su sobrinita. Pero Annabel Bliss constituyó un fracaso mayor que los otros, pues a Rosa no le cayó en gracia, y declaró que le resultaba tan parecida a una muñeca de cera, que hasta llegó a sentir deseos de pellizcarla para ver si gritaba. La relamida Annabel fue devuelta a su casa, y durante uno o dos días las impotentes tías dejaron a Rosa librada a sus propios arbitrios.

El mal tiempo y un constipado la retuvieron dentro y pasó la mayoría del tiempo en la biblioteca donde se conservaban los libros de su padre. Allí leyó muchísimo, lloró un poco y acarició algunos de esos sueños inocentes y seductores en que los chicos imaginativos encuentran tanto solaz y deleite. Esto pareció mucho más agradable que ninguna otra cosa, pero no dio el resultado apetecido y la niña fue volviéndose pálida, ojerosa y desatenta, aunque la tía Abundancia le dio más cuerda de la que se necesita para hacer un ovillo y la tía Paz la acariciaba como si fuese un cachorrito.

Viendo esto las pobres tías se estrujaban los cerebros buscando nuevas distracciones, y determinaron recurrir a un expediente audaz, aunque no muy esperanzadas en el éxito. Nada dijeron a Rosa acerca de su plan para ese sábado por la tarde, pero la dejaron tranquila hasta el momento de la gran sorpresa, sin imaginarse ni remotamente que la extraña criatura encontraría por sí misma una distracción en el sitio menos indicado.

Antes de que la primera lágrima tuviese tiempo de abrirse paso, el silencio fue interrumpido por un sonido que la hizo aguzar los oídos. Eran tan solo el gorjeo suave de un pájaro, pero le pareció que sería un pájaro singularmente dotado, pues mientras escuchaba el gorjeo se trocó en animoso silbido, luego en un trino, luego un arrullo y después un pío-pío, hasta rematar en una mezcla musical de todas las notas, como si el ave hubiese prorrumpido en carcajadas. Rosa rió también, olvidó su pesar, y poniéndose en pie de un salto, dijo ansiosamente

-¡Es un sonsonete! ¿Donde está?

Corrió todo lo largo del salón y miró a hurtadillas por ambas puertas, pero lo único que vio con plumas fue un pollo de cola sucia bajo una hoja de bardana. Escuchó nuevamente y creyó notar que el sonido provenía de la casa misma. Se puso en marcha, encantada con la persecución, y el sonido cambiante la condujo a la puerta de la alacena de la porcelana.

-¿Aquí dentro? ¡Qué raro! -dijo. Pero cuando entró, no vio por allí más ave que las golondrinas de porcelana, trenzadas en su beso interminable, que se destacaban en un estante. Repentinamente, se le iluminó el rostro y, abriendo la portezuela deslizante, miró en la cocina. Pero la música había cesado, y lo único que vio fue una chica de delantal azul que fregaba la hornalla. Rosa dirigió su mirada en torno durante un minuto y preguntó bruscamente:

-¿Has oído el sonsonete?

-Yo más bien lo llamaría Febe -contestó la niña, levantando sus ojos negros, en los cuales brillaba una chispita.

-¿Y por dónde se ha ido?

-Sigue estando aquí.

-¿Dónde?

-En mi garganta. ¿Quieres oírlo? -¡Oh, sí! Voy a entrar.

Rosa trepó por la portezuela hasta el ancho estante del otro lado, por cuanto tenía demasiada prisa y demasiada curiosidad para dar toda la vuelta.

La niña se secó las manos, cruzó los pies sobre la pequeña isla de esterilla perdida en un mar de jabón y, con el imaginable asombro de parte de Rosa, de su garganta salió el gorjeo de una golondrina, el silbido de un petirrojo, el llamado de un azulejo, el canto de un zorzal, el arrullo de una paloma torcaz y muchas otras notas familiares, rematadas como antes en el éxtasis musical de uno de esos pajaritos que cantan y revolotean por encima de los arrozales.

De tal modo se maravilló Rosa que estuvo a punto de caerse del estante y cuando concluyó el pequeño concierto aplaudió con entusiasmo.

-¡Es sorprendente! ¿Quién te ha enseñado?

-Los pájaros -contestó la chica, sonriendo, y volvió a su tarea.

-¡Es admirable! Yo sé cantar, pero nada que pueda compararse. ¿Cómo te llamas? -Febe Moore.

-He oído hablar de los pájaros febe; pero no creí que una Febe de veras lo pudiese hacer -rió Rosa, añadiendo, mientras observaba con interés las jabonaduras dispersas en los ladrillos:

-¿Puedo entrar a verte trabajar? Allí fuera estoy muy sola.

-Claro... Si es tu gusto -contestó Febe, retorciendo el trapo con un aire profesional que impresionó mucho a Rosa.

-Debe ser divertido chapotear en el agua y pescar el jabón en el fondo -dijo Rosa, completamente cautivada con la nueva actividad-. Me encantaría hacerlo, sólo que mi tía no me lo permitiría, creo.

-Te cansarías pronto; lo mejor es que te quedes tranquila mirando.

-Por lo visto, ayudas mucho a tu mamá.

-No tengo familia.

-¿Y dónde vives, entonces?

-Confío que voy a vivir aquí. Debby quiere que alguien ayude en la casa, y estoy en prueba por una semana.

-¡Ojalá te quedes, porque esto es muy triste! -dijo Rosa, que ya le había tomado cariño a aquella chica que sabía cantar como los pájaros y trabajar como una mujer.

-Así lo espero, pues he cumplido los quince y estoy en edad de ganarme la vida. Has venido para quedarte un poco, ¿verdad? -preguntó Febe, mirando a su huésped y preguntándose cómo podía ser triste la vida para una niña que llevaba vestido de seda, un delantal de fruncidos primorosos, un dije precioso y el cabello recogido con una cinta de terciopelo.

-Sí, me quedaré hasta que venga mi tío. Ahora es mi tutor y no sé qué piensa hacer conmigo. ¿Tienes tutor?

-¡Oh, no! Me abandonaron en los escalones del hospicio cuando era muy pequeña y como la señorita Rogeris me tomó afición, allí he vivido desde entonces. Murió, ¿sabes?, y ahora tengo que bastarme sola.

-¡Qué interesante! -exclamó Rosa, y como era muy afecta a los cuentos de huérfanos, de los cuales había leído muchos, prosiguió: -Es igualito que Arabella Montgomery en "La gitana". ¿Lo has leído alguna vez?

-No tengo libros que leer, y todo el tiempo que me queda libre lo paso correteando por el bosque; eso me proporciona más descanso que las historias -contestó Febe, mientras terminaba una parte de su trabajo e iniciaba otra.

Rosa la miró mientras contemplaba una sartén llena de habichuelas, y se preguntó qué tal sería eso de tener mucho trabajo y que no quede tiempo para jugar. Al instante pareció que Febe pensó que le tocaba a ella hacer preguntas y dijo:

-¿Has estudiado mucho, verdad?

-Sí, sí. He estado pupila casi un año, y he tenido lecciones para dar y regalar. Cuantas más estudiaba, más me daba la señorita Power y no sé cómo no se me secaron los ojos de tanto llorar. Papá nunca me mandaba hacer nada que fuese pesado, y cuando me enseñaba algo lo hacía tan bien, que me encantaba estudiar. ¡Fuimos tan dichosos y nos quisimos tanto! Pero ha muerto y he quedado sola.

La lágrima que no quiso brotar cuando Rosa la esperaba escapó ahora de sus ojos sin ayuda, no una sino dos ; y ambas resbalaron por sus mejillas, subrayando su amor y su dolor mucho mejor que hubiesen podido hacerlo las palabras.

Durante un minuto no se oyó en la cocina más ruido que los sollozos de la niña y el repiqueteo acompasado de la lluvia. Febe dejó de pasar las habichuelas de una sartén a la otra, y sus ojos reflejaron conmiseración al posar la vista en la cabeza rizada que Rosa agachaba sobre sus rodillas, pues pensó que el corazón, debajo de aquel dije hermoso, sentía el dolor de la pérdida, y el coqueto delantal estaba acostumbrado a enjugar lágrimas más tristes que todas las derramadas por ella en su vida.

Como quiera que fuese, se sintió más satisfecha con su vestidito de percal marrón y su delantal a cuadros azules. La envidia cedió el puesto a la compasión, y si hubiese tenido más valor se habría levantado para acercarse a su afligida huésped y apretujarla contra su cuerpo.

Pensando que tal vez eso estaría feo, dijo en un tono alentador:

-Estoy segura que no debes estar tan sola, teniendo toda esa gente alrededor tuyo, todos tan ricos y tan inteligentes. Te van a deshacer de tanto acariciarte, dice Debby, porque eres la única chica de la familia.

Las últimas palabras de Febe hicieron sonreír a Rosa a pesar de sus lágrimas, y por entre los pliegues del delantal asomó su carita, diciendo en un tono de cómica amargura

-¡Ese es uno de mis pesares! Tengo seis tías, y todas me quieren con ellas, pero no conozco a ninguna bastante bien. Papá bautizó esta casa con el nombre de "el hormiguero de las tías ", y ahora veo por qué.

Febe rió con ella, al decir:

-Todos la llaman así, y el nombre está muy bien puesto, pues todas las señoras Campbell viven por aquí cerca y vienen continuamente a ver a las ancianas.

-Podría soportar a las tías, pero hay docenas de primos, chicos horribles todos ellos, y detesto los chicos. Algunos vinieron a verme el miércoles pasado, pero yo estaba acostada, y cuando vino a llamarme la tía me metí bajo las cobijas y fingí estar dormida. Alguna vez tendré que verlos, pero les temo muchísimo.

Un estremecimiento recorrió el cuerpo de Rosa, pues, habiendo vivido sola con su padre inválido, no sabía nada de niños y los consideraba algo así como bestezuelas salvajes.

-¡Oh! Creo que a mí me gustan. Los he visto corriendo por ahí cuando vienen de la Punta, unas veces en los botes y otras a caballo. Si te gustan los botes y los caballos, vas a divertirte en grande.

-No, no me gustan. Los caballos me dan miedo y los botes me enferman, y además aborrezco los chicos.

La pobre Rosa se retorció las manos, pensando en el cuadro que se ofrecía ante su vista. Uno solo de aquellos horrores hubiera podido soportarlo; pero todos juntos eran mucho para ella, y se puso a pensar en el tiempo que le faltaría para volver a la escuela detestada.

Febe rió de sus temores, y tal fue su risa que las habichuelas bailaron en la sartén; pero trató de consolarla sugiriéndole medios y recursos.

-Es posible que tu tío te lleve donde no hayan chicos. Debby dice que es un hombre realmente muy bueno y que siempre que viene trae montones de cosas hermosas.

-Sí, pero ahí tienes otra molestia, pues no conozco en absoluto al tío Alec. Casi no ha venido a vernos, aunque a menudo me mandaba regalitos. Ahora dependo de él y tendré que cuidarlo hasta que cumpla dieciocho años. Puede que no me guste, y todo el tiempo no hago otra cosa que temblar.

-Bueno, yo no buscaría quebraderos de cabeza y procuraría pasarla bien. Es seguro que creería vivir en Jauja si tuviera familia y dinero, sin otra ocupación que divertirme -empezó a decir Febe, pero no continuó, pues el bullicio que llegó a sus oídos desde fuera las hizo dar un salto.

-¡Eso es un trueno! -exclamó Febe.

-¡Es un circo! -gritó Rosa, la cual desde su pértiga elevada había divisado una especie de carro gris y varios caballitos de melenas y colas sacudidas por el viento.

El ruido fue apagándose, y las chicas estaban por reanudar sus confidencias cuando apareció la vieja Debby, al parecer enojada y somnolienta después de su siesta.

-Te buscan en la sala, Rosa.

-¿Ha venido alguien?

-Las niñas no deben hacer preguntas, sino obedecer cuando se les manda algo -fue cuanto se dignó responder Debby.

-¡Ojalá que no sea la tía Myra! -exclamó Rosa, preparándose a retirarse por el mismo camino por el cual había ido, pues la abertura de la puerta corrediza, que tenía por objeto dar entrada a pavos gordos y apetitosos pasteles de Navidad, era bastante grande para una chica delgada como ella-. Mi tía Myra me asusta a más no poder preguntándome cómo sigo de la tos, y refunfuñando como si yo estuviese por morir.

-En cuanto veas quién es, te va a pesar que no sea tu tía Myra -gruñó Debby, convencida de que su obligación era tratar con aspereza a los chicos-. Que no vuelva a verte entrando en mi cocina por ahí, porque si te encuentro voy a dejarte encerrada.

CAPÍTULO 2

EL CLAN

Rosa se introdujo en la alacena de la porcelana con toda la rapidez que pudo y allí se consoló haciéndole muecas a Debby, mientras se arreglaba un poco y se armaba de coraje nuevamente. Luego descendió al salón y miro en dirección a la sala. No se veía a nadie, y el silencio le dio a entender que todos estarían en la parte alta. Se deslizó audazmente por las puertas plegadizas, que estaban entreabiertas, y allí se ofreció a su  vista un espectáculo que la dejó sin aliento.

Había siete chicos en fila, de todas las edades, todos los tamaños y todos con cabellos rubios y ojos azules; además, todos llevaban trajes escoceses, y todos a un mismo tiempo sonrieron, agacharon las cabezas y dijeron:

-¿Como estás primita?

Rosa quedó boquiabierta, indecisa y miró en torno como si estuviese por echar a volar, pues el miedo agrandó su visión y vio el cuarto lleno de chicos. No pudo huir sin embargo, porque el más alto de todos salió de la línea, diciendo en un tono agradable:

-No tengas miedo. Es el clan que ha venido a darte la bienvenida; y yo soy el jefe, Archie, a tus órdenes.

Alargó una mano mientras hablaba, y Rosa tendió tímidamente su mano, y la zarpa morena del cacique se cerró sobre la presa blanca, reteniéndola en tanto que seguía con las presentaciones.

-Hemos venido con todos los aprestos, pues siempre nos vestimos de gala para las grandes ocasiones. Confiamos que te guste. Y ahora te iré diciendo quiénes son todos, para entrar en relación. Este más grande es el Príncipe Carlos, hijo de la tía Clara. Este más viejo es Mac, el comelibros, al que en virtud de sus aficiones llamamos Gusano. Esta dulce criatura es Esteban el Dandy. Mírale los guantes y el moño, por favor. Ahí están también los retoños de la tía Juana, y mejor par no existe en el mundo. Estos son los mocosuelos, mis hermanos, Geordie, Will y Jamie, el bebe. Ahora, muchachos, un paso al frente y a demostrar educación.

A esta orden, con gran desconcierto de Rosa, aparecieron seis manos más, y era evidente que no tenía más remedio que estrecharlas todas. Fue un momento crucial para la niña vergonzosa; pero recordando que eran sus parientes en plan de visita, se esforzó por corresponder al saludo cordialmente.

Concluída esta impresionante ceremonia, el clan rompió filas, y al instante estuvieron invadidos por chicos ambos cuartos. Rosa se refugió presurosa al abrigo de un sillón y allí permaneció sentada, mirando a los invasores y preguntándose si su tía iría a rescatarla.

Como si sobre ellos pesase la obligación de cumplir un deber, aunque algo oprimidos por esa misma razón, cada uno de los chicos se detuvo junto a su sillón al pasar corriendo, formuló una observación breve seguida por una respuesta más breve aún, y se alejo con expresión de alivio.

El primero fue Archie, que se apoyó en el respaldo del sillón y dijo en tono paternal:

-Me alegra que hayas venido, prima, y confío que te resultará muy alegre el hormiguero de las tías.

-Creo que sí.

Mac sacudió la cabeza para quitarse el cabello de los ojos, tropezó en un taburete y preguntó bruscamente:

-¿Has traído libros?

-Cuatro cajones llenos. Están en la biblioteca.

Mac desapareció del cuarto y Esteban, adoptando una postura que ponía bien de relieve su vestimenta, dijo con una sonrisa afable:

-Nos apenó no verte el miércoles pasado. Confío que habrás mejorado del resfrío.

-Sí, gracias -y una sonrisa empezó a dibujarse en las mejillas de Rosa al recordar el rato en que estuvo escondida debajo de las cobijas.

Convencido de haber sido recibido con señaladas muestras de atención, Steve se alejó con su nudo más alto que antes, y apareció el príncipe Carlos, que dijo con displicencia y desenfado:

-Mamá te manda cariños y confía que estés bien y puedas venir a pasar un día en casa la semana próxima. Esto debe ser horriblemente triste para una criatura como tú.

-Tengo trece años y medio, aunque parezca pequeña- exclamó Rosa, olvidando su timidez ante la indignación que en ella causaba ese insulto a sus trece cumplidos poco antes.

-Perdón, señorita; no lo hubiese adivinado.

Y el príncipe Carlos se marchó riendo, contento de haber causado impresión en su humilde prima.

Geordie y Will se acercaron juntos, dos hombrecitos robustos de once y doce años, mientras cada uno le formulaba una pregunta, con el mismo ensañamiento que si estuviesen tirando al blanco y el blanco fuese ella.

-¿Has traído el mono?

-No. Se murió.

-¿Piensas tener un bote?

-Espero que no.

Y en aquel instante ambos, muy acompasados y ceremoniosos, se fueron marchando militarmente, al tiempo en que el pequeño Jamie inquiría con infantil soltura:

-¿Me has traído algo lindo?         

-Sí, mucho dulce- contestó. Rosa, oído lo cual Jamie se le trepó en las rodillas, estampándole en las mejillas un beso sonoro y anunciando a voz en cuello que la quería muchísimo.

Este procedimiento sorprendió un tanto a Rosa, pues los otros chicos miraban y reían, y en su turbación dijo apresuradamente al pequeño usurpador:

-¿Has visto el circo?

-¿Dónde? ¿Cuándo? -preguntaron todos a uno, rebosantes de entusiasmo.

-Pasó justo antes de que ustedes llegaran. Por lo menos, pensé que sería un circo, pues vi un carro negro y rojo y un montón de caballitos, y…

No siguió, pues la gritería general le forzó a detenerse, y Archie explicó en mitad de sus risas:

-Era nuestro nuevo cochecito y las jacas de Shetland. Vas a tener que ver más veces ese circo, mi estimada prima.

-Pero habían muchos, corrían velozmente, y el carro era muy rojo -balbuceó Rosa, procurando enderezar su error.

-Ven a verlos -dijo el príncipe. Y antes de que se diese cuenta de nada, se vio conducida al granero y presentada tumultuosamente a tres ponies de hirsuto pelo y el nuevo carrito.

Nunca había visitado esas regiones y tuvo ciertas dudas acerca de si estaría correcto que descendiese a tanto; mas cuando insinuó que a la tía podría no gustarle, la gritería general dijo:

-Nos indicó que te divirtiésemos, y aquí nos será mucho más fácil que metidos en la casa.

-Temo que pueda resfriarme sin mi saco -dijo Rosa, que tenía deseos de quedarse, pero se sentía un poco como un pez fuera del agua.

-No, no tengas miedo, Nosotros te cuidaremos -gritaron los niños, mientras uno le plantaba su gorra en la cabeza, otro le ataba una chaqueta rústica al cuello por las mangas, un tercero la ahogaba, o poco menos, en una manta del coche, y el tercero abría de par en par la puerta del viejo birlocho que allí estaba, diciendo con un floreo:

-Penetrad, condesa, y poneos cómoda, mientras nosotros te enseñamos lo que es divertirse.

Rosa se sentó señorialmente, muy regocijada, pues los chicos se pusieron a danzar un baile escocés con tal humor y tanta habilidad que tuvo que aplaudirlos y reírse como no se había reído en varias semanas.

-¿Que tal, pequeña? -preguntó el príncipe, acercándose muy arrebolado y sin resuello, después que el ballet tocó a su fin.

-¡Espléndido! -dijo Rosa, sonriendo a sus parientes como una reina a sus vasallos-. No he ido al teatro más que una vez, y aquel baile no tuvo ni punto de comparación con éste. ¡ Qué inteligentes deben ser ustedes !

-Formamos un conjunto ideal, y eso que estamos en el comienzo de la parranda. No tenemos las gaitas, pues de tenerlas:

Regalaríamos tus oídos,
princesa mía con una dulce melodía. 

Esto lo dijo Carlos, muy orgulloso por el elogio.

-Ignoraba que fuésemos escoceses -dijo Rosa, empezando a sentirse como si hubiese dejado América detrás suyo-; papá no me dijo nada de eso, con la única excepción de hacerme cantar viejas baladas.

-Hasta hace poco no lo supimos nosotros tampoco. Estuvimos leyendo novelas de Scott, y de pronto recordamos que nuestro abuelo fue escocés. Entonces nos dedicamos a pescar viejas historias, conseguimos una gaita, nos pusimos faldas de tartán y nos dedicamos, con alma y vida, a dejar bien parado el prestigio de nuestro clan. Hace un tiempo que estamos en eso y nos divertimos en grande. A nuestras familias les gusta y creo que somos un grupo muy garboso.

Archie dijo esto desde el otro estribo del coche, en el cual se había encaramado, mientras que los demás trepaban delante y detrás para intervenir en la conversación.

-Yo soy Fitzjames y éste es Roderick Dhu, y uno de estos días nos verás combatiendo con los montantes. Será extraordinario, no lo dudes -añadió el Príncipe.

-Sí, y tendrías que oír a Esteban tocando la gaita. Es un instrumento que no tiene secretos para él -añadió por su parte Will, desde el pescante, anhelando ensalzar las excelencias de su raza.

-Mac es el que busca las historias viejas y nos dice cómo tenemos que vestirnos, además de traernos fragmentos de conversación y canto -intervino Geordie, aprovechando la ocasión de elogiar al ausente Gusano.

-¿Y que hacéis tú y Will? -preguntó Rosa a Jamie, que estaba sentado al lado suyo como si tratase de no perderla de vista hasta que le fuese entregado el obsequio prometido.

-Yo soy un pajecillo y hago mandados; Will y Geordie son la tropa cuando marchamos, los ciervos cuando vamos de caza y los traidores cuando tenemos ganas de cortar cabezas.

-Son muy obsequiosos, sin duda -dijo Rosa, y al oír este piropo los comodines sonrieron con modesto orgullo y resolvieron hacer de Wallace y Montrose apenas pudieran, en honor de su prima.

-Vamos a jugar a la mancha -gritó el príncipe, balanceándose en una de las varas, y aplicándole a Esteban una palmada resonante en la espalda.

Sin cuidarse de sus guantes, Dandy lo imitó y los demás se lanzaron en todas direcciones, como si se tratase de romperse los pescuezos y dislocarse las rodillas cuanto antes.

Fue un espectáculo nuevo y sorprendente para Rosa, acabada de salir de una escuela de internos, y contempló a los chicos inquietos con suspenso interés, pensando que sus locuras eran muy superiores a las de Mops, el pobrecito mono muerto.

Will acababa de cubrirse de gloria, a raíz de haberse deslizado desde un pajar con la cabeza abajo y sin hacerse daño, cuando Febe apareció con capa, caperuza y zapatos de goma, trayendo de parte de la tía Abundancia un mensaje según el cual Rosa tenía que presentarse en seguida.

-Muy bien; nosotros la llevaremos -dijo Archie, emitiendo cierta orden misteriosa, obedecida con tanta presteza que, antes de que Rosa pudiera salir del coche, los chicos se habían apoderado de la vara y la sacaron con gran estruendo del granero, y describiendo un rodeo hasta conducirla a la puerta delantera, con tanta algazara que dos bonetes asomaron a una ventana superior y Debby exclamó en voz alta desde el porche:

-Esos chicos atolondrados van a matar a esa pobre criatura delicada.

Pero la pobre criatura delicada parecía divertidísima con su viaje, y corrió escaleras arriba rosada y despeinada, siendo recibida con lamentaciones por la tía Abundancia, que le ordenó acostarse inmediatamente.

-¡Por favor, no haga eso! -clamaron los niños-. Hemos venido a tomar el té con nuestra primita y si nos deja estar aquí prometemos portarnos como santitos.

-Bueno, queridos, está bien; pero no hagan ruido. Dejen que Rosa vaya a tomar el tónico y arreglarse un poco, y luego veremos si encontramos algo qué comer -dijo la anciana, mientras se alejaba al pasito, seguida por una andanada de pedidos motivados por el festín inminente.

-Mermelada para mí, tía.

-Mucha torta, por favor.

-Dígale a Debby que saque las manzanas asadas.

-Yo quiero pastel de limón.

-Para mí frituras; a Rosa le van a parecer excelentes.

-No olvide que lo que más me gusta son las torrejas.

Cuando bajó Rosa quince minutos más tarde, con el cabello bien peinado y un delantalcito muy festoneado, encontró a los niños en el salón grande, y se detuvo en mitad de la escalera para verlos bien, pues hasta ese momento no había examinado a sus nuevos parientes.

Todos acusaban un fuerte parecido de familia, aunque algunas cabezas rubias eran más oscuras que otras, algunas mejillas morenas en vez de rosadas y las edades variaban desde los dieciséis de Archie a los seis de Jamie. Ninguno de ellos era especialmente bonito, salvo el Príncipe, pero a todos se los veía sanos y contentos, y Rosa llegó a la conclusión de que, después de todo, los chicos no eran tan temibles como supuso.

Todos ellos estaban ocupados en algo tan característico, que no pudo menos de sonreír. Archie y Charlie, evidentemente grandes compinches, caminaban de un extremo a otro, hombro contra hombro, silbando "Bonnie Dundee"; Mac leía en un rincón, con el libro muy cerca de los ojos, pues era corto de vista; Dandy se arreglaba el cabello frente al espejo ovalado del perchero; Geordie y Will investigaban los secretos internos del reloj de pie; y Jamie estaba tirado en el suelo, al pie de la escalera, golpeando los talones en el felpudo y decidido a exigir sus dulces apenas reapareciese Rosa.

La chica adivinó su intención, y le tapó la boca dejándole caer un puñado de ciruelas azucaradas.

Al oír su grito de gozo, los demás chicos levantaron las miradas y sonrieron involuntariamente, pues la pequeña pariente estaba allí erguida como una visión, con sus ojos dulces y tímidos, su cabello reluciente y su cara sonrosada. El vestido negro les recordó su duelo, y los corazones de los chicos se sintieron invadidos por el unánime anhelo de "ser buenitos" con la prima que no tenía más hogar que ése.

-Ahí la tenéis, tan hermosa como la que más -dijo Esteban, enviándole un beso con la mano.

-Vamos, señorita; el té está listo -dijo el Príncipe.

-Yo la llevaré -y Archie le ofreció el brazo con gran dignidad, honor ante el cual Rosa se puso más roja que un tomate y pensó en correr escaleras arriba.

Fue una merienda alegre, y los dos mayores acrecentaron el regocijo mediante veladas alusiones con que atormentaban a los otros, acerca de cierto acontecimiento que estaba por producirse. Declararon que sería una cosa extraordinariamente bella, pero siguieron rodeándola de misterio.

-¿Es algo que yo he visto? -preguntó Jamie.

-No como para que puedas recordarlo; pero Mac y Esteban sí, y les gustó enormemente.

Esto fue dicho por Archie, dando motivo a que los dos mencionados se despreocupasen momentáneamente de las deliciosas frituras de Debby, mientras se estrujaban los meollos.

-¿Quien lo tendrá primero? -preguntó Will con la boca llena de mermelada.

-Creo que la tía Abundancia.

-¿Cuándo? -inquirió Geordie, revolviéndose en su asiento con impaciencia.

-El lunes.

-¡Criaturas! ¿De qué está hablando ese chico? -gritó la anciana desde detrás de un alto jarrón que no dejaba ver más que el moño de su gorrito.

-¿No lo sabe la tía? -preguntó un coro de voces.

-No; y lo más gracioso es que a ella la vuelve loca.

-¿De qué color? -inquirió Rosa, interviniendo -Azul y castaño

-¿Es bueno para comer? -dijo Jamie.

-Algunos piensan que sí, pero a mí no me gustaría probarlo -contestó Charles, riendo tanto que derramó el té.

-¿A quién pertenece? -quiso saber Esteban.

Archie y el Príncipe se miraron algo indecisos un minuto, y luego Archie contestó con un guiño que hizo a Charles explotar de nuevo:

-¡Al abuelo Campbell!

Aquello era una adivinanza y se dieron por vencidos, aunque Jamie confesó a Rosa que no podría vivir hasta el lunes sin saber qué era aquello tan notable.

Poco después de tomar sus tes partió el clan, cantando a voz en cuello: "Todos los bonetes azules están en la frontera".

-Bueno, querida, ¿te gustan tus primos? -preguntó la tía Abundancia, en el momento en que el último pony dobló la esquina y el estruendo empezó a perderse.

-Bastante, tía; pero Febe me gusta más.

Esta respuesta hizo que la tía Abundancia levantara en alto los brazos y se alejase al pasito, para decir a su hermana Paz que nunca lograría entender a aquella niña, y que era una suerte que Alec viniese pronto a quitarles de encima aquella responsabilidad.

Fatigada por los esfuerzos imprevistos de la tarde, Rosa se acurrucó en un rincón del sofá para descansar y pensar en el gran misterio, sin imaginarse ni remotamente que a ella le tocaría conocerlo antes que a nadie.

En mitad de sus meditaciones se quedó dormida, y soñó que estaba nuevamente en casa, en su camita. Le pareció que se despertaba y que su padre estaba inclinado sobre ella, diciéndole tiernamente : "¡Mi pequeña Rosa!", y que ella respondía: "Sí, papá", después de lo cual el hombre la tomaba en brazos y la besaba tiernamente. Tan dulce y real el sueño, que se puso en pie con un grito de gozo al verse en brazos de un hombre moreno, de barba, que la apretaba contra sí y le murmuraba en una voz tan igual a la del padre, mientras ella lo abrazaba: "Ésta es mi niñita, y yo soy el tío Alec".

CAPÍTULO 3

TÍOS

Cuando Rosa se despertó a la mañana siguiente, no estaba segura si lo de la noche anterior era sueño o realidad. Se puso en pie y se vistió, aun cuando era una hora más temprano que la acostumbrada, pues ya no podía conciliar el sueño, poseída como estaba por un intenso deseo de bajar y ver si en el vestíbulo se hallaban el portamanteo y las maletas. Tuvo la sensación de que tropezó con aquellos objetos al irse a dormir, pues las tías la habían mandado acostarse muy puntualmente, porque no querían compartir con nadie los agasajos a su sobrino predilecto.

Brillaba el sol, y Rosa abrió la ventana para que entrase a raudales el aire fresco de mayo que venía del mar. Cuando se asomó al balconcito, para ver a los pájaros picoteando gusanos, y mientras al mismo tiempo se preguntaba si le gustaría el tío Alec, vio que un hombre saltaba la tapia del jardín y se aproximaba silbando por la vereda. Al principio pensó que sería un intruso, pero mirando mejor adivinó que era su tío, que volvía de remojarse en el mar. Apenas si se había atrevido a observarlo la noche anterior, porque cada vez que lo intentó se encontró con un par de ojos azules que la contemplaban con fijeza. Ahora pudo estudiarlo a sus anchas, mientras el hombre seguía su marcha, prestando atención a todos los detalles, como denotándose contento de volver a ver la vieja casa.

Un hombre moreno, vivaz, de chaqueta azul y sin sombrero en la cabeza de cabello rizado, que sacudía de vez en cuando como un perro de aguas; de hombros anchos, movimiento inquieto y un aire general de fuerza y estabilidad que plugo a Rosa, aunque no pudo explicarse la sensación de sosiego que le impartía. Acababa de decirse: "Creo que me va a gustar, aunque parece ser de esos que imponen respeto", cuando el hombre levantó la mirada para fijarse en el algarrobo en flor, y advirtió que una carita anhelante lo observaba. Le hizo seña con la mano, movió la cabeza y le gritó con voz jovial y firme

-¡Hola, nietita! Pronto has salido a cubierta.

-Vine a cerciorarme de que usted estaba aquí realmente, tío.

-¿De veras? Bueno, baja y así te cercioras del todo.

-No me permiten salir antes del desayuno.

-¡Oh, es verdad! -dijo frunciendo el entrecejo-. Entonces subiré a bordo para saludarte.

El tío Alec trepó por una de las columnas, pasó por el techo, y fue a parar a la ancha balaustrada.

-¿Tienes dudas aún?

Rosa quedó tan atónita, que de momento no pudo hacer otra cosa que sonreír.

-¿Que tal se siente mi niña esta mañana? -preguntó, tomando la manecilla fría que ella le alargaba y estrechándola entre sus dos manazas.

-Bastante bien, señor, gracias.

-Tiene que ser muy bien. ¿Por qué no es así?

-Siempre me levanto con dolor de cabeza y cansada.

-¿No duermes bien?

-Estoy despierta mucho tiempo, y luego sueño; y parece que no venzo la fatiga del todo.

-¿Que haces en todo el día?

-Leo, coso un poco, duermo la siesta, y acompaño a la tía.

-¿No corres por afuera, ni practicas quehaceres domésticos, ni andas a caballo?

-La tía Abundancia dice que no soy bastante fuerte para hacer mucho ejercicio. A veces salgo en coche con ella, pero no me gusta mucho.

-No me extraña -dijo el tío Alec, a medias consigo mismo, y añadió, con aquella su manera rápida de hablar-: ¿Quién has tenido para jugar contigo?

-Nada más que Annabel Bliss, y era tan tonta que no pude aguantarla. Ayer vinieron los chicos, y me parecieron muy simpáticos ; pero, por supuesto, no pude jugar con ellos.

-¿Por que?

-Tengo demasiada edad para jugar con chicos.

-Nada de eso. Eso es precisamente lo que necesitas, pues te han mimado demasiado. Son buenos chicos y tendrás que tenerlos más o menos cerca durante algunos años, así que más vale que se hagan amigos y compañeros cuanto antes. Te buscaré chicas también, si puedo encontrar alguna que no esté echada a perder por razón de una educación tonta.

-Febe es bastante buena, sin duda, y me gusta, aunque apenas si la conocí ayer -dijo Rosa, despertándose del todo.

-¿Y quién es Febe?

Rosa le dijo con entusiasmo todo cuanto sabía, y el tío Alec escuchó, con una sonrisa que se dibujaba en sus labios, aunque sus ojos estaban fijos mientras observaban a la niña que tenía delante suyo.

-Me alegra ver que no eres aristocrática en tus gustos, pero no llego a entender del todo que encuentras en esa chica del asilo.

-Ríase de mí si quiere, pero me encanta. No puedo explicarle la razón, salvo que parece tan contenta y está tan ocupada, y canta tan maravillosamente; y además es fuerte, friega, barre y no sufre incomodidades que la atosiguen -dijo Rosa, enredando y mezclando sus razones en el esfuerzo por resultar clara.

-¿De dónde sabes todo eso?

-Porque le conté mis penas, y al preguntarle si ella tenía, me dijo: "No, salvo el no haber ido a la escuela; pero confío en que algún día iré".

-¿ No le parece que el abandono, la pobreza y el trabajo intenso, son penas? Es una chica valiente, y me encantará conocerla.

El tío Alec confirmó su aserto con una inclinación de cabeza y Rosa lamentó no ser ella quien motivase aquella aprobación.

-Pero, ¿cuáles son tus pesares, criatura? -preguntó, después de una pausa breve.

-Por favor, tío, no me lo pregunte.

-¿No puedes contarme a mí lo que le dijiste a Febe?

En su tono hubo algo que convenció a Rosa de que mejor sería hablar sin rodeos y concluir aquello, visto lo cual contestó, con ojos inquietos y mejillas repentinamente coloreadas

-El mayor de todos fue perder a papá.

Cuando dijo eso, el brazo del tío Alec la estrechó con dulzura, apretándola contra sí, mientras decía con una voz que era muy parecida a la del padre:

-Ése es un dolor, querida mía, que no podré curarte, aunque me esforzaré por procurar que lo sientas menos. ¿Qué más?

-Me siento muy cansada siempre, a causa de no poder hacer nunca lo que quiero, y eso me hace enojar -dijo Rosa, frotándose la cabeza dolorida como un chico asustado-. La tía Myra dice que tengo una constitución pobre y nunca seré fuerte -continuó Rosa cavilosamente, como si esa clase de defectos fuera algo agradable.

-La tía Myra es ... una mujer excelente, pero se desvive por creer que todo el mundo anda caminando al borde de la fosa, y da la impresión de que se ofende cuando la gente no cae dentro. Ya le enseñaremos a fabricar constituciones fuertes y a convertir en chicas sonrosadas y sanas los espectros paliduchos. Esa es mi misión, ¿sabes? -añadió más sereno, pues su primera repentina explosión había desconcertado un poco a Rosa.

-Olvidaba que usted es médico. Me alegro, porque quiero estar bien, aunque confío en que usted no me mande muchas medicinas, porque ya he tomado varios frascos y no me hacen nada.

Al hablar, Rosa señaló una mesita que se hallaba delante de la ventana, y en la cual se veía un regimiento de botellas.

-¡Ah, ja! Ahora averiguaremos qué proyectos siniestros han tenido estas mujeres.

Alargando el brazo, el doctor Alec fue alineando las botellas en el marco de la ventana, delante suyo, y las examinó con atención una por una, sonriendo en algunos casos y frunciendo el ceño en otros, hasta decir, cuando volvió a dejar la última -Ahora te enseñare cuál es la mejor manera de tomar estos potingues.

Con la rapidez del rayo, las tiró todas al jardín.
-La tía Abundancia se va a enojar y la tía Myra también, pues la mayoría fueron enviadas por ella - gritó Rosa, muerta de miedo, aun cuando al mismo tiempo se alegraba de que el tío fuese tan expeditivo.

-Tú eres ahora mi paciente y el responsable soy yo. Mi manera de administrar remedios es evidentemente la mejor, pues ya te veo de mejor aspecto -dijo, riendo con una risa tan contagiosa, que Rosa no pudo contenerse.

-Si sus medicinas no me gustan más de lo que me gustaron esas, las tiraré al jardín; y en ese caso, ¿qué hará usted?

-Cuando yo recete esas porquerías, te autorizo a que las eches donde quieras y en cuanto quieras. ¿Qué más te sientes?

-Confié que se olvidaría de preguntarme.

-¿Qué ayuda quieres que te preste, si tú no me cuentas? Vamos : dolor número tres...

-Debe estar mal, por supuesto, pero a veces desearía no tener tantas tías. Son todas muy buenas conmigo, y deseo complacerlas ; pero son tan distintas, que creo que me despedazo al intentarlo.

Rosa quería decir que se sentía como un pollito, en cuyo torno cacarean seis gallinas al mismo tiempo.

El tío Alec echó atrás la cabeza y rió como un chiquillo, pues entendía perfectamente cómo las buenas señoras metían cada una su remo respectivo,, deseosa de conducirla por su camino, sin lograr otra cosa que agitar las aguas y anonadar a la pobre Rosa.

-Tengo el propósito de ofrecerte ahora un plato de tío para ver si con ello se mejora tu constitución. Seré el único que se preocupe de tu salud y no habrá consejos de nadie a menos que yo los pida. Es la única manera de que a bordo impere el orden, y de este bajel he de ser el capitán, cuando menos por ahora. ¿Qué más?

Pero Rosa quedó pensativa y enrojeció tanto que su tío adivinó lo que estaba pensando.

-Esto otro no creo que puedo contárselo. Sería falta de educación, y tengo la certeza de que no será un pesar de ahora en adelante.

Dijo estas últimas palabras titubeando y tartamudeando, y el doctor Alec dirigió la mirada al mar lejano, mientras decía con tanta ternura y tanta seriedad que la niña grabó en su cerebro todas las palabras y las recordó durante largo tiempo

-Sobrina mía, no he creído que me querrías ni confiarías en mí de buenas a primeras, pero créeme si te digo que pondré mi corazón todo entero en esta nueva misión; y si cometo errores, cosa que sin duda ocurrirá, ninguno sufrirá más que yo. Es culpa mía si soy extraño para ti, cuando en realidad deseo ser tu mejor amigo. Éste es uno de mis errores, del cual nunca me arrepentí tanto como ahora me arrepiento. Tu padre y yo tuvimos un encuentro cierta vez, y como creí que no lo perdonaría nunca, me mantuve alejado varios años. Gracias a Dios, aclaramos las cosas por completo la última vez que nos vimos, y me dijo entonces que si se separaba de su querida hijita, la confiaba a mis manos como prueba de su amor. No puedo llenar el vacío, pero procuraré ser un padre para ella; y si la niña aprende a quererme la mitad de lo que quiso a aquel hombre bueno que perdió, me sentiré orgulloso y muy feliz. ¿Creerá esto y hará la prueba?

Algo hubo en la cara del tío Alec que llegó al corazón de Rosa, y cuando alargó una mano con aquella expresión turbada y anhelante en sus ojos, ella impulsivamente elevó sus labios inocentes y selló el contrato con un beso de esperanza. El brazo recio la retuvo un breve instante, y Rosa advirtió que el pecho fuerte se hinchaba como en un gran suspiro de alivio; pero ninguno de los dos pronunció una sola palabra, hasta que oyeron llamar a la puerta.

Rosa metió la cabeza por la ventana para decir "Entre", mientras el doctor Alec se pasaba la manga de la chaqueta por los ojos y volvía a silbar.

Era Febe, trayendo una taza de café.

-Debby me dijo que te trajera esto y te hiciese levantar -dijo, abriendo mucho sus ojos negros, como preguntándose qué demonios hacía allí aquel "marinero ".

-Estoy vestida, así que no necesito ayuda -dijo Rosa, mirando ansiosa la taza humeante-. Confío que esté bueno y fuerte.

Pero no llegó a tomarla, pues una mano morena y fuerte la asió, y al mismo tiempo dijo la voz de su tío:

-Espera, criatura, y deja que tire esa poción antes que te arrepientas. ¡Es posible que ingieras ese café fuerte todas las mañanas, Rosal

-Sí, señor, y me gusta. La tía dice que me entona y siempre me siento mejor después de tomarlo.

-Esto explica las noches de insomnio, las trepidaciones de tu corazón apenas te sobresaltas y ese color amarillo pálido de tus mejillas, que deberían ser rosadas. Basta de café para ti; querida, y con el tiempo me darás tú misma la razón. ¿Hay leche fresca abajo, Febe?

-Sí, señor, mucha; traída ahora mismo.

-Ésa es la bebida que necesita mi paciente. Ve a traerle un jarro, y otra taza. Quiero un poco yo también. Este café no les hará mal a las madreselvas, porque no tienen nervios dignos de tal nombre.

Y, con gran desconsuelo de Rosa, el café siguió el camino de las medicinas.

El doctor Alec observó la expresión de Rosa, pero no le prestó atención ninguna, y al instante la combatió diciendo:

-Tengo una taza muy buena entre mis bártulos, y voy a dártela para que en ella bebas la leche, pues está hecha de madera y se asegura que mejora cuanto se le vierte, algo así como una taza de cuasia. Ahora que me acuerdo, uno de los cajones que Febe quiso subir al depósito anoche es para ti. Sabiendo que al venir aquí me encontraría con una hija ya crecida, elegí toda clase de chucherías y curiosidades en el camino, confiando que entre esos objetos encontraría alguno que le gustase. Mañana temprano revolveremos en grande. ¡Aquí está la leche que hemos pedido! Brindo a la salud de la señorita Rosa Campbell, y brindo de todo corazón.

Rosa no hubiera podido enfurruñarse mientras ante su imaginación danzaba un cajón lleno de obsequios, y a pesar de sí misma, sonrió al beber a su propia salud, descubriendo que la leche fresca no es tan mala de tomar.

-Ahora tengo que marcharme, antes que me sorprendan de nuevo así tan desarrapado -dijo el doctor Alec, preparándose a descender como había subido.

-¿Siempre entra y sale como los gatos, tío? -preguntó Rosa, a quien divertían mucho sus rarezas.

-De niño me acostumbré a saltar de mi ventana sin que nadie lo advirtiera, con el fin de no molestar a las tías; y ahora me gusta, por cuanto es el camino más corto y esto de saltar sin ayuda de aparejos me mantiene más ágil.     

Descendió por la cañería del agua al suelo y desapareció entre las madreselvas.  

-¿Verdad que es un tutor muy extraño? -comentó Febe al retirarse con las tazas.

-Me ha parecido muy bondadoso -contestó Rosa, siguiéndola para mirar los bultos y tratar de adivinar cuál sería el suyo.

Cuando el tío apareció, la encontró mirando con ansia un plato que humeaba sobre la mesa.

-¿Alguna nueva preocupación, Rosa? -le preguntó, acariciándole la cabeza.

-Tío, ¿está por hacerme comer avena? -preguntó Rosa con expresión trágica.

-¿ No te gusta ?

-¡La detesto! -contestó Rosa, con todo el énfasis que una nariz arrugada, un encogimiento de hombros y un gruñidito podían dar a sus palabras.

-No eres verdadera escocesa si no te gusta el parritch. Es una lástima, porque lo hice yo mismo y pensé que te encantaría con toda esa crema que flota en el plato. Bueno, está bien.

Y al sentarse denotó su desilusión. Rosa había decidido ponerse terca, porque aquello era cosa que detestaba cordialmente; pero como el tío Alec no intentó en absoluto convencerla, de pronto cambió de idea y llegó a la conclusión de que haría la prueba.

-Haré la prueba de comerlo por complacerlo a usted, tío; pero todo el mundo no hace más que decir que es muy sano, y por eso he llegado a odiarlo así -dijo la niña, bastante avergonzada de su excusa banal.

-Deseo que te agrade, porque espero que mi niña sea tan fuerte como los chicos de Jessie, que fueron criados con este sistema excelente, aunque antiguo. Para ellos no hay pan caliente ni cosas fritas, y ya ves lo grandes y forzudos que son. Buenos días, tía, y que Dios la bendiga.

Rosa se dio vuelta para saludar a la anciana y, decidida a comer o morir, se sentó.

A los cinco minutos se había olvidado qué era lo que comía, interesada como se sintió de pronto en la conversación promovida. Le hizo gracia escuchar cómo la tía Abundancia llamaba "mi querido chico" al hombretón de cuarenta años ; y tan animada era la charla del tío Alec, sobre todos los temas posibles en la creación, y en particular acerca del hormiguero de las tías, que el aborrecido potaje fue ingerido sin un murmullo de protesta.

-Confío, Alec, que vendrás a la iglesia con nosotras, si no estás muy cansado -dijo la anciana, una vez que concluyó el desayuno.

-Justo para eso he venido especialmente de Calcuta. Sólo que tengo que mandar a las hermanas noticia de mi llegada, pues hasta mañana no me esperan, y habrá escándalo en la iglesia si los muchachos me ven sin aviso previo.

-Mandaré a Ben a la montaña, y a casa de Myra puedes ir tú mismo; se alegrará mucho, y tendrás tiempo suficiente.

El doctor Alec salió en un santiamén y no volvieron a verlo hasta que el viejo birlocho estuvo en la puerta, y la tía Abundancia bajaba las escaleras, con mucho crujir de faldas almidonadas, vestida con sus ropas dominicales y seguida de Rosa como una sombra.         

Emprendieron la marcha muy ceremoniosamente, con gran alegría del tío Alec, que durante el camino recibió el saludo cordial de todos cuantos se cruzaban con ellos.

Era evidente que estuvo bien mandar aviso, pues a pesar del tiempo y el lugar, los chicos denotaron tal ebullición que los mayores llegaron a pensar asustados en la inminencia de un desaguisado; aquellos catorce ojos no se apartaron del tío Alec, y las cosas que los chicos hicieron durante el sermón son como para no creerlas.

Rosa no se atrevió a levantar la mirada por un rato, pues aquellos chicos de tal modo exteriorizaron las emociones causadas por su presencia que no tuvo más remedio que reír y llorar entre divertida y asustada. Charlie le guiñaba los ojos con gran entusiasmo por detrás del abanico de la madre; Mac le señaló sin disimulo la figura larguirucha que tenía detrás ; Jamie miró fijamente por detrás de su banquillo, hasta que los ojos se le iban a saltar de las órbitas; Geordie tropezó con un taburete y se le cayeron tres libros en el aturullamiento; Will dibujó marineros y chinos en sus puños limpios y se los enseñó a Rosa, con gran tribulación de parte de esta; Esteban casi trastorna la reunión al quemarse la nariz con sales, fingiendo sentirse transportado de gozo; y hasta el pomposo Archie cometió una de las suyas, escribiendo en su libro de himnos "¿Verdad que es azul y castaño?" y pasándolo ceremoniosamente a Rosa.

La única manera de salvarse fue fijar su atención en el tío Mac, un caballero sereno y majestuoso, que parecía por completo inconsciente de las iniquidades del clan y dormitaba plácidamente en un rincón. Éste era el único tío que había conocido Rosa durante muchos años, pues los tíos Jem y Steve, maridos de tías Jessie y Clara, estaban navegando y tía Myra era viuda. El tío Mac era comerciante muy próspero y rico y en casa tan callado como un ratón, pues se hallaba en inferioridad de situación frente a las mujeres y no osaba abrir la boca, dejando que su mujer lo gobernara todo sin inmiscuencias.

A Rosa le agradaba el hombre grandote, silencioso y bueno que vino a verla en cuanto falleció el padre, constantemente le mandaba espléndidas cajas de golosinas y otras cosas a la escuela, y a menudo la invitaba a sus grandes depósitos, llenos de tes y especias, vinos y toda suerte de frutas extranjeras, donde podía comer y escoger cuanto quisiera para llevarse. Lamentó en secreto de que no fuera su tutor; pero desde que vio al tío Alec cambió un poco de idea, pues en el fondo no sentía admiración ninguna por la tía Juana.

Concluído el servicio religioso, el doctor Alec llegó al pórtico lo más pronto que pudo, y allí los oseznos se abrazaron y gritaron, mientras las hermanas se daban las manos, saludándose con rostros alegres y corazones animosos. Rosa estuvo a punto de ser aplastada detrás de una puerta en el peligroso pasadizo desde el banquillo al pórtico, pero el tío Alec la salvó a tiempo y la puso a buen seguro en el coche.

-Ahora, chicas -dijo-, quiero que todas vengan a comer con Alec, y Mac también, por supuesto. Pero no puedo invitar a los chicos, pues no esperábamos a este buen hombre hasta mañana, como ustedes saben, y no he hecho preparativos. Manden los muchachos a casa, y que esperen hasta el lunes, porque debo confesar que me ha dejado sorprendida su comportamiento en la iglesia -dijo la tía Abundancia, que subió al carruaje detrás de Rosa.

En cualquier otro lugar los chicos habrían expresado su decepción mediante aullidos ; pero se contentaron con gruñir y protestar por lo bajo, hasta que el doctor Alec dio el asunto por concluído, diciendo:

-No se aflijan, muchachos; mañana me pondré al día con ustedes, y ahora se van sin hacer escándalo; de lo contrario, de mis bultos no saldrá ni un solo regalo para ustedes.

CAPÍTULO 4

TÍAS

Durante toda la comida Rosa tuvo la sensación de que pensaban hablar de ella, y esta sospecha se convirtió en certeza cuando la tía Abundancia le dijo por lo bajo, mientras se dirigían a la sala:

-Sube, querida, y acompaña un rato a la tía Paz. Quiere que le leas mientras descansa, y aquí vamos a estar ocupados.

Rosa obedeció, y tal era la quietud de los cuartos del piso alto que al poco serenó sus sentimientos por completo y fue, sin darse cuenta de ello, algo así como un pequeño ministro de la dicha para la dulce anciana, que desde muchos años atrás pasaba las horas sentada en su dormitorio, esperando que el dolor la dejase libre alguna vez.

Rosa conocía el romance triste de su vida, el cual impartía un cierto encanto singular a esta tía suya, a quien ya amaba. Cuando Paz tenía veinte años de edad, estuvo por casarse; se hicieron todos los preparativos y el vestido de novia estuvo confeccionado; las flores esperaban que la novia se las pusiese y poco faltaba para la hora venturosa, cuando se recibió noticia de que el novio acababa de morir. Llegaron a temer que la buena de Paz muriera también; pero ella soportó su aflicción con entereza, guardó las galas de novia, reinició la vida como si hubiese vuelto a nacer, y siguió viviendo, hasta convertirse en aquella mujer humilde, de cabello tan blanco como la nieve y mejillas que jamás tenían color. No vestía de negro, sino colores suaves y pálidos, cual si estuviese esperando siempre el casamiento que no llegaría.

Treinta años siguió viviendo, marchitándose lentamente, pero animosa, ocupada, e interesándose mucho en todo cuanto pasaba en la casa; y en especial los gozos y pesares de las chicas que crecían en torno suyo, siendo para ellas confidente, consejera y amiga en todos sus momentos de penuria y de alegría. Una solterona realmente bella, con su cabello plateado, su rostro sereno, y aquella atmósfera de reposo que embalsamaba a cuantos se le acercaban.

La tía Abundancia era muy distinta; mujer corpulenta, inquieta, de vista penetrante, lengua incansable y cara como una manzana de invierno, jamás descansaba, siempre corriendo de un lado a otro, charlando y removiéndolo todo. Era una Marta verdadera, abrumada con los cuidados mundanos y dichosa entre ellos.

Rosa se sintió a gusto, y mientras leía salmos a la tía Paz las otras damas charlaban de ella con la mayor franqueza del mundo.

-Bueno, Alec, ¿qué nos cuentas de tu pupila? -preguntó la tía Juana, cuando se sentaron y el tío Mac buscaba un rinconcito en qué dormir a gusto.

-Me gustaría más si hubiese podido comenzar en el comienzo y partir de una base firme. La vida del pobre Jorge fue tan solitaria que la chica ha sufrido de muchas maneras y desde su muerte ha ido de mal en peor, a juzgar por el estado en que la encuentro.

-Mi querido pariente, hicimos lo que nos pareció mejor mientras esperábamos que concluyeras tus asuntos y volvieses aquí. Siempre le dije a Jorge que hacía mal en criarla como lo estaba haciendo, y ahora nos vemos con esta pobre criatura en nuestras manos. Por mi parte, confieso que lo que debo hacer con ella lo sé exactamente igual que si se tratase de uno de esos pájaros forasteros y desconocidos que traías a casa cuando venías de otras tierras.

Y al decir esto, la tía Abundancia sacudió la cabeza, denotando su perplejidad y enmarañando los lazos tiesos que sobresalían de su gorro como capullos de quitameriendas.

-Si hubieran seguido mi consejo, habría seguido en la excelente escuela donde la puse. Pero nuestra tía creyó mejor sacarla porque ella se quejaba, y desde entonces no ha hecho otra cosa que revolotear en torno de la chica el día entero, perdiendo el tiempo lastimosamente. Un estado de cosas en extremo ruinoso para una chica mimada y caprichosa como Rosa -dijo con severidad la señora Juana.

-Jamás había perdonado a las viejecitas por ceder al patético pedido de Rosa, cuando imploró que la dejasen esperar la llegada de su tutor antes de empezar otro año en la escuela, la cual no era más que un semillero de vicios, ya que de ella habían salido muchas chicas malísimamente educadas.

-Yo nunca consideré que fuese lugar indicado para una niña de buena posición, heredera de una fortuna, como es Rosa en realidad. Está muy bien para las muchachas que tienen que ganarse la vida enseñando, y en otros casos parecidos; pero todo lo que necesita es uno o dos años de escuela de educación social, para que a los dieciocho pueda desenvolverse entre la gente -opinó la tía Clara, que en su juventud había sido una belleza y aún seguía siendo hermosa.

-¡Cielos! ¡Cielos! ¡Qué ciegas están todas, discutiendo planes para el futuro, cuando esa chica está predestinada fatalmente a la tumba! -exclamó suspirando la tía Myra, con un mohín lúgubre, sacudiendo su bonete funerario, que se negó a quitarse en virtud de estar atacada de catarro crónico.

-Pues bien, mi opinión es que lo único que necesita esta chica es libertad -dijo la tía Jessie, a cuyos ojos asomaban las lágrimas al pensar que sus niños pudieran quedar librados a cuidado ajeno, como en el caso de Rosa-. Necesita también descanso y atenciones. Tiene algo en la mirada que me parte el corazón, pues demuestra que siente la necesidad de una cosa que ninguno de nosotros podemos proporcionarle... necesita una madre.

El tío Alec, que estaba escuchando en silencio, se volvió hacia la última hermana y dijo, corroborando sus palabras con una decidida inclinación de cabeza:

-Tú has dado en el clavo, Jessie; y si me ayudas, tengo esperanza de que la chica olvidará que es huérfana de padre y madre.

-Haré todo lo posible, Alec; y creo que vas a necesitarme, pues por mucho que seas inteligente, no puedes entender el fondo de una criatura tierna y tímida como puede entenderlo una mujer.

La sonrisa que Jessie dedicó a Alec encerraba mucho de dulzura maternal.

-No puedo menos de pensar que yo, que he tenido una hija, sea la más capacitada para educar a una chica, y me sorprende mucho que Jorge no la haya dejado a mi cargo -dijo la tía Myra con aire de melancólica importancia, pues era la única que había dado una hija a la familia, y estaba convencida de que se había distinguido mucho, aunque la gente mal hablada solía asegurar que con tanto cuidarla la había matado.

-No pienso tan mal de él, cuando recuerdo los experimentos peligrosos a que sometiste a la pobre Carrie -empezó a decir la señora Juana con áspera voz.

-Juana Campbell, no estoy dispuesta a escucharte una sola palabra. Mi santa Carolina es tema sagrado - gritó la tía Myra, haciendo ademán de dejarlas allí plantadas.

El doctor Alec la detuvo, convencido como estaba de que tenía que afirmar su posición y mantenerla virilmente, si quería lograr éxito en su nueva empresa.

-Bueno, estimadas hermanas, no riñamos ni convirtamos a Rosa en el eje de nuestras disputas; aunque está tan esmirriada que no veo en ella mucho más que un eje. La habéis tenido con vosotras un año, y habéis hecho cuanto os ha venido en gana. No sabría decir que vuestro éxito haya sido grande, pero eso se ha debido a que fueron muchas manos en un plato. Tengo ahora intenciones de poner en práctica mi sistema por un año, y si al final de ese término no está mejor que ahora, me daré por vencido y la pasare a cualquier otro. Creo que es lo más justo.

-Dentro de un año no estará aquí la pobrecita, de modo que ninguno de nosotros debe arredrarse por responsabilidades futuras -dijo la tía Myra, doblando sus guantes negros como si ya los preparase para el entierro.

-¡ Dios mío, Myra, tú eres capaz de agotar la paciencia de un santo ! -exclamó el doctor Alec con ojos que lanzaban chispas-. Con tus cacareos vas a asustar a esa chica, porque es una criatura impresionable y su imaginación le pintará horrores inenarrables. Ya le has metido en la cabeza que su constitución es débil y parece haberse aficionado a la idea. Si no hubiera sido bastante fuerte, habría bordeado la tumba a estas horas, con todo lo que tú le has machacado los sentidos. No acepto intromisiones ; quiero que lo entiendas bien. De modo que te desentiendes de ella y me dejas que siga hasta que necesite ayuda, que ya entonces te llamaré.

-¡Óiganlo, óiganlo! -dijo desde su rincón el tío Mac, al parecer dormido por completo.

-Te han designado tutor, de modo que no podemos decir nada -expresó a su vez Juana con huraño gesto-; pero estoy por asegurarte que vas a echar a perder a la chica por completo.

-Gracias, hermana; pero sospecho que si una mujer puede criar dos hijos con tanta perfección como tú has criado a los tuyos, un hombre, dedicándose de lleno, puede hacer otro tanto con una chica -replicó el doctor Alec, cuyas miradas burlonas estuvieron por hacer reír a los demás, pues era bien sabido en la familia que los hijos de Juana tenían más mimos que todos los otros juntos.

-Estoy muy tranquila -dijo la tía Clara-, pues tengo la certeza de que Alec mejorará la salud de la niña; y cuando haya concluído su año de cuidados, estará a tiempo de ir a la escuela de Madame Roccabella y completar su educación -y mientras pronunció las últimas palabras, la anciana se arregló los rizos y pensó, con lánguida satisfacción, en la alegría de ver a su sobrina convertida en toda una señorita.

-Presumo que te quedarás aquí, a menos que se te dé por casarte, y por cierto que sería hora -opinó la tía Juana, muy ofendida por la última pulla de su hermano.

-No, gracias. Vamos a fumar un cigarro, Mac -dijo el doctor Alec con brusquedad.

-No te cases; tenemos bastantes mujeres en la familia -musitó el tío Mac, y los dos hombres desaparecieron prestamente.

-La tía Paz quisiera verlas a todas -dijo de pronto Rosa, portadora de este mensaje, sin darles tiempo a reanudar la conversación.

-¡Oh! ¡ Oh! ¡ Válgame el cielo! -murmuró la tía Myra, y la sombra siniestra de su gorro cayó sobre Rosa, al tiempo que las puntas de un guante negro le rozaron las mejillas, encendidas de color ante el asedio de tantas miradas.

-Me alegra que estos rizos sean naturales -dijo la tía Clara, inclinando la cabeza para ver mejor-. Con el tiempo tendrán un valor incalculable.

-Ahora que el tío ha venido, no te pido que repases las lecciones del año pasado. Sospecho que tendrás que dedicar todo el tiempo a frívolos deportes -añadió la tía Juana, saliendo del cuarto con aire de mártir.

La tía Jessie no dijo ni una palabra, concretándose a besar a su sobrinita con expresión de tierna simpatía que dio motivo a que Rosa se aferrase a ella durante un minuto, y la siguiera con ojos que expresaban gratitud cuando cerró la puerta tras de sí.

Una vez que todos desaparecieron, el doctor Alec recorrió a grandes pasos el vestíbulo durante una hora, a la luz vacilante del crepúsculo, tan concentrado en sus pensamientos que a veces fruncía el ceño y más de una vez penetró en el estudio oscuro y permaneció inmóvil. De pronto dijo en voz alta, como si acabara de tomar una determinación

-Lo mejor será empezar en seguida y dar a la chica algo nuevo en que pensar, pues los recelos de Myra y las conferencias de Juana la van a dejar más mustia que una pasa.

Revolviendo en uno de los baúles del rincón, extrajo un almohadón de seda con preciosos bordados y una hermosa taza de madera oscura tallada.

-Por ahora esto vendrá bien -dijo, mientras sacudía el almohadón y limpiaba el polvo de la taza.

No es buena idea de empezar demasiado enérgicamente, porque Rosa puede