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Libro Quinto

LIBRO QUINTO

El vuelo nupcial.

I

Veamos ahora cómo se produce la fecundación de la reina abeja.

En esto, también, la Naturaleza, ha tomado medidas extraordinarias para favorecer la unión de machos y hembras nacidos de castas diferentes; ley extraña que nada la obligaba a establecer, capricho o quizá inadvertencia inicial cuya corrección gasta las fuerzas más maravillosas de su actividad.

Es probable que si hubiera empleado en asegurar la vida, atenuar el sufrimiento, dulcificar la muerte, alejar las casualidades horribles, la mitad del genio que prodiga en torno de la fecundación cruzada y de algunos otros deseos arbitrarios, el Universo nos hubiera ofrecido un enigma menos incomprensible, menos lastimoso que el que tratamos de penetrar. Pero no en lo que hubiera podido ser, sino en lo que es, conviene beber nuestra conciencia y el interés que hacia la vida tenemos.

En torno de la reina virginal, y viviendo con ella entre la muchedumbre de la colmena, se agitan centenares de machos exuberantes, siempre ebrios de miel, cuya única razón de ser es un acto de amor.

Pero, a pesar del contacto incesante de dos inquietudes que en todas partes derriban todos los obstáculos, la unión nunca se opera en la colmena, y jamás se ha logrado fecundar una reina cautiva*. Los amantes que la rodean ignoran lo que ella es mientras permanece en medio de ellos. Sin sospechar que acaban de dejarla, que dormían con ella sobre los mismos panales, que quizá la hayan atropellado en su salida impetuosa, van a pedirla al espacio, en los ámbitos más recónditos del horizonte. Diríase que los ojos admirables, que adornan su cabeza entera como un casco flamígero, no la conocen ni la desean sino cuando se ciernen en el azul del cielo. Todos los días, de las once a las tres, cuando la luz está en todo su esplendor, y sobre todo cuando el Mediodía despliega hasta los confines del cielo sus grandes alas azules para atizar las llamas, del sol, su horda emponchada se lanza en busca de la espesa que en leyenda alguna de princesas inaccesibles, puesto que veinte o treinta tribus la rodean, acudidas de todas las ciudades del contorno, para formarlo un cortejo de más de diez mil pretendientes, y puesto que uno solo, entre esos diez mil, será el elegido para un único beso de un solo minuto, que lo desposará con la muerte al mismo tiempo que con la dicha, mientras los demás vuelan, inútiles, en torno de la enlazada pareja, y perecerán bien pronto, sin volver a ver la aparición prestigiosa y fatal.

*El profesor Mc Lain ha logrado hace poco fecundar artificialmente algunas reinas, pero mereced a una verdadera operación quirúrgica, delicada y complicada. Además la fecundación de dichas reinas fue limitada y efímera.

II

No exagero esta sorprendente y loca prodigalidad de la Naturaleza.

En las mejores colmenas cuéntanse por lo general de cuatrocientos a quinientos machos. En las degeneradas o más débiles, se encuentran a menudo cuatro y cinco mil, porque cuanto más se acerca una colmena a la ruina más machos produce. Puede decirse, tomando un término medio, que un colmenar compuesto de diez colonias, disemina por los aires, en un momento dado, un pueblo de diez mil zánganos, de los que sólo diez o quince tendrán la fortuna de realizar el único acto para el que han nacido.

Entretanto agotan las provisiones de la ciudad, el trabajo de cinco o seis obreras apenas basta para alimentar la ociosidad voraz y glotonería de cada uno de esos parásitos, que lo único infatigable que tienen es la boca. Pero la Naturaleza siempre es magnífica cuando se trata de las funciones y de los privilegios del amor. Sólo mezquina los órganos e instrumentos de trabajo. Es especialmente agria con todo lo que los hombres han llamado virtud. En cambio no se detiene a contar ni las joyas ni los favores que siembra en el camino de los amantes que menos interés ofrecen. Por todas partes grita: «Unías, multiplicas, no hay otra ley, no hay otro objeto que el amor», aunque sea para agregar en voz baja: «Y durada después, si podéis, que eso a mí no me incumbe ya.» Por más que se haga, por más que, se quiera otra cosa,, en todas partes se tropieza, con esta moral tan distinta de la nuestra. Considerad otra vez, en esos mismos pequeños seres, su avaricia injusta y su fausto insensato. Desde, que nace hasta, que muere, la austera recolectora tiene que ir allá lejos, a la más intrincada maleza, en busca de las flores que se ocultan. Debe descubrir en los laberintos de los nectarios, en las sendas secretas de las anteras, la escondida miel y el oculto polen. Sin embargo, sus ojos, sus órganos olfatorios, son ojos, órganos de inválido junto a los de los machos. Aunque éstos fueran casi ciegos y estuviesen privados de olfato no sufrirían nada, apenas si comprenderían.

No tienen nada que hacer, ninguna presa que perseguir. Se les ofrece el alimento preparado va, y pasan la vida sorbiendo miel de los mismos panales, en la obscuridad de la colmena. Pero son los agentes del amor y a los dones más enormes y más inútiles se arrojan a manos llenas en el abismo del porvenir. Uno entre mil de ellos tendrá que descubrir, una vez en la vida, en lo profundo del azul del cielo, la presencia de la virgen real. Uno entre mil tendrá que seguir un instante por el espacio, la pista de la hembra que no trata de escapar. Basta con eso. La potencia parcial ha abierto hasta el extremo, hasta el delirio sus inauditos tesoros. A cada uno de esos amantes improbables, de los que novecientos noventa y nueve serán asesinados pocos días después de las bodas del milésimo, la Naturaleza le ha dado trece mil ojos de cada lado de la cabeza, cuando la obrera sólo tiene seis mil. Ha provisto sus antenas, según los cálculos de Cheshire, con treinta y siete mil ochocientas cavidades olfatorias, cuando la obrera no posee más que cinco mil. He ahí un ejemplo de la desproporción que se observa en todas partes poco más o menos lo mismo, entre los dones que acuerda al amor y los que regatea al trabajo, entre, el favor que, esparce sobre lo que da vuelo a la vida en un placer, y la indiferencia en que, abandona a quien se mantiene pacientemente en el afán. El que quisiera pintar con verdad el carácter de la Naturaleza, de acuerdo con esta clase de rasgos, haría de ella una figura extraordinaria, sin relación alguna con nuestro ideal que, sin embargo, debe proceder de ella también. Pero el hombre ignora demasiadas cosas para que pueda emprender ese retrato, en el que sólo acertaría a dibujar una gran sombra con dos o tres puntitos de indecisa luz.

III

Bien pocos, según creo, han violado el secreto dé las bodas de la reina abeja, que se realizan en los pliegues infinitos y deslumbrantes de un hermoso cielo. Pero es posible sorprender la partida vacilante de la novia, y el regreso mortífero de la desposada.

A pesar de su impaciencia, la soberana elige un día y una hora, y aguarda a la sombra de las puertas que una maravillosa mañana se extienda por el espacio nupcial, desde el fondo de las grandes urnas nacaradas. Prefiere el momento en que un poco de rocío humedece todavía con un recuerdo las hojas y las flores, en que la postrer frescura del alba desfalleciste lucha en su derrota con el ardor del día como una virgen desnuda en brazos de un robusto guerrero, en que el silencio y las rosas del mediodía que se acercan, dejan brotar todavía aquí y allí algún perfume de las violetas de la mañana, algún grito transparente de la aurora.

Aparece entonces en el umbral, en mediodía la indiferencia de las recolectoras que atienden a sus quehaceres, o rodeada de obreras enajenadas, según que deje o no deje hermanas en la colmena, o que, no sea posible reemplazarla. Tiende el vuelo retrocediendo, vuelve dos o tres veces a la tablita de arribo, y cuando ha señalado en su memoria el aspecto Y la posición exacta de su reino, que jamás había visto desde fuera, parte como tina flecha hacia el cenit. Así llega a las alturas, a una zona luminosa, que las demás abejas no afrontan en época alguna de su vida. A lo lejos, en torno de las flores en que flota su pereza, los machos han notado la aparición y aspirado el perfume magnético que se esparce de ámbito en ámbito hasta los vecinos colmenares. Inmediatamente las hordas se reúnen y se sumergen, siguiéndola, en el mar de júbilo cuyos límpidos límites van ensanchándose. Ella, ebria con sus alas y obedeciendo a la magnifica ley de la especie que le elige amante y quiere que sólo el más fuerte la alcance en la soledad del éter, sube, y sube, y el aire azul de la mañana se engolfa por primera vez en sus estigmas abdominales, y canta como la sangre del cielo en las mil raicillas ligadas a los dos sacos de la tráquea que ocupan la mitad de su cuerpo y se alimentan de espacio. Y sigue subiendo. Tiene que llegar a una región desierta ya no frecuentada por los pájaros que podrían perturbar el Misterio. Sube y sube, y ya la tropa desigual disminuye y se desgrana tras ella. Los débiles, los delicados, los viejos, los degenerados, los mal alimentados de las ciudades inactivas o pobres, renuncian a la persecución y desaparecen en el vacío. Ya sólo queda suspendido, en el ópalo infinito, un pequeño grupo infatigable. La reina pide un postrer esfuerzo a sus alas, y he ahí que el elegido de las fuerzas incomprensibles la alcanza, la ase, la penetra, y arrastrado por doble impulso, la espiral ascendente de su vuelo entrelazado, gira durante un segundo como un torbellino en el delirio hostil del amor.

IV

La mayoría de los seres tiene la idea confusa de que un azar muy precario, una especie de membrana transparente, separa la muerte del amor, y que el pensamiento profundo de la Naturaleza quiere que se muera en el momento en que se transmite la vida. Ese temor hereditario es probablemente lo que da tanta importancia al amor. Aquí, por lo menos, se realiza en toda su primitiva, sencillez esa idea cuyo recuerdo se cierne aún sobre el beso de los hombres. Apenas se ha realizado la unión, el vientre del macho se entreabre, el órgano se desprende arrastrando consigo la masa de las entrañas, las alas se cierran, y fulminado por el relámpago nupcial, el cuerpo vacío gira y cae en el abismo.

El mismo pensamiento que, hace poco, en la partenogénesis, sacrificaba el porvenir de la colmena a la multiplicación insólita, de los machos, sacrifica aquí el macho al porvenir de la colmena.

Este pensamiento asombra siempre; cuanto más se le interroga más disminuyen las certidumbres, y Darwin por ejemplo, para citar al que, entre todos los hombres: lo ha estudiado más apasionada y más metódicamente, Darwin, sin confesárselo por completo, pierde la serenidad a cada paso y se vuelva atrás ante lo inesperado y lo inconciliable.

Vedle si queréis asistir al espectáculo noblemente humillante del genio del hombre en lucha con la potencia infinita vedle tratar de discernir las leyes extrañas, increíblemente misteriosas o incoherentes de la esterilidad y la fecundidad de los híbridos, o las de la variabilidad de los caracteres específicos y genéricos. Apenas ha formulado un principio cuando lo asaltan innumerables excepciones, y muy pronto el principio, abrumado, se considera dichoso si encuentra asilo en un rincón, y conserva, a título de excepción, un pobre resto de existencia.

Es que en la hibridez, en la variabilidad (especialmente en las variaciones simultáneas, llamadas correlación de crecimiento) en el instinto, en los procedimientos de la competencia vital, en la selección, en la sucesión geológica y en la distribución geográfica de los seres organizados, en las afinidades mutuas, como en todo lo demás, el pensamiento de la Naturaleza es rebuscador y negligente, económico y derrochador, previsor y distraído, inconstante e inquebrantable, ágil e inmóvil, uno e innumerable, grandioso y mezquino en el mismo momento y en el mismo fenómeno. Tenía delante el campo inmenso y virgen de la sencillez, y lo puebla de pequeños errores, de pequeñas leyes contradictorias, de pequeños problemas difíciles que se extravían en la existencia como rebaños ciegos. Verdad es que todo esto pasa dentro de nuestro ojo, que sólo refleja una realidad apropiada a nuestra talla y a nuestras necesidades, y que nada nos autoriza a creer que la Naturaleza pierde de vista sus causas y sus resultados extraviados.

En todo caso, raro es que les permita ir demasiado lejos, acercarse a las regiones lógicas y peligrosas. Dispone de dos fuerzas que siempre tienen razón, y cuando los fenómenos ultrapasan ciertos límites, hace señas a la vida o á, la inerte, que acuden a restablecer el orden y trazar el camino con indiferencia.

V

Por todas partes nos escapa, desconoce la mayoría de nuestras reglas y hace pedazos todas nuestras medidas. A nuestra derecha está muy por debajo de nuestro pensamiento, pero he aquí que a la izquierda lo domina bruscamente como una montaña. En todo momento parece que se engaña, tanto en el mundo de sus primeros experimentos como en el de los últimos, quiero decir en el mundo del hombre. Sanciona en él el instinto de la masa obscura, la injusticia- inconsciente del número, la derrota de la inteligencia y de la virtud, la moral sin elevación que guía a la gran ola de la especie, y que es manifiestamente inferior a la moral que puede, concebir y desear el espíritu agregado a la pequeña ola más clara que remonta el río. Sin embargo, ¿no está bien que ese mismo espíritu se pregunte hoy si su deber no es buscar toda la verdad y por consiguiente tanto las verdades morales como las demás, dentro de esos casos, mejor que dentro de sí mismo, en que parecen relativamente tan claras y precisas?

No piensa en negar la razón y la virtud de su ideal consagrado por tantos héroes y sabios, pero a veces se dice que ese ideal puede haberse formado demasiado aparte de la masa enorme cuya belleza difusa pretende representar. Hasta aquí ha podido temer, con derecho, que adaptando su moral a la de la Naturaleza, aniquilaría lo que le parece la obra maestra de la Naturaleza misma. Pero, ahora que conoce algo mejor a ésta, ahora que algunas respuestas todavía obscuras pero de imprevista amplitud, le han hecho entrever un plan y una inteligencia más vastos que cuanto podía imaginar encerrándose en sí mismo, tiene menos temor, no siente tan imperiosamente la necesidad de su refugio de virtud y de razón particulares. Juzga, que lo que es tan grande, no podría enseñar a disminuirse. Desearía saber si no ha llegado el momento de someter a examen más juicioso sus principios, sus certidumbres y sus ensueños.

No piensa, lo repito, en abandonar su ideal humano. Lo mismo que en un principio lo disuade de ese ideal, le enseña a volver a él. La Naturaleza no podría dar malos consejos a un espíritu, para quien toda verdad, que no sea por lo menos tan alta como la verdad de su propio deseo, no parece lo bastante elevada para ser definitiva y digna del grandioso plan que se esfuerza por abarcar. Nada. cambia de sitio en su vida supo para subir con él y por mucho tiempo aún se dirá que sube, mientras se acerque a la antigua imagen del bien. Pero todo en su pensamiento se transforma con mayor libertad, y puede descender impunemente en su contemplación apasionada hasta amar, tanto como si fueran virtudes, las contradicciones más crueles y más inmorales de la vida, porque, tiene el presentimiento de que una multitud de valles sucesivos conducen a la meseta que espera. Esta contemplación y este amor no impiden que, buscando la certidumbre y aun cuando sus investigaciones lo lleven a lo opuesto de lo que ama, organice su conducta sobre la verdad más humanamente bella y se atenga a lo provisional más elevado. Todo lo que aumenta, la virtud bienhechora entra inmediatamente en su vida; todo lo que la empequeñecería queda en suspenso, como esas sales insolubles que no se como verán sino en el instante del experimento decisivo. Puede aceptar una verdad inferior, pero para obrar de acuerdo con esa verdad, aguardará, durante siglos si es necesario, a ver la relación que esa verdad debe tener con verdades lo bastante infinitas pasar a todas las demás.

En una palabra, separa el orden moral del orden intelectual, y sólo admite en el primero lo que sea más grande y más hermoso que antes.

Y si es vituperable separar estos dos órdenes, como se hace sobrado a menudo en la vida, para obrar menos bien de lo que se piensa; ver lo peor y seguir lo mejor, tender su acción por arriba de la idea, es siempre razonable y saludable, porque la experiencia humana nos permite esperar con mayor claridad cada día, que el pensamiento más elevado a que podamos alcanzar estará durante mucho tiempo aún por debajo de la misteriosa verdad que buscamos. Además, aunque nada de lo que antecede fuera verdad, siempre lo quedaría, la razón simple y natural para no abandonar todavía su ideal humano. Cuanta mayor fuerza se acuerda a las leyes que parecen proponer el ejemplo del egoísmo, de la injusticia Y de la crueldad, mayor se le da también, al mismo tiempo, a las que aconsejan la generosidad, la piedad, la justicia, porque desde el momento en que comienza a igualar y proporcionar metódicamente las partes que ha atribuido al Universo y a sí mismo, encuentra en estas últimas leyes algo tan profunda mente natural como en las primeras, desde que están inscriptas tan profundamente en él como las otras en todo cuanto le rodea.

VI

Remontémonos a las bodas trágicas de la reina. En el ejemplo que nos ocupa, la Naturaleza quiere, pues, en vista de la fecundación cruzada, que la unión del zángano y la reina abeja, sólo sea posible en pleno cielo. Pero sus deseos se mezclan como los hilos de una red, y sus leyes más caras tienen que, pasar sin tregua a través de las mallas de otras leyes, las que, un instante después, deberán pasar a su vez por entro las mallas de las primeras.

Habiendo poblado ese mismo cielo de innumerables peligros, vientos fríos, corrientes borrascas, vértigos, pájaros, insectos, gotas de agua que obedecen también a leyes invencibles, necesario es que tome sus medidas para que esa unión sea lo más breve posible. Lo es, gracias a la muerte fulminante del macho. Un abrazo basta, y la continuación del himeneo se realiza en el seno mismo de la esposa.

Desde las azuladas alturas baja ésta a la colmena mientras palpitan tras ella, como oriflamas, las desplegadas entrañas del amante.

Algunos apidólogos pretenden que ante este regreso lleno de promesas, las obreras manifiestan inmenso júbilo. Büchner, entre otros, pinta detalladamente el cuadro. He espiado muchas veces esos regresos nupciales y confieso que sin comprobar agitación insólita, alguna, fuera de los casos en que se trataba de una joven reina salida de un enjambre y que representaba la única esperanza de la ciudad recientemente fundada, y todavía desierta. Entonces todas las trabajadoras, enajenadas, se precipitan a su encuentro. Pero, por lo común, y aunque el peligro, que corre el porvenir de la nación sea a menudo muy grande, parece como que lo olvidaran. Todo lo habían previsto hasta el instante en que permitieron la matanza de las reinas rivales. Pero, llegadas ahí, su instinto se detiene; en su prudencia aparece una laguna.

Se las diría, pues, indiferentes. Alzan la cabeza, reconocen quizá el mortífero testimonio de la fecundación, pero, todavía recelosas, no manifiestan la alegría que, nuestra imaginación aguardaba. Positivas y lentas para la ilusión, esperan probablemente otras pruebas antes de regocijarse. No hay razón para tratar de hacer más lógicos y de humanizar hasta el extremo a esos pequeños seres tan diferentes de nosotros.

Con las abejas, como con los demás animales que llevan consigo un reflejo de nuestra inteligencia, rara vez se arriba a resultados tan precisos como los: que se describen en los libros. Demasiadas circunstancias permanecen desconocidas. ¿Por qué mostrarlas más perfectas de lo que son, diciendo lo que no es? Si algunos consideran que serían más interesantes si fuesen iguales a nosotros, es porque todavía no se forman una idea exacta de lo que debe despertar el interés de un espíritu sincero. El objeto del observador no es asombrar sino comprender, y tan curioso es señalar sencillamente las lagunas de una, inteligencia y todos los indicios de un régimen cerebral que difiere del nuestro, como relatar maravillas.

Sin embargo, la indiferencia no es unánime, y cuando la reina sofocada llega a la tablita de arribo, fórmanse algunos grupos que la acompañan al interior, en que el sol, héroe de todas las fiestas de la colmena, penetra con pasos temerosos y empapa en sombra y azul las paredes de cera y las cortinas de miel. Por otra parte, la recién casada no se turba más que, su pueblo, no hay cabida para numerosas emociones en su estrecho cerebro de reina práctica y cruel. No tiene más que una preocupación: librarse lo más pronto posible de los recuerdos importunos del esposo que dificultan sus movimientos. Se sienta, en el umbral y arranca, con cuidado los órganos inútiles que las obreras van llevando para tirarlos lejos de allí; porque el macho le ha dado cuanto poseía y mucho más de lo necesario. Ella no conserva en su espermateca más que el líquido seminal donde nadan los millones de gérmenes que, hasta el día de su muerte, bajarán uno por uno al paso de los huevecillos, a realizar en la sombra de su cuerpo la unión misteriosa del elemento macho y hembra de que nacerán las obreras. Por un curioso cambio, ella, es la que suministra el principio masculino, y el macho el principio femenino. Dos días después del ayuntamiento, la reina pone los primeros huevos, y al punto el pueblo la rodea de minuciosos cuidados.

Desde entonces, dotada de doble sexo, encerrando en su ser un inagotable padre, comienza su verdadera vida, no sale ya de la colmena, no vuelve a ver la luz, si no es para acompañar a algún enjambre, y su fecundidad no se detiene sino al acercarse la muerte.

VII

Prodigiosas bodas, las más mágicas que podamos soñar, celestiales y trágicas, arrastradas por el arrebato del deseo más arriba de la vida, fulminantes e imperecederas, únicas y deslumbrantes, solitarias e infinitas. Admirables embriagueces en que la muerte sobrevenida en lo más límpido y bello que haya en torno de esta esfera: el espacio virginal y sin límite, se fija en la transparencia augusta del tendido cielo el instante de la felicidad, purifica en la luz inmaculada la parte, de bajeza que, tiene siempre el amor, hace inolvidable el beso, y contentándose esta vez con un diezmo indulgente, toma con sus propias manos, en estos instantes maternales, el cuidado de introducir y unir en un solo cuerpo y para un largo porvenir inseparable, dos pequeñas y frágiles vidas.

La verdad recóndito, no tiene esta poesía, tiene otra que somos menos a tos para comprender, pero que quizá acabemos por entender y amar. La Naturaleza no se ha preocupado de procurar, a esas dos abreviaturas de átomo como las llamaba Pascal, un matrimonio deslumbrante, un ideal minuto de amor. No ha tenido en vista ya lo habíamos dicho, más que el mejoramiento de la especie, por la fecundación cruzada.

Para garantizarla, ha dispuesto el órgano del macho de una manera tan especial, que le es imposible hacer uso de él en otra parte que en el espacio. Es menester, primero, que dilato por medio de un vuelo prolongado sus dos grandes sacos de la tráquea. Esas enormes redomas que se hartan de cielo, empujan entonces las partes inferiores del abdomen y permiten la aparición del órgano. Tal es todo el secreto fisiológico, bastante, vulgar dirán algunos, casi enojoso afirmarán los demás, del admirable vuelo de los amantes, de la deslumbradora persecución de estas bodas magníficas.

VIII

Y nosotros -se pregunta un poeta- ¿tendremos entonces que regocijarnos siempre con la verdad?

Sí, a cada instante, con todos los motivos, en todas las cosas, regocijémonos, pero no con la verdad, lo que es imposible, puesto que ignoramos dónde se encuentra, sino con las pequeñas verdades que entrevemos. Si alguna casualidad, algún recuerdo, alguna pasión, un motivo cualquiera en una palabra, hace que un objeto se muestre a nosotros más hermoso que a los demás, que ese motivo nos sea grato.

Quizá no sea más que error: el error no impide que, cuando el objeto nos parece más admirable, sea precisamente el momento en que tenemos más probabilidades de vislumbrar su verdad. La belleza que le atribuimos dirige nuestra atención a su hermosura y su grandeza reales, que no son fáciles de descubrir y se encuentran en las relaciones necesarias de todo objeto con leyes, con fuerzas generales y eternas. La facultad de admirar que hayamos hecho nacer a propósito de una ilusión, no se perderá para la verdad que ha de llegar tarde o temprano.

Con palabras, con sentimientos, con el calor desarrollado por antiguas bellezas imaginarias, la humanidad acoge hoy verdades que quizá no hubieran nacido ni hubieran podido encontrar medio propicio si esas sacrificadas ilusiones no hubiesen comenzado por habitar y confortar el corazón y la razón a que las verdades van a descender. ¡Felices los ojos que no necesitan de la ilusión para ver que el espectáculo es grande!

La ilusión es la que enseña a los demás a contemplar, admirar, y regocijarse, y por alto que miren, nunca mirarán demasiado arriba. Al acercarse a la verdad se eleva; al admirarla, uno se le aproxima. Y por alto que se regocijen, nunca se regocijarán en el vacío ni más arriba de la verdad ignota y eterna, que es, por encima de todas las cosas, como la belleza en suspenso.

IX

¿Quiere esto decir que debemos apegarnos a las mentiras, a una poesía voluntaria o ideal, y que, a falta de algo mejor, sólo nos regocijaremos con ellas? ¿Quiere esto decir que en el ejemplo que tenemos ante los ojos no es nada en sí, pero nos detenemos en él porque representa otros mil y toda nuestra actitud frente a diversos órdenes de verdades, quiere esto decir que en este ejemplo descuidaremos la explicación fisiológica para saborear sólo la emoción de este «vuelo nupcial» que, cualquiera que sea su causa, es uno de los más bellos, actos líricos de la fuerza repentinamente desinteresada e irresistible a que obedecen todos los seres vivientes y que se llama el amor? Nada sería más pueril, nada más imposible, gracias a las excelentes costumbres que han tomado hoy todos los espíritus de buena fe.

Admitimos evidentemente el simple hecho de la aparición del órgano de la abeja macho, que no puede ocurrir sino a consecuencia de la hinchazón de las vesículas de la tráquea, porque el indiscutible, Pero si nos contentáramos con ello si no miráramos más allá, si indujéramos de ahí que todo pensamiento que va demasiado lejos y demasiado alto se equivoca necesariamente y que la verdad se encuentra siempre en el detalle material; si no buscáramos, donde quiera que sea, en incertidumbres a menudo más vastas que las que nos ha obligado a abandonar una pequeña explicación, por ejemplo en el extraño misterio de la fecundación cruzada, en la perpetuidad de la especie y de la vida, en el plan de la Naturaleza; si no buscáramos en ello una continuación de la explicación, una prolongación de belleza y de grandeza en lo desconocido, casi me atrevo a asegurar que pasaríamos la existencia a mucha mayor distancia de la verdad que los mismos que se obstinan ciegamente en la interpretación poética e imaginaria de esas maravillosas bodas. Se engañan evidentemente acerca de la forma o el matiz de la verdad, pero viven mucho mejor que los que se jactaban de tenerla completa entre las manos, bajo su impresión y en su atmósfera. Están preparados para recibirla, hay dentro de ellos un espacio más hospitalario, y si no la ven, tienden por lo menos la mirada hacia el sitio de belleza y grandeza en que es saludable creer que se encuentra.

Ignoramos el fin de la Naturaleza, que para nosotros es la verdad dominadora de todas las demás. Pero, por el tenor mismo de esa verdad, para mantener en nuestra alma el ardor de su investigación, es necesario que la creamos grande. Y si un día tenemos que reconocer que nos hemos extraviado, que es pequeña e incoherente, descubriremos su pequeñez gracias a la animación que nos había dado su presunta grandeza, y cuando esa pequeñez sea indudable, ella misma nos enseñará lo que debemos hacer. Entretanto, para correr en su busca no es exagerado poner en movimiento todo cuanto de más poderoso y audaz posean nuestra razón y nuestro corazón. Y aun cuando la última palabra resultara miserable y mezquina, no sería poco haber puesto en claro la pequeñez y la inutilidad del objeto de la Naturaleza.

X

«Todavía no hay verdad para nosotros» declame uno de los grandes fisiólogos de esta época, mientras nos paseábamos por la campiña; todavía no hay verdad, pero por todas partes hay muy buenas apariencias de verdad. Cada cual hace su elección o más bien la admite, y esa elección que admite o que hace a menudo sin reflexionar y a la que se ciñe, determina la forma y la conducta de todo cuanto penetra en él. El amigo con quien nos encontramos, la mujer que se adelanta sonriendo, el amor que entreabre nuestro corazón, la muerte o la tristeza que lo cierran, este cielo de septiembre que contemplamos, este jardín soberbio y encantador en que se ve como en la Psyché de Corneille, canastillos de follaje sostenidos por términos dorados, el rebaño que pace y el pastor dormido, las últimas casas de la aldea, el Océano vislumbrado entre los árboles, todo se inclina o se yergue, todo se adorna se desnuda antes de entrar en nosotros, de acuerdo con la pequeña señal que le hace nuestra elección. Aprendamos a elegir la apariencia. En el ocaso de una vida en que tanto he buscado la verdad en detalle y la causa física, comienzo a amar, no lo que aleja, de ellas, sino lo que las precede y sobre todo lo que las ultrapasa un poco. Habíamos llegado a lo alto de una meseta de la comarca de Caux, en Normandía, ondulada y flexible como un parque inglés, pero un parque natural y sin límites.

Aquel es uno de los escasos puntos del globo en que la campiña se ostenta completamente sana, de un verde sin desfallecimiento. Algo más al Norte, la aspereza la amenaza; algo más al Sur, el sol la fatiga y la tuesta. Al extremo de un llano que se extendía, hasta el mar, varios campesinos levantaban una hacina.

Mire usted - me dijo - vistos desde aquí, esos campesinos son hermosos. Están construyendo algo tan sencillo y tan importante, que es, por excelencia, el monumento feliz y casi invariable, de la vida humana que se fija: una hacina de trigo. La distancia, el aire de la tarde, hacen de sus gritos de alegría una especie de cántico sin palabras que contesta al noble cántico del follaje que habla sobre nuestras cabezas.

Encima de ellos, el cielo está magnifico, como si espíritus benéficos, provistos, de palmas de fuego, hubieran barrido toda la luz hacia el lado de la hacina, para alumbrar más largo tiempo el trabajo. Y la huella de las palmas ha quedado en el azul. Mire usted la humilde iglesia que los domina y los vigila, en mitad de la cuesta, entre los redondeados tilos y el césped del cementerio familiar que contempla el océano natal. Elevan armoniosamente su monumento de vida bajo los monumentos de sus muertos, que hicieron los mismos ademanes y que no están ausentes.

Abarque usted el conjunto: no hay un solo detalle demasiado especial, demasiado característico, tales como se veían en Inglaterra, en Provenza o en Holanda. Este es el cuadro amplio y lo bastante trivial para ser simbólico, de una vida natural y feliz. Mire usted la euritmia de la existencia humana en esos movimientos útiles. Observe usted el hombre que maneja los caballos, el cuerpo del que tiende el haz de trigo en la horquilla, las mujeres inclinadas sobre las espigas y los niños que juegan... No han apartado una piedra ni movido una palada de tierra para embellecer el paisaje; no dan un paso, no plantan un árbol, no siembran una flor que no sean necesarios. Todo este cuadro no es más que el involuntario resultado del esfuerzo del hombre para subsistir un momento en la Naturaleza, y, sin embargo, aquellos de entre nosotros que no tienen más preocupación que imaginar o crear espectáculos de paz, de gracia o de pensamiento profundo, no han hallado nada más perfecto y acaban sencillamente por pintar o describir esto, cuando quieren representarnos belleza o felicidad. He ahí la primer apariencia, que algunos llaman la verdad.

XI

Acerquémonos ¿Comprende usted el canto que tan bien contestaba al follaje de los grandes árboles? Está compuesto de palabrotas y de injurias, y cuando la risa estalla es porque un hombre o una mujer lanza una obscenidad, o porque se burlan del más débil, del jorobado que no puede levantar su carga, del cojo que hacen rodar por tierra, del idiota que sirve de hazmerreír.

Hace ya muchos años que los observo. Estamos en Normandía; la tierra es fértil y fácil. Hay en torno de esa hacina un poco más de bienestar del que supone en otras partes una escena de este género. Por consiguiente, la mayoría de los hombres son alcoholistas y muchas mujeres también. Otro veneno que no tengo para qué nombrar, corroe también la raza. A él y al alcohol se les deben esos niños que ve usted ahí: ese enano, ese escrofuloso, ese patizambo, ese labio leporino y ese hidrocéfalo. Todos ellos, hombres y mujeres, jóvenes y viejos, tienen los vicios comunes al campesino. Son brutales, hipócritas, mentirosos, rapaces, maldicientes, desconfiados, envidiosos, inclinados a las pequeñas ganancias ilícitas, a las bajas, interpretaciones, a la adulación, al más fuerte. La necesidad los reúne y los obliga a ayudarse, pero el secreto anhelo de todos es hacerse mutuo, daño, apenas puedan hacérselo sin peligro. La desgracia ajena es el único placer serio de la aldea.

Un gran infortunio es en ella objeto, largo tiempo acariciado, de cazurra delectación. Se espían, se celan, se desprecian, se detestan. Mientras son pobres, alimentan contra la dureza y la avaricia de sus amos un odio reconcentrado y terrible, y apenas tienen criados a su vez, aprovechan la experiencia de la servidumbre para sobrepasar la dureza y la avaricia de que fueron víctimas.

Podría presentar el detalle de las mezquindades, rapacerías, tiranías, injusticias, rencores que animan este trabajo bañado de espacio y de paz. No crea usted que la vista de este cielo admirable, del mar que tiende detrás de la iglesia otro cielo más sensible que fluye sobre la tierra como un gran espejo de conciencia y de sabiduría, no crea usted que todo eso los ensanche y los eleve. Nunca lo han mirado. Nada conmueve ni conduce sus pensamientos, fuera de tres o cuatro temores circunscriptos: temor al hambre, temor a la fuerza, a la opinión y la ley, y en la hora de la muerte, el terror del infierno. Para demostrar lo que son, habría que tomarlos uno por uno. Mire usted ese alto, que está a la izquierda, ese de aire jovial, que lanza tan gruesos haces. El verano pasado, sus amigos le rompieron el brazo derecho en una riña de taberna.

Le reduje la fractura, que era peligrosa Y complicada. Le asistí largo tiempo, le di con que vivir mientras no podía volver al trabajo.

Iba todos los días a casa. Aprovechó la circunstancia para hacer correr la voz por la aldea que me había sorprendido en brazos de mi cuñada, y que mi madre se embriagaba. No es perverso y no me odia; al. contrario, observe usted que su rostro se ilumina con una buena y sincera sonrisa en cuanto me ve. Tampoco lo impulsaba el odio social. El campesino no odia al rico; respeta demasiado la riqueza. Pero creo que mi buen gañán no comprendía por qué lo asistía yo sin sacar provecho de ello. Sospecha alguna mala intención, y no quiere ser víctima de ella. Más de uno, más rico o más pobre, había hecho antes que, él lo mismo o peor... No creía mentir al propagar esas invenciones: obedecía a una orden confusa de la moralidad ambiente. Contestaba sin saberlo, y a pesar suyo, por decirlo así, el deseo omnipotente de la malevolencia general... Pero, ¿a qué terminar un cuadro que conocen cuantos han vivido algunos años en el campo? He ahí la segunda apariencia que la mayoría llama la verdad. Es la verdad de la vida necesaria. Es indudable que descansa sobre los hechos más preciosos, sobre los únicos que todo hombre puede observar y comprobar.

XII

Sentémonos sobre estos haces -continuó- y sigamos mirando. No rechacemos ninguno de los hechos de detalle que forman la realidad que he dicho. Dejemos que se alejen por sí mismo en el espacio. Atestan el primer término, pero hay que reconocer que tras ellos hay, una gran fuerza, bien admirable, que sostiene todo el conjunto. ¿Lo sostiene solamente? ¿no lo eleva? Esos hombres que vemos no son ya por entero los animales silvestres de La Bruyére que tenían algo como una voz articulada, y se retiraban por la noche a su cubil, donde vivían de pan negro, agua y raíces ... La raza, me dirá usted, es menos fuerte y menos sana; es posible; el alcohol y el otro azote son accidentes que la humanidad tiene que dejar atrás, son quizá pruebas de las que algunos de nuestros órganos, los órganos nerviosos, por ejemplo, sacarán provecho, porque vemos regularmente que la vida aprovecha de los males que sobrelleva. Por lo demás, cualquier cosa que puede encontrarse mañana bastará para hacerlos inofensivos. No es eso, pues, lo que nos obliga a restringir nuestra mirada. Esos hombres tienen pensamientos que aun no tenían los de La Bruyère.»

-Prefiero la bestia sencilla y desnuda a la odiosa semibestia- murmuré.

-Habla usted así, de acuerdo con la primera apariencia, la de los poetas, que hemos visto ya, -replicó. -No la mezclemos con la que estamos examinando. Esas ideas y esos sentimientos son estrechos y bajos, si usted quiere, pero lo que es pequeño y bajo es ya mejor que lo que no es nada. No se sirven de ellos sino para perjudicarse y persistir en la medianía en que se hallan; pero así sucede muy a menudo en la Naturaleza. Los dones que ésta acuerda no sirven en un principio sino para el mal, para empeorar lo que parecía querer mejorar; pero, al fin de cuentas, de todo ese mal resulta siempre cierto bien. Por otra parte, no me empeño en probar el progreso; según el punto de que se le considere, es algo muy pequeño o muy grande. Hacer un poco menos servil, un poco menos penosa la condición humana, es un punto enorme, es quizá el ideal más seguro; pero, avaluada por el espíritu desprendido un instante de las consecuencias materiales, la distancia que media entre el hombre que marcha a la cabeza del progreso y el que se arrastra ciegamente tras él, no es muy considerable. Entre estos jóvenes rústicos cuyo cerebro sólo frecuentado por ideas informes, hay varios en quienes se halla la posibilidad de alcanzar en poco tiempo al grado de conciencia en que vivimos ambos. Sorprende a menudo el insignificante intervalo que separa la inconsciencia de esta gente, que uno se imagina completa, de la conciencia que se juzga más elevada, pero ¿de qué está formada esta conciencia que nos enorgullece tanto? De mucha más sombra que luz, de mucha más ignorancia adquirida que ciencia, de muchas más cosas que sabemos que hay que renunciar a conocer, que de cosas que conozcamos. Sin embargo, es toda nuestra dignidad, nuestra grandeza más real, y probablemente el fenómeno más sorprendente de este mundo. Ella es la que nos permite levantar la frente ante un principio desconocido y decirle: Te ignoro, pero hay algo en mi que te abarca ya. Quizás me destruyas, pero si no es para, formar con mis despojos un organismo mejor que el mío, te mostrarás inferior a lo que soy, y el silencio que siga a la muerte de la especie a que pertenezco, te hará saber que has sido juzgado. Y si no eres siquiera capaz de preocuparte, de ser justamente juzgado, ¿qué importa tu secreto? No nos empeñamos en penetrarlo. Has producido por casualidad un ser que no tenías cualidades para producir. Fortuna es para él que lo hayas suprimido por una casualidad contraria, antes de que midiera el fondo de tu inconsciencia, fortuna mayor aún no sobrevivir a la serie infinita de tu horrible, experimento. Nada tenía que hacer en un mundo en que su inteligencia no respondía a ninguna inteligencia eterna, en que su deseo de algo mejor no podía arribar a bien real alguno.

Una vez más: el progreso no es necesario para el espectáculo que nos apasiona. Basta el enigma, y ese enigma es tan grande, tiene tanto resplandor misterioso en los campesinos como en nosotros mismos. Se le encuentra en todas partes cuando se sigue la vida hasta su principio omnipotente. De siglo en siglo modificamos el epíteto de ese principio.

Los hubo precisos y consoladores. Debió reconocerse que ese, consuelo y esa precisión eran ilusorios. Pero, que lo llamemos Dios, Providencia, Naturaleza, Casualidad, Vida, Destino, el misterio continúa siendo el mismo, y todo lo que, nos han enseñado millares de años de experiencia, es que le demos un nombre más vasto, más cercano a nosotros más flexible, más dócil a la expectativa y a lo imprevisto. Es el que lleva hoy y por eso nunca pareció más grande. He ahí uno de los numerosos aspectos de la tercera apariencia, y esta es la última verdad.

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La Vida de las Abejas


 


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