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LIBRO SÉPTIMO El progreso de la especie. I Antes de cerrar este libro, como hemos cerrado la colmena sobre el embotado silencio del invierno, quiero levantar una objeción que rara vez dejan de hacer aquellos a quienes se descubre la policía y la industria sorprendente de las abejas. Si murmuran, todo ello es prodigioso pero inmutable. Hace miles de años que viven bajo notables leyes, pero hace miles de años que esas leyes son las mismas. Hace miles de años que construyen esos sorprendentes panales a los que nada se puede quitar ni añadir, y en los que se une, con perfección igual, la ciencia del químico a la del geómetra, del arquitecto y, del ingeniero, pero esos panales son exactamente iguales a los que se encuentran en los sarcófagos o se ven representados en las piedras y los papiros egipcios. Cítesenos un solo hecho que señale el progreso más mínimo, preséntesenos un detalle en que hayan innovado un punto en que hayan modificado su rutina secular: nos inclinaremos entonces, y reconoceremos que no sólo tienen un instinto admirable, sino una inteligencia con derecho a compararse con la del hombre, y a esperar como ella no se sabe, qué destino más alto que el de la materia inconsciente y sumisa. No es sólo el profano quien así habla, sino también entomólogos de la valía de Kirby y Spence, que han usado del mismo argumento para negar a las abejas toda inteligencia que no sea la que se agita vagamente en la estrecha cárcel de un instinto asombroso pero invariable. «Mostradnos -dicen- un solo caso en que, empujadas por las circunstancias, hayan tenido la idea de substituir, por ejemplo, la arcilla o la argamasa a la cera y el propóleos, y convendremos en que son capaces de raciocinar.» Este argumento que Romanes llama The question begging argument y que también podría llamarse «el argumento insaciable » es de los más peligrosos, y aplicado al hombre nos llevaría muy lejos. Bien considerado emana de ese «simple buen sentido» que hace a menudo tanto daño y que, contestaba a Galileo: «No es la tierra la que gira, puesto que veo el sol que marcha por el cielo, remonta por la mañana y desciende por la tarde, y nada puede prevalecer sobre el testimonio de mis ojos.» El buen sentido es excelente y necesario en el fondo de nuestro espíritu, pero con la condición de que lo vigile una inquietud elevada, y le recuerde en caso necesario lo infinito de su ignorancia; de otro modo no es más que la rutina de las partes inferiores de nuestra inteligencia. Pero las mismas abejas han contestado a la objeción de Kirby y Spence. Apenas se había formulado, cuando otro naturalista, Andrew Knight, que había untado con una especie de barniz hecho de cera y trementina la corteza enferma de ciertos árboles, observó que sus abejas renunciaban por completo a cosechar propóleos y no hacían uso sino de aquella materia desconocida, pero inmediatamente probada y adoptada, que hallaban lista ya y en abundancia en los alrededores de su mansión. Por lo demás, la mitad de la ciencia y la práctica apícolas es el arte de dar alas al espíritu de iniciativa de la abeja, procurar a su inteligencia emprendedora la oportunidad de ejercer y hacer verdaderos descubrimientos, verdaderas invenciones. Así, cuando el polen escasea, en las flores y para cooperar a la cría de las larvas y las ninfas que lo consumen en cantidad enorme, los apicultores esparcen harina en las cercanías de la colmena. Es evidente que, en el estado natural en el seno de sus bosques natales o de los valles asiáticos, en que probablemente, vieron la luz en la época terciaria, las abejas no encontraron substancia alguna de ese género. No obstante, si se ha cuidado de «cebar » algunas, poniéndolas sobre la harina esparcida, éstas la palpan, la gustan, reconocen sus cualidades más o menos equivalentes a las del polvillo de las antenas, vuelven a la colmena, anuncian la noticia a sus hermanas, y las recolectoras acuden al punto adonde se halla aquel alimento inesperado e incomprensible, que en su memoria hereditaria debe ser inseparable del cáliz de las flores, donde desde hace tantos siglos su vuelo es tan voluptuosa y tan suntuosamente acogido. II Hace apenas cien años es decir, desde los trabajos de Huber, que se ha comenzado a estudiar seriamente a las abejas y a descubrir las primeras verdades importantes que permiten observarlas con fruto. Hace algo más de cincuenta años que, gracias a los panales y los marcos movibles de Dzlerzon y de Langstroth, se fundó la apicultura racional y práctica y que la colmena ha cesado de ser la inviolable mansión en que todo pasaba en un misterio que no podíamos penetrar sino después de que la muerte lo había convertido en ruinas. Por último, hace apenas cincuenta años que los perfeccionamientos del microscopio y del laboratorio del entomólogo han revelado el secreto preciso de los principales órganos de la obrera, de la madre y de los zánganos. ¿Hay que sorprenderse de que nuestra ciencia sea tan corta como nuestra experiencia? Las abejas viven desde hace millares de años, y nosotros las observamos desde hace diez o doce lustros. Aunque quedara probado, que no ha cambiado nada, en la colmena desde que la abrimos, ¿tendríamos derecho para deducir que nunca se ha modificado nada tampoco antes de que la hubiéramos interrogado? ¿No sabemos, acaso, que en la evolución de una especie, un siglo se pierde como una gota de lluvia en los remolinos de un río, y que sobre la vida de la materia universal los milenarios pasan tan rápidamente como los años en la historia de un pueblo? III Pero no está demostrado que las abejas no hayan variado en nada sus costumbres. Examinándolas sin preocupación anterior, y sin salir del pequeño campo iluminado por nuestra experiencia actual, se hallarán, por el contrario, variaciones muy sensibles. ¿Y quién dirá las que se nos escapan? Un observador que tuviera alrededor de ciento cincuenta veces nuestra altura, y cerca de setecientas mil nuestro volumen -tales son las relaciones de nuestra talla y peso con las de la humilde mosca de miel - que no entendiera nuestro idioma y que estuviese dotado de sentidos completamente distintos de los nuestros, se daría cuenta de que han ocurrido transformaciones materiales bastante curiosas en los dos últimos tercios de este siglo, pero ¿cómo podría formarse una idea de nuestra, evolución moral, social, religiosa, política y económica? Dentro de un instante, la más verosímil de las hipótesis científicas nos permitirá vincular a nuestra abeja doméstica con la gran tribu de los Apianos en que se encuentran probablemente sus antepasados y que comprende todas las abejas silvestres*. Asistiremos entonces a transformaciones fisiológicas, sociales, económicas, industriales, arquitectónicas, más extraordinarias que la de nuestra evolución humana. *He
aquí el lugar que ocupa la abeja en la clasificación científica: Por ahora nos concretaremos a nuestra abeja doméstica propiamente dicha. Cuéntanse alrededor de dieciséis especies suficientemente distintas pero, en el fondo, trátese de la Apis Dorsata, la más grande, o de la Apis Florea, la más pequeña que se conozca, el insecto es exactamente el mismo, más o menos modificado por el clima y las circunstancias a que ha tenido que adaptarse. Todas esas especies no difieren, mucho más entre sí que un inglés de un español o un japonés de un europeo. Limitando de esta manera nuestras primeras observaciones, no consignaremos aquí sino lo que ven nuestros propios ojos y en este mismo instante, sin la ayuda de hipótesis alguna, por verosímil o imperiosa que sea. No pasaremos revista a todos los hechos que se podrían invocar. Rápidamente enumerados, bastará con algunos de los más significativos. IV Y en primer lugar, la mejora más importante y más radical, que en el hombre correspondería a inmensos trabajos: la protección exterior de la comunidad. Las abejas no habitan como nosotros en ciudades a cielo abierto y libradas al capricho del viento y las borrascas, sino en ciudades cubiertas por entero con una envoltura protectora. Ahora bien, en el estado natural y bajo un clima ideal no sucede lo mismo. Si las abejas escucharan solamente el fondo de su instinto, se limitarían a construir sus panales al aire libre. En las Indias, la Apis Dorsata no busca ávidamente los árboles huecos o las grietas de las rocas. El enjambre se cuelga de la horquilla de una rama, y el panal se alarga, la reina pone las provisiones se acumulan sin otro abrigo que los cuerpos mismos de las obreras. A veces se ha visto que nuestra abeja septentrional, engañada por un verano muy suave volvía a ese instinto, y se han encontrado enjambres que vivían de esa manera, al aire libre, en medio de un matorral*. Pero, hasta en las Indias, esta costumbre que parece innata, tiene enojosas consecuencias. Inmoviliza un número tal de obreras, únicamente ocupadas en mantener el calor necesario en torno de las que trabajan la cera y de las que crían los huevecillos que la Apis Dorsata suspendida de las ramas no construye más que un solo panal. * El caso es bastante frecuente entre los enjambres secundarios y terciarios porque son menos experimentados y menos prudentes que el enjambre primario; llevan a su cabeza una reina virgen y versátil, y están casi compuestos por abejas muy jóvenes en quienes el primitivo instinto habla tanto más alto cuanto que todavía ignoran los caprichos y el rigor de nuestro bárbaro cielo. Por lo demás, ninguno de esos enjambres sobrevive a los primeros cierzos del otoño, y van a reunirse con las innumerables víctimas de los lentos y obscuros experimentos de la Naturaleza. Por el contrario, el menor abrigo le permito edificar cuatro, cinco y aun más, y refuerza proporcionalmente la población y la prosperidad de la colonia. De modo que todas las razas de abejas de las regiones frías y templadas, han abandonado casi por completo este método primitivo. Es evidente que la selección natural ha sancionado la iniciativa inteligente del insecto, no dejando que sobrevivan a nuestros inviernos sino las tribus más numerosas y mejor protegidas. Lo que en un principio habla sido solamente una idea contraria al instinto, se ha convertido poco a poco en una costumbre instintiva. Pero no es menos cierto que en un principio fue una idea audaz y probablemente llena de observaciones, de experimentos y de raciocinios, renunciar de ese modo a la amplia luz natural y adorada, para fijarse en las grietas obscuras de un madero o de una caverna. Casi podría decirse que fue tan importante para el destino de la abeja doméstica, como la invención del fuego para el del género humano. V Después de este gran progreso, que aun siendo antiguo y hereditario es sin embargo actual, encontramos una multitud de detalles infinitamente variables, que nos prueban que la industria y la política misma de la colmena no están fijadas en fórmulas inquebrantables. Acabamos de hablar de la substitución inteligente del polen por la harina y del propóleos por el barniz artificial. Hemos visto con cuánta habilidad saben adecuar a sus necesidades las moradas, desconcertantes a veces, en que se las introduce. Hemos visto también con qué destreza, inmediata y sorprendente han sacado partido de los panales de cera estampada, que se les ofreció. Aquí, la utilización ingeniosa de un fenómeno milagrosamente feliz pero incompleto, es absolutamente extraordinaria. A la verdad, han comprendido al hombre a media palabra. Figuraos que desde siglos atrás construyéramos nuestras ciudades, no con piedras, cal y ladrillos, sino por medio de una substancia maleable, penosamente secretada por órganos especiales de nuestro cuerpo. Cierto día, un ser omnipotente nos deposita en el seno de una fabulosa ciudad. Reconocemos que está construida con una substancia igual a la que secretamos, pero en cuanto a todo lo demás es, un sueño cuya lógica misma, una lógica deformada y como reducida, y concentrada, es más desconcertante que la misma incoherencia. Vese en ella nuestro plan ordinario, todo se encuentra en ella de acuerdo con lo que esperábamos, pero en germen, y por decirlo así, aplastado por una fuerza prenatal que lo ha detenido en esbozo e impedido que se desarrolle. Las casas que deben tener cuatro o cinco metros de alto, forman pequeñas elevaciones que nuestras dos manos pueden cubrir. Millares de paredes están trazadas por un rasgo, que encierra a la vez su contorno y la material con que se construirán. En otros puntos hay irregularidades que será necesario rectificar, abismos que tendrán que llenarse y relacionar armoniosamente con el conjunto, vastas superficies bamboleantes que será menester apuntalar. Porque la obra es inesperada pero trunca y peligrosa. Fue concebida, por una inteligencia, soberana que ha adivinado la mayor parte de nuestros deseos, pero que molestada por su misma enormidad, no pudo realizarla sino muy groseramente. Trátase, pues, de organizar todo aquello, de sacar partido de las menores intenciones del sobrenatural donante, de edificar en pocos días lo que por lo común ocupa años enteros, de renunciar a costumbres orgánicas, de trastornar de pies a cabeza. , los métodos de trabajo. El hombre necesitaría seguramente de toda su atención para resolver los problemas que surgirían, y para no perder nada de la ayuda así ofrecida por una magnífica Providencia. Y poco más o menos, eso es lo que hacen las abejas en nuestras colmenas modernas*. * Ya que nos ocupamos por última vez de las construcciones de las abejas, apuntemos de paso una curiosa particularidad de la Apis Florea. Ciertos tabiques de sus celdas para machos son cilíndricos en lugar de ser exagonales. Parece que todavía no hubiera acabado de pasar de una forma a la otra, y de adoptar definitivamente la mejor. VI He dicho que probablemente ni la misma política de las abejas permanece inmóvil. Es el punto más obscuro y más difícil de comprobar. No me detendré en la manera variable con que tratan a sus reinas, en las leyes de la enjambrazón propias de cada colmena y que parecen transmitirse de generación en generación, etc. Pero al lado de estos hechos no suficientemente determinados, hay otros, constantes y precisos que demuestran que todas las razas de la abeja doméstica no han llegado al mismo grado de civilización política, que se encuentran algunas en que el espíritu público anda a tientas todavía, y busca quizá otra solución al problema regio. La abeja siria, por ejemplo, cría por lo común ciento veinte reinas y a menudo más. En cambio, nuestra Apis Mellifica cría, cuando mucho, diez o doce. Cheshire nos habla, de una colmena siria, en manera alguna anormal, en que descubrió veintiuna reinas madres muertas, y noventa reinas vivas y libres. He ahí el punto de partida o de llegada de una evolución social bastante extraña, y que sería interesante estudiar a fondo. Agreguemos que respecto a la cría de las reinas, la abeja chipriota se acerca mucho a la siria. ¿Trátase de un regreso, todavía inseguro, a la oligarquía después del experimento monárquico, a la maternidad múltiple, después de la única. De cualquier modo la abeja siria y la chipriota, parientas muy cercanas, de la egipcia y la italiana, son probablemente las primeras que haya domesticado el hombre. Por fin, una postrer observación nos hace ver más claramente aún que las costumbres, la organización previsora de la colmena no son el resultado de un impulso primitivo, mecánicamente seguido al través de las edades y los climas diversos, sino que el espíritu que dirige la pequeña, república sabe darse cuenta de las circunstancias nuevas, adaptarse a ellas y sacar partido, como había aprendido a defenderla de los antiguos peligros. Transportada a Australia o a California, nuestra abeja negra cambia por completo de costumbres. Al segundo o tercer año, después de comprobar que el verano es perpetuo, que las flores no faltan jamás, vive al día, se contenta con cosechar la miel y el polen necesarios para el consumo cotidiano, y venciendo su observación reciente y razonada a su experiencia hereditaria, cesa de hacer provisiones para el invierno**. ** Un hecho análogo señalado por Buchner y probando la adaptación a las circunstancias, no lenta, secular, inconsciente y fatal, sino inmediata e inteligente. Ni siquiera se logra mantenerlas en actividad sino quitándoles el fruto de su trabajo a medida que lo producen. VII Tal es lo que podemos ver con nuestros propios ojos. Se convendrá en que hay en ello algunos hechos típicos y apropiados para conmover la opinión de los que se persuaden de que toda inteligencia es inmóvil y todo porvenir inmutable, fuera de la inteligencia y el porvenir del hombre. Pero, si aceptamos por un instante la hipótesis del transformismo, el espectáculo se ensancha y su fulgor dudoso y grandioso llega bien pronto a tocar nuestros propios destinos. No es evidente, pero para quien lo observe con atención es difícil no reconocer que hay en la Naturaleza una voluntad que tiende a elevar una porción de la materia a un estado más sutil y quizá mejor, a penetrar poco a poco su superficie con un fluido lleno de misterio que llamamos en un principio vida, en seguida, instinto y poco después inteligencia; a asegurar, a organizar, a facilitar la existencia de todo cuanto se anima para un objeto desconocido. No es seguro, pero muchos ejemplos que vemos en torno nuestro nos invitan a suponer que si se pudiera valuar la cantidad de materia que desde su origen se ha elevado de ese modo, se hallaría que no ha cesado de crecer. Lo repito, la observación es frágil, pero es la única que hemos podido hacer sobre la fuerza oculta que nos conduce, y es mucho en un mundo en que nuestro primer deber es la confianza en la vida, aun cuando no se descubriera en ella ninguna claridad alentadora, y mientras no haya una certidumbre contraria. Sé todo lo que se puede decir contra la teoría del transformismo. Tiene pruebas numerosas y argumentos muy poderosos, pero que, en rigor, no producen la convicción. No hay que entregarse nunca sin reservas a las verdades de la época en que se vive. Puede que dentro de cien años muchos capítulos de nuestros libros que están impregnados gente: en las Barbadas, entre las refinerías en que durante el año entero ande ésta, parecerán envejecidos como lo están hoy las obras de los filósofos del siglo pasado, llenas de un hombre demasiado perfecto y que no existe, y tantas páginas del siglo XVIII empequeñecidas por la idea del dios rígido y mezquino de la tradición católica, deformada por tantas vanidades y mentiras. No obstante, cuando no se puede saber la verdad de una cosa, bueno es aceptar la hipótesis, que, en el instante en que la casualidad nos hace nacer, se impone más imperiosamente a la razón. Podría asegurarse que es falsa, pero mientras se la cree verdadera es útil, reanima los ánimos e impulsa las investigaciones en una nueva dirección. Para reemplazar estas suposiciones ingeniosas parecería a primera vista más sensato decir sencillamente la verdad profunda: que no se sabe. Pero esa verdad sólo sería benéfica si estuviera probado que no se sabrá jamás. El entretanto nos mantendría en una inmovilidad más funesta que las más enfadosas ilusiones. Estamos hechos de tal modo que nada nos arrastra más lejos ni a mayor altura que los saltos de nuestros errores. Lo poco que hemos aprendido lo debemos en el fondo a hipótesis siempre aventuradas, a menudo absurdas, y en su mayor parte menos circunspectas que la de hoy en día. Quizá fueran insensatas, pero mantuvieron el ardor de la investigación. Si el que vigila el fuego de la posada humana es ciego o muy viejo, ¿qué le importa al viajero que tiene frío y que va a sentarse a su lado? Si el fuego no se ha apagado bajo su vigilancia, ha hecho lo que pudiera haber hecho el mejor. Transmitamos ese ardor, no sólo intacto sino acrecido, y nada puede aumentarlo mejor que esta hipótesis del transformismo que nos obliga a interrogar con método más severo y pasión más constante, todo cuanto existe sobre la tierra, en sus entrañas, en las profundidades del mar y en la extensión del cielo. ¿ Qué se le opone y qué se pondrá en su lugar si la rechazamos? La gran confesión de la ignorancia sapiente que se conoce pero que por lo común está inactiva y desalienta la curiosidad, más necesaria para el hombre que la sabiduría misma, o bien la hipótesis de la fijeza de las especies y de la creación divina, que está menos demostrada que la nuestra, que aleja para siempre las partes vivas del problema y se liberta de lo inexplicable, prohibiéndose interrogarlo. VIII Esta mañana de abril, en medio del jardín que renace bajo un divino rocío verde, ante los acirates de rosas y de trémulas prímulas circundadas de tlaspe blanco, que también se llama aliso o canastilla de plata, he vuelto a ver las silvestres abejas abuelas de la que está sometida a nuestros deseos, y he recordado las lecciones del viejo aficionado de la colmena de Zelanda. Más de una vez me hizo pasear entre los cuadros multicolores, dibujados y cuidados como en tiempos del padre Cats, el buen poeta holandés, prosaico o inagotable. Formaban rosáceas, estrellas, guirnaldas, pendientes y girándulas al pie de un oxiacanto o de un árbol frutal podado en forma de bola, de huso, o de pirámide, y el boj, vigilante como un perro de pastor, corría a lo largo de los bordes, para impedir que las flores invadieran los caminos. Aprendí allí el nombre, y las costumbres de las independientes recolectoras que no miramos jamás, tomándolas por moscas vulgares, avispas malhechoras o estúpidos coleópteros. Y, sin embargo, cada una de ellas lleva, bajo el doble par de alas que, la caracteriza en el país de los insectos, un plan de vida, los útiles y la idea de un destino diferente y a menudo maravilloso. He, aquí, en primer lugar, las parientas más próximas de nuestras abejas domésticas, los abejorros hirsutos y rechonchos, a veces minúsculos, casi siempre enormes y cubiertos, como el hombre primitivo, con un informe sayo ceñido con anillos de cobre o de cinabrio. Son todavía semibárbaros, violentan los cálices, los desgarran si resisten, y penetran bajo los velos satinados de las corolas como entraría el oso de la caverna bajo la tienda de seda y perlas de una princesa bizantina. Al lado, más grande que el mayor de ellos, pasa un monstruo vestido de tinieblas. Arde el fuego sombrío, verde y violáceo el Xylócopo, roe madera, el gigante del mundo melífico. Como séquito y por orden de talla, vienen los fúnebres Calicódomos, o abejas albañiles, vestidas de paño negro, que construyen con arcilla y casquijo, mansiones tan duras como la piedra. Luego, en revuelta confusión, vuelan los Dasypódos y los Halictos, que se parecen a las avispas, los Andrenos, a menudo presa de un fantástico parásito, el Stylops, que transforma completamente el aspecto de la víctima que ha elegido, los Panurgos, casi enanos y siempre abrumados bajo pesadas cargas de polen, las 0smias multicolores que tienen cien industrias especiales. Una de ellas, la Osmia Papaveris, no se contenta con pedir a las flores el pan y el vino necesarios, corta de las corolas de la adormidera y la amapola, grandes jirones de púrpura, para tapizar regularmente con ellos el palacio de sus hijas. Otra abeja, la más pequeña de todas, un grano de polvo que se cierne sobre cuatro alas eléctricas, el Megachilo centuncular, recorta en las hojas de la rosa, perfectos semicírculos que se creerían cortados por un sacabocados, los pliega, los ajusta y forma con ellos un estuche compuesto de una serie de dedalitos perfectamente regulares, cada uno de los cuales es la celda de una larva. Pero apenas bastaría un libro entero para enumerar las costumbres y las habilidades diversas de la muchedumbre sedienta de miel que se agita en todos sentidos sobre las flores ávidas y pasivas, novias encadenadas que aguardan el mensaje de amor conducido por distraídos huéspedes. IX Conócese cerca de cuatro mil quinientas especies de abejas silvestres. Dicho se está que no les vamos a pasar revista. Quizá algún día un estudio profundo, observaciones, y experimentos que no se han hecho aquí, y que exigirían más de una vida de hombre, iluminen con decisiva luz la historia de la evolución de la abeja. Que yo sepa, hasta ahora esa historia no ha sido metódicamente emprendida. Es de desear que lo sea, porque tocaría a más de un problema tan grande como los de muchas historias humanas. En cuanto a nosotros, sin afirmar nada más, pues entramos en la región velada de las suposiciones, nos contentaremos con seguir en su marcha hacia una existencia más inteligente, hacia un poco más de bienestar y de seguridad, a una tribu de himenópteros, y señalaremos con un simple rasgo los puntos salientes de esa ascensión varias veces milenaria. La tribu en cuestión es, ya lo sabemos, la de los Apianos* cuyos rasgos esenciales están tan bien fijados y son tan distintos, que no nos está prohibido creer que todos sus miembros descienden de un antepasado único. * Importa no confundir estos tres términos: Apinos, Apidos y Apitos que emplearemos sucesivamente y que tomamos de la clasificación de M. Emile Blanchard. La tribu apiana comprende toda las familias de abejas. Los ápidos forman la primera de esas familias y se subdividen en tres grupos: las Meliponitas, las Apitas y las Bombitas. Por último, los Apitos encierran las diversas variedades de nuestra abeja doméstica. Los discípulos de Darwin, entre otros Hermann Müller, consideran una pequeña abeja silvestre, esparcida por todo el Universo, y llamada Prosopis, como la representante actual de la abeja primitiva de que deben haber nacido todas las abejas que conocemos hoy en día. La infortunada Prosopis es a la habitante de nuestras colmenas, poco más o menos lo que el hombre de las cavernas a los dichosos de nuestras grandes ciudades. Quizá sin advertirlo tengáis ante los ojos a la venerable abuela a la que probablemente debemos la mayoría de nuestras flores y de nuestros frutos. Se calcula, en efecto, que desaparecerían más de cien mil especies de plantas si las abejas cesaran de visitarlas, y si quién sabe quizá nuestra misma civilización, porque todo se encadena en estos misterios. Quizá la hayáis visto en algún rincón abandonado del jardín, agitándose en torno de la maleza. Es bonita y viva; la que más abunda en Francia; está elegantemente salpicada de blanco sobre fondo negro. Pero esa elegancia oculta una desnudez increíble. Lleva una vida de hambre. Casi siempre está poco menos que desnuda cuando sus hermanas van vestidas de pieles abrigadas y suntuosas. No posee instrumento alguno de trabajo. No tiene canastilla para recoger el polen como los Apidos, ni en su defecto el penacho coxal de las Adrenas, ni el cepillo del vientre de la Gastrilégidas. Es menester que recoja penosamente, valiéndose de sus pequeñas garras, el polvo de los cálices y que lo trague para llevarlo a su cueva. No tiene más, herramientas que la lengua, la boca y las patas, pero la lengua es demasiado corta, las patas son débiles y las mandíbulas sin fuerza. No pudiendo producir cera, ni taladrar madera, ni cavar el suelo, practica desmañadas galerías en la médula tierna de las zarzas secas, instala allí algunas celdas toscamente acomodadas, las provee de un poco de alimento destinado a los hijos que no verá jamás, y luego, cumplida su pobre misión para un fin que no conoce y que no conocemos tampoco, se va a morir a un rincón, sola en el mundo, como había vivido. X Pasaremos por alto muchas especies intermedias en que podríamos ver alargarse poco a poco la lengua, para chupar el néctar en el hueco de mayor número de corolas aparecer y desarrollarse el aparato colector del polen, pelos, penachos, cepillos tibiales, tarsianos o ventrales, fortificarse las patas, y las mandíbulas, formarse secreciones útiles, y al genio que preside la construcción de las moradas, buscar y hallar en todos sentidos mejoras sorprendentes. Semejante estudio exigiría un libro. Sólo quiero esbozar un capítulo, menos que un capítulo, una página que nos muestra a través de las tentativas vacilantes de la voluntad de vivir y de ser más felices, el nacimiento, el desarrollo y la consolidación de la inteligencia social. Hemos visto revolotear a la desdichada Prosopis, que lleva en silencio en este vasto Universo lleno de fuerzas espantables, su pequeño destino solitario. Cierto número de sus hermanas, pertenecientes a razas ya mejor provistas de útiles y más hábiles, por ejemplo, las bien vestidas Coletas o la maravillosa cortadora de las hojas del rosal, el Megaquillo centuncular, viven en el mismo profundo aislamiento, y si alguien se apega a ellas por casualidad, y ya a compartir su morada es, o un enemigo, o más posiblemente un parásito, porque el mundo de las abejas está poblado de fantasías, más extraños que los nuestros, y más de una rama tiene una especie de sombra misteriosa e inactiva, exactamente igual a la víctima que elige, con la única diferencia de que, su pereza inmemorial le ha hecho- perder uno por uno todos los instrumentos de trabajo, y de que no puedo subsistir sino a costa del tipo laborioso de su raza*. * Ejemplos - Los abejorros, que tienen como parásitos a los Psithyros, los Stelidos que viven a espensas de las Anthidias. «Estamos obligados a admitir» dice con mucha razón J. Pérez en Les Abeffles a propósito de la identidad frecuente del parásito y su víctima, -estamos obligados a admitir que los dos géneros no son sino dos formas de un mismo tipo y que están unidos entre sí por la más estrecha afinidad. Para los naturalistas que se adhieren a la doctrina del transformismo, este parentesco no es puramente ideal sino real. El género parásito no sería entonces más que una rama salida del género trabajador, y que ha perdido sus órganos de recolección a consecuencia de su adaptación a la vida parásita. Sin embargo, entre las abejas que se han llamado con el nombre, quizá demasiado categórico de Apidos Solitarios, ya se incuba el instinto social, semejante a una llama comprimida bajo el montón de materia que sofoca toda vida primitiva. Aquí y allí, en direcciones inesperadas, coja resplandores tímidos y a veces extraños, como para reconocerlo, llega a perforar la pira que la oprime y que algún día alimentará su triunfo. Si todo es materia en este mundo, en esto se sorprende el movimiento más inmaterial de la materia. Se trata de pasar de la vida egoísta, precaria e incompleta, a la vida fraternal, algo más segura y algo más dichosa. Se trata, de unir idealmente por el espíritu lo que está realmente separado por el cuerpo, de obtener que el individuo se sacrifique a la especie, y de substituir lo que no se ve a las cosas que se ven. ¿Es tan asombroso, entonces, que las abejas no realicen de un solo golpe lo que nosotros, que nos encontramos en el punto privilegiado de donde el instinto irradia por todas partes sobre la conciencia, no hemos puesto en claro todavía? También es curioso, casi conmovedor, ver cómo la nueva idea anda primero a tientas en las tinieblas que envuelven todo cuanto nace sobre esta tierra. Sale de la materia y es todavía completamente material. No es, más que frío, hambre, miedo, transformados en una cosa que, aún no tiene figura alguna. Se arrastra confusamente en torno de los grandes peligros, en torno de las largas noches de la proximidad del invierno, de un sueño equívoco que es casi igual a la muerte. XI Como hemos visto va, los Xylócopos son poderosas abejas que taladran su nido en la madera seca. Viven siempre solitarias. Sin embargo, hacia el final del verano suelen hallarse algunos individuos de una especie particular, (Xy1ocopa Cyanescens), agrupados friolentamente, en un tallo de asfodelo, para pasar el invierno en común. Esa tardía fraternidad es excepcional en los Xylócopos, pero la costumbre es ya invariable en sus próximos parientes los Cerátinos. Es la idea que asoma. Pero se detiene al punto, y entre los Xylócopos no ha podido pasar hasta ahora de esa primer línea obscura del amor. En otros Apianos la idea que se busca asume otras formas. Los Chalicódomos de los cobertizos, que son abejas albañiles, los Dasypodos y los Halictos, que excavan madrigueras, se reúnen en colonias numerosas para construir sus nidos. Pero es una muchedumbre ilusoria, formada de solitarios. No hay entro ellos acuerdo, no hay acción común. Cada uno, profundamente aislado en medio de la multitud, edifica su morada para él solo, sin ocuparse del vecino. Es -dice J. Pérezun simple concurso de individuos reunidos por los mismos gustos y las mismas aptitudes en un mismo lugar, donde se practica en todo su rigor la máxima de. cada cual para sí; un amontonamiento de trabajadores, en fin, que sólo hace recordar al enjambre de una colmena por su número y su ardor. Esas reuniones son, pues, la simple consecuencia, del gran número de individuos que habitan la misma localidad. Pero, entre los Panurgos, primos de los Dasypodos, brota de repente una pequeña chispa de luz que ilumina la aparición de un sentimiento nuevo en la aglomeración fortuita. Se reúnen del mismo modo que las anteriores, y cada una excava por su cuenta, su habitación subterránea; pero la entrada, el pasadizo que conduce de la superficie del suelo a las madrigueras separadas, es común. «Así -dice el mismo J. Pérez - para todo lo que es el trabajo de las celdas, cada cual obra como si se hallara sola; pero todas utilizan la galería de acceso; todas, en esto, aprovechan el trabajo de una sola, ahorrándose de ese modo el tiempo y el esfuerzo de establecer una galería particular. » Sería interesante averiguar si ese mismo trabajo preliminar no se ejecuta en común, y si no se relevan varias hembras para tomar parte sucesivamente en él. Sea corno sea, la idea fraternal acaba de perforar la pared que separaba dos mundos. Ya no es el invierno, el hambre o el horror de la muerte lo que la arranca al instinto, trastornada e irreconocible: la sugiere la vida activa. Pero esta vez, también, se detiene de pronto, no logra extenderse más en esa dirección. -No importa; no se desanima por eso, ensaya otros caminos. Y hela aquí penetrando entre los abejorros, donde madura, donde toma cuerpo en una atmósfera diferente, donde opera los primeros milagros decisivos. XII Los abejorros, las gordas abejas velludas, sonoras, temibles pero pacíficas, que todos conocemos, son en un principio solitarios. En los primeros días de marzo, la hembra fecundada que ha sobrevivido al invierno, comienza, la construcción de su nido, sea, bajo tierra sea en un matorral, según la especie a que pertenece. Está sola en el mundo, en la primavera que despierta. Y limpia, excava, tapiza el sitio elegido. Levanta enseguida, celdas de cera bastante informes, las provee de miel y de polen, pone, incuba los huevos, cuida y alimenta, las larvas que nacen, y, pronto se ve rodeada de una muchedumbre de hijas que la ayudan en sus trabajos de dentro y fuera de casa, y algunas de las cuales también comienzan a poner. El bienestar aumenta la construcción de las celdas mejora, la colonia crece. La fundadora continúa siendo su alma y su madre principal, y está a la cabeza del reino, que es como el esbozo del de nuestra abeja melífica. Esbozo por lo demás bastante grosero. Su prosperidad es siempre limitada, sus leyes mal definidas y obedecidas, el canibalismo y el infanticidio primitivos reaparecen de vez en cuando, la arquitectura es informe y dispendiosa, pero la diferencia mayor entre ambas ciudades consiste en que la una es permanente y la otra efímera. En efecto, la de los abejorros va a perecer toda entera en el otoño; sus cuatrocientos habitantes morirán sin dejar huella de su paso, toda su labor quedará dispersa, y sólo les sobrevivirá una hembra que, a la primavera siguiente, recomenzará en la misma soledad y desnudez que su madre, el mismo inoficioso trabajo. Pero no por eso queda menos demostrado que, esta vez, la idea ha tenido ya conciencia de su fuerza. En los abejorros no la vemos trasponer ese límite, pero inmediatamente después, fiel a su costumbre, por medio de una especie de metamorfosis infatigable, va a encarnarse, palpitante aún por su último triunfo, todopoderosa y casi perfecta, en otro grupo, el penúltimo de la raza, el que precede inmediatamente a nuestra abeja doméstica que la corona; me refiero al grupo de los Meliponinos, que comprende las Meliponas y las Trigonas tropicales. XIII Entre ellas todo está organizado como en nuestras colmenas. Tienen una madre, probablemente única*, obreras estériles y machos. * No es seguro que el principio de la soberanía o de la maternidad única sea rigurosamente respetado entre los Meliponinos. Blanchard cree con razón que, hallándose desprovistos de aguijones y no pudiendo, por consiguiente, matarse con tanta facilidad como las reinas abejas, probablemente viven varias hembras fecundas en la misma colmena. Pero el hecho no ha podido ser comprobado hasta hoy, a causa del gran parecido que existe entre las hembras y las obreras, y de la imposibilidad de criar meliponas en nuestros climas. **Llegan hasta tener algunos detalles mejor organizados. Por ejemplo, los machos no permanecen completamente ociosos: secretan la cera. La entrada de la ciudad se halla mejor defendida: una puerta la cierra durante las noches frías, y en las cálidas, la cubre una cortina que deja penetrar el aire. Pero la república es menos fuerte, la vida general menos garantizada, la prosperidad menor que entre nuestras abejas, y en cualquier parte a que se introduzcan éstas, los Meliponinos tienden a desaparecer ante ellas. La idea fraternal se ha desarrollado igual y magníficamente en ambas razas, excepto en un punto, en el que una de ellas no ha avanzado un paso más allá de lo realizado en la estrecha familia de los abejorros. Ese punto es la organización mecánica del trabajo en común, la economía precisa del esfuerzo, en una palabra, la arquitectura de la ciudad, manifiestamente inferior. Bastará con recordar lo que he dicho en el Libro III capítulo XVIII de este volumen, agregando que en las colmenas de nuestros Apidos, todas las celdas sirven indiferentemente para la cría de los huevecillos y el almacenamiento de las provisiones y eso tanto tiempo cuanto dura la ciudad misma, mientras que entre los Meliponinos, no pueden servir sino para un objeto, y las que forman las cimas de las jóvenes ninfas, se destruyen después del nacimiento de éstas. Entre nuestras abejas domésticas es, pues, donde la idea, ha alcanzado su forma más perfecta, y he aquí un cuadro tan rápido cuanto incompleto de los movimientos de esa idea. ¿ Se fijan esos movimientos una vez por todas en cada especie, y el lazo que los une existe sólo en nuestra imaginación? No construyamos todavía, un sistema en esta región mal explorada. No arribemos sino a conclusiones provisionales, y si lo deseamos, inclinémonos más bien hacia las más llenas de esperanza, porque si fuera absolutamente necesario elegir, algunos destellos nos indican ya que las más deseadas serán las más seguras. Por lo demás, reconozcamos nuevamente que nuestra ignorancia es profunda. Estamos aprendiendo a abrir los ojos. Mil experimentos que podrían hacerse no se han intentado siquiera. Por ejemplo, las Prosopis, prisioneras y obligadas a vivir juntas con sus semejantes, ¿podrían, a la larga, franquear el umbral de hierro de la soledad absoluta, aficionarse a la reunión como los Dasypodos, y hacer un esfuerzo fraternal semejante al de los Panurgos? Los Panurgos, colocados a su vez en circunstancias impuestas y anormales, ¿pasarían del pasadizo común a la cámara común? Y ¿se les ha dado a los Meliponinos panales de cera estapada? ¿Se les han ofrecido ánforas artificiales, para reemplazar sus curiosas ánforas de miel? ¿Las aceptarían? ¿sacarían partido de ellas? ¿Cómo adaptarían sus costumbres a esa arquitectura insólita? Interrogaciones que se dirigen a seres bien pequeños, y que sin embargo encierran la gran clave de nuestros mayores secretos. No podemos contestarlas, porque nuestra experiencia, data de ayer. Contando desde, Réaumur, hace cerca de siglo y medio que se observan las costumbres de ciertas abejas silvestres. Réanmur sólo conocía algunas, nosotros hemos estudiado algunas más; pero centenares, millares quizá, no han sido interrogadas hasta aquí sino por viajeros ignorantes o apresurados. Las que conocemos desde los hermosos trabajos del autor de las Memoires no han variado en nada sus costumbres, y los abejorros que hacia 1730 se empolvaban de oro, vibraban como el deleitoso murmullo del sol y se atiborraban de miel en los jardines de Charenton, eran completamente iguales a los que, vuelto el mes de abril, zumbarán mañana a pocos pasos de allí, en el bosque de Vincennes. Pero de Réaumur a nuestros días sólo media un abrir y cerrar de ojos, y varias vidas de hombres unidas por sus extremos, no forman sino un segundo en la historia de un pensamiento de la Naturaleza... XIV Aunque la idea que hemos seguido con la mirada haya asumido su forma suprema en nuestra abeja doméstica, eso no quiere decir que todo en la colmena sea irreprochable. Una obra maestra, la celda hexagonal, alcanza en ella, desde todos los puntos de vista, la perfección absoluta, y todos los genios reunidos no la podrían mejorar en nada. ¡Ningún ser viviente, ni el hombre mismo, ha realizado en el centro de su esfera lo que la abeja en la suya; y si alguna inteligencia extraña a nuestro globo viniera a pedir a la tierra el objeto más perfecto de la lógica de la vida, sería necesario presentarle el humilde panal de miel. Pero todo no es igual a esa obra maestra. Ya hemos notado al pasar algunas faltas y algunos errores, a, veces evidentes, a veces misteriosos: la superabundancia y la ociosidad ruinosas de los machos, la partenogénesis, los riesgos del vuelo nupcial, la excesiva enjambrazón, la carencia de piedad, el sacrificio casi monstruoso del individuo a la sociedad. Agreguemos a esto una propensión extraña, a almacenar enormes cantidades de polen, que no utilizadas se ponen rancias, se endurecen, atestan inútilmente los panales, el largo interregno estéril que media entre la primer enjambrazón y la fecundación de la segunda reina, etc., etc. De todas estas faltas, la más grave, la que en nuestros climas es casi siempre fatal, es la repetida enjambrazón. Pero no olvidemos que a este respecto, y desde hace millares de años, la selección natural de la abeja doméstica, es contrariada por el hombre. Desde el Egipto del tiempo de los Faraones hasta nuestros campesinos de hoy, el criador ha obrado siempre contra los deseos y las ventajas de la especie. Las colmenas más prósperas son las que sólo lanzan un enjambre a principios del verano. Satisfacen de ese modo su deseo maternal, garantizan el mantenimiento de la casta, la renovación necesaria de las reinas y el porvenir del enjambre que, numeroso y precoz, tiene tiempo de edificar moradas sólidas y bien provistas antes de la llegada del otoño. Es seguro que esas colmenas y sus vástagos, entregadas a sí mismas, únicos sobrevivientes de los rigores del invierno que habrían aniquilado casi regularmente las colonias animadas de otros instintos, hubieran fijado poco a poco en nuestras razas septentrionales la regla de la enjambrazón limitada. Pero el hombre ha destruido precisamente esas colmenas prudentes, opulentas y aclimatadas, para apoderarse de su tesoro. No dejaba y no deja aún, en la práctica rutinaria, sobrevivir más que las colonias, castas agotadas, enjambres secundarios y terciarlos, que tienen más o menos con qué pasar el invierno, y a los que da algunos restos de miel para que completen sus mezquinas provisiones. De esto resulta que, probablemente, la raza se ha debilitado, que la tendencia a la excesiva enjambrazón ha ido desarrollándose hereditariamente y que hoy, casi todas nuestras abejas, y especialmente las negras, enjambran demasiado. De algunos años, a esta parte, los nuevos métodos de la apicultura «movilista» han venido a combatir esta peligrosa costumbre, y cuando se ve con cuánta rapidez obra la selección artificial sobre la mayor parte de nuestros animales domésticos, bueyes, perros, carneros, caballos, palomas, por no citarlos todos, permitido es creer que antes de mucho tiempo tendremos una raza de abejas que renuncio casi completamente a la enjambrazón natural y dedique todavía toda su actividad a la cosecha de miel y de polen. XV Pero, una inteligencia que adquiriese más clara conciencia del objeto de la vida en común, ¿no podría libertarse de las demás faltas? Mucho habría que decir sobre esas faltas que, tan pronto emanan de lo ignoto de la colmena, tan pronto no son sino consecuencias de la enjambrazón y de sus errores, en los que hemos tomado parte. Pero, por lo que se ha visto hasta ahora, cada cual puede, según su gusto, acordar o negar inteligencia a las abejas. No me empeño en defenderlas, me parece que en más de una ocasión muestran discernimiento, pero aunque, hicieran ciegamente lo que hacen, mi curiosidad no disminuiría. Es interesante ver que un cerebro encuentra en sí mismo recursos extraordinarios para luchar contra el frío, el hambre, la muerte, el tiempo, el espacio, la soledad, todos los enemigos de la materia que se anima; pero que un ser logre mantener su pequeña vida complicada y profunda sin exceder del instinto, sin hacer nada que no sea muy común, es cosa tan interesante cuanto extraordinaria también. Lo maravilloso se confunden y equivalen cuando se les coloca en su verdadero lugar en el seno de la Naturaleza. Ya no se trata de ellos, que llevan nombres usurpados, se trata de lo incomprensible y lo inexplicado, que deben detener nuestras miradas, regocijar nuestra actividad y dar una forma nueva, y más justa a nuestras ideas, nuestros sentimientos y nuestras palabras. Hay sensatez en no detenerse en otra cosa. XVI Sea como sea, no tenemos calidad para juzgar en nombre de nuestra inteligencia, las faltas de las abejas. ¿No vemos acaso, entre nosotros, que la conciencia y la inteligencia viven largo tiempo en medio de los errores y las faltas, sin darse cuenta de ellas, y mucho mayor tiempo aún sin ponerles remedio? Si existe un ser cuyo destino lo llame especial, casi orgánicamente, a darse cuenta, a vivir y organizar la vida en común de acuerdo con la razón pura, es indudablemente el hombre. Sin embargo, ved lo que hace, y comparad las faltas de la colmena con las de nuestra sociedad. Si fuésemos abejas que observaran a los hombres, nuestro asombro sería grande al examinar, por ejemplo, lo ilógico e injusto de la organización del trabajo en una tribu de seres que, en otros puntos, nos parecerían dotados de una razón eminente. Veríamos la superficie de la tierra, única fuente de toda la vida común, penosa e insuficientemente cultivada por dos o tres décimos de la población total; otro décimo, completamente ocioso, absorbiendo la mejor parte de los productos de ese primer trabajo; los otros siete décimos, condenados a un hambre perpetua, extenuándose sin tregua en esfuerzos extraños y estériles, de que no aprovechan jamás, y que, sólo parecen servir para hacer más complicada e inexplicable la vida de los ociosos. Deduciríamos de ello que la razón y el sentido moral de esos seres pertenecen a un mundo completamente distinto del nuestro, y que obedecen a principios que no debemos abrigar la esperanza de comprender. Pero no llevemos más lejos esta revista de nuestras faltas. Están, por otra parte, siempre presentes a nuestro espíritu. Verdad que hacen bien poco con su presencia. Sólo de siglo en siglo se levanta una de ellas, sacude el sueño un instante, lanza un grito de estupor, estira el dolorido brazo que sostenía la cabeza, cambia de postura, y vuelve a dormirse hasta que un nuevo dolor, nacido de las taciturnas fatigas del reposo, la despierte otra vez. XVII Una vez admitida, la evolución de los Apidos, o por lo menos la de los Apinos, puesto que es más verosímil que su fijeza, ¿cuál es la dirección de esa evolución? Parece seguir la misma curva que la nuestra. Tiende visiblemente a aminorar el esfuerzo, la seguridad, la miseria, a aumentar el bienestar, las probabilidades favorables y la autoridad de la especie. Para alcanzar este fin no vacila en sacrificar el individuo, compensando con la fuerza y la felicidad comunes, la independencia, por otra parte ilusoria y desgraciada, de la soledad. Se diría que la Naturaleza considera como Pericles en Tucídides, que los individuos, aun cuando sufran, son más felices en el seno de una ciudad cuya asamblea prospera, que cuando el individuo prospera y el Estado decae. Protege al esclavo laborioso en la ciudad poderosa, y abandona a los enemigos sin forma y sin nombre que habitan todos los minutos del tiempo y todas las anfractuosidades del espacio, al pasajero sin deberes en la asociación precaria. No es esta la oportunidad de discutir este, pensamiento de la Naturaleza ni de preguntarse si el hombre lo sigue, pero es, seguro que en todas aquellas partes donde la masa infinita nos permite sorprender la apariencia de una idea, la apariencia toma este camino cuyo término no es desconocido. En lo que a nosotros se refiere, bastará con hacer observar el cuidado con que la Naturaleza se dedica a conservar y a fijar en la raza que evoluciona, todo lo conquistado sobro la inercia hostil de la materia. Señala un paso a cada esfuerzo feliz, y pone a través del retroceso que sería inevitable después del esfuerzo, no se sabe qué leyes especiales y benévolas. Ese progreso, que sería difícil negar en las especies más inteligentes, no tiene quizá otro objeto que su movimiento mismo, e ignora adónde va. De todas maneras, en un mundo en que nada, salvo algunos hechos de este género, indica una voluntad precisa, es bastante significativo ver que ciertos seres se elevan así, gradual y continuamente, desde el día en que abrimos los ojos ; y aunque las abejas nos hubieran enseñado solamente esa misteriosa espiral de fulgores en la noche omnipotente, ya sería lo bastante para no lamentar el tiempo consagrado al estudio de sus pequeños movimientos y de sus humildes costumbres, tan alejadas, y sin embargo tan próximas a nuestras grandes pasiones y a nuestros destinos orgullosos. XVIII Puede que todo esto sea vano y que nuestra espiral de fulgores, lo mismo que la de las abejas, no se ilumine sino para divertir las tinieblas. Puede también que algún enorme incidente, emanado de afuera, de otro mundo, o de un fenómeno nuevo, dé repentinamente sentido definitivo a este esfuerzo o lo destruya definitivamente. Sigamos mientras tanto nuestro camino, como si nada anormal hubiera de ocurrir. Aunque supiéramos que mañana mismo una revelación, una comunicación con un planeta más antiguo y más luminoso por ejemplo, había de trastornar nuestra Naturaleza, suprimir las pasiones, las leyes y las verdades radicales de nuestro ser, lo más sensato sería consagrar todo este día de hoy a interesarse en esas pasiones, esas leyes y esas verdades, a armonizarlas en nuestro espíritu, a permanecer fieles a nuestro destino, que es el de esclavizar y elevar algunos grados en nosotros mismos y en torno nuestro, las fuerzas obscuras de la vida. Posible es que nada de ello subsista en la nueva revelación, pero es imposible que los que hayan cumplido hasta el fin la misión, que es la misión humana por excelencia, no se hallen en la primera fila para recibir esa revelación, y aunque les hiciera saber que el único deber verdadero era la falta de curiosidad y la resignación ante lo incognoscible, ellos sabrían, mejor que los demás, comprender esa falta de curiosidad y esa resignación definitivas y aprovecharlas. XIX Y luego, no llevemos nuestro sueño de ese lado, que la posibilidad de una destrucción general como tampoco la de la ayuda misteriosa de una casualidad no entre en nuestros cálculos. Hasta ahora, a pesar de las promesas de nuestra imaginación, siempre nos hemos visto entregados a nosotros mismos y a nuestros propios recursos. Con nuestros esfuerzos más humildes hemos realizado Cuanto de útil y duradero se ha hecho sobre la tierra. Libres somos de esperar lo mejor o lo peor de algún accidente extraño; pero bajo la condición de que esa expectativa no se mezcle a nuestra tarea humana. También en esto las abejas nos dan una lección excelente, como todas las de la Naturaleza. Para ellas ha habido realmente una intervención prodigiosa. Más manifiestamente que nosotros, se hallan en manos de una voluntad que puede aniquilar o modificar su raza y transformar sus destinos. No por eso dejan de seguir cumpliendo su deber primitivo y profundo. Y precisamente aquellas que obedecen mejor a ese deber son las que se hallan mejor preparadas para aprovechar de la intervención sobrenatural que eleva hoy la suerte de su especie. Ahora bien, es menos difícil de lo que se cree descubrir el deber invencible de un ser. Se lee siempre, en el órgano que le distingue y al que están subordinados todos los demás. Y así como está inserto en la lengua, la boca y el estómago de las abejas que deben producir la miel, en nuestros ojos, en nuestros oídos, en nuestra médula, en los lóbulos de nuestra cabeza, en todo el sistema nervioso de nuestro cuerpo, está escrito que hemos sido creados para transformar lo que absorbemos de las cosas de la tierra, en una energía particular y en una cualidad única en el globo. Ningún ser que yo sepa, ha sido combinado para producir como nosotros ese fluido extraño que llamamos pensamiento, inteligencia, entendimiento, razón, alma, espíritu, potencia cerebral, virtud, bondad, justicia, saber; porque posee mil nombres, aunque no tenga sino una sola esencia. Todo en nosotros le ha sido sacrificado. Nuestros músculos, nuestra salud, la agilidad de nuestros miembros, el equilibrio de nuestras funciones animales, la quietud de nuestra vida llevan la creciente pena de su preponderancia. Es el estado más precioso y más difícil a que pueda elevarse la materia. La llama, el calor, la luz, la vida misma, luego el instinto más sutil que la vida y la mayor parte de las fuerzas intangibles que coronaban el mundo antes de nuestra llegada, han palidecido al contacto del efluvio nuevo. No sabemos dónde nos conduce, qué hará de nosotros, qué haremos con él. El mismo nos lo enseñará cuando reine en la plenitud de su fuerza. Entretanto no pensemos sino en darle todo cuanto nos pida, en sacrificarle todo cuanto pueda retardar su florecimiento. No cabe duda de que ese es, por ahora, el primero y el más claro de nuestros deberes. El nos enseñará los otros. Los alimentará y prolongará según sea alimentado él mismo, con lo el agua de las alturas alimenta y prolonga los arroyos de la llanura, según el alimento misterioso de su cima. No nos desvivamos por saber quién aprovechará la fuerza que va acumulándose a costa nuestra. Las abejas ignoran si han de comer la miel que cosechan. También nosotros ignoramos quién se servirá de la potencia espiritual que introducimos en el Universo. Así como andan de flor en flor, recogiendo más miel de la que necesitan para ellas y para sus hijos, andemos también de realidad en realidad, buscando todo cuanto puede procurar alimento a esa llama incomprensible, para estar prontos a todo evento con la certidumbre del deber orgánico cumplido. Alimentémosla con nuestros sentimientos con nuestras pasiones, con todo lo que se ve, se huele, se oye, sé, toca, y con su propia esencia que es la idea que saca de los descubrimientos, de los experimentos, de las observaciones, que trae de todo cuanto visita, Entonces llega un momento en que todo resulta tan bien para el espíritu que se ha sometido a la buena voluntad del deber realmente humano, que la misma sospecho, de que los esfuerzos que realiza no tienen posiblemente objeto, hace, aún más claro, mas puro, más desinteresado, más independiente y más noble el ardor de la investigación BIBLIOGRAFIA Una bibliografía completa de las abejas pasaría de los límites que nos hemos trazado. Nos contentaremos, pues, con anotar las obras más interesantes. 1º. Desarrollo histórico del conocimiento de la abeja. a) Los antiguos.
ARISTÓTELES.-Historia de los animales, passim. b) Los modernos.
SWAMMERDAM.-Biblia náturae, 1737. etc. 2.º Apicultura práctica.
DZIERZON.-Theorie und Praxis des neuen
Bienenfreundes. 3.º Monografías generales.
CHESHIRE, F.-Bees and Bee-keeping,
vol. 1. Scientific. 4.º Monografías especiales. Órganos, funciones, trabajos, etc.
ED. BRANT-Recherches anatomiques et
morphologíques sur le
système nerveux des insectes
hyménopteres. (Comptes
rendus de l´Académie des sciences,
1876,
tOMO LXXVIII, p. 613). 5º Observaciones diversas sobre los himenópteros melíferos.
BLANCHARD, E.-Mètamorphoses, moeurs et
instincts des insectes.
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