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Libro Tercero

LIBRO TERCERO

La fundación de la ciudad.

I

Veamos, más bien, lo que, en la colmena ofrecida por el apicultor, hace el enjambre que éste ha recogido. Y antes recordemos el sacrificio consumado por las cincuenta mil vírgenes que, según Ronsard, Portent un gentil eceur dedans un petít corps y admiremos otra vez el valor que necesitan para volver a comenzar la vida, en el desierto en que han caído. Han olvidado, pues, la ciudad opulenta y magnífica, en que nacieron, en que su existencia estaba tan asegurada, tan admirablemente organizada, donde el jugo de todas las flores que se acuerdan del sol, permitía sonreír ante las amenazas del invierno. Han dejado adormecidas en el fondo de sus cunas, millares y millares de hijas que no volverán a ver. Han abandonado, además del enorme, tesoro de cera, de propóleos y de polen acumulado por ellas, cerca de ciento veinte libras de miel, es decir, doce veces el pego del pueblo entero, cerca de seiscientas mil veces el peso de cada abeja, lo que representaría para, el hombre cuarenta y dos mil toneladas de víveres, toda una flotilla de grandes buques cargados de alimentos más preciosos y más perfectos que cuantos conocemos, porque la miel es para las abejas algo como de vida líquida, una especie de quilo inmediatamente asimilable, y casi sin desperdicio.

Aquí, en la nueva morada, no hay nada, ni una gota de miel, ni un jalón de cera, ni un punto de referencia, ni un punto, de apoyo: la desolada desnudez de un monumento inmenso que no tuviera más que el techo y las paredes exteriores. Los muros, circulares y lisos, no contienen más que sombra, la bóveda monstruosa se ahueca en lo alto sobre el vacío. Pero la abeja no sabe lo que son inútiles lamentaciones, en todo caso no se detiene, a hacerlas. Su ardor, lejos de abatirse ante una prueba que triunfaría, de cualquier valor, es más grande que nunca.

Apenas se ha levantado y puesto en su lugar la colmena, apenas comienza a apaciguares el desorden de. la caída tumultuosa, cuando ya se ve operarse en la mezclada multitud una división completamente inesperada.

La parte. mayor de las abejas, como un ejército que obedeciera órdenes precisas, comienza a trepar en espesas columnas a lo largo de las, paredes verticales del monumento. Llegadas a la cúpula, las primeras que la alcanzan se aferran a ella con las uñas de sus patas anteriores; las que llegan enseguida se cuelgan de las primeras y así sucesivamente, hasta formar largas cadenas que sirven de puente a la multitud que continúa subiendo. Esas cadenas se multiplican poco a poco, reforzándose y enzarzándose hasta lo infinito, y se convierten en guirnaldas que, bajo la ascensión innumerable, y no interrumpida, se transforman a su vez en una cortina espesa y triangular, o más bien en una especie de cono compacto y vuelto hacia abajo, cuya punta se une, a la cima de la cúpula, y cuya base baja ensanchándose hasta la mitad o las dos terceras partes de la altura total de la colmena. En ese momento, cuando la última abeja que se siente llamada por una voz interior a formar parte del grupo, se une a la cortina suspendida en las tinieblas, la ascensión termina, todo movimiento va apagándose poco a poco en la cúpula, y el extraño cono aguarda durante largas horas, en un silencio que podría creerse, religioso y en una inmovilidad que parece pavorosa, la llegada del misterio de la cera.

Entretanto, y sin preocuparse, de la formación de la maravillosa cortina de cuyos pliegues ya a descender un don mágico, sin parecer tentado a reunirse a ella, el resto de las abejas, es decir, todas las que han permanecido en la parte baja de la colmena, examina, el edificio y emprende los trabajos necesarios.

El piso es cuidadosamente barrido, Y las hojas secas, las pajitas, los granos de arena son llevados lejos de allí, uno por uno, una por una, a la manía, e el aseo de las abejas llega y cuando en el corazón del invierno los grandes fríos las impiden durante largo tiempo efectuar lo que en apicultura se llama el «vuelo de limpieza, antes que ensuciar la colmena perecen en masa, víctimas de horrorosas enfermedades de vientre. Los machos, sólo ellos, son incorregiblemente descuidados, y cubren desvergonzadamente de inmundicias los panales que frecuentan y que las obreras se ven obligadas a limpiar continuamente.

Después del barrido, las abejas del mismo grupo profano, del grupo que no se mezcla al cono suspendido en una especie de éxtasis, comienzan a embetunar minuciosamente el contorno inferior de la morada común. En seguida pasan revista a todas las grietas, que llenan y cubren de propóleos, y comienzan, de arriba abajo del edificio, a barnizar las paredes. La guardia de la entrada se reorganiza, y pronto algunas obreras salen al campo, para volver cargadas de néctar y de polen.

II

Antes de levantar los pliegues de la misteriosa cortina a cuyo abrigo se colocan los cimientos de la verdadera morada, tratemos de darnos cuenta de la inteligencia que tendrá que desplegar nuestro pequeño pueblo de emigradas, de la precisión del ojo, de los calcillos y la industria necesarios para adaptar el asilo, parra trazar en el vacío el plano de la ciudad, determinar lógicamente el sitio de los edificios, que se trata de levantar lo más económica y lo más rápidamente que sea posible, porque la reina, apurada por poner, derrama ya los, huevecillos por el suelo. Es necesario, además, en aquel dédalo de construcciones diversas, todavía imaginarias y cuya forma será forzosamente inusitada, no perder de vista las leyes de la ventilación, de la estabilidad, de la solidez, considerar la resistencia de la cera, la naturaleza de los víveres que han de almacenarse, la facilidad de los accesos, las costumbres de la soberana, la distribución en cierto modo preestablecida, porque es orgánicamente, la mejor, de los depósitos, do las casas, las calles y los pasadizos, y muchos otros problemas que sería larguísimo enumerar.

Ahora bien, la forma de las colmenas que el hombre ofrece a las abejas varía hasta lo infinito, desde el árbol hueco o el caño de barro todavía en uso en África y en Asia, pasando por la clásica campana de paja que se destaca en medio de una mata de girasoles y de malvas bajo las ventanas o en el huerto de la mayoría de nuestros cortijos, hasta las verdaderas fábricas de la apicultura movilista de hoy en día, en las que se acumulan a veces hasta ciento cincuenta kilogramos, de miel, contenidos en tres o cuatro pisos de panales superpuestos y rodeados de un marco que permite sacarlos, manejarlos, extraer de ellos la cosechan por medio de la fuerza centrífuga, valiéndose de una turbina, y volverlos a poner en su lugar, como si se tratara de un libro en una biblioteca bien ordenada.

El capricho o la industria del hombre introduce un día el dócil enjambre, en una u otra, de estas habitaciones desorientadas. Toca a la mosquita darse cuenta, orientarse, modificar planos que la fuerza de las cosas quiere, inmutables, por decirlo así, determinar en aquel espacio insólito la posición de los, almacenes de invierno que no pueden pasar de la zona de calor desprendido por la población medio embotada; a ella le toca, en fin, prever el punto en que se concentrarán los panales de los huevecillos, cuya colocación, so pena de desastre, debe ser casi invariable, ni demasiado alta ni demasiado baja, ni demasiado cerca ni demasiado lejos de la puerta. Sale, por ejemplo, del tronco de un árbol derribado que sólo formaba una larga galería horizontal, estrecha y aplastada, y hela aquí en un edificio elevado como una torre, y cuyo techo se pierde en las tinieblas. O bien, para aproximarnos más a su ordinaria sorpresa, habíase acostumbrado desde hace siglos a vivir bajo la cúpula de paja de nuestras colmenas rústicas, y he aquí que se la instala en una especie de gran armarlo o de gran cofre, tres o cuatro veces más vasto que su casa natal, y en medio de un laberinto de marcos suspendidos unos encima de otros, ora paralelos, ora perpendiculares a la entrada, y formando una red de andamiaje que embrolla todas las superficies de la mansión.

III

Eso no importa; no hay ejemplo de que un enjambre se haya negado a ponerse a la tarea, y se haya dejado desanimar o desconcertar por lo extraño de las circunstancias, con tal de que la habitación que se le ofrecía no estuviera impregnada de malos olores, o fuera realmente inhabitable. Hasta en este último caso no se produce desaliento, azoramiento ni renuncia al deber. El enjambre abandona sencillamente el refugio inhospitalario para ir en busca de mejor fortuna, algo más lejos. No puede decirse tampoco, que se haya conseguido nunca hacerle ejecutar un trabajo pueril o ilógico. Jamás se ha comprobado que las abejas hayan perdido la cabeza, ni que, no sabiendo qué partido tomar, hayan emprendido al azar, mansiones incómodas y estrambóticas.

Volcadlas en una esfera, en una pirámide, en una canasta oval o poligonal, en un cilindro o en una espiral, visitadlas algunos días después, si han aceptado la morada, y veréis que esa extraña multitud de pequeñas inteligencias independientes han sabido ponerse, inmediatamente, de acuerdo para elegir sin vacilar, con un método cuyos principios parecen inflexibles, pero cuyas consecuencias son vivas, el punto más propicio, y a menudo el único sitio utilizable del absurdo habitáculo.

Cuando se las instala en una de esas grandes fábricas llenas de marcos de que acabamos de hablar, no tienen en cuenta dichos marcos sino en cuanto les procuran un punto de partida o puntos de apoyo cómodos para sus panales, y es muy natural que no se ocupen ni de los deseos ni de las intenciones de los hombres. Perro si el apicultor ha tenido cuidado de guarnecer de una faja de cera la tablita superior de algunos de ellos, las abejas comprenderán inmediatamente las ventajas que les ofrece aquel trabajo preparado, estirarán cuidadosamente la fajita, y soldando a ella su propia cera, prolongarán metódicamente el panal según el plan indicado. Del mismo modo, y el caso es frecuente en la actual apicultura intensiva, si todos los marcos de la colmena están cubiertos de arriba abajo con hojas de cera estampada, no pierden el tiempo construyendo a un lado o de través, y produciendo inútilmente cera, sino que, al hallar la tarea medio hecha, se contentan con hacer ahondar y alargar cada uno de los alvéolos esbozados en la hoja, rectificando sucesivamente los puntos en que se aparte de la vertical más rigurosa, y de esta manera tendrán en menos de una semana una ciudad tan lujosa y tan bien construida. como la que acaban de abandonar, mientras que, libradas a sus propios recursos, hubieran necesitado dos o tres meses para edificar la misma profusión de almacenes y de casas de blanca cera.

IV

Bien parece que ese talento de apropiación excede singularmente los límites del instinto. Además, nada tan arbitrario como esas distinciones entre el instinto y la inteligencia propiamente dicha. Sir John Lubbock, que ha hecho sobre las hormigas, avispas y abejas observaciones tan personales y tan curiosas, se inclina mucho, quizá por una predilección inconsciente y algo injusta, hacia las hormigas, que ha observado con preferencia, porque cada observador desearía, que el insecto que estudia fuese más inteligente o más notable que los demás, y bueno es precavieres contra este pequeño extravío de amor propio; sir John Lubbock, digo, se, inclina mucho a negar a la abeja todo discernimiento y toda facultad de raciocinio desde que sale de la rutina de sus habituales trabajos. Da como prueba de ello un experimento que todo el mundo puede repetir fácilmente. Introducid en un botellín media docena de moscas y media, docena de abejas; luego, con el botellón acostado horizontalmente, volved el fondo hacia la ventana de la habitación.

Las abejas se empeñarán durante horas enteras, hasta morir de fatiga o de inanición, en hallar salida, a través del fondo de cristal, mientras que las moscas habrán escapado en menos de dos minutos, por el gollete que ocupa el extremo opuesto.

Sir John Lubbock saca de esto la conclusión de que la inteligencia de la abeja es extremadamente limitada, y que la mosca es mucho más hábil para salir del paso y hallar el camino. Esta conclusión no me parece irreprochable. Volver alternativamente hacia la claridad, veinte veces seguidas si queréis, ora el fondo, ora el gollete de la esfera transparente, y las veinte veces seguidas las abejas se volverán al mismo tiempo, para dar frente a la luz. Lo que las pierde en el experimento del sabio inglés, es su amor a la luz y su misma razón. Evidentemente, se imaginan que, en toda cárcel, la salvación está del lado de la claridad más viva, obran en consecuencia, y se obstinan en obrar con demasiada lógica. Nunca han tenido conocimiento del misterio sobrenatural que para ellas debe constituir el vidrio, esa atmósfera repentinamente impenetrable, que no existe en la Naturaleza, y el obstáculo y el misterio deben ser tanto más inadmisibles, tanto más incomprensibles, cuanto más inteligentes sean. Mientras que, las moscas sin seso, desdeñando la lógica, el llamado de la luz, el enigma del cristal, revolotean al azar en el globo, y dando con la suerte de los tontos, que, a veces se salvan donde perecen los más cuerdos, acaban necesariamente por hallar al paso el buen gollete que las liberta.

V

El mismo naturalista da otra prueba de la falta de inteligencia de la abeja, y la halla en la página, que sigue del gran apicultor americano, el venerable y paternal Langstroth: «Como la Mosca -dice Langstrothno ha sido llamada a vivir sobre las flores sino sobre substancias en que podría ahogarse fácilmente, se posa con precaución en el borde de los recipientes que contienen alimentos líquidos, y bebe con prudencia, mientras que la pobre abeja se arroja a ellos de cabeza y perece en seguida. El funesto destino de sus hermanas no detiene a las demás cuando se acercan a su vez al cebo, pues se posan como si estuvieran locas, sobre los cadáveres, y sobre las moribundas, para participar de su triste suerte. Nadie puede imaginar hasta dónde llega, su locura si no ha visto la tienda de un confitero asaltada por millares de abejas famélicas.

He visto sacarlas a miles de los jarabes en que se habían ahogado; posarse a miles en el azúcar hirviendo; el suelo cubierto y las ventanas oscurecidas por las abejas, las unas arrastrándose, las otras volando, otras en fin, tan completamente enmeladas que, no podían ni arrastrarse ni volar; ni una de cada diez era capaz de llevar a la colmena el botín mal adquirido, y, sin embargo, el aire estaba lleno de legiones que llegaban, tan locas como las anteriores.

Esto no es más decisivo de lo que sería para un observador sobrehumano que quisiera fijar los límites de nuestra inteligencia, la vista de los estragos del alcoholismo, o de un campo de batalla. Menos quizá.

La situación de la abeja, si se la compara con la nuestra, es extraña en este mundo. Ha sido colocada en él para vivir dentro de la Naturaleza indiferente e inconsciente, y no al lado de un ser extraordinario que trastorna en torno suyo las leyes más constantes y crea fenómenos grandiosos e incomprensibles. En el orden natural, en la selva natal, el enloquecimiento de que habla Langstroth no sería posible mientras algún accidente no rompiera una colmena llena de miel. Pero entonces no habría allí ni ventanas mortales, ni azúcar hirviente, ni jarabe demasiado espeso, y por consiguiente ni muertes ni otros peligros que los que corre todo animal que persigue su presa.

¿Conservaríamos mejor que ellas nuestra sangre fría, si una potencia insólita tentara a cada paso nuestra razón? Nos es, pues, harto difícil juzgar a las abejas, que nosotros mismos volvemos locas, y cuya inteligencia no ha sido armada para descubrir nuestras emboscadas, lo mismo que no aparece armada la nuestra para burlar las de un ser superior, hoy desconocido, pero sin embargo posible. No conociendo nada que: nos domine, deducimos de ello que ocupamos la cumbre de la vida sobre la tierra; pero, al fin y al cabo, eso no es indiscutible. No quiero creer que cuando hacemos cosas desordenadas y miserables caemos en los brazos de un genio superior, pero no es inverosímil que eso parezca cierto algún día. Por otra parte, no se puede sostener razonablemente que las abejas carezcan de inteligencia porque todavía no hayan logrado distinguirnos de un oso o de un mono grande y nos traten como tratarían a los ingenuos huéspedes de la selva primitiva.

Hay en nosotros, y en torno nuestro, potencias, tan desemejantes como aquéllas, y no las distinguimos mejor.

En fin, para terminar esta apología, con la que estoy cayendo en el pequeño extravío que reprochaba a sir John, Lubbock, ¿no se necesita ser inteligente para cometer tan grandes locuras? Así sucede siempre en este, dominio incierto de la inteligencia, que es el estado más precario y más vacilante de la materia. En la misma claridad de la inteligencia está la pasión, que no se podría decir a ciencia cierta si es el humo o la mecha de la llama. Y aquí la pasión de las abejas es lo bastante noble para excusar las vacilaciones de la inteligencia. Lo que las impulsa a esa imprudencia no es el ardor animal de hartarse de miel. Podrían hacerlo cómodamente en las despensas de su morada.

Observadlas, seguidlas en una circunstancia, análoga, y las veréis, tan pronto como llenan el estómago, volver a la colmena, vaciar en ella el botín, para visitar y abandonar treinta veces en una hora la maravillosa vendimia. El mismo deseo realiza, pues, tantas obras admirables: el celo por llevar cuantos bienes puedan a la casa de sus hermanas y del porvenir. Cuando las locuras humanas obedecen a causa tan desinteresada como esa, a menudo les damos otro nombre...

VI

Sin embargo, menester es decir toda la verdad. En medio de los prodigios de su industria, de su policía y de su renunciamiento, una cosa ha de sorprendernos siempre o interrumpirá nuestra admiración: su indiferencia por la muerte o la desventura de sus compañeras. Hay en el carácter de la abeja una bifurcación muy extraña. En el seno de la colmena todas se aman y se ayudan. Están tan unidas como los buenos pensamientos de una misma alma. Si herís a una de ellas, mil se sacrificarán por vengar su injuria. Fuera, de la colmena no se conocen ya.

Mutilad, aplastad, o más bien guardaos de hacerlo, porque sería una crueldad inútil: el hecho es constante, pero en fin, supongamos que mutiláis, que aplastáis en un panal colocado a pocas varas de su mansión, diez, veinte o treinta abejas salidas de la misma colmena; las que no hayáis tocado n ' o volverán la cabeza y seguirán bebiendo por medio de su lengua fantástica como un arma china, el líquido que es para ellas más precioso que la vida, indiferentes a las agonías cuyas últimas convulsiones las rozan, y a los gritos de desesperación que se exhalan en torno suyo. Y cuando el panal esté vacío, para que nada se pierda, para recoger la miel pegada a las víctimas, subirán tranquilamente sobre las muertas y las heridas, sin moverse por la presencia de las unas ni pensar en socorrer a las otras. No tienen, pues, en este caso, ni la noción del peligro que corren, porque la muerte que se siembra, en rededor suyo no las perturba, ni el menor sentimiento de solidaridad o de compasión. En cuanto al peligro, la cosa se explica; la abeja no conoce el miedo, y nada la asusta en el mundo, salvo el humo. Al salir de la colmena aspira al mismo tiempo que el ambiente la longanimidad y la condescendencia. Se aparta, ante quien la incomoda, afecta ignorar la existencia de quien no la siga demasiado de cerca. Diríase que sabe que se halla en un universo perteneciente a todos, en que cada cual tiene derecho a su sitio, en que conviene ser discreto y pacifico. Pero bajo esta indulgencia se oculta apaciblemente un corazón tan seguro de sí mismo que no piensa en ostentarse. La abeja hace un rodeo si alguien la amenaza, pero no huye jamás. Por otra parte, en la colmena no se limita a esta pasiva ignorancia del peligro. Se lanza con inaudita impetuosidad contra todo ser viviente, hormiga, león ú hombro, que se atreve a rozar el arca santa. Llamémoslo, según nuestra disposición de espíritu, cólera, encarnizamiento estúpido, o heroísmo...

Pero nada hay que decir sobre su falta de solidaridad y hasta, de simpatía en la colmena.

¿Debe creerse que haya de estos límite uno imprevisto en toda especie de inteligencia, y que la llamita que emana trabajosamente del cerebro a través de la difícil combustión de tantas materias inertes, sea siempre tan vacilante que no ilumine bien un punto sino en detrimento de muchos otros? Puede considerarse que la abeja, o la Naturaleza en la abeja, ha organizado de una manera más perfecta que en cualquier otro ser, el trabajo en común, el culto y el amor del porvenir. ¿Pierden de vista por esa razón todo lo demás? Aman delante de ellas, y nosotros amamos sobre todo en torno a nosotros. Quizá baste con amar aquí para no tener amor que gastar allá... Nada es más variable que la dirección de la caridad o de la compasión. A nosotros mismos, en otro tiempo, nos hubiera chocado menos que hoy esa insensibilidad de las abejas, y muchos antiguos no hubieran pensado siquiera en reprochársela.

Por otra parte, ¿Podemos sospechar, acaso, todas las sorpresas de un ser que nos observara, como nosotros las observamos?

VII

Quedaría por examinar, para darnos idea más clara de su inteligencia, cómo se comunican entre sí. Manifiesto es que sé, entienden y que una república tan numerosa y cuyos trabajos son tan variados y tan maravillosamente concertados no podría subsistir en el silencio y el aislamiento espiritual de tantos miles de seres. Deben, pues, tener la facultad de expresar sus pensamientos o sus sentimientos, sea por medio de un vocabulario fonético, sea, más probablemente, valiéndose de una especie de lenguaje táctil, o de una intuición magnética, que quizá responda a sentidos o a propiedades de la materia que nos son totalmente desconocidos, intuición cuyo asiento podría, hallarse en esas misteriosas antenas que palpan y comprenden las tinieblas, y que, según los cálculos de Cheshire, están formadas en las obreras por doce mil pelos táctiles y cinco mil cavidades olfativas. Lo que prueba que no se entienden sólo respecto de sus trabajos habituales, sino que también lo extraordinario tiene nombre y lugar en su lenguaje, es la manera cómo se difunde en la colmena una noticia, favorable, o adversa: la partida o el regreso de la madre, la caída de un panal, la entrada de un enemigo, la intrusión de una reina extraña, la aproximación de una banda de saqueadoras, el descubrimiento de un tesoro... A cada uno de estos acontecimientos, la actitud y el murmullo de las abejas son diferentes, y tan característicos que el apicultor experimentado adivina fácilmente lo que pasa en la alborotada sombra de la multitud.

Si queréis Una prueba aún más precisa, observad a la abeja que acaba de encontrar unas gotas de miel derramadas en el antepecho de la ventana o en un rincón de nuestra mesa de trabajo. En un principio se atiborrará tan ávidamente que, con toda tranquilidad y sin temor de distraerla, podréis marcarle el corselete con una manchita de pintura.

Pero esa glotonería no es más que aparente. La miel no llega al estómago propiamente dicho, al que podría llamares su estómago personal; queda en el depósito, en el primer estómago, que es, si así puede decirse, el estómago de la comunidad. Apenas haya llenado este depósito, la abeja se alejará, pero no directa y aturdidamente, como lo haría una mariposa o una mosca. Por el contrario, la veréis volar unos instantes retrocediendo, con un vaivén atento, en el hueco de la ventana o alrededor de la mesa, con la cabeza vuelta hacia el interior de la habitación.

Está reconociendo los lugares y fijando en la memoria la posición exacta del tesoro. En seguida se dirige, a la colmena, vuelca su botín en una de las celdas del granero, para volver tres o cuatro minutos después a tomar una nueva carga en el antepecho de la providencial ventana.

Cada cinco minutos, y mientras quede miel, hasta la tarde si es necesario, sin interrumpirse, sin descansar, seguirá haciendo viajes regulares de la ventana a la colmena y de la colmena a la ventana.

VIII

No quiero adornar la verdad como lo han hecho tantos de los que escribieron sobre las abejas. Las observaciones de este género sólo ofrecen algún interés cuando son completamente sinceras. Aunque hubiera reconocido que las abejas son incapaces de darse cuenta de un acontecimiento exterior, hubiera podido encontrar, me parece, frente a la pequeña decepción experimentada, algún placer en comprobar una vez más que el hombre, después de todo, es el único ser realmente inteligente que habita nuestro globo. Y luego, cuando se llega a cierta, altura de la vida, se experimenta más placer diciendo cosas verdaderas que cosas sorprendentes. Conviene en ésta, como en cualquier otra circunstancia, atenerse a este principio: si la gran verdad desnuda parece por el momento menos grande, menos noble o menos interesante que el adorno imaginario que podría prestársele, la culpa está en nosotros, que todavía no sabemos discernir la relación siempre sorprendente que debe tener con nuestro ser todavía ignorado y con las leyes del Universo, y en este caso no es la verdad sino nuestra inteligencia la que necesita verse engrandecida y ennoblecida.

Confesaré, pues, que las abejas marcadas vuelven a menudo solas.

Deba creerse que existen en ellas las mismas diferencias de carácter que entre los hombres, que las hay taciturnas y charlatanas. Cierta persona quo presenciaba mis experimentos, sostenía, que muchas, evidentemente por egoísmo o por vanidad, no quieren revelar la fuente de su riqueza o compartir con sus amigas la gloria, de un trabajo que la colmena debe considerar milagroso. He. ahí vicios bien antipáticos, que no exhalan el buen olor leal y franco de la casa, de las mil hermanas.

Sea como sea, sucede, a menudo, también, que la abeja favorecida por la suerte vuelve, a la miel acompañada, por dos o tres colaboradoras.

Sé que sir John Lubbock, en el apéndice de su obra Ants, Bees and Wasps, levanta largos y minuciosos cuadros de observaciones de los que puede sacarse en consecuencia, que casi nunca sigue otra abeja a la indicadora. Ignoro con qué especie de abejas trabajaba el ilustre naturalista, o si las circunstancias eran especialmente desfavorables. En cuanto a mí, consultando mis propias tablas, hechas con cuidado y después de tomar las precauciones posibles para que las abejas no fueran atraídas directamente por el olor de la miel, veo que, por término medio, cuatro abejas entre diez, conducían a otra.

Hasta he dado un día con una extraordinaria abejita italiana, cuyo corselete marqué con una mancha azul. Ya en el segundo viaje llegó con dos hermanas. Aprisioné a éstas sin asustarla. Se fue luego y volvió con tres asociadas a quienes encerró también ; así sucesivamente hasta que cayó la tarde, hora en que, contando mis prisioneras, comprobé que había comunicado la noticia, a dieciocho abejas.

En suma, si hacéis los, mismos experimentos, reconoceréis que la comunicación, si no regular, es por lo menos frecuente. Esta, facultad es tan conocida por los cazadores de abejas de Norte América que la explotan cuando se. Trata de descubrir un nido. «Eligen -dice M Josiah Emery (citado por Romanes en la Inteligencia de los animales, t. I. pág. 117)- eligen para, comenzar sus operaciones, un campo o un bosque alejado de toda, colonia de abejas domesticadas. Llegados al terreno buscan algunas abejas que estén trabajando en las flores, las cazan y las encierran en una caja de miel, y luego, cuando se han hartado, las sueltan. Viene luego un momento de espera cuya duración depende de la distancia a que se halla el árbol de las abejas; por fin, y con paciencia, el cazador acaba siempre por ver que sus abejas vuelven escoltadas por varias compañeras. Apodérase de ellas como antes, les ofrece un banquete, y las suelta a cada, una en un punto diferente, cuidando de observar la dirección que toman ; el punto a que convergen le indica, aproximadamente la posición del nido.»

IX

Observaréis también en vuestros experimentos que las amigas que parecen obedecer a la consigna de la buena suerte, no vuelan siempre de conserva y que a menudo pasa un intervalo de varios segundos entro una y otra llegada. En cuanto a estas comunicaciones, ¿sería, pues, necesario plantear el problema que sir John Lubbock ha resuelto en cuanto a las de las hormigas?

Las compañeras que acuden al tesoro descubierto por la primer abeja, ¿no hacen más que seguirla o bien pueden ser enviadas por ésta y encontrarlo por sí mismas, siguiendo sus indicaciones y la descripción de los lugares que aquélla les hubiese hecho ? Hay en ello, como se comprende, desde el punto de vista de la extensión y del trabajo de la inteligencia, una diferencia enorme. El sabio inglés, valiéndose de un complicado e ingenioso aparato de puentecillos, pasadizos, fosos llenos de agua y puentes volantes, ha llegado a establecer que, en este caso, las hormigas seguían sencillamente, la pista del insecto indicador.

Dichos experimentos eran practicables con las hormigas, pues se las puede obligar a que pasen por donde se quiera, pero para la abeja están abiertos todos los caminos, gracias a sus alas. Sería necesario, pues, imaginar otro medio. He aquí uno que he puesto en práctica, que no me ha dado conclusiones decisivas, pero que mejor organizado y en circunstancias más, favorables, traería, consigo conclusiones más ciertas y satisfactorias.

Mi gabinete de trabajo, en el campo, se encuentra en el primer piso, encima de un piso bajo bastante elevado. Fuera del tiempo en que florecen tilos y castaños, las abejas acostumbran tan poco volar a esa altura, que durante una semana antes de la observación, había dejado sobre mi mesa un panal desoperculado (es decir con las celdas abiertas), sin que una sola hubiera sido atraída por el perfume y acudido a visitarlo.

Tomé entonces, de una colmena con cristales, colocada no lejos de la casa, una abeja italiana.

Llevéla a mi gabinete, la puse sobre el panal y la marqué mientras comía. Una vez repleta levantó el vuelo, volvió a la colmena, y habiéndola seguido, vila apresurarse en la superficie de la muchedumbre, hundir la cabeza en una, celdilla vacía, volcar la miel y disponerse a salir de nuevo. La espié y me apoderé de ella apenas reapareció en el umbral. Repetí veinte, veces seguidas el experimento, tomando sujetos diferentes y suprimiendo siempre la abeja «cebada» para que, las demás no pudieran seguirle, la pista. Para hacer esto con mayor comodidad, había colocado a la puerta de la colmena una caja de vidrio, dividida por medio de una trampa en dos compartimentos. Si la abeja marcada salía sola me limitaba a aprisionarla, como lo había hecho con la primera e iba a aguardar en mi gabinete la llegada de aquellas a quienes hubiera podido comunicar la noticia. Si salía, acompañada por una o dos abejas, la detenía en el primer compartimento de la caja, separándola de ese modo de sus amigas, y después de marcar éstas con otro color, las dejaba en libertad siguiéndolas con la vista. Es evidente que si se hubiera realizado una comunicación verbal o magnética, que comprendiese una descripción de los lugares, un método de orientación, etc., yo encontraría en mi gabinete, cierto número de abejas informadas de ese modo. Debo reconocer que sólo he visto llegar una.

¿ Siguió las indicaciones recibidas en la colmena? ¿Llegó por casualidad?

La observación era insuficiente, pero las circunstancias no me permitieron continuarla. Solté, las abejas «cebadas» y mi gabinete se vio muy pronto invadido por una zumbadora muchedumbre, a la que habían enseñado por su método habitual, el camino del tesoro*.

* He repetido el experimento al brillar los primeros soles de esta primavera ingrata. Me ha dado el mismo resultado negativo. Por otra parte, un apicultor amigo mío, observador muy hábil y muy sincero, a quien sometí el problema, escribe que acaba de obtener, valiéndose del mismo procedimiento, cuatro comunicaciones indiscutibles. El hecho exige ser verificado, y la cuestión no queda resuelta. Estoy convencido de que mi amigo se ah dejado llevar al error por su deseo, muy natural, de ver su experimento coronado por el éxito.

X

Sin deducir nada de este experimento incompleto, muchos otros rasgos curiosos nos obligan a admitir que las abejas tienen entre sí relaciones espirituales que van más allá de un sí, de un no o de las relaciones elementales que se determinan por un ademán o por el ejemplo. Podría citarse, entre otros, la móvil armonía del trabajo en la colmena, la sorprendente división de la tarea, la marcha regular que en ella se observa. He comprobado, por ejemplo, que las cosechadoras que había marcado por la mañana, se ocupaban por la tarde, siempre que las flores no fueran muy abundantes, en calentar o ventilar los huevecillos, o bien las descubría, repetido el experimento al brillar los primeros soles de esta primavera ingrata. Me ha dado el mismo resultado negativo. Por otra parte, un apicultor amigo mío, observador muy hábil y muy sincero, a quien sometí el problema, me escribe que acaba de obtener, valiéndose del mismo procedimiento, cuatro comunicaciones indiscutibles. El hecho exige ser verificado, y la cuestión no queda resuelta. Estoy convencido de que mi amigo se ha dejado llevar al error por su deseo, muy natural, de ver su experimento coronado por el éxito.

La multitud que forma las misteriosas, cadenas adormecidas en medio de las cuales trabajan las cereras y las escultoras. He observado también que las obreras que veía recogiendo polen durante un día o dos, no lo llevaban ya al siguiente y volvían a salir en busca de néctar y recíprocamente.

Podría citarse, también, en cuanto a la división del trabajo, lo que el célebre, apicultor francés Georges de Layens llama la distribución de las abejas sobre las plantas melíferas. Todos los días, desde la primera hora de sol, desde la vuelta de las exploradoras de la aurora, la colmena que despierta escucha las buenas noticias de la tierra : «Hoy florecen los tilos del borde del canal, el trébol blanco ilumina la hierba de los caminos, la coronilla y la salvia de los prados van a abrir, los lirios y las rosas rebosan de polen.» ¡Pronto! hay que organizarse, que tomar medidas, que distribuir la tarea. Cinco mil de las más robustas irán hasta los tilos, tres mil de las más jóvenes animarán el trébol blanco.

Estas aspiraban ayer el néctar de las corolas, hoy, para, que descanse la lengua y las glándulas del estómago, irán a recoger el polen rojo del rosedal, aquéllas el polen amarillo de los grandes lirios, porque no veréis nunca que una abeja recoja o mezcle polea de distinto color o especie, y la colocación metódica en los graneros, de acuerdo con los matices y el origen de la hermosa harina perfumada es una de las grandes preocupaciones de la colmena. Así son distribuidas las órdenes por el genio oculto. Las trabajadoras salen en seguida en largas filas y cada cual vuela derecho a su tarea. «Parece -dice Layens,- que las abejas estén perfectamente informadas, respecto de la localidad, el valor melífero y la relativa distancia de todas las plantas que, se hallan en cierto radio, en torno de la colmena. Si se observa con cuidado las diversas direcciones que toman las recolectoras, y si se va ver en detalle la cosecha de las abejas en las diversas plantas de los contornos comprobamos que las obreras se distribuyen sobre las flores proporcionalmente al número de plantas de la misma especie y a su riqueza melífera a la vez. Aún hay más: cada día calculan el valor del Mejor líquido melífero que pueden cosechar. Si, por ejemplo, en la primavera, después del florecimiento de los sauces, y cuando nada ha florecido aún en los campos, las abejas no tienen más recurso que, las primeras flores de los bosques, puede vérselas visitando activamente las anémonas, las pulmonarlas, las aliagas y las violetas. Algunos días después, cuando florecen en gran número los campos de coles o de colza, se verá que las abejas abandonan casi por completo la visita a las plantas de los bosques, todavía en pleno florecimiento, para consagrarse a vigilar a las flores de col o de colza. Todos los días organizan así su distribución en las plantas, para cosechar el mejor líquido azucarado en el menor tiempo posible. Puede decirse que la colonia de las abejas, tanto en sus trabajos de cosecha como en el entorno de la colmena, sabe establecer una distribución racional del número de las obreras, aplicando a ella el principio de la división del trabajo.»

XI.

Pero, se dirá, ¿ qué nos importa que las abejas sean más o menos inteligentes? ¿Por qué pesar de ese modo, con tanto cuidado, una pequeña huella de materia casi invisible, corno si se tratara de un fluido de que dependieran los destinos del hombre? Creo, sin exagerar, que el interés que en ello tenemos, es de los más apreciables. Al hallar fuera de nosotros una huella, real de inteligencia, experimentamos algo como la emoción de Robinson al descubrir la señal de un pie humano en la playa de su isla. Parece, que estamos menos solos de lo que creíamos.

Cuando tratamos de darnos cuenta de la inteligencia de las abejas, estudiarnos en ellas, en definitiva, lo más precioso de nuestra substancia, un átomo de esa materia extraordinaria que, donde quiera que se fije, tiene la propiedad magnífica de transfigurar las ciegas necesidades, organizar, embellecer y multiplicar la vida, mantener en suspenso, de un modo más sorprendente, la fuerza obstinada de la muerte y la gran ola inconsiderada, que arrastra casi todo cuanto existe en una inconsciencia eterna.

Si fuéramos los únicos que poseyéramos y mantuviéramos una partícula de materia en ese estado particular de florescencia o de incandescencia que llamamos la inteligencia, tendríamos algún derecho a creernos privilegiados e imaginarnos que la Naturaleza arriba, en nosotros a una especie de meta ; pero, he ahí toda una categoría de seres, los himenópteros, en que arriba a una meta poco más o menos idéntica.

Esto no resuelve nada, si se quiere, pero el hecho no deja por eso de ocupar un puesto honroso entre la multitud de pequeños hechos que contribuyen a aclarar nuestra posición sobre la tierra. Se halla en esto, desde cierto punto de vista, una contraprueba de la parte más indescifrable de nuestro ser ; superposiciones de destino que dominamos desde un lugar más elevado que ninguno de los que alcanzaremos para contemplar los destinos del hombre. Vese aquí, en pequeño, grandes y sencillas líneas que nunca hemos tenido oportunidad de desenredar ni de seguir hasta el fin en nuestra, esfera desmesurada. Obsérvase el espíritu y la materia, la especie y el individuo, la evolución y la permanencia, el pasado y el porvenir, la vida y la muerte, acumuladas en una chocilla que nuestra mano levantaría y que abarcamos de una mirada y uno puede preguntarse si la potencia de los cuerpos y el lugar que ocupan en el tiempo y el espacio, modifican tanto como creemos la idea secreta de la Naturaleza, que, nos esforzamos por sorprender en la pequeña historia de la colmena secular en pocos días, como en la gran historia de los hombres, tres de cuyas generaciones desbordan de un largo siglo.

XII

Reanudemos, pues, donde la habíamos dejado la historia de nuestra colmena, para apartar cuanto sea posible, uno de los pliegues de la cortina de guirnaldas en cuyo centro comienza el enjambre a sufrir ese extraño sudor casi tan blanco como la nieve y más ligero que el plumón de un ala. Porque la cera que nace no se parece a la que conocemos : es inmaculada, imponderable, parece realmente el alma de la miel que es a su vez el espíritu de las flores, evocada en un encantamiento inmóvil, para convertirse más tarde, en nuestras manos, sin duda como recuerdo de su origen en que hay tanto azur, perfume, espacio cristalizado, rayos sublimados de luz, de pureza, de magnificencia, la perfumada iluminación de nuestros postreros altares.

XIII

Muy difícil es seguir las diversas faces de la secreción y el empleo de la cera en un enjambre que comienza a edificar. Todo pasa en el fondo de la muchedumbre, cuya aglomeración cada vez más densa debe producir la temperatura favorable, a esa exudación el privilegio de las abejas más jóvenes. Huber, el primero que las estudió con una paciencia increíble y a costa de peligros a veces serios, consagra a estos fenómenos más de doscientas cincuenta páginas interesantes pero forzosamente confusas. Yo, que no hago una obra técnica, me limitaré, valiéndome cuando sea necesario de lo que él observó, a relatar lo que puede ver cualquiera que haya recogido un enjambre en una colmena con cristales.

Confesemos desde un principio que todavía no se sabe por medio de qué alquimia se transforma la miel en cera en el cuerpo lleno de enigmas de nuestras abejas suspendidas. Se comprueba solamente que al cabo de dieciocho a veinticuatro horas de espera, en una temperatura tan elevada que se creería que arde una llama en el hueco de la colmena, aparecen unas escamitas blancas en la abertura de los cuatro pequeños bolsillos de cada lado del abdomen de la abeja.

Cuando la mayor parte de las que forman el cono tienen ya el vientre galoneado con esas laminitas de marfil, se ve, de pronto que una, de ellas, como asaltada por repentina inspiración, se destaca de la multitud, trepa rápidamente a lo largo de la pasiva muchedumbre, hasta la cima interna de la cúpula, y se une sólidamente a ella, apartando a cabezazos a las compañeras que embarazan sus movimientos. Tomo, entonces con las patas y la boca una de las ocho placas que lleva en el vientre, la roe, la acepilla, la ablanda, la amasa con su saliva, la pliega y la endereza, la aplasta y la vuelve a formar, con la habilidad de un carpintero que manejara una tabla maleable. Por fin, cuando la substancia amasada de ese modo le parece de las dimensiones y la consistencia deseadas, la aplica a la cima, de la cúpula de la nueva ciudad, porque se trata de una ciudad al revés, que baja del cielo y no se eleva del seno de la tierra como las ciudades humanas.

Hecho esto, ajusta a esa clave de la bóveda suspendida en el vacío, otros fragmentos de cera que va tomando de abajo de sus anillos de cuerno ; da al conjunto un lengüetazo final, un postrer golpe de antenas, y luego, tan bruscamente como llegó, se retira y pierde entre la multitud.

Inmediatamente la reemplaza, otra, que reanuda el trabajo donde la anterior lo dejó y agrega el suyo, endereza lo que no le parece conforme con el plano ideal de la tribu, y desaparece a su vez, mientras una tercera, una cuarta, una quinta, le suceden, en una serie de apariciones inspiradas y repentinas, sin que ninguna acabe la obra y llevando todas su parto a la unánime labor.

XIV

Un pedacito de cera informe todavía pende entonces de lo alto de la bóveda. Cuando parece lo bastante grande, se ve surgir del racimo otra abeja cuyo aspecto difiere sensiblemente del de las fundadoras que la han precedido. Podría creerse, al ver la certeza de su determinación y la expectativa, de las que la rodean, que, es una especie de ingeniero iluminado que, señala de pronto en el vacío el sitio que debe ocupar la primera celda, de la que tienen que depender matemáticamente, todas las demás. Sea como sea, la abeja pertenece a la clase de las obreras escultoras o cinceladoras que, no producen cera y se contentan con trabajar los materiales que se les suministran. Elige, pues, la posición de la primera celda, ahueca un momento el pedazo de cera, llevando hacia los bordes que se elevan en rededor de la cavidad la que saca del fondo. Después, y como lo hacían las fundadoras, abandona de repente su esbozo, una obrera impaciente la reemplaza, y sigue su obra, que una tercera acabará, mientras las otras comienzan alrededor, con el mismo método de trabajo no interrumpido y sucesivo, el resto de la superficie y el lado opuesto de la pared de cera. Diríase que una ley esencial de la colmena divide en ella el orgullo de la tarea, y que toda obra debe ser allí común y anónima, para que sea fraternal...

XV

Pronto se vislumbra el panal naciente. Todavía es lenticular, porque los pequeños tubos prismáticos que lo componen, desigualmente prolongados, van acortándose en una degradación regular del centro a la extremidades. En ese momento tiene más o menos el aspecto y el espesor de una lengua humana formada en sus dos caras por celdas hexágonales juxtapuestas y unidas por la parte trasera.

Cuando están construidas las primeras celdas, las fundadoras fijan en la bóveda un segundo y luego un tercero y un cuarto pedazo de cera.

Esos pedazos se escalonan a intervalos regulares y calculados de tal manera que, cuando los panales hayan adquirido toda su fuerza, lo que sólo sucede mucho más tarde, las abejas tendrán siempre el espacio necesario para circular entre los tabiques paralelos.

Es necesario, pues, que en su plano prevean el espesor definitivo de cada panal, que es de veintidós o veintitrés milímetros, y al propio tiempo el ancho de las calles que los separan y que deben tener alrededor de once milímetros de ancho, es decir, el doble de la altura de una abeja, pues tendrán que, pasar espalda con espalda entre los panales.

Por otra parte, no son infalibles, y su certidumbre no parece maquinal.

En circunstancias difíciles suelen cometer errores bastante grandes. Muy a menudo media demasiado o muy poco espacio entre los panales. Esto lo remedian lo mejor que pueden, sea haciendo oblicuar el panal demasiado próximo, sea intercalando en el vacío sobrado grande, un panal irregular. «A veces se equivocan -dice Réaumur- y este hecho parece ser uno de los que prueban que raciocinan. »

XVI

Sabido es que las abejas construyen cuatro especies de celdas. En primer lugar las celdas reales, que son excepcionales y se parecen a una bellota, en seguida, las grandes celdas destinadas a la cría de los machos y al almacenamiento de las provisiones cuando las flores superabundan, luego las pequeñas celdas que sirven de cuna a las obreras y de almacenes ordinarios y que, normalmente, ocupan cerca de los ocho décimos de la superficie edificada en la colmena. Y por último, para, unir sin desorden las grandes a las pequeñas, construyen cierto número de celdas de transición. Fuera de la inevitable irregularidad de estas últimas, las dimensiones del segundo y del tercer tipo están tan bien calculadas, que cuando iba a establecerse el sistema decimal y se buscaba en la Naturaleza una medida fija que pudiera servir de punto de partida y de patrón incontestable, Réaumur propuso el alvéolo de la abeja*.

* Este patrón fue rechazado, y no sin motivo. El diámetro de los alvéolos es de una regularidad admirable, pero, como todo lo producido por un organismo vivo, no es matemáticamente invariable en la misma colmena. Además, como lo hace notar M. Maurice Girard, las diversas especies de abejas tienen distinto apotegma de alvéolo, de manera que el patrón sería distinto de una colmena a otra, según la especie de que las abejas que la habitaran.

Cada uno de esos alvéolos es un tubo hexagonal colocado sobre una base piramidal, y cada, panal está formado por dos capas de esos tubos, opuestos por la base, de tal modo que cada uno de los tres rombos o losanges que constituyen la base piramidal de una celda del anverso, forma al mismo tiempo la base también piramidal de tres celdas del reverso.

En estos tubos prismáticos se almacena la miel. Para evitar que dicha miel se escapo durante el tiempo de su maduración, lo que sucedería inevitablemente si fueran horizontales en la estrictez de la palabra como parecen serlo, las abejas los levantan ligeramente, dándoles un ángulo de cuatro o cinco grados.

«Además del ahorro de cera - dice Réanmur- considerando el conjunto de esta maravillosa construcción, además de la economía de cera que resulta de la disposición de las celdas, además de que por medio de esta disposición las abejas llenan el panal sin que quede vacío alguno, resultan otras ventajas respecto a la solidez de la obra. El ángulo del fondo de cada celda, la cuna de la cavidad piramidal, tiene por estribo la arista que forman juntas las dos caras del hexágono de otra celda. Los dos triángulos o prolongaciones de las caras hexagonales que llenan uno de los ángulos entrantes de la cavidad encerrada por los tres rombos, forman juntas un ángulo plano por el lado en que se tocan ; cada uno de esos ángulos, que es donde cayo por dentro de la celda sostiene del lado de su convexidad una de las láminas empleadas para hacer el hexágono de otra celda, y la lámina que se apoya sobre ese ángulo, resiste la fuerza que tendería a empujarlos hacia fuera y así resultan consolidados los ángulos. Todas las ventajas que pudieran pedirse con relación a la solidez de cada celda, le son procuradas por su propia figura y por la manera como están dispuestas unas con relación a otras.

XVII

«Los geómetras saben -dice el doctor Reid, - que sólo hay tres especies de figuras que puedan adoptarse para dividir una superficie en pequeños espacios semejantes de forma regular y de igual tamaño sin intersticios. Son éstas el triángulo equilátero, el cuadrado y el hexágono regular que: en lo que concierne, a la construcción de las celdas, lleva ventaja sobre las otras dos figuras, desde el punto de vista de la comodidad y de la resistencia. Ahora bien, las abejas adoptan precisamente la forma hexagonal, como si conocieran sus ventajas.

Del mismo modo, el fondo de las celdas se compone de tres planos que se encuentran en un punto, y ha sido demostrado que ese sistema de construcción permite realizar una economía considerable de trabajo y de materiales. Faltaba aún saber qué ángulo de inclinación de los planos corresponde a la economía mayor, problema, de matemáticas superiores que ha sido resuelto por algunos sabios, entre ellos Maclaurin, cuya solución se hallará en los anales de la Sociedad Real de Londres*.

* Réaumur había propuesto al célebre matemático Koenig el problema siguiente: «Entre todas las celdas hexagonales de fondo piramidal compuesto de tres rollibos semejantes e iguales, determinar la que puede construirse con menos material. Koenig halló que dicha celda tenia el fondo formado por tres rombos, cada ángulo mayor de los cuales era de 109º 26´ y cada pequeño de 70º 34´. Ahora bien, otro sabio, Maraldi, midió tan exactamente cuanto es posible los ángulos de los rombos construidos por las abejas, y fijó los ángulos mayores en 109º 28´ y los pequeños en 70º 32´ . Entre ambas soluciones sólo había, pues, una diferencia de T. Es probable que el error, si lo hubo, deba ser imputable a Maraldi más que a las abejas, porque ningún instrumento permite medir con infalible precisión los ángulos de las celdas que no están bastante claramente definidos.

 Ahora bien, el ángulo determinado así por el cálculo, corresponde al que se mide en el fondo de las celdas.

XVIII

No creo, naturalmente, que las abejas se entreguen a estos complicados cálculos, pero no creo tampoco que la casualidad o la sola fuerza de las cosas produzca estos sorprendentes resultados. Para las avispas, por ejemplo, que construyen como las abejas panales hexagonales, el problema era el mismo, y lo han resuelto de un modo mucho menos ingenioso. Sus panales no tienen más que una, capa de celdas, y no poseen el fondo común que sirve a la vez a las dos capas opuestas del panal de las abejas. De ahí menor solidez, más irregularidad y una pérdida de tiempo, de materiales y de espacio, que se puede valuar en la cuarta, parte del esfuerzo y la tercera del espacio. Las Trigonas y las Meliponas, que son verdaderas abejas domésticas, pero de una civilización menos avanzada, no construyen tampoco sus celdas para la cría sino en una sola fila, y apoyan sus panales horizontales y superpuestos, sobre informes y dispendiosas columnas de cera. En cuanto a sus celdas de provisiones, son grandes odres reunidos desordenadamente, y allí donde podrían cortarse, y realizar por consiguiente la economía de subsistencia y de espacio de que aprovechan las abejas, las Meliponas, sin darse cuenta de esa posible economía, interponen torpemente entre las esferas, celdas de paredes planas. Así, cuando se compara uno de sus nidos con la ciudad matemática de nuestras moscas de miel, creeríase ver un población de cabañas primitivas al lado de una de esas ciudades implacablemente regulares que son el resultado, quizá sin encanto pero lógico, del genio del hombre que lucha más arduamente que en la antigüedad contra el tiempo, el espacio y la materia.

Otro matemático, Cramer, a quien se sometió el mismo problema, dió una solución que se acerca aún más a la de la abeja , 109º 28´ y medio para los mayores y 70º 31´ y medio para los pequeños. Maclaurin, rectificando a Koenig, da 70º 32´ y 109º 28´´ . M. León Lalanne 109º 28´ 16´´ y 109º 28´ 16´´ y 70º 311 44´´

XIX

La teoría corriente, renovada, por otra parte, de Buffon, sostienen que las abejas no abrigan intención alguna de hacer hexágonos con base piramidal; que lo único que quieren es cavar en la cera alvéolos redondos, pero como sus vecinas y las que trabajan sobre la otra superficie del panal, cavan al mismo tiempo, con las mismas intenciones, los puntos en que se encuentran los alvéolos van creando forzosamente la forma hexagonal. Esse agrega, lo que ocurre con los cristales, con las escamas de ciertos peces, las pompas de jabón, etc. ; es también lo que ocurre en el siguiente experimento propuesto por Buffon, «Que se llene -dice-una vasija con guisantes o cualquier grano cilíndrico y que se tape exactamente, después de haberle echado tanta agua cuanta quepa entre los granos ; que se haga hervir esa agua, y todos los cilindros se transformarán en columnas de seis caras. Se ve bien clara la razón de esto, que es puramente mecánica: cada grano de figura ciIíndrica tiende, al hincharse, a ocupar el mayor espacio posible dentro de un espacio dado ; se hacen, pues, necesariamente hexagonales por la compresión recíproca. Cada abeja trata de ocupar, también, el mayor espacio posible en un espacio dado; es, pues, del mismo modo necesario, desde que, el cuerpo de las abejas es el ciIíndrico que sus celdas sean hexagonales, por la misma razón de los obstáculos recíprocos.»

XX

He ahí unos obstáculos recíprocos que crean una maravilla, como, por la misma razón, los vicios de los hombres producen una virtud general, que es suficiente para que la especie humana, tan a menudo odiosa en sus individuos, no lo sea en su conjunto. Podría objetarse desde luego, como lo han hecho Broughman, Kirby, Spence, y otros sabios, que, el experimento de las pompas de jabón y de los guisantes no prueba nada, porque en uno y otro caso, el efecto de la presión no produce sino formas muy irregulares y no explica la razón de ser del fondo prismático de las celdas.

Podía contestarse, sobre todo, que hay más de una manera de sacar partido de las ciegas necesidades, que la avispa cartonera, que el abejorro velludo, las Meliponas y las Trigonas de Méjico y del Brasil aunque las circunstancias y el objeto sean semejantes, llegan a resultados muy diferentes y manifiestamente, inferiores. Podría decirse, también, que si las celdas de la abeja obedecen a la ley de los cristales, de la nieve, de las pompas de jabón y de los guisantes hervidos de Buffon, obedecen al propio tiempo, por su simetría, general, por su disposición en dos capas opuestas, por su inclinación calculada, etc., a muchas otras leyes que no se encuentran en la materia.

Podría agregarse que, también, todo el genio del hombre consiste en cómo saca partido de necesidades análogas, y que si esa manera nos parece la mejor posible, es porque no hay juez alguno por arriba de nosotros. Pero bueno es que estos razonamientos se desvanezcan ante los hechos, y para poner de lado una objeción sacada de un experimento, nada vale tanto como otro experimento.

Con el fin de convencerme de que la arquitectura hexagonal estaba realmente inscripta en el cerebro de la abeja, recorté y quité un día del centro de un panal, en un sitio en que al mismo tiempo había huevecillos y celdas llenas de miel, un disco del tamaño de una moneda de un peso. Cortando luego el disco por el medio del espesor de su circunferencia, en el punto en que se unen las bases piramidales de las celdas, apliqué sobre la base de una de las dos secciones obtenidas así, una redondela de estaño inmensa de la misma dimensión y lo bastante resistente para que las abejas no pudiesen deformarla ni doblarla. En seguida puse la sección con su redondela en el sitio de donde la había sacado. Una de las caras del panal no ofrecía, pues, nada anormal, puesto que el daño quedaba reparado de ese modo, pero en la otra veíase una especie de gran agujero cuyo fondo era: formado por la redondela de estaño y que ocupaba el lugar de unas treinta celdas. Las abejas se quedaron en un principio desconcertadas, fueron en multitud a examinar y estudiar el abismo inverosímil, y durante varios días se agitaron en torno de él, y deliberaron sin resolver. Pero como yo las alimentaba abundantemente, todas las tardes, llegó un momento en que ya no tuvieron celdas disponibles para almacenar sus provisiones. Es probable que, entonces, los grandes ingenieros, los escultores y las cereras sobresalientes, recibieran la orden de sacar partido del abismo inútil.

Una pesada guirnalda de cereras lo envolvió para mantener el calor necesario, otras abejas bajaron al agujero y comenzaron fijando sólidamente la redondela de metal por medio de pequeños garfios de cera, regularmente escalonados en sus bordes, y que la unían a las aristas de las celdas circundantes. Emprendieron entonces, ligándolas a dichos garfios, la construcción de tres o cuatro celdas en el semicírculo superior de la redondela. Cada una de esas celdas de transición o de reparación tenía la parte superior más o menos deformada para soldarla al alvéolo contiguo del panal, pero su mitad inferior dibujaba siempre sobre el estaño tres ángulos perfectamente determinados de los que salían ya tres pequeñas líneas rectas que esbozaban regularmente la primera mitad de la siguiente celda.

Al cabo de cuarenta y ocho horas, y aunque sólo pudieran trabajar tres o cuatro abejas al mismo tiempo en la abertura, toda la superficie del estaño quedaba cubierta de esbozos de alvéolos. Dichos alvéolos eran, es verdad, menos regulares que los de un panal común : razón por la cual la reina que los recorrió se negó a poner en ellos cuerdamente, porque de allí sólo hubiera salido una generación atrofiada. Pero todos eran perfectamente: hexagonales ; no se encontraba en ellos una sola curva, ni una forma, ni un ángulo redondeado. Sin embargo, todas las condiciones habituales estaban variadas, las celdas no eran excavadas en el mismo trozo de cera, según la observación de Huber, ni en un capuchón de cera, según la de Darwin, circulares primero y luego hexagonales por la presión de sus vecinas. No podía tratarse de obstáculos recíprocos, puesto que nacían una por una y proyectaban libremente sobre una superficie rasa, las pequeñas líneas de sostén. Parece, pues, seguro que el hexágono no es el resultado de necesidades mecánicas, sino que se encuentra realmente en el plan, en la experiencia, en la inteligencia y en la voluntad de las abejas. Otro rasgo curioso de su sagacidad, que a punto al pasar, es el de que, los cangilones que construyeron sobre la redondela no tenían más fondo que el rnismo metal.

Los ingenieros de la cuadrilla presumían evidentemente, que el estaño bastaría para contener el líquido, y juzgaron inútil untarlo de cera.

Pero, poco después, cuando se depositaron algunas gotas de miel en dos de esos cangilones, observaron probablemente que, se, alteraba más o menos al contacto del metal. Cambiaron entonces de opinión, y cubrieron con una especie de barniz diáfano toda la superficie del estaño.

XXI

Si quisiéramos poner en claro todos los secretos de esa arquitectura geométrica, tendrán todavía que examinar más de una cuestión interesante, por ejemplo la forma de las primeras celdas que se sujetan al techo de la colmena, y se modifican de modo que toquen a ese mismo techo por el mayor número posible de puntos.

Habría que observar también, no tanto la orientación de las grandes calles, determinada por el paralelismo de los panales, cuanto la disposición de las callejuelas y pasadizos abiertos aquí y allí a través y en torno de los panales, para facilitar el tránsito y la circulación del aire, y que habitualmente están distribuidos como para evitar los, rodeos demasiado largos, o una probable aglomeración. Habría, por fin, que estudiar la construcción de las celdas de transición, el instinto unánime que impulsa a las abejas a aumentar, en un momento dado, las dimensiones de sus moradas, sea porque la extraordinaria cosecha exija recipientes, mayores sea porque juzguen que la población es bastante numerosa o que es necesario el nacimiento de los machos. Habría que admirar al propio tiempo la economía ingeniosa y la armoniosa seguridad con que pasan, en estos casos, de lo pequeño a lo grande y de lo grande a lo pequeño, de la simetría perfecta a una asimetría inevitable, para volver, apenas se, lo permiten las leyes de una geometría animada, a la regularidad ideal, sin que se, pierda una celda, sin que haya, en la serie de sus edificios, un barrio sacrificado, infantil, vacilante o bárbaro, o una zona no utilizable. Pero temo haberme extraviado ya en muchos detalles desprovistos de interés para un lector que quizá no haya seguido nunca con los ojos una banda de abejas, o que, no se ha interesado por ellas sino de paso, como todos nos interesamos al pasar por una flor, un pájaro, una piedra preciosa, sin pedir más que una distraída certidumbre superficial, y sin repetirnos lo bastante que, el secreto más mínimo de un objeto que vemos en la Naturaleza no humana, atarle quizá más directamente al enigma profundo de nuestros fines y de nuestros orígenes, que el secreto de nuestras pasiones más arrebatadoras y con mayor complacencia estudiadas.

XXII

Para no hacer pesado este estudio paso igualmente, por alto el instinto bastante, sorprendente que suele hacerlas adelgazar y demoler la extremidad de sus panales, cuando tratan de prolongarlos o ensancharlos, y sin embargo, ha de convenirse en que demoler para reedificar, deshacer lo que se había hecho para rehacerlo, supone una singular manifestación del ciego instinto de construir. Paso también sobre notables experimentos que pueden hacerse para obligarlas a construir panales circulares, ovales, tubulares o de contornos caprichosos, y sobre la manera ingeniosa, con que logran hacer corresponder las celdas ensanchadas de las partes convexas con las celdas estrechadas de las partes cóncavas del panal.

Pero, antes de abandonar este asunto, detengámonos aunque, sólo sea un minuto, a considerar la misteriosa manera que tienen de concertar el trabajo y de tomar sus medidas cuando esculpen, al mismo tiempo y sin verse, las dos caras opuestas de un panal. Mirad por transparencia uno de esos panales, y observaréis, dibujada por sombras agudas en la cera diáfana, toda una red de prismas, de aristas tan acusadas, todo un sistema de concordancia tan infalible, que se las creería estampadas sobre acero.

No sé si los que no han visto nunca el interior de una colmena se representan suficientemente la disposición y el aspecto de los panales.

Que se figuren, para tomar la colmena de nuestros campesinos, en los que la abeja está librada a sí misma, que se imaginen una campana de paja o de mimbre; esa campana está dividida de arriba abajo por cinco, seis, ocho, y a veces diez tajadas de cera perfectamente paralelas y bastante semejantes a grandes tajadas de pan que bajan de la cima de la campana y toman estrictamente la forma ovoidal de las paredes. Entre cada una de esas tajadas se ha dejado un intervalo de once milímetros más o menos, en el que permanecen y circulan las abejas. En el momento en que comienza en lo alto de la colmena la construcción de una de esas tajadas, la pared de cera que la esboza y que será más tarde adelgazada y estirada, es todavía muy espesa, y aisla completamente las cincuenta ó sesenta abejas que trabajan sobre la cara anterior, de las cincuenta o sesenta que cincelan al mismo tiempo la cara posterior, de modo que es imposible que se vean mutuamente, a menos que su vista tenga el don de atravesar los cuerpos más opacos. Sin embargo, una abeja de la cara anterior no excava un agujero, no agrega un fragmento de cera que no corresponda exactamente a un relieve o una cavidad de la cara posterior, y recíprocamente. ¿Cómo lo consiguen? ¿Cómo es que la una no cava demasiado hondo y la otra no se queda corta?

¿Cómo coinciden siempre tan mágicamente todos los ángulos de las losanges? ¿Quién les dice que comiencen aquí y se detengan allá?

Hay que contentarse, una vez más, con esta respuesta que no dice nada : «Es uno de los misterios de la colmena.» Huber ha tratado de explicar ese misterio, diciendo que, intervalos dados, por la presión de las patas o de los dientes, quizá provocarán un ligero relieve en la cara opuesta, del panal, o que se darán cuenta del espesor más o menos grande del trozo de cera, por la flexibilidad, la elasticidad o alguna otra propiedad física de esa materia, como también que sus antenas parecen prestarse al examen de las partes más sutiles y contorneadas de los objetos, y les sirven de compás en lo invisible, y, por fin, que, la relación de todas las celdas deriva matemáticamente de la disposición y las dimensiones de las de la primera fila, sin que se necesiten otras medidas. Pero se ve que estas explicaciones no son suficientes : las primeras son hipótesis inverificables; las demás no hacen sino cambiar de sitio al misterio.

Bueno es hacer cambiar de sitio a los misterios lo más a menudo que se pueda, pero no hay que hacerse la ilusión de que una mudanza basta para destruirlos.

XXIII

Dejemos por fin los llanos monótonos y el desierto geométrico de las celdas. Los panales están comenzados y se hacen ya habitables.

Aunque, lo infinitamente pequeño se agregue, sin esperanza, aparente, a lo infinitamente pequeño, y nuestra vista, que ve tan poco, mire, sin vislumbrar nada, la obra de cera que no se interrumpe ni de día ni de noche, avanza con extraordinaria rapidez. La reina impaciente ha recorrido ya varias veces los astilleros que blanquean en la obscuridad, y apenas quedan terminadas las primeras líneas de habitaciones, toma posesión de ellas con su cortejo de guardianas, consejeras o criadas, pues no podría decirse si es seguida, venerada e vigilada. Cuando llega al sitio que juzga, favorable o que sus consejeras le imponen, enarca la espalda, se encorva e introduce, la extremidad de su largo abdomen en forma de huso en uno de los cangilones vírgenes, mientras todas las cabecitas atentas, las cabecitas de enormes ojos negros de los guardias de su escolta la envuelven en un círculo apasionado, le sostienen las patas, le acarician las alas, y agitan sobre ella sus febriles antenas, como para animarla, apresurarla y felicitarla.

Se reconoce fácilmente, el sitio en que se encuentra, por esa especie de escarapela estrellada, o mejor, ese medallón ovalado cuyo topacio central es ella misma, y que se parece bastante a los imponentes medallones que usaban nuestras abuelas. Es, por otra parte notable, ya que se ofrece la oportunidad de notarlo, que las obreras eviten siempre, volver las espaldas a la reina. Tan pronto como ésta se aproxima a un grupo, todas se arreglan de tal modo que, invariablemente, le presentan los ojos y las antenas y andan ante ella hacia atrás. Es una señal de respeto o más bien de solicitud que, por inverosímil que parezca, no es menos constante y por completo general. Pero volvamos a nuestra, soberana. A menudo, durante el ligero espumo que acompaña visiblemente la emisión del huevo, una de las hijas la toma en sus brazos y uniendo las frentes y las bocas, parece hablarla en voz baja. La reina, bastante, indiferente hacia esas manifestaciones un tanto desaforadas, ni se precipita ni se conmueve, entregada por completo a su misión que parece ser para ella, más que un trabajo, un deleite amoroso. En fin, al cabo de algunos segundos se levanta con calma, se aleja un paso, da un cuarto de vuelta sobre sí misma, y antes de introducir en ella la punta del vientre, mete la cabeza en la celda vecina, para asegurarse de que todo está en orden, y de que no va a poner dos, veces en el mismo alvéolo, mientras dos o tres abejas de la obsequiosa escolta ruedan sucesivamente a la celda abandonada, para ver si la obra se ha consumado y rodear de cuidados o poner en lugar seguro el huevecillo azulado que la soberana acaba de depositar en ella. Desde ese momento hasta los primeros fríos del otoño la reina no se detiene, ya poniendo mientras la alimentan, y durmiendo si es que duerme sin dejar de poner.

Representa desde ese momento la potencia devoradora del porvenir que invade todos los rincones del reino. Sigue paso a paso a las infelices obreras que se matan construyendo las cunas que su fecundidad reclama. Asistese, así a un concurso de dos instintos poderosos cuyas peripecias iluminan, para mostrarnos si no para resolverlos, varios enigmas de la colmena.

Sucede, por ejemplo, que las obreras logran cierta ventaja. Obedeciendo, a sus costumbres de buenas amas de casa que se preocupan de las provisiones para los malos días, apresúranse a llenar de miel las celdas conquistadas a la avidez de la especie. Pero la reina se acerca; es menester que los bienes materiales retrocedan ante la idea de la Naturaleza, y las obreras trastornadas desocupan apresuradamente el importuno tesoro.

Sucede también que su ventaja sea de un panal entero : entonces, no teniendo ante la vista la que representa la tiranía de los días que nadie ha de ver, se aprovechan para edificar con la mayor rapidez posible, una zona de grandes celdas, celdas de machos, cuya construcción es mucho más fácil y rápida. Llegada a esa zona ingrata, la reina deposita en ella desganadamente, algunos huevecillos: la deja atrás y va, en su límite a exigir nuevas celdas de obreras ; las trabajadoras obedecen, estrechan gradualmente sus alvéolos, y la persecución vuelve a empezar hasta que la madre insaciable, azote fecundo y adorado, vuelve, de la extremidad de la colmena las celdas del principio, abandonadas entre tanto por la primera generación que acaba de nacer, y que pronto saldrá del rincón de sombra en que naciera, a esparcirse por las flores de las cercanías, a poblar los rayos de sol, a animarlas horas benévolas, para sacrificarse, a su vez la generación que ya la reemplaza en las cunas.

XXIV

¿Y la reina abeja, a quién obedece? A la alimentación que se la da porque río toma, los alimentos por sí misma la cuidan como una criatura, las mismas obreras molidas por su fecundidad. Y ese, alimento que le miden las obreras es, a su vez, proporcionado a la abundancia de las flores y al botín que llevan las visitadoras de cálices. Aquí, pues, como en el resto del mundo, una porción del círculo se sumerge en las tinieblas; aquí, como en todas partes, de afuera, de una potencia desconocida procede la orden suprema, y las abejas se someten como nosotros al amo ignoto de la rueda que gira sobre sí misma, aplastando las voluntades que la hacen mover.

Una persona, a quien enseñaba hace poco, en una de mis colmenas de cristales, el movimiento esa rueda tan visible como la gran rueda de un reloj una persona que veía en toda su desnudez la agitación innumerable de los panales, el aleteo perpetuo, enigmático y loco de las nodrizas sobre la cámara de los huevecillos, los puentecilos y las escalas animadas que forman las cereras, las espirales invasoras de la reina la actividad diversa o incesante de la muchedumbre, el esfuerzo implacable e inútil las idas y venidas abrumadas de ardor, el sueño ignorado fuera de las cunas que ya espía el trabajo de mañana, el mismo reposo de la muerte alejado de una mansión que, no admite ni enfermos ni tumbas, una persona que miraba todo esto, pasado el primer asombro, no tardó en volver hacia otro lado los ojos en que se leía no sé qué entristecido espanto.

Hay, en efecto, en la colmena, bajo la alegría del primer aspecto, bajo los resplandecientes recuerdos de los hermosos días que la llenan convirtiéndola en el joyel del estío, bajo el ir y venir embriagado que la liga con las flores, con el azul del cielo, con la abundancia tan apacible de cuanto representa belleza y felicidad, hay en efecto, bajo todas esas delicias, exteriores, un espectáculo de los más tristes que verse puedan.

Y nosotros, ciegos, que sólo podemos abrir ojos obscurecidos cuando miramos a las inocentes condenadas, bien sabemos que no sentimos compasión por ellas solas, que no dejamos de comprenderlas a ellas solas, sino que nos hallamos frente a una forma, lamentable de la gran fuerza que nos anima y nos devora, también.

Sí, si se quiere, esto es triste, como es triste todo en la Naturaleza, cuando se la mira de cerca. Así será mientras no sepamos su secreto, si lo tiene. Y si un día llegamos a saber que no lo tiene, o que ese secreto es horrible, entonces nacerán otros deberes que quizá no llevan nombre todavía. Entretanto, que nuestro corazón repita, si lo desea : «Eso es triste,» pero que nuestra razón se contente con decir : «Eso es así.»

Nuestro deber del momento es indagar si no hay nada detrás de esas tristezas, y para eso no hay que apartar los ojos de ellas, sino mirarlas fijamente, y estudiarlas con tanto interés y tanto valor como si fueran alegrías. Justo es que antes de quejarnos, antes de juzgar a la Naturaleza, acabemos de interrogarla.

XXV

Hemos visto que las obreras, apenas cesan de sentirse perseguidas de cerca, por la amenazadora fecundidad de la madre, se apresuran a construir celdas de provisiones, cuya construcción es más económica, aunque, su capacidad sea mayor. Hemos visto, por otra parte, que la madre prefiere poner en las celdas pequeñas, y que reclama continuamente más. Sin embargo, a falta de ellas y mientras se lo procuran, resignase a depositar sus huevos en las anchas celdas que encuentra a su paso.

Las abejas que allí nazcan serán machos o zánganos, aunque los huevos sean completamente iguales a los de obreras. Ahora, al revés de lo que sucede en la transformación de una obrera en reina, lo que determina este cambio no es ni la forma ni la capacidad del alvéolo, porque de un huevo puesto en una celda grande y transportado en seguida a una celda de obrera, nacerá un macho más o menos atrofiado, pero indiscutible (he logrado operar cuatro o cinco veces este cambio, bastante difícil a causa de la pequeñez micróscopica y la extremada fragilidad del huevo). Necesario es, pues, que la reina,  cuando pone, tenga la facultad de reconocer o de determinar el sexo del huevo que deposita, y apropiarlo al alvéolo en que lo deja. Raro es que se equivoque.

¿Cómo hace? ¿Cómo separa entre los millares y millares de huevecillos que contienen sus ovarios, los machos de las hembras, y cómo bajan a su voluntad al único oviducto?

Henos aquí, de nuevo, en presencia de otro de los enigmas de la colmena, y de uno de los más impenetrables. No se ignora que la reina, aún virgen, no es estéril, pero que, en ese estado sólo puede poner huevos de machos. Sólo después de la fecundación del vuelo nupcial, produce a su elección obreras o zánganos. A consecuencia del vuelo nupcial, queda definitivamente falta de ellas en posesión, hasta la muerte, de los espermatozoarios arrancados a su infeliz amante. Esos espermatozoarios, cuyo número calcula el doctor Leuckart en veinticinco millones, se conservan vivos en una glándula especial situada bajo los ovarios, a la entrada del oviducto, y que se llama espermateca.

Se supone que la estrechez del orificio de las pequeñas celdas y la  forma de dicho orificio que obliga a la reina a encorvarse y sentarse, ejerce cierta presión sobre la espermateca, presión que hace salir los espermatozoarios para fecundar el huevecillo a su paso. Esa presión puede no ejercerse en las celdas grandes y no hacer entreabrir la espermateca.

Otros, por el contrario, opinan que, la reina gobierna realmente los músculos que abren o cierran la espermateca sobre la vagina, y en efecto, estos músculos son numerosísimos y tan poderosos como complicados. Sin querer resolver cuál de estas dos hipótesis es la mejor, porque cuanto más se adelanta y observa, mejor se ve que uno no es más que un náufrago en el océano hasta ahora tan desconocido de la Naturaleza, y mejor se sabe que siempre hay, un hecho pronto a surgir del seno de una ola repentinamente transparente, para destruir en un instante lo de cuanto se creía saber, confesaré, sin embargo, que me inclino a la segunda. En primer lugar los experimentos de un apicultor bordalés, M. Drory, demuestran que si se quitan todas las celdas grandes de una colmena, llegado el momento de poner huevos de machos, la madre no vacila en depositarlos en las celdas de obreras, y a la inversa, pondrá huevos de obreras en celdas de machos, si no se han dejado otras a su disposición.

En seguida, las hermosas observaciones de M. Fabre sobre las Osmias, abejas silvestres y solitarias de la familia de las Gastrilégidas, prueban hasta la evidencia que no solamente la Osmia conoce de antemano el sexo del huevo que va a poner, sino que ese sexo es facultativo para la madre, que lo determina según el espacio de que dispone, «espacio muchas veces fortuito y no modificable» que, establece aquí un macho, allá una hembra. No entraré en el detalle de los experimentos del gran entomólogo francés. Son extremadamente minuciosos, y nos llevarían demasiado lejos. Pero, cualquiera que sea la hipótesis aceptada, una ú otra explicarían muy bien, fuera de toda inteligencia del porvenir, la propensión de la reina a poner en las celdas de obreras.

Es probable que esa madre, esclava, que nos inclinamos a compadecer, pero que quizá sea una gran enamorada, una gran voluptuosa, experimente con la unión del principio macho y hembra que, se opera en su ser, cierto deleite y como una renovación de la embriaguez del vuelo nupcial, único en su vida. Aquí también debemos admirar la Naturaleza que nunca es tan ingeniosa ni tan disimuladamente previsora como cuando trata, con los lazos que tiende el amor, de asegurar con un placer el interés de la especie. Pero entendámonos y no nos engañemos con nuestra propia explicación. Atribuir de ese modo una idea a la Naturaleza y creer que con ello basta, es arrojar una piedra en uno de esos abismos inexplorables que se hallan en el fondo de ciertas grutas, e imaginarse que el ruido que producirá al caer en él contestará a todas las preguntas, cuando no nos revelará otra cosa que la inmensidad del abismo.

Cuando se repite: «la Naturaleza quiere esto, organiza esta maravilla, se dedica a este fin» es como si se dijera que una pequeña manifestación de la vida logra mantenerse, mientras nos ocupamos de ella, sobre la enorme superficie de la materia que nos parece inactiva y que llamamos, evidentemente sin razón, la nada y la muerte. Un concurso de circunstancias que nada tenía de necesario, ha mantenido  esa manifestación, entre otras mil, quizá tan interesantes, tan inteligentes como ella, pero que no han tenido la misma suerte y desaparecieron para siempre sin haber hallado oportunidad de maravillarnos. Sería temerario afirmar otra cosa, y por lo demás, nuestras reflexiones, nuestra teología obstinada, nuestras esperanzas y nuestras admiraciones son, en el fondo, parte de lo desconocido que hacemos chocar contra algo menos conocido aún, para hacer un ruidito que nos da conciencia, del grado más alto de la existencia particular a que podamos alcanzar sobre esta misma superficie muda e impenetrable; como el canto del ruiseñor y el vuelo del cóndor les revelan también el más alto grado de existencia propia a su especie. No por eso deja, de ser cierto que uno de nuestros deberes mejor determinados es el de producir ese ruidito cada vez que se presenta la oportunidad de hacerlo, sin desalentarnos porque sea verosímilmente inútil.

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La Vida de las Abejas


 


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