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CAPÍTULO
IX Aquella
noche, a las nueve y media, como de costumbre, Tom y Sid
fueron enviados a la cama. Dijeron sus oraciones, y Sid se
durmió en seguida. Tom permaneció despierto, en
intranquila espera. Cuando ya creía que era el amanecer, oyó
al reloj dar las diez. Era para desesperarse. Los nervios le
incitaban a dar Era
un cementerio en el viejo estilo del Oeste. Estaba en una
colina a milla y media de la población. Tenía
como cerco una desvencijada valla de tablas, que en unos
sitios estaba derrumbada hacia adentro y en
otros hacia fuera, y en ninguno derecha. Hierbas y
matorrales silvestres crecían por todo el recinto. Todas
las sepulturas antiguas estaban hundidas en tierra; tablones
redondeados por un extremo y roídos por la
intemperie se alzaban hincados sobre las tumbas, torcidos y
como buscando apoyo, sin encontrarlo. «Consagrado
a la memoria de Fulano de Tal», había sido pintado en cada
uno de ellos, mucho tiempo atrás; pero
ya no se podía leer aunque hubiera habido luz para ello. Una
brisa tenue susurraba entre los árboles, y Tom temía que
pudieran ser las ánimas de los muertos, que se quejaban de
que no se los dejase tranquilos. Los dos chicos hablaban
poco, y eso entre dientes, porque la hora y el lugar y el
solemne silencio en que todo estaba envuelto oprimía sus
espíritus. Encontraron el montoncillo recién hecho que
buscaban, y se escondieron bajo el cobijo de tres grandes
olmos que crecían, casi
juntos, a poco trecho de la sepultura. Después
esperaron callados un tiempo que les pareció interminable.
El graznido lejano de una lechuza era el único ruido que
rompía aquel silencio de muerte. Las reflexiones de Tom
iban haciéndose fúnebres y angustiosas.
Había que hablar de algo. Por eso dijo, en voz baja: -Huck,
¿crees tú que a los muertos no les gustará que estemos
aquí? Huckleberry
murmuró: -¡Quién
lo supiera! Está esto de mucho respeto, ¿verdad? -Ya
lo creo que sí. Hubo
una larga pausa, mientras los muchachos controvertían el
tema interiormente. Después, quedamente,
prosiguió Tom: -Dime,
Huck ¿crees que Hoss Williams nos oye hablar? -Claro
que sí. Al menos, nos oye su espíritu. Tom,
al poco rato: -Ojalá
hubiera dicho el señor Williams. Pero no fue con mala
intención. Todo el mundo le llamaba Hoss. -Hay
que tener mucho ojo, en como se habla de esta gente difunta,
Tom. Esto
era un jarro de agua fría y la conversación se extinguió
otra vez. De pronto Tom asió del brazo a su compañero. -¡Chist!... -¿Qué
pasa, Tom? -Y los dos se agarraron el uno al otro, con los
corazones sobresaltados. -¡Chitón!...
¡Otra vez! ¿No lo oyes? Yo... -¡Allí!
¿Lo oyes ahora? -¡Dios
mío, Tom, que vienen! Vienen, vienen de seguro. ¿Qué
hacemos? -No
sé. ¿Crees que nos verán? -Tom,
ellos ven a oscuras, lo mismo que los gatos. ¡Ojalá no
hubiera venido! -No
tengas miedo. No creo que se metan con nosotros. Ningún mal
estamos haciendo. Si nos estamos muy
quietos, puede ser que no se fijen. Ya
lo haré, Tom; pero ¡tengo un temblor! -¡Escucha! Los
chicos estiraron los cuellos, con las cabezas juntas, casi
sin respirar. Un apagado rumor de voces llegaba
desde el otro extremo del cementerio. -¡Mira!
¡Mira allí! -murmuró Tom-. ¿Qué es eso? -Es
un fuego fatuo. ¡Ay, Tom, qué miedo tengo! Unas
figuras indecisas se acercaban entre las sombras balanceando
una antigua linterna de hojalata, que tachonaba
el suelo con fugitivas manchas de luz. Huck murmuró, con un
estremecimiento: -Son
los diablos, son ellos. ¡Tom, es nuestro fin! ¿Sabes
rezar? -Lo
intentaré, pero no tengas miedo. No van a hacernos daño.
«Acógeme, Señor, en tu seno...» -¡Chist! -¿Qué
pasa, Huck? -¡Son
humanos! Por lo menos, uno. Uno tiene la voz de Muff Potter. -No...;
¿es de veras? -Le
conozco muy bien. No te muevas ni hagas nada. Es tan bruto
que no nos ha de notar. Estará bebido, como
siempre, el condenado. -Bueno,
me estaré quieto. Ahora no saben dónde ir. Ya vuelven
hacia acá. Ahora están calientes. Fríos otra vez.
Calientes. Calientes, que se queman. Esta vez van derechos.
Oye, Huck, yo conozco otra de las voces...:
es la de Joe el Indio. -Es
verdad..., ¡ese mestizo asesino! Preferiría mejor que
fuese el diablo. ¿Qué andarán buscando? Los
cuchicheos cesaron de pronto, porque los tres hombres habían
llegado a la sepultura y se pararon a pocos
pasos del escondite de los muchachos. -Aquí
es -dijo la tercera voz; y su dueño levantó la linterna y
dejó ver la faz del joven doctor Robinson. Potter
y Joe el indio llevaban unas parihuelas y en ellas una
cuerda y un par de palas. Echaron la carga a tierra y
empezaron a abrir la sepultura. El doctor puso la linterna a
la cabecera y vino a sentarse recostado en
uno de los olmos. Estaba tan cerca que los muchachos
hubieran podido tocarlo. -¡De
prisa, de prisa! -dijo en voz baja-. La luna va a salir de
un momento a otro. Los
otros dos respondieron con un gruñido, sin dejar de cavar.
Durante un rato no hubo otro ruido que el chirriante de las
palas al arrojar a un lado montones de barro y pedruscos.
Era labor pesada. Al cabo, una pala tropezó en el féretro
con un golpe sordo; y dos minutos después los dos hombres
lo extrajeron de la -Ya
está hecha esta condenada tarea, galeno; y ahora mismo
alarga usté otros cinco dólares, o ahí se queda
eso. -Así
se habla -dijo Joe el Indio. -¡Cómo!,
¿qué quiere decir esto? -exclamó el doctor-. Me habéis
exigido la paga adelantada, y ya os he pagado. -Sí,
y más que eso aún -dijo Joe, acercándose al doctor, que
ya se había incorporado-. Hace cinco años me echó usted
de la cocina de su padre una noche que fui a pedir algo de
comer, y dijo que no iba yo allí a cosa buena; y cuando yo
juré que me lo había de pagar aunque me costase cien años,
su padre me hizo meter en la cárcel por vagabundo. ¿Se
figura que se me ha olvidado? Para algo tengo la sangre
india. ¡Y ahora
le tengo a usted cogido y tiene que pagar la cuenta! Para
entonces estaba ya amenazando al doctor, metiéndole el puño
por la cara. El doctor le soltó de -¡Vamos
a ver! ¿Por qué pega usted a mi socio? -y un instante
después se había lanzado sobre el doctor y los dos
luchaban fieramente, pisoteando la hierba y hundiendo los
talones en el suelo blando. Joe el Indio se irguió de un
salto, con los ojos relampagueantes de ira, cogió la navaja
de Potter, y deslizándose agachado como un felino fue dando
vueltas en torno de los combatientes, buscando una
oportunidad. De pronto el doctor se desembarazó de su
adversario, agarró el pesado tablón clavado a la cabecera
de la tumba Poco
después, cuando la luna alumbró de nuevo, Joe el Indio
estaba en pie junto a los dos hombres caídos, contemplándolos.
El doctor balbuceó unas palabras inarticuladas, dio una
larga boqueada y se quedó
inmóvil. El mestizo murmuró: -Aquella
cuenta ya está ajustada. Después
registró al muerto y le robó cuanto llevaba en los
bolsillos, y en seguida colocó la navaja homicida en la
mano derecha de Potter, que la tenía abierta, y se sentó
sobre el féretro destrozado. Pasaron dos, tres, cuatro
minutos y entonces Potter comenzó a removerse, gruñendo.
Cerró la mano sobre la navaja, la levantó, la miró un
instante y la dejó caer estremeciéndose. Después se sentó,
empujando al cadáver lejos de
sí y fijó en él los ojos, y luego miró alrededor
aturdido. Sus ojos se encontraron con los de Joe. -¡Cristo!
¿Cómo es esto, Joe? -dijo. -Es
un mal negocio -contestó Joe sin inmutarse-. ¿Para qué lo
has hecho? -¿Yo?
¡No he hecho tal cosa! -¿Cómo?
¿Ahora sales con ésas? Potter
tembló y se puso pálido. Yo
creía que se me había pasado la borrachera. No debía
haber bebido esta noche. Pero la tengo todavía en la
cabeza..., peor que antes de venir aquí. No sé por dónde
me ando; no me acuerdo casi de nada. Dime, Joe... palabra
honrada, ¿lo hé hecho yo? Nunca tuve tal intención; te lo
juro por la salvación de mi alma, Joe:
no fue tal mi intención. Dime cómo ha sido. ¡Da
espanto!... ¡Y él, tan joven, y que prometía tanto! -Pues
los dos andabais a golpes, y él te arreó uno con el tablón,
y caíste despatarrado; y entonces vas y te levantas, dando
tumbos y traspiés, y coges el cuchillo y se lo clavas, en
el momento justo en que él te daba otro
tablonazo más fuerte; y ahí te has estado, mismamente como
muerto, desde entonces. -¡Ay!
¡No sabía lo que me hacía! ¡Que me muera aquí mismo si
me di cuenta! Fue todo cosa del whisky y del acaloramiento,
me figuro. Nunca usé un arma en mi vida. He reñido, pero
siempre sin armas. Todos pueden decirlo. Joe..., ¡Cállate,
no digas nada! Dime que no has de decir nada. Siempre fui
parcial por ti, Joe, y estuve de tu parte, ¿no te acuerdas?
¿No dirás nada? Y el mísero cayó de rodillas ante el
desalmado asesino,
suplicante, con las manos cruzadas. -No;
siempre te has portado derechamente conmigo, y no he de ir
contra ti. Ya está dicho; no se me puede
pedir más. Joe,
eres un ángel. Te he de bendecir por esto mientras viva
-dijo Potter, rompiendo a llorar. -Vamos,
basta ya de gimoteos. No hay tiempo para andar en lloros. Tú
te largas por ese camino y yo me voy
por ese otro. Andando, pues, y no dejes señal detrás de ti
por donde vayas. Potter
arrancó con un trote que pronto se convirtió en carrera.
El mestizo le siguió con la vista, y murmuró
entre dientes: -Si
está tan atolondrado con el golpe y tan atiborrado de la
bebida como parece, no ha de acordarse de la navaja hasta
que esté ya tan lejos de aquí que tenga miedo de volver a
buscarla solo y en un sitio como éste...;
¡gallina! Unos
minutos después el cuerpo del hombre asesinado, el cadáver
envuelto en la manta, el féretro sin tapa
y la sepultura abierta sólo tenían por testigo la luna. La
quietud y el silencio reinaban de nuevo.
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