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CAPÍTULO
XI Cerca
de mediodía todo el pueblo fue repentinamente electrificado
por la horrenda noticia. Sin necesidad del telégrafo -aún
no soñado en aquel tiempo-, el cuento voló de persona a
persona, de grupo a grupo, de casa a casa, con poco menos
que telegráfica velocidad. Por supuesto, el maestro de la
escuela dio fiesta para la tarde: a todo el pueblo le habría
parecido muy extraño si hubiera obrado de otro modo. Una
navaja ensangrentada había sido hallada junto a la víctima,
y alguien la había reconocido como perteneciente a Toda
la población marchaba hacia el cementerio. Las congojas de
Tom se disiparon, y se unió a la procesión, no porque no
hubiera preferido mil veces ir a cualquiera otro sitio, sino
porque una temerosa inexplicable fascinación, le arrastraba
hacia allí. Llegado al siniestro lugar, fue introduciendo
su cuerpecillo por entre la compacta multitud, y vio el
macabro espectáculo. Le parecía que había pasado una
eternidad desde
que había estado allí antes. Sintió un pellizco en un
brazo. Al volverse se encontraron sus ojos con los de
Huckleberry. En seguida miraron los dos a otra parte,
temiendo que alguien hubiera notado algo en aquel cruce de
miradas. Pero todo el mundo estaba de conversación y no tenía
ojos más que para el cuadro trágico
que tenían delante. «¡Pobrecillo!
¡Pobre muchacho! Esto ha de servir de lección para los
violadores de sepulturas. Muff Potter irá a la horca por
esto, si lo atrapan.» -Tales eran los comentarios. Y el
pastor dijo: «Ha sido un castigo;
aquí se ve la mano de Dios.» Tom
se estremeció de la cabeza a los pies, pues acababa de
posar su mirada en la impenetrable faz de Joe el Indio. En
aquel momento la muchedumbre empezó a agitarse y a
forcejear, y se oyeron gritos de «¡Es él!,
¡Es él!, ¡Viene él solo!» -¿Quién?,
¿quién? -preguntaron veinte voces. -¡Muff
Potter! -¡Eh,
que se ha parado! ¡Cuidado, que da la vuelta! ¡No le dejéis
escapar! Algunos,
que estaban en las ramas de los árboles, sobre la cabeza de
Tom, dijeron que no trataba de escapar,
sino que parecía perplejo y vacilante. -¡Vaya
un desparpajo! -dijo un espectador`. Se conoce que ha
sentido capricho por venir y echar tranquilamente
un vistazo a su obra...; no esperaba hallarse en compañía. La
muchedumbre abrió paso, y el sheriff ostentosamente, llegó
conduciendo a Potter, cogido del brazo. Tenía
el citado la cara descompuesta y mostraba en los ojos el
miedo que le embargaba. Cuando le pusieron ante el cuerpo
del asesinado tembló como con perlesías y, cubriéndose la
cara con las manos, rompió a llorar. -No
he sido yo, vecinos -dijo sollozando-; mi palabra de honor
que no he hecho tal cosa. -¿Quién
te ha acusado a ti? -gritó una voz. El
tiro dio en el blanco. Potter levantó la cara y miró en
torno con una patética desesperanza en su mirada.
Vio a Joe el Indio, y exclamó: -Joe,
Joe! ¡Tú me prometiste que nunca...! -¿Es
esta navaja de usted? -dijo el sheriff, poniéndosela de
pronto delante de los ojos. Potter
se hubiera caído a no sostenerle los demás, ayudándole a
sentarse en el suelo. Entonces dijo: Ya
me decía yo que si no volvía aquí y recogía la... -Se
estremeció, agitó las manos inertes, con un ademán
de vencimiento, y dijo-: Díselo, Joe, díselo todo... ya no
sirve callarlo. Huckleberry
y Tom se quedaron mudos y boquiabiertos, mientras el
desalmado mentiroso iba soltando serenamente su declaración
y esperaban a cada momento que se abriría el cielo y Dios
dejaría caer un rayo sobre aquella cabeza, admirándose de
ver cómo se retrasaba el golpe. Y cuando hubo terminado y,
sin embargo, continuó vivo y entero, su vacilante impulso
de romper el juramento y salvar la mísera vida del
prisionero se disipó por completo, porque claramente se veía
que el infame se había vendido a Satán, y sería
fatal entrometerse en cosas pertenecientes a un ser tan
poderoso y formidable. -¿Por
qué no te has ido? ¿Para qué necesitabas volver aquí?
-preguntó alguien. -No
lo pude remediar..., no lo pude remediar -gimoteó Potter-.
Quería escapar, pero parecía que no podía ir
a ninguna parte más que aquí. Joe
el Indio repitió su declaración con la misma impasibilidad
pocos minutos después, al verificarse la encuesta bajo
juramento; y los dos chicos, viendo que los rayos seguían aún
sin aparecer, se afirmaron en la creencia de que Joe se había
vendido al demonio. Se había convertido para ellos en el
objeto más horrendo a interesante que habían visto jamás,
y no podían apartar de su cara los fascinados ojos.
Resolvieron en su interior vigilarle de noche, con la
esperanza de que quizá lograsen atisbar alguna vez a su
diabólico dueño y señor. Joe
ayudó a levantar el cuerpo de la víctima y a cargarlo en
un carro; y se cuchicheó entre la estremecida multitud...
¡que la herida había sangrado un poco! Los dos muchachos
pensaron que aquella feliz circunstancia encaminaría las
sospechas hacia donde debían ir; pero sufrieron un desengaño,
pues varios de los presentes hicieron notar «que ese Joe
estaba a menos de una vara cuando Muff Potter cometió el crimen». El
terrible secreto y el torcedor de la conciencia perturbaron
el sueño de Tom por más de una semana; y una
mañana, durante el desayuno, dijo Sid: -Das
tantas vueltas en la cama y hablas tanto mientras duermes,
que me tienes despierto la mitad de la noche. Tom
palideció y bajó los ojos. -Mala
señal es ésa -dijo gravemente tía Polly-. ¿Qué traes en
las mientes, Tom? -Nada.
Nada, que yo sepa... -pero la mano le temblaba de tal manera
que vertió el café. -¡Y
hablas unas cosas! -continuó Sid-. Anoche decías: «¡Es
sangre, es sangre!, ¡eso es!» Y lo dijiste la mar de
veces. Y también decías: « ¡No me atormentéis así...,
ya lo diré!» ¿Dirás qué? ¿Qué es lo que ibas a decir? El
mundo daba vueltas ante Tom. No es posible saber lo que
hubiera pasado; pero, felizmente, en la cara de
tía Polly se disipó la preocupación, y sin saberlo vino
en ayuda de su sobrino. -¡Chitón!
-dijo-. Es ese crimen tan atroz. También yo sueño con él
casi todas las noches. A veces sueño que
soy yo la que lo cometió. Mary
dijo que a ella le pasaba lo mismo. Sid parecía satisfecho.
Tom desapareció de la presencia de su tía con toda la
rapidez que era posible sin hacerla sospechosa, y desde
entonces, y durante una semana, se estuvo quejando de dolor
de muelas, y por las noches se ataba las mandíbulas con un
pañuelo. Nunca llegó a
saber que Sid permanecía de noche en acecho, que solía
soltarle el vendaje y que, apoyado en un codo, escuchaba
largos ratos, y después volvía a colocarle el pañuelo en
su sitio. Las angustias mentales de Tom se fueron
desvaneciendo poco a poco, y el dolor de muelas se le hizo
molesto y lo dejó de lado. Si llegó Sid,
en efecto, a deducir algo de los murmullos incoherentes de
Tom, se lo guardó para él. Le parecía a Tom que sus compañeros
de escuela no iban a acabar nunca de celebrar «encuestas»
con gatos muertos, manteniendo así vivas sus cuitas y
preocupaciones. Sid observó que Tom no hacía nunca de
coroner en ninguna de esas investigaciones, aunque era hábito
suyo ponerse al frente de toda nueva empresa; también notó
que nunca actuaba como testigo..., y eso era sospechoso; y
tampoco echó en saco roto la circunstancia de que Tom
mostraba una decidida aversión a esas encuestas y las huía
siempre que le era posible. Sid se maravillaba, pero nada
dijo. Sin embargo, hasta las encuestas pasaron de moda al
fin, y cesaron de atormentar
la cargada conciencia de Tom. Todos
los días, o al menos un día sí y otro no, durante aquella
temporada de angustia, Tom, siempre alerta para aprovechar
las ocasiones, iba hasta la ventanita enrejada de la cárcel
y daba a hurtadillas al asesino cuantos regalos podía
proporcionarse. La cárcel era una mísera covacha de
ladrillo que estaba en un fangal,
al extremo del pueblo, y no tenía nadie que la guardase;
verdad es que casi nunca estaba ocupada. Aquellas
dádivas contribuían grandemente a aligerar la conciencia
de Tom. La gente del pueblo tenía muchas ganas de emplumar
a Joe el Indio y sacarlo a la vergüenza, por violador de
sepulturas; pero tan temible era su fama, que nadie quería
tomar la iniciativa y se desistió de ello. Había él
tenido muy buen cuidado de empezar sus dos declaraciones con
el relato de la pelea, sin confesar el robo del cadáver que
le precedió,
y por eso se consideró lo más prudente no llevar el caso
al tribunal por el momento.
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