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CAPÍTULO
XVI Después
de comer toda la cuadrilla se fue a la caza de huevos de
tortuga en la barra. Iban de un lado a otro
metiendo palitos en la arena, y cuando encontraban un sitio
blando se ponían de rodillas y escarbaban con
las manos. A veces sacaban cincuenta o sesenta de un solo
agujero. Eran redonditos y blancos, un poco Cuando
ya no podían más de puro cansancio, corrían a tenderse en
la arena, seca y caliente, y se cubrían con
ella, y a poco volvían otra vez al agua a repetir, una vez
más, todo el programa. Después se les ocurrió que
su piel desnuda imitaba bastante bien unas mallas de
titiritero, a inmediatamente trazaron un redondel en
la arena y jugaron al circo: un circo con tres payasos, pues
ninguno quiso ceder a los demás posición de tanta
importancia y brillo. Más
tarde sacaron las canicas y jugaron con ellas a todos los
juegos conocidos, hasta que se hastiaron de la
diversión. Joe y Huck se fueron otra vez a nadar, pero Tom
no se atrevió porque, al echar los pantalones por
el aire, había perdido la pulsera de escamas de serpiente
de cascabel que llevaba en el tobillo. Cómo había
podido librarse de un calambre tanto tiempo sin la protección
de aquel misterioso talismán, era cosa que
no comprendía. No se determinó a volver al agua hasta que
lo encontró, y para entonces ya estaban los otros
fatigados y con ganas de descansar. Poco a poco se
desperdigaron, se pusieron melancólicos y miraban
anhelosos, a través del ancho río, al sitio donde el
pueblo sesteaba al sol. Tom se sorprendió a sí mismo
escribiendo Becky en la arena con el dedo gordo del pie; lo
borró y se indignó contra su propia debilidad.
Pero, sin embargo, lo volvió a escribir de nuevo; no podía
remediarlo. Lo borró una vez más, y para
evitar la tentación fue a juntarse con los otros. Pero
los ánimos de Joe habían decaído a un punto en que ya no
era posible levantarlos. Sentía la querencia
de su casa y ya no podía soportar la pena de no volver a
ella. Tenía las lágrimas prontas a brotar. Huck
también estaba melancólico. Tom se sentía desanimado,
pero luchaba para no mostrarlo. Tenía guardado
un secreto que aún no estaba dispuesto a revelar; pero si
aquella desmoralización de sus secuaces no
desaparecía pronto no tendría más remedio que
descubrirlo. En tono amistoso y jovial les dijo: -Apostaría
a que ya ha habido piratas en esta isla. Tenemos que
explorarla otra vez. Habrán escondido tesoros
por aquí. ¿Qué os parecería si diésemos con un cofre
carcomido todo lleno de oro y plata, eh? Pero
no despertó más que un desmayado entusiasmo, que se
desvaneció sin respuesta. Tom probó otros medios
de seducción, pero todos fallaron: era ingrata a inútil
tarea. Joe estaba sentado, con fúnebre aspecto, hurgando
la arena con un palo, y al fin dijo: -Vamos,
chicos, dejemos ya esto. Yo quiero irme a casa. Está esto
tan solitario... -No,
Joe, no; ya te encontrarás mejor poco a poco -dijo Tom-.
Piensa en lo que podemos pescar aquí. -No
me importa la pesca. Lo que quiero es ir a casa. -Pero
mira que no hay otro sitio como éste para nadar... -No
me gusta nadar. Por lo menos, parece como que no me gusta
cuando no tengo a nadie que me diga que
no lo haga. Me vuelvo a mi casa. -¡Vaya
un nene! Quieres ver a tu mamá, por supuesto. -Sí,
quiero ver a mi madre; y también tú querrías si la
tuvieses. ¡El nene serás tú! -Y Joe hizo un puchero. -Bueno,
bueno; que se vuelva a casa el niño llorón con su mamá,
¿no es verdad, Huck? ¡Pobrecito, que quiere
ver a su mamá! Pues que la vea... A ti te gusta estar aquí,
¿no es verdad, Huck? Nosotros nos quedaremos,
¿no es eso? Huck
dijo un «Sí...» por compromiso. -No
me vuelvo a juntar contigo mientras viva -dijo Joe levantándose-.
¡Ya está! -y se alejó enfurruñado y empezó
a vestirse. -¿Qué
importa? -dijo Tom-. ¡Como si yo quisiera juntarme! Vuélvete
a casa para que se rían de ti. ¡Vaya un
pirata! Huck y yo no somos nenes lloricones. Aquí nos
estamos, ¿verdad, Huck? Que se largue si quiere. Podemos
pasar sin él. Pero
Tom estaba, sin embargo, inquieto, y se alarmó al ver a Joe,
que ceñudo, seguía vistiéndose. También
era poco tranquilizador ver a Huck, que miraba aquellos
preparativos con envidia y guardaba un ominoso
silencio. De pronto, Joe, sin decir palabra, empezó a
vadear hacia la ribera de Illinois, A Tom se le encogió
el corazón. Miró a Huck. Huck no pudo sostener la mirada y
bajó los ojos. -También
yo quiero irme, Tom -dijo-; se iba poniendo esto muy
solitario, y ahora lo estará más. Vámonos
nosotros también. -No
quiero: podéis iros todos si os da la gana. Estoy resuelto
a quedarme. -Tom,
pues yo creo que es mejor que me vaya. -Pues
vete... ¿quién te lo impide? Huck
empezó a recoger sus pingos dispersos, y después dijo: -Tom,
más valiera que vinieras tú. Piénsalo bien. Te
esperaremos cuando lleguemos a la orilla. -Bueno;
pues vais a esperar un rato largo. Huck
echó a andar apesadumbrado y Tom le siguió con la mirada,
y sentía un irresistible deseo de echar a
un lado su amor propio y marcharse con ellos. Tuvo una lucha
final con su vanidad y después echó a correr
tras su compañero gritando: -¡Esperad!
¡Esperad! ¡Tengo que deciros una cosa! Los
otros se detuvieron aguardándole. Cuando los alcanzó
comenzó a explicarles su secreto, y le escucharon
de mala gana hasta que al fin vieron «dónde iba a parar»,
y lanzaron gritos de entusiasmo y dijeron
que era una cosa «de primera» y que si antes se lo hubiera
dicho no habrían pensado en irse. Tom dio
una disculpa aceptable; pero el verdadero motivo de su
tardanza había sido el terror de que ni siquiera el
secreto tendría fuerza bastante para retenerlos a su lado
mucho tiempo, y por eso lo había guardado como el
último recurso para seducirlos. Los
chicos dieron la vuelta alegremente y tornaron a sus juegos
con entusiasmo, hablando sin cesar del estupendo
plan de Tom y admirados de su genial inventiva. Después de
una gustosa comida de huevos y pescado
Tom declaró su intención de aprender a fumar allí mismo.
A Joe le sedujo la idea y añadió que a él Tendidos,
y reclinándose sobre los codos, empezaron a fumar con brío
y con no mucha confianza. El humo
sabía mal y carraspeaban a menudo; pero Tom dijo: -¡Bah!
¡Es cosa fácil! Si hubiera sabido que no era más que esto
hubiera aprendido mucho antes. -Igual
me pasa a mí -dijo Joe-. Esto no es nada. -Pues
mira -prosiguió Tom-. Muchas veces he visto fumar a la
gente, y decía: «¡Ojalá pudiera yo fumar!»;
pero nunca se me ocurrió que podría. Eso es lo que me
pasaba, ¿no es verdad, Huck? ¿No me lo has
oído decir? -La
mar de veces -contestó Huck. -Una
vez lo dije junto al matadero, cuando estaban todos los
chicos delante. ¿Te acuerdas, Huck? -Eso
fue el día que perdí la canica blanca... No, el día
antes. -Podría
estar fumando esta pipa todo el día -dijo Joe-. No me
marea. -Ni
a mí tampoco -dijo Tom-; pero apuesto a que Jeff Thatcher
no era capaz. -¿Jeff
Thatcher! ¡Ca! Con dos chupadas estaba rodando por
el suelo. Que haga la prueba. ¡Lo que yo daría
porque los chicos nos estuviesen viendo ahora! -¡Y
yo! Lo que tenéis que hacer es no decir nada, y un día,
cuando estén todos juntos, me acerco y te digo:
«Joe, ¿tienes tabaco? Voy a echar una pipa». Y tú dices,
así como si no fuera nada: «Sí, tengo mi pipa vieja
y además otra; pero el tabaco vale poco». Y yo te digo:
«¡Bah!, ¡con tal de que sea fuerte...!» Y entonces
sacas las pipas y las encendemos, tan frescos, y ¡habrá
que verlos! -¡Qué
bien va a estar! ¡Qué lástima que no pueda ser ahora
mismo, Tom! -Y
cuando nos oigan decir que aprendimos mientras estábamos
pirateando, ¡lo que darían por haberlo hecho
ellos también! Así
siguió la charla; pero de pronto empezó a flaquear un poco
y a hacerse desarticulada. Los silencios se prolongaban
y aumentaban prodigiosamente las expectoraciones. Cada poro
dentro de las bocas de los muchachos
se había convertido en un surtidor y apenas podían achicar
bastante deprisa las lagunas que se les
formaban bajo las lenguas, para impedir una inundación;
frecuentes desbordamientos les bajaban por la garganta
a pesar de todos sus esfuerzos, y cada vez les asaltaban
repentinas náuseas. Los dos chicos estaban muy
pálidos y abatidos. A Joe se le escurrió la pipa de entre
los dedos fláccidos. La de Tom hizo lo mismo. Ambas
fuentes fluían con ímpetu furioso, y ambas bombas
achicaban a todo vapor. Joe dijo con voz tenue: -Se
me ha perdido la navaja. Más vale que vaya a buscarla. Tom
dijo, con temblorosos labios y tartamudeando: -Voy
a ayudarte. Tú te vas por allí y yo buscaré junto a la
fuente. No, no vengas Huck, nosotros la encontraremos. Huck
se volvió a sentar y esperó una hora. Entonces empezó a
sentirse solitario y marchó en busca de sus compañeros.
Los encontró muy apartados, en el bosque, ambos palidísimos
y profundamente dormidos. Pero
algo le hizo saber que, si habían tenido alguna
incomodidad, se habían desembarazado de ella. Hablaron
poco aquella noche a la hora de la cena. Tenían un aire
humilde, y cuando Huck preparó su pipa
después del ágape y se disponía a preparar las de ellos,
dijeron que no, que no se sentían bien...: alguna cosa
habían comido a mediodía que les había sentado mal. A
eso de medianoche Joe se despertó y llamó a los otros. En
el aire había una angustiosa pesadez, como -¡A
escape, chicos! ¡A la tienda! Se
irguieron de un salto y echaron a correr, tropezando en las
raíces y en las lianas, cada uno por su lado. Un
vendaval furioso rugió por entre los árboles sacudiendo y
haciendo crujir cuanto encontraba en su camino.
Deslumbrantes relámpagos y truenos ensordecedores se sucedían
sin pausa. Y después cayó una lluvia
torrencial, que el huracán impedía en líquidas sábanas a
ras del suelo. Los chicos se llamaban a gritos,
pero los bramidos del viento y el retumbar de la tronada,
ahogaban por completo sus voces. Sin embargo,
se juntaron al fin y buscaron cobijo bajo la tienda,
ateridos, temblando de espanto, empapados de agua;
pero gozosos de hallarse en compañía en medio de su
angustia. No podían hablar por la furia con que aleteaba
la maltrecha vela, aunque otros ruidos lo hubiesen
permitido. La tempestad crecía por momentos, y
la vela, desgarrando sus ataduras, marchó volando en la
turbonada. Los chicos, cogidos de la mano, huyeron,
arañándose y dando tumbos, a guarecerse bajo un gran roble
que se erguía a la orilla del río. La batalla
estaba en su punto culminante. Bajo la incesante deflagración
de los relámpagos que flameaban en el
cielo todo se destacaba crudamente y sin sombras; los árboles
doblegados, el río ondulante cubierto de blancas
espumas, que el viento arrebataba, y las indecisas líneas
de los promontorios y acantilados de la otra
orilla, se vislumbraban a ratos a través del agitado velo
de la oblicua lluvia. A cada momento algún árbol
gigante se rendía en la lucha y se desplomaba con
estruendosos chasquidos sobre los otros más jóvenes,
y el fragor incesante de los truenos culminaba ahora en
estallidos repentinos y rápidos, explosiones que
desgarraban el oído y producían indecible espanto. La
tempestad realizó un esfuerzo supremo, como si fuera
a hacer la isla pedazos, incendiarla, sumergirla hasta los
ápices de los árboles, arrancarla de su sitio y aniquilar
a todo ser vivo que en ella hubiese, todo a la vez, en el
mismo instante. Era una tremenda noche para
pasarla a la intemperie aquellos pobres chiquillos sin
hogar. Pero
al cabo la batalla llegó a su fin, y las fuerzas
contendientes se retiraron, con amenazas y murmullos cada
vez más débiles y lejanos, y la paz recuperó sus fueros.
Los chicos volvieron al campamento, todavía sobrecogidos
de espanto; pero vieron que aún tenían algo que agradecer,
porque el gran sicomoro resguardo
de sus yacijas no era ya más que una ruina, hendido por los
rayos, y no habían estado ellos allí, bajo
su cobijo, cuando la catástrofe ocurrió. Todo
en el campamento estaba empapado, incluso la hoguera, pues
no eran sino imprevisoras criaturas, como
su generación, y no habían tomado precauciones para en
caso de lluvia. Gran desdicha era, porque estaban
chorreando y escalofriados. Hicieron gran lamentación, pero
en seguida descubrieron que el fuego había
penetrado tanto bajo el enorme tronco que servía de
respaldar a la hoguera, que un pequeño trecho había
escapado a la mojadura. Así, pues, con paciente trabajo, y
arrimando briznas y cortezas de otros troncos
resguardados del chaparrón, consiguieron reanimarlo. Después
apilaron encima gran provisión de palos
secos, hasta que surgió de nuevo una chisporroteante
hoguera, y otra vez se les alegró el corazón. Sacaron
el jamón cocido y tuvieron un festín; y sentados después
en torno del fuego comentaron, exageraron y
glorificaron su aventura nocturna hasta que rompió el día,
pues no había un sitio seco donde tenderse
a dormir en todos aquellos alrededores. Cuando
el sol empezó a acariciar a los muchachos sintieron éstos
invencible somnolencia y se fueron al banco
de arena a tumbarse y dormir. El sol les abrazó la piel muy
a su sabor, y mohínos se pusieron a preparar
el desayuno. Después se sintieron con los cuerpos
anquilosados, sin coyunturas, y además un tanto nostálgicos
de sus casas. Tom vio los síntomas, y se puso a reanimar a
los piratas lo mejor que pudo. Pero no
sentían ganas de canicas, ni de circo, ni de nadar, ni de
cosa alguna. Les hizo recordar el importante secreto,
y así consiguió despertar en ellos un poco de alegría.
Antes de que se desvaneciese, logró interesarlos
en una nueva empresa. Consistía en dejar de ser piratas por
un rato y ser indios, para variar un poco.
La idea los sedujo: así es que se desnudaron en un santiamén
y se embadurnaron con barro, a franjas, como
cebras. Los tres eran jefes, por supuesto, y marcharon a
escape, a través del bosque, a atacar un poblado
de colonos ingleses. Después
se dividieron en tres tribus hostiles, y se dispararon
flechas unos a otros desde emboscadas, con espeluznantes
gritos de guerra, y se mataron y se arrancaron las
cabelleras por miles. Fue una jornada sangrienta
y, por consiguiente, satisfactoria. Se
reunieron en el campamento a la hora de cenar, hambrientos y
felices. Pero surgió una dificultad: indios
enemigos no podían comer juntos el pan de la hospitalidad
sin antes hacer las paces, y esto era, simplemente,
una imposibilidad sin fumar la pipa de la paz. Jamás habían
oído de ningún otro procedimiento.
Dos de los salvajes casi se arrepentían de haber dejado de
ser piratas. Sin embargo, ya no había
remedio, y con toda la jovialidad que pudieron simular
pidieron la pipa y dieron su chupada, según iba
pasando a la redonda, conforme al rito. Y
he aquí que se dieron por contentos de haberse dedicado al
salvajismo, pues algo habían ganado con ello:
vieron que ya podían fumar un poco sin tener que marcharse
a buscar navajas perdidas, y que no se llegaban
a marear del todo. No era probable que por la falta de
aplicación, desperdiciasen tontamente tan halagüeñas
esperanzas como aquello prometía. No; después de cenar
prosiguieron, con prudencia, sus ensayos,
y el éxito fue lisonjero, pasando por tanto, una jubilosa
velada. Se sentían más orgullosos y satisfechos
de su nueva habilidad que lo hubieran estado de mondar y
pelar los cráneos de las tribus de las Seis
Naciones. Dejémoslos fumar, charlar y fanfarronear, pues
por ahora no nos hacen falta.
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