Ir al inicio de BibliotecasVirtuales.com

Capítulos XXI a XXV

CAPÍTULO XXI

HENDON, EL SALVADOR

El anciano se apartó, agachado, cautelosamente, como un gato, y acercó el banco. Se sentó en él, con medio cuerpo expuesto a la débil y vacilante luz, y el otro medio en las sombras; y así, con la mirada clavada en el dormido niño, prosiguió su paciente vela, sin cuidarse del paso del tiempo y sin cesar de afilar suavemente el cuchillo, en tanto que no paraba de refunfuñar y hacer gestos. Por su aspecto y su actitud no parecía sino una araña horrible y misteriosa, que se ensañara sobre un desdichado insecto preso en su tela e indefenso.

Después de largo tiempo, el viejo, que seguía aún mirando, aunque sin ver, pues su mente había caído en una abstracción soñolienta, observó de pronta que los ojos del niño estaban abiertos, y se fijaban con helado terror en el cuchillo. Una sonrisa de diablo satisfecho asomó al rostro del ermitaño, que dijo sin cambiar de actitud ni de ocupación:

––Hijo de Enrique VIII, ¿has, rezado?

El niño luchó impotente contra sus ligaduras y al propio tiempo profirió por entre las cerradas mandíbulas un sonido ahogado, que el ermitaño quiso interpretar, como contestación afirmativa a su pregunta.

––Entonces reza otra vez; reza la oración de los moribundos.

Estremecióse el cuerpo de Eduardo, cuya faz palideció. Intentó otra vez libertarse, retorciéndose a un lado y a otro y tirando con frenesí, desesperadamente, pero en vano, para romper sus ligaduras; y entre tanto el viejo ogro no dejaba de sonreírle moviendo la cabeza y afilando plácidamente el cuchillo. De cuando en cuando refunfuñaba.

––Los momentos son preciosos; son pocos y preciosos. Reza la oración de los moribundos.

Lanzó el niño un gemido de desesperación, y jadeante cesó en sus forcejeos; luego asomaron a sus ojos las lágrimas, que cayeron una tras otra por su rostro. Pero esta lastimera escena no logró aplacar al feroz anciano.

Acércábase ya el alba. Al darse cuenta el ermitaño habló bruscamente, con un aire de temor nervioso en la voz:

––No debo permitir más tiempo este éxtasis. La noche ha pasado ya. No tengo más que un momento, sólo un momento... ¡Ojalá hubiera durado un año! Semilla del despojador de la Iglesia, cierra esos ojos que van a morir. Si temes levantar la vista...

Lo demás se perdió en palabras inarticuladas.

El viejo cayó de rodillas, cuchillo en mano, y se inclinó sobre el gemebundo niño.

Silencio. Se oyó ruido de voces cerca de la choza y el cuchillo cayó de las manos del ermitaño, el cual arrojo una piel de cordero sobre Eduardo y se levantó tembloroso. Aumentaron los ruidos, y pronto las voces sonaron bruscas y coléricas. Sobrevinieron luego golpes y gritos de socorro, y por fin el rumor de pasos rápidos que se retiraban. Inmediatamente se sintió una sucesión de golpes atronadores en la puerta de la choza, seguida de estas palabras:

––¡Hola! ¡Abrid! ¡Despertad, en nombre de todos los diablos!

¡Oh! Éste fue el sonido más grato que cuantas músicas sonaron jamás en los oídos del rey, porque era la voz de Miles Hendon.

El ermitaño, rechinando los dientes con impotente rabia, salió vivamente del cuarto, cerrando la puerta tras sí, y al instante oyó el rey una conversación parecida a. ésta:

––Mi homenaje y mi saludo, reverendo señor. ¿Dónde está el muchacho..., mi muchacho?

––¿Qué muchacho, amigo?

––¿Qué muchacho? Dejaos de mentiras, señor ermitaño, y no tratéis de engañarme, que no estoy de humor para sufrirlo. Cerca de aquí he apresado a los bellacos que me lo robaron, y les he hecho confesar. Me han dicho que se había escapado otra vez y que le habían seguido hasta la puerta de esta choza. Me enseñaron sus mismas huellas. No os detengáis más, porque os aseguro que si no me lo entregáis... ¿Dónde está?

––¡Oh, mi buen señor! ¿Acaso os referís al andrajoso vagabundo que llegó aquí anoche? Ya que un hombre como vos se interesa por un arrapiezo como él, sabed que ha ido a hacer un mandado. No tardará en venir.

––¿Cuánto tardará, cuánto tardará? No perdáis el tiempo. ¿No puedo ya alcanzarle? ¿Cuánto tardará en volver?

––No necesitáis molestaros. Volverá pronto.

––Sea, pues. Trataré de esperar. Pero..., un momento. ¿Decís que ha ido a un mandado? ¿Vos lo habéis enviado? Mentís; porque él no habría ido. Os habría tirado de esas viejas barbas si hubierais osado semejante insolencia. Has mentido, amigo, seguramente has mentido. No iría ni por ti ni por otro hombre alguno.

––Por otro hombre, no; por fortuna, no. Pero yo no soy un hombre.

––¿Qué? Entonces, en nombre de Dios, ¿qué eres?

––Es un secreto... Cuidad de no revelarlo. Yo soy un arcángel.

Soltó Miles Hendon un juramento tremendo, seguido de estas palabras:

––Eso explica muy bien su complacencia. Harto sabía yo que no movería pie ni mano en servicio de ningún mortal; pero hasta un rey debe obedecer cuando un arcángel se lo manda. ¡Silencio! ¿Qué ruido es ése?

Entretanto, el reyecito, en el otro aposento, no paraba de temblar tanto de terror como de esperanza, y ponía en sus gemidos de angustia toda la fuerza que podía, esperando siempre que llegaran a oídos de Hendon, y dándose cuenta con amargura de que no llegaban, o por lo menos de que no causaban efecto. Así esta última observación de Hendan llegó a sus oídos como llegaría a un moribundo un aliento vivificante desde una fresca campiña. Hizo un nuevo esfuerzo con la mayor energía, en el mismo momento que el ermitaño decía:

––¿Ruido? No he oído más que el viento.

––El viento sería tal vez. Es indudable: era el viento. Yo lo he estado oyendo débilmente mientras... ¿Otra vez? No es el viento. Qué sonido tan raro. Vamos a ver qué es.

La alegría del rey era casi insoportable Sus fatigados pulmones hicieron un terrible esfuerzo con la mayor fe, pero las atadas quijadas y la piel de cordero que le ahogaba, consiguieron frustrarlo. El corazón del pobre niño dio un vuelco al oír decir al ermitaño:

¡Ah! Ha venido de fuera..., creo que de ese bosquecillo. Venid, que yo os guiaré.

El rey oyó que ambos salían hablando y que sus pisadas expiraban muy pronto, y se quedó solo en un terrible silencio de mal agüero. Parecióle un siglo el tiempo que pasó hasta que se acercaron de nuevo los pasos y las voces, y esta vez oyó además otro ruido, al parecer el de los cascos de un caballo. Luego oyó decir a Hendon:

––No espero más, no espero más. Se habrá perdido en este espeso bosque. ¿Qué dirección ha tomado? ¡Pronto! Indicádmelo.

––¡Oh! Esperad; iré yo con vos.

––Bueno, bueno. La verdad es que eres mejor de lo que pareces. Pienso que no hay otro arcángel con tan buen corazón como el tuyo. ¿Quieres montar? Puedes subir en el asno que traigo para el muchacho, o ceñir con tus santas piernas los lomos de esta maldita mula que me he conseguido. Y en verdad que me habrían engañado con ella, aunque me hubiera costado menos de un penique.

––No. Subíos en vuestra mula y conducid el asno. Yo voy más seguro andando.

––Entonces haz el favor de cuidar el animalillo mientras yo arriesgo la vida en mi intento de montar en el animal grande.

Siguió una confusión de coces, pateos y corbetas, acompañados de una atronadora mezcla de maldiciones y juramentos, y, finalmente, de una amarga invectiva a la mula, que debió de dejarla sin ánimo; porque en aquel misma momento parecieron cesar las hostilidades.

Con inenarrable dolor oyó el atado rey que las voces y los pasos se alejaban y morían. Por un momento abandonó toda esperanza, y una desesperación sombría invadió su corazón.

––Han engañado a mi único amigo para librarse de él. Volverá el ermitaño y...

Terminó dando una sacudida, y en seguida se puso a forcejear frenéticamente con sus ligaduras, hasta lograr sacudirse la piel de cordero que le asfixiaba.

De pronto oyó abrirse la puerta y esto le heló hasta los huesos, pues ya le parecía sentir el cuchillo en su garganta. El horror le hizo cerrar, los ojos; el horror le hizo abrirlos de nuevo... y vio delante a Juan Canty y a Hugo.

Habría exclamado “¡Gracias a Dios!”; si hubiera tenido libres las quijadas.

Uno o dos minutos más tarde sus miembros estaban en libertad, y sus capturadores, asiéndolo cada cual de un brazo, se lo llevaron a toda prisa a través del bosque.

CAPÍTULO XXII

VÍCTIMA DE LA TRAICIÓN

Una vez más, el rey Fu-fu I anduvo con los vagabundos y los forajidos como blanco de sus groseras burlas y de sus torpes ultrajes, y a veces víctima del despecho de Canty y de Hugo, cuando el jefe volvía la espalda. No le detestaban más que Hugo y Canty. Algunos de los demás le querían, y todos admiraban su valor y su ánimo. Durante dos o tres días, Hugo, a cuyo cargo y custodia se hallaba el rey, hizo tortuosamente cuanto pudo para molestar al niño, y de noche, durante las orgías acostumbradas, divirtió a los reunidos haciéndole pequeñas perrerías, siempre como por casualidad., Dos veces pisó los pies del rey; como sin querer, y el rey, según convenía a su realeza, despectivamente, fingió no darse cuenta de ello; pero a la tercera vez que Hugo se permitió la misma broma, Eduardo lo derribó al suelo de un garrotazo, con inmenso júbilo de la tribu. Hugo, lleno de ira y de vergüenza, dio un salto, tomó a su vez un garrote y se lanzó con furia contra su pequeño adversario. Al momento se formó un ruedo en torno de los gladiadores y comenzaron las apuestas y los vítores. Pero el pobre Hugo estaba de mala suerte. Su torpe e inadecuada esgrima no podía servirle de nada frente a un brazo que había sido educado por los primeros maestros, de Europa con las paradas, ataques y toda clase de estocadas y cintarazos. El reyecito, alerta, pero con graciosa soltura, desviaba y paraba la espesa lluvia de golpes con tal facilidad y precisión que tenía admirados a los espectadores; y de cuando en cuando, no bien sus expertos ojos descubrían la ocasión, caía un golpe como un relámpago en la cabeza de Hugo; con lo cual la tormenta de aplausos y risas que despertaba era cosa de maravilla. Al cabo de quince minutos, Hugo, apaleado, contuso y blanco de un implacable bombardeo de burlas, abandonó el campo, y el ileso héroe de la lucha fue acogido y subido en hombros de la alegre chusma hasta el lugar de honor, al lado del jefe, donde con gran ceremonia fue coronado Rey de los Gallos de Pelea, declarándose al mismo tiempo solemnemente cancelado y abolido su anterior título de menos monta, y dictándose un decreto de destierro de la cuadrilla contra todo el que en adelante lo insultase.

Habían fracasado todas las tentativas de que el rey prestara sus servicios a los truhanes, pues Eduardo se había negado reiteradas veces a obrar, y además a la continua trataba de escaparse. El primer día de su regreso le obligaron a entrar en una cocina en la que no había nadie; pero no sólo salió de ella con las manos vacías, sino que trató de despertar a los moradores de la casa. Enviáronle con un calderero para que le ayudara en su trabajo, pero se negó, y además amenazó al hombre con su propio soldador; y, finalmente, tanto Hugo como el calderero tuvieron harto trabajo sólo con evitar que se les escapará. El niño lanzaba truenos reales sobre las cabezas de cuantos coartaban su libertad o trataban de obligarle a servir. Al cuidado de Hugo fue enviado a mendigar con una andrajosa mujer y un niño enfermo, pero el resultado fue poco satisfactorio, pues el rey se negó a hacerlo y a favorecer de ninguna manera la causa de los pordioseros.

Así pasaron varios días, y todas las miserias de aquella vida errante y toda la fatiga y sordidez y toda la mezquindad y vulgaridad de ella, llegaron a ser poco a poco tan intolerables para el cautivo, que éste empezó a decirse que el haberse librado del cuchillo del ermitaño no era al fin y al cabo sino, cuando mas, un respiro temporal concedido por la muerte.

Pero por la noche, en sueños, lo olvidaba todo y volvía a verse en su trono y gobernando. Esto, por supuesto, intensificaba los sufrimientos del despertar, y así la mortificación de cada nueva mañana, de las pocas que transcurrieron entre su vuelta a la esclavitud y la pelea con Hugo, fue siempre más y más amargay más y más dura de sobrellevar.

En la mañana que siguió a aquel combate, Hugo se levantó con el corazón lleno de deseos de venganza contra el rey. En especial tenía dos planes. Uno de ellos consistía en infligir una humillación singular al altivo espíritu y a la “imaginaria” realeza de aquel muchacho; y, de no lograrlo, su otro plan era imputar al rey un crimen de cualquier género, y entregarlo a las implacables garras de la justicia. Prosiguiendo su primer plan, pensó poner un “clima” en la pierna, del rey, juzgando, con razón, que le mortificaría en alto grado, y en cuanto el “clima” surtiera su efecto, se proponía conseguir la ayuda de Canty y obligar al rey a exponer la pierna en un camino y pedir limosna. “Clima” era la palabra usada por los ladrones para designar una fingida llaga. Para producirla, se hacía una pasta o cataplasma de cal viva, jabón y orín de hierro viejo y se extendía sobre un pedazo de cuero, que después se sujetaba fuertemente a la pierna. Esto desprendía muy pronto la piel y dejaba la carne viva y muy irritada. Luego frotaban sangre sobre el sitio, la cual, al secarse, tomaba un color oscuro y repulsivo, y por último ponían un vendaje de trapos manchados, con mucho ingenio para que asomara la repugnante úlcera, y despertar la compasión de los transeúntes.

Consiguió Hugo el auxilio del calderero, a quien el rey había amenazado con el soldador. Llevaron al muchacho a una excursión en busca de trabajo, y en cuanto no pudieron verlos desde el campamento, lo derribaron al suelo y el calderero lo sostuvo mientras Hugo le ponía el “clima” en la pierna.

El rey se enfureció y los insultó, con promesa de ahorcar a los dos en cuanto volviera a tener el cetro en sus manos; pero ellos lo sujetaron con fuerza, divirtiéndose con su impotente cólera y burlándose de sus amenazas. Así siguieron hasta que empezó a obrar la cataplasma, y al poco tiempo aquello se habría perfeccionado de no haber sobrevenido interrupción; mas la hubo, porque el “esclavo” que había hablado denunciando las leyes inglesas, apareció en escena y puso fin a la maquinación, arrancando los vendajes y la cataplasma.

–– Quiso el rey agarrar el garrote de su libertador y calentar las costillas en el acto a los dos bribones, pero el hombre le disuadió, alegando que eso traería disgustos y que era mejor dejar el asunto hasta la noche, pues entonces, reunida toda la tribu; la gente extraña no se arriesgaría a interponerse ni a interrumpirlos. Volvióse la partida al campamento, y el libertador del rey contó el asunto al jefe, quien escucho, reflexionó y decidió al fin que no dedicaran más al rey a mendigar, puesto que evidentemente era digno de algo mejor y mas elevado, por lo cual al momento, le licenció de las filas de los mendigos, y le señaló para hurtar.

Hugo no cabía en sí de gozo. Ya había tratado de hacer que Eduardo robara, sin conseguirlo, pero ahora ya quedaba todo arreglado, porque, como es natural, no se atrevería el rey ni por sueños a desobedecer una orden terminante emanada del jefe. Así planeó una incursión para aquella misma noche, con el propósito de hacer caer al niño en las garras de la ley, y, de lograrlo, con tan ingeniosa estratagema, que pareciese cosa accidental y no intencionada, porque el Rey de los Gallos de Pelea era ya popular, y la partida no habría de tratar con excesiva dulzura a un individuo antipático que les hiciese tan grave traición como la de entregarlo al enemigo común, que era la justicia.

A su debido tiempo salió Hugo con su víctima en dirección a un pueblo vecino, y los dos fueron lentamente de calle en calle, uno de ellos esperando un momento seguro de conseguir su malhadado propósito, y el otro esperando con no menos ansia la coyuntura de escapar, y de librarse para siempre de su infame cautiverio.

Ambos desperdiciaron algunas ocasiones que prometían bastante, porque en su interior estaban resueltos a proceder sobre seguro aquella vez, y a no permitir a sus febriles deseos que incurrieran en más aventuras de incierto resultado.

Fue a Hugo a quien se le presentó la primera oportunidad, porque al fin se acercó una mujer que llevaba en un cesto cierto envoltorio grueso. Los ojos de Hugo relucieron de perverso, placer al decirse:

––¡Por mi vida! Si puedo imputarle eso al Rey de los Gallos de Pelea, estará perdido.

Esperó y acechó pacientemente, al parecer, pero por dentro consumido por los nervios, hasta que hubo pasado la mujer y la ocasión estuvo en su punto. Entonces dijo en voz baja:

-Espera que vuelva.

Y cautelosamente se lanzó tras su víctima.

Llenóse de alegría el corazón del rey, que podía ya escaparse si la empresa de Hugo le llevara algo lejos; pero no había de tener semejante suerte. Hugo se deslizó detrás de la mujer, le arrebató el lío y volvió corriendo y envolviéndole en un pedazo de manta vieja que llevaba al brazo. La mujer prorrumpió en gritos no bien sintió la pérdida por la disminución de peso, aunque no se había dado cuenta del hurto Hugo, sin detenerse, puso el lío en las manos del rey, diciéndole:

––Ahora corre detrás de mí gritando: “¡Al ladrón, al ladrón!”, pero ten cuidado de despistarlos.

Un momento después volvió Hugo una esquina y se precipitó por un callejón, y en seguida volvió a aparecer a la vista como un ser indiferente e inofensivo y se colocó detrás de un poste para ver los resultados de su maquinación.

El ofendido rey arrojó el envoltorio al suelo y la manta se le cayó en el momento de llegar la mujer, seguida de una tumultuosa muchedumbre. La mujer agarro con una mano la muñeca de Eduardo, asió el envoltorio con la otra y empezó a insultar al niño, que luchaba sin éxito por desasirse de sus manos. Hugo había visto lo suficiente. Su enemigo había sido capturado y la ley se las entendería con él. Por esta razón se escabulló jubiloso y sonriente y se dirigió hacia el campamento, fraguando por el camino una versión aceptable del caso para contársela al jefe.

Continuó, el rey forcejeando por soltarse de la mujer, y exclamando mortificadísimo:

––¡Suéltame, necia criatura! No he sido yo el que te ha despojado de tus mezquinos bienes.

La muchedumbre se agrupó en torno, amenazando al rey y lanzándole insultos. Un herrero fornido, con mandil de cuero y mangas arremangadas hasta los codos, quiso lanzarse sobre él, diciendo que iba a darle una paliza como lección, mas en aquel instante centelló una espada en el aire, cayó de plano con convincente fuerza sobre el brazo del hombre, en tanto que su estrambótico dueño decía, como quien no quiere la cosa:

Vamos a ver, buenas almas; procedamos con suavidad y no con mala sangre ni palabras anticristianas. Éste es un asunto para que lo examine la justicia, no para que se trate privadamente. Suelta al muchacho, buena mujer.

El herrero midió con la mirada al membrudo soldado y se alejó refunfuñando y frotándose el brazo. La mujer soltó a regañadientes la muñeca del niño y la muchedumbre miró al desconocido con poca simpatía, pero prudentemente cerró la boca. El reyecito saltó al lado de su salvador, con las mejillas arreboladas y los ojos relucientes, y exclamó:

––Mucho te has tardado, pero ahora vienes muy a tiempo, sir Miles. Hazme pedazos a toda esa canalla.  

CAPÍTULO XXIII

EL PRINCIPE PRISIONERO

Hendon sonrió a su pesar, mientras se inclinaba y cuchicheaba al oído del rey:

––Calma, calma; príncipe. Habla con cautela..., aunque mejor será que no hables. Confía en mí, que todo saldrá bien al final. ––Y añadió para si: ––¡Sir Miles! ¡Anda! ¡Si ya me había olvidado de que era un caballero! ¡Cuán maravilloso es comprobar cómo se aferra su memoria a sus peregrinas locuras!  Mi título es fantástico y necio y, sin embargo, es una cosa que he merecido, porque a mi ver es más honor que le tengan a uno por digno de ser espectro de un caballero en este Reino de los Sueños y de las Sombras, que ser considerado lo bastante rastrero para ser conde en algunos de los reinos de veras de este mundo.

La muchedumbre se apartó para dar paso a un alguacil, quien se aprestaba a poner manos en el hombro del rey, cuando le dijo Hendon:

––Despacio, buen amigo. Retira la mano, porque él irá pacíficamente. Yo te respondo de ello. Ve por delante, que te seguimos.

Echó a andar el alguacil con la mujer y su envoltorio, y Miles y el rey fueron detrás de ellos, seguidos por la turbamulta. El rey se mostraba propenso a rebelarse, pero Hendon le dijo en voz baja:

––Reflexiona, señor, que tus leyes son la saludable emanación de tu propia realeza. Si el que las dicta se resiste, ¿cómo podría obligar a los demás a respetarlas? En apariencia se ha infringido una de esas leyes.

Cuando el rey vuelva a estar en su trono, ¿podrá humillarle recordar que, cuando era un simple particular, al parecer, desapareció lealmente ante el ciudadano, y se sometió a la autoridad de las leyes?

––Tienes razón; no digas más. Ya veras cómo cualquier sufrimiento que pueda imponer el rey de Inglaterra a un súbdito, con arreglo a la ley, lo padecerá él mismo mientras ocupa el sitio de un vasalla.

Cuando llamaron a la mujer a declarar ante el juez de paz, juró que el preso que se hallaba en la barra era la persona que había cometido el hurto. Como nadie podía demostrar lo contrario, el rey quedó convicto. Se deshizo el envoltorio, y cuando su contenido resultó ser un cerdito aderezado, el juez se mostró perplejo, mientras Hendon palidecía y sentía pasar por su cuerpo una corriente eléctrica de pavor, mas el rey permaneció impertérrito en la ignorancia. Meditó el juez durante una pausa siniestra, y luego se volvió a la mujer, preguntándole:

––¿Cuánto crees que vale eso?

––Tres chelines y seis peniques, señor ––contestó la mujer haciendo una cortesía––. No podría rebajar su valor un penique para decirlo honradamente.

El juez miró con cierto desasosiego a la multitud, y luego hizo una seña al alguacil, ordenando:

––Despejad la sala y cerrad las puertas.

Así se hizo, sin que quedaran dentro más que el juez y el alguacil, el acusado, la acusadora y Miles Hendon. Este último estaba tieso y pálido y de su frente brotaban gotas de sudor que caían por si rostro. El juez se volvió de nueve a la mujer y dijo con voz compasiva:

––Éste es un pobre muchacho ignorante, que quizá ha sido hostigado por el hambre... ¿Sabes, buena mujer, que si se roba una cosa de valor superior a trece peniques y medio, dice la ley que el ladrón debe ser ahorcado?

Estremecióse el rey, que abrió desmesuradamente los ojos de terror, pero supo dominarse y guardar silencio. No así la mujer, que se puso en pie de un salto, temblando de espanto, y gritó:

––¡Oh, Dios mío! ¿Qué he hecho? ¡Santo cielo! Por nada del mundo querría que ahorcaran al infeliz. ¡Ah! ¡Salvadme de eso, señor! ¿Qué debo hacer? ¿Qué puedo hacer?

Mantuvo el juez la dignidad de su cargo y contestó con sencillez:

––Sin duda se puede revisar el valor, porque aún no consta en autos.

––Entonces, en nombre de Dios; decid que el cerdo vale sólo ocho peniques, y bendiga Dios el día que ha descargado mi conciencia de tan gran remordimiento.

En su júbilo, Milen Hendon olvidó toda compostura y sorprendió al rey, y ofendió su dignidad, echándole los brazos al cuello y estrechándole contra su pecho. La mujer se despidió agradecida y salió con su cerdo, y cuando el alguacil le abrió la puerta la siguió a la angosta antecámara. El juez se puso a escribir en los autos. Hendon, siempre alerta, pensó que no estaría mal averiguar por qué había seguido el alguacil a la mujer, y salió de puntillas a la sombría antecámara, y escuchó una conversación más o menos como ésta:

––Es un cerdo muy gordo y promete estar riquísimo. Te lo voy a comprar. Aquí tienes los ocho peniques.

––¿Ocho peniques? ¡Estás fresco! Me cuesta a mí tres chelines y ocho peniques en buena moneda del último reinado, que el viejo. Enrique qué acaba de morir no había tocado en su vida. ¡Una higa para vuestros ocho peniques!

––¿Ahora salimos con ésas? Has prestado juramento y has jurado en falso al decir que no valía más que ocho peniques. Ven en seguida conmigo ante su señoría a responder de tu delito..., y el muchacho será ahorcado.

––¡Callad, callad! No digáis más, que a todo me allano. Dadme los ocho peniques y callaos la boca.

Fuese la mujer corriendo y Hendon volvió a la sala del tribunal, donde no tardó en seguirle el alguacil, después de esconder su compra en lugar conveniente. El juez escribió un momento mas, y después leyó al rey un auto muy moderado y clemente, en el cual le sentenciaba a un corto encierro en la cárcel común, que sería seguido de una azotaina pública. El rey, asombrado, abrió la boca y probablemente se disponía a ordenar que decapitaran en el acto al buen juez, cuando observó una seña de aviso de Hendon y logró cerrar los labios antes de proferir palabra. Hendon le tomó de la mano, hizo una reverencia al juez y ambos partieron hacia la cárcel, custodiados por el alguacil. En el momento en que llegaron a la calle, el airado monarca se detuvo, desprendió la mano de la de Hendon y exclamó:

––¡Idiota! ¿Te imaginas que voy a entrar vivo en una cárcel pública?

Hendon se inclinó y le dijo con cierta dureza:

––¿Quieres confiar en mí? Cállate y no vayas a empeorar nuestra situación con palabras peligrosas. Sucederá lo que Dios quiera; pero aguarda y ten paciencia, que tiempo sobrado habrá para rabiar o regocijarnos cuando lo que haya de ocurrir haya ocurrido.

CAPÍTULO XXIV

LA ESCAPATORIA

El corto día de invierno tocaba casi a. su fin. Las calles estaban desiertas, salvo unos cuantos viandantes desperdigados, que apresurados, con la expresión grave de quienes sólo desean cumplir su cometido lo más pronto posible para guarecerse cómodamente en sus casas, como defensa contra el creciente viento y contra la oscuridad que se hacía cada vez mayor.

No miraban ni a derecha ni a izquierda ni prestaban atención a nuestros personajes, a quienes parecían no ver siquiera. Eduardo VI se preguntó si el espectáculo de un rey camino de la cárcel habría sido contemplado alguna vez con tan sorprendente indiferencia. No tardó el alguacil en llegar a un mercado desierto, que se dispuso a cruzar, mas cuando llegó al centro de él, Hendon le puso la mano en el hombro y le dijo en voz baja:

––Espera un momento, que nadie nos oye y deseo decirte unas palabras.

––Mi deber me prohíbe escuchar. No me entretengas, que se acerca la noche.

––A pesar de todo, aguarda, porque el asunto te atañe muy de cerca: Vuélvete un momento de espaldas y finge que no ves. Deja que se escape ese pobre muchacho.

––¿A mí con ésas? Te prendo en...

––No te precipites. Ándate con cuidado y no cometas una sandez agregó Hendon, bajando la voz hasta un susurro y hablando al oído del hombre––. El cerdo que has comprado por ocho peniques te puede costar la cabeza.

El pobre alguacil, tomado de sorpresa, se quedó al pronto sin habla, mas luego empezó a proferir amenazas. Hendon, sin alterarse, esperó con paciencia hasta que se le acabó la cuerda, y luego dijo:

––Me has sido simpático, amigo, y no quisiera que te ocurriera daño. Ten en cuenta que lo he oído todo, como te lo probaré.

Y a renglón seguido le repitió, palabra por palabra, la conversación que el alguacil sostuvo con la mujer en la antecámara del tribunal, y terminó diciendo:

––¿Te lo he contado bien? ¿No crees que podría contárselo lo mismo al juez, si la ocasión se presentara?

El alguacil permaneció un instante mudo de temor y de desaliento; luego se repuso y dijo con forzado desembarazo:

––Mucho valor quieres tú darle a una broma. No he hecho más que engañar a la mujer para divertirme.

––¿Y para divertirte guardas el cerdo? ,

––Sólo para ello, señor ––repuso vivamente el alguacil––. Ya te he dicho que no fue más que una broma.

––Empiezo a creerte ––contestó Hendon, con acento en que se mezclaban la burla y la convicción, pero aguarda aquí un momento, mientras corro a preguntar a su señoría, porque sin duda, como hombre experto en leyes, en bromas y en...

Quiso alejarse sin dejar de hablar, pero el alguacil vaciló, profirió uno o dos juramentos, y por fin exclamó:

––Espera, espera, señor. Te ruego que esperes un poco. ¡El juez! Tiene con los bromistas tan poca compasión como un cadáver. Ven y seguiremos hablando. ¡Cuerpo de tal! Por lo visto estoy en un atolladero y todo por, una burla inocente y sin malicia. Señor, tengo familia y mi mujer y mis hijos... Atiende a razones, señor. ¿Qué quieres de mí?

––Sólo que seas ciego, mudo y paralítico, mientras yo cuento hasta cien mil... Contaré despacio ––dijo Miles Hendon con la expresión de un hombre que no pide sino un favor razonable y modesto.

––Eso es mi perdición ––dijo el alguacil desesperado––. ¡Ah! Sed razonable, señor. Considerad el asunto por todos sus lados, y ved que es una pura broma, una broma manifiesta y evidente; y si alguien dijere que, no lo es, sería entonces una falta tan pequeña, tan pequeña, que la pena mayor que merecería sería una reprensión y un aviso del juez.

Hendon replicó con una solemnidad que dejó helado hasta el aire que respiraba el alguacil:

––Esa burla tuya tiene un nombre en la ley. ¿Sabes cuál es?

––No lo sé. Acaso haya sido una imprudencia. Ni por sueños pensé que tuviera nombre. ¡Ah, santo cielo! Creí que era una cosa original.

––Sí. Tiene un nombre. En la ley ese delito se llama Non compos mentís ¡ex talionis sic transit gloria Mundi.

––¡Oh, Dios mío!

––Y su castigo es la muerte.

––¡Dios tenga piedad de mis culpas!

––Aprovechándose de la situación de una persona en peligro y que se hallaba a tu merced, te has apoderado de, objetos de valor superior a trece peniques y medio sin pagar más que una miseria por ellos; y eso, 'a los ojos de la ley, es vejación constructiva, prisión infundada de traición, fechoría en el cargo, ad hominem expurgatis in statu quo, y la pena es la muerte por manos del verdugo, sin rescate, conmutación ni beneficio de clerecía.

––Sostenedme, señor, sostenedme, que me flaquean las piernas. ¡Tened compasión de mí ¡Evitadme esa sentencia, y me volveré de espaldas y no veré nada de cuanto ocurra.

––Bien; ahora eres sensato y razonable. ¿Y devolverás el cerdo?

––Si, lo devolveré, y no volveré a tocar otro aunque me lo envíe el cielo por mano de un arcángel. Idos, que para vosotras estoy ciego y no veo nada. Diré que me habéis atacado y que por fuerza me habéis arrancado de las manos al prisionero. Es una puerta muy vieja... Yo mismo la echaré abajo, después de medianoche.

––Hazlo así, buena alma, que no te ocurrirá daño. El juez ha tenido amorosa compasión de este pobre muchacho, y no derramará lágrimas ni romperá la cabeza a ningún carcelero por su fuga.

CAPÍTULO XXV

HENDON HALL

No bien se vieron Hendon y el rey libres del alguacil; Su Majestad recibió instrucciones de correr a un lugar determinado fuera del pueblo y esperar allí, mientras Hendon iba a la posada a pagar la cuenta. Media hora más tarde los dos amigos se encaminaban alegremente hacia el este, en las cansadas cabalgaduras de Hendon. El rey iba ya abrigado y cómodo, porque había desechado sus andrajos para vestirse con el traje de lance que Miles había comprado en el puente de Londres.

Quería el soldado no fatigar demasiado al niño, pues consideraba que las jornadas duras, las comidas irregulares y el escaso sueño serían perjudiciales para su perturbada mente, al paso que el descanso, la regularidad y el ejercicio moderado apresurarían, sin duda, su curación. Deseaba volver a ver en sus cabales a aquella perturbada inteligencia, desterradas las desafortunadas visiones de la atormentada cabecita; por consiguiente, se dirigió a jornadas cortas hacia el lugar de que llevaba tanto tiempo ausente, en vez de obedecer a los impulsos de su impaciencia y correr día y noche.

Cuando hubieron recorrido como diez millas, llegaron a un pueblo importante, donde pernoctaron en una buena posada. Reanudáronse entonces las relaciones de untes, manteniéndose Hendon detrás de la silla del rey mientras éste comía, asistiéndole y desnudándole cuando se disponía a acostarse. Lo hacía él en el suelo, al través de la puerta, envuelto en una manta.

El día siguiente y el otro siguieron su caminata despacio, sin dejar de hablar de las aventuras que habían tenido desde su separación, y gozando grandemente con sus narraciones. Hendon refirió todas sus idas y venidas en busca del rey, y le dijo cómo el arcángel le había conducido por todo el bosque, hasta llevarlo otra vez a la choza, cuando al fin vio que no sé podía desembarazar de él. Entonces ––prosiguió––, el viejo entró al cubil y volvió dando traspiés y en extremo alicaído, pues dijo que esperaba encontrarse con que el niño había vuelto y se había tendido a descansar, mas no era así. Hendon aguardó todo el día en la choza, y cuando al fin perdió la esperanza del regreso del rey, partió, otra vez en su busca.

––Y el viejo Sanctum Sanctorum estaba verdaderamente apenado por la desaparición de Vuestra Majestad. Se le conocía en la cara.

––No lo dudo, a fe mía ––contestó el rey. Tras de lo cual refirió sus aventuras, que hicieran arrepentirse a Hendon de no haber acogotado al arcángel.

El buen humor del soldado adquirió gran vuelo el último día del viaje. Sin dar paz a la lengua, habló de su anciano padre y de su hermano Arturo, y refirió hartas cosas que revelaban el generoso carácter de ambos. Tuvo palabras de exaltación para su Edita, y, en suma, estaba tan animado que hasta llegó a decir cosas cordiales y fraternales de Hugo.. Habló largo y tendido de la futura llegada a Hendon Hall. ¡Qué sorpresa para todos, y qué estallido de agradecimiento y deleite se manifestaría!

Era una campiña hermosa, sembrada de casas de campo y huertos, y el camino se tendía entre vastas praderas, cuyas lejanías, señaladas por suaves altozanos y depresiones, sugerían las constantes ondulaciones del mar. Por la tarde, el hijo pródigo que regresaba a su hogar se desviaba continuamente de su camino para ver si subiendo a alguna loma le sería posible atravesar la distancia y divisar su morada. Al fin lo consiguió, y exclamó excitado:

Aquél es el pueblo, príncipe, y allá se ve mi casa. Desde ahí se alcanza a divisar las torres. Y aquel bosque es el jardín de mi casa. ¡Ah! Ya verás qué lujo y qué grandeza. ¡Una casa con setenta habitaciones, piénsalo, y con veintisiete criados! Magnífico albergue para nosotros, ¿verdad? ¡Ea! Corramos, que mi impaciencia no sufre más demora.

Apresuráronse todo lo posible, mas a pesar de todo eran las tres antes de llegar al pueblo. Los viajeros lo cruzaron sin que Hendon dejara de hablar.

––Esta es la iglesia..., cubierta con la misma hiedra, ni más ni menos. Allí está la posada, el viejo “León Rojo”, y más allá el mercado. Aquí está el mayo y aquí la bomba. Nada ha cambiado, por lo menos nada más que la gente, porque en diez años la gente cambia. A algunos me parece conocer, pero a mí no me conoce nadie.

Así continuó hablando y no tardaron en llegar al extremo del pueblo, donde los viajeros se metieron por un camino angosto y tortuoso que se abría entre elevados setos, y anduvieron por él al trote cerca de media hora, para entrar después a un amplio jardín por una verja magnífica, en cuyos grandes pilares de piedra se mostraban emblemas nobiliarios esculpidos. Hallábanse en una noble morada.

––Bienvenido a Hendon Hall, rey mío ––exclamó Miles––. Éste es un gran día. Mi padre, mi hermano y lady Edita sentirán, tanta alegría que no tendrán ojos ni palabras más que para mí en los primeros transportes de este encuentro, y así tal vez te parezca que te acogen con frialdad; pero no te preocupes, que pronto te parecerá lo contrario, pues cuando yo diga que tú eres mi pupilo y les cuente lo que me cuesta el cariño que te profeso, ya verás cómo te estrechan contra su pecho y te hacen el don de su casa y sus corazones para siempre.

En el momento siguiente se apeó Hendon delante de la gran puerta, ayudó a bajar al rey, lo tomó de la mano y corrió al interior. A los pocos pasos dieron en un espacioso aposento; entró el soldado e hizo entrar al rey con más prisa de la que convenía, y corrió hacia un hombre que se hallaba sentado a un escritorio frente a un abundante fuego.

––¡Abrázame, Hugo, y di que te alegras de volver a verme! Llama a nuestro padre, porque este casa no es mi casa hasta que yo estreche su mano y vea su rostro y oiga su voz una vez más.

Pero Hugo retrocedió, después de revelar una sorpresa momentánea, y clavó la mirada en el intruso; una mirada que revelaba al principio algo de dignidad ofendida, pero que se mudó al instante, como respondiendo a un pensamiento o intención internos, en una exclamación de maravillada curiosidad mezclada con una compasión real o fingida. De pronto dijo con suave acento:

––Tu razón parece perturbada, ¡oh pobre desconocido! Sin duda has sufrido privaciones y duros tratos en el mundo, como parecen denunciar tu cara y tus vestidos. ¿Por quién me tomas?

––¿Por quién te tomo? ¿Por quién te voy a tomar sino por quien eres? Te tomo por Hugo Hendon ––dijo enojado Miles.

El otro continuó con el mismo tono suave:

––¿Y quién te imaginas tú ser?

––No se trata aquí de imaginaciones. ¿Pretendes que no conoces a tu hermano Miles Hendon?

En el semblante de Hugo apareció una expresión de agradable sorpresa.

––¡Cómo! ¿No te chanceas? ––exclamó––. ¿Pueden los muertos volver a la vida? Loado sea Dios, si así es. ¿Nuestro pobre muchacho perdido vuelve a nuestros brazos después de estos crueles años? ¡Ah! Parece demasiado bueno para ser verdad. Es demasiado bueno para ser verdad. Te, ruego que tengas compasión y no bromees conmigo. ¡Pronto! Ven a la luz. Déjame que te mire bien.

Asió a Miles del brazo, lo arrastró a la ventana y empezó a devorarlo con los ojos de pies a cabeza, volviéndolo a uno y otro lado, dando vueltas vivamente en tomo de él para examinarlo desde todos los ángulos, en tanto que el hijo pródigo, radiante de alegría, sonreía, reía y no cesaba de mover la cabeza, diciendo:

––Sigue, hermano, sigue y no temas. No hallarás miembros ni facción que no pueda soportar la prueba. Escudríñame a tu antojo, mi buen Hugo. Soy, en efecto, tu viejo Miles, el mismo viejo Miles, el hermano perdido. ¿No es eso? iAh! Éste es un gran día; ¡ya decía yo qué era un gran día! Dame la mano, acerca la cara. ¡Dios mío, si voy a morir de alegría!

Iba a arrojarse sobre su hermano, pero Hugo levantó una mano para detenerle y dejó caer la cabeza sobre el pecho con dolorida expresión, mientras decía emocionado:

––¡Ah! Dios en su bondad me dará fuerzas para sobrellevar este terrible desencanto.

Miles, admirado, estuvo un momento sin poder hablar, mas al fin recobró el uso de la palabra y exclamó:

––¿Qué desencanto? ¿No soy tu hermano?

Movió Hugo tristemente la cabeza y dijo:

––Quiera el cielo que sea verdad y que otros ojos encuentren la semejanza que se oculta a los míos.

––¡Ah! Mucho me temo que la carta decía una triste verdad.

––¿Qué carta?

––Una que vino de más allá de los mares, hace seis o siete años. Decía que mi hermano murió en un combate.

––Era mentira. Llama a nuestro padre, que él me conocerá.

––No se puede llamar a los muertos.

––¿Muerto? ––exclamó Miles con voz apagada y temblorosos labios––. ¿Mi padre muerto? ¡Oh! Ésta es una terrible noticia. La mitad de mi alegría se ha desvanecido ya. Déjame ver a mi hermano Arturo, que él me conocerá; él me conocerá y sabrá consolarme.

También Arturo ha muerto.

––¡Dios tenga piedad de mí! ¡Muertos! ¡Los dos muertos! Muertos los dignos y vivo el indigno, que soy yo. ¡Ah! Te lo imploro. No me digas que lady Edita ha muerto también...

––¿Lady Edita? No; vive.

––¡Entonces loado sea Dios! Mi alegría vuelve a ser completa. Corre, hermano; haz que venga a mí. Si ella dice que yo no soy yo... Pero no lo dirá. No, no; ella me reconocerá. He sido un necio al dudarlo. Tráela aquí. Trae a los viejos criados, que ellos me conocerán también.

 ––Han muerto todos menos cinco: Pedro, Halsey, David, Bernardo Margarita.

Al decir esto salió Hugo del aposento y Miles se quedó meditando un rato y luego empezó a dar paseos, diciendo entre dientes:

––Los cinco archibellacos han sobrevivido a los veintidós fieles y honrados... ¡Cosa extraña!

Continuó dando pasos a un lado y otro sin cesar de hablar para sí, pues se había olvidado por completo del rey; mas de pronto Su Majestad dijo con gravedad y con acento de verdadera compasión, aunque sus palabras podían tomarse en sentido irónico.

––No te preocupe tu desventura, buen amigo. Otros hay en el mundo cuya identidad se niega y cuyos derechos se toman a broma. No estás solo.

––¡Ah, señor mío! ––exclamó Hendon, sonrojándose levemente––. No me condenes. Espera, que ya verás. No soy un impostor: ella lo dirá. Lo oirás de los más dulces labios de Inglaterra. ¿Yo, un impostor? Yo conozco esta vieja casa, esas efigies de mis antepasados y todo lo que nos rodea, como conoce un niño su propio cuarto. Aquí nací y me eduqué, señor mío. Hablo la verdad; a ti no te engañaría. Y aunque nadie más me crea, te ruego que no dudes tú de mí; no podría soportarlo.

––No dudo de ti ––dijo el rey con infantil sencillez y convencimiento.

––Te doy las gracias con toda mi alma ––exclamó Hendon con un fervor que revelaba su emoción.

Y el rey añadió con la misma sencillez admirable:

––¿Dudas tú de mí?

Invadió a Hendon una confusión culpable, que le hizo sentirse aliviado al abrirse la puerta para dar paso a Hugo, ahorrándole así la necesidad de replicar.

Una hermosa dama, fastuosamente vestida, seguía a Hugo, y detrás de ella llegaban varios criados de librea. La dama se acercó lentamente, con la cabeza baja y los ojos fijos en el suelo. Su semblante revelaba una inefable tristeza. Miles Hendon se precipitó hacia adelante, exclamando: ¡Oh, Edita mía, alma mía!...

Pero Hugo le hizo retroceder gravemente, diciendo a la dama:

––Miradle: ¿Le conocéis?

Al oír la voz de Miles, la dama se turbó levemente, sus mejillas se tiñeron de rubor, y tembló todo su cuerpo. Permaneció inmóvil durante una emocionante pausa de segundos, y, al fin, levantó la cabeza y clavó sus ojos en los de Hendon, con mirada apagada y asustada. De su rostro desvanecióse la sangre gota a gota, sin dejar más que una palidez de muerte; y al fin dijo la dama, con voz tan muerta coma el rostro:

––No le conozco––. Dio media vuelta, ahogando un suspiro y un sollozó, y salió temblando del aposento. Miles Hendon se dejó caer en una silla y se cubrió la cara con las manos. Después de una pausa, preguntó su hermano a los criados:

––Ya lo habéis visto. ¿Lo conocéis?

Todos movieron la cabeza negativamente, y entonces el dueño dijo:

––Los criados no os conocen, señor. Sin duda hay una equivocación. Ya habéis visto que mi mujer no os conoce.

––¿Tu mujer?

Inmediatamente se vio Hugo acorralado contra la pared, con una mano de hierro en la garganta.

––¡Ah, maldito zorro! ¡Todo lo veo claro! ¡Tú mismo escribiste la fingida carta, cuyos frutos han sido mi novia y mis bienes robados! ¡Ea! Vete de aquí, porque no quiero mancillar mi honrada condición con la muerte de un perro tan despreciable.

Hugo, encendido y casi sofocado, se tambaleó hasta la silla próxima y ordenó a los criados que asieran y ataran al desconocido agresor. Vacilaron, y uno de ellos dijo:

––Está armado, sir Hugo, y nosotros no lo estamos.

––¿Armado? ¿Y qué importa, siendo tantos? ¡A él os digo!

Pero Miles les previno que se anduvieron con tiento en lo que hacían añadió:

––Todos me conocéis de antiguo; yo no he cambiado. Venid aquí, si os place.

Este recuerdo no les dio a los criados más valor, y siguieron acobardados.

––Entonces id a armaros, cobardes, y guardad las puertas mientras yo envío por la guardia ––exclamó Hugo. Y volviéndose en el umbral dijo a Miles––: Será ventajoso para vos que no intentéis inútilmente escaparos.

––¿Escaparme? No te apures por eso, si es lo que te apura, porque Miles Hendon es el amo de Hendon Hall y todas sus pertenencias. Y seguirá siéndolo, no lo dudes.

Capítulos I a V | Capítulos VI a X | Capítulos XI a XV | Capítulos XVI a XX | Capítulos XXI a XXV | Capítulos XXVI a XXX | Capítulos XXXI al Final

Las Aventuras de Tom Sawyer | El Príncipe y el Mendigo


 


 Los textos acá colocados son en su gran mayoría de dominio público y/o sus autores han autorizado su colocación. Algunos fragmentos de obras comerciales pueden estar presentes con fines educativos. El respeto al derecho de autor es una parte central de la actividad literaria. Si alguien considera que se vulneran sus derechos o que se hace uso inadecuado de algún contenido o material, favor contáctarnos para retirarlo de inmediato.  
Ciudades Virtuales Latinas - CIVILA.com y Educar.org (c) 1996 - 2006