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REPUDIADO El rey estuvo meditando unos instantes y al fin levantó la vista y dijo: ––¡Extraño, muy extraño! No puedo explicármelo. ––No, no es extraño, señor. Conozco a mi hermano y su conducta es muy natural. Ha sido un bellaco desde que nació. ––¡Oh! No hablaba de él, sir Miles. ––¿No hablabais de él? ¿Pues de quién? ¿Qué es lo que extrañas? ––Que no echen de menos al rey. ––¿Cómo? ¿Qué? No comprendo. ––¿De veras? ¿No te parece en extremo raro que el país no esté ya lleno de correos y pregones que describan mi persona y me busquen? ¿No es asunto de conmoción ni de pesar que el jefe del Estado haya desaparecido, que yo me haya evaporado como el aire? —Sí, muy cierto es, se me había olvidado ––repuso. Hendon, que suspiró y dijo para su capote––: ¡Pobre mente perdida!... Aún sigue con su doloroso ensueño. ––Pero tengo un plan que nos hará justicia a los dos. Escribiré una carta en tres lenguas, latín, griego e inglés, y tú mañana por la mañana irás corriendo con ella hacia Londres. No se la des a nadie más que a mi tío, lord Hertford, que cuando él la vea sabrá que yo la he escrito, y entonces enviará por mí, ––¿No sería mejor, príncipe, que esperásemos aquí hasta que yo demuestre quién soy y asegure mi derecho a mis bienes? Así podrías mucho mejor. ––¡Calla! ––le interrumpió el rey imperiosamente––. ¿Qué significan tus pobres dominios, tus vulgares intereses, al lado de cosas que conciernen al bienestar de la nación y a la integridad de un trono? ––y añadió con voz más dulce, como si se arrepintiera de su rudeza––: Obedece y no temas, que yo enderezaré tu entuerto y te restableceré en todo. Sí, en más que en todo. Yo lo recordaré. Al decir esto tomó la pluma y se puso a escribir. Hendon le contempló amorosamente un rato y se dijo: ––Si estuviéramos a oscuras pensaría que ha sido un rey el que ha hablado. No se puede negar que cuando le da la vena, lanza truenos y relámpagos como un verdadero rey. ¿De dónde habrá sacado esa argucia? Miradle escribir tan contento unos garabatos sin significado, imaginándose que son latín y griego... Y como mi ingenio no dé con un arbitrio feliz para apartarle de su propósito, me veré obligado mañana a fingir que salgo a cumplir el cometido que ha inventado para mí. Al momento siguiente los pensamientos de sir Miles volvieron al reciente episodio. Tan absorto estaba en sus meditaciones, que, cuando el rey le entregó el papel que había escrito, lo recibió y guardó sin darse cuenta de ello. ––¡Qué conducta tan rara ha sido la suya! ––dijo entre dientes––. Yo creo que ella me ha conocido..., y creo que no me ha conocido. Estas opiniones son contradictorias, lo veo claro. No me es posible conciliarlas ni desechar ninguna de las dos, ni siquiera que una gane a la otra. El caso sencillamente es éste: ha de haber conocido mi cara, mi figura y mi voz, porque ¿cómo podría ser de otro modo? Sin embargo, ha dicha que no me conocía, y eso es una prueba absoluta, porque no es capaz de mentir. ¡Pero..., un momento!... Creo que empiezo a comprender. Acaso él ha influido en ella, le ha obligado a que mienta, le ha exigido mentir. Ésa es la solución: el enigma está descifrado. Parecía muerta de terror... Sí estaba bajó su poder. Yo la veré, yo la encontraré. Ahora que él está fuera, ella me dirá la verdad, recordará los antiguos tiempos en que éramos compañeros de juegos y esto le ablandará el corazón y no me negará más, sino que confesará quién soy. Por sus venas no corre sangre engañosa. No; siempre ha sido honesta y fiel. Me amaba en aquellos días de antaño. Esa es mi seguridad, porque no se puede hacer traición a quien se ha amado. Acercóse angustiosamente a la puerta, que se abrió en aquel momento para dar paso a lady Edita. Ésta llegaba muy pálida, pero con paso firme, gracioso continente y con gentil dignidad. Su semblante se veía tan triste como antes. Miles dio un salto hacia adelante, con serena confianza, para salirle al encuentro, pero Edita le contuvo con un ademán casi imperceptible y el soldado se detuvo. Sentóse la dama y le pidió que hiciera otro tanto. Así, sencillamente le hizo perder la sensación de antiguo compañerismo, y lo transformó en un desconocido y en un huésped. La sorpresa, lo inesperado del momento, obligó a Miles a preguntarse un instante si era en efecto la persona que pretendía ser. Lady Edita dijo: ––He venido a preveniros, caballero. Acaso no es posible disuadir de su engaño a los locos, pero sin duda se les puede persuadir a que eviten peligros. Creo que ese sueño vuestro tiene para vos la apariencia de una verdad in artificio, y no es por tanto criminal... Pero no insistáis, porque es peligroso. Y añadíó con impresionante voz–– y mirando de lleno al rostro de Miles––: Es tanto más peligroso cuanto que os parecéis mucho al que habría sido nuestro difunto joven, si hubiera vivido. ––¡Cielos, señora! ¡Si soy yo mismo!. ––Creo, en verdad, que así lo pensáis, caballero. No pongo en duda vuestra honradez; no hago sino preveniros. Mi esposo es señor de esta región; su poder apenas reconoce límites; la gente prospera o muere de hambre según sea su voluntad. Si no os parecierais al hombre que decís ser, mi marido podría consentiros gozar pacíficamente de vuestro sueño; pero lo conozco bien y bien sé lo que hará. Pregonará a todos que no sois sino un orate impostor, y todos le harán coro sin vacilar. ––Volvió a clavar en Miles la mirada y añadió––: Si fuerais Miles Hendon y él lo supiera, y lo supiera toda la comarca ––fijaos bien en lo que digo y meditadlo bien––, estaríais en el mismo peligro, y vuestro castigo no sería menos cierto. Él os negaría y os denunciaría, y nadie osaría salir en vuestra defensa. ––Lo creo sin duda alguna ––contestó Miles con amargura––. La persona que puede ordenar a una amiga de toda la vida que traicione y niegue, y que es obedecida, puede muy bien esperar obediencia en las lugares en que se juegan el pan y la vida y no se tienen en cuenta vínculos de lealtad y honor, más frágiles que la tela de una araña. Un débil rubor apareció un instante en las mejillas de la dama; que bajó la vista al suelo; pero su voz no denunció emoción alguna al proseguir: ––Os he prevenido y debo preveniros una vez más que os vayáis de de aquí. De lo contrario, ese hombre os perderá. Es un tirano que no conoce la compasión. Yo, que soy su esclava encadenada, lo sé muy bien. El pobre Miles, y Arturo, y mi querido tutor sir Ricardo están libres de él y reposan. Más os valdría estar con ellos que quedaron aquí, en las garras de ese malvado. Vuestras pretensiones son una amenaza para su título y sus bienes. Le habéis agredido en su propia casa y estáis perdido si os quedáis. No vaciléis. Si os falta dinero, tomad esta bolsa que os ofrezco, y sobornad a los criados para que os dejen salir. ¡Oh! Escuchad mi aviso, infeliz, y escapaos mientras estáis a tiempo. Rechazó Miles la bolsa con un ademán y se levantó diciendo: ––Concededme una cosa. Fijad en los míos vuestros ojos, para que yo me convenza de que están serenos. ¡Así! Ahora respondedme: ¿Soy yo Miles. Hendon? ––No; no os conozco. ––¡Juradlo! La respuesta sonó en voz baja, pero clara. ––Lo juro. ––¡Oh! ¡Esto es inconcebible! ––¡Huid! ¿Por qué perdéis un tiempo tan precioso? ¡Huid y salvaos! En ese momento entraron los alguaciles en la estancia y comenzó una violenta lucha, pero Hendon no tardó en ser dominado y preso. Lleváronse también al rey, y ambos fueron maniatados y conducidos a la cárcel. CAPÍTULO XXVII EN LA CÁRCEL Como todos los calabozos estaban ocupados, los dos amigos fueron encadenados en un gran aposento, donde se custodiaba a las personas acusadas de delitos de menor cuantía. Tenían compañía, porque había allí unos veinte presos, con esposas y grilletes, de uno y otro sexo y diversas edades, que formaban un grupo obsceno y ruidoso. El rey se lamentaba amargamente de la indignidad a que se veía sometida su realeza, pero Hendon estaba sombrío y taciturno, pues se hallaba del todo aturdido. Había llegado a su hogar como un hijo pródigo, jubiloso, con la esperanza de hallar a todo el mundo enloquecido de alegría por su retorno, y en vez de ello no encontraba más que indiferencia y una cárcel. La esperanza y la realidad eran tan distintas que su contraste abrumaba a Hendon, el cual no podía decir si era trágico o grotesco. Sentíase como un hombre que hubiera, danzado alegremente al aire libre en espera de un arca iris y se viera herido por, el rayo. Pero gradualmente sus confusos y trastornados pensamientos se fueron ordenando, ––y entonces su mente se concentró en Edita. Recapacitó sobre su proceder, y la examinó a todas luces, mas no pudo sacar nada en claro de ella. ¿Le conocía o no le conocía? Éste era un enigma insoluble, que le preocupó largo rato; mas, al fin, llegó a la convicción de que la dama le conocía y le había negado por razones interesadas. Ahora quería Hendon llenar su nombre de maldiciones; pero el nombre había sido tanto tiempo sagrado para él, que no podía inducir a su lengua a profanarlo. Envueltos en mantas de la cárcel, sucias y hechas jirones, Hendon y el rey pasaron una noche espantosa. Un carcelero sobornado había llevado bebidas a algunos presos, y el resultado natural de ello fue que éstos cantaron canciones obscenas, riñeron, gritaron y armaron un alboroto infernal. Al fin, poco después de medianoche, un hombre agredió a una mujer y casi la mató, golpeándole la cabeza con. las esposas antes de que el alcalde pudiera acudir a salvarla. El alcalde restableció la paz propinando al preso una buena paliza, y entonces cesó el escándalo y pudieron dormir todos aquellos que no hacían caso de los ayes de los dos heridos. En la semana siguiente, días y noches fueron de monótona igualdad en cuanto a acontecimientos. Hombres cuyos semblantes recordaba Hendon más o menos distintamente, llegaban de día a mirar al “impostor” y a repudiarle e insultarle, y por la noche los alborotos y las peleas proseguían con insufrible regularidad. No obstante, al fin se ofreció un nuevo episodio. El alcalde hizo entrar a un anciano y le dijo: ––El bellaco está en esa sala. Mira en torno y a ver si puedes conocer quién es. Hendon levantó, la vista y experimentó una sensación agradable por primera vez desde que estaba en la cárcel. Dijose “Éste es Blake. Andrews, que fue toda la vida criado de la familia de mi padre. Es un alma honrada, un corazón fiel; es decir, lo era, porque ahora no hay ninguno que lo sea; todos son mentirosos. Ese hombre me conocerá..., y me negará, como todos los demás.” El viejo miró en torno de la sala, escrutando uno a uno todos los semblantes, y, finalmente, dijo: ––No veo aquí más que bribones desorejados, la hez de la calle. ¿Quién es él? El alcalde rompió a reír. ––Ahí ––dijo––. Mira a esa sabandija y dame tu razón. Acercóse el viejo y miró de arriba abajo a Hendon; luego movió gravemente la cabeza y dijo ––Éste no es Hendon, ni lo ha sido nunca. ––Cierto. Tus viejos ojos son buenos todavía. Si yo fuera sir Hugo, agarraría a ese perillán y.... El alcalde acabó poniéndose de puntillas como si le levantase una cuerda imaginaria, y haciendo al mismo tiempo un ruido gutural, que remedaba al ahorcado. El viejo exclamó con rencoroso acento: ––Ya podrá bendecir a Dios si no le espera algo peor. Si yo tuviera que ajustarle cuentas, se veía tostado, a fe mía. Estalló el alcalde en una carcajada de hiena y dijo: ––Puedes entendértelas con él, viejo, como hacen todos. Ya verás cómo te diviertes. Salió el alcalde de la sala y desapareció. Entonces el anciano cayó de rodillas y cuchicheo: ––¡Loado sea Dios, que por fin habéis venido! ¡He estado siete años creyendo que habíais muerto, y ahora os veo vivo! Os he conocido en el momento de miraros, y mucho trabajo me ha costado conservarme impasible y fingir no ver aquí más que a un bribón de siete suelas y basura de la calle. Soy viejo y pobre, sir Miles, pero decid una palabra y saldré a proclamar la verdad, aunque me ahorquen por ello. ––No ––contestó Hendon––, no lo harás. Te perderás tú y de poco servirías a mi causa. Pero te doy las gracias, porque me has devuelto mi perdida fe en el género humano. El viejo criado resultó ser de gran provecho para Hendon y el rey, porque se presentaba varias veces al día para “insultar” al primero, y siempre metía de contrabando algunos manjares delicados, para compensar el rancho de la cárcel. También trajo las noticias que corrían por el lugar. Hendon reservó los manjares para el rey, pues sin ellos. Su Majestad no habría sobrevivido, porque no le era posible comer la grosera, asquerosa comida repartida por el alcalde. Andrews tenía que circunscribirse a visitas cortas, para disipar las sospechas, pero en cada una de ellas se las arregló para dar hartos informes, en voz baja, entremezclados de adjetivos insultantes que decía en voz alta para que los demás los oyeran. Así, poco a poco, supo Hendon la historia de su familia. Hacia unos seis años que Arturo había muerto. Esta pérdida, unida a la falta de noticias de Hendon, empeoró la salud del padre, el cual creyó que iba a entregar el alma y quiso ver a Hugo y Edita casados antes de su tránsito; pero Edita suplicó con todas sus fuerzas una demora, para esperar el regreso de Miles. De pronto llegó la carta con la noticia de la muerte del soldado. El golpe postró en cama a sir Ricardo, quien creyó que se acercaba su fin, y él. y Hugo insistieron en el Matrimonio. Edita suplicó y obtuvo un mes de respiro, y luego otro, y finalmente un tercero; mas por fin el matrimonio se celebró junto al lecho de muerte de sir Ricardo. No fue feliz. Decíase en la comarca que poco después de celebradas las nupcias la esposa halló entre los papeles de su marido varios bosquejos burdos é incompletos de la carta fatal, y le acusó de haber precipitado el matrimonio y al mismo tiempo la muerte de sir Ricardo con una villana falsificación. Todo el mundo decía de los pormenores de la crueldad del esposo para con Edita y las criados, pues desde la muerte de su padre, sir Hugo arrojó de sí todo disfraz de blandura, y se convirtió en un amo implacable para todos aquellos cuya vida, en cualquier modo, dependía de él y de sus dominios. Una buena parte de las revelaciones de Andrews las escuchó el rey con vivo interés. ––Se dice que el rey está loco; pero por Dios no digas que te lo he confiado, porque aseguran que el hablar de ello se castiga con la muerte. Miró Su Majestad al anciano y dijo: ––El rey no está loco, buen hombre, y te ha de ser provechoso pensar y hablar cosas que te conciernan más de cerca que esa charla sediciosa. ––¿Qué quiere decir ese chico? preguntó Andrews, sorprendido ante aquel vivo ataque inesperado. Hendon le hizo una señal y el viejo no prosiguió su pregunta, sino que continuó con sus noticias. ––El difunto rey será enterrado en Windsor dentro de uno o dos días, el dieciséis de este mes, y el nuevo rey será coronado en Westìninster el veinte. ––Me parece que primero necesitarán encontrarlo ––dijo Su Majestad entre dientes, y añadió confiado––: Pero ya cuidarán de ello..., y también cuidaré yo. ––En nombre de... ––pero el viejo dejó de hablar, pues le contuvo un gesto admonitorio de Hendon, reanudando de esta suerte el hilo de sus informes––: Sir Hugo va a la coronación, y con grandes esperanzas, pues, piensa volver hecho todo un par, ya que goza de gran favor con el lord protector. ––¿Qué lord protector? ––preguntó Su Majestad. —Su gracia el duque de Somerset. ––¿Qué duque de Somerset? ––No hay más que uno, a fe mía..., Seymour, conde de Hertford. El rey preguntó con enojo: ––¿Desde cuándo es duque y lord protector? ––Desde el último de enero. ––¿Y quién lo ha nombrado tal? ––Él mismo y el gran Consejo..., con el beneplácito del rey. ––¿Del rey? ––exclamó Su Majestad sobresaltándose vivamente––. ¿Qué rey ––¿Qué rey, pregunta? (Dios santo, ¿qué tendrá este muchacho?) Puesto que no tenemos más que uno, no es difícil responder: Su sacratísima Majestad el rey Eduardo VI, que Dios guarde. Si, y que es un muchachillo muy hermoso y muy gracioso. Tanto si está loco como si no y dicen que va mejorando de día en día–, a todo el mundo se le oyen alabanzas de él, y todos lo bendicen, y rezan todos porque reine mucho tiempo en Inglaterra, porque ha empezado humanamente, salvando la vida del viejo duque de Norfolk, y ahora se propone abolir las leyes más crueles que ofenden y oprimen al pueblo. Esta noticia dejó a Su Majestad mudo de asombro y le sumió en una meditación tan profunda y triste que no oyó nada más de la charla del vieja. Preguntábase si el hermoso muchachito sería el mendigo a quien dejó en palacio vestido con sus propias ropas. No le parecía esto posible, porque muy pronto sus maneras y su modo de hablar le harían traición si pretendía ser el Príncipe de Gales, y en seguida le echarían de palacio para buscar al verdadero príncipe. ¿Sería posible que la corte hubiera puesto en su lugar a un retoño de la nobleza? No, porque su tío no lo habría consentido. Su tío era omnipotente, y podría y querría ahogar semejante movimiento. Sus pensamientos no le sirvieron de nada, pues cuanto más trataba de adivinar el misterio, más perplejo se sentía, más le dolía la cabeza y más intranquilo era su sueño. Su impaciencia por llegar a Londres aumentaba de hora en hora, y su cautiverio se le hizo casi insoportable. Las artes de Hendon fracasaron con el rey, que no dejábase consolar; mas lo consiguieron mejor dos mujeres que estaban encadenadas cerca de él, con cuyas tiernas palabras y solicitud halló Eduardo sosiego, dándole un tanto de paciencia. Sentíase muy agradecido y llegó a quererlas mucho y a deleitarse con el suave y dulce influjo de su presencia. Preguntóles por qué estaban en la cárcel, y cuando le dijeron que por anabaptistas, el rey sonrió y preguntó: ––¿Es ése un delito para que le encierren a uno en la cárcel? Ahora me da dolor saber que voy a perderos, porque no os tendrán encerradas mucho tiempo por una cosa tan leve. Las mujeres no contestaron, pero algo en sus rostros inquietó al rey, y preguntóles con vehemencia: ––¿No habláis? Sed buenas conmigo y decidme: ¿No habrá otro castigo, verdad? Decidme si no existe algún temor de eso. Trataron de cambiar de conversación las mujeres, pero los temores del rey se habían despertado, obligándole a seguir: ¿Os azotarán? No no serán tan crueles. Decid que no. ¿No os azotarán, verdad? Las mujeres revelaron entre compasión y pena; pero como no había manera de esquivar la respuesta, dijo una de ellas, con voz desgarrada por la emoción: ––¡Oh! Nos destrozas el corazón, alma cándida. Dios nos ayudará a soportar nuestro... ––¡Es una confesión! Entonces os van a azotar los crueles verdugos. ¡Oh! Pero no lloren, que no puedo sufrirlo. Conserven el valor. Yo recobraré mi calidad a tiempo de salvarlas de tan amargo paso, y no duden que he de hacerlo. Cuando despertó el rey a la mañana siguiente las mujeres habían desaparecido. ––Se han salvado ––exclamó alegremente; pero añadió con tristeza––: Mas, ¡ay de mí!, ellas eran las que me consolaban. Cada una de las mujeres presas había dejado un pedazo de cinta prendida de las ropas de Eduardo, señal de recuerdo. El niño se dijo que las conservaría siempre, y que no tardaría en buscar a aquellas buenas amigas para tomarlas bajo su protección. En aquel momento volvió el alcalde con algunos de sus subalternos, y ordenó que los presos fueran conducidos al patio de la cárcel. El rey se puso muy alegre, porque era una cosa magnífica volver a ver el azul del cielo y respirar una vez más el aire fresco. Se impacientó y refunfuñó por la lentitud de los funcionarios, pero al fin le llegó la vez y se vio liberado de sus cadenas, con la orden de seguir a Hendon y a los otros presos. El patio, descubierto, era un cuadrado pavimentado de piedra. Los presos entraron en él por una maciza arcada de mampostería, y fueron colocados en fila, en pie y de espalda a la pared. Tendieron una cuerda delante de ellos, y además los custodiaban los carceleros. Era una mañana fría y desapacible, y un poco de nieve, que había caído durante la noche, blanqueaba el gran recinto vacío y aumentaba la tristeza general de su aspecto. De cuando en cuando un viento invernal soplaba y hacía girar pequeños remolinos de nieve. En el centro del patio se hallaban dos mujeres atadas a sendos postes. Una mirada bastó al rey para ver que eran sus buenas amigas. Eduardo se estremeció y se dijo: ¡Ay! No han sido libertadas, como yo creía. ¡Pensar que unas mujeres como ésas conozcan el látigo en Inglaterra! Ésa es la mayor vergüenza; que no sea en país de paganos, sino en la cristiana Inglaterra. Las azotarán, y yo, a quien han consolado y tratado con bondad, tendré que presenciar cómo se les infiere tamaña ofensa. Es extraño que yo, que soy la misma fuente del poder en este extenso reino, me vea impotente para protegerlas, pero bien pueden ahora recrearse esos sayones, porque día vendrá en que yo les pida estrecha cuenta de este proceder. Por cada golpe que den ahora recibirán después ciento. Abrióse una gran verja y entró una muchedumbre, que se agrupó en torno de las dos mujeres, ocultándolas a la vista del rey. Entró un clérigo y cruzó por entre la muchedumbre hasta perderse de vista. Eduardo oyó después preguntas y respuestas, mas no pudo comprender qué es lo que se decía. Luego hubo mucho alboroto de preparativos y de idas y venidas de los funcionarios por la parte de la muchedumbre que se hallaba al otro lado de donde estaban las mujeres, y mientras tanto un prolongado siseo imponiendo silencio a la gente. De pronto, a una orden, la multitud se separó a ambos lados y el rey vio un espectáculo que le heló la sangre en las venas. Habían apilado haces de leña en torno de las dos mujeres, y unos hombres arrodillados los estaban encendiendo. Las mujeres tenían la cabeza inclinada y con las manos se cubrían el rostro. Las amarillas llamas comenzaron a trepar por entre la crepitante leña, y unos como nimbos de humo azul subieron a disolverse en el viento. En el momento en que el clérigo alzaba las manos y empezaba sus preces, dos niñas llegaron corriendo, y lanzando agudos gritos se abalanzaron sobre las mujeres atadas a los postes. Al instante las arrancaron de allí, y a una de ellas, la sujetaron con fuerza; pero la otra logró desasirse gritando que quería morir con su madre, y antes de que pudieran detenerla volvió a echar los brazos al cuello de una de las mujeres. Al instante la arrancaron otra vez de allí con los vestidos en llamas. Dos o tres hombres la sostuvieron, y la parte de sus ropas que ardía fue rasgada y arrojada a un lado, mientras la niña pugnaba por libertarse, sin cesar de exclamar que quedaría sola en el mundo y de rogar que le dejaran morir con su madre. Ambas niñas gritaban sin cesar y luchaban por libertarse, pero de pronto este tumulto fue ahogado por una serie de desgarradores gritos de mortal agonía. El rey miró a las frenéticas niñas y a los postes, y luego apartó la vista y ocultó el rostro lívido contra la pared, para no ver más. ––Lo que he visto en este breve momento ––se dijo–– no desaparecerá de mi memoria, en la que vivirá siempre. Lo veré todos los días y soñaré con ello todas las noches hasta que muera. ¡Ojalá hubiera sido ciego! Hendon, que no cesaba de observar al rey, se dijo satisfecho: ––Su locura mejora. Ha cambiado, y su carácter es más dulce. Si hubiera seguido su manía, habría llenado de injurias a esos lacayos, diciendo que era el rey y ordenándoles que dejaran libres a las mujeres. Pronto su ilusión se desvanecera y quedará olvidada y su pobre caletre sano otra vez. ¡Quiera Dios apresurar ese momento! Aquel mismo día entraron varios presos para pasar la noche; eran conducidos, con su custodia, a diversos lugares del reino para cumplir el castigo de crímenes cometidos. El rey habló con ellos, pues desde el principio se había propuesto enterarse y aprender para su regio oficio, interrogando a los presos cada vez que se le presentaba una oportunidad. La relación de sus desgracias desgarró el corazón del niño. Había allí una pobre mujer, medio demente, que, en castigo por haber robado una o dos varas de paño a un tejedor, iba a ser ahorcada. Un hombre, acusado de robar un caballo, dijo a Eduardo que la prueba había sido negativa y ya se imaginaba estar libre del verdugo; pero no. Apenas estuvo en la calle, cuando fue preso otra vez por haber matado un ciervo en el parque del rey. Se le probó el hecho, y estaba condenado a galeras. Había también un aprendiz de comerciante cuyo caso afectó en lo vivo a Eduardo. Díjole aquel mozo que cierta, noche había encontrado un halcón, escapado de las manos de su dueño, y se lo llevó a su casa, imaginándose con derecho a él; pero el tribunal le declaró convicto de haberlo robado y lo sentenció a muerte. El rey estaba furioso con esta falta de humanidad y compasión, y quería que Hendon se escapara de la cárcel y huyera con él a Westminster, para poder subir a su trono y blandir su cetro, movido por la compasión hacia aquellos desdichados, para salvar su vida. ¡Pobre niño! ––suspiró Hendon––. Estos terribles acontecimientos han hecho que se recrudezca su locura: ¡Ay! A no ser por ese desdichado suceso, se habría puesto bueno en poco tiempo. Entre los presos había un hombre de leyes, viejo, de rostro severo e intrépido. Tres años atrás había escrito un libelo contra el lord canciller, acusándole de prevaricación, y por él le habían castigado con la pérdida de ambas orejas en la picota, y degradación del foro, y además multa de tres mil libras. Más tarde reincidió en el mismo delito, y por ello estaba ahora condenado a perder lo que le quedaba de las orejas, a pagar una multa de cinco mil libras, a ser marcado por el hierro en ambas mejillas, y a permanecer para siempre en las cárceles. Éstas son cicatrices honrosas le dijo, apartando el pelo cano y mostrándole los mutilados restos de lo que habían sido sus orejas. Los ojos del rey ardieron de cólera. ––Nadie cree en mí ––dijo––, ni tú creerás tampoco; pero no me importa. Dentro del término de un mes estarás libre. Las leyes que te han deshonrado y han deshonrado el nombre de Inglaterra desaparecerán del libro de los Estatutos. El mundo está mal constituido. Los reyes tienen que ir a la escuela de sus propias leyes para adquirir el sentimiento de la caridad. CAPÍTULO XXVIII EL SACRIFICIO Entretanto, Miles se iba cansando bastante del confinamiento y de la inacción. Mas llegó su juicio, para gran satisfacción suya, y pensó que daría la bienvenida a cualquier sentencia, siempre que una nueva prisión no fuera parte de ella. Pero se equivocaba en esto. Se enfureció cuando se encontró con que lo describían como un “vagabundo tenaz”, y que era sentenciado a dos horas de cepo por este cargo y por haber agredido al señor de Hendon Hall. Sus alegatos de que era hermano de su perseguidor, y heredero legítimo de los honores y patrimonio de Hendon, se desdeñaron sin prestarles atención ninguna, pues ni siquiera fueron dignos de examen. Bramaba y amenazaba en su camino al castigo, pero de nada le valió. Fue violentamente arrastrado por los oficiales, y en ocasiones recibía un bofetón por su conducta irreverente. El rey no pudo abrirse paso entre la chusma que bullía detrás, y así fue obligado a seguir a la zaga, lejos de su buen amigo y servidor. Por poco se veía el rey condenado él mismo al cepo por estar en tan mala compañía, pero había salido libre con un sermón y una advertencia, debido a su corta edad. Cuando al fin la multitud hizo alto, voló febrilmente de un lado a otro alrededor de sus orillas, cazando un lugar para atravesarla, y al fin, después de muchas dificultades y tardanza, lo logró. Allí estaba su pobre criado, en el degradante cepo, hazmerreír y diversión de una sucia muchedumbre, él, ¡el servidor personal del rey de Inglaterra! Eduardo había oído dictar la sentencia, pero no se había dado cuenta ni por asomo de lo que significaba. Su ira comenzó a crecer a medida que el sentido de esta nueva indignidad que le infligían lo hirió en lo vivo; llegó a su paroxismo un momento después, cuando vio un huevo cruzar el aire y estrellarse en la mejilla de Hendon, y que la multitud rugía de júbilo por el episodio. Cruzó de un salto el círculo abierto, e hizo frente al alguacil de guardia gritando: ––¡Qué vergüenza! ¡Éste es mi criado; déjalo libre! ¡Yo soy el...! ––¡ Oh, calla! ––exclamó Hendon, aterrorizado––. ¡Te perderás! No le hagáis caso, oficial, está loco. ––No temas que le haga caso, buen hombre, no tengo intención de hacérselo; pero a enseñarle algo sí que me siento inclinado. ––Volvióse a un subordinado y le dijo––: Dale al tontito una o dos probadas de látigo, para, enmendar sus modales. ––Media docena le bastarán ––sugirió sir Hugo, que había llegado un momento antes a caballo para de pasada echar un vistazo a lo que ocurría. Prendieron al rey. No se resistió siquiera, tan paralizado estaba ante la mera idea del monstruoso ultraje que se proponían infligir a su sagrada persona. La historia ya había sido manchada con la marca de un rey inglés azotado con látigo, y era reflexión intolerable el que él hubiera de proporcionar la copia de aquella vergonzosa página. Estaba en la red, no había remedia, o aceptaba el castigo o rogaba que se le perdonara. ¡Duro dilema! Escogería los azotes, un rey lo haría, pero un rey no podía suplicar. Mas, entretanto, Miles Hendon estaba resolviendo la dificultad. ¡Dejad ir al niño ––dijo––, perros desalmados! ¿No veis cuán joven y frágil es? Dejadle ir, yo me llevaré sus azotes. ––¡Justo! ¡Buena idea!, y gracias por, ella ––dijo sir Hugo, su rostro relampagueando de sardónica satisfacción—. Dejad ir al mendiguilío, y dadle a este tipo una docena de azotes; en su lugar, una docena justa, y bien puestos. El rey iba a iniciar una furiosa protesta, pero sir Hugo lo hizo callar con esta eficaz advertencia: ––Sí; habla, hazlo y desahógate; pero advierte que por cada palabra que pronuncies él se llevará seis golpes más. Quitaron a Hendon del cepo y le desnudaron la espalda, y mientras le daban con el látigo, el pobre reyecito volteó la cara, y dejó que por sus mejillas corrieran libres lágrimas poco regias. ––¡Ah, buen corazón valeroso! ––se dijo––: Este acto de lealtad no perecerá en mi memoria, no lo he de olvidar, ¡pero ellos tampoco! ––agregó con ardor. Mientras meditaba, su aprecio de la magnánima conducta de Hendon fue adquiriendo dimensiones más y más grandes en su mente, lo mismo que su agradecimiento. De pronto se dijo: ––El que salva a su príncipe de heridas y de una muerte probable ––y esto ha hecho él por mí––, realiza un alto servicio; pero es poco, ¡es nada, oh, menos que nada; comparado con la acción de aquél que salva a su príncipe de la vergüenza! Hendon no gritó al ser azotado, sino que soportó los fuertes golpes con ánimo marcial. Esto, más haber librado al niño sufriendo los azotes en su lugar, forzó al respeto aun a aquella chusma infeliz y degradada allí reunida; sus mofas y gritería terminaron, y no quedó otro sonido que el sonido del caer de los golpes. La quietud que invadió el lugar cuando Hendon se encontró de nuevo en el cepo, contrastaba fuertemente con el clamor insultante que había reinado muy poco antes. El rey se acercó lentamente a Hendon y le susurró al oído: ––Los reyes no pueden ennoblecerte, ¡tú, alma buena y generosa!, porque Aquel que está por encima de los reyes lo ha hecho ya; pero un rey puede confirmar tu nobleza ante los hombres. ––Recogió el látigo del suelo, tocó levemente con él los sangrantes hombros de Hendon, y susurró––: Eduardo de Inglaterra te hace conde. Hendon se conmovió. Las lágrimas fluyeron a sus ojos, pero, al mismo tiempo, la comicidad terrible de la situación, y de las circunstancias minó a tal grado su seriedad, que hizo lo que pudo para no mostrar ningún signo, de su regocijo interno. Verse de pronto, desnudo y manando sangre, elevado desde el cepo villano hasta la gran altura y esplendor de un condado, le parecía la última probabilidad en el terreno de lo grotesco. ––Primoroso oropel el mío, por cierto ––se dijo––. El caballero espectral del Reino de los Sueños y de las Sombras me ha convertido en un conde espectral. ––¡Vertiginoso vuelo para alas inexpertas!––. De seguir así pronto me colgarán adornado lo mismo que un mayo, con objetos fantásticos y lauros de mentirillas. Pero sabré valorarlos, tan sin valor como son, por el amor que los otorga. Mejores son estas pobres ficticias dignidades mías, que vienen sin pedirlas de mano limpia y espíritu recto, que las verdaderas, compradas por el servilismo al poder envidioso e interesado. El temible sir Hugo hizo dar vuelta a su caballo, y, al apretar el paso, el muro viviente se dividió silenciosamente Para abrirte paso, y tan silenciosamente se juntó de nuevo. Y así permaneció; ninguno llegó tan lejos como para aventurar una observación en favor del prisionero ni en alabanza, suya; mas no importaba: la ausencia de insultos era de por sí suficiente homenaje. Un recién llegado que no estaba al tanto de las circunstancias y que lanzó una burla al “impostor”, y estaba a punto de continuarla arrojándole un gato muerto, fue inmediatamente derribado y echado a puntapiés, sin palabra alguna, y luego el profundo silencio reinó de nuevo. CAPÍTULO XXIX A LONDRES Al terminar el castigo de Hendon en el cepo, fue puesto en libertad y se le ordenó salir de la comarca y no volver más. Le fue devuelta su espada, y también su mula y su asno. Montó y cabalgó, seguido por el rey, la muchedumbre hendiéndose con silencioso respeto para abrirles paso, y luego dispersándose cuando se hubieron ido. Pronto estuvo Hendon absorto en sus pensamientos. Había preguntas de gran importancia que esperaban respuesta. ¿Qué haría? ¿A dónde iría? Tendría que hallar ayuda poderosa en alguna parte, o de otra manera renunciar a su herencia y permanecer, además, bajo el cargo de ser un impostor. ¿Dónde podría hallar esta poderosa ayuda? ¿Dónde en verdad! Era difícil la pregunta. Pronto se le ocurrió una idea que apuntaba a una posibilidad, la más débil de las débiles posibilidades, ciertamente, pero sin embargo digna de considerarse, a falta, en absoluto, de cualquier otra que prometiera algo. Recordó lo que el viejo Andrews había dicho acerca de la bondad del joven rey y de su generosa defensa de los agraviados y desdichados. ¿Por qué no ir e intentar hablarle e implorarle justicia? ¡Ah, sí! ¿Pero podría un pobre tan grotesco lograr que le admitieran ante la augusta presencia de un monarca? Pero, eso no importaba: Ya se vería; era un puente que necesitaría ser cruzado hasta que llegara a él. Él era veterano de guerra, acostumbrado a inventar subterfugios y expedientes; sin duda podría encontrar un camino. Marcharía hacia la capital. Tal vez el viejo amigo de su padre, sir Humphrey Marlow, le ayudaría; el buen sir Humphrey, teniente jefe de la cocina del difunto rey, o de las cuadras, o de algo: Miles no podía recordar qué o de qué. Ahora que tenía ya algo a qué dedicar sus energías, un objeto definido que cumplir, la niebla de humillación y depresión que envolvía su espíritu se elevó, y disipó, y él alzó la cabeza y miró a su alrededor. Se sorprendió al ver cuán lejos había llegado; la aldea había quedado muy atrás. El rey iba trotando tras él, con la cabeza inclinada, porque también iba sumido en sus pensamientos y planes. Un triste recelo nubló la recién nacida alegría de Hendon: ¿querría el niño volver a una ciudad en la que, durante su breve vida, no había conocido más que malos tratos y punzantes necesidades? Pero la pregunta tenía que ser respondida, no era posible de evitar; por lo cual Hendon frenó la cabalgadura y gritó: ––Había olvidado preguntar a dónde nos dirigimos. ¿Tus órdenes, mi señor? ––¡A Londres! Hendon avanzó de nuevo, contentísimo con la respuesta, pero también asombrado con ella. Hicieron todo el viaje sin aventura ninguna de importancia. Pero terminó con una. Cerca de las diez de la noche del diecinueve de febrero llegaron al Puente de Londres, en medio de una serpenteante, agitada muchedumbre de gente ululando y vitoreando, cuyos rostros, alegrados por la cerveza, se destacaban intensamente a la luz de numerosas antorchas...., y en ese instante la cabeza podrida de un ex duque u otro grande cayó entre ellos, golpeando a Hendon en el codo y rebotando entre la precipitada confusión de pies. ¡Tan evanescentes e inestables son las obras humanas en este mundo! El buen rey difunto lleva apenas tres semanas de muerto, y tres días en la tumba, y ya caen los adornos de gente principal que con tanta solicitud había elegido para su noble puente. Un ciudadano tropezó con la cabeza y dio con la suya en la espalda de alguien que tenía delante, el cual se volvió y derribó de un golpe a la primera persona que tuvo a mano, y pronto él mismo fue abatido por el amigo de esta persona. Era la mejor hora para una lucha libre, porque las festividades del día siguiente ––Día de la Coronación–– estaban empezando ya; todos estaban llenos de bebidas fuertes y de patriotismo; a los cinco minutos la batalla campal ocupaba gran espacio de terreno; a los diez o doce cubría más o menos un acre y se había convertido en motín. Para entonces, Hendon y el rey fueron separados irremediablemente, se perdieron en el tropel y alboroto de las rugientes masas humanas. Así los dejaremos. CAPÍTULO XXX EL PROCESO DE TOM Mientras el verdadero rey vagaba por la región pobremente vestido, pobremente alimentado, maltratado y burlado por vagabundos un rato, y al otro en compañía de ladrones y asesinos en una cárcel, y llamado idiota e impostor por todos, el fingido rey Tom Canty disfrutaba de una experiencia un tanto diferente. Cuando lo vimos por última vez, la realeza justo empezaba a tener un lado brillante para él. Este lado brillante fue abrillantándose más y más cada día, y muy poco después era casi todo fulgor y deleite. Perdió sus temores; sus recelos se marchitaron y murieron; sus embarazos se disiparon, y cedieron su puesto a un porte tranquilo y confiado. Explotó la mina del “niño-azotes” en utilidades siempre crecientes. Ordenaba la presencia de milady Isabel y milady Juana Grey cuando quería jugar o platicar, y las despedía cuando se fatigaba de ellas, con el aire del que está familiarizada con tales actos. Ya no lo confundía el que estos encumbrados personajes le besaran la mano al partir. Llegó a disfrutar el ser conducido majestuosamente a la cama, por la noche, y que le vistieran con intrincada y solemne ceremonia por la mañana. Vino a ser un orgulloso deleite el ir a comer asistido por un brillante séquito de funcionarios de Estado y gentilhombres de armas, de tal modo que dobló la guardia de gentilhombres de armas, hasta un centenar. Le gustaba oír las trompetas resonando en los largos corredores, y las distantes voces demandando: “Paso al rey”. Incluso llegó a disfrutar de sentarse con pompa en el trono en consejo, aparentando ser algo más que el portavoz del lord protector. Le gustaba recibir a grandes embajadores con séquitos suntuosos, y escuchar los afectuosos mensajes que traían de ilustres monarcas que le llamaban “hermano”. ¡Oh feliz Tom Canty, poco ha de Offal Court! Disfrutaba sus espléndidos vestidos y encargó más; consideró que sus cuatrocientos criados eran muy pocos para su conveniente grandeza y los triplicó. La adulación de los zalameros cortesanos vino a ser dulce música para sus oídos. Siguió bondadoso y gentil, y firme y resuelto campeón de todos los oprimidos, declaró una guerra implacable a las leyes injustas; y, sin embargo, en ocasiones, al ser ofendido, se volvía hacia un conde, e incluso un duque, y le lanzaba una mirada que le hacía temblar. Una vez que su regia “hermana”, la inflexible santa lady María, discutió con él la prudencia de su conducta al perdonar a tantas personas que de otra manera serían encarceladas, colgadas o quemadas, y le recordó que las prisiones de su augusto difunto padre habían tenido a veces hasta sesenta mil convictos a un tiempo, y que durante su admirable reinada había entregado setenta y dos mil rateros y ladrones a la muerte por medio del verdugo, el niño se llenó de generosa indignación, y le ordenó que fuera a su gabinete y rogara a Dios que le quitara la piedra que tenía en el pecho y que le diera un corazón humano. ¿Nunca se sintió Tom Canty preocupado por el pobre principito legítimo, que lo había tratado tan bondadosamente y que se había lanzado tan celosamente a vengarlo del insolente centinela de la puerta de palacio? Sí. Sus primeros días y noches reales estuvieron bastante salpicados de penosos recuerdos del perdido príncipe y con sinceros deseos de su regreso y feliz reintegración de sus derechos y esplendores naturales. Pero a medida que pasó el tiempo y el príncipe no venía, la mente de Tom estuvo más y más ocupada con sus nuevas y encantadoras experiencias, y poco a poco el desaparecido monarca casi se esfumó de sus pensamientos; y finalmente, cuando a ratos se inmiscuía en ellos, se había convertido ya en espectro mal recibido, porque hacía sentirse a Tom culpable y avergonzado. La pobre madre y las hermanas de Tom corrieron, la misma suerte en su memoria. Al principio desfallecía por ellas, se apenaba por ellas y anhelaba verlas, pero mas tarde la idea de que un día vinieran con sus andrajos y su mugre, traicionándolo con sus besos, derribándolo de su encumbrado lugar y arrastrándolo de nuevo a la penuria, a la degradación y a los arrabales, le hacía estremecerse. Por fin cesaron de perturbar sus pensamientos casi por completo. Y el estuvo contento, incluso alegre, porque cuando quiera que sus semblantes lúgubres y acusadores se alzaban frente a él, lo hacían sentirse más despreciable que los gusanos que se arrastran. La medianoche del diecinueve de febrero, Tom Canty se sumía en el sueño en un rico lecho, guardado por sus leales vasallos y rodeado por las pompas de la realeza; un niño feliz, porque el día siguiente era el señalado; para su solemne coronación como rey de Inglaterra. Y a la misma hora, Eduardo, el verdadero rey, hambriento y sediento, sucio y lleno de tierra, rendido por el viaje y cubierta con harapos y jirones ––su parte en los resultados del tumulto––, estaba apretujado entre multitud de gentes que observaban con profundo interés, ciertas presurosas cuadrillas de obreros que entraban y salían de la abadía de Westminster, laboriosas coma hormigas; estaban haciendo los últimos preparativos para la real coronación.
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