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Capítulos XXXI al Final

CAPÍTULO XXXI

LA PROCESIÓN DEL RECONOCIMIENTO

Cuando Tom Canty despertó a la mañana siguiente el ambiente vibraba con un murmullo atronador, que se extendía en todas direcciones. Esto era música para él, porque significaba que el mundo inglés salía pujante a dar leal bienvenida al gran día.

Pronto Tom se encontró a sí mismo convertido una vez más en la figura principal de una maravillosa procesión flotante en el Támesis, porque por antigua costumbre “la procesión del reconocimiento” al través de Londres debía empezar en la Torre; y hacia allá se encaminaba él.

Cuando llegó allí, los muros de la venerable fortaleza parecieron abrirse de pronto en mil lugares, y por cada abertura asomó una roja lengua de fuego y una voluta blanca de humo; siguió una explosión ensordecedora, que sofoco los gritos de la multitud e hizo temblar la tierra. Los fogonazos, el humo y las explosiones se repitieron de nuevo una y otra vez con maravillosa celeridad, de manera que en pocos momentos la vieja Torre desapareció en la extensa niebla de su propio humo, menos la punta del elevado pináculo llamado la Torre Blanca; ésta, con sus banderas, se erguía sobre el denso dique de vapor, como el pico de una montaña se destaca sobre las nubes.

Tom Canty, espléndidamente ataviado, montó en un corcel de guerra, cuyas ricas gualdrapas casi alcanzaban el suelo. Su “tío”, el lord protector Somerset, análogamente montado, se colocó detrás; la guardia del rey se formó en hileras sencillas a ambos lados, vistiendo sus bruñidas armaduras. Después del protector seguía una procesión, al parecer interminable, de nobles resplandecientes, asistidos por sus vasallos; tras éstos; el lord alcalde y el cuerpo de regidores, con sus togas de terciopelo carmesí y con sus cadenas de oro cruzando el pecho; después de éstos los oficiales y miembros de todos los gremios de Londres, con lujosa indumentaria y portando las vistosas banderas de las varias corporaciones. Además en la procesión, como guardia de honor especial a través de la ciudad, estaba la Antigua y Honorable Compañía de Artilleros ––organización que ya tenía trescientos años de antigüedad en aquel entonces–– y el único cuerpo militar de Inglaterra poseedor del privilegio (que aun posee en nuestros días) de tener independencia de los mandatos del Parlamento. Era un brillante espectáculo, y fue acogido con aclamaciones a lo largo del recorrido, a medida que siguió su majestuoso camino por entre la compacta multitud de ciudadanos. Dice el cronista:

“El rey, al entrar en la ciudad, fue recibido por el pueblo con plegarias, bienvenidas, gritos y palabras de ternura, y con todas las señales que indican un fervoroso amor de los súbditos a su soberano; y el rey, ofreciendo su alegre semblante para todos los que se hallaban muy distantes, y las más tiernas palabras para aquellos que estaban cerca de Su, Gracia, se mostró no menos agradecido de recibir los buenos deseos del pueblo que este de ofrecérselos. A todos los que le deseaban bien, les daba las gracias; a los que decían: “Dios salve a Su Gracia”, les contestaba “Dios os salve a todos”, y añadía que “Se los agradecía con todo su corazón”. La gente estaba maravillosamente transportada con las amorosas respuestas y ademanes de su rey.”

En la calle Fenchurch, un “niño rubio, suntuosamente ataviado”, estaba de pie en una tarima para dar a Su Majestad la bienvenida a la ciudad. La última estrofa de su saludo decía las siguientes palabras:

¡Bienvenido, oh rey!, cuanto los corazones pueden juzgar;
Bienvenido de nuevo, cuanto la lengua puede expresar;
Bienvenido a jubilosas lenguas y corazones que no han de temblar;
Dios os guarde, le imploramos, y os deseamos para siempre bienestar.  

El pueblo prorrumpió en un grito de júbilo repitiendo a una voz lo que había dicho el niño. Tom Canty miró a lo lejos sobre el agitado mar de ansiosos semblantes y su corazón se inflamó de regocijó; sintió que la única cosa por, la cual valía la pena vivir en este mundo era el ser rey, e ídolo de una nación. De pronto divisó, a lo lejos, a un par de sus andrajosos camaradas de Offal Court; uno de ellos, el lord gran almirante de su antigua fingida corte, y el otro el primer lord de la alcoba de la misma presuntuosa ficción; y su orgullo creció más que nunca. ¡Oh, si tan sólo pudieran reconocerlo ahora! ¡Qué indecible gloria sería si le reconocieran y se dieran cuenta de que el escarnecido rey de mentiritas de los arrabales se había convertido en un rey verdadero, con ilustres duques y príncipes por humildes sirvientes y con el mundo inglés a sus pies! Pero tenía que negarse a sí mismo y ahogar su deseo, porque semejante reconocimiento podría costarle más de lo que valía; así que volvió la cabeza y dejó que los dos sucios muchachos continuaran con sus gritos y alegres adulaciones, sin sospechar a quién era que se las estaban prodigando. De cuando en cuando se alzaba el grito de “¡una dádiva, una dádiva!”, y Tom respondía lanzando al azar un puñado de relucientes monedas nuevas para que la multitud se las disputara.

El cronista dice: “En el extremo superior de la calle Gracechurch, ante el emblema del Águila, la ciudad había erigido un monumental arco, bajo el cual estaba una tarima que se extendía de un lado al otro de la calle. Era un espectáculo histórico que representaba a los inmediatos progenitores del rey. Allí estaba Isabel de York, sentada en. medio de una inmensa rosa blanca, cuyos pétalos formaban elaborados volantes alrededor de ella; a su lado estaba Enrique VII, saliendo de una enorme rosa roja, dispuesta de la misma manera; las manos de la pareja real estaban entrelazadas, y ostentosamente exhibido el anillo de boda. De las rosas rojas y blancas salía un tallo que llegaba hasta una segunda tarima, ocupada por Enrique VIII, saliendo de una rosa roja y blanca, con la efigie de la madre del nuevo rey, Juana Seymour, representada a su lado. Salía una rama de aquella pareja, que ascendía hasta una tercera tarima, donde se veía la efigie del mismo Eduardo VI, sentado en su trono con regia majestad, y todo el espectáculo estaba enmarcado con guirnaldas “de rosas, rojas y blancas.”

Este primoroso y llamativo espectáculo entusiasmó tanto al regocijado pueblo, que las aclamaciones ahogaron por completo la vocecita del niño cuya misión era explicar la cosa en runas laudatorias. Pero Tom Canty no lo lamentó, porque aquel leal alboroto era para él música más dulce que cualquier poesía, no importa de qué calidad fuera. Cundo quiera que Tom volvía su joven y feliz semblante, el pueblo reconocía la exactitud del parecido de su efigie con él mismo, la contraparte de carne y hueso, y estallaban nuevos torbellinos de aplausos.

La gran procesión siguió adelante, más y más, dejando atrás arcos triunfales, uno tras de otro, y pasando ante una pasmosa sucesión de tablados espectaculares y simbólicos, cada uno de los cuales tipificaba y exaltaba alguna virtud o talento o mérito del reyecito. “En todo Cheapside, de cada cobertizo y de cada ventana pendían banderas y gallardetes, y los más ricos tapetes, paños y brocados de oro tapizaban las calles, muestras de la gran riqueza de las tiendas cercanas, y el esplendor de esta calle era igualado en otras, y en algunas incluso sobrepasado.”

––¡Y todos estos prodigios y estas maravillas son para recibirme a mí, a mí! ––murmuraba Tom Canty.

Las mejillas del fingido rey estaban rojas de excitación, sus ojos centelleaban, sus sentidos hormigueaban en un delirio de placer. En aquel punto, justo cuando alzaba su mano para arrojar otra dádiva generosa, vio una cara pálida, asombrada, que se estiraba hacia adelante en la segunda fila de la muchedumbre, sus intensos ojos clavados en él. Una espantosa consternación lo traspasó. ¡Reconoció a su madre! Y sus manos volaron hacia arriba, con las palmas hacia afuera, a cubrirse los ojos ––ese ademán involuntario nacido de un episodio olvidado y perpetuado por la costumbre––. Un instante más y ella se había desprendido de la muchedumbre, pasó por entre los guardias y estaba a su lado. Abrazó la pierna del niño, la cubrió de besos, gritó: ¡Oh, mi niño, vida mía!”, alzando hacia él un rostro transfigurado de alegría y de amor. En el mismo instante un oficial de la guardia real la arranco de allí con una maldición, y la envió tambaleándose al lugar de donde vino, con un vigoroso impulso de su fuerte brazo. Las palabras “¡No te conozco, mujer!” caían de los labios de Tom Canty cuando este lastimoso incidente ocurrió, pero le hirió hasta el corazón verla tratada así, y cuando ella se volvió para mirarle por última vez, mientras la muchedumbre la apartaba de su vista, la mujer se veía tan herida, tan descorazonada, que la vergüenza que lo cubrió consumió su orgullo hasta las cenizas y marchitó su usurpada realeza. Sus grandezas se le descubrieron; parecían sin valor desprenderse de él como harapos podridos.

La procesión siguió adelante y adelante, entre esplendores en aumento y crecientes tempestades de bienvenidas, pero para Tom Canty eran como si no existieran. Él ni veía ni oía. La realeza había perdido su gracia y su dulzura; sus pompas se habían convertido en reproche. El remordimiento estaba corroyendo su corazón. Dijo: ––¡Pluguiera a Dios que yo estuviese libre de mi cautiverio!

Inconscientemente había vuelto a la fraseología de los primeros días de su obligatoria grandeza.

La brillante procesión cívica siguió su rodeo, como una radiante serpiente interminable por las torcidas callejuelas de la curiosa vieja ciudad y por entre la multitud que lo vitoreaba; pero el rey aún cabalgaba con la cabeza baja y la mirada perdida viendo sólo el rostro de su madre, y esa expresión herida en él.

––¡Una dádiva, una dádiva!. ––el grito llegaba a un oído distraído. ––¡Viva Eduardo de Inglaterra! Parecía que la tierra se cimbraba con la explosión, pero no había respuesta del rey. Éste la oía como se oye el ruido del oleaje cuando llega al oído desde una gran distancia, porque era ahogado por otro sonido que estaba aún más próximo, en su propio pecho, en su acusadora conciencia, una voz que seguía repitiendo aquellas vergonzosas palabras: “No te conozco, mujer.”

Las palabras golpeaban el alma del rey como el doblar de una campana fúnebre golpea el alma de un amigo sobreviviente cuando le recuerdan secretas traiciones hechas por su mano a aquel que se ha ido.

Nuevos encantos se revelaban a cada vuelta; nuevos prodigios, nuevas maravillas aparecían a la vista; los encerrados estruendos de las baterías eran liberados, nuevos raptos brotaban de las gargantas de las expectantes multitudes, pero el rey no daba señales de enterarse, y la voz acusadora que seguía gimiendo en su desconsolado pecho era el único sonido que escuchaba.

Pronto la alegría en los rastros del populacho cambió un poco, y mostraban algo parecido al afán o a la ansiedad; se observó también un descenso en la intensidad de los aplausos. El lord protector de inmediato reparó en estas cosas, tanto como para descubrir la causa. Apretó el paso hacia el rey, se inclinó en la silla, con la cabeza descubierta, y dijo:

––Señor, mala ocasión es ésta para soñar. El pueblo observa tu inclinada cabeza, tu nublado semblante y lo toma por mal agüero. Sé prudente; devela el sol de la realeza y deja que brille sobre esos agoreros vapores y los dispersé. Levanta la cara y sonríe al pueblo.

Diciendo esto, el duque esparció un puñado de monedas a diestra y siniestra, y luego se retiró a su sitio. El fingido rey hizo maquinalmente lo que le sugerían. Su sonrisa era forzada, pero pocos ajos estuvieron lo bastante cerca o fueron lo bastante perspicaces para descubrirlo. Los movimientos de su empenachada cabeza al saludar a sus súbditos eran llenos de gracia y gentileza; las dádivas que su mano prodigaba eran regiamente generosas; así se desvaneció la ansiedad del pueblo y las aclamaciones volvieron a estallar con la poderosa intensidad de antes.

De nuevo, sin embargo, poco antes de que acabara la procesión, el duque se vio obligado a adelantarse hacia el rey, y lo reconvino. Susurró:

––¡Oh, venerable soberano! Sacude se humor fatal; los ojos del mundo están sobre ti. ––Y añadió con vivo disgusto––: ¡Maldita sea esa loca mendiga!, fue ella la que ha perturbado a Su Alteza.

La suntuosa figura volvió hacia el duque sus ojos sin brillo y exclamó con voz desmayada:

––¡Era mi madre!

––¡Dios mío! ––gimió –– el protector, conteniendo su caballo para volver a su puesto––. ¡El agüero estaba preñado de profecía! ¡Se ha vuelto loco de nuevo!

CAPITULO XXXII

EL DIA DE LA CORONACIÓN

Retrocedamos unas cuantas horas y situémonos en la Abadía de Westminster, a las cuatro de la mañana de este memorable Día de la Coronación. No estamos sin compañía, porque aunque aún es de noche, encontramos las galerías, iluminadas con antorchas, llenas ya de gentes dispuestas a permanecer esperando siete u ocho horas hasta que llegue para ellas el momento de ver lo que no esperan ver dos veces en sus vidas: la coronación de un rey. Sí. Londres y Westminster han estado activos desde que retumbaron los cañonazos de aviso a las tres de la mañana, y ya multitud de ricos sin título, que han comprado el privilegio de buscar sitio para sentarse en las galerías, se agolpa en las entradas reservadas a su clase.

Las horas pasan lentas, tediosamente. Toda agitación ha cesado por un rato porque hace mucho que las galerías están ya atestadas. Ahora podemos sentarnos, y mirar y pensar a nuestro gusto. Aquí, allá y acullá, en la vaga media luz de la catedral, podemos divisar parte de muchas galerías y balcones, porque el resto nos lo ocultan a la vista las columnas y salientes arquitectónicos que se interponen. Tenemos a la vista todo el gran crucero, vacío, esperando a los privilegiados de Inglaterra. Vemos también el área amplia de la plataforma, cubierta de rica alfombra, en que se alza el trono. El trono ocupa el centro de la plataforma, y se levanta de ella sobre cuatro escalones. En el asiento del trono está encajada una piedra plana y tosca, la Piedra de Scone, en que muchas generaciones de reyes escoceses se han sentado para ser coronados, por lo cual con el tiempo llegó a ser lo bastante sagrada para servir al mismo fina los monarcas ingleses. Tanto el trono como su escabel están cubiertos con brocado de oro.

La quietud reina, las antorchas parpadean lánguidamente, el tiempo pasa con pesadez. Mas al fin se afirma la retrasada luz del día, se extinguen las antorchas y un resplandor suave baña los grandes espacios. Ahora se distinguen todos los perfiles del noble edificio, pero dulces y como en sueños, porque el sol está ligeramente velado con nubes.

A las siete sobreviene la primera interrupción de la amodorrada monotonía, porque, al dar la hora, la primera dama noble entra al crucero, vestida con tanto esplendor como Salomón, y es conducida a su lugar correspondiente por un oficial vestido de raso y terciopelo, en tanto que otro como él recoge la larga cola del vestido de la dama, la sigue y, cuando la dama se ha sentado, se la arregla sobre el regazo. Luego coloca el escabel conforme a los deseos de ella, después de lo cual pone su corona al alcance de su mano, para cuando llegue la ocasión de la coronación simultánea de los nobles.

Ya en esto las damas están fluyendo en reluciente manantial, y los oficiales revolotean y destellan por donde quiera, sentándolas e instalándolas cómodamente. La escena está ya bastante animada. Hay movimiento y vida, y colores cambiantes por todas partes. Al cabo de un rato, vuelve a reinar la calma, porque todas las damas han llegado y están en sus sitios, como un gran ramillete de flores resplandecientes, de colores abigarrados, y escarchadas de diamantes como una Vía Láctea. Hay aquí todas las edades: viudas arrugadas y canosas, que pueden retroceder más y más en el tiempo y recordar la coronación de Ricardo III, y los turbulentos días de aquella inolvidable época; y hay hermosas damas dé mediana edad, y matronas lindas y graciosas, y doncellas gentiles y bellas, de radiantes ojos y tez fresca, que muy probablemente se pondrán torpemente su enjoyada corona cuando llegue el momento solemne, porque el lance será nuevo para ellas y su agitación será un grave obstáculo. Sin embargo, esto puede no ocurrir, porque el pelo de todas estas damas está arreglado con especial atención a la colocación rápida y airosa de la corona cuando llegue la señal.

Hemos visto que este conjunto de damas está sembrado de diamantes, y vemos también que constituye un maravilloso espectáculo, pero..., ahora estamos a punto de asombrarnos de verdad. Cerca de las nueve, de pronto se rasgan las nubes y una saeta de luz de sol hiende la tibia atmósfera y recorre lentamente las filas de damas, y cada, fila que toca se enciende con un deslumbrante esplendor de fuegos multicolores, y a nosotros nos hormiguean hasta las puntas de los dedos con el estremecimiento eléctrico que nos atraviesa por la sorpresa y la belleza del espectáculo. Ahora un enviado especial de algún lejano rincón del Oriente entra con el cuerpo de embajadores extranjeros; cruza aquella barra de luz de sol, y nosotros retenemos el aliento, tan subyugante es el fulgor que irradia y centellea a su alrededor, pues está cubierto de piedras preciosas de pies a cabeza, y al más ligero movimiento derrama en tomo suyo una radiante danza de luces.

Cambiemos el tiempo del verbo por comodidad. El tiempo transcurrió ––una hora, dos horas, dos horas y media––, luego el intenso estruendo de la artillería anunció que el rey y su gran cortejo al fin habían llegado; par lo que la muchedumbre que esperaba se regocijó. Todos sabían que aún habría de demorar, porque el rey debería ser preparado y ataviado para la solemne ceremonia, pero esta demora se llenaría agradablemente por la reunión de los pares del reino con sus trajes de gala. Éstos fueron conducidos ceremoniosamente a sus asientos, y sus coronas colocadas al alcance de la mano; entretanto el gentío de las galerías avivaba su interés, porque la mayor parte veía por vez primera a duques, condes y barones cuyos nombres eran históricos desde hacía quinientos años. Cuando finalmente se sentaron todos, el espectáculo desde las galerías y, desde cualquier posición ventajosa era completo; magnífico para ser contemplado y recordado.

Los jerarcas de la Iglesia, con mantos y mitras, y sus asistentes, se alinearon sobre la plataforma y tomaron los lugares a ellos asignados; fueron seguidos; por el lord protector ––y otros grandes dignatarios, y éstos, a su vez, por un destacamento de la guardia, vistiendo armaduras de acero.

Hubo una pausa de espera; luego, a una señal, estalló un estruendo de música triunfal, y Tom Canty, vestido con largo manto de brocado de oro, apareció en la puerta y subió a la plataforma. Levantóse toda la multitud, y empezó la ceremonia del Reconocimiento.

Luego un espléndido himno barrió la Abadía con sus olas de sonido, y de esta manera anunciado y recibido, Tom Canty fue conducido al trono. Hiciéronse las antiguas ceremonias con impresionante solemnidad, mientras el auditorio las contemplaba; y mientras más se acercaban a su fin, Tom Canty palidecía más y más, y una profunda, angustia y melancolía, que crecía progresivamente, se posesionó de su ánimo y de su corazón lleno de remordimientos.

Por fin llegó el acto final. El arzobispo de Canterbury levantó de su cojín la corona de Inglaterra y la suspendió sobre la cabeza temblorosa del fingido rey. En el mismo instante un resplandor de arco iris fulguró en el amplio crucero, porque, en un movimiento simultáneo, cada individuo del gran concurso de nobles levantó la corona y la suspendió sobre su cabeza y la detuvo en esa postura. Un profundo silencio reinó en la Abadía. En este impresionante momento una pasmosa aparición de pronto se hizo presente, avanzando por la gran nave central. Era un niño, con la cabeza descubierta, mal calzado y vestido con burdas prendas plebeyas que se caían a jirones. Levantó su mano, con una solemnidad que no concordaba con su lastimoso sucio aspecto, y pronunció esta advertencia:

––Os prohíbo poner la corona de Inglaterra en esa cabeza perdida. Yo soy el rey.

Al instante varias manos indignadas cayeron sobre el niño, pero en el mismo instante Tom Canty, con sus regias vestiduras, avanzó vivamente un paso y gritó con sonora voz:

––¡Soltadle y conteneos! ¡Él es el rey!

Una especie de pánico asombrado privó en la asamblea; se levantaron parcialmente de sus asientos y se miraron aturdidos unos a otros, y a las principales figuras de aquella escena, como personas que se preguntaran si estaban despiertas y en su juicio o dormidas y soñando. El lord protector estaba tan asombrado como los demás, pero se repuso pronto y exclamó con autoritaria voz:

––No hagáis caso a Su Majestad; su dolencia le ha vuelto a atacar. ¡Prended al vagabundo!

Habría sido obedecido, pero el fingido rey golpeó el suelo con el pie y exclamo:

––¡Os lo prevengo! ¡No lo toquéis, es el rey!

Las manos se apartaron; una parálisis asaltó la sala; nadie se movió, nadie habló. Nadie sabía, en verdad, cómo actuar o qué decir en tan extraño y sorpresivo aprieto. Mientras todos los ánimos intentaban serenarse, el niño avanzó aún más, resueltamente, con arrogante porte y confiado semblante; no había vacilado desde el principio, y mientras los confundidos ánimos luchaban aún inútilmente, él subió a la plataforma y el fingido rey corrió a su encuentro con el rostro alegre y cayó de rodillas ante el y dijo:

––¡Oh, mi señor rey!, dejad que el pobre Tom Canty sea el primero que os jure fidelidad y os diga: “Poneos la corona y recobrad lo que es vuestro.”

La mirada del lord protector se clavó severamente en el rostro del recién llegado, pero instantáneamente la severidad se esfumó y dio paso a una expresión de admirada sorpresa. Esto mismo les ocurrió a los demás grandes dignatarios. Se miraron unos a otros y retrocedieron un paso, por un impulso general e inconsciente. La idea en cada mente era la misma: “¡Qué extraño parecido!”

El lord protector reflexionó perplejo unos breves momentos; luego dijo, con grave respeto:

––Con vuestro permiso, señor, deseo haceros ciertas preguntas que...

––Yo las responderé, milord.

El duque le hizo muchas preguntas acerca de la corte, del difunto rey, del príncipe, de las princesas. El niño las respondió acertadamente y sin vacilar. Describió las habitaciones de gala del palacio, los aposentos del difunto rey y los del Príncipe de Gales.

Era extraño, era maravilloso, sí, era inexplicable, así dijeron todos cuantos lo oyeron. La corriente comenzaba a variar y las esperanzas de Tom Canty a crecer, cuando el lord protector meneó la cabeza y dijo:

––Cierto que es maravilloso en extremo, pero no es más de lo que puede hacer nuestro señor el rey.

Esta observación y esta referencia a sí mismo como rey todavía entristecieron a Tom Canty, y sintió que se derrumbaban sus esperanzas.

––Éstas no son pruebas ––añadió el protector.

La corriente variaba ahora muy rápido, en verdad muy rápido, pero en la dirección contraria, y estaba dejando al pobre Tom Canty varado en el trono, y arrastrando al otro hacia el mar. El lord protector consultó consigo mismo ––meneó la cabeza–– el pensamiento que se le imponía: ––Es peligroso para el Estado y para todos nosotros que continúe un enigma tan funesto coma éste; podría dividir a la nación y minar el trono––. Se volvió y dijo: ––Sir Tomás, arrestad a este.... ¡No, deteneos! ––Su rostro se iluminó e hizo frente al desarrapado candidato con esta pregunta:

––¿Dónde está el Gran Sello? Contestadme esto sinceramente y el enigma quedará descifrado, porque sólo el que fuera Príncipe de Gales puede responderlo. ¡De una cosa tan trivial penden un trono y una dinastía!

El respeto por grandes dignatarios se manifestó en el silencioso aplauso que brotó de sus ojos en forma de brillantes miradas de aprobación. Sí, nadie sino el verdadero príncipe podría disipar el persistente misterio del Gran Sello desaparecido ––a este infeliz impostorcillo le habían enseñado bien su lección, pero aquí sus enseñanzas debían fracasar, porque su mismo maestro no podría contestar esa pregunta––; ¡ah, muy bien, muy bien en verdad: ahora pronto nos libraremos de este enojoso y peligroso asunto! Y asintieron con la cabeza de modo imperceptible y sonrieron internamente con satisfacción y voltearon a ver a aquel muchacho atacado por la parálisis de la confusión culpable. ¡Cómo se sorprendieron entonces de ver que nada semejante sucedió!, ¡cómo se maravillaron al escucharlo contestar de inmediato, con voz segura y tranquila!

––No tiene nada de difícil esta adivinanza.

Luego, sin un “con vuestra venia” a nadie, se volvió y dio esta orden, con el desembarazo del que está acostumbrado a tales cosas––: Milord St. John, id a mi gabinete particular en el palacio ––pues nadie lo conoce mejor que vos––, y, muy cerca del piso, a la izquierda, en el rincón –– más distante de la puerta que da a la antecámara, hallaréis en la pared una cabeza de clavo de bronce. Oprimidlo y se abrirá un armarito de joyas, que ni siquiera vos conocéis, no, ni ningún alma en el mundo sino yo y el leal artesano que lo ideó para mí. Lo primero que veréis será el Gran Sello. Traedlo aquí.

Todos los circunstantes se pasmaron al oír sus palabras, y se maravillaron, más aún al ver al pordioserillo elegir a aquel par sin vacilación ni aparente temor de equivocarse, y llamarlo por su nombre, con el aire plácida y convincente de ––haberlo conocido toda la vida. El par se sorprendió casi obedeciendo. Incluso hizo un movimiento como para alejarse, pero pronto recuperó su serena actitud y confesó su disparate con un sonrojo. Tom Canty se volvió hacia él y dijo ásperamente:

––¿Por qué vacilas? ¿No has oído el mandato del rey? ¡Ve!

El lord St. John hizo una profunda reverencia ––y se pudo observar que ésta–– fue cautelosa y evasiva, no dirigida a ninguna de los reyes, sino al territorio neutral equidistante de ambos–– y se despidió.

Ahora empezó un movimiento de las brillantes partículas de aquel grupo oficial, que fue lento, apenas perceptible, y, sin embargo, tenaz y persistente; un movimiento tal como el que se observa en un caleidoscopio que se hace girar lentamente, con lo cual los componentes de un espléndido grupo se disgregan y se unen con otros; un movimiento que, poco a poco, en el caso presente, disolvió el reluciente gentío que se hallaba cerca de Tom Canty, y lo agrupó de nuevo en las inmediaciones del recién llegado. Tom Canty se quedó casi solo. Ahora siguió un breve momento de profundo suspenso y espera, durante el cual incluso los pusilánimes que aún permanecían cerca de Tom Canty fueron gradualmente haciendo suficiente acopio de valor para escurrirse, uno por uno, hacia el lado de la mayoría. Así que al fin Tom Canty, con su atavío real y sus joyas, quedó completamente solo y aislado del mundo, figura conspicua ocupando un elocuente vacío.

Ahora se vio regresar al lord St. John. A medida que avanzaba por la nave central, el interés era tan intenso que el apagado murmullo de las conversaciones expiró en la gran asamblea y fue seguida por un profundo silencio, una calma expectante en la cual las pisadas del lord vibraron con un sonido sordo y distante. Todos los ojos se clavaron en él mientras avanzaba. Llegó a la plataforma, se detuvo un momento, luego se inclino ante Tom Canty con una profunda reverencia, y dijo:

––Señor, ¡el Sello no está allí!

No se aparta una turba de la presencia de un apestado con más prisa que la partida de pálidos y aterrados cortesanos se apartó del lado del andrajoso pequeño pretendiente a la corona. En un momento se quedó completamente solo, sin un amigo o partidario, blanco en el que se concentraba un fuego graneado de miradas burlonas y airadas. El lord protector gritó furioso:

––Echad al mendigo a la calle y azotadle por toda la ciudad; ¡el bribón miserable no es digno de mayor consideración!

Los oficiales de la guardia se apresuraron a obedecer, pero Tom Canty los apartó con un ademán y dijo:

––¡Atrás! ¡Aquel que lo toque arriesga su vida!

El lord protector estaba perplejo en grado sumo. Dijo a lord St. John:

––¿Habéis buscado bien? Pero de nada vale preguntarlo. Parece sumamente raro. Las cosas pequeñas, las bagatelas escapan a la vista de uno, y uno no lo considera motivo de sorpresa; pero ¿cómo una cosa tan abultada como el Sello de Inglaterra puede desaparecer sin que nadie pueda dar con su rastro? Un disco de oro macizo.

Tom Canty, con relucientes ojos, saltó hacia adelante y gritó ––¡Teneos, basta ya! ¿Era redondo?, ¿y grueso?, ¿y tenía letras y lemas grabados? ¿Sí? ¡Oh!, ahora sé lo que es este Gran Sello por el que ha habido tanto apuro y alboroto. De habérmelo descrito, lo podríais haber tenido hace tres semanas. Ahora sé muy bien dónde está; pero no fui yo quien lo puso ahí por primera vez.

––¿Quién, pues, mi señor? preguntó el lord protector.

––Ese que está ahí, el legítimo rey de Inglaterra. Y él mismo habrá de deciros dónde está; entonces creeréis que lo sabe por su propia conocimiento. Haced memoria, rey mío, recordad; fue lo último, lo realmente último que hicisteis aquel día antes de salir apresuradamente de palacio, vestido con mis andrajos para castigar al soldado que me había ofendido.

Sobrevino un silencio, no perturbado por ningún movimiento o cuchicheo, y todos los ojos se clavaron en el recién llegado, que cabizbajo y con el ceño fruncido; buscaba en su memoria, entre una atestada multitud de inútiles recuerdos, por un solo hecho pequeñito y elusivo que, de ser hallado, lo sentaría en un trono, y de no serlo, lo dejaría de una vez para siempre como estaba: un mendigo y un paria. Momento tras momento transcurrió y los momentos se convirtieron en minutos, y el niño seguía luchando en silencio sin dar indicios. Mas al fin exhaló un suspiro, movió lentamente la cabeza, y dilo, con labios temblorosos y con afligida voz:

––Recuerdo la escena, toda, pero en ella no figura el Sello––. Hizo una pausa, levanto la vista y dijo con gentil dignidad––: Milores y caballeros, si queréis despojar a vuestro legítimo soberano de lo que es suyo por la falta de esta evidencia que no puede proporcionar, no os lo habré de impedir viéndome impotente. Pero...

––¡Oh desatino, oh locura, rey mío! ––gritó Tom Canty, aterrorizado––. ¡Esperad!, ¡pensad!, ¡no os deis por vencido!, ¡la causa no está perdida! ¡Ni lo estará! Escuchad lo que diga, seguid cada palabra, voy a recordares lo que pasó aquella mañana, cada lance tal como sucedió. Conversamos; os conté de mis hermanas, Nan y Bet ¡ah, sí!, eso lo recordáis; y de mi vieja abuela, y de los bruscos juegos de los muchachos de Offal Court; sí, también recordáis estas cosas muy bien, seguidme aún, lo recordaréis todo. Me disteis de comer y de beber, y con principesca cortesía despedisteis a los servidores, para que mi mala crianza no me avergonzara delante de ellos, oh, sí, todo esto lo recordáis.

A medida que Tom verificaba sus detalles y el otro niño asentía con la cabeza, el gran auditorio y los dignatarios abrían grandes ojos de perplejo asombro; el relato sonaba a historia verdadera; no obstante, ¿cómo había sucedido esta imposible unión entre un príncipe y un mendigo? Jamás hubo antes un grupo de personas más perplejo, más interesado y más estupefacto.

––De guasa, príncipe, cambiamos vestidos. Luego nos pusimos delante de un espejo, y éramos tan parecidos que los dos dijimos que parecía que no hubiera habido cambio ninguno; sí, recordáis eso. Luego notasteis que el soldado había herido mi mano; ¡mirad!, hela aquí; ni siquiera puedo aún escribir con ella, tan tiesos están los dedos. En esto, Vuestra Alteza dio un salto, jurando vengaros del soldado, y corristeis hacia la puerta; pasasteis junto a una mesa; eso que llamáis el Sello estaba sobre ella; lo tornasteis y mirasteis entorno afanosamente, como buscando sitio donde esconderlo; vuestra mirada lo encontró...

––¡Eso es!, ¡basta ya!, ¡gracias sean dadas al buen Dios! ––exclamó el andrajoso pretendiente, en suprema excitación––. ¡Id, mi buen St. John, que en un brazo de la armadura milanesa que cuelga de la pared encontraréis el Sello!

––¡Justo, mi rey, justo! ––gritó Tom Canty––, ahora el cetro de Inglaterra es vuestro. ¡Y hubiera sido mejor para aquel que os lo disputase el haber nacido mudo! ¡Id, milord St. John, poned alas a vuestros pies!

Toda la asamblea estaba ya de pie y casi fuera de sus cabales por la inquietud, la aprensión, el temor y la devoradora excitación. En el piso y en la plataforma estalló un zumbido ensordecedor de conversaciones frenéticas, y durante algún rato nadie supo ni oyó nada, ni se interesaba por nada sino por lo que su vecino le gritaba al oído, o por lo que gritaba al oído de su vecino. El tiempo pasó rápidamente, desatendido e inadvertido, nadie supo cuánto, sin que se percataran de ello. Finalmente un repentino silencio reinó en el recinto, y en el mismo momento St. John apareció en la plataforma, con el Gran Sello enarbolado. Entonces se elevó este grito:

––¡Viva el verdadero rey! Durante cinco minutas la atmósfera se estremeció con los gritos y con el estrépito de los instrumentos musicales y se tomó blanca con una tormenta de pañuelos ondeantes; y en medio de todo aquello un muchacho andrajoso, la figura más conspicua de Inglaterra, permanecía emocionado y dichoso y orgulloso en el centro de la espaciosa plataforma, con los grandes vasallos del reino arrodillados a su alrededor.

Luego se levantaron todos y Tom Canty exclamó:

Ahora, ¡oh, rey!, recobrad estas regias prendas, y dad al pobre Tom, vuestro criado, sus andrajos y jirones.

El lord protector habló:

––Que el canallita sea desnudado y encerrado en la Torre.

Pero el nuevo rey, el verdadero rey, dijo:

––No lo permitiré. A no ser por él no tendría de nuevo mi corona; nadie le pondrá la mano encima; y en cuanto a ti, mi buen tío, mi lord protector, esa conducta tuya no muestra agradecimiento hacia este pobre muchacho, porque he oído que te hizo duque (el protector se ruborizó), y eso que no era todavía rey; por consiguiente, ¿de qué vale ahora tu encumbrado título? Mañana me pedirás a mí, por mediación de él, la confirmación, de lo contrario, no como duque, sino como simple conde permanecerás.

Ante esta reprimenda, Su Gracia el duque de Somerset se retiró un poco de la primera línea durante algunos instantes.

El rey se volvió hacia Tom y le dijo amablemente:

––Mi pobrecito niño, ¿cómo fue que pudiste recordar dónde escondí el Sello, cuando no podía recordarlo yo mismo?

––¡Ay, rey mío!; eso fue fácil, puesto que lo he usado varios días.

––¿Lo has usado y no podías explicar dónde estaba?

––No sabía que era eso lo que querían. No lo describieron, Majestad.

––¿Entonces para qué lo usaste? La roja sangre empezó a subir a las, mejillas de Tom, quien bajó los ojos y guardó silencio.

––Habla, buen muchacho, y no temas nada ––dijo el rey––. ¿Para qué usaste el Gran Sello de Inglaterra?

Tom balbució un momento, con patética confusión, y al fin pudo sacarlo:

––¡Para cascar nueces!

¡Pobre niño! El aluvión de risas que acogió esto casi lo levantó en vilo. Pero si en algún ánimo quedaba la duda de que Tom Canty no fuera el verdadero rey de Inglaterra, familiarizado con los augustos incidentes de la realeza, esta respuesta la disipó por completo.

Entretanto el suntuoso manto de gala había pasado de los hombros de Tom a los del rey, cuyos andrajos quedaron de hecho ocultos a la vista debajo de él. Luego se reanudó el ceremonial de la coronación; el verdadero rey fue ungido y la corona colocada sobre su cabeza, mientras los cañonazos retumbaban la noticia a la ciudad, y todo Londres parecía bambolearse por la aclamación. 

XXXIII

EDUARDO COMO REY

Miles Hendon ya era bastante pintoresco antes de meterse en el motín del Puente de Londres, pero lo era mucho más cuando salió de él. Tenía poco dinero al entrar, pero nada en absoluto al salir. Los raterillos lo habían despojado hasta de su último ardite.

Pero no importaba, con tal de que encontrara a su niño. Siendo soldado, no se dio a la tarea de manera improvisada, sino que empezó antes que nada por disponer su plan de campaña.

¿Qué haría el niño instintivamente? ¿Adónde se dirigiría primero? Bueno ––argüía Miles––, iría instintivamente a sus primeras guaridas, porque tal es el instinto de los espíritus perturbados, cuando se ven sin hogar y desamparados, lo mismo que de los espíritus cuerdos. ¿Dónde estaban sus primitivas guaridas? Sus andrajos y el villano que parecía conocerlo, y que incluso pretendía ser su padre, indicaban que su hogar estaba en uno u otro de los distritos más pobres y más viles de Londres. ¿Sería difícil o larga la búsqueda? No, más parecía breve y fácil. No se daría a la caza del muchacho; se daría a la caza de una muchedumbre, en el centro de una muchedumbre, pequeña, o grande, tarde o temprano hallaría seguramente a su pobre amiguito; y la sarnosa turba se entretendría injuriando y agraviando al niño, que, como de costumbre, se estaría proclamando rey. Entonces Miles Hendon tulliría a algunas de estas gentes y se llevaría a su protegido, y lo confortaría y alegraría con palabras cariñosas, y los dos no volverían a separarse nunca más.

Así que Miles comenzó su pesquisa. Hora tras hora caminó a través de callejones y calles escuálidas buscando grupos y muchedumbres, y las halló infinitas pero sin el menor rastro del niño. Esto lo sorprendió mucho pero no lo desalentó. A su entender esto no afectaba su plan de campaña; lo único mal calculado era que la campaña iba resultando larga, siendo así que él había esperado que fuese corta. Cuando al fin llegó la luz del día, había hecho muchas millas y examinado muchos grupos, pero el único resultado de ello era que estaba tolerablemente cansado, bastante hambriento y con mucho sueño. Deseaba desayunar algo, pero no había modo de conseguirlo. No se le ocurrió mendigar; en cuanto a empeñar su espada, más pronto habría pensado en despojarse de su honor; podía prescindir de algunas de sus ropas, pero más fácil era hallar un cliente para una enfermedad que para ropas tales.

Al mediodía estaba aún deambulando, ahora entre la turba que seguía al regio cortejo, porque arguyó que este regio despliegue atraería poderosamente a su pequeño lunático. Siguió a la procesión en todos sus rodeos tortuosos por Londres y en todo el camino hasta Westminster y la Abadía. Iba a la ventura de acá para allá, entre las multitudes que se apiñaban en las inmediaciones, durante largas y tediosas horas, chasqueado y perplejo, hasta que al, fin se alejó pensando y tratando de idear la manera de mejorar su plan de campaña. Luego, cuando volvió en sí de sus meditaciones, descubrió que la ciudad quedaba muy atrás y que iba declinando el día. Hallábase cerca del río, y en el campo; era una zona de hermosas fincas rústicas, no la clase de distrito que habría de dar la bienvenida a un hombre con indumentaria tal.

No hacía frío en absoluto, así que se tendió en el suelo, al socaire de un seto, para descansar y pensar. El sueño no tardó en invadir sus sentidos; el atronar desmayado y lejano de los cañones llegó a sus oídos, se dijo: ––Están coronando al nuevo rey ––e inmediatamente se quedó dormido. Llevaba más de treinta horas sin dormir ni descansar. No se despertó hasta cerca del mediodía.

Levantóse renqueando, entumecido y medio muerto de hambre; se lavó en el río, tomó un tentempié de uno o dos cuartillos de agua y se encaminó con trabajos hacia Westminster, reprendiéndose a sí mismo por haber perdido tanto tiempo. Ahora el hambre lo ayudó a forjar un nuevo plan; trataría de hablar con el viejo sir Humphrey Marlow y le pediría unos cuantos marcos, y..., pero con esto bastaba al plan por el momento; tiempo habría de ampliarlo cuando esta primera etapa estuviera cumplida.

Cerca de las once se acercó al palacio, y aunque se vio rodeado de un grupo de personas lujosamente ataviadas que iban en su misma dirección, no pasó desapercibido de ello se encargó su traje. Observó atentamente los rostros de estas personas, esperando hallar alguno caritativo cuyo dueño estuviera dispuesto a llevar su nombre al viejo teniente, porque el intentar introducirse él mismo en el palacio no había ni que pensarlo.

De pronto pasó a su lado el “niño-azotes”, dio media vuelta y escrutó atentamente su figura, diciéndose:

––Si no es ése el mismísimo vagabundo que tanto preocupa a Su Majestad, entonces soy un asno..., aunque me parece que ya antes lo he sido. Responde a las señas totalmente. Que Dios hubiera hecho a dos tales sería abaratar los milagros. Por su inútil repetición. Si pudiera dar con una excusa para hablarle...

Miles Hendon le ahorró el trabajo, porque luego se volvió, como generalmente hará un hombre cuando alguien le magnetiza mirándolo insistentemente desde atrás; y al observar un fuerte interés en los ojos del muchacho, avanzó hacia él y dijo:

––Acabas de salir de palacio. ¿Vives en él?

––Sí, vuestra merced.

––¿Conoces a sir Humphrey Marlow?

El niño se sobresaltó y díjose:

––¡Cielos! ¡Mi difunto padre! ––y contestó en voz alta––: Muy bien, vuestra merced.

––¡Bien! ¿Está dentro?

––Sí ––dijo el niño–––. Y añadió para sí: ––Dentro de su tumba.

––¿Puedo pedirte el favor de que vayas a decirle mi nombre, y que le ruego me permita hablar un momento con él?

––Despacharé el asunto de buen grado, bien, señor.

––Entonces dile que Miles Hendon, hijo de sir Ricardo, está aquí fuera. Te quedaré obligado en gran medida, mi buen muchacho.

El niño parecía desencantado.

––El rey no lo ha llamado así ––se dijo––; pero no importa, éste es su hermano gemelo, y apuesto a que puede dar Su Majestad noticias del otro Caballero de los Jirones y los Guiñapos. Así que dijo a Miles: ––Entrad allí un momento, buen señor, y esperad a que os traiga noticias.

Hendon se retiró al lugar indicado, que era un hueco en la pared de palacio, con un banco de piedra, que servía de refugio a los centinelas cuando hacía mal tiempo. Apenas se había sentado, unos alabarderos, al mando de un oficial, pasaron por allí. El oficial lo vio, detuvo a sus hombres y ordenó a Hendon que lo siguiera. Él obedeció, y al instante lo arrestaron como individuo sospechoso que rondaba por las inmediaciones de palacio. Las cosas empezaban a ponerse feas. El pobre Miles iba a explicarse, pero el oficial le hizo callar ásperamente y ordenó a sus hombres que lo desarmaran y lo registrasen.

––Conceda el Dios misericordioso que encuentren algo ––dijo el pobre Miles––. Bastante he registrado yo, sin conseguirlo, y eso que mi necesidad es mayor que la de ellos.

No le encontraron más que un documento. El oficial lo abrió y Hendon sonrió al reconocer los “garabatos” de su perdido amiguito en aquel negro día de Hendon Hall. El rostro del oficial se ensombreció al leer los párrafos ingleses; y Miles palideció intensamente al escuchar sus palabras.

––¡Otro nuevo pretendiente a la corona! ––exclamó el oficial––. En verdad que hoy crecen como conejos. Prended al tunante, muchachos, y ved de tenerle sujeto, mientras yo llevo adentro este precioso papel y se lo mando al rey.

Alejóse de prisa, dejando al preso en manos de los alabarderos. ––Ahora ha terminado al fin mi mala suerte ––murmuró Hendon––, porque con seguridad he de pender del extremo de una cuerda por ese pedacito de papel. ¡Y qué será de mi pobre muchacho!, ¡ah, sólo el buen Dios lo sabe!

Pronto vio que volvía el oficial, con gran prisa; hizo acopio, pues, de valor, proponiéndose hacer frente a la situación como correspondía a un hombre. El oficial ordenó a sus hombres que soltaran al preso y le devolvió su espada; luego se inclinó respetuosamente y dijo:

––Señor, servíos seguirme.

Siguióle Hendon, diciéndose:

––Si no me viera camino de la muerte y del juicio final, y por lo tanto en la necesidad de ahorrarme los pecados, estrangularía a este bribón por su burlona cortesía.

Atravesaron los dos un patio lleno de gente y llegaron a la entrada principal del palacio, donde el oficial, con otra reverencia, entregó a Hendon en manos de un palaciego espléndidamente ataviado, quien lo recibió con profundo respeto y lo condujo par un gran vestíbulo a cuyos lados se alineaban magníficos lacayos (que hicieron reverentes cortesías al pasar los dos, pero que aguantaron con angustia las carcajadas ante nuestro majestuoso espantapájaros apenas éste volvió la espalda), y lo llevó por una amplia escalera entre multitud de gente refinada; y finalmente lo condujo a un gran aposento, le abrió paso a través de la nobleza de Inglaterra, allí reunida, luego hizo, una reverencia, le recordó que se quitara el sombrero, y lo dejó en medio de la estancia, blanco de todas las miradas, de muchos ceños indignados y de bastantes sonrisas divertidas y burlonas.

Miles Hendon estaba completamente aturdido. Allí estaba sentado el joven rey, bajo un majestuoso dosel, a cinco pasos de distancia, con la cabeza inclinada hacia un lado, hablando con una especie de ave del paraíso humana, tal vez un duque; Hendon se dijo que ya era bastante duro verse sentenciado a muerte en plena flor de la vida, sin que se sumara a ello esta singular humillación pública. Deseaba que el rey se apresurase, pues algunas de las vistosas gentes que estaban cerca se tornaban ya bastante ofensivas. En aquel momento, el rey levantó ligeramente la cabeza, y Hendon pudo ver su cara con claridad. La visión casi le quitó el aliento. Quedóse mirando el hermoso y joven rostro como traspasado, y de pronto exclamó:

––¡Cátate! ¡El señor del Reino de los Sueños y las Sombras en su trono!

Balbució algunas palabras entrecortadas, aún mirando y maravillándose; luego volvió los ojos en tomo escudriñando la espléndida muchedumbre y él suntuoso salón, murmurando: ––¡Pero éstos son reales, en verdad que son reales; ciertamente esto no es un sueño! ––Miró al rey de nuevo y pensó––: ¿Es un sueño.... o es él el verdadero soberano de Inglaterra y no el pobre loco desamparado por el que lo tomé? ¿Quién me resuelve este acertijo?

Centelleó en sus ojos una idea repentina, y se dirigió a grande zancadas hacia la pared, agarró una silla, regresó con ella, la plantó en el suelo ¡y se sentó en ella!

Un zumbido de indignación estalló; una mano cayó bruscamente sobre él y una voz exclamó:

––¡Arriba; payaso descortés! ¿Os sentáis en presencia del rey?

La conmoción atrajo la atención de Su Majestad, quien extendió la mano y gritó:

––¡No lo toquéis! ¡Está en su derecho!

La multitud retrocedió estupefacta. El rey prosiguió:

––Sabed todos, damas, lores y caballeros, que éste es mi fiel y bien amado servidor, Miles Hendon, que interpuso su buena espada y salvó a su príncipe del daño corporal y posiblemente de la muerte; y por eso es caballero por nombramiento del rey. Sabed también que, por un servicio más señalado, en que salvó a su soberano de los azotes y de la vergüenza, tomándolos sobre sí, es par de Inglaterra, conde de Kent, y tendrá el oro y las tierras que convienen a su rango. Más aún: el privilegio que acaba de ejercer es suyo por concesión real, porque hemos ordenado que él y sus principales descendientes tengan y conserven el derecho de sentarse en presencia de la majestad de Inglaterra de hoy en adelante, generación tras generación, mientras subsista la corona. No lo molestéis.

Dos personas que, por retraso, apenas habían llegado del campo aquella mañana, y que llevaban sólo cinco minutos en la sala, se quedaron escuchando aquellas palabras y mirando al rey, y después al espantapájaros, y luego otra vez al rey, en una especie de torpe aturdimiento. Éstos eran sir Hugo y lady Edita. Pero el nuevo conde no los vio. Estaba aún con la vista fija en el monarca, en forma ofuscada, Y diciéndose:

––¡Cuerpo de mí! ¡Éste mi mendigo! ¡Éste mi lunático! Éste es aquel a quien yo iba a enseñarle lo que era grandeza, en mi casa de setenta habitaciones y veintisiete criados! ¡Éste es el que no había conocido nunca más que andrajos por vestido, puntapiés por consuelo y bazofias por alimento! ¡Éste es el que yo adopté y al qué haría respetable! ¡Si Dios me diera un saco para esconder la cabeza!

De pronto recordó sus modales y cayó de rodillas con las manos entre las del rey, y le juró fidelidad y le rindió homenaje por sus tierras y sus títulos. Luego se levantó y se retiró respetuosamente a un lado, blanco aún de todos los ojos, y de muchas envidias también.

Ahora el rey reparó en sir Hugo, y dijo, con airada voz y mirada encendida:

––Despojad a ese ladrón de su falso boato y de sus bienes robados, y encerradlo con llave hasta que yo lo requiera.

Sir Hugo, sir hasta hacía poco, fue retirado. Se sintió bullicio en el otro extremo del salón. Apartáronse los concurrentes, y Tom Canty, extrañamente vestido, pero con gran lujo, avanzó, por entre aquellos muros vivientes, precedido de un ujier. Se arrodilló delante del rey, quien le dijo:

––Me han contado lo ocurrido en estas últimas semanas y estoy muy complacido contigo. Has gobernado el reino con gentileza y compasión verdaderamente reales. ¿Has hallado de nuevo a tu madre y a tus hermanas? Bien. Se cuidará de ellas, y tu padre será colgado, si tú lo deseas y la ley lo permite. Sabed, todos los que oís mi voz, que, desde este día, los que estén amparados en el Hospicio de Cristo y comparten la bondad del rey, recibirán alimento para el alma y el corazón, lo mismo que para el cuerpo; y este niño morara allí y tendrá el primer puesto en su honorable cuerpo de gobernadores, de por vida. Y porque ha sido rey, conviene que se le deba más que el acatamiento común; por tanto, fijaos en el traje de gala que lleva, porque por él será conocido, y nadie podrá copiarla; y a dondequiera que vaya recordará a la gente que ha sido rey, y nadie podrá negarle la reverencia que merece ni dejar de saludarlo. Tiene la protección del trono, tiene el apoyo de la corona; será conocido y llamado con el honorable título de “Protegido del Rey”.

El dichoso y ufano Tom Canty se levantó y besó la mano del rey, y fue retirado de su presencia.

No perdió el tiempo; voló hacia su madre, a contarle todo a ella y a Nan y a Bet, y para que compartieran con él el júbilo de la gran noticia.

CONCLUSIÓN 

JUSTICIA Y RETRIBUCIÓN

Cuando todos los misterios se aclararon, salió a relucir, por confesión de Hugo Hendon, que su esposa había repudiado a Miles por orden suya aquel día en Hendon Hall, orden apoyada por la promesa, perfectamente digna de crédito, de que si ella no negaba que aquél era Miles Hendon, y se mantenía firme en esto, le quitaría la vida, a lo cual respondió ella: ––Tomadla––, porque no la apreciaba y no quería negar a Miles; entonces el marido dijo que a ella le perdonaría la vida, ¡pero haría asesinar a Miles! Esto era cosa distinta, así que la dama dio su palabra y la mantuvo.

Hugo no fue perseguido por sus amenazas ni por apropiarse de los estados y títulos de su hermano, porque ni la esposa ni el hermano quisieron testificar contra él, y a la primera no se le habría permitido hacerlo, aunque hubiese querido. Hugo abandonó a su mujer y partió para el Continente, donde murió al poco tiempo, y a poco el conde de Kent se casó con su viuda. Hubo grandes festejos y regocijos en el pueblo de Hendon cuando la pareja hizo su primera visita a la casa señorial.

Del padre de Tom Canty nunca se volvió a saber nada.

El rey buscó al labriego que había sido marcado y vendido como esclavo, lo apartó de su camino de perdición al lado de la cuadrilla de Ruffler y lo puso en vía de ganarse cómodamente la vida.

También sacó de la cárcel al viejo abogado, a quien perdonó la multa. Dispuso buenos hogares para las hijas de las dos mujeres anabaptistas a quienes vio quemar en la hoguera, y castigó debidamente al alguacil que descargó sobre las espaldas de Miles Hendon las inmerecidos azotes.

Salvó de las galeras al muchacho que había capturado al halcón perdido, y también a la mujer que había robado un retazo de paño a un tejedor; pero llegó demasiado tarde para salvar al hombre que había sido acusado de matar a un ciervo en el bosque real.

Mostró su favor al juez que se apiadó de él cuando lo acusaron de haber robado un cerdo, y tuvo la alegría de verlo crecer en la estimaciónn pública y convertirse en un hombre insigne y honorable.

Mientras vivió, al rey le complacía contar la historia de sus aventuras, de principio a fin, desde la hora en que él centinela lo apartó con una manotada de la puerta del palacio hasta la noche final en que se mezcló mañosamente en una cuadrilla de presurosos obreros, y así se deslizó en la Abadía y trepó y se ocultó en la tumba del Confesor, y luego durmió tanto tiempo, al día siguiente, que por poco pierde enteramente la Coronación. Decía que el referir con frecuencia su valiosa lección lo mantenía firme en su propósito de hacer que sus enseñanzas redituaran beneficios a su pueblo, y así, mientras tuviese vida, continuaría refiriendo la historia para mantener sus tristes acontecimientos frescos en la memoria y los manantiales de la piedad bien llenos en su corazón.

Miles Hendon y Tom Canty fueron siempre favoritos del rey, en su breve reinado, y lo lloraron sinceramente cuando murió. El buen conde de Kent tenía bastante sentido común como para abusar de su singular privilegio, pero lo ejerció dos veces, después de la ocasión que hemos visto, antes de dejar el mundo: una, cuando el ascenso al trono de la reina María, y otra cuando el ascenso de la reina Isabel. Un descendiente suyo lo ejerció cuando ascendió al trono Jaime I. Había transcurrido casi un cuarta de siglo antes de que el hijo de aquel descendiente deseara ejercer el privilegio, y el “privilegio de los Kent” se había borrado de la memoria de casi todas las gentes, de manera que, cuando el Kent de entonces compareció ante Carlos I y su corte y se sentó en presencia del soberano, para afirmar y perpetuar el derecho de su casa, se produjo, ciertamente, un verdadero revuelo. Pero el asunto fue aclarado de inmediato y confirmado el derecho. El último conde de su estirpe cayó peleando por el rey en las guerras de la república, y el singular privilegio termino con él.

Tom Canty vivió hasta edad muy avanzada, un apuesto viejo, de pelo blanco, de grave y benévolo aspecto. Mientras vivió, se le rindieron honores; también fue reverenciado, porque su singular y sorprendente traje recordaba a las gentes que “en su tiempo había sido rey”; y así, doquiera que se presentaba, la gente se apartaba para abrirle paso, susurrando unos a otros: “Quitaos el sombrero; es el «Protegido del Rey»“, y así saludaban, y obtenían a cambio una amable sonrisa, y la valoraban, también, porque la suya era una honorable historia.

Sí; el rey Eduardo VI vivió pocos años, pobre niño, pero los vivió dignamente. Más de una vez, cuando algún gran dignatario, algún importante vasallo de la corona, argumentaba en contra de su majestad, y alegaba que alguna ley que se proponía enmendar era lo bastante benigna para su objeto y no ocasionaba sufrimiento u opresión de gran importancia a nadie, el joven rey volvía hacia él la triste elocuencia de sus ojos espléndidamente compasivos y respondía:

––¿Que sabes tú de sufrimiento y opresión? Yo y mi pueblo sabemos; pero tú no.

El reinado de Eduardo VI fue singularmente misericordioso para aquellos duros tiempos. Ahora que nos despedimos de él, tratemos de conservar esto en la memoria, en su honor.

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