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El primer año 1 (Carta de Anne Shirley, bachiller en Artes, directora de la Escuela Secundaria de Summerside, a Gilbert Blythe, estudiante de medicina de Redmond College, en Kingsport.) Álamos Ventosos, Querido mío: ¿Qué te parece mi dirección? ¿Alguna vez oíste algo más delicioso? Álamos Ventosos es el nombre de mi nuevo hogar, y me encanta. También me encanta la Calle del Fantasma, que no tiene existencia legal. En realidad, se llama Calle Trent, pero nadie usa ese nombre, excepto el periódico Weekly Courier, las pocas veces que la menciona, y entonces las personas se miran entre sí y dicen: "¿Dónde es eso?" Es, entonces, la Calle del Fantasma... aunque por qué motivo no podría decirte. Ya se lo he preguntado a Rebecca Dew, pero lo único que sabe decirme es que siempre se ha llamado Calle del Fantasma y que se contaba una historia, hace años, acerca de que estaba embrujada. Pero ella nunca ha visto nada raro allí, salvo a sí misma. Pero no debo adelantarme en la historia. Todavía no conoces a Rebecca Dew. Pero la conocerás, claro que sí. Intuyo que Rebecca Dew figurará ampliamente en mi correspondencia futura. Es la hora del crepúsculo, querido mío. (A propósito, ¿no es preciosa la palabra "crepúsculo"? Me gusta más que atardecer. Suena tan aterciopelada, llena de sombras y... y... crepusculosa.) De día pertenezco al mundo... por la noche, al sueño y a la eternidad. Pero a la hora del crepúsculo, estoy libre de ambos y me pertenezco sólo a mí misma... y a ti. De modo que reservaré esta hora sagrada para escribirte. Aunque ésta no va a ser una carta de amor. Tengo una lapicera cuya punta hace rayones y no puedo escribir cartas de amor con una lapicera así... ni con una lapicera de punta afilada... ni de punta roma. Así que sólo recibirás esa clase de cartas cuando tenga la lapicera adecuada. Mientras tanto, te contaré acerca de mi nuevo domicilio y sus habitantes. Gilbert, son tan encantadores. Vine ayer en busca de un lugar donde hospedarme. La señora Rachel Lynde me acompañó, ostensiblemente para hacer compras, pero en realidad, lo sé, para elegirme un sitio donde vivir. A pesar de mi curso de Artes y mi título de bachiller, la señora Lynde sigue pensando que soy una cosilla inexperta que necesita ser guiada, dirigida y supervisada. Vinimos en tren y, oh, Gilbert, tuve una aventura de lo más graciosa. Has visto que siempre las aventuras vienen a mí, sin que las busque. Parecería que las atraigo. Sucedió justo cuando el tren entraba en la estación. Me levanté y, al inclinarme para recoger la maleta de la señora Lynde (planeaba pasar el domingo con una amiga en Summersíde), apoyé los nudillos pesadamente sobre lo que me pareció que era el brilloso brazo de un asiento. Un segundo después, recibí un violento golpe en ellos que casi me hizo chillar. Gilbert, lo que creí que era el brazo del asiento era la cabeza calva de un hombre. Él me estaba mirando con furia y era evidente que acababa de despertarse. Me disculpé sumisamente y bajé del tren lo más pronto que pude. Lo último que vi fue su mirada furibunda. ¡La señora Lynde estaba horrorizada y a mí todavía me duelen los nudillos! No pensaba tener dificultades para encontrar alojamiento, pues la esposa de un tal Tom Pringle ha estado alojando a las distintas directoras de la Escuela Secundaria durante los últimos quince años. Pero por alguna razón desconocida, se cansó de "las molestias" y no quiso tomarme. Varios otros lugares adecuados dieron excusas amables. Muchos otros lugares no eran adecuados. Vagamos por el pueblo toda la tarde, hasta quedar acaloradas, cansadas, desalentadas y con dolor de cabeza... al menos, yo quedé así. Ya estaba por darme por vencida... ¡y entonces, apareció la Calle del Fantasma! Habíamos ido a ver a la señora Braddock (una vieja amiga de la señora Lynde), y ella dijo que creía que "las viudas" podrían alojarme. -He oído que buscan una pensionista para poder pagar el sueldo de Rebecca Dew. Ya no pueden darse el lujo de tenerla, si no entra un poco de dinero adicional. Y si se va Rebecca, ¿quién va a ordeñar esa vieja vaca rojiza? La señora Braddock me dirigió una mirada fulminante, como si pensara que yo debía ordeñar la vaca rojiza, pero no me hubiese creído ni bajo juramento, si yo hubiera dicho que sabía hacerlo. -¿De qué viudas estás hablando? -quiso saber la señora Lynde. -De la tía Kate y la tía Chatty, por supuesto -respondió la señora Braddock, como si todo el mundo, hasta un ignorante bachiller en Artes, tuviera que saberlo-. La tía Kate es la señora de Amasa MacComber, bueno, es la viuda del capitán, y la tía Chatty es la viuda de Lincoln MacLean. Pero todo el mundo les dice "tías". Viven al fondo de la Calle del Fantasma. ¡Calle del Fantasma! Eso lo decidió. Comprendí que sencillamente tenía que alojarme con las viudas. -Vayamos a verlas de inmediato -supliqué a la señora Lynde. Me parecía que si perdíamos un minuto, la Calle del Fantasma se esfumaría en el mundo de las hadas. -Puedes verlas, pero será Rebecca Dew la que realmente decidirá si te tomarán o no. Es Rebecca Dew la que tiene la sartén por el mango en Álamos Ventosos, te lo aseguro. -Álamos Ventosos. No podía ser cierto... no, no podía ser cierto. Tenía que estar soñando. Y en ese momento, la señora Lynde estaba diciendo que era un nombre muy raro para una propiedad. -Oh, se lo puso el capitán MacComber. Era su casa, sabes... Plantó los álamos todo alrededor con mucho orgullo, aunque estaba muy poco en su casa y no se quedaba mucho tiempo. La tía Kate acostumbraba decir que eso era poco conveniente, pero nunca pudimos saber si se refería a que estaba poco tiempo o a que volvía. Bien, señorita Shirley, espero que llegues. Rebecca Dew es buena cocinera y un genio con las papas frías. Si le caes en gracia, tendrás la vida solucionada. Si no... bueno, no. Tengo entendido que en el pueblo hay un banquero nuevo que está buscando alojamiento y quizás ella lo prefiera a él. Es curioso que la señora de Tom Pringle no te haya tomado. Summerside está lleno de Pringle y medio Pringle. Les dicen "la Familia Real" y tendrás que llevarte bien con ellos, señorita Shirley, o no progresarás en la escuela secundaria. Siempre han sido los mandamases por estos lados... Hay una calle que lleva el nombre del viejo capitán Abraham Pringle. Son toda una tribu, pero las dos ancianas de Maplehurst comandan al clan. Oí decir que te tienen rabia. -¿Pero por qué? -exclamé-. Si ni siquiera me conocen. -Bueno, una prima tercera de ellas se postuló para el cargo de directora, y todos ellos opinan que tendría que haberlo obtenido. Cuando te nombraron a ti, toda la jauría echó la cabeza hacia atrás y aulló de lo lindo. Bueno, la gente es así. Hay que tomarla como viene, lo sabes. Se mostrarán suaves como una seda contigo, pero te serrucharán el piso. No quiero desalentarte, pero mujer precavida vale por dos. Espero que te vaya bien aunque más no sea para taparles la boca. Si las viudas te aceptan, no te importará comer con Rebecca Dew, ¿verdad? No es una criada, sabes. Es una prima lejana del capitán. No come en la mesa cuando hay invitados... sabe ubicarse entonces... pero si te alojaras allí, no te consideraría una invitada, por supuesto. Le aseguré a la ansiosa señora Braddock que me encantaría comer con Rebecca Dew, y arrastré a la señora Lynde hacia la puerta. Tenía que adelantarme al banquero. La señora Braddock nos siguió hasta la puerta. -Y no hieras los sentimientos de la tía Chatty, ¿quieres? Es tan sensible, pobrecilla. Se ofende de nada. Verás, no tiene tanto dinero como la tía Kate... aunque ella tampoco tiene demasiado. Y la tía Kate quería a su marido de verdad... a su propio marido, quiero decir... pero la tía Chatty no... no lo quería, al suyo, se entiende. Y no es de extrañarse. Lincoln MacLean era un viejo malhumorado... pero ella piensa que la gente se lo echa en cara. Tienes suerte de que sea sábado. Si hubiera sido viernes, la tía Chatty ni siquiera habría considerado la posibilidad de tomarte. Una diría que la supersticiosa sería la tía Kate, ¿no? Los marinos son así. Pero es la tía Chatty... aunque su marido era carpintero. Era muy bonita en su juventud, pobrecilla. Le aseguré a la señora Braddock que los sentimientos de la tía Chatty serían sagrados para mí, pero nos siguió por el sendero. -Kate y Chatty no revisarán tus pertenencias cuando salgas. Son muy escrupulosas. Puede que Rebecca Dew lo haga, pero no irá con cuentos sobre ti. Y si estuviera en tu lugar, no iría por la puerta del frente. Solamente la usan para acontecimientos realmente importantes. No creo que haya sido abierta desde el funeral de Amasa. Prueba por la del costado. Guardan la llave debajo del macetero de la ventana, de modo que si no hay nadie, abre y pasa a esperar. Y por lo que más quieras, no vayas a ponderar al gato, porque Rebecca Dew lo odia. Prometí que no ponderaría al gato y logramos escapar. Muy pronto nos encontramos en la Calle del Fantasma. Es una calle lateral muy corta que da a campo abierto, y en la lontananza, una colina azul le proporciona un hermoso telón de fondo. De un lado, no hay casas y la tierra cae suavemente hacia el puerto. Del otro, hay solamente tres. La primera es una casa, nada más. La segunda es una mansión imponente, sombría, de ladrillos rojos, con una buhardilla brotada de ventanitas, una baranda de hierro alrededor de la parte plana de arriba y tantos pinos y abedules alrededor, que apenas se puede ver la casa. Debe de ser terriblemente oscura. Y la tercera y última es Álamos Ventosos, justo en la esquina, con la calle adelante y un verdadero camino campestre, sombreado de árboles, del otro lado. Me enamoré de ella de inmediato. Has visto que hay casas que te impresionan desde un primer momento, por alguna razón que no puedes definir. Álamos Ventosos es justamente así. Podría describírtela como una casa de madera blanca... muy blanca... con persianas verdes... muy verdes... una "torre" en una esquina y una buhardilla a cada lado, un muro bajo de piedra que la separa de la calle, con álamos plantados a intervalos a lo largo, y un gran jardín en la parte posterior, donde crecen flores y vegetales en un desorden encantador... pero todo esto no te transmitiría su encanto. En resumen, es una casa con una personalidad deliciosa y con un dejo del sabor de Tejados Verdes. -Este es el lugar para mí... estaba predestinado - suspiré, extasiada. La señora Lynde parecía no creer mucho en la predestinación. -Será una caminata muy larga hasta la escuela - comentó, vacilante. -No me importa. Será un buen ejercicio. Oh, mire ese hermoso bosquecillo de abedules y arces del otro lado del camino. La señora Lynde lo miró, pero solamente dijo: -Espero que no te coman los mosquitos. Yo también lo esperaba. Detesto los mosquitos. Un mosquito puede mantenerme despierta más que un remordimiento de conciencia. Me alegré de no tener que usar la puerta principal. Se la veía tan intimidante... una gran puerta de madera, de dos hojas, flanqueada por paneles de vidrio rojo con dibujos de flores. No parecía pertenecer en absoluto a la casa. La puertita verde del costado (a la que llegamos por un precioso sendero de baldosas enterradas parcialmente en la hierba) era mucho más amistosa y atrayente. El sendero estaba bordeado por prolijos canteros. Por supuesto, las plantas no estaban en flor en esta época, pero se veía que habían florecido, y bien. Había un cantero de rosales en un rincón, entre Álamos Ventosos y la casa sombría, cerca de una pared de ladrillos cubierta por enredaderas; por encima de una despintada puerta verde, había un enrejado arqueado. Ramas de hiedra cruzaban la puerta, así que era evidente que no había sido abierta en mucho tiempo. En realidad, era una media puerta, porque la mitad superior era solamente un óvalo abierto, a través del cual pudimos atisbar el tupido jardín del otro lado. Justo cuando entrábamos por el portoncito del jardín de Álamos Ventosos, divisé una mata de trébol al lado del sendero. Un impulso me llevó a inclinarme y observarla. ¿Puedes creerlo, Gilbert? ¡Había tres tréboles de cuatro hojas! ¡Hablando de supersticiones! Ni siquiera los Pringle prevalecerán contra eso. Sentí que el banquero no tenía la más remota posibilidad. La puerta lateral estaba abierta; era evidente que había alguien en la casa, así que no fue necesario buscar debajo de la maceta. Golpeamos y Rebecca Dew se acercó a la puerta. Nos dimos cuenta de que era Rebecca Dew porque no podía haber sido ninguna otra persona en el mundo y no podía haberse llamado de otra forma. Rebecca Dew tiene unos cuarenta años, y si a un tomate le creciera el pelo negro hacia atrás desde la frente, tuviera chispeantes ojillos negros, una nariz diminuta con punta redondeada, y una boca en forma de ranura, tendría el mismo aspecto que ella. Todo en Rebecca es un poquitín corto... brazos, piernas, cuello y nariz... todo, menos la sonrisa. Es larga como para llegarle de oreja a oreja. Pero no le vimos la sonrisa en ese momento. Su expresión era torva cuando pregunté si podía ver a la señora MacComber. -¿Se refiere a la señora del capitán MacComber? - replicó, severa, como si hubiera por lo menos una docena de señoras MacComber en la casa. -Sí -asentí, sumisa. Y de inmediato nos hizo pasar a la salita y nos dejó allí. Era una bonita habitación, un poco abarrotada de cubiertas tejidas en sofás y sillones, pero con una atmósfera serena, amistosa, que me gustó. Cada mueble tenía su sitio particular, que había ocupado durante años. ¡Cómo relucían esos muebles! Ningún lustre comprado produjo jamás ese brillo de espejo. Me di cuenta de que se debería a los brazos vigorosos de Rebecca Dew. Sobre la repisa del hogar, había un navío con velamen completo dentro de una botella, que despertó el interés de la señora Lynde. No podía imaginar cómo habría ido a parar allí adentro... pero opinó que le daba a la habitación "un aire náutico". Entraron "las viudas". Me gustaron de inmediato. La tía Kate era alta, delgada y gris, un poco austera -del tipo exacto de Marina-, y la tía Chatty, en cambio, era baja, delgada y gris, un poco melancólica. Tal vez haya sido muy bonita alguna vez, pero no queda nada ahora de su belleza, salvo los ojos. Son preciosos... suaves, grandes y oscuros. Expliqué mi situación y las viudas intercambiaron miradas. -Debemos consultar a Rebecca Dew -dijo la tía Chatty. -Sin duda -acotó la tía Kate. Rebecca Dew fue debidamente llamada y vino desde la cocina. El gato entró con ella... un peludo gato maltés, con el pecho y el cuello blancos. Me hubiera gustado acariciarlo, pero recordé la advertencia de la señora Braddock y me abstuve. Rebecca me miró sin un atisbo de sonrisa. -Rebecca -dijo la tía Kate, que, según he descubierto, no malgasta palabras-, la señorita Shirley desea alojarse aquí. Creo que no podemos tomarla. -¿Por qué? -preguntó Rebecca Dew. -Sería demasiado trabajo para ti. -Estoy acostumbrada al trabajo -respondió Rebeca Dew. Gilbert, no se pueden separar esos nombres. Es imposible... aunque las viudas lo hacen. La llaman Rebecca cuando le hablan. No sé cómo lo logran. -Estamos un poco viejas para las idas y venidas de la juventud -insistió la tía Chatty. -No generalice -replicó Rebecca Dew-. Sólo tengo cuarenta y cinco años y todavía estoy bien lúcida. Y mi opinión es que sería lindo tener a una persona joven durmiendo en la casa. Una chica sería mejor que un varón, sin duda. Un varón fumaría día y noche y nos prendería fuego a la casa. Si van a tomar un pensionista, mi consejo es que la tomen a ella. Pero por supuesto, la casa es de ustedes. Habló y desapareció... como le gustaba decir a Romero. Comprendí que estaba todo resuelto, pero la tía Chatty dijo que debía subir y ver si la habitación me resultaba adecuada. -Le daremos el dormitorio de la torre, querida. No es tan grande como la habitación que está libre, pero tiene un hueco para el caño de una estufa, para el invierno, y una vista mucho más linda. Se puede ver el viejo cementerio desde allí. Supe que me encantaría la habitación... El nombre mismo -"dormitorio de la torre"- me subyugaba. Me sentía como si viviera en esa vieja canción que solíamos cantar en la escuela de Avonlea, acerca de la doncella "que moraba en una alta torre junto al gris del mar". Resultó ser un sitio precioso. Subimos por una escalera curva que ascendía hacia allí desde el descansillo. Era algo pequeña... pero no tanto como ese espantoso dormitorio que daba al pasillo, que me tocó en mi primer año de Redmond. Tenía dos ventanas tipo buhardilla: una que miraba al oeste, y una más grande que daba al norte; en la esquina formada por la torre, había otra ventana saliente de tres hojas, con puertitas que se abrían hacia afuera y estantes debajo, para mis libros. El piso estaba cubierto con alfombritas redondas, y la gran cama tenía dosel y un edredón. Se la veía tan pareja y lisa, que me parecía una lástima tener que desordenarla durmiendo. Y, Gilbert, es tan alta, que para treparme a ella debo utilizar unos escaloncitos movibles que durante el día se guardan debajo de la cama. Al parecer, el capitán MacComber compró todo el artefacto en algún lugar "foráneo" y lo trajo a casa. En uno de los rincones, había un bonito armario con estantes adornados con papel blanco festoneado y ramilletes de flores pintados en la puerta. Un almohadón azul redondo descansaba sobre el asiento bajo la ventana... un almohadón con un botón hundido en el centro, lo que le daba el aspecto de una gruesa rosquilla azul. Y había un lavatorio con dos estantes... en el más alto cabían apenas una jarra y una jofaina azules, y en el más bajo, una jabonera y una jarra para agua caliente. Tenía un cajoncito con manija de bronce, lleno de toallas, y en un estante, arriba del cajón, descansaba una damita de porcelana blanca, con zapatitos rosados, vestido con moño dorado y una rosa de porcelana roja en su pelo rubio. La habitación entera estaba bañada por la luz dorada que entraba por entre las cortinas color maíz, y las paredes encaladas lucían un tapiz extraordinario donde caían las sombras de los álamos de afuera... un tapiz viviente, trémulo y cambiante. Me pareció una habitación tan... alegre. Me sentí la muchacha más rica del mundo. -Estarás segura aquí, eso sí -afirmó la señora Lynde cuando nos íbamos. -Supongo que algunas cosas me resultarán algo opresivas después de la libertad de Patty's Place -dije en broma. -¡Libertad! -resopló la señora Lynde-. ¡Libertad! No hables como una yanqui, Anne. Me mudé hoy, con mis bolsos y todo mi equipaje. Por supuesto que fue una gran tristeza abandonar Tejados Verdes. Por más lejos que esté de allí, en cuanto llegan unas vacaciones, vuelvo a ser parte de ese lugar como si nunca me hubiera ido, y mi corazón se desgarra cuando me voy. Pero sé que me agradará estar aquí. Y a la casa le caigo bien. Siempre he podido darme cuenta si le caigo bien a una casa, o no. Las vistas desde mis ventanas son preciosas... hasta la del viejo cementerio, que está rodeado por una hilera de pinos oscuros y al que se llega por una calle sinuosa, bordeada por canales de desagüe. Desde la ventana que da al oeste, veo todo el puerto, y más allá, las costas lejanas y brumosas, con los bonitos veleros que tanto me gustan, y los buques que parten "hacia desconocidos puertos"... ¡qué frase fascinante! ¡Hay tanto lugar para la imaginación en ella! Desde la ventana del lado norte, veo el bosquecillo de abedules y arces que está del otro lado de la calle. Sabes que siempre he sido devota de los árboles. Cuando estudiábamos a Tennyson en nuestro curso de inglés, en Redmond, siempre me identificaba con la pobre Enone, que penaba por sus pinos destrozados. Más allá del bosque y el cementerio, hay un valle adorable con un camino que lo recorre como una cinta roja brillante, y casitas blancas de tanto en tanto. Algunos valles son adorables... no podría decirte por qué. El solo hecho de mirarlos causa placer. Y al fondo de todo, está mi cerro azul. Lo llamaré Rey de las Tormentas... por eso de la pasión gobernante, etcétera. Puedo estar tan sola aquí, cuando quiero. Es lindo estar sola de tanto en tanto. Los vientos serán mis amigos. Gemirán, suspirarán y cantarán alrededor de mi torre... los vientos blancos del invierno... los vientos verdes de primavera... los vientos azules del verano... los vientos carmesí del otoño... y los vientos salvajes de todas las estaciones... "viento de tormenta que cumple su promesa". Siempre me encantó esa frase bíblica... como si cada viento tuviera un mensaje para mí. Envidio al muchacho que voló con el viento norte en ese precioso cuento de George MacDonald. Alguna de estas noches, Gilbert, abriré la ventana de la torre y treparé a los brazos del viento... y Rebecca Dew nunca sabrá por qué mi cama quedó intacta esa noche. Querido mío, espero que cuando encontremos nuestra "casa de los sueños", haya vientos alrededor de ella. Me pregunto dónde estará esa casa desconocida. ¿Me gustará más a la luz de la Luna o a la madrugada? Ese hogar del futuro donde tendremos amor, amistad y trabajo... y algunas aventuras graciosas para hacernos reír en la vejez. ¡La vejez! ¿Seremos viejos alguna vez, Gilbert? Me parece imposible. Desde la ventana izquierda de la torre veo los tejados de la ciudad... este lugar donde habré de vivir por lo menos durante un año. En esas casas viven personas que serán mis amigas, aunque todavía no las conozco. Y quizá mis enemigas. Pues gente de mala voluntad hay en todas partes, con diferentes nombres, y por lo que tengo entendido, los Pringle son huesos duros de roer. Mañana comienzan las clases. ¡Tendré que enseñar geometría! Sin duda, no puede ser peor que aprenderla. Ruego al cielo que no haya genios matemáticos entre los Pringle. Hace solamente medio día que estoy aquí, pero siento como si hubiera conocido a las viudas y a Rebecca Dew toda la vida. Ya me han pedido que las llame "tía", y yo les he pedido que me llamen Anne. A Rebecca Dew le dije "señorita Dew"... una sola vez. -¿Señorita, qué? -exclamó. -Dew -repetí, sumisa-. ¿No se llama así? -Bueno, sí, pero no me han llamado señorita Dew en tanto tiempo, que me pegué un buen susto. Será mejor que no lo vuelva a hacer, señorita Shirley, pues no estoy acostumbrada. -Lo recordaré, Rebecca... Dew -respondí. Traté de no incluir el Dew, pero no lo logré, por supuesto. La señora Braddock tenía razón al decir que la tía Chatty era sensible. Lo descubrí a la hora de la cena. La tía Kate había dicho algo acerca del "cumpleaños número sesenta y seis de Chatty". Por casualidad, miré a Chatty y vi que... bueno, no había estallado en llanto (ésa sería una expresión demasiado explosiva para su actitud). Sencillamente, rebalsó. Las lágrimas se le formaron en los grandes ojos oscuros y desbordaron, sin esfuerzo y en silencio. -¿Y ahora qué pasa, Chatty? -preguntó la tía Kate, con un dejo de aspereza. -Es... es que sólo cumplí sesenta y cinco -respondió la tía Chatty. -Perdóname, Charlotte -se disculpó la tía Kate... y el Sol volvió a salir. El gato es un precioso animal con ojos dorados, un elegante pelaje maltés e irreprochable linaje. Las tías Kate y Chatty lo llaman Dusty Miller, puesto que ése es su nombre, y Rebecca Dew lo llama "ese gato" porque le tiene encono y no le gusta tener que darle cinco centímetros cuadrados de hígado todas las mañanas y todas las noches, ni quitar los pelos del sillón de la salita con un viejo cepillo de dientes, cada vez que él se sube allí, ni ir a buscarlo afuera por las noches, cuando el gato se va de juerga. -A Rebecca Dew nunca le gustaron los gatos -me contó la tía Chatty- y detesta a Dusty. El perro de la vieja señora Campbell -tenía un perro en aquel entonces lo trajo en la boca, hace dos años. Supongo que pensó que no tenía sentido llevárselo a la señora Campbell. Pobre gatito, todo mojado y muerto de frío, con los huesitos asomándole por debajo de la piel. Ni un corazón de piedra le hubiera negado un refugio. Así que Kate y yo lo adoptamos, pero Rebecca Dew nunca nos lo perdonó. No estuvimos nada diplomáticas aquella vez. Tendríamos que habernos negado de inmediato a alojarlo. No sé si has notado... -agregó la tía Chatty, y echó una mirada cautelosa en dirección a la puerta que separaba el comedor de la cocina- ... la forma en que manejamos a Rebecca Dew. Yo sí la había notado, y era algo digno de verse. Summerside y Rebecca Dew pueden creer que ella tiene la sartén por el mango, pero las viudas saben cuál es la verdad. -No queríamos tomar al banquero... Un hombre joven hubiera sido tan complicado, y hubiéramos tenido que preocuparnos si no iba a la iglesia con regularidad. Pero fingimos que sí queríamos, y Rebecca Dew se negó a oír hablar del asunto. Me alegra tanto tenerte, querida. Estoy segura de que será un placer cocinar para ti. Espero que todas nosotras te caigamos bien. Rebecca Dew tiene muy buenas cualidades. No era tan prolija como ahora cuando llegó, hace quince años. Una vez Kate tuvo que escribir su nombre... Rebecca Dew... en el espejo de la sala para que ella viera que había polvo. Pero nunca tuvo que volver a hacerlo. Rebecca Dew sabe captar las insinuaciones. "Espero que tu habitación te resulte cómoda, querida. Puedes abrir la ventana por las noches. Kate no aprueba el aire nocturno, pero comprende que los pensionistas deben tener privilegios. Ella y yo dormimos juntas y nos hemos puesto de acuerdo en que una noche dejamos la ventana cerrada, por ella, y a la noche siguiente, la abrimos, por mí. Siempre se pueden arreglar los problemitas de ese tipo, ¿no crees? Si hay buena voluntad, siempre se encuentran soluciones. No te asustes si oyes a Rebecca recorriendo la casa de noche. Todo el tiempo oye ruidos y se levanta a investigar. Creo que por eso no quería que tomáramos al banquero. Tenía miedo de toparse con él en camisón. "Espero que no te moleste que la tía Kate hable tan poco. Es su forma de ser. Y eso que debe de tener tantas cosas para contar... anduvo por todo el mundo en su juventud, con Amasa MacComber. Ojalá yo tuviera tantos temas de conversación como ella, pero jamás salí de la isla Príncipe Eduardo. Muchas veces me he preguntado por qué se habrán dado así las cosas... A mí me gusta hablar y no tengo nada para contar, y a ella no le gusta abrir la boca y podría hablar de cualquier cosa. Pero supongo que la Providencia sabe qué es lo mejor. Si bien la tía Chatty es conversadora -de eso no hay dudas-, no dijo todo esto sin parar. Interpuse comentarios adecuados en los momentos debidos, pero eran cosas sin importancia. Tienen una vaca que pasta en la propiedad del señor James Hamilton, un poco más arriba por el camino, y Rebecca Dew va hasta allí a ordeñarla. Hay cualquier cantidad de crema, y tengo entendido que todas las mañanas y todas las tardes, Rebecca Dew le pasa un vaso de leche fresca por la abertura del portón a la "mujer" de la señora Campbell. Es para "la pequeña Elizabeth", que debe beberla por orden del médico. Quiénes son la "mujer" y "la pequeña Elizabeth" son cosas que todavía me quedan por descubrir. La señora Campbell es la ocupante y propietaria de la fortaleza de al lado... que se llama "Siempreverde". Pienso que no dormiré esta noche... nunca duermo la primera noche en una cama desconocida, y ésta es la cama más rara que he visto en mi vida. Pero no me importará. Siempre me encantó la noche y me gustará quedarme tendida despierta, pensando en todo lo pasado, presente y futuro. Sobre todo en el futuro. Ésta es una carta despiadada, Gilbert. No volveré a castigarte con una tan larga. Pero quería contarte todo, para que pudieras imaginar mi nuevo ambiente. Llega a su fin, ahora, pues lejos, más allá del puerto, la Luna "se hunde en el reino de las sombras". Todavía me falta escribirle una carta a Marilla. La carta llegará a Tejados Verdes pasado mañana, y Davy la llevará a la casa desde el correo, y Dora y él se apretujarán alrededor de Marilla mientras ella la abre, y la señora Lynde parará las orejas... ¡A! Esto me ha hecho sentir nostalgia. Buenas noches, querido mío, te desea alguien que es y será siempre,
Tuya, con todo cariño,
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