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2 (Extractos de varias cartas de la misma remitente al mismo destinatario.) 26 de septiembre. ¿Sabes adónde voy a leer tus cartas? Del otro lado de la calle, al bosquecillo. Hay una hondonada, allí, donde el sol motea los helechos. Un arroyito la cruza; hay un tronco mohoso y retorcido sobre el cual me siento, y una hilera deliciosa de jóvenes abedules. De ahora en más, cuando sueñe un sueño especial... un sueño verde y dorado, surcado de rojo... un sueño de sueños... imaginaré que provino de mi hondonada secreta de abedules y que nació de una mística unión entre el abedul más esbelto y ligero y el arroyo susurrante. Me encanta sentarme allí y escuchar el silencio del bosque. ¿Has notado cuántos silencios diferentes existen, Gilbert? Él silencio de los bosques... el de la costa... el de las praderas... el de la noche... el de las tardes de verano. Todos distintos, porque los tonos que subyacen en ellos son también diferentes. Estoy segura de que si fuera completamente ciega e insensible al calor y al frío, podría darme cuenta con facilidad dónde estaría, por la calidad del silencio a mi alrededor. Hace dos semanas que empezaron las clases y tengo todo bastante bien organizado en la escuela. Pero la señora Braddock tenía razón... mi problema son los Pringle. Y todavía no veo bien cómo lo voy a resolver, a pesar de mis tréboles de la suerte. Como dice la señora Braddock, son suaves como la seda... y así de resbalosos, también. Los Pringle son una especie de clan en el que todos se controlan mutuamente y se pelean, pero frente a un extraño, hacen frente hombro con hombro. He llegado a la conclusión de que hay solamente dos clases de personas en Summerside... los que son Pringle y los que no lo son. Mi aula está llena de Pringles, y muchos otros alumnos que tienen otros apellidos son de sangre Pringle, también. La jefa del grupo parece ser Jen Pringle, una chicuela de ojos verdes que es igual a lo que debe de haber sido Becky Sharp a los catorce años. Creo que está organizando una sutil campaña de insubordinación e irrespetuosidad con la que no me va a ser fácil lidiar. Tiene facilidad para hacer muecas irresistiblemente cómicas, y cuando oigo risas ahogadas detrás de mis espaldas en la clase, sé perfectamente qué las ha provocado, pero hasta ahora, no he podido atraparla en el instante justo. Tiene cerebro, también, ¡la muy perversa...! Escribe composiciones que son primas cuartas de la literatura, y es brillante en matemáticas... ¡por desgracia para mí! Todo lo que dice o hace tiene una cierta chispa, y posee un sentido de las situaciones humorísticas que sería un lazo de unión entre las dos, si no hubiera comenzado por odiarme. Tal como están las cosas, temo que pasará mucho tiempo antes de que Jen y yo podamos reír juntas de alguna cosa. Myra Pringle, la prima de Jen, es la belleza de la escuela... y al parecer, carece de cerebro. Dice algunas burradas divertidas, no obstante, como cuando hoy, en la clase de historia, dijo que los indígenas creían que Champlain y sus hombres eran dioses o "alguna cosa inhumana". Socialmente, los Pringle son lo que Rebecca Dew llama "la elite" de Summerside. Ya he sido invitada a cenar a dos hogares Pringle... porque invitar a una maestra nueva a cenar es lo que se debe hacer, y los Pringle no van a omitir los gestos requeridos. Anoche fui a lo de James Pringle... el padre de la arriba mencionada Jen. Tiene aspecto de profesor universitario, pero en realidad es estúpido e ignorante. Habló mucho sobre la "disciplina", golpeando el mantel con un dedo cuya uña no estaba impecable, y masacrando la gramática de tanto en tanto. La Escuela Secundaria de Summerside siempre había requerido una mano firme... un docente experimentado y varón, en lo posible. Temía que yo fuera un poco demasiado joven... "un defecto que el tiempo remediará con prontitud", dijo con pesar. Yo no respondí, porque si hubiera dicho algo, quizás hubiese dicho demasiado. De manera que me mostré tan suave y sedosa como cualquier Pringle, y me conformé con mirarlo con candidez y pensar para mis adentros: "¡Viejo cascarrabias y prejuicioso!" Jen debe de haber heredado la inteligencia de la madre, que me cayó bien. Jen, en presencia de los padres, fue un modelo de decoro. Pero si bien sus palabras eran corteses, el tono era insolente. Cada vez que decía "señorita Shirley", lograba que pareciese un insulto. Y cada vez que me miraba el pelo, yo sentía que era color zanahoria. Ningún Pringle, estoy segura, admitiría jamás que es castaño rojizo. Me gustó más la familia de Morton Pringle... a pesar de que Morton Pringle nunca escucha nada de lo que dices. Te dice algo y luego, mientras le contestas, ya está pensando en su siguiente comentario. La señora de Stephen Pringle... la viuda Pringle (en Summerside abundan las viudas), ayer me escribió una carta; una carta amable, cortés y venenosa. Millie tiene demasiados deberes... Millie es una criatura delicada que no debe cansarse. El señor Bell nunca le daba deberes. Es una chica sensible a la que hay que comprender. ¡El señor Bell la comprendía tan bien! La señora Pringle no duda de que yo también lo haré, ¡si me esmero! Estoy segura de que la señora de Stephen Pringle piensa que yo hice sangrar la nariz de Adam Pringle hoy en clase, razón por la cual el niño tuvo que volverse a su casa. Y anoche me desperté y no pude volver a dormirme porque recordé que no le había puesto el punto a la i de una palabra que escribí en el pizarrón. Con seguridad, Jen Pringle lo notó y un susurro recorrerá todo el clan. Rebecca Dew dice que todos los Pringle me invitarán a cenar (menos las ancianas de Maplehurst) y luego me ignorarán para siempre. Como ellos son "la elite", esto puede significar que quede socialmente excluida en Summerside. Bien, veremos. La batalla no ha sido ganada ni perdida. No obstante, todo el asunto me da un poco de tristeza. No se puede razonar con los prejuicios. Sigo siendo igual que cuando era niña... no soporto que la gente no me quiera. No es agradable pensar que los familiares de la mitad de mis alumnos me odian. Y por algo que no es culpa mía. Lo que me duele es la injusticia. ¡Ahí van más bastardillas! Pero unas cuantas palabras en bastardilla alivian los sentimientos. Aparte de los Pringle, mis alumnos me agradan mucho. Algunos son inteligentes, ambiciosos y trabajadores, y realmente están interesados en educarse. Lewis Allen paga su hospedaje haciendo las tareas domésticas de la pensión donde se aloja, y no se avergüenza de ello. Y Sophy Sinclair cabalga en pelo la vieja yegua de su padre, todos los días, diez kilómetros de ida y diez de vuelta. ¡Ahí tienes una chica tenaz! Si puedo ayudar a alguien como ella, ¿qué importancia pueden tener los Pringle? El problema es... que si no puedo ganarme a los Pringle, no tendré muchas posibilidades de ayudar a nadie. Pero me encanta Álamos Ventosos. No es una pensión... ¡es un hogar! Y les caigo bien a todos... hasta a Dusty Miller, aunque a veces me censura y lo demuestra sentándose deliberadamente de espaldas a mí y dirigiéndome una ocasional mirada por encima del hombro para ver cómo lo estoy tomando. No lo acaricio mucho cuando Rebecca Dew está cerca, porque realmente le provoca fastidio. De día es un animal tranquilo, hogareño, meditabundo... pero es decididamente una criatura extraña de noche. Rebecca opina que se debe a que nunca se le permite quedarse afuera una vez que ha oscurecido. Ella detesta pararse en el jardín a llamarlo. Dice que los vecinos se reirán de ella. Lo llama en tonos tan feroces y estentóreos, que en verdad deben de oírla por toda la ciudad en las noches serenas cuando grita: "Michi... Michi... ¡MICHI!" A las viudas les daría una pataleta si Dusty no estuviera adentro cuando se van a dormir. -Nadie sabe lo que he pasado por culpa de "ese gato"... nadie me ha asegurado Rebecca. Con las viudas no voy a tener problemas. Cada día las quiero más. La tía Kate no aprueba la lectura de novelas, pero me ha informado que no tiene intención de censurar mi material de lectura. A la tía Chatty le encantan las novelas. Tiene un "escondite" donde las guarda (las trae de contrabando de la biblioteca pública) junto con un mazo de naipes para jugar al solitario, y cualquier otra cosa que no desea que Kate vea. El escondite está en el asiento de una silla, que sólo ella sabe que no es meramente un asiento. Ha compartido el secreto conmigo porque sospecho que quiere que la ayude con el mencionado contrabando. En realidad, no tendría que haber necesidad de escondites en Álamos Ventosos, pues jamás vi una casa con tantos armarios misteriosos. Aunque desde luego, Rebecca Dew no les permite ser misteriosos. Siempre está vaciándolos con severidad. "Una casa no se limpia sola", replica cuando alguna de las viudas protesta. Estoy segura de que no se andaría con vueltas, si encontrara novelas o un mazo de naipes. Ambas cosas son un horror para su alma ortodoxa. Opina que los naipes son los libros del demonio, y las novelas, algo peor todavía. Lo único que lee Rebecca Dew, aparte de su Biblia, son las columnas sociales del Guardián, de Montreal. Adora enterarse de los pormenores de muebles, casas y actividades de los millonarios. -Imagine lo que será remojarse en una bañera de oro, señorita Shirley -me comentó una vez, con melancolía. Pero es realmente un amor. Hizo aparecer de algún lado un sillón cómodo tapizado en brocado descolorido, que se amolda justo a mi cuerpo, y dijo: -Este es su sillón. Se lo guardaremos para usted. Y no deja que Dusty Miller duerma allí, por temor a que queden pelos en la falda que uso para la escuela, y que los Pringle tengan algo de qué hablar. Las tres están muy interesadas en mi anillo de perlas... y en lo que significa. La tía Kate me mostró su anillo de compromiso (no lo puede usar porque le queda muy chico), con turquesas engarzadas. Pero la pobre tía Chatty me confesó con lágrimas en los ojos que nunca tuvo anillo de compromiso... su marido lo consideraba "un gasto innecesario". Ella estaba en mi habitación en ese momento, humedeciéndose la cara con suero de leche. Lo hace todas las noches para protegerse el cutis, y me ha hecho jurar que guardaré el secreto, pues no quiere que se entere la tía Kate. -Pensaría que es vanidoso y absurdo para una mujer de mi edad. Y estoy segura de que Rebecca Dew piensa que ninguna mujer cristiana debería tratar de ser hermosa. Solía bajar a la cocina a hacerlo, una vez que Kate se había dormido, pero siempre tenía miedo de que también bajara Rebecca Dew. Tiene oídos de gato, aun cuando duerme. Si solamente pudiera subir aquí a hacerlo todas las noches... ¿Sí? Gracias, mi querida. Hice algunas averiguaciones acerca de nuestras vecinas de Siempreverde. La señora Campbell (¡que era una Pringle!) tiene ochenta años. No la he visto, pero tengo entendido que es una anciana muy severa. Tiene una criada, Martha Monkman, casi tan anciana y severa como ella, a quien todos se refieren como "la mujer de la señora Campbell". Y la bisnieta, la pequeña Elizabeth Grayson, vive con ella. Elizabeth (a quien jamás he visto en los quince días que llevo aquí) tiene ocho años y va a la escuela pública "por atrás", un atajo por los jardines, de modo que nunca me la encuentro, ni a la ida ni a la vuelta. Su madre, que ha muerto, era nieta de la señora Campbell, que también la crió, pues sus padres habían muerto. Se casó con un tal Pierce Grayson, un yanqui, como diría la señora Lynde. Ella murió al nacer Elizabeth, y como Pierce Grayson tuvo que partir de inmediato de América para hacerse cargo de una rama de su empresa en París, enviaron a la niña a casa de la anciana señora Campbell. Según dicen, él no podía soportar ver a la niña, pues le había costado la vida a la madre, y nunca le ha prestado atención. Por supuesto, éstos pueden ser solamente chismes; la señora Campbell y la "mujer" jamás hablan de él. Rebecca Dew opina que son demasiado severas con la pequeña Elizabeth, que no lo pasa demasiado bien con ellas. -No es como las otras niñas... es demasiado madura para sus ocho años. ¡Dice cada cosa, a veces! "Rebecca", me dice un día, "supón que justo cuando te estás por meter en la cama sientes que te muerden el tobillo". Con razón tiene miedo de irse a dormir en la oscuridad. Y la obligan a hacerlo. La señora Campbell dice que no habrá cobardes en su casa. La vigilan como dos gatos a un ratón, y se lo pasan dándole órdenes. Si hace el menor ruidito, les da un ataque. Sh, Sh, todo el día, están. Le aseguro que con tanto "sh, sh" la van a matar, pobre chica. ¿Y qué se va a hacer al respecto? ¿Qué, realmente? Me gustaría verla. Me resulta un poco patética. La tía Kate dice que está bien cuidada desde el punto de vista físico... Lo que dijo realmente la tía Kate fue: "La alimentan y la visten bien", pero una criatura no puede vivir sólo de pan. Nunca olvido lo que fue mi propia vida antes de mi llegada a Tejados Verdes. El viernes que viene vuelvo a Avonlea, a pasar dos días maravillosos. Él único inconveniente es que todos los que vea me preguntarán si me gusta enseñar en Summerside. Pero piensa en Tejados Verdes ahora, Gilbert... el Lago de Aguas Brillantes cubierto por una manta de bruma azul... los arces del otro lado del arroyo comenzando a ponerse rojos... los helechos dorados en el Bosque Encantado... y las sombras del atardecer en la Senda de los Enamorados, ese lugar adorable. Descubro en mi corazón que desearía estar allí ahora con... con... ¿adivina con quién? ¿Sabes, Gilbert, que hay momentos en que sospecho que te amo?
Álamos Ventosos, Honrado y respetado señor: Así comenzaba una carta de amor de la abuela de la tía Chatty. ¿No es delicioso? ¡Qué sensación de superioridad debe de haberle dado al abuelo! ¿No lo preferirías a "Queridísimo Gilbert, etcétera"? Pero pensándolo bien, me alegro de que no seas el abuelo... ¡ni un abuelo! Es maravilloso pensar que somos jóvenes y tenemos toda la vida por delante... Juntos... ¿no? (Se omiten varias páginas, pues la lapicera de Anne evidentemente no era ni puntiaguda ni roma, ni estaba oxidada.) Estoy sentada en el asiento de debajo de la ventana de la torre, contemplando los árboles que se agitan contra un cielo color ámbar, y más allá, el puerto. Anoche di un lindísimo paseo conmigo misma. Realmente tenía que ir a alguna parte, pues el ambiente estaba un poco sombrío en' Álamos Ventosos. La tía Chatty lloraba en la sala porque sus sentimientos habían sido heridos, y la tía Kate lloraba en su dormitorio porque era el aniversario de la muerte del capitán Amasa, y Rebecca Dew lloraba en la cocina por algún motivo que no pude descubrir. Jamás la había visto llorar antes. Pero cuando traté, con mucho tino, de averiguar qué pasaba, quiso saber si una persona no podía echarse un buen llanto cuando tenía deseos de hacerlo. De manera que deshice la tienda y abandoné el campamento, y la dejé con su llanto. Salí y tomé el camino hacia el puerto. Había un delicioso aroma a octubre en el aire, mezclado con el olor de los campos recién arados. Caminé y caminé hasta que el atardecer se convirtió en una noche otoñal iluminada por la luna. Estaba sola, pero no me sentía sola. Mantuve una serie de conversaciones imaginarias con camaradas imaginarlos, y pensé tantos epigramas, que me sorprendí a mí misma. No pude evitar divertirme a pesar de mis preocupaciones por los Pringle. El espíritu me mueve a proferir gemidos con respecto a los Pringle. Odio admitirlo, pero las cosas no van demasiado bien en la Secundaria de Summerside. No hay duda de que se ha organizado una maquinación en contra de mí. Para empezar, ninguno de los Pringle ni de los medio Pringle hace jamás ni uno de los deberes. Y es en vano apelar a los padres. Se muestran suaves, amables, evasivos. Sé que todos los alumnos que no son Pringle me aprecian, pero el virus Pringle de desobediencia está minando la moral de toda la clase. Una mañana encontré el escritorio patas para arriba y con todo afuera. Nadie sabía quién lo había hecho, por supuesto. Y nadie pudo ni quiso decir quién, otro día, dejó sobre el mismo escritorio una caja de la cual salió una serpiente artificial cuando la abrí. Pero todos los Pringle de la escuela aullaron de risa al ver mi expresión. Supongo que puse cara de susto. Jen Pringle llega tarde a la escuela la mitad de las veces, siempre con alguna excusa a prueba de balas, pronunciada con tono cortés y sonrisita insolente. Pasa notas en clase, bajo mis narices. Hoy, al ponerme el abrigo, encontré una cebolla pelada en el bolsillo. Me encantaría encerrar a esa chica a pan y agua hasta que aprendiera a comportarse. Lo peor, hasta la fecha, fue mi caricatura, que encontré una mañana en el pizarrón... hecha con tiza blanca y con pelo carmesí. Todos negaron haberla hecho, pero yo sabía que Jen era la única alumna del aula que sabía dibujar tan bien. Mi nariz (que como sabrás, siempre ha sido mi único orgullo) estaba curvada hacia abajo, y mi boca era la de una solterona avinagrada que había estado enseñando en una escuela llena de niños Pringle durante treinta años. Pero era yo. Me desperté a las tres de la mañana, esa noche, retorciéndome ante el recuerdo. ¿No es curioso que todas las cosas por las que nos retorcemos de noche casi nunca son malas? Sólo son humillantes. Hacen correr todo tipo de rumores. Se me acusa de ponerle nota baja al examen de Hattie Pringle nada más que porque es una Pringle. Se dice que "me río cuando los chicos se equivocan". (Bueno, me reí cuando Fred Pringle definió a un centurión como "un hombre que había vivido cien años". No pude evitarlo.) James Pringle dice por allí que "no hay disciplina en el colegio... ninguna disciplina". Y circula un informe acerca de que soy una "huérfana abandonada". Comienzo a toparme con el antagonismo Pringle en otras partes. Tanto en lo social como en lo educativo, Summerside parece estar bajo el dominio de los Pringle. Con razón los llaman "la Familia Real". No fui invitada al paseo organizado por Alice Pringle el viernes pasado. Y cuando la señora de Frank Pringle organizó un té para colaborar con un proyecto de la iglesia (Rebecca Dew me informó que las damas van a "construir" la nueva torre), fui la única chica de la iglesia presbiteriana que no fue invitada a ocupar una mesa. Tengo entendido que la esposa del ministro, que es nueva en Summerside, sugirió que me pidieran que cantara en el coro, y se le informó que todos los Pringle desertarían, si lo hacía. Eso dejaría un grupo tan magro, que el coro no podría seguir funcionando, sencillamente. Por supuesto, no soy la única que tiene problemas con los alumnos. Cuando los otros maestros me envían a los suyos para que los "discipline" (¡cómo odio esa palabra!), la mitad son Pringle. Pero nunca hay quejas sobre ellos. Hace dos días, retuve a Jen después de clase para que completara un trabajo que había dejado sin hacer. Diez minutos más tarde, el carruaje de Maplehurst se detuvo delante de la escuela y la señorita Ellen apareció en la puerta una anciana elegantemente vestida, perfumada, sonriente, con guantes de encaje negro y una delgada nariz aguileña. Parecía recién salida de una caja de sombreros de 1840. Lo lamentaba tanto, pero, ¿podía llevarse a Jen? Iba a visitar a unos amigos en Lowvale y les había prometido llevarla. Jen partió, triunfante, y yo tomé conciencia nuevamente de las fuerzas desplegadas en contra de mí. Cuando estoy con estado de ánimo pesimista, pienso que los Pringle son una mezcla de los Sloane y los Pye. Pero sé que no es así. Siento que podría apreciarlos, si no fueran mis enemigos. Son, en su mayoría, un grupo franco, alegre, leal. Hasta podría apreciar a la señorita Ellen. No conozco a la señorita Sarah. Al parecer, hace diez años que no sale de Maplehurst. -Demasiado delicada... o al menos, eso piensa ella -dice Rebecca Dew con desdén-. Pero a su orgullo no le pasa nada. Todos los Pringle son orgullosos, pero esas dos viejitas no tienen parangón. Debería oírlas hablar sobre sus antepasados. Bueno, su padre, el capitán Abraham Pringle, era un viejo refinado. Su hermano Myrom no lo era tanto, pero no se oye a los Pringle hablar de él. Ay, temo que vaya a pasarlo realmente mal a causa de ellos. Cuando toman una decisión respecto de algo o de alguien, nunca se los ha visto cambiarla. Pero mantenga erguido el mentón, señorita Shirley... ¡Arriba ese mentón! -Ojalá pudiera conseguir la receta de la torta que hace la señorita Ellen -suspiró la tía Chatty-. Me la ha prometido muchas veces, pero nunca llega. Es una antigua receta inglesa de la familia. Son tan exclusivos cuando se trata de sus recetas... En alocados sueños fantásticos, me veo obligando a la señorita Ellen a entregarle la receta a la tía Chatty, de rodillas, y dominando a la rebelde Jen. Lo que más me fastidia es que esto podría hacerlo perfectamente, si no fuera porque todo el clan la respalda en sus travesuras. (Se omiten dos páginas.) Su obediente servidora, h.s. Así firmaba sus cartas de amor la abuela de la tía Chatty. 19 de octubre. Hoy nos enteramos de que anoche hubo un robo en el otro extremo de la ciudad. Entraron en una casa y robaron dinero y una docena de cucharas de plata. De manera que Rebecca Dew ha ido hasta lo del señor Hamilton para ver si puede conseguir que le preste un perro. ¡Lo atará en la galería trasera y me aconseja guardar bajo llave mi anillo de compromiso! A propósito, averigüé por qué lloraba Rebecca Dew. Al parecer, hubo una convulsión doméstica. Dusty Miller "se había portado mal" otra vez, y Rebecca Dew le dijo a la tía Kate que tendría que hacer algo con "ese gato". La tenía más que cansada. Era la tercera vez en el año que "se portaba mal", y ella sabía que lo hacía adrede. Y la tía Kate respondió que si Rebecca Dew lo soltara cada vez que maullaba, no habría peligro de que "se portara mal". -Bueno, eso sí que es la gota que colma el vaso - dijo Rebecca Dew. En consecuencia, ¡lágrimas! La situación con los Pringle se torna un poquito más tensa cada semana. Ayer encontré escrito algo muy impertinente sobre uno de mis libros, y Homer Pringle salió por el pasillo haciendo vueltas de carnero a la hora del regreso a casa. Además, recibí una carta anónima hace poco, llena de mezquinas insinuaciones. No sé por qué, pero no culpo a Jen ni por lo del libro ni por la carta. Traviesa como es, hay cosas que no se rebajaría a hacer. Rebecca Dew está furiosa, y me estremezco al pensar lo que haría con los Pringle si los tuviera en su poder. Los instintos de Nerón no son nada, comparados con eso. En realidad, no la culpo, puesto que hay ocasiones en que con toda alegría daría a los Pringle un filtro envenenado, en el mejor estilo Borgia. Creo que no te he contado mucho acerca de los otros maestros. Hay dos, sabes, la vicedirectora, Katherine Brooke, del Aula Intermedia, y George MacKay, de la Preparatoria. De George tengo poco que decir. Es un muchacho tímido y amable de veinte años, con un delicioso y leve acento de las tierras altas, que sugiere pasturas ondulantes e islas brumosas (su abuelo era de la isla de Skye), y es muy capaz para enseñar en la Preparatoria. Lo aprecio, aunque lo conozco muy poco. Pero temo que me va a costar apreciar a Katherine Brooke. Katherine es una joven de unos veintiocho años, aunque parece de treinta y cinco. Me han dicho que albergaba esperanzas de obtener la promoción al cargo de directora, y supongo que debe de guardarme rencor por haberlo conseguido yo, sobre todo considerando que soy bastante menor que ella. Es una buena maestra -un poco sargentona- pero nadie la quiere. ¡Y a ella no le importa en absoluto! No parece tener amigos ni parientes, y se aloja en una casa de aspecto sombrío que está en la deslucida calle Temple. Se viste muy mal, nunca sale y, según dicen, es "mala". Es muy sarcástica y sus alumnos temen ser el blanco de sus comentarios ácidos. Me han contado que la forma en que arquea las gruesas cejas negras y arrastra las palabras cuando se dirige a ellos los deja reducidos a gelatina. Ojalá yo pudiera hacer lo mismo con los Pringle. Pero en realidad, no me gustaría gobernar por medio del miedo, como hace ella. Deseo que mis alumnos me quieran. A pesar del hecho de que, aparentemente, no tiene problemas en mantenerlos a raya, todo el tiempo me los manda... sobre todo a los Pringle. Sé que lo hace con deliberación y tengo la triste certeza de que se alegra ante mis dificultades y que con todo gusto me vería humillada. Rebecca Dew opina que nadie puede entablar amistad con ella. Las viudas la han invitado varias veces a cenar los domingos (las queridas ancianas siempre hacen eso con la gente solitaria y siempre preparan una deliciosa ensalada de pollo) pero ella nunca vino. Así que se dieron por vencidas porque, como dice la tía Kate, "todo tiene su límite". Corren rumores de que es muy inteligente y que sabe cantar y recitar "declamar", es el término usado por Rebecca Dew- pero nunca hace ninguna de las dos cosas. La tía Chatty una vez le pidió que recitara en una cena a beneficio de la iglesia. -Nos pareció que se negó de muy mal modo - afirmó la tía Kate. -Gruñó, directamente -acotó Rebecca Dew. Katherine tiene una voz profunda y grave, casi masculina, y realmente su voz se parece a un gruñido cuando ella no está de buen humor. No es bonita, pero podría sacar más provecho de su físico. Es de tez morena, con un magnífico pelo negro siempre peinado hacia atrás y recogido en un torpe rodete en la nuca. Los ojos no van con el pelo, pues son de un claro color ámbar que resalta bajo las cejas negras. Tiene orejas que no debería darle vergüenza mostrar, y las manos más hermosas que he visto. Tiene una boca bien delineada, también. Pero se viste pésimamente. Parece tener el don de elegir los colores y estilos que no debería usar. Verdes apagados y grises tristes, cuando es demasiado oscura para esos tonos y rayas que hacen que su cuerpo alto y delgado lo parezca más todavía. Y siempre parece que hubiera dormido con la ropa puesta. Su actitud es repelente -como diría Rebecca Dew-, siempre anda buscando pelea. Cada vez que me la cruzo por las escaleras, siento que está pensando cosas horribles sobre mí. Cuando le hablo, me hace sentir que dije algo inadecuado. No obstante, me da mucha lástima... aunque sé que se enfurecería al saberlo. No puedo hacer nada para ayudarla, puesto que no quiere que la ayuden. Es realmente odiosa conmigo. Un día, cuando los tres maestros, estábamos en el salón de profesores, hice algo que, al parecer, transgredía alguna de las reglas no escritas de la escuela, y Katherine dijo, cortante: "Tal vez usted piense que está por encima de las reglas, señorita Shirley". En otro momento, cuando yo sugerí unos cambios que me parecía que redundarían en beneficio de la escuela, dijo, con una sonrisa desdeñosa: -No me interesan los cuentos de hadas. En una oportunidad, cuando hice algunos comentarios positivos sobre su trabajo y sus métodos, replicó: -¿Y cuál es la píldora que está debajo de todo este palabrerío dorado? Pero lo que más me fastidió fue... bueno, un día, por casualidad tomé un libro de ella en el salón de profesores, eché un vistazo a la guarda y dije: -Qué suerte que escribe su nombre con K. Katherine es tanto más atractivo que Catherine... La K es una letra mucho más gitana que la prosaica C. ¡No respondió, pero la siguiente nota que me envió estaba firmada "Catherine Brooke"! Estornudé todo el camino de regreso a casa. Realmente abandonaría mis intentos de entablar amistad con ella, si no fuera porque intuyo, inexplicablemente, que por debajo de tanta aspereza y frialdad está hambrienta de compañía. En fin, entre el antagonismo de Katherine y la actitud de los Pringle, no sé qué haría si no fuera por la querida Rebecca Dew y tus cartas... y por la pequeña Elizabeth. Porque conocí a la pequeña Elizabeth, y es un encanto. Hace tres noches, llevé un vaso de leche al hueco en la pared, y la pequeña Elizabeth estaba allí, esperando para recibirlo, en lugar de la "mujer". La cabeza le asomaba apenas por encima del portoncito, y la carita le quedaba enmarcada por la enredadera. Los ojos que me miraban a la luz del crepúsculo otoñal eran grandes y de un color castaño dorado. El pelo rubio plateado estaba peinado con raya al medio y le caía en ondas sobre los hombros. Llevaba un vestidito celeste de guinga, y su expresión era la de una princesa del País de los Duendes. Tenía lo que Rebecca Dew llama "un aire delicado", y me dio la impresión de una criatura más o menos desnutrida... no en cuerpo, pero sí en alma. Más parecida a un rayo de luna que a un rayo de sol. -¿Y tú eres Elizabeth? -pregunté. -Esta noche, no -respondió, seria-. Hoy es mi noche de ser Betty porque hoy me encanta todo lo que hay en el mundo. Anoche fui Elizabeth y mañana por la noche es probable que sea Beth. Todo depende de cómo me sienta. Un alma gemela, como verás. Me recorrió un estremecimiento de emoción. -Qué lindo tener un nombre que puedes cambiar con tanta facilidad y seguir sintiendo que es tuyo. La pequeña Elizabeth asintió. -Puedo armar muchos nombres con él. Elsie, Betty, Bess, Elisa, Lisbeth y Beth... pero no Lizzie. Nunca me siento como Lizzie. -¿Quién podría? -dije yo. -¿Le parece tonto de mi parte, señorita Shirley? Abuela y la "mujer" opinan que lo es. -No es nada tonto... es muy inteligente y encantador -respondí. La pequeña Elizabeth me miró con ojos como platos, por encima del borde del vaso. Sentí que me estaba pesando en alguna balanza espiritual secreta, e instantes después comprendí, agradecida, que mi peso no había resultado insuficiente. Pues la pequeña Elizabeth me pidió un favor... y ella no pide favores a la gente que no le agrada. -¿Le molestaría levantar al gato y permitirme acariciarlo? -preguntó tímidamente. Dusty Miller se estaba restregando contra mis piernas. Lo levanté y la pequeña Elizabeth extendió una manita y le acarició la cabeza, encantada. -Me gustan más los gatitos que los bebés -afirmó, mirándome con un curioso aire desafiante, como si supiese que me escandalizaría, pero le resultara necesario decir la verdad, a pesar de todo. -Supongo que nunca has tenido mucho que ver con bebés, y por eso no sabes lo dulces que son -dije, sonriendo-. ¿Tienes un gatito? Elizabeth sacudió la cabeza. -No, no. A mi abuela no le gustan los gatos. Y la "mujer" los detesta. Hoy ella salió, por eso pude venir a buscar la leche. Me encanta venir, porque Rebecca Dew es una persona tan agradable. -¿Lamentas que no haya venido esta noche? -le pregunté, sonriendo. Sacudió la cabeza. -No. Usted también es muy agradable. He estado queriendo conocerla, pero temía que no fuera a suceder antes de que llegara Mañana. Nos quedamos allí, hablando, mientras Elizabeth bebía delicadamente la leche; me contó todo sobre Mañana. La "mujer" le había dicho que Mañana nunca llega, pero Elizabeth sabe que no es así. Sí que llegará. Algún hermoso amanecer sencillamente se despertará y descubrirá que es Mañana. No Hoy, sino Mañana. Y entonces sucederán cosas... cosas maravillosas. Tal vez hasta tenga un día para hacer todo lo que se le antoje, sin que nadie la vigile... aunque pienso que Elizabeth siente que eso es demasiado bueno hasta para suceder en Mañana y quizá descubra lo que hay al final del camino del puerto... ese camino sinuoso como una linda víbora roja que lleva, según Elizabeth, al fin del mundo. Tal vez allí esté la Isla de la Felicidad. Elizabeth está segura de que en alguna parte existe la Isla de la Felicidad, donde están anclados todos los buques que nunca vuelven, y la encontrará cuando llegue Mañana. -Y cuando llegue Mañana -dijo Elizabeth-, tendré un millón de perros y cuarenta y cinco gatos. Se lo dije a la abuela cuando no quiso permitirme tener un gatito, señorita Shirley, y ella se enojó y respondió: "No estoy acostumbrada a que me hablen de ese modo, señorita Impertinencia". Me enviaron a la cama sin cenar... pero no fue mi intención ser impertinente. Y no pude dormir, señorita Shirley, porque la "mujer" me dijo que había oído decir que una chica había muerto mientras dormía después de haber sido impertinente. Cuando Elizabeth terminó la leche, se oyeron unos golpecitos fuertes en una ventana invisible detrás de los pinos. Pienso que nos habían estado observando todo el tiempo. Mi duendecito huyó; su cabecita dorada brilló por el oscuro pasadizo de pinos hasta que desapareció. -Es una criatura fantasiosa -dijo Rebecca Dew cuando le conté mi aventura. (De verdad, Gilbert, tuvo algo de aventura, no sé por qué.) Y Rebecca Dew agregó: -Un día me dijo: "¿Les tienes miedo a los leones, Rebecca Dew?" "Nunca vi uno, así que no podría decírtelo", respondí. "En Mañana habrá cualquier cantidad de leones", dijo ella, "pero serán leones bonitos y amistosos." "Chiquilla, te convertirás en un par de ojos si miras así", le dije. Miraba a través de mí, como si estuviera viendo algo en ese Mañana suyo. "Estoy pensando pensamientos profundos, Rebecca Dew", me dice. El problema con esa criatura es que no ríe lo suficiente. Recordé que Elizabeth no había reído ni una vez durante nuestra charla. Me da la impresión de que no ha aprendido a hacerlo. Esa casona es tan silenciosa, solitaria y carente de risas... Se la ve apagada y triste aun ahora, cuando el mundo es un alboroto de colores otoñales. La pequeña Elizabeth escucha demasiados susurros perdidos. Creo que una de mis
misiones en Summerside será la de enseñarle a
reír.
Su más tierna y fiel amiga, P.s. ¡Otra joya de la abuela de la tía Chatty!
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