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Capítulo III

3

Álamos Ventosos,
Calle del Fantasma,
Summerside,

25 de octubre

Querido Gilbert:

¿Qué te parece? ¡Estuve cenando en Maplehurst!

La señorita Ellen en persona escribió la invitación. Rebecca Dew estaba entusiasmadísima... no había creído que fueran a prestarme atención. Y estaba absolutamente segura de que no me habían invitado por amabilidad.

-¡Tienen algún motivo siniestro, no lo dudo! -exclamó.

Yo también pensaba algo parecido.

"Recuerde ponerse lo mejor que tenga -me ordenó Rebecca Dew.

De modo que me puse el bonito vestido color crema con florecillas violetas, y me hice el nuevo peinado, con el mechón en la frente. Es muy sentador.

Las damas de Maplehurst son decididamente encantadoras a su modo, Gilbert. Las adoraría, si me lo permitieran. Maplehurst es una mansión orgullosa y exclusiva que cierra su cortina de árboles y no entabla relación alguna con casas comunes. Tiene en el huerto una enorme figura de mujer, tallada en madera, proveniente del famoso navío del capitán Abraham, el Ve y Pregúntaselo, y alrededor de los escalones del frente, cascadas de abrótano, traído de Inglaterra hace más de cien años por el primer Pringle que emigró. Tienen otro antepasado que luchó en la batalla de Minden, y su espada cuelga en la pared de la salita, junto al retrato del capitán Abraham. El capitán Abraham era el padre de ellas, y es evidente que están muy orgullosas de él.

Tienen elegantes espejos encima de las antiguas repisas negras de los hogares, una vitrina con flores de cera adentro, cuadros llenos de la belleza de navíos antiguos, una corona tejida con cabellos de todos los Pringle conocidos, enormes caracolas, y un edredón sobre la cama del dormitorio de huéspedes, con una labor de acolchado que forma abanicos diminutos.

Nos sentamos en la salita, en sillones Sheraton de caoba. Las paredes tenían empapelado con rayas plateadas. Pesadas cortinas de brocado colgaban en las ventanas. Había mesas con tablero de mármol; sobre una de ellas se veía un hermoso modelo de un navío con casco rojo y velas blancas, el Ve y Pregúntaselo. Una enorme araña de cristal colgaba del cielo raso. Había un espejo redondo con un reloj en el centro... traído por el capitán Abraham de "puertos lejanos". Era estupendo. Me gustaría algo así para nuestra casa de los sueños.

Hasta las sombras eran elocuentes y tradicionales. La señorita Ellen me mostró millones de fotografías de parientes Pringle; muchas eran daguerrotipos en estuches de cuero. Un gran gato con pelaje del color del caparazón de una tortuga entró y saltó sobre mis rodillas. De inmediato, fue echado y llevado a la cocina por la señorita Ellen, que se disculpó conmigo. Pero pienso que antes se había disculpado con el gato, en la cocina.

La señorita Ellen fue la que más habló. La señorita Sarah (una cosilla ínfima, triste, preciosa, suave, con vestido negro de seda, enagua almidonada, cabello blanco como la nieve y ojos negros como el vestido, manos delgadas y venosas apoyadas sobre las rodillas entre finos puños de encaje) parecía casi demasiado frágil para poder hablar. Y no obstante, me dio la impresión, Gilbert, de que todos los Pringle del clan, hasta la propia señorita Ellen, bailan al son de su gaita.

La cena estuvo deliciosa. El agua estaba helada, la mantelería era preciosa, los platos y la cristalería, elegantes. Nos sirvió una criada tan reservada y aristocrática como ellas. Pero la señorita Sarah fingía ser un poquito sorda cada vez que yo le hablaba, y yo tenía la sensación de que me atragantaría con cada bocado. El valor se me escurrió del cuerpo como agua. Me sentía como una pobre mosca atrapada en papel engomado. Gilbert, jamás podré conquistar a la Familia Real ni ganármela. Me veo renunciando en Año Nuevo. No tengo posibilidad alguna contra un clan como éste.

Pese a todo, no pude evitar sentir un dejo de compasión por las ancianas cuando eché una mirada a la casa. En un tiempo, la casa había vivido... había habido nacimientos allí, muertes, alegrías... sus habitantes habían conocido el sueño, la desesperación, el miedo, el gozo, la esperanza, el odio. Y ahora no tiene nada, salvo los recuerdos por los cuales ellas viven... y el orgullo que sienten por ellos.

La tía Chatty está muy afligida porque hoy, cuando desdobló sábanas limpias para mi cama, encontró una arruga con forma de diamante en el centro. Está segura de que anuncia una muerte en la casa. La tia Kate está disgustadísima con tanta superstición. Pero creo que a mí me gusta la gente supersticiosa. Le da color a la vida. ¿No sería aburrido el mundo, si todos fueran sabios, sensatos....y buenos? ¿De qué hablaríamos?

Hace dos noches tuvimos una gatástrofe. Dusty Miller pasó la noche afuera, a pesar de los enérgicos gritos de Rebecca en el jardín de atrás. Y cuando apareció por la mañana... ¡Ay, qué aspecto! Un ojo estaba cerrado por completo y había una hinchazón grande como un huevo sobre su mandíbula. Tenía el pelo duro de barro y una mordida en la pata. ¡Pero qué expresión triunfante y nada arrepentida se le veía en el ojo sano! Las viudas se horrorizaron, pero Rebecca Dew exclamó, jubilosa:

-"Ese gato" nunca había tenido una buena pelea en su vida. ¡Apuesto a que el otro gato quedó peor!

Está entrando niebla desde el puerto, y esfuma el camino rojo que la pequeña Elizabeth quiere explorar. En todos los jardines del pueblo se están quemando malezas y hojas, y la combinación de humo y niebla convierte a la Calle del Fantasma en un sitio misterioso, fascinante, mágico. Se está haciendo tarde y mi cama me dice: "Tengo sueños para ti". Me he acostumbrado a trepar los escalones hasta la cama y bajarlos por la mañana. Ay, Gilbert, no le he contado esto a nadie, pero es demasiado gracioso para seguir manteniéndolo en secreto. La primera mañana en Álamos Ventosos olvidé los escalones y bajé de la cama con un alegre saltito. Me vine abajo como una tonelada de ladrillos, como diría Rebecca Dew. Por suerte no me rompí ningún hueso, pero tuve magulladuras que me duraron una semana.

La pequeña Elizabeth y yo ya somos buenas amigas. Viene todas las noches a buscar la leche porque la "mujer" está postrada por lo que Rebecca Dew llama "bronquitis". Siempre me la encuentro en el portón, esperándome, llenos de luz sus ojazos. Conversamos por encima del portón, que no ha sido abierto en años. Elizabeth bebe la leche lo más lentamente posible, para poder extender la charla. Siempre, cuando termina la última gota, se oyen los golpes en la ventana.

Descubrí que una de las cosas que sucederá en Mañana es que recibirá una carta de su padre. Nunca ha recibido ninguna, hasta ahora. Me pregunto en qué puede estar pensando ese hombre.

-Señorita Shirley, lo que pasa es que no podía soportar verme -me contó-. Pero tal vez no le importe escribirme.

-¿Quién te dijo que no podía soportar verte? -quise saber, indignada.

-La "mujer".

Siempre que Elizabeth dice la "mujer", la veo como una gran censuradora, llena de ángulos y puntas.

Y debe de ser cierto, de lo contrario vendría a verme alguna vez.

Era Beth esa noche... solamente cuando es Beth habla de su padre. Cuando es Betty hace muecas detrás de las espaldas de su abuela y de la "mujer"; pero cuando se convierte en Elsie, se arrepiente y piensa que debería confesarlo, pero tiene miedo. Muy raras veces es Elizabeth, y en esos momentos, tiene la expresión de alguien que oye música de las hadas y sabe qué se susurran las rosas y los tréboles... Es encantadora, Gilbert... sensible como una de las hojas de los álamos ventosos, y la adoro. Me enfurece saber que esas dos espantosas ancianas la hacen irse a dormir a oscuras.

-La "mujer" dijo que ya tenía edad para dormir sin luz. Pero me siento tan pequeña, señorita Shirley, porque la noche es tan grande y terrible. Y en mi cuarto hay un cuervo embalsamado que me da miedo. La "mujer" me dijo que me sacaría los ojos, si lloraba. No le creí, desde luego, señorita Shirley, pero igual tengo miedo. Todo susurra tanto de noche. Pero en Mañana no tendré miedo de nada... ¡ni siquiera de que me rapten!

-Pero no hay peligro alguno de que te rapten, Elizabeth.

-La "mujer" dijo que sí, si iba a algún lado sola o hablaba con personas desconocidas. Pero usted no es una desconocida, ¿verdad, señorita Shirley?

-No, tesoro. Nos conocemos desde siempre en Mañana -le dije.

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