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Capítulo VIII

8

(Extracto de una carta a Gilbert.)

Estoy en la torre y Rebecca Dew está en la cocina, cantando Si yo pudiera trepar. ¡Eso me recuerda que la esposa del ministro me ha pedido que cante en el coro! Por supuesto, se lo han dicho los Pringle. Quizá lo haga los domingos que no pase en Tejados Verdes. Los Pringle han extendido la mano de amistad con venganza... ¡me han aceptado hasta las últimas consecuencias! ¡Qué clan!

He asistido a tres fiestas Pringle. No quiero ser maliciosa, pero creo que todas las chicas Pringle están copiando mi modo de peinarme. Bueno, "la imitación es la adulación más sincera". Y, Gilbert, de verdad los aprecio... como siempre supe que sucedería, si me daban la oportunidad. Hasta comienzo a sospechar que tarde o temprano sentiré afecto por Jen. Sabe ser encantadora cuando quiere, y es muy evidente que quiere serlo.

Ayer, al atardecer, fui hasta la cueva del león... en otras palabras, subí audazmente los escalones de la entrada de Siempreverde hasta el pórtico cuadrado con las cuatro urnas blanqueadas en las esquinas, y toqué el timbre. Cuando vino la señorita Monkman a la puerta, le pregunté si podía llevarme a Elizabeth para ir a dar una caminata. Esperaba una negativa, pero después de entrar a conferenciar con la señora Campbell, "la mujer" volvió y dijo en tono agrio que Elizabeth podía ir, pero que por favor no la trajera tarde. Me pregunto si hasta la señora Campbell habrá recibido órdenes de la señorita Sarah.

Elizabeth bajó bailando la escalera oscura; parecía un duende con el abrigo rojo y el sombrerito verde; el júbilo casi la había hecho enmudecer.

-Estoy tan nerviosa y emocionada, señorita Shirley -susurró en cuanto nos alejamos-. Soy Betty... siempre soy Betty cuando me siento así.

Bajamos por "el camino que lleva al fin del mundo" todo lo que  nos atrevimos y luego emprendimos el regreso.  Esa tarde, el puerto, tendido bajo un atardecer carmesí, parecía lleno de insinuaciones de tierras mágicas e islas misteriosas en mares desconocidos. Me emocioné y también lo hizo el duende que se aferraba a mi mano.

-Si corriéramos a toda velocidad, señorita Shirley, ¿podríamos meternos en el ocaso? -quiso saber.

Recordé a Paul y sus fantasías sobre "la tierra del ocaso".

-Tendremos que esperar a Mañana para poder hacerlo -respondí-. Mira, Elizabeth, esa isla dorada de nubes, justo encima de la boca del puerto. Imaginemos que es tu Isla de la Felicidad.

-Hay una isla por allí, en alguna parte -dijo Elizabeth en voz soñadora-. Se llama Nube Voladora. ¿No es un nombre precioso? ¿Un nombre salido de Mañana? La veo desde las ventanitas de la buhardilla. Pertenece a un caballero de Boston que tiene una casa veraniega allí. Pero yo me imagino que es mía.

En la puerta, me incliné y besé la mejilla de Elizabeth antes de que ella entrara. Jamás olvidaré la expresión de sus ojos. Gilbert, esa niña necesita cariño.

Hoy, cuando vino a buscar la leche, me di cuenta de que había estado llorando.

-Hicieron que... me lavara su beso, señorita Shirley -sollozó-. Yo no quería volver a lavarme la cara nunca más. Juré que no lo haría. Es que no quería quitarme su beso. Esta mañana logré irme a la escuela sin lavármela, pero ahora la "mujer" me llevó al baño y me pasó la esponja por toda la cara.

Me mantuve seria.

-No podrías ir por la vida sin lavarte la cara de tanto en tanto, tesoro. Pero no te preocupes por el beso. Te besaré todas las noches cuando vengas a buscar la leche, y entonces no tendrá importancia que te laves la cara a la mañana siguiente.

-Usted es la única persona en el mundo que me quiere -dijo Elizabeth-. Cuando me habla, huelo a violetas.

¿Recibió alguien alguna vez un cumplido tan hermoso? Pero no pude dejar pasar la primera frase.

-Tu abuela te quiere, Elizabeth.

-No... Ella me odia.

-Eres un poquitín tonta, mi vida. Tu abuela y la señorita Monkman son ancianas, y los ancianos se preocupan y se afligen con facilidad. Por cierto, a veces las haces enojar. Y desde luego, cuando ellas eran jóvenes, los niños eran criados con mucha más severidad que ahora. Se aferran a las viejas costumbres.

Pero me pareció que no lograba convencerla. Después de todo, no la quieren y ella se da cuenta. Miró hacia la casa para ver si la puerta estaba cerrada, y luego dijo, con deliberación:

-Abuela y la "mujer" son dos tiranas y cuando llegue Mañana me voy a escapar de ellas para siempre. No me verán más.

Creo que esperaba que yo muriera de horror... Realmente pienso que lo dijo para escandalizarme. Reí y le di un beso. Espero que Martha Monkman lo haya visto desde la ventana de la cocina.

Veo Summerside desde la ventana izquierda de la torre. Ahora es un amistoso amontonamiento de techos blancos... amistoso, por fin, puesto que los Pringle son mis amigos. Aquí y allá brillan luces en las ventanas de las buhardillas. Aquí y allá hay una sombra de humo gris. Pesadas estrellas cuelgan sobre el pueblo. Es un pueblo que sueña. ¿No te parece bonita esa frase? ¿Recuerdas...? "Por entre los pueblos que soñaban, Galahad pasó."

Me siento tan feliz, Gilbert. No tendré que volver a Tejados Verdes en Navidad, derrotada y desacreditada. La vida es linda... ¡deliciosa!

Deliciosa es, también, la torta de la señorita Sarah. Rebecca Dew la hizo y la dejó "transpirar" según las indicaciones... lo que significa, sencillamente, que la envolvió en varias capas de papel marrón y toallas y la dejó así tres días. Te la recomiendo.

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