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Capítulo XII

12

Álamos Ventosos,
Calle Del Fantasma,
30 de mayo

Querido y más que querido:

¡Es primavera!

Tal vez tú, metido hasta las cejas en un mar de exámenes en Kingsport, no te hayas dado cuenta. Pero yo sí, desde la cabeza hasta la punta de los dedos de los pies. Summerside se ha dado cuenta, también. Hasta las calles más feas se ven transfiguradas por brazos de flores que se extienden por encima de viejas cercas de madera, y por una cinta de dientes de león en la hierba que adorna las aceras. Hasta la dama de porcelana en mi estante está enterada de que es primavera, y sé que si sólo pudiera despertarme en forma repentina alguna noche, la atraparía bailando un pasito con sus zapatitos rosados con tacos dorados.

Todo alrededor anuncia la primavera... los risueños arroyos, las brumas azules sobre el Rey de las Tormentas, los arces del bosquecillo donde voy a leer tus cartas, los cerezos blancos a lo largo de la Calle del Fantasma, los esbeltos y audaces petirrojos que desafían a Dusty Miller saltando en el jardín, la enredadera que cuelga por encima de la media puerta a la que viene la pequeña Elizabeth en busca de la leche, los pinos, orgullosos de sus agujas nuevas, alrededor del viejo cementerio... hasta el cementerio en sí, donde toda clase de flores plantadas alrededor de las tumbas se abren como para decir: "Aun aquí, la vida triunfa sobre la muerte". La otra noche di un paseo realmente agradable por el cementerio. (Estoy segura de que Rebecca Dew piensa que mi gusto por las caminatas es terriblemente morboso. "No se me ocurre por qué le puede gustar tanto andar por ese lugar tenebroso", me dice.) Merodeé por el cementerio en la penumbra perfumada y me pregunté si la esposa de Nathan Pringle realmente había tratado de envenenarlo. Su tumba tenía un aire tan inocente, con el césped nuevo y los lirios de junio, que llegué a la conclusión de que había sido calumniada.

¡Dentro de un mes estaré en casa para las vacaciones! Todo el tiempo pienso en el viejo huerto de Tejados Verdes, con los árboles florecidos de nieve... el puente sobre el Lago de Aguas Brillantes... el murmullo del mar en los oídos... una tarde de verano en la Senda de los Enamorados... Y ¡tú!

Tengo justo la lapicera adecuada, esta noche, Gilbert, así que...

(Se omiten dos páginas.)

Esta tarde fui de visita a casa de los Gibson. Marilla me pidió hace un tiempo que los buscara, pues los conoció cuando vivían en White Sands. Obedientemente, los busqué y desde entonces los he estado viendo todas las semanas porque Pauline parece disfrutar de mis visitas; me da tanta pena. Es una esclava de su madre... que es una anciana terrible.

La señora de Adoniram Gibson tiene ochenta años y se pasa los días en una silla de ruedas. Se mudaron a Summerside hace quince años. Pauline, que tiene cuarenta y cinco años, es la más joven de la familia; todos sus hermanos están casados y decididos a no tener a la madre en sus respectivas casas. Pauline se ocupa de la casa y atiende a su madre como si fuera una criada. Es una mujercita pálida, de ojos castaños y pelo castaño dorado, pesado y brillante. Su situación económica es bastante buena, y si no fuera por la madre, Pauline podría disfrutar de una vida cómoda. Le encanta el trabajo de la iglesia y se conformaría encargándose de la Sociedad de Ayuda de las Damas y de la Sociedad Misionera, planeando cenas para la iglesia y acontecimientos sociales, y gozando triunfalmente de ser la poseedora de las plantas más bonitas del pueblo. Pero casi nunca puede escapar de la casa, ni siquiera para ir a la iglesia los domingos. No veo ninguna salida para ella, pues la anciana señora Gibson sin duda vivirá hasta los cien años. Y si bien no tiene uso de las piernas, su lengua goza de excelente salud. Siempre me llena de indignación e impotencia quedarme allí sentada escuchándola utilizar a Pauline de blanco para su sarcasmo. No obstante, Pauline me ha dicho que su madre "piensa muy bien" de mí y que se muestra mucho más amable con ella cuando estoy de visita. Si es así, me estremezco al pensar lo que debe de ser cuando no estoy.

Pauline no se atreve a hacer nada sin preguntárselo a la madre. Ni siquiera se compra ropa... ni un par de medias. Todo tiene que ser sometido a la aprobación de la señora Gibson; todo tiene que ser usado hasta haberlo dado vuelta dos veces. Hace cuatro años que Pauline usa el mismo sombrero.

La señora Gibson no soporta ruidos en la casa, ni una corriente de aire fresco. Se dice que nunca sonrió en su vida... Yo jamás la he visto hacerlo, en todo caso, y cuando la miro, me pregunto qué le sucedería a su cara si sonriera. Pauline ni siquiera puede dormir en un cuarto sola. Tiene que compartir la habitación con la madre y se pasa casi toda la noche levantada, masajeando la espalda de la señora Gibson o dándole alguna pastilla o preparándole la bolsa de agua caliente -¡caliente, no tibia!- o cambiándole las almohadas o investigando qué es ese ruido misterioso en el jardín trasero. La señora Gibson duerme por las tardes y pasa las noches inventando tareas para Pauline.

Sin embargo, Pauline no es en absoluto amargada. Es dulce, generosa y pacíente; me alegra de veras que tenga un perro a quien querer. La única vez que se salió con la suya fue con respecto a conservar al perro, y eso solamente porque hubo un robo en alguna parte del pueblo y la señora Gibson pensó que el perro serviría de protección. Pauline no se atreve a dejar que su madre vea cuánto lo quiere. La anciana lo odia y se queja de que trae huesos a la casa, pero nunca llega a decir que tiene que irse, por su propio motivo egoísta.

Pero por fin tengo la oportunidad de darle algo a Pauline, y voy a hacerlo. Le voy a regalar un día, aunque eso significará renunciar a mi próximo fin de semana en Tejados Verdes.

Esta tarde, cuando fui, me di cuenta de que Pauline había estado llorando. La señora Gíbson no tardó en informarme la razón.

-Pauline quiere irse y dejarme, señorita Shirley - me dijo-. Qué hija buena y agradecida tengo, ¿no es cierto?

-Sólo por un día, mamá -explicó Pauline, tragando un sollozo y tratando de sonreír.

-¡Sólo por un día, dice! Usted sabe cómo son mis días, señorita Shirley... todo el mundo lo sabe. Pero todavía no sabe, señorita Shirley, y espero que nunca lo sepa, cuán largo puede ser un día cuando se sufre.

Yo sabía que ahora la señora Gibson no sufría para nada, de modo que no intenté mostrarme compasiva.

-Conseguiría a alguien para que se quedara contigo, por supuesto -dijo Pauline-. Verá -me explicó a mí-, mi prima Louisa celebra sus bodas de plata en White Sands, el sábado próximo, y quiere que vaya. Fui dama de honor cuando se casó con Maurice Hilton. Me gustaría tanto ir, si mamá me lo permitiera.

-Si debo morir sola, lo haré -declaró la señora Gíbson-. Lo dejo librado a tu conciencia, Pauline.

Supe que la batalla de Pauline estaba perdida no bien la señora Gibson lo dejó librado a su conciencia. La anciana se ha salido con la suya toda su vida, dejando las cosas libradas a las conciencias de los demás. He oído decir que hace años un hombre quiso casarse con Pauline, y la señora Gibson lo impidió dejándolo librado a su conciencia.

Pauline se secó los ojos, esbozó una sonrisa lastimera y tomó la prenda que estaba rehaciendo; era un vestido de un horrible escocés verde y negro.

-Vamos, no refunfuñes, Pauline -ordenó la señora Gibson-. No soporto a la gente que refunfuña. Y asegúrate de ponerle un cuello a ese vestido. ¿Puede creer, señorita Shirley, que quiso hacer el vestido sin cuello? Esta chica usaría un vestido escotado, si yo se lo permitiera.

Miré a Pauline, con su cuello pequeño y esbelto - que sigue siendo bonito y relleno- enfundado en un cuello alto y tieso.

-Los vestidos sin cuello están de moda -dije.

-Los vestidos sin cuello son indecentes -declaró la señora Gibson.

(Nota: yo llevaba un vestido sin cuello.)

"Además -siguió diciendo la anciana, como si fuera todo una misma cosa-, nunca me gustó Maurice Hilton. Su madre era una Crockett. Él nunca tuvo sentido del decoro... ¡siempre besaba a su esposa en los lugares más indebidos!

(¿Estás seguro de que me besas en lugares debidos, Gilbert? Temo que la señora Gibson consideraría la nuca, por ejemplo, como un lugar por demás indebido.)

-Pero, mamá, sabes que eso fue el día en que ella se salvó por poco de que la pisara el caballo de Harvey Wither, que se había disparado por el jardín de la iglesia. Era natural que Maurice estuviera algo emocionado.

-Pauline, por favor, no me contradigas. Sigo pensando que los escalones de la iglesia eran un lugar indebido para besar a alguien. Pero claro, mis opiniones ya no interesan a nadie. Por supuesto, todos desean verme muerta. Bien, habrá sitio para mí en la tumba. Sé qué carga soy para ti. Bien podría morir, en realidad. Nadie me quiere.

-No digas eso, mamá -suplicó Pauline.

-Sí, lo diré. Aquí estás, decidida a irte a esas bodas de plata aunque sabes que no lo apruebo.

-Mamá querida, no iré. No se me ocurriría ir sin tu aprobación. No te pongas nerviosa...

-Ah, ya ni siquiera puedo ponerme un poco nerviosa para alegrarme la vida, ¿eh? ¿No se va a ir tan pronto, señorita Shirley?

Sentí que si me quedaba más tiempo, me volvería loca o abofetearía la cara de cascanueces de la señora Gibson. De manera que dije que tenía exámenes que corregir.

-Oh, bueno, supongo que dos ancianas como nosotras no somos compañía entretenida para una joven - suspiró la señora Gibson-. Pauline no es muy alegre... ¿no es verdad, Pauline? No eres muy alegre. No me extraña que la señorita Shirley no quiera quedarse más tiempo.

Pauline salió al porche conmigo. La Luna brillaba sobre su jardincito y resplandecía sobre el puerto. Una brisa suave, deliciosa, conversaba con un manzano blanco. Era primavera... primavera... ¡primavera! Ni siquiera la señora Gibson puede impedir que florezcan los ciruelos. Y los ojos grisáceos de Pauline estaban bañados en lágrimas.

-Me gustaría tanto ir a la fiesta de Louie -murmuró con un suspiro de resignación.

-Pues irá -dije.

-No, querida, no puedo. La pobre mamá nunca dará su consentimiento. Me lo quitaré de la cabeza, sencillamente. ¿No es hermosa la luz de la Luna? -añadió, en voz fuerte y alegre.

-Nunca oí que surgiera nada bueno de mirar la Luna -gritó la señora Gibson desde la sala-. Deja de conversar, Pauline, y ven a traerme las pantuflas con borde de piel. Estos zapatos me aprietan los pies de un modo torturante. Pero claro, a nadie le importa mi sufrimiento.

A mí, la verdad, no me importaba. ¡Pobre Pauline! Pero tendrá su día libre y su fiesta de bodas de plata. Yo, Anne Shirley, lo he decidido.

Les conté todo a Rebecca Dew y a las viudas cuando volví y nos divertimos muchísimo pensando en las cosas ofensivas que podría haberle dicho a la señora Gibson. La tía Kate opina que no lograré que permita irse a Pauline, pero Rebecca Dew tiene confianza en mí.

-De cualquier modo, si usted no puede hacerlo, nadie podrá -dijo.

Estuve cenando hace poco con la señora de Tom Pringle, la mujer que no quiso aceptarme como pensionista. (Rebecca dice que soy la mejor pensionista que existe porque ceno afuera casi todo el tiempo.) Me alegro mucho de que no me haya tomado. Es agradable y suave y cocina maravillosamente, pero su casa no es Álamos Ventosos y no vive en la Calle del Fantasma y no es la tía Kate ni la tía Chatty ni Rebecca Dew. Las quiero a las tres y voy a alojarme aquí el año próximo y el siguiente. Mi sillón siempre recibe el título de "el sillón de la señorita Shirley", y la tía Chatty me contó que cuando no estoy, Rebecca Dew igual pone mi cubierto en la mesa "para que no parezca tan solitario". A veces, los sentimientos de la tía Chatty han complicado un poco las cosas, pero ella dice que ahora me comprende y sabe que jamás la heriría en forma intencional.

La pequeña Elizabeth y yo salimos de paseo dos veces por semana, ahora. La señora Campbell ha dado su consentimiento, pero no debe ser con más frecuencia que eso y nunca los domingos. Las cosas mejoran para la pequeña Elizabeth en la primavera. Entra un poco de sol en esa vieja casa sombría y de afuera hasta parece hermosa por las sombras danzantes de las copas de los árboles. De todos modos, a Elizabeth le gusta escapar cuando puede. De tanto en tanto, vamos hasta el pueblo para que pueda ver las vidrieras iluminadas. Pero casi siempre tomamos por el "camino que lleva al fin del mundo" y doblamos las curvas con aire aventurero y expectante, como si fuéramos a encontrarnos con el Mañana; en la distancia, las colinas verdes se acurrucan juntas en el crepúsculo. Una de las cosas que Elizabeth va a hacer en Mañana es "ir a Filadelfia a ver el ángel en la iglesia". No le he dicho -ni le diré nunca- que la Filadelfia sobre la que escribía San Juan no era la Filadelfia del estado de Pennsylvania. Ya bastante pronto perdemos las ilusiones. Y de todas maneras, si pudiéramos meternos en el Mañana, ¿quién sabe qué encontraríamos? Ángeles por todas partes, tal vez.

A veces contemplamos los buques que entran en el puerto adelantándose al viento, sobre un camino de agua reluciente, por el aire transparente de la primavera, y Elizabeth se pregunta si su padre estará a bordo de alguno de ellos. Se aferra a la esperanza de que pueda regresar algún día. No imagino por qué no lo hace. Estoy segura de que vendría, si supiera qué hija tan adorable tiene aquí, esperándolo. Supongo que no se da cuenta de que ya es toda una señorita... Debe de recordarla todavía como la pequeñita que le costó la vida a su esposa.

Pronto habré terminado mi primer año en la escuela Secundaria de Summerside. El primer cuatrimestre fue una pesadilla, pero los dos últimos han sido muy agradables. Los Pringle son personas encantadoras. ¿Cómo pude alguna vez compararlos con los Pye? Sid Pringle me trajo un ramo de flores, hoy. Jen va a ser líder de su clase, y me han contado que la señorita Ellen dijo que soy la única maestra que supo comprender a la muchacha. El único pinche en mi lecho de rosas es Katherine Brooke, que sigue mostrándose antipática y distante. Ya no intentaré más ser su amiga. Al fin y al cabo, como dice Rebecca Dew, todo tiene su límite.

Ah, casi me olvido de contarte... Sally Nelson me ha pedido que sea una de sus damas de honor. Se casará a fines de junio en Bonnyview, la casa veraniega del doctor Nelson, en la costa. Se casa con Gordon Hill. Nora Nelson será la única soltera de las seis hijas del doctor. Jim Wilcox sale hace años con ella ("intermitentemente", como dice Rebecca Dew), pero nunca llegan a nada y ya nadie piensa que lo harán. Le tengo mucho cariño a Sally, pero conozco muy poco a Nora. Es bastante mayor que yo, muy reservada y altanera. Pero me gustaría hacerme amiga de ella. No es bonita ni brillante ni encantadora, pero tiene algo. Me da la impresión de que valdría la pena.

Hablando de casamientos, el mes pasado Esme Taylor se casó con su doctor en Filosofía. Como fue un miércoles por la tarde, no pude ir a la iglesia a verla, pero todos dicen que estaba bellísima y feliz y que Lennox tenía aspecto de saber que había hecho lo correcto y gozaba de la aprobación de su conciencia. Cyrus Taylor y yo somos grandes amigos. Con frecuencia habla de la cena, a la que ahora considera una gigantesca broma.

-Desde entonces, no me he atrevido a ponerme de malhumor -me confesó-. Mamá podría acusarme de coser edredones, la próxima vez.

Y luego me encarga que le envíe saludos a "las viudas". Gilbert, la gente es deliciosa, la vida es deliciosa y yo soy, por siempre.

 ¡Tuya!

P.s. Nuestra vieja vaca rojiza, que está en lo del señor Hamilton, tiene un ternero manchado. Hace tres meses que le compramos la leche a Lew Hunt. Rebecca dice que ahora tendremos crema otra vez... y que siempre oyó decir que el pozo de los Hunt era inagotable... y que ahora lo cree. Rebecca no quería que naciera el ternero. La tía Kate tuvo que hacer que el señor Hamilton le dijera que la vaca era demasiado vieja para tener un ternero, para que ella diera su consentimiento.

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