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Capítulo XIII

13

-Ah, cuando sea vieja e inválida como yo, tendrá más compasión -se quejó la señora Gibson.

-Por favor, no piense que carezco de compasión, señora Gíbson -dijo Anne, que después de media hora de esfuerzos vanos, sentía deseos de estrangular a la anciana. Nada, excepto los ojos suplicantes de la pobre Pauline, en el extremo de la habitación, le impedía darse por vencida y volver a casa.

-Le aseguro que no se sentirá sola ni abandonada. Me quedaré todo el día aquí y me encargaré de que no le falte nada.

-Sí, ya sé que ya no sirvo para nadie -afirmó la señora Gibson, a propósito de nada-. No necesita echármelo en cara, señorita Shirley. Ya estoy lista para irme... en cualquier momento. Pauline podrá pasear por todas partes, entonces. Ya no estaré aquí para sentirme maltratada. La juventud de hoy en día no tiene ningún sentido común. Son todos alocados... alocados.

Anne no sabía sí la joven alocada y sin sentido era ella o Pauline, pero intentó un último disparo.

-Es que, señora Gibson, usted sabe cómo hablará la gente si Pauline no va a las bodas de plata de su prima.

-Hablar! -exclamó la anciana-. ¿Y de qué van a hablar?

-Estimada señora Gibson...

-("Que me perdonen el adjetivo", pensó Anne.)

-Señora Gibson, en su larga vida habrá aprendido, no lo dudo, lo que pueden decir las lenguas ociosas.

-No es necesario que me eche en cara mi edad - replicó con aspereza la señora Gíbson-. Y no tiene por qué decirme que éste es un mundo de censura. Demasiado bien lo sé ya. Y tampoco necesito que me informe que este pueblo está lleno de charlatanas chismosas. Lo que no me gusta es que hablen de mí... Sin duda, dirán que soy una vieja tirana. Pero yo no le impido ir a Pauline. ¿Acaso no lo dejé librado a su conciencia?

-Es que tan poca gente creerá eso -dijo Anne, con fingido pesar.

La señora Gíbson chupó con ferocidad un caramelo de menta durante unos instantes y luego dijo:

-Tengo entendido que hay paperas en White Sands.

-Mamá querida, ya tuve paperas, lo sabes.

-Hay personas que se enferman dos veces. Seguro que te contagiarás, Pauline. Siempre te pescabas todas las enfermedades que andaban dando vueltas por allí. ¡Las noches que pasé despierta por ti, creyendo que morirías antes del amanecer! Ah, pero los sacrificios de una madre se olvidan enseguida. Además, ¿cómo llegarías hasta allí? No te has subido a un tren en años. Y no hay ningún tren que vuelva el sábado por la noche.

Podría ir en el tren del sábado por la mañana - sugirió Anne-. Y estoy segura de que el señor James Gregor la traerá de vuelta.

-Nunca me cayó bien Jim Gregor. Su madre era una Tarbush.

-Irá con su cabriolé el viernes, de lo contrario también la llevaría. Pero Pauline no correrá peligro alguno en el tren, señora Gibson. Se sube en Summerside y baja en White Sands... No hay que hacer trasbordo.

-Hay algo detrás de todo esto -masculló la señora Gíbson con aire suspicaz-. ¿Por qué está tan empeñada en que Pauline vaya, señorita Shirley? Dígamelo.

Anne le sonrió.

-Porque pienso que Pauline es muy buena hija con usted, señora Gibson, y necesita un día libre de tanto en tanto, igual que todo el mundo.

A la mayoría de la gente le costaba resistirse a la sonrisa de Anne. Fue eso, o el temor a los chismes, lo que venció a la señora Gibson.

-Supongo que a nadie se le ocurre que a mí me gustaría tener un día libre de esta silla de ruedas, si fuera posible lograrlo. Pero no...sencillamente tengo que soportar mi enfermedad con paciencia. Bien, si tiene que ir, irá. Siempre ha sabido salirse con la suya. Si se enferma de paperas o la envenenan mosquitos extraños, no me echen la culpa a mí. Tendré que arreglármelas como pueda. Sí, supongo que usted estará aquí, pero no está acostumbrada a mis hábitos, como lo está Pauline. Calculo que podré soportarlo por un día. Si no puedo... bueno, hace tiempo que estoy viviendo de prestado así que, ¿qué diferencia hay?

No estaba dando su consentimiento con elegancia y generosidad, pero era un consentimiento al fin. Anne, agradecida y aliviada, hizo algo que jamás hubiera imaginado que podría hacer: se inclinó y besó la mejilla curtida de la señora Gibson.

-Gracias -dijo.

-No me venga con sus artimañas -replicó la señora Gibson-. Cómase una menta.

-¿Cómo podré agradecérselo, señorita Shirley? -dijo Pauline, mientras acompañaba a Anne unos metros por la calle.                                                                                              

-Yendo a White Sands con el corazón ligero y disfrutando de cada minuto del día.

-Oh, sí., lo haré. No sabe lo que significa esto para á mí, señorita Shirley. No es solamente a Louisa a quien quiero ver. La vieja casa de los Luckley, lindera a su casa, se vende y quería tanto verla por última vez antes de que pasara a manos de desconocidos. Mary Luckley -es la señora de Howard Flemming, ahora, y vive más hacia el oeste- era mi mejor amiga cuando éramos chicas. Éramos como hermanas. Yo pasaba mucho tiempo en su casa y adoraba ese lugar. Muchas veces soñé que volvía. Mamá dice que ya soy demasiado grande para soñar. ¿Lo cree así, señorita Shirley?

-Nadie nunca es demasiado grande para soñar. Y los sueños nunca envejecen.

-Me alegra tanto oírla decir eso. Ay, señorita Shirley, pensar que volveré a ver el golfo. Hace quince años que no lo veo. El puerto es hermoso, pero no es el golfo. Me parece estar caminando sobre nubes. Y todo se lo debo a usted. Mamá me dejó ir nada más que porque usted le agrada. Me ha hecho feliz... usted siempre hace feliz a la gente. Si cada vez que usted entra en una habitación, señorita Shirley, los que están en ella se sienten más contentos.

-Ése es el cumplido más lindo que me han hecho, Pauline.         

-Hay un problema, señorita Shirley... Lo único que tengo para ponerme es mi viejo vestido negro de taffetas. Es demasiado sombrío para una fiesta, ¿verdad? Y como he perdido peso, me queda muy grande. Hace seis años que lo compré, sabe.

-Hay que tratar de convencer a su madre para que le deje comprarse uno nuevo -propuso Anne, llena de esperanzas.

Pero eso resultó ser una tarea más allá de sus poderes. La señora Gibson no quiso saber nada al respecto. El vestido negro de taffetas estaba muy bien para las bodas de plata de Louisa Hilton.

-Pagué dos dólares el metro hace seis años, y tres más a Jane Sharp por confeccionarlo. Jane era una buena modista. Su madre era una Smiley. ¡Tu idea de querer algo "claro", Pauline Gibson! Iría vestida de rojo, de la cabeza a los pies, esta hija mía, si se lo permitiera, señorita Shirley. Está esperando que muera para hacerlo. Ya pronto te liberarás de todos los problemas que te causo, Pauline. Entonces podrás vestirte con todos los colores y modelos alocados que desees, pero mientras yo viva, te vestirás decentemente. ¿Y tu sombrero? Ya es hora de que uses sombrero todo el tiempo, de cualquier manera.

La pobre Pauline se horrorizaba ante la idea de usar sombrero con cintas, como las ancianas. Se pondría el sombrero viejo por el resto de su vida antes de caer en eso.

-Me alegraré por dentro y olvidaré la ropa que tengo puesta -dijo a Anne, cuando salieron al jardín a recoger un ramo de azucenas para las viudas.

-Tengo un plan -susurró Anne, echando una mirada cautelosa hacia la casa, para asegurarse de que la señora Gibson no pudiera oírla, a pesar de que vigilaba por la ventana de la sala- ¿Recuerda ese vestido mío de "poplín"? Se lo prestaré para las bodas de plata.

Pauline dejó caer la cesta de flores por la agitación; una alfombra de dulzura rosada y blanca se formó a los pies de Anne.

-Ay, querida mía, no podría... Mamá no me lo permitiría.

-No se enterará. Escuche. El sábado por la mañana, se lo pondrá debajo del vestido negro. Sé que le quedará bien. Es un poco largo, pero lo acortaré un poco. No tiene cuello y tiene mangas hasta el codo, de manera que nadie sospechará nada. En cuanto llegue a Gull Cove, quítese el vestido negro. Cuando termine el día, podrá dejar el vestido gris en Gull Cove y yo iré a buscarlo el fin de semana que viene, cuando vaya a casa.

-¿Pero no será demasiado juvenil para mí?

-¡En absoluto! El gris es sentador a cualquier edad.

-¿Cree que sería correcto... engañar a mamá? -vaciló Pauline.

-En este caso, sí -declaró Anne descaradamente-. Sabe, Pauline, no sería correcto ir con vestido negro a una celebración de bodas de plata. Podría traerle mala suerte a la novia.

-Oh, no haría eso por nada del mundo. Y mamá no se enterará de nada. Espero que pueda pasar bien el sábado. Temo que no quiera comer nada mientras no estoy... La última vez no probó bocado, cuando fui al funeral de la prima Matilda. Me contó la señorita Prouty que no quiso comer nada; la señorita Prouty se quedó con ella. Estaba tan indignada con la prima Matilda por morir... me refiero a mamá, desde luego.

-Comerá... yo me encargaré de que así sea.

-Sé que sabe manejarla muy bien -admitió Pauline-. Y no olvidará darle la medicina a intervalos regulares, ¿no, querida? Oh, quizá no deba ir, después de todo.

-Has estado allí afuera lo suficiente para recoger cuarenta ramos -gritó la señora Gibson, fastidiada-. No sé para qué quieren flores tuyas las viudas. Si tienen todas las que puedan hacerles falta. Yo pasaría mucho tiempo sin flores, si esperara que Rebecca Dew me enviara algunas. Me muero por un sorbo de agua. Pero claro, yo no soy importante para nadie.

El viernes por la noche, Pauline telefoneó a Anne con una terrible agitación. Tenía dolor de garganta, y ¿creía la señorita Shirley que pudiera tratarse de paperas? Anne fue hasta allí de inmediato para tranquilizarla y lle consigo el vestido gris, envuelto en papel marrón. Lo ocultó en el arbusto de lilas, y esa noche, tarde, Pauline, bañada en sudor frío, logró llevarlo arriba, al cuartito donde guardaba su ropa y se vestía, aunque nunca le permitían dormir allí. Pauline no estaba muy tranquila con respecto al vestido. Quizás el dolor de garganta fuera un castigo por el engaño. Pero no podía ir a las bodas de plata de Louisa con ese espantoso vestido negro de taffetas... no, no podía.

El sábado por la mañana, Anne llegó a casa de la señora Gibson bien temprano. Anne siempre lucía espléndida en las brillantes mañanas de verano como ésa. Parecía relucir y se movía por el aire dorado como una esbelta figura sobre una vasija griega. La habitación más sombría brillaba, también, vivía, cuando ella entraba.

-Camina como si fuera dueña de la Tierra -comentó la señora Gibson con sarcasmo.

-Y es así -respondió Anne, alegremente.

-Ah, es usted muy joven -pontificó la anciana.

"No cierro mi corazón a ninguna alegría" -recitó Anne-. Ésa es autoridad bíblica para usted, señora Gibson.

"El hombre nace para los problemas del mismo modo en que las chispas se elevan en el aire." Eso también está en la Biblia -replicó la señora Gibson. El hecho de haber respondido con tanta rapidez a la señorita Shirley, bachiller en Artes, la puso de relativo buen humor. -Nunca fui adulona, señorita Shirley, pero ese sombrero suyo, con la flor azul, le queda muy bien. Su pelo no parece tan rojo, me da la impresión. ¿No admiras a una joven tan fresca como ella, Pauline? ¿No te gustaría ser una joven fresca, Pauline?

Pauline estaba demasiado feliz y entusiasmada para desear ser otra persona en ese momento. Anne subió al cuartito con ella para ayudarla a vestirse.

-Es hermoso pensar en todas las cosas lindas que sucederán hoy, señorita Shirley. La garganta ya no me duele y mamá está de muy buen humor. Quizás a usted no le parezca que es así, pero yo me doy cuenta porque habla, aun si lo hace con sarcasmo. Si estuviera enojada o cansada, refunfuñaría y se quedaría callada. He pelado las papas y el bistec está en el refrigerador; el postre de mamá está abajo, en el sótano. Hay pollo enlatado para la cena y una torta en la despensa. Tengo tanto miedo de que mamá cambie de idea. No soportaría que eso sucediera. Ay, señorita Shírley, ¿le parece que debo ponerme el vestido gris... de veras?

-Póngaselo, ya -dijo Anne, con su mejor voz de maestra.

Pauline obedeció y emergió como una Pauline transformada. El vestido gris le sentaba a la perfección. No tenía cuello y las mangas hasta el codo estaban adornadas con volados de encaje. Una vez que Anne la hubo peinado, Pauline casi no se reconoció.

-Me horroriza tener que taparlo con ese espantoso vestido negro, señorita Shirley.

Pero era necesario hacerlo. El vestido de taffetas lo cubría ampliamente. Pauline se puso el viejo sombrero - que también sería descartado en cuanto llegara a casa de Louisa- y un par de zapatos nuevos. La señora Gibson le había permitido comprarse un par, aunque opinó que los tacones eran "escandalosamente altos".

-Causaré sensación tomando el tren sola. Espero que la gente no piense que se trata de una muerte. No  me gustaría que las bodas de plata de Louisa fueran relacionadas de ninguna forma con la idea de la muerte. ¡Oh, señorita Shirley, perfume! ¡Flor de manzano! ¡Qué delicia! Apenas un toque... siempre me pareció tan femenino. Mamá no me permite comprarlo. Ah, señorita Shirley, no olvidará darle de comer a mí perro, ¿verdad? Le dejé los huesos en la despensa, en un plato cubierto. -Pauline bajó la voz a un susurro.

-Sólo espero... que no... se porte mal... dentro de la casa mientras usted está aquí.

Pauline tuvo que pasar la inspección de su madre antes de partir. La emoción por el paseo y la culpa por el vestido oculto hacían que sus mejillas tuvieran un tono rosado muy poco habitual. La señora Gibson la miró, disconforme.

-¡Vaya, vaya! ¿A Londres a ver a la Reina, eh? Tienes demasiado color. La gente creerá que estás pintada. ¿No te habrás pintado, no?

-Oh, no, mamá, no -exclamó Pauline, escandalizada.

-Compórtate como es debido, y al sentarte, cruza los tobillos con decoro. No te sientes en las corrientes de aire ni hables demasiado.

-No, mamá -prometió Pauline con vehemencia, echando una mirada nerviosa al reloj.

-Le envío a Louisa una botella de mi vino de zarzaparrilla para que brinden. Nunca me agradó Louisa, pero su madre era una Tackaberry. No olvides traerme la botella y no dejes que te regale un gatito. Louisa siempre regala gatitos a las personas.

-No, mamá.

-¿Estás segura de que no dejaste el jabón en el agua?

-Sí, mamá -respondió Pauline, con otra mirada angustiada al reloj.

-¿Tienes los cordones atados?

-Sí, mamá.

-Tienes un olor muy poco respetable... Estás empapada en perfume.

-Oh, no, mamá querida, apenas unas gotas...

-Dije empapada, y estás empapada. No tienes descosido el vestido debajo de la manga, ¿verdad? -No, mamá.

-Déjame ver -dijo, inexorable.

Pauline temblaba. ¿Y si se veía la falda del vestido gris cuando levantaba el brazo?

-Bien, ve, entonces.

-Un largo suspiro.

-Si no estoy aquí cuando vuelves, recuerda que quiero que me sepulten con el chal de encaje y los zapatos de raso negros. Y asegúrate de que tenga el pelo rizado.

-¿Te sientes peor, mamá?

-El vestido de "poplin" había sensibilizado la conciencia de Pauline.

-Si no estás bien... no iré...

-¿Qué? ¿Y tirar a la basura el dinero de los zapatos?

¡Claro que irás! Y no se te ocurra deslizarte por la baranda de la escalera.

Pauline se rebeló.

-¡Mamá! ¿Crees que haría una cosa así?

-Lo hiciste en la boda de Nancy Parker.

-¡Hace treinta y cinco años! ¿Crees que lo haría ahora?

-Ya es hora de que te vayas. ¿Para qué te quedas aquí conversando? ¿Quieres perder el tren?

Pauline partió a toda prisa, y Anne suspiró, aliviada. Había temido que la anciana señora Gibson, a último momento, hubiera cedido al perverso impulso de retrasar a Pauline hasta que el tren hubiera partido.

-Bien, ahora un poco de paz -dijo la señora Gibson-. El desorden de esta casa es vergonzoso, señorita Shirley. Espero que se dé cuenta de que no siempre es así. Pauline no ha sabido quién era en estos últimos días. ¿Puede correr ese florero un centímetro a la izquierda? No, póngalo donde estaba. Esa pantalla está torcida. Sí, ahora está un poco más derecha. Pero la persiana está un centímetro más baja que la otra. Hágame el favor de emparejarlas.

Anne dio un desafortunado tirón a la persiana y ésta escapó de sus dedos y se enrolló hacia arriba.

"Ah, ya ve -dijo la señora Gibson.

Anne no veía, pero arregló meticulosamente la persiana.

-¿Y ahora no le gustaría que le preparara una rica taza de té, señora Gibson?

-Necesito algo, es cierto... Estoy agotada con tanto aspaviento y agitación. Mi estómago parece estar cayéndose del cuerpo -se quejó la anciana-. ¿Sabe preparar un té decente? A veces preferiría beber barro y no el té que preparan algunas personas.

-Marilla Cuthbert me enseñó a preparar el té. Ya verá. Pero primero la llevaré al porche para que pueda disfrutar del sol.

-Hace años que no salgo al porche -objetó la señora Gibson.

-Sí, pero hoy está tan lindo, que nada le sucederá. Quiero que vea los árboles en flor. No se los ve, si no se sale. Y el viento sopla desde el sur, de modo que traerá el aroma a trébol del campo de Norman Johnson. Le llevaré el té y lo beberemos juntas. Luego traeré mi bordado y nos quedaremos allí sentadas, criticando a todos los que pasan.

-No me gusta criticar a la gente -declaró la señora Gibson en tono virtuoso-. No es cristiano. ¿Le molestaría decirme si todo ese pelo es suyo?

-Hasta el último mechón -rió Anne.

-Qué lástima que sea rojo. Aunque últimamente el pelo rojo parece estar poniéndose de moda. Me gusta su risa. Esa risita nerviosa de Pauline siempre me pone los pelos de punta. Bien, si tengo que salir, supongo que no hay remedio. Es probable que me resfríe y me muera, pero la responsabilidad es suya, señorita Shirley. Recuerde que tengo ochenta años... ni un día menos, aunque he oído que el viejo Davy Ackham anda diciendo por todo Summerside que sólo tengo setenta y nueve. Su madre era una Watt. Los Watt siempre fueron envidiosos.

Anne llevó la silla dé ruedas afuera con destreza y demostró que tenía habilidad para acomodar los almohadones. Enseguida llevó el té y la señora Gibson se dignó aprobarlo.

-Sí, se deja beber, señorita Shirley. Ah, pobre de mí, durante un año tuve que vivir puramente de líquidos. Nunca creyeron que fuera a sobrevivir. Muchas veces pienso que hubiera sido mejor haber muerto. ¿Ésos son los árboles de los que hablaba?

-Sí... ¿No son preciosos, tan blancos contra el cielo azul?

-No me parece poético -fue el único comentario de la señora Gibson.

Pero se ablandó bastante después de dos tazas de té y la mañana fue pasando hasta que llegó el momento de pensar en el almuerzo.

-Iré a preparárselo y se lo traeré aquí, en una bandeja.

-No, señorita, nada  de locuras ni de monerías. A la gente le parecería de lo más extraño vernos comer en público. No niego que está bastante agradable, aquí…aunque el olor a trébol siempre me provoca malestar... la mañana pasó más rápido que de costumbre, pero no voy a almorzar afuera, de ninguna manera. No soy una gitana. Acuérdese de lavarse bien las manos antes de preparar el almuerzo. Vaya, la señora Storey debe de estar esperando más visitas. Tiene toda la ropa de cama del cuarto de huéspedes aireándose en la cuerda. No es hospitalidad... sólo deseo de causar sensación. Su madre era una Carey.

El almuerzo preparado por Anne complació hasta la señora Gibson.

-No creía que alguien que escribiera para los periódicos supiera cocinar. Pero claro, Marilla Cuthbert, la crió. Su madre era una Johnson. Supongo que Pauline comerá hasta enfermarse en las bodas de plata. No sabe decir basta... igual que su padre. Lo he visto llenarse de frutillas sabiendo que una hora más tarde se doblaría en dos por el dolor. ¿Le mostré alguna vez su retrato, señorita Shirley? Suba al cuarto de huéspedes y tráigalo, ¿quiere? Lo encontrará debajo de la cama. No se ponga a revisar los cajones mientras está allí arriba, ¿eh? Pero fíjese si hay pelusa debajo del escritorio. No confío en Pauline...

"Ah, sí, es él. Su madre era una Walker. Ya no quedan hombres así. Ésta es una era de degeneración, señorita Shirley.

-Homero dijo lo mismo ochocientos años antes de Cristo -sonrió Anne.

-Algunos de esos escritores del Antiguo Testamento no hacían más que quejarse. Seguro que la escandaliza escucharme, señorita Shirley, pero mi marido era muy amplio de ideas. Tengo entendido que está comprometida... con un estudiante de medicina. Los estudiantes de medicina beben, he oído decir. Para poder soportar el aula de disección, me parece. No se case con un hombre que bebe, señorita Shirley. Ni con uno que no sepa ganarse el pan. De pan y cebolla no se vive, se lo aseguro.

"Lave bien el fregadero y enjuague los lienzos, por favor. No soporto los lienzos grasientos. Supongo que tendrá que darle de comer al perro. Está demasiado gordo, pero Pauline no hace más que cebarlo. A veces pienso que debería deshacerme de él.

-Oh, yo no haría una cosa así, señora Gibson. Siempre hay asaltos, sabe... y su casa está tan apartada, aquí. Realmente necesita protección.

-Bueno, como quiera. Prefiero cualquier cosa antes que discutir con la gente, sobre todo cuando siento esas palpitaciones en la nuca. Sin duda significan que estoy a punto de tener un ataque.

-Lo que necesita es su siesta. Una vez que haya dormido, se sentirá mejor. La arroparé bien y le reclinaré la silla. ¿Le gustaría dormir la siesta en el porche?

-¡Dormir en público! Eso es peor que comer. Usted tiene ideas de lo más extrañas. Póngame aquí en la sala, baje las persianas y cierre la puerta, para que no entren moscas. No dudo de que debe de desear un poco de tranquilidad usted también. Ha estado hablando sin parar.

La señora Gibson durmió una siesta larga, pero se despertó de malhumor. No quiso que Anne la llevara al porche.

-Quiere que me muera en el aire nocturno, no lo dudo -gruñó, aunque eran solamente las cinco.

Nada le venía bien. La bebida que Anne le trajo estaba demasiado fría... la siguiente no estaba lo suficientemente fría... por supuesto, a ella le traían cualquier cosa. ¿Dónde estaba el perro? Haciendo sus necesidades por toda la casa, sin duda. Le dolía la espalda... le dolían las rodillas... le dolía la cabeza... le dolía el pecho. Nadie se compadecía de ella, nadie sabía por lo que pasaba. La silla estaba demasiado alta... la silla estaba demasiado baja. Quería un chal para cubrirse los hombros, una manta para las rodillas y un almohadón para los pies. ¿Y se podía fijar la señorita Shirley de dónde venía esa espantosa corriente de aire? Le vendría bien una taza de té, pero no quería causar molestias y pronto estaría descansando en su tumba. Quizá la apreciaran cuando ya no estuviera.

"Sea corto o largo el día, llegará por fin el atardecer." Había momentos en que Anne creía que no llegaría nunca, pero llegó. Al caer el sol, la señora Gibson comenzó a preguntarse por qué no llegaba Pauline. Oscureció... y ni rastros de Pauline. Salió la Luna a iluminar la noche y Pauline no aparecía.

-Lo sabía -masculló la señora Gibson.

-Es imposible que vuelva hasta que el señor Gregor no decida marcharse, y por lo general, es el último en hacerlo -la tranquilizó Anne-. ¿No quiere que la acueste, señora Gibson? Está cansada... Sé que una se pone nerviosa cuando tiene a una desconocida al lado, en lugar de la persona a la que está acostumbrada.

Las arrugas alrededor de la boca de la señora Gibson se profundizaron en un gesto de obstinación.

-No voy a acostarme hasta que esa chica llegue a casa. Pero si está tan ansiosa por irse, váyase. Puedo quedarme sola... o morir sola.

A las nueve de la noche, la señora Gibson llegó a la conclusión de que Jim Gregor no volvería hasta el lunes.

-Nunca se pudo contar con que Jim Gregor no cambiara de idea en veinticuatro horas. Además, le parece mal viajar el día domingo, aunque se trate de volver a su casa. ¿Está en la junta de su escuela, no es así? ¿Qué piensa de él y de sus opiniones sobre la educación?

Anne cedió a la picardía. Después de todo, ese día había soportado mucho, a merced de la señora Gibson.

-Pienso que es un anacronismo psicológico -declaró, muy seria.

La señora Gibson no parpadeó.

-Estoy de acuerdo con usted -dijo.

Pero después de eso, fingió quedarse dormida.

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