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14 Pauline llegó, por fin, a las diez de la noche... una Pauline sonrosada, con ojos brillantes, diez años más joven en aspecto, a pesar del vestido de taffetas negro y el viejo sombrero. Traía un hermoso ramillete que de inmediato entregó a la belicosa anciana en la silla de ruedas. -La novia te envió su ramo, mamá. ¿No es hermoso? Veinticinco rosas blancas. -¡Qué disparate! No sé por qué a nadie se le ocurrió enviarme alguna miga de la torta de bodas. Hoy en día nadie parece tener respeto por los parientes. Qué va, en mis tiempos... -Pero sí, mamá, tengo un trozo grande aquí en el bolso. Y todos preguntaron por ti y te enviaron cariños. -¿Lo pasó bien? -preguntó Anne. Pauline se sentó sobre una silla dura porque sabía que su madre se enfadaría si se sentaba en una mullida. -Muy bien -respondió, cautelosa-. Hubo una lindísima cena de bodas y el señor Freeman, el ministro de Gull Cove, casó de nuevo a Louisa y a Maurice... -Eso es sacrilegio, en mi opinión. -Y después el fotógrafo nos tomó una fotografía a todos. Las flores eran sencillamente maravillosas. La sala estaba llena de ramos... -Como un funeral, no dudo... -Y, mamá, Mary Luckley vino del Oeste... Ahora es la señora Fleming, sabes. Recuerdas qué buenas amigas éramos. Solíamos llamarnos Polly y Molly... -Qué nombres más tontos... -Y fue tan lindo verla de nuevo y conversar sobre los viejos tiempos. Estaba su hermana Em, también, con un bebé delicioso. -Hablas como si se tratara de algo para comer - gruñó la señora Gibson-. Los bebés son comunes y corrientes. -Oh, no, los bebés no son nunca comunes -dijo Anne. Había traído un recipiente con agua para las rosas de la señora Gibson. -Cada uno es un milagro. -Bueno, yo tuve diez y nunca les vi nada de milagroso. Pauline, hazme el favor de quedarte quieta. Me pones nerviosa. Veo que no preguntas cómo me fue a mí. Pero claro, no tengo por qué pretender que lo hagas. -Me doy cuenta de cómo te fue sin necesidad de preguntártelo, mamá... Se te ve tan vivaz y alegre. - Pauline estaba todavía tan entusiasmada por el día que había pasado, que pudo permitirse una leve ironía con su madre. -No dudo de que tú y la señorita Shirley lo pasaron muy bien juntas. -Bueno, no tan mal. La dejé hacer lo que quería. Admito que es la primera vez en años que oigo una conversación interesante. No estoy tan cerca de la tumba como dicen algunos. Por suerte no me quedé sorda ni me volví infantil. Bueno, y ahora supongo que en cualquier momento te irás a la Luna. Y mi vino de zarzaparrilla no les gustó, ¿no? -Oh, sí. Les pareció delicioso. -Pues bastante tardaste en decírmelo. ¿Trajiste la botella o es demasiado pedir que te hayas acordado de hacerlo? -La... la botella se rompió -vaciló Pauline-. Alguien la hizo caer del estante de la despensa. Pero Louisa me dio otra igual, mamá, así que no te preocupes. -He tenido esa botella desde que comencé a ocuparme de la casa. La de Louisa no puede ser igual. Ya no hacen botellas así. Quiero que me traigas otro chal. Estoy estornudando... seguro que me resfrié. Ninguna de las dos parece recordar que no debo respirar el aire frío de la noche. Con toda seguridad, volveré a tener neuritis. Una vieja vecina llegó de visita en ese momento, y Pauline aprovechó la oportunidad para acompañar a Anne hasta la calle. -Adiós, señorita Shirley -dijo la señora Gibson con relativa amabilidad-. Le estoy muy agradecida. Si hubiera más gente como usted en este pueblo, sería mejor para todos. -Esbozó una sonrisa desdentada y atrajo a Anne hacia ella. -No me importa lo que diga la gente -susurró-. A mí me parece que usted es verdaderamente linda. Pauline y Anne caminaron por la calle en la noche fresca y verde, y Pauline se atrevió a soltarse, como no había podido hacer delante de su madre. -Ay, señorita Shirley, fue maravilloso. ¿Cómo podré agradecérselo? Nunca pasé un día tan lindo. Viviré del recuerdo durante años. Fue tan divertido volver a ser dama de honor. Y el capitán Isaac Kent era el testigo. Él... bueno, era un festejante mío... bueno, no tanto, creo que en realidad nunca tuvo intenciones serias, pero paseábamos juntos. Me hizo dos cumplidos. Dijo: "Recuerdo lo bonita que estabas en la boda de Louisa, con ese vestido color granate". ¿No es maravilloso que haya recordado el vestido? Y también me dijo: "Tu pelo está tan brillante y suave como siempre". No tiene nada de malo que me haya dicho eso, ¿verdad, señorita Shirley? -Nada en absoluto. -Lou, Molly y yo cenamos juntas después de que todos se fueron. Yo tenía tanto apetito... creo que hace años que no estaba tan hambrienta. Fue tan agradable poder comer lo que quería, sin que nadie me advirtiera que tal o cual cosa no me caería bien al estómago. Después de la cena, Mary y yo fuimos a su antigua casa y paseamos por el jardín, hablando de los viejos tiempos. Vimos los arbustos de lilas que plantamos hace años. Pasamos unos hermosos veranos cuando éramos chicas. Después, al anochecer, fuimos a esa costa tan querida y nos sentamos en silencio sobre una roca. Abajo, en el puerto, sonaba una campana; fue hermoso volver a sentir el viento del mar en la cara y ver las estrellas temblando en el agua. Había olvidado lo hermosas que podían ser las noches en el golfo. Cuando oscureció, volvimos y el señor Gregor ya estaba listo para partir... y así, "la anciana volvió a su casa esa noche" -concluyó Pauline, riendo. -Me gustaría... desearía que no lo pasara tan mal en su casa, Pauline... -Pero querida señorita Shirley, ahora no me importará -se apresuró a decir Pauline-. Después de todo, la pobre mamá me necesita. Y es lindo sentirse necesitada, querida. Sí, era lindo sentirse necesitada. Anne pensó en eso en su habitación de la torre; Dusty Miller, habiendo escapado de las viudas y de Rebecca Dew, se había acurrucado sobre su cama. Anne pensó en Pauline, trotando de nuevo hacia sus cadenas, pero animada por "el espíritu inmortal de un día feliz". -Espero que alguien siempre me necesite -dijo Anne a Dusty Miller-. Y es hermoso, Dusty Miller, poder darle alegría a alguien. Me ha dado tanta plenitud, poder regalarle este día a Pauline. Pero, ay, Dusty Miller, ¿crees que algún día seré como la señora Gibson, aun si llego a los ochenta? ¿Lo crees, Dusty? Dusty Miller, con ronroneos profundos y aterciopelados, le aseguró que no lo creía.
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