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16 La mañana del sábado transcurrió en un torbellino de preparativos de último momento. Anne, envuelta en uno de los delantales de la señora Nelson, la pasó en la cocina, ayudando a Nora con las ensaladas. Nora estaba irritable; era evidente que se arrepentía, como había dicho, de sus confidencias de la noche anterior. -Quedaremos exhaustos por un mes -se quejó-. Además, papá no puede permitirse realmente todo este despilfarro. Pero Sally estaba decidida a tener lo que llama "una linda boda" y papá cedió. Siempre la ha malcriado. -Estás celosa -dijo la tía Sabueso, asomando la cabeza desde la despensa, donde estaba enloqueciendo a la señora Nelson con sus malos presagios. -Tiene razón -confesó Nora a Anne, amargamente-. Es verdad. Estoy celosa y avinagrada... odio ver a la gente feliz. Pero no me arrepiento de haber abofeteado a Jud Taylor anoche. Lamento no haberle pellizcado la nariz, también. Bien, las ensaladas están terminadas. Quedaron muy lindas. Me encanta arreglar las cosas cuando estoy bien. En realidad, espero que todo salga bien y que Sally sea feliz. En el fondo, la quiero mucho, aunque en este momento me parece que odio a todo el mundo y a Jim Wilcox más que a nadie. -Espero que el novio no desaparezca justo antes de la ceremonia. -Las palabras llegaron flotando desde la despensa en el tono lúgubre de la tía Sabueso. -Austin Creed lo hizo. Se olvidó que se casaba ese día. Los Creed siempre fueron olvidadizos, pero eso ya es demasiado. Las dos muchachas se miraron y lanzaron una carcajada. La cara de Nora se transformó por la risa: cobró luz, color y brillo. En ese momento, alguien entró para decirle que Barnabas había vomitado en la escalera... demasiados hígados de pollo, sin duda. Nora corrió a reparar los daños, y la tía Sabueso salió de la despensa diciendo que esperaba que no desapareciera la torta de bodas, como había sucedido en la boda de Alma Clark, hacía diez años. Al mediodía, todo estuvo inmaculadamente listo: la mesa tendida, las camas adornadas con primor, cestos con flores en todas partes y en la gran habitación que daba al norte, Sally y sus tres damas de honor, temblorosas y espléndidas. Anne, con su vestido verde Nilo y sombrero al tono, se miró en el espejo y deseó que Gilbert pudiera verla. -Estás bellísima -dijo Nora, con un dejo de envidia. -Tú también, Nora. Ese vestido azul y ese sombrero dan mucho brillo a tu cabello y hacen resaltar el color de tus ojos. -A nadie le importa si estoy bien o no -se quejó Nora con amargura-. Bien, Anne, mira mi sonrisa. No voy a ser una aguafiestas. Tengo que tocar la marcha nupcial, después de todo. Vera tiene una jaqueca terrible. Casi preferiría tocar la marcha fúnebre, como dijo la tía Sabueso. La anciana, que había merodeado por la casa toda la mañana, interfiriendo en todo, enfundada en un viejo quimono no demasiado limpio, y un marchito sombrerito, apareció resplandeciente en un vestido oscuro e informó a Sally que una de las mangas no le quedaba bien y que esperaba que a nadie se le vieran las enaguas debajo del vestido, como había sucedido en la boda de Annie Crewson. La señora Nelson entró en la habitación y lloró al ver a Sally tan bonita con su vestido de novia. -Vamos, vamos, no te pongas sentimental, Jane -la tranquilizó la tía Sabueso-. Todavía te queda una hija... y es probable que te acompañe hasta la vejez. Las lágrimas traen mala suerte en las bodas. Bueno, lo único que espero es que nadie caiga muerto de repente, como le pasó al viejo tío Cromwell en la boda de Roberta Pringle, en plena ceremonia. La novia pasó dos semanas en cama, por el shock. Después de estas optimistas palabras, el grupo bajó la escalera al son de la marcha nupcial tocada por Nora, y Sally y Gordon se casaron sin que nadie cayera muerto ni olvidara los anillos. El grupo era realmente bonito y hasta la tía Sabueso dejó de preocuparse por el universo por unos instantes. -Después de todo -le dijo a Sally más tarde- aunque no seas muy feliz en tu matrimonio, peor te sentirías soltera. - Nora tenía una mirada sombría desde su lugar frente al piano, pero se acercó a Sally y le dio un fuerte abrazo. -Bien, hemos terminado -dijo Nora, cansada, cuando el almuerzo terminó y los novios y la mayoría de los invitados se fueron. Echó una mirada a la habitación, que tenía el aspecto triste y desordenado de las postrimerías de una fiesta: un ramillete pisoteado yacía en el suelo, las sillas estaban por cualquier parte, un trocito de encaje roto, dos pañuelos, migas desparramadas por los niños, una mancha en el cielo raso, donde se había filtrado el agua de una jarra volcada por la tía Sabueso en una de las habitaciones. -Tengo que limpiar esto -añadió Nora con vehemencia-. Muchos de los jóvenes esperan el barco y otros se quedarán hasta él domingo. Terminarán con una fogata en la playa y un baile a la luz de la Luna. Imaginas las ganas que tengo de bailar bajo la Luna. Me iría a la cama a llorar. -Después de una boda, la casa parece triste, es verdad -dijo Anne-. Pero te ayudaré a ordenar y luego tomaremos un té. -Anne Shirley, ¿crees que el té es remedio para todo? Eres tú la que tendría que ser solterona, no yo. No importa. No quiero ser mala, pero supongo que es mi naturaleza. Detesto la idea de este baile en la playa, más que la boda. Jim siempre venía a nuestros bailes en la playa. Anne, he tomado la decisión de ir a capacitarme como enfermera. Sé que lo odiaré -y que el cielo ayude a mis futuros pacientes- pero no me quedaré en Summerside soportando las burlas de todos. Bien, ataquemos esta pila de platos sucios e imaginemos que nos gusta lavarlos. -A mí me gusta... siempre me gustó lavar platos. Es divertido ver cómo las cosas sucias vuelven a quedar resplandecientes. -Ay, deberías estar en un museo -le espetó Nora Para cuando salió la Luna, todo estuvo listo para el baile en la playa. Los muchachos habían encendido una gran fogata en la punta, y las aguas del puerto relucían bajo la Luna. Anne esperaba divertirse a lo grande, pero al ver la expresión de Nora, cuando la muchacha bajó con una cesta de sándwiches, se puso a pensar. "Qué infeliz se siente. Si sólo pudiera hacer algo por ella..." Una idea se formó en la mente de Anne. Siempre había sido una criatura de impulsos. Corrió como una flecha a la cocina, tomó un farol encendido que había sobre una mesa y subió a toda velocidad por la escalera posterior y luego otra vez hasta el desván. Puso el farol en la ventana que daba al puerto. Los árboles la ocultaban de los bailarines. "Es posible que la vea y venga. Supongo que Nora se pondrá furiosa conmigo, pero eso no tendrá importancia, si él viene. Y ahora, a envolver un poco de torta de bodas para Rebecca Dew." Jim Wilcox no fue. Anne dejó de buscarlo después de un rato y lo olvidó en la algarabía de la velada. Nora había desaparecido y la tía Sabueso, por suerte, se había ido a dormir. Eran las once cuando terminó el jolgorio y los cansados bailarines subieron, bostezando. Anne estaba tan cansada, que olvidó por completo la luz en la ventana del desván. Pero a las dos de la mañana, la tía Sabueso entró en el dormitorio y acercó una vela a las caras de las muchachas. -Por Dios, ¿qué pasa? -exclamó Dot Fraser, sentándose en la cama. -Shhh... -advirtió la tía Sabueso, con ojos desorbitados-. Creo que hay alguien en la casa... estoy segura. ¿Qué es ese ruido? -Parece el maullido de un gato o el ladrido de un perro -respondió Dot, presa de un ataque de risa. -Nada de eso -replicó la tía Sabueso con severidad-. Sé que hay un perro ladrando en el granero, pero no fue eso lo que me despertó. Fue un golpe... un golpe fuerte, claro. -Señor líbranos de fantasmas, monstruitos, bestias de piernas largas y cosas que golpean en la noche - murmuró Anne. -Señorita Shirley, no es una broma. Hay ladrones en la casa. Voy a despertar a Samuel. La tía Sabueso desapareció y las chicas se miraron entre sí. -¿Acaso creen...? Todos los regalos están abajo, en la biblioteca... -dijo Anne. -Yo me levanto -dijo Mamie-. Anne, ¿viste alguna vez algo parecido al rostro de la tía Sabueso cuando bajó la vela y quedó medio en sombras, con los mechones de pelo alrededor de la vela? ¡Estaba igual a la bruja de Endor! Cuatro muchachas en bata salieron al pasillo. La tía Sabueso se acercaba, seguida por el doctor Nelson, con bata y pantuflas. La señora Nelson, que no encontraba su bata, asomaba un rostro aterrado por la puerta. -Ay, Samuel, no corras riesgos... Si son ladrones, podrían disparar. -¡Tonterías! Estoy seguro de que no hay nada -replicó el doctor. -Te estoy diciendo que oí un golpe -insistió la tía Sabueso. Un par de muchachos se unió al grupo. Bajaron sigilosamente la escalera con el doctor adelante y la tía Sabueso, vela en mano y atizador en la otra, cerrando la retaguardia. Era indudable que de la biblioteca provenían ruidos. El doctor abrió la puerta y entró. Barnabas, que se las había arreglado para esconderse en la biblioteca cuando se habían llevado a Saul al granero, estaba sentado en el respaldo del sofá Chesterfield, parpadeando, divertido. Nora y un joven estaban de pie en medio de la habitación, iluminada apenas por una vela parpadeante. El joven rodeaba el cuerpo de Nora con un brazo y le estaba sosteniendo un gran pañuelo blanco contra la cara. -¡Le está aplicando cloroformo! -chilló la tía Sabueso, y dejó caer el atizador con gran estruendo. El joven se volvió y dejó caer el pañuelo, abochornado. Era un muchacho de aspecto agradable, con chispeantes ojos oscuros, pelo castaño rojizo, ondulado, y un mentón que anunciaba a los cuatro vientos que era un mentón. Nora levantó el pañuelo y se lo llevó al rostro. -Jim Wilcox, ¿qué significa esto? -preguntó el doctor, en tono excesivamente severo. -Yo no lo sé, se lo aseguro -aseguró Jim, con tono sombrío-. Lo único que sé es que Nora me envió la señal. No vi la luz hasta que volví a casa, a la una. Había ido a un banquete masónico en Summerside. De inmediato me vine navegando. -Yo no te envié la señal -replicó Nora, ofuscada-. Por Dios, papá, no pongas esa cara. No estaba durmiendo... Estaba sentada frente a mi ventana, todavía no me había desvestido... y vi a un hombre que subía desde la costa. Cuando se acercó a la casa, me di cuenta de que era Jim, así que bajé corriendo y... choqué contra la puerta de la biblioteca, lo que me hizo sangrar la nariz. Jim ha estado tratando de detener la sangre. -Entré por la ventana e hice caer ese banco... -Les dije que había oído un golpe -dijo la tía Sabueso. -Y ahora Nora dice que no me envió la señal, de manera que los libraré de mi molesta presencia, con disculpas hacia todos los involucrados. -Es realmente una pena que te hayas molestado en cruzar la bahía por nada -dijo Nora en tono gélido, mientras trataba de encontrar un trozo limpio de pañuelo. -Sí, es una lástima -dijo el doctor, mirando fijamente a su hija. -Prueba pasándote una llave por la espalda -sugirió la tía Sabueso. -Fui yo la que puso el farol en la ventana -confesó Anne, avergonzada-. Y después lo olvidé por completo. -¡Tú! -exclamó Nora-. ¡No te lo perdonaré nunca! -¿Se han vuelto todos locos? -quiso saber el doctor, fastidiado-. ¿Qué es todo este asunto, de todos modos? Por el amor de Dios, Jim, cierra esa ventana... Sopla un viento frío que nos calará hasta los huesos. Nora, echa la cabeza hacia atrás y la nariz dejará de sangrar. Nora derramaba lágrimas de furia y vergüenza. Mezcladas con la sangre que le manchaba la cara, le conferían un aspecto aterrador. Jim Wilcox parecía estar deseando que se abriera el piso y lo dejara caer al sótano. -Bien -declaró la tía Sabueso en tono beligerante-, lo único que puedes hacer ahora es casarte con ella, Jim Wilcox. Jamás conseguirá marido, si se corre el rumor de que fue hallada aquí contigo a las dos de la mañana. -¡Casarme con ella! -exclamó Jim con impaciencia-. ¡Pero si no he deseado otra cosa en mi vida que casarme con ella! -Entonces, ¿por qué no me lo dijiste hace tiempo? -preguntó Nora, volviéndose hacia él. -¿Decírtelo? Me has tenido a distancia y te has burlado de mí durante años. Nunca dejabas de demostrarme cuánto me despreciabas. Me parecía que no tenía sentido que te lo pidiera. Y en enero pasado, dijiste... -¡Me obligaste a decir...! -¡Yo te obligué! Ja! ¡Ésa es buena! Buscaste pelea nada más que para deshacerte de mí... -No... Yo... -Y no obstante, fui tan tonto como para venir navegando en medio de la noche porque pensé que habías puesto la vieja señal en la ventana, pues me necesitabas. ¡Pedirte que te cases conmigo! Bien, te lo pediré ahora y me quitaré el asunto de encima. Así podrás divertirte rechazándome delante de toda esta gente. Nora Edith Nelson, ¿quieres casarte conmigo? -¡Y cómo! ¡Y cómo! -exclamó Nora, tan desvergonzadamente, que hasta Barnabas se sonrojó por ella. Jim le dirigió una mirada incrédula... y se abalanzó hacia ella. Tal vez la nariz hubiera dejado de sangrar, tal vez no. De todos modos, no importaba. -Me parece que han olvidado que es la mañana del domingo -dijo la tía Sabueso, que acababa de recordarlo-. Me vendría bien una taza de té, si alguien quisiera prepararla. No estoy acostumbrada a demostraciones de esta naturaleza. Lo único que espero es que la pobre Nora lo haya atrapado, por fin. Por lo menos, tiene testigos. Se dirigieron a la cocina, y la señora Nelson se dispuso a preparar té para todos... menos para Jim y Nora, que permanecieron encerrados en la biblioteca vigilados por Barnabas. Anne no volvió a ver a Nora hasta entrada la mañana, una Nora diferente, diez años más joven, sonrosada de felicidad. -Todo te lo debo a ti, Anne. Si no hubieras puesto la luz... ¡aunque anoche, durante dos minutos y medio, te hubiera comido las orejas! -Y pensar que no me desperté y me perdí todo - se lamentó Tommy Nelson, desconsolado. Pero la última palabra la tuvo la tía Sabueso. -Bien, espero que no sea un caso de boda apresurada y arrepentimiento lento.
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