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2 El camino Dawlish era un camino sinuoso y la tarde estaba hecha para caminantes... o al menos eso pensaban Anne y Lewis mientras lo recorrían, deteniéndose de tanto en tanto para disfrutar de un repentino atisbo azul del estrecho entre los árboles, o tomar una fotografía de un panorama particularmente bonito o una casita pintoresca en una hondonada. Tal vez no fuera tan agradable visitar las casas y pedir suscripciones a beneficio del Club de Arte Dramático, pero Anne y Lewis se turnaban para hablar... él se encargaba de las mujeres y Anne convencía a los hombres. -Encárguese de los hombres si va a ir con ese vestido y ese sombrero -le había aconsejado Rebecca Dew-. He tenido mucha experiencia en pedidos de dinero en mis tiempos, y siempre quedó demostrado que cuanto mejor vestida se está y mejor aspecto se tiene, más dinero -o promesas de dinero- se consiguen, si se ataca a los hombres. Pero si se trata de mujeres, hay que ponerse lo más viejo y feo que se tiene. -¿No es interesante una ruta, Lewis? -preguntó Anne en tono soñador-. No un camino recto, sino uno con curvas y desvíos que pueden ocultar toda clase de sorpresas y cosas bellas. Siempre me encantaron las curvas en las rutas. -¿A dónde lleva este camino Dawlish? –preguntó Lewis con sentido práctico, aunque en ese mismo momento pensaba que la voz de la señorita Shirley siempre lo hacía pensar en la primavera. -Podría ser una horrible maestra ciruela, Lewis, y decirte que no lleva a ningún lado... que se queda aquí mismo. Pero no lo haré. ¿A quién le importa adónde lleva o hacia adónde va? Al fin del mundo y vuelta, tal vez. Recuerda lo que dice Emerson: "Ay, qué debo hacer con el tiempo". Ese será nuestro lema de hoy. Supongo que el universo seguirá su curso, si lo dejamos en paz por un rato. Mira esas sombras de nubes... y esa tranquilidad de valles verdes... y esa casa con un manzano en cada una de las esquinas. Imagínala en primavera. Éste es uno de los días en que las personas se sienten vivas y cada viento del mundo es un hermano. Me alegra que haya tantos helechos aromáticos a lo largo del camino, con brillantes telarañas encima. Me recuerda los días cuando fingía... o creía... realmente pienso que lo creía... que las telarañas relucientes eran los manteles de las hadas. Encontraron un manantial a la vera del camino, en una hondonada dorada, y se sentaron sobre un musgo que parecía hecho de diminutos helechos, a beber de un tazón que Lewis hizo con corteza de abedul. -No se conoce la verdadera emoción de beber hasta que se está seco de sed y se encuentra agua. Aquel verano que trabajé en el Oeste, en las vías de ferrocarril que estaban construyendo, me perdí en el campo un día de mucho calor y vagué durante horas. Creí que moriría de sed y de pronto llegué a la choza de un colono y encontré un manantial como éste entre unos sauces. ¡Cómo bebí! Desde entonces, me ha sido más fácil comprender la Biblia y su amor por las aguas buenas. -Vamos a recibir agua de otro lado -dijo Anne, nerviosa-. Está por caer un chaparrón y... Lewis, me encantan los chaparrones, pero tengo puesto mi mejor sombrero y mi segundo mejor vestido. Y no hay una casa a menos de un kilómetro de distancia. -Hay una vieja fragua de herrero abandonada, por allí -respondió Lewis-, pero tendremos que correr. Corrieron y desde el refugio disfrutaron del chaparrón como habían disfrutado de todo lo demás en esa tarde gitana y despreocupada. Un silencio velado había caído sobre el mundo. Las brisas que habían susurrado y revoloteado con tantos aires de importancia por el camino Dawlish, habían plegado sus alas y se habían quedado calladas e inmóviles. Ni una hoja se movía, ni una sombra se agitaba. Las hojas de los arces, en la curva del camino, mostraban el lado del revés, haciendo que los árboles parecieran pálidos de miedo. Una enorme sombra fresca parecía tragárselos como una ola verde... la nube los había alcanzado. Llegó la lluvia, con un remolino de viento. El chaparrón repiqueteó sobre las hojas, bailó por el humeante camino rojo y golpeó alegremente el techo de la vieja fragua. -Si dura mucho... -dijo Lewis. Pero no duró. Así como llegó, pasó, y el sol brilló otra vez sobre los árboles mojados, relucientes. Aparecieron resplandecientes trozos de cielo azul entre las desgarradas nubes blancas. En la lontananza podían ver una colina todavía borrosa de lluvia, pero debajo de ellos, la hondonada del valle parecía rebosar de niebla color durazno. Los bosques de los alrededores tenían un brillo primaveral; un pájaro comenzó a cantar sobre el gran arce cercano a la fragua, como si realmente creyera que era primavera, tan fresco y dulce parecía el mundo de pronto. -Exploremos esto -dijo Anne, cuando reanudaron la caminata. Se detuvieron ante una senda secundaria que corría entre dos antiguas cercas tapadas por arbustos. -No creo que viva nadie por allí -vaciló Lewis-. Debe de ser solamente una senda que lleva al puerto. -No importa. Recorrámosla. Siempre tuve debilidad por los caminos secundarios... algo que se desvía del recorrido habitual, perdido, verde y solitario. Huele la hierba mojada, Lewis. Además, mis huesos me dicen que hay una casa por allí, una casa especial... y muy "fotografiable". Los huesos de Anne no la engañaban. Pronto llegaron a una casa... digna de ser fotografiada, además. Era una casa pintoresca, antigua, de aleros bajos, con ventanas cuadradas de vidrios pequeños. Grandes sauces extendían brazos patriarcales sobre ella, y una aparente selva de arbustos y plantas perennes se apretujaba a su alrededor. Estaba oscurecida por el tiempo y destartalada, pero los grandes graneros detrás de ella eran prolijos y de aspecto próspero, modernos en todos los aspectos. -He oído decir, señorita Shirley, que cuando los establos de un hombre son mejores que su casa, es signo de que las entradas superan los gastos -comentó Lewis, mientras avanzaban por el sendero lleno de pozos y cubierto de hierba. -Diría que es señal de que piensa más en sus caballos que en su familia -rió Anne-. No creo que consigamos una suscripción aquí, pero es la casa que más puede acercarse al premio. El tono grisáceo no quedará mal en una fotografía. -Este camino no parece ser recorrido por mucha gente -comentó Lewis-. Es evidente que la gente que vive aquí no es muy sociable. Temo que ni siquiera sabrán lo que es un Club de Arte Dramático. En fin, me aseguraré la fotografía antes de que despertemos a estas personas de su madriguera. La casa parecía desierta, pero una vez que hubieron tomado la fotografía, abrieron un portoncito blanco, cruzaron el jardín y golpearon a una descolorida puerta posterior azul; era evidente que la principal era como la de Álamos Ventosos, más para adorno que para otra cosa, si podía decirse que una puerta oculta por la hiedra pudiera ser de adorno. Esperaban al menos la cortesía con la que se habían encontrado hasta ahora, estuviera o no respaldada por la generosidad. En consecuencia, quedaron muy sorprendidos cuando se abrió la puerta y en el umbral apareció, no la sonriente esposa del granjero o la hija a las que habían esperado ver, sino un hombre alto, fornido, de unos cincuenta años, con pelo rizado y cejas hirsutas, que les preguntó sin rodeos: -¿Qué quieren? -Vinimos a ver si podíamos interesarlo en nuestro Club de Arte Dramático de la Escuela Secundaria... -comenzó a decir Anne en tono vacilante. Pero el hombre le ahorró posteriores esfuerzos. -Nunca lo oí nombrar. Ni quiero tener nada que ver con él -fue la interrupción lisa y llana, y la puerta se les cerró en las narices. -Me da la impresión de que nos han rechazado - bromeó Anne mientras se alejaban. -Un caballero agradable y amistoso, sin duda - sonrió Lewis-. Pobre esposa, si es que la tiene. -No creo que la tenga, pues lo hubiera civilizado un poco -dijo Anne, tratando de recuperar la compostura-. Ojalá tuviera que lidiar con Rebecca Dew. Pero sacamos la fotografía y presiento que obtendrá el premio. ¡Diantre! Me entró una piedrecilla en el zapato; voy a sentarme en el dique de piedra de nuestro caballero, con su permiso o sin él, para quitármela. -Por suerte estamos fuera de vista de la casa -dijo Lewis. Anne acababa de volverse a atar el cordón cuando oyeron un ruido en la jungla de arbustos a la derecha. Apareció un niñito de unos ocho años, que se quedó observándolos con timidez; entre sus manos regordetas, sostenía con fuerza un pastel de manzana. Era un niño bonito, con brillantes rizos oscuros, grandes y confiados ojos castaños y facciones delicadamente modeladas. Tenía un aire refinado, a pesar del hecho de que tenía la cabeza descubierta y vestía una gastada camisa de algodón azul y un par de deshilachados pantalones hasta las rodillas. Parecía un principito disfrazado. Detrás de él, había un gran perro negro de Newfoundland, cuya cabeza llegaba casi al hombro del muchachito. -Hola, hijito -lo saludó Lewis-. ¿De dónde has salido? El niño se acercó, sonriendo, y extendió la mano con el pastel. -Esto es para ustedes -dijo tímidamente-. Papá lo hizo para mí, pero prefiero dárselo a ustedes. Tengo alimentos de sobra. Lewis, sin demasiado tino, se disponía a rechazar el pastel del niño, cuando recibió un codazo de Anne. Captando la insinuación, lo aceptó solemnemente y se lo entregó a Anne, que con la misma solemnidad, lo partió en dos y le dio la mitad. Sabían que debían comerlo y dudaban penosamente de las habilidades culinarias de "papá", pero el primer bocado los tranquilizó. Papá podía no ser muy amable, pero sabía hacer pasteles, por cierto. -Está delicioso -dijo Anne-. ¿Cómo te llamas, tesoro? -Teddy Armstrong -respondió el pequeño benefactor-. Pero papá siempre me llama Muchachito. Soy lo único que tiene, saben. Papá me quiere mucho y yo lo quiero mucho a él. Sé que piensan que mi papá es muy descortés porque les cerró la puerta en la cara, pero no fue su intención ofenderlos. Oí que pedían algo para comer. "No, pero no importa", pensó Anne. "Estaba en el jardín, detrás de las plantas, así que pensé en traerles mi pastel porque siempre siento mucha pena por los pobres que no tienen suficiente comida. Mi papá es un excelente cocinero. Tendrían que ver los budines de arroz que prepara. -¿Con pasas de uva? -preguntó Lewis, con ojos chispeantes. -Muchísimas. Mi papá no es malo. -¿No tienes mamá, tesoro? -preguntó Anne. -No. Mi mamá murió. La señora Merrill una vez me dijo que se había ido al cielo, pero mi papá dice que ese lugar no existe, y él sabe de esas cosas. Mi papá es muy sabio. Ha leído miles de libros. Cuando sea grande, seré exactamente igual a él... pero le daré comida a la gente cuando me pidan. A mi papá no le gusta demasiado la gente, saben, pero es muy bueno conmigo. -¿Vas a la escuela? -quiso saber Lewis. -No. Mi papá me da lecciones en casa. Pero los fideicomisarios le dijeron que el próximo año tendré que ir. Me gustaría ir a la escuela y jugar con otros niños. Claro, tengo a Carlo, y papá es estupendo para los juegos cuando tiene tiempo. Mi papá es un hombre muy ocupado, saben. Tiene que manejar la granja y mantener limpia la casa. Por eso no le gusta que venga gente... Cuando sea grande, podré ayudarlo mucho y entonces tendrá más tiempo para ser amable con las personas. -Ese pastel estaba delicioso, Muchachito -le dijo Lewis, tragando la última miga. Los ojos del Muchachito brillaron. -Me alegro tanto de que les haya gustado -dijo. -¿Te gustaría que te tomásemos una fotografía? - preguntó Anne, sintiendo que no sería correcto ofrecer dinero a esa almita generosa-. Si quieres, Lewis puede tomártela. -¡Pues claro! -exclamó el Muchachito, encantado-. ¿Con Carlo, también? -Desde luego, con Carlo también. Anne los hizo posar delante de unos arbustos; el niño tenía un brazo alrededor del cuello de su peludo compañero; ambos parecían muy contentos. Lewis tomó la fotografía con la última placa. -Si sale bien, te la enviaré por correo -prometió-. ¿Qué dirección tendré que poner? -Teddy Armstrong, a cuidado del señor James Armstrong, Glencove Road -dijo el Muchachito-. ¡Qué divertido será recibir algo por el correo! Me siento muy orgulloso. No le diré nada a papá y le daré una estupenda sorpresa. -De acuerdo. Recibirás el paquete dentro de dos o tres semanas -dijo Lewis, mientras se despedían. Anne se inclinó de pronto y besó la carita bronceada. Había algo en él que le tironeaba el corazón. Era tan dulce, tan valiente... ¡tan desamparado sin su madre! Se volvieron para mirarlo antes de tomar una curva y lo vieron de pie sobre el dique, junto al perro, saludándolos con la mano. Como era de esperar, Rebecca Dew estaba enterada de todo lo referente a los Armstrong. -James Armstrong nunca se recuperó de la muerte de su esposa, hace cinco años -le contó a Anne-. No era tan hosco antes de eso, aunque sí algo ermitaño. Es su naturaleza. Vivía dedicado a su esposa; ella era veinte años menor que él. Su muerte fue un golpe terrible, al parecer. Se convirtió en un hombre amargado y malhumorado. No quiso ni siquiera buscar un ama de llaves... cuidaba él solo de la casa y del niño. Vivió solo durante años antes de casarse, de manera que tenía experiencia. -Pero no es vida para el niño -acotó la tía Chatty-. El padre nunca lo lleva a la iglesia ni a ninguna parte para que vea gente. -Adora al chico, según dicen -dijo la tía Kate. -"No antepondrás ningún otro dios a mí" -citó Rebecca Dew repentinamente.
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