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3 Pasaron casi tres semanas antes que Lewis tuviera tiempo de revelar las fotografías. El primer domingo que fue a cenar a Álamos Ventosos, las llevó consigo. Tanto la casa como el Muchachito habían salido espléndidamente. El Muchachito sonreía desde la fotografía "tan real como la vida" según Rebecca Dew. -¡Pero mira, se parece mucho a ti, Lewis! -exclamó Anne. -Sí, es cierto -asintió Rebecca Dew, escudriñando la fotografía con aire juicioso-. En cuanto la vi, me hizo pensar en alguien, pero no podía decir quién. -Los ojos... la frente... la expresión... son los tuyos, Lewis -declaró Anne. -Cuesta creer que haya sido un muchacho tan bonito -dijo Lewis, encogiéndose de hombros-. Tengo una fotografía mía en alguna parte, tomada cuando tenía ocho años. La buscaré y las compararé. Le daría risa verla, señorita Shirley. Estoy muy serio, con rizos largos y cuello de encaje, tieso como una vara. Supongo que debo de tener la cabeza apretada dentro de uno de esos aparatos con tres garras que solían usar. Si el niño de esta fotografía se parece a mí, debe de ser solamente una coincidencia. El muchachito no puede ser pariente mío. No tengo parientes en la Isla... ahora. -¿Dónde naciste? -quiso saber la tía Kate. -En New Brunswick. Mi padre y mi madre murieron cuando tenía diez años, y vine aquí a vivir con una prima de mi madre... yo la llamaba tía Ida. Murió, también, hace tres años. -Jim Armstrong vino de New Brunswick -dijo Rebecca Dew-. No es un verdadero isleño... de serlo, no tendría ese carácter espantoso. Tenemos nuestras peculiaridades, pero somos civilizados. -No sé si me gustaría descubrir un parentesco con el amable señor Armstrong -rió Lewis, mientras atacaba las tostadas con canela de la tía Chatty-. De todos modos, creo que cuando tenga la fotografía terminada y montada la llevaré yo mismo a Glencove Road e investigaré un poco. Tal vez sea un primo lejano, o algo así. En realidad, no sé nada de la familia de mi madre, si es que tiene parientes con vida. Siempre tuve la impresión de que no tenía. De mi padre, estoy seguro de que no quedan familiares. -Si llevas la fotografía tú mismo, ¿no se desilusionará el Muchachito por no tener la emoción de recibirla por correo? -dijo Anne. -Lo compensaré enviándole alguna otra cosa. La tarde del sábado siguiente, Lewis apareció por la Calle del Fantasma conduciendo un carro anticuado, tirado por una yegua todavía más añeja. -Voy a Glencove a llevarle la fotografía al pequeño Teddy Armstrong, señorita Shirley. Si mi elegante carruaje no le provoca un paro cardíaco, me gustaría que viniera, también. Creo que no perderemos ninguna rueda. -¿De dónde sacaste esa reliquia, Lewis? -quiso saber Rebecca Dew. -No se burle de mi gallardo corcel, señorita Dew. Tenga un poco de respeto por la edad. El señor Bender me prestó carro y caballo con la condición de que le hiciera una diligencia por el camino Dawlish. Hoy no tenía tiempo de caminar hasta Glencove y volver. ¡Tiempo! -exclamó Rebecca Dew-. ¡Podrías llegar allí y volver más rápido que esa yegua! -¿Y traerle una bolsa de papas al señor Bender? ¡Qué maravilla de mujer! Las mejillas rubicundas de Rebecca Dew se sonrojaron aún más. -No está bien burlarse de los mayores -replicó, altanera. Luego, se ablandó: -Te vendrían bien unas rosquillas, antes de salir? La yegua tordilla, sin embargo, desarrolló sorprendentes poderes de locomoción cuando tomaron el camino. Anne reía para sus adentros mientras trotaban hacia Glencove. ¿Qué dirían la señora Gardiner o la tía Jamesina si la vieran ahora? Pues no le importaba. Era un magnífico día para un paseo por esa tierra que celebraba el ritual del otoño, y Lewis era un buen compañero. El muchacho alcanzaría sus objetivos. Ningún otro conocido suyo, pensó Anne, se atrevería a invitarla a pasear en el carro de Bender detrás de la yegua de Bender. Pero a Lewis en ningún momento se le ocurrió que podía tener algo de particular. ¿Qué diferencia había en el modo de viajar siempre y cuando se llegara a destino? Cualquiera fuera el vehículo utilizado, las colinas no dejaban de ser azules, los caminos, rojos, y los arces, bellísimos. Lewis era un filósofo y se preocupaba tan poco por lo que pudiera decir la gente, como cuando algunos de los alumnos de la secundaria le decían "mujercita" porque hacía las tareas domésticas de la pensión. Algún día, la risa estaría del otro lado. Sus bolsillos podían estar vacíos, pero su cabeza no, por cierto. Mientras tanto, la tarde era un idilio y verían otra vez al Muchachito. Le contaron al cuñado del señor Bender adónde se dirigían, cuando éste cargó la bolsa de papas en la parte posterior del carro. -¿Estás diciéndome que tienes una fotografía del pequeño Teddy Armstrong? -exclamó el señor Merrill. -Sí, y muy buena, además. -Lewis la desenvolvió y se la mostró con orgullo. -Ni un fotógrafo profesional hubiera podido tomar una mejor. El señor Merrill se palmeó una pierna con fuerza. -Vaya, es increíble. El pequeño Teddy Armstrong ha muerto... -¡Muerto! -exclamó Anne, horrorizada-. Ay, señor Merrill... no... no me diga eso... ese niñito adorable... -Lo siento, señorita, pero es un hecho. Y su padre está enloquecido y se siente todavía peor porque no tiene ninguna fotografía ni retrato de él. ¡Y ahora aparecen ustedes con una! Vaya... -Parece imposible... -dijo Anne, con los ojos llenos de lágrimas. Estaba viendo a la pequeña figura saludando desde el dique. -Lamento decir que es verdad. Murió hace casi tres semanas. Neumonía. Sufrió mucho, pero dicen que se mostró paciente y valeroso como el que más. No sé qué será de Jim Armstrong, ahora. Tengo entendido que parece haber perdido la razón... anda de un lado a otro, murmurando para sí. "Si sólo tuviera una fotografía de mi Muchachito", no deja de decir. -Ese hombre me da pena -dijo la señora Merrill de pronto. No había hablado hasta el momento; estaba de pie junto a su marido, una mujer demacrada, fornida, con un delantal por encima del viejo vestido. -Está en buena situación económica y siempre me pareció que nos miraba con desdén porque éramos pobres. Pero tenemos a nuestro hijo... y no importa lo pobre que se es, siempre y cuando se tenga alguien a quien amar. Anne la miró con nuevo respeto. La señora Merrill no era atractiva, pero cuando sus hundidos ojos grises se toparon con los de Anne, ambas reconocieron cierta afinidad entre ellas. Anne nunca la había visto antes, ni la volvería a ver, pero siempre la recordaría como una mujer que había descubierto el secreto último de la vida. Nunca se era pobre mientras se tuviera alguien a quien amar. El día dorado quedó arruinado para Anne. De algún modo, el Muchachito le había conquistado el corazón en aquel breve encuentro. Lewis y ella se dirigieron en silencio a Glencove Road y luego recorrieron el sendero cubierto de hierba. Carlo estaba tendido sobre las piedras, delante de la puerta azul. Se levantó y se acercó a ellos mientras descendían del carro; lamió la mano de Anne y la miró con ojos tristes, como pidiéndole noticias de su compañerito de juegos. La puerta estaba abierta; en la habitación en penumbra, vieron a un hombre con la cabeza inclinada sobre la mesa. Cuando Anne golpeó, el hombre se levantó y fue hacia la puerta. Ella se horrorizó al ver lo cambiado que estaba. Tenía las mejillas hundidas, estaba macilento y sin afeitar; los ojos hundidos ardían con un fuego enfermizo. Anne esperaba que los rechazara, pero él pareció reconocerla, pues dijo, en voz apagada: -Volvió, ¿eh? El Muchachito me contó que le habló y lo besó. Usted le cayó bien. Lamenté haberlos recibido tan mal aquel día. ¿Qué desean? -Queremos mostrarle algo -dijo Anne con suavidad. -¿Quieren pasar y sentarse? -preguntó, sombrío. Sin decir una palabra, Lewis sacó la fotografía del Muchachito de su envoltorio y se la alcanzó. Él se la arrebató de la mano, la devoró con la mirada y luego se dejó caer en la silla y estalló en llanto y sollozos. Anne nunca había visto llorar así a un hombre. Lewis y ella permanecieron en piadoso silencio hasta que él recuperó la compostura. "No saben lo que significa esto para mí -pudo decir por fin-. No tenía fotografías de él. Y no soy como otras personas... no recuerdo las caras... no puedo ver las caras en la mente, como otra gente. Ha sido terrible para mí no poder recordar el aspecto del Muchachito. Y ahora me han traído esto, después que fui tan grosero con ustedes. Siéntense... siéntense. Ojalá pudiera expresar mi gratitud de alguna forma. Creo que me han salvado la razón... y hasta la vida. Ay, señorita, ¿no está igual a como era? Si hasta parece que fuera a hablar. ¡Mi Muchachito querido! ¿Cómo podré vivir sin él? Ya no tengo motivos para vivir. Primero su madre... ahora él." -Era un niño adorable -dijo Anne con ternura. -Sí, lo era. El pequeño Teddy... Theodore, lo llamó su madre... dijo que era su "regalo de Dios". Y tuvo tanta paciencia, en ningún momento se quejó. En una oportunidad, me sonrió y dijo: "Papi, creo que te has equivocado en algo... solamente en una cosa. ¿Hay un cielo, no es así, papi?" Y le dije que sí, que el cielo existía. Que Dios me perdone por haber tratado de enseñarle otra cosa. Me sonrió de nuevo, contento, y dijo: "Papi, iré allí y estarán mamá y Dios, de manera que me las arreglaré muy bien. Pero me preocupas tú. Estarás tan solo sin mí. Pero haz lo mejor que puedas y sé amable con la gente, y con el tiempo te reunirás con nosotros". Me hizo prometer que lo intentaría, pero cuando se fue no pude soportarlo. Me hubiera vuelto loco, si no me hubiesen traído esto. Ahora ya no será tan duro. Habló de su Muchachito durante un tiempo, como si encontrara alivio y placer al hacerlo. Parecía haberse deshecho de su reserva y frialdad como de una prenda. Finalmente, Lewis extrajo la pequeña y descolorida fotografía de sí mismo, y se la mostró. -¿Le resulta parecido a alguien, señor Armstrong? -preguntó Anne. El señor Armstrong la escudriñó, desconcertado. -Al Muchachito, por todos los cielos -dijo por fin-. ¿Quién podría ser? -Yo, cuando tenía siete años -dijo Lewis-. Fue por el curioso parecido con Teddy por lo que la señorita Shirley me hizo traerla para mostrársela a usted. Pensé que tal vez usted y yo, o el Muchachito y yo pudiéramos ser parientes lejanos. Mi nombre es Lewis Allen; mi padre era George Allen. Nací en New Brunswick. James Armstrong sacudió la cabeza. Luego dijo: -¿Cómo se llamaba tu madre? -Mary Gardiner. James Armstrong se quedó mirándolo en silencio. -Era mi medio hermana -dijo, por fin-. Casi no la conocí... la vi solamente una vez. Me crié en la casa de un tío después de la muerte de mi padre. Mi madre volvió a casarse y se fue lejos. Una vez vino a verme y trajo a su hijita. Ella murió poco tiempo después y nunca volví a ver a mi hermanastra. Cuando vine a vivir a la isla, le perdí el rastro por completo. Eres mi sobrino y primo del Muchachito. Ésta era una noticia sorprendente para un joven que se había creído solo en el mundo. Lewis y Anne pasaron toda la tarde con el señor Armstrong y descubrieron que era un hombre inteligente y culto. A ambos les resultaba agradable. La frialdad con que los había recibido la primera vez quedó olvidada, y ahora pudieron ver el verdadero valor de la personalidad que se ocultaba bajo el caparazón de rudeza. -El Muchachito no lo habría querido tanto, si no hubiese sido así -dijo Anne a Lewis cuando volvían a Álamos Ventosos al anochecer. A la semana siguiente, cuando Lewis Allen fue a visitar a su tío, éste le dijo: -Muchacho, ven a vivir conmigo. Eres mi sobrino y puedo ocuparme de ti... como lo habría hecho con el Muchachito. Estás solo en el mundo, como yo. Te necesito. Volveré a ponerme resentido y agrio, si me quedo aquí solo. Quiero que me ayudes a cumplir la promesa que le hice a mi Muchachito. Su lugar ha quedado vacío. Ven y llénalo. -Gracias, tío. Lo intentaré -dijo Lewis, estrechándole la mano. -Y trae a esa maestra tuya de tanto en tanto. Me gusta esa chica. Al Muchachito le agradaba. "Papi", me dijo, "siempre creí que no me gustaría que nadie me bese, salvo tú, pero me gustó que ella lo hiciera. Había algo en sus ojos, papi."
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