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4 -El viejo termómetro del porche marca cero, y el nuevo que está junto a la puerta lateral marca diez sobre cero -comentó Anne, una fría noche de diciembre-. Así que no sé si llevar o no el manguito. -Mejor guíese por el termómetro viejo -sugirió Rebecca Dew con cautela-. Debe de estar más acostumbrado a nuestro clima. ¿Adónde piensa ir con este frío, de todos modos? -A Temple Street, a invitar a Katherine Brooke a pasar las vacaciones de Navidad conmigo, en Tejados Verdes. -Se arruinará las vacaciones, entonces -declaró Rebecca Dew en tono solemne-. Ésa sí que trataría mal hasta a los ángeles... es decir, si se dignara a entrar en el cielo. Y lo peor es que está orgullosa de sus malos modales... ¡cree que demuestran su fortaleza de mente, sin duda! -Mi cerebro está totalmente de acuerdo con usted, pero mi corazón, no -dijo Anne-. Siento que, a pesar de todo, Katherine Brooke no es más que una muchacha tímida y triste debajo de ese caparazón desagradable. No llego a nada con ella en Summerside, pero si puedo hacerla ir a Tejados Verdes, creo que el hielo se derretirá. -No lo logrará. Ella no irá -predijo Rebecca Dew-. Es probable que considere ofensiva la invitación... creerá que le ofrece caridad. Nosotras la invitamos aquí una vez a la cena de Navidad... el año antes de que usted llegara... ¿recuerda, señora MacComber? Fue el año que nos regalaron dos pavos y no sabíamos cómo hacer para comerlos..., y lo único que dijo fue: "No, gracias. Si hay algo que detesto, es la palabra Navidad." -¡Pero eso es terrible! ¡Odiar la Navidad! ¡Hay que hacer algo, Rebecca Dew! Voy a invitarla, y algo me dice que aceptará. -No sé por qué -declaró Rebecca Dew de mala gana-, cuando usted dice que algo sucederá, una cree que así será. ¿No es vidente, verdad? La madre del capitán MacComber tenía el don de la videncia. Me daba escalofríos. -No creo que tenga nada que pueda darle escalofríos. Es sólo que... hace tiempo que tengo la sensación de que Katherine Brooke está casi enloquecida de soledad bajo esa capa externa de amargura, y mi invitación llegará en el momento psicológico justo, Rebecca Dew. -No soy bachiller en Arte -dijo Rebecca con impresionante humildad- y no le niego el derecho de utilizar palabras que no siempre entiendo. Tampoco niego que hace lo que quiere con la gente. Mire cómo conquistó a los Pringle. Pero sí digo que la compadezco, si se lleva a esa mezcla de témpano y rallador a su casa para Navidad. Mientras caminaba hacia Temple Street, Anne no sentía tanta confianza como fingía. Katherine Brooke realmente había estado insoportable últimamente. Una y otra vez, Anne, desairada, había dicho con furia, como el cuervo de Poe: "Nunca más". El día anterior, Katherine, en una reunión de maestros, había estado decididamente ofensiva. Pero en un momento en que bajó la guardia, Anne había visto algo en los ojos de la muchacha... algo intenso, desesperado, algo de criatura enjaulada enloquecida de disconformidad. Anne pasó la primera mitad de la noche tratando de decidir si debía o no invitar a Katherine Brooke a Tejados Verdes. Terminó por dormirse con la decisión tomada de modo irrevocable. La casera de Katherine hizo pasar a Anne a la salita y encogió los hombros carnosos cuando ella preguntó por la señorita Brooke. -Le diré que está aquí, pero no sé si bajará. Está de mal humor. Le dije durante la cena que la señora Rawlins dice que es un escándalo la forma en que se viste, como maestra de la escuela secundaria. Lo tomó muy mal, como de costumbre. -Pienso que no debería haberle dicho eso a la señorita Brooke -la reprochó Anne. -Pues me pareció que debería saberlo -replicó la señora Dennis con un dejo de malicia. -¿También le pareció que debería saber que el inspector dijo que era una de las mejores maestras del distrito? -preguntó Anne-. ¿O acaso no lo sabía? -Sí, lo oí. Pero ya es lo bastante orgullosa como para empeorarla. Con la palabra "orgullosa" no alcanza, aunque de qué está orgullosa, no sé. Además, ya se había enojado cuando le dije que no podía tener un perro. Se le metió la idea en la cabeza de que quería un perro. Dijo que le pagaría la comida y se encargaría de que no molestara. ¿Pero qué haría yo con el perro, mientras ella está en la escuela? Me puse firme. "No acepto perros en la pensión", dije. -Ay, señora Dennis, ¿por qué no le permite tenerlo? No sería tanta molestia para usted. Podría ponerlo en el sótano mientras ella no está. Y un perro le serviría de protección para la noche. Dígale que sí, señora Dennis, por favor. Siempre había algo en los ojos de Anne Shirley, cuando decía "por favor", que a la gente le resultaba difícil de resistir. La señora Dennis, a pesar de los hombros regordetes y la lengua maliciosa, no era mala, en el fondo. Katherine Brooke la sacaba de quicio, a veces, con sus modales altaneros. -No sé por qué tendría que preocuparle tanto a usted que tenga o no un perro. No sabía que fuesen tan amigas. Ella no tiene amigos. Nunca tuve una pensionista tan poco sociable. -Creo que por eso quiere un perro, señora Dennis. Ninguno de nosotros puede vivir sin compañía. -Pues es el primer rasgo humano que le he notado -afirmó la señora Dennis-. No sé si tengo objeciones terribles en cuanto a un perro, pero me fastidió la forma en que me lo preguntó: "Supongo que diría que no, si le pidiera permiso para tener un perro, señora Dennis", me dijo, muy altiva. ¡Ajá! "Pues supone muy bien", le respondí, tan altiva como ella. No me gusta echarme atrás, como a nadie, pero si quiere, dígale que puede tener un perro, si me garantiza que no hará sus necesidades en la sala. Anne pensó que la sala no desmejoraría demasiado si el perro ensuciaba allí. Echó una mirada a las sucias cortinas de encaje y a las horribles rosas violetas de la alfombra, y se estremeció. "Compadezco a cualquiera que tenga que pasar Navidad en una pensión como ésta", pensó. "No me extraña que Katherine deteste la palabra Navidad. Me gustaría ventilar bien este lugar... huele a cientos de cenas. ¿Por qué Katherine sigue hospedándose aquí, si tiene un buen sueldo?" -Dice que puede subir -fue el mensaje que trajo de vuelta la señora Dennis, pues la señorita Brooke había sido fiel a sí misma. La escalera empinada y estrecha era repelente. Rechazaba a las personas. Nadie la subiría, si no fuese absolutamente necesario. El linóleo del corredor estaba gastado y roto. El diminuto dormitorio de atrás, donde Anne se encontró al cabo de unos minutos, era aún más lúgubre que la sala. Estaba iluminado por una única lámpara de gas, sin pantalla. Había una cama de hierro hundida en el medio y una ventanita estrecha, con cortinas mezquinas, que daba a un jardín trasero sembrado de latas. Pero más allá, se veía un cielo maravilloso y una hilera de álamos delineados contra las colinas distantes, violetas. -Ay, señorita Brooke, mire esa puesta de Sol -exclamó Anne, extasiada, desde la desvencijada mecedora sin almohadón donde Katherine le había dicho que se sentara. -He visto muchas puestas de Sol -dijo esta última con frialdad, sin moverse de su lugar. "Haciéndose la condescendiente conmigo", pensó amargamente. -Pero no ha visto ésta. No hay dos que sean iguales. Siéntese aquí y dejemos que nos penetre el alma - dijo Anne, mientras pensaba: "¿Alguna vez dirá algo agradable?" -No sea ridícula, por favor. ¡Nada más ofensivo! Y dicho en tono de desdén, además. Anne dejó de contemplar la puesta de Sol y miró a Katherine; sentía deseos de levantarse e irse. Pero había algo raro en los ojos de Katherine. ¿Habría estado llorando? Imposible. No se podía imaginar a Katherine Brooke llorando. -No me hace sentir muy bienvenida -dijo Anne, despacio. -No sé fingir... no tengo su notable don de hacerse la reina y decir a cada uno la palabra adecuada. No es bienvenida. ¿Cómo se puede dar la bienvenida a alguien en una habitación como ésta? Katherine hizo un gesto de desprecio que abarcaba las despintadas paredes, las sillas viejas y la cómoda destartalada con la carpeta de muselina arrugada. -No es una habitación bonita pero, ¿por qué se queda aquí si no le gusta? -¿Por qué? Usted no lo entendería. No tiene importancia. No me importa lo que pueda pensar. ¿Qué la trajo por aquí? Supongo que no habrá venido a contemplar el crepúsculo. -Vine a invitarla a pasar las vacaciones de Navidad en Tejados Verdes, conmigo. "Ahora", pensó Anne, "otra bocanada de sarcasmo. ¿Por qué no se sienta, al menos? Se queda allí parada, como esperando a que me vaya." Pero hubo silencio durante un momento. Luego, Katherine dijo lentamente: -¿Por qué me invita? No es porque yo le agrade; ni siquiera usted podría fingir eso. -Porque no puedo soportar la idea de que un ser humano pase la Navidad en un sitio como éste -respondió Anne con franqueza. Entonces llegó el sarcasmo. -Ah, comprendo. Un arrebato de caridad navideña. No soy candidata para eso todavía, señorita Shirley. Anne se levantó. Había perdido la paciencia con esta criatura extraña y distante. Atravesó la habitación y miró a Katherine a los ojos. -Katherine Brooke, no sé si lo sabe, pero lo que usted necesita es una buena paliza. Se quedaron mirándose un instante. -Debe de haber sido un alivio para usted decirme eso -dijo Katherine. Pero ya no había sarcasmo en su voz. Hasta un atisbo de sonrisa le curvaba la boca. -Lo es -declaró Anne-. Hace tiempo que quería decírselo. No la invité a Tejados Verdes por caridad... lo sabe perfectamente bien. Le dije mi verdadero motivo. Nadie tendría que pasar la Navidad aquí... la sola idea resulta indecente. -Me invitó nada más que porque me tiene lástima. -Sí, le tengo lástima. Porque ha dejado afuera la vida y ahora la vida la está dejando afuera a usted. Basta, Katherine. Abra sus puertas a la vida... y la vida entrará. -La versión Anne Shirley del trillado dicho: "Si acercas una cara sonriente al espejo, encontrarás una sonrisa" -dijo Katherine, encogiéndose de hombros. -Como todos los dichos trillados, es absolutamente cierto. Bien, ¿viene a Tejados Verdes o no? -¿Qué diría si aceptase... para sus adentros, no en voz alta? -Diría que muestra el primer atisbo de sentido común que detecté en usted hasta el momento -replicó Anne. Ante la sorpresa de Anne, Katherine rió. Caminó hasta la ventana, dirigió una mirada torva al rayo carmesí que era lo único que quedaba de la desairada puesta de Sol, y luego se volvió. -Muy bien... iré. Ahora puede decirme que está encantada y que nos divertiremos mucho. -Estoy encantada, sí. Pero no sé si usted se divertirá o no. Dependerá de usted, señorita Brooke. -Me comportaré como es debido, no tema. Se sorprenderá. Podré no ser una invitada alegre, pero prometo no comer con el cuchillo ni ofender a la gente cuando me digan que es un lindo día. Seré franca con usted: el único motivo por el que voy es porque ni siquiera yo soporto la idea de pasar las fiestas aquí, sola. La señora Dennis se irá a Charlottetown a pasarlas con su hija. Me aburre pensar en prepararme la comida. Soy una pésima cocinera. Ahí tiene el triunfo de la materia sobre la mente. Pero, ¿me dará su palabra de honor de que no me deseará una feliz Navidad? Sencillamente, no quiero sentirme feliz en Navidad. -No lo haré. Pero no puedo ofrecer garantías por los mellizos. -No voy a pedirle que se siente aquí... se congelaría, pero veo que hay una bonita Luna en lugar de su puesta de Sol. La acompañaré hasta su casa y la ayudaré a admirarla, si quiere. -Sí, quiero -respondió Anne-, pero permítame dejar grabado en su mente que tenemos Lunas mucho mejores en Avonlea. -¿De modo que irá, eh? -dijo Rebecca Dew mientras llenaba la botella de agua caliente de Anne-. Bien, señorita Shirley, espero que nunca trate de convencerme de que me convierta en mahometana... porque temo que lo lograría. ¿Dónde está "ese gato"? De juerga por Summerside, con la temperatura en cero. -No, si le creemos al termómetro nuevo. Y Dusty Miller está acurrucado sobre la mecedora junto a la estufa, en mi cuarto, roncando, feliz. -Ah, bien, entonces -dijo Rebecca Dew. Se estremeció y cerró la puerta de la cocina. -Ojalá todos en el mundo estuvieran tan abrigados y protegidos como nosotras, esta noche.
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