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Capítulo VII

7

Álamos Ventosos,
5 de enero.
La calle
donde caminan
(o deberían caminar)
los
fantasmas

Mi estimado amigo:

Eso no es nada que haya escrito la abuela de la tía Chatty. Es algo que hubiera escrito, si se le hubiese ocurrido.

Mi propósito del Año Nuevo ha sido escribir cartas de amor sensatas. ¿Crees que algo así sea posible?

He dejado la querida Tejados Verdes, pero he vuelto a la querida Álamos Ventosos. Rebecca Dew me había encendido un fuego en la torre y me había calentado la cama con una bolsa de agua caliente.

Me alegra tanto que me guste Álamos Ventosos. Sería espantoso vivir en un sitio que no me agradara, que no me resultara amistoso, que no me dijera: "Me alegro de que hayas vuelto". Álamos ventosos me lo dice. Es un poco anticuada y mojigata, pero me quiere.

Y me alegré de ver a las tías Kate y Chatty y a Rebecca Dew. No puedo dejar de ver sus aspectos graciosos, pero con todo, las quiero mucho.

Ayer, Rebecca Dew me dijo algo muy lindo.

-La Calle del Fantasma ha sido un lugar diferente desde que usted llegó, señorita Shirley.

Me alegra que te haya caído bien Katherine, Gilbert. Estuvo sorprendentemente amable contigo. Es asombroso lo agradable que puede ser cuando se esfuerza. Y creo que ella está tan sorprendida corno cualquiera. No tenía idea de que pudiese ser tan fácil.

Va a ser tan diferente en la escuela tener una vicedirectora con la que realmente se puede trabajar. Se mudará de pensión y ya la he convencido de que se compre ese sombrero de terciopelo; no he perdido las esperanzas de convencerla de que cante en el coro.

Ayer vino el perro del señor Hamilton y persiguió a Dusty Miller.

-Esto sí que es el colmo -declaró Rebecca Dew.

Y con las mejillas más rojas que nunca y la espalda regordeta sacudiéndose de furia, tan apurada que se puso el sombrero al revés, avanzó calle arriba y le cantó cuatro frescas al señor Hamilton. Puedo imaginar perfectamente bien su cara bonachona, tonta, mientras escuchaba a Rebecca.

-No aprecio a "ese gato" -me dijo ella-, pero es nuestro y ningún perro Hamilton va a venir aquí a faltarle el respeto en su propio jardín.

-Pero sólo lo corrió para divertirse -explicó Jabez Hamilton.

-Pues la forma de divertirse de los Hamilton es distinta de la de los MacComber, de la de los MacLean o, si es por eso, de la de los Dew -rebatió ella.

-Vamos, vamos, debe de haber comido coles para el almuerzo, señorita Dew -dijo él.

-No -replicó Rebecca-, pero podría haberlo hecho. La señora del capitán MacComber no vendió todas sus coles el otoño pasado y no dejó sin ninguna a su familia porque el precio está alto. Aunque hay algunas personas que no pueden oír nada a causa del tintineo en sus bolsillos.

Y lo dejó masticando eso.

"¿Pero qué se puede esperar de un Hamilton? -me preguntó-. ¡Gentuza de la peor calaña!

Hay una estrella roja colgando sobre el Rey de las Tormentas. Ojalá estuvieras aquí para contemplarla conmigo. Si estuvieras, creo que sería más que un momento de estima y amistad.

12 de enero

La pequeña Elizabeth vino dos noches atrás para ver si podía explicarle qué clase de cosa eran las bulas papales y para contarme, con lágrimas en los ojos, que su maestra le había pedido que cantara en un concierto organizado por la escuela, pero que la señora Campbell dijo que no y no quiso oír hablar más del asunto. Cuando Elizabeth intentó insistir, la señora Campbell dijo:

-Hazme el favor de no contestarme, Elizabeth.

La pequeña Elizabeth lloró lágrimas amargas en la torre esa noche y aseguró que quedaría convertida en Lizzie para siempre. Ya nunca podría ser ningún otro de sus nombres.

-La semana pasada amaba a Dios, esta semana, no -dijo, desafiante.

Toda su clase iba a participar en el programa y ella se sentía como un "leopardo". Creo que la pobrecilla quiso decir un "leproso", y eso es horrible. La preciosa Elizabeth no debe sentirse así.

De manera que la tarde siguiente, me inventé algo que hacer en Siempreverde. La "mujer", que realmente parece antediluviana, me miró con frialdad y me hizo pasar a la salita, mientras iba en busca de la señora Campbell para informarle que yo había preguntado por ella.

Creo que ni ha entrado sol en esa sala desde que construyeron la casa. Había un piano, pero estoy segura de que nunca ha sido tocado. Contra la pared había sillas duras, tapizadas en brocado de seda... todos los muebles estaban contra la pared, salvo una mesa de mármol que ocupaba el centro; ninguna de las piezas parecía conocer a las demás.

Entró la señora Campbell. Nunca la había visto antes. Tiene una cara refinada, como esculpida, que podría haber sido de hombre, con ojos negros y cejas hirsutas bajo pelo muy blanco. No ha renunciado a todos los adornos corporales, puesto que llevaba grandes aros de ónix que le llegaban hasta los hombros. Se mostró penosamente cortés conmigo y yo implacablemente cortés con ella. Intercambiamos trivialidades acerca del tiempo por unos minutos, ambas, como dijo Tácito hace unos miles de años, "con expresiones ajustadas a la ocasión". Le dije, con veracidad, que había ido a ver si me prestaba las Memorias del reverendo James Wallace Campbell por un tiempo, puesto que tenía entendido que había bastante información sobre la historia de la isla, que yo quería utilizar en la escuela.

La señora Campbell se ablandó notablemente y llamó a Elizabeth para que subiera a su cuarto y trajera las Memorias. Pude ver que Elizabeth había estado llorando y la señora Campbell me explicó que se debía a que la maestra de la niña había enviado otra nota en la que le suplicaba que le permitieran cantar en el concierto, y que ella, la señora Campbell, había escrito una respuesta tajante que la pequeña Elizabeth tendría que llevar a la maestra a la mañana siguiente.

-No estoy de acuerdo con que niñas de la edad de Elizabeth canten en público -dijo la anciana-. Se vuelven descaradas y atrevidas.

¡Como si hubiera algo que pudiese volver descarada y atrevida a la pequeña Elizabeth!

-Pienso que quizá tenga razón, señora Campbell -dije en mi tono más condescendiente-. En cualquier caso, cantará Mabel Phillips, y me han dicho que tiene una voz tan maravillosa, que opacará a todos los demás. Sin duda, es mucho mejor que Elizabeth no compita con ella.

La expresión de la señora Campbell era un cuadro. Puede ser Campbell por afuera, pero por dentro es Pringle hasta la médula. No dijo nada, sin embargo, y yo reconocí el momento psicológico y callé. Le di las gracias por las Memorias  y me fui.

La tarde siguiente, cuando la pequeña Elizabeth vino hasta el portón a buscar la leche, su carita pálida resplandecía. Me contó que la señora Campbell le había dicho que podría cantar, después de todo, si se cuidaba bien de no volverse vanidosa.

¡Sucede que Rebecca Dew me había contado que los clanes Phillips y Campbell siempre han rivalizado en cuanto a quienes tienen las mejores voces!

Le regalé a Elizabeth un cuadrito para Navidad, para que lo colgara sobre su cama... un sendero en el bosque, moteado por el sol, que conduce colina arriba hacia una pintoresca casita entre unos árboles. La pequeña Elizabeth dice que ahora ya no tiene tanto miedo de irse a dormir a oscuras, porque en cuanto se acuesta, imagina que está caminando por el sendero hacia la casa, y que cuando entra, está toda iluminada y su padre la espera allí.

¡Pobre tesoro! ¡No puedo evitar detestar a ese padre suyo!

19 de enero

Anoche hubo un baile en casa de Carry Pringle. Katherine fue con un vestido de seda color rojo oscuro, con frunces a los costados, y el pelo. ¿Puedes creer que cuando entró, personas que la han conocido desde que vino a enseñar en Summeside se preguntaban mutuamente quién era? Pero en mi opinión, no era tanto el vestido ni el pelo lo que la volvía diferente, sino un cambio en ella misma.

Antes, cuando estaba con gente, su actitud parecía ser: "Estas personas me aburren. Yo debo de aburrirlos también. Mejor así". Pero anoche fue como si hubiera encendido velas en todas las ventanas de la casa de su vida.

Me ha costado mucho ganarme la amistad de Katherine. Pero nada que valga la pena se consigue con facilidad, y siempre pensé que ser amiga de ella valdría la pena.

La tía Chatty ha estado en cama por dos días, con resfrío y fiebre, y piensa que lo mejor será que venga a verla el médico mañana, por si acaso se le convierte en una neumonía. De modo que Rebecca Dew, con la cabeza envuelta en una toalla, ha estado limpiando la casa frenéticamente todo el día, para tenerla en perfecto orden antes de la posible visita del doctor. Ahora está en la cocina, planchando el camisón blanco con canesú de croché de la tía Chatty, a fin de que esté listo para que se lo ponga por encima del de franela. Estaba inmaculadamente limpio antes, pero Rebecca Dew consideró que no tenía buen color por haber estado guardado en el cajón de la cómoda.

28 de enero

Hasta ahora, enero ha sido un mes de fríos días grises, con alguna que otra tormenta entrando desde el puerto y golpeando la Calle del Fantasma con viento y nieve. Pero anoche hubo un deshielo plateado y esta mañana salió el Sol. Mi bosquecillo de arces era un sitio de esplendores inimaginables. Hasta los detalles más comunes se habían vuelto preciosos. Las cercas de alambre eran una maravilla de encaje cristalino.

Esta tarde, Rebecca Dew estuvo hojeando una de mis revistas, en la que había un artículo sobre "Distintos tipos de mujeres bellas", ilustrado por fotografías.

-¿No sería maravilloso, señorita Shirley, si alguien pudiera agitar una varita mágica y volver hermoso a todo el mundo? -preguntó con melancolía-. ¡Imagine mis sentimientos, señorita Shirley, si de pronto me descubriera hermosa! Pero, por otra parte... -dijo, con un suspiro-, ¿si todas fuéramos bellas, quién haría el trabajo?

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