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Capítulo XIII

13

Anne regresó a su casa para pasar sus segundas vacaciones con sentimientos encontrados. Gilbert no estaría en Avonlea ese verano. Se había ido al Oeste, a trabajar en un ferrocarril que se estaba construyendo. Pero Tejados Verdes seguía siendo Tejados Verdes, y Avonlea seguía siendo Avonlea. El Lago de Aguas Brillantes resplandecía como en los viejos tiempos. Los helechos crecían espesos como siempre, y el puente de troncos, aunque cada año estaba un poco más endeble y cubierto de musgo, seguía llevando a las sombras, los silencios y las canciones del viento del Bosque Encantado.

Anne había logrado que la señora Campbell permitiera a la pequeña Elizabeth ir con ella por dos semanas, nada más. Pero Elizabeth, ante la idea de pasar dos semanas enteras con la señorita Shirley, no pedía nada más a la vida.

-Hoy me siento como la "señorita Elizabeth" -informó a Anne con un suspiro de deliciosa emoción mientras se alejaban de Álamos Ventosos-. ¿Quiere, por favor, presentarme como la señorita Elizabeth a sus amigos de Tejados Verdes? Me haría sentir tan adulta...

-Lo haré -respondió Anne, muy seria, recordando a una damisela pelirroja que una vez había pedido que la llamaran Cordelia.

El viaje desde Blight River hasta Tejados Verdes, por un camino como solamente la isla Príncipe Eduardo en verano puede mostrar, fue para Elizabeth algo casi tan fabuloso como había sido para Anne aquella memorable tarde de primavera tantos años atrás. El mundo era hermoso, con praderas ondeadas por el viento a cada lado, y sorpresas a la vuelta de cada curva. Estaba con su querida señorita Shirley; se vería libre de la "mujer" por dos semanas enteras; tenía un vestido nuevo rosado a cuadritos, y un par de preciosas botitas marrones. Era casi como si el Mañana hubiera llegado... con catorce Mañanas siguiéndolo. Los ojos de Elizabeth brillaban de sueños cuando tomaron por el sendero de entrada de Tejados Verdes, donde crecían las rosas silvestres.

Para Elizabeth, las cosas parecieron cambiar mágicamente en cuanto llegó a Tejados Verdes. Durante dos semanas, vivió en un mundo de romance. No se podía salir de la puerta sin meterse dentro de algo romántico. En Avonlea, las cosas sucedían... si no era hoy, entonces mañana. Elizabeth sabía que todavía no había entrado del todo en el Mañana, pero era consciente de que estaba a unos pasos de él.

Todo en Tejados Verdes parecía conocerla. Hasta el juego de té con florecitas rosadas de Marilla le parecía un viejo amigo. Las habitaciones la miraban como si ella siempre las hubiera conocido y querido; hasta la hierba era más verde que en cualquier otra parte, y las personas que vivían en Tejados Verdes eran la clase de gente que había en el Mañana. Ella les brindaba su cariño y se lo devolvían con creces. Davy y Dora la adoraban y la mimaban; Marina y la señora Lynde la miraban con aprobación. Elizabeth era prolija, femenina, cortés con los mayores. Ellos estaban al tanto de que Anne no aprobaba los métodos de la señora Campbell, pero era evidente que la anciana había educado correctamente a su nieta.

-Ay, señorita Shirley, no quiero dormir -susurró Elizabeth cuando estaban acostadas en la buhardilla, después de haber pasado una linda velada-. No quiero dormir ni un minuto de estas maravillosas dos semanas. Ojalá pudiera arreglármelas sin dormir mientras estoy aquí.

Se quedó despierta largo rato. Era un placer estar allí tendida, escuchando el magnífico y bajo ruido de trueno, que la señorita Shirley le había explicado era el mar. A Elizabeth le encantaba, al igual que el suspiro del viento entre las vigas. Elizabeth siempre había tenido "miedo a la noche". ¿Quién sabía qué cosas extrañas podían abalanzarse sobre nosotros desde las sombras? Pero ahora ya no le temía. Por primera vez en la vida, la noche le resultaba una amiga.

Irían a la playa al día siguiente, había prometido la señorita Shirley, y se darían un remojón en esas olas de borde plateado que habían visto romper más allá de los médanos verdes de Avonlea, cuando subían la última colina. Elizabeth las miraba llegar, una detrás de la otra. Una de ella era una gran ola oscura de sueño... rompía sobre ella... Elizabeth se ahogó en la ola con un delicioso suspiro de entrega.

"Aquí... es... tan... fácil... amar... a... Dios..., fue su último pensamiento consciente.

Pero permanecía despierta un rato, pensando, todas las noches, en Tejados Verdes, después de que la señorita Shirley se dormía. ¿Por qué la vida en Siempreverde no podía ser como en Tejados Verdes?

Elizabeth nunca había vivido en un sitio donde se podía hacer ruido, si lo deseaba. En Siempreverde, todos tenían que moverse despacio, hablar en voz baja, hasta pensar en voz baja, sentía Elizabeth. Había ocasiones en las que Elizabeth deseaba, perversamente, gritar con todas sus fuerzas.

-Puedes hacer todo el ruido que quieras, aquí -le había dicho Anne.

Pero lo curioso era que ya no deseaba gritar, ahora que nada se lo impedía. Le gustaba moverse en silencio, andar con cuidado entre todas las cosas bonitas que la rodeaban. Pero Elizabeth aprendió a reír durante su estada en Tejados Verdes. Y cuando volvió a Summerside, llevó consigo hermosos recuerdos, y dejó, también, recuerdos muy gratos de ella. Para los habitantes de Tejados Verdes, durante meses, la casa y los alrededores siguieron llenos de recuerdos de la pequeña Elizabeth. Porque para ellos, era "la pequeña Elizabeth", a pesar de que Anne la había presentado solemnemente como "la señorita Elizabeth". Era tan menuda, tan dorada, tan parecida a un duende, que sólo podían pensar en ella como en "la pequeña Elizabeth"... La pequeña Elizabeth, bailando al anochecer en el jardín entre los lirios de junio... enroscada sobre una rama del gran manzano, leyendo cuentos de hadas... La pequeña Elizabeth, hundida en una pradera llena de flores, donde su cabecita era solamente una flor más... persiguiendo mariposas por la Calle de los Enamorados... escuchando zumbar a los abejorros entre las flores... comiendo frutillas con crema con Dora, en la despensa, o grosellas, en el jardín.

-Las grosellas son hermosas, ¿no te parece, Dora? Es como comer joyas, ¿no?

La pequeña Elizabeth, cantando por lo bajo en el mágico atardecer entre los pinos... con dedos perfumados luego de juntar rosas... contemplando la Luna sobre el valle del arroyo...

-La Luna tiene ojos preocupados, ¿no cree, señora Lynde?

La pequeña Elizabeth, llorando amargamente porque un capítulo de la historia seriada de la revista de Davy dejaba al héroe en un triste trance...

-¡Ay, señorita Shirley, creo que no saldrá de ésta!

La pequeña Elizabeth, acurrucada, rosada y dulce como una rosa silvestre, durmiendo la siesta en el sofá de la cocina, con los gatitos de Dora a su alrededor... chillando de alegría al ver al viento despeinar las colas de las gallinas, de aspecto tan digno... (¿era posible que la pequeña Elizabeth riera de ese modo?)... ayudando a Anne a bañar una torta, a la señora Lynde a cortar los trozos de tela para un nuevo cobertor de "cadena irlandesa doble", a Dora a frotar los candelabros de bronce hasta que se reflejaban sus rostros en ellos... cortando diminutas galletas con un dedal, bajo la tutela de Marilla. Los habitantes de Tejados Verdes casi no podían mirar hacia ningún lado sin recordar a la pequeña Elizabeth.

"Me pregunto si alguna vez volveré a pasar quince días tan felices", pensó Elizabeth mientras se alejaba de Tejados Verdes. El camino a la estación seguía tan hermoso como dos semanas atrás, pero ella estaba enceguecida por las lágrimas.

-No hubiera creído que se pudiera extrañar tanto a una criatura -suspiró la señora Lynde.

Después de haberse ido Elizabeth, Katherine Brooke y su perro vinieron a pasar el resto del verano. Katherine había renunciado a su puesto en la escuela al finalizar el año, y tenía pensado ir a Redmond en el otoño para seguir un curso de secretariado en la Universidad de Redmond. Anne se lo había aconsejado.

-Sé que te gustará... El trabajo de maestra nunca fue de tu agrado -dijo Anne una tardecita, cuando sentadas entre unos helechos en un rincón de la pradera, contemplaban las glorias del crepúsculo.

-La vida me debe algo más que lo que me ha pagado, y me lo voy a cobrar -aseguró Katherine en tono decidido-. Me siento tanto más joven que a esta altura del año pasado... -añadió, riendo.

-Estoy segura de que es lo mejor para ti, pero no me gusta pensar en Summerside y en la escuela sin ti. ¿Cómo será la habitación de la torre el año que viene, sin nuestras conversaciones nocturnas, nuestras discusiones y nuestras horas de tonterías, cuando convertíamos todo y a todos en una broma?

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