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Capítulo III

3

A las dos de la tarde, llegó el señor James Grand. El señor Grand era presidente de la junta de fideicomisarios de la Escuela Secundaria; tenía asuntos importantes de los cuales hablar, y deseaba hacerlo antes de irse el lunes a asistir a una conferencia educacional en Kingsport. Anne le preguntó si podría ir a Álamos Ventosos a la tardecita. Lamentablemente, no le era posible.

El señor Grand era un buen hombre a su manera, pero Anne había descubierto hacía tiempo que había que tratarlo con guantes. Además, estaba ansiosa por ponérselo de su parte para la batalla real por material nuevo, que se avecinaba. Salió en busca de los mellizos.

-Queridos, ¿pueden jugar tranquilos en el jardín mientras hablo unos minutos con el señor Grand? No tardaré mucho... y luego haremos un picnic a orillas del estanque... y les enseñaré a soplar burbujas de jabón teñidas de rojo... ¡una belleza!

-¿Nos dará veinticinco centavos a cada uno, si nos portamos bien? -quiso saber Gerald.

-No, Gerald querido -respondió Anne con firmeza-. No voy a sobornarte. Sé que vas a portarte bien solamente porque te lo pido, como haría un caballero.

-Nos portaremos bien, señorita Shirley -prometió Gerald en tono solemne.

-Como santos -acotó Geraldine, con igual solemnidad.

Es posible que hubieran mantenido su promesa, si no hubiese llegado Ivy Trent en cuanto Anne se encerró con el señor Grand en la sala. Pero Ivy Trent llegó, y los mellizos Raymond detestaban a Ivy Trent... la impecable Ivy Trent, que nunca hacía nada mal y siempre parecía recién salida de una caja de sombreros.

Esa tarde en particular, no había dudas de que Ivy Trent había venido para ostentar sus preciosas botas marrones nuevas, su faja y sus moños rojos. La señora Raymond, a pesar de sus falencias en otros aspectos, tenía ideas bastante sensatas sobre la vestimenta infantil. Sus caritativos vecinos decían que gastaba tanta plata en ella misma que no le quedaba nada para los niños... y Geraldine nunca tenía oportunidad de desfilar por la calle en el estilo de Ivy Trent, que tenía un vestido para cada tarde de la semana. La señora Trent siempre la vestía de "blanco inmaculado". Al menos, Ivy estaba inmaculada cuando salía de casa. Si no volvía en el mismo estado, era culpa de los niños "envidiosos" que abundaban en el vecindario.

Geraldine sentía envidia, sí. Ansiaba poseer una faja roja y moños del mismo color y vestidos blancos bordados. ¿Qué no hubiera dado por botas abotonadas como ésas?

-¿Les gustan mi faja y mis moños nuevos? -preguntó Ivy, muy orgullosa.

-¿Les gustan mi faja y mis moños nuevos? -la imitó Geraldine, provocadora.

-Pero tú no tienes moños -objetó Ivy.

-Pero tú no tienes moños -repitió Geraldine. Ivy la miró, perpleja.

-Sí que tengo. ¿No los ves?

-Sí que tengo. ¿No los ves? -se burló Geraldine, encantada con la brillante idea de repetir en tono sarcástico todo lo que decía Ivy.

-No están pagos -dijo Gerald.

Ivy Trent era irascible. Su rostro se puso rojo como los moños.

-Sí que lo están. Mi mamá siempre paga las cuentas.

-Mi mamá siempre paga las cuentas -canturreó Geraldine.

Ivy estaba incómoda. No sabía cómo manejar la situación. De modo que se volvió hacia Gerald, que era, sin duda, el chico más apuesto de la cuadra. Ivy se había decidido por él.

-Vine a decirte que aceptaré que seas mi pretendiente -declaró, mirándolo elocuentemente con un par de ojos castaños que, aun a los siete años, había descubierto Ivy, tenían un efecto devastador sobre la mayoría de los muchachitos que conocía.

Gerald enrojeció intensamente.

-No quiero ser tu pretendiente -dijo.

-Pero tienes que serlo -dijo Ivy con serenidad.

-Pero tienes que serlo -la imitó Geraldine, sacudiendo la cabeza en dirección a su hermano.

-¡No pienso! -chilló Gerald, furioso-. Y déjate de pavadas, Ivy Trent.

-Tienes que serlo -insistió Ivy, obstinada. -Tienes que serlo -acotó Geraldine. Ivy le dirigió una mirada fulminante. -¡Cállate de una vez, Geraldine Raymond!

-Es mi jardín y puedo hablar todo lo que quiera - afirmó Geraldine.

-Claro que sí -la apoyó Gerald-. Y si no te callas, Ivy Trent, iré a tu casa y le arrancaré los ojos a tu muñeca.

-Mi mamá te dará una paliza, si lo haces -exclamó Ivy.

-¿Ah, sí? ¿Y sabes lo que le hará mi mamá a la tuya? Le dará un puñetazo en la nariz.

-Bueno, de todos modos, tienes que ser mi pretendiente -dijo Ivy, volviendo al tema fundamental.

-Te... te... hundiré la cabeza en el barril de agua de lluvia -gritó Gerald, perdiendo los estribos-. Te apretaré la cara contra un hormiguero... ¡Te arrancaré los moños y la faja!

Esto último fue dicho en tono triunfante, pues al menos era factible.

-Hagámoslo -propuso Geraldine.

Se abalanzaron sobre la desafortunada Ivy, que pateó y gritó y trató de morder, pero nada pudo hacer contra ellos dos. Juntos la arrastraron por el jardín hasta el cobertizo donde guardaban la leña y desde donde no se oirían sus gritos.

-Rápido -jadeó Geraldine-, antes de que salga la señorita Shirley.

No había tiempo que perder. Gerald sujetó las piernas de Ivy mientras con una mano, Geraldine le aferraba las muñecas y con la otra le arrancaba los moños del pelo y del vestido y la faja.

-Pintémosle las piernas -gritó Gerald. Su mirada se topó con un par de latas de pintura dejadas allí por obreros la semana anterior. -Yo la tengo; tú, píntala.

Ivy chillaba, desesperada. Le bajaron las medias y unos instantes después, sus piernas lucían anchas rayas de pintura roja y verde. El vestido se manchó con pintura, al igual que las botas. Como toque final, le llenaron los rizos de aserrín.

Ivy daba lástima cuando por fin la soltaron. Los mellizos aullaron de risa al contemplarla. Largas semanas de aires y condescendencias por parte de Ivy habían sido vengadas.

-Ahora vete a tu casa -le ordenó Gerald-. Así aprenderás a no ir por allí diciéndoles a los hombres que tienen que ser tus pretendientes.

-¡Se lo contaré a mi mamá! -lloró Ivy-. ¡Iré directamente a contárselo! ¡Eres odioso, malo y feo!

-No le digas feo a mi hermano, niñita vanidosa - le espetó Geraldine-. ¡Tú y tus moños! Toma, llévatelos. No los queremos en nuestra leñera.

Ivy, perseguida por los moños que Geraldine le arrojaba, corrió sollozando por el jardín y huyó calle abajo.

-¡Pronto! ¡Subamos por la escalera de atrás a limpiarnos antes de que la señorita Shirley nos vea! -exclamó Geraldine.

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