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4 El señor Grand había dicho todo lo que tenía para decir y se había despedido con una inclinación. Anne se quedó un instante en la puerta, preguntándose dónde estarían los mellizos. Subiendo la calle en dirección al portón, venía una dama furibunda, trayendo a la rastra a un desdichado y sollozante átomo de humanidad. -Señorita Shirley, ¿dónde está la señora Raymond? -quiso saber la señora Trent. -Se fue a... -Insisto en ver a la señora Raymond. Verá con sus propios ojos lo que sus hijos le han hecho a la pobre Ivy, inocente e indefensa. ¡Mírela, señorita Shirley, mírela! -Ay, señora Trent... ¡cuánto lo siento! Es todo culpa mía. La señora Raymond no está... y le prometí que cuidaría a los mellizos. Pero vino el señor Grand... -No, no es culpa suya, señorita Shirley. No la culpo a usted. Nadie puede con esos niños diabólicos. Todo el vecindario sabe cómo son. Si la señora Raymond no está, no tiene sentido que me quede. Llevaré a la pobre niña a casa. Pero la señora Raymond se enterará de esto... se lo aseguro. ¡Escuche eso, señorita Shirley! ¿Acaso se están descuartizando mutuamente? Eso era un coro de gritos, aullidos y chillidos que resonaba desde la escalera. Anne corrió arriba. En el corredor, se encontró con una masa que se retorcía, se enroscaba, mordía y arrancaba. Separó a los enfurecidos mellizos con dificultad y sujetando a cada uno de un hombro, les preguntó qué significaba ese comportamiento. -Ella dice que tengo que ser el pretendiente de Ivy Trent -rugió Gerald. -Y tiene que serlo -chilló Geraldine. -¡No pienso! -¡Tienes que serlo! -¡Niños! Algo en el tono de Anne los hizo callar. La miraron y vieron a una señorita Shirley desconocida. Por primera vez en la vida, sintieron la fuerza de la autoridad. "Tú, Geraldine -dijo Anne en voz baja-, irás a acostarte por dos horas. Y tú, Gerald, pasarás el mismo lapso dentro del guardarropa del vestíbulo. No quiero oír una palabra. Se han comportado en forma abominable y deben aceptar el castigo. Su madre los dejó a mi cargo y me van a obedecer. -Entonces castíguenos juntos -dijo Geraldine, echándose a llorar. -Sí... no tiene derecho de separarnos... nunca nos han separado -masculló Gerald. -Pues ésta será la primera vez. Anne seguía hablando en voz baja. Geraldine se desvistió sumisamente y se metió en la cama. Gerald, también sumisamente, se metió dentro del guardarropa. Era grande y aireado, con una ventana y una silla, y nadie podría haber dicho que el castigo era demasiado severo. Anne echó llave a la puerta y se sentó con un libro junto a la ventana del corredor. Por lo menos, tendría dos horas de paz. Cuando fue a espiar a Geraldine, unos minutos más tarde, la encontró profundamente dormida, con aire tan angelical, que Anne casi se arrepintió de su severidad. Bien, una siesta no le haría mal. Cuando despertara, le permitiría salir, aunque no hubieran transcurrido las dos horas. Una hora después, Geraldine seguía durmiendo. Gerard había estado tan callado, que Anne decidió que había aceptado el castigo como un hombre y podía ser perdonado. Después de todo, Ivy Trent era una cosilla vanidosa y sin duda lo habría hecho enfurecer. Giró la llave en la cerradura y abrió la puerta. Gerald no estaba adentro. La ventana estaba abierta. Justo debajo de ella, se veía el techo de la galería lateral. Anne apretó los labios. Bajó las escaleras y salió al jardín. Ni rastros de Gerald. Exploró la leñera y miró hacia la calle. Nada. Atravesó corriendo el jardín y cruzó el portón que daba a un bosquecillo que llegaba hasta el estanque del campo del señor Robert Creedmore. Gerald se estaba empujando alegremente con un palo en el botecito del señor Creedmore. Justo cuando Anne salió de entre los árboles, el palo, que se había hundido bastante en el barro, salió con facilidad al tercer tirón y Gerald salió disparado al agua. Anne dejó escapar un grito de horror, aunque no había motivos para alarmarse. El agua del estanque, en su parte más profunda, no llegaría a los hombros de Gerald, y allí donde había caído, apenas le llegaba a la cintura. El niño había logrado enderezarse y estaba allí parado, con el pelo empapado y pegado a la cabeza. El grito de Anne hizo eco a sus espaldas y Geraldine, en camisón, apareció corriendo entre los árboles hasta el borde de la pequeña plataforma de madera donde estaba siempre amarrado el botecito. Al grito desesperado de "¡Gerald!", saltó y se arrojó al agua, yendo a caer junto a su hermano, que casi perdió el equilibrio nuevamente. -Gerald, ¿te ahogaste? -chilló Geraldine-. ¿Te ahogaste, Gerald, querido? -No... no... hermanita -le aseguró Gerald, castañeteando los dientes. Se abrazaron con fuerza. -Niños, vengan aquí de inmediato -dijo Anne. Caminaron hasta la orilla. La tarde de septiembre se había puesto fría y ventosa. Temblaban horriblemente... tenían las caras azules. Anne, sin una palabra de censura, los llevó a toda prisa a la casa, los desvistió y los metió en la cama de la señora Raymond, con bolsas de agua caliente en los pies. Seguían tiritando. ¿Se habrían resfriado? ¿Y si se enfermaban de neumonía? -Debió cuidarnos mejor, señorita Shirley -dijo Gerald, que seguía castañeteando los dientes. -Claro que sí -acotó Geraldine. Anne, desesperada, fue abajo y llamó al médico. Para cuando llegó, los mellizos habían entrado en calor, y el médico aseguró a Anne que no corrían peligro. Si se quedaban en la cama hasta el día siguiente, estarían muy bien. El médico se encontró con la señora Raymond, que venía desde la estación, y fue una dama pálida y al borde de la histeria la que entró al cabo de unos minutos. -Ay, señorita Shirley, ¿cómo pudo dejar que mis ángeles corrieran semejante peligro? -Es lo que le dijimos, mamá -acotaron los mellizos. -Confié en usted... le dije que... -No veo que haya sido culpa mía, señora Raymond -dijo Anne, con ojos fríos como una niebla gris-. Se dará cuenta de esto, creo, cuando recupere la calma. Los niños están muy bien. Llamé al médico nada más que como medida de precaución. Si Gerald y Geraldine me hubieran obedecido, esto no habría sucedido. -Pensé que una maestra tendría un poco de autoridad sobre los niños -dijo la señora Raymond con amargura. "Sobre los niños quizá, pero no sobre los demonios", pensó Anne. Pero dijo solamente: -Puesto que está aquí, señora Raymond, creo que me iré a casa. No creo que pueda ayudarla y tengo trabajos pendientes de la escuela. Con un solo movimiento, los mellizos se arrojaron de la cama y le echaron los brazos al cuello. -Espero que haya un funeral todas las semanas - exclamó Gerald-. Porque usted me gusta, señorita Shirley, y espero que venga a cuidarnos cada vez que mamá sale. -Yo también -acotó Geraldine. -Me gusta mucho más que la señorita Prouty. -Sí, muchísimo más -asintió Geraldine. -¿Nos pondrá en uno de sus cuentos? -quiso saber Gerald. -Sí, hágalo -suplicó Geraldine. -No dudo de que tuvo buenas intenciones -dijo la señora Raymond en voz trémula. -Gracias -dijo Anne con voz gélida, tratando de liberarse de los brazos de los mellizos. -Ay, no nos peleemos -suplicó la señora Raymond con ojos llenos de lágrimas-. No soporto pelearme con nadie. -Claro que no. -Anne había adoptado un aire de altanera dignidad. -No creo que haya necesidad alguna de pelear. Pienso que Gerald y Geraldine se divirtieron mucho, aunque no creo que ése haya sido el caso de la pequeña Ivy Trent. Anne regresó a su casa sintiéndose años más vieja. "Pensar que Davy me parecía travieso", reflexionó. Encontró a Rebecca Dew en el jardín, recogiendo flores tardías. -Rebecca Dew, solía pensar que el dicho "A los niños hay que verlos y no oírlos" era demasiado severo. Pero ahora comprendo su lógica. -Mi pobre criatura... Le prepararé una rica cena - dijo Rebecca Dew. Y no agregó: "Se lo advertí".
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