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8 Anne fue a Elmcroft la tarde siguiente, caminando por el paisaje onírico de una bruma de noviembre, con pasos apesadumbrados. No era precisamente una tarea encantadora la que le esperaba. Como había dicho Dovie, Franklin Westcott no podía matarla, por cierto. Anne no temía la violencia física... aunque si todo lo que se contaba de él era cierto, quizá le arrojara algo. ¿Se enfurecería hasta el punto de decir cosas sin sentido? Anne nunca había visto a un hombre presa de una furia ciega, e imaginó que debía de ser un espectáculo nada agradable. Pero era probable que sacara a relucir su famoso sarcasmo feroz, y al sarcasmo sí que Anne le temía, ya fuera en un hombre o en una mujer. Era un arma que siempre la hería... le sacaba ampollas en el alma, que le dolían durante meses. La tía Jamesina solía decir: Nunca seas portadora de malas noticias—, reflexionó Anne. "Era sabia en eso, como en todo. Pues bien, aquí estoy." Elmcroft era una casa antigua, con torres en cada esquina y una cúpula en forma de bulbo. En el escalón superior de la entrada, estaba el perro. "Si muerden la presa, no la sueltan", recordó Anne. ¿Acaso debería tratar de entrar por la puerta lateral? Entonces, la idea de que Franklin Westcott pudiera estar observándola por la ventana le dio coraje. Jamás le otorgaría la satisfacción de ver que le tenía miedo a su perro. Con aire decidido y la cabeza erguida, subió los escalones, pasó junto al perro e hizo sonar la campanilla. El perro no se había movido. Anne le echó una mirada por encima del hombro, y vio que parecía dormido. Franklin Westcott no había llegado, pero debía hacerlo en cualquier momento, pues el tren de Charlottetown estaba por arribar. La tía Maggie hizo pasar a Anne a la biblioteca, y la dejó allí. El perro se había despertado y las había seguido; entró y se echó a los pies de Anne. A Anne le gustó la biblioteca. Era una habitación alegre, desordenada, con un agradable fuego en el hogar y alfombritas de piel de oso sobre la gastada alfombra roja que cubría el piso. Resultaba evidente que Franklin Westcott se trataba bien en lo que se refería a libros y pipas. Minutos después, lo oyó entrar. Colgó el sombrero y el abrigo en el vestíbulo y apareció en la puerta de la biblioteca con expresión decididamente ceñuda. Anne recordó que la primera impresión que había tenido de él había sido la de un pirata algo caballeresco, y ahora le volvió la imagen a la mente. -Ah, es usted, ¿eh? -dijo con aspereza-. Bien, ¿qué desea? Ni siquiera había querido estrecharle la mano. "De los dos", pensó Anne, "el perro tiene mejores modales." -Señor Westcott, por favor, escúcheme con paciencia antes... -Soy paciente... muy paciente. ¡Proceda! Anne consideró que no tenía sentido irse por las ramas con un hombre como Franklin Westcott. -Vine a decirle que Dovie se ha casado con Jarvis Morrow -le informó con serenidad. Y esperó el terremoto. No llegó. Ni un músculo se movió en el rostro enjuto y moreno de Franklin Westcott. Entró y se sentó en el sillón, frente a Anne. -¿Cuándo? -preguntó. -Anoche... en la casa de la hermana de Jarvis - respondió Anne. Él la miró largamente con los ojos de un marrón amarillento hundidos debajo de cejas hirsutas. Anne se preguntó cómo habría sido de bebé. Entonces, Franklin Westcott echó la cabeza hacia atrás y sucumbió a uno de sus espasmos de risa silenciosa. "No debe culpar a Dovie, señor Westcott -dijo Anne con vehemencia, recuperando el habla, ahora que la terrible revelación había sido hecha-. No fue su culpa... -Apuesto a que no -replicó Franklin Westcott. ¿Estaba tratando de ser sarcástico? -No, fue todo culpa mía -confesó Anne con sencillez y valentía-. Le aconsejé que se fug... que se casara... la obligué a hacerlo. Así que, por favor, señor Westcott, perdónela. Franklin Westcott tomó una pipa y comenzó a llenarla, sin inmutarse. -Si logró que Sibyl se fugue con Jarvis Morrow, señorita Shirley, ha logrado más de lo que creí posible. Comenzaba a temer que ella nunca tuviera el coraje suficiente de hacerlo. Y entonces hubiera tenido que retractarme... ¡y nosotros, los Westcott, detestamos retractarnos! Me ha salvado el honor, señorita Shirley, y le estoy profundamente agradecido. Se hizo un largo silencio, mientras Franklin Westcott aplastaba el tabaco y miraba a Anne con aire divertido. Anne estaba tan anonadada, que no sabía qué decir. "Supongo -observó él- que vino aquí temiendo darme la terrible noticia. -Sí -asintió Anne. Franklin Westcott rió en silencio. -No era necesario asustarse. No podría haberme dado una noticia mejor. Pero si yo mismo elegí a Jarvis Morrow para Sibyl, cuando eran niños. En cuanto los otros muchachos comenzaron a fijarse en ella, los espanté. Eso hizo morder el anzuelo a Jarvis. ¡Él iba a darle una lección al viejo! Pero era tan popular con las chicas, que no pude creer la suerte que tuve cuando realmente se enamoró de ella. Entonces tracé mi plan de campaña. Conozco a los Morrow como a la palma de mi mano. Son buenos, pero los hombres no quieren las cosas que consiguen con facilidad. Y se obstinan en conseguir algo cuando se les dice que no podrán. Son muy tercos. El padre de Jarvis le destrozó el corazón a tres chicas porque las familias de ellas lo querían atrapar. Yo sabía lo que sucedería con Jarvis. Sibyl se enamoraría perdidamente de él... y él se cansaría enseguida. Estaba seguro de que no la seguiría queriendo, si ella le resultaba demasiado fácil de conseguir. Así que le prohibí acercarse a la casa y le prohibí a Sibyl dirigirle la palabra y representé el papel de ogro a la perfección. Todo salió a pedir de boca, pero encontré un obstáculo en la falta de coraje de Sibyl. Es una criatura encantadora, pero carece de agallas. Creí que nunca se atrevería a contrariarme y casarse con él. Ahora, querida, si ha recuperado el aliento, cuénteme toda la historia. El sentido del humor de Anne había acudido otra vez al rescate. Nunca dejaba pasar la oportunidad de una buena carcajada, aunque riera de ella misma. Y de pronto sintió que conocía a Franklin Westcott desde hacía mucho tiempo. El escuchó el relato, disfrutando del humo de la pipa. Una vez que Anne hubo terminado, asintió con la cabeza. -Veo que estoy más en deuda con usted de lo que creía. Ella nunca hubiera tenido el coraje de hacerlo, si no hubiera sido por usted. Y Jarvis Morrow no se hubiera dejado tomar por tonto dos veces... conozco muy bien a los de su raza. ¡Cielos, cómo me salvé! Seré su esclavo para siempre. Ha sido usted muy buena al venir aquí, a pesar de todos los chismes que le han contado. Y le han contado bastantes, ¿no es así? Anne asintió. El perro había apoyado la cabeza sobre su regazo y roncaba, feliz. -Todos estaban de acuerdo en que usted era muy malhumorado y ácido -respondió con candidez. -Y supongo que le contaron que era un tirano y que le arruiné la vida a mi esposa y que manejaba a mi familia con el látigo. -Sí, pero en realidad eso lo tomé con pinzas, señor Westcott. Sentía que Dovie no podía quererlo tanto como lo quiere, si usted fuera tan terrible como los pintaban los chismes. -¡Qué chica sensata! Mi esposa era una mujer feliz, señorita Shirley. Y cuando la señora del capitán MacComber le diga que mis malos tratos le causaron la muerte, hágala callar de mi parte. Disculpe mis modales. Mollie era bonita... más bonita que Sibyl. Una piel tan rosada y blanca... el pelo castaño dorado... ¡los ojos azules y húmedos como rocío! Era la mujer más bonita de Summerside. Tenía que serlo. No hubiera soportado que un hombre hubiera entrado en la iglesia con una esposa más linda que la mía. Manejaba a mi familia como un hombre, pero no era un tirano. Por cierto, tenía arrebatos de ira de tanto en tanto, pero a Mollie no le molestaban, una vez que se acostumbró a ellos. Un hombre tiene derecho a pelear un poco con su mujer de vez en cuando, ¿o no? Las mujeres se cansan de los maridos monótonos. Además, siempre le regalaba un anillo o un collar o algo así cuando me calmaba. ¡Ninguna mujer de Summerside tenía joyas tan bonitas! Debo buscarlas y dárselas a Sibyl. Anne no pudo resistirse a un pícaro impulso. -¿Y qué me dice de los poemas de Milton? -¿Los poemas de Milton? ¡Ah, eso! No eran los poemas de Milton... eran los de Tennyson. Siento reverencia por Milton, pero no soporto a Alfred. Es demasiado empalagoso. Esos dos últimos versos de Enoch Arden me pusieron tan furioso una noche, que realmente arrojé el libro por la ventana. Pero al día siguiente lo recogí, por mérito de Bugle Song. Por un poema así, se puede perdonar cualquier cosa... No fue a parar al estanque de George Clarke; eso fue el bordado de la vieja Prouty. ¿Ya se va? Quédese a cenar con un anciano solitario que se ha quedado sin su cría. -Realmente lo lamento, pero no puedo, señor Westcott. Tengo una reunión de maestros esta noche. -Bien, la veré cuando regrese Sibyl. Tendré que dar una fiesta, sin duda. Caray, qué alivio ha sido esto para mí. No sabe cómo habría detestado tener que retractarme y decir: "Llévatela". Ahora lo único que tengo que hacer es fingir que estoy resignado y con el corazón destrozado y perdonarla tristemente por causa de su pobre madre. Lo haré a la perfección... Jarvis no debe sospechar nada. No vaya a delatarme. -No lo haré -prometió Anne. Franklin Westcott la acompañó hasta la puerta. El perro se sentó y aulló su pérdida. Franklin Westcott se sacó la pipa de la boca cuando llegaron a la puerta, y le palmeó el hombro con ella. -Recuerde siempre -le dijo con solemnidad- que hay más de una forma de pelar un gato. Se puede hacer de manera tal que el animal nunca sepa que ha perdido el cuero. Déle mis saludos a Rebecca Dew. Una gata muy buena, si no se la acaricia a contrapelo. Y Gracias... gracias. Anne volvió a casa, disfrutando de la noche serena. La niebla se había levantado, el viento había cambiado y el cielo verde pálido presagiaba la escarcha. "Todos decían que no conocía a Franklin Westcott", reflexionó Anne. "Y tenían razón. No lo conocía. Nadie lo conocía." -¿Y cómo lo tomó? -quiso saber Rebecca Dew. Había estado nerviosa durante la ausencia de Anne. -No tan mal, después de todo -respondió Anne en tono confidencial-. Creo que con el tiempo perdonará a Dovie. -Nunca he visto a nadie como usted para convencer a la gente, señorita Shirley -afirmó Rebecca Dew, admirada-. Usted sí que sabe ser persuasiva. -"Algo intentado, algo logrado, una noche de reposo se ha ganado" -recitó Anne, cansada, mientras trepaba los tres escalones hasta su cama-. ¡Pero ya verán cuando alguien vuelva a pedirme mi opinión sobre las fugas y los casamientos clandestinos!
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