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12 La pequeña Elizabeth Grayson había nacido esperando que sucedieran cosas. El hecho de que nunca sucedieran bajo la atenta vigilancia de su abuela y la "mujer" en absoluto truncó sus expectativas. En algún momento iban a suceder cosas... si no era hoy, sería mañana. Cuando la señorita Shirley vino a vivir a Álamos Ventosos, Elizabeth sintió que Mañana debía de estar muy cerca, y su visita a Tejados Verdes fue como un anticipo. Pero ahora, en junio del tercer y último año de la señorita Shirley en Summerside, el corazón de la pequeña Elizabeth había descendido hasta las bonitas botas abotonadas que la abuela siempre le compraba. Muchos niños de la escuela a la que asistía Elizabeth le envidiaban esas preciosas botas de cuero. Pero a la pequeña Elizabeth no le importaban nada, pues con ellas no podía ir por la senda de la libertad. Y ahora su adorada señorita Shirley se iría para siempre. A fines de junio, se marcharía de Summerside y regresaría a ese hermoso Tejados Verdes. La pequeña Elizabeth sencillamente no soportaba la idea. De nada servía que la señorita Shirley prometiera que la recibiría en Tejados Verdes el verano antes de casarse. La pequeña Elizabeth sabía que su abuela no le permitiría volver a ir. Su abuela nunca había aprobado del todo su amistad estrecha con la señorita Shirley. -Será el final de todo, señorita Shirley -sollozó. -Tesoro, esperemos que sea solamente un nuevo comienzo -dijo Anne alegremente. Pero hasta ella se sentía oprimida. No había sabido nada del padre de Elizabeth. Su carta no le había llegado nunca, o a él no le importaba nada de la niña. Y si ése era el caso, ¿qué sería de Elizabeth? Bastante mala había sido su niñez pero, ¿qué podía esperarse de los años venideros? -Esas dos ancianas la tratarán siempre con mucho rigor -había dicho Rebecca Dew. Anne sentía que había mucha verdad en el comentario. Elizabeth sabía que la "mandaban". Y la fastidiaba mucho que la "mujer" la tratara en forma despótica. No le gustaba que lo hiciera la abuela, por cierto, pero se podía admitir que quizás una abuela tuviera algún derecho de mandarnos. ¿Pero qué derecho tenía la "mujer"? Elizabeth siempre había querido preguntárselo directamente. Algún día lo haría... cuando llegara Mañana. ¡Y cómo disfrutaría al ver la cara de la "mujer"! Abuela nunca permitía a Elizabeth salir a caminar sola... por temor, decía, a que la raptaran los gitanos. Hacía cuarenta años, eso le había sucedido a una niña. Ya casi nunca venían gitanos a la Isla, y a la pequeña Elizabeth le parecía que era solamente una excusa. ¿Por qué iba a importarle a la abuela que la raptaran? Elizabeth se daba cuenta de que ni su abuela ni "la mujer" la querían. Si casi nunca la llamaban por su nombre; siempre era "la niña". ¡Cómo detestaba Elizabeth que la llamaran "la niña", como podrían haberse referido al "perro" o al "gato", si hubieran tenido uno. Pero cuando Elizabeth se había atrevido a protestar, el rostro de la abuela se había ensombrecido de furia, y la pequeña Elizabeth había sido castigada por impertinente, bajo la satisfecha mirada de la "mujer". La pequeña Elizabeth con frecuencia se preguntaba por qué la odiaría la "mujer". ¿Por qué alguien tenía que odiarla, si era tan pequeña? ¿Acaso se hacía odiar? La pequeña Elizabeth no sabía que su madre -que había muerto al nacer ella- había sido la niña mimada de esa anciana amargada, y si lo hubiera sabido, no hubiera podido comprender qué formas perversas puede tomar el cariño contrariado. La pequeña Elizabeth odiaba la sombría y magnífica casona, donde todo parecía resultarle desconocido, aunque había vivido allí toda la vida. Pero después de la llegada de la señorita Shirley a Álamos Ventosos, todo había cambiado en forma mágica. La pequeña Elizabeth vivía en un mundo de romance desde la llegada de la señorita Shirley. Había belleza por donde se mirara. Por fortuna, abuela y la "mujer" no podían impedirle mirar, aunque Elizabeth no dudaba de que lo harían, si pudiesen. Los breves paseos por la magia roja del camino al puerto, que tan pocas veces le permitían compartir con la señorita Shirley, eran el foco de luz en su vida opaca. Le encantaba todo lo que veía... el faro distante, pintado con extraños anillos rojos y blancos... las lejanas y borrosas costas... las olas plateadas... las luces que se veían en los atardeceres violáceos... todo le producía tanto placer, que le dolía. ¡Y el puerto, con sus islas brumosas y sus ocasos resplandecientes! Elizabeth siempre subía hasta una ventana del desván para contemplarlos por encima de los árboles... Y los navíos que zarpaban al salir la luna, naves que volvían...o que no volvían nunca. Elizabeth deseaba partir en una de ellas... en un viaje a la Isla de la Felicidad. Los navíos que nunca volvían se quedaban allí, donde era siempre Mañana. Ese misterioso camino rojizo seguía y seguía y sus pies ardían por recorrerlo. ¿Adónde llevaba? A veces, Elizabeth pensaba que estallaría, si no lo averiguaba. Cuando llegara realmente Mañana, tomaría por ese camino y quizás encontraría una isla para ella sola, donde podría vivir con la señorita Shirley, lejos de abuela y la "mujer". Las dos odiaban el agua y por nada del mundo pisarían un barco. La pequeña Elizabeth disfrutaba imaginándose sobre su isla y burlándose de ellas, que permanecerían, furiosas, en tierra firme. -Esto es Mañana -les diría, provocativa-. Ya no pueden atraparme. Se han quedado en Hoy. ¡Qué divertido sería! ¡Cómo disfrutaría al ver la expresión de la "mujer"! Luego, una tarde de fines de junio, sucedió algo asombroso. La señorita Shirley le había dicho a la señora Campbell que debía hacer algo en la isla Nube Voladora (ir a ver a una tal señora Thompson, que estaba a cargo de la comitiva de refrigerios de las Damas de Caridad) y le pidió permiso para llevar a Elizabeth con ella. Abuela accedió con su habitual acidez... Elizabeth nunca entendía por qué decía que sí, ya que desconocía el horror que sentía cualquier Pringle ante cierta información que poseía la señorita Shirley... Pero le había dado permiso. -Iremos directamente a la boca del puerto -susurró Anne, una vez que haya terminado mi diligencia en Nube Voladora. La pequeña Elizabeth se fue a la cama presa de tanta emoción, que creyó que no pegaría un ojo. Por fin iba a responder a la atracción del camino que la llamaba desde hacía tanto tiempo. A pesar de su entusiasmo, se esmeró en el rito cotidiano que precedía al acostarse. Dobló la ropa, se lavó los dientes y se cepilló el pelo dorado. Su pelo le parecía bastante bonito, aunque desde luego no era tan hermoso como el de la señorita Shirley, rojizo y ondeado, con esos rizos preciosos que se le formaban sobre las orejas. La pequeña Elizabeth hubiera dado cualquier cosa para tener pelo como el de la señorita Shirley. Antes de acostarse, la pequeña Elizabeth abrió uno de los cajones de la alta y lustrosa cómoda y sacó una fotografía muy bien oculta debajo de una pila de pañuelos... una fotografía de la señorita Shirley, recortada de una edición especial del Weekly Courier, que había reproducido una fotografía del personal de la Escuela Secundaria. -Buenas noches, mi queridísima señorita Shirley. Besó la fotografía y volvió a guardarla en su escondite. Luego trepó a la cama y se acurrucó bajo las sábanas, pues la noche de junio estaba fresca y soplaba brisa del mar. De hecho, era más que una brisa. El viento soplaba, aullaba, sacudía y golpeaba, y Elizabeth sabía que el puerto sería una turbulenta extensión de olas bajo la Luna. ¡Qué divertido sería verlo de noche! Pero esas cosas se hacían solamente en Mañana. ¿Dónde quedaba Nube Voladora? ¡Qué nombre! Sacado del Mañana. Era enloquecedor estar tan cerca de Mañana y no poder meterse en él. ¿Y si al día siguiente llovía? Elizabeth sabía que no le permitirían ir a ningún lado con lluvia. Se incorporó en la cama y entrelazó las manos. -Dios querido -dijo-, no me gusta meterme, pero, ¿podrías encargarte de que mañana fuera un lindo día? Por favor, Dios querido. La tarde siguiente fue una gloria. La pequeña Elizabeth sintió que se había librado de unas cadenas invisibles cuando ella y la señorita Shirley se alejaron de esa casa sombría. Tragó una gran bocanada de libertad, a pesar de que la "mujer" las miraba con furia por el vidrio rojo de la gran puerta principal. ¡Qué hermoso era caminar por el mundo con la señorita Shirley! Era siempre tan lindo estar sola con ella. ¿Qué haría cuando la señorita Shirley se fuera? Pero la pequeña Elizabeth alejó esa idea de su cabeza. No arruinaría la tarde pensando en eso. Tal vez... un gran tal vez... ella y la señorita Shirley pudieran entrar en Mañana esa misma tarde y no separarse nunca más. La pequeña Elizabeth deseaba solamente seguir caminando hacia esa extensión azul al final del mundo, absorbiendo la belleza que la rodeaba. Cada curva ocultaba una nueva hermosura... y el camino serpenteaba interminablemente, siguiendo el curso de un río diminuto que parecía haber aparecido de la nada. A ambos lados había campos con flores silvestres sobre las que zumbaban las abejas. De tanto en tanto, cruzaban por una vía láctea de margaritas. En la lontananza, el estrecho reía con olas plateadas. El puerto parecía seda mojada. A Elizabeth le gustaba más así que cuando parecía raso celeste. Absorbieron el viento. Era una brisa suave. Ronroneaba alrededor de ellas y parecía impulsarlas hacia adelante. -¿Es lindo, no es cierto, caminar así con el viento? -preguntó la pequeña Elizabeth. -Un viento lindo, amistoso y perfumado -dijo Anne, más para sí misma que para Elizabeth-. Así creía yo que era el mistral. Mistral suena así. ¡Qué desilusión cuando me enteré de que era un viento fuerte y desagradable! Elizabeth no comprendía del todo -jamás había oído hablar del mistral- pero la música de la voz de su amada señorita Shirley le bastaba. Hasta el cielo estaba alegre. Un marinero con aretes de oro (el tipo de persona que una conocería en Mañana) sonrió al pasar junto a ellas. Elizabeth pensó en un verso de una poesía que había aprendido en la escuela dominical: "Las pequeñas colinas se alegran en cada ladera". ¿Acaso el hombre que había escrito eso había visto colinas como las que se elevaban, azules, encima del puerto? -Creo que este camino lleva directamente a Dios -comentó con expresión soñadora. -Tal vez -respondió Anne-. Tal vez todos los caminos lleven a Dios, pequeña Elizabeth. Aquí nos desviamos. Debemos cruzar a esa isla. Se llama Nube Voladora. Nube Voladora era un islote largo y estrecho que estaba a unos cuatrocientos metros de la costa. Había árboles y una casa. La pequeña Elizabeth siempre había deseado tener una isla propia, con una bahía de arena plateada. -¿Y cómo llegaremos hasta allí? -Remando en este bote -respondió la señorita Shirley, y tomó los remos de un bote atado a un árbol. La señorita Shirley sabía remar. (¿Existía algo que no supiera hacer?) Cuando llegaron a la isla, resultó ser un lugar fascinante donde podía suceder cualquier cosa. Por supuesto, quedaba en Mañana. Las islas como ésa no aparecían, salvo en Mañana. No tenían cabida en el monótono Hoy. La criada que les abrió la puerta de la casa informó a Anne que encontraría a la señora Thompson en el extremo de la isla, recogiendo frutillas silvestres. ¡Una isla donde crecían frutillas silvestres! Anne fue en busca de la señora Thompson, pero primero preguntó si la pequeña Elizabeth podía esperar en la sala. Le parecía que Elizabeth tenía aspecto de estar cansada luego de la larga caminata, y que necesitaba un descanso. Elizabeth no opinaba lo mismo, pero el menor deseo de la señorita Shirley era ley. Era una preciosa habitación, con flores por todas partes y brisa del mar, que entraba por las ventanas. A Elizabeth le gustaron el espejo sobre la repisa de la chimenea, donde se reflejaba la sala, y la vista del puerto, las colinas y el estrecho. Súbitamente, entró un hombre en la sala. Elizabeth sintió un instante de pánico y horror. ¿Sería un gitano? No se asemejaba a la idea que tenía ella de los gitanos, pero desde luego, nunca había visto uno. Podría serlo... Con repentina intuición, Elizabeth decidió que no le importaba si la raptaba. Le gustaban sus ojos castaños con arruguitas alrededor, el ondulado pelo oscuro, el mentón cuadrado y la sonrisa. Porque estaba sonriendo. -Vaya... ¿quién eres? -preguntó. -Soy... soy yo -respondió Elizabeth, algo agitada. -Sí, desde luego... tú. Saliste del mar, supongo... o de los médanos... sin nombre conocido entre los mortales. Elizabeth sintió que se estaba burlando un poquito de ella. Pero no le importaba. Es más, le gustaba. Respondió decorosamente: -Me llamo Elizabeth Grayson. Hubo un silencio... un silencio muy extraño. El hombre la miró durante un instante, sin decir nada. Luego la invitó amablemente a sentarse. -Estoy esperando a la señorita Shirley -explicó Elizabeth-. Fue a ver a la señora Thompson por algo de la cena de las Damas de Caridad. Cuando regrese, iremos al fin del mundo. "¡Toma, por si tienes intenciones de raptarme, señor Hombre!" -Por supuesto. Pero mientras tanto, podrías ponerte cómoda. Y debo hacer los honores. ¿Qué te gustaría tomar o comer? Es probable que el gato de la señora Thompson haya traído algo. Elizabeth se sentó. Se sentía extrañamente contenta y cómoda. -¿Puedo pedir lo que quiera? -Por supuesto. -Entonces -dijo Elizabeth en tono triunfal-, me gustaría un poco de helado con dulce de frutillas encima. El hombre hizo sonar una campanilla y pidió el refrigerio. Sí, esto debía de ser Mañana... no había dudas. El helado con dulce de frutillas no aparecía de este modo mágico en Hoy, con gatos o sin ellos. -Dejaremos una porción para tu señorita Shirley - sugirió el hombre. Se hicieron buenos amigos de inmediato. El hombre no hablaba mucho, pero miraba con atención a Elizabeth. Había ternura en su rostro... una ternura que ella nunca había visto antes... ni siquiera en la cara de la señorita Shirley. Sintió que el hombre la veía con agrado. Y a ella, él le gustaba mucho. Por fin, él miró por la ventana y se puso de pie. -Creo que debo irme -dijo-. Veo a tu señorita Shirley subiendo por el camino, así que ya no estarás sola. -¿No quiere esperar y conocer a la señorita Shirley? -preguntó Elizabeth, lamiendo la cuchara para disfrutar de los últimos vestigios de dulce. Abuela y la "mujer" hubieran muerto de horror, si la hubieran visto. -Ahora no -dijo el hombre. Elizabeth comprendió que no tenía la menor intención de raptarla y sintió una inexplicable decepción. -Adiós y gracias -dijo, cortésmente-. Es muy lindo estar aquí, en Mañana. -¿Mañana? -Esto es Mañana -explicó Elizabeth-. Siempre quise entrar en el Mañana y ahora ya estoy allí. -Ah, comprendo. Bueno, lamento decir que no me vuelve loco el Mañana. A mí me gustaría volver al Ayer. La pequeña Elizabeth sintió pena por él. ¿Pero cómo era posible que no fuera feliz? ¿Cómo era posible que alguien que viviera en Mañana no fuera feliz? Elizabeth contempló con melancolía la isla Nube Voladora, mientras se alejaban remando. Después, justo cuando salían hacia el camino por entre los abetos que ocultaban la orilla, se volvió para echar una última mirada de despedida. Un carro tirado por caballos que galopaban a toda velocidad apareció por la curva, evidentementemente fuera de control. Elizabeth oyó gritar a la señorita Shirley...
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