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CAPÍTULO DIEZ El noviazgo de Prissy Strong Esa tarde no pude asistir a la iglesia, porque tenía jaqueca, pero Thomas fue, y en cuanto regresó, supe por sus ojos que traía alguna noticia. -¿Con quién crees que regreso Stephen Clark de la reunión? -dijo riéndose entre dientes. -Con Jane Miranda Blair -respondí prontamente. La esposa de Stephen había muerto hacía dos años y según yo sabía, él no se fijaba en nadie. Pero todo Carmodv le "adjudicaba" a Miranda, y por cierto que no sé por qué no le agradaba, excepto que fuese por la costumbre que tienen los hombres de no hacer lo que se espera de ellos, especialmente cuando se trata de matrimonio. Thomas volvió a reír entre dientes. -Te equivocaste. Se acercó Prissy Strong y salió con ella. ¡Imagínate! -¡Prissy Strong! -alcé los brazos echándome a reír-. Ni tendría que fijarse en ella. Emmeline ya se les cruzó en el camino hace veinte años y volverá a hacerlo. -Emmeline es una vieja chiflada -gruñó Thomas, quien la detestó desde siempre. -Ya lo creo -asentí-, y por eso puede hacer lo que quiere con Prissy. Acuérdate de lo que digo: se entrometerá en cuanto lo sepa. Thomas estuvo de acuerdo conmigo. Esa noche permanecí despierta largo tiempo después de acostarnos, pensando en Prissy y Stephen. Por lo general, no me preocupo por las cosas de los demás, pero Prissy era una criatura tan desamparada, que no me la podía sacar del pensamiento. Hacía veinte años, Stephen trató de cortejar a Prissy. Aquello ocurrió poco después de que muriera el padre de la muchacha. Ella y Emmeline vivían juntas. Emmeline tenía treinta años, diez más que su hermana, y si alguna vez hubo dos hermanas completamente distintas en todo, ésas fueron ellas. Emmeline se parecía a su padre; era trigueña, alta y fea y la criatura más dominante que existiera. Simplemente regía a la pobre Prissy con puño de hierro. Prissy era una linda muchacha; así por lo menos pensaba la mayoría. Honestamente, debo decir que nunca me gustó su aspecto. Me gustan con más energía. Era delgada y rosada, con ojos azules suaves y suplicantes y un cabello rubio pálido que le caía en rizos alrededor de la cara. Era tan tímida y dócil como su aspecto lo anunciaba y no había en ella un átomo de maldad. Siempre la quise, aunque no me agradase su belleza como a tantos. De todos modos, fue claro que a Stephen le gustó. Comenzó a cortejarla y no quedó duda de que a Prissy le agradó. Entonces Emmeline puso una barrera al asunto. Lo hizo de pendenciera. Stephen era un buen partido y nada se podía decir en su contra. Pero Emmeline estaba decidida a no dejar casar a su hermana. Ella no había podido hacerlo y estaba resentida. Claro que si Prissy hubiese tenido algo de carácter, no se habría rendido. Pero no lo tenía; creo que se habría cortado las narices, si su hermana se lo ordenaba. Si alguna vez una muchacha no hizo honor a su nombre, fue Prissy Strong. En ella no había nada de fuerte. Una noche, cuando salieron de la iglesia, Stephen se le acercó como de costumbre y le pidió acompañarla a casa. Thomas y yo estábamos detrás (aún éramos solteros) y lo oímos. Prissy miró asustada y suplicante a Emmeline y dijo: -No, gracias, esta noche, no. Stephen se dio vuelta y partió. Era un muchacho orgulloso y supe que nunca olvidaría un desprecio público como ese. Si hubiera sido más sensato, habría visto a Emmeline detrás de todo aquello, pero no lo fue. Empezó a cortejar a Althea Gillis y se casaron al año siguiente. Althea era una muchacha bastante linda, aunque voluble, y creo que ella y Stephen fueron felices juntos. En la vida real a menudo las cosas pasan así. Nadie trató de cortejar a Prissy desde entonces; supongo que Emmeline les daría miedo. La belleza de Prissy pronto se desvaneció. Siempre tenía aspecto dulce, pero perdió la lozanía y se volvió cada vez más tímida y débil de carácter. Ni siquiera se habría atrevido a ponerse un vestido cualquiera sin permiso de Emmeline. Le gustaban mucho los gatos, pero su hermana no le dejaba tener ninguno. Emmeline hasta cortaba el folletín del semanario religioso antes de dárselo a su hermana, porque no creía que debieran leerse novelas. Aquello me enfurecía. Fueron mis vecinas cuando me casé con Thomas, y conocía sus intimidades. Algunas veces me molestaba que Prissy cediera en tal forma; pero, después de todo, no podía evitarlo; había nacido así. Y ahora Stephen iba a probar suerte otra vez. Por cierto que era cómico. Cuatro veces acompañó Stephen a Prissy antes que Emmeline lo supiera. Ésta no acudía a las reuniones de la iglesia porque estaba furiosa con el señor Leonard. Había demostrado su desaprobación porque enterraron al viejo Naon Clark en el camposanto " como si fuera un cristiano", y el señor Leonard había dicho algo que no le gustó. No sé de qué se trató, pero lo que sé es que cuando el señor Leonard se enoja tanto como para regañar a alguien, esa persona se acuerda de ello por un largo rato. Me di cuenta de que había descubierto lo de Prissy, porque ésta dejó de ir a las reuniones repentinamente. Me preocupó, y aunque Thomas me pidió por todos los santos que no me metiese donde no me importaba, me sentí en la obligación de hacer algo. Stephen Clark era un buen hombre y Prissy tendría un buen hogar, y, además, los dos niños de Althea necesitaban urgentemente una madre. Además, sabía muy bien que, en lo más profundo de su corazón, Prissy deseaba casarse. Emmeline también, pero nadie quería ayudarla a ello. El resultado de mis meditaciones fue que invité a Stephen a cenar con nosotros una noche después de la reunión. Se rumoreaba que iba a ver a Lizzie Pye en Avonlea, y decidí que era hora de moverse. Si se hubiera tratado de Jane Miranda, no sé si me hubiera preocupado; pero Lizzie Pye ni siquiera servia para madrina de los niños. Tenía demasiado mal genio y era muy mezquina. Stephen vino. Parecía triste y preocupado y con pocas ganas de hablar. Después de cenar, hice una insinuación a Thomas. -Vete a dormir. Quiero hablar con Stephen. Thomas se encogió de hombros y se fue. Probablemente pensaba que me estaba buscando problemas, pero no dijo nada. Tan pronto como nos vimos libres de él, comenté casualmente a Stephen que entendía que iba a llevarse a una de mis vecinas cosa que no sentía, aunque fuera una buena vecina, y que la echaría mucho de menos. -Sospecho que no tendrá la oportunidad de echarla de menos -dijo Stephen hoscamente--. Me han dicho allí que no soy persona grata. Me sorprendió que Stephen fuera tan franco, pues no creí llegar tan fácilmente al fondo del asunto. No era de los que se sinceran, pero parecía aliviarle hablar. Nunca vi a un hombre tan herido por algo. Me contó todo. Prissy le había escrito una carta; la sacó de un bolsillo y me la dio. Era la escritura pequeña de Prissy, y sólo decía que sus atenciones "no eran bienvenidas" y que debía "hacer el bien de evitarlas". No era de extrañar que el pobre hombre hubiese ido a ver a Lizzie Pye. -Stephen, me sorprende que usted crea que Prissy escribió esa carta. -Es su letra -respondió testarudo. -Desde luego. "La mano es la mano de Esaú, pero la voz es la voz de Jacob" -dije, aunque sin estar muy segura de si la cita era apropiada-. Emmeline dictó la carta a Prissy; estoy tan segura como si lo hubiera visto. Y usted debía saberlo, también. -Pensé que podría demostrar a Emmeline que soy capaz de conseguir a Prissy a pesar suyo -dijo Stephen con acento salvaje-. Pero si Prissy no me quiere, no voy a obligarla a atenderme. Bueno, hablamos durante un rato y al final acepté sondear a Prissy y buscar su verdadero pensamiento. No creía que me fuera difícil, y así fue. La vi al día siguiente, porque me enteré de que Emmeline iba de compras. La encontré sola, cosiendo una carpeta. Su hermana la obligaba constantemente a hacerlo, supongo que porque eso le desagradaba mucho. Lloraba cuando entré y a los pocos minutos me lo había contado todo. Prissy quería casarse, casarse con Stephen, y Emmeline no la dejaba. -Prissy Strong -dije exasperada-, tienes menos carácter que una mosca. ¿Por qué le escribiste esa carta? -Emmeline me obligó -dijo Prissy, como si no hubiese apelación a tal orden, y yo supe que para Prissy no la había. También comprendí que si quería ver a Stephen, su hermana no debía saberlo. Y se lo dije a él, cuando vino la noche siguiente, con la excusa de necesitar una azada. Era hacer mucho camino para buscar una azada. -Entonces, ¿qué debo hacer? -preguntó-. De nada servirá escribir, pues es probable que Emmeline lo descubra. No dejará sola a Prissy después de esto, y ¿cómo puedo saber cuándo no está la vieja? -Por favor, no insulte a las viejas. Le diré qué haremos. ¿Ve usted el ventilador de nuestro granero desde su casa? ¿Con sus catalejos puede usted descubrir una bandera o cosa por el estilo? A Stephen le pareció que sí. -Bueno; eche una mirada de vez en cuando. Tan pronto salga Emmeline, alzaré la señal. Pasó una quincena antes de que se presentase la oportunidad. Entonces, una tarde vi a Emmeline que cruzaba el prado detrás de nuestra casa. Tan pronto como se hubo perdido de vista, corrí a ver a Prissy. -Sí, Emmeline ha ido a acompañar a Jane Lawson - dijo toda ruborizada y temblorosa. -Entonces, ponte tu vestido de muselina y arréglate el cabello. Voy a casa a hacer que Thomas ate algo a ese ventilador. ¿Creen ustedes que fue capaz de hacerlo? No. Dijo que debía algún respeto a su situación de decano de la iglesia. Al final, tuve que hacerlo yo misma, aunque no me gusta andar subiendo escaleras. Até al ventilador la bufanda de lana roja de mi marido y rogué que Stephen la viese. La vio, pues en menos de una hora apareció en su coche y ató el caballo a nuestro granero. Estaba elegantemente vestido y tan nervioso y excitado como un colegial. Fue derecho hacia Prissy y me quedé con la conciencia tranquila. Nunca sabré porqué se me ocurrió de pronto ir al altillo a asegurarme de que mis sábanas no estaban apolilladas, pero siempre he creído que fue un aviso de la providencia. Subí y se me ocurrió mirar por la ventana, y vi que Emmeline venía cruzando el prado. Volé escaleras abajo y crucé corriendo entre los abetos entré como una bomba en la cocina, donde los tórtolos estaban arrullándose. -Stephen, venga pronto. Emmeline ya está aquí. Prissy miró por la ventana y se retorció las manos. -Oh, está en el sendero. Stephen no puede salir de la casa sin que lo vea. Rosanna, ¿que haremos? Realmente, no sé qué hubiera sido de esos dos pobres, si yo no hubiese existido para darles ideas. -Lleva a Stephen al altillo y escóndelo allí –dije firmemente-, y hazlo enseguida. Prissy lo llevó pronto, pero apenas hubo regresado a la cocina, cuando irrumpió Emmeline, hecha una furia, porque alguien le había ganado el tirón con la oferta de acompañar a Jane Lawson, y perdió la oportunidad de meter la nariz en todo mientras Jane dormía. En cuanto puso los ojos sobre Prissy, sospechó algo. No era de sorprenderse, pues allí estaba su hermana vestida de punta en blanco, con las mejillas arreboladas y los ojos brillantes. Estaba temblando de excitación y parecía diez años más joven. -¡Priscilla Strong, has estado esperando a Stephen esta noche! -estalló-. ¡Criatura perversa, falsa, simuladora y desagradecida! Y continuó descargándose sobre Prissy, que comenzó a llorar, y pareció tan débil e infantil, que temí que lo contase todo. -Esto es cosa de ustedes dos -dije-, y no voy a molestar. Pero quiero que vengas a mi casa a enseñarme ese nuevo dibujo de bordado que aprendiste en Avonlea, y como creo que será mejor hacerlo antes que oscurezca, quisiera que vinieses ahora. -Creo que iré -dijo Emmeline con pocas ganas-, pero Priscilla irá también, pues veo que después de esto no debo perderla de vista Tuve esperanzas de que Stephen nos viera desde el altillo y aprovechara para escaparse. Pero no quise dejarlo todo a la suerte y, cuando Emmeline estuvo ocupada con el bordado, me excusé y salí. Por suerte la cocina estaba del otro lado de la casa, pero así y todo me sentía muy nerviosa mientras cruzaba el campo y volaba escaleras arriba en casa de Emmeline. Fue una suerte que llegara, pues Stephen no sabía nada. Prissy lo había escondido tras el telar y ni se movió por temor de que Emmeline oyera crujir el piso. Estaba todo cubierto de telarañas. Lo escondí en nuestro granero, donde quedó hasta que oscureció y las hermanas Strong regresaron a su casa. Emmeline comenzó a regañar a su hermana en cuanto salieron de mi casa. Entonces entró Stephen y conversamos. Él y Prissy habían empleado bien su tiempo, aunque fuera corto. Ella le había prometido casarse con él, y todo cuanto quedaba era llevar a cabo la ceremonia. -Y eso no será cosa fácil -le previne-. Ahora que Emmeline sospecha, no la perderá de vista hasta que usted se case con otra, aunque pasen años. La conozco. Y a su hermana también. Si fuera cualquier otra mujer, se escaparía o se las arreglaría de cualquier modo; pero ella, no. Está demasiado acostumbrada a obedecer a Emmeline. Tendrá usted una esposa obediente, Stephen, si es que la consigue alguna vez. Stephen tenía las apariencias de pensar que ello no sería desventaja. Corrían rumores de que Althea había sido muy mandona. No lo sé; quizá fuera cierto. -¿No me aconseja algo, Rosanna? -imploró-. Nos ha ayudado hasta ahora, y nunca lo olvidaré. -Lo único que puedo decirle es que prepare la licencia matrimonial, que hable con el señor Leonard y que no pierda de vista mi ventilador -le dije-. En cuanto se presente una oportunidad, pondré allí una señal. Bueno, la cosa fue que yo estuve de guardia y Stephen también, y el señor Leonard entró en la maquinación. Prissy estaba entre sus preferidas, y se hubiera necesitado ser más que santo (y a él poco le falta) para tenerle algo de amor a Emmeline, que siempre está tratando de traerle tropiezos en la iglesia. Pero Emmeline podía más que todos nosotros. Jamás perdía de vista a Prissy. Adondequiera que fuese, arrastraba a su hermana consigo. Después de un mes, yo estaba casi desesperada. El señor Leonard debía partir una semana después para la asamblea y los vecinos de Stephen estaban empezando a hablar de él. Decían que un hombre que andaba por su prado con un catalejo y confiaba todo el trabajo a un peón, no podía estar del todo en sus cabales. Casi no pude creer a mis ojos cuando un día vi partir sola a Emmeline. Tan pronto como la perdí de vista, fui a su casa en compañía de Anne Shirley y Diana Parry. Esa tarde, ambas estaban de visita en mi casa. La madre de Diana era mi prima segunda y, como nos visitábamos con frecuencia, veía a menudo a Diana. Pero nunca había visto a su compinche, Anne Shirley, aunque había oído sobre ella bastantes cosas como para despertar la curiosidad de cualquiera. De modo que cuando regresó del Colegio de Redmond para las vacaciones de verano, pedí a Diana que se apiadase de mí y me la trajera alguna tarde. No me desilusionó. La consideré una belleza, aunque algunos no pensasen así. Poseía el más magnifico cabello rojo y los ojos más grandes y brillantes que vi en muchacha alguna. En cuanto a su risa, me hacía rejuvenecer. Ella y Diana habían reído mucho esa tarde, pues les había contado, bajo promesa de no divulgarlo, todo el romance de la pobre Prissy. De modo que no harían nada, excepto acompañarme. Me sorprendió el aspecto de la casa. Todas las persianas estaban cerradas y la puerta tenía la llave echada. Golpeé una y otra vez sin recibir respuesta. Di vueltas a la casa hasta encontrar una ventanita sin persiana. Sabía que pertenecía a la habitación de las muchachas. Por allí llamé a Prissy. Al poco rato, ésta abrió. Estaba tan pálida y triste, que la compadecí con todo mi corazón. -Prissy, ¿adónde fue Emmeline? -A Avonlea, a casa de Roger Pye. Allí están con sarampión y no me quiso llevar, porque yo no lo he tenido ¡Pobre Prissy! Nunca había tenido todas esas cosas que es lógico tener. -Entonces abre la puerta y ven a mi casa -dije triunfante-, tendremos allí a Stephen y al ministro en un periquete. -No puedo. Emmeline me ha encerrado y se ha llevado la llave. Quedé confundida. Por aquel ventanuco sólo podría entrar o salir un niño. -Bueno -añadí-, de todos modos haré la señal a Stephen y veremos qué se puede hacer cuando llegue. No sabía cómo poner la señal en el ventilador, pues era un día en que me daban desvanecimientos. Y si me daba uno en la escalera del granero, habríamos tenido funeral en vez de boda. Anne Shírley se ofreció a poner la señal y lo hizo. Nunca la había visto hasta entonces y no la he vuelto a ver, pero opino que son pocas las cosas que no podrá hacer, si está empeñada en ello. Stephen tardó un poco en aparecer y trajo consigo al ministro. De modo que todos, incluyendo a Thomas, que estaba comenzando a interesarse por el romance, a pesar suyo, hicimos un consejo de guerra bajo la ventana. Mi marido sugirió que se rompieran las puertas y se sacara a Prissy descaradamente, pero vi que el señor Leonard dudaba y hasta el propio Stephen dijo que aquello sería el último recurso. Estuve de acuerdo. Seguramente que Emmeline lo demandaría por violación de domicilio. Estaría tan furiosa que aprovecharía cualquier excusa. Entonces, Anne Shirley, que no podía haber estado más excitada de haber sido ella quien se casaba, vino al rescate. - ¿No se podría poner una escalera hasta esa ventana para que se subiera el señor Clark y los casara así? ¿Pueden, señor Leonard? El ministro estuvo de acuerdo en que sí. Siempre fue el hombre de aspecto más santo, pero en ese instante creo que había un poquito de malicia en sus ojos. -Thomas, ve a traer nuestra escalerilla -ordené. Thomas olvidó que era decano de la iglesia y trajo la escalerilla con toda la rapidez que le permitió su gordura. Resultó corta para llegar hasta la ventanilla, pero no había tiempo para conseguir otra. Stephen subió y se estiró, y Prissy se inclinó, y apenas si pidieron estrecharse las manos. Jamás olvidaré el aspecto de Prissy. La ventana era tan pequeña, que apenas si podía sacar un brazo y la cabeza. Además se moría de miedo. El señor Leonard quedó al pie de la escalerilla y los casó. Por lo general, hace de tal ceremonia una cosa larga y solemne, pero esta vez cortó todo lo innecesario. Y fue mejor así, pues apenas los hubo declarado marido y mujer, Emmeline entró en el prado. Supo perfectamente bien lo que había ocurrido en cuanto vio al ministro con su libro en la mano. No dijo ni una palabra. Abrió la puerta delantera y subió. Siempre he estado convencida de que fue una suerte que la ventana fuese tan pequeña, pues, de haber podido, hubiera precipitado a Prissy desde allí. Bajó a su hermana y literalmente la tiró en brazos de Stephen. -Aquí tiene; llévese a su mujer --dijo--. Le enviaré todas sus cosas y jamás quiero volver a verlos ni a ella ni a usted. Entonces, se volvió hacia Thomas y a mí. -En lo que respecta a ustedes, que hayan ayudado y apoyado a esa tonta, salgan de mi casa y jamás vuelvan a pisar mi umbral. -Por Dios, ¿quien quiere hacerlo, vieja bruja? -dijo Thomas. No era cosa para que él la dijera, pero todos somos humanos, hasta los decanos. A las muchachas también les llegó su turno. Emmeline les echó una mirada asesina. -Esto les servirá para contarlo en Avonlea -dijo-. Sus habladurías servirán por un tiempo. Para eso salen de Avonlea, para llevar chismes. Finalmente apuntó al ministro. -Después de esto, iré a la Iglesia bautista en Spencervale-. El tono de su voz significaba mil otras cosas. Entró en su casa como un torbellino y dio un portazo. El señor Leonard nos echó una mirada piadosa, mientras Stephen ponía en el coche a la semidesmayada Prissy. -Lo siento mucho -dijo con ese su modo tan santo de ser- por los bautistas.
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