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CAPÍTULO CINCO El triunfo de Lucinda El casamiento de un Penhallow era siempre la señal para que se reunieran todos los que llevaban tal apellido. De todos los rincones de la tierra llegaban Penhallow por nacimiento, Penhallow por casamiento y Penhallow por abolengo. East Grafton era la antigua región donde vivía esta "raza", y la casa del "viejo" John Penhallow constituía para ellos la Meca. Aun para la misma familia, la relación de las diversas ramas con sus ramificaciones era un verdadero jeroglífico. `El viejo tío Julius Penhallow era considerado un verdadero prodigio, pues en un instante podía determinar qué relación tenía un Penhallow con otro Penhallow. El resto de ellos vivían en medio de la confusión, y los jóvenes Penhallow se consideraban todos primos de una manera vaga. En esta ocasión se casaba Alice Penhallow, hija de John Penhallow "el joven". Alice era una joven muy bonita. Ella y su boda sólo están conectadas con esta historia porque sirvieron para situar a Lucinda, de modo que no hace falta decir nada más sobre el acontecimiento. La tarde del día de la boda (los Penhallow tenían la costumbre de efectuar sus casamientos de tarde y festejarlos con un gran baile), Penhallow Grange estaba repleta de invitados que habían llegado a tomar el té y descansar antes de dirigirse hacia la casa de John "el joven". Algunos de ellos habían viajado hasta cincuenta millas. En la enorme huerta otoñal, la juventud se dedicaba a charlar y a coquetear con toda la libertad. Arriba, en el dormitorio de la "vieja" señora Penhallow, ella y sus hijas casadas estaban reunidas en cónclave. El "viejo" John se había establecido con sus hijos y yernos en la galería. Y las tres nueras se encontraban cómodamente instaladas en el salón azul, en caluroso chismorreo. También estaban allí Lucinda y Romney Penhallow. La delgada esposa de Nathaniel Penhallow estaba sentada en la mecedora con los pies hacia la parrilla del hogar, pues la hermosa tarde otoñal era fresca, y Lucinda, como de costumbre, tenía la ventana abierta. Ella y la obesa señora de Frederick Penhallow llevaban todo el peso de la conversación, pues la señora cíe George Penhallow se mantenía algo distante, debido a su falta de práctica social. Era la segunda esposa de George Penhallow y se había casado hacía sólo un año. En consecuencia, sus contribuciones a la conversación eran algo espasmódicas, imprevistas, deslizadas muchas veces a la ventura, y en ciertas oportunidades, no muy acertadas desde el punto de vista del clan. Romney Penhallow estaba sentado en un rincón, escuchando la conversación de las mujeres con la inescrutable sonrisa que siempre molestaba a la esposa de Frederick. La señora de George se preguntaba qué haría allí, entre las mujeres. También pensaba a qué rama de la familia pertenecería. No era uno de los tíos, aunque no podía ser mucho más joven que George. -Debe de tener unos cuarenta años -reflexionó-, pero está muy bien conservado y es realmente elegante y fascinante. Nunca he visto barba y hoyuelos más espléndidos. Lucinda, con sus cabellos bronceados y el cutis más blanco que pudiera soñarse, desafiaba los rayos solares y el aire fresco. Sentada en el antepecho de la ventana abierta, miraba hacia el jardín, donde las dalias y los ásteres parecían pinceladas rojas y blancas. La brillante luz del atardecer otoñal resplandecía sobre las ondas de su cabello e iluminaba la perfección de sus rasgos de pura línea griega. La señora de George sabía que era una prima segunda y que a pesar de sus treinta y cinco años, era la belleza reconocida de toda esa generación de Penhallow. Era una de esas raras mujeres a quienes el tiempo respeta sus encantos. Había crecido y madurado, pero no envejecido. Las mayores de los Penhallow acostumbraban considerarla una niña aún, y las jóvenes la aceptaban como a una de ellas. Así y todo, Lucinda nunca se mostró aniñada. Todo su tacto y sentido del humor la libraban de caer en esa tentación. Era solamente una mujer hermosa y completamente formada a quien el tiempo había dado tregua; una joven en la madura juventud y con quien los años no tienen nada que hacer. La señora de George quería y admiraba a Lucinda, y cuando aquélla quería y admiraba a una persona, tenía la inevitable necesidad de compartir sus opiniones sobre ella con el confidente más apropiado. En este caso la señora de George se dirigió hacia Romney Penhallow, a quien le dijo con dulzura: -Realmente, ¿no le parece que nuestra Lucinda está admirablemente hermosa este otoño? Tenía toda la apariencia de una pregunta inocente y bienintencionada y la pobre señora de George bien podía ser excusada por sentirse azorada ante el efecto que le hizo a Romney. Éste juntó sus largas piernas, se puso de pie y dio a su infortunada interlocutora un ejemplo del genio de los Penhallow. -Lejos de mí diferir con la opinión de una dama, especialmente cuando se relaciona con otra -manifestó mientras abandonaba el salón azul. Confundida por el tono satírico de la respuesta, la señora de George miró a Lucinda sin decir palabra. Ésta había vuelto la espalda a la reunión y observaba el jardín, pero su blanco cuello y mejillas se habían teñido de rojo. Entonces la señora de George se volvió hacia sus cuñadas. Éstas la miraban con la tolerante diversión que podía haberles proporcionado los disparates de un niño. La señora de George tuvo la impresión de que había dicho una inconveniencia. Se sintió desagradablemente ruborizada. ¿Qué pieza del engranaje Penhallow había sacudido inconscientemente? ¿Por qué alabar a Lucinda constituía tan evidentemente violación a las reglas? El llamado a tomar el té rescató a la pobre señora de George de su embarazosa situación. Lo agradeció devotamente. Sin embargo, la comida había perdido para ella todo su interés. El mortificante recuerdo de su misterioso error y su curiosidad le quitaban el apetito. Tan pronto como finalizó el té, llevó a la señora de Frederick al jardín y en el camino de las dalias le exigió que le explicara todo. Su cuñada estalló en carcajadas. -Mi querida Cecilia, fue tan divertido -dijo con cierto aire condescendiente. -Pero, ¿porque?-gritó Cecilia, resentida por la condescendencia y el misterio-. ¿Por qué fue tan terrible lo que dije, o tan gracioso? ¿Y quién es ese Romney Penhallow a quien no se le puede dirigir la palabra? -¡Oh! Romney es uno de los Penhallow de Charlottetown. Es abogado. Es primo hermano de Lucinda y primo segundo de George. Al menos o algo así; si quieres la genealogía tendrás que recurrir al tío Julius. Es un perpetuo embrollo esto del parentesco de los Penhallow. Y en cuanto a Romney, claro que puedes hablar con él de cualquier cosa excepto de Lucinda. ¡Oh, inocente! ¡Preguntarle a él si no le parecía que Lucinda estaba hermosa! ¡Y delante de ella! Por supuesto, él pensó que lo habías hecho a propósito, para molestarlo, por eso se mostró tan sarcástico y brusco. -Pero, ¿por qué? -insistió tenazmente la señora de George. -¿No te lo ha contado George? -No -dijo Cecilia en el punto máximo de su exasperación-. Desde que estamos casados George ha empleado su tiempo contándome cosas raras de los Penhallow, pero evidentemente no ha llegado a ésta. -Bueno, querida, pues éste es el romance de la familia. Lucinda y Romney están enamorados y lo están desde hace quince años, pero en todo ese tiempo no se han dirigido la palabra ni una sola vez. -¡Mi Dios! -exclamó la señora de George. ¿Será éste un método Penhallow de hacer la corte? Pero ¿por qué? -Hace quince años tuvieron una disputa -explicó la señora de Frederick pacientemente-. ¿Nadie sabe por qué ni cómo comenzó, salvo que fue Lucinda la equivocada; y admirablemente hermosa este otoño? Tenía toda la apariencia de una pregunta inocente y bienintencionada y la pobre señora de George bien podía ser excusada por sentirse azorada ante el efecto que le hizo a Romney. Éste juntó sus largas piernas, se puso de pie y dio a su infortunada interlocutora un ejemplo del genio de los Penhallow. -Lejos de mí diferir con la opinión de una dama, especialmente cuando se relaciona con otra -manifestó mientras abandonaba el salón azul. Confundida por el tono satírico de la respuesta, la señora de George miró a Lucinda sin decir palabra. Ésta había vuelto la espalda a la reunión y observaba el jardín, pero su blanco cuello y mejillas se habían teñido de rojo. Entonces la señora de George se volvió hacia sus cuñadas. Éstas la miraban con la tolerante diversión que podía haberles proporcionado los disparates de un niño. La señora de George tuvo la impresión de que había dicho una inconveniencia. Se sintió desagradablemente ruborizada. ¿Qué pieza del engranaje Penhallow había sacudido inconscientemente? ¿Por qué alabar a Lucinda constituía tan evidentemente violación a las reglas? El llamado a tomar el té rescató a la pobre señora de George de su embarazosa situación. Lo agradeció devotamente. Sin embargo, la comida había perdido para ella todo su interés. El mortificante recuerdo de su misterioso error y su curiosidad le quitaban el apetito. Tan pronto como finalizó el té, llevó a la señora de Frederick al jardín y en el camino de las dalias le exigió que le explicara todo. Su cuñada estalló en carcajadas. -Mi querida Cecilia, fue tan divertido -dijo con cierto aire condescendiente. -Pero, ¿porque?-gritó Cecilia, resentida por la condescendencia y el misterio-. ¿Por qué fue tan terrible lo que dije, o tan gracioso? ¿Y quién es ese Romney Penhallow a quien no se le puede dirigir la palabra? -¡Oh! Romney es uno de los Penhallow de Charlottetown. Es abogado. Es primo hermano de Lucinda y primo segundo de George. Al menos o algo así; si quieres la genealogía tendrás que recurrir al tío Julius. Es un perpetuo embrollo esto del parentesco de los Penhallow. Y en cuanto a Romney, claro que puedes hablar con él de cualquier cosa excepto de Lucinda. ¡Oh, inocente! ¡Preguntarle a él si no le parecía que Lucinda estaba hermosa! ¡Y delante de ella! Por -Por supuesto, él pensó que lo habías hecho a propósito, para molestarlo, por eso se mostró tan sarcástico y brusco. -Pero, ¿por que? -insistió tenazmente la señora de George. -¿No te lo ha contado George? -No -dijo Cecilia en el punto máximo de su exasperación-. Desde que estamos casados George ha empleado su tiempo contándome cosas raras de los Penhallow, pero evidentemente no ha llegado a ésta. -Bueno, querida, pues éste es el romance de la familia. Lucinda y Romney están enamorados y lo están desde hace quince años, pero en todo ese tiempo no se han dirigido la palabra ni una sola vez. -¡Mi Dios! -exclamó la señora de George. ¿Será éste un método Penhallow de hacer la corte? Pero ¿por que? -Hace quince años tuvieron una disputa --explicó la señora de Frederick pacientemente-. Nadie sabe por qué ni cómo comenzó, salvo que fue Lucinda la equivocada; y esto lo sabemos porque ella misma lo admitió tiempo después. Pero, en el primer momento de ira, Lucinda le dijo a Romney que no volvería a dirigirle la palabra mientras viviera, y Romney afirmó que no le hablaría a menos que ella dijera la primera palabra, ya que, al estar equivocada, debía ser suya la iniciativa. Y nunca se han hablado. Muchos han intentado reconciliarlos, pero todos han fracasado. No creo que Romney haya ido más allá de pensar en alguna otra mujer en toda su vida, y en cuanto a Lucinda, ni siquiera ha pensado en otro hombre. Habrás notado que todavía lleva el anillo de Romney. Aún están prácticamente comprometidos y Romney dijo una vez que si Lucinda le dijera una sola palabra, aunque fuera insultante, él podría hablar, y pedirle perdón por su parte de culpa en la disputa, pues de ese modo no quebrantaría su palabra. Hace años que no dice nada al respecto, pero supongo que sigue pensando igual. Y están tan enamorados como siempre. Él siempre anda rondando por donde está ella, es decir, cuando hay gente delante. Cuando está sola, la evita como a la peste. Es por eso que hoy estaba en el salón azul con nosotras. No parece haber ni pizca de resentimiento entre ellos. ¡Si Lucinda hablara! Pero no lo hará. -¿No cree que todavía puede hacerlo? La señora de Frederick sacudió la cabeza sabiamente. -Ya no. La cosa ha ido demasiado lejos. Su orgullo nunca la dejará hablar. Antes pensábamos que en cualquier momento lo harían, por olvido o por accidente; hasta le tendimos trampas, pero todo fue inútil. Es una verdadera vergüenza. Están hechos uno para el otro. Sabes, me pongo de mal humor cuando pienso en todo este tonto asunto. ¿No parece que estuviéramos hablando de una riña entre colegiales? En los últimos años hemos aprendido que no teníamos que hablarle a Romney de Lucinda, ni siquiera de la manera más vulgar; parece ofenderlo. -Él debió haber hablado -exclamó la señora de George calurosamente-. Aun si ella hubiera tenido diez veces más culpa que él, él debió perdonarla y hablar primero. -Pero no lo hizo. Y ella tampoco. Nunca encontrarás dos mortales más resueltos. Lo heredaron de su abuelo, por parte de madre, el viejo Absalon Gordon. Del lado de los Penhallow no son testarudos. Absalon era un hombre muy obstinado; su obstinación era un proverbio, mi querida, un proverbio. Lo que decidía lo cumplía así se cayeran los cielos. También era un hombre terrible para jurar - prosiguió la señora de Frederick penetrando en los caminos del recuerdo-. En su juventud había pasado mucho tiempo en una colonia de mineros y nunca pudo sacar la costumbre de jurar. La sangre se te hubiera helado en las venas de haberlo oído algunas veces. Y así y todo, era un anciano realmente bueno. Afortunadamente a nadie se le pegó el hábito. Pero no podía evitarlo. Decía que juraba tan naturalmente como respiraba. Su familia se mortificaba mucho. Pero ahora está muerto y a la muerte hay que respetarla. Bueno, tengo que ir a buscar a Mattie para que me arregle el cabello. Si lo hiciera sola me arrancaría limpias las mangas del vestido, y no tengo ganas de volver a desnudarme. No creo que te queden deseos de volver a hablarle a Romney de Lucinda, mi querida Cecilia. -¡Quince años! -murmuró la señora de George como hablándoles a las dalias con aire desesperado-. ¡Comprometidos durante quince años y sin hablarse! ¡Oh, estos Penhallow! Entretanto, Lucinda se vestía para la boda, serena e inconsciente de que la señora de Frederick estaba contando su historia de amor en el jardín de las lilas. A Lucinda le agradaba vestirse para una fiesta pues el espejo todavía era gentil con ella. Además, tenía un nuevo vestido. Ahora bien, un nuevo vestido -y especialmente uno tan lindo como ése- era una rareza en Lucinda, que pertenecía a una rama de los Penhallow destacada por su tacañería. En verdad, ella y su madre viuda eran positivamente pobres y por eso un nuevo vestido era un acontecimiento en su existencia. Un tío se lo había regalado. Era tan hermoso y delicado como lo soñara, pero jamás se hubiera atrevido a elegirlo sola. Era de voile verde pálido, color que hacía resaltar admirablemente el rojizo destello de sus cabellos y la clara brillantez de su piel. Cuando hubo terminado de vestirse, se contempló en el espejo con franco deleite. No era envanecida, pero tenía cabal conciencia de su belleza y eso le daba un placer impersonal, como si estuviera contemplando un hermoso retrato pintado por un maestro. La cara y el cuerpo reflejados en el espejo la satisficieron. Los pliegues y volados de voile verde subrayaban las perfecciones de su silueta. Lucinda alzó un brazo y llevó a sus labios una rosa roja con la mano en la que brillaba el diamante de Romney, mientras contemplaba con crítica aprobación la grácil curva de sus hombros y la espléndida línea de su mentón y de su cuello. También notó lo bien que sentaba a sus ojos el color de la prenda, que hacía resaltar toda su profundidad. En cierta ocasión, Romney escribió un soneto donde comparaba el color de sus ojos con el de las flores salvajes. Esto puede parecer no muy poético, a menos que se recuerde el color de esas flores púrpura oscuro con cierta luz, pizarra claro otras veces y hasta también el húmedo azul de las violetas tempranas. -Luces muy bien -comentó a la imagen en el espejo-. Nadie pensaría que eres una solterona. Pero así es. Hace quince años, cuando tú pensabas casarte, Alice Penhallow, que se casa esta noche, era una chiquilla de cinco. Eso te hace una solterona, querida. Bueno, es tu propia culpa, y así seguirá siendo, ¡pedazo de terca! Se dio vuelta airada y se puso los guantes. -Espero no manchar el vestido esta noche -reflexionó-. Deberá servirme de traje de gala por lo menos durante un año más y tengo la sensación de que es muy fácil de ensuciarse. ¡Ese buen tío Mark! ¡Cómo habría detestado que me regalara algo útil y feo, como hubiera hecho la tía Emilia! Todos fueron a casa de John Penhallow "el joven" a la salida de la luna. Lucinda viajó las dos millas entre las colinas y valles con un joven primo segundo, llamado Carey Penhallow. La boda fue un acontecimiento brillante. Lucinda parecía ser el centro de la fiesta y dondequiera que fuese levantaba un murmullo de admiración. Era una verdadera belleza y sin embargo se sentía ligeramente aburrida y estuvo contenta cuando los invitados comenzaron a dispersarse. -Temo estar perdiendo mi capacidad para divertirme - pensó, un poco triste-. Sí, debo de estar volviéndome vieja. Eso pasa cuando los deberes sociales comienzan a aburrirnos. A la desdichada señora de George le tocó disparatar otra vez. Estaba en la galería cuando salió Carey Penhallow. -Dígale a Lucinda que no podré llevarla de regreso. Debo llevar a Mark y Cissy Penhallow hasta Bright River para que alcancen el expreso de las dos. Creo que encontrará quien la lleve. En ese momento, George llamó a su mujer mientras luchaba con el caballo. Su esposa, apurada, volvió al salón lleno de gente. Ninguno de los Penhallow supo nunca exactamente a quién dio su mensaje. Pero una muchacha alta, de cabellos rojizos, vestida de organdí verde pálido - Anne Shirley de Avonlea- más tarde contó a Marilla Cuthbert y a Rachel Lynde que una mujercilla regordeta vestida de rosa la había tomado del brazo y le había dicho: -Carey Penhallow no puede llevarte, tiene que acompañar a otros -y se marchó antes de que pudiera contestarle. Así fue como Lucinda se vio abandonada, sin noticia previa, cuando salió a la galería. Los Penhallow del Grange habían partido. Pudo comprobarlo después de una búsqueda azorada y comprendió que debía ir andando a su casa esa noche. Estaba claro que nadie la acompañaría. Lucinda se enojó. No es agradable sentirse olvidada y abandonada. Y es menos agradable aún caminar sola hasta su casa por un camino real a la una de la madrugada vestida de voile verde. Ella no estaba preparada para tal caminata. Llevaba zapatos de suela fina y sólo tenía para resguardarse del frío un pañuelo ligero y una chaqueta corta. -Qué aspecto raro tendré, con este atuendo -pensó airada. No le quedaba otra salida, a menos que explicara su situación a alguno de los invitados desconocidos y le pidiera que la llevara a casa. Su orgullo rechazaba tal pedido y el reconocimiento de debilidad que significaba. No; caminaría, ya que no quedaba otro remedio. Pero no iría por el camino real para que la contemplaran todos cuantos pasaran. Había un atajo por un sendero que cruzaba los campos; lo conocía bien aunque hacía años que no iba por allí. Recogió su falda, se deslizó alrededor de la casa al amparo de las sombras, tomó por el sendero lateral y dio con una puerta que se abría al prado bordeado de arces donde los árboles helados brillaban a la luz de la luna. Lucinda se deslizó por el sendero, con su ira aumentando a cada paso, a medida que comprendía lo mal que la habían tratado. Creía que nadie se había acordado de ella, cosa diez veces peor que un desprecio premeditado. Al llegar a la puerta del extremo del campo, un hombre apoyado en ella se sobresaltó y lanzó una exclamación que, para otro que no fuera Romney Penhallow o para otra mujer que no fuera Lucinda Penhallow, hubiera denotado sorpresa. Lucinda lo reconoció con mucho de disgusto y con algo de alivio. Ya no tendría que marchar sola hasta su casa. ¡Pero su acompañante sería Romney Penhallow! Quizás él pensaba que todo aquello había sido premeditado. Romney le abrió la puerta en silencio; en silencio la cerró tras ella, y en silencio echó a andar a su lado. Cruzaron un campo aterciopelado. El aire estaba helado, calmo y quedo. Sobre el mundo caían la luz de la luna y el rocío que transformaban a las prosaicas colinas y campos de East Grafton en un país de hadas. Al principio, Lucinda se sintió aún más airada. ¡Cómo reirían por esto los Penhallow! En lo que se refería a Romney, él también estaba furioso ante la broma que le jugaba la suerte. Le gustaba tan poco como a cualquiera estar en situación desairada y por cierto que verse obligado a cruzar los campos alumbrados por la luna a la una de la madrugada, junto a la mujer a quien amaba y con quien no cruzaba palabra en quince años, era una ironía del destino. ¿Pensaría ella que él lo había planeado? Y ¿cómo diablos Lucinda se iba a su casa andando? Cuando hubieron cruzado el campo y estaban llegando a la cuesta donde crecían los cerezos silvestres, la ira de Lucinda había sido dominada por su salvador sentido del humor. Hasta estaba sonriendo maliciosamente bajo su bufanda. El sendero era un lugar de encantamiento. Una larga columna estaba alumbrada por la luna por donde parecían danzar las esquivas ninfas de los bosques. Los rayos cruzaban las ramas arqueadas y hacían un mosaico de plata y sombras en el camino de los amantes enemistados. A ambos lados estaban las revoloteantes sombras de los bosques, y envolviendo todo, el gran silencio no turbado por el viento. A mitad del camino, Lucinda fue atacada por un recuerdo sentimental. Pensó en la última vez que cruzaron ese mismo sendero ella y Romney, de regreso de una fiesta en casa de John "el joven". Entonces también había luna y (Lucinda reprimió un suspiro) habían caminado tomados de la mano. Aquí, junto al haya gris, él la había detenido y le había dado un beso. Lucinda caviló si él no estaría pensando lo mismo y le echó una furtiva mirada a través del encaje de su pañuelo. Pero Romney caminaba taciturno con las manos en los bolsillos y el sombrero echado sobre los ojos. Pasó junto a la haya sin mirar a su compañera. Lucinda reprimió otro suspiro, recogió más su falda y continuó andando. Más allá de la cuesta, los argentados campos cultivados descendían hasta el arroyo de Peter Penhallow, una corriente ancha y vadosa, cruzaba en tiempos viejos por el mohoso tronco de un árbol caído. Cuando llegaron junto al arroyo, miraron las aguas alborotadas con ojos espantados. Lucinda -recordó que no debía hablarle a Romney justo a tiempo para reprimir una exclamación de consternación. ¡No había ningún árbol! ¡No había puente sobre el arroyo! Aquello era algo inesperado. Pero antes de que Lucinda pudiera preguntarse, desesperada, qué podrían hacer, Romney le contestó, no con palabras, sino con hechos. Fríamente la tomó en sus brazos, como si fuera una criatura y no una mujer adulta de buen peso, y comenzó a vadear las aguas. Lucinda se sintió impotente. No podía prohibírselo y estaba tan enmudecida por la ira que no hubiera podido decir palabra. Entonces se produjo la catástrofe. Romney perdió pie en una piedra, hubo un terrible chapoteo, y al instante, ambos estaban sentados en mitad de la corriente. Lucinda fue la primera en ponerse de pie. Su empapado vestido se adhirió a su cuerpo en forma horrible. El recuerdo de todas sus desdichas de esa noche le acudió a la memoria y sus ojos brillaron de ira en la noche. Jamás había estado tan enojada en su vida. -¡Maldito idiota! -dijo con voz que temblaba de ira. Romney se puso suavemente de pie. -Lo siento muchísimo, Lucinda-dijo tratando con poco éxito de disimular la risa que había en su tono-. Fui horriblemente desmañado, pero esa piedra se escapó bajo mi pie. Por favor, perdóname eso... y otras cosas. Lucinda no se dignó contestar. Se paró sobre una piedra y escurrió el agua de su pobre vestido. Romney la inspeccionó con aprensión. -Apúrate, Lucinda. Te resfriarás seriamente. -Jamás me resfrío ----contestó ella, con los dientes castañeteando-. Estoy pensando en mi vestido... Tú sí, que necesitas apurarte. Estás empapado y te resfrías con facilidad. Ven. Lucinda alzó su falda, que había sido tan hermosa cinco minutos antes, y comenzó a andar con paso vivo. Romney la alcanzó y la tomó del brazo como en los viejos tiempos. Durante un rato caminaron en silencio. Entonces Lucinda comenzó a sacudirse de la risa. Se rió en silencio a lo largo de todo el campo y se detuvo en la empalizada junto al Grange y echando atrás la bufanda, miró desafiante a Romney: -Estás pensando en eso -gritó-, y yo también. Y seguiremos pensándolo el resto de nuestras vidas, a intervalos. Pero si alguna vez me lo mencionas, ¡jamás te lo perdonaré, Romney Penhallow! -Nunca lo haré -prometió Romney. Esta vez había algo más que una traza de risa en su voz, pero Lucinda prefirió no darse por enterada. No volvió a hablar hasta que llegaron a la puerta del Grange. Allí lo enfrentó solemnemente. -Es un caso de atavismo -dijo-. La culpa la tiene el abuelo Gordon. En el Grange casi todos estaban acostados. Con los huéspedes llegando por grupos y marchando soñolientos a sus habitaciones, nadie había echado de menos a Lucinda, creyendo cada uno que ella estaba con los demás. Sólo las señoras de Frederick, de Nathaniel y de George estaban levantadas. La eternamente friolenta esposa de Nathaniel había encendido un fuego de astillas en la chimenea de la habitación azul para calentar sus pies antes de retirarse y las tres mujeres estaban comentando la boda en voz baja cuando se abrió la puerta y entró la majestuosa silueta de Lucinda, majestuosa a pesar del sucio voile y detrás de ella el empapado Romney. ¡Lucinda Penhallow! -exhalaron las tres. -Tuve que venir andando -dijo Lucinda fríamente-. De modo que Romney y yo vinimos cruzando los campos. No había puente sobre el arroyo, y cuando me cruzaba en brazos, perdió pie y nos caímos. Eso es todo. No, Cecilia, nunca me resfrío, de modo que no se preocupe. Sí, mi vestido está arruinado, pero eso no trae consecuencias. No, Cecilia, muchas gracias, no quiero nada caliente. Romney, vete a quitarte esas ropas mojadas inmediatamente. Me voy a acostar. Buenas noches. - Cuando la puerta se cerró tras la pareja, las tres cuñadas se miraron. La señora de Frederick, sintiéndose incapaz de expresar sus sensaciones con sus propias palabras, empleó una cita: "¿Duermo, sueño, o dudo y cavilo? ¿Son las cosas cual parecen, o sólo visiones?" -Pronto habrá otra boda de los Penhallow -dijo la señora de Nathaniel en un largo suspiro-. Por fin Lucinda le ha hablado a Romney. -¿Qué supones que le dijo? -preguntó la señora de George. -Querida Cecilia -respondió la señora de Frederick eso nunca lo sabremos. Y así fue.
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