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15 LO QUE NO PODÍA SER Cuando se cerró la puerta detrás de la señora Mclntyre, las niñas se levantaron y se vistieron sin demasiada prisa. Emily pensó en el día que le esperaba, con algo de desagrado. El delicado sabor de aventura y romance con que habían salido de sus casas había desaparecido y, de pronto, recorrer los campos en busca de suscripciones se había convertido en una tarea molesta. Físicamente, ambas estaban más cansadas de lo que creían. -Parece un siglo que salimos de Shrewsbury -gruñó Ilse mientras se ponía las medias. Emily tenía una sensación aún más fuerte sobre el paso del tiempo. La noche en vela y plena de éxtasis pasada bajo la luna parecía como un año de un extraño crecimiento de su alma. Y la noche anterior también la había pasado en vela, de un modo bien distinto, y había despertado de su breve sueño con una sensación extraña y desagradable de haber hecho un viaje confuso y atormentado, una sensación que la historia de la señora Mclntyre había borrado por un rato, pero que volvía ahora mientras Emily se cepillaba el cabello. -Siento como si hubiera andado vagando por algún lugar, durante horas -dijo-. Y soñé que encontraba al pequeño Allan, pero no sé dónde. Fue espantoso despertar sintiendo que justo en el instante previo yo sabía y acababa de olvidarlo. -Yo dormí como un lirón -dijo Ilse, bostezando-. Ni siquiera soñé. Emily, quiero irme de esta casa y de este lugar lo antes posible. Me siento como en medio de una pesadilla, como si algo horrible estuviera oprimiéndome y no pudiera escapar. Sería diferente si pudiera hacer algo, ayudar de alguna manera. Pero, dado que no puedo, quiero escapar. Me había olvidado durante unos minutos, mientras la anciana nos contaba su historia, ¡qué anciana despiadada! A ella no le preocupaba en lo más mínimo el niñito perdido. -Creo que hace mucho tiempo que dejó de preocuparse por nada-dijo Emily, soñadora-. A eso se refieren cuando dicen que está un poco chiflada. Una persona que no se preocupa ni un poquito está un poco chiflada. Como el primo Jimmy. Pero la historia fue fabulosa. Voy a escribirla para mi primer ensayo, y después veré que se publique. Estoy segura de que será una historia espléndida para alguna revista, si puedo atrapar el sabor y la vivacidad que ella le puso al contarla. Creo que ahora mismo voy a anotar en mi cuaderno algunas de sus expresiones, antes de que me las olvide. -¡Ay, maldito sea tu cuaderno! -dijo Ilse-. Bajemos, tomemos el desayuno si no tenemos otro remedio y vayámonos de aquí. Pero Emily, regodeándose otra vez en su paraíso de cuentista, se había olvidado temporariamente de todo lo demás. -¿Dónde está mi cuaderno? -preguntó, impaciente-. No está en la cartera, sé que anoche lo dejé adentro de la cartera. ¡Espero no haberlo dejado en el poste del portón! -¿No es ése que está ahí, arriba de la mesa? -preguntó Ilse. Emily lo miró, intrigada. -No puede ser... pero es. ¿Cómo llegó acá? Estoy segura de que anoche no lo saqué de la cartera. -Tienes que haberlo sacado -dijo Ilse, indiferente. Emily avanzó hacia la mesa con expresión de curiosidad. El cuaderno estaba abierto sobre la mesa y el lápiz estaba al lado. Algo en la página atrajo inmediatamente su atención. Se inclinó a mirar. -¿Por qué no te das prisa y terminas de peinarte? -preguntó Ilse minutos después-. Yo ya estoy lista. ¡Por favor, deja tranquilo ese bendito cuaderno aunque más no sea para terminar de vestirte! Emily giró en redondo, con el cuaderno en la mano. Estaba muy pálida y tenía los ojos oscuros de miedo y misterio. -Ilse, mira esto -dijo, con voz temblorosa. Emily se acercó y miró la página del cuaderno que le mostraba Emily. Sobre ella había un dibujo a lápiz, muy bien hecho, de la casita en la costa del río que tanto había atraído a Emily el día anterior. Sobre una ventanita, encima de la puerta del frente, había una cruz negra y frente a ésta, al margen del cuaderno y junto a otra cruz, estaba escrito: "Allan Bradshaw está aquí". -¿Qué significa eso? -preguntó Ilse, en media voz-. ¿Quién lo hizo? -No... no lo sé -tartamudeó Emily-. La letra... es mía. Ilse miró a Emily y retrocedió dos pasos. -Tienes que haberlo escrito en sueños -dijo, alelada. -Yo dibujo muy mal -dijo Emily. -¿Quién más pudo haberlo hecho? La señora McIntyre no pudo ser, tú sabes que no, Emily. Nunca escuché nada tan raro. ¿Te parece... te parece que puede estar ahí? -¿Cómo es posible? La casa tiene que estar cerrada, no hay nadie trabajando ahí. Además, tienen que haber registrado toda esa zona, él habría estado mirando por la ventana, recuerda que no tenía persiana, gritaría, lo habrían visto o lo habrían oído. Seguramente dibujé eso en sueños, aunque no me explico cómo, porque no me podía sacar de la cabeza el pensamiento del pequeño Allan. Es tan extraño... me da miedo. -Tienes que mostrárselo a los Bradshaw -dijo Ilse. -Supongo que sí, pero no querría. Puede volver a darles una cruel falsa esperanza, y no puede haber nada en esto. Pero no puedo correr el riesgo de no mostrárselo. Muéstraselo tú, yo no puedo, no sé por qué. Esto me ha alterado mucho, estoy asustada, como una niña, tengo ganas de sentarme y ponerme a llorar. Si ese niño estuvo ahí, desde el martes, tiene que haberse muerto de hambre. -Bueno, ya se verá. Voy a mostrárselo. Si resulta cierto, Emily, eres una criatura especial. -No digas eso, no puedo soportarlo -dijo Emily, estremeciéndose. No había nadie en la cocina cuando entraron, pero en seguida entró un hombre, evidentemente el doctor McIntyre del que había hablado la señora Hollinger. Tenía un rostro agradable, inteligente, con ojos intensos detrás de los anteojos, pero se lo veía cansado y triste. -Buenos días -dijo-. Espero que hayan descansado bien y no las hayan molestado. Aquí todos estamos muy mal. -¿No encontraron al niñito? -preguntó Ilse. El doctor Mclntyre negó con la cabeza. -No. Abandonaron la búsqueda. No puede estar vivo, después de la noche del martes y de anoche. El pantano no devuelve a sus muertos, y yo estoy seguro de que está allí. Mi pobre hermana está destrozada. Lamento que su visita haya tenido lugar en un momento tan penoso, pero espero que la señora Hollinger las haya hecho sentir cómodas. La abuela McIntyre se ofendería mucho si les hubiera faltado algo. Era famosa por su hospitalidad en sus tiempos. Supongo que no la han visto. No siempre se muestra a los desconocidos. -Sí, la vimos -dijo Emily, abstraída-. Esta mañana vino a nuestra habitación y nos contó de cuando le dio una tunda al Rey. El doctor McIntyre rió. -Entonces pueden consideradas honradas. La abuela no le cuenta esa historia a cualquiera. Es una especie de Viejo Marino y conoce a sus escuchas predestinados. Es una mujer bastante extraña. Hace unos años su hijo preferido, mi tío Neil, falleció en el Klondyke en circunstancias muy tristes. Formaba parte de la Patrulla Perdida. La Abuela nunca se recuperó de la impresión. Desde entonces, no ha vuelto a sentir nada; parece que los sentimientos han muerto en ella. No ama, no odia, no tiene miedo ni esperanzas; vive enteramente en el pasado y experimenta sólo una emoción: un gran orgullo por el hecho de que una vez le dio una tunda al Rey. Pero no las dejo desayunar. Aquí viene la señora Hollinger a reprenderme. -Espere un momento, por favor, doctor McIntyre -dijo Ilse, abruptamente-. Quiero... nosotras... hay algo que quiero mostrarle. El doctor McIntyre inclinó el rostro intrigado sobre el cuaderno. -¿Qué es esto? No comprendo... -Nosotras tampoco. Lo dibujó Emily en sueños. -¿En sueños? -El doctor McIntyre estaba demasiado azorado como para hacer otra cosa que repetir las palabras de Ilse. -Tiene que haber sido así. No había nadie más, a menos que su abuela sepa dibujar. -No. Y tampoco vio nunca esa casa. Es la cabaña de los Scobie, más allá de Malvem Bridge, ¿no? -Sí. La vimos ayer. -Pero Allan no puede estar ahí, hace un mes que está cerrada, los carpinteros se fueron en agosto. -Ay, lo sé -tartamudeó Emily-. Estuve pensando tanto en Allan antes de quedarme dormida, que supongo que es sólo un sueño. Yo no lo entiendo, pero teníamos que mostrárselo. -Por supuesto. Bien, no voy a decirles nada a Will ni a Clara. Voy a llamar a Rob Mason, del otro lado de la colina, para que me acompañe a echarle un vistazo a esa casa. Sería muy raro... pero no, no puede ser. No sé cómo podemos entrar en la casa. Está cerrada y las ventanas tienen persianas. -Ésta, la que está encima de la puerta del frente, no. -No, pero ésa es la ventana de un cuartito en un extremo de la sala de estar de arriba. Visité la casa en agosto, cuando los carpinteros estaban trabajando. El cuartito se cierra con una cerradura automática; supongo que por eso no le pusieron persiana a esa ventana. Está muy alta, cerca del cielo raso, según recuerdo. Bien, voy a lo de Rob y veremos. No quiero dejar piedra sin dar vuelta. Emily e Ilse tomaron lo que pudieron del desayuno, agradecidas de que la señora Hollinger las dejara tranquilas, con excepción de algún comentario al pasar mientras trajinaba, trabajando. -Qué noche terrible la de anoche, pero paró la lluvia. No cerré un ojo. La pobre Clara tampoco, pero ahora está más tranquila, desolada, claro. Me da miedo lo que le pueda pasar en la cabeza. La abuela no volvió a ser normal desde que le contaron de la muerte de su hijo. Cuando Clara oyó que no seguirían buscando, gritó una vez y se tendió en la cama con la cara hacia la pared. Desde entonces no se ha movido. Bien, el mundo sigue para los demás. Sírvanse tostadas. Háganme caso: no se apresuren a salir hasta que el viento no haya secado un poco el barro. -Yo no pienso irme hasta que hayamos averiguado si... -susurró Ilse, sin terminar la frase. Emily asintió. No podía comer, y si la tía Elizabeth o la tía Laura la hubieran visto, la habrían mandado a la cama sin más con la orden de permanecer acostada, y habrían tenido razón. Había llegado casi al punto del colapso. La hora pasada desde que el doctor McIntyre se había ido parecía interminable. De pronto, oyeron a la señora Hollinger, que estaba lavando los baldes de la leche en el banco, junto a la puerta de la cocina, que daba un grito. Un minuto después entraba corriendo en la cocina, seguida por el doctor McIntyre, que venía sin aliento por la loca carrera desde Malvern Bridge. -Primero hay que decirle a Clara -dijo-. Tiene derecho. Desapareció en el dormitorio aledaño. La señora Hollinger se dejó caer en una silla, riendo y llorando al mismo tiempo. -¡Lo encontraron... encontraron al pequeño Allan, en el piso del cuartito de la sala... en la casa de Scobie! -¿Está... vivo? -balbuceó Emily. -Sí, pero desfalleciente. Ni siquiera puede hablar, pero el médico dice que, bien cuidado, se recuperará. Lo llevaron a la casa más cercana, es todo lo que pudo decirme el doctor. Se oyó un agudo grito de alegría desde el dormitorio y Clara Bradshaw, despeinada y con los labios pálidos, pero con la luz de una dicha absoluta brillándole en los ojos, atravesó la cocina corriendo y siguió corriendo hacia la colina. La señora Hollinger tomó un abrigo y corrió tras ella. El doctor McIntyre se sentó en una silla. -No pude detenerla, y yo todavía no puedo encarar otra corrida, pero la felicidad no mata. Habría sido cruel detenerla, aunque hubiera podido. -¿Está bien el pequeño Allan? -preguntó Ilse. -Lo estará. El pobrecito estaba al borde del agotamiento, por supuesto. No habría durado otro día más. Lo llevamos a la casa del doctor Matheson, en el Bridge, y lo dejamos a su cuidado. No podremos traerlo a casa hasta mañana. -¿Tiene idea de cómo llegó allí? -Bueno, no pudo contarnos nada, por supuesto, pero creo que me imagino cómo fue. Encontramos una ventana abierta dos centímetros, en el sótano. Supongo que Allan estaba explorando alrededor de la casa, como hacen todos los niños, y encontró esa ventana abierta. Habrá entrado por allí, la cerró casi del todo después de entrar y se puso a explorar la casa por dentro. En el cuartito, de alguna manera se le cerró la puerta y la cerradura automática lo convirtió en un prisionero. La ventana es demasiado alta, él no llega, y no pudo pedir auxilio. El revoque blanco de la pared del cuartito está todo marcado y arañado por sus vanos intentos por llegara la ventana. Claro que tiene que haber gritado, pero no había nadie cerca de la casa para oírlo. La casa queda en ese pequeño valle donde no hay nada cerca que pudiera servirle de escondite a un niño, así que supongo que la partida de búsqueda no le prestó mucha atención. De todas maneras, no revisaron la orilla del río hasta ayer, porque nunca supusieron que se hubiera ido solo hasta allí, pero ayer ya no estaba en condiciones de gritar. -Me alegro tanto... de que lo hayan encontrado -dijo Ilse, parpadeando para contener las lágrimas de alivio. De pronto, el abuelo Bradshaw asomó la cabeza por la puerta de la salita. -Les dije que un niño no se puede perder en el siglo diecinueve -dijo, riendo. -Pero se perdió -dijo el doctor McIntyre-, y no lo habríamos encontrado a tiempo, de no ser por esta jovencita. Es en realidad extraordinario. -Emily es... psíquica -dijo Ilse, citando al señor Carpenter. -¡Psíquica! ¡Ajá! Bueno, es curioso, muy curioso. Yo no voy a pretender entenderlo. La abuela diría, por supuesto, que es la segunda visión. Porque ella cree firmemente en eso, como todos los escoceses. -Ay, estoy segura de que yo no tengo la segunda visión -protestó Emily-. Lo habré soñado, y me habré levantado en sueños. Pero, por otro lado, yo no sé dibujar. -Algo te utilizó como instrumento, entonces -dijo el doctor McIntyre-. Después de todo, la explicación de la abuela de lo que es la segunda visión es tan razonable como cualquier otra cosa, cuando uno se ve obligado a creer en algo increíble. -Prefiero no hablar del tema -dijo Emily, con un estremecimiento-. Me alegro tanto de que hayan encontrado a Allan, pero, por favor, que nadie sepa de mi intervención. Que piensen que a usted se le ocurrió revisar la casa de Scobie. No... no soportaría que se hablara de esto en todo el condado. Cuando se fueron de la casita blanca sobre la colina ventosa, el Sol se abría paso por entre las nubes y las aguas del puerto bailaban alocadamente. El paisaje estaba lleno de la belleza salvaje que viene luego de una tormenta, y la Carretera del Oeste se extendía ante ellas en curvas, en colinas y en charcos rojos y atractivos, pero Emily se apartó de ella. -Voy a dejarla para el próximo viaje -dijo-. Hoy no puedo vender suscripciones. Amiga de mi alma, vayamos a Malvern Bridge y tomemos el tren de la mañana hacia Shrewsbury. -Fue... fue muy raro lo de tu sueño -dijo Ilse-. Me hace tenerte un poco de miedo, Emily. -Ay, no me tengas miedo -imploró Emily-. Fue sólo una coincidencia. Estuve pensando tanto en él, y la casa me había atrapado tanto ayer... -¿Recuerdas cuando averiguaste lo de mi madre? -preguntó Ilse en voz baja-. Tú tienes un poder que el resto de nosotros no tiene. -Tal vez me cure de él -dijo Emily, desesperada-. Eso espero. No quiero tener ese poder, tú no sabes lo que siento al respecto, Ilse. Me parece algo terrible, como si estuviera marcada de una manera extraña; no me siento humana. Cuando el doctor Mclntyre habló de que algo me había utilizado como instrumento, me recorrió un escalofrío. Me pareció que mientras yo dormía otra inteligencia se apoderó de mi cuerpo y dibujó en el cuaderno. -La letra era tuya -dijo Ilse. -Ay, no voy a hablar del tema, ni a pensar en él. Voy a olvidarlo. No vuelvas a mencionarlo, Ilse.
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