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Elegías de Duino

Rainer María Rilke

Elegías de Duino

 

 

Primera Elegía

 

¿Quién me escucharía

entre las cohortes de ángeles, si grito?

Y aún cuando en su propio corazón, de súbito,

me tomara alguno, me aniquilaría su ser más pujante.

Pues, de lo terrible lo bello no es más que ese grado

que aún soportamos. Y si lo admiramos

es porque en su calma desdeña destruirnos.

Terrible es todo ángel. Por eso me callo

y de mis oscuros sollozos el clamos ahogo.

¡Ay! ¿De quién podemos valernos? No de ángeles ni de hombres.

 

Ya los animales, sagaces, advierten

que en el mundo dado no estamos tan cómodos

como en nuestra casa. Nos queda quizá

un árbol en una ladera; nos queda el camino de ayer

y también el apego de un hábito

al que le agradaba nuestra compañía;

se quedó y está.

¡La noche! ¡Oh, la noche, cuando el viento henchido

del espacio cósmico nos consume el rostro!...

¡Con quién la anhelada no se quedaría,

ella que tan suave, que tan dulcemente nos desilusiona!

Para el alma a solas una nueva prueba...

¿Es quizás más leve para los amantes?

¡Pero ellos se ocultan entre sí la suerte!

¿No lo sabes? Lanza fuera de tus brazos

hacia los espacios tu vacío, al aire donde respiramos;

todo su tamaño las aves, quizá,

lo sientan como un vuelo más hondo.

Sí, las primaveras te han necesitado.

Y entre las estrellas muchas te obligaban

a que las sintieras.

Hacia ti, del tiempo pasado se acercaba una ola

o cuando pasabas junto a una ventana

un violín se daba. Todo era un mensaje.

Pero, ¿lo has captado? ¿No te distraías aún en la espera,

como si las cosas todas el anuncio

fuera de una amada? ¿Dónde has de guardarla

cuando tus extraños grandes pensamientos

entren a tu casa

o salgan... y a veces se queden en la noche?

Si sientes nostalgia, canta a los amantes.

Todavía falta para que su célebre

sentimiento alcance la inmortalidad.

Recuerda que el héroe se mantiene siempre;

no fue su caída más que un subterfugio

para ser: un nuevo, sumo nacimiento.

Cántalas a ésas, las abandonadas

que por poco envidias y te parecieron

tanto más amantes que las satisfechas.

¡Comienza de nuevo la loa jamás accesible!

¡Pero las amantes! A ellas ,extenuada, las naturaleza

las toma en su seno de nuevo,

como si dos veces no tuviera fuerzas

para producirlas. A Gaspara Stampa

no la has recordado lo bastante para que cualquiera joven

que perdió al amado, con el noble ejemplo

de esta amante sienta: “Yo seré como ella”?

¿Estos más antiguos dolores al cabo

no han de resultarnos más fecundos? ¿No es tiempo

ya que nos libremos, nosotros que amamos,

del objeto amado?

lo resistamos temblando,

tal como la cuerda resiste la flecha,

para, así, en el salto reunida la fuerza,

ser más que ella misma.

No hay que detenerse.

 

¡Voces, voces, voces!

Corazón: escucha como antes tan sólo

los santos lo hacían, tanto que el inmenso llamado

del suelo elevábalos; pero, inconmovibles, se estaban de hinojos

y no lo seguían; tan sólo escuchaban.

No es, ni mucho menos, que la voz pudieras soportar de Dios.

Pero oye la brisa que sopla, el anuncio

que, hecho de silencio, jamás se interrumpe.

Pues, ahora, de esos que murieron jóvenes

te llega el murmullo. Dondequiera entraste

¿no te habló en iglesias de Roma o de Nápoles

con sereno acento su propio destino?

O quizás su augusto mensaje lo hallaste

en una inscripción,

como últimamente en la placa de Santa María Formosa.

¿Qué quieren de mí? Con dulzura debo

quitar la apariencia de injusticia en ellos,

que en algo al espíritu,

a veces, el puro movimiento estorba.

 

Realmente es extraño no habitar la tierra,

no ejercer empleos recién aprehendidos,

no dar a las rosas

ni a las otras cosas en sí promisorias

el significado el destino humano;

no ser más lo que uno antes era en las manos

infinitamente medrosas y hasta el propio nombre

dejar, como un roto juguete, de lado.

Raro los deseos no desear como antes;

raro ver flotando tan libre en el aire

lo que estaba unido.

Es el estar muerto tarea difícil,

un recuperarse de lleno, para, paso a paso,

sentir un asomo de la eternidad.

Todos los que viven cometen la falta

de hacer diferencias demasiado netas.

Los ángeles mismos (se dice) a menudo

no sabrían si andan por entre los vivos

o los que ya han muerto. La corriente eterna

sin cesar arrastra todas las edades

por las dos esferas

y en ambas impone silencio su voz.

 

Los arrebatados prematuramente

no nos necesitan al fin. Poco a poco

nos deshabituamos de lo terrenal,

como de los senos de maternos se apartan los niños.

No obstante, nosotros, que necesitamos

tan grandes misterios, para quienes nace tan frecuentemente

del duelo un progreso dichoso...

sin ellos, ¿podríamos ser?

¿Es vana leyenda creer que en el luto

por Linos, osada, la primera música

penetró la inánime materia reseca?

¿Qué en aquel espacio trémulo de espanto

del cual para siempre, casi un dios, el joven

se escapó de pronto, recién el vacío

convirtióse en esa vibración sublime

que hoy nos arrebata, consuela y ayuda?

 

 

 

Segunda Elegía

 

Terrible es todo ángel.

No obstante, a sabiendas yo os invoco y nombro,

Pájaros mortales casi para el alma.

¡Qué lejos los tiempos de Tobías, cuando

frente a la sencilla puerta de la choza

levantábase uno de los más radiantes

disfrazado apenas para el viaje, a punto de no ser temible.

Joven para el joven:

¡con qué ojos curiosos miraba a lo lejos!

Si ahora, imponente, llegara el arcángel tras de las estrellas

y hacia acá tan sólo descendiera un paso:

latiendo a su encuentro

los golpes del corazón ansioso

nos abatirían.

 

Primeras criaturas perfectas, mimados del mundo,

líneas en alturas, rojizas crestas matinales

de todo lo creado, polen de la divinidad floreciente,

espacios de la esencia, escudos de gozo,

bravíos tumultos de impetuosos éxtasis

y de pronto, aislados

espejos que en ondas vuelcan la belleza

y la reproducen en su propio rostro.

Pues, para nosotros sentir es diluirnos.

¡Ay! Nos exhalamos y nos disipamos.

Y de brasa en brasa damos un perfume cada vez más débil.

Entonces alguno nos dice:

“Pasas a mi sangre... esta sala y esta primavera

se llenan contigo”.

Pero, ¿de qué vale? No puede él tenernos

y en él y en su torno desapareceremos.

¿Y a ésos que son tan bellos? ¡Oh! ¿Quién los retiene?

A su rostro sube de modo constante la apariencia y váse.

Como de la hierba temprana el rocío,

Trasciende lo nuestro de nosotros, como

de un manjar caliente trasciende el calor.

¿Sonreír? ¿Adónde? Levantar los ojos:

una nueva y cálida onda que del propio

corazón se escapa.

¡Ay de mí! No obstante, somos eso. ¿Acaso

tiene el universo donde nos diluimos un sabor humano?

¿No toman los ángeles

realmente lo suyo, lo que de ellos mana?

¿O también, a veces, hay al mismo tiempo, como por descuido,

siquiera una parte de la esencia nuestra?

¿Acaso en sus rasgos estamos mezclados

tanto cual lo vago lo está en el semblante de mujer encinta?

¡Cómo lo sabrían!

 

Los que aman podrían, si lo comprendieran,

decir en la noche palabras extrañas.

Contempla los árboles: son. Y todavía

subsisten las casas en donde vivimos.

Tan sólo nosotros pasamos delante de todas las cosas como aire furtivo.

Y para acallarnos todo se concierta, medio por vergüenza

tal vez y otro tanto como una inefable esperanza.

 

¡Oh, amantes, vosotros que os bastáis a solas! A vosotros quiero

preguntar qué somos. Os tomáis las manos. ¿Poseéis las pruebas?

Mirad: me acontece que entre sí mis manos

se saben o en ellas mi rostro gastado se halaga.

Y así, soy un tanto conciente de mí.

Mas, ¿quién osaría ser por esto sólo?

Vosotros, en cambio,

que en el éxtasis del otro os agrandáis

hasta que él os ruega, subyugado: ¡Basta!...

los que entre las manos os hacéis más plenos,

cual los años las uvas;

los que muchas veces desaparecéis

sólo porque el otro prevalece en todo,

de nuevo os pregunto: ¿Qué somos?... Lo sé:

hay en vuestros besos beatitud tan grande

porque la caricia retiene, y el sitio

que vuestra ternura recubre, persiste;

porque en el hechizo del amor la pura duración sentís.

Tanto que al abrazo lo creéis promesa de una eternidad.

Y, no obstante, cuando

os habéis repuesto del susto del primer encuentro

y de la nostalgia junto a la ventana

y de ese paseo,

el único, juntos a través del huerto:

¡Oh, amantes!... Entonces, ¿lo sois todavía?

Cuando el uno al otro os alzáis en brazos

bebiendo en la boca... sorbo contra sorbo...

¡con qué extraña prisa se evade del acto luego el bebedor!

 

¿No habéis contemplado con asombro sobre las estelas áticas

toda la prudencia del humano gesto?

¿Sobre las espaldas el Amor no estaba

y el Adiós posados, tan ligeros como

hechos e materia distinta a la nuestra?

Recordaos cómo descansan sus manos ingrávidas

por más que en los torsos el vigor perdura.

Dueños de sí mismos, ellos bien lo sabían:

Hasta aquí llegamos... Lo nuestro es rozarnos así.

Con más fuerza en nosotros presionan los dioses.

Pero éste es asunto que concierne a ellos.

 

Ojalá nosotros también encontráramos

siquiera una escasa, duradera y pura porción de lo humano,

una franja nuestra de tierra fecunda

entre río y roca, Pues, aún el propio

corazón, como ellos, sin cesar se eleva

por sobre nosotros. Y nuestra miradas no pueden seguirlo

hasta en las imágenes que lo tranquilizan,

ni aún en los cuerpos divinos en donde,

más grande, se calma.

 

 

Tercera Elegía

 

¡Ay! Cantar a la amada es una cosa... y otra

a ese oculto y culpable dios-río de la sangre!

El joven, al que aquélla percibe desde lejos,

qué sabe por sí mismo del Maestro del goce

que desde su retiro saliendo, tantas veces

antes que la muchacha lo aplacara, a menudo

como si no existiera -¡y cuánto incognoscible

chorreando!- levantaba su cabeza de dios,

a un tumulto infinito conjurando la noche.

Neptuno de la sangre, ¡terrible es su tridente!

¡Sombrío es el aliento de su pecho que brota

de un caracol marino!

¡Mira cómo la noche se artesona y ahueca!

¡Oh, estrellas! ¿No proviene de vosotras el gozo

que al amante hacia el rostro de la muchacha impele?

¿No le debe a los astros esa íntima mirada

que él hunde en la pureza de sus ardientes ojos?

 

No eres tú, ni su madre, quienes así han tendido

el arco de sus cejas en angustiosa espera.

No ha sido, no, tu arrimo, muchacha sensitiva,

el que torció sus labios en gesto más fecundo.

¿Crees que tu ligera presencia habría sido

capaz de conmoverlo de esa manera acaso?

¿Tú, la que como el viento de la mañana pasas?

Que le has sobresaltado su corazón, no hay duda,

pero otros sobresaltos de origen más profundo

en él se despeñaron al choque de tu arrimo.

Puedes llamarlo... nunca desde su oscuro círculo

lo arrancará del todo tu llamamiento. Es cierto

que quiere, que se evade; ligeramente acude

y se instala en el dulce secreto de tu pecho

y se repone y tiene comienzo... Sin embargo

¿tuvo jamás comienzo?

Tú lo hiciste pequeño, fuiste quien lo ha formado;

para ti era un ser nuevo, no más; y ante sus ojos

noveles le inclinabas todo un mundo amistoso,

rechazando lo adverso.

                                    ¿Dónde -¡ay!- están los años

en que sencillamente con su figura esbelta

le hurtabas, reemplazándolo, el agitado caos?

¡Cuánto así le ocultabas! El cuarto, que de noche

causábale recelo, se hacía inofensivo;

en sus espacio nocturno, tu corazón, refugio

sin límite, un espacio más humano infundía.

Ponías, no en las sombras la lámpara nocturna,

sino en tu ser más próximo y era una luz amiga...

Los más leves crujidos le explicabas sonriendo

como si ya supieras de mucho tiempo cuándo

crujirían las tablas del piso.

                                               Y escuchándote,

se quedaba tranquilo. Cuando te levantabas,

tan grande era la fuerza que había en su ternura

que el destino del niño, gigantesco en su capa,

corría a escamotearse detrás del gran armario;

y su futuro inquieto, de movedizos límites,

se hallaba entre los pliegues del cortinado a gusto.

 

Y él, mientras descansaba con tanto alivio, bajos

los somnolientos párpados, fundiendo la dulzura

de tus ligeras formas con el sabor del sueño

cercano, parecía realmente un custodiado.

Mas, ¿quién lo defendía, dentro de sí, del ímpetu?

¿Quién le atajaba adentro las olas de su origen?

Nada el durmiente había precavido; durmiendo,

pero también soñando, febril, ¡cómo se daba!

Medroso y nuevo, ¡cómo teníanlo enredado

las invasoras lianas del suceder interno,

dispuestas ya, enlazadas para formar modelos,

para un estrangulante crecer, para figuras

huidizas de animales! ¡Cómo él se abandonaba!

Verdad que amaba. Amaba su mundo interno, el caos

de su interior, la selva milenaria que dentro

llevaba, sobre cuyo derrumbe silencioso

su corazón se erguía resplandeciente y verde.

Amaba... pero luego se abandonó, saltando

por sus raíces propias al poderoso origen

donde su nacimiento, pequeña cosa, ya era

sobrepujado. Amando, descendió a los veneros

de sangre más antigua, descendió a los abismos

donde, harto de los padres, yacía lo espantoso.

Y todo lo terrible, sin más, lo conocía,

guiñábale los ojos, parecía de acuerdo.

Hasta le sonreía lo horrendo. Pocas veces

tú has sonreído, madre, tan dulce y tiernamente.

Y si le sonreía, ¿cómo no amarlo, pues?

Antes que a ti, él amaba lo horrendo; porque, madre,

cuando tú lo gestabas, estaba ya disuelto

en el agua que el germen vivífico aligera.

 

Mira: desde un sol año, como la flor, no amamos;

en los brazos nos sube, cuando amamos, la savia

de inmemoriales tiempos... Recuérdalo, muchacha:

En nosotros no amábamos algo por ser, futuro,

sino lo que fermenta sinnúmero de veces;

no amábamos al niño sin par, sino a los padres

que en nosotros reposan cual ruinas de montañas;

sino el cauce reseco de las antiguas madres;

sino el paisaje entero, sin ruido, bajo el puro

destino o el destino con nubes...¡Oh, muchacha!:

¡esto te precedió!

Y tú misma, ¡qué sabes! Hiciste en el amante

surgir la edad atávica. Y cuántos sentimientos

de seres ya olvidados de nuevo se agitaron

en él. Cuántas mujeres, así, te aborrecieron.

¿Qué clase de hombres hoscos despertaste en las venas

del doncel?...Niños muertos querían acercársete.

¡Oh, suave, suavemente, para tranquilizarlo,

haz alguna graciosa tarea cotidiana!...

Condúcelo muy cerca de tu jardín y dale

el supremo dominio

de las noches...Retenlo...

 

 

Cuarta Elegía

 

¡Oh, árboles de la vida!

¿Cuándo seréis los árboles del invierno?

Nunca estamos los hombres de consuno

como lo están las aves migratorias.

Superados y tarde, avasallamos

de súbito los vientos para luego

caer en un estanque indiferente.

En la conciencia nuestra al mismo tiempo

sucede el florecer y el marchitarnos.

Y donde quiera hay leones todavía

que toda suerte de potencia ignoran

mientras en ellos la arrogancia dura.

 

Pero en cambio, nosotros

cuando pensamos una cosa, toda,

sentimos ya el despliegue de la otra.

Lo que nos es hostil está más próximo

que todo lo demás. A cada instante

¿no chocan los amantes con los límites,

el uno contra el otro, ellos que patria

y caza y vastedad se prometían?

Entonces, con afán, para que veamos

lo fugaz de la traza,

se nos prepara un fondo de contraste;

porque se es muy preciso con nosotros.

Pero no conocemos el contorno

de nuestra sensación; únicamente

sabemos qué lo forma desde fuera.

¿Quién no estuvo sentado con angustia

ante el telón del propio corazón?

Aquél se levantó y el decorado

era una despedida.

Fácil de comprender...El consabido

jardín, y el apacible balanceo.

Y sale el danzarín en primer término.

No es él. Con eso basta. Y aunque actúa

con sueltos ademanes

lleva disfraz y en un burgués acaba

que entra en su habitación por la cocina.

 

Máscaras medio huecas, no las quiero.

Prefiero la muñeca. Es toda llena.

Me decido aguantarme los muñecos

con su alambre y sus caras de apariencia.

Aquí. Ya estoy delante.

Y aunque al final las lámparas se apaguen,

aunque alguno me diga: “Nada más”,

aunque desde las tablas

 me acometa el vacío del recinto

con su corriente de aire gris, aun cuando

no me haga compañía

ninguno de los quietos y callados

antepasados míos, ni una dama,

ni siquiera el muchacho de castaños

ojos bizcos, con todo,

me  he de quedar no más. Siempre hay que ver.

 

¿No tengo, pues, razón? Tú, padre mío,

que la vida te supo tan amarga

probando de la mía.

tú, padre, que has bebido tantas veces,

-mientras yo iba creciendo-

las primeras borrosas infusiones

de mi tener-que-hacer y, preocupado

por el acre resabio

de un porvenir tan raro, tan extraño,

pusiste aprueba mis velados ojos,

tú, que a pesar de muerto, te amedrentas

por mi íntima esperanza

y en pro de mi parcela de destino

abandonas la calma de los muertos,

los reinos de la calma de los muertos,

¿no tengo, pues, razón?

¿No la tengo, vosotros que amabais

por mi pequeño paso

de amor que hacia vosotros impelía,

del cual constantemente me apartaba,

pues para mí, el espacio

que había, en vuestra faz, mientras lo amaba,

se iba al espacio universal, en donde

dejabais ya de ser?... Si se me ocurre,

me he de quedar aquí frente a la escena

de las muñecas, no,

la he de seguir mirando tan de lleno

que para equilibrar esta mirada

tenga al final que aparecer un ángel

y empinar, como actor, a los muñecos.

¡Oh! Ángel y muñeco:

Entonces finalmente hay espectáculo.

Entonces otra vez se reconcilia

Lo que estando en el mundo no cesábamos

De desunir. Entonces solamente

de nuestras estaciones nace el ciclo

de la total transformación. Entonces

encima de nosotros juega el ángel.

Mira: los moribundos

no tendrían siquiera la sospecha

cuán lleno de pretexto se halla todo

lo que hacemos aquí. Nada es sí mismo.

¡Oh, las horas inmensas de la infancia,

cuando tras las figuras se escondía

algo más que pretérito

y no estaba el futuro ante nosotros!

A la verdad, crecíamos y a veces

nos urgía la prisa de ser grandes,

en parte por amor a los que lo eran

y otra cosa no tienen que ser grandes.

En nuestro andar a solas, sin embargo,

nos henchía el placer de lo que dura

y estábamos ahí en el intervalo

entre mundo y juguete,

en un lugar que fue desde el comienzo

para un suceso puro establecido.

 

¿Quién muestra un niño, tal cual es, y ubícalo

en la constelación? ¿Quién la medida
de las distancias en sus manos pone?

¿Quién con ese pan gris que se endurece

la muerte de los niños elabora,

o se la deja dentro

de la boca redonda, como el núcleo

de una hermosa manzana?...Es cosa fácil

ver de los asesinos el designio.

Sí, pero eso: la muerte,

toda la muerte contener desde antes

de comenzar la vida, contenerla

con tanta dulcedumbre...y no ser malo,

eso es inenarrable.

 

Quinta Elegía

Dedicada a la Sra. Hertha König

 

¿Quiénes son, dime, los errantes, esos un poco

más fugitivos que nosotros todavía?

¿Quiénes son ésos

a los que tuerce como a ropa, de improviso

(¿en pro de quién?)

una premiosa voluntad insatisfecha?

De extraño

Modo los arrolla, los retuerce

los dobla y junta y bambolea,

los lanza y toma de rebote; se diría

que desde un aire enaceitado, cada vez más resbaladizo,

caen al suelo

sobre la alfombra ya raleada

por sus eternos lanzamientos,

sobre esa alfombra

como perdida en un rincón del universo..

Tendida a modo de un emplasto, como el cielo de extramuros

hubiese herido allí la tierra.

                                                      Y en cuanto caen

están derechos ya, exhibiendo: la mayúscula

letra inicial de estar parados.

                                                              Pero la garra

que reaparece una y cien veces en su juego

rodar los hace nuevamente,

aún a los hombres más robustos,

como en la mesa de Augusto el Fuerte

rodar un plato de metal.

Alrededor –¡ay!- de este centro:

la expectación como una rosa que florece y se deshoja

Y en torno de este majador

está el pistilo que al contacto de su polen,

sin que jamás llegue a saberlo, es fecundado

y da de nuevo fruto vano del hastío

y en su más tenue superficie

brilla un fastidio que aparenta una sonrisa.

 

Después el seco, avellanado luchador,

el viejo atleta que sin cesar tamborilea,

de su fornida piel cubierto,

que en otros tiempos a dos hombres parecería haber servido,

de los que el uno dormiría en algún viejo camposanto,

mientras el otro sobrevive,

pero está sordo y muchas veces

en la piel viuda se enmaraña.

 

En cambio el joven, que pareciera ser el hijo

de una cerviz y de una monja: tenso y rollizo

de sencillez y fuertes músculos.

 

¡Oh, sí, vosotros

que un sufrimiento, pequeñuelo todavía,

como a un juguete os recibiera alguna vez, en una de esas

convalecencias que se alargan!...

 

Tú, que inmaduro todavía,

con el rebote conocido por las frutas,

caes cien veces cada día desde el árbol

de movimiento

que todos juntos erigieron –árbol más rápido que el agua-,

donde en poquísimos minutos se suceden

la primavera y el verano y el otoño,

caes y chocas en la tumba...

y en una breve media pausa, muchas veces, pareciera

que va a nacerte una amorosa y tierna faz vuelta a tu madre,

la de dulzura extraordinaria...

pero en tu cuerpo,

que capa a capa la desgasta, se disipa

y el rostro apenas

tímidamente se insinúa.

             Y ya las manos otra vez chasquea el hombre

llamando a un nuevo lanzamiento;

y antes que sientas claramente un dolor cerca

del agitado corazón,

a su motivo se anticipa la quemadura de tus plantas

y de tu carne, un par de lágrimas

se precipita de tus ojos.

 

Pero, inmediatamente, a ciegas

la sonrisa...

 

¡Oh, ángel, tómala!

¡Corta la hierba saludable de diminutas florecillas!

¡Búscate un vaso, guárdala!

¡Ponla entre aquellas alegrías que no nos fueron aún abiertas!

¡Celébrala con este rótulo florido y entusiasta:

“Subrisio saltat”

Y luego tú, la encantadora,

por las más dulces alegrías

sobrepasada en mudo salto.

Para ti acaso

son venturosas las franjillas;

sobre tus senos juveniles y turgentes

quizás se siente inmensamente acariciada y satisfecha

la seda verde de metálicos reflejos...

 

Tú, sobre todas las balanzas oscilantes

del equilibrio, colocada

de una manera diferente cada vez,

fruta impasible de mercado

entre los hombros dada al público.

¡Oh! ¿Dónde, dónde está el lugar (lo llevo adentro)

donde podían no hace mucho todavía

uno del otro desasirse

como animales que se cubren y no están bien apareados;

donde los pesos todavía son pesantes;

donde los platos todavía

remolinean cuando caen

de sus bastones

que en vano siguen dando vueltas?

 

Y de repente, en el penoso en-parte-alguna, de repente,

el inefable lugar donde, de una manera inconcebible,

lo puramente insuficiente se transforma...se abalanza

a ese vacío demasiado.

Donde la cuenta de casillas numerosas

cierra sin número.

¡Plazas!¡Oh, plaza de París, la de infinitos espectáculos!

Aquélla donde la modista, Madame Lamort,

con los caminos sin descanso de la tierra,

cintas que nunca tienen fin,

entrelazándolos, trenzándolos, tejiéndolos,

inventa moños, plisadillos, escarapelas, flores frutas...

de un colorido inverosímil; y, baratos,

con ellos crea los sombreros del destino, para invierno.

 

Ángel: quizás haya