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Libro Cuarto ¡Qué rápidamente pasamos por la tierra! El primer cuarto de la vida desaparece antes de que conozcamos el uso de la vida; el último cuarto se va después de haber dejado de gozarla. Primero no sabemos vivir, pronto ya no podremos, y del intervalo que separa estos dos extremos inútiles, los tres cuartos del tiempo restante se los llevan el sueño, el trabajo, el dolor, la sujeción y toda clase de penalidades. La vida es corta, no sólo por lo poco que dura, sino porque de este poco apenas hay momento en el que gocemos de ella. La hora de la muerte tiene de bello el estar alejada de la del nacimiento, y la vida es siempre muy corta cuando este espacio está mal llenado. Nosotros nacemos, por así decirlo, en dos fases: la una para existir y la otra para vivir; la una por el espacio y la otra por el sexo. Estos que miran a la hembra como a un hombre imperfecto sin duda están equivocados, pero la analogía exterior es para ellos. Hasta la edad núbil los niños de los dos sexos no tienen nada aparente que les distinga; el mismo semblante, la misma figura, el mismo color...; en todo son iguales. Criaturas son los chicos y criaturas son las chicas; un mismo nombre califica a seres tan semejantes. Los varones a quienes impiden el ulterior desarrollo del sexo, conservan toda su vida esta conformidad y siempre son criaturas adultas, y las mujeres que no la pierden parece que bajo muchos aspectos nunca sean otra cosa, pero el hombre, en general, no está hecho para quedarse siempre en la infancia. Se sale de ella en el tiempo prescrito por la naturaleza, y este momento de crisis, aunque sea corto, tiene grandes influencias. Como el bramido del mar precede desde lejos a la tempestad, esta tempestuosa revolución es anunciada por el murmullo de las nacientes pasiones, y una fermentación sorda advierte la proximidad del peligro. Una mutación en el humor, frecuentes enfados, una continua agitación de espíritu hacen casi indisciplinable al niño. Sordo a la voz que oía con docilidad, es el león con calentura; desconoce al que le guía y ya no quiere ser gobernado. A los signos morales de un humor que se altera se unen cambios sensibles en su exterior. Su fisonomía se desenvuelve y se imprime en ella su sello característico; el vello escaso y suave que crece bajo sus mejillas toma consistencia, su voz cambia o mejor es otra; no es niño ni hombre y no puede tomar el habla de uno ni de otro. Sus ojos, que son los órganos del alma y que hasta ahora nada nos decían, toman su expresión y su lengua, los anima un ardor naciente y todavía reina la santa inocencia en sus vivas miradas, pero ya han perdido su primera sencillez, y se da cuenta de que pueden decir mucho; empieza a saber lo que siente, y está inquieto sin motivos para estarlo. Todo esto puede venir despacio, y todavía dejarle tiempo, pero si es muy impaciente en su viveza, si se convierte en furia su arrebato, si de un instante a otro se enternece y se irrita, si llora sin causa, si cuando se arrima a los objetos empiezan a serle peligrosos, si se agita su pulso y sus ojos se inflaman, si se estremece cuando la mano de una mujer toca la suya, si se turba ante ella y se intimida, Ulises, cuerdo Ulises, mira por ti; están abiertos los odres que guardaba cerrados con tanto afán y ya están sueltos los vientos; no abandones ningún momento el timón, o todo se ha perdido. Este es el segundo nacimiento de que he hablado; aquí nace de verdad el hombre a la vida, y ya nada humano está fuera de él. Hasta este momento nuestros afanes no han sido otra cosa que juegos de niños, y es ahora cuando adquieren verdadera importancia. Esta época, en que se concluyen las educaciones ordinarias, es propiamente aquella en que ha de empezar la nuestra, pero para exponer bien este nuevo plan, debemos tomar desde más alto el estado de las cosas relacionadas con él. Nuestras pasiones son los principales instrumentos de nuestra conservación, porque el intentar después destruirlas es una empresa tan vana como ridícula, pues es censurar la naturaleza y pretender reformar la obra de Dios. Si Dios le dijese al hombre que aniquilase las pasiones que le da, querría Dios y no querría, y se contradeciría a sí mismo. Jamás dictó un precepto tan desatinado, y no hay escrita ninguna cosa semejante dentro del corazón humano; lo que Dios quiere que haga un hombre, no hace que otro hombre se lo diga; se lo dice él mismo, y lo escribe en lo más íntimo de su corazón. Tendría por loco a quien quisiera estorbar que naciesen las pasiones, casi por tan loco como el que quisiese aniquilarlas, y, ciertamente, me habrían entendido muy mal los que creyesen que semejante proyecto hubiera sido el mío hasta aquí. Pero, ¿razonaría bien quien dedujese, porque es natural al hombre tener pasiones, que son naturales todas las que sentimos en nosotros y observamos en los demás? Natural es su fuente, es verdad, pero corre engrandecida por mil raudales extraños, y es un caudaloso río que sin cesar se enriquece con nuevas aguas y en las que apenas se encontrarían algunas gotas de las primitivas. Nuestras pasiones naturales son muy limitadas, son instrumentos de nuestra libertad que coadyuvan a nuestra conservación; todas las que nos esclavizan y nos destruyen, no nos las da la naturaleza; nos las apropiamos nosotros en detrimento suyo. La fuente de nuestras pasiones, el origen y principio de todas las demás, la única que nace con el hombre y mientras vive nunca le abandona, es el amor de si mismo: pasión primitiva, innata, anterior a cualquier otra, de la cual se derivan en cierto modo y a manera de modificaciones todas las demás. Todas son en este sentido, si queremos, naturales. Pero la mayor parte de estas modificaciones tienen causas extrañas, sin las cuales nunca existirían, y estas modificaciones, lejos de sernos provechosas, nos son perjudiciales, pues mudan su primer objetivo y luchan con su principio; entonces se encuentra el hombre fuera de la naturaleza y se pone en contradicción consigo mismo. Siempre es bueno el amor propio, pero debe estar conforme al orden. Encargado cada uno de su propia conservación, su más importante y primera solicitud debe ser el velarla continuamente, pero, ¿cómo ha de estar siempre en vela si no le mueve el más vivo interés? Es preciso, pues, que nos amemos para conservarnos, y que nos amemos más que todas las cosas, y por consecuencia inmediata de este mismo afecto, amamos lo que nos conserva. Todo niño se aficiona a su nodriza, y Rómulo se debió de aficionar a la loba que le daba el pecho. Esta afición es el principio simplemente maquinal. A todo individuo le atrae lo que favorece su bienestar, y repele lo que le perjudica; esto no es más que un instinto ciego. Lo que transforma en afecto este instinto, en amor la afición, la aversión en odio, es la clara intención de perjudicarnos o sernos útil. Nada se apasiona con los seres insensibles que siguen el impulso que les han dado, pero aquellos de quienes esperamos daño o beneficio por su disposición interna, por su voluntad; los que vemos que libremente obran en nuestro favor o en contra nuestra, nos inspiran afectos análogos a los que nos manifiestan. Buscamos los que nos sirven, pero amamos los que nos quieren servir; huimos de lo que nos perjudica, pero aborrecemos lo que quiere hacernos daño. El primer sentimiento de un niño es amarse a sí mismo, y el segundo, que deriva del primero, es amar a los que le rodean, porque en el estado de debilidad en que se encuentra sólo conoce las personas por la asistencia y los cuidados que recibe. El apego que primero tiene a su nodriza y a su niñera no es más que hábito; las busca porque las necesita y porque se encuentra bien con ellas; es más conocimiento que benevolencia. Hace falta mucho tiempo para que comprenda que no sólo le son útiles, sino que quieren serlo, y entonces es cuando comienza a amarlas. Por consiguiente un niño se inclina naturalmente a la benevolencia, porque ve que todo cuanto se aproxima a él tiende a asistirle, y de esta observación saca la costumbre de un afecto propicio a su especie, pero a medida que extiende sus relaciones, sus necesidades, sus dependencias activas o pasivas, se despierta el afecto de sus relaciones con otro, y produce el de las obligaciones y preferencias. Entonces el niño se vuelve imperioso, celoso, engañador y vengativo. Si le obligan a que obedezca, como no ve la utilidad de lo que le mandan, lo atribuye al capricho, a la intención de atormentarle, y se enfurece. Si le obedecen a él, tan pronto como se le resisten en cualquier cosa, lo considera una rebeldía, una intención maligna, y aporrea la silla o la mesa porque le han desobedecido. El amor de sí mismo, que solamente se refiere a nosotros, queda satisfecho cuando se hallan complacidas nuestras verdaderas necesidades, pero el amor propio que se compara, jamás está contento ni puede estarlo, puesto que como nos prefiere este afecto a los demás, también exige que nos prefieran los demás a ellos, lo cual no es posible. De este modo nacen del amor propio los irascibles y rencorosos, de tal forma que lo que hace al hombre esencialmente bueno es tener pocas necesidades y compararse poco con los demás, y lo que le convierte en malo es tener muchas necesidades y someterse mucho a la opinión. Es fácil ver por este principio el modo cómo se pueden encaminar hacia lo bueno o lo malo todas las pasiones de los niños y de los hombres. Es verdad que no siendo posible vivir siempre de una forma solitaria, con dificultad vivirán siempre buenos, y por necesidad crecerá esta dificultad al aumentarse sus relaciones, y particularmente en esto los riesgos de la sociedad hacen que nos sean más indispensables la diligencia y el arte para librar al corazón humano de la depravación que nace de sus nuevas necesidades. El estudio conveniente para el hombre es el de sus relaciones; mientras sólo es conocido por su ser físico, se debe estudiar en sus relaciones con las cosas; cuando comienza a sentir su ser moral, precisa que se le estudie en sus relaciones con los hombres, en el empleo de su vida, empezando desde el punto a que ya hemos llegado. Tan pronto como el hombre tiene necesidad de una compañera, deja de ser un ser aislado y su corazón ya no está solo. Nacen todas sus relaciones con su especie y todas las afecciones de su alma, y pronto su primera pasión hace que fermenten las demás. La inclinación del instinto es indeterminada; un sexo se siente atraído por el otro, y esto es un proceso natural. La elección, las preferencias, el cariño personal, son producto de las luces, de las preocupaciones y de la costumbre; se necesitan conocimientos y tiempo para hacernos aptos para el amor, pues solamente después de juzgar amamos, y no preferimos hasta haber comparado. Sin que pensemos en ello, se forman estos juicios, pero no por eso dejan de ser menos reales. Digan lo que quieran, los hombres siempre honrarán el amor verdadero, puesto que si les descarrían sus arrebatos y no se excluyen del pecho que lo siente condiciones odiosas, o a veces las engendra, también tiene otras apreciables, sin las cuales el amante no sería capaz de serlo. Esta elección, aunque se diga que es opuesta a la razón, proviene de ella. Al amor le pintan ciego porque tiene ojos más penetrantes que los nuestros y ve relaciones que no podemos distinguir. Toda mujer sería igualmente buena para quien no tuviese ninguna idea del mérito ni de la belleza, y la más próxima sería la más amable. El amor de la naturaleza, lejos de venir, es, por el contrario, el freno y la regla de sus inclinaciones, y fuera del objeto amado, nada es un sexo con respecto al otro. La preferencia que uno da, quiere obtenerla; el amar debe ser mutuo. Para ser amado es preciso hacerse amable; para ser preferido, es necesario hacerse más amable que ningún otro, cuando menos a los ojos del objeto amado. De aquí la primera contemplación de sus semejantes, las primeras comparaciones con ellos, la emulación, las rivalidades y los celos. Ya lleno el pecho de un afecto que rebosa, siente deseos de verterse fuera, y pronto de la necesidad de una dama nace la de un amigo. El que siente los gratos afectos de sentirse amado desearía que todo el mundo le amará, y cuando todos aspiran a preferencias, no puede evitarse que muchos queden mal satisfechos. Con el amor y la amistad nacen las disensiones, los odios y las maldades. Encima de tantas pasiones diversas me doy cuenta de que la opinión se erige un trono incontrastable, y que los estúpidos mortales, siervos de su imperio, fundan su propia existencia en juicios ajenos. Ampliad estas ideas y veréis de dónde le proviene a nuestro amor propio la forma que le es natural, y cómo, dejando de ser un afecto absoluto, el amor a sí mismo se convierte en altivez en los espíritus fuertes y en vanidad en los apocados, y en todos se alimenta a costa del prójimo. Esta especie de pasiones, careciendo de germen en el corazón de los niños, no pueden brotar por sí solas; somos nosotros los que las plantamos, pues jamás tienen raíces en ellos, como no sea por nuestra culpa. Mas no sucede lo mismo en el corazón del joven; hágase lo que se quiera, contra nuestra voluntad nacerán en él. Entonces, aún estamos a tiempo para variar de método. Comencemos con algunas reflexiones importantes acerca del estado crítico que aquí se trata. La naturaleza no ha determinado de tal forma que el tránsito de la infancia a la pubertad no varíe en los individuos según sus temperamentos, y en los pueblos según los climas. Todos saben las diferencias que se observan en esta parte en los países fríos y en los cálidos, y cada uno ve que se forman los temperamentos ardientes antes que los demás, pero en cuanto a sus causas es fácil engañarse, atribuyendo con frecuencia a lo físico lo que se debe imputar a lo moral, y este es uno de los abusos más frecuentes de la filosofía de nuestro siglo. Son lentas y tardías las instrucciones de la naturaleza, y las de los hombres casi son siempre prematuras. En el primer caso los sentidos despiertan la imaginación; en el segundo, la imaginación despierta los sentidos y les da una precoz actividad, que no puede menos de enervar y debilitar primero a los individuos y más tarde a la especie. Más cierta y más general observación que la de la eficacia de los climas, es que siempre es más temprana la pubertad y la potencia del sexo en los pueblos instruidos y cultos que en los ignorantes y bárbaros[1]. Los niños poseen una rara sagacidad para distinguir por medio de los melindrosos adornos de la decencia las malas costumbres que encubren. El apurado estilo que les dictan, las lecciones de honestidad que les dan, el velo misterioso que afectan correr ante sus ojos con el cebo que incita su curiosidad. Por la forma como obran con ellos, se deduce lo que fingen ocultarles, y eso es lo que quieren aprender, y de todas las instrucciones que les dan, esa es la que más aprovechan. Consultad la experiencia y comprenderéis hasta qué punto acelera este desatinado método la obra de la naturaleza y estraga el temperamento. Esta es una de las causas principales de que degeneren las castas en las ciudades. Los jóvenes, exhaustos muy pronto, se quedan pequeños, endebles, mal formados, envejecen en vez de crecer, del mismo modo que se agota y muere antes del otoño la vid que forzaron a dar fruto en la primavera. Hay que haber vivido en pueblos rudos y sencillos para saber hasta qué edad puede una venturosa ignorancia prolongar la inocencia de los años. Un espectáculo que causa risa y ternura es ver a ambos sexos entregados a la confianza de su corazón, en la flor de la edad y la hermosura, persistiendo en los cándidos juegos de la infancia y con la misma familiaridad expresar la pureza de sus deleites. Por último, cuando esta amable mocedad se casa, los esposos, que mutuamente entregan el uno al otro sus primicias, se quieren más entre sí, y una porción de hijos sanos y robustos son la prenda de una unión que nada puede alterar y el fruto de la cordura de sus primeros años. Si la edad en que adquiere el hombre la conciencia de su sexo varía más que por efecto de la educación por la acción de la naturaleza, se deduce que puede acelerarse o retardar esta edad según como se haya educado de niño, y si gana o pierde consistencia el cuerpo en proporción a lo que se retarde o se acelere este progreso, también se comprende que, cuanto más se retarde, mayor fuerza y vigor adquirirá. Todavía sólo hablo de los efectos simplemente físicos; pronto veremos que los resultados no se limitan a los señalados. De estas reflexiones pienso si es una solución que convenga dar luz a los niños desde temprano acerca de los objetos de su curiosidad, o si vale más mantenerlos con modestos errores. Yo creo que no es conveniente ni lo uno ni lo otro. Primeramente, no se les ocurre esta curiosidad sin haber dado motivos para ella, y por lo tanto hay que evitar que se les ocurra esa idea. En segundo lugar, las-cuestiones que uno no está obligado a resolver no exigen que engañemos al que nos las propone; es mejor el silencio que responderle con una mentira. Esta ley extrañará poco si hemos tenido cuidado de habituarle en las cosas intrascendentes. Por último, si decidimos contestarle, debe ser con la mayor sencillez, sin misterio, sin indecisión y sin sonreírle. Es mucho menos peligroso satisfacer la curiosidad del niño que incitarla. Vuestras contestaciones deben ser siempre graves, cortas, resueltas, y que no parezca nunca que vaciláis. No es necesario añadir que deben ser verdaderas, pues es imposible enseñar a los niños el peligro de que mientan a los hombres sin que sientan los hombres el riesgo más grave de mentir a los niños. Una sola mentira del maestro que él descubra, dará para siempre al traste con todo el fruto de la educación. En ciertas materias, lo que más convendría a los niños sería una absoluta ignorancia, pero deben saber pronto lo que no es posible esconderle siempre. Es preciso que no se despierte de ninguna manera su curiosidad o que se la satisfagan antes de la edad en que no carece de peligro. En este sentido, depende mucho vuestra conducta con vuestro alumno de su particular situación, de las sociedades que frecuenta, de las circunstancias en que comprendáis que podrá hallarse... Aquí importa no dejar nada a la casualidad, y si no estáis seguro de lograr que hasta los dieciséis años no sepa la diferencia de los sexos,' enseñádsela antes que cumpla los diez. No me gusta que adopten con los niños un lenguaje muy depurado, ni que haya largos circunloquios por no querer llamar las cosas por su verdadero nombre. En estas materias, las buenas costumbres siempre tienen mucha sencillez, pero coaccionada la imaginación lo que se hace es viciar el oído y continuamente hay que aclarar lo que se ha querido decir. Los términos toscos no tienen consecuencias, pero de lo que debemos huir es de las ideas lascivas. Aunque el pudor sea natural en la especie humana, los niños no lo conocen. Con el conocimiento del mal nace el pudor. ¿Pero cómo han de acusarlo si no tienen ni deben tener ese conocimientos Darles lecciones de pudor y honestidad es enseñarles que hay cosas feas y deshonestas e inspirarles un secreto deseo de saberlas. Tarde o temprano logran su objetivo, y la primera chispa que enciende la imaginación acelera de un modo infalible el incendio de los sentidos. Quien se sonroja ya tiene culpa, pues la verdadera inocencia no se avergüenza de nada. Los niños no tienen los mismos deseos que los hombres, pero están expuestos como ellos a la suciedad que repugna a los sentidos; de esta sola sujeción pueden tomar las mismas lecciones de bien parecer. Seguid el espíritu de la naturaleza, que colocando en el mismo lugar los órganos de los secretos deleites y de las asquerosas necesidades, nos inspira las mismas atenciones en edades distintas, aquí por una idea y allá por otra, por la modestia al hombre, por la limpieza al niño. No veo más que un medio eficaz para que los niños conserven su inocencia, y consiste en que todos los que le rodean le amen y respeten, sin lo cual todo el recato que con ellos se sigue tarde o temprano se desmiente; una sonrisa, una mirada intencionada, un ademán furtivo, les advierten que algo trataban de callarles, y para entenderlo les basta ver que han querido escondérselo. Las cautas expresiones y los rodeos que emplean entre sí los mayores, al suponer que los niños no comprenden lo que dicen, incurren en un reprobable sistema, pero cuando respetamos su ingenuidad usamos el lenguaje que más les instruya. Hay cierto candoroso lenguaje que es el más apropiado para la inocencia y le place, siendo el mejor estilo para desviar al niño de una curiosidad peligrosa. Hablándole de todo con sencillez no cae en la sospecha de que hay misterios de por medio. Uniendo a las palabras indebidas las ideas desagradables que enuncian, empieza a alterarse el primer fuego de la imaginación; no le prohibimos que las pronuncie, pero sin que él se dé cuenta le repugna recordarlas. ¡Y de cuántos embrollos saca esta sencilla libertad a los que entendiéndola en su debido sentido siempre dicen lo que conviene y cómo lo sienten! ¿Cómo se hacen los niños? Ese es un tema delicado que asalta naturalmente a los muchachos, y que una indiscreta o evasiva respuesta alguna vez decide de sus costumbres y su salud para toda su vida. La solución más cómoda que una madre imagina para sortearlo sin engañar a su hijo es hacerle callar. Eso estaría bien si le tuvieran acostumbrado a no contestarle, por lo que no sospecharía que había misterio en el silencio de ahora. Pero raras veces se limita a eso la madre. «Es el secreto de las personas casadas, le dirá; los niños no han de ser tan curiosos.» Eso es muy bueno para que salga la madre del paso, pero sepa ella que contra esa evasiva el niño no parará de indagar hasta descubrir el secreto de las personas casadas, y no tardará en saberlo. Permítanme relatar una respuesta muy distinta que oí a la misma pregunta, y que me sorprendió más porque salió de una mujer tan modesta en sus razones como en sus modales, pero cuando era en beneficio de su hijo y de la virtud, sabía sobreponerse a las posibles habladurías de las comadres. Hacía poco tiempo que el niño había echado al orinar una piedrecilla que le había lesionado la uretra, pero había olvidado aquel percance. «Mamá, preguntó el pequeño muy tímidamente, ¿cómo se hacen los niños?» «Hijo, le contestó la madre sin vacilar, las mujeres los orinan con dolores que a veces les cuestan la vida.» Que se burlen los locos, que se escandalicen los necios, pero que averigüen los sabios si encontrarán respuesta más juiciosa y que vaya mejor a su fin. En primer lugar la idea de una necesidad natural y conocida del niño aparta de su imaginación la de una operación misteriosa, y las ideas accesorias de dolor y muerte la envuelven en un velo de tristeza que contiene la imaginación y reprime la curiosidad; el espíritu se ocupa en las consecuencias del parto y no en sus causas. Las enfermedades de la naturaleza humana, objeto de repulsión, las imágenes del sufrimiento son las aclaraciones a que conduce esta respuesta si la repugnancia que inspira deja que el niño las pregunte. ¿Por dónde abrirán paso, ante la inquietud de nacientes deseos, diálogos dirigidos de esta forma? No obstante, ved que no se ha falseado la verdad ni ha sido necesario engañar al alumno en vez de instruirle. Vuestros niños leen, y en sus lecturas aprenden conocimientos que si no leyesen no aprenderían. Si estudian, se inflama y aguza la imaginación con el silencio de su cuarto de estudio. Si viven en el mundo, oyen un extraño lenguaje y ven ejemplos que les sorprenden, y tanto les han repetido que eran hombres que todo lo que después hacen los hombres ellos intentan remedarlo; es preciso que les sirvan de pauta las acciones ajenas toda vez que le valen para que no le reproche el juicio ajeno. Los criados que dependen de ellos les halagan a costa de las buenas costumbres, las nodrizas descaradas les dicen cuando sólo tienen cuatro años indecencias que la más cínica no se atrevería a decirles si tuvieran quince. Ellas olvidan pronto lo que han dicho, pero ellos no olvidan lo que oyeron. Las conversaciones indecentes abren el camino del libertinaje, el criado bribón hace al niño disoluto, y el secreto del uno es la garantía del secreto del otro. El niño educado conforme a su edad, está solo; no conoce otras aficiones que las del hábito, quiere a su hermana lo mismo que a su reloj y como a su perro o su amigo. No siente nada referente al sexo; para él son igualmente extraños el hombre y la mujer; nada de lo que dicen o hacen le afecta, y ni lo ve ni lo oye, o no pone ninguna atención; no le interesan sus ejemplos ni sus razonamientos y nada de ellos le impresiona. Con este método no le inculco un error artificioso, y le dejo en la ignorancia de la naturaleza. Ya llegará el tiempo en que la misma naturaleza despertará a su alumno, y entonces le ha puesto en estado de aprovecharse sin peligro de las lecciones que le da. Este es el principio; no es del caso circunstanciar las reglas, y pueden servir de ejemplo los medios que he propuesto para alcanzar otros objetivos. ¿Queréis poner orden y regla en las pasiones nacientes? Ensanchad el tiempo durante el cual se desarrollan con el fin de que vayan situándose a medida que van naciendo. Entonces no las coordina el hombre, sino la naturaleza, y vuestra tarea se limita a dejarla que ponga en orden su trabajo. Si vuestro alumno estuviera solo, no habría nada que hacer, pero inflama su imaginación todo lo que le rodea. Se ve arrastrado por el torrente de las preocupaciones, y para retenerle es necesario empujarle en un sentido contrario; que el sentimiento refrene la imaginación y que la razón silencie la opinión de los hombres. La sensibilidad es el manantial de todas las pasiones, y la imaginación determina su corriente. Todo ser que siente sus relaciones debe conmoverse cuando se alteran, y cuando imagina cree que las que imagina se adaptan mejor a su naturaleza. Los errores de la imaginación son los que transforman en vicios las pasiones de los seres limitados, incluso las de los ángeles, si es que los hay, pues para que supiesen qué clase de relaciones se adaptan mejor a su naturaleza deberían conocer las de todos los seres. He aquí, pues, el compendio de la sabiduría humana con respecto a las pasiones: conocer las verdaderas relaciones del hombre tanto en la especie como en el individuo y coordinar, de conformidad con estas relaciones, todos los afectos del alma. ¿Pero es dueño el hombre de coordinar sus afectos según sean unas u otras relaciones? Sin duda alguna es dueño de dirigir su imaginación hacia tal o cual objeto, o de imponerle tal o cual costumbre. Además, aquí no tratamos de lo que un hombre pueda hacer por sí mismo, sino de lo que podemos hacer con nuestro alumno, eligiendo las circunstancias para mantenerle en el orden natural, es decir de qué modo puede salir de él. Mientras su sensibilidad permanece limitada a sí mismo, no hay nada inmoral en sus acciones; sólo cuando empiezan a extenderse fuera de él, toma primero los afectos y después las nociones del bien y del mal, que le constituyen verdaderamente hombre y parte integrante de su especie. Desde luego que es preciso parar en este primer punto nuestras observaciones, las cuales son dificultosas, puesto que para realizarlas hay que desechar los ejemplos que tenemos a la vista y buscar los sucesivos desarrollos conforme al orden natural. Un niño amoldado, culto, civilizado, que sólo espera la potencia para poner en práctica las instrucciones que ha recibido, nunca se engaña acerca del instante en que le llega esa potencia. En vez de esperarla la acelera, excita en su sangre una fermentación precoz, y mucho antes de sentir deseos sabe cuál debe ser el objetivo de ellos. La naturaleza no le excita, sino que él la fuerza, y nada tiene que enseñarle cuando le hace hombre, puesto que ya lo era por el pensamiento mucho antes de serlo en realidad. Más lentos y más graduados son los pasos de la naturaleza. Poco a poco se inflama la sangre, se elaboran los espíritus y se forma el temperamento. El inteligente jefe que dirige la fábrica está atento para perfeccionar todos sus instrumentos antes de ponerlos en acción; precede a los primeros deseos una larga inquietud pensando en lo imprevisto y trata de atar todos los cabos. Se agita y fermenta la sangre; procura cierta abundancia de vida a su alrededor. Los ojos se animan y recorren los demás seres; el joven empieza a interesarse por los que tiene cerca y a sentir que no fue formado para vivir solo; de esta forma se abre el corazón a los afectos humanos y se hace capaz de sentir cariño. El primer sentimiento de que un joven es susceptible, cultivado con esmero, no es el amor, sino la amistad. El primer acto de su naciente imaginación consiste en manifestarle que tiene semejantes, y antes que el sexo le mueva lo realiza la especie. Esta es otra utilidad que se saca de prolongar la inocencia; aprovecharse de la naciente sensibilidad con el fin de sembrar en el corazón del joven las primeras semillas de la humanidad. Este beneficio es tanto más hermoso porque es el único tiempo de la vida en que las mismas solicitudes pueden coger óptimos frutos. Siempre he visto que los jóvenes estragados desde su temprana edad, y abandonados a las mujeres y a la vida disoluta, eran inhumanos y crueles, impacientes, vengativos y furiosos dada la fogosidad de su temperamento; llena su imaginación de un solo objeto, se negaba a todo lo demás; no conocían compasión ni misericordia y para el más trivial de sus deleites habrían sacrificado padre, madre y el universo entero. Por el contrario, el joven educado con una feliz sencillez, los primeros movimientos de la naturaleza le incitan a las tiernas y afectuosas pasiones; su sensible corazón se conmueve con las penas de sus semejantes, tiene una gran alegría cuando vuelve a ver a su camarada, sus brazos saben estrecharlo con lazos de cariño y sus ojos saben derramar lágrimas de ternura; si desagrada, siente vergüenza, y si ofende, desconsuelo. Si el ardor de una sangre que se inflama le hace vivaz, arrebatado, colérico, descubre después de un instante toda la bondad de su corazón en la lealtad de su arrepentimiento, y llora y gime por la herida que ha causado; querría rescatar a precio de su sangre la que ha vertido; se apaga su furia y su altivez y se humilla ante la conciencia de su falta. ¿Ha sido él el ofendido? En el ímpetu de su furia, una excusa, una palabra le desarma; perdona los agravios ajenos con tan buena voluntad como repara los suyos. La adolescencia no es la edad de la venganza, ni de la enemistad, sino de la conmiseración, de la clemencia y la generosidad. Lo sostengo, y no creo que la experiencia me desmienta. Un niño que no es de mala índole, y que ha mantenido su inocencia hasta los veinte años, a esta edad es el más espléndido, el mejor, el más amante, y el más amable de los hombres. Creo que nunca os lo han dicho. Educados nuestros filósofos en la corrupción de los colegios, están muy lejos de saber esto. La debilidad del hombre es lo que hace que sea sociable; nuestras comunes miserias son las que excitan nuestros corazones al ser humanos, y nada le deberíamos si no fuéramos hombres. Todo afecto es signo de insuficiencia; si cada uno de nosotros no tuviera necesidad de los demás, jamás pensaría en unirse a ellos. Así, pues, de nuestra misma dolencia nace nuestra frágil dicha. Un ser auténticamente feliz es un ser solitario; sólo Dios disfruta de una felicidad absoluta, ¿pero quién de nosotros se forma idea de ella? Si cualquier ser imperfecto se pudiera bastar a sí mismo, ¿de qué disfrutaría? Estaría solo y sería miserable. Yo no comprendo que el que nada necesita pueda amar algo, ni que el que no ama nada pueda ser feliz. De aquí se deduce que nos aficionamos a nuestros semejantes, no ya por el sentimiento de sus gustos, sino por el de sus penas, porque en ellas vemos mejor la identidad de nuestra naturaleza y la garantía del afecto que nos profesan. Si nuestras necesidades comunes nos unen por interés, nuestras miserias comunes nos unen por afecto. El aspecto de un hombre feliz inspira a los demás menos amor que envidia; de buen grado le acusaríamos de usurpar un derecho que no tiene, gozando de una felicidad exclusiva, pues nuestro amor propio también sufre al hacernos ver que ese hombre no nos necesita. ¿Pero quién no se apiada del desdichado que ve sufrir? ¿Quién no le quisiera librar de sus males si fuera suficiente un deseo? La imaginación más nos hace colocar en el puesto del miserable que en el del hombre feliz, y sentimos que el primero nos afecta más que el último. Dulce es la piedad, porque identificándonos con el que padece, sentimos, no obstante, el consuelo de no sufrir como él, y amarga es la envidia, porque el aspecto de un hombre feliz se convierte en una tortura y le desconsuela la mente ajena. El uno parece que nos exime de los males que sufre, y el otro nos priva de los bienes que disfruta. Así, pues, si deseáis excitar y mantener en el corazón de un joven los primeros movimientos de la naciente sensibilidad y encaminar su carácter hacia la beneficencia y la bondad, no hagáis germinar en él el orgullo, la vanidad y la envidia con la engañosa imagen de la felicidad humana; no le mostréis la pompa de las cortes, el fausto de los palacios, los atractivos de los espectáculos; no le llevéis a las tertulias y a las brillantes asambleas, no le mostréis lo exterior de la alta sociedad hasta que le hayáis puesto en estado de que la aprecie por sí mismo. Enseñarle el mundo antes de que conozca a los hombres, no es formarle, sino corromperle, y no es instruirle, sino engañarle. Los hombres no son, por naturaleza, ni reyes, ni potentados, ni cortesanos, ni ricos. Todos nacieron desnudos y pobres, sujetos todos a las miserias de la vida, a los pesares, a los males, a las necesidades, a toda clase de dolores; en fin, condenados a muerte. Esto sí que es propio del hombre y de lo que no está exento ningún mortal. Comenzad, pues, estudiando en la naturaleza humana lo que de ella es más inseparable, lo que mejor constituye la humanidad. A los dieciséis años el adolescente ya sabe qué es padecer, porque ya ha padecido, pero apenas sabe que también padecen otros seres, pues verlo sin sentirlo no es saberlo, y, como he repetido infinidad de veces, el niño que no imagina lo que sufren los demás, no conoce otros males que los suyos. Pero cuando el primer desarrollo enciende en él el fuego de la imaginación, comienza a sufrir con sus dolores. Entonces la triste pintura de la humanidad doliente debe despertar en su pecho la primera ternura. Si no es fácil notar este momento en vuestros hijos, ¿de quién os quejáis? Les enseñáis, muy pronto a fingir afectos, y hacéis que hablen su idioma, y como siempre os expresáis en el mismo estilo, vuelven contra vosotros mismos vuestras lecciones, sin dejaros ningún medio para distinguir cuando cesan de mentir y comienzan a sentir lo que dicen. Pero observad a mi Emilio: desde que le conduzco, no ha sentido ni mentido nunca. Antes de saber qué es amar, a nadie le ha dicho «yo te amo»; no le han dictado la forma de comportarse cuando entra en la habitación de su padre, su madre o su ayo enfermo; no le han enseñado el arte de aparentar la tristeza que no sentía. No ha fingido que lloraba la muerte de nadie, porque ignora qué es morir. La misma insensibilidad que hay en su corazón la tiene también en sus modales. Indiferente para todo, menos para sí, como todos los niños, por nadie se toma interés, y lo que le distingue de los demás es que no aparenta que se lo toma, y no es falso como ellos. Emilio, habiendo reflexionado poco acerca de los seres sensibles, sabrá tarde lo que es sufrir y morir. Comenzarán los lamentos y los gritos a agitar sus entrañas, la vista de la sangre que se derrama le hará volver los ojos, le harán padecer las convulsiones de un animal moribundo antes que sepa de dónde le vienen estos nuevos sentimientos. Si hubiera permanecido bárbaro y estúpido no los tendría, y si fuese más instruido sabría cuál es su fuente. Ha comparado demasiadas ideas para no sentir nada, y no las suficientes para comprender lo que siente. Así nace la piedad, primer sentimiento relativo que mueve al corazón humano, según el orden de la naturaleza. Para volverse piadoso y sensible, es necesario que el niño sepa que hay seres semejantes a él, que sufren lo que ha sufrido, que sientan los dolores que ha sentido, y otros de los que debe tener idea de que también puede sentirlos. Y en efecto, ¿cómo nos dejamos mover por la compasión si no es trasladándonos fuera de nosotros, identificándonos con el ser que sufre, dejando, por decirlo así, nuestro ser por tomar el suyo? Sólo en cuanto pensamos que él sufre, sufrimos nosotros, y sufrimos en él, no en nosotros. De modo que ninguno se vuelve sensible hasta que se anima su imaginación y comienza a trasladarle fuera de sí mismo. ¿Qué debemos hacer, en consecuencia, para excitar y mantener esta naciente sensibilidad y para guiarla y seguirla en su natural declive, sino ofrecerle al joven objetos propios para que pueda actuar la fuerza expansiva de su corazón, que le dilaten y le extiendan por los demás seres, que hagan que en todas partes se encuentre fuera de sí, desviar con cuidado los que le sujetan, le reconcentran y ponen tirante el resorte del yo humano? Quiero decir, en términos más claros, excitar en él la bondad, la humanidad, la conmiseración, la beneficencia, todas las atractivas y dulces pasiones que naturalmente placen a los hombres, e impedir que nazcan la envidia, la codicia, el rencor, todas las pasiones repulsivas y crueles que no sólo anulan sino que también destruyen la sensibilidad y son el tormento de quien las sufre. Creo que puedo resumir todas las reflexiones precedentes en dos o tres máximas precisas, claras y fáciles de comprender. MÁXIMA PRIMERA No es propiedad del corazón humano ocupar la plaza de los que son más felices que nosotros, pero sí en el de los que merecen ser compadecidos. Si se hallan excepciones a esta máxima, son más aparentes que reales. Entonces, que nadie usurpe el lugar del rico o del potentado con quien se une, y aún cuando sea sincera esta intimidad, no hace otra cosa que apropiarse de una parte de su bienestar. Algunas veces es amado aquél en su desgracia, pero mientras sigue en la prosperidad no tiene otro amigo verdadero quien sin dejarse llevar por las apariencias, no obstante su prosperidad, más le compadece que le envidia. La felicidad de ciertos estados de la vida pastoral nos conmueve, por ejemplo. La envidia no envenena el encanto de contemplar felices estas buenas gentes y nos interesa verdaderamente. ¿Por qué? Porque reconocemos que somos árbitros de bajar a este estado de inocencia y serenidad que únicamente nos despierta ideas agradables, y para poder disfrutarle, con querer basta. Siempre complace ver sus recursos, contemplar su propio caudal, aun cuando no se quiera hacer uso de él. De aquí se deduce que para inclinar a un joven a que sea humano, en vez de hacer que contemple admirado el brillante destino de los demás, hay que hacérselo ver bajo su aspecto triste, y de este modo hacérselo temer. Luego, por una evidente consecuencia, él mismo se debe abrir un camino para su felicidad, sin seguir las huellas de nadie. MÁXIMA SEGUNDA Únicamente se compadecen en otro aquellos males de los cuales uno no se considera exento. Non ignara mali, miseris succurrere disco. No conozco nada tan hermoso, tan profundo, conmovedor y verdadero como este verso. ¿Por qué no tienen compasión los reyes de sus vasallos? Porque saben que nunca han de ser súbditos. ¿Por qué son tan duros los ricos con los pobres? Porque no tienen miedo de llegar a serlo. ¿Por qué desprecia tanto la nobleza a la plebe? Porque nunca un noble será plebeyo. ¿Por qué generalmente los turcos son más humanos, más hospitalarios que nosotros? Porque como en su gobierno totalmente arbitrario la fortuna y el poder de los particulares son siempre precarios e inseguros, no contemplan el abatimiento y la miseria como un estado que les sea extraño[2]. Mañana puede ser uno lo que hoy es aquél a quien favorece. Esta reflexión, que continuamente se repite en las novelas orientales, les comunica no sé qué ternura que no halla el lector en todos los arreglos de nuestra seca moral. Pues no acostumbréis a vuestro alumno a que desde el pináculo de su gloria contemple las penas de los afligidos, los afanes de los miserables, ni esperéis enseñarle a que se compadezca si los mira como ajenos. Debéis hacerle comprender que la suerte de estos desventurados puede ser la suya, que todos sus males se pueden repetir en él, que existen mil casos inevitables y no previstos que le pueden sumir en el mismo estado de un momento a otro. Debéis enseñarle a que no mire como estable su cuna, la salud ni las riquezas; hacedle ver todas las vicisitudes de la fortuna, mostradle ejemplos, siempre demasiado frecuentes, que de puestos más encumbrados que el suyo han caído en el abismo más hondo muchos desgraciados; importa muy poco que haya sido por su culpa o no, puesto que ahora no se trata de eso, ya que él no sabe todavía qué cosa es culpa. No excedáis jamás la esfera de sus conocimientos, ni le iluminéis con otras luces que las proporcionadas a su capacidad; no necesita saber mucho para comprender que no le puede asegurar la prudencia humana si dentro de una hora ha de estar vivo o muerto, si antes de que sea de noche el dolor nefrítico no le hará crujir los dientes, si dentro de un mes ha de ser rico o pobre, si dentro de un año estará remando y sufriendo el látigo en una galera argelina. Y todo esto no se lo digáis con frialdad, como si le enseñaseis la doctrina cristiana; debe ver y sentir las calamidades humanas; es preciso remover y atemorizar su imaginación con los peligros que continuamente rodean a todo mortal; debe contemplar en torno suyo abiertas todas estas insondables simas v buscar vuestro amparo al oíros describirlas con el miedo de despeñarse en sus abismos. De este modo le haremos tímido y medroso, diréis. Luego lo veremos, mas por ahora empecemos haciéndole humano, que es lo que más nos importa. MÁXIMA TERCERA La compasión que tenemos del mal ajeno no se mal por la cantidad de este mal, sino por el sentimiento que atribuimos a los que lo padecen. Compadecemos a un desdichado tanto como él se cree merecedor creemos que de compasión. Es mas limitado de lo que parece el sentimiento físico de nuestros males, pero por lo que somos verdaderamente dignos de lástima es por el recuerdo que su continuidad nos hace sentir y por la imaginación que los extiende hasta el tiempo venidero. Yo pienso que es una de las causas que nos endurecen con los males de los animales más que con los de los hombres, aunque nos debiera identificar con ellos la común sensibilidad. No nos dolemos de un caballo que está en su caballeriza porque no pensamos que mientras se come el pienso recuerde los palos que ha recibido ni piense en las fatigas que le esperan. No nos dolemos tampoco de un carnero que vemos paciendo aunque sepamos que en breve ha de ser de ollado, puesto que pensamos que no prevé su suerte, este modo nos vamos endureciendo por extensión sobre el destino de los hombres, y los ricos se consuelan del mal que hacen a los jóvenes, y los suponen tan necios que consideran que no sienten el dolor. Yo, generalmente, estimo lo que cada uno aprecia la felicidad de sus semejantes por la atención que les presta. Es un hecho natural el dar poco valor a la dicha de las personas que uno no considera. No es de extrañar que los políticos traten con tanto desdén al pueblo, ni que la mayor parte de los filósofos supongan perverso al hombre. Lo que compone el linaje humano es el pueblo; lo que no es pueblo es tan poco que ni vale la pena tenerlo en cuenta. El hombre es el mismo en todas las condiciones, y si es así, las que más suman son las que mayor respeto merecen. A los ojos de un pensador desaparecen todas las distinciones civiles; las mismas pasiones, los mismos sentimientos ve en un sujeto ilustre que en un rústico; solamente distingue el estilo y un colorido con más o menos adornos; si los separa alguna diferencia esencial es en detrimento de los más disimulados. La plebe se muestra tal como es, y no es amable, pero es forzoso que los hombres decentes se disfracen, pues si se dejasen ver tal como son causarían horror. Según dicen nuestros sabios hay la misma dosis de pena y de bienestar en todas las condiciones. Una máxima tan absurda como imposible de sostener, porque si todos somos felices en un mismo grado, ¿qué necesidad tengo yo de incomodarme por nadie? Que se quede cada uno como está. Maltraten al esclavo, perezcan el enfermo y el desvalido puesto que nada consiguen con mudar de estado. Hacen una enumeración de las penas del rico y manifiestan la vaciedad de sus placeres. ¡Qué sofisma tan torpe! Las penas del rico no provienen de su estado, sino de sí mismo, que abusa de su condición. Aunque fuera todavía más desventurado que el pobre, no sería digno de compasión, puesto que todos sus males provienen de su actuación y el ser feliz está en su mano, pero las penalidades del miserable le vienen de las cosas, del rigor con que la suerte le trata. No existe ninguna costumbre capaz de quitarle el sentimiento físico de la fatiga, del desfallecimiento y del hambre; ni el entendimiento recto ni la sabiduría son suficientes para eximirle de los males de su estado. ¿Qué adelanta Epicteto con prever que su amo le va a romper una pierna? ¿Deja de rompérsela por eso? Con su mal se une el de la previsión. Aunque la plebe tan inteligente como estúpida la suponemos, ¿qué otra cosa pudiera ser distinta de lo que es? ¿Qué otra cosa pudiera hacer que lo que hace? Realizad un estudio sobre las personas de esta clase y os daréis cuenta de que con otras formas poseen tanta perspicacia y más razón que vosotros. Debéis respetar a vuestra especie; considerad que de un modo esencial consta de la colección de pueblos, y que aun cuando se quitaran de ellos todos los reyes y todos los filósofos, poco se notaría su falta y no iría peor el mundo. En una palabra, enseñad a vuestro alumno a amar a todos los hombres, hasta a los que lo desdeñen; procurad que no se limite a ninguna clase, sino que se encuentre en todas; hablad en su presencia con ternura del género humano y a veces con lástima, pero nunca con desprecio. Hombre, no deshonres al hombre. Por éstas y otras semejantes veredas, bien opuestas a las trilladas, es conveniente introducirse en el corazón del adolescente para excitar en él los primeros movimientos de la naturaleza, para desenvolvérselo y dilatársele respecto a sus semejantes. También importa mucho que con estos movimientos vaya mezclado cuanto menos interés personal sea posible, especialmente ni vanidad, ni emulación, ni vanagloria ninguna de aquellos afectos que nos obligan a compararnos con los demás, puesto que nunca se verifican estas comparaciones sin cierta impresión contra aquellos que, aunque no sea más que en nuestra estimación propia, nos disputan la preferencia. Entonces es obligado cegarse o enojarse, ser tonto o perverso, y por lo tanto debemos evitar esta alternativa. Dicen que tarde o temprano se han de encender estas peligrosas pasiones, aunque sea a pesar nuestro. Esto no lo niego, ya que cada cosa tiene su tiempo y lugar; solamente digo que no debemos contribuir a su nacimiento. Este es el espíritu del método que conviene prescribir. Aquí son inútiles los ejemplos detallados, porque empieza ya la división casi infinita de caracteres, y cada ejemplo que yo diese tal vez no convendría uno entre cien mil. A esta edad empieza también en el maestro hábil la verdadera función de observador y de filósofo, que sabe el arte de sondear los corazones mientras se afana en formarlos. Mientras todavía no piense en disfrazarse, puesto que aún no lo ha aprendido el joven, a cada objeto que le presentan se advierte en su ademán, en sus ojos, en sus acciones, la impresión que le produce; en su semblante se leen todos los movimientos de su alma, y observándolos se consigue preverlos y finalmente dirigirlos. Puede verse que generalmente la sangre, las heridas, los gritos, los gemidos, el aparato de las operaciones dolorosas, y todo cuanto transmite a los sentidos objetos que sufren, sobrecoge más pronto y de modo general a todos los hombres. Como la idea de destrucción es más compleja, no produce la misma impresión; más tarde y con menos vigor surge la idea de la muerte, pero porque nadie ha hecho la experiencia -de morir es preciso haber visto cadáveres para sentir las congojas de los agonizantes. Pero cuando ya se ha formado bien en nuestro ánimo esta imagen, no existe espectáculo más horrible a nuestros ojos, sea a causa de la idea que entonces presenta a los sentidos, o porque sabiendo que es inevitable este instante para todos, uno se siente más vivamente alterado con una situación de la cual está seguro que no podrá menos de ser la suya algún día. Estas impresiones diversas tienen sus modificaciones y sus grados, que dependen del carácter particular de cada individuo y de sus anteriores costumbres, pero son universales y nadie está totalmente exento de ellas. Hay unas que son más tardías y menos generales, más propias de los animales sensibles; éstas son las que se reciben de las penas morales, de los dolores internos, de las aflicciones, de las largas pesadumbres y de la tristeza. Hay hombres que por los gritos y llantos se conmueven, pero nunca les hicieron ni suspiros los sordos e intensos sollozos de un pecho castigado por el sufrimiento, ni nunca un andar vencido, un rostro enfermizo, unos ojos que sólo ven a través de sus lágrimas... Para ellos las penas del alma nada significan, nada siente la suya, no esperéis más que un rigor inflexible, dureza de corazón y crueldad. Podrán ser íntegros y justos, pero nunca clementes, generosos y piadosos. Digo que podrán ser ,justos, si es posible que lo sea el hombre que carece de misericordia. Sin embargo, no os apresuréis a juzgar a los jóvenes por esta regla, especialmente a los que educados como deben serlo no tienen ninguna idea de las penas morales que nunca han sufrido, porque repito que sólo pueden compadecer los males que conocen, y esta aparente insensibilidad, que procede de la ignorancia, se convierte en ternura tan pronto como empiezan a sentir que en la vida humana se dan mil sufrimientos que no conocían. En lo que se refiere a mi Emilio, debido que en su niñez haya tenido sencillez y recto discerní miento, estoy seguro de que tendrá sensibilidad y alma cuando sea mayor, porque la verdad de los afectos tiene una conexión íntima con las ideas justas. ¿Pero por qué hemos de recordarlo aquí? Habrá más de un lector que me reprochará que yo olvido mi resolución primera y que he permitido a mi alumno unta constante felicidad. A los desgraciados, agonizantes espectáculos de miseria y dolor, qué felicidad, qué deleites para un corazón que empieza a vivir. Su triste instructor, que le dedicaba tan plácida educación, sólo lo ha hecho nacer para que sufra. Ante esto dirán: «¿Y qué me importa?». Hacerle feliz es lo que yo he prometido, y no que sólo lo pareciese. ¿Es culpa mía si engañados siempre por las apariencias creéis que es realidad? Consideremos a los jóvenes cuando han terminado su primera educación y entran en el mundo por dos puertas opuestas. El uno se encarama al Olimpo de repente y se introduce en la sociedad irás lucida, le llevan a la corte, a las casas de los ricos y de las bellas damas. Supongo que en todas partes lo obsequian, pero no me fijo en el efecto que estos agasajos imprimen en su corazón, y quiero que los resista. Los deleites vuelan hacia su encuentro, cada día le divierten objetos nuevos y se entrega a todo con un interés que cautiva.. Veis que está atento, diligente y curioso; os impresiona su admiración, la situación de su alma, creéis que goza y yo creo que sufre. ¿Qué es lo primero que ve al abrir los ojos? Una serie de pretendidos bienes que no conocía, cuya mayor parte sólo están a su disposición un instante, y parece que se le muestran para que le cause más desconsuelo su privación. Si se pasea en un palacio, su inquieta curiosidad hace que se enoje en su interior debido a que no es como ese palacio la casa de sus padres. Todas sus preguntas inducen a entender que de un modo continuo se compara con el amo de esta casa, y todo lo que le demuestra su inferioridad irrita y aumenta su vanidad. Si ve un joven mejor vestido que él, observo que murmura de la avaricia de sus padres. ¿Lleva él ropa de mayor precio? Tiene el sentimiento de ver que otro le eclipsa por su cuna o por su ingenio, y que sus ropas desmerecen al lado de un vestido de paño común. ¿Es él solo quien brilla en una tertulia? ¿Se pone de puntillas para que le vean mejor? ¿Quién no siente una secreta disposición a censurar el afán de un mozuelo presumido? Pronto se confabula todo; le inquietan las miradas de un hombre grave, no tardan en llegar a sus oídos las burlas de un burlón mordaz, y aunque sólo uno le desdeñase, el menosprecio de éste envenenaría al momento los aplausos de los demás. Podemos concedérselo todo, no le regateemos el mérito ni las gracias; que sea buen mozo, agudo, amable, obsequiado por las mujeres, pero como le obsequian antes de que él las quiera, más fácil será que enloquezca que no que se enamore; tendrá aventuras, pero no ardor ni pasión para disfrutar de ellas. Siempre adivinados sus deseos, sin tener nunca tiempo para que lleguen los deleites, sólo siente el freno, y el sexo destinado a hacer feliz al suyo le harta y fastidia antes de conocerlo; si sigue tratándolo no es más que por vanidad, y aun cuando sintiese verdadera afición, no sería el único joven, el único brillante, el único amable, ni serán siempre sus amadas prodigios de fidelidad. No digo nada de los chismes alevosos, las insolencias y todo género de pesares imprescindibles en una vida semejante. La experiencia del mundo le fastidia y sólo habla de los quebrantos relacionados con la primera ilusión. Qué contraste para el que, aislado al lado de su familia y entre sus amigos, ve que él es el único objeto de todas sus atenciones, se mete de repente en un orden de cosas en el que se le tiene en tan poco y se encuentra como oprimido en una esfera extraña, él que por tanto tiempo fue el centro de la suya. ¡Cuántas afrentas, cuántos desaires ha de sufrir antes de que supere entre los extraños las preocupaciones de su mucha valía, que le inspiraron y le alimentaron los suyos! Cuando era niño, todo se le sometía, todo le llegaba conforme a su voluntad; joven, tiene que ceder a todo el mundo, y si se descuida un poco y conserva sus antiguos modales, ¡con qué duras lecciones se va a encontrar! El hábito de alcanzar con facilidad el objeto de sus deseos le incita a desear mucho, lo que es causa de privaciones continuas. Todo lo que es de su agrado le absorbe, lo que tienen los otros quisiera tenerlo él, lo codicia todo, a todo el mundo envidia y en todas partes quisiera dominar porque le roe la vanidad; en su corazón se engendran el rencor y los celos; de común acuerdo toman vuelo todas las voraces pasiones, la agitación le acompaña y le sigue todas las noches a su morada, en la que entra descontento de sí mismo y de los demás. Se duerme con cien vanos proyectos, desasosegado con mil fantasías, y hasta en sus sueños le retrata su soberbia los ilusorios bienes, cuyo deseo le acongoja y que no ha de poseer en su vida. Este es vuestro alumno. Veamos el mío. Si un asunto triste es el primer espectáculo que le impresiona, en cuanto vuelva en sí lo primero que siente le produce contento. Al darse cuenta del número de males de que está exento siente que es más feliz de lo que creía. Participa de las penas de sus semejantes, pero esta participación es voluntaria y suave. A un mismo tiempo disfruta de la compasión que siente por sus males y de la dicha que disfrutan; se encuentra en aquel estado de fuerza que nos lleva más allá de nosotros y hace que coloquemos en otra parte la superflua actividad para nuestro bienestar. Sin duda, para dolerse del mal ajeno, es preciso conocerlo, pero no sentirlo. Quien ha padecido o teme padecer se duele de los que padecen, pero el que está padeciendo sólo se duele de sí mismo. Pero cuando están todos sujetos a las miserias de la vida, se deduce que debe ser muy suave la conmiseración, porque se manifiesta en favor nuestro, y, por él contrario, siempre es desventurado un hombre duro, pues su corazón no le deja ninguna sensibilidad sobrante que pueda conceder a los duelos ajenos. Juzgamos demasiado sobre la felicidad por sus apariencias; la suponemos donde menos la hay, la buscamos donde no puede estar, pues la alegría es una señal muy equívoca de la dicha. Muchas veces un hombre alegre es un desgraciado que procura confundir a los demás y engañarse a sí mismo. Estas personas tan risueñas, tan despejadas, tan serenas entre una concurrencia, casi todas son tristes y regañonas en su casa, y sus criados pagan la diversión con que han distraído a sus amistades. El verdadero contento no es alegre ni bullicioso; celoso de tan suave afecto, quien lo disfruta piensa en él, lo saborea y teme que se le evapore. Un hombre verdaderamente feliz habla poco, ríe menos y concentra, por decirlo así, la felicidad en torno de su corazón. Los juegos estrepitosos, la turbulenta alegría encubren el tedio y los desabrimientos, pero la melancolía es amante de las suaves delicias; a los gustos más dulces los acompañan la ternura y las lágrimas, y hasta el gozo excesivo antes saca llantos que risa. Si a primera vista parece que contribuyen a la felicidad la variación y el gran número de pasatiempos, y que una vida siempre igual debe aburrir; si lo miramos con mayor atención hallamos que, por el contrario, el hábito más suave del ánimo consiste en una moderación de goces que deja poco sitio al deseo y al hastío. La inquietud de los deseos engendra la curiosidad y la inconstancia, y el vacío de los deleites turbulentos produce el aburrimiento. Nunca se aburre de su estado quien no conoce otro mejor. Los salvajes son los menos curiosos y los que menos se aburren de cuantos hombres hay en el mundo; para ellos todo es indiferente y no gozan de las cosas, sino de sí mismos; pasan la vida sin hacer nada y nunca se aburren. El hombre de mundo está entero en su fingimiento. Como casi nunca está solo consigo mismo, es un extraño para sí, y no se halla a gusto cuando se ve forzado a entrar en su interior. Para este hombre lo que él es no es nada, y lo extraño a él lo es todo. No puedo menos de imaginar, viendo el rostro del joven de quien antes he hablado, un no sé qué de importuno, de melindroso y afectado que desagrada, que repugna a las personas llanas, y en el mío una interesante y cándida fisonomía, que demuestra contento y verdadera serenidad del ánimo, que inspira confianza y parece que sólo espera los desahogos de la amistad para brindar los que se le acercan. Hay muchos que creen que el rostro es el desarrollo de los contornos que ya ha bosquejado la naturaleza. Yo mejor creo que además de ese desarrollo se va formando de una manera insensible y adquieren fisonomía los rasgos del semblante humano con la frecuente y habitual impresión de ciertas afecciones del ánimo. Estas afecciones quedan señaladas en el rostro, lo que es completamente cierto; cuando se convierten en hábitos, dejan en él impresiones duraderas. De esta manera yo concibo que la fisonomía es el anuncio del carácter, y que alguna vez podemos juzgar de éste por aquélla, sin metamos en misteriosas explicaciones que suponen conocimientos de que carecemos. Un niño tiene solamente dos afecciones bien marca- das: el placer y el dolor, se ríe o llora y no hay términos medios para él, pues continuamente pasa de uno de estos estados a otro. Esta alternativa continua priva de que hagan en su rostro ninguna impresión constante y de que adquiera expresión, pero en la edad en que es más sensible se conmueve con mayor viveza y constancia y las impresiones, ya más profundas, dejan huellas que se borran con gran dificultad, y resulta del estado habitual del ánimo unos rasgos que ya son indelebles. No es raro, sin embargo, ver a ciertos hombres que en diferentes edades cambian de fisonomía. Yo he visto a muchos que están incluidos en este caso, y siempre he notado que los que había podido seguir y observar, también habían mudado de pasiones habituales. Esta observación, perfectamente confirmada, me parece decisiva y no está fuera de los movimientos del alma por los signos externos. Yo no sé si mi joven, por no haber aprendido a imitar modales de sociedad y a fingir afectos que no tiene, será menos amable; aquí no tratamos de esto, pero sé que será más amante, y me resulta difícil creer que el que sólo se ama a sí mismo puede disfrazarse tan bien que agrade tanto como el que de su cariño a los demás saca un nuevo sentimiento de felicidad. En cuanto a este mismo sentimiento, presumo que basta con lo manifestado para guiar en este punto a un lector de sana razón y demostrar que no incurro en ninguna contradicción. Vuelvo, pues, a mi sistema, y digo: al acercarse la edad crítica debéis presentar a los jóvenes espectáculos que les sirvan de freno y que no les exciten; inquietad su imaginación con objetos que en vez de inflamar sus sentidos repriman su actividad. Apartadlos de las ciudades, donde el atrevido traje de las mujeres acelera y adelanta las lecciones de la naturaleza, y de los sitios donde todo presenta a sus ojos deleites que no deben conocer hasta que sepan escogerlos. Llevadlos a su primera mansión, donde la sencillez no deja que las pasiones propias de su edad se desenvuelvan con tanta rapidez, o si los retiene en la ciudad su gusto por las artes, debéis evitar que esa afición degenere en una peligrosa ociosidad. Escoged con gran esmero sus sociedades, sus ocupaciones y sus pasatiempos; mostradles sólo pinturas halagüeñas pero modestas, que los conmuevan sin seducirlos, y que aporten su sensibilidad sin alterar sus sentidos. Debéis considerar también que en todo hay excesos que temer, que siempre las pasiones sin moderación causan mayores daños que los que se desea evitar. No se trata de hacer de vuestro alumno un enfermero, de afligir su vista con continuos objetos de penas y quebrantos, de llevarlo de un enfermo a otro, de hospital en hospital, del patíbulo a la cárcel. Lo que conviene es que tienda a apiadarse y no endurecerle con las escenas de las miserias humanas. Si se presentan durante mucho tiempo los mismos espectáculos, dejará de sentir la impresión que producen, puesto que el hábito nos acostumbra a todos; lo que se ve con mucha frecuencia no impresiona a la imaginación, y ésta sola es la que hace que sintamos los males ajenos, que es por lo que de tanto ver morir y padecer, los médicos se vuelven inhumanos, y lo mismo se puede decir de los clérigos. Vuestro alumno debe conocer la suerte del hombre y las miserias de sus semejantes, pero no las debe presenciar a cada paso. Solamente un objeto bien escogido y manifestado bajo el punto de vista que conviene le proporcionará materia para enternecerse y reflexionar por espacio de un mes. No tanto lo que ve, como el recapacitar sobre lo que ha visto, es lo que determina el juicio que se forma, y la impresión duradera que recibe de un objeto procede menos del mismo objeto que del punto de vista desde el cual se le incita a que se acuerde de él. De esta forma, valiéndose de una economía de ejemplos, imágenes y lecciones, embotaréis por mucho tiempo el aguijón de los sentidos, y de este modo entretendréis la acción de la naturaleza al seguir sus mismas directrices. A medida que vaya adquiriendo conocimientos, escogeréis ideas que se refieran a ellos, y al mismo tiempo que sus deseos se inflaman debéis buscar imágenes apropiadas para su reprensión. Un anciano militar, tan estimado por sus costumbres como por su valor, me contó que siendo él joven, su padre, hombre de juicio y devoto, al observar que su temperamento le arrastraba hacia las mujeres, nada dejó de hacer para contenerlo, pero dándose cuenta por último de que a pesar de sus afanes no conseguía nada, determino llevarle a un hospital en el que sólo se trataban agudas enfermedades venéreas, y sin haberle prevenido le hizo entrar' en una sala donde con curas terribles expiaba una cantidad de desgraciados la disoluta vida que habían llevado. Al contemplar una escena que de tan asquerosa repugnaba a todos los sentidos, el joven casi se desmayó. «Anda, miserable crápula, le dijo entonces con acento despreciativo su pare, sigue con la indecente inclinación que te domina; tendrás mucha suerte si te admiten en esta sala y víctima de los males más asquerosos obligaras a tu padre a agradecerle a Dios tu muerte.» Estas breves palabras en medio del depresivo espectáculo que le presentaba le impresionaron tanto que ya nunca se lo borró. Condenado por su carrera a pasar su juventud en los cuarteles, prefirió aguantar la burla de sus camaradas antes que imitar su libertinaje. «He sido hombre, me dijo, he tenido flaquezas, pero ya no he podido mirar sin horror a una mujer pública.» Maestro, pocos razonamientos; aprende a escoger los sitios, los tiempos y las personas, y después dad vuestras lecciones presentando ejemplos y podéis estar seguros de su eficacia. El tiempo de la infancia es corto, pero los errores iniciales ya no tienen remedio, y en cambio lo bueno que se le enseña da sus resultados más tarde. Mas no ocurre lo mismo en la primera edad, cuando verdaderamente el hombre empieza a vivir. No dura esa edad lo suficiente para el uso que de ella debe hacerse, y su importancia exige una continuada solicitud; por eso insisto tanto en el arte de prolongarla. Uno de los mejores preceptos de la buena educación consiste en retardarla todo lo que sea posible. Debéis hacer que los adelantos sean lentos y seguros. Evitad que el joven se haga hombre cuando le falta ya poco para serlo. Mientras el cuerpo crece, se forman y se elaboran los espíritus destinados a dar fuerza a las fibras y a la sangre; si hacéis que tomen un curso distinto y que lo que estaba destinado a la perfección de un individuo sirva para la formación de otro, los dos permanecen en un estado de flaqueza, y la obra de la naturaleza sigue imperfecta. También se resienten de esta alteración las operaciones intelectuales, y tan endeble el alma como el cuerpo, sus actividades carecen de vigor. Ni el valor ni el ingenio dependen de miembros fuertes y robustos, y comprendo que la fuerza del espíritu no vaya acompañada con la del cuerpo si por otra parte no están bien dispuestos los desconocidos órganos de la comunicación de ambas sustancias, pero aunque fuera buena su mutua disposición, siempre obrarán sin energía si carecen de otro principio que no sea el de una sangre empobrecida y privada de aquella materia que da acción y fuerza a todos los muelles de la máquina. Generalmente se observa más vigor de alma en los hombres cuya juventud no sufrió la menor corrupción que en aquellos cuyo desorden empezó prematuramente, sin duda una de las causas por las cuales superan en valor y razón los pueblos de costumbres sanas a los de costumbres licenciosas. Estos únicamente brillan con lo que ellos llaman agudeza, sagacidad y habilidad, pero las vastas y nobles funciones de sabiduría y razón que honran y distinguen al hombre con acciones dignas, con virtudes y afanes verdaderamente útiles no se encuentran más que en los primeros. Los maestros se quejan de que el ardor de esta edad hace indisciplinada a la juventud, y veo que es verdad. ¿Pero ¡lo es de ellos la culpa? ¿No saben que en cuanto han dejado que corra llama por los sentidos es imposible la otra dirección? ¿Los fríos y pesados sermones de un pedante borrarán en el espíritu de su alumno la imagen de los deleites que ha concebido? ¿Desterrarán los deseos que atormentan su corazón? ¿Amortiguarán el ardor de un temperamento cuyo uso sabe? ¿No se irritará contra los estorbos que se oponen a la única felicidad de que tiene idea? ¿Y qué otra cosa verá en la dura ley que le prescriben sin poder hacer que la entienda, si no el capricho y la enemistad de tu hombre que quiere atormentarle? ¿Es extraño que a su vez él se irrite y le desprecie? Comprendo que apareciendo fácil puede ser más soportable y conservar una autoridad aparente, pero no veo para qué sirve la autoridad que el ayo conserva sobre su alumno fomentando los vicios que debería reprimir; es como si por calmar un fogoso caballo el jinete le espolease para que saltase a un abismo. Lejos de ser el ardor de la adolescencia un impedimento para la educación, es merced a él que se perfecciona y se perfila, y es lo que proporciona un asidero en el corazón de un joven cuando llega a ser tan fuerte como vosotros. Sus primeras afecciones son las riendas con que dirigís sus movimientos, él era libre, y ahora le veo esclavizado. Cuando no amaba nada, sólo dependía de sí mismo y de sus necesidades, y en cuanto ama depende de su cariño. Así nacen los primeros vínculos que le enlazan con su especie. No penséis que dirigiendo esta sensibilidad naciente abrace al principio a todos los hombres ni que signifique algo para él la expresión de linaje humano. No; primero le indicará esa sensibilidad a sus semejantes, y para él sus semejantes no son las personas desconocidas, sino aquellas con la cuales tiene intimidad, las que la costumbre le ha hecho que quiera o que necesite, las que ve que tienen modos de pensar y de sentir como él, las que están expuestas a las penas que ha padecido y que se complacen con las alegrías que ha disfrutado; en una palabra, aquellas por las que se siente más inclinado a quererlas, Antes de observar de mil modos su carácter y de hacer reflexiones acerca de sus propios afectos y de los que observe en los demás, podrá generalizar sus nociones individuales bajo la idea abstracta de humanidad y agregará a sus particulares afecciones las que pueden identificarle con su especie. Al ser capaz de cariño, es sensible para el de los demás y vive pendiente de las señales de ese cariño[3]. ¿Veis qué nuevo imperio vais a conseguir sobre él? ¡Con cuántas cadenas habéis ceñido su corazón, antes que él se diese cuenta! ¿Qué ha de sentir cuando mirando por sí mismo vea lo que habéis hecho por él, cuando se pueda comparar con los demás jóvenes de su edad y compararon con los otros ayos? Digo cuando él lo vea, pero debéis tener en cuenta que no podéis decírselo, puesto que entonces él no lo vería. Si le exigís obediencia como pago de los afanes que por él os habéis tomado, pensará que le habéis tendido un lazo, y se dirá que cuando fingíais servirle sin interés pretendíais cargarle con una deuda y atarle con un contrato sin su consentimiento. Será vano alegar que lo que exigís de él es para su bien, pues exigís, y exigís en virtud de lo que, sin contar con él, habéis hecho en su beneficio. Cuando un desventurado admite el dinero que fingen darle y se encuentra comprometido contra su voluntad, lamentáis la injusticia, ¿y no sois aún más injusto cuando pretendéis que pague vuestro alumno el precio de cuidados que él no había admitido? Sería aún más rara la ingratitud si fueran menos frecuentes los beneficios con usura. Lo que nos produce un bien lo amamos, y es muy natural. La ingratitud no se alberga en el corazón humano, pero el interés sí, y existen menos favorecidos ingratos que bienhechores interesados. Si me vendéis vuestras dádivas ajustaré el precio que quiero pagar por ellas, pero si fingís que me dais para venderme luego al precio que queráis, cometéis un fraude, pues lo que hace despreciables los dones es que sean gratuitos. El corazón sólo admite leyes de sí mismo; el que quiera encadenarlo lo liberta, y quien lo deja libre lo encadena. Cuando el pescador echa el cebo al agua, llega el pez y se está quieto sin recelo alguno, mas cuando cogido del anzuelo que escondía el cebo siente que tiran, procura escaparse. ¿Es el pescador el bienhechor y el pez el ingrato? ¿Se ha visto a alguien que olvide a su bienhechor aun cuando éste no se acuerde de él? Por el contrario, siempre habla de él con afecto, no piensa en él sin que se enternezca, y si halla ocasión para demostrarle con algún inesperado servicio que se acuerda de los suyos, ¡con qué júbilo exterioriza entonces su gratitud, con qué alborozo se da a conocer y con qué goce se dice que le ha llegado el momento que anhelaba! Esta es la voz de la naturaleza, que jamás hubo quien pagase con ingratitud un beneficio verdadero. Puesto que la ingratitud es un afecto natural, si no destruís su eficacia por culpa vuestra, estad seguro de que cuando empiece vuestro alumno a conocer el valor de vuestros afanes, será agradecido si vos no les ponéis precio, y que os concederá una autoridad que nada podrá destruir. Pero antes de que consigáis esta ventaja; debéis evitar el perderla recordándole su valor. Recordarle vuestros servicios es hacérselos insoportables, y olvidaros de ellos bastará para que él los recuerde. Nunca habléis de lo que os debe sino de lo que a sí mismo se debe, hasta que haya llegado el tiempo de tratarle como a un hombre. Dejadle que sea dócil por su propia voluntad y debéis huir de él para que os busque; ennalteced su alma hasta el noble afecto de la gratitud, no hablándole nunca de otra cosa más que de su interés. No he querido que le dijesen que era por su bien lo que hacían, hasta que-estuviera en estado de entenderlo, porque en esta expresión sólo hubiera visto vuestra dependencia y os habría mirado como un criado suyo. Pero ahora que empieza a sentir qué cosa es querer, también siente lo suave del vínculo que puede estrechar a un hombre con los que quiere, y con el celo que pone para que sin cesar os desviváis por él, ya no ve la adhesión de un esclavo, sino el cariño de un amigo. Ninguna cosa puede tanto con el corazón humano como la voz de la amistad, puesto que sabemos que siempre nos habla por nuestro interés. Podemos creer que se engaña un amigo, pero no que quiere engañarnos. Algunas veces nos resistimos a sus consejos, pero nunca los despreciamos. Entramos, por último, en el orden moral: acabamos de dar el segundo paso del hombre. Si aquí fuera un lugar oportuno, trataría de demostrar cómo de los primeros movimientos del corazón se originan las primeras voces de la conciencia, y cómo de los afectos de amor y odio nacen las primeras nociones del bien y del mal. Haría comprender que «justicia y bondad» no sólo son palabras abstractas, puros seres morales formados por el entendimiento, sino verdaderas afecciones del alma iluminada por la razón, y que son un progreso coordinado de nuestras primitivas afecciones, que no es posible establecer ninguna ley natural por la razón sola y sin acudir a la conciencia, y que es ilusorio el derecho de la naturaleza si no va fundado en una necesidad natural en el corazón humano[4]. Pero considero que no debo componer aquí tratados de metafísica y moral, ni cursos de estudio de ninguna clase; me basta con señalar el orden y el progreso de nuestras sensaciones y conocimientos con relación a nuestra naturaleza. Acaso otros demostrarán extensamente lo que yo no hago más que esbozar. No habiendo contemplado hasta ahora otra cosa que a sí mismo, la primera mirada que pone en sus semejantes le incita a compararse con ellos, y el primer efecto que excita en él esta comparación es anhelar el primer puesto. Este es el punto en que se transforma el amor de sí en amor propio, y comienzan a nacer todas las pasiones que tienen conexión con éste. Pero para decidir si entre estas pasiones, las que hayan de dominar en su carácter han de ser suaves y humanas, o crueles y malignas; sí han de ser de benevolencia y de conmiseración, o de codicia y envidia, es preciso saber en qué lugar se reconocerá entre los hombres y qué género de obstáculos creerán que necesita vencer para conseguir el sitio que pretende ocupar. Para guiarle en esta investigación, habiéndole ya hecho ver a los hombres por los accidentes comunes de la especie, es necesario manifestárselo ahora por sus diferencias, y aquí se le debe hacer conocer la medida de la desigualdad natural y civil y el cuadro de todo el orden social. Hay que estudiar la sociedad por los hombres, y los hombres por la sociedad; los que quieran tratar por separado la política y la moral no entenderán palabra ni de una ni de otra. Aplicándonos primero a las relaciones primitivas, observamos la impresión que deben causar en los hombres y las pasiones que de ellas deben originarse, y vemos que por el progreso de las pasiones se multiplican y estrechan recíprocamente estas relaciones. No tanto la fuerza de los brazos como la moderación de los ánimos es la que hace a los hombres independientes y libres. Quien anhela pocas cosas, con pocas personas está relacionado, pero confundiendo siempre nuestros vanos deseos con nuestras necesidades físicas, los que fundamentaron la sociedad humana en estas últimas tomaron por causas lo que eran efectos, y de ahí el error de sus razonamientos. Existe en el estado de naturaleza una igualdad de hecho indestructible y real, porque no es posible que en este estado sea tan grande la diferencia de hombre a hombre que tenga uno que depender de otro. En el estado civil hay una igualdad de derecho vana y quimérica, pues los mismos medios destinados para mantenerla sirven para destruirla, y porque agregada la fuerza pública al más fuerte para oprimir al débil, rompe la especie de equilibrio en que nos había puesto la naturaleza[5]. De esta primera contradicción se derivan todas aquellas que se advierten en muchedumbre orden civil entre la realidad y la apariencia. La muchedumbre será siempre sacrificada al beneficio de un corto número, y el interés público al particular; servirán siempre de instrumentos para la violencia y de armas para la iniquidad los especiosos nombres de subordinación y justicia, de donde se colige que las clases distinguidas que pretendan ser útiles para los demás, sólo son útiles para sí mismas a costa de los otros, y por esto debemos juzgar del aprecio en que según la justicia y la razón merecen ser tenidas. Nos falta ver si la jerarquía que se han tomado contribuye más a la felicidad de los que la ocupan, para saber el juicio que debe formar cada uno de nosotros en cuanto se refiere a su propia suerte. Este es el estudio que nos importa ahora, pero para que saquemos fruto del mismo es preciso empezar por conocer el corazón humano. Si únicamente se tratase de que los jóvenes conociesen al hombre por su máscara, no habría necesidad de enseñársela, puesto que sobradamente la verían, pero como el hombre no es su máscara y no queremos que se dejen engañar por el relumbrón, cuando les pintéis el hombre debéis pintarlo tal como es, no para que le tomen odio sino para que le tengan lástima y no se le quieran parecer, pues éste es, a mi modo de ver, el más juicioso afecto que a un hombre puede inspirar su especie. A este fin, importa seguir aquí un camino opuesto al que hasta ahora he seguido, e instruir al joven por la experiencia ajena antes que por la suya. Si los hombres le engañan, los despreciará, pero si le respetan y ve que se engañan mutuamente, les tendrá lástima. Decía Pitágoras que el espectáculo del mundo era parecido al de los juegos olímpicos: los unos abren un comercio y sólo piensan en su ganancia; los otros aventuran su persona y buscan la gloria, y otros-se contentan con ver los juegos, los cuales no son los peores. Yo quisiera que fuera tan escogida la sociedad de un joven que tuviese buena opinión de los que viven con él y que le enseñáramos a conocer tan bien el mundo que le contrariase en el acto todo lo que viese torcido. Que sepa que el hombre es naturalmente bueno, que lo sienta y juzgue de su prójimo por sí mismo pero que vea cómo la sociedad deprava y pervierte a los hombres, que encuentre en los prejuicios de ellos la causa de todos sus vicios que tienda a estimar a cada individuo, pero que desprecie a la muchedumbre; que vea que todos llevan casi la misma máscara, pero que sepa que hay rostros más bellos que la máscara que los cubre. Hay que convenir en que este método tiene sus inconvenientes y que es difícil ponerlo en práctica, pues si tan pronto empieza a observar y le inducís a que aceche con tanta atención las acciones ajenas, le convertiréis en un maldiciente y satírico, fácil al error, se habituará a la odiosa satisfacción de hallar en todo siniestras interpretaciones y a no mirar bien ni siquiera lo que es bueno. Verá delante de sí el espectáculo del vicio y contemplará sin horror a los perversos de la misma manera que uno se habitúa a ver sin compasión a los desgraciados, y pronto la perversidad general le servirá menos de lección que de disculpa, hasta decirse que si el hombre es de tal manera, él no tiene por qué ser de otro modo. Si le queréis instruir por principios y hacerle conocer a la vez la naturaleza del corazón humano, la aplicación de las causas externas que convierten en vicios nuestras inclinaciones, trasladándole de una forma intempestiva desde los objetos sensibles a los intelectuales, hacéis uso de una metafísica que no está en estado de entender, cayendo en el inconveniente, que hasta aquí con tanto tesón hemos evitado de darle lecciones que lo parezcan y de sustituir en su espíritu la experiencia y la autoridad del maestro por su propia experiencia y el progreso de su razón. Para quitar a la vez ambos obstáculos y poner el corazón humano a su alcance sin correr el peligro de alterar el suyo, yo quisiera mostrarle a los hombres desde lejos, en otros tiempos y en otros países, de tal modo que pudiera contemplar la escena sin poder nunca intervenir. Esta es la época de aprender la historia, leer su curso sin lecciones de filosofía; siendo mero espectador, los observará sin interés ni pasión, como juez, y no como cómplice ni como acusador. Para conocer a los hombres hay que observarlos en sus acciones. En el mundo los oímos hablar, dicen lo que dicen y esconden sus acciones, pero quedan graba das en la historia y los juzgados por los hechos, hasta sus dichos sirven para valorarlos, pues comparando lo que dicen con lo que hacen nos damos cuenta de lo que son y de lo que quieren parecer; cuanto más disimulan, mejor los conocemos. Desgraciadamente este estudio tiene sus riesgos, sus inconvenientes, los cuales son de más de una especie. Es difícil colocarse en un punto de vista desde el cual podamos juzgar con equidad a nuestros semejantes. Uno de los vicios principales de la historia consiste en que retrata mucho más a los hombres por sus malas acciones que por las buenas; como solamente tiene interés por las revoluciones y las catástrofes, mientras crece y prospera un pueblo en la bonanza de un gobierno pacífico, nada dice de él, o lo recuerda cuando ese pueblo se mete en los asuntos del país vecino, si no es éste el que se entromete en los suyos; todas nuestras historias comienzan por donde debieran concluir. Tenemos la historia de los pueblos que se destruyen con una gran puntualidad, pero la que nos hace falta es la de los pueblos que se multiplican, tan felices y tan discretos que nada tienen que decirnos de ellos, y, en efecto, aun en nuestro tiempo vemos que los gobiernos que mejor se conducen son aquellos de los que menos se habla. Sólo sabemos el mal, y apenas forma época el bien. Sólo los malos son famosos, y los buenos yacen en el olvido o son ridiculizados. De este modo, la historia, como la filosofía, calumnia sin cesar al linaje humano. Además, falta mucho para que los hechos que describe la historia sean un fiel reflejo de cómo sucedieron; mudan de forma en la cabeza del historiador y se amoldan a sus intereses y adquieren el color de sus prejuicios. La ignorancia o la parcialidad lo disfraza todo. Aun sin alterar un hecho histórico, con sólo ensanchar c estrechar las circunstancias que se refieren a él, ¡cuántos aspectos diferentes pueden dársele! Poniendo un mismo objeto bajo distintos puntos de vista apenas parecerá el mismo, sin que haya variado mucho la mirada del espectador. ¿Pueden, honrando a la verdad, contarme un hecho verdadero si me lo hacen ver de distinto modo de como sucedió? ¿Cuántas veces un árbol más o menos, un peñasco a la derecha o a la izquierda, un torbellino de polvo levantado por el viento han decidido el resultado de una batalla sin que nadie se haya apercibido? Y el historiador os dice la causa de la derrota o de la victoria tan resueltamente como si se hubiera encontrado en todas partes. Ahora bien, ¿que me importan los hechos en si mismos cuando ignoro la razón de ellos? ¿Qué lección me puede dar un suceso cuya verdadera causa ignoro? El historiador me da una, pero es arreglada por el, y la crítica misma que tanto ruido mete, no es otra cosa que el arte de hacer conjeturas, de elegir entre muchas mentiras la que se parece más a la verdad. ¿No habéis leído Cleopatra o Casandra, o cualquier otro libro de la misma especie? El autor elige un suceso conocido, lo acomoda después a sus ideas, lo adorna con circunstancias que inventa, con personajes que jamás existieron, y con retratos imaginarios amontona ficciones para hacer su lectura más amena. Observo que hay poca diferencia entre estas novelas y nuestras historias, aunque el novelista recurre` más a su imaginación y el historiador se ciñe más a la ajena, a lo cual añadiré que el primero se propone un objetivo moral, bueno o malo, y el segundo prescinde de él. Se me dirá que interesa menos la fidelidad de la historia que la verdad de las costumbres y los caracteres, y si está bien pintado el corazón humano, importa muy poco que sea fiel la narración de los sucesos, porque añaden: ¿Qué nos importan hechos que ocurrieron hace dos mil años? Tiene razón si los retratos responden al natural, pero si la mayor parte no tienen otro modelo que la imaginación del historiador, ¿no incurrimos en el inconveniente que queríamos evitar, otorgando a la autoridad de los escritores lo que queríamos quitar a la del maestro? Si mi alumno solamente ha de ver pinturas de fantasía, prefiero que sea el dibujo trazado por mí que por otro, pues por lo menos los interpretará mejor. Los peores historiadores para un joven son los que juzgan. Hechos, hechos, y que juzgue él mismo, pues así aprenderá a conocer a los hombres. Si continuamente se le guía según el juicio del autor, no hace más que ver sirviéndose de ojos ajenos, y en el momento que le falten, ya no ve nada. Dejo aparte la historia moderna, no sólo porque no tiene una fisonomía marcada y nuestros hombres son todos parecidos, sino porque nuestros historiadores, preocupados por lucirse, no piensan en otro objetivo que el hacer retratos de vivos colores, aunque no se parezcan al original[6]. Generalmente, los antiguos hacen menos retratos, poseen menos agudeza y sus juicios tienen más sentido, y aún entre ellos es necesario mucho tacto para escoger bien, y no se deben tomar al principio los más ,juiciosos, sino los más sencillos. No quisiera poner a Polibio ni a Salustio en manos de un joven; Tácito es el libro de los ancianos, puesto que los jóvenes no son capaces de comprenderlo. Debemos aprender a mirar en las acciones humanas los primeros contornos del corazón del hombre antes de querer sondear sus abismos, y saber leer bien en los hechos antes de leer en las máximas. Solamente a la experiencia conviene la filosofía en máximas; la juventud nada debe generalizar, y toda su instrucción se debe ceñir a reglas particulares. Según mi opinión, Tucídides es el verdadero modelo de los historiadores. Expone los hechos sin juzgarlos, pero no omite ninguna de las circunstancias que nos pueden poner en estado de juzgarlos por nosotros mismos. Todo cuanto relata lo pone a la vista del lector; lejos de interponerse entre el lector y los acontecimientos, se esconde, y cree uno que ve, no que lee. Lástima que siempre habla de guerras, y en casi todas sus narraciones no vemos otra cosa que batallas, que es lo que instruye menos. La misma discreción y el mismo defecto tienen la Retirada de los diez mil y los Comentarios de César. Sin retratos ni máximas, pero fluido, llano, con detalles capaces de interesar y complacer, el buen Herodoto tal vez sería el mejor de los historiadores si no degenerasen con frecuencia estos mismos detalles en simplicidades, más propias para viciar el gusto de la juventud que para encauzarlo; por lo tanto su lectura necesita discernimiento. Nada digo de Tito Livio, pues ya llegará su turno, pero es político, es retórico, es todo lo que no conviene a esta ciudad. La historia en general es defectuosa porque solo registra los hechos sensibles y señalados, los cuales pueden fijarse con nombres, lugares y fechas, pero siempre permanecen desconocidos las lentas y progresivas causas de estos hechos, que no pueden asignarse del mismo modo. Muchas veces atribuyen a una batalla perdida o ganada el motivo de una revolución que ya era inevitable antes de la batalla. La guerra no hace más que expresar acontecimientos determinados ya por unas causas morales que los historiadores raramente saben ver. El espíritu filosófico ha vuelto hacia esta parte las reflexiones de varios escritores de este siglo, pero dudo de que la verdad salga más depurada de su trabajo. Habiéndose apoderado de todos ellos la manía de los sistemas, ninguno procura ver las cosas como son, sino como concuerdan con su sistema. Se añade a todas estas reflexiones que la historia revela mucho mejor las acciones que los hombres, pues sólo en ciertos instantes privilegiados los coge con sus vestidos de ceremonia, y únicamente expone al hombre público, el cual se ha ataviado para ser visto; no le sigue dentro de su casa, de su gabinete, en medio de su familia, de sus amigos; sólo le pinta cuando está representado, y más nos explica su atuendo que su persona. Para comenzar el estudio del corazón humano preferiría la lectura de vidas particulares, porque entonces en vano se oculta el hombre, ya que el historiador le persigue por todas partes, no le deja parar ni un momento, ni un rincón en que pueda evitar la mirada penetrante del espectador, y cuando uno cree que está más escondido, mejor lo da a conocer. «Aquellos, dice Montaigne, que describen vidas, cuando tratan más de los consejos que de los sucesos, más de lo que sucede dentro que de lo que acontece fuera, tanto más me gustan; por eso Plutarco es mi hombre.» Es verdad que el genio de los hombres reunidos o de los pueblos es muy diferente del carácter del hombre en particular, y que sería conocer muy imperfectamente el corazón humano si no le examinásemos también en la multitud. Pero no es menos cierto que antes de juzgar a los hombres es necesario estudiar al hombre, y quien conociese perfectamente las inclinaciones de cada individuo, podría prever todos sus efectos en el cuerpo del pueblo. Todavía aquí es necesario recurrir a los antiguos por las razones que ya he expuesto, y porque desterradas del estilo moderno todas las circunstancias familiares y bajas, aunque verdaderas y características, con tanto adorno aparecen los hombres en las vidas privadas de nuestros autores como en la escena del mundo. La decencia, no menos severa en los escritos que en las acciones, sólo permite decir en público lo que permite que en público se haga, y como no es posible mostrar a los hombres sino en perpetua representación, no los conocemos mejor en nuestros libros que en nuestros teatros. Se harán y volverán a hace cien veces la vida de los reyes, sin que tengamos Suetonios[7]. Plutarco destaca en detalles que nosotros no nos atrevemos a imitar. Tiene una gracia inevitable para pintar a los grandes hombres en sus nimiedades, y es tan certero en la elección de sus rasgos que muchas veces una palabra, una sonrisa, un gesto, son suficientes para caracterizar a su héroe. Con un chiste Aníbal devuelve el coraje a su ejército asustado, y le hace afrontar riendo la batalla que libró en Italia; Agesilao, montado en una caña, me hace querer al vencedor del gran rey; César, atravesando una mísera aldea y discutiendo con sus amigos, sin pensarlo deja ver al astuto que decía que sólo quería igualarse con Pompeyo; Alejandro se bebe una medicina sin decir una palabra, siendo el más hermoso instante de su vida:- Arístides escribe su propio nombre en una concha y así justifica su mote; Filipemeno se desprende de su capa y corta leña en la cocina de su huésped. Este es el verdadero arte de pintar. No se demuestra la fisonomía en los grandes rasgos, ni el carácter en las grandes acciones; es en lo insignificante que se descubre al natural. Las cosas públicas, o son muy comunes o están muy arregladas y la dignidad moderna casi no permite a nuestros historiadores que hablen de otras. Turena fue sin duda uno de los más grandes hombres del siglo pasado, y un escritor ha sabido hacer interesante su vida relatando pasajes que le dan a conocer y que se le quiera, ¿pero cuántos se ha visto obligado a suprimir, a pesar de que habrían valido para conocerlo mejor y quererle más? Citaré uno solo, que sé de buen origen y que Plutarco se hubiera guardado de omitir, pero que Ramsai no se habría atrevido a escribir, aun cuando lo hubiese conocido. Un día de verano que apretaba mucho el calor, estaba asomado a la ventana de su antecámara el vizconde de Turena, con faldellín blanco y gorro; llega uno de sus criados, y engañado con el vestido, cree que es un pinche de cocina con quien tenía mucha familiaridad. Se le acerca sigilosamente por detrás y le arrea el más rotundo guantazo en las nalgas. El se vuelve al instante, el criado ve quién es, y temblando se le pone de rodillas y gime: «Excelentísimo señor, creí que era Jorge». « Pues aunque hubiese sido Jorge -dice Turena tentándose el trasero-, no era motivo para pegar tan fuerte. Pues esto es lo que os atrevéis a decir miserables. No seáis nunca naturales; templad, endureced vuestro corazón de acero en vuestra vil decencia, v a fuerza de dignidad haceos despreciables. Pero tú, buen muchacho que lees este rasgo y te sientes enternecido por la blandura de ánimo que en el primer movimiento acredita, lee también las miserias de este gran varón, pues lo era por su cuna y su nombre. Piensa que ese mismo Turena era quien en todas partes ponía cuidado en ceder el sitio preferente a su sobrino para que viesen que el niño era jefe de una casa soberana. Reúne estos contrastes, ama la naturaleza, desprecia la opinión v conoce al hombre. Muy pocas personas son capaces de comprender el efecto que en el inexperto espíritu de un joven pueden producirle lecturas dirigidas de esta forma. Cargados de libros desde nuestra niñez, habituados a leer sin pensar, nos produce menos impresión lo que leemos, pues como ya tenemos dentro de nosotros las pasiones y las preocupaciones de que están llenas las historias y las vidas de los hombres, nos parece natural todo lo' que hacen, porque estamos fuera de la naturaleza y juzgamos por nosotros a los demás. Pero representémonos a un joven educado según mis máximas. Figurémonos a mi Emilio, al que hemos dedicado dieciocho años de cuidados continuos, sin otra finalidad que la de conservarle recto el juicio y sano el corazón; figurémonos que, al levantar el telón, por vez primera pone la vista en la comedia del mundo, o colocado detrás del escenario mira cómo los actores se ponen y quitan sus trajes y cuenta las cuerdas y poleas, cuyo montaje engaña a los espectadores. Pronto, tras el primer asombro, seguirán sentimientos de vergüenza y desdén por su especie; se indignará al ver cómo se manifiesta el género humano, burlándose de sí mismo, empequeñeciéndose con juegos de niños; se afligirá al observar que destrozan sus hermanos por sueños, y que se convierten en fieras por no haberse sabido contentar con ser hombres. Ciertamente, con las naturales disposiciones del alumno, si el maestro escoge con un poco de tacto y prudencia sus lecturas y le sugiere un poco las reflexiones que de ellas ha de sacar, este ejercicio será para él un curso de filosofía práctica, mejor y más acertado que las vanas especulaciones con que embrollan en las aulas el entendimiento de la juventud. Cuando después de escuchar los novelescos proyectos de Pirro, le pregunta Cineas qué utilidad real le habrá de proporcionar la conquista del mundo que no pueda disfrutarla sin tanto afán, entonces solamente oímos una frase aguda, pero Emilio verá en ella una muy sabia reflexión, que hubiera hecho igualmente y que no se borrará de su espíritu, porque no topa con ningún prejuicio contrario que pueda alterar su impresión. Cuando después, al leer la vida de ese insensato, encuentre que todos sus ambiciosos propósitos vinieron a parar en morir a manos de una mujer, en vez de quedarse maravillado de este pretendido heroísmo, ¿qué otra cosa ha de ver en todas las proezas de tan ilustre capitán y en todas las intrigas de tan hábil político, que otros tantos pasos en busca de la desdichada teja que con una ignominiosa muerte había de acabar con sus proyectos y su vida? No han sido matados todos los conquistadores, ni todos los usurpadores han fracasado en sus empresas; muchos parecerán dichosos ante la candidez de los juicios sin condición, pero el que no se detiene en las apariencias y sólo juzga de la felicidad de los hombres por el estado de sus corazones, en sus mismos triunfos verá sus miserias, se dará cuenta de que con la fortuna crecen sus deseos, sin llegar jamás a la meta; los verá semejantes a aquellos viajeros inexpertos que por primera vez atraviesan los Alpes y a cada montaña creen que los dejan atrás, y cuando a fuerza de fatigas han trepado a la cumbre, ven con desaliento que se les oponen montañas todavía más altas que las ya vencidas. Augusto, después de someter a sus conciudadanos y de aniquilar a sus rivales, rigió durante cuarenta años el más vasto imperio que ha existido, ¿pero todo ese inmenso poder evitaba que golpease con la cabeza las paredes y que con sus gritos aturdiese su palacio pidiendo a Varo sus legiones exterminadas? Aun cuando hubiera vencido a todos sus enemigos, ¿de qué le servían sus inútiles triunfos si a su alrededor nacía todo género de pesares y sus amigos más queridos aspiraban a quitarle la vida, viéndose reducido a llorar la ignominia o la muerte de todos sus deudos? El desventurado quiso gobernar al mundo y fue incapaz de gobernar su casa. ¿Qué resultó de su incapacidad? En la flor de su edad vio morir a su sobrino, a su hijo adoptivo y a su yerno; su nieto tuvo que comerse la borra de su cama para prolongar algunas horas su miserable existencia; su hija y su nieta, después de haberle cubierto de infamia, murieron una de hambre y miseria en una isla desierta, y la otra en la cárcel a manos de un arquero, y finalmente, él mismo, último resto de su desdichada familia, se vio obligado por su propia mujer a dejar por sucesor suyo a un monstruo. Tal fue la suerte de este árbitro del mundo tan célebre por su felicidad y su gloria. ¿Cómo he de creer que uno solo de los que tanto las admiran quisiese comprarlas a este precio? He puesto como ejemplo la ambición, pero lecciones semejantes presenta el juego de todas las humanas pasiones al que quiere estudiar la historia para conocerse y llegar a ser sabio a costa de los muertos. Se aproxima el tiempo en que la vida de Antonio tendrá una instrucción más inmediata para el joven que la de Augusto. En los extraños objetos que se presentan a su vista durante sus nuevos estudios, Emilio no se reconocerá a sí mismo, pero previamente sabrá apartar la ilusión de las pasiones antes de que nazcan, y al observar que en todos los tiempos han cegado a los hombres vivirá prevenido de que también podrán cegarle a él si se dejan arrastrar por ellas[8]. Ya sé que estas lecciones no le son muy apropiadas, y que tal vez cuando las necesiten serán insuficientes y tardías, pero debéis acordaron de que no son ésas las que he querido sacar de este estudio. Cuando lo empecé me propuse otro fin, y, ciertamente, si este fin no se consigue, la culpa será del maestro. Debéis tener presente que tan pronto como se ha desarrollado el amor propio, se pone en acción el «yo» relativo, y nunca observa el joven a los otros sin mirarse a sí mismo y compararse con ellos. Por consiguiente, se trata de saber en qué sitio se colocará entre sus semejantes cuando los haya examinado. Por el método que siguen para que lean la historia los jóvenes, veo que los transforman, por decirlo así, en todos los personajes que ven, que hacen esfuerzos para suponerse unas veces Cicerón, otras Trajano, otras Alejandro; que los desalientan cuando se hallan identificados con ellos, que a cada uno le imponen el desconsuelo de no ser más que él propio. Este método posee ciertas ventajas que yo no discuto, mas si en estas comparaciones ocurriese una única vez que mi Emilio deseara ser otro que no fuera él, aun que este otro fuera Sócrates, aunque fuera Catón, todo habría fallado, pues |