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Libro V

Libro Quinto

Ya hemos llegado al último acto de la juventud, pero no estamos aún en el desenlace.

No es conveniente que el hombre esté solo. Emilio es hombre, le hemos prometido una compañera y es necesario dársela. Esta compañera es Sofía. ¿Dónde está su albergue? ¿En qué lugar la encontraremos? Para encontrarla, es indispensable conocerla. Debemos saber primero lo que es, y luego acertaremos más fácilmente el sitio donde habita, y cuando la encontremos, todavía no estará todo terminado. «Puesto que nuestro gentilhombre está para casarse, es hora ya de que le dejemos con su amada», dice Locke. Y con esto da por terminada su obra. Yo, que no tengo el honor de educar a un gentilhombre, me guardaré de imitar a Locke en ese aspecto. 

SOFIA O LA MUJER 

Sofía debe ser mujer como Emilio es hombre, o sea, que debe poseer todo lo que conviene a la constitución de su sexo y su especie con el fin de ocupar el puesto adecuado en el orden físico y moral. Por tanto, comencemos examinando las diferencias y las afinidades entre su sexo y el nuestro.

En lo que no se relaciona con el sexo, la mujer es igual al hombre: tiene los mismos órganos, las mismas necesidades y las mismas facultades; la máquina tiene la misma construcción, son las mismas piezas y actúan de la misma forma; la configuración es parecida, y bajo cualquier aspecto que los consideremos sólo se diferencian entre sí de más a menos.

En lo que se refiere al sexo se hallan siempre relaciones entre la mujer y el hombre, y siempre se encuentran diferencias, y la dificultad de compararles proviene de la de determinar en la constitución de uno y otro lo que es peculiar o no del sexo. Mediante la anatomía comparada y también por lo que está de manifiesto se encuentran diferencias generales entra ellos que, al parecer, no tienen conexión con el sexo; no obstante, lo están, pero por vínculos que no hemos podido distinguir, ignoramos hasta dónde pueden llegar esos vínculos, y lo único que sabemos con seguridad es que todo lo que es común entre ambos pertenece a la especie, y cuando es diferente es propio del sexo. Bajo muchos puntos de vista, hay entre ellos tantas relaciones y oposiciones que tal vez es un milagro de la naturaleza el haber formado dos seres tan semejantes estando constituidos de un modo tan diferente.

Estas relaciones y diferencias deben ejercer influencia en lo moral. Consecuencia palpable, conforme a la experiencia, y que pone de manifiesto la vanidad de las disputas acerca de la preeminencia o igualdad de los sexos, como si encaminándose cada uno al fin de la naturaleza según su peculiar destino, no fuera en esto más perfecto que si fuera más parecido al otro. En lo que existe de común entre ellos, son iguales, pero en lo diferente no son comparables. Se deben parecer tan poco un hombre y una mujer perfectos en el entendimiento como en el rostro.

En la unión de los sexos, concurre cada uno por igual al fin común, pero no de la misma forma; de esta diversidad surge la primera diferencia notable entre las relaciones morales de uno y otro. El uno debe ser activo y fuerte, y el otro pasivo y débil. Es indispensable que el uno quiera y pueda, y es suficiente con que el otro oponga poca resistencia.

Establecido este principio, se deduce que el destino especial de la mujer consiste en agradar al hombre. Si recíprocamente el hombre debe agradarle a ella, es una necesidad menos directa; el mérito del varón consiste en su poder, y sólo por ser fuerte agrada. Convengo en que ésta no es la ley del amor, pero es la ley de la naturaleza, más antigua que el amor mismo.

Si el destino de la mujer es agradar y ser subyugada, se debe hacer agradable al hombre en vez de incitarle; en sus atractivos se funda su violencia, por ello es preciso que encuentre y, haga uso de su fuerza. El arte más seguro de animar esta fuerza es hacerla necesaria con la resistencia. Uniéndose entonces el amor propio con el deseo, triunfa el uno de la victoria que el otro le deja alcanzar. De ahí el acometimiento y la defensa, la osadía de un sexo y el encogimiento del otro, la modestia y la vergüenza con que la naturaleza armó al débil para que esclavizase al fuerte.

¿Quién pudo pensar que la naturaleza había prescrito las mismas provocaciones al uno y al otro, y que el primero que sintiese deseos también fuera el primero que los manifestase? ¡Qué extraña depravación de juicio! Si la empresa trae tan distintas consecuencias para los dos sexos, ¿es natural que la acometan con la misma osadía? ¿Quién no se da cuenta de que existiendo tal desigualdad en la puesta común, si el recato no impusiera la moderación a uno, que al otro le impone la naturaleza, en breve resultaría la ruina de los dos y perecería el linaje humano por los mismos medios que para su conservación fueron establecidos? Con la facilidad que tienen las mujeres para inflamar los sentidos de los hombres y encender en el interior de su corazón las chispas de un temperamento casi apagado, si hubiese algún malhadado clima en la tierra donde la filosofía hubiera introducido esta práctica, especialmente en los países cálidos, donde nacen más mujeres que hombres, tiranizados ellos por ellas, al fin serían sus víctimas y todos se verían arrastrados a la muerte sin poderse defender nunca.

Si las hembras de los animales no tienen la misma vergüenza, ¿qué se deduce de esto? ¿Tal vez tienen, como las mujeres, los deseos sin límites a que esta vergüenza sirve de freno? Los deseos son fruto de la necesidad, y una vez satisfecho el deseo, cesa; no repelen al macho por fingimiento[1], sino de verdad, y hacen todo lo contrario de lo que hacía la hija de Augusto, y cuando ha cargado el navío, no admiten más pasajeros. Aun cuando están libres, sus épocas de buena voluntad son cortas y efímeras, el instinto las impele y el instinto las detiene. ¿Cuál será en las mujeres el suplemento de este instinto negativo, si les quitáis el pudor? Esperar que ellas no se cuiden de los hombres es lo mismo que esperar que ellos no sirvan para nada.

El Ser supremo quiso en todo honrar a la especie humana, y si da desmedidas inclinaciones al hombre al mismo tiempo le da la ley que regula, para que sea libre y mande en sí mismo; s1 le deja abandonado a pasiones inmoderadas, con estas pasiones junta la razón para que las rija; si abandona a deseos sin límites la mujer, con estos deseos une el pudor que los contiene, y para cúmulo añade una actual recompensa al buen uso de sus facultades, es decir, el gusto que toma por las cosas honestas quien las hace norma de sus acciones. Esto va bien, creo yo, al instinto de las bestias.

Entonces, lo mismo si participa o no la mujer de los deseos del hombre y quiera o no satisfacerlos, siempre le repele y se defiende, pero no siempre con la misma fuerza, ni, por consiguiente, con el mismo fruto. Para que la victoria sea del acometedor precisa que lo permita o lo mande al acometido, porque, ¿cuántos medios no tiene para forzar al agresor a que haga uso de sus fuerzas? El más libre y el más suave de todos los actos no admite violencia real, puesto que se oponen la naturaleza y la razón; la primera, habiendo otorgado al más débil la fuerza suficiente para resistir cuando le plazca; la segunda, porque una verdadera violencia no sólo constituye el acto más bárbaro, sino también el más diametralmente opuesto al fin, ya sea porque de esta forma el hombre declara la guerra a su compañera, autorizándola a que defienda su persona y su libertad, aunque sea a costa de la vida del agresor, o porque solamente la mujer es juez del estado en que se encuentra, y porque los niños carecerían de padre si todo varón pudiese usurpar los derechos.

Observad aquí una tercera consecuencia de la constitución de los sexos, y es que el más fuerte aparentemente es el dueño, cuando en realidad depende del más débil, y esto sucede así, no por un frívolo galanteo, ni por una altiva generosidad del protector, sino por una invariable ley de la naturaleza, que ofreciendo a la mujer mayores facilidades para excitar sus deseos que al hombre para que los satisfaga, le subordina a él, mal de su grado a la buena voluntad de ella, y necesita serle agradable para que ella consienta en dejarle que sea el más fuerte. Luego, lo que más complace al hombre en su victoria es dudar si la flaqueza es la que cede a la fuerza o si es la voluntad lo que se rinde, y la común astucia de la mujer es dejar que subsista esta viuda entre él y ella. En esto corresponde perfectamente el espíritu de las mujeres a su constitución, pues lejos de sonrojarse de su debilidad, presumen de ella; aparentan que no pueden alzar del suelo ni los más ligeros pesos y las avergonzaría ser fuertes. ¿Por qué obran de este modo? No sólo por parecer delicadas, sino por una precaución más astuta: desde muy lejos buscan disculpas y el derecho de ser débiles cuando lo crean necesario.

El progreso de las luces adquiridas con nuestros vicios ha cambiado mucho en este punto entre nosotros las antiguas opiniones, y ya no se habla de violencias desde que son tan poco necesarias, y los hombres ya no creen en su eficacia[2], pero en las remotas antigüedades griegas y judaicas eran muy frecuentes, debido a que estas opiniones son propias de la sencillez de la naturaleza, y sólo la experiencia de lo pervertido de las costumbres ha podido desarraigarlas. Si en los tiempos actuales se registran menos actos de violencia, no es porque los hombres sean más templados, sino porque son menos crédulos, y porque una lamentación que antiguamente hubiera persuadido a pueblos sencillos hoy no haría otra cosa que provocar la risa de los burlones, de forma que se gana más con callarse. En el Deuteronomío hay una ley en virtud de la cual la soltera de quien habían abusado era castigada junto con el seductor si el delito se había cometido dentro del pueblo, pero si se había cometido en el campo o en parajes solitarios, únicamente era castigado el hombre, porque, dice la ley, ala doncella gritó, pero no la oyeron». Esta interpretación tan benigna enseñaba a las doncellas a no dejarse sorprender en parajes frecuentados.

El efecto de estas diversas opiniones se hace sensible en las costumbres; la galantería moderna es consecuencia de ellas. Convencidos los hombres de que sus gustos dependían más de la voluntad del bello sexo de lo que habían creído, han cautivado esta voluntad por medio de condescendencias que ha remunerado con usura.

Obsérvese cómo lo físico nos lleva de un modo insensible a lo moral, y cómo de la tosca unión de los dos sexos nacen paulatinamente las leyes del amor. El imperio no es de las mujeres por la voluntad de los hombres, sino porque la naturaleza así lo tiene ordenado, y antes de que pareciese que les pertenecía, ya era suyo. El mismo Hércules, que creyó violentar a las cincuenta hijas de Tespio, vióse precisado a hilar ante Onfilia, y el fuerte Sansón no era tan fuerte como Dalila. Este imperio pertenece a las mujeres, y no se les puede quitar, aunque abusen de él, pues si pudieran perderlo hace ya tiempo que lo habrían perdido.

No existe ninguna equivalencia entre ambos sexos en lo que es consecuencia del sexo. El varón es varón en algunos instantes; la hembra es hembra durante toda su vida, o por lo menos durante toda su juventud, todo la atrae hacia su sexo, y para desempeñar bien sus funciones precisa de una constitución que se refiera a él. Durante su embarazo necesita cuidarse, y cuando ha alumbrado precisa sosiego; le conviene una vida fácil y sedentaria para amamantar a sus hijos, debe tener mucha paciencia para educarlos y un celo y un cariño inagotables; es el vínculo entre los hijos y el padre; ella se los hace amar y le inspira confianza para que los llame suyos. ¡Cuánta ternura y solicitudes necesita para mantener unida toda la familia! Por último, nada de esto debe ser en ella virtud, sino placer, sin lo cual el linaje humano pronto se extinguiría.

La rigidez de los deberes relativos de ambos sexos no es ni puede ser la misma, y cuando en esta parte las mujeres se quejan de la desigualdad que han establecido los hombres, no tienen razón; aquel de los dos a quien la naturaleza confió el depósito de los hijos, le corresponde responder de ellos al otro. No cabe duda alguna de que no le es permitido a nadie violar su fe, y todo marido infiel que priva a su mujer de la única recompensa de las austeras obligaciones de su sexo es un inhumano y un injusto, pero la mujer infiel aún hace más, pues disuelve la familia y quebranta todos los vínculos de la naturaleza, pues al dar al hombre hijos que no son de él, traiciona a unos y a otros, y de esta forma junta la perfidia con la infidelidad. Casi no veo ningún desorden ni delito que no dependa de esto. Si existe en el mundo un estado de verdadero horror, es el del padre desventurado que, habiendo perdido la confianza en su mujer, no se atreve a entregarse a los más dulces afectos de su corazón, que al estrechar a su hijo entre sus brazos, duda si tiene en ellos al hijo ajeno, la prenda de su afrenta, al ladrón del caudal de sus verdaderos hijos. ¿Qué otra cosa es, pues, la familia, sino una compañía de secretos enemigos que arma unos contra otros una culpable mujer, forzándolos a fingir que se quieren?

No importa que únicamente sea fiel la mujer, sino que su marido la tenga por tal, sus parientes y todo el mundo; importa que sea modesta, recatada, atenta y que los extraños, no menos que su propia conciencia, den testimonio de su virtud. En una palabra, si es muy importante que el padre ame a sus hijos, también lo es que ame a la madre de sus hijos. Estas son las razones que constituyen la apariencia misma como una obligación de las mujeres, siéndoles la honra y la reputación no menos indispensables que la castidad. De estos principios, con la diferencia moral de los sexos, proviene un nuevo motivo de obligación y decoro que exige especialmente a las mujeres velar con la mayor escrupulosidad su conducta y sus maneras. El sostener de una forma vaga que son iguales los dos sexos, y que poseen unas mismas obligaciones, es perderse a manifestaciones vanas, sin decir nada que no se pueda rechazar.

Responder con excepciones a leyes generales tan bien fundadas, ¿es una manera sólida de razonar? Vosotros decís que no están siempre embarazadas las mujeres. No, pero su destino es estarlo. Porque hay en el universo un centenar de ciudades populosas donde viviendo las mujeres de forma licenciosa paren poco, ¿tenéis la pretensión de que el estado de las mujeres consiste en que queden raramente embarazadas? ¿Adónde irían a parar vuestras ciudades si las aldeas, donde viven con más sencillez las mujeres y también con mayor castidad, no reparasen la esterilidad de las damas? ¿En cuántas provincias son tenidas como poco fecundas las mujeres que sólo han tenido cuatro o cinco partos?[3]. En fin, que esta o aquella mujer tenga pocos, ¿qué importa? ¿Por eso deja de ser el estado propio de la mujer el de ser madre? ¿Y no deben afianzar este estado con leyes generales las costumbres y la naturaleza? Aun cuando hubiese entre los embarazos tan largos  intervalos como se supone, ¿cambiaría por eso una mujer brusca y alternativamente su manera de vivir, sin correr peligro? ¿Será hoy nodriza y mañana guerrera? ¿Variará de temperamento y gustos, como de colores un camaleón? ¿Pasará repentinamente de la sombra de su techo y sus tareas domésticas a la intemperie del aire, a las faenas, a las fatigas, a los peligros de la guerra? ¿Será unas veces tímida[4] y otras animosa, unas delicada y otras robusta? Si los jóvenes educados en las grandes ciudades realizan con tantas dificultades los ejercicios de las armas, las mujeres que jamás han arrostrado el sol y que apenas saben andar, ¿se acostumbrarán a él después de cincuenta años de molicie? ¿Tomarán este duro ejercicio a la edad en que lo dejan los hombres?

Hay países en los cuales las mujeres alumbran casi sin dolor y crían a sus hijos con un esfuerzo mínimo, y lo admito, pero en esos mismos países, los hombres andan en todo tiempo casi desnudos, luchan a brazo partido con las fieras, llevan un bote al hombro, como unas alforjas, hacen cacerías de setecientas a ochocientas leguas, duermen al sereno en el suelo, aguantan increíbles fatigas y pasan muchos días sin comer. Cuando las mujeres se robustecen, todavía se robustecen más los hombres, y cuando los hombres se apoltronan, igual se apoltronan las mujeres, cuando los dos términos varían, la diferencia sigue siendo la misma.

Platón, en su República, señala a las mujeres los mismos ejercicios que a los hombres, y me parece bien. Al quitar de su gobierno las familias particulares, no sabiendo qué hacer con las mujeres, se vio obligado a hacerlas hombres. Ese singular ingenio todo lo había previsto y combinado; de antemano resolvía una objeción que tal vez nadie hubiera pensado hacerle, pero resuelve mal la que le hacen. No me refiero a aquella pretendida comunidad de mujeres, acusación tan repetida y que los que se la hacen demuestran que no le han leído; yo hablo de esa promiscuidad civil que en todas partes confunde los dos sexos en los mismos empleos, en las mismas tareas, lo que tiene que engendrar los más intolerables abusos; hablo de esa subversión de los más tiernos sentimientos de la naturaleza, inmolados a un sentimiento artificial que no puede subsistir, como si no fuera indispensable alguna base natural para formar vínculos de convención, como si el amor que tenemos a nuestros familiares no fuese el principio del que debemos al Estado, como si no fuera por la pequeña patria, que es la familia, por donde se une el corazón a la grande, como si no fueran el buen hijo, el buen padre y el buen esposo los que forman el buen ciudadano.

Demostrado que ni el hombre ni la mujer están ni deben estar constituidos del mismo modo en lo que respecta al carácter y al temperamento, se infiere que no se les debe dar la misma educación. Siguiendo las directrices de la naturaleza, deben obrar acordes, pero no deben hacer las mismas cosas; el fin de sus tareas es común, pero son diferentes, y, por consiguiente, los gustos que las dirigen. Habiendo procurado formar el hombre natural, por no dejar la obra imperfecta, veamos también cómo debe formarse la mujer para que le convenga al hombre.

¿Queréis estar siempre bien dirigidos? Pues no os apartéis nunca de las indicaciones de la naturaleza. Se debe respetar todo lo que caracteriza al sexo, tal como ella lo ha establecido. Continuamente decís: las mujeres tienen este o aquel defecto que nosotros no tenemos. Os engaña vuestra soberbia; en vosotros serían defectos, en ellas son cualidades, y todo iría peor si no los tuviesen. Procurad evitar que estos pretendidos defectos degeneren, pero guardaos de destruirlos.

Por su parte, las mujeres no dejan de clamar que las educamos para la vanidad y la coquetería, que las divertimos continuamente con niñerías para ser los amos con más facilidad, y se duelen de los defectos que les reprochamos. ¡Qué locura! ¿Desde cuándo los hombres se meten en la educación de las niñas? ¿Quién pone obstáculos a las madres para que las eduquen a su antojo? No tienen escuelas públicas, ¡qué desdicha! Si los muchachos no las tuviesen, se educarían con más juicio y mayor honestidad. ¿Necesitan vuestras hijas perder el tiempo en boberías? ¿Les hacen que contra su voluntad pasen, a ejemplo vuestro, la mitad de su vida en el tocador? ¿Evitan que las instruyáis y las hagáis instruir como os plazca? Si nos gustan cuando son hermosas, si sus monerías nos seducen, si el arte que aprenden de vosotras nos atrae y nos emboba, si nos complacemos en verlas vestidas con gusto, si les dejamos que afilen a su placer las armas con que nos cautivan, ¿es culpa nuestra? Resolved educarlas como a hombres, y ellas lo consentirán sin protestar. Cuando más se les quieren parecer, menos los gobernarán, y entonces sí que serán ellos los amos.

Las cualidades comunes a ambos sexos no las tienen en la misma medida, pero tomadas en conjunto quedan compensadas. La mujer vale más como mujer y menos como hombre, y en aquello en que impone el valor de sus derechos, nos aventaja, y en aquello en que quiere usurpar los nuestros, la ventaja es nuestra. Esta verdad general sólo puede ser rebatida con excepciones, que es a lo que recurren los galanes partidarios del bello sexo.

Cultivar en la mujer las cualidades del hombre y descuidar las que les son propias, es trabajar en detrimento suyo. Demasiado lo ven las astutas para dejarse engañar; cuando procuran usurpar nuestras ventajas, no abandonan la suya, pero ocurre que no pudiendo amalgamar bien las unas con las otras, debido a que son incompatibles, no llegan con unas adonde hubieran alcanzado y con las otras no pueden competir con nosotros, perdiendo de esta forma la mitad de su valor. Hacedme caso, madres juiciosas; no hagáis a vuestra hija un hombre de bien, que es desmentir a la naturaleza; hacedla mujer de bien, y así podréis estar segura de que será útil para nosotros y para sí misma.

¿Se puede deducir de todo lo expuesto que debe ser educada en la ignorancia de todas las cosas y limitada únicamente a las funciones caseras? ¿El hombre debe hacer de su compañera una sirvienta? ¿Le debe impedir que sienta y conozca nada con el fin de poderla esclavizar mejor? ¿Hará de ella una autómata? Sin duda que no; la naturaleza no lo ha dicho así; y si las ha dotado de una tan agradable y delicada inteligencia, quiere que piensen, juzguen, amen, conozcan y cultiven su entendimiento como su figura, que son las armas que les da para suplir la fuerza que les falta y dirigir la nuestra. Deben aprender muchas cosas, pero sólo las que es conveniente que sepan.

Lo mismo si considero el destino particular del sexo como si observo sus inclinaciones o cuento sus obligaciones, todo contribuye a indicarme la educación más conveniente. La mujer y el hombre están formados el uno para el otro, pero no es igual la dependencia; los hombres dependen de las mujeres por sus deseos y las mujeres dependen de los hombres por sus deseos y sus necesidades. Nosotros, sin ellas, subsistiríamos mejor que ellas sin nosotros. Para que posean lo que necesitan en su estado, es preciso que se lo demos, que se lo queramos dar, que las reputemos dignas; depende así de nuestros afectos, del precio que pongamos a su mérito, del caso que hagamos de sus encantos y sus virtudes. Por ley natural, las mujeres, tanto por sí como por sus hijos, están a merced de los hombres, y no es suficiente que sean apreciables, es indispensable que sean amadas; no les basta con ser hermosas, es preciso que agraden; no tienen bastante con ser honestas, es necesario que sean tenidas por tales; su honra no solamente se cifra en su conducta, sino en su reputación, y no es posible que la que consiente en pasar por indigna pueda nunca ser honesta. El hombre, cuando obra bien, sólo depende de sí mismo y puede arrostrar el juicio del público, pero la mujer, cuando obra bien, sólo tiene hecha la mitad de su tarea, y no le importa menos lo que de ella piensen que lo que efectivamente es. De aquí se deduce que en esta parte el sistema de su educación debe ser contrario al nuestro; la opinión es el sepulcro de la virtud para los hombres, y para las mujeres es su trono. La buena constitución de los hijos depende de la de las madres; del esmero de las mujeres depende la educación primera de los hombres; también de las mujeres dependen sus costumbres, sus pasiones, sus gustos, sus deleites, su propia felicidad. De manera que la educación de las mujeres debe estar en relación con la de los hombres. Agradarles, serles útiles, hacerse amar y honrar de ellos, educarlos cuando niños, cuidarlos cuando mayores, aconsejarlos, consolarlos y hacerles grata y suave la vida son las obligaciones de las mujeres en todos los tiempos, y esto es lo que desde su niñez se las debe enseñar. En tanto no alcancemos este principio, nos desviaremos de la meta, y todos los preceptos que les demos no servirán de ningún provecho para su felicidad ni para la nuestra.

Mas aunque toda mujer pretenda agradar a los hombres, y debe quererlo, hay una gran diferencia entre querer agradar al hombre de mérito, al verdaderamente amable, a querer agradar a esos lindos pollos que avergüenzan igualmente a su sexo y el que imitan. Ni la naturaleza ni la razón pueden llevar a la mujer a que ame en el hombre lo que se parece a ella, como tampoco debe aspirar a ser amada de los hombres afectando modos varoniles. De tal forma que cuando abandonan el estilo modesto y reposado de su sexo, remedando el porte de esos casquivanos, lejos de seguir su vocación, la abandonan, privándose ellas mismas de los derechos que tratar, de usurpar. Si fuésemos de otro modo, dicen, gustaríamos a los hombres. Mienten. Para querer a locos hay que ser también loca; el deseo de atraer a esas gentes demuestra la inclinación de la que a él se entrega. Si no existieran hombres insustanciales, ella se daría prisa a formarlos, y este defecto antes es obra suya que de ellos mismos. La mujer que gusta de los verdaderos hombres y quiere agradarles, acude a los medios propicios a este objeto. La mujer es coqueta por instinto, pero su coquetería cambia de forma y objeto según sus miras; regulemos éstas por las de la naturaleza y logrará la educación que le conviene.

Las niñas, casi desde que nacen, quieren ir bien vestidas; no satisfechas con ser bonitas, pretenden que se las vea así; en sus pasos y en sus ademanes se advierte ya su cuidado, y en cuanto empiezan a entender lo que les dicen, las corrigen hablándoles de lo que pensarán de ellas. Está muy lejos de que ejerza en los muchachos los mismos efectos el motivo que con imprudencia les plantean. Poco les importa lo que puedan pensar de ellos con que sean independientes y se diviertan, y sólo a costa de trabajo y tiempo los sujetan a la misma ley.

Esta primera lección, venga por donde venga, les será de mucha utilidad. Puesto que el cuerpo nace, por decirlo así, antes que el alma, el primer cultivo debe ser el del cuerpo, este orden es común a los dos sexos. Pero el objeto de este cultivo es distinto: en el uno es el desarrollo de las fuerzas, mientras que en el otro es el de las gracias, y no porque deban ser exclusivas estas cualidades en cada sexo, sino que se ha de invertir el orden; las mujeres precisan de la fuerza suficiente para ejecutar con gracia todo lo que realizan, y que los hombres posean la habilidad necesaria para ejecutar con facilidad lo que se les indique.

A causa de la gran molicie de las mujeres empieza la de los hombres. Las mujeres no deben ser robustas como ellos, sino para ellos, para que lo sean también los hombres que de ellas nacieron. En este aspecto, los colegios, donde las pensionistas comen platos comunes, pero saltan, corren, juegan en jardines al aire libre, son preferibles a la casa de los padres, donde una niña, comiendo cosas delicadas, y siempre acariciada o reprendida, siempre sentada al lado de su madre en un aposento cerrado, no se atreve a levantarse, ni andar, ni hablar, ni respirar, careciendo de un instante libre para jugar, brincar, correr, dar gritos, entregarse a la alegría natural de su edad; siempre una relajación peligrosa o una mal entendida severidad; jamás un justo medio. De este modo echan a perder el cuerpo y el corazón de la juventud.

Las doncellas de Esparta 'se ejercitaban, lo mismo que los jóvenes, en juegos militares, no para ir a la guerra, sino para un día dar a luz hijos a propósito para las fatigas bélicas. Esto no lo apruebo, pues para criar soldados para el Estado no es necesario que las madres lleven un fusil al hombro y hayan realizado ejercicios a la prusiana, aunque me parece que la educación griega en este sentido era muy discreta. Las vírgenes jóvenes eran mostradas en público con frecuencia, no mezcladas con los hombres, sino agrupadas entre sí. Casi no había fiesta, sacrificio ni ceremonia en que no se vieran corrillos de hijas de los principales ciudadanos coronadas de flores, cantando himnos, formando coros de danzas, llevando canastos, vasos, ofrendas y presentando a los depravados sentidos de los griegos un delicioso espectáculo capaz de servir de contrapeso el mal efecto de su indecente gimnasia. Fuese la que fuere la impresión que esta práctica hiciera en los hombres, era excelente para dar al sexo una constitución sana en su juventud, con agradables, moderados y sanos ejercicios y para formar y acendrar el gusto con el continuo deseo de agradar, sin exponer nunca la pureza de sus costumbres.

Esas doncellas, en cuanto se casaban, ya no se dejaban ver en público; siempre encerradas en su casa, sus afanes se limitaban a los cuidados caseros y de la familia. Este es el método de vida que la naturaleza y la razón prescriben al sexo, y por esa razón de estas madres nacían los varones más sanos, más robustos y mejor constituidos; y, no obstante, la mala fama de algunas islas, está probado que entre todos los pueblos del mundo, sin exceptuar los romanos, no es posible citar ninguno donde las mujeres hayan sido, a un mismo tiempo, más recatadas y más amables y más hayan reunido la belleza con las buenas costumbres que en la antigua Grecia.

Sabemos que la holgura de los trajes, que no sujetaban el cuerpo, contribuía mucho a dejaren los dos sexos aquellas bellas proporciones que vemos en sus estatuas y que sirven aún de modelos al arte, ya que desfigurada la naturaleza, ha dejado de presentarlos entre nosotros. De todas las trabas góticas e innumerables ligaduras que tienen prensados nuestros miembros, ni una siquiera prohijaban los griegos; sus mujeres ignoraban el uso de esas cotillas con que las nuestras deforman su busto. No puedo concebir cómo ese abuso que con especialidad ha llegado en Inglaterra a un extremo inconcebible, no hace al fin degenerar la especie, y sostengo que la pretendida perfección que con él se propone es de muy mal gusto. No es agradable ver a una mujer partida en dos como una avispa; es repugnante a la vista y penoso para la imaginación. La finura del talle, como el resto de la figura, tiene sus proporciones y medidas, que, al rebasarlas, se transforma en defecto, lo que sería grato a la vista en una persona desnuda, pero no puede parecer belleza en una vestida.

No me atrevo a precisar las razones por las cuales las mujeres se empeñan en acorazarse de tal modo, pienso que un pecho fofo y un vientre abultado, desagradan mucho al joven de veinte años; pero al de treinta no le extrañan, y como, aunque nos pese, hemos de ser en todo tiempo lo que plazca a la naturaleza, y como los ojos de los hombres no se equivocan, menos desagradan estos defectos en una edad cualquiera que la necia afectación de una niña de cuarenta años.

Todo lo que molesta y oprime a la naturaleza, así en los adornos del cuerpo como en los del espíritu, es de mal gusto. Ante todo deben ser la vida, la salud, la razón, el bienestar, y no hay gentileza sin desahogo; la delicadeza no es endeble, ni la enfermiza puede agradar. La que sufre inspira lástima, y el deleite y el deseo buscan robustez y salud.

Las criaturas de uno y otro sexo tienen muchas cosas comunes, y así debe ser. ¿No los tienen también cuando son mayores? Tienen otros gustos peculiares que las distinguen. Los muchachos anhelan estrépito y bullicio, tambores, peonzas, carricoches; las muchachas gustan más de lo que da en los ojos y sirve de adorno; espejos, sortijas, trapos y, sobre todo, muñecas, que es la diversión peculiar del sexo; aquí tenemos determinado con toda evidencia su gusto por su destino. En el adorno está cifrado lo físico del arte de agradar y lo físico es todo lo que de este arte pueden cultivar las criaturas.

Observad a una chiquilla que se pasa el día dando vueltas con su muñeca, cambiándole continuamente el traje, vistiéndola y desnudándola mil veces, inventando sin cesar nuevas combinaciones de atavíos, bien o mal coordinados, poco importa, pues aún no tienen maña los dedos, ni está formado el gusto, pero la inclinación ya se pone al descubierto; en esta constante ocupación se le pasa el tiempo sin darse cuenta y corren las horas sin que ella lo sepa, hasta olvidársele el comer, puesto que siente más hambre de adornos que de manjares. Ya sé que diréis que viste a su muñeca y no se viste ella. Sin duda, ve a su muñeca y no se ve a sí misma, no puede hacer nada para ella, pues aún no está formada, carece de talento y de fuerza, no es nada todavía, vive para su muñeca, y en ella emplea su deseo de agradar, pero no siempre lo concretará en la muñeca, ya que vendrá el tiempo en que ella misma será su muñeca.

Podemos observar aquí una afición primera bien determinada; no hay que hacer otra cosa que seguirla y regularla. Es verdad que la chiquilla quisiera saber adornar a su muñeca; su punto de red, su pañuelo y su encaje, pero para esto la someten a la buena voluntad ajena, aunque mucho más grato sería para ella debérselo todo a su propia industria. De esta forma se encuentra motivo para las primeras lecciones que le dan y no son tareas que se le prescriben, sino favores que se le dispensan. En efecto, casi todas las niñas aprenden con repugnancia a leer y a escribir, pero aprenden siempre con mucho gusto las labores de aguja. Se imaginan de antemano que han de ser mayores, y piensan con satisfacción que esta habilidad las podrá servir un día para componerse.

Trazada ya esta primera senda, es fácil seguirla; naturalmente se suceden la costura, el bordado y los encajes. La labor de tapicería no les gusta tanto y no les atraen los muebles, que no tienen conexión con ellas, sino con otros familiares. Esta labor es una diversión de casadas, y las muchachas solteras no le tienen mucha afición.

Estos progresos voluntarios se irán extendiendo fácilmente hasta el dibujo, puesto que este arte no es indiferente para el vestirse con gusto, pero no sería de mi satisfacción que las aplicaran a pintar paisajes, y mucho menos figuras. Follajes, frutas, flores, ropajes, todo lo que puede ser útil para dar gracia a los adornos y hacer por sí mismas un patrón para bordar cuando no lo hallan a su gusto, basta. Si generalmente interesa a los hombres limitar sus estudios a conocimientos usuales, todavía importa más a las mujeres, porque aunque la vida de ellas sea menos laboriosa, como es y debe ser más constante en sus ocupaciones, y está más dedicada a quehaceres diversos, no les permite que se entreguen a ninguna habilidad especial en detrimento de sus obligaciones.

Digan lo que quieran los burlones, el buen sentido pertenece igualmente a los dos sexos. Generalmente las niñas son más dóciles que los muchachos, y también debe hacerse mayor uso de la autoridad con ellas, como diré más adelante, pero de aquí no se sigue que haya de exigirse de ellas ninguna cosa cuya utilidad no sea visible. El arte de las madres consiste en hacérsela palpable en todo lo que les indican; esto es más fácil por ser la inteligencia de las niñas más precoz que la de los niños. Esta regla aparta de su sexo, lo mismo que del nuestro, no sólo los estudios ociosos que no paran en nada bueno, y ni siquiera les son más agradables a los que se han aplicado a ellos, sino también aquellos que para su edad no son de provecho, y la criatura no puede prever que tiempo después puedan serlo. Si no quiero que den prisa a un muchacho para que aprenda a leer, con mayor razón tampoco quiero que obliguen a las niñas sin darles a entender antes para qué es buena la lectura y de cómo les hagamos ver esta utilidad, resulta que seguimos nuestras propias ideas en vez de las de ellas. Al fin y al cabo, ¿para qué necesita una muchacha saber leer y escribir tan pronto? ¿Tiene ya casa que gobernar? Son muy contadas las que no abusan de esta funesta ciencia, y todas son demasiado curiosas para que no la aprendan sin que las apremien a ello, y tan pronto como tienen ocasión. Tal vez deberían primero aprender a contar, ya que nada es de una utilidad tan palpable en todos los tiempos, ni exige tan larga práctica, ni deja tanto lugar al error como las cuentas. Si no se le dieran a la muchacha las cerezas para su merienda sin una operación aritmética, yo aseguro que pronto sabría calcular.

Conocí a una niña que aprendió a escribir antes que a leer, y escribió con la aguja antes que con la pluma. De la escritura, al principio, sólo quiso hacer oes, y las hacía grandes y chicas, de todos los tamaños, unas dentro de otras, y siempre trazadas al revés. Por desgracia un día que estaba ocupada en este útil ejercicio, se miró a un espejo y le desagradó su forzada postura, y en el acto, como otra Minerva, tiro la pluma y no quiso hacer más oes. A su hermano tampoco le gustaba escribir, pero lo que él sentía era la sujeción y no la figura que le daba. Tomaron otro giro para que volviera a escribir; :a chiquilla era vanidosa y delicada, y no quería que sus hermanas se sirvieran de su ropa blanca; se la marcaban, y no quisieron seguir marcándosela; fue preciso que ella aprendiera a marcar. Se comprende que sin darse cuenta adelantaba.

Justificad siempre las tareas que impongáis a las niñas, pero imponérselas continuamente. Los dos defectos más peligrosos para ellas, y de los cuales es muy difícil que se desprendan una vez los han contraído, son la ociosidad y la indocilidad. Las doncellas deben ser atentas y laboriosas, pero no basta con esto; desde muy pequeñas deben estar sujetas. Esta desdicha, si lo es para ellas, es imprescindible en su sexo, y jamás se libran de ella, si no es para padecer otras más crueles. Toda la vida han de ser esclavas de la más continua y severa sujeción, que es la del bien parecer. Es preciso acostumbrarlas a la sujeción cuanto antes, con el fin de que nunca les sea violenta; a resistir todos sus caprichos, para sujetarlos a las voluntades ajenas. Si quisieran estar siempre trabajando, sería conveniente obligarlas a que algunas veces holgasen. La disipación, la insustancialidad, la inconstancia, son defectos que fácilmente nacen de sus primeros gustos extraviados y siempre cumplidos; para atajar esos excesos, enseñadlas a que se venzan continuamente. En nuestras desatinadas costumbres, la vida de una mujer honesta es una perpetua lucha consigo misma.

Impedid que se aburran las niñas en sus ocupaciones y que se apasionen por sus diversiones, como sucede siempre en la educación vulgar, en que, como dice Fenelón, «todo el fastidio está de una parte y todo el contento de otra». Siguiendo las reglas precedentes solamente ocurrirá el primero de estos inconvenientes cuando las personas que estuviesen con ellas les disgusten. Una niña que quiera mucho a su madre o a su aya, trabajará todo el día a su lado sin aburrirse; sólo con charlar quedará resarcida de toda sujeción. Pero si no puede sufrir a la que gobierna, tomará la misma repugnancia a todo lo que haga a su lado. Es muy difícil que las que no se encuentran más a gusto con sus madres que con los demás hagan nunca nada bueno, pero para juzgar de sus verdaderos afectos, es preciso estudiarlas, y no fiarse de lo que dicen, puesto que son aduladoras, disimulan y desde muy temprano saben disfrazar sus sentimientos. Tampoco se les debe prescribir que quieran a su madre, pues el afecto no resulta de la obligación, y en esto de nada sirve el apremio. El cariño, las solicitudes, el solo hábito harán que la hija quiera a la madre, a no ser que ésta actúe de tal forma, que se haga merecedora del aborrecimiento. Bien dirigida, hasta la sujeción en que se la tiene, lejos de debilitar su cariño, no hará otra cosa que aumentarlo, porque siendo la dependencia el estado natural de las mujeres, se inclinan a la obediencia.

Por la misma causa que deben tener poca libertad, se extralimitan en el uso de la que les dejan; siendo extremadas en todo, se entregan a sus juegos con mayor arrebato todavía que los niños, y ése es el segundo de los inconvenientes que acabo de indicar. Los arrebatos deben ser aplacados, puesto que son la causa de muchos vicios propios de las mujeres, entre otros el capricho y las manías por las cuales hoy se ciega una mujer por un objeto que mañana no querrá ni mirar. Para ellas es tan perniciosa la inconstancia como el exceso en sus gustos, ya que ambos tienen el mismo origen. No les pongáis ningún obstáculo para que se rían, alegren, metan bulla, retocen y jueguen, pero debéis impedir que se cansen de una cosa para correr hacia otra; no debéis consentir que no conozcan el freno durante un solo instante de su vida. Acostumbradlas a que se vean interrumpidas en sus juegos y a que las llamen para otras ocupaciones sin que murmuren. Sólo con el hábito basta para esto, puesto que no hace otra cosa que servir de auxilio a la naturaleza.

De esta presión habitual se obtiene una cualidad muy necesaria a las mujeres durante toda su vida, supuesto que nunca cesan de estar sujetas, o a un hombre o a los juicios de los hombres, y que nunca les es permitido que se muestren superiores a esos juicios. La blandura es la prenda primera y más importante de una mujer; destinada a obedecer a tan imperfecta criatura como es el hombre, tan llena a veces de vicios y siempre cargada de defectos, desde muy temprano debe aprender a padecer hasta la injusticia y a soportar los agravios de su marido sin quejarse; debe ser flexible, y no por él, sino por ella. La acritud y la terquedad de las mujeres nunca logran otra cosa que agravar sus daños y el mal proceder de sus maridos, los cuales saben que no son estas las armas con que han de ser vencidos. La naturaleza no formó a las mujeres halagüeñas y persuasivas para que se volviesen regañonas, no las hizo débiles para que fueran imperiosas, no les dio una voz tan suave para que sirviera para decir denuestos, ni les proporcionó unas facciones tan delicadas para que las desfigurasen con la ira. Cuando se enfadan se olvidan de sí; muchas veces les asiste la razón para quejarse, pero siempre hacen mal en reñir. Cada uno debe conservar el tono de su sexo; un marido demasiado blando puede hacer insolente a su mujer, pero si el hombre no es un monstruo, no resiste la blandura de una mujer, quien triunfa de él tarde o temprano.

Las hijas deben ser siempre sumisas, pero las madres no pueden ser siempre inexorables. Para hacer dócil a una joven, no es necesario hacerla infeliz, ni es preciso entontecerla para que sea modesta; por el contrario, no me parecería mal que alguna vez le dejasen hacer uso de su habilidad, no para eludir el castigo de su desobediencia, sino para eximirse de que la hicieran obedecer. No se trata de hacerle penosa su independencia, pues es suficiente con hacer que la sienta. La astucia es un talento natural del sexo, y convencido de que son buenas y rectas en sí todas las inclinaciones naturales, soy del parecer de que se debe cultivar como las demás; sólo se trata de prevenir sus abusos.

En lo referente a la verdad de esta observación, me refiero a todo observador de buena fe, y no quiero que examinemos a las casadas, porque nuestras instituciones, que tanto las sujetan, pueden haber aguzado su inteligencia; quiero que se examinen las doncellas, las niñas que acaban, por decirlo así, de nacer; que sean comparadas con muchachos de la misma edad, y si ellos no parecen majaderos, atolondrados, tontos, al lado de ellas, sin duda alguna estoy equivocado. Permítaseme un solo ejemplo escogido en pleno candor de la niñez.

Es una cosa muy generalizada el prohibir a las criaturas que pidan nada en la mesa, debido a que se cree que su educación ha de salir mejor cuando se carga con inútiles preceptos, como si fuera tan difícil darles o negarles un pedazo de esto o de aquello[5], sin hacer que se muera una pobre criatura de un ansia que aumenta la esperanza. Todo el mundo conoce la astucia de que se valió un chico sujeto a esta prohibición, que habiéndose olvidado de servirle el plato, se le ocurrió pedir sal, etc. No diré que le podían reñir por haber pedido directamente sal y carne indirectamente; la misión era tan cruel, que aunque hubiera violado de un modo patente el mandato y manifestado sin rodeos que tenía hambre, no puedo creer que le hubieran castigado. Pero he aquí lo que hizo una chiquilla en mi presencia y en una situación mucho más apurada, porque además de que le habían impuesto una prohibición. rigurosa de pedir nunca nada directa ni indirectamente, la desobediencia no hubiera merecido perdón, ya que había comido de todos los platos menos de uno que se habían olvidado de servirle y del cual ella tenía gran deseo. Pues para conseguir que reparasen este olvido sin que pudiesen acusarla de desobediente, fue señalando todos los platos con el dedo, y diciendo en voz alta a medida que los señalaba: «Yo he comido de eso, yo he comido de eso», pero con una visible afectación y sin decir nada pasó el dedo por encima del plato que no había comido, lo que hizo que se diese cuenta uno de los convidados, quien le dijo: «Y de eso, ¿has comido?» «¡Ah, no; de eso, no!», repuso con voz sumisa y bajando los ojos la golosilla. No añado más; compárese ahora: esta treta es una astucia de chica, y la otra es una astucia de muchacho.

Lo que hay es bueno, y no hay ninguna ley general que sea mala. Esta astucia particular dispensada al sexo es una muy justa indemnización de la fuerza que le falta, sin la cual la mujer no sería la compañera, sino la esclava del hombre, y por esta superioridad de talento se mantiene en igual suyo, y le gobierna obedeciéndole. La mujer lo tiene todo contra ella, nuestros defectos, su cortedad v su debilidad, y en su favor no tiene más que su habilidad y su belleza. El que cultive una y otra, ¿no es justo? Pero no es la belleza física que puede ser destruida por mil azares, que se va con los años, y la costumbre termina con su eficacia. El verdadero recurso del sexo está en el ingenio, pero no es ese ingenio necio que tanto aprecia el mundo y que en nada contribuye a hacer la vida feliz, sino el ingenio de su estado, el arte de sacar utilidad del nuestro y valerse de nuestras propias ventajas. Ignoramos el grado de provecho que tiene para nosotros esa misma astucia de las mujeres, el embeleso que añade a la sociedad de ambos sexos, cuánto sirve para reprimir la petulancia de las criaturas, cuántos maridos brutales refrena, cuántos buenos matrimonios mantiene, que sin eso se verían malogrados por la discordia. Las mujeres arteras y malas sé muy bien que abusan de ella, pero, ¿de qué no abusa el vicio? No destruyamos los instrumentos de la felicidad, porque algunas veces los malos se sirven de ellos para seguir siendo malos.

Una puede lucir por sus adornos, pero sólo puede agradar por su persona. Nuestros trajes no son nosotros; de tanto ser estudiados muchas veces deslucen, y a menudo las que más quieren gire las vean por el vestido son las menos miradas. En este punto, la educación de las muchachas es diametralmente opuesta a la razón, les prometen galas como recompensa, procuran que gusten recargadas de adornos. «¡Qué bonita está!», les dicen al verlas muy emperifolladas, cuando les deberían hacer comprender que tanto atavío no tiene otro objeto que el de ocultar defectos, y que el verdadero éxito de la hermosura está en lucir por sí misma. La afición a las modas es de mal gusto, puesto que los semblantes no varían con ellas, y quedándose la cara siempre la misma, lo que una vez le cae bien, le cae bien siempre.

Cuando yo viera a la niña presumir con su atuendo, haría como que pensaba en lo que dirían de ella disfrazada de ese modo, y diría: «Todos esos adornos la desfiguran demasiado, y es una verdadera lástima. ¿No crees tú que le bastaría llevar unos adornos más sencillos? ¿Es tan hermosa que le podamos quitar esto o aquello?». Quizá ella misma rogará entonces que le quiten uno y otro adorno, y entonces es la ocasión de alabarla, si hay razón para ello. Cuanto con más sencillez estuviera vestida, tanto más yo la elogiaría. Cuando ella vea las galas sólo corno suplemento de las gracias personales y convenga en que no necesita socorro para agradar, no estará ufana con su traje, sino muy humilde, y si vistiendo más engalanada de lo acostumbrado oye que le dicen: «¡Qué hermosa está!», enrojecerá de despecho.

Por lo demás, si hay figuras que necesitan adornos, no hay ninguna que exija ricos atavíos. Los costosos adornos son una vanidad de la clase y no de la persona, y dependen únicamente de la preocupación. La coquetería a veces es rebuscada, pero jamás es ostentosa, y Juno se engalanaba con mayor riqueza que Venus. «No pudiendo hacerla hermosa, la haces rica», decía Apeles a un mal pintor que pintaba a Elena cargada de adornos. También he podido darme cuenta de que las alhajas más preciosas eran llevadas por mujeres feas; no es posible tener una vanidad más desgraciada. Procurad que una joven tenga gusto y desprecie la moda, cintas, gasas, muselina y flores, y sin diamantes, dijes ni encajes[6], va a idear un traje que dé cien veces más realce a su hermosura que todos los brillantes harapos de la modista más encopetada.

Como lo que está bien siempre sienta bien, y como siempre es necesario parecer lo mejor que sea posible, las mujeres que más entienden de vestidos escogen los que les sientan bien, y los conservan, y como no cambian todos los días, se ocupan menos de sus trajes que las que no saben los que han de llevar. El verdadero arte requiere poco tocador. Las señoritas solteras rara vez gastan tocados aparatosos; la labor y las lecciones les ocupan el día, y, no obstante, por lo general, van tan bien vestidas como las señoras casadas y muchas veces con mayor gusto. El abuso del tocador no es lo que se piensa, ya que más procede de aburrimiento que de vanidad. Una mujer sabe muy bien que gasta seis horas en su tocador, que no sale de él mejor puesta que la que no está en el suyo más de media hora, pero es el tiempo ganado a la pesada duración del día, y más vale divertirse consigo que fastidiarse con todo. ¿Qué se podría hacer después de comer hasta las nueve de la noche, si no tuviesen el tocador? Se reúnen otras mujeres a su alrededor y se divierte en impacientarlas, eso ya es algo-, se evitan las conversaciones a solas con el marido, que sólo se ve a esta hora, y eso todavía es más, y luego vienen las modistas, los petimetres, los pequeños autores, los versos y las canciones del día. Sin el tocador nunca se podría tocarlo y discutirlo todo, pero el único beneficio real que ella le saca es lucirse algo más cuando está vestida, aunque ese beneficio no es tanto como se piensa, ni de él sacan tanto las mujeres como se figuran. Dad sin escrúpulo una educación de mujer a las mujeres, procurad que se aficionen a las tareas de su sexo, que sean modestas, que sepan cuidar y gobernar su casa, y se les olvidará muy pronto el abuso del tocador, y no se las verá con peor gusto. A medida que van creciendo, lo primero que observan las niñas es que todos estos adornos extraños no bastan para quien no los tiene en su propia persona. Nadie se puede dar a sí mismo hermosura, ni se adquiere tan pronto el arte de agradar a los hombres, pero ya es posible dar a los ademanes un giro agradable, a la voz un acento melodioso, presentarse con sencillez, andar con ritmo, tomar posturas que tengan gracia y sacar ventaja de todo. La voz alcanza mayor intensidad, adquiere consistencia y metal, se desenvuelven los brazos, se afirma el paso, y de cualquier manera que una vaya vestida, sabe que hay un arte para lograr que la miren. Entonces ya no se trata sólo de aguja y de industria; se presentan nuevas habilidades y su utilidad es más que evidente.

Sé que los severos instructores no quieren que se enseñe música a las niñas, ni el baile ni ninguna de las artes agradables. Eso me parece muy gracioso. Pues, ¿a quién quieren que se enseñen? ¿A los muchachos? ¿A quién pertenece mejor la posesión de estas artes, a los hombres o a las mujeres? Me responderán que a nadie. Las canciones profanas son pecados horrorosos, el baile es una invención del diablo, una niña no debe tener otro pasatiempo que su labor y sus oraciones. ¡Qué absurdas diversiones son ésas para niñas de diez años! Me temo mucho que todas estas santitas, obligadas a pasar su niñez encomendándose a Dios, pasen su mocedad en cosas muy distintas y se resarzan lo mejor que puedan, cuando estén casadas, del tiempo que piensan que perdieron de solteras. Soy del parecer que se debe tener en consideración lo que conviene a la edad no menos que al sexo, que una muchacha no debe vivir como su abuela, que debe ser viva, alegre, retozona; cantar, bailar tanto como se le antoje, y disfrutar de los placeres inocentes propios de su edad, pues demasiado pronto le llegará el tiempo de ser reposada y de adoptar un aire más serio.

Pero, ¿se necesita este cambio? ¿No es también una consecuencia de nuestras preocupaciones? Con esclavizar a las mujeres honestas con tristes obligaciones, han desterrado del matrimonio todo lo que podía hacerlo grato a los hombres. ¡Qué extraño es que el silencio que ven reinar en su casa los eche de ella, o que tan poca prisa se den para abrazar tan ingrato estado! El cristianismo, a fuerza de exagerar todas las obligaciones, las hace impracticables y vanas; con tanto prohibir a las mujeres el canto, el baile y todos los pasatiempos del mundo, las convierte en groseras, regañonas e inaguantables en su casa. -

No hay religión en la que esté sujeto el matrimonio a tan severas obligaciones, ni ninguna en que sea más despreciado un vínculo tan sagrado. Se ha hecho tanto para impedir que las mujeres fuesen amables, que han convertido a los maridos en indiferentes. No debería ser así, y lo comprendo, pero digo que así debe ser, puesto que al cabo los cristianos no dejen de ser hombres. Por mí, yo querría que una moza inglesa cultivase con tanto esmero los talentos amenos para agradar al marido que un día tendrá como los cultiva una albanesa joven para el serrallo de Ispahan. Me argüirán que un marido no aprecia mucho todos estos talentos. Creo que sea así cuando en vez de emplearlos en su diversión sirven de cebó para tener en su casa mozuelos descarados que le afrentan. Pero, ¿os figuráis que una casada cuerda, amable, adornada con estos talentos, y que los consagrase a la diversión de su marido, no aumentaría la felicidad de él, y no le evitaría que al salir de su oficina, agotado por el trabajo, fuese en busca de distracciones? ¿No habéis visto familias felices reunidas de tal forma que cada uno pone todo lo que sabe en la diversión común? Diga él si la confianza y la familiaridad que con ella va unida, si la inocencia y la dulzura de los placeres que disfrutan no sustituyen con ventaja al mayor bullicio que ofrecen las diversiones públicas.

Las habilidades agradables se han convertido en demasiado artísticas y se han generalizado en exceso; todo lo hemos puesto en máximas y preceptos, y hemos convertido en fastidio para las muchachas lo que debería servirles de diversión y juego. No imagino nada más jocoso que ver a un viejo maestro de música o de baile, que se acerca con ademán adusto a niñas que sólo piensan en reír, y para enseñarles su frívola ciencia toma un tono más pedante y magistral que si tratara de explicarles la doctrina cristiana. ¿El arte de cantar y el de la música escrita son inseparables? ¿No es posible hacer flexible la voz y ajustarla, aprender a cantar con gusto, y aun acompañarse sin conocer ni siquiera una nota? ¿Se ajusta el mismo género de canto a todas las voces? ¿El mismo se adapta a todas las inteligencias? Nadie me hará creer que las mismas posturas, los mismos pasos, los mismos movimientos, los mismos ademanes, los mismos bailes, le convengan a una morenita viva y salada, igual que a una hermosa rubia, alta y de ojos serenos. Así, cuando veo a un maestro que da las mismas lecciones a las dos, digo: «Este hombre sigue su práctica, pero no entiende ni una palabra de su arte».

Existen dudas sobre si las niñas deben tener maestros o maestras. No sé; yo bien quisiera que no precisasen ni de unos ni de otras, que aprendiesen con libertad lo que tanta inclinación tienen a aprender, y que no viéramos vagabundear por nuestras ciudades tanto saltarín. Difícilmente dejaré de creer que el trato con semejantes gentes no sea más perjudicial para las niñas que útiles sus lecciones, y que su algarabía, su estilo, sus ademanes, no inspiren a sus discípulas la primera afición a las frivolidades, de tanta entidad para ellos, y que a ejemplo suyo ellas tendrán en breve como única ocupación.

En las artes, que no tienen otro objeto que el agradar, todo puede servir de maestro a las niñas; su padre, su madre, su hermano, su hermana; sus amigos, sus ayas, su espejo, y más que todo, su propio gusto. Nadie se debe brindar para darles lección; es preciso que ellas sean las que la pidan; ni se les debe señalar como una tarea lo que es recompensa, y en esta especie de estudios el mayor aprovechamiento depende especial- mente de querer adelantar. En cuanto a lo demás, si son absolutamente necesarias lecciones en forma, yo no seré quien decida de qué sexo han de ser los que deban darlas. No sé si es preciso que un maestro de baile coja la blanca y delicada mano de su joven discípula, le haga levantar la ropa, alzar los ojos, tender el brazo y erguir un pecho palpitante; lo que sí sé es que por todo lo que hay en este mundo no quisiera ser yo ese maestro.

Con arte y talento se forma el gusto, con el gusto se introducen en nuestro entendimiento las ideas de la belleza de todo género, y por último, las ideas morales que a ellas se refieren. Quizá ésta es una de las razones porque el sentimiento de la decencia y la honestidad se insinúa más pronto en las niñas que en los muchachos, pues creer que ese sentimiento proviene de lo que les dicen sus ayas, sería no estar instruido ni en lo que son las lecciones de éstas, ni en el natural progreso del espíritu humano. El primer puesto en el arte de agradar es ocupado por el arte de hablar; por él sólo pueden añadirse nuevos encantos a aquellos con que el hábito acostumbra a los sentidos. El espíritu no solamente vivifica al cuerpo, sino que en cierto modo lo renueva; por la sucesión de los sentimientos y las ideas anima y cambia la fisonomía, y por los razonamientos que inspira llamando la atención, sostiene mucho tiempo igual interés en el mismo objeto. Creo que por todas estas razones las muchachas adquieren tan pronto un charlar grato, acentúan lo que dicen aun antes de sentirlo, y los hombres se divierten escuchándolas aun antes de que ellas puedan entenderlos, espiando, por decirlo así, el instante de discernimiento de estas mozuelas para penetrar en su sentimiento.

Las mujeres tienen un lenguaje flexible, hablan más pronto y con mayor facilidad y agrado que los hombres. También se las acusa de que hablan más; así debe ser, y yo convertiría esta acusación en elogio; en ellas, la boca y los ojos tienen igual actividad por la misma razón. El hombre dice lo que sabe, y la mujer dice lo que agrada; el uno para hablar necesita conocimiento y la otra gusto; el principal objeto de él deben ser las cosas útiles, y el de ella las agradables. En sus razonamientos no debe haber otras formas comunes que las de la verdad.

La charla de las niñas no debe ser contenida, como la de los muchachos, con la dura pregunta de: «¿Para qué sirve eso?», sino con esta otra, a la cual no es difícil contestar: «¿Qué efecto hará eso?» En esta primera edad, en que aún no pueden discernir el bien y el mal, ellas no son jueces de nadie, y se deben imponer la ley de no decir nunca nada que no sea grato para aquellos con quienes hablan, y lo que dificulta la práctica de esta regla es que siempre queda subordinada a la primera, que es no mentir nunca.

Todavía veo otras muchas dificultades, pero corresponden a una edad más adelantada. Por ahora, para agradar les basta con decir la verdad sin aspereza, y como ésta les repugna, fácilmente les enseña la educación a evitarla. En el trato con el mundo, generalmente observo que la cortesía es más oficiosa en los hombres y más halagüeña la de las mujeres, y esta diferencia no se ha instituido, sino que es natural. Parece como si el hombre tratara más de servir y la mujer más de agradar. De aquí se deduce que, sea cual sea el carácter de las mueres, su cortesía es menos falsa que la nuestra, puesto que no hace otra cosa que desarrollar su primer instinto, pero cuando un hombre finge que prefiere mi interés al suyo propio, por muchas demostraciones con que envuelva su embuste, estoy seguro de que miente. Así, a las mujeres les cuesta poco ser corteses, y poco, por consiguiente, a las niñas aprender a serlo. La primera lección proviene de la naturaleza, y el arte no hace más que seguirla y determinar en qué estilo se ha de manifestar esta forma. En cuanto a la cortesía entre ellas; es otra cosa; emplean un estilo tan forzado y tan frías atenciones, que sujetándose mutuamente no ponen mucho cuidado en ocultar su sujeción, y parecen sinceras en su mentira porque apenas se preocupan de encubrirla. Sin embargo, las jóvenes se dan algunas veces pruebas de amistad más francas. A su edad la alegría suple a la bondad natural, y satisfechas consigo mismas, lo están con todo el mundo. También es cierto que se besan con efusión y se acarician con más gracia delante de los hombres, envanecidas por excitar impunemente su apetito con la imagen de favores que saben que ellos anhelan.

Si no se debe consentir a los muchachos preguntas indiscretas, con mucha más razón se les deben prohibir a las niñas, cuya curiosidad, o satisfecha o no bien eludida, acarrea consecuencias mucho más importantes si sé tiene en cuenta su penetración para descubrir los misterios que les ocultan y su arte para averiguarlos. Pero sin permitírles preguntas, desearía que se les hicieran muchas a ellas, que procurasen hacerlas hablar para ejercitarlas a conversar con facilidad, que supieran encontrar réplicas prontas, y para que soltasen, cuando aún puede hacerse sin riesgo, la lengua y el entendimiento. Estas conversaciones envueltas siempre con alegría, pero preparadas con habilidad y bien dirigidas, serían un entretenimiento encantador para esta edad y podrían arraigar en los inocentes corazones de estas muchachas las primeras lecciones de moral, tal vez las más útiles que reciban en su vida. mostrándoles, con el cebo del deleite y la vanidad, cuáles son las cualidades que verdaderamente ganan la estimación de los hombres y en qué consiste la gloria y la felicidad de una mujer honesta.

Se comprende que si los niños son incapaces de formarse ninguna idea verdadera de religión, con mayor razón excede esta idea la capacidad de las niñas, y por eso mismo quisiera yo hablarles de ella más pronto, porque si hubiéramos de aguardar a que estuviesen en estado de discutir metódicamente estas profundas cuestiones, correríamos el riesgo de no hablarles nunca de ellas. La razón de las mujeres es una razón práctica que les hace encontrar muy hábilmente los medios de llegar a un fin conocido, pero que no les deja encontrar este fin. La relación social de los sexos es admirable, de esta sociedad resulta una persona moral, cuyos ojos son la mujer y los brazos el hombre, pero con tal dependencia uno de otro que la mujer aprenda del hombre lo que ha de ver, y él, de ella, lo que ha de hacer. Si la mujer pudiera igual que el hombre remontar a los principios, y si el hombre tuviera igual que ella el espíritu de los detalles, siempre independientes uno de otro, vivirían en continua discordia, y su sociedad no podría subsistir, pero con la armonía que reina entre ellos, todo tiende al fin común; no sabemos quién pone más de lo suyo, pues el uno sigue el impulso del otro, cada cual obedece y los dos son árbitros.

Por lo mismo que la conducta de la mujer está sujeta a la opinión pública, su creencia lo está también a la autoridad. Toda muchacha debe tener la religión de su madre y toda casada la de su esposo. Aun cuando esta religión fuera falsa, la docilidad que sujeta a la madre y a la hija al orden de la naturaleza borra para con Dios el pecado del error. No hallándose en estado de ser jueces por sí mismas, deben admitir la decisión de sus padres y de sus esposos como la de la Iglesia.

No pudiendo deducir por sí mismas la regla de su fe, tampoco pueden las mujeres asignarles por límites los de la evidencia y la razón, pero dejándose arrastrar de mil impulsos extraños, se quedan siempre más acá o van más allá de la verdad. Siempre exageradas, unas son libertinas y otras, devotas; no se ve ninguna que con la piedad reúna la discreción. El origen del mal no sólo está en el carácter extremado de su sexo, sino también en la mal regulada autoridad del nuestro; el libertinaje de costumbres se la hace despreciar, el pánico del arrepentimiento la convierte en tiránica, y de esta forma siempre vamos muy adelante o nos quedamos muy retrasados.

Ya que la autoridad debe regular la religión de las mujeres, no se trata tanto de explicarles las razones que existen para creer como de presentarles con claridad lo que se cree, puesto que la fe que ponemos en ideas oscuras constituye el origen del fanatismo, y la que se exige de cosas absurdas conduce a la incredulidad o a la locura. No sé a qué incitan más nuestros catecismos, si a ser impío o fanático, pero sé que necesariamente se da lo uno y lo otro.

Ante todo, para enseñar la religión a las muchachas no se la presentéis como una obligación o un trabajo, y no debéis hacerles aprender de memoria nada, ni siquiera las preces. Contentaos con rezar todos los días las vuestras en su presencia, pero sin obligarlas a que las escuchen. Procurad que sean cortas, según la instrucción de Jesucristo, y con el recogimiento y el respeto que convienen; debéis considerar que dado lo que pedimos al Ser Supremo, para que nos escuche, es justo que nosotros pongamos gran atención en lo que decimos.

Tiene menos importancia que las niñas sepan tan pronto su religión como que la sepan bien, y especialmente que la amen. Cuando se la hacéis gravosa o les pintáis a Dios siempre enojado contra ellas, y en su nombre le imponéis mil penosas obligaciones que nunca os ven desempeñar, ¿qué otra cosa han de pensar sino que saber la doctrina y encomendarse a Dios son obligaciones de chiquillas, ni qué más han de desear que ser mayores para eximirse como vosotros de esa sujeción? El ejemplo, el ejemplo; sin él, nada se consigue de las criaturas.

Al explicarles los artículos de fe, debe hacerse en forma de instrucción directa y no a través de preguntas y respuestas. Ellas sólo deben responder lo que piensan y no lo que les hayan dictado. Todas las respuestas del catecismo son contrarias al sentido común; y es el discípulo quien instruye al maestro; también en boca de los niños son mentiras, puesto que explican lo que no entienden, o afirman lo que no creen. Entre los hombres más inteligentes enséñenme uno que no mienta cuando dice su lección de catecismo.

Una de las primeras lecciones que hallo en el nuestro es ésta: «¿Quién os crió y os puso en el mundo? A lo cual la chiquilla, aunque sabe que fue su madre, contesta, sin titubear, que Dios. Lo único que ve ella es que a una pregunta que entiende mal, da una respuesta de la cual no entiende ni una palabra.

Yo quisiera que un hombre que conociese bien el progreso del espíritu de los niños compusiera un catecismo para ellos. Tal vez sería el libro más útil que se hubiera escrito y, a mi parecer, no sería el que menos honra proporcionase a su autor. Lo cierto es que si este libro fuese bueno, se parecería muy poco a los nuestros.

Semejante catecismo será tanto mejor cuando por las presuntas el niño dé las respuestas sin aprenderlas, teniendo en cuenta que algunas veces se verá en la necesidad de también preguntar él. Para dar a entender lo que quiero decir, sería necesario presentar una especie de modelo, y yo sé lo que me hace falta para poder bosquejarlo. Pero intentaré dar de él una ligera idea. Imagino, pues, que para llegar a la pregunta del catecismo que hemos mencionado anteriormente, sería necesario que empezase más o menos así

LA MAESTRA: ¿Te acuerdas de cuando era niña tu madre?

LA NIÑA: No, señora.

LA MAESTRA: ¿Cómo no, teniendo tanta memoria?

LA NIÑA: Porque yo no había venido al mundo.

LA MAESTRA: ¿Conque tú no has vivido siempre?

LA NIÑA: No.

LA MAESTRA: ¿Y vivirás siempre?

LA NIÑA: Sí.

LA MAESTRA: ¿Eres joven o vieja?

LA NIÑA: Soy joven.

LA MAESTRA: Y tu abuela, ¿es joven o vieja?

LA NIÑA: Vieja.

LA MAESTRA: ¿Ha sido joven?

LA NIÑA: Sí.

LA MAESTRA: ¿Y por qué no lo es ahora?

LA NIÑA: Porque ha envejecido.

LA MAESTRA: ¿Y tú envejecerás como ella?

LA NIÑA: No lo sé[7].

LA MAESTRA: ¿Dónde están tus vestidos del año pasado?

LA NIÑA: Los han deshecho.

LA MAESTRA: ¿Por qué los han deshecho?

LA NIÑA: Porque me quedaban pequeños.

LA MAESTRA: ¿Y por qué te quedaban pequeños?

LA NIÑA: Porque he crecido.

LA MAESTRA: ¿Y todavía crecerás?

LA NIÑA: ¡Oh, sí!

LA MAESTRA: ¿En qué se convierten las niñas mayores?

LA NIÑA: En mujeres.

LA MAESTRA: ¿Y las mujeres en qué?

LA NIÑA: En madres.

LA MAESTRA: Y las madres, ¿qué son después?

LA NIÑA: Viejas.

LA MAESTRA: ¿Conque tú también serás vieja?

LA NIÑA: Cuando haya sido madre.

LA MAESTRA: Y las viejas, ¿qué son después?

LA NIÑA: No lo sé.

LA MAESTRA: ¿Qué ha sido de tu abuelo?

LA NIÑA: Murió.[8]

LA MAESTRA: ¿Y por qué murió?

LA NIÑA: Porque era viejo.

LA MAESTRA: Entonces, ¿qué hace la gente vieja?

LA NIÑA: Se muere.

LA MAESTRA: Y tú, cuando seas vieja, ¿qué...?

LA NIÑA (interrumpiéndola): ¡Oh, no! Yo no quiero morir.

LA MAESTRA: Hija mía, nadie quiere morir, y todo el mundo se muere.

LA NIÑA: ¿Cómo? ¿También se ha de morir mi mamá?

LA MAESTRA: Como todo el mundo. Las mujeres envejecen como los hombres y la  vejez lleva a la muerte.

LA NIÑA: ¿Qué se ha de hacer para envejecer muy tarde?

LA MAESTRA: Vivir con cordura cuando somos jóvenes.

LA NIÑA: Señora, yo siempre seré cuerda.

LA MAESTRA: Mejor para ti. ¿Pero tú crees que has de vivir siempre?

LA NIÑA: Cuando sea muy vieja, muy vieja...

LA MAESTRA: ¿Sí?

LA NIÑA: Cuando una es tan vieja, dice usted que conviene que se muera.

LA MAESTRA: ¿Conque al fin morirás?

LA NIÑA: ¡Ay, sí!

LA MAESTRA: ¿Quién vivía antes que tú?

LA NIÑA: Mi padre y mi madre.

LA MAESTRA: ¿Quién vivirá después de ti?

LA NIÑA: Mis hijos.

LA MAESTRA: ¿Y quién vivirá después de ellos?

LA NIÑA: Sus hijos...

Siguiendo este camino se hallan, mediante inducciones sensibles, un principio y un fin al linaje humano, como a todas las cosas; es decir, un padre y una madre que no tuvieron ni padre ni madre, y unos hijos que no tendrán hijos[9].

Sólo después de una larga serie de preguntas análogas, estará bastante preparada la del catecismo de que hemos hecho mención. Pero desde aquí hasta la respuesta a la pregunta «¿Quién es Dios?», que es, por decirlo así, la definición de la divina esencia, ¡qué inmenso salto! ¿Cuándo se llenará este intervalo? Dios es un espíritu. ¿Y qué es el espíritu? ¿Iré a meter el espíritu de una criatura en esa oscura metafísica a la que con tanta dificultad llegan los hombres? No pertenece a una niña resolver estas cuestiones; le pertenecería, si acaso, el proponerlas. Entonces le respondería con sencillez «Me preguntas qué es Dios, y no es fácil decírtelo: no podemos oírle, verle ni tocarle; sólo le conocemos por sus obras. Espera saber lo que ha hecho para entender lo que es.»

Si todos nuestros dogmas son igualmente ciertos, no por eso tienen la misma importancia. Para la gloria de Dios, es indiferente el que nos sea conocida en todo, pero a la sociedad humana y a cada uno de sus miembros importa que todo hombre conozca y desempeñe las obligaciones que la ley de Dios le impone para con su prójimo y para consigo mismo. Esto es lo que continuamente debemos enseñarnos los unos a los otros, y en esto principalmente están obligados los padres y las madres al instruir a sus hijos. Que sea una virgen madre de su Creador, que haya parido a Dios, o sólo a un hombre con quien se unió Dios; que sea una misma la sustancia del Padre y del Hijo, o que sólo sea semejante; que proceda el espíritu de uno de los dos, que son lo mismo, o de ambos juntamente; no veo por qué ha de importar más al género humano la decisión de estas cuestiones, en apariencia esenciales, que saber qué día de la luna se ha de celebrar la Pascua, si se ha de rezar el rosario, ayunar, comer pescado, hablar latín u otra lengua de la Iglesia, pintar imágenes en los cuadros y paredes, oír o decir misa y no tener mujer propia. Cada uno que piense como le parezca sobre esto, pues no sé en qué puede interesar a los demás, si bien a mí para nada me interesa. Pero lo que a mí y a todos mis semejantes nos importa es que cada uno sepa que existe un árbitro de la suerte de los humanos, cuyos hijos somos todos, que a todos nos prescribe que seamos justos, que nos amemos unos a otros, que seamos generosos y misericordiosos, que cumplamos nuestra palabra con todo el mundo, aunque sea con nuestros enemigos y con los suyos; que nada es la aparente felicidad de esta vida, que después de ésta hay otra, en la cual el Ser Supremo será remunerador de los buenos y juez de los malos. Estos y otros dogmas semejantes son los que importa enseñar a la juventud y persuadir a todos los ciudadanos. El que los impugna merece sin duda el castigo, porque es perturbador del orden y enemigo de la sociedad. El que va más adelante, y pretende sujetarnos a sus opiniones particulares, llega al mismo término por un camino opuesto. Por establecer a su modo el orden, perturba la paz; con su temeraria soberbia, se constituye en intérprete de la Divinidad, exige en su nombre los homenajes y el respeto de los hombres, y se hace Dios, poniéndose en su lugar. Debería ser castigado como sacrílego, si no lo fuese como intolerante.

Abandonad, pues, todos esos misteriosos dogmas que para nosotros sólo son palabras sin ideas, todas esas doctrinas estrafalarias, cuyo vano estudio suple las virtudes de los que a ellas se entregan y sirven para convertirlos más en locos que en hombres buenos. Mantened siempre a vuestros hijos en el estrecho círculo de los dogmas que tienen relación con la moral, convencedlos de que no hay para nosotros otra ciencia útil que la que nos enseña a obrar bien. No hagáis teólogas ni argumentadoras a vuestras hijas; de las cosas del cielo enseñadles aquellas que sirven para la humana sabiduría; acostumbradlas a que se miren siempre ante los ojos de Dios, a que le tengan por testigo de sus acciones, de sus pensamientos, de su virtud, de sus placeres; a obrar bien sin ostentación, porque así se complace Dios; a padecer el mal sin murmurar, porque le llegará la recompensa; a ser, finalmente, todos los días de su vida lo que quisieran haber sido cuando comparezcan ante El. Esta es la verdadera religión, y la única que no es capaz del abuso de impiedad ni de fanatismo. Prediquen cuanto quieran otras más sublimes, que yo no conozco otra que ésta.

En lo que se refiera a lo demás, es provechoso observar que hasta la edad en que se ilustra la razón, y en que el sentimiento naciente hace hablar la conciencia, lo que es bueno o malo para las niñas es aquello que deciden las personas con quienes tratan. Todo lo que les mandan es bueno, y lo que les prohíben es malo, y no deben saber más, de donde se infiere que es más importante para ellas que para los muchachos la buena elección de las personas que han de vivir en su compañía y tener sobre ellas alguna autoridad. Por último llega la época en que ya empiezan a juzgar las cosas por sí mismas, y entonces es cuando ha llegado el tiempo de cambiar el sistema de su educación.

Tal vez he dicho demasiado hasta aquí. ¿A qué reduciremos a las mujeres si no les dejamos otra ley que las inquietudes públicas? No debemos rebajar hasta este punto el sexo que nos gobierna y que nos honra cuando no lo hemos envilecido. Para toda la especie humana existe una regla anterior a la opinión, y a la inflexible dirección de esta regla se deben referir todas las demás; juzga a la misma preocupación, y sólo cuando se aviene con ella la estimación de los hombres, debe trocarse en autoridad para nosotros.

Esta norma es el sentimiento interior. Aquí no repetiré lo que antes he dicho acerca de él; me es suficiente con observar que si estas dos reglas no contribuyen a la educación de las mujeres, será siempre defectuosa. Sin la opinión, el sentimiento no les proporcionará aquella delicadeza de alma que adorna a las buenas costumbres con el honor del mundo, y sin el sentimiento, la opinión no hará de ellas más que mujeres falsas y deshonestas, pero aparentando virtud.

De este modo, pues, les conviene el cultivo de una facultad que sirva de árbitro entre ambos guías, que evite que la conciencia se extravíe y que rectifique los errores de la preocupación. Esta facultad es la razón. ¡Pero, cuántas cuestiones se plantean al pronunciar esta voz! ¿Son capaces las mujeres de un talento sólido? ¿Tiene importancia que lo cultiven? ¿Lo cultivarán con provecho? ¿Tiene utilidad esta cultura para las funciones que se les imponen? ¿Es compatible con la sencillez que les conviene?

Las diferentes formas de considerar y resolver estas cuestiones hacen que, cayendo en excesos opuestos, los unos limitan a la mujer a hilar y a coser en su casa con sus criadas, reduciéndola de esta forma a ser la primera criada del amo; los otros, no satisfechos con afianzar sus derechos, también hacen que se apropien los nuestros, pero dejarla superior a nosotros en las cualidades propias de su sexo, y hacerla igual a nosotros en todo lo demás, ¿qué otra cosa es si no conceder a la mujer la primacía que la naturaleza da al marido?

La razón que guía al hombre para que conozca sus obligaciones es poco complicada; la que guía a la mujer para que conozca las suyas, todavía es más sencilla. La obediencia y la fidelidad que debe a su marido, la ternura y solicitudes que debe a sus hijos son tan naturales y palpables consecuencias de su condición, que sin mala fe no puede negar su consentimiento al sentimiento interior que la guía ni desconocer su obligación en sus inclinaciones, que aún no están alteradas.

No vituperaría sin hacer distinciones que una mujer se limitara solamente a ejecutar las tareas propias de su sexo y que la dejaran en una profunda ignorancia acerca de todo lo demás, pero para eso serian precisas costumbres públicas muy sencillas y muy sanas, o un método de vida muy retirado. En los pueblos grandes, y entre hombres pervertidos, esta mujer sería muy fácil de seducir, y muchas veces su virtud estribaría en las ocasiones; en este siglo filosófico, la mujer necesita una virtud a toda prueba; de antemano es preciso que sepa lo que le pueden decir, y lo que de ello debe pensar.

Por otra parte, estando sujeta al juicio de los hombres, debe ser merecedora de aprecio, en especial del de su marido; no solamente debe ser su persona la causa del aprecio, sino también su conducta; ante el público debe justificar la elección de su marido y honrarle con el honor que le tributen a ella. Ahora bien, ¿cómo podrá desempeñar todo esto si ignora nuestras instituciones, nuestros estilos y nuestro bien parecer, y no conoce la fuente de los juicios humanos ni las pasiones que las determinan? Suponiendo que al mismo tiempo depende de su propia conciencia y de las opiniones ajenas, es necesario que aprenda a comparar estas dos reglas, a conciliarlas y a preferir sólo la primera cuando las dos se encuentran en oposición. Se hace juez de los jueces, decide cuándo se ha de someter a ellos y cuándo los ha de recusar. Antes de desechar o admitir sus preocupaciones, las considera, aprende a llegar a su origen, a precaverlas, a hacérselas favorables, y pone atención en no merecer jamás censuras cuando su obligación le permite evitarlas. No puede hacer nada de esto bien sin cultivar su espíritu y su razón.

Siempre vuelvo al principio, y éste me da la solución de todas mis dificultades. Estudio lo que existe, averiguo la causa y, por último, veo que todo lo que existe está bien. Entro en una casa amiga, donde el marido y la mujer se esmeran en obsequiar a quien los visita. Los dos han tenido la misma educación, son igualmente corteses, poseen talento y gusto, están animados del mismo deseo de agasajar a sus amigos y de que se vayan satisfechos. El marido no omite ningún afán para atender a todos; va, viene, da vueltas y se toma un gran trabajo; siente ansias de convertirse todo él en atención. La mujer permanece sentada en su sitio, a su alrededor se reúne un pequeño círculo y le oculta, al parecer, a los demás concurrentes; no obstante, no sucede nada que no lo note, no sale nadie a quien no haya hablado ni ha olvidado nada de lo que a todo el mundo puede interesar; a cada uno le ha dicho lo que le puede ser agradable, y sin perturbar el orden, está tan bien atendido el último de la reunión como el primero. Ponen la sopa a la mesa y se sientan; el hombre, al corriente de las personas que más se avienen, las colocará con tacto; la mujer, sin saber nada, ya habrá leído en los ojos y en los ademanes las preferencias de unos y de otros, y cada uno verá que su vecino es el que deseaba. No digo que se olviden de nadie en el servicio, pues el amo de la casa vigila y va y viene, pero la mujer adivina lo que cada uno mira con placer, y se lo ofrece; cuando habla con su vecino, tiene la vista en el otro extremo de la mesa; comprende que aquél no come porque no tiene apetito y que aquel otro no se atreve a servirse o a pedir porque no es hábil o porque es tímido. Al levantarse de la mesa, cada uno supone que sólo han pensado en él; ninguno cree que haya comido más que unos bocados, pero la verdad es que ha comido más que nadie.

Cuando ya se han ido todos, los dos hablan de lo sucedido. El marido cuenta lo que ha oído, lo que hicieron y dijeron aquellos con quienes habló. Si la mujer no es siempre la más exacta en este aspecto, en cambio ha intuido lo que se dijeron al oído en el otro extremo de la mesa; sabe lo que pensó fulano y a lo que tal dicho o tal ademán aludían; apenas se ha producido un movimiento expresivo que no lo haya interpretado íntimamente y casi siempre sin errar.

El mismo instinto que hace que una mujer se aventaje en el arte de obsequiar a los que van a su casa, hace que una coqueta se aventaje en el arte de embobar a muchos pretendientes. Sus tretas requieren todavía un discernimiento más sagaz que el de la cortesía, porque con tal que una mujer sea cortés con todo el mundo, ya tiene lo suficiente, pero la coqueta pronto perdería su imperio con esta uniformidad si no poseyera otro arte, pues si tratase de contentar a todos sus amantes, los disgustaría a todos. En la sociedad, las buenas formas que en general se tienen complacen a todos, y con tal que a uno le traten bien. nadie se irrita por no ser el preferido, pero en materia de amor, un favor carente de exclusiva constituye un agravio. Un hombre sensible preferiría ser maltratado cien veces solo que halagado con todos los demás, y lo peor que le puede suceder es que lo distingan. La mujer que quiera entretener a muchos amantes es preciso que convenza a cada uno de que él es el preferido, y que sea delante de todos los demás, a quienes en presencia de él les hace creer lo mismo.

¿Queréis ver a un hombre confuso? Colocadle entre dos mujeres con las que tenga relaciones no manifiestas, y veréis luego qué figura tan torpe la suya. Colocad en el mismo caso a una mujer entre dos hombres, y podréis daros cuenta de cómo sucede todo lo contrario; quedaréis maravillado de su ingenio para engañar a los dos y para que uno se ría del otro. Pero si esa mujer demostrase la misma confianza y usara con ellos la misma familiaridad, ¿cómo se habían de engañar un instante? Si los tratara del mismo modo, ¿no demostraría que tienen los mismos derechos sobre ella? Lejos de tratarlos del mismo modo, afecta portarse con ellos con mucha desigualdad, y lo lleva tan bien, que el halagado se cree que es por ternura, y el maltratado cree que es por despecho. De este modo, contento cada uno con su suerte, siempre la supone ocupada en él, cuando en realidad sólo se ocupa de sí misma.

La coquetería sugiere medios parecidos en el deseo general de agradar; los caprichos no producirían otra cosa más que disgustar si no fuesen empleados con discreción, pero dispensándolos con arte, los convierte en cadenas mucho más fuertes.

 

 

Usa ogn'arte la donna, on de sia coito

Nella sua rete alcun novello amante;

Né con tuti, né sempre un stesso volto

Serba; ma cangia a tempo atto e semblante.[10]

¿En qué consiste ese arte si no en sagaces y continuas observaciones que a cada instante le dicen lo que sucede en el corazón de los hombres y le facilitan el que a cada secreto movimiento que distingue emplee la fuerza necesaria para suspenderle o acelerarle? ¿Pero se aprende ese arte? No; nace con las mujeres y todas lo poseen, pero los hombres nunca lo consiguen en el mismo grado. Este es uno de los caracteres distintivos del sexo. La presencia de espíritu, la penetración, las sutiles observaciones constituyen la ciencia de las mujeres, y en la habilidad para servirse de ella radica su talento.

Esto es lo que hay, y ya hemos visto por qué tiene que ser así. Las mujeres son falsas, nos dicen. Se hacen falsas. Su propio don es la habilidad y no la falsedad, y las verdaderas inclinaciones de su sexo, ni cuando mienten son falsas. ¿Por qué esperáis lo que va a decir si no es ella la que debe hablar? Observad sus ojos, su color, su respiración, su tímido ademán, su débil resistencia... Ese es el idioma que les ha dado la naturaleza para que os respondan. La boca siempre dice «no», y lo debe decir, pero a ese «no» le da un acento que no es siempre el mismo, y ese acento no sabe mentir. ¿No tiene las mismas necesidades la mujer que el hombre, sin tener el mismo derecho de expresarlas? Su suerte seria muy cruel si hasta para sus legítimos deseos no poseyera un lenguaje equivalente al que no se atreve a emplear. ¿Su pudor ha de hacerla desdichada? ¿No necesita un arte para comunicar, sin descubrirlas, sus inclinaciones? ¡Qué habilidad se necesita para inducir a que le roben lo que desea conceder! ¡ Cuánto le importa aprender a agitar el corazón del hombre y que parezca que no le hace caso! ¡Qué discurso más seductor el de la manzana de Galatea y su hábil fuga! ¿Qué ha de añadir a eso? ¿Ha de ir a decirle al pastor que la sigue por entre los sauces que sólo huye con la intención de atraerle? Mentiría, por decirlo así, porque entonces no le atraería. Cuanto más recatada es una mujer, más arte debe usar, hasta con su marido. Yo sostengo que no rebasando los límites de la coquetería, es más modesta y sincera, sin transgredir por ello de la honestidad.

La virtud es una, decía muy bien uno de mis adversarios; no se puede descomponer para admitir una parte y desechar otra. Quien la ama, lo hace con toda su integridad; cuando puede, cierra su boca a los efectos que no debe sentir. Lo que es, no es la verdad moral, sino lo que es bueno; lo que es malo no debiera ser, y nunca se debe confesar, especialmente cuando le da esta confesión una eficacia que sin ella no hubiera tenido. Si yo tuviese intención de robar, y tentara a otro para que fuese mi cómplice diciéndoselo, ¿no sería sucumbir a la tentación el declarárselo? ¿Por qué decís que el pudor hace falsas a las mujeres? ¿Acaso son más ingenuas las que lo han perdido que las otras? Y no es así, pues son mil veces más falsas. No hay ninguna que llegue a esta depravación como no sea a fuerza de vicios, y los conserva todos, protegidos por un cúmulo de intrigas y de embustes[11]. Por el contrario, las que aún no han perdido la vergüenza, las que no se enorgullecen de sus culpas, las que saben ocultar sus deseos a los mismos que los inspiran, las que más trabajo cuesta arrancarles su consentimiento, son las más verídicas, las más sinceras, las más constantes en cumplir sus promesas y con cuya fe se puede generalmente contar.

El único caso de que yo tengo noticia, que pueda citarse como excepción a estas observaciones, es el de Ninón de Lenclós, y por eso fue mirada como un portento. Despreciando las virtudes de su sexo, dicen que había conservado las del nuestro; alaban su sinceridad, su rectitud, lo seguro de su trato, su fidelidad en la amistad; por último, para completar la pintura de su gloria, dicen que se hizo hombre. Enhorabuena, pero a pesar de su fama, yo no hubiera querido a ese hombre ni para amigo ni para amante.

Esto no es tan inoportuno como parece. Observo hacia dónde se encaminan las máximas de la moderna filosofía, que escarnecen el pudor del sexo y su pretendida falsedad, y veo que el más seguro fruto de esta filosofía será quitar a las mujeres de nuestro siglo la poca honra que les ha quedado.

Por estas consideraciones creo que puede determinarse en general cuál es la especie de cultura que conviene a la inteligencia de las mueres y hacia qué objeto se deben dirigir sus reflexiones desde su juventud.

Ya lo he dicho: los deberes de su sexo son más fáciles de ver que de cumplir. Lo primero que deben aprender es a quererlos, al ver las utilidades que traen consigo; es el único medio de facilitárselos. Cada estado y cada edad tiene sus obligaciones, y pronto cada uno conoce las suyas con tal que las ame. Honrad vuestro estado de mujer, y sea cual fuere la jerarquía que os hubiere concedido el cielo, siempre seréis una mujer de bien. Lo esencial es ser lo que nos hizo la naturaleza, pues siempre somos más que lo que quieren los hombres que seamos.

La investigación de las verdades abstractas y especulativas, de los principios y axiomas en las ciencias, todo lo que tiende a generalizar las ideas, no es propio de las mujeres; sus estudios se deben referir a la práctica, y les toca a ellas aplicar los principios hallados por el hombre y hacer las observaciones que le conducen a sentar principios. Todas las reflexiones de las mujeres, en cuanto no tienen relación inmediata con, sus obligaciones, deben encaminarse al estudio de los hombres y a los conocimientos agradables, cuyo objeto es el gusto, porque las obras de ingenio exceden a su capacidad, toda vez que no poseen la atención ni el criterio suficientes para dominar las ciencias exactas, y en cuanto a los conocimiento físicos, el que es más activo ve más objetos, tiene otra fuerza y debe juzgar de las relaciones de los seres sensibles y las leyes de la naturaleza. La mujer, que es débil y nada ve fuera de sí misma, valora y juzga los móviles que para suplir su debilidad puede poner en acción, y las pasiones del hombre son estos móviles. Su mecánica es más fuerte que la nuestra, pues todas sus palancas tienden a remover el corazón humano. Es preciso que posea el arte de hacer que nosotros queramos todo lo que es necesario o agradable a su sexo y que no puede hacer por sí mismo; por lo tanto, es necesario que estudie a fondo el espíritu del hombre, no en general y en abstracto, sino el de los hombres que tiene cerca y a quienes está sujeta, sea por ley, sea por la opinión; es preciso que por sus razones, por sus acciones, por sus miradas y por sus ademanes, aprenda a penetrar sus ideas, y que por las razones, las acciones, las miradas y los ademanes de ella, sepa inspirarles el sentir que le acomode, sin que parezca que se fijen. Mejor que ella filosofarán ellos acerca del corazón humano, pero ella leerá mejor en el corazón de los hombres. A las mujeres compete hallar, por decirlo así, la moral experimental, y a nosotros reducirla a sistema. La mujer tiene más agudeza y el hombre más ingenio; la mujer observa y el hombre discurre, y de este concierto resultan la más clara luz y la ciencia más completa que pueda adquirir el entendimiento humano en las cosas morales. En una palabra, el conocimiento más seguro de sí y de los demás que puede alcanzar nuestra especie. Y de esta forma el arte puede tender a perfeccionar el instrumento que nos dio la naturaleza.

El mundo es el libro de las mujeres, y cuando ellas lo lean mal, suya es la culpa, porque acaso alguna pasión las ciega. No obstante, la verdadera madre de familia, lejos de ser una mujer de mundo, se recluye en su casa poco menos que la religiosa en su clausura. Sería, pues, conveniente hacer con las doncellas que se van a casar lo que hacen o deben hacer con las que se meten a monjas: enseñarles las diversiones que dejan, antes de que renuncien a ellas, no sea que la feliz imagen de estas diversiones que no conocen extravíe un día su corazón y turbe la felicidad de su retiro. En Francia las muchachas viven en los conventos y las casadas frecuentan el mundo; entre los antiguos sucedía todo lo contrario: las doncellas asistían, como ya he dicho, a muchos Juegos y fiestas públicas, y las casadas vivían retiradas. Este estilo era más racional y conservaba mejor las buenas costumbres. A las doncellas, antes de casarse, les es lícita una especie de coquetería, y su motivo principal es la diversión. Las casadas tienen otras ocupaciones en sus casas, y ya no necesitan buscar marido, pero no les traería cuenta esta reforma, y por desgracia son ellas las que mandan. Madres, que vuestras hijas sean cuando menos compañeras vuestras. Dadles una razón sana y un alma honesta, y no les ocultéis nada de lo que pueden mirar los ojos castos. Bailes, banquetes, juegos, hasta el teatro, y todo lo que, cuando se ve mal, reduce a una juventud imprudente, se puede presentar sin riesgo a ojos sanos. Cuanto más vean estos bulliciosos placeres, más pronto les repugnarán.

Ya oigo los clamores que se levantan contra mí. ¿Qué doncella resiste a tan peligroso ejemplo? Apenas ven el mundo y ya pierden la cabeza, sin que haya una que lo quiera dejar. Puede ser, pero antes de presentarles esta engañosa imagen, ¿las habéis preparado para que la vean sin emoción? ¿Les habéis explicado bien los objetos que representan? ¿Se los habéis pintado tal como son? ¿Las habéis acorazado bien contra las ilusiones de la vanidad? ¿Habéis excitado en su juvenil corazón la afición a los verdaderos placeres que no se encuentran en ese tumulto? ¿Qué precauciones, qué medidas habéis tomado para preservarlas del falso gusto que las extravía? Lejos de oponer en su espíritu algo contra el imperio de las preocupaciones públicas, las habéis mantenido en ellas; de antemano habéis hecho que se prenden de todos los pasatiempos frívolos que encuentran y hacéis que las cautiven cuando se entregan a ellos. Las jóvenes que entran en el mundo no tienen otro guía que su madre, muchas veces más locas que ellas, y que no les puede enseñar los objetos de otro modo que como los ve. Su ejemplo, más fuerte que la misma razón, las justifica a sus propios ojos, y la autoridad de la madre es para la hija una disculpa sin réplica. Cuando quiero que una madre introduzca a su hija en el mundo, es porque supongo que se lo debe enseñar tal como es.

Pero el mal empieza mucho antes. Los conventos son verdaderas escuelas de hipocresía, no la hipocresía honesta de que he hablado, sino la que produce todas las locuras de las mujeres y forma las más extravagantes melindrosas. Cuando salen del convento, para de repente mezclarse con la algarabía de la sociedad, las recién casadas se sienten inmediatamente en su sitio. Educadas para esa vida, ¿qué tiene de extraño que se encuentren a gusto? No afirmaré lo que voy a. decir sin el temor de dar por observación un prejuicio, pero me parece que en los países protestantes generalmente hay más cariño en las familias, esposas más dignas y madres más tiernas que en los católicos, y si así es, no se puede dudar de que esta diferencia se debe en parte a la educación de los conventos.

Para que se prefiera la vida pacífica y doméstica es indispensable conocerla, y es preciso haber probado su dulzura desde la niñez. Sólo en la casa paterna se adquiere el cariño a la propia casa, y toda mujer que no ha sido educada por su madre, no tendrá voluntad para educar a sus hijos. Desgraciadamente ya no hay educación privada en las grandes ciudades. En ellas la sociedad es tan general y tan mezclada, que no queda asilo para el retiro, y están las gentes en público incluso en sus casas. A fuerza de vivir con todo el mundo, ya nadie tiene familia, los parientes apenas se conocen, se ven como extraños y se extingue la sencillez de las costumbres domésticas al mismo tiempo que la dulce familiaridad que era su encanto. De este modo nace ya en el amanecer de la vida la afición a los deleites del siglo y a las máximas que reinan en él.

A las solteras les imponen una aparente sujeción para hallar insensatos que por su aspecto se casen con ellas, pero observad un instante a estas jóvenes, las cuales, con unas actitudes afectadas, encubren malamente el ansia que las consume, y en sus ojos ya se lee el ardiente deseo de imitar a sus madres. No sienten ansias por un marido, sino por los excesos del matrimonio. ¿Qué necesidad tienen de esposo con tantos medios para prescindir de él? Pero lo necesitan para que sea la tapadera de sus medios[12]. Está retratada en su semblante la modestia, y la disolución alienta en su corazón, indicando esa misma modestia fingida que sólo pretenden quedar libres cuanto antes de toda sujeción. Mujeres de París y de Londres, os ruego que me disculpéis; no hay regla sin excepción, pero yo no sé de ninguna, y si una de vosotras tiene el alma honesta, yo no entiendo ninguna palabra de vuestras instituciones.

Todas esas distintas educaciones inspiran igualmente en las doncellas la afición a les deleites del mundo y a las pasiones que pronto nacen de esta afición. En las ciudades populosas la depravación empieza con la vida, y en las de poco vecindario comienza con la razón. Las jóvenes provincianas, instruidas en menospreciar la dichosa sencillez de sus costumbres, se dan prisa por ir a la capital y participar de la corrupción de las nuestras; los vicios adornados con el pomposo nombre de talentos, son el único objeto del viaje, y avergonzadas por llegar de tan lejos, al verse muy distantes todavía del noble desenfreno de las mujeres del país, no tardan en hacer méritos para ser también ellas vecinas de la capital. ¿Me preguntareis dónde comienza el daño, adónde le proyectan, o dónde lo llevan a cabo?

No quiero que una madre juiciosa lleve a su hija desde la provincia a París para enseñarle estas imágenes, tan perniciosas para otras; digo, sí, que cuando lo hiciese de este modo, o su hija está mal educada o serán poco peligrosas para ella. Con gusto sano, prudencia y afición a las cosas honestas, no parecen tan atractivas como lo son para las que se dejan seducir por ellas. En París se ven jóvenes insensatas que toman rápidamente el estilo del país y son de moda durante seis meses, para ser objeto de burla para siempre, ¿pero quién se fija en tantas cosas intrascendentes con el bullicio de la corte?, y se vuelven a su provincia satisfechas con su suerte comparada con la que otras envidian. ¡Cuántas jóvenes casadas he visto yo llevadas a la capital por esposos condescendientes, deseosos de que las vean, halagadas ellas, para después regresar con más deseo que el que las trajo, y diciendo con emoción la víspera de su marcha; «Volvamos a nuestro tabuco, donde se vive más feliz que en los palacios de aquí»! No sabemos cuánta buena gente hay que todavía no ha doblado la rodilla ante el ídolo y que desprecia su insensato culto. Sólo las locas meten ruido, y nadie repara en las sensatas.

Y si, a pesar de la general corrupción, las preocupaciones universales y la mala educación de las niñas, todavía conservan muchas un juicio a toda prueba, ¿qué será cuando hayan fortalecido su juicio con adecuadas instrucciones, o cuando no le hayan extraviado con instituciones viciosas?, pues siempre se cifra todo en conservar o restablecer los afectos naturales. Para esto no se trata de aburrir a las jóvenes solteras con vuestras largas pláticas, ni de dictarles vuestras secas inmoralidades.