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Primera Parte

El Capitán Del Djumna
Emilio Salgari

PRIMERA PARTE

CAPÍTULO 1
LAS OCAS EMIGRANTES

Un sol ardiente, abrasador, se reflejaba sobre las amarillentas y tibias aguas de la profunda bahía de Puerto Canning, las cuales exhalaban esas fétidas miasmas que desencadenan constantemente fiebres tremendas, mortales para los europeos que no se han aclimatado, y peor aún, el cólera, tan fatal a las guarniciones inglesas de Bengala.

Ni una brisa marina mitigaba aquel calor que debía sobrepasar los cuarenta grados. Las grandes hojas de los cocoteros, de majestuoso aspecto, cuyo follaje estaba expuesto en forma de cúpula, y las de los pipa¡, los nium, y aquellas largas y delgadas del bambú, pendían tristemente, como si el sol las hubiera privado de toda existencia.

El silencio que reinaba en aquellas aguas e islas fangosas, que se extendían hacia el Golfo de Bengala, era tan profundo que producía una intensa tristeza. Parecía que en esa zona, de las más vastas y ricas posesiones inglesas en la India, todo estuviese muerto.

Sin embargo, pese a la lluvia de fuego, y a los miasmas que se alzaban de los bajíos sobre los cuales se pudrían enormes masas de vegetales, una pequeña chalupa cubierta por un toldo blanco, navegaba lentamente.

Dos hombres la tripulaban. Uno de ellos sentado en la proa llevaba en la mano un fusil de doble caño, y otro en la popa maniobraba lentamente con un par de cortos y anchos remos.

El primero era un jovencito alto, delgado, de piel blanca, ojos azules, bigotes rubios, frente amplia, y labios rojos. Llevaba un traje blanco, en cuyas mangas ostentaba el grado de teniente y cubría su cabeza un ancho sombrero de paja.

El otro en cambio, era un hombre de cincuenta años de edad, bajo y robusto, con larga barba gris, frente arrugada, piel curtida por la intemperie, facciones duras Y angulosas. Sus ojos, de color oscuro, no se apartaban del joven, como si quisiera adivinar sus pensamientos, mientras maniobraba con toda facilidad los pesados remos.

Vestía como su compañero, pero no llevaba insignia alguna. En vez de sombrero lucía gorra de marino.

Aquellos dos hombres, que parecían tan insensibles al calor como las salamandras, continuaban avanzando en medio de 1as islas, islotes y bancos, pero siempre con prudencia.

-¿Ves? -exclamó de pronto el joven, dirigiéndose hacia el remero-. ¿Ves, Harry?

-Sí, señor Oliverio, pero se mantienen fuera de tiro. Creo que los días pasados los asustasteis demasiado.

Una sonrisa asomó en los labios del joven teniente.

-Es el calor que los tiene alejados de las islas...

-Y también vuestro fusil. Hace una semana que no cesa de disparar contra todas las aves de la bahía.

-Es la única distracción que ofrece Puerto Canning, pero si vienen algunos camaradas, dejaremos en paz a las aves y cazaremos tigres. Se dice que en Raimatla abundan mucho.

-Es cierto, señor Oliverio, pero es mejor que vuestros amigos permanezcan en el fuerte William; los tigres son peligrosos...

-No temas, viejo amigo. Los tigres son menos peligrosos de lo que cree la gente, y ardo en deseos de enfrentarme con uno. Cuando hace tres meses partimos del País de Gales, creía que por lo menos mataría uno por semana...

-Os digo, señor Oliverio, que esos animales son temibles. Cuando navegaba con vuestro padre, cazamos más de uno en Ceilán, y os aseguro que son peligrosísimos.

-¡Pobre padre mío!...

-Callad, señor Oliverio, o veréis a vuestro viejo contramaestre llorar como una mujer. ¡Mirad! Los ánades están levantando vuelo. .. apostaría una rupia contra un penique que ya conocen nuestra barca.

Una tormenta de aves de plumas azuladas y brillantes que se mantenían escondidas entre las anchas hojas flotantes de los jhil, planta acuática semejante al loto, cuyo follaje forma una especie de plataforma, se habían lanzado a volar ruidosamente, alejándose en busca de un grupo de islotes desiertos.

-¿Será posible que esta noche deba regresar a Puerto Canning, sin haber cazado nada? -exclamó el joven.

-No desesperéis, señor Oliverio -dijo Harry, que aguzaba sus miradas dirigiéndolas hacia un islote cuyas márgenes estaban cubiertas de plantas acuáticas-. Allá podréis tomar una espléndida revancha.

-¿Dónde? -Allí...

El joven teniente volvió la mirada en la dirección indicada por Harry y descubrió sobre las ramas flotantes una fila de seres blancos, altos y completamente inmóviles.

-¿Pescadores?

-Sí, pero alados... -dijo el viejo Harry riendo.

-¿Con alas? ¡Pero, si son hombres! -Os digo que no, señor Oliverio. -Son altos como hombres.

-Son arghilah, o si preferís llamarlos así "pájaros ayudantes".

-Tienes razón... He visto centenares de estos pájaros pasear gravemente por las calles de Calcuta en busca de carroña, pero a esta distancia parecen más seres humanos que pájaros.

-Es fácil engañarse.

-¿Pero, qué quieres que haga con estos monstruosos devoradores de desperdicios?

-No os aconsejo que los matéis, pues los hindúes serían capaces de vengarse.

-¿Lo dices en serio?

-Sí, señor Oliverio, porque creen que en el cuerpo de estos pájaros se refugian las almas de los Sacerdotes de Brahama. Pero si nos acercamos veréis que detrás de estos arghilah se elevan numerosas y gordas ocas.

-Entonces avancemos prudentemente. Me encantan las ocas.

Harry retomó los remos, haciendo acercar lentamente el bote hacia aquel islote, y tratando de no hacer ruido. A doscientos metros, los arghilah eran perfectamente visibles. Con las cabezas hundidas en el monstruoso pescuezo, apoyados en una sola pata, se mantenían gravemente alineados.

Esas aves, a las que los hindúes llaman "filósofos", son de estatura realmente gigantesca, sobrepasando los dos metros de estatura y midiendo de un ala a otra más de cuatro metros.

Son semejantes a enormes cigüeñas, pero mucho más feas, realmente repugnantes con su inmunda cabeza desplumada, ojillos pequeños y rojizos, enorme pico en forma de embudo y buche violáceo que sirve de antecámara a un estómago que puede aventajar al del tiburón.

Sus patas son larguísimas, amarillentas, con poderosas garras.

En Bengala son muy numerosos, especialmente en las ciudades cuyas calles se ocupan de limpiar. Todo desaparece dentro de aquel monumental pico que se abre como un abismo sin fondo; desperdicios, cadáveres de animales, huesos, habiéndose encontrado en sus estómagos hasta caparazones de tortuga.

Al acercarse el bote, aquellos enormes pájaros permanecieron inmóviles, ocupados en una dificultosa digestión. Por fin abrieron sus desmesuradas alas y se echaron a volar, provocando 'una verdadera corriente de aire.

Al mismo tiempo tras de las plantas acuáticas se lanzó al aire una bandada de aves semejantes a las ocas europeas, de cuello más largo y alas ornadas de negro.

El teniente alzó de inmediato su escopeta, y disparó dos tiros, mientras Harry, decía con aire satisfecho:

-Veis que no me había engañado... Las ocas contaban con la vigilancia de los arghilah.

Dos aves, alcanzadas en el aire por el plomo del cazador cayeron. Una fue recogida en el agua pero la otra fue a parar más allá del banco de arena, sobre un islote cubierto de vegetación.

-¡No quiero perderla! -gritó el teniente-. Me parece la mayor de las dos...

-Iremos a buscarla -contestó Harry.

Retomando los remos hizo girar la embarcación en torno al banco de arena, encallándola en el islote.

El teniente volvió a cargar la escopeta en previsión de un encuentro con cualquier animal salvaje, y saltó ágilmente a tierra. Algunos minutos después descubrió a la oca. La acababa de alzar y regresaba a la pequeña embarcación, cuando con sorpresa vio asomar debajo de un ala un paquetito asegurado con un cordel de seda.

-¿Qué es esto? -se preguntó asombrado.

Con viva curiosidad examinó aquel paquete. Era un envoltorio de tela engomada, del tipo tan utilizado por los hindúes, que pesaba muy pocos gramos.

En su interior era evidente que contenía un trozo de papel, o tal vez un cartón.

-¡Harry! -llamó.

El viejo marinero subió a la costa, preguntando: -¿Qué queréis, señor Oliverio?

-Tú has viajado mucho tiempo por estas regiones con mi padre. ¿No sabes si los hindúes acostumbran a utilizar ocas en lugar de palomas mensajeras?

-No lo creo, señor.

-¿Tampoco los birmanos? -Estoy seguro que no.

-¿Las ocas emigran? -Anualmente.

-Entonces estos pájaros pueden venir de muy lejos.

-Hasta de las islas del Sur del Pacífico.

-Mira lo que llevaba éste.

-¿Un paquetito?

-Con documentos...

-Abridlo, señor Oliverio... Uno nunca sabe...

-¿Qué es esto? -se preguntó el teniente al ver que en el interior de la tela había un trozo de papel plegado en cuatro, amarillento y un poco húmedo-. ¿Cómo es posible que estos documentos se encuentren bajo el ala de una oca?

-¡Está escrito en inglés! -dijo el viejo Harry-. ¿Quién será nuestro compatriota?

-Veamos.

El teniente paseó sus ojos por los papeles, que eran cinco, leyendo la firma:

"Alí Middel, comandante del Djumna. Departamento Marítimo de Bengala". -Indudablemente es un anglo-hindú -dijo el teniente.

-Leed, señor Oliverio, quién sabe qué terrible historia nos contarán estas hojas.

-Volvamos a la canoa, Harry. Este sol quema y puede producirnos una insolación.

Abandonando el islote regresaron a la embarcación, sentándose bajo el toldo.

El teniente encendió un cigarrillo, y comenzó la lectura de aquellos extraños documentos, mientras Harry sentándose frente a él prestaba atención.

CAPÍTULO 2

UN DRAMA MISTERIOSO

La primera hoja encabezada con letras clarísimas, estaba escrita en inglés y bengalí:

"Dirigirse al Virrey de Bengala, o al Presidente de la "Joven India" de Calcuta".

-¿El Presidente de la "Joven India?" -exclamó el joven teniente-. ¿Qué es esta "Joven India"?

-Es una poderosa sociedad formada por los burgueses más ricos de Bengala que tratan de civilizar a los naturales del país.

El teniente prosiguió su lectura:

"No sé si estos documentos llegarán a la India, o si cuando sean leídos yo aún estaré con vida, pero al menos servirán para hacer castigar a los infames que originaron la pérdida de mi grab, el "Djumna" y de mi tripulación".

-¿Es un barco, verdad? -inquirió Oliverio, interrumpiéndose.

-Sí, una pequeña nave de tres palos y popa muy alta -contestó Harry-. Pero no os interrumpáis... seguid leyendo...

-"Abandoné Diamond-Harbour, el 7 de agosto de 1816 con un cargamento de cochinilla para Singapur, por cuenta del Presidente de la "Joven India", llevando también un arcón con rupias de oro, por valor de diez mil libras esterlinas consignadas al señor James Fulton. Conducía conmigo en calidad de tripulantes a doce hombres: tres misorionos, siete malabareses y dos bengalíes. Los diez primeros habían navegado ya conmigo en otras oportunidades, pero los dos últimos acababan de embarcarse recientemente y yo ignoraba que formaban parte de aquella infame y rapaz secta de los faquires sannyassis.

-¿Quienes son esos sannyassis? -se interrumpió el teniente mirando a Harry.

-Una secta de bribones -contestó el marinero-. Ya sabéis que en la India hay muchas clases de faquires, hombres que se hacen pasar por santos y a quienes el pueblo supersticioso venera. Los sannyassis son bribones que aprovechan la ignorancia del populacho. Se apropian de lo que más les agrada sin que nadie se atreva a reclamar; además, forman grandes bandas que saquean pueblos enteros... Pero continuad, señor Oliverio.

-"Bien pronto debía arrepentirme de haber embarcado a aquellos dos traidores. No sé cómo la tripulación se llegó a enterar que llevaba a bordo aquellas diez mil libras, pues por precaución había hecho creer que se trataba de un cargamento de metal. Desde el día en que zarpamos, aquellos dos miserables planearon apoderarse del precioso cargamento, deshaciéndose de mí y de mis más fieles marineros. Había ya sorprendido varias veces a los dos sannyassis en coloquio con algunos de mis marineros, sin sospechar nada malo. Sin embargo, al séptimo día de navegación un grave acontecimiento despertó mis sospechas. Los tres misorianos, que eran de una fidelidad a toda prueba, aparecieron muertos en sus hamacas, con los rostros terriblemente alterados, el vientre hinchado, y manchas amarillentas en todo el cuerpo. En este momento tengo la absoluta seguridad de que aquellos desdichados fueron envenenados por Hungse y Garrovi, los dos faquires."

Aquí concluía la parte legible de la primera hoja. La mitad inferior parecía haber sido mojada por el agua del mar, pese a la tela impermeable, y las letras eran prácticamente ilegibles. Oliverio dobló con cuidado el papel, comenzado a leer la segunda página, que decía:

"...así velo constantemente, y en las horas de reposo guardo mis pistolas bajo la almohada. Ya no puedo dudar. Hungse y Garrovi tratan de amotinar a la tripulación y temo que por miedo de correr la misma suerte de los misorianos, e incluso por codicia, se vuelvan contra mí. El Djumna avanza siempre por el Océano Indico, y las tierras están cada vez más lejanas. En este momento pienso en mi joven hermano que queda en Serampore. ¿Lo volveré a ver? Comienzo a dudarlo, pero pongo mi fe en Dios".

Aquí, el agua de mar había borrado el resto de la página. Las otras tres hojas parecían arrancadas al libro de bitácora, pues tenían los márgenes irregulares. Eran legibles en la parte superior, pero sus últimas líneas estaban totalmente borradas. Oliverio siguió leyendo:

-"16 de agosto. El grab no debe estar lejos de las islas Andamanas; el viento noroeste nos empuja con una velocidad de cinco nudos por hora. Continúo velando, pero estoy agotado por la falta de reposo. Hoy, después de mediodía, dormí una hora tras haber trancado la puerta; los pasos de un hombre que bajaba prudentemente por la escalera me despertaron: No hay duda que me espían y tratan de sorprenderme dormido para asesinarme...

"17 de agosto. Siempre buen viento. Mis tripulantes ya no me obedecen y si no me vieran con la pistola en la cintura se habrían rebelado abiertamente.

"18 de agosto. Calma absoluta: el barco está inmóvil bajo una lluvia de fuego, al sud de la Andamana Menor. No me atrevo a comer con mi tripulación por miedo de ser envenenado. Traté de hacer encadenar a los dos sannyassis, pero los malabareses se opusieron violentamente diciendo que se trataba de hombres santos, y se armaron para defenderlos. Esta noche arrojaré al mar el cofre con el dinero.

"19 de agosto. Acaba de despertarme un estruendo infernal. Creyendo que el grab había encallado en algún banco de arena traté de salir de mi camarote, encontrando la puerta de la cabina clavada. Mis gritos y amenazas no obtienen respuesta. Una horrible angustia me oprime el corazón. Alcanzo a oír gritos que se pierden a lo lejos y me veo..."

Aquí faltaban algunas líneas y más adelante se alcanzaba a leer:

..sí, comprendo todo. Los miserables aprovecharon mi sueño para introducirse en el camarote y robar el cofre. No comprendo porqué no me mataron; quizás los malabareses no se atrevieron o..."

La cuarta página comenzaba también con una frase trunca:

"... en las manos de Dios. Sobre cubierta aúlla mi perro, como si adivinara que una terrible desgracia está por caer sobre mí. Me parece que el Djumna está inmóvil, pero no puedo asegurarme. Hace treinta y seis horas que ningún ruido se escucha a bordo. Estoy seguro que me abandonaron huyendo en la chalupa. Los aullidos de mi perro resuenan cada vez más lúgubremente. Estoy dominado por la desesperación. Me parece estar sepultado con vida en una tumba.

"He tratado de forzar la puerta del camarote pero en vano. Tengo víveres para pocos días. Si no consigo salir moriré indefectiblemente. ¡Malditos sean los traidores! ... A las diez de la mañana comenzó todo. Los miserables abrieron una pequeña brecha en la cala del navío, para hundirlo conmigo adentro. Cuando comprenda que no me quedan esperanzas, me pegaré un tiro. Mi perro continúa aullando."

En la quinta hoja se leía tan sólo:

"20. El agua me llega hasta las rodillas pero hace tres horas que no sube. ¿Qué ha ocurrido? Me parece que el Djumna está perfectamente inmóvil. ¿Habrá encallado? Tal vez en estas cuarenta y ocho horas de prisión he llegado a la Andamana Menor. Mi perro ya no aúlla. ¿Habrá muerto de hambre o?..."

Aquí concluía la misiva. Sin embargo no se advertían letras borradas en la última página. Lo más probable era que algún grave acontecimiento hubiera impedido al escritor concluir su frase.

-¿Nada más? -preguntó el viejo Harry tras algunos instantes de silencio.

-Nada más -contestó Oliverio.

-¿Qué terrible historia es ésta?

El teniente no contestó, con los ojos fijos en el agua parecía sumergido en profundos pensamientos.

-¿Pero este hombre, este desdichado marino, habrá muerto ahogado en su cabina? -preguntó Harry.

-No hubiera podido enviar estos documentos -contestó el teniente-. Todo hace suponer que consiguió derribar la puerta de su camarote.

-Es cierto, señor Oliverio, pero este drama horrendo ocurrió el 18 de agosto y estamos a fines de septiembre...

-Este hombre puede haber desembarcado. Aquí dice que la nave parecía estar inmóvil.

-¿Pero, dónde?

-En la Andamana Menor.

-¿Y creéis que aún sigue con vida? -Podemos suponerlo.

-Los habitantes de esas islas gozan de muy triste fama... ¿Ceéis que le han perdonado?

-¿Qué me aconsejas hacer, Harry? ¿Crees que el gobierno de Bengala puede intentar alguna empresa para rescatar a este desdichado?

El viejo inclinó la cabeza, haciendo un gesto negativo.

-Si se tratase de un barco de guerra o de un capitán de la armada, las autoridades no dudarían en enviar un crucero a las islas para buscarlo, poniendo en movimiento a la policía con el fin de atrapar a los culpables, pero por un capitán de la marina mercante nadie moverá un dedo. Harán promesas, iniciarán una investigación policial, pero nada más, os lo aseguro.

-¿Y dejarían sin castigar un delito tan infame?

-El Virrey tiene muchísimos problemas en qué ocuparse...

-Está bien, Harry, me ocuparé yo de que este desdichado no quede abandonado a su triste suerte...

-¿Queréis organizar una expedición a las Andamanas por cuenta propia?

-Sabes que mi padre me dejó una importante herencia.

-Os admiro, señor Oliverio. Permitidme que os dé un buen consejo...

-Habla, Harry.

-Pedid una licencia prolongada, y vayamos a Calcuta a hablar con el Presidente de la "Joven India". Ese hombre podrá darnos preciosas informaciones, y además nos prestará una importante ayuda.

-De paso, buscaremos al hermano de Middel. Serampore está a dos pasos de la capital de Bengala, y nos será fácil encontrarlo.

-Bien dicho señor, pero sería necesario echar mano a los dos faquires o a algún otro miembro de la tripulación para saber donde ha sido abandonado el grab. Las Andamanas son muchas y si tuviéramos que visitar todo el archipiélago no nos alcanzarían seis meses. .. ¿Quién sabe? La "Joven India" es una poderosa sociedad, y puede averiguar muchas cosas.

-Regresemos al fuerte, Harry. Dentro de tres días podremos tener la licencia en el bolsillo.

El viejo marinero empuñó los remos y comenzó a dirigir la pequeña embarcación hacia el sud.

CAPÍTULO 3

EL PRESIDENTE DE LA "JOVEN INDIA"

Tres días después de los acontecimientos narrados, el joven teniente y el viejo marinero recorrían las llanuras del delta del Ganges, por la carretera que se dirige a Calcuta desde Puerto Canning, atravesando la pequeña estación de Sonapore.

El permiso solicitado al Comandante Militar de la zona había sido acordado de inmediato, y el generoso teniente lo aprovechaba para tratar de aclarar aquella dramática historia y organizar la expedición proyectada en socorro del desventurado capitán.

Los dos hombres viajaban en un dhumni, conducido por un joven hindú que recorría la polvorienta carretera. Estos vehículos, adoptados en toda la península indostánica, son muy veloces, pero pueden llevar un limitado número de viajeros. Tienen una capa cuadrada, con techo de hojas secas, y dos pesadas ruedas laterales; no son tirados por caballos, sino por esos bueyes blancos originarios de la India llamados zebú, de gran alzada, cuernos curvos y joroba. Por otra parte estos animales tienen un galope discretamente rápido, y el conductor se ocupa de apresurarlos con un largo bastón en cuya punta hay un clavo, y si esto no basta, les tira cruelmente de la cola.

El teniente y Harry, cómodamente recostados bajo el toldo vegetal, fumaban sin preocuparse por los barquinazos de la carreta. A derecha e izquierda se sucedía un manto vegetal; grandes árboles, cañas de bambú, altas hierbas... Bandadas de cuervos, halcones, cigüeñas, papagayos, tórtolas y docenas de aves de distintas especies, asustadas por el ruido del carretón, levantaban vuelo.

Los animales no faltaban. De tanto en tanto, algún gracioso nilgó, especie de antílope azul, del tamaño de un ciervo europeo pero mucho más elegante y ágil atravesaba la carretera desapareciendo entre el follaje. Otras veces era una manada de chacales, animal que es muy común en toda la India, y que pese a su ferocidad resulta peligroso únicamente cuando está hambriento.

Aquellas vastas llanuras que se extienden hasta las costas del Golfo de Bengala y que al sur se convierten en terrenos palúdicos, donde reinan las fiebres y el cólera, recorridos libremente por tigres y millares de serpientes venenosas, estaban casi desiertas. Solamente a gran distancia se veía alguna mísera cabaña ahogada por gigantescos bambúes, o pequeños grupos de casuchas rodeadas por arrozales, o campos sembrados de bairi, que es una especie de mijo.

A mediodía el carretón se detuvo a la sombra de un mangal, árbol que produce frutas semejantes al durazno, de pulpa muy sabrosa. Los pobres animales, que habían mantenido una marcha constante bajo el sol abrasador, tenían necesidad urgente de reposo.

Aquella pausa duró una hora. El vehículo retomó bien pronto su carrera desordenada atravesando una zona pantanosa, cubierta de trecho en trecho por macizos de pipal, de tronco abultado y follaje espeso.

El agua del gigantesco río que baña aquellas tierras mantenía una humedad constante. Por todas partes se veían estanques llenos de aves acuáticas, sobre los que se alzaba una neblina cuyas emanaciones eran mortíferas para los europeos no acostumbrados a aquel clima.

Se puede decir que casi la mitad de las tierras que forman Bengala, están constituidas por bancos de fango que el sol ardiente seca, pero que las aguas del Ganges humedecen constantemente. Si se tratase de una zona sin riego, Bengala sería totalmente inhabitable, pues bajo aquel sol ardiente todo se convertiría en un desierto.

Alrededor de las diez y seis el dhumni se hallaba a pocos kilómetros de Sonapore. Ya aparecían las primeras casas y la selva ya no era espesa.

Media hora más tarde los viajeros entraban en la población. Sonapore era en aquellos días una pequeña estación habitada por pocas docenas de molangos, indígenas siempre temblorosos a causa de la fiebre, flacos y hambrientos. y por una pequeña guarnición de cipayos, alojados en un mezquino bungalow.

Allí los zebú gozaron de otra hora de reposo, durante la cual el teniente y Harry aprovecharon para comer algo y obtener la dirección del Presidente de la "Joven India", volviendo a partir a las diez y ocho con igual velocidad.

Estaba anocheciendo cuando la carreta entró en la gran llanura donde se levanta la rica capital de Bengala, con su jungla de campanarios, cúpulas y pagodas, mostrando la imponente línea de sus palacios y la enorme masa del fuerte William.

-Al Strand -dijo el teniente al conductor.

Los zebú, castigados vivamente, se encaminaron hacia el río, recorriendo una interminable fila de bungalows que sirven de casas de campo a los ricos comerciantes ingleses e hindúes, llegando al Strand, el barrio aristocrático de Calcuta, que corre junto al río hasta el fuerte William.

Pocos minutos después el dhumni se detenía frente a un grandioso palacio hindú, rodeado de vastos jardines. En un escudo de gigantescas dimensiones, se leía escrito en letras de oro: "JOVEN INDIA"

El teniente saltó ágilmente a tierra, pagó el doble de lo prometido al conductor del dhumni y seguido por el viejo Harry subió la escalinata de mármol, en cuya parte superior montaba guardia un hindú apoyado sobre un bastón con mango de plata.

-¿El Presidente de la "Joven India" está en casa? -preguntó Oliverio.

-Sí, señor -contestó el hindú.

-Decidle que el teniente Oliverio Powell, comandante de la Cuarta Compañía de Cipayos de puerto Canning desea comunicarle importantes noticias concernientes al grab "Djumna".

El hindú lo introdujo en un gabinete de forma circular, cuyas paredes estaban pintadas de azul, adornado con grandes jarrones chinos, llenos de rosas blancas muy perfumadas que se cultivan en los valles de Delhi y Sirinagor.

Una gran lámpara de metal dorado, sosteniendo un globo enorme de porcelana azul, iluminaba el salón, arrojando sobre los divanes una pálida luz semejante a la del astro nocturno.

Acababan de sentarse cuando la puerta se abrió, dando paso a un viejo hindú delgado como un faquir, con larga barba blanca que destacaba vivamente la bronceada piel de su rostro, ,y sus ojos vivos e inteligentes.

Vestía como los indostánicos de casta elevada. Su dubgah, especie de amplia túnica con largos pliegues. era de seda blanca; su cinturón también de seda estaba recamado en oro y adornado con piedras preciosas; sus pantalones eran de raso, con adornos de plata, ceñidos al tobillo por un lazo de oro. El pequeño turbante que le cubría la cabeza llevaba uña esmeralda que no podía costar menos de cuatro mil rupias.

Acercándose al teniente hizo uña profunda reverencia y luego le estrechó la mano a la europea, diciéndole: -Estoy a vuestra disposición. -¿Sois el Presidente de la "Joven India"? -Sí, señor teniente.

-Bien, señor Presidente, leed estos documentos que la casualidad puso en mis manos.

El hindú tomó las hojas que el teniente le extendía y tras haber rogado a los visitantes que se acomodasen, acercándose a la lámpara leyó con profunda atención.

Oliverio y Harry que espiaban su rostro, lo vieron alterarse poco a poco, bajo el impulso de una cólera lenta y terrible, y cuando hubo terminado sus ojos se clavaron en la lámpara, mientras que su frente se cubrió de profundas arrugas.

-¡Quiere decir que se cometió un infame delito! -dijo mirando al teniente.

-Si el documento es auténtico, así debe haber ocurrido -contestó Oliverio.

-Tal debe ser la verdad, pues conozco desde hace muchos años a Alí Middel, y sé que es de una honestidad ilimitada. ¿Cómo habéis recibido estos documentos?

-Los encontré bajo las alas de uña oca emigrante, que maté en la banía de Puerto Canning.

-¡Eso significa que Middel está vivo todavía!

-Así lo supongo, pese a que ha transcurrido un mes desde que se cometió el odioso atentado. Si no hubiera conseguido abandonar la cabina, no habría podido enviar estas páginas.

-Es cierto. . .

-¿Creéis que convendría dirigirse a las autoridades anglo-hindúes? Semejante delito no tendría que permanecer sin castigo, y creo que cualquier cosa que tentáramos sería poco con tal de salvar a este desdichado.

El hindú hizo un gesto que parecía restar importancia a la sugerencia.

-¡Las autoridades anglo-hindúes! -dijo con ligera ironía-. ¿Qué les interesa si un marinero se pierde a causa de un delito cometido lejos de Bengala, en pleno océano? Corresponde a la "Joven India" vengar a Alí, descubriendo a los culpables.

-¿Vos?

-La Asociación, caballero, posee por fortuna poderosos medios. No es para recuperar las diez mil libras o el cargamento de cochinilla, sino para castigar un delito tan infame y vengar a un miembro de nuestra benemérita sociedad que emprenderemos la expedición. Señor teniente, ¿queréis unir vuestros esfuerzos a los nuestros?

-Yo, señor Presidente, estaba resuelto a organizar por mi cuenta una expedición en busca de aquel infortunado capitán.

-Sois un hombre de buen corazón, y os agradezco en nombre de la sociedad, señor teniente. Ahora procederemos sin perder más tiempo.

Tomando un pequeño mazo de metal, se acercó a un gran gong de bronce, suspendido sobre la puerta, y lo golpeó tres veces,

-¿Qué hacéis? -preguntó Oliverio.

-En seguida lo sabréis -contestó el hindú.

CAPÍTULO 4
SOBRE LAS HUELLAS DE GARROVI

Las vibraciones del disco metálico no habían aún cesado, cuando apareció en el umbral de la puerta un jovencito hindú de unos quince años de edad, fisonomía inteligente y piel bronceada.

Todas sus ropas no eran más que un romal, de color amarillento, prenda de vestir consistente en un trozo de tela que se envuelve a la cintura y baja hasta los tobillos. Con gran respeto se inclinó frente al Presidente de la "Joven India", esperando sus órdenes.

-¿Conoces al jefe de los sannyassis de Calcuta? -preguntóle el Presidente.

-Sí, amo.

-Te confiaré una importante misión, que espero cumplirás escrupulosamente, dadas tu inteligencia y astucia.

-Hablad, amo.

-Quiero saber qué ha ocurrido a dos hindúes que tiempo atrás formaban parte de aquella secta.

-¿Sus nombres? -Hungse y Garrovi. -No los olvidaré, amo.

-Te advierto que está a tu disposición el personal de la "Joven India", y que nuestras arcas están abiertas para lo que necesites. Vete, y regresa con buenas nuevas.

El jovencito se inclinó y salió rápidamente, cerrando la puerta.

-Perdonad, señor -dijo Oliverio, que parecía dominado por un profundo estupor-. ¿Creéis que este joven puede tener éxito?

Una sonrisa apareció en los labios del hindú.

-No temáis, teniente -dijo-, Punya vale más que vuestros mejores policías secretos, y con toda seguridad podrá averiguar el paradero de los dos sannyassis. -¿Cuántos días tardará?

-Todo depende de las circunstancias, pero espero tener buenas noticias antes de mañana por la tarde. Ahora pensemos en el hermano del pobre Middel. -¿Lo haréis buscar?

-Esta misma noche enviaré gente a Serampore. Ese muchacho tal vez nos pueda proveer de informaciones preciosas.

-Pero decidme, señor, ¿quién era Middel?

-Un anglo-hindú, hijo de padre blanco y madre nativa. Desde hacía seis años venía dedicándose a la navegación de gran cabotaje con un barco de su propiedad. -¿Y su hermano es joven?

-No creo que tenga más de trece o catorce años. -¿Entonces esperáis que el joven nos pueda decir algo de interés?

-No estoy seguro de eso, pero apenas sepamos el paradero de los dos sannyassis, podremos averiguar dónde está encallada la embarcación de Middel, y entonces la "Joven India" tomará medidas para salvar al desdichado capitán, o por lo menos para vengarlo.

El teniente y Harry se incorporaron.

-Hasta mañana -dijo Oliverio, extendiendo la mano al hindú.

-Os acompaño -contestó éste siguiéndolos hasta la puerta.

El teniente y el viejo marino, abandonaron la sede de la "Joven India", y se hospedaron en uno de los mejores hoteles del Strand, sintiéndose agotados por la desordenada carrera a través del delta del Ganges.

Al día siguiente, no sabiendo cómo emplear su tiempo, pues habían prometido al Presidente de la sociedad verlo a la puesta del sol, resolvieron visitar la "Ciudad Negra", que Oliverio aún no había tenido tiempo de conocer.

Black Town o sea la "Ciudad Negra", es la antigua capital del reino de Bengala y la parte más característica de Calcuta; sus habitantes son todos hindúes, y la ciudad "blanca", de construcción reciente carece de todo lo pintoresco que se encuentra en la vieja Calcuta.

Pese a sus muchos siglos de vida, la "Ciudad Negra" ha conservado sus barrios exactamente como eran al ser construidos. En ellos se ven casas, pagodas, cabañas, habitaciones que parecen a punto de derrumbarse junto a templos altísimos, con cúpulas sembradas de cabezas de elefantes y bajorrelieves que representan las nueve reencarnaciones de Visnú, el dios conservador de los indostanos.

Todo es ruinoso en la antigua capital de Bengala; callejuelas sórdidas, sucias, tortuosas, cortadas oscuras y malolientes; casuchas de puertas bajas en cuyo umbral están sentados como estatuas en cuclillas los habitantes, pequeños comercios con objetos extravagantes y heterogéneos.

El joven teniente y Harry pasaron la mayor parte de la jornada recorriendo los bazares, en medio de una multitud de nativos de toda la India, deteniéndose para admirar a los numerosos encantadores de serpientes que jugueteaban con los reptiles más peligrosos, regresando al atardecer a los barrios blancos.

El Presidente de la "Joven India" les aguardaba en el mismo salón azul en que los recibiera la tarde anterior. Apenas entraron los dos occidentales comprendieron que el viejo hindú tenía una buena noticia que darles.

-Los aguardaba con impaciencia -les dijo tras haber estrechado la mano de Oliverio-. Tengo importantes novedades que comunicaros.

-¿Acaso vuestro joven emisario ha tenido éxito? - preguntó el teniente.

-Más allá de toda esperanza posible.

-¿Sabe dónde se encuentran los dos sannyassis?

-De Hungse no ha podido tener ninguna noticia, pero conoce el paradero de Garrovi.

-Nos basta uno -dijo Oliverio alegremente-. ¿Lo habéis hecho arrestar?

-Aún no, pero esta noche lo sorprenderemos en su habitación. He hecho reunir una docena de hombres resueltos.

-¿Lo detendrán las autoridades?

-Prefiero dejar en paz a vuestra policía. Mis hombres buscarán el medio de no dejarlo escapar.

-¿Pero dónde se ha ocultado?

-Aquí.

-¿En Calcuta?

-Sí, señor teniente; ya no es más un pobre sannyassis. Se ha convertido en un opulento ciudadano, que vive en un elegante bungalow en la explanada del Fuerte William. Comprenderéis que con diez mil libras esterlinas se puede vivir cómodamente.

-¡El muy canalla! ¿Y sus compañeros?

-Los habrá asesinado para gozar él solo los cofres de oro.

-¿Lo creéis?

-Estoy seguro, pues de haber dividido las diez mil libras, no hubiera podido llevar una vida de potentado.

-Es cierto. ¿Pero decidme, cómo ha podido Punya averiguar dónde se encontraba el miserable?

-Como vos sabéis todas las castas tienen su cabeza; Punya se dirigió en nombre mío al jefe de los Sannyassis inquiriéndole noticias de Hungse o de Garrovi. Así se enteró que los dos bandidos habían abandonado meses atrás la costa para ir a pedir trabajo en otras regiones. Por una afortunada combinación hace aproximadamente dos semanas el jefe de los sannyassis se encontró con Garrovi en un palanquín, rodeado de sirvientes, y si bien estaba vestido ricamente, lo reconoció con facilidad. Como el encuentro había tenido lugar en la explanada, Punya realizó averiguaciones por aquellos lugares, hasta ubicar la vivienda del traidor.

-¿No tiene ninguna sospecha sobre nuestra búsqueda?

-No tengáis miedo; además algunos de mis hombres lo vigilan de cerca, y cualquier novedad nos será comunicada de inmediato.

-¿Nos permitiréis tomar parte en la expedición?

-No rechazaría nunca vuestra ayuda. Los blancos son menos astutos que los hindúes, pero son gente de valor.

-¿Y el hermano de Middel?

-¡Ah! -exclamó el hindú-. Olvidaba deciros que el muchacho está aquí.

Golpeó dos veces el disco metálico y ordenó al sirviente que acudió de inmediato, que hiciera pasar al joven Middel.

Minutos después el hermano del desdichado capitán del Djumna, entraba en el gabinete.

Se trataba de un hermoso ejemplar de esa raza que en la India llaman Half-cast. No tenía más de trece años, pero era muy alto y de músculos muy desarrollados. Sus cabellos eran negros y rizados, la piel del rostro tomaba el color del bronce dorado, su nariz era regularísima, sus labios carnosos, y sus ojos grandes y muy oscuros, semejantes a los de los andaluces.

Vestía de blanco, con una faja roja en la cintura, y llevaba en la mano un gran sombrero con forma de hongo.

-Este es el señor que te mencioné esta tarde, Eduardo -le dijo el Presidente de la "Joven India", señalándole al teniente.

-Permitidme que os agradezca, caballero, el interés que demostráis por mi desdichado hermano -exclamó el jovencito.

-Espero poder hacer más por él, muchacho -respondió Oliverio.

-Si tal hacéis, mi agradecimiento será eterno,-señor.

-Deja de lado el reconocimiento, por ahora, y dime en cambio si puedes darnos algún dato que sirva para ayudar a tu hermano.

-Ninguno, señor.

-¿No has recibido noticias de él?

-No, señor teniente.

-¿Antes de partir no te manifestó ninguna sospecha sobre el comportamiento de su tripulación?

-No, señor.

-¿Estás con algún pariente en Chandernagor?

-No, porque no tengo a nadie en la India. Vivo junto a un viejo servidor de mi madre.

-¿No viste nunca a los dos sannyassis que tramaron el complot contra tu hermano?

-No, pero conocí a los demás marineros.

En ese momento la puerta se abrió y entró Punya, el astuto joven.

-Patrón -exclamó-, Garrovi acaba de entrar en su bungalow.

-¿Dónde están nuestros hombres?

-A corta distancia de la casa.

-¿Están armados?

-Llevan puñales y pistolas.

-Señor Powell, si os parece podemos partir -dijo el Presidente.

-Estamos listos -contestó Oliverio.

-Retírate a tu habitación, Eduardo -dijo el hindú al jovencito.

De una caja nacarada que estaba sobre la mesa, el viejo hindú sacó dos pistolas con los caños labrados, las guardó bajo su amplio dubgah, y salió, precedido de Punya y seguido por los dos ingleses.

Con paso rápido descendieron por el Strand, que a aquellas horas estaba casi desierto, pues era prácticamente medianoche, atravesaron la amplia explanada del fuerte, cuya imponente mole resaltaba entre las sombras, y pocos minutos después se detenían frente a una graciosa villa ubicada junto al río.

Punya alzó un dedo e indicó las persianas que dejaban escapar rayos de luz.

-Está bien -dijo el Presidente de la "Joven India nuestro amigo aún está despierto.

Llevándose a los labios un silbato de plata lanzó tres débiles notas que por su agudeza podían oírse a doscientos metros de distancia.

Casi de inmediato se vieron surgir sombras tras de los macizos de vegetación que crecían junto al río. En pocos instantes doce hindúes rodeaban al Presidente.

-¿Estáis listos?

-Sí, patrón.

-Seguidme, y tened las armas preparadas.

CAPÍTULO 5
LA CAPTURA DE GARROVI

El bungalow de la India, es un tipo de edificación intermedia entre las casas de campo y los palacios. Su estilo es particular, adaptado a las necesidades del clima, y goza de cierta elegancia.

El bungalow de Garrovi estaba construido como todos los demás, pero en lugar de estar rodeado por un jardín, asomaba sobre las aguas del Ganges.

El Presidente de la "Joven India", a quien nada escapaba, antes de acercarse a la puerta ordenó a cuatro de sus hombres que se ocultaran entre la maraña de plantas acuáticas, para impedir cualquier intento de fuga por parte del traidor.

Hecho esto se dirigió hacia la puerta, seguido de Punya, Oliverio y el viejo marino, y golpeó un gong que colgaba frente a la entrada.

Un instante después la puerta se abrió y un sirviente les miró interrogante.

-¿Está tu amo en casa? -le preguntó el Presidente.

-Sí -contestó el sirviente inclinándose.

-Condúcenos a su presencia.

-Pero ignoro quiénes sois.

-Yo soy el Presidente de la "Joven India".

Bastó el nombre de aquella poderosa sociedad para que la puerta se abriera por completo.

-Entrad -dijo el sirviente-, voy a advertir a mi amo.

-Es inútil -le interrumpió el hindú rápidamente-; guíanos a su presencia sin perder más tiempo.

Precedidos por el servidor, los tres hombres y el jovencito atravesaron un salón para entrar en una habitación, iluminada por una gran lámpara, donde cómodamente recostado en una mecedora de bambú, había un hombre ocupado en aspirar el humo perfumado del guracco, que quemaba en la cazoleta de una de esas enormes pipas de porcelana que los hindúes llaman hukah.

Se trataba de un hindú de estatura algo superior a la media, pero notablemente delgado. Sus brazos desnudos parecían cañas cubiertas de cuero, pero algo había en él que parecía indicar una fuerza física fuera de lo común.

Su rostro era notablemente bronceado, opaco, y no tenía los rasgos delicados que se reconocen en la mayor parte de las razas puras que viven en la India. Su nariz era ancha y roma, la frente deprimida y los ojos hundidos parecían encerrar algo feroz y tenebroso.

Una larga y reciente cicatriz le atravesaba el rostro de oreja a oreja, haciéndolo menos simpático aún.

Vestía una riquísima dubgah de seda blanca, con flecos y franjas de oro; su cráneo cuidadosamente rasurado brillaba untado de aceite de coco.

Viendo entrar a aquellos desconocidos se incorporó con la agilidad de un felino, y sus ojos se clavaron en el Presidente de la "Joven India", para pasearse luego por los dos europeos.

-¿Qué hacéis aquí? -gritó al tiempo que se erguía.

-Soy el Presidente de la "Joven India" -dijo a modo de explicación el anciano.

-¿A qué debo el honor de vuestra visita?

-Ya lo sabrás.

-Pero... ¿qué quieren de mí estos europeos?

-Son amigos míos.

-Yo no los conozco -en el rostro del hindú se pintaba una viva inquietud que aumentaba por momentos.

-No importa; escúchame...

-Habla.

-¿Eres tú el llamado Garrovi?

-Sí.

El Presidente miró en derredor suyo admirando las cortinas de seda y el rico mobiliario. Luego cruzó los brazos sobre el pecho y exclamó burlonamente:

-El antiguo miembro de la pobre hermandad sannyassis parece estar rodeado de un lujo principesco... ¿Acaso encontraste el tesoro del Gran Mogol?

El hindú al oír aquellas palabras, se puso terriblemente pálido, o más bien grisáceo, y en su rostro se reflejó un profundo terror.

-El antiguo sannyassis... -balbuceó- creo que te equivocas...

-En verdad -prosiguió impertérrito el Presidente, con marcada ironía- ya no tienes ni la barba, ni los largos cabellos, ni el rostro pintado con tierra colorada que distingue a los insolentes miembros de tu secta, pero a mí no me engañas, Garrovi. Tú eres el ex-sannyassis y vengo a preguntarte qué ocurrió con un grab de cuya tripulación formabas parte.

-¿Un grab? -exclamó Garrovi clavando en el presidente sus aterrorizados ojos. Luego hizo un esfuerzo supremo, y prorrumpió en carcajadas que sonaban totalmente falsas.

-¿Pero de qué grab me hablas? Yo nunca abandoné Bengala, nunca fui sannyassi y me temo que te confundas con algún tocayo mío.

-¿Quieres decir que no conoces el Djumna?

-¡El Djumna! -repitió el miserable con un temblor en la voz.

-¿Tampoco conociste a Alí Middel? -continuó el implacable Presidente de la "Joven India".

-¡Alí Middel! ...

-¿Y por lo tanto no fuiste tú quien abandonó a ese desdichado en medio del golfo de Bengala, tras haberle encerrado en su camarote, abriendo una vía de agua en las cuadernas de la embarcación?

Garrovi esta vez no fue capaz de hablar: un terror irresistible le paralizaba la lengua. Su mirada corría en vano por los rostros inexorables de aquellos hombres.

-¿Y los cofres conteniendo las diez mil libras? -prosiguió el presidente-; contéstame y atrévete a negarlo, si es que puedes.

Aquella última acusación hizo exhalar un gemido al miserable, cuyos ojos se inyectaron en sangre.

-¡Habla! -repitió el presidente de la Asociación, adelantándose.

Garrovi no contestaba: a cada paso dado por el dirigente de la "Joven India`, retrocedía en dirección a la ventana.

-¡Habla, canalla!

-¡Esta es mi respuesta! -aulló repentinamente el bribón.

Con un gesto rápido alzó la mano que ocultaba bajo la túnica empuñando una larga pistola. Un relámpago iluminó la habitación seguido de una tremenda detonación, pero el presidente de la "Joven India" permaneció inmóvil en medio de la nube de humo.

Oliverio desenvainando su sable saltó hacia adelante seguido de Harry que empuñaba su navaja marinera, pero Garrovi no les aguardó.

Con un salto de tigre salvó la ventana y se arrojó al río.

-¡Miserable! -gritó Oliverio.

-¡Dejádmelo a mí -contestó Harry.

Estaba a punto de arrojarse al río, cuando el presidente de la "Joven India" milagrosamente ileso, le tomó de un brazo diciéndole con voz tranquila:

-Es inútil: dejad a mis hombres.

-Pero ese miserable escapa...

-No irá muy lejos: oíd.

El chapoteo de los cuatro hombres ocultos en la costa que nadaban por el río apretando sus puñales entre los dientes, llegó hasta ellos.

La luna que brillaba en un cielo transparente permitió que los hombres reunidos en la ventana vieran con toda claridad la superficie de las aguas.

Los cuatro nadadores avanzaban manteniendo cierta distancia entre ellos, y de tanto en tanto se sumergían, temiendo quizá que el antiguo faquir escapara nadando bajo el agua.

El hombre aquel debía de ser un excelente nadador porque había transcurrido más de un minuto y todavía no aparecía en la superficie. De pronto se vio aparecer una mancha oscura a treinta metros de la costa.

-Ha salido para respirar -comentó Harry-. El muy bribón es mejor buzo que los pescadores de perlas.

-No os preocupéis -le tranquilizó el viejo hindú-. Mis hombres valen tanto como él.

Efectivamente, los cuatro nadadores se habían dado cuenta de la aparición de Garrovi y aspirando profundamente se sumergieron a su turno.

Un nuevo minuto transcurrió, y luego en medio del río se vio aparecer aquella mancha oscura, la cabeza de Garrovi pero esta vez no volvió a sumergirse; en derredor suyo emergieron una tras otra cuatro cabezas.

-¡Es nuestro! -gritó una voz mientras se veía confusamente debatirse varios cuerpos sobre las aguas.

-Os dije que lo tendríamos pronto -comentó el presidente de la "Joven India`.

-¿Lo conducirán aquí?

-Sí, señor teniente.

-¿Lo interrogaremos de inmediato?

-Apenas esté de regreso.

-¿Hablará?

-Ya no puede negar que ha sido el autor del complot; su fuga lo desenmascaró. Además en oriente tenemos medios infalibles para hacer soltar la lengua.

-¿Y no nos engañará?

-Le advertiremos que no le dejaremos en libertad hasta estar seguros de haber descubierto la verdad de todo.

-Aquí lo traen...

-Conducidlo arriba -gritó el Presidente viendo a sus hombres salir a tierra arrastrando al antiguo faquir.

CAPÍTULO 6
LA VERDAD SOBRE EL DJUMNA

Dos minutos más tarde Garrovi se encontraba frente a ellos, con las piernas estrechamente atadas y el dubyan chorreando agua.

El traidor parecía haber perdido toda su audacia. Con angustia irreprimible miró a sus captores, comprendiendo que estaba a merced de aquellos hombres y que no podría escapar a un interrogatorio que le perdería definitivamente.

El viejo hindú, Oliverio y Harry se habían sentado frente a él, mientras Punya y otros dos con las pistolas en la diestra cuidaban la puerta para hacerle comprender que no podría recibir ninguna ayuda del exterior.

-Ahora vamos a hablar -le dijo el presidente -espero que no negarás haber estado embarcado en el grab de Alí Middel, en ruta hacia Singapur. Tenemos pruebas evidentes contra ti, suficientes como para hacerte ahorcar en veinticuatro horas. Te advierto ante todo que si confiesas lo que queremos saber, tal vez un día puedas ser perdonado y gozar de estas riquezas adquiridas a tan mal precio, pero también te anuncio que si callas estamos resueltos, antes de entregarte a las autoridades de Calcuta, a recurrir a los medios más crueles, y sabes que en eso somos maestros ... ¿Hablarás?

-Hablaré.

-Cuida lo que dices, pues te tendremos prisionero hasta que hayamos controlado escrupulosamente tu confesión. Es pues inútil que trates de engañarnos; ¿me comprendes?

Esta última advertencia pareció desconcertar al miserable, que tal vez tenía intenciones de engañar a sus captores, para ganar tiempo.

-¿Quién era tu compañero? -preguntó el Presidente.

Garrovi al oír aquellas palabras le miró con sorpresa.

-¡Ah! También sabes eso... ¿Tal vez los muertos regresan? Y sin embargo lo he visto con mis propios ojos descender a través de las límpidas aguas del Golfo.

-¿Acaso ha muerto Hungse?

Garrovi no contestó: parecía petrificado.

-¿Ha muerto? -repitió el presidente.

-¿Cómo sabes esta terrible historia? ¿Quién ha traicionado el secreto guardado por los profundos abismos del mar? ¿No han muerto acaso todos? ¿Acaso mi puñal no se clavó en el sitio exacto;

-¿Hungse y los malabareses?

-¿Los malabareses? ... ¿Pero acaso eres un demonio que todo lo sabes?

-Garrovi estaba dominado por un profundo terror.

-Cuando me hayas informado te explicaré...

-Si lo sabes todo, mátame.

-No deseo tu muerte.

-¿Y entonces?

-Quiero saber exactamente lo ocurrido en el Golfo.

-¿Con qué fin?

-Para salvar a Alí Middel.

-¡El capitán! ¿Pero aún está con vida?

-Tal vez.

-¿No se hundió el barco?

-No

Garrovi se secó con la mano el frío sudor que bañaba su frente.

-Estoy perdido.

-Sí, si no confiesas todo -le contestó Oliverio.

-¿Eres tú quien trajo noticias de Alí Middel? -preguntóle con voz hueca el ex faquir.

-Sí.

-Lo había sospechado.

-¿Nos dirás todo?

-¿Y no me mataréis luego?

-Te lo prometemos.

Su color grisáceo se hizo más claro v en su rostro se dibujó una mueca que trataba de parecer sonrisa. -¿Y mi libertad?

-Tal vez un día podrás ser libre, si no nos engañas.

-Está bien, interrogadme.

-Cuando tú y tus camaradas abandonaron a Alí Middel, ¿dónde se encontraba el navío?

-Al sur de la Andamana Menor.

-¿Estás seguro?

-Sí, el capitán había tomado a mediodía la latitud y la longitud exactas.

-¿A cuántos kilómetros de la costa?

-Cuarenta.

-¿De qué parte soplaba el viento? -inquirió Harry que no perdía una sílaba.

-De proa, pues desde la mañana avanzábamos a bordadas.

-Ahora comprendo todo -comentó el viejo marinero- y creo que Alí Middel puede estar aún vivo. Si el viento soplaba desde el sur el grab debe haber encallado en uno de los numerosos bancos de arena o escollos coralíferos que circundan a la Andamana Menor.

-Pero el capitán estaba encerrado -observó el Presidente de la "Joven India".

-Tal vez consiguió derribar la puerta, o quizá...

-¿Qué quiere decir? -inquirió Oliverio.

-Alí escribió que en las últimas horas ya no había oído ladrar a su perro. Posiblemente aquel inteligente animal fue hasta algún poblado de los alrededores y llamó la atención de los habitantes.

-¿Y te parece que los nativos liberaron a Alí? -Así lo sospecho, señor Oliverio. -Tienes razón, viejo amigo.

-¿Abandonaste el grab con la chalupa? –prosiguió interrogando el Presidente.

-Sí.

-¿Quiénes te acompañaban? -Hungse y los malabareses.

-¿De qué murieron los misorianos?

-Hungse envenenó su comida.

-¿Hungse o Garrovi?

-¿Qué te interesa? Están muertos: eso es todo.

-¿Sobrevivió alguno de tus compañeros?

-No.

-¿Mataste a todos?

El hindú no contestó; temblaba como sí se hallara dominado por la fiebre, arrojando eh derredor miradas perdidas como si temiera ver aparecer eh los ángulos oscuros de la habitación los espectros de sus víctimas.

-Habla.

-El cofre con oro me tentaba -prosiguió Garrovitras una prolongada duda-. Si hubiéramos tenido que dividir aquel dinero entre nueve personas, no habría que dado suficiente como para ser rico, y yo quería vivir cómodamente. Una noche oscura, mientras nos encontrábamos a ciento sesenta kilómetros de las costas de Bengala y mis compañeros dormían profundamente, envenené el agua que llevábamos en un barrilillo.

-¿Pero tenías contigo una provisión de veneno?

-Algunos frascos. Doce horas después habían muerto todos menos Hungse, que desconfiaba de mí y al no verme beber no había probado el agua. Temiendo por su vida se arrojó sobre mí con su puñal. Pero yo era más fuerte y tras forcejear conseguí arrojarlo al mar cubierto de heridas mortales. Aquí en el rostro llevo aún señales de aquella terrible lucha; el puñal de Hungse me había cortado desde la oreja derecha hasta la izquierda... Una vez solo en la chalupa, me dirigí hacia la isla de Baratala...  El resto no puede interesaros.

-¡Qué canalla! -exclamó admirado el marinero-. Este es un hombre del que deberemos cuidarnos...

-Ya sabemos cuanto necesitábamos -dijo Oliverio volviéndose hacia el Presidente de la "Joven India"-. Nuestras previsiones eran exactas.

El viejo hindú salió a la galería haciendo señas al teniente y a Harry para que le siguieran, mientras Punya y los otros se colocaban a ambos lados de Garrovi.

-¿Decidme, señor Powell -exclamó el Presidente -estáis siempre resueltos a buscar a Alí Middel?

-La suerte de ese desdichado me preocupa.

-Si necesitáis una licencia más prolongada, yo mismo me encargaré de hablar con el Virrey de Bengala, y estoy seguro que no me negará tal favor. Una excursión a las Andamanas puede interesar notablemente al gobierno inglés.

-En tal caso, contad conmigo. -¿Cuándo queréis partir?

-Mañana mismo, si es posible arreglar las cosas.

-Sería demasiado pronto, señor Powell, pero antes de cinco días la expedición estará lista. La "Joven India" se hará cargo de todos los gastos, os procurará una nave y hombres escogidos y sobre todo muy fieles.

-Pero yo contaba con solventar los gastos...

-Asumiendo el mando de la expedición ya hacéis bastante, puesto que sabéis que no es cosa fácil desembarcar en esas islas que gozan de tan triste fama. Arriesgáis vuestras vidas por una persona que os es desconocida, y esto ya es demasiado, señor teniente, y hace honor a vuestro buen corazón y generosidad.

-¿Y qué haremos con Garrovi? -preguntó Harry.

-Creo que podría seros útil... Os aconsejo que lo llevéis con vosotros.

-Podemos también embarcar al hermano de Alí...

-El muchacho está resuelto a seguiros... Creo que podemos regresar a la sede de la "Joven India".

Seguidos por los hindúes que llevaban a Garroví convenientemente atado, salieron del bungalow. En el exterior cuatro nativos aguardaban al prisionero con una ruth, o sea una especie de palanquín cerrado, muy usado en la India, tirado por dos bueyes.

Ante un gesto del Presidente el ex-sannyassi fue introducido en aquel vehículo, que se alejó seguido por los cuatro hindúes.

CAPITULO 7
EL PARIAH

Seis días después de los acontecimientos recién narrados, una hermosa nave recorría el curso del Hugly con viento a favor, aprovechando la marea baja, dejando a popa la capital de Bengala que comenzaba a dorarse con los primeros rayos del astro diurno.

Era uno de esos navíos que los hindúes llaman pariah, con dos mástiles, proa muy perfilada, y líneas sutiles, que no tenía los adornos habituales en las embarcaciones construidas en las costas de Coromandel y Malabar.

Aunque tenía la arboladura de los pariah; el casco era semejante al de los grab, construido en gran parte con troncos de tek, madera reconocida por su extrema dureza. La parte inferior del casco era de sauce hindú, pesadísimo, y prácticamente de resistencia ilimitada a la corrupción y al desgaste provocado por la acción del agua de mar.

Doce hindúes semidesnudos, bronceados y de alta estatura, permanecían inmóviles, sosteniendo los cabos de las velas, listos para maniobrar en el momento oportuno, mientras a popa, un viejo de piel blanca, barba grisácea, sostenía la caña del largo timón.

En proa un joven vestido de blanco, conversaba con un muchachito de trece o catorce años.

No sería necesario recordar que el viejo timonel era Harry, el joven de blanco, Oliverio y su compañero, el hermano del desdichado comandante de la Djumna.

El pariah, hábilmente dirigido, con sus velas hinchadas, navegaba a razón de siete u ocho nudos por hora, favorecido por una corriente que descendía con la marea, pasando frente a una interminable fila de bungalows, camañas, jardines, plantaciones y arrozales, sorteando centenares de barcas y navíos que se dirigían hacia la Reina de Bengala.

Al salir el sol el gigantesco río despertaba. Sus costas se poblaban de hombres y animales, los unos para realizar sus baños rituales y recitar sus plegarias, con los pies sumergidos en las aguas sagradas, en tanto que los otros lo hacían simplemente para abrevarse.

Las barcas fluviales reiniciaban sus interrumpidos viajes, levando anclas para buscar sus cargas en los pueblos suburbanos o en los grandes almacenes de los ricos comerciantes nativos y europeos.

La arquitectura naval de toda la India tenía diversos representantes. Se veían centenares de bangle, grandes barcas fluviales, que pueden cargar hasta cincuenta mil mond de arroz, con larguísimos mástiles de bambú unidos, y con una cabina de follaje para proteger a la tripulación del sol; gran número de poluar, pequeños navíos bien construidos, adaptados a la navegación interna, con popa y proa muy alta y mástil bajo, dotado de una gran vela cuadrada; grandes pinasas, divididas en tres cabinas, con una galería en derredor, que se utilizaban para transportar viajeros entre las poblaciones de la ribera; además había infinidad de minúsculos bajeles, mur-punki, balleneras de proa delgada en forma de cabeza de pavo real, y ponga, barcazas excavadas hábilmente en los troncos de árboles gigantescos.

Tampoco faltaban algunas de esas bellísimas barcas usadas por los príncipes hindúes, llamadas Fylt, scierra que llevan en la proa una cabeza de elefante tallada, de más de treinta metros de largo, tripuladas por gran número de bateleros vestidos lujosamente.

El pariah, que recorría las aguas con creciente rapidez, bien pronto sobrepasó los últimos suburbios de la gran ciudad y se encontró casi solo en el cauce del río. Solamente cada tanto se veía algún grab pasar a distancia.

A las ocho de la mañana, Calcuta ya no era visible en el horizonte septentrional; la imponente línea de sus palacios y su maciza fortaleza parecían haberse esfumado.

El pariah se había alejado de las costas pues no era prudente bordear los pantanosos Sunderbounns, que están rodeados de bancos de arena en los que a menudo se ocultan tigres y animales salvajes que llegan a saltar sobre los navíos que por allí pasan.

Harry, tras haberse asegurado que el velamen estaba bien tendido cedió la barra del timón a un hindú, uniéndose a Oliverio y Eduardo, que aún estaban en la proa.

-Todo va bien -dijo-, a mediodía podremos dejar Diamond-Harbour y por la tarde navegaremos en el Golfo.

-¿Y cuándo esperas avistar las Andamanas? -inquirió Oliverio.

-Si el diablo no mete la cola, aprovecharemos el monzón y en dos semanas estaremos en el archipiélago. Naturalmente vosotros sabéis que el hombre propone y Dios dispone, y esto siempre es exacto en alta mar.

-¿Crees que nuestros hombres son hábiles?

-Os aseguro que sí.

-Te creo, Harry, pero cuida que ninguno de ellos entre en contacto con nuestro prisionero... No siempre se puede uno fiar de estos nativos.

-No tengáis miedo, señor Oliverio. Ninguno de ellos es un malhechor; por otra parte guardo en el bolsillo la llave del calabozo y Garrovi no podrá sobornar a nadie.

-¿Está siempre tranquilo el prisionero? -Cuando lo encerramos, así parecía, si bien muy descorazonado.

-Comprenderás que a ese bellaco no le resultará muy agradable pensar que está a punto de enfrentarse con su víctima.

-Puede ser, pero creo que lo que más le duele es haber abandonado tan bruscamente su vida señorial y todo por culpa de una oca emigrante. Está tan envilecido que no se conmoverá aunque vuelva a ver a su antiguo capitán.

-Empero, temo que mi hermano no le perdone su infame traición -terció Eduardo-. Cuando lo vea, lo matará.

-Habrá un canalla menos en el mundo... No seré yo quien trate de salvarlo.

-Le hemos prometido perdonarle la vida -exclamó Oliverio.

-¿Y crees, señor Oliverio, que se mantendrá fiel?

-En caso contrario peor para él, Harry... ¡Pero mirad hacia la costa! ... ¿Qué es ese humo que se eleva entre los árboles?

Harry y Eduardo se volvieron, viendo entre las plantaciones de bambú que cubría las fangosas islas de Hugly, elevarse numerosas columnas de humo que lanzaban multitud de chispas.

-Debe ser alguna aldea de Molangos oculta a nuestra vista por el cañaveral -explicó Harry.

-¿Y la queman?

-No, señor Oliverio -contestó Eduardo- están incinerando cadáveres para arrojar sus cenizas a las sagradas aguas de Ganges.

-Que a su vez los llevarán al paraíso -agregó riendo el teniente.

-Tal es su creencia, señor.

-Oigo las taré -exclamó Harry- deben estar quemando el cadáver de algún jefe.

-¿Qué es una tare? -preguntó Oliverio.

-Son largas trompetas que se utilizan en los funerales de las personas notables. Escuchad.

Notas prolongadas, tristes, lúgubres, resonaban desde la costa, seguidas de un redoble de tambores fúnebres, y de cantos desentonados que por momentos se convertían en verdaderos aullidos.

-No he visto ninguna ceremonia fúnebre en el tiempo que llevo de guarnición en la India -exclamó Oliverio se dice que son espantosas, ¿verdad Harry?

-Por cierto, no son nada alegres -contestó el marinero- pero resultan realmente pintorescas. Dentro de poco, nuestro barco pasará frente a aquella hoguera y podréis asistir a la fúnebre ceremonia.

Efectivamente; la nave, para evitar un gran banco de arena señalado con una boya, se dirigía hacia la orilla, donde se levantaba aquella columna de humo. Del castillo de proa donde estaban Oliverio y sus compañeros se alcanzaba a distinguir lo que ocurría en la ribera, sin necesidad de munirse de catalejos.

La pira fúnebre se alzaba en un pequeño claro abierto entre los bambúes. A través del humo y las llamas que consumían el cadáver, se veían aparecer y desaparecer a numerosos Molangos, aquellos feos habitantes de los pantanos del Ganges, hombres de pequeña estatura, delgadísimos, de piel casi negra, que tiemblan constantemente por las fiebres palúdicas.

Algunos tocaban las tare, otros golpeaban pequeños tambores que hacían un ruido infernal, mientras los restantes entonaban loas al muerto.

Sobre una pared lateral se veían numerosos marabús, grandes pájaros de largo y robusto pico, y alas negras, que son notorios devoradores de cadáveres, junto a algunos arghilah y bozagros, que aguardaban pacientemente para devorar los restos.

De tanto en tanto, un hindú se acercaba a las llamas Y arrojaba recipientes llenos de óleos perfumados, para reavivar la combustión. Las aves de rapiña que merodeaban, no se preocupaban por las llamas, que por momentos amenazaban quemarles las plumas.

Cuando el pariah estuvo frente a la pequeña ensenada los aullidos de los Molangos redoblaron en intensidad, y las notas de las taré se hicieron más agudas, mientras un joven introduciéndose entre el humo y las chispas, golpeaba con una especie de martillo sobre el catafalco.

-Evidentemente el muerto era un personaje importante -exclamó Harry que miraba con interés la ceremonia- posiblemente un bramán.

-¿Cómo lo sabes? -preguntó Oliverio.

-¿Sabéis qué ha golpeado ese joven con aquel martillo de hierro?

-El catafalco, supongo.

-No; rompió el cráneo de su padre. Evidentemente ese jovencito era el hijo del muerto.

-¿Y por qué le golpeó la cabeza?

-Para que el alma del muerto pudiera salir...

-¡Tú te burlas de mí...!

-No, señor -intervino Eduardo-. Harry ha dicho la verdad. A los brahmanes debe rompérseles el cráneo en el momento en que el cadáver se pone incandescente.

-¿Y luego arrojan las cenizas al río?

-Sí, pero los huesos son recogidos y conservados para ser a su vez arrojados a las sagradas aguas del Ganges en alguna otra ocasión.

-Sin embargo me han dicho que los hindúes no siempre queman a sus muertos.

-Es cierto, señor. A veces arrojan el cadáver entero al río. Están convencidos que así irá directamente al cielo.

-O al vientre de. los cocodrilos... -contestó riendo el teniente-. ¿Es cierto que a veces aceleran el fin de los moribundos?

-Ciertísimo, y para eso utilizan las sagradas aguas del Ganges, obligándolos a beber tanto líquido hasta que prácticamente revientan -dijo Harry-. ¡Eh, timonel! ¡Atención a los bancos!

El río, que comenzaba a ensanchar desmesuradamente su cauce, pues se acercaba a la desembocadura, estaba sembrado de grandes bancos de arena que entorpecían la navegación.

En las costas se veían de tanto en tanto tropillas de búfalos salvajes, animales de enorme talla, cuernos agudos, frente ancha y grupas formidables, que constituyen enemigos feroces, capaces de derrotar a un tigre.

Mientras bebían, seguían con sus ojos sanguinolentos el recorrido de la nave y luego volvían a internarse en la selva, en busca de la fangosa tierra.

A las dieciocho el pariah, que proseguía navegando a regular velocidad, pasó frente a Diamond-Harbour, pequeño puerto situado en la desembocadura del Hukly, donde las naves se detienen habitualmente para recibir los últimos despachos. Harry estaba en el timón y viró de borda, dejando a su izquierda la isla de Saubor, dirigiendo luego la nave más allá de las Sandheads, o sea "Cabezas de Arena" como se llaman los peligrosísimos bancos que el Ganges ha formado en él Golfo de Bengala.

Una hora más tarde mientras el sol desaparecía tras el horizonte, la expedición se encontraba en pleno mar.

CAPÍTULO 8
LOS MISTERIOS DE LA CABINA DE GARROVI

Una brisa cada vez más fuerte soplaba sobre el amplio golfo de Bengala. Con la puesta del sol y el brusco cambio de temperatura, las ráfagas se hacían cada vez más violentas, dirigiendo la esbelta nave hacia el meridiano 830, bajo el cual se encontraba el grupo de las Andamanas.

Anchas olas, azuladas, que cambiaban de color por algún extraño fenómeno óptico, rodaban sobre el Golfo rompiéndose contra las bordas de la embarcación.

No eran empero peligrosas para la nave de los expedicionarios. El pariah, pese a su pesada quilla de madera de sauce, no tenía ninguna dificultad en atravesarlas, rompiéndolas fácilmente con su agudo espolón, y sufriendo tan sólo un leve bamboleo que no alcanzaba a molestar a sus tripulantes.

La luz blanca del faro de Diamond-Harbour desapareció tras el horizonte, y entonces el viejo marinero tomó la barra del timón, luego de haber aconsejado a Oliverio y Eduardo que se retiraran a sus camarotes.

El lobo de mar tenía absoluta confianza en la tripulación reunida por el Presidente de la "Joven India", pero quería aquella primera noche ocuparse personalmente de la guardia para poder juzgar las cualidades náuticas del velero.

Tras algunas horas en el puente de mando, Harry se sintió totalmente satisfecho, habiendo constatado que aquel pariah, si bien los barcos de esa categoría gozan de poca fama en la India, se comportaba perfectamente pese a lo picado del mar.

Toda la noche, el navío afrontó las fuertes olas del Golfo, superándolas fácilmente, y resistiendo los bruscos golpes de viento, que soplaba irregularmente del norte y del noroeste.

Por su parte la tripulación no defraudó la confianza depositada por el Presidente de la "Joven India", maniobrando con mucha habilidad, y obedeciendo dócilmente las órdenes dadas por el timonel.

Al amanecer las costas de Bengala ya no eran visibles sobre el horizonte. El pariah navegaba en pleno Golfo con todas sus velas desplegadas, cortando ágilmente las olas.

El viento era cada vez más fuerte, y las ráfagas hacían crepitar las velas y silbar los cabos; sin embargo el cielo era límpido y no se debía temer por el momento ninguna tempestad.

-Todo va bien -dijo Harry a Oliverio y Eduardo, que habían subido a cubierta-. Si este viento se mantiene, llegaremos muy pronto a las Andamanas... Tal vez antes de seis días.

-¿A qué distancia se encuentran de Bengala? -preguntó el teniente.

-Alrededor de mil kilómetros. en línea recta.

-¿Qué te parece el pariah?

-Estoy satisfecho, señor Oliverio. Resiste muy bien el mar grueso, y no baja de los seis nudos por hora. Hubiera preferido un grab, pero no puedo quejarme de esta nave. ¿Habéis visto a Garrovi?

-Al pasar frente a su calabozo me pareció oírlo roncar.

-Parece que los delitos cometidos no pesan sobre su conciencia -comentó Eduardo.

-Convendría hacerle una visita -dijo el viejo marino-. No me fío de la tranquilidad de ese bellaco. Estos hindúes son demasiados astutos... Si queréis seguirme...

-Adelante.

Descendieron la escala que llevaba a los camarotes, y estaba ya Harry por sacar del bolsillo la llave, cuando se detuvo e inclinándose hacia adelante prestó atención.

-Silencio -dijo en voz baja.

-¿Qué ocurre?

-Escuchad.

-¿Qué cosa?

-Prestad atención, señor Oliverio.

El teniente adelantó la cabeza y le pareció oír tras de la puerta un ligero murmullo de voces. Parecía que en la celda hablaban dos personas.

-¿Qué significa esto? -exclamó Oliverio en el colmo del estupor- ¿Este camarote tiene una sola llave, verdad?

-Así es.

-¿La tripulación está en cubierta?

-Toda.

-¿Acaso estará rezando Garrovi?

-¿Un bribón de semejante calaña? ¡Imposible!

-¡Abre!

Hárry introdujo rápidamente la llave y la hizo girar en la cerradura, pero la puerta no se abrió.

- ¡Garrovi! -¿Qué queréis?

-¿Te has barricado, bribón?

El hindú no contestó, pero se lo oyó correr un mueble que parecía pesado, posiblemente un gran cajón, y luego la puerta se abrió.

El marino, Oliverio y Eduardo irrumpieron en la cabina, mirando en derredor, pero vieron tan sólo a Garrovi arrastrando hasta un ángulo el gran cajón donde llevara sus efectos personales.

Aquel camarote era una pequeña habitación de dos metros cuadrados, iluminada por un ojo de buey tan estrecho que no hubiera permitido pasar ni siquiera a un gato. El mobiliario consistía en una estera de paja, y en aquel gran cajón.

Garrovi, desde un rincón de la cabina, miraba con sorpresa al marino y sus acompañantes.

-Tú no estabas solo -dijo Harry.

-¿Qué quieres decir? -preguntó el hindú asombrado. -Hace unos segundos hablabas con alguien. -¿Con alguien? ¿Pero no ves que estoy solo?

-Te hemos oído hablar.

-Es cierto, Rezaba.

-¿Con la puerta atrancada? -preguntó Oliverio. .

-Sí, porque vosotros no tenéis derecho a asistir a las plegarias de un hindú piadoso. Visnú se enojaría.

-A mí me pareció que dialogabas con alguien.

-Nadie puede entrar aquí, puesto que vosotros solos tenéis la llave. Además la tripulación ha sido escogida por el Presidente de la "Joven India" y entre esos hombres no hay ninguno que pertenezca a mi casta.

-El bellaco tiene razón -dijo Harry- y sin embargo hubiera jurado que hablaba con alguien.

-No hay ninguna abertura, Harry -dijo Oliverio.

-Pero estos hindúes son demasiado astutos...

-Sin embargo no son espíritus para desaparecer a voluntad.

-Es cierto, señor. Nos hemos engañado.

Luego, volviéndose hacia Garrovi, que les miraba atentamente sentado sobre su estera, le preguntó:

-¿Necesitas algo?

-Nada: dejadme tranquilo hasta que lleguemos a las Andamanas.

-Salgamos, señor Oliverio.. .

Salieron de la cabina cerrando la puerta con llave, y volvieron a cubierta. Garrovi no había dejado su sitio, curvando su cuerpo para asegurarse que los occidentales realmente volvían a cubierta.

Cuando no oyó ningún ruido su rostro bronceado y hasta aquel momento impasible, manifestó una viva ansiedad y con el dorso de la mano derecha se secó algunas gotas de sudor que le empapaban la frente.

-¡Narsinga! -llamó con un hilo de voz.

Dentro del cajón se oyó un ligero rumor, luego la tapa se alzó lentamente para dejar salir a una muchacha de piel cobriza y brillante. Se trataba en realidad de una niña de ocho a nueve años, ojos inteligentes, grandes y negros, con largos cabellos recogidos en trenzas en torno a la cabeza, que vestía un sari de percal rojo, y numerosos brazaletes en brazos y piernas.

-¿Ya se fueron, padre? -preguntó con un hilo de voz.

-Sí, mi pequeña Narsinga -respondió el hindú apoyándole la mano en la cabeza y acariciándole los cabellos.

-Soy tan chica que no me hubieran encontrado, oculta bajo tus ropas -dijo ella sonriendo y mostrando sus dientes brillantes como pequeñas perlas-. Además, ¿qué daño hubieran podido hacerme?

-Es cierto, pero, ¿quién me ayudaría entonces a escapar? ¿Y quién a recuperar las riquezas perdidas, acumuladas con tantas fatigas?

-¿Qué te importan las riquezas?

-¿Qué me importan? -repitió el hindú con voz aguda-. Personalmente nada... Pero cuando te adopté mi único pensamiento fue verte un día rica... Nunca había conocido la alegría de una familia, y por ti abandoné la inmunda secta de los sannyassis, pues deseaba hacerte feliz como a la hija de cualquier extranjero llegado de ultramar, o de uno de nuestros Rajahs.

-Eres demasiado bueno, padre y trataré de ayudarte en todo lo posible.

-Lo sé, pequeña, cuento contigo para evadirme.

-Sin embargo te prometieron perdonarte la vida y restituirte los bienes...

-¿Eso crees tú? ¿Y piensas que Alí me perdonará? Es su encuentro lo que más temo, pues estoy seguro que ese hombre tratará de matarme.

-¿Quieres un consejo de tu pequeña Narsinga?

-Habla: generalmente eres más astuta que yo.

-Trata de impedir que los extranjeros encuentren a Alí.

-¿Cómo?

-Ya encostrarás un medio.

-Si estuviera libre, podría hacerlo.

-Cuando sea de noche puedo salir a cubierta... Sabes que soy ágil como una cobra.

-No podrías hacer lo que necesito... Además no te quiero exponer a ningún peligro.

-¿No confías en mí, padre?

-Sí, pero no tendrías suficiente fuerzas y no deseo que cometas un delito.

-¿Todavía delitos? -murmuró la criatura temblando-. ¡Basta, padre, que un día te matarán!

-Es cierto -murmuró Garrovi con aire tétrico- y yo no quiero morir, no quiero dejarte sola.

-¿Entonces huirás? -Huiremos.

-¿Cuándo?

-Cuando este pariah no esté en condiciones de navegar y alcanzarnos.

-Ya he comenzado a cortar el trinquete.

-Es necesario seccionar el palo mayor. -Lo haré, padre mío.

-Y también abrir una vía de agua en la proa.

-¿Cuántos días nos quedan?

-Cinco o seis.

-Antes que el pariah llegue a las Andamanas, habré concluido, padre. Esta noche trabajaré en la base del palo mayor.

-Cuida de no hacer ruido. -Seré prudente.

-Vete a dormir, Narsinga. Necesitas reposar.

-¿Cuándo podré verte?

-Después de mediodía. Cuando dé tres golpes, sal; encontrarás tu parte de la comida.

-Hasta luego, padre.

El hindú alzó a la chica, besándola en ambas mejillas.

-Vete, hija mía -dijo con voz conmovida. Luego, agachándose, alzó las esteras de fibra de coco, Y quitando cuatro clavos que estaban flojos levantó una tabla del piso, dejando ver un oscuro orificio, de treinta centímetros de ancho por cincuenta de largo.

Con sorprendente agilidad, Narsinga se dejó resbalar por allí, desapareciendo en las tenebrosas cavidades de la bodega.

-¿Estás ahí?

-Sí.

-Duerme tranquila.

El hindú volvió a colocar la tabla, la clavó, extendió las esteras y se sentó encima, murmurando:

-¡Pobre criatura! ... ¡Qué horrible prisión soporta por mí... ! Dentro de cuatro días todo habrá terminado...

CAPÍTULO 9
EN EL GOLFO DE BENGALA
 

Mientras tanto, el pariah continuaba su carrera hacia el sur, impulsado por el viento noroeste que seguía soplando con fuerza, acercándose rápidamente al archipiélago de las Andamanas.

El estado del mar despertaba cierta inquietud en el viejo marino. Las grandes olas, en lugar de aplacarse, se tornaban cada vez mayores a medida que el pariah se internaba en el Océano Indico.

Cada ola que seguía a la anterior era más alta, llegando con intervalos de diez o doce minutos entre sí, con las crestas cubiertas de blanca espuma, rugiendo amenazadoramente y alzando con violencia la nave, que cabeceaba inclinándose de proa a popa.

Harry continuaba consultando ansiosamente el horizonte, pero ninguna nube empañaba la limpidez del cielo.

Sin embargo aquello no lo tranquilizaba. Si bien no ignoraba- que las grandes ondas marinas se extienden hasta más de mil kilómetros del epicentro de las tempestades, especialmente cuando no encuentran en su camino obstáculos que las rompan, también sabía por experiencia propia la rapidez y violencia de los ciclones que estallan en las regiones tropicales.

Por su parte la tripulación se mostraba serena. Agrupados a proa y popa, aquellos hombres de mar conversaban riendo quedamente, contándose historias maravillosas, o masticando con toda calma hojas de betel, tan usado en toda la India y que según dicen fortifica el cerebro, si bien da un color oscuro a la saliva.

A mediodía, cuando el pariah ya se encontraba a otros ciento cincuenta kilómetros de las costas de Bengala, el viento que hasta aquel entonces se había mantenido fresco y fuerte, cesó repentinamente, inmovilizando al velero.

Por su parte las olas cada vez se hicieron mayores, llegando desde el horizonte, como si tuvieran prisa por golpear los flancos del navío.

-¡Hum! -comentó Harry reuniéndose con Oliverio y Eduardo, que almorzaban sobre cubierta-. Esta calma no pronostica nada bueno. Si mi instinto no me engaña pronto el mar se pondrá grueso.

-¿Temes algún tifón? -preguntó Oliverio.

-Puede ser, señor.

-El pariah navega bien, Harry.

-No digo que no, pero los tifones del Océano Indico son tremendos. Imaginaos que a veces las aguas y el viento están tan furiosos que hacen retroceder al propio Ganges, destrozando todas las naves que se encuentran sobre aquea curso de agua desde Saigón hasta Calcuta. No recuerdo exactamente el año pero sé que en una oportunidad el río cubrió totalmente esta ciudad

-Y desde el sur parece que la borrasca se acerca -dijo Eduardo-. Mirad esa línea de pájaros marinos que huyen hacia el norte.

-Mala señal -comentó el viejo marino-. Si los albatros huyen, debe haber en el océano un gran vendaval.

-¿No podemos refugiarnos en puerto?

-No hay ninguno cerca, señor teniente. Las costas orientales de la India están casi desprovistas de refugio alguno. ¡Mirad! ¡Más bandadas de pájaros! Mala señal, señor Oliverio ... ¡Mala señal!

-Son albatros...

-Carne fresca para nosotros -exclamó Oliverio. -Más dura que la de un viejo mulo, señor.

-Pero que nuestros marineros comerán igualmente, viejo amigo.

-¿Nuestros hindúes?

-¿Qué? ¿Acaso no les gusta la carne de aves?

-Se ve que no conocéis a los hindúes. ¿Comer carne? Jamás... Especialmente nuestros marineros que son casi todos banianos.

-¿Qué, no comen animales los banianos?

-No señor, ni siquiera peces.

-¿Bromeas?

-Hablo en serio. Para poder comer carne deben sacrificar a los animales en medio de una ceremonia especial; en caso contrario se nutren exclusivamente de vegetales.

-¿Y perdonan hasta a los insectos?

-Con el mayor cuidado. Figuraos que por miedo de tragarse algún mosquito, al ir por la calle llevan la boca cubierta con un tul.

-Esto es extraordinario, Harry.

-Pero muy cierto, señor Oliverio. Llevan su ternura hacia los animales hasta el punto de mirar donde pisan para no destrozar alguna hormiga, y si ven a alguno de estos animalitos, se apresuran a ofrecerle azúcar o miel.

-¿Y los pájaros?

-Los cuidan con la mayor atención... Muchas veces he ganado dinero gracias a su superstición.

-¿Cómo?

-Fingiendo disparar contra los pájaros que anidaban cerca de las cabañas de esta gente. Apenas me veían con el fusil en la mano, los habitantes corrían, ofreciéndome rupias para que dejara en paz a esas aves.

-¡Viejo zorro! -dijo riendo Oliverio-. ¿Pero por qué demonios los banianos no matan a ningún animal?

-Porque creen seriamente que en sus cuerpos habita el alma de un hombre. Así, temen destrozar el receptáculo del espíritu de algún familiar o amigo.

-En resumidas cuentas es una variación de la creencia en la metempsicosis. ¿Son sólo los banianos quienes no se alimentan con carne de animal?

-Todos los creyentes en Brahma y Visnú respetan a los seres vivientes llegando hasta el extremo de mantener hospitales para animales enfermos.

-¿Hospitales?

-En Surate hay uno destinado a cuidar a los cuadrúpedos enfermos o viejos. Os aseguro que es hermosísimo, rodeado por altos muros en medio de una vasta llanura.

-¿Y qué animales se refugian allí?

-Bueyes, caballos, perros, ovejas, pájaros... hasta insectos.

-¿Insectos?

-Sí, señor Oliverio, y para nutrirlos pagan a hombres pobres que deben dormir en camas plagadas de pulgas y demás insectos... los mantienen atados para que una vez que se han acostado no huyan antes del día siguiente.

-¿Y quién paga todo eso?

-Los banianos, brahamanes y adoradores de Visnú, que contribuyen con cinco o seis mil rupias por año. Con este dinero compran forrajes, leche, miel, granos... Imaginaos si nuestros marineros podrían ser capaces de devorar a un albatros que tal vez esconda el alma de algún pariente muerto en el mar. ¡Caramba! Una nube comienza a aparecer en el sur.... ¡Mala señal!

-Pero no hay casi viento, Harry.

-Aquí, pero temo que al sur esté soplando fuerte.

Efectivamente sobre el horizonte se estaba formando una nube oscura que lentamente aumentaba de tamaño como si quisiera ocupar toda la cúpula celeste. Su forma variaba a cada instante con extraordinaria rapidez, signo evidente de que un viento furioso la agitaba.

Las olas, que hasta aquel momento llegaran espaciadas, comenzaron a sucederse sin tregua, haciéndose cada vez más oscuras.

Ya no había ninguna duda: desde las islas de Nocibar avanzaba un huracán en dirección a las costas de Bengala.

La tripulación sacudida de su habitual calma, se había puesto a trabajar afiebradamente bajo la dirección del viejo marino. Tras subir a cubierta la chalupa que hasta aquel momento estuviera ligada a popa, la aseguraron con fuertes cables, y comenzaron a reforzar los cabos de los mástiles y el cordamen de las velas.

A las diecinueve horas, la nube ya cubría gran parte del cielo ocultando el recorrido del sol, y la calma se había roto bruscamente seguida por violentas ráfagas qué continuaban soplando del noroeste.

De tanto en tanto retumbaba siniestramente un trueno.

A las veinte la oscuridad era tan profunda que los hombres de popa no distinguían a los que estaban en proa y el mar rugía con creciente ira, estrellando sus masas de agua contra los flancos del pariah.

Harry se había puesto en el timón, y Oliverio y Eduardo estaban a su lado. Si bien los dos últimos no se hallaban habituados al furor del mar, conservaban una calma admirable, mirando serenamente los asaltos cada vez más violentos de las olas.

-¿No tienes miedo, muchacho? -preguntaba de tanto en tanto el teniente a Eduardo.

-No, señor -respondía éste invariablemente. Luego agregaba con firmeza:

-Soy hermano de un marino.

El viento entre tanto aumentaba de intensidad, sacudiendo violentamente la arboladura v silbando entre cuerdas y velas. El pariah huía hacia sudeste a nueve nudos por hora derivando violentamente, mientras que a popa dejaba una larga estela que brillaba en medio de las olas negras como alquitrán.

Alrededor de las veintidós una ráfaga más violenta que las otras golpeó la nave, haciéndola cabecear en tal forma que toda la proa se sumergió bajo las ondas. Casi al mismo instante un golpe seco, pero tan fuerte que pareció haber sido causado por la rotura de una parte del navío, llegó a los oídos de los tripulantes.

-¡Mil tempestades! -gritó Harry palideciendo-. ¿Qué ha ocurrido?

-¡Atención al palo mayor! -le contestó otra voz también a gritos.

-¡El mástil! -aulló Harry abandonando la barra a un timonel-. ¡Listos para cortar las velas!

Luego saltó a cubierta donde se habían reunido Oliverio, Eduardo y algunos tripulantes.

De una rápida mirada trató de dominar la situación, pero la oscuridad era demasiado intensa. Aferrándose a los cables del mástil tiró furiosamente.

-El palo resiste -dijo.

-No, señor -le contestó un marinero-. Lo he visto vacilar y he oído claramente un ruido en su base.

-¡Una linterna! -rugió Harry.

-¿Hay peligro? -preguntó Oliverio.

-Ahora lo sabremos: ¡seguidme!

CAPÍTULO 10
LAS PRIMERAS SOSPECHAS

Si el marinero hindú no se había engañado, la situación era grave y podía tener consecuencias lamentables. La caída de aquel mástil ocasionaría también la del trinquete, pues ambos estaban unidos por los cables de maniobras corrientes, y podrían producir daños incalculables en las amuras y hasta en el cuerpo del navío.

Además, ¿cómo hubiera podido resistir el pariah la furia de las olas, sin un trozo de tela que pudiera proporcionarle un poco de estabilidad?

Mientras los marineros, alen