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Segunda Parte

El Capitán Del Djumna
Emilio Salgari

SEGUNDA PARTE

CAPITULO 1
E L DJUMNA

Una calma absoluta reinaba en el Golfo de Bengala.

Las ondas movidas por el monzón de la noche anterior, que se había diluido con los primeros rayos del sol ecuatorial, se agitaban lentamente, sin tener la fuerza necesaria para romperse entre sí, haciendo un ruido monótono y suave.

Solamente en la elevada costa que se dibujaba hacia el norte, bordeada de escollos, parecía que las aguas estaban enfurecidas, pues en aquella dirección veíanse alzar con cierta violencia crestas bordeadas de espumas amarillentas que se oían de tanto en tanto romperse por encima de los bajíos.

Una nave, privada de sus velas, evidentemente abandonada a sí misma puesto que ningún hombre veíase en el timón, se bamboleaba sobre aquellas ondas arrastrada por alguna corriente submarina, o simplemente por la marea.

Se trataba de un grab hindú, de tres palos, de proa notablemente afilada y adornada con esculturas que representaban semidioses indostánicos. Estaba construida casi íntegramente con aquella durísima madera de tek que resiste más de cien años sumergida, pudiendo desafiar por su dureza a las balas de un cañón de pequeño calibre.

Como hemos dicho, en sus mástiles no había ninguna vela tendida, pero en cubierta había un enorme perro negro, de aspecto feroz con collar de hierro, y más allá, bajo el mástil del trinquete el cuerpo de un hindú caído de espaldas, con la frente rota y las facciones grisáceas y manchadas de sangre seca, inmóvil, rígido como si hubiese estado muerto desde largas horas atrás.

El perro, de tanto en tanto lanzaba un lúgubre aullido que repercutía en la bodega cuyas bocas de tormenta estaban abiertas. El animal se paraba en sus patas posteriores, apoyando las anteriores en las amuras y mirando hacia la costa cercana, para dirigirse luego hacia el cuerpo tendido del hindú, y lamerlo como si quisiera reanimarlo.

Desde las cabinas se escuchaba una voz humana que gritaba violentamente:

-Abrid. ¡Abrid que os mataré a todos!

Luego seguía un estallido de imprecaciones en inglés e indostánico, que no tenían más respuesta que los siempre lúgubres aullidos del enorme perro negro.

Entretanto el grab continuaba avanzando hacia la costa que aparecía sobre el horizonte, llevado por la marea.

Sin dirección, sin un hombre que sujetase la rueda del timón, sin una vela que le diera un poco de estabilidad, la embarcación giraba sobre sí misma, presentando, ora la popa ora la proa a las escolleras que se perfilaban por delante. Empero, parecía que alguna grave avería hablase producido en su casco, pues poco a poco iba sumergiéndose como si su cargamento aumentara de peso con cada minuto transcurrido.

Ya las ondas lamían sus bordas pasando por momentos sobre las amuras, y el perro redoblaba sus carreras mostrándose cada vez más inquieto.

Cada vez que llegaba cerca de las bocas de tormenta, miraba hacia abajo prestando atención como si esperara escuchar algún sonido.

Repentinamente se produjo un violento choque. El grab estaba a pocos centenares de metros de los escollos, y su quilla había rozado el fondo haciéndolo volcar sobre estribor, mientras el perro, tras una breve duda se arrojaba al agua ladrando siempre con fuerza.

Del castillo de popa seguía saliendo la tonante voz que gritaba:

-¡Dejadme salir!

El hindú que tenía la frente rota, y que parecía muerto, debía de estar tan sólo desvanecido a causa de la pérdida de sangre, y al sentir el golpe sufrido por la nave, recuperó el conocimiento.

Haciendo un esfuerzo que le arrancó un largo gemido, se sentó y miró en derredor suyo.

Era un hombre de casi treinta años, piel oscura, alta estatura, con la cabeza cuidadosamente rasurada, pero el rostro adornado por una barba rala y muy negra. Como todos los marineros hindúes vestía un estropeado dubgah de dudoso color, que le cubría solamente la cintura y las rodillas.

Llevándose la mano a la frente la sacó bañada en sangre.

-¡Estoy vivo todavía! Creía haber muerto y encontrarme en presencia de Visnú... -murmuró-. ¡Ah! ¡Miserables! Recuerdo perfectamente todo. ¿Habrán matado al capitán?

En aquel instante oyó los ladridos del perro que se alejaba nadando. Apoyándose contra la amura pudo ver que el animal subía a la costa trotando sobre los bancos de arena.

-Hasta Pandú me abandona...

-Entonces retrocedió, tambaleándose. Acababa de advertir que el grab estaba sumergido hasta los ojos de buey.

-Han abierto el fondo del Djumna -murmuró.

Trató de reunir sus fuerzas para gritar, pero la vista se le nubló, las piernas se doblaron, y volvió a caer sobre cubierta, privado nuevamente del sentido.

¿Cuánto tiempo permaneció inconsciente? Posiblemente varias horas, pues cuando volvió en sí, el sol que antes había estado a regular altura, descendía sobre el horizonte.

Se incorporó con gran fatiga, irguiéndose por un milagro de equilibrio, pues sus fuerzas estaban agotadas. Un nuevo mareo estuvo a punto de derribarlo por segunda vez, pero haciendo un esfuerzo se sobrepuso, aferrándose a la amura de babor para mirar hacia afuera.

El navío estaba perfectamente inmóvil. Volcado a medias sobre un banco de arena, que le había impedido sumergirse por completo, estaba encallado en forma tal que ninguna maniobra hubiera podido volverlo a reflotar.

El hindú miró en derredor buscando a Pandú, pero el perro no había regresado. Prestó atención, pero el único sonido que se escuchaba era el de la brisa nocturna.

-Abandonado por todos... -repitió el desdichado.

-Busquemos agua potable.

Aferrándose a las amuras para mantenerse en pie, se dirigió a popa, donde había un barril de agua atado a la pared del castillo.

Ávidamente bebió en una taza de hojalata, apagando la sed provocada por la fiebre y la debilidad. Luego se improvisó un vendaje con un trozo de vela.

Había terminado de hacerlo. cuando un golpe formidable. llegó hasta sus oídos. Parecía que alguien trataba de desfondar la puerta de una cabina.

-¡Quién vive! -gritó asustado y lleno de asombro.

Un nuevo golpe, más violento que el primero, resonó en el castillo de popa, seguido de un alarido:

-¡Abrid!

-¡El patrón! -exclamó el hindú estremeciéndose.

-¡No se atrevieron a matarlo! -Y sin perder tiempo bajó la escalera aferrándose para no caer.

La cámara estaba totalmente inundada: los muebles, cajas y aparatos flotaban, entrechocándose.

El hindú se sumergió hasta las rodillas, preguntando:

-¿Eres tú, capitán?           

-Sí, soy yo. ¿Quién eres?

-Sciapal.

-¡Sciapal! ¿Tú no has huido?

-No.

-¿Tienes un hacha?

-En el castillo hay una que utilizó Garrovi para romperme la cabeza.

-¡Garrovi! -Repitió el hombre que estaba prisionero dentro del camarote-. ¿Aún vive ese miserable?

El hindú no respondió. Había vuelto a cubierta, donde recogió su hacha manchada de sangre.

-Aquí estoy, patrón -exclamó mientras bajaba la escalera.

-¿Y los demás? -preguntó el prisionero con acento feroz.

-Huyeron.

-¡Maditos sean! ¿Y el barco?

-Está perdido.

-¿Encalló?

-Sí.

-Lo había sospechado. Abre... Me estoy ahogando.

El hindú alzó el hacha y golpeó la puerta de la cabina, pero sus fuerzas estaban tan debilitadas, y la madera de la puerta era tan resistente, que apenas consiguió sacudirla. Sin embargo redobló sus intentos, hasta que la vio caer a sus pies.

Un hombre salió de la cabina, de un salto subió por la escalera y al llegar a cubierta miró en derredor con ojos inyectados en sangre: era Alí Middel, capitán del Djumna

CAPÍTULO 2

ALI MIDDEL

Como su hermano Eduardo, el capitán del grab era un hermoso ejemplar producido por la cruza de sangre europea y asiática, pero como el muchacho, parecía no haber heredado de su padre más que la estatura.

Tenía el doble de la edad de su hermano, era más alto, más robusto, el pecho más ancho y el cuello más grueso. Se comprendía a primera vista que debía poseer un vigor poco común.

Su piel era atezada, su rostro enérgico, sombreado por una barba negrísima y rizada, dividida en dos; tenía ojos grandes, extremadamente negros, nariz recta y labios rojos. Empero el ardiente clima de los mares tropicales había influido en él, y pese a su juventud, arrugas prematuras surcaban su frente y algunos de sus cabellos ya eran grises.

El agua que desde hacía varias horas atrás invadiera su cabina, había dejado sus pantalones y su chaqueta de tela blanca en un estado lamentable.

La mirada aguda de Alí Middel recorrió en un instante el mar que rodeaba el grab, las escolleras y los bancos de arena.

-¡Desaparecieron! -gruñó entre dientes-. ¡Huyeron después de robarme el cargamento y encerrarme en la cabina para que muriera ahogado como una rata!

Luego, advirtiendo la presencia del hindú que se le estaba acercando trabajosamente, le preguntó:

-¿Qué demonios haces aquí? ¿Acaso te abrieron la cabeza al repartir el botín?

-No -repuso Sciapal-. Me quedé porque no quería abandonar a mi patrón.

Alí lo miró sin contestar, pero su mirada llameante perdió poco a poco aquella luz siniestra.

-Tú te quedaste porque no querías abandonarme -repitió finalmente-. ¿Debo creerte?

-¿No te basta mí cabeza rota? -contestó el hindú-. Nada me hubiera impedido seguirlos en su fuga.

-Es cierto. ¿Cuándo escaparon?

-No lo sé, pues estuve desvanecido muchas horas... Tal vez un día entero.

-Hace ya treinta y seis horas que desperté para hallarme encerrado en mí cabina. ¿Escaparon apenas cargaron los cajones con el oro?

-No lo sé.

-Quiero saber todo, Sciapal, o sí no, palabra de marinero que te termino de matar a hachazos con la misma hacha que te sirvió para ponerme en libertad.

-¿Me perdonarás tú? Yo también fui tentado por aquel maldito oro...

-Cuéntame todo y después veremos -contestó Alí arrugando amenazadoramente la frente.

-Hungse y Garrovi habían conseguido convencernos diciéndonos que en los cofres que tenías en tu camarote había suficiente oro y diamantes como para hacernos a todos ricos. Así resolvimos robarte y abandonar el grab a la deriva, pero sin hacerte daño, pues no teníamos motivo para ello. Una noche Garrovi consiguió echar un narcótico a tu botella de agua, y ayudado por Hungse te robó los cofres sin correr peligro. Estábamos embarcándonos, tras haber amainado las velas por temor de que el viento arrojara la nave contra la Andamana Menor, cuando oímos sordos golpes retumbar desde los camarotes. Yo te juro patrón, me había dejado llevar contra mí voluntad por mis compañeros, y me sentía arrepentido por tomar parte en aquella traición; al oír esos golpes, sospeché que Garroví, que había quedado a bordo, trataba de abrir una vía de agua para mandar a pique el barco. Entonces volví al grab, y vi al sannyassis saliendo a cubierta con un hacha en la mano.

"-¿Qué has hecho, miserable?" -le pregunté.

"-Mando a tu capitán a hacer compañía a los peces" -me contestó riendo burlonamente.

El traidor, al decir aquellas palabras, alzó el hacha y la descargó contra mí frente al oírme decir:

"-¡Vete solo, pues no puedo permitir tal infamia!"

Creo que mí cabeza se partió como una nuez; sin saber nada más me desplomé con el rostro bañado en sangre. Antes de cerrar los ojos me pareció ver al traidor luchando con tu fiel perro, y luego perdí el conocimiento.

-¿Esto es todo? -preguntó Alí, al ver que el hindú callaba.

-Todo, patrón.

-Quería matarte... pero ahora te perdono.

-Gracias, patrón.

-Ah, pero algún día volveré a Bengala y aunque la India sea grande encontraré a esos miserables y los mataré con mis propias manos.

Un gemido hizo que el capitán del Djumna mirara al hindú, que se había dejado caer sobre cubierta apretándose la cabeza con las manos.

-Olvidaba que estás herido... -exclamó acercándose-. Déjame revisarte.

Tomando precauciones para no lastimar más al marinero, quitó la venda y observó atentamente el tajo producido por el hacha. De inmediato comprendió que el arma mal empuñada por el asesino, había producido una herida más dolorosa que mortífera, pues no llegaba hasta el hueso.

-Sí Garroví no hubiera tenido tanta prisa, ahora no estarías hablando conmigo.

Con hábil mano juntó los labios de la herida, quitó la sangre coagulada, y volvió a colocar el trozo de tela, tras haberlo mojado cuidadosamente.

-Dentro de una semana estarás curado -le dijo-. Pero te quedará una cicatriz que te hará recordar siempre a Garroví.

-Sí llego a encontrarlo, patrón, te aseguro que me vengaré.

-Eso será sí llegas antes que yo.

Alí miró en derredor y frunció el ceño:

-Pero, ¿dónde está Pandú?

-Huyó a tierra apenas encallamos.

-¿Mí perro huyó? Es imposible, Scíapal.

-Lo he visto nadar entre los escollos, y luego subir a la playa.

-Este animal es inteligente. y debe haber comprendido que tan sólo en tierra podía encontrar ayuda para nosotros... Pero sí los isleños se mantuvieran alejados, me sentiría más feliz.

-¿Acaso son hostiles?

-¿Hostiles? Di mejor antropófagos...

-Me haces estremecer. Sin embargo no nos queda otro remedio que desembarcar.

-¿.Por qué?

-No tenemos ninguna embarcación para salir de aquí.

-Podemos hacer una balsa con la obra muerta del barco.

-Faltan víveres.. .

-Víveres... La bodega estaba llena.

-Garrovi la vació.

-Maldición... No queda nada para comer.

-Tú tenías alimentos en tu camarote.

-Algunas conservas de pescado y unos pocos kilos de galleta. ¡Canallas! ¡No dejarme ni siquiera víveres suficientes!

-Ya lo ve, patrón, tenemos que desembarcar.

Alí no contestó. Apoyado contra la amura del barco, con la frente arrugada, la mirada fija, parecía observar atentamente la costa iluminada por los últimos resplandores del crepúsculo.

Desde allí no se alcanzaba a advertir ninguna señal de población alguna, pero en cambio se veían numerosas aves que al marino le parecieron ser ocas emigrantes.

Una brusca sacudida que hizo oscilar la arboladura del grab inclinando más aún la cubierta, arrancó al capitán de sus observaciones.

-¿Qué sucede?

-El barco se ha soltado -gritó Sciapal.

-¿Pero no estaba encallado?

-Tal vez el reflujo lo esté arrastrando.

Alí se inclinó sobre la borda y miró afuera. El agua, transparente como un cristal azul verdoso, permitía ver distintamente el banco, que la baja marea, al comenzar a retirarse, amenazaba dejar al descubierto.

Alí advirtió que el grab apoyaba solamente un costado sobre la arena, y que podía de un momento a otro volcarse totalmente y ser arrastrado, una vez más por el mar, para hundirse en aguas más profundas.

Una imprecación escapó de sus labios.

-¿Qué ha ocurrido, patrón?

-Estamos en un mal momento -contestó Alí-. Si no nos apresuramos nos hundiremos con el barco.

-Pero ya no tenemos con qué bajar a tierra...

-Construiremos una balsa o nadaremos.

-¿Nadar? Mira el agua, patrón...

Alí miró en la dirección señalada y pese a su valor se estremeció. A la incierta luz del crepúsculo se veían masas oscuras que se movían a flor de agua. Eran esos formidables escualos pertenecientes a la familia de los tiburones que tienen la cabeza en forma de martillo, con los ojos ubicados en cada extremo. Son más pequeños que los tiburones, pero más voraces y peligrosos.

-¡Los devoradores de hombres! -exclamó Alí-. ¡Bah! Pasaremos igual. Si nos atacan los alejaremos a balazos.

-Los traidores se llevaron también los fusiles, patrón.

-No importa, tengo mis pistolas ... Vamos, no perdamos tiempo.

Empuñó el hacha y comenzó a demoler la obra muerta del grab, lanzando frecuentes suspiros, pues amaba a su nave que por tantos años le había transportado sobre el Océano Indico.

Mientras acumulaba los trozos de madera, Sciapal transportó a cubierta los pocos víveres, municiones, armas, cartas náuticas e instrumentos de navegación que quedaban a bordo. Eran todas las riquezas que poseían, y no querían perderlas.

Pese a que la cubierta tenía una inclinación de casi cuarenta y cinco grados, y continuaba volcándose sobre estribor, consiguieron clavar diez tablas para formar una primitiva balsa. En ese momento el Djumna se sacudió bruscamente, enderezándose algunos grados y retrocediendo sobre babor.

-¡Patrón! -gritó Sciapal.

Alí estaba por contestar cuando fue derribado. El Djumna se había enderezado y tornaba a quedar libre, pero por pocos minutos, segundos tal vez, pues ya comenzaba a hundirse definitivamente.

CAPÍTULO 3
EN LA BALSA

Alí Middel, saltando sobre sus pies, con una sola mirada comprendió la gravedad de la situación.

Ya no tenía tiempo para terminar la balsa; era necesario abandonar inmediatamente la nave, para no ser devorados por el torbellino que provocaría al hundirse.

De un salto, Alí tomó las dos cartas náuticas, las pistolas y las municiones, mientras Sciapal, imitándolo aferraba el hacha y recogía cuantas latas de conserva podía cargar en los pliegues de su dubgah.

-¡Al agua! -gritó Alí.

De un salto estuvieron sobre las amuras, dejándose caer al banco de arena, que la baja marea descubriera.

El Djumna se hundía rápidamente. Las olas invadían ya la cubierta corriendo de proa a popa y entrando a la bodega, que ya estaba llena de agua a raíz de las brechas producidas por Garrovi.

-¡Se ha perdido! -murmuró Alí con voz sorda-. ¡Pobre Djumna! No creí que te hundirías tan pronto.

Una rápida conmoción se extendió por sus facciones enérgicas, pero duró lo que un relámpago.

-Vamos -dijo sacudiendo la cabeza-, estaba escrito.

Luego se volvió hacia el hindú que miraba en silencio la muralla líquida que se alejaba arrastrando los restos del naufragio hacia los escollos.

-Busquemos las tablas -le dijo Tenemos que haber pasado la escollera antes que suba la marea, o los escualos se darán un banquete con nosotros.

A la pálida luz de la luna, que ascendía sobre el horizonte tiñendo el mar con sus plateados reflejos, vieron la primitiva balsa flotando por encima del sitio donde se hundiera el grab.

Sciapal observó el agua para asegurarse que no había escualos en derredor; luego se desvistió conservando el cinturón con el hacha y se largó al agua nadando violentamente. Alí había quedado en el banco, con las pistolas preparadas para alejar a tiros a los peligrosos escualos.

Con pocas y poderosas brazadas el hindú se acercó hasta el sitio donde flotaban las tablas, advirtiendo apesadumbrado que se habían desclavado a causa de la sacudida. Con un esfuerzo empujó hacia el banco lo que pudo salvar: tres tablas, un barril y un cajón vacío.

-Esto es todo, patrón -dijo al llegar junto a Alí.

-Poca cosa, Sciapal, pero el trayecto por fortuna es breve.

-¿Y los tiburones?

-Los mantendremos lejos a tiros.

-Escasearán las municiones, patrón.

-Tenemos dieciocho o veinte balas y unas dos libras de pólvora... Esperemos que alcancen.

Rompiendo una tabla para utilizarla como remo, se embarcaron en la endeble balsa.

La noche era clara, las estrellas, brillaban en el cielo límpido, reflejándose sobre las aguas cubiertas de escollos, mientras la luna, mayor que de costumbre, proyectaba sus rayos sobre la costa, aclarándola como en pleno día, pero con una luz pálida y plateada.

Un silencio profundo reinaba en torno al banco, roto apenas por el golpe de los improvisados remos.

Habían ya atravesado la mitad del camino que les separaban de los primeros escollos, cuando el hindú retiró bruscamente la tabla que empuñaba a guisa de remo, gritando:

-¡Detente, patrón!

Había oído a escasa distancia, un ronco suspiro, viendo elevarse una onda espumeante que se prolongaba en dirección al banco de arena.

Alí también retiró su remo y escrutó el agua con extrema atención, mientras mantenía la diestra apoyada sobre la empuñadura de una de sus pistolas.

-¿Un pez martillo? -preguntó.

-Sí.

-¿Lo viste?

-No, pero lo oí respirar.

-Esperemos que aparezca -dijo Alí serenamente.

Sacando una pistola de la faja la amartilló y apuntó en la dirección que el hindú indicaba.

Instantes después una de las monstruosas cabezas apareció en medio de un chorro de espuma. Era un animal feo y oscuro, con ojos saltones situados en ambos brazos del martillo, y con una boca llena de agudos dientes y que se abría en el sitio donde hubiera debido hallarse el cuello.

El hindú, viendo a aquel feroz escualo, que parecía a punto de arrojarse contra la endeble balsa, se puso pálido, mientras el mismo Alí se estremecía.

El monstruo estuvo un instante inmóvil, dejando que las olas le rozaran, luego girando sobre sí mismo se acercó lentamente a la balsa, como si quisiera estudiar a su enemigo antes de atacarlo.

-¡Patrón! -exclamo Sciapal entrechocando los dientes.

-No temas.

Había extendido el brazo armado con la pistola y apuntaba con toda tranquilidad. Una detonación resonó repercutiendo contra las rocas y la escollera.

El escualo herido en la cabeza, dio un brusco salto, para desaparecer bajo las aguas.

-Tocado -dijo Sciapal respirando.

-En la cabeza -contesto Alí-. Mis balas siempre dan en el blanco.

-¿Estará muerto?

-No creo. .. Estos peces tienen la piel dura y se necesitaría una bala de carabina para herirlos mortalmente, pero creo que con este saludo nos dejará tranquilos.

-¡Calla, patrón!

-¿Has oído algo?

-Un ladrido...

-¿Será mi perro?

-Es probable.

-Hace mucho que abandonó el Djumna... Debe ser Pandú.

Irguiéndose Alí trato de ver la costa, iluminada por la luna que estaba a mil quinientos metros de distancia, pero a causa de las tinieblas le resultó imposible divisar un bulto negro del volumen de Pandú.

-¿No te habrás engañado?

-No lo creo.

-Bien, ahora no interesa. Dentro de un cuarto de hora llegaremos a tierra, y Pandú nos encontrará fácilmente.

Tomando nuevamente los trozos de tabla comenzaron a remar dirigiéndose hacia la costa. Mientras remaban continuaron observando atentamente el agua. El feroz escualo
después de haber sido herido no había vuelto a aparecer manteniéndose por debajo de la superficie para tratar de morderles las piernas. Estaban ya a ochenta metros de los
primeros escollos, cuando vieron que el animal aparecía bruscamente a quince pasos de distancia. Luego de girar sobre sí, el escualo se sumergió.

-¡Patrón! -balbuceo Sciapal estremeciéndose-. ¡Nos alcanzará por debajo del agua!

-Deja la tabla y toma el hacha.

-¡Pero nos morderá las piernas!

-Retirémoslas...

Alzaron precipitadamente las piernas del agua, y se mantuvieron a la expectativa, con los ojos clavados en la superficie. De improviso a babor de la pequeña balsa emergió el escualo, golpeándola con su rugosa cola para hacerla hundir.

Alí, incorporándose, descargó su segunda pistola, mientras el hindú, envalentonado por la eminencia del peligro, asestó un feroz hachazo contra la horrible cabeza.

Con su coletazo el tiburón trato de destrozar la balsa, pero sólo consiguió perforar el barril que se llenó de agua.

La improvisada embarcación, privada de aquel flotador, se hundió bajo los pies de los náufragos, pero al mismo tiempo encalló en un banco de arena a causa del violento empellón recibido.

De un salto Alí y Sciapal se pusieron a salvo, mientras el escualo se debatía furiosamente, herido por segunda vez.

-A tierra -dijo el capitán.

Recogiendo los víveres y objetos salvados, atravesaron la escollera, que estaba unida con tierra por una cadena de bancos de arena, casi descubiertos a causa de la marea baja.

Estaban a un centenar de pasos de tierra, cuando Sciapal que caminaba delante de Al!, se detuvo, diciendo:

-Patrón, veo una sombra vagando bajo los árboles de la costa.

-¿Será Pandú?

-No puedo distinguirlo bien.

Alí colocó dos dedos entre los labios y lanzó un agudo silbido, prestando luego atención.

Pero la respuesta no fue el amistoso ladrido de un perro, sino uno de aquellos rugidos roncos, aterradores, que tantas veces oyeran en las espesas selvas de Bengala.

CAPÍTULO 4

EN LA ANDAMANA MENOR

En el momento en que Alí y el malabarés se preparaban para hacer tierra en la costa de la Andamana Menor, que es la más meridional del grupo, se detuvieron bruscamente advirtiendo aquella sombra negra que vagaba con pasos silenciosos por la playa.

El rugido que lanzó aquel animal hizo palidecer a los dos hombres. Nativos ambos de la India, habían oído más de una vez en las junglas del Ganges aquella voz, imposible de confundir.

-Este es un recibimiento que no me esperaba –dijo Alí, deteniéndose en la última escollera-. Será prudente que cargue mis pistolas.

-¿Quieres atacar al tigre, patrón? -le preguntó Sciapal entrechocando los dientes.

-Si tuviera entre las manos una buena carabina, me atrevería a forzar el paso, pero con estas pistolas, sería una locura intentarlo.

-¿No podemos buscar otro sitio más alejado para bajar a tierra?

-El agua es muy profunda en torno a la escollera, y estamos rodeados por tiburones.

-Esperemos el alba.

-Si la marea sube, cubrirá éstos escollos y nos dará un prolongado baño.

-Nadaremos, patrón.

-Te olvidas de los tiburones.

-¿Qué sugieres hacer?

-Acercarnos al tigre y descargar las dos armas para asustarle.

-Te despedazará, patrón. Puede ser un tigre admikanevalla.

-Mejor. los admikanevalla siempre son viejos, y tienen menos fuerzas.

Cargando las dos pistolas con gran cuidado y pese a los consejos del marinero que trataba insistentemente de disuadirlo, el capitán trepó resueltamente por la escollera y avanzó hacia la costa con grandes precauciones.

El tigre continuaba paseándose por la playa, manteniéndose bajo la oscura sombra proyectada por los árboles, pero si bien su cuerpo no era visible más que parcialmente, lo traicionaba el brillo amarillento de sus ojos.

Parecía dominado por una violenta agitación, pues no se quedaba quieto un instante. Evidentemente esperaba que los dos hombres se acercaran, para saltarles encima.

Probablemente la fiera debía estar hambrienta, pues habitualmente esta clase de animales, pese a su ferocidad no atacan al hombre sin haber sido heridos anteriormente. Prefieren el asalto imprevisto en medio de los bosques, sin arriesgarse casi nunca a caer de frente sobre sus presas.

Viendo que Alí se acercaba, el tigre abandonó el abrigo de los árboles, y se dirigió hacia la playa, lanzando sordos rugidos como si estuviera resuelto a caer sobre los náufragos.

Alí, a veinte pasos de distancia, se detuvo tras una gran roca para protegerse del salto del tigre. Alzando lentamente la pistola que empuñaba en la mano derecha, apuntó durante algunos instantes y luego disparó.

La fiera, alcanzada por la bala del valiente tirador, dio un salto lanzando un furioso rugido más ronco y prolongado que el de los leones africanos. Al caer sobre sus garras se preparó para abalanzarse sobre Alí, pero entonces éste disparó la segunda pistola.

Sea que el animal estuviera gravemente herido, o que los disparos le habían atemorizado, lo cierto es que se detuvo bruscamente, giró sobre sí mismo y huyó desapareciendo bajo la oscura sombra de los árboles.

-¡Buen viaje! -le gritó Alí.

-¿Ha huido? -preguntóle el marinero.

-No lo veo por aquí.

-Tal vez se ha ocultado para atacarnos a traición.

-No lo creo. ¿Oyes algo?

-No, capitán.

-Entonces podemos seguir adelante.

-Mantente en guardia, patrón.

-Cargaré las pistolas y tendremos los ojos bien abiertos. Al llegar bajo los primeros árboles, se detuvieron escrutando atentamente hierbas y plantas, y prestando atención, se aseguraron que la fiera no los esperaba oculta.

Luego, bajo un gigantesco árbol se dispusieron a esperar el amanecer.

-Mañana veremos qué podemos hacer para salir de esta situación tan poco alegre.

-Puedes decir desesperada, patrón.

-No tanto...

-¿Tienes esperanzas de abandonar esta isla salvaje?

-No tengo intenciones de terminar mis días en esta selva.

-¿Crees que alguna vez regresaremos a Bengala?

-Quiero volver a ver a mi hermano. ¡Pobre Eduardo! ¡Qué inquieto estará por mí!

-¿No sabes si alguna nave hace escala en esta isla?

-Nunca, Sciapal... Evitan este archipiélago con gran cuidado, pues no hay nada que ganar manteniendo contacto con los salvajes habitantes.

-Entonces no sé cómo haremos para irnos.

-Algún medio encontraremos.

-¿Recurriendo a los habitantes?

-Por el contrario, tratando de mantenernos lejos.

-Entonces será necesario que construyamos. una chalupa.

-Ya veremos, Sciapal.

Apoyándose contra el tronco, y teniendo las armas al alcance de la mano, esperaron pacientemente que despuntara el alba.

La pálida luz de la luna era cada vez más clara, y aumentaba en intensidad, tiñendo el mar con acerados reflejos.

Entre las hierbas acuáticas se oían alzarse las voces de las aves del lugar. Era evidente que el alba no estaba lejana.

-Son ocas emigrantes -comentó Sciapal viendo que Alí miraba hacia aquella dirección.

-Un excelente asado -comentó el capitán.

-Fácil de procurar. Con una descarga de fusil se puede matar más de una... Lo que me sorprende es que estas aves todavía estén aquí.

-¿Por qué?

-Porque en los primeros días de agosto abandonan las islas y emigran a Bengala, donde tienen sus nidos.

-¿Estás seguro?

-Conozco las costumbres de estos pájaros.

-¿Crees que dejarán pronto la isla?

-Supongo que dentro de pocos días. ¿Por qué te interesan tanto las ocas?

-Tal vez puedan salvarnos la vida, Sciapal.

-¿Las ocas?

-Sí, pero será necesario que capturemos alguna con vida.

-El asunto no es difícil, patrón. Tienes las pistolas.

-Sí, pero si las descargo contra una oca, la mato.

-No te he dicho que utilices balas.

-¿Quieres que las cace, sólo con pólvora?

-No, quita las balas y espérame.

El hindú se incorporó y se dirigió hasta la costa, buscando entre escollos y bancos de arena. Cuando regresó, entregó a Alí dos puñados de arena gruesa.

-Carga tus pistolas con esto -le dijo-. Las ocas caerán al suelo aturdidas, tal vez un poco heridas, pero en condiciones de volar apenas descansen un poco. Con un fusil cargado así, cacé numerosos pájaros vivos para un inglés que los coleccionaba.

CAPÍTULO 5
LAS OCAS EMIGRANTES

Si bien como dijera Sciapal la emigración debía haber comenzado semanas atrás, las ocas todavía eran numerosas en aquella playa desierta.

Alí, que había cargado las pistolas con arena, se dirigió hacia la playa acompañado por el marinero, esperando el momento propicio para hacer un buen disparo. Parecía sin embargo que las ocas hubieran adivinado el peligro que las amenazaba, porque o se mantenían lejos, o pasaban por encima de ellos, fuera de su alcance.

Repentinamente una bandada de doscientas o trescientas aves, que avanzaban del este, tomó la dirección de los escollos, como si quisiera buscar alimento en la vecindad de la playa.

-Atención, patrón -murmuró Sciapal.

-Estoy listo -contestó Alí.

La bandada pasó pronto, por encima de los escollos, a unos diez pasos de altura. Alí apuntó rápidamente las armas, y las disparó contra lo más espeso de la bandada. Tres ocas cayeron, perdiendo gran número de plumas, mientras las restantes, aterrorizadas por el estampido se dispersaron.

Sciapal se precipitó sobre ellas. Una oca, herida en la cabeza, agonizaba, pero las otras dos estaban simplemente aturdidas, pero ilesas.

-Patrón -exclamó-. ¡Hay dos con vida!

-Cuida que no se escapen.

-Les estoy atando las patas.

Mientras el hindú cargaba las aves, Alí sacó un trozo de tela encerada de la bolsa que contenía sus cartas de navegación, y comenzó a buscar algo en los bolsillos.

-¿Lo habré perdido? -murmuró' con los dientes apretados.

-¿Qué buscas, patrón?

-Un lápiz.

-¿Para qué?

-¿No has comprendido todavía para qué pueden servirnos las ocas?

-No, patrón.

-Para enviar por medio de ellas un mensaje a la India.

-Sigo sin comprenderte.

-Quería colgar de estas aves un mensaje, con la esperanza de que algún cazador las matara, cosa muy probable, pues en los Sunderbouns hay millares de aficionados que concurren anualmente para esperar el paso de las bandadas.

-¿Y por qué no puedes atar una carta a estas aves?

-He perdido el único lápiz que tenía, y me resultará imposible escribir...

-¿Cómo? -inquirió Sciapal al ver que Alí se interrumpía golpeándose la frente con la mano.

-Todo no está perdido, Sciapal... En las últimas horas, escribí los acontecimientos principales acaecidos a bordo, y puedo enviar esas hojas, junto con algunas del diario de bitácora, para que en caso de que caigan en manos de las autoridades, Garrovi y Hungse sean debidamente castigados... ¡Ah, si pudiera agregar que el Djumna se ha sido a pique, y que nosotros nos hemos salvado en la costa de la Andamana Menor!

-No importa... Confía esos papeles a una de las ocas, capitán.

-Eso pienso hacer.

-El único peligro consiste en que la oca se pose en el mar y humedezca la tinta...

-Envolveremos los papeles con un trozo de tela encerada.

-Tienes razón, y para mayor seguridad podemos cubrir de resina el paquete... -Sciapal había reconocido en las cercanías, un árbol productor de caucho.

Mientras el hindú se dirigía en busca de la goma, Alí dobló las hojas, y cortando la tela encerada en forma adecuada, hizo un paquete que ató convenientemente. Acababa de escoger a la oca más robusta, cuando Sciapal regresó llevando una conchilla llena de un líquido de aspecto pringoso, y además una fibra vegetal delgada y brillante como la seda.

-Ata el paquete con estas fibras -dijo al capitán. -Resiste la acción del agua mucho mejor que la cuerda.

Cubrieron la tela con una capa de aquella materia resinosa, y luego ataron el paquetito bajo el ala derecha de la oca escogida, asegurándolo en forma tal que no le impidiese volar.

-Vete ahora, cumple tu destino, y al morir, ¡sálvanos! -exclamó Alí, soltándola.

La oca, sintiéndose libre echó a volar, lanzando un grito ronco y dirigiéndose hacia el este. Los dos náufragos que parecían muy conmovidos, la siguieron con las miradas, hasta que se perdió en el horizonte.

-¿Tienes esperanzas, patrón?

-Espero que si Dios quiere salvarnos, velará por nosotros.

-Yo creo que también mi Dios no abandonará a uno de sus más devotos creyentes -dijo el hindú-. Puesto que son dos entre ambos podrán hacer algo por nosotros... Alí no pudo refrenar una sonrisa ante la reflexión ingenua del creyente marinero.

-Vamos a comer, Sciapal -dijo-. Asaremos una de las ocas.

-Necesito ingerir algo, capitán. Estoy agotado por el largo ayuno.

Sentándose bajo la sombra de un dammar, de cuyo tronco Sciapal extrajera momentos antes, la resina, encendieron un alegre fuego y tras desplumar la oca, la limpiaron, y comenzaron a asarla.

Cuando el ave estuvo lista, la devoraron con gran apetito, y luego se tendieron sobre la fresca hierba a la sombra del árbol.

-Ahora discurramos -dijo Alí-. He estado pensando la mejor forma de salir de nuestra desdichada situación.

-¿Has hallado el medio? -¿Construiremos una chalupa, patrón?

-Con el hacha tan chica que tenemos, sería un trabajo casi interminable. Creo que lo mejor que podemos hacer es seguir la costa hacia el norte, en busca de una canoa. -Pero, ¿dónde esperas conseguirla?

-Los andamaneses son hábiles pescadores, y por lo tanto deben poseer alguna.

-¿Esperas encontrar alguna aldea?

-Sí.

-¿Y nos cederán una canoa?

-La tomaremos.. .

-¿Y hacia dónde nos dirigiremos?

-Trataremos de llegar a las islas Mergui, en el Golfo de Pegú.

-Pero... ¿Y el documento confiado a la oca?

-No podemos contar exclusivamente con esa posibilidad, Sciapal.

-Es cierto, patrón.

-¿Cuándo partimos?

-¿Estás fatigado?

-No, patrón, pero dormiría un par de horas.

-Entonces cerremos los ojos, y echemos un sueñito. De día, las fieras difícilmente dejan sus cuevas.

Aquel sueño se prolongó más de lo calculado, pues cuando abrieron los ojos el sol descendía lentamente hacia occidente. Como aún quedaba algo de luz, igual resolvieron ponerse en camino.

Reuniendo sus víveres, se armaron de gruesos bastones para defenderse de las serpientes venenosas que no faltaban en aquella isla, y se pusieron en marcha, bordeando el inmenso bosque.

Los árboles se sucedían unos tras otros, sin dejar pasaje alguno de la costa al interior de la isla. Predominaban sobre todo los tek, árboles enormes, frondosos, cuya corteza es muy resistente, y cuya madera es tan dura que han sido adoptados con preferencia para la construcción de veleros.

La sombra de estos árboles es nociva, y los obreros encargados de cortarlos sufren numerosas enfermedades, llegando difícilmente a una edad avanzada.

Abundaban también los árboles de canela, de mediana altura y frondosa copa.

En medio de aquellos espesos vegetales se veían numerosos pájaros. Papagayos de plumas pintadas, cucos, bubbul, pequeños y ágiles pajarillos de plumas coloridas y cola roja y muchos otros.

Alí y Sciapal continuaron su marcha sin apresurarse, moviendo con sus bastones las altas hierbas por temor de ser mordidos por las serpientes venenosas.

El sol había descendido tras el horizonte cuando resolvieron acampar bajo un gran árbol de aspecto majestuoso que crecía aislado en el margen de la floresta.

Devorando los restos de la oca asada horas atrás, encendieron un fuego para protegerse de las fieras, que no se atreven a acercarse a los campamentos iluminados.

Como no resultaba prudente que durmieran simultáneamente, resolvieron montar guardia alternados; Alí fue el primero en velar pues Sciapal era menos robusto y estaba más agotado a causa de la sangre perdida.

CAPÍTULO 6
LA FUNESTA SOMBRA DEL MANZANILLO

Alí reavivó el fuego y se apoyó contra el tronco de aquel árbol cuya copa tenía infinito número de largas ramas que caían hacia tierra, formando inmensa sombrilla vegetal.

A su lado tenía las pistolas cargadas, listas, para utilizarlas en caso de peligro.

Sciapal, acostado a dos pasos de distancia, roncaba ruidosamente.

Ningún rumor turbaba el silencio reinante sobre aquel trozo de isla. Parecía que hasta el mismo mar había acallado sus voces, manteniéndose calmo. Solamente por los aires resonaba de tanto en tanto el agudo chillido de los grandes murciélagos que se perdían en lontananza.

La oscuridad era profunda, pues aún no había salido la luna, pese a que el fuego proyectaba grandes lenguas de luz en derredor del árbol.

Alí contaba con que su guardia transcurriría tranquilamente. pareciéndole que aquel lugar no era muy frecuentado por los animales salvajes. Sin embargo, al rato de estar apoyado contra el tronco del gigantesco árbol. experimentó una sensación desagradable como si bajo la copa de aquel gigantesco árbol se diluyera lentamente el calor nocturno, convirtiéndose en una temperatura demasiado fría para aquel clima ardiente. Al principio no hizo caso, atribuyendo el cambio a alguna corriente de aire frío proveniente del mar, o a la humedad de la vecina selva. Sin embargo la sensación continuó en aumento, y Alí comenzó a intranquilizarse.

-¿Tendré fiebre? -se preguntó-. Me han dicho que los bosques de estas islas son peligrosos.

Se incorporó y dio algunos pasos en torno al fuego, pensando que se trataría de un malestar pasajero, pero los estremecimientos continuaron más frecuentemente. Sentía correr por los huesos un verdadero hilo de agua helada.

Se sentó junto al fuego, tratando de calentarse las manos, pero le pareció que la llama había perdido su calor.

-¡Es curioso! -exclamó atemorizado-. ¡Nunca había experimentado nada semejante! ¿Habrá algún pantano en los alrededores? No parece verosímil que me haga temblar así, como si hubiera caído entre las nieves del Himalaya.

La sensación de frío intenso aumentaba constantemente; sus miembros temblaban, sus dientes se entrechocaban, mientras el corazón le latía aceleradamente.

Alí era un hombre de valor, pero aquel extraño malestar lo llenó de terror.

Se acercó a Sciapal para ver si su sueño era inquieto, pero vio que dormía plácidamente. Le tocó el cuerpo y advirtió que estaba temblando.

-¡Sciapal! -llamó.

El marinero no contestó y continuó roncando.

-Despierta. -Alí lo sacudió vigorosamente.

-¿Qué quieres, patrón?

-Dime, ¿no sientes nada?

El marinero abrió los ojos con fatiga:

-Un agudo frío que me produce estremecimientos.

-¿Nada más?

-Sí... Me parece que no me siento bien.

-¿A que lo atribuyes?

-No lo sé.

-¿Tendrás fiebre?

-Tal vez... Déjeme dormir, patrón. Todo pasará con un poco de sueño.

El malabarés volvió a cerrar los ojos y siguió roncando.

-Será la humedad de esta selva -murmuró Alí-. No puede haber otra causa.

Volviendo junto al fuego trató de entrar en calor, pero el malestar aumentaba constantemente. Además de los escalofríos sentía ahora agudos dolores de cabeza; le parecía tener la frente oprimida por un anillo de hierro, mientras sutiles agujas le atravesaban el cerebro.

La fiebre se había unido a la jaqueca, pero una jaqueca dolorosísima, insoportable. Lo inexplicable era que en medio de su sufrimiento, de tanto en tanto experimentaba una sensación agradable...

-¿Me estaré volviendo loco? Se diría que he fumado hatchis.

Repentinamente le asaltó una sospecha. Haciendo un esfuerzo se irguió y miró el enorme árbol que extendía sobre él sus largas y frondosas ramas, pero al mismo tiempo sintió que las fuerzas le faltaban y los párpados se le cerraban como si les asaltara un sueño fulminante.

Trató de reaccionar, pero las fuerzas le abandonaban rápidamente. Con el cerebro dominado por una profunda turbación se tambaleó desplomándose junto a Sciapal y permaneció inmóvil como si hubiera muerto.

Sin embargo no había dejado de vivir, continuaba respirando, pero afanosamente, al mismo tiempo que soñaba. ¡Pero qué sueños extraños! Por momentos le parecía que frente a él desfilaban hermosas mujeres que le ofrecían deliciosas bebidas, luego se le aparecían horrendos monstruos, animales cubiertos de largos pelos, con bocas desmesuradas, armados de formidables dientes, que amenazaban devorarlo de un solo mordisco, o monos altos como una torre, con los brazos larguísimos y colas de cien metros.

¿Cuánto tiempo durmió? Seguramente muchas horas, pues cuando reabrió los ojos ya no era de noche: un sol espléndido brillaba en un cielo sin nubes haciendo llover sobre él sus ardientes rayos.

Bruscamente se incorporó y con gran sorpresa se encontró sobre la playa lejos del árbol donde se había dormido.

Con ojos asombrados miró en derredor, y vio a pocos pasos un enorme perro negro que arrastraba a Sciapal, que todavía parecía adormilado. Un grito escapó de sus labios:

-¡Pandú!

El fiel animal oyendo la voz del amo, abandonó al malabarés y saltó en derredor de Alí, enloquecido de alegría, lamiéndolo y apoyándole las patas sobre el pecho como si quisiera abrazarlo. Luego, demostrando su alegría, corría hacia el malabarés ladrando y lamiéndole el rostro para tratar de despertarlo.

-¡Entonces, ha sido Pandú! -se dijo Alí-. Pero ¿por qué me trajo hasta acá? Pero... ya no experimento más el malestar que me atacó anoche ni siento más frío.

Se incorporó totalmente: aún estaba un poco débil, pero el dolor de cabeza y los escalofríos habían desaparecido. Mirando al árbol gigante, que se alzaba en las márgenes de la floresta, lo reconoció lanzando un grito apenas contenido:

-¡Ahora, comprendo todo!

En aquel momento Sciapal fue despertado por los ladridos del perro.

-¡Patrón! -gritó-. ¿Cuándo regresó nuestro fiel animal?

-No lo sé.

-Pero, ¿por qué me has arrastrado hasta aquí?

-Fue Pandú quien nos apartó de la sombra venenosa de ese árbol. Si no nos hubiera encontrado, a estas horas estaríamos muertos.

-¡Muertos! ¿Pero, entonces qué ocurrió mientras dormíamos?

-Mira bien el árbol donde nos guarecimos.

El marinero observó el coloso del bosque y no pudo contener un gesto de temor:

-¡Un manzanillo!

-Sí, Sciapal, nos habíamos acostado bajo aquel árbol, cuya sombra, como tú sabes mata.

-Ahora comprendo nuestros estremecimientos, el frío y el sueño irresistibles que me habían invadido.

-Sí, Sciapal, de no habernos arrastrado hasta aquí Pandú, llevado por su maravilloso instinto, no hubiéramos vuelto a abrir los ojos.

-¡Bravo, Pandú! ¡Cuánto afecto y cuánta inteligencia en este animal! ¿Pero dónde habrá estado hasta ahora?

-Tal vez se encontraba vagando por la selva en busca de seres humanos.

-Con tal que no lo haya seguido algún grupo de salvajes...

-No creas... Pandú daría señales de agitación.

Efectivamente, el perro estaba tranquilo, y se mantenía acostado a los pies de su amo, sin apartar los ojos de él. Debía de estar muy fatigado, pues jadeaba, como si hubiera terminado de realizar una prolongada carrera.

-Pobre Pandú -dijo Alí acariciándolo-. Debe estar muy hambriento. Encendamos el fuego, Sciapal, y prepara la segunda oca, mientras yo voy a buscar otras.

El marinero comenzó a juntar ramas secas, en tanto que Alí seguido por el perro bajó a la playa, cuyos bancos de arena habían quedado descubiertos por la baja marea.

Aquellos bancos estaban matizados de espléndidas conchillas, de brillantes colores y formas tan variadas como se ven únicamente en las aguas del Océano Indico.

Se veían así las magníficas murex ramosa de gran tamaño, blancas con reflejos nacarados, sus bordes interiores rosados y su extremidad aguzada en punta; tritones, bastante grandes, estriados de blanco, negro, azul y marrón; las cymbriun, de forma oval y enorme capacidad, amarillas por fuera y rojas en los bordes internos. Además había una enorme cantidad de pequeñas kauri, que numerosos pueblos de África y Asia han adoptado como moneda.

Alí hizo una amplia recolección de moluscos. y viendo que en derredor no se advertía señal alguna de vida, regresó junto a Sciapal, que estaba cocinando la segunda oca.

Alrededor de las diez de la mañana tras haber comido, se pusieron nuevamente en marcha.

CAPÍTULO 7

ENTRE LAS SELVAS DE LA ANDAMANA MENOR

Durante cuatro días los náufragos de la Djumna prosiguieron su camino, pero avanzando muy lentamente a causa de las enormes curvas que formaba la playa y los obstáculos que encontraban en su camino.

Al quinto día, habiendo concluido sus escasas provisiones, resolvieron detenerse para buscar nuevas. Los árboles, que hasta aquel momento habían visto, no tenían frutos, pero en el interior de la selva esperaban encontrar frutales, sabiendo que la flora de las islas Andamanas no es muy distinta que la de la India.

Abriéndose paso a golpe de hacha, se introdujeron en la oscura y húmeda floresta, abriendo bien los ojos para no ser sorprendidos por algún tigre que podía hallarse al acecho.

Empero, antes de pisar el terreno, revisaban las hierbas cuidadosamente con sus bastones para espantar a los reptiles. Ya habían visto a algunas minute snake, diminuta víbora de veinte centímetros de longitud y tres o cuatro milímetros de diámetro, y piel amarilla con manchas negras, que en noventa y seis segundos mata al hombre más robusto.

Además habían visto numerosas bis-cobra; estos enormes lagartos de repugnante aspecto, erizados de agudas escamas, con la lengua dividida en dos dardos córneos, son tan temibles como las más peligrosas serpientes, pues están dotados de un veneno activísimo.

Mientras en la costa del mar reinaba un silencio casi absoluto, en aquella jungla saturada de humedad, se oían mil rumores; insectos que chirriaban, aullidos lejanos, rugidos, toses.

Entre las hierbas se veían correr batallones de hormigas blancas, de cuerpo grande, cabeza amarilla y dotadas de una fuerza increíble. Nada puede resistir a las invisibles mandíbulas de estos pequeños seres, que reducen a polvo los materiales más resistentes, socavando cimientos y derrumbando casas.

También había escolopendras, ciempiés de exageradas dimensiones, tan venenosos como el escorpión africano. Se veían más allá gigantescas arañas peludas capaces de devorar un pájaro pequeño, que Sciapal se apresuraba a abatir con su garrote.

Acababan de recorrer quinientos o seiscientos metros, cuando el perro se detuvo dejando oír un sordo gruñido.

-¿Algún animal? -preguntó Alí, armando precipitadamente una pistola.

-Ahora lo sabremos...

Sciapal apartó con precaución las ramas que le obstruían la visual, para retirarse apresuradamente, murmurando con voz quebrada:

-¿Una malapamba!

-¿Qué es una malapamba?

-Una enorme serpiente como las que se encuentran en la selva de mi país.

-¿Son peligrosas?

-No por su veneno, sino porque son capaces de triturar a un ser humano con su cuerpo. -Veámosla.

Alí apartó las ramas y al pie de un mangal vio una serpiente tan larga y poderosa que le hizo retroceder. Debía medir por lo menos seis metros y medio de longitud, y su piel estaba cubierta con escamas verdes de borde oscuro.

El enorme reptil estaba devorando a un perro salvaje, una especie de chacal de pelambre corta, rojiza, casi tan grande como un lobo. Ya había tragado la mitad y se esforzaba por engullir el resto dilatando su boca lo más posible. Estas serpientes al par de las tamul venganati, que tienen también de cinco a siete metros, son capaces de devorar presas diez veces más voluminosas que ellas, tanta es la elasticidad de su estómago.

-No valdría la pena atacarla, pero se ha acomodado al pie de un mangal, y por nada del mundo dejaría esos frutos -dijo Alí-. Dame tu hacha, Sciapal.

—No la mates, patrón -dijo el hindu-. Puede triturarte.

-No será tan ágil con el estómago lleno.

Tomó el hacha y se acercó al reptil. Este, turbado en su laboriosa digestión, alzó la cabeza y le lanzó una mirada llameante, pero molesto por los restos del perro que no podía alcanzar a ingerir totalmente, no resultaba enemigo peligroso. Alí, nada atemorizado por los agudos silbidos que lanzaba, con dos golpes de hacha la dejó sin vida, partida en tres trozos.

-¡Vete al demonio! -exclamó limpiando la hoja del hacha sobre las hierbas-. Ayúdame a recoger las frutas, Sciapal.

Tras haber recolectado los deliciosos ham, o mangos, los dos hombres continuaron avanzando por la selva, pues deseaban cazar algún animal comestible antes de regresar a la playa.

Pero aquella parte del bosque no parecía ser frecuentada ni por aves, ni por ninguna clase de cuadrúpedos.

Comenzaban ya a desesperar y estaban por retornar a la costa, cuando repentinamente Pandú se detuvo, plantándose en medio del sendero.

-Nuestro bravo animal ha oído algo -exclamó Alí empuñando las pistolas.

-¿Habrá olfateado el paso de alguna presa de caza? -preguntó Sciapal levemente inquieto.

-¡Silencio!

Pandú continuó escuchando con una inmovilidad absoluta. Estuvo así durante algunos minutos, y luego se volvió hacia su amo agitando la cola y lanzando un gemido imperceptible.

Alí lo acarició, diciendo a Sciapal:

-Si Pandú no se atreve a avanzar y no ladra, quiere decir que es algo peligroso. Conozco bien a mi perro, es valiente pero está dotado de una fuerte dosis de prudencia, y nunca expondría a su amo a un peligro.

-Patrón -susurró Sciapal sorprendido por la extraña conducta del perro-. ¿Habrá olfateado a los salvajes?

-Eso temo -contestó Alí-. Retirémonos; me siento más seguro en la costa, donde podremos buscar refugio entre los escollos, que aquí, donde es fácil tendernos una emboscada, o matarnos a traición a flechazos.

-Rápido, patrón, Pandú comienza a dar muestras de inquietud.

En efecto, el inteligente animal no se hallaba tranquilo; venteaba el aire, giraba bruscamente sobre sí mismo y alzando las orejas escuchaba, saltando luego hacia su patrón y aferrándolo con los dientes de la chaqueta, parecía invitarlo a huir.

Convencidos de que en la selva se ocultaba alguna banda de salvajes, Alí y su compañero se pusieron en marcha retirándose hacia la costa. Pandú los precedía, señalándoles el camino, y en tal forma no había peligro de que se extraviaran.

El animal se apresuraba cada vez más, luego, viendo que había dejado a sus espaldas al patrón, volvía sobre sus pasos, mirándolo con ojos que parecían humanos, como si quisiera decirle:

-¡Más rápido! ¡Más rápido!

El anglo-hindú y Sciapal hubieran deseado redoblar el paso, más no se atrevían por temor de llamar la atención de los salvajes Empero a causa de la espesura de las malezas, se veían obligados a abrirse camino a hachazos. Habían recorrido medio kilómetro, volviendo repetidas veces las miradas hacia atrás, cuando Sciapal, que tenía el oído finísimo, se detuvo diciendo:

-Detente aquí, patrón. Las malezas nos cubren perfectamente.

-¿Qué has visto?

-Nada, pero he oído.

-¿Los salvajes?

-Escucha: caminan paralelamente a nosotros.

Alí apoyó un oído contra el suelo, conteniendo la respiración.

Un rumor vago, que parecía producido por la marcha de numerosas personas, llegó a oídos del anglo-hindú. Sciapal distinguía claramente los distintos sonidos, las hojas secas pisadas, el susurro de los pasos sobre las ramas.

-¿Oyes, patrón?

-Sí -contestó Alí-. Se acercan por la floresta.      

-¿Nos habrán descubierto?

-Escuchemos.

Volvió a apoyarse sobre el suelo, pero no oyó nada.

-Mala señal -murmuró-. Si se han detenido, quiere decir que advirtieron nuestra presencia.

-Quien sabe.

-Sospecho que nos están siguiendo.

-Lo sabremos a tiempo -exclamó Sciapal incorporándose vivamente.

-¿Cómo?

-Mira aquellos monos colgados de los árboles...

-¿Qué tienen que ver esos tebanga con los salvajes que nos están cazando? -inquirió Alí con cierta sorpresa. -¿No ves que tranquilos están? -En verdad no se mueven.

-Si los salvajes se acercaran, huirían, patrón. Mientras estén tranquilos, nada tenemos que temer.

-Entonces, Sciapal, podemos considerarnos desafortunados; han advertido que se acercan enemigos, pues se están preparando para ponerse a salvo.

En efecto, los pequeños y asustadizos monos tras haberse detenido una fracción de segundo, saltaron de rama en rama hasta perderse en la espesura.

-¿Qué dices ahora, Sciapal?

-Que haremos bien en reiniciar la marcha.

-Tienes razón -convino Alí-. A la playa, corriendo, y sin abandonar las armas.

Incorporándose salieron de la espesura y se echaron a correr.

No habían recorrido cincuenta pasos cuando oyeron resonar a sus espaldas feroces gritos.

Alí se volvió, viendo una docena de negros horrendos, que saltaban con la agilidad de canguros, agitando largas lanzas nudosos bastones. Algunos también llevaban arcos y flechas.

-¡Rápido! ¡Rápido! -gritó el capitán de la Djumna.

Corrían velozmente, precedidos por Pandú quien les indicaba el camino, que no hubieran podido encontrar en otra forma.

Cuando se adelantaba demasiado, el perro volvía sobre sus pasos y ladraba ferozmente, mostrando los dientes a los salvajes.

Viendo al gigantesco animal con la pelambre hirsuta, y siendo la raza canina desconocida en las Andamanas, los salvajes se mantuvieron a prudente distancia, tomándolo por alguna fiera desconocida.

Alí y Sciapal aprovechaban aquellas súbitas detenciones de los andamaneses para ganar terreno.

Comenzaban a perder el aliento, cuando entre las plantas advirtieron la superficie del mar.

-Ya no podía más -dijo Alí con voz destrozada-. Por poco que hubiera durado esta carrera, habría caído totalmente exhausto.

-¿Dónde nos refugiaremos? -preguntó Sciapal.

-En la escollera.

Con un último esfuerzo llegaron a los confines del bosque, y en dos saltos estuvieron entre los canales que la marea alta comenzaba a cubrir.

-Allá, sobre aquel más alto -gritó Alí indicando una roca que se alzaba a trescientos metros de la playa-. ¡Un último esfuerzo!

Pasaron por encima de un banco de arena y se introdujeron entre las rocas, trepando a la cima del escollo, donde ya Pandú ladraba alegremente.

CAPÍTULO 8
ENTRE LA MAREA ALTA Y LOS SALVAJES

Sobre la roca en que se habían refugiado, prefiriéndola a la selva plagada de salvajes, podían avistar el mar y la playa a lo largo de varios centenares de metros. Se trataba del escollo más alejado, que sería difícil alcanzar una vez que hubiera subido la marea.

Alí había escogido bien su refugio, y allí, podrían aguardar tranquilamente el ataque de los salvajes.

Estos ya habían llegado, a la playa, pero no se atrevían a descender sobre la escollera, pensando que no había prisa pues los dos fugitivos no podrían salvarse con mucha facilidad.

Los salvajes aumentaban constantemente en número, y Alí ya había contado veintidós, que correteaban por la arena sin hacer ninguna manifestación hostil.

Aquellos nativos debían de pertenecer a una tribu distinta de las andamanesas; pues los naturales del archipiélago son de muy baja estatura, apenas llegan a un metro cuarenta, y son muy endebles, en tanto que los perseguidores de los dos náufragos, eran altos, robustos y de espaldas cuadradas. Posiblemente formaban parte de alguna colonia llegada de las islas Nicobar.

-Parecen fastidiados por nuestra retirada -dijo Alí que los observaba atentamente-. Sin duda esperaban sorprendernos en el bosque.

-Patrón -preguntó Sciapal-. ¿Crees que estos salvajes son peligrosos?

-Nunca oí hablar bien de los andamaneses. Algunos aseguran qué no les disgusta la carne humana... Abramos los ojos Sciapal y no les dejemos acercar... ¿Pero qué diablos hacen? ¿Vuelven a la floresta dejando centinelas sobre la playa? Eso no me gusta nada.

-No comprendo, patrón.

-Apostaría mis pistolas contra uno de sus arcos, que se preparan a atacarnos desde el mar.

-¿Con qué embarcación?

-Tal vez vayan a preparar alguna balsa... ¡Ah! Si tuviera un buen fusil entre las manos, no dejaría uno solo con vida, pero con estas armas nada se puede intentar. -Garrovi nos quitó todo.

-¡Sí, ese miserable! -Alí pareció presa de un súbito furor-. ¡Pero algún día lo volveré a ver, aunque tenga que revisar toda la India, y entonces me las pagará! Pero ahora preocupémonos por estos nativos ... Seguramente esperan las tinieblas para atacarnos.

-No seremos tan tontos como para dormirnos, ¿verdad?

Alí no contestó. Había bajado la mirada hacia los bancos de arena y la escollera, que poco a poco habían desaparecido cubiertos por las aguas. Una profunda, arruga se dibujó en su frente. Alzando la cabeza, miró a Sciapal. En sus ojos oscuros brillaba una inquietud tan intensa que alarmó a su compañero.

-¿Qué ocurre?

-Las mareas son altas en el golfo de Bengala, temo que hayamos cometido una grave imprudencia subiendo a este escollo.

-No te comprendo.

-Cuando la marea haya alcanzado su máximo... ¿Estaremos todavía en seco?

El hindú palideció.

-Esta mañana antes de internarnos en la floresta, ¿alcanzaste a ver esta roca?

-No.

-Entonces quiere decir que pasaremos una pésima noche, y que correremos incluso el peligro de ser arrastrados por la resaca.

-¿Crees que la marea cubre totalmente este escollo?

Alí había quedado mudo. Miraba fijamente la onda producida por la pleamar, que golpeaba violentamente el escollo, filtrándose entre las rocas con un rugido prolongado.

Las mareas del golfo de Bengala son notables, sobre todo cuando soplan los monzones. No es raro verlas llegar hasta los seis y ocho metros de altura, con lo que aquel escollo hubiera quedado totalmente cubierto.

En tal caso, ¿podrían esos desdichados resistir el ímpetu de la resaca, que debía de ser fuertísima en aquel sitio sembrado de agudas aristas rocosas?

-Patrón -exclamó asustado Sciapal-. ¿Qué podemos hacer? ¿Trataremos de huir aprovechando las tinieblas?

-¡Y los andamaneses?

-¡Y no hay ningún escollo más alto cerca nuestro!

-¡Mira! ¡Ya se acercan los tiburones hasta la escollera! -la frente de Alí se había fruncido-. Hermosa noche nos espera, será un milagro si mañana todavía estamos con vida.

-¿Qué hacen los salvajes?

-Tratan de acercarse.

-¡Ah! Alto ahí, mis amigos, que todavía tengo armas y municiones.

Alí se había vuelto hacia la playa; los isleños que habían regresado a la selva, todavía no estaban de vuelta, pero los centinelas parecían dispuestos a intentar algo.

Uno, más alto que los demás, que debía ser algún jefe a juzgar por la cantidad de caparazones de tortuga con que se adornaba, había ya atravesado a nado dos canales, y estaba de pie sobre un pequeño escollo, sosteniendo el largo arco entre las manos, midiendo los cincuenta pasos que le separaban de la roca ocupada por Alí y el hindú.

-Medita un ataque -exclamó Sciapal.

-Sus flechas a tanta distancia no son peligrosas -dijo Alí-, tienen la punta hecha con espinas de pescado, pues estos isleños no conocen el hierro.

-Prueba de tirarles con tus pistolas, patrón. -Espera que se acerquen. Mis armas son de buen calibre, pero no tienen mucho alcance.

-Sabiéndonos armados se mostrarán más prudentes.

-No te preocupes, que ya se acercarán.

El salvaje envalentonado por la falta de movimiento de los dos náufragos creyéndolos desprovistos de armas, pues era evidente que no conocía las pistolas, había descendido del escollo y atravesaba un tercer canal llevando el arco entre los dientes.

Esta vez llegó a unos treinta pasos de la roca, trepando sobre un escollo que aún no estaba cubierto por las aguas. Allí, deseoso de mostrar su valor a los demás nativos que quedaban en la playa, tendió el arco colocando una flecha.

-Cuidado, Sciapal -dijo Alí-. Tírate al suelo, pues no tienes ropas capaces de detener un dardo.

El hindú acababa de obedecer, cuando una flecha arrojada hábilmente, pasó por el sitio que ocupaba segundos atrás cayendo al mar a unos diez metros de distancia.

-El muy bandido sabe tirar -comentó Alí. Luego amartilló una de las pistolas apuntando serenamente.

El salvaje en aquel momento se paraba en puntas de pie para juzgar el efecto de su flecha, perfilándose así sobre el rojizo horizonte. La detonación de la pistola resonó sobre las rocas y los náufragos vieron como el nativo se doblaba sobre sí mismo, dejando caer el arco. Por un instante se mantuvo de rodillas, y luego rodó, cayendo al mar.

Al mismo tiempo el sol se hundía tras la línea del horizonte y una oscuridad fulminante caía sobre la isla y el vasto golfo de Bengala.

-Buen tiro, patrón, especialmente con un arma corta.

Los salvajes restantes huían en todas direcciones, aullando como una bandada de ocas aterrorizadas.

-Me alegro de seguir siendo un buen tirador -comentó Alí-. Veremos ahora si estos salvajes se atreven a atacarnos después de haber recibido semejante lección. Las armas de fuego siempre producen buen efecto sobre los pueblos primitivos. ¿Y la marea?

-Sigue creciendo.

Alí miró en derredor. El agua ya había cubierto tres cuartas partes del escollo y la espuma de las ondas producidas por la resaca, se hacían sentir violentamente, comenzando a salpicar la pequeña plataforma.

El mismo Pandú se mostraba inquieto y ladraba incesantemente, mostrando los dientes.

-¿Qué dices, patrón? -preguntó Sciapal.

Alí Middel sacudió la cabeza sin pronunciar palabra.

Durante varios minutos permaneció inmóvil, mirando las olas que llegaban de alta mar, y luego contestó:

-Veo algunas algas secas en torno nuestro... Vamos a encender fuego para poder tener algo de luz.

Sciapal se apresuró a obedecerle y el capitán de la Djumna se dirigió hacia el borde de la roca que miraba a la orilla.

La playa estaba desierta. ¿Sería posible que los nativos tras la muerte del jefe hubieran renunciado a la idea de atacar a los dos náufragos, o tal vez se preparaban silenciosamente para agredirlos desde el mar?

Sciapal acababa de recoger todas las algas que el ardiente calor solar había resecado durante el día. Alí utilizó su yesca para encender una pequeña hoguera, y luego vació los bolsillos repletos de mangos.

Ningún sonido llegaba desde la vecina playa, y estando la luna cubierta por las nubes, no era posible distinguir nada en derredor.

De cualquier manera era difícil que algún peligro los amenazara por el momento, pues Pandú hubiera dado señales de alarma.

Alí y Sciapal, sentados junto al fuego que se consumía rápidamente esperaron sin hablar. De tanto en tanto se incorporaban para lanzar una mirada hacia la costa.

Habían transcurrido algunas horas, cuando una ola golpeó el borde de la plataforma y apagó la hoguera. De un salto se incorporaron, sacudiéndose la espuma que les había empapado.

-He aquí la marea que nos cae encima -dijo Alí-. Dentro de poco estaremos en el agua.

-Capitán -exclamó el hindú-, abandonemos el escollo...

-¿Y adónde quieres ir?

-De aquí a la playa no hay más de cuatrocientos metros, las mismas olas se encargarán de llevarnos.

-¿Y si la costa estuviera custodiada? ¿Quién nos asegura que los nativos han abandonado sus proyectos?

-Ya habrían venido con alguna balsa, y en cambio no alcanzo a ver ninguno.

-¿Y los tiburones?

-Esperemos no encontrarlos.

Alí miró en torno a la plataforma; las olas la golpeaban vigorosamente, barriéndola. Sin un buen punto de apoyo pronto les resultaría imposible resistir.

Tal vez era mejor tentar la suerte, antes que los mismos andamaneses llegaran a agravar la situación que de por sí era crítica.

-Tienes razón, Sciapal, vamos al agua ... Espera que ate las pistolas y la pólvora sobre mi cabeza para que no se mojen.

En aquel momento oyeron a Pandú ladrar lúgubremente, con la cabeza vuelta hacia la costa.

-El perro señala algún peligro -dijo Alí estremeciéndose.

-¿Estarán por atacarnos los salvajes?

El capitán del Djumna miró el espacio comprendido entre la playa y el escollo, y le pareció ver una gran sombra que flotaba sobre las crestas de las olas.

-¿Será una balsa? -se preguntó.

Atándose rápidamente las pistolas y las bolsas que contenían municiones y pólvora, sobre la cabeza, y protegiéndolas con su amplio sombrero, ordenó: -¡Al agua!

CAPÍTULO 9
LA PERSECUCION

Momentos más tarde, el capitán, Sciapal y Pandú nadaban entre las olas.

Si bien los dos primeros no eran muy buenos nadadores, un trayecto de cuatrocientos o quinientos metros no podía atemorizarlos.

Para conservar las fuerzas se dejaban llevar por las olas, limitándose a mantenerse a flote, seguros de llegar tarde o temprano a la costa.

Pandú, que era un nadador infatigable, pudiendo competir ventajosamente con los famosos perros de Terranova, se mantenía cerca del patrón que estando totalmente vestido se fatigaba más que el hindú, semidesnudo y descalzo.

Cuando lo oía resoplar, o veía llegar las olas, el inteligente animal lo tomaba por el cuello de la chaqueta ayudándolo a flotar mejor.

Habían ya avanzado algunos centenares de metros, cuando advirtieron repentinamente que la playa se hallaba a pocas brazadas.

-Sciapal -dijo Alí con voz afanosa-. Apenas rompa la ola, párate y escapa, si no quieres ser arrastrado nuevamente al mar.

-Sí, patrón.

La onda de la pleamar, altísima, les llevaba sobre la cresta coronada de espuma. Alí se dejó transportar, y luego, sintiendo bajo sus pies la arena de la playa, se incorporó vivamente, corriendo para no ser arrastrado.

Cuando se encontró seguro, -miró en derredor, y aterrorizado no vio ni a Sciapal ni a Pandú.

-¿La pleamar los habrá arrastrado? O se habrán estrellado contra alguna roca -se preguntó angustiado.

Volviendo hacia la playa la recorrió, con la esperanza de encontrar por lo menos sus cadáveres, pero sólo vio restos de algas.

Ya abría la boca para llamarlos, cuando recordó que los andamaneses podían estar cerca. En aquel momento le pareció oír entre las rompientes, un ladrido.

-¡Es Pandú! No ha abandonado a Sciapal, y tratará de conducirlo sano y salvo a la playa.

Desanudando la faja de lana, miró si las pistolas estaban secas y satisfecho por su examen, las empuñó, encaminándose hacia el sur.

Siguiendo la playa, se alejó del sitio ocupado durante el día por los salvajes, preguntándose por qué había escuchado el ladrido desde esa dirección.

Tal vez en aquel sitio existía una corriente que había arrastrado a su camarada y al perro.

Tras algunos minutos escuchó un nuevo ladrido, y luego un tercero. No cabía la menor duda: el perro y el hindú trataban de llegar a tierra más al sur, para evitar que las olas les estrellaran contra los escollos que en aquel sitio eran más numerosos.

Alí se echó a correr velozmente acercándose a las rompientes cada vez que la resaca se lo permitía.

Los ladridos continuaban oyéndose, cada vez más débiles, pero no la voz de Sciapal. Era evidente que el perro estaba fatigado; Alí estaba seguro que Pandú trataba de salvar al marinero, pues de haber estado solo, el perro ya habría llegado a la costa.

Ya había recorrido casi un kilómetro cuando oyó desde las dunas un nuevo ladrido, pero esta vez más fuerte.

-¡Pandú ya está en tierra! -exclamó el capitán con viva emoción- Esperemos que no haya llegado solo.

La playa en aquel sitio tenía una inclinación menos pronunciada, y las olas rompían tranquilamente, sin violencia. El fondo no debía tener escollos ni rocas, por lo que evidentemente era más fácil subir a tierra.

En pocos minutos Alí estuvo atrás de la duna. No se había engañado. Allí estaba Pandú, arrastrando sobre la arena un cuerpo humano que parecía privado de vida.

Viendo al patrón, el valiente animal lanzó un gemido lamentable y saltó en derredor suyo.

-Sí, estoy listo para ayudarte -le dijo Alí acariciándolo-. Veamos si el pobre Sciapal sigue con vida.

El hindú yacía totalmente inerte, lleno de algas que la resaca había arrojado a tierra. Alí lo alzó en sus brazos y lo llevó a una segunda duna totalmente seca.

Apoyando una mano sobre el corazón del hindú, prestó atención. Latía.

-Está simplemente desvanecido -murmuró-. Los hindúes tienen la piel dura; hubiera lamentado perder tan valiente compañero.

En aquel momento sintió bajo su diestra un líquido viscoso y tibio. La retiró y vio que era sangre.

Recién entonces, advirtió que la herida de la frente del hindú se había vuelto a abrir.

Rápidamente se desgarró la camisa improvisando una venda, y luego volvió a cargar a su compañero, introduciéndose con él en la floresta y depositándolo junto a un bananero, cuyo espeso follaje bastaba para ocultarlos.

De inmediato comenzó a frotarlo enérgicamente, hasta que un sonoro estornudo le advirtió que Sciapal estaba por volver en sí.

Un momento después el hindú abrió los ojos fijándolos en Alí.

-¿Dónde estoy? -preguntó-. ¿En el fondo del mar?

-Agradece a Pandú que te salvó la vida -contestó el capitán.

-¡Pandú! -exclamó Sciapal, acariciando al perro que saltaba en torno suyo, sacudiendo alegremente la cola-. ¡Ah sí, ya recuerdo! Sin él nunca hubiera llegado a tierra. ¿Y los andamaneses?

-No he sabido nada de ellos -exclamó Alí.

-¿No nos vieron llegar a tierra?

-No lo creo.

-Tal vez estaban todos sobre la balsa que vimos ...

-Puede ser. Pero no podemos estar muy tranquilos. Mira a Pandú.

El perro desde hacía algunos instantes se mostraba inquieto. Con las orejas paradas escuchaba. El capitán de la Djumna que conocía el valor de su perro había empuñado las pistolas.

-¿No nos querrán dejar en paz estos bribones?

Haciendo señas a Sciapal para que permaneciera inmóvil se encaminó hacia la playa manteniéndose al amparo de las sombras proyectadas por la floresta.

Instintivamente sabía que el peligro no había cesado. Además la actitud de Pandú lo confirmaba.

El perro, animal prudente, no ladraba, pero se detenía frecuentemente y miraba a su amo.

Habían avanzado una docena de metros, cuando les pareció advertir que una sombra humana que corría por el borde de la floresta se refugiaba entre los árboles.

El capitán era muy valeroso, y además se sentía en buena compañía junto a Pandú. Habiendo advertido la planta tras cuyo tronco estaba oculto el isleño, se acercó silenciosamente seguido de su perro.

Girando en torno al árbol, buscó a su enemigo, sin hallarlo. Probablemente el salvaje, viéndose buscado, había aprovechado la oscuridad para alejarse.

El capitán, no confiando en aquella espesura, donde resultaba fácil tender una emboscada, estaba por regresar a la playa, cuando escuchó un silbido. Tuvo apenas tiempo de saltar hacia atrás, cuando una corta lanza se clavó sobre el tronco, a pocos centímetros de su cabeza.

Si hubiera tardado una fracción de segundo más, habría recibido el arma en pleno cuello.

Pandú, antes que Alí pudiera retenerlo, saltó hacia la maleza.

Inmediatamente se escuchó un grito agudísimo, que          repercutió en la noche, seguido de un gruñido furioso, acompañado del desagradable sonido de huesos rotos.

-¡Aquí, Pandú! -ordenó Alí.

A los gritos del salvaje, que debía yacer con la garganta destrozada, respondió una algarabía ensordecedora.

Los andamaneses, que tal vez habían advertido la fuga de los dos náufragos acudían vociferando.

El capitán se precipitó hacia el bananero donde se había refugiado Sciapal.

-¡Rápido, huyamos!

De inmediato, sin preocuparse por el perro, se introdujeron en la oscura selva, corriendo enloquecidos, sin saber hacia dónde dirigirse.

Afortunadamente para ellos, aquella parte de la inmensa floresta no era tan espesa como para impedirles el paso. Estaba formada por árboles bajos, y en pocos minutos pudieron recorrer un espacio más que suficiente para ponerse a salvo de cualquier ataque imprevisto.

Cuando resolvieron detenerse, para recuperar el aliento, no se oía nada.

Alí miró en derredor. Se habían detenido en medio de un macizo arbolado, con plantas bajas, cubiertas de humedad, y parecían momentáneamente seguros.

-Esperemos aquí -dijo Alí-. Estoy agotado y parece que los salvajes ya no nos siguen.

-Además no debemos alejarnos mucho de Pandú -respondió Sciapal-. Es un perro demasiado precioso para perderlo.

-No me inquieto por él. Tarde o temprano nos encontrará.

-¿Cómo es posible que tarde tanto? 

-Tal vez, habrá querido rematar al indígena que me atacó.

-Estos bribones son muy astutos, patrón. Creímos que todavía estaban en la escollera, y ya se habían puesto a buscarnos entre los árboles. ¿Qué querrán hacernos?

-Algún motivo serio tendrán para perseguirnos tan encarnizadamente. Necesitarán esclavos... o carne humana.

-Me haces estremecer, patrón. -¡Calla! ¿Oyes ese ruido?

-¿Todavía los salvajes?

-¡No! Escucha.

Comenzaba a amanecer, y ya se distinguían los troncos de los árboles; en medio de un grupo de tamarindos colosales, había resonado un imprevisto clamor, acompañado de mugidos roncos y aullidos estridentes.

Alí y Sciapal se miraron con ansiedad.

-Son fieras luchando -dijo el Capitán.

-Yo ya he escuchado en otras oportunidades esos mugidos -contestó el marinero- sólo un rinoceronte puede producirlos.

-Muy mal vecino, mi querido amigo. -Y los aullidos -continuó el hindú. -No creo que sean tigres.

-No, son panteras.

-Tan peligrosas como un tigre.

Alí, impulsado por una irresistible curiosidad, abandonó su precario refugio, pese a los consejos de Sciapal, que temía la embestida del monstruo.

Sin embargo la vegetación era tan espesa, que nada alcanzaba a distinguirse. Era evidente que bajo los tamarindos se llevaba a cabo un terrible combate. Las copas se agitaban, como si una masa voluminosa golpeara los troncos y un ruido cada vez mayor resonaba en esa dirección.

-Deja que el rinoceronte se las arregle solo, y busquemos el abrigo de un árbol -aconsejó Sciapal, tomando de un brazo al capitán-. ¿De qué servirán tus pistolas contra ese coloso acorazado?

-Tienes razón, Sciapal, no conviene irritar a un bruto tan poderoso.

Regresaron al refugio y en ese momento se escuchó un galope desenfrenado N pesadísimo. Parecía que una locomotora corría a todo vapor por la espesura.

Los árboles se plegaban, caían al suelo, desgajados por una fuerza irresistible y por todas partes llovían ramas y frutas.

Instantes después vieron aparecer a un monstruoso rinoceronte totalmente cubierto de fango, que llevaba sobre el lomo a dos espléndidos felinos de piel moteada.

Las fieras, posiblemente hambrientas habían atacado al coloso, y lo mordían furiosamente tratando, sin conseguirlo, de desgarrar su rugosa piel, que desvía las balas de las mejores carabinas.

Las orejas del rinoceronte estaban destrozadas, y el largo labio superior había sido mutilado por los agudos dientes de las panteras que le habían vaciado los ojo-.

El pobre animal, impotente para desembarazarse- de sus adversarios, enloquecido de dolor, corría a ciegas, chocando contra los troncos de los árboles y lanzando mugidos espantosos.

De pronto, al llegar a un pequeño claro, se dejó caer sobre sí mismo, revolcándose sobre la tierra.

Una de las panteras, con un fulminante salto se apartó a tiempo, pero la otra, que tal vez había clavado demasiado sus garras en la gruesa piel, quedó bajo aquella pesadísima masa.

El rinoceronte pese a estar ciego, se incorporó rápidamente lanzando un estridente grito de victoria, y luego, sintiendo entre las patas el cuerpo aplastado de la pantera, lo embistió con su cuerno, destrozándolo y estrellándolo contra los árboles.

Empero, su victoria le había resultado muy cara. Tenía el dorso desgarrado y en más de un sitio se veía la carne viva. Una lluvia de sangre lo inundaba formando bajo sus patas un verdadero lago.

-Está en muy malas condiciones -dijo Alí que se mantenía oculto tras el tronco de un árbol-. No podrían ni siquiera curarlo en un hospital, si es que los rinocerontes lo tuvieran, ¿Qué te parece, Sciapal?

-Que este energúmeno no tiene más de diez minutos de vida.

-La carne de rinoceronte es comestible, ¿verdad?

-Sí, sobre todo cuando son gordos.

-Un asado no nos vendría mal -dijo el capitán-, dejémosle exhalar el último suspiro.

A breve distancia resonó un alegre ladrido. Los dos hombres se volvieron. Era Pandú, que llegaba a la carrera con las fauces tintas en sangre.

-¡Ah! ¡Valiente animal! -exclamó Sciapal-. ¡Cuánto le deberemos si llegamos a escapar de esta maldita isla!

Temerario como siempre, el perro saltó hacia el rinoceronte, mordiéndole las patas posteriores. Evidentemente creía que estaba a punto de cargar contra su amo, y trataba de distraerlo.

El pobre coloso tenía otras cosas en qué pensar. Respirando dificultosamente con la cabeza apoyada contra el suelo, vomitaba sangre y un temblor continuo le recorría el cuerpo; ni siquiera los mordiscos del perro podrían ya hacerlo reaccionar.

-Aquí, Pandú -ordenó Alí-. Déjalo morir en paz.

Acababa de apartarse el perro, cuando un ronco susurro escapó de la garganta del rinoceronte, que tras alzar un momento la cabeza, como si tratara de aspirar una última bocanada de aire, se dejó caer pesadamente.

-¡Ya es nuestro! -exclamó Sciapal aferrando el hacha.

-Cuidado -dijo Alí deteniéndolo-. No olvidemos la otra pantera.

-Viéndonos no se atreverá a aparecer, capitán. Difícilmente atacan al hombre en lugar descubierto. Tan sólo lo hacen a traición, en los macizos vegetales donde les es posible ocultarse.

-Entonces vamos, puesto que en caso de necesidad mis ,pistolas son de buen calibre.

Aquel rinoceronte era el más grande que viera Alí hasta ese momento. Tenía casi la estatura de un elefante mediano, pese a que sus patas son mucho más cortas que las de los paquidermos.

Como se sabe, estos animales se cuentan entre los más violentos y brutales de cuantos existen sobre la tierra; su piel es tan gruesa que puede compararse a una verdadera coraza, penetrable tan sólo por el fuego de las armas más a modernas.

-¡Qué pedazo de animal! -dijo Alí-. Tendrás bastante trabajo para despedazarlo.

-Cortaré las patas, patrón -repuso el marineroAllí, la coraza es menos gruesa.

Tras siete u ocho golpes bien dados con el hacha, el hindú consiguió cortar un trozo de carne de varios kilogramos. que podía durar un par de días.

-Ahora encendamos el fuego -dijo el capitán-. Tengo más hambre que las dos panteras juntas.

-¿Y los salvajes?

-Supongo que habrán perdido nuestras huellas. Mientras Pandú esté tranquilo, podemos comer sin preocuparnos.

Ayudado por el hindú, clavó en el suelo dos ramas cruzadas, y con una tercera colgó la carne a buena altura de la hoguera que encendieron debajo.

Entre tanto Pandú merodeaba vigilando que nadie se acercase. Al verlo tan tranquilo los dos náufragos comprendieron que por el momento estaban a salvo de todo ataque enemigo.

Cuando creyeron que la carne estaba suficientemente asada, la sacaron del fuego, colocándola sobre una hoja de banana que servía a un tiempo de plato y de mantel, y comenzaron a devorar con envidiable apetito, sin olvidar al valiente Pandú.

Acababan de comer, cuando oyeron un rugido cercano.

-¿Qué ocurre? -preguntó Alí sin levantarse y conteniendo a Pandú que pugnaba por saltar a la espesura.

-Es la pantera que reclama su parte, señor -respondió Sciapal-, después de todo tiene derecho... Le hemos quitado la comida de la boca.

-Entonces alimentémosla.

-Quería proponértelo, patrón, ya sabes que cuando estas fieras se han saciado dejan en paz a los hombres.

-Y nosotros necesitamos descansar...

Tomando el hacha, Alí cortó un enorme pedazo de carne y la arrojó diestramente hacia el macizo de vegetación donde se ocultaba la fiera.

-Toma y vete.

La pantera se arrojó sobre la carne con la velocidad de un relámpago, la tomó y en una fracción de segundo desapareció entre las plantas.

-Y ahora, mi querido Sciapal -dijo el capitán de la Djumna-. Ya que me parece que no nos amenaza ningún peligro, aprovechemos para descansar en forma. Pandú montará guardia y ya sabes que podemos confiar en él.

CAPÍTULO 10
LA RETIRADA DE LOS SALVAJES

Apenas encontraron un árbol suficientemente frondoso, cuyas ramas se curvaban hacia tierra hasta extenderse casi horizontalmente, a bastante distancia del sitio donde yacía el rinoceronte, Alí y Sciapal improvisaron un cómodo y fresco lecho con hojas de bananero, y confiando en la vigilancia del perro se quedaron profundamente dormidos.

Sin embargo parecía que la mala suerte los perseguía.

Acababan de cerrar los ojos cuando fueron despertados primero, por los furibundos ladridos de Pandú y, después, por un concierto espantoso capaz de ensordecer a la persona de tímpanos más sólidos.

-Al infierno con los perturbadores -gritó Alí de mal humor ¿Será posible que no nos dejen descansar un solo minuto en esta maldita isla?

-Son chacales, que corren de todas partes para darse un festín con el pobre rinoceronte -contestó Sciapal-. Es preferible que sean ellos y no los nativos, patrón.

-Pero no nos dejarán dormir.

-No te preocupes; terminarán muy pronto... Deben de ser por lo menos dos o tres centenares, y tienen buenos dientes. En una hora una de estas manadas devora los restos del elefante más grande que imaginarse pueda. Tápate los oídos, patrón, y trata de no escuchar.

-¡No escuchar! Hasta un sordo despertaría con estos diabólicos aullidos.

Durante una hora larga debieron soportar aquella tortura, y cuando por fin cesaron los aullidos, pudieron cerrar los ojos.

Treinta minutos más tarde, nuevos ladridos de Pandú.

Alí se incorporó, furioso.

-¿Más chacales? -preguntó.

-No. patrón -contestó el hindú-. No oigo nada...

-Y sin embargo, Pandú no ladra sin motivo

Sciapal aferró el hacha y miró en derredor con ojos atemorizados.

-¿Será la pantera que regresa? -Tal vez, aún tiene apetito.

-¡Sciapal!