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CAPÍTULO III Hacía ya cuatro o cinco horas que el agua seguía creciendo en la bahía, cubriendo poco a poco el banco en que había encallado el “Mariana”. Era, pues, aquel el momento para intentar poner a flote la embarcación, lo cual no parecía cosa muy difícil pues los marineros ya observaron un movimiento de la rueda de proa. Todavía no flotaba el velero; pero nadie dudaba de llegar a sacarlo de aquel mal paso ayudándolo con alguna maniobra. Desembarazada la cubierta de los cadáveres que la llenaban, especialmente en el castillo de proa, donde cayeron muchos dayakos bajo las descargas de metralla hechas a quemarropa, y recogidos y colocados en las cajas los peligrosos balines de punta que habían detenido tan a tiempo el asalto de los belicosos isleños, los tigres de Mompracem se pusieron enseguida a la faena bajo la dirección de Yáñez y de Sambigliong. A sesenta pasos de la popa se tiraron dos pequeñas anclas, se haló a la cuerda para echar hacia atrás la nave, ayudando el empuje de la marea, y se pusieron las velas de modo que el viento no resultara a favor de proa. -¡A la cuerda, muchachos!- gritó Yáñez cuando todo estuvo dispuesto-. ¡Saldremos pronto de aquí! Ya se habían oído ciertos golpeteos del agua bajo la proa, señal evidente de que la crecida de la marea tendía a suspender la embarcación. Doce hombres se precipitaron a la cuerda, mientras otros tantos se echaron a los cables que sujetaban las anclas para que el esfuerzo fuese mayor: los primeros habían comenzado ya a hacer girar las aspas de los molinetes. Al cabo de cuatro o cinco vueltas de las aspas del cabrestante, el “Mariana” vaciló sobre el banco en que se apoyaba, virando lentamente hacia estribor a impulsos del viento que henchía con fuerza las dos inmensas velas. -¡Ya estamos libres!- gritó Yáñez con voz alegre. Probablemente, hubiera bastado la marea para sacarnos de aquí. ¡Qué sorpresa tan agradable va a tener el piloto cuando despierte! ¡Recoged las anclas, izad las velas, y en marcha hacia adelante en dirección del río! -¿Embocamos el río, sin esperar al día?- preguntó Sambigliong. -Me ha dicho Tangusa que es ancho y profundo y que no tiene bancos- respondió Yáñez-. Prefiero atravesar ahora sin luz y sorprender a los dayakos, que seguramente no nos esperarán tan pronto. Los marineros, haciendo un poderoso esfuerzo con el cabrestante, arrancaron las anclas del fondo, y los gavieros orientaron las velas y los foques del bauprés. Tangusa, que no había dejado la toldilla, se puso al timón, por ser el único que conocía la embocadura del Kabataun. -Condúcenos tan sólo hasta dentro del río, mi valiente muchacho- le había dicho Yáñez-; después regiremos nosotros el “Mariana” y te irás a descansar. -¡Oh! Ya no soy un niño, señor- contestó el mestizo-, para tener necesidad inmediata de descanso. El bálsamo prodigioso con que Kibatang untó mis heridas me ha calmado las dolores. -¡Ah!- exclamó Yáñez, mientras que el “Mariana”, rodeando prudentemente el banco, avanzaba hacia el río-. No me has dicho todavía cómo has caído en manos de los dayakos ni por qué te han martirizado. -No me dejaron tiempo esos bribones para concluir de contarle a usted mi triste aventura- respondió el mestizo haciendo un esfuerzo para sonreír. -¿Venías del “kampong” de Tremal-Naik cuando te pillaron? -Sí, señor Yáñez. Mi amo me había encargado que me llegase hasta la orilla de la bahía para conducirlo por el río. -Estaba seguro de que no dudaríamos en correr en su socorro; ¿verdad? - No lo dudaba, señor. -¿Dónde te sorprendieron? -En los islotes. -¿Cuándo? -Hace dos días. Unos hombres que habían trabajado en las plantaciones me reconocieron enseguida y me asaltaron en mi canoa, haciéndome prisionero. Debieron pensar que Tremal-Naik me enviaba a la costa en espera de algún socorro, porque me interrogaron largamente, amenazándome con cortarme la cabeza si no les revelaba el motivo de mi estancia en aquellos lugares. Como me negué a contestar, aquellos miserables me arrojaron en un pozo que estaba próximo a un hormiguero, me ataron bien, y me hicieron varias incisiones para que saliese sangre. -¡Ladrones! -Ya sabe usted, señor Yáñez, qué voraces son las hormigas blancas. Atraídas por el olor de la sangre, no tardaron en venir sobre mí por batallones, y comenzaron a devorarme vivo poquito a poco. -¡Un suplicio digno de salvajes! -Y que duró un buen cuarto de hora, haciéndome sufrir tormentos espantosos. Afortunadamente, aquellos insectos se habían arrojado también sobre las cuerdas que me sujetaban brazos y piernas, y no tardaron en roerlas, pues estaban empapadas en aceite de coco para que al secarse me apretasen más. -¿Y tú apenas te viste libre escapaste?- dijo Yáñez. -¡Puede usted imaginárselo!- respondió el mestizo-. Como se habían alejado los dayakos, me metí entre la espesura de la floresta vecina, cercana al río; y como vi atracada una canoa con vela, me hice a la mar, pues ya había divisado en lontananza al velero. -¡Has sido bien vengado! -Señor Yáñez, esos salvajes no merecen compasión. ¡Oh! Aquella exclamación se le escapó al descubrir algunas luces que brillaban en las costas de los islotes que componían la barra del río. -Los dayakos vigilan, señor Yáñez. -Ya lo creo- repuso el portugués-. ¿Podremos pasar de largo sin que nos vean? -Tomaremos por el último canal- contestó el mestizo, observando atentamente la superficie del río-. En aquella dirección no veo brillar luz alguna. -¿Habrá bastante calado? -Sí; pero hay bancos. -¡Ah, diablo! -No tema por eso, señor Yáñez. Conozco muy bien la cuenca, y espero que entraremos en Kabataun sin ningún tropiezo. -Mientras tanto, nosotros tomaremos nuestras precauciones para rechazar cualquier ataque- contestó el portugués, dirigiéndose al castillo de proa. El “Mariana” impulsado por una ligera brisa de Poniente, se deslizaba dulcemente, acercándose cada vez más a la cuenca del río. La marca, que aun seguía subiendo, facilitaría la marcha rechazando un buen trozo las aguas del Kabataun. La tripulación, excepto dos o tres hombres encargados de la cura de los heridos, estaba sobre cubierta en los puestos de combate, pues no sería difícil que, a pesar de la terrible derrota sufrida, intentasen los dayakos un nuevo abordaje, o rompiesen el fuego ocultos en los bosquecillos de los islotes. Tangusa guió el “Mariana” de modo que estuviera siempre lejos de las luces que ardían cerca de las escolleras, y que debían dominar el campamento de los enemigos; enseguida, con una hábil maniobra, metió el barco dentro de un canal bastante estrecho que se abría entre la costa y un islote, sin que se oyese grito alguno de alarma en una orilla ni en la otra. -Ya estamos en el río, señor- dijo a Yáñez, que había vuelto a reunirse con él. -¿No te parece un poco extraño que no hayan visto nuestra entrada los dayakos? -Quizás estén durmiendo, no sospechando que pudiésemos salir del banco con tanta facilidad y tan felizmente. -¡Hum!- hizo el portugués moviendo la cabeza. -¿Duda usted? -Creo que nos han dejado pasar para darnos la batalla al remontar el río. -Pudiera ser, señor Yáñez. -¿Cuándo llegaremos? -Al mediodía. -¿Cuánto dista del río el” kampong” ? -Dos millas. -De bosque, probablemente. -Y espeso, señor. -Ha sido un error de Tremal-Naik no haber fundado junto al río la principal factoría. Nos veremos precisados a dividirnos. Y aunque es cierto que mis tigres se baten tan bien en el puente de los paraos como en tierra..., sin embargo... -¿Vamos atrás, señor? El viento es favorable, y la marea nos empujará todavía durante algunas horas. -¡Adelante, y cuidado con dar en seco con el “Mariana”! -Conozco muy bien el río. El velero dobló una lengua de tierra que formaba la barra del río, y remontó la corriente empujado por la brisa de la noche, que henchía las velas. Aquella corriente de agua, que aun hoy es poco transitada a causa de la hostilidad continua de los dayakos que no respetan ni siquiera la cabeza de los exploradores europeos, tenía una anchura de un centenar de metros, corría por entre dos orillas bastante altas, cubiertas de duriones, mangos y árboles gomíferos. No se veía brillar ninguna luz entre los árboles, ni se escuchaba rumor que indicase la presencia de aquellos formidables cazadores de cabezas. Solamente de cuando en cuando se oía el chapuz en las aguas, que debían ser muy profundas, de algún caimán dormido a flor de agua, y al que espantaba la masa del velero. Tanto silencio no inspiraba confianza a Yáñez que redoblaba la vigilancia, procurando descubrir algo bajo la densa oscuridad de los árboles. -¡No- murmuraba-; es imposible que hayamos podido pasar inadvertidos! Alguna cosa debe suceder: Afortunadamente conocemos al enemigo y no nos tomará de sorpresa. Había transcurrido una media hora, sin que hubiese acaecido nada de extraordinario, y ya comenzaba a confiar el portugués, cuando hacia la parte baja de la corriente del río se vio alzarse por encima de las copas de los grandes árboles una línea de fuego. -¡Ta! ¡Un cohete!- exclamó Sambigliong, que lo había visto primero. La frente de Yáñez se nubló. -¿Cómo es que estos salvajes poseen cohetes de señales?- se preguntó. -Capitán- dijo Sambigliong-, eso es prueba de que en este negocio andan mezclados los ingleses. Estos salvajes no han visto cohetes hasta este momento. -Los habrá traído el misterioso peregrino. -¡Mire hacia allí: contestan! Yáñez se volvió hacia la proa, y vio a una gran distancia y hacia la otra parte de la corriente del río extinguirse en el cielo un nuevo rastro de luz. -Tangusa- dijo volviéndose hacia el mestizo, que no abandonaba la barra del timón- parece que se preparan a hacernos pasar una mala noche los ex cultivadores de tu señor. -Lo sospecho, señor Yáñez- respondió el mestizo. En aquel momento se oyeron voces en la proa, exclamando: -¡Hogueras! -¡O incendio! -¡Mira hacia allá! -¡Arde el río! -¡Señor Yáñez! ¡Señor Yáñez! De unos cuantos saltos se puso en el castillo de proa, donde se habían reunido algunos hombres de la tripulación. Toda la parte alta del curso del río, que descendía casi en línea recta con sólo un ligero serpenteo, aparecía cubierta por infinidad de puntos luminosos, que ya se agrupaban, ya se dispersaban, para reunirse poco después en líneas y masas espesísimas. Yáñez había quedado tan sorprendido, que estuvo silencioso algunos minutos. -¿Algún fenómeno capitán?- preguntó concisamente Sambigliong. -No lo creo- repuso por fin Yáñez, cuya frente se oscurecía cada vez más. Tangusa, que había confiado momentáneamente la barra a uno de los timoneles, había ido corriendo, alarmado por aquellas exclamaciones. -¿Puedes decirme qué es esto?- preguntó Yáñez al verlo. -Eso son luces que descienden por el río, señor- contestó el mestizo. -¡Es imposible! Si cada uno de esos puntos luminosos señalase una barca, serían miles de ellas, y no creo que los dayakos posean tantas, ni aun reuniendo todas las que hay en los ríos borneses. -Sin embargo, son luces- replicó Tangusa. -Pero, ¿dónde las han encendido? -No lo sé, señor. -¿Sobre aquellos troncos de árboles? -No sé decirle. El hecho es que esas luces se acercan, capitán, y que el “Mariana” corre el peligro de incendiarse. Yáñez lanzó un ¡por Júpiter!, tan tremendo, que dejó estupefacto a Sambigliong. -¿Qué es lo que han preparado esos canallas?- exclamó el valiente portugués. -Capitán, preparemos las bombas por precaución. -¡Y arma a nuestros hombres de botafuegos y manivelas para separar esas hogueras! ¡Esos malditos salvajes tratan de abrasar nuestro barco! ¡Andad pronto, tigrecitos míos: no hay tiempo que perder! Aquellos centenares y centenares de puntos luminosos se agrandaban a ojos vistas, conducidos por la corriente, y cubrían un trozo enorme del río. Descendían por grupos, produciendo un efecto maravilloso para visto en otra ocasión; hubieran admirado al propio Yáñez; pero en aquel momento no se paraba en efectos estéticos. Los haces encendidos giraban sobre sí mismos formando líneas circulares y espirales que se rompían enseguida, o ya trazando una recta que al cabo se transformaba en una serpentina. Un gran número filaba por las orillas; en cambio, otros danzaban en medio, donde la corriente era más rápida. No se podía saber sobre qué ardían a causa de la espesa sombra que proyectaban los altísimos árboles que cubrían las orillas; pero se suponía que soportase tales hogueras alguna masa flotante. Toda la tripulación se había armado rápidamente de botafuegos, barras de penoles, aspas y manivelas, y se había colocado a lo largo de los costados del “Mariana” para apartar aquellos peligrosísimos haces inflamados. Algunos hombres habían descendido a las redes de la delfinera del bauprés y a las barcazas para poder maniobrar mejor. -¡Siempre por el centro del río!- gritó Yáñez a Tangusa, que había vuelto a manejar la barra del timón-. ¡Si nos sorprendiese el fuego, pronto recalaríamos a una de las orillas! La flotilla ígnea llegaba empujada por las oleadas del agua e iba al encuentro del “Mariana” que avanzaba con lentitud por lo débil de la brisa. -¡Tomad una de esas hogueras!- dijo Yáñez a los malayos que se hallaban en las redes de la delfinera, cuya extremidad inferior casi tocaba la superficie del río. Todos los marineros se habían puesto a la faena, descargando furiosos golpes de botafuegos y de manivelas sobre aquellos fuegos flotadores que rodeaban el “Mariana”. Un malayo recogió una de las minúsculas hogueras, y se la llevó a Yáñez. Era una nuez de coco llena de algodón empapado en una materia resinosa que arde mejor que el aceite vegetal, y que usan de ordinario los borneses y los siameses. -¡Ah, bribones!- exclamó el portugués-. ¡He aquí un maravilloso hallazgo y una cosa que yo no había imaginado! ¡Qué zorros y qué pillos se han vuelto estos dayakos! ¡Tigrecitos míos, sacudid con prisa: si este algodón se adhiere a la madera, nos asan como a patos en asador! Tiró el coco y se lanzó a la proa, donde era mayor el peligro, pues al embestir contra el tajamar aquellas llamas se volcaban en gran número, y la materia viscosa y resinosa de que estaba empapado el algodón, podía adherirse a los costados, en los cuales prendería enseguida favorecido por la brea, que los cubría. Los tigres, que comprendieron el gravísimo peligro que corría el velero, no escatimaban los golpes. Especialmente los que se encontraban en las redes de la delfinera y a caballo de los troncos no cesaban un instante, hundiendo los minúsculos flotadores ígneos, que llevaban a centenares deslizándose y volcándose a lo largo de los costados del “Mariana”. Sin embargo de esto, aun se escapaban algunos algodones ardientes que de cuando en cuando se adherían al barco, prendiéndose enseguida al alquitrán que despedía un humo acre y denso. ¡Ay del barco que hubiese tenido una tripulación menos numerosa! Afortunadamente, los tigres de Mompracem eran suficientes para vigilar toda la borda, y cuando el fuego comenzaba a manifestarse, las bombas lo apagaban en el acto, con un potente chorro de agua. Más de media hora duró tan extraña lucha. Los peligrosos flotadores comenzaron a hacerse más raros, y por último concluyeron de desfilar, desapareciendo río abajo. -¿Nos prepararán todavía otra sorpresa- dijo Yáñez que se había acercado al mestizo- al ver que su criminal tentativa les ha salido mal? ¿Escogerán otro medio? ¿Qué opinas, Tangusa? -Creo que no llegaremos al embarcadero del “kampong” sin que los dayakos nos den una batalla, señor, Yáñez- contestó el mestizo. -Lo prefiero a cualquier otra sorpresa, querido mío. Hasta ahora no veo ninguna chalupa. -Todavía no hemos llegado. La brisa es tan débil, que, si no aumenta, llegaremos mañana por la noche, en vez de llegar al mediodía. -Eso me contraría. ¡Ohé, tigretes: abrid los ojos y tened las armas sobre cubierta! ¡Los cortacabezas nos espían! Encendió un cigarrillo, y se sentó en la borda de popa para poder vigilar mejor las dos orillas. El “Mariana”, que escapó por milagro de aquel segundo peligro, seguía avanzando con lentitud, pues la brisa casi se extinguía. No se oía rumor alguno en las orillas, cubiertas por inmensos árboles que extendían sobre el río sus ramas monstruosas haciendo la oscuridad mayor, por lo cual no dudaba nadie que ojos ocultos seguían la marcha del velero. Era imposible que después de aquella tentativa que tan poco faltó para que les saliera bien, los dayakos hubiesen renunciado a la idea de destruir aquella tan pequeña como poderosa nave que los había rechazado de modo tan sangriento. Habían dejado atrás cinco o seis millas sin que hubiera sucedido nada, cuando Yáñez descubrió bajo las sombras de la floresta unos puntos luminosos que aparecían y desaparecían con gran rapidez. Parecía como si hombres con antorchas corriesen desesperadamente por entre los árboles, ocultándose de pronto entre la maleza. Enseguida se oyeron en varias direcciones silbidos, que no procedían de las serpientes. -Son señales- dijo el mestizo, previendo la pregunta que Yáñez iba a hacerle. -No lo he dudado- respondió el portugués, que comenzaba a inquietarse otra vez. -¿Qué nueva sorpresa nos preparan? -No será mejor que la otra, señor. Quieren a toda costa impedirnos llegar al embarcadero. -Comienzo a perder la paciencia- dijo Yáñez-. ¡Si al menos se mostrasen y atacasen de un modo resuelto! -Saben que somos fuertes y que no nos falta buena artillería, señor, y por eso no intentarán asaltarnos. -Instintivamente siento algo que me dice que esos bribones preparan algo malo contra nosotros. -No digo que no, y le aconsejaría que no mandase desarmar las bombas. -¿Temes que nos envíen otra flotilla de nueces de coco? En vez de contestar, el mestizo se levantó rápidamente dando un golpe de barra al timón. -Estamos en el paso más estrecho del río, señor Yáñez- dijo al cabo-. ¡Prudencia, o damos contra cualquier banco! El río, que hasta entonces había sido suficientemente ancho para permitir maniobrar al “Mariana” con libertad, se había estrechado casi de pronto hasta el punto de cruzarse las ramas de los árboles de un lado a otro. La oscuridad era tan profunda, que Yáñez no acertaba a ver las orillas. -¡Hermoso sitio para intentar un abordaje!- murmuró. -¡Apunta las lombardas hacia las dos riberas, Sambigliong!- gritó Yáñez. Los hombres al servicio de aquellas gruesas bocas de fuego ejecutaron las órdenes; pero apenas lo habían hecho, cuando el “Mariana”, que había acelerado la marcha hacía algunos minutos, pues la brisa refrescaba, chocó bruscamente contra un obstáculo que lo hizo desviarse hacia babor. -¿Qué ha sucedido?- gritó Yáñez-. ¿Hemos encallado? -No, mi capitán- contestó Sambigliong, que se había lanzado hacia la proa-: el “Mariana” flota. Con un golpe de barra el mestizo puso en ruta el barco; pero de nuevo chocó, y el “Mariana” volvió a desviarse, retrocediendo algunos metros. -¿Qué es esto?- gritó Yáñez acercándose a Sambigliong-. ¿Hay una línea de escollos delante? -No veo, capitán. -Pues no podemos pasar. ¡Mandad bajar a alguno al agua! Un malayo ató una cuerda y se deslizó por ella, mientras el velero volvía a enderezar el rumbo. Yáñez y Sambigliong, inclinados sobre la amura de proa, miraban con ansiedad al malayo que se había echado a nadar para descubrir el obstáculo que impedía la marcha del barco. -¿Es una escollera?- preguntó Yáñez. -No, capitán- respondió el marinero, que continuaba buceando de cuando en cuando, sin cuidarse de los caimanes que podían merendársele las piernas. -Entonces, ¿qué es? -¡Ah, señor! Han tendido una cadena bajo el agua, y no podemos avanzar si no se corta. En el mismo instante una voz poderosa se oyó entre los árboles de la orilla izquierda, gritando en un inglés muy gutural: -¡Rendíos tigres de Mompracem: si no, os exterminaremos a todos!
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