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CAPITULO IX Las hordas de los dayakos desembocaban en aquel momento en la floresta, lanzados a una carrera desenfrenada en grupos grandes y pequeños, sin orden alguno. Aullaban como bestias feroces agitando de un modo insensato sus pesados “kampilongs” de luciente acero, y disparando al aire algunos tiros de fusil. Parecían furiosos, y probablemente lo estaban, por no haber logrado decapitar a los últimos defensores del “Mariana” que, más listos que ellos, habían podido refugiarse en la factoría antes que pudieran prenderlos. -¡Por Júpiter!- exclamó Yáñez, que los observaba atentamente desde lo alto del recinto-. Son muchos esos bribones, y, aun cuando su instrucción militar deja mucho que desear, van a darnos que hacer. -No son menos de cuatrocientos- dijo Tremal- Naik. -¡Ta! ¡Ta! Disponen de un parque de sitio- añadió el portugués, viendo salir de la espesura un gran pelotón que conducía una docena de “lilas” y un “mirim”-. ¡Ese canalla de peregrino! Parece que entiende de cosas de guerra, pues dedica todos sus cuidados a la artillería. -¡No marchan muy mal los artilleros¡ ¡Maniobran como soldados de tres meses! Le aseguro, capitán, que no tiran mal del todo- dijo Sambigliong-. Barrían muy bien el “Mariana” enfilándolo de popa a proa. -¿Habrá sido soldado antes ese condenado peregrino?- se preguntó Yáñez-. ¿Quién demonios puede ser ese hombre misterioso? -Yáñez- dijo Tremal-Naik mirándolo de un modo expresivo-, ¿crees que podamos resistir mucho tiempo? -Comparados con ellos, estamos un poco débiles de artillería- respondió el portugués-, porque no tenemos nuestras piezas de caza; pero antes de que los sitiadores suban al asalto, tendremos tiempo bastante y diezmaremos lo suficiente sus columnas si quieren intentarlo a viva fuerza. Basta con que no lleguen a faltar los víveres y las municiones. -Ya te he dicho que estamos bien provistos, especialmente de lo primero. Todos los cobertizos se hallan abarrotados. -Entonces, nos sostendremos bien hasta que regrese Kammamuri. Sandokán no dudará de enviarte más socorros, sabiendo que estás en peligro. ¿Qué tiempo habrá empleado en llegar a la costa? -Por lo menos, una semana. -Entonces, a estas horas debe estar en Mompracem. -Eso creo, si es que no lo han matado los dayakos- contestó Tremal-Naik. ¡Hum! ¡Acometer a un hombre que va escoltado por un tigre! Nadie se habrá atrevido a tanto. De aquí a quince días, poco más o menos, podrá estar de vuelta. Nos sostendremos firmes hasta entonces, y mientras tanto procuraremos divertir a los dayakos haciéndoles bailar a metrallazos. -¿Y si Sandokán no nos mandase socorros? -En tal caso, amigo mío, nos marcharemos- contestó Yáñez con su calma acostumbrada. -¿Con todos esos sitiadores? -Ya veremos si son tantos dentro de quince días. Porque supongo que no cargaremos las bombardas con patatas ni los fusiles con huevos de paloma. Terminaremos nuestra inspección, querido Tremal-Naik, y procuraremos fortificar los puntos más débiles. Debemos resistir, y resistiremos. Mientras proseguían su visita, los dayakos acamparon en derredor de la factoría lejos del alcance de los tiros de las bombardas, construyendo rápidamente con ramas y hojas de plátanos pequeñas cabañas para resguardarse de los rayos solares, y sus artilleros algunas trincheras de tierra y piedra emplazando las piezas de modo que pudiesen batir la factoría por todos lados. Aquellos cañones no eran de calibre para producir daños en la maciza empalizada de tejo que cerraba el recinto, pues es madera durísima y ofrece una resistencia enorme. Sin embargo, cuando Yáñez, terminada la visita, subió a la torrecilla con Tremal- Naik y Sambigliong para ver mejor la llanura, no pudo contener un gesto de cólera. -¡Ese peregrino ha debido ser soldado!- repitió- A los dayakos jamás se les hubiese ocurrido levantar trincheras ni hacer fosos para ponerse a cubierto de los tiros del adversario. -¿Lo ves?- dijo en aquel momento Tremal-Naik? -¿A quién? -Al peregrino. -¡Cómo! ¿Se atreve a mostrarse? -Míralo allí, de pié, sobre aquel tronco de árbol que han hecho rodar los artilleros hasta colocarlo delante del “mirim” con objeto de reforzar la trinchera. Yáñez miró atentamente en la dirección indicada, y sacó del bolsillo unos anteojos de marina, apuntándolos hacia allí. Encima del tronco había un hombre muy alto y muy seco, vestido completamente de blanco, con alamares de oro, zapatos rojos de punta retorcida, como los que usan los borneses ricos, y la cabeza cubierta con un amplio turbante de seda verde, que le bajaba hasta los ojos. Su edad parecía fluctuar entre los cincuenta y los sesenta años. Era de color muy bronceado, pero no tan oscuro ni opaco como el de los malayos y de los dayakos, y sus facciones, que Yáñez distinguía perfectamente, tenían una regularidad y una perfección que no era la de las dos razas dominantes de las islas malayas. -Parece un árabe o un birmano- dijo Yáñez después de haberlo observado atentamente. -No es dayako, ni menos malayo. ¿De dónde habrá salido ese hombre? -¿No lo has visto nunca?- preguntó Tremal-Naik. -Mientras más registro en mi memoria, más me convenzo de no haber tenido jamás que ver con ese hombre- contestó el portugués. Y, sin embargo, debemos haberlo visto en alguna parte. Su odio contra mí, y también contra vosotros, pues según tengo entendido, en cuanto concluya conmigo se ocupará de los tigres de Mompracem, lo habrá motivado algo. -¡Ah! ¿También quiere tomarla con Mompracem?- dijo Yáñez sonriendo-. ¡Se conoce que no sabe todavía lo que valen nuestros tigrecitos! ¡Que pruebe a lanzar sus hordas sobre las costas de nuestra isla! ¡Ya verá cuántos dayakos vuelven! ¡Ta! ¡La danza guerrera! ¡Mal indicio! -¿Qué quieres decir, Yáñez? -Que los dayakos se preparan para la pelea. Antes de poner mano en los “kampilangs” se excitan con la danza. Sambigliong, ve a decir a nuestra gente que esté dispuesta, y haz llevar las bombardas a los cuatro ángulos del edificio para poder batir todos los puntos del horizonte. Cuando se pongan en movimiento los dayakos, iremos nosotros a dirigir la defensa. Unos ciento cincuenta guerreros con un “kampilang” en cada mano se destacaron formando cuatro columnas con el grueso de la gente, y avanzaron hacia el “kampong” para proseguir bailando. Así que llegaron a unos quinientos pasos del recinto, dieron un grito feroz: era un grito de desafío. Después formaron cuatro círculos y se pusieron a danzar desordenadamente. Depositaron en el centro las armas, cruzando unas con otras; enseguida algunos de aquellos salvajes sacaron de una especie de morrales que llevaban colgados varias cabezas humanas que parecían cortadas recientemente, y las colocaron entre los grupos formados con los “kampilangs”. Al ver aquellas cabezas, Yáñez apenas pudo reprimir un gesto de ira. -¡Miserables!- exclamó. -Pertenecían a tus hombres; ¿verdad, mi pobre amigo?- dijo Tremal-Naik. -¡Sí!- contestó el portugués-. Deben haber pescado los cadáveres lanzados por la explosión al río para apoderarse de sus cabezas. No haremos nosotros eso, no; pero, ¡vive Dios!, las cambiaremos por plomo. -¿Quieres que ya que están a nuestro alcance les hagamos una descarga de metralla? -Todavía no. Dejémoslos que disparen ellos el primer tiro. Mientras tanto, los dayakos continuaban saltando como monos o como borrachos en la plena excitación de una borrachera bailando de un modo espantoso, moviendo los brazos y haciendo contorsiones al son de los golpes que varios tamborileros daban con unas mazas en un tronco hueco cubierto con piel de tapiro. Los danzarines bailaban primero con una cierta cadencia tranquila, y enseguida daban saltos como si ante ellos hubiese una hoguera, y por último emprendían una carrera loca empuñando unos pequeños “kriss”, cual si persiguiesen a un imaginario enemigo que huye. Aquella danza duró más de media hora; al cabo de ella los guerreros, exhaustos, anhelantes, volvieron a sus respectivos campamentos. Reinó un silencio profundo durante algunos minutos, y de pronto resonó en la llanura un grito formidable lanzado por todos los combatientes. -¿Se disponen para atacarnos?- preguntó Tremal-Naik a Yáñez, que de nuevo se puso a mirar con los gemelos. -No; veo a un hombre que acaba de salir del cobertizo donde se resguarda el peregrino, y que trae una banderola verde en lo alto de una lanza. -¿Qué? ¿Nos envían algún parlamentario? -Eso parece- contestó el portugués. -¿A intimarnos la rendición? -La paz de seguro que no. Un dayako, probablemente algún guerrero famoso, a juzgar por las grandes plumas con que se adornaba la cabeza y por la extraordinaria cantidad de brazaletes de cobre que le cubrían los brazos y piernas, había salido del campamento, seguido de otro que llevaba uno de aquellos grandes tambores de madera de que se sirvieron para marcar el compás a los bailarines. -¡Caracoles!- exclamó el Portugués-. ¡Un parlamentario en toda la regla! Únicamente que en vez de un trompetero, trae un tamborilero, o, mejor dicho, un tamborilerazo. Ese peregrino debe ser un hombre muy civilizado. Bajemos, Tremal-Naik. Vamos a ver qué es lo que nos envía a decir el general de los dayakos. Apenas habían dejado la torrecilla y entrado en la terraza que se extendía sobre la contrapuerta, cuando llegó el parlamentario diciendo que quería hablar con el dueño blanco. -Yo no soy el dueño del “kampong”- dijo el portugués inclinándose sobre el parapeto y mirando con curiosidad al guerrero y al tamborilero. -No importa- respondió el parlamentario-. El Peregrino de la Meca, el descendiente del gran Profeta, desea que no hable sino con el hombre blanco, el hermano del Tigre de la Malasia. -¡Por Júpiter!- exclamó riendo Yáñez-. ¡Dos hermanos de distintos colores! ¡Ese peregrino debe ser un necio! Y alzando la voz prosiguió: -Entonces, decidme qué es lo que me quiere el descendiente del Profeta. -Me envía a decirte que por ahora os concede la vida a ti y a tus hombres, con la condición de que le entregues a Tremal-Naik y a su hija. -¿Y qué quiere hacer con ellos? -Cortarles la cabeza- contestó cándidamente el guerrero. -Pero por lo menos me dirás por qué motivo quiere decapitarlos. -Porque así lo quiere Alá. -Pues dile que, a su vez, mi Alá no lo quiere; que yo he venido aquí para hacer respetar su deseo, y que estoy dispuesto a defender a mis amigos. -Te repito que Alá y el Profeta han decretado la muerte de ese hombre y de esa muchacha. -¡Pues yo envío al diablo a todos ellos y a ese peregrino embrollón, que os ha embaucado dándoos a beber alguna mixtura! -El peregrino es un hombre que ha hecho milagros delante de nosotros. -Pero no delante de mí; y así, le dirá que lo desafío a que me haga alguno. Mientras tanto no me pruebe lo contrario, seguiré creyéndolo un intrigante que abusa de vuestra credulidad y de vuestros instintos sanguinarios. -Le diré cuanto me ha dicho el hombre blanco. -No te apresures, porque nosotros no tenemos prisa- dijo Yáñez con ironía. El tamborilero redobló por tres veces en el pesado instrumento, cuyo sonido se parecía al de un trueno lejano; hecho esto, los dos salvajes volvieron al campamento donde los guerreros esperaban con impaciencia. -¡Ese peregrino debe ser el mayor tunante que haya bajo la capa del cielo!- dijo Yáñez a Tremal- Naik así que se alejaron los dos parlamentarios-. ¿Qué milagros habrá hecho ese hombre para que los dayakos hayan llegado a creerle un semidiós? ¡Quisiera saberlo! -Evidentemente, algo ha debido hacer- contestó el indio-. Nadie se impone tan de repente a esos salvajes que son desconfiados por naturaleza. -¡Armas, dinero y milagros!- exclamó Yáñez-. ¡Con todo eso se doma hasta a los antropófagos! ¡Y no saber por qué ese hombre la ha tomado con nosotros! -Conmigo y con mi hija- rectificó Tremal-Naik. -Eso por ahora; pero, ¿y después? Además, no sería yo el que se fiase de las promesas de ese impostor. ¡Ta! ¡Vuelve el parlamentario! ¡Ya comienzan a serme importunos él y su tamborilero! ¡Si vuelve otra vez, mando que le tiren a las piernas un metrallazo de clavos y balines! -Hombre blanco- dijo el parlamentario cuando llegó debajo de la terraza-, el peregrino me envía a decirte que realizará delante de ti un milagro tan grande, que ningún otro hombre pueda realizarlo, demostrándote a ti y a tus gentes que es invulnerable. -¿Quiere que yo haga la prueba de la penetración disparando sobre él una bala de mi carabina?- preguntó Yáñez burlonamente. -Se propone ejecutar ante tus ojos la prueba de fuego, y demostrarte que saldrá ileso por la protección celestial de que goza. Tan solamente pide que le concedas una zona de terreno próxima al “kampong” para que puedas observarlo. -¿Y después? -¿No te hasta? -Pregunto qué es lo que hará después. -Esperar tu resolución. -¿Que debe ser?... -Entregarle en sus propias manos el indio y su hija, porque, efectuada la prueba, no dudarás ya de que es un semidiós contra quien nadie puede luchar; ni tú, ni tus hombres, y menos el Tigre de la Malasia, aun cuando diga que es invencible. -Ya que el peregrino es tan galante que nos ofrece un espectáculo, dile que, por nuestra parte, no nos oponemos. Por lo menos, nos servirá de distracción. -¿No crees, hombre blanco, que pueda realizar el peregrino esa prueba? -Te lo diré cuando haya visto el milagro. -Y entonces, ¿te rendirás? -Eso, por ahora, no puedo decírtelo. -Tus hombres dejarán en el acto las armas y te abandonarán. -Muy bien; esperaré a que os entreguen los fusiles- contestó Yáñez con sonrisa irónica. No había transcurrido un cuarto de hora del regreso de los dos parlamentarios al campamento, cuando Yáñez y Tremal-Naik, que permanecieron en la terraza, deseando regodearse con el milagro, vieron dos grupos de dayakos, compuesto cada uno de una quincena de hombres desarmados, que se acercaban al “kampong” llevando grandes cestos llenos de piedras, planas la mayor parte, que debían haber sido recogidas en el lecho de algún riachuelo. Se detuvieron a cincuenta pasos de la terraza, y las colocaron formando una especie de ara de seis metros de largo por otros tantos de ancho. -Preparan el brasero- dijo Yáñez a Tremal-Naik, que lo interrogaba. Distribuidos los dos grupos, avanzaron otros dos cargados de leña resinosa, que acumularon sobre las piedras, prendiéndole fuego y dejándola arder durante par de horas. Yáñez, Tremal-Naik y toda la guarnición, exceptuando a los centinelas, asistieron pacientemente a los preparativos colocándose debajo de los árboles, cuyas frondosas ramas proyectaban una sombra muy fresca en la terraza construida sobre el recinto, desde donde los defensores podían hacer fuego con comodidad. Los dayakos, que, por lo que podía colegirse, querían demostrar al hombre blanco- para ellos un ser superior- los milagros del peregrino, habían ido reuniendo poco a poco en derredor de la hoguera, sin que los defensores del “kampong” se tomasen el trabajo de protestar pues todos habían ido sin armas. -He aquí una diversión que no hemos gozado nunca- había dicho Yáñez-, y que no producirá ningún efecto, por lo menos sobre mis tigrecitos. -Y mucho menos sobre mis malayos y javaneses añadió. Ya no creen en Alá como esos imbéciles. ¿Quién habrá dado a conocer a esos salvajes la religión mahometana? -Los árabes antiguos, querido- respondió el portugués-. ¿No sabes que aquellos intrépidos navegantes conocieron y recorrieron estas regiones cuando todavía europeos ignoraban que existiesen en esta parte del globo las grandes islas malayas? Tú no sabes que existió un hombre llamado Tolomeo, y que vivía en el año 166 del nacimiento de Jesucristo; pero puedo decirte que ya en aquella época los árabes conocían perfectamente a los malayos; el Quersoneso Aurea, donde colocaban el monte Ofir, que no era sino el Sumatra; Glabadiva, que es la Java actual; los sátiros, que son los batias; mejor dicho los antropófagos. ¡Eh! ¡Mira el peregrino que se adelanta! Ese bribón se dejará abrasar las plantas de los pies para hacer creer a sus fanáticos que es un semidiós, ser superior, un verdadero descendiente del gran Profeta. ¡Admiro su fuerza de voluntad y su presencia de ánimo! -¡Yo lo mataré de un tiro de fusil o de bombarda!- Repuso -No cometeremos tal asesinato, amigo mío. Debemos ser los últimos en contestar a las provocaciones. Somos personas civilizadas. Un grito enorme les advirtió que el peregrino iba a salir del campamento para demostrar al hombre blanco y a sus guerreros su invulnerabilidad y su poder de ente superior. Damna, la gentil y graciosa anglo-india, se había reunido con su padre y con Yáñez. También los tigres de Mompracem estaban en la terraza, con las carabinas apoyadas en el parapeto, por temor de alguna sorpresa por parte de aquellos salvajes, en los cuales no tenían confianza alguna. El peregrino avanzaba hacia el ara de piedras, convertidas en ascuas después de dos horas de fuego continuo. Levaba puesto el turbante verde, y la cara cubierta con un pedazo de seda del mismo color. Vestía una especie de camisa muy ajustada, de “nanquín” amarillo, que le llegaba hasta las rodillas, y tenía los pies desnudos. -O ese hombre es un gran embustero, o es una verdadera salamandra- dijo Yáñez. -¿No pasean también los faquires indios sobre tizones ardientes, en lugar de hacerlo sobre piedras calentadas?- dijo Tremal-Naik-. ¿No te acuerdas de la fiesta de Damna Ragiae, donde conociste a la adorable Surama, la sobrina del rajá de Gualpara? -¡Por Júpiter! ¡Es verdad; me acuerdo!- contestó Yáñez. -También en aquella fiesta los fanáticos corrían sobre las brasas. -Pero salían tostados de aquel infierno, mientras que este demonio de peregrino promete que paseará sobre esas piedras, puestas al rojo blanco, sin que le suceda nada. -Ya lo veremos, Yáñez, a menos que sea un gran faquir. -¡Abre los ojos, Damna!- dijo Yáñez viendo que la muchacha se inclinaba sobre el parapeto-. ¡No me fío de esos bribones! -¿Qué teme usted, señor Yáñez? -¡Eh! Un tiro de fusil dispara pronto. -A la vista no. ¡Adelante, señor descendiente de Mahoma! ¡Mostradnos vuestro milagro! El misterioso adversario de Tremal-Naik había llegado al ara de piedras, que debían despedir un calor intolerable. Se recogió un instante en sí mismo con las manos levantadas y fija la mirada hacia Oriente, o sea en dirección del lejano sepulcro del profeta; movió los labios como si rezase, y enseguida se lanzó resueltamente, gritando tres veces de un modo estentóreo: -¡Alá! ¡Alá! ¡Alá! Con paso seguro, insensible al horrible calor que salía de las piedras, desnudas las piernas y los pies, avanzó sobre el ara a paso lento, sin proferir un gesto que revelase el menor dolor. Los dayakos, estupefactos, atontados ante aquella prueba, alzaban los brazos mirándolo con admiración profunda. Para ellos, aquel hombre debía de ser, sin duda alguna, un semidiós, un verdadero descendiente del gran Profeta. Realizando el recorrido, el peregrino se detuvo un instante; enseguida volvió sobre sus propios pasos, siempre tranquilo, siempre impasible, como si en vez de pasear sobre aquellas piedras donde se podía cocer pan, paseara sobre la hierba de un prado. -¡Ese debe ser un hijo del compadre Belcebú!- exclamó Yáñez, que no podía menos de admirar el estoicismo de aquel hombre-. ¿Cómo puede resistir ese calor? Tiene los pies desnudos: aquí no puede haber trampa. -¡Ese hombre debe ser insensible como las salamandras!- contestó Tremal-Naik. Terminada la segunda prueba, el peregrino volvió el rostro enmascarado con el trapo hacia Yáñez y lo miró durante algunos instantes; después se alejó lentamente, dirigiéndose hacia su cobertizo, mientras que los dayakos, presa de una verdadera exaltación, gritaban hasta enronquecer. -¡Alá! ¡Alá! ¡Alá! Algunos minutos más tarde, en tanto que los guerreros volvían a sus campamentos precipitándose hacia el peregrino, se presentó por tercera vez bajo la terraza. -¿Qué es lo que quieres todavía, pesado?- le preguntó Yáñez. -Vengo a preguntarte si después de tan gran prueba como la que te ha dado el descendiente del Profeta te decides a rendirte- dijo el guerrero. -¡Ah, es verdad; debía darte una contestación!- dijo Yáñez. Puedes decirle al hijo, sobrino o primo de Mahoma, que le doy las gracias por el interesante espectáculo que se ha dignado ofrecernos a nosotros, pobres incrédulos. Enseguida, quitándose con un gesto soberano un magnífico anillo que llevaba en un dedo se lo tiró al parlamentario, añadiendo: -¡Y ésta es su recompensa!
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