![]() |
![]() |
|
|
|
|
|
|
|
|
|
CAPITULO VI Ante el embarcadero se extendía un pequeño descampado malamente roturado, pues surgían en muchas partes los troncos de los árboles cortados: detrás veíanse restos de cabañas y de cobertizos destruidos por el incendio. Allí comenzaba una espesísima floresta formada en su mayor parte por helechos arbóreos, cycas, duriones, etc., entrelazados con “rotangs” de extraordinaria longitud, los cuales formaban verdaderas e inextricables redes. No turbaba rumor alguno el silencio reinante entonces bajo aquellos árboles majestuosos. Únicamente de cuando en cuando se oía entre el follaje un grito débil lanzado por algún “gerkó”, lagarto cantador, o el gorjeo de brillantes colores con reflejos metálicos. Yáñez y sus hombres, después de haber permanecido escuchando durante algún tiempo, para asegurarse de que aquella calma era real, y de concluir de afianzarse en esta creencia, viendo la tranquilidad de una pareja de monos subidos en un plátano, dieron una vuelta por detrás de las destruidas cabañas y se internaron en el bosque, explorando cerca de media milla, sin que encontrasen rastro alguno de sus implacables enemigos. -¡Parece imposible que hayan desaparecido!- dijo Yáñez, a quien le parecía inexplicable aquella imprevista tregua después del encarnizamiento demostrado-. ¿Habrán renunciado a atormentarnos en vista de la batida que han llevado? -¡Hum!- hizo el piloto-. Si el peregrino ha jurado la perdición de todos ustedes, me parece que hará lo posible por conseguirlo y por cortarles la cabeza. -Pon la tuya también en el número- dijo el portugués-. Volvámonos a bordo y esperemos a la noche. El retorno lo realizaron sin incidente de ninguna especie, afirmándose cada vez más en la suposición de que los dayakos todavía no habían podido reunirse en aquellos lugares. Apenas se ocultó el sol, dispuso Yáñez rápidamente los preparativos para la marcha. A bordo había aún treinta y seis hombres, incluyendo a los heridos. Escogió quince tan sólo, pues no quería mermar demasiado la tripulación, que podría verse acometida durante su ausencia, y cerca de las nueve de la noche, después de haber recomendado a Sambigliong que ejerciese la más activa vigilancia para que no lo tomasen de sorpresa, volvió a saltar en tierra con Tangusa, el piloto y la escolta. Todos iban armados de un modo formidable, con carabinas indias de largo alcance y con “parangs”, terribles cimitarras que de un solo golpe decapitan a un hombre; además llevaban gran provisión de municiones, pues ignoraban si Tremal-Naik tendría suficiente para poder resistir un asedio. -¡Adelante, y, sobre todo, haced el menor ruido posible!- dijo Yáñez en el momento en que se internaban en el bosque-. Todavía no tenemos la seguridad de encontrar libre el camino. Miró hacia atrás para echar la última ojeada al velero, cuya masa se destacaba en el agua del río, y, sin saber por qué, sintió que se le oprimía el corazón. Tuvo como un presentimiento desagradable. -¿Lo perderé?- murmuró con inquietud. Desechó aquel importuno pensamiento y se puso a la cabeza de la escolta, precedido por el mestizo y el piloto, que marchaban a pocos pasos de distancia, y que eran los únicos capaces de orientarse en medio de aquella enorme confusión de vegetales y por entre las redes de las colosales plantas trepadoras. Como por la mañana seguía imperando un profundo silencio bajo aquella bóveda de verdura sin fin, cual si la floresta estuviese libre por completo de fieras y de toda clase de animales salvajes. Ni siquiera se veían las aves nocturnas que, como los enormes murciélagos pelados, tan comunes son en las islas de la Malasia. Tan sólo los lagartos cantores hacían oír su ligero y estridente chillido. El cielo estaba cubierto de nubes, y la atmósfera era pesada bajo las enormes hojas que se entrelazaban estrechamente a treinta o cuarenta metros del suelo. -Cualquiera diría que nos amenaza un huracán- dijo Yáñez, que respiraba fatigosamente. -Y no tardará en estallar, señor- contestó el mestizo-. He visto que se ponía el sol tras una nube negruzca. Apenas tendremos tiempo de llegar al “kampong”. -Si es que no nos detiene nadie. -Hasta ahora, señor, no se han hecho presentes los dayakos. -Supongo que nos los encontraremos cerca del “kampong” -Si los hay, no serán tantos que puedan oponernos una resistencia seria; al menos, por el momento. -Los que han ido a esperarnos en la hoz del río es casi seguro que no hayan vuelto todavía. -Si se detuviesen, aunque no fuese más que durante veinticuatro horas, no los temería- contestó Yáñez-. Con la tripulación reforzada, es inexpugnable el “Mariana”. ¿Tendrá muchos defensores Tremal-Naik? -Supongo que habrá podido reunir una veintena de malayos. -Siendo así, tendremos un pequeño ejército que dará quehacer a ese maldito peregrino. ¡Apretemos el paso para llegar al “kampong” antes del alba! La floresta no permitía avanzar con la rapidez que hubieran deseado, pues se encontraban en medio de una plantación antigua de pimienta que envolvía los árboles en una red por completa inextricable. Las gigantescas plantas no lograron ahogar los altísimos sarmientos de la pimienta, los cuales, replegándose por el suelo, ciñéndose a los “rotangs” y a los “canalons” y rodeando las monstruosas raíces que emergían de la tierra por falta de espacio, formaban un colosal enrejado de resistencia enorme. -¡Mano a los “parangs”!- dijo Yáñez al ver que no podían pasar los dos guías. -Haremos ruido- replicó el piloto. -Pues yo no tengo ganas de volver atrás. -Pueden oírnos los dayakos, señor. -Si nos acometen, los recibiremos como se merecen. ¡Adelante! A fuerza de tajos lograron abrirse paso, y siempre manejando los machetes a derecha e izquierda, continuaron penetrando en la interminable espesura. Hacía una hora que avanzaban luchando obstinadamente con las plantas, cuando el piloto se detuvo de repente, diciendo: -¡Quietos todos! -¿Los dayakos?- preguntó en voz baja Yáñez, que se le había reunido en el acto. -No sé, señor. -¿Has oído algo? -He oído crujir ramas delante de nosotros. -Vamos a ver, Tangusa; y vosotros, esperad aquí sin hacer fuego hasta que yo dé la señal. Se echó en tierra, encontrándose ante una maraña de raíces y sarmientos, y comenzó a deslizarse hacia el sitio donde aseguraba el malayo que había oído crujir las ramas. El mestizo lo seguía, procurando no hacer ruido. Así recorrieron unos cincuenta metros, y se detuvieron bajo la corola de una flor monstruosa; era un “crebul”, cuya circunferencia medía tres metros aproximadamente y exhalaba un olor desagradable. En derredor de aquella flor había un pequeño espacio libre, desde el cual podían verse fácilmente los hombres que avanzasen a través de la floresta. -No se ha equivocado Podada- dijo Yáñez al cabo de un momento que escuchó con gran atención. -En efecto: alguien se acerca afirmó el mestizo. -Pero eso, ¿qué es?- preguntó de pronto Yáñez. En aquel momento se oyó en lontananza un rumor extraño, que se parecía al que producen los vagones de un tren en marcha. -No es un trueno- dijo el portugués. -Todavía no relampaguea- dijo Tangusa. -Cualquiera creería que es un río que ha roto los diques. -Hasta ahora no ha caído ni una gota de agua, y el Kabataun está lejos. -¿Qué será? -Lo que sea se aproxima rápidamente, señor. -¿Hacia nosotros? -Sí. -¡Calla! Aplicó el oído al suelo, y escuchó otra vez conteniendo la respiración. La tierra transmitía con claridad aquel rumor inexplicable, que parecía producido por el rápido avance de enormes masas. -No comprendo, en absoluto, lo que pueda ser- dijo al cabo Yáñez levantándose-. Lo mejor será que nos repleguemos hacia la escolta; quizás el piloto nos explique este misterio. Volvieron a desandar a rastras lo recorrido escurriéndose por entre los infinitos sarmientos que había. Cuando llegaron adonde estaban sus hombres, vieron que éstos también parecían poseídos de una viva agitación, pues hasta allí llegaba el rumor. Sólo Podada estaba tranquilo. -¿De qué proviene ese ruido?- le preguntó Yáñez. -Es una columna de elefantes que vienen huyendo de algún peligro, señor- respondió el piloto-. Deben ser muchísimos. -¡Elefantes! ¿Y quién puede haber espantado a esos colosos? -Yo creo que los habrán espantado los hombres. -¿Es decir, que los dayakos avanzan por Poniente? Porque de ese lado viene el ruido. -Eso mismo estaba pensando. -¿Qué me aconsejas que haga? -Que nos alejemos lo más pronto posible. -¿No encontraremos a los elefantes en el camino? -Es probable; pero bastará con una descarga para obligarlos a desviarse. Esos colosos tienen un miedo increíble a los disparos de las armas de fuego, porque no están habituados a oírlos. -¡Entonces, adelante!- mandó el portugués con resolución-. Debemos llegar al “kampong” antes de que se acerquen los dayakos. Se pusieron de nuevo y con gran prisa en camino, tajando los “rotangs” y los cálamus. El fragor aumentaba en intensidad rápidamente. El piloto debía haber acertado cuál era la causa que lo ocasionaba. Entre el ruido producido por el incesante crujir de las plantas arrolladas por las irresistibles patas de aquellas masas enormes, lanzadas a un desenfrenado galope, comenzaban a oírse los resoplidos peculiares de los elefantes. A los paquidermos debían venir espantándolos muchos hombres, pues de ordinario no huyen ante un grupo de cazadores. Por fuerza, era la banda de los dayakos la que los hostigaba. Yáñez y sus hombres forzaban el paso, temiendo verse envueltos y atropellados por los paquidermos en su loca carrera. Hallaron algunos espacios libres, y echaron a correr mirando con espanto a sus espaldas, pues a cada instante se creían alcanzados y hechos añicos por los monstruosos animales. El mismo Yáñez parecía preocupado. Llegaban en aquel momento a una espesura formada casi en su totalidad por enormes árboles de alcanfor y que ninguna fuerza podría derribar, pues los troncos eran gigantescos, cuando el piloto se detuvo por segunda vez, diciendo precipitadamente: -¡Escondeos detrás de esos árboles, que bastan para protegeros! ¡Que llegan! Apenas tuvieron tiempo para resguardarse detrás de los enormes troncos, cuando aparecieron los primeros elefantes. Desembocaron a todo correr de una espesura de “sunda-matune”, llamados árboles de la noche, porque sus flores no se abren hasta después de haberse puesto el sol. Aquellos monstruosos animales, que pasaban locos de terror, cayeron de golpe en un bosquecillo de palmas jóvenes que les cerraba el camino y lo arrasaron de tal modo, que parecía como si una hoz enorme manejada por un titán lo hubiese segado. Aquellos elefantes no eran más que la vanguardia de la manada, pues a los pocos instantes apareció el grueso de la columna lanzando bramidos espantosos. Eran unos cuarenta o cincuenta elefantes entre machos y hembras, que se empujaban procurando adelantarse unos a otros. Sus trompas formidables desgajaban con irresistible ímpetu, abatiéndolo todo, árboles y maleza. Viendo Yáñez que algunos parecía como que se dirigían hacia los árboles del alcanfor, iba a mandar hacerles una descarga, cuando divisó varios puntos luminosos que detrás de los paquidermos describían ígneas parábolas. -¡Silencio! ¡Que nadie se mueva! ¡Los dayakos!- exclamó Podada. En efecto; algunos hombres casi desnudos por completo corrían detrás de los elefantes, lanzando sobre los lomos de los animales ramas resinosas encendidas, que tan pronto como caían volvían a recoger rápidamente para volver a arrojárselas. Los dayakos no eran más de veinte; pero los paquidermos, aterrados por aquella lluvia de fuego que sin cesar les caía encima, no se atrevían a resolverse, por efecto del terror de que eran presa, pues, con que hubiesen dado una sola carga, hubieran triturado a tan pequeño grupo de enemigos. -¡No os mováis, y, sobre todo, no hagáis fuego!- repitió precipitadamente Podada. ¡Habían pasado los elefantes, golpeando los primeros troncos del grupo de los árboles de alcanfor sin que las colosales plantas hubiesen cedido, desapareciendo en lo más espeso de la floresta, perseguidos siempre por los dayakos. -¿Serán cazadores?- preguntó Yáñez, así que el fragor se perdió a lo lejos. -Que nos cazaban- repuso el malayo-. Alguno que vigilaba el embarcadero ha debido vernos saltar a tierra; y como probablemente no serían bastantes en número los dayakos que hubiese por estos alrededores, procuraron echarnos encima los elefantes. Ya verá usted cómo los obligan a correr toda la floresta, con la esperanza de que nos encuentren en la carrera y nos aplasten. -¿Qué, podríamos volver a encontrarlos todavía? -Es probable, señor, si no nos apresuramos a salir de esta espesura y a refugiarnos en el “kampong” de Pangutarang. -¿Estamos aún muy lejos? -No lo sé, pues esta parte de la floresta es tan intrincada, que no podemos orientarnos ni correr mucho. Sin embargo, supongo que llegaremos antes del amanecer. -Marchemos antes de que vuelvan los elefantes. Además, no siempre se encuentran árboles de alcanfor para guarecerse. Pero una cosa me asombra. -¿Qué cosa es, señor? -¿Cómo han podido reunir tantos animales esos salvajes? -No siendo domadores como los “mauht” de Siam o como los “cornac” indios, los habrán encontrado por casualidad- dijo Tangusa, que asistía al coloquio. -En estas florestas no es raro encontrar manadas de cincuenta, y aun de cien cabezas. -¿Y los animales se prestarán a este juego? -Seguirán huyendo hasta que los dayakos dejen de hostigarlos. -No creía que esos tunantes fuesen tan astutos. ¡Amigos, al trote! Salieron de la espesura que tan oportunamente los salvó de la espantosa carga, y se internaron en otros boscajes formados en su gran mayoría por árboles gomíferos, sandarcas, etcétera, procurando orientarse, y sin poder ver ni una estrella a causa de la tupida bóveda de hojas que los cubría. Afortunadamente, ya no estaban tan espesos los árboles y las plantas trepadoras se hacían cada vez más raras; por lo tanto, marchaban con más celeridad, y aun podían correr algunos ratos, siendo menor también el peligro de caer en una emboscada. Todavía se oía a lo lejos, ora con más intensidad, ora más débilmente, el fragor que producían los elefantes lanzados en loca carrera. Los pobres animales, unas veces arrojados hacia una parte, otras empujados hacia atrás, hacían el juego a los dayakos, quienes los guiaban con gran habilidad por donde deseaban, con la esperanza de sorprender a aquel puñado de hombres en cualquier parte de la inmensa floresta. Podada y el mestizo, sabiendo, como sabían, de qué se trataba, se arreglaban de modo que siempre estuviesen lejos del peligro, conduciendo a su gente en sentido opuesto al seguido por los paquidermos. Después de más de media hora los dayakos, quizás convencidos de que los tigres de Mompracem no se encontraban en aquella parte de la selva, empujaron a los elefantes hacia el río, pues poco a poco el fragor de aquella furibunda carga fue alejándose hacia el Sur, hasta que dejó de oírse. -Creen que todavía estamos lejos del “kampong”- dijo el piloto después de haber escuchado durante un momento-. Van a buscarnos hacia el Kabataun. -¡Qué tenaces son esos bribones!- dijo Yáñez-. Realmente, nos han declarado guerra a muerte. -Señor- contestó Podada-, saben que si logramos unirnos a Tremal-Naik, se les hará muy difícil el asalto del “kampong”. -Por mi parte, yo les dejo el “kampong”: no tengo intención ninguna de establecerme aquí. Tengo orden de conducir a Tremal-Naik y a su hija Damna a Mompracem: eso es todo. Ni siquiera hacer la guerra al peregrino, al menos por ahora. Más adelante veremos. ¿Renuncia usted a saber quién es ese hombre misterioso que ha jurado el exterminio de todos ustedes? -Todavía no he dicho la última palabra- contestó Yáñez sonriendo-. ¡Ya llegará el día en que ajustemos las cuentas a ese señor! Por ahora pongamos en salvo al indio y a su graciosa hija. ¿Dónde estamos? Me parece que comienza a clarear la espesura. -¡Buena señal! El “kampong” de Pangutarang no debe estar muy lejos. -Dentro de muy poco encontraremos las primeras plantaciones- dijo el mestizo, que hacía algunos minutos iba observando la floresta-. Si no me engaño, estamos junto al Morapohe. -¿Qué es eso?- preguntó Yáñez. -Un afluente del Kabataun, que sirve de límite a la factoría. ¡Alto, señores! -¿Qué es? -Que veo brillar luces allá lejos- exclamó Tangusa. Yáñez aguzó la mirada, y a través de un claro de árboles y a una distancia considerable vio brillar entre las tinieblas una gran luz, que no debía ser un simple farol. -¿El “kampong”?- preguntó. -O una luz de los sitiadores- dijo Tangusa. -¿Tendremos que dar una batalla antes de entrar en la factoría? -Pillaremos por la espalda al enemigo, señor. -¡Callad!- dijo en aquel momento el piloto, que se había adelantado algunos pasos. -¿Qué es lo que hay todavía?- preguntó Yáñez después de algunos minutos de silencio. -Oigo chocar el río contra ambas orillas. El “kampong” se encuentra delante de nosotros, señor. -¡Pues atravesémoslo!- contestó Yáñez resueltamente-, y caigamos a paso de carga sobre los sitiadores. Tremal-Naik, por su parte, nos ayudará como mejor pueda.
|
|
|
|||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||
|
|
|
| Los textos acá colocados son en su gran mayoría de dominio público y/o sus autores han autorizado su colocación. Algunos fragmentos de obras comerciales pueden estar presentes con fines educativos. El respeto al derecho de autor es una parte central de la actividad literaria. Si alguien considera que se vulneran sus derechos o que se hace uso inadecuado de algún contenido o material, favor contáctarnos para retirarlo de inmediato. | ||
| Ciudades Virtuales Latinas - CIVILA.com y Educar.org (c) 1996 - 2006 | ||