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Capítulo VIII

CAPÍTULO VIII
LA EXPLOSIÓN DEL “MARIANA”

Los dos hombres, visiblemente impresionados, salieron de la habitación, ascendieron por una escalerita y se encontraron en una terraza del “bungalow”, sobre la que se elevaba la torrecilla o alminar, que era elevadísima, y a la cual se subía por otra escalera exterior.

En pocos momentos se hallaron en lo más alto de aquel observatorio, que terminaba en una reducida plataforma circular, donde había una gran bombarda de largo cañón que podía batir desde tal altura todos los puntos del horizonte.

El sol había salido ya, iluminando la llanura, y sus rayos parecían de fuego, pues en aquellas regiones no hay hora ninguna de fresco, ni siquiera al despuntar el astro diurno.

Al aparecer la luz de los dayakos que sitiaban el “kampong” se alejaron a una distancia de seiscientos o setecientos metros, resguardándose detrás de gruesos troncos de árboles cortados a propósito para que les sirviesen como de trincheras movibles, haciéndolos rodar hacia adelante o hacia atrás, según les pareciera.

Durante la noche debía haber aumentado el número de los sitiadores, porque Tremal-Naik, apenas hubo lanzado en derredor la mirada, no pudo contenerse y exclamó:

-Ayer tarde no nos rodeaban tantos.

Iba Yáñez a hacerle una pregunta, cuando se oyó retumbar en lontananza un segundo cañonazo, que repercutió en el recinto del “kampong”.

-¡Ese ruido viene del Sur!- exclamó el portugués-. Son los cañones del “Mariana” que disparan. ¡Los dayakos han acometido a mi gente!

-Sí- confirmó el indio-. Viene del lado de Kabataun. ¿Crees que con la artillería que tienen podrán rechazar al enemigo?

-Sería necesario conocer el número de los asaltantes. ¿De qué fuerzas dispone ese peregrino maldito?

-Ha fanatizado a cuatro tribus, y cada una debe haberle proporcionado, por lo menos, cincuenta combatientes.

-¿Armados de fusiles?

-Sí, amigo Yáñez. Ese hombre misterioso ha traído consigo un verdadero arsenal, incluso “lilas” y “mirimes” ¡Otro cañonazo!

-¿Y éste es de las bombardas!- exclamó Yáñez haciendo un movimiento de ira.

Del lado de la inmensa floresta que se extendía hacia el Sur llegaban hasta el “kampong” los ecos de detonaciones más ligeras y secas, producidas, sin duda, por las piezas de cañón largo.

Los disparos aumentaron rápidamente en intensidad, produciendo un rumor incesante cual si disparasen a un tiempo muchas piezas de artillería y muchas bombardas.

Yáñez había palidecido y estaba muy nervioso. Paseaba dando vueltas por la plataforma como un león enjaulado, interrogando ansiosamente con la mirada a todos los puntos del horizonte. También el indio era presa de una viva sobreexcitación.

Los disparos se sucedían a intervalos cortos.

Debía haberse empeñado una batalla furiosa, terrible, en el río, entre los escasos defensores del “Mariana” y el grueso de las fuerzas del peregrino misterioso.

-¡Y no cesa!- exclamaba Yáñez, que ya no podía contenerse-. ¡Si estuviese yo allí! -Sambigliong es un valiente que no se rendirá estoy seguro- contestó Tremal-Naik-. Es un tigre viejo de fuertes garras y que sabe defenderse.

-Pero a bordo no hay más que dieciséis hombres útiles, mientras que los de los dayakos pueden ser trescientos o cuatrocientos, y disponen también de artillería.

-¿Dudas entonces de que pueda resistir el “Mariana”?- preguntó Tremal-Naik-. Si lo tomasencontinuó con angustia-, se habría concluido todo para nosotros. ¿Y mi hija?

-¡Calma, amigo mío!- repuso Yáñez-. Los dayakos tendrán aquí un hueso muy duro de roer. He estudiado atentamente tu “kampong” y me parece bastante fuerte. Ya sabes que los salvajes, generalmente, encuentran obstáculos para sus acometidas con cualquier cosa que se les oponga. ¡Por Júpiter!

¡No cesa el cañón! ¡Por lo visto, se hacen pedazos allá abajo! ¿Cuántos hombres tenemos?

-Una veintena.

-¿Malayos todos?

-Malayos y javaneses- contestó Tremal-Naik.

-Cuarenta hombres encerrados en un recinto tan sólido, pueden dar a torcer bastante hilo a esos bribones. ¿Estás bien provisto?

-Tengo víveres y municiones en abundancia.

-¡Señor Yáñez, buenos días!- dijo en aquel momento una joven apareciendo en la plataforma.

El portugués dio un grito.

-¡Damna!

Una bellísima muchacha de unos quince años, de cuerpo tan flexible como una palmera, con largos cabellos negros ligeramente ensortijados, con la piel del rostro un poco bronceada, como la de las mujeres indias, pero más clara y de correctas facciones, que más parecían de la raza caucásica que de la indiana, se detuvo delante del portugués, mirándole con sus ojos negros y brillantes como carbones encendidos.

Realzaba sus gracias el traje que vestía, medio europeo y medio indio, compuesto de una chaquetilla o justillo de brocatel recamado de oro, de una amplia faja de cachemira que le pendía sobre una de sus bien redondeadas caderas y una falda un poco corta que dejaba ver unos pantalones de seda blanca, los cuales bajaban hasta los zapatos de piel roja y punta retorcida.

-Soy muy feliz volviendo a verlo- prosiguió la niña, tendiéndole una manita de hada-. Hace dos años que no lo hemos visto.

-Siempre tenemos que hacer allá, en Mompracem.

-¿Medita expediciones el Tigre de la Malasia? ¡Qué hombre tan terrible!- dijo Damna sonriendo-. ¡Ah!... ¡el cañón! ¿No lo oís?

-Hace ya más de media hora que retumba, hija mía- dijo Tremal-Naik-, y, probablemente, anuncia alguna desgracia.

-¿Quién hace fuego, padre?

-Los tigres de Mompracem.

-Que defienden mi barco- añadió Yáñez-. ¡Callad! Me parece que los tiros disminuyen. ¡Y yo sin poder ver nada!

Se inclinaron todos sobre el parapeto de la plataforma y escucharon con ansiedad.

Ya no se oían sino de vez en cuando y a largos intervalos las detonaciones secas de las espingardas y la profunda voz de las piezas de caza.

De pronto se hizo un gran silencio, como si la batalla hubiera cesado de improviso.

-¿Han vencido, o han sido destrozados?- se preguntó Yáñez, que sentía la frente bañada de sudor.

Repentinamente atravesó las capas atmosféricas una detonación formidable, repercutiendo con tal intensidad, que retembló la torre desde la base hasta la cúspide. Yáñez dio un grito, y Tremal-Naik y Damna palidecieron.

-¡Dios mío! ¿Qué habrá sucedido?- preguntó la niña.

-Yáñez- dijo Tremal-Naik con voz afectuosa-, no tenemos la certeza de que haya volado tu barco.

-Debe haber volado el “Mariana”- contestó Yáñez con voz ronca-. ¡Pobres, de mis hombres!

En el rostro del portugués se reflejó un dolor intenso, mientras que sus ojos se humedecían.

-Ese espantoso estampido no puede haberlo producido más que la voladura de la santabárbara- contestó el portugués-. He visto volar tantas naves, que no puedo equivocarme. No me importa que el buque se haya ido a fondo, teniendo, como tenemos en Mompracem, gran número de veleros. Mis hombres son los que lamento.

-Puede ser que hayan abandonado la nave antes de que volase. ¿Quién sabe si habrán sido ellos mismos los que hayan puesto fuego a la pólvora para que no cayese en manos de los dayakos?

-Puede ser- contestó Yáñez, que había vuelto a serenarse, recobrando su calma habitual.

-¿Había a bordo alguno que supiese dónde se encuentra mi “kampong”?

-Sí; el correo que te hemos enviado hace seis meses.

-Pues, entonces, si ese hombre ha escapado de la muerte, podrá conducir hasta aquí a los supervivientes.

-¿Y pasar a través de las filas de los dayakos? Es una empresa muy difícil para tan pocos hombres. Además, aun cuando llegasen hasta aquí, no por eso mejoraría nuestra situación.

-¡Es verdad!- contestó el indio-. ¿Cómo vamos a arreglarnos sin tu barco para descender el río?

-Padre, buscaremos canoas- dijo Damna.

-¿Para ir expuestos a un fuego incesante, sin protección ninguna? ¿Quién llegaría vivo a la boca del río?

-¡Mira los dayakos!- dijo Yáñez en aquel instante.

Los sitiadores, que también debían haber oído aquel estampido formidable, lo mismo que el cañoneo, abandonaron sus trincheras movibles, retirándose hacia los bosques que circundaban la llanura, como si tuviesen intención de levantar el bloqueo.

-¡Se van, padre!- dijo Damna-. ¿Habrán comprendido que es inútil obstinarse en atacar este “kampong”?

-Yáñez- dijo Tremal-Naik-, ¿habrá sido derrotado el peregrino, y habrá enviado algún correo mandando retirarse a los sitiadores?

-¿O que traten de llevarnos a alguna emboscada?- preguntó a su vez el portugués.

-¿De qué modo?

-Con la esperanza de que nos aprovechemos de su retirada para abandonar el “kampong”, y acometernos en plena selva con todas sus fuerzas. No, querido Tremal-Naik; no estoy tan loco que vaya a meterme en la boca del lobo. Hasta que sepamos la suerte que ha corrido el “Mariana”, no dejaremos esta factoría donde podremos defendemos bastante tiempo, en el caso de que haya sido deshecha mi tripulación. Pongamos un centinela aquí, y no nos preocupemos por el momento de las maniobras de esos bribones.

-Señor Yáñez- dijo Damna-, entretanto, venga a descansar un poco y a desayunarse.

Aun cuando angustiados por la suerte que hubiesen corrido los tripulantes del “Mariana”, no oyendo ya ningún cañonazo, bajaron a la sala de la planta baja donde los criados del “kampong” habían preparado un abundante lunch a la inglesa con carne fría, manteca y té con bizcochos.

Terminada la refacción y mandado al mestizo a que vigilase desde la torrecilla los movimientos de los  dayakos hicieron una visita minuciosa por el recinto y a las obras de defensa con objeto de estar dispuestos a sostener un largo sitio.

Habían transcurrido tres horas desde que se oyó la voladura, cuando gritó Tangusa desde lo alto del alminar:

-¡A las armas!

Y de pronto resonaron algunos disparos.

Yáñez y Tremal-Naik se precipitaron en la plataforma más alta del recinto, desde la cual se podía dominar un buen espacio de llanura.

Apenas llegaron, cuando vieron que un pequeño grupo de hombres salía de la selva corriendo a todo correr y disparando sobre los dayakos, que acudían de todas partes procurando cerrarles el paso.

El indio y el portugués lanzaron un grito:

-¡Los tigres de Mompracem! ¡Sambigliong!

Enseguida mandaron con voz tonante:

-¡Las bombardas; fuego!

-¡Alzad la contrapuerta a nuestros amigos!

Los tigres, que habían oído a Yáñez, al ver a sus compañeros batallando con los sitiadores, se arrojaron sobre las tres bombardas que defendían el recinto de la parte meridional, haciendo fuego a un tiempo.

Al oír los dayakos los disparos y al ver que caían varios de los suyos, abrieron las filas y se refugiaron a escape en la espesura.

Sambigliong y su grupo, hallando libre el paso, se lanzaron hacia el “kampong” a la carrera, sin cesar de disparar.

La contrapuerta estaba levantada, y parte de la guarnición se había dirigido hacia ellos para sostenerlos en el caso de que los dayakos volviesen a atacarlos, y para guiarlos a través del bosque de espinos.

Los supervivientes del “Mariana” no eran más de media docena. Iban negros de la pólvora, bañados en sudor, con las ropas deshechas y ensangrentadas y con los labios espumantes por la carrera, que debía haber durado tres horas lo menos. Por fortuna, el correo que conocía el camino estaba entre ellos.

-¿Mi barco?- gritó Yáñez corriendo al encuentro de Sambigliong.

-¡Volado, capitán!- respondió el contramaestre con voz sofocada.

-¿Por quién?

-¡Por nosotros! No podíamos resistir más. Eran centenares y centenares de salvajes que nos caían encima. Todos nuestros compañeros han sido muertos, incluso los heridos, y he preferido poner fuego a la pólvora...

-¡Eres un valiente!- le dijo Yáñez con voz profundamente conmovida.

-¡Capitán..., vienen! ¡Son muchos! ¡Preparaos a la resistencia!

-¡Ah! ¡Vienen!- exclamó Yáñez de un modo terrible.

-¡Vengaremos a nuestros muertos!

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