![]() |
![]() |
|
|
|
|
|
|
|
|
|
CAPÍTULO X
Únicamente los sacerdotes son los que en ciertas épocas del año, y con objeto de tener propicias a las divinidades más o menos celestiales, realizan ese paseo, no sobre carbones encendidos, como los fanáticos de la India, sino sobre piedras puestas al rojo blanco. Dicha ceremonia se celebra casi siempre en una pequeña calzada formada con pedruscos, y que mide generalmente tres metros de largo por medio de ancho. Los sacerdotes encienden el fuego al despuntar la aurora, y lo mantienen vivo hasta el mediodía; después, acompañados de algunos discípulos, quitan las cenizas y los tizones, pronuncian algunas frases de ritual que, según ellos, son indispensables, sacuden con una rama los bordes del brasero, y andan lentamente sobre las piedras con los pies desnudos. No está marcada la longitud de los pasos; pero se supone que deben pisar, por lo menos tres veces cada vuelta. ¿Cómo se arreglan para resistir y, lo que es más asombroso, para salir indemnes de la prueba? ¡Misterio! Atribuyen su invulnerabilidad al “maná”, poder misterioso que hace que los iniciados puedan andar sobre las piedras ardientes sin que se produzcan ninguna quemadura. Dicho poder no está representado por símbolo alguno, y puede transmitirse de unos a otros tan sólo por medio de la palabra. Como quiera que sea, el hecho es que dichos sacerdotes salen absolutamente indemnes de la terrible prueba. Un viajero europeo, el coronel inglés Gudgeon, hace algunos años que, juntamente con varios compañeros suyos, quiso hacer por sí mismo la prueba hallándose en una isla del Océano Pacífico en ocasión de celebrarse una ceremonia religiosa. El coronel tenía por seguro que su empeño iba a costarle sufrir quemaduras dolorosas. Pues bien, (¿lo creeréis?); el animoso inglés salió de la prueba tan ileso como los sacerdotes. Tan sólo uno de sus compañeros, a pesar de haber recibido el maná, o sea el poder misterioso, que como hemos dicho se transmite con la palabra, sufrió quemaduras bastante grandes; pero, según los sacerdotes, fue suya la culpa. Cometió la imprudencia de mirar atrás, cosa severamente prohibida a los que han recibido el maná; una excusa dada por los sacerdotes, seguramente, para salvar la dignidad del rito. ¿Cómo pudo realizar la prueba el coronel, si todavía una hora después de terminada la ceremonia estaban tan calientes las piedras, que ardieron en el acto varias raíces de una madera muy dura que echaron sobre aquel ara? El inglés no ha sabido explicárselo. Contó que había experimentado en todo el cuerpo gran calor, y en los pies, algo parecido a ligeras sacudidas eléctricas, pero nada más, y que esas sacudidas le duraron unas siete u ocho horas consecutivas. En cambio, la piel de los pies no tenía señal alguna de la más pequeña quemadura. En Nueva Zelanda son más terribles las pruebas de fuego, y se dice que tan sólo los individuos de ciertas familias pertenecientes a ciertas castas tienen el privilegio de poder resistirlas. En esa región no se reduce la cosa a pasear por encima de unas cuantas piedras, sino que el paseo se realiza dentro de un horno de forma redonda, de diez metros de diámetro, y en el cual hay que permanecer de veinte a treinta segundos. Es tan elevada la temperatura dentro de dichos hornos, que una vez a cierto viajero que quiso medirla se le fundió el recipiente de metal del termómetro, vertiéndosele todo el mercurio. ¡El instrumento señalaba 200 grados! ¿Cómo pueden resistir esos hombres-salamandras? También esto es un misterio. Sin embargo, resisten, y salen incólumes de prueba tan espantosa. Teniendo esto en cuenta, no es para admirarse si también el peregrino de la Meca, que no por eso dejaba de ser un hombre extraordinario, había podido realizar su prueba, con objeto más bien de fanatizar a sus guerreros que de producir impresión en Yáñez y en los defensores del “kampong”, demasiado escépticos y burlones para caer estúpidamente en la emboscada y ofrecer su cabeza a los “kampilangs” de aquellos salvajes sanguinarios. El desprecio que hizo el portugués pagando al peregrino como si se tratase de un histrión o de un clown, tenía que desencadenar la cólera, a duras penas reprimida, de aquellos cortacabezas y redoblar la furia del despreciado. Efectivamente; apenas hubo regresado al campamento el parlamentario, cuando se alzó un espantoso clamoreo en derredor del “kampong”; clamor que parecía producido más bien por un centenar de fieras que por seres humanos. -¡Ya se han puesto a rabiar como si fueran monos rojos después de haber comido una guindilla!- dijo Yáñez riendo-. Tendremos guerra sin cuartel. ¡Bah! Nos defenderemos mientras tengamos cartuchos o hasta que no quede vivo un dayako. Después, alzando la voz, gritó: -¡Muchachos, a vuestros puestos, y matad cuantos más podáis! ¡No olvidéis que si caéis en manos de esos brutos, lo menos malo que puede pasaros es que os corten la cabeza de un solo golpe de “kampilang”! Los tigres de Mompracem, malayos y javaneses, se precipitaron hacia sus puestos de combate, resueltos a oponer la más encarnizada resistencia y a quemar hasta el último cartucho, pues el milagro del peregrino no había hecho mella alguna en su fidelidad. Además, estaban seguros de que iban a dar una lección tremenda a tan desordenadas hordas. Resguardados como estaban por la muralla de maderos de tek, que podía desafiar los fuegos de los “lilas” y aun los de los “mirim”, y siendo todos tiradores escogidos, no temían el ataque, especialmente con la dirección de Yáñez, que gozaba de fama de invencible, como el mismo Tigre de la Malasia. Sin contar a los tigres de Mompracem, todos habían sido piratas, única profesión posible, por lo menos entonces, en aquellos países que, siendo riquísimos, no tenían comercio alguno. Con tales hombres resueltos a vender cara la piel y sabiendo, como sabían, que no había de haber piedad para ellos, los dayakos iban a encontrarse con un hueso durísimo de roer. Al ver a los asaltantes que se reunían en derredor de la cabaña del peregrino, tigres, malayos y javaneses se apresuraron a ocupar los ángulos del recinto, desde donde podían barrer la llanura con las bombardas. Yáñez y Tremal-Naik a su vez se quedaron en la terraza por la parte de la compuerta, pues estaban seguros de que los dayakos habían de dirigir sobre aquel punto sus principales ataques. Pusieron en batería la bombarda más gruesa del “kampong” y a su servicio seis piratas de Mompracem, enviando a Sambigliong a la torrecilla, que era el mejor punto para poder batir el llano. -Damna- dijo el portugués, viendo que los dayakos formaban ya la columna de asalto-, éste no es tu sitio, aun cuando sé que manejas una carabina como cualquier fusilero de a bordo. Dentro de pocos minutos los “lilas” y los “mirim” de esos bribones enviarán abundantes balas al recinto, y no quiero que te expongas a tal peligro. -¿Creéis que el peregrino lanzará sus gentes al ataque?- preguntó la niña. -Sí, porque en este mundo hay hombres que no saben ser agradecidos. -Señor Yáñez, no le entiendo. -He pagado a ese hombre el espectáculo que nos ha ofrecido dándole un anillo que en manos de un judío vale seguramente mil florines, y ve lo que son las cosas: ese bergante me recompensa con un asalto al arma blanca. ¿Vale la pena ser generoso con ese perro inmundo? Si hubiese hecho tal regalo a un clown o a un histrión de mi país, estoy seguro de que me hubiese llevado a cuestas hasta España, atravesando, si fuera preciso, la sierra, del Guadarrama. ¡Qué mundo tan bribón! -¡Ah, señor Yáñez!- exclamó Damna riendo-. ¡Aun cuando esté usted a las puertas de la muerte, no dejará de decir chistes! -¿Te ríes?- dijo el portugués-. ¡No desmientes tu raza, niña mía! -Con usted y con sus tigrecillos, no tengo miedo a los dayakos. Un cañonazo interrumpió el diálogo. Los asaltantes habían disparado un “mirim”. La bala pasó silbando sobre el recinto, y fue a caer al otro lado del “kampong” sin causar ningún daño. -Es preciso rectificar la mira, queridos míos, o no haréis nada- dijo Yáñez. -¡Pronto, Damna; retírate!- dijo Tremal-Naik-. ¡Las balas no respetan a nadie! -Ni siquiera a las niñas bonitas- añadió Yáñez. -¿Voy a estar sin hacer nada mientras vosotros necesitáis gente?- preguntó Damna. -Si tenemos necesidad de una tiradora más, te llamaremos- respondió Tremal-Naik-. Vete a la habitación baja del bungalow: allí no correrás peligro alguno. En aquel momento resonaron cuatro tiros, uno detrás de otro. Los “lilas”, al disparar el “mirim”, habían enviado sus balas contra los tablones del recinto. -¡Vete!- repitió Tremal-Naik-. ¡No voy a poder batirme a gusto si te veo aquí expuesta a los tiros de la artillería! Cuida de que no dejen apagar los hornos de las cocinas. -¿Los hornos?- preguntó Yáñez, mientras que Damna, después de haber dado un beso a su padre, descendía corriendo la escalera-. ¿Vas a ofrecer algún banquete a los sitiadores? -Sí; pero ya verás de qué clase- contestó el indio-. Un verdadero plato infernal, que los hará gritar como condenados. ¡Míralos; ya se mueven! ¡Tú, a la bombarda, Yáñez, que eres un maravilloso artillero! -Y los ametrallaré perfectamente- respondió el portugués, tirando el cigarro y acercándose al cañón, cuya boca amenazaba a la llanura. Los dayakos, instruidos por el peregrino, habían formado cuatro columnas de asalto, cada una compuesta de sesenta u ochenta hombres que se dirigían hacia el “kampong”, cubriéndose con sus inmensos escudos, cuadrados hechos de piel de tapir o de búfalo, y armados únicamente con los “kampilangs”. Una quinta columna, exclusivamente compuesta de fusileros, se había distribuido por la llanura, formando una cadena para apoyar el ataque juntamente con las “lilas” y los “mirim”. -El peregrino debe haber sido soldado- dijo una vez más Yáñez-; pero todavía dudo que le resulte bien su táctica. Así que los dayakos se lancen al asalto, romperán las filas. En estos guerreros no puede haber entrado la disciplina militar. ¡Adelante con la música! Los sitiadores comenzaban a disparar con gran violencia. Los cañonazos alternaban con nutridas descargas de carabina; pero sin obtener apenas resultado, porque los gruesos tablones de tek del recinto no cedían tan fácilmente: además, los defensores del “kampong” se hallaban bien resguardados por los parapetos. Por otra parte, los árboles espinosos que se extendían en derredor eran espesísimos, impidiendo a los fusileros de los sitiadores hacer puntería. La espingarda colocada en la plataforma del alminar disparó el primer tiro contra la columna que se dirigía hacia el sitio donde estaba la contrapuerta, y la bala, de buen calibre, lanzada por Sambigliong, que era un magnífico artillero, no se había perdido. -¡Ya se ha derramado la primera gota de sangre! dijo Yáñez-. ¡Esperemos a que se convierta en un río! Los tigres de Mompracem, que eran los que servían las bombardas, disparaban desde los ángulos del “kampong”, produciendo un ruido ensordecedor. Como aquellas pequeñas bocas de fuego no podían contrarrestar los tiros de los “lilas” y sobre todo de los del “mirim”, disparaban balas de una libra contra las columnas de asalto, abriendo grandes claros. Las carabinas indias, de gran alcance, manejadas por los malayos y los javaneses, apoyaban vigorosamente el fuego de las espingardas, poniendo a dura prueba el rendimiento de los asaltantes. Yáñez no perdía el tiempo. Cada tiro de carabina que hacía era un hombre a tierra: enseguida iba a la bombarda tan pronto como ésta se hallaba cargada, y enfilando la columna que se dirigía hacia la contrapuerta, disparaba haciendo tiros tan verdaderamente admirables que dejaban estupefacto al mismo Tremal-Naik, y que arrancaban gritos de entusiasmo a los malayos y a los javaneses del “kampong”. Los dayakos, que no se veían muy bien sostenidos que digamos, ni por los artilleros, que eran pésimos tiradores, ni por sus fusileros, más hábiles disparando flechas que balas, procuraban apretar el paso, animándose con gritos feroces y cubriéndose lo mejor que podían con sus escudos, cual si éstos pudiesen librarlos de los proyectiles de las carabinas indias. El fuego del “kampong” los diezmaba. Las columnas experimentaban pérdidas enormes, pero no por eso se descomponían. Sin embargo, cuando las bombardas comenzaron a descargarles encima torrentes de metralla, cubriéndolos de clavos y de fragmentos de hierro, se los vio vacilar, y las líneas se abrieron por varias partes. -¡Adelante!- gritaba Yáñez, que ni siquiera se tomaba el trabajo de cubrirse con el parapeto-. ¡Tirad de firme, y concluiremos por echarlos a rodar! ¡Ametralladles las piernas! Y el fuego iba siempre en aumento, cubriendo las bandas con una verdadera lluvia de plomo, de hierro y de clavos. Tigres de Mompracem, malayos y javaneses rivalizaban en bravura y en audacia, resueltos a no permitir que los dayakos llegasen debajo del recinto ni se lanzaran al asalto. Sobre todo, las bombardas hacían verdaderos estragos, tumbando un buen número de hombres a cada descarga de metralla que disparaban. No producían heridas mortales, es verdad; pero, al destrozarles las piernas, ponían fuera de combate a los guerreros. A pesar de esto y de las enormes pérdidas sufridas, los obstinados salvajes no cejaban. Por el contrario, hicieron un esfuerzo supremo, y llegaron rápidamente a la zona de los árboles, arrojándose animosamente entre los espinos, donde se detuvieron para reposar un momento antes de intentar el último avance. -¡Es verdadera carne de cañón!- dijo Yáñez, cuya frente se había nublado-. ¡No creía que pudiesen llegar tan cerca! Es verdad que aun no están en el recinto, y que, si las bombardas resultan inútiles por el momento, todavía pueden dar fuego las carabinas y las pistolas. -No te inquietes, amigo mío- dijo Tremal-Naik-. Les tengo preparada una sorpresa que les producirá en el pellejo más efecto que los clavos. -Pero, mientras tanto, están ahí abajo. -¡Déjalos venir! Los recintos son altos, y los tablones de tek lo bastante gruesos para que sus “kampilangs” se mellen sin arrancar ni una astilla. -Me inquieta el fuego de sus cañones. -¡Tiran tan mal! -Pero, ¿qué hacen? Yo no los oigo. -Avanzaban arrastrándose bajo los espinos. -¿Está bien asegurada la contrapuerta? -He mandado poner las clavijas de hierro, y nadie podrá alzarla. ¡Míralos allí! Mientras los “lilas” y el “mirim” continuaban disparando, abriendo a todo lo largo de los recintos algún que otro agujero por los cuales apenas cabía una mano, y los fusileros avanzaban, siempre dispuestos en cadena, tirándose al suelo y ocultándose detrás de los pequeños repliegues del terreno y de los troncos cortados para hurtarse a las descargas de la bombarda colocada en el alminar, el cual no había cesado de hacer fuego, los asaltantes se abrían paso con grandes precauciones a través de las plantas espinosas. Como iban casi desnudos y la maleza y los arbustos estaban armados de formidables puntas agudísimas, la empresa no era fácil, como lo probaban los gritos de dolor que daban los sitiadores, y que no podían refrenar. -Se hacen tiras las carnes- dijo Yáñez, que inclinado sobre el parapeto los espiaba por entre la abertura que formaban dos sacos de arena colocados delante de la bombarda. Las espinas muerden; ¿verdad, queridos míos? -¡Y, sin embargo, pasan esos demonios! ¡Allí sale el primero, que se escurre a lo largo del recinto! -¡Y que no irá a decir a sus compañeros si es o no sólido!- añadió el portugués. Apuntó la carabina y disparó casi sin mirar. El dayako, que había salido, a costa, probablemente, de algunos desgarrones al atravesar aquella terrible barrera, se incorporó de golpe sobre las rodillas, largó ambos brazos a un tiempo, y volvió a caer dando un grito ronco, con la cabeza deshecha por el proyectil. -¡Fuego al medio de la espesura!- gritó Yáñez-. ¡Están debajo de ella! Enseguida hizo girar sobre el perno la bombarda, y bajando el cañón cuanto pudo, lanzó de través una andanada de metralla, mientras que los tigres de Mompracem, los malayos y los javaneses reanudaban el fuego, destrozando a un tiempo arbustos y hombres. Voces espantosas se elevaron de debajo de la espesura; señal clara de que no habían sido perdidos todos los tiros; enseguida un aluvión de hombres se lanzó hacia la contrapuerta, atacándola a golpes de “kampilang” en tanto que los “lilas” y el “mirim” redoblaban sus tiros, tratando de enviar las balas a la terraza para alejar a los defensores. Tremal-Naik dio un silbido. De repente salieron de la cocina ocho hombres con enormes calderos, que despedían un humo acre y denso. Subieron las escaleras rápidamente y colocaron los calderos en la parte de la terraza que daba sobre la contrapuerta. -¡Por Júpiter!- exclamó Yáñez al verse envuelto por aquel humo, que le producía una tos violenta-. ¿Qué es lo que traéis ahí? -¡Mira, Yáñez!- gritó Tremal-Naik-; deja el puesto a estos hombres! -¡Pero ésos comienzan a subir! -¡El caucho hirviendo los hará bajar! Los ocho hombres armados de cacerolas y cucharones de largo mango, comenzaron a volcar el líquido humeante que contenían los calderos. Gritos espantosos, horribles, desgarradores, se oyeron enseguida en la parte baja del recinto. Los dayakos, brutalmente abrasados por el caucho hirviendo que les arrojaban, sin economizarlo nada, desde lo alto del parapeto se lanzaron como locos en medio de los espinos, huyendo a la desesperada. Una media docena de ellos, que había recibido las primeras paletadas del terrible líquido, quedaron allí, delante de la compuerta, retorciéndose y aullando de un modo lúgubre, cual lobos hidrófobos. -¡Por Júpiter!- exclamó Yáñez haciendo un gesto de horror-. ¡Este indio ha tenido una idea feliz! ¡Asa vivos a esos pobres diablos! Los dayakos huían de todas partes, pues también desde las otras terrazas comenzaron a rociar a cuantos habían intentado escalar el recinto. El intenso fuego de las espindargas y de las carabinas completaba la derrota de los sitiadores, que ya no pensaban más que en ponerse fuera del alcance de las armas de fuego de los defensores del “kampong”, yendo a refugiarse en sus campamentos. En vano habían tratado los fusileros de correr en ayuda de las columnas de asalto, que se replegaban atropelladamente. Una andanada de metralla lanzada por todas las bombardas los obligó a seguir a los fugitivos. Dos minutos después no quedaban en derredor del “Kampong” más que los muertos y algún herido próximo a lanzar el último suspiro.
|
|
|
|||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||
|
|
|
| Los textos acá colocados son en su gran mayoría de dominio público y/o sus autores han autorizado su colocación. Algunos fragmentos de obras comerciales pueden estar presentes con fines educativos. El respeto al derecho de autor es una parte central de la actividad literaria. Si alguien considera que se vulneran sus derechos o que se hace uso inadecuado de algún contenido o material, favor contáctarnos para retirarlo de inmediato. | ||
| Ciudades Virtuales Latinas - CIVILA.com y Educar.org (c) 1996 - 2006 | ||