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CAPÍTULO XI
Construyeron en derredor de la llanura cuatro campos atrincherados para precaverse contra una posible salida de los sitiados, reforzándolos con trincheras, elevadas seguramente bajo la dirección del peregrino, que cada día se revelaba más como hombre de guerra. Además, llevaron la artillería mucho más adelante, socavando para ello dos trincheras paralelas, y molestando no poco a los sitiados con un continuo cañoneo, que, si no causaba daños graves obligaba a Yáñez y a Tremal-Naik, lo mismo que a su gente, a estar siempre en guardia, por temor a que fuese el preludio de un nuevo asalto. Ya habían transcurrido cinco días desde la primera tentativa de ataque, sin que en realidad hubiese ocurrido otra cosa que un gasto enorme de municiones por parte de los dayakos y mucho ruido. Lo único que consiguieron había sido la demolición de la torrecilla, que como estaba demasiado expuesta, fue desmoronándose por pedazos, lo que obligó a los defensores a retirar la bombarda y a abandonar aquel puesto. Yáñez comenzaba a aburrirse. Hombre de acción e inquieto, no obstante su aparente calma, veía que la cosa iba para largo, y no bastaban a distraerle los cigarros que consumía en cantidad prodigiosa. No se carecía de nada en el “kampong”. Los almacenes estaban abarrotados, y los cobertizos, llenos de “gabá”, el magnífico arroz que cultivan los javaneses y que supera en mucho al del Ramgoon. En los recintos o corrales del interior picoteaban muchas gallinas selváticas, prontas a dejarse degollar sin la menor protesta para satisfacer el hambre de los asediados; las frutas abundaban, y las bodegas estaban repletas de enormes vasijas de tierra colmadas de “bram”, fuerte licor obtenido por la fermentación del arroz mezclado con azúcar y con el jugo de varias palmas. ¿Qué más? Durante las horas más cálidas del día la guarnición podía apagar la sed con magnífico “kalapa”, bebida refrescante que contienen las nueces de coco, pues había multitud de cocoteros en el compartimiento de la granja, y fumar sin escasez los deliciosos “cortados”, esos perfumados cigarros de Manila, y los “rorok” javaneses, cigarritos enrollados en una hoja seca de “nipa” de sabor muy agradable. -¿Qué es lo que te hace falta, que te aburres tanto, amigo mío?- preguntó el indio a Yáñez al caer de la tarde del quinto día, viéndole más contrariado que nunca-. No creo que haya guarnición alguna sitiada que goce de tanta abundancia. -¡Esta calma me aplana!- respondió el portugués. -¡La llamas calma! ¡Pero si la artillería enemiga no deja de zumbar desde la mañana hasta la noche! -Para no hacer más que agujeros en los tablones que no han hecho nunca daño a nadie y que no protestan. -¿Querrías mejor que las balas agujereasen a nuestros hombres? -Tienes siempre razones que ofrecer, mi querido Tremal-Naik; pero, sin, embargo, yo quisiera marcharme de aquí. -No hay más que alzar la contrapuerta. Pero yo en tu lugar preferiría pasear en derredor del “bungalow”- contestó riendo el indio-. Tu inquietud depende de la absoluta falta de noticias de Sandokán. -También eso es cierto. Deseo saber cómo van las cosas en Mompracem, y suspiro porque regrese Kammamuri. -Déjalo el tiempo necesario. -Ya debía estar aquí. -No son muy seguras que digamos las regiones que tiene que atravesar para llegar a la costa, amigo Yáñez, y no tendría nada de extraño que hubiese encontrado bastantes obstáculos en su camino. Vámonos a la terraza de la contrapuerta a ver de una ojeada a los sitiadores antes de que se ponga el sol. Salieron del saloncito donde acababan de cenar en compañía de Damna, y se fueron hacia el recinto. Los hombres de guardia, que eran los javaneses, pues a ellos les tocaba velar aquella noche, devoraron con apetito envidiable, puestos a horcajadas en los parapetos, sus extravagantes platos. Unos engullían, sin dárseles un pepino de las balas enemigas que de cuando en cuando se clavaban en los pancones el “panciang”, condumio mal oliente compuesto con cangrejitos y pescados pequeños conservados en vasijas de barro, donde se los deja fermentar hasta que se corrompen; otros se regodeaban con el “udang”, pasta hecha con crustáceos secados al sol y reducidos después a polvo, y otros comían el “laron”, que también es una pasta amasada con larvas de ciertos gusanos acuáticos, plato escogido y gustosísimo para los paladares javaneses y malayos. No parecía que el asedio hubiese menguado el apetito a aquellos valientes, ni tampoco el rudo trabajo a que estaban sometidos, dejándolos sin deseos de masticar el “siri” y el “batel” por cuyo abuso tenían los dientes tan negros como semillas de girasol. Apenas llegaron al parapeto, Yáñez y Tremal- Naik notaron que había algún movimiento en el campo de los dayakos. Los jefes reunieron en derredor suyo a sus muchos guerreros, y parecía que les dirigían discursos entusiásticos, a juzgar por los furiosos movimientos de brazos, mientras que en otros sitios ejecutaban las danzas guerreras del “kampilang” y del “kriss”. El sol se ponía en aquel momento tras un denso y negro nubarrón que parecía saturado de electricidad, y cuyas márgenes eran cárdenas. -¿Un ataque y un huracán?- se preguntó Yáñez; que aspiraba el aire, entonces muy seco-. ¿Qué es lo que me dices, Tremal-Naik? -Esta noche tendremos tempestad- contestó el indio, mirando también el nubarrón que se extendía a ojos vistas. -Con acompañamiento de fuego celeste y terrestre. Porque tengo la seguridad de que los dayakos deben estar cansados de cañonear inútilmente nuestros recintos, y aprovecharán la tromba de agua para emprender el ataque. -Y no estaría mal escogido el momento. Se dispara mal cuando el agua da en la cara. -Cubramos las terrazas, Tremal-Naik. Nuestros hombres pueden alzar en media hora los cobertizos necesarios para poner a cubierto del agua por lo menos a los artilleros. ¡Por Júpiter! ¿La tomarán de veras esta noche? -No lo creo, mientras tengamos caucho. -Manda llenar todas las cacerolas que tengas. -Voy a dar órdenes- contestó el indio, descendiendo precipitadamente. Iba a dirigirse Yáñez hacia el ángulo del recinto en el cual se hallaba la bombarda, cuando de pronto pasó silbando por delante de él una flecha, lanzada probablemente por un “sumpitan” o sea una cerbatana, y fue a clavarse en uno de los postes que sostenían la terraza. -¡Ah, traidores!- exclamó Yáñez lanzándose hacia el parapeto con una pistola en la mano. Miró hacia debajo de los árboles espinosos, mientras que Sambigliong, que estaba poniendo la bombarda en batería, haciéndose cargo del peligro que había amenazado al portugués, corría armado con una carabina. No se movía ni una rama, ni rumor alguno turbaba el silencio que había bajo los arbustos que flanqueaban el recinto. -¿Ha visto usted a ese bribón, capitán?- preguntó el nostramo. -Debe haber desaparecido enseguida –contestó Yáñez. -Quizás estuviese envenenada la flecha con el jugo de “upas”. -¡Veamos!- dijo el inglés, dirigiéndose hacia el poste. -¡Una flecha mensajera!- exclamó. En la extremidad del dardo, cuya caña o asta era muy fuerte, había distinguido una cosa blanca, como si fuese un pedazo de papel arrollado al poste. -¡Vamos; entonces no se trata de una tentativa de asesinato contra mi respetable persona!- dijo. Arrancó la flecha, cuya punta, hecha con una agudísima espina, se clavó profundamente en el madero, y rompió el hilo que sujetaba la carta al asta. -Señor Yáñez- dijo Sambigliong-, ¿se sirven ahora de las flechas los dayakos para enviar las cartas a su destino? Pues es un servicio postal de nuevo género. -¿Qué es lo que hay?- preguntó en aquel momento Tremal-Naik, que ya había dado las órdenes y volvía con Damna. -Un cartero desconocido que me ha entregado esta carta en la punta de una flecha- contestó Yáñez-. ¿Será una intimación de rendición? Desenvolvió con cuidado el papel, que estaba cubierto de gruesos caracteres, le echó un vistazo y dio un grito de alegría. -¡Kammamuri! -¡Mi maharatto!-exclamó Tremal-Naik. -¡Lee, Yáñez, lee! “ Desde esta mañana estoy en los alrededores del campo- escribía en inglés el maharatto-, y esta noche procuraré introducirme en la factoría con la ayuda de un ex criado que ahora está entre los rebeldes. Dejad colgando una cuerda en el ángulo que mira hacia el Sur y preparaos a la defensa, los dayakos se disponen para asaltaros.- “Kammamuri”. -¡Ya está aquí ese valiente maharatto!- exclamó Tremal-Naik-. Debe haberse tragado el camino para haber regresado tan pronto. -¿Estará solo?- preguntó Damna. -Si tuviese tigres de Mompracem en su compañía, lo hubiera escrito- contestó Yáñez. -Por lo menos, tendrá el tigre- dijo Tremal-Naik. -Si es que no lo han matado- dijo Yáñez -¿Quién será ese ex criado que lo ayuda? -Debe haber varios entre los rebeldes- contestó Tremal-Naik-. Yo tenía unos veinte dayakos a mi servicio, y tan pronto como apareció el peregrino se fueron todos. -Señor Yáñez- dijo Sambigliong-, esta noche estaré en el ángulo que mira al Sur. -Tú eres más necesario aquí que allá- respondió el portugués-. ¿No has oído que los dayakos se disponen a asaltarnos? Enviaremos a Tangusa con el piloto. Y ahora, amigos, preparémonos a sostener el segundo ataque, que, probablemente, será más formidable que el primero, y no olvides que, si entran aquí los dayakos, irán nuestras cabezas a aumentar sus colecciones. Ya había llegado la noche: era muy oscura, y no prometía nada de bueno. El negro nubarrón había invadido todo el cielo, ocultando rápidamente los astros: hacia el Sur relampagueaba. Reinaba una calma pesadísima en la llanura y en la floresta. El aire era tan sofocante, que hacía difícil la respiración; y tan cargada estaba de electricidad la atmósfera, que todos los hombres del “kampong” experimentaban gran inquietud y malestar. En los campamentos de los dayakos la oscuridad era absoluta, y tampoco se percibía rumor alguno por aquel lado. Los “lilas” y el “mirim” hacía ya algunas horas que no disparaban. Los defensores del “kampong”, así que terminaron de construir los cobertizos para resguardar las espindargas, se habían tendido en el parapeto de la terraza, escuchando ansiosamente y con las carabinas al alcance de la mano. Yáñez, Tremal-Naik y una media docena de tigres, vigilaban desde la compuerta donde se había emplazado la bombarda que se retiró de la torrecilla. Ambos estaban, algo nerviosos y preocupados. Aquel silencio de los campamentos de los dayakos ejercía sobre ellos mayor impresión que un tiroteo de los más violentos. -Prefiero un ataque furioso a esta calma- dijo Yáñez, que fumaba rabiosamente mordiendo al propio tiempo la punta del cigarro-. ¿Avanzarán arrastrándose como las serpientes? -Es probable- contestó Tremal-Naik-. No los veremos alzarse hasta que hayan atravesado la llanura y se encuentren reunidos bajo los espinos. -Quizás esperen que estalle el huracán para que no sea tan eficaz el fuego de nuestras carabinas. Cuando aquí llueve, es el diluvio. -El caucho los calmará y sustituirá a las balas. Todos los recipientes disponibles están al fuego. Entretanto se condensaba el huracán. Algunas rachas de viento llegaban ya, doblando las copas de los árboles espinosos; hacia el Sur, tronaba y relampagueaba. La gran voz de la tempestad daba la orden de ataque. De repente, un atroz relámpago, semejante a una enorme cimitarra, cortó en dos la enorme nube rebosante de agua; enseguida se oyó un pavoroso fragor. Parecía que allá en la bóveda celeste se había empeñado un duelo con enormes cañones de marina o de costa y que carros cargados con planchas o barras de hierro corrían como locos sobre puentes metálicos. Aquel ruido duró dos o tres minutos con gran acompañamiento de relámpagos; enseguida se abrieron las cataratas del cielo y una verdadera tromba de agua se volcó sobre la llanura. Casi en aquel mismo instante se oyó gritar a los centinelas colocados en los ángulos de los recintos: -¡A las armas! ¡Aquí está el enemigo! Yáñez y Tremal-Naik, que se habían recostado bajo el parapeto, se pusieron en pie de un salto. -¡A las bombardas!- había gritado con voz tonante el portugués. A la luz de los relámpagos, luz vivísima porque era un relampagueo continuo, con incesante acompañamiento de truenos formidables, se veía a los dayakos lanzados a una carrera desenfrenada atravesar el llano en grupos mayores o menores con sus gigantescos escudos en alto para protegerse contra los torrentes de agua. Parecían demonios vomitados por el infierno. La ilusión era completa al verlos al resplandor rojizo, lívido o violado de los relámpagos. Las espingardas, previsoramente resguardadas con los cobertizos, habían comenzado a disparar de un modo violento, segando la copa de los arbustos espinosos antes de que la metralla cayese sobre la llanura. También los malayos, los javaneses y los piratas que no estaban al servicio de las bocas de fuego disparaban como mejor podían, adosados por completo a los parapetos; pero el agua que caía era tanta que la mayor parte de las veces las carabinas fallaban. La tempestad hacía muy difícil la defensa con las armas de fuego, y no había señales de que comenzara a calmarse. Cierto que no podía durar mucho tiempo: los huracanes que estallan en aquellas regiones adquieren una intensidad espantosa de la cual no podemos formarnos idea; pero, generalmente, no duran más allá de media hora. Algunos huracanes se desarrollan y cesan en unos minutos. ¡Pero qué furia la suya en tan brevísimo tiempo! Parece que se hunde el Universo entero o que lo devora un incendio inmenso, no obstante el agua que cae del cielo. La nube negra parecía que se había convertido en una masa de fuego y que todos los vientos se concretaban sobre la llanura extendiéndose en derredor del kampong de Tremal-Naik. Los árboles se retorcían como si fueran simples hierbecillas; los gigantescos “duriones”, que parecían poder desafiar las más tremendas convulsiones terrestres, caían al suelo arrancados de cuajo por aquellas ráfagas irresistibles; a los poderosos “pombos” los despojaba vertiginosamente de sus ramas; las enormes hojas de las palmas y de los plátanos volaban por el aire cual pájaros monstruosos. Agua, viento y fuego se mezclaban rivalizando en violencia, mientras allá arriba, en lo alto de la cúpula llameante, los truenos hacían oír la robusta voz de la tempestad, ahogando por completo los estampidos de los “mirim” de los “lilas” y de las bombardas. Aun cuando cegados por los relámpagos y medio asfixiados por los colosales chorros de agua, que les caía encima, los defensores del “kampong” no se desanimaban y mantenían siempre un fuego vivísimo, ametrallando a las hordas salvajes que avanzaban mezclando sus gritos con los truenos. -¡No os paréis; fuego siempre!- gritaban sin cesar Yáñez, Tremal-Naik y Sambigliong, que estaban bajo el cobertizo que defendía la bombarda de la contrapuerta. Los dayakos, que no sufrían grandes pérdidas, pues no marchaban en columna, llegaron pronto a reunirse bajo las plantas espinosas, que se pusieron a cortar como locos con sus pesados machetes, con objeto de abrirse un paso que les permitiera ir libremente al asalto del recinto. Todos sus esfuerzos se dirigieron hacia la compuerta. Era aquel el sitio más sólido del “kampong” pero también el que ofrecía mayores probabilidades para poder llegar a invadir la factoría. Algunos grupos se habían armado de pesados pilotes para servirse de ellos como de arietes y hundir los pancones del recinto. Comprendiendo Yáñez y Tremal-Naik que iban a jugar la última carta, hicieron venir corriendo a todos los criados del kampong con los calderos llenos de caucho. Una vez más, aquel líquido horrible podía rendir mayores servicios que las armas de fuego. Los dayakos, que cortaban rápidamente los arbustos espinosos, llegaban ya. Un grupo, después de haber abierto un ancho sendero, desembocó bajo el recinto y asaltó resueltamente la compuerta, golpeándola de un modo terrible con un tronco de árbol enarbolado por treinta o cuarenta brazos. Una lluvia de caucho hirviendo les cayó sobre la cabeza, quemándoles a un tiempo los cabellos y el cuero cabelludo, y obligándolos a retirarse precipitadamente y a abandonar la empresa. No tuvo mejor fortuna otro grupo que intentó sustituir al primero; pero llegaba el grueso de las fuerzas, que ni la metralla lograba detener. Doscientos o trescientos hombres, furiosos ante la obstinada resistencia que oponían los asediados, se precipitaron contra el recinto, apoyando en los parapetos gruesas cañas de bambú para escalar las terrazas. A los gritos de Yáñez y de Tremal-Naik, todos los hombres del kampong corrieron hacia aquella parte, no quedando más que unos cuantos artilleros con las bombardas. Habían tirado las carabinas, que eran casi inútiles con aquel aguacero que no cesaba, y empuñaron los “parangs”, armas no menos pesadas y cortantes que los “kampilangs” de los dayakos. A pesar de las abundantes rociadas del líquido infernal, los asaltantes subían intrépidamente con una desesperación terrible y dando gritos espantosos. Los primeros que llegaron a los parapetos rodaron instantáneamente al foso, con las manos cortadas y abierta la cabeza; pero otros sobrevinieron y daban formidables golpes de “kampilang” para alejar a los defensores. Trepaban como monos por los bambúes, o saltando unos sobre otros formaban pirámides humanas que ni el caucho hirviente con que los rociaban podían deshacer. Al sentirse abrasados daban gritos horrorosos; les caía a pedazos la piel humeando, y, sin embargo, aquellos fanáticos animados por las voces del peregrino, que resonaban desde las plantas espinosas, resistían con una tenacidad que hizo palidecer a Yáñez, el cual comenzaba a perder la fe en el triunfo. Los defensores del “kampong” sobre todo los tigres de la Malasia, no mostraban menos tenacidad ni menos coraje que los asaltantes. Con los “parangs”, manejados por brazos sólidos, cortaban y mutilaban de un modo horrible a cuantos llegaban a erguirse sobre los parapetos. En tanto, gritaban los dayakos: -¡Alá! ¡Alá! ¡Alá!- ni más ni menos que los fanáticos musulmanes de la arenosa Arabia, y los piratas de Yáñez contestaban con no menos entusiasmo: -¡Viva Mompracem! ¡Plaza de los tigres del Archipiélago! La sangre corría a torrentes. La empalizada del recinto chorreaba, y las terrazas se ponían rojas. De una a otra parte combatían con igual furor, mientras que el huracán, rugiendo siempre, alumbraba con sus relámpagos a los combatientes para que pudieran acometerse mejor. La tenacidad y el ardimiento de los dayakos no obtenían gran resultado. Por tres veces los guerreros del peregrino, desafiándolo todo; el fuego de las bombardas que los tomaba de costado y los diezmaba, las rociadas de caucho ardiendo, y los “parangs” que los mutilaban, intentaron el asalto, logrando ponerse a horcajadas en los parapetos, y las tres veces se vieron obligados a dejarse caer en los fosos, ya llenos de muertos y de heridos. -¡Todavía otro esfuerzo!- gritó Yáñez, que veía vacilar a los asaltantes-. ¡Un esfuerzo más, y daremos cuenta de estos testarudos! Las espingardas redoblaban sus descargas, y los malayos y los javaneses, que tuvieron un momento de descanso, volvieron a cortar carne viva mientras que los criados volcaban los últimos recipientes de caucho. El ataque ya no era tan enérgico. Los dayakos asaltaron por cuarta vez, pero sin el empuje y el fanatismo de antes. El terror comenzaba a apoderarse de ellos. Ni siquiera invocaban a Alá. Sin embargo, su último esfuerzo no fue menos peligroso que los anteriores. Todavía eran muchos, mientras que la guarnición había disminuido bastante, expuesta como estaba al fuego de alumnos tiradores ocultos bajo los arbustos. Además, comenzaba a dejarse sentir el cansancio. Las anchas hojas de acero pesaban en las manos de los malayos y de los javaneses y hasta en las de los tigres de Mompracem. Los cortacabezas volvieron a trepar, en tanto que en el foso, sus compañeros, haciendo un supremo esfuerzo, intentaban abrir una brecha en la contrapuerta golpeando los pancones con un tronco. ¡Ay, si los defensores pierden ánimo! ¡Todo concluiría para ellos, incluso para la graciosa Damna! Yáñez, con la bombarda vuelta de modo que barriera el parapeto, gritó a sus hombres, a punto de lanzarse sobre los asaltantes que se disponían a saltar a la terraza: -¡Atrás por un momento! Salió el tiro, y la metralla barrió desde un ángulo al otro del recinto todo el parapeto, matando e hiriendo a cuantos enemigos se encontraban allí. Al mismo tiempo los criados volcaban todos los recipientes que aun quedaban llenos, sobre los que golpeaban la contrapuerta. Apenas se había disipado el humo, cuando un soberbio tigre cayó sobre el parapeto, lanzando un bramido feroz, y revolviéndose contra un dayako que milagrosamente había quedado en pie, le clavó los dientes en el cráneo. Al ver al terrible carnívoro, que los incesantes relámpagos hacían destacarse como si fuera pleno día, un terror invencible invadió a los asaltantes. Si también las fieras del bosque corrían en ayuda del hombre blanco y del indio, era que aquellos hombres tenían mayor poder que el peregrino de la Meca. A los pocos instantes la retirada se convirtió en fuga precipitada, desordenada. Los salvajes arrojaron sus escudos y sus “kampilangs” para correr más libremente. Ninguno obedecía a los jefes ni a los gritos del peregrino, que en vano se deshacía gritando: -¡Adelante por Alá! ¡Mahoma os protege! Después de todo, no eran tan imbéciles que olvidasen que ni Alá ni el Profeta los habían protegido en nada. Mientras que huían los dayakos, perseguidos por la metralla de las bombardas, un hombre se había lanzado sobre la terraza, dirigiéndose rápidamente hacia Yáñez y Tremal-Naik. Era un hermoso tipo indio, de cerca de cuarenta años, no tan alto como Tremal-Naik, pero en cambio más membrudo: su piel bronceada tenía ciertos reflejos cobrizos, destacándose netamente sobre su traje blanco; sus ojos eran muy negros y de mirada enérgica, y sus facciones de finas líneas eran a un tiempo arrogantes y dulces. Yáñez, al verlo, había gritado lleno de alegría: -¡Kammamuri! -¡Mi valiente maharatto!- exclamó a su vez Tremal- Naik. -Llego demasiado tarde- contestó el indio-. ¿Verdad, patrón? -¡A tiempo para ver los talones a los dayakos!- contestó Tremal-Naik. -¿Acabas de saltar en este momento?- preguntó el portugués. -Sí, señor Yáñez; y ha sido un verdadero milagro que no me hayan matado vuestros hombres. Trepaba por la cuerda en el mismo instante en que hacían una descarga de metralla. -¿Has estado en Mompracem? -Sí, señor Yáñez. -Entonces, habrás visto al Tigre de la Malasia. -Hace siete días hoy que lo dejé. -¿Has venido solo? -Solo, señor Yáñez -¿No has traído refuerzo alguno? -No. -Vete a descansar y a reponer tus fuerzas, porque debes estar casi muerto por las privaciones. Dentro de poco tiempo iremos a reunirnos contigo- dijo Tremal-Naik-. Yáñez, tiremos los últimos tiros a los fugitivos, y tú, Darma- gritó volviéndose hacia el tigre- deja a ese hombre y vete a la cocina. FIN
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