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CAPÍTULO III
Ese claro era muy estrecho; tan estrecho que sólo había lugar para la cierva y su hijo; y tan bajo, que cuando la madre se incorporaba, la cabeza quedaba oculta entre el ramaje. Los avellanos, tojos y cornejos crecían enmarañados los unos con los otros, de tal manera que interceptaban la poca luz del sol que podía pasar a través de las copas de los árboles, que de este modo nunca llegaba a alumbrar el suelo. Bambi había venido al mundo en ese claro. Era de su madre y suyo. Ahora la madre yacía dormida en el suelo. Bambi también había dormitado un poco. Súbitamente, se despertó, se incorporó y miró a su alrededor. Allí la penumbra era tan intensa que le faltaba poco para ser oscuridad absoluta. De la espesura llegaban hasta él suaves susurros. Los pájaros piaban intermitentemente. De vez en cuando se oía el claro martilleo del pájaro carpintero o el lúgubre llamado de una corneja. El bosque estaba sumido en una profunda quietud que abarcaba todos los ámbitos. Sin embargo, si se prestaba atención, podía percibirse en el aire una especie de chirrido en esa hora calurosa del mediodía. Era un sonido que producía una impresión soporífica, agradable. Bambi miró a su madre y le preguntó: —¿Estás durmiendo? No, ella no dormía. Se había despertado en el preciso instante en que Bambi se incorporó. —¿Qué vamos a hacer ahora? —preguntó él. —Nada —repuso la madre—. Vamos a quedarnos aquí mismo. Recuéstate como un cervatillo bueno y duérmete. Pero Bambi no sentía deseos de dormir. —Ven —suplicó—, vámonos al prado. La madre levantó la cabeza. —¿Ir al prado, dices? ¿Quieres ir al prado ahora? Su voz estaba tan llena de asombro y terror que Bambi Se asustó mucho. —¿No podemos ir al prado? —preguntó tímidamente. —No —replicó ella con tono que no admitía réplica—. No se puede ir ahora. —¿Por qué? —preguntó él, dándose cuenta que las palabras de su madre encerraban un misterio. Su terror aumentó, mas al mismo tiempo sintió una gran ansiedad por saberlo todo. —¿Por qué no podemos ir ahora al prado? —Eso lo sabrás más tarde, cuando seas más grande —replicó la cierva. —Pero —insistió el pequeño— yo preferiría saberlo ahora. —Más adelante —repitió ella—; todavía no eres más que una criatura —prosiguió tiernamente— y a los pequeños no se les habla de estas cosas. (Estaba muy seria.) ¡Qué ocurrencia la tuya de querer ir al prado a esta hora! De sólo pensarlo me estremezco. ¡Ir allá a plena luz del día! —Pero, ¿no era también de día la primera vez que me llevaste? —objetó Bambi. —Eso es distinto —le explicó la madre—; entonces era de mañana, muy temprano. —¿Entonces sólo podemos ir allá muy temprano, por la mañana? —pregunto Bambi lleno de curiosidad. La madre contestó con mucha paciencia: —Sí; por la mañana bien tempranito, o al anochecer. O también, de noche. —¿Y de día, nunca, nunca? Ella titubeó un instante. —Bueno —dijo por fin—, a veces algunos de nosotros vamos allá de día... Pero eso sólo ocurre en ocasiones muy especiales... No puedo explicarte esto aún; eres demasiado pequeño... Algunos de nosotros vamos allá... Pero haciéndolo nos exponemos al mayor de los peligros. —¿Qué clase de peligro? —preguntó el cervatillo, que escuchaba atentamente a su madre. Pero ella no quiso proseguir la conversación. —Bástate con saber que corremos peligro, hijito. Tú no puedes comprender todavía esas cosas. Bambi pensó que él podía comprenderlo todo, excepto la razón por la cual su madre se negaba a decirle la verdad. Sin embargo, permaneció callado. —Eso es lo que la vida significa para nosotros —agregó la cierva—. Aunque todos amamos la claridad del día, especialmente cuando somos jóvenes, tenemos que estarnos quietos y escondidos durante las horas de sol. Sólo podemos salir desde el crepúsculo de la tarde hasta el amanecer. ¿Comprendes? —Sí —dijo Bambi. —Así, hijo mío, tenemos que quedarnos donde estamos. Aquí estamos seguros. Ahora, vuelve a acostarte y duerme. Pero Bambi no quería acostarse. —¿Por qué estamos seguros aquí? —quiso saber. —Porque la espesura nos protege —contestó ella—. Las ramas, las hojas y las ramitas secas chasquean, restallan y crepitan, dándonos de ese modo aviso de un posible peligro. En cuanto a las hojas muertas del año pasado, crujen en el suelo para prevenirnos; y los grajos y las urracas mantienen la vigilancia de manera que podemos saber cuándo se acerca alguien, aunque se encuentre lejos de nosotros. —¿Qué son las hojas muertas del año pasado? —preguntó el pequeño. —Ven a acostarte a mi lado —dijo la madre— y te lo explicaré. Bambi se tendió confortablemente, apretándose a la madre. Y ella le dijo entonces cómo los árboles no están siempre verdes, y cómo el sol y el agradable calor desaparecen. Cómo después viene el frío, la helada pone amarillas, pardas y rojas a las hojas, que caen enseguida desprendiéndose de las ramas, de manera que árboles y plantas quedan desnudos, alzando el ramaje pelado hacia el cielo cual brazos que expresan una muda desesperación. Cómo, en fin, las hojas secas permanecen en el suelo, y cómo crujen cuando un pie se posa sobre ellas, avisando de esa manera que se acerca alguien. ¡Oh, qué buenas son las hojas muertas! Ellas cumplen con su deber a la perfección, alertas, vigilantes. Aun en pleno verano suele haber muchas de ellas ocultas debajo de la nueva mezcla. Y previenen siempre de la proximidad de algún peligro. Bambi se apretó aún más contra su madre. Era tan agradable estar allí acostado, escuchando lo que ella le decía. Cuando la cierva dejó de hablar él se puso a pensar. Reflexionaba que era gran bondad de las hojas viejas el mantener esa guardia, a pesar de estar muertas, congeladas, y a pesar de haber sufrido tanto. Luego pensó en qué consistiría el peligro del cual su madre estaba hablando siempre. Pero el mucho pensar le fatigó. A su alrededor todo estaba tranquilo. Sólo se percibía el susurro del aire cálido. Finalmente se quedó dormido.
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